domingo, 8 de febrero de 1998

Regreso a Vukovar

La noticia me habría pasado inadvertida de no ser por un tercio de columnita en página par de un diario: Croacia recupera Vukovar. Imagino que a la mayor parte de ustedes Vukovar le importa un carajo. Pero hace años, en el 91, el arriba firmante estuvo contándoles por la tele un montón de cosas de esa pequeña localidad de Eslavonia oriental, fronteriza entre Croacia y Serbia. Tiempos duros aquellos, cuando los serbios eran el chulo del barrio y tenían tanques y aviones y tenían de todo, y Europa miraba hacia otro lado y les dejaba pegarles fuego a los Balcanes con toda impunidad, y mi admirado don Javier Solana, entonces ministro de Exteriores, salía en cada telediario con espléndida sonrisa, diciendo estamos trabajando para detener esto, mientras su mediación, como la de los mierdas de sus colegas de la CEE, consistía en darles palmaditas en la espalda a Milosevic, Karadzic y a quienes ahora, lanzada a moro muerto, llaman criminales de guerra. Ustedes a lo mejor no se acuerdan, y al actual secretario general de la OTAN tampoco le conviene acordarse. Pero yo me acuerdo muy bien, porque estaba allí.

¿Saben ustedes lo que pasó en Vukovar? Pues que mientras don Javier Solana y Europa les hacían a los serbios un francés con todas sus letras, éstos cercaron la ciudad y la cañonearon. Y luego empezaron a lanzar ataques feroces con aviación y con tanques contra los defensores, armados apenas con escopetas de caza y algunas armas de fortuna. Todo eso se lo contábamos a ustedes en los telediarios Márquez, mi cámara de TVE, Jadranka, nuestra intérprete, y el arriba firmante, que nos pasamos aquel verano y aquel otoño corriendo como liebres delante de los tanques serbios por toda la Krajina y toda la puñetera Eslavonia oriental, entrando y saliendo de Vukovar por un caminillo que había a través de los maizales, y nos abrimos de allí por los pelos, con los últimos heridos que aún podían andar, antes de que el cerrojo se cerrara para siempre. Luego se luchó casa por casa, y cuando por fin llegaron al centro de la ciudad, al hospital, los serbios los sacaron a todos y los mataron por el morro, uno tras otro. No hubo prisioneros en edad de combatir; a todos se los pasaron por la piedra fueron a dar en fosas comunes. Eso hicieron en Rado, que era un pequeñito y rubio y se fumaba siempre el tabaco de Márquez. También con Mate el gordito y con Mirko el bosnio, que era callado y elegante y un experto en golpes de mano nocturnos. A Sexymbol no llegaron a tiempo de asesinarlo, porque pisó antes una mina en los maizales, pro sí a su hermano Ivo. Los mataron a todos cuando se quedaron sin municiones y se rindieron. A todos incluido el comandante Grüber, que tenía veinticuatro años y era mi amigo; tanto que un día organizó un contraataque para ganar trescientos metros y que pudiéramos filmar los tanques serbios de cerca, y los filmamos, y costó un muerto y cinco heridos que aquella noche Vukovar abriera el telediario. Al final, cuando Grüber ya estaba en el sótano del hospital con un pie arrancado y metralla en los pulmones, los serbios lo sacaron fuera con los otros heridos y le pegaron un tiro en la cabeza.

Todo eso me ha venido a la memoria ante la pequeña noticia del diario. El recuerdo de aquellas noches en las trincheras, en los sótanos o entre las ruinas de Vukovar. Las largas conversaciones en las que sólo veías del otro la brasa semi oculta de un cigarrillo. El miedo, el coraje, la desesperación, la esperanza. Y el último adiós, aquel amanecer gris en que nos arrastramos por los maizales sin mirar atrás, sintiendo en nuestras espaldas los ojos de todos aquellos jóvenes que iban a morir porque no llevaban un carnet de prensa y un pasaporte en el bolsillo, y porque el ministro Solana y sus colegas no tenían ninguna prisa. Una enfermera superviviente nos contó más tarde que los últimos del grupo de Grüber –una veintena de muchachos entre los dieciocho y los veinticinco años- pelearon, ya con los serbios dentro del último reducto, hasta que no hubo munición que disparar. Que vendieron cara su piel y que no quedó nadie. Por eso, tras ver hoy el nombre de Vukovar en el diario, me serví un coñac, fui al vídeo y puse durante un rato algunas imágenes hechas por Márquez. Ahí están de nuevo Grüber y los otros. Les he dado hacia atrás y hacia delante a las cintas, viendo cómo sonríen, sueñan, fuman, combaten, hablan de la vida, del futuro. He congelado sus rostros muchas veces, recordando. He pasado la mañana bebiendo coñac con un grupo de chicos muertos.

8 de febrero de 1998

5 comentarios:

Razmujin dijo...

Siento pena de saber que soy de las pocas personas que se emocionan por estas estúpidas guerras, que son de todo menos estúpidas. La crueldad y la estupidez humanas no tienen límites.

Nes dijo...

Durante ese episodio de la historia yo era un crío. Esa página pasó casi invadvertida y ahora que vivo en Zagreb con mi novia croata, llevo desde hace mucho tratando de instruirme e informarme sobre lo sucedido durante la caída de Yugoslavia. De momento me he hecho con Territorio Comanche. Quizá no lo sepas Arturo pero en la bibioteca del centro de Zagreb hay varias novelas tuyas, en la sección de nuestro idioma. Así que ahora me estoy empapando todo lo que encuentro sobre aquellos días, y ya de paso quisiera saber si puedes recomendarme algo para leer o para ver.

Comentarte también que la televisión nacional croata está emitiendo una serie de documentales sobre lo sucededido en Vukovar, llamado Heroji Vukovara. Esta es la página:

http://www.herojivukovara.hr/

Sin más, un abrazo de un murciano que te lee en la distancia.

Ernesto Martínez.

DDD dijo...

Yo era "chaval" de veintitantos, qué no me perdía ni una de tus entradas en él telediario, cuando entre noticias de las olimpiadas de Barcelona, nos contabas lo qué estaba pasando a 2 horas de avión de nosotros y me marco mucho, tanto que hasta qué años más tarde en él 2005, pude coger la moto y viajar por allí y conocer Vukobar, Split, Mostar o Sarajevo y a sus gentes.
Desde entonces soy un fiel lector tuyo y tengo a Patente de corso siempre en la mesilla de noche :-)
Para Ernesto: un libro que te puede aclarar lo qué pasó con Yugoslavia es "Yugoslavia kaputt", ahora no me acuerdo del nombre del autor, pero es español.

Anónimo dijo...

Nosotros tambien nos acordamos. Y no lo vamos a olvidar nunca. Saludos desde Split

Uno de tantos dijo...

Yugoslavia kaputt, Manuel Leguineche ISBN:84-406-2912-5. ¡El jefe de la Tribu!