domingo, 7 de diciembre de 1997

La carrera del erizo


Era una autovía aburridísima, desierta, sin árboles ni bares para espabilarse tomando un café; una de esas carreteras donde la aguja se queda clavada en los ciento veinte kilómetros por hora mientras entornas los ojos de tedio y sueño. Un paraje perfecto para que uno se quede torrado al volante y luego se rompa los cuernos en la primera curva, de no ser porque te mantiene en vela el continuo sobresalto de los Bemeuves que pasan zumbando por el carril de tu izquierda, a ciento ochenta o más, dándote las luces cuando adelantas a un camión, como si tuvieran mucha prisa por llegar a su pueblo y retirar a su anciana madre de trabajar en la calle.

Detesto las autovías. Es cierto que son más cómodas y seguras; y si no te quedas frito y la palmas conduciendo, llegas antes a donde quieras ir. Pero para quienes, como el arriba firmante, viajar fue durante largos años una forma de vida, esas dobles cintas de asfalto y cemento sustituyen con notable ordinariez a aquellas otras carreteras que tenían árboles y paisajes y pueblos a los lados, donde uno podía detenerse a menudo para un refresco o un bocadillo, compartiendo telenovela de las cuatro con el ventero y las moscas, o calzarse un par de cafés de madrugada entre un camionero y una pareja de la Guardia Civil. Ahora la noche no es más que una larga cinta de asfalto iluminada por tus faros, con la oscuridad y el vacío a derecha e izquierda; y si encontrar una venta durante el día ya se hace raro -todo son gasolineras con supermercado, máquina de café y vasos de plástico-, dar con una abierta más allá de medianoche es como Sofía Mazagatos leyendo el Ulises de James Joyce: posible, pero improbable.

El caso es que iba el arriba firmante, como les contaba, por una de esas carreteras malditas, y de pronto me encontré con el erizo. Ignoro cuál es la velocidad de crucero de un erizo adulto, pero les aseguro que aquél cortaba el asfalto de derecha a izquierda a toda leche. Hice un movimiento con el volante, intentando no pasarle por encima, y cuando miré al costado izquierdo vi que el muchacho seguía su afanosa carrera hasta la protección de la cuneta, tiquitiquití, con la misma desesperada rapidez. Por un momento imaginé su punto de vista: a ras del suelo, acojonado, teniendo ante sí la extensión negra del asfalto, equivalente para nosotros a la anchura de un campo de fútbol, una raya blanca en medio y, a intervalos, una especie de truenos violentos y mortíferos que pasan como exhalaciones infernales. Me acordé del conejo Frambueso de La colina de Watership, o de aquel bellísimo poema sobre el despertar de un erizo que escribió en euskera el entrañable Bernardo Atxaga. Habría querido detener el coche y volver atrás para socorrer al bicho en su peligrosa aventura -aún le quedaba la carretera del otro lado para estar a salvo-, pero no era cuestión de ponerse a maniobrar en la autovía. De modo que seguí adelante, echando un vistazo por el retrovisor hasta que perdí de vista el pequeño y veloz puntito que se la jugaba con un par de huevos, tiquitiquití, a cara o cruz, en vez de quedarse en la cuneta, a salvo.

Que llegues, le deseé. Que alcances el campo al otro lado, pequeño y valiente Erinaceus, allí donde te esperan insectos sabrosos, o lo que diablos comáis los de tu especie; y tal vez también una eriza impresionante, acogedora y tibia, mamífera como tú -incluso muy mamífera- que se abra de púas y te haga olvidar los sinsabores de la vida y te llene la madriguera de ericitos corajudos como su papi, capaces de cruzar a puro huevo las carreteras que los estúpidos hombres ponemos en vuestro camino. Sin duda ignoras, chaval, que no estás tan solo como crees estar; porque todas las carreteras y todos los rincones de todo el mundo están llenos de otros pequeñajos como tú: anónimos camaradas que corren el mismo albur, quedan despanzurrados o sobreviven, porque no se resignaron a quedarse agazapados viéndolas venir; porque salieron a cazar para su gente, o simplemente a pelear con la vida. Supongo que ahí, en mitad de ese asfalto negro e interminable como la muerte, sudoroso en tu carrera a todo o nada, te sientes miserable y vulnerable. Ojalá supieras que alguien -uno de esos hombres estúpidos que cortan árboles y construyen trampas mortales- presenció tu minúscula epopeya, y deseó que llegaras sano y salvo al otro lado.

7 de diciembre de 1997

6 comentarios:

L'Albert dijo...

Muy bien contado en lo que se han convertido hoy los viajes, vayas donde vayas, para el conductor, el viaje se reduce a seguir dos líneas blancas, aun recuerdo aquellos viajes eternos por carreteras nacionales que eran una verdadera aventura.

No sé porque un buen día apareció en el jardín de mi casa un erizo, lo descubrió mi perro, pocas veces lo hemos vuelto a ver, me da que es animal nocturno y que no quiere cuentas con nosotros, solo le vemos en contadas ocasiones y siempre de madrugada.

Anónimo dijo...

Simpatizo con el erizo corajudo, también quiero que llegue vivo. Pero si el pequeño caminante se entera de que APR escribió sobre él, muere de la pura impresión.

José dijo...

Conejo " Frambueso" ? En mi Colina de Watership no recuerdo a Frambueso....Avellano, Pelucón, Diente de León, Quinto....y yo también creo que era macho ;-)

Juan M. Gironella dijo...

Me hizo pensar usted, don Arturo. No por que comparta yo su visión sobre las carreteras españolas, ni por que sienta una afinidad particular hacia los erizos en general o al tamaño de los genitales de su protagonista en particular.

Como emprendedor que soy (sin alardear, que tampoco está el puesto como para presumir) es curioso cómo entiendo, o creo entender, por qué lo hace el erizo. Sabe dios, como bien comenta, qué andará buscando. Nadie le ha prometido que encontrará una eriza a la que pinchar, ni que encontrará ese manjar que tanto gusta a su especie. Y, sin embargo, le tuvo que esquivar usted.

Cuántos otros erizos, igual que su protagonista, creerán que al otro lado de la carretera estaba ese algo que los haría más felices? Y cuántos, sin embargo, no cruzaron por el riesgo que implicaba tomar acción sobre sus ideas?

Me pregunto si crear una empresa (o no) nos hace sentirnos como el erizo que cruza ( o no). Riesgo, incertidumbre, miedo, tensión, soledad…todo sensaciones no del todo agradables. Pero siempre una meta: llegar ahí. La de coches que habré esquivado y la de coches que me habrán esquivado a mi. Habiendo cruzado la carretera un par de veces, aquí me ando todavía. De un lado a otro. Unas veces encuentro lo que quería, y otras no, pero lo importante es cruzarla. Al menos una vez!

Anónimo dijo...

Los erizos son uno de mis animales totémicos preferidos. Lo que comen son frutas y raíces, según creo, porque nunca tendría un erizo en cautiverio. Pero me resultan lamar de simpáticos, como decís vosotros. Pobrecito, espero que haya llegado a su destino.

JaviMai dijo...

Gracias, Arturo. Sin ti el mundo no sería lo mismo.