lunes, 1 de noviembre de 1999

Business class y otras sevicias


Qué cosas. Te pasas la vida evitando cuidadosamente volar en Iberia, por aquello de no caer en la emboscada. Antes de viajar bajo el dudoso amparo de esa compañía de pabellón nacional, te aseguras de que no hay autovías para ir en automóvil, ni trenes que solventen la papeleta, ni tampoco vuelos de otras compañías, la Thai, o la Air Camerun, o la que sea. Cualquier cosa, le ruegas a la encargada de la agencia de viajes. Búsqueme cualquier cosa menos Iberia. Se lo ruego por su madre. Y así te vas escapando, más o menos, mientras la tarjeta Iberia Plus, que te sacaste un día de locura temporal transitoria, cría óxido en la banda magnética. Pero al final te pillan. Tarde o temprano te sale un viaje inevitable, y zaca. Palmas.

Iberia no es una compañía, es una vergüenza. El otro día, de nuevo, caí en sus manos y todavía me tiemblan las carnes. Volaba —mis editores me cuidan, y yo tampoco soy gilipollas— en clase preferente, que como ustedes saben es más cara que la turista, y a cambio ofrece algunas mejoras en el servicio, más espacio en los asientos, etc. Pero eso era antes. Ahora, en vuelos nacionales viaja más gente en esa clase que en turista. Para empezar había más pasajeros que plazas asignadas, y la cabina era un esparrame de equipajes que no cabían, de gente que protestaba, de azafatas desbordadas, ante la pasiva guasa de un piloto, o comandante, o general de brigada, o como se llamen esos fulanos de las gafas de sol y el Rolex y la gomina y los trescientos kilos al mes y la huelga de celo de Semana Santa y de Navidad, que estaba apoyado en la puerta y pasando por completo del asunto. Yo llevaba una bolsa de mano de dimensiones reglamentarias para cabina y una maleta facturada; pero como faltaba sitio, una azafata me pidió que también metiera la bolsa en la bodega. Lejos de irse a hacer puñetas como sugerí cortésmente, optó por dejarme en paz, obligando a una anciana osteoporósica a incrustarse entre dos pasajeros. Clac, hacía la pobre señora. Y cuando después corrió la cortina separándonos de la clase turista, yo pensé: ahí va. Si esto es lo que nos hacen a los de preferente, no quiero ni pensar lo que van a hacerles a ésos de atrás. Cómo será la cosa que hasta corren la cortina para que no haya testigos.

Total. Que cierran las puertas para que no se escape nadie, y mientras una azafata pretende sobornarnos con una copa de champaña catalán, otra se pone a hacer publicidad por la megafonía. Publicidad por todo el morro. Nada de el chaleco se pone así y la puerta está allí y el comandante Ortiz de la Minglanilla-Salcedo les da la bienvenida, sino publicidad pura y dura. Algo así como Iberia les recomienda la tarjeta Bobo Word o algo por el estilo, que es una tarjeta cojonuda y con ella los vamos a tratar como se merecen. A todo esto, emparedado entre dos pasajeros en asientos idénticos a los de clase turista; intento abrir el periódico, y como no hay sitio le vuelco a uno de mis vecinos el champaña catalán en los pantalones. El hombre se hace cargo de la situación y se abstiene de pegarme una hostia. Secamos la cosa como podemos -la azafata sigue hablándonos de la Bobo Word y de su puta madre-, y acto seguido, ya sobre las nubes, el piloto nos suministra el apasionante dato de que estamos volando sobre la vertical de Palencia -imagínense: todos luchamos a brazo partido en las ventanillas para asomarnos y ver Palencia- y luego nos pregunta si tenemos ya la tarjeta Bobo Word. A mí las apreturas de ir comprimido en el asiento me han dado un calambre en la pierna derecha, así que me pongo a golpear el pie en el suelo para que se me pase, pensando que más que la Bobo Word lo que debía ofrecer Iberia es la tarjeta de Sanitas. Mi vecino de los pantalones manchados, que es guiri, debe de estar pensando que lo del zapateado es una forma de protesta típica, porque me acompaña con palmas y mucho arte.

Aterrizamos -hora y media de retraso- muertos de hambre y sin que nos sirvan ni un canapé. Sólo una de esas chocolatinas que fabrica Ruiz Mateos. Salgo del avión preguntándome quiénes somos, de dónde venimos, a dónde carajo vamos, y por qué hace año y medio que nunca desembarco por uno de esos fingers, o túneles retráctiles casualmente construidos por Thyssen, y siempre me toca subirme al autobús. Al fin, tras aguardar cuarenta y cinco minutos de reloj en la cinta de equipajes, mi maleta sale, por supuesto, cuando ya la daba por perdida.

