domingo, 6 de abril de 1997

Mis mendigos favoritos

Llovía en la esquina de la Rué de Buci, a tiro de piedra del Sena, y el fulano se acercaba a los transeúntes tan educado y correcto que éstos se detenían, creyendo que iba a preguntar por una calle o algo así. Era un tipo con barba gris y chaquetón mojado por la lluvia; y estuvo allí una hora larga sin conseguir más que unas pocas monedas. Luego entró en el café donde yo estaba sentado, y pidió un coñac. Imaginé que era para quitarse el frío; pero cuando se calzó la tercera copa sin respirar comprendí que su mendicidad estaba estrechamente vinculada al agua de fuego. En ningún momento lo había visto hacer un mal gesto a quienes le negaban la limosna. Discreto. Correcto. Este mendigo gabacho, concluí con respeto, es un profesional.

Y qué distintos somos según latitudes, me dije, incluso a la hora de pedir. Ya en 1599 decía Mateo Alemán que hasta en su manera de limosnear son diferentes los pueblos: «Los alemanes cantando en tropa, los franceses rezando, los flamencos reverenciando, los portugueses llorando, los toscanos con arengas, los castellanos con fueros, haciéndose mal requisitos, respondones y mal sufridos»... Y la verdad es que, en lo que a españoles se refiere, tampoco en eso han cambiado mucho las cosas desde aquellas Ordenanzas Mendicativas del Guzmán de Alfarache, el talante orgulloso y la insolencia de los picaros y mendigos del Lazarillo de Tormes o El Buscón de Quevedo. Recuerdo que una noche, paseando por Murcia con mi amigo el profesor y crítico Pepe Belmonte, nos abordó un joven de aspecto desastrado que parecía un sonámbulo:

- Dame algo, colega, que estoy tieso. Me lo dijo tal cual, sin apelar a la compasión, ni a la caridad, ni a ninguna milonga pampera. Tú podrías ser yo y viceversa, decían su tono y su gesto. Le di veinte duros y me miró muy fijo entre las greñas. Luego me dio la mano y, con una voz de hecho polvo total, dijo:

-¡Dales caña, colega!... ¡Dales caña y que se jodan!

Nunca supe a quiénes se refería. Pero era tanta su pasión, su rencor, que yo también deseé de corazón que se jodieran todos ellos, fueran quienes fuesen. Qué quieren ustedes. No se trata de solidaridad social. Quizá son resabios de nuestra literatura picaresca, o simple curiosidad simpática. Porque debo confesar que colecciono mendigos desde hace años. Me refiero a sus vidas, dichos y actitudes. Al modo de las marquesonas de antaño, aquellas que el gran Serafín inmortalizó en La Codorniz, yo también tengo mis pobres favoritos. Como Said, que pasó todo el invierno acurrucado ante el aparcamiento de la plaza Mayor de Madrid. Said es un moro rifeño, pero se instala rodeado de estampas de la Virgen y del Sagrado Corazón y nunca abre la boca. Si le dan algo, vale; y si no, también. Cuando estaba en el talego, Said era oyente de La ley de la calle y eso crea vínculos; así que de vez en cuando deja sus estampas en el rincón y nos metemos en un bar a charlar un rato tomando un café. Otro de mis favoritos es un individuo de mediana edad, gaditano, tranquilo, que pone la gorra en el suelo, se apoya en la pared con las manos en los bolsillos, e, impasible, dice a todo el que pasa por delante: «Echa algo ahí, pisha». Otros amenazan directamente, como cierto habitual de la calle Princesa de Madrid, que acorrala a la gente contra la pared, y a quien no le da lo pone de vuelta y media. Más de un transeúnte le ha partido la boca, que lleva siempre llena de puntos y de mercromina; pero no cambia de método, el tío. En Cartagena hay uno jovencito que antes de pedirte cinco duros te pregunta siempre por la familia. Y en la plaza Conde de Barajas de Madrid se busca la vida otro que, cada vez que le das algo, comenta: «Ya falta menos para el Mercedes».

Pero de todos ellos, mi debilidad es un gorrilla de esos que te señalan las plazas de aparcamiento libres en el centro de Sevilla. Lo conocí un día que nos acababa de indicar un hueco para estacionar el coche de mi compadre el escritor Juan Eslava Galán, quien buscaba inútilmente en sus bolsillos una moneda para darle. Ni él ni yo llevábamos nada suelto, y el fulano, muy flaco, chupaillo y lleno de tatuajes, nos miró y, alzando una mano, sentenció, sereno y muy digno:

-Si no tenéis, tampoco pasa ná.

Y le dio a Juan una magnánima palmadita en el hombro.

6 de abril de 1997

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