Sale con la última remesa, y todas llevan la etiqueta Business class, Priority.

31 de octubre de 1999

3 comentarios:

@Bettybridger dijo...

Mi muy estimado Sr. Pérez Reverte:
“This was a time when Spain was revered, feared, and hated in the easterly seas; when the devil had no color, no name, and no flag; and when the only thing needed to summon hell on earth (or sea) was a Spaniard and his sword.” ¿Sabe Ud., no lo sabrá claro porque ni siquiera me conoce, que Ud. de alguna manera encarnaba para mí a ese español? ¿Sabe Ud., que le leía con auténtica fruición, no solamente sus artículos, domingo tras domingo sino a mi Capitán Alatriste, El puente de los asesinos, y hasta había empezado a tararear un Tango en mi cabeza al hilo de sus palabras? Pero, ¿sabe qué? Como todos los ídolos ha resultado tener usted los pies de barro.
Cayó en mis manos un artículo suyo de allá por el año 1999 (cuanto ha llovido desde entonces, dirá Ud. ) http://arturoperez-reverte.blogspot.com.es/search/label/1999-44%20Business%20class%20y%20otras%20sevicias y, perdió Ud. toda su magia. Me explico: dado que escribe Ud. con tanta libertad que le sorprende que le dejen, y le cito, me creo yo también en posesión de la patente de corso necesaria para contestarle.
Empecemos por el principio, que suele ser lo mejor. Ya en el título, habla Ud. de sevicia, que yo diligentemente me fui a buscar al diccionario de la RAE, puesto que como término me parecía de una crueldad desmesurada. Cuál no sería mi estupor al leer su significado, ¿lo adivina Ud.? Me consta que lo conoce. Busqué entonces el término crueldad, y me encontré con “falta de humanidad y compasión ante el sufrimiento de una persona”. Permítame expresarle D. Arturo mi total perplejidad, ante el uso y el abuso que de las palabras Ud. hace, y de los sentimientos que evoca. Será tal vez por haber sido tantos años corresponsal de guerra. Será.
Sigamos. Habla Ud., de más pasajeros que plazas y un “esparrame” de equipajes (por cierto, hable Ud. con su corrector tipográfico ya que, van dos las erratas en el texto –Camerún posee tilde diacrítica y existe el verbo desparramar y no “esparramar”, tal vez es una licencia que se permite y yo no lo sé, tal vez-) y, sus medidas reglamentarias y, la solución ofertada por la azafata. Sepa Ud. D. Arturo que TODOS los equipajes son reglamentarios a decir de sus dueños, y he asistido a más de una agria discusión sobre el tema entre el personal de tierra y pasajeros con equipajes “reglamentarios”. Claro, al igual que Ud., ninguno quiere que su equipaje lo bajen a bodega y los embarques, imagine serían eternos ante las discusiones generadas. Me dirá Ud. que se etiqueten en facturación, pero vaya, en ese momento los pasajeros no tienen nada (en el trayecto hacia la puerta se llenan de bolsos, maletines, paraguas, muletas, productos de Duty –Free, etcétera que no sigo por no devenir cansina). Por lo que, repito D. Arturo, la solución ofertada por la azafata hubiera o hubiese sido la mejor. Se lo dice la voz de la experiencia, créame.

@Bettybridger dijo...

Prosigamos. No es lo mismo piloto, que comandante, que general de brigada (consulte Ud. la RAE tal y como nos recomienda siempre encarecidamente a sus lectores). Y, desde luego si ganaran 300 kilos al mes le puedo asegurar que no trabajarían tanto. Dice Ud., que estaba apoyado en la puerta pasando de todo y yo la experiencia que tengo es que observan la cabina de pasajeros, cuando prevén problemas para poder ayudar en la medida de sus posibles. Al fin y al cabo, a bordo no lo olvide Ud., son la máxima autoridad y con arreglo a ello en caso de algún percance se les exige esa responsabilidad. Por cierto, si le gustaran los relojes también se permitiría un Rolex, un Tag Heuer o un Hamilton, o ¿conduce Ud. un Seat pudiéndose permitir un Mercedes?
No entro en la publicidad sobre la tarjeta de la Alianza Oneworld pero es la que le permite que cuando vuela con varias compañías su equipaje llegue hasta destino final, se le ofrezcan todas las tarjetas de embarque desde origen y todos los servicios adheridos, en definitiva hacerle el viaje más cómodo y feliz al pasajero.
Y, para terminar el retraso en el aterrizaje y el aparcamiento en remoto y no en Finger, y la entrega de equipajes, dudo que no sepa Ud. que corresponden al ente AENA, su gestión y asignación. Es como si culpara a Iberia de que no hay papel higiénico –papel del culo, para Ud. y para mí aunque no sea políticamente correcto-, en los servicios.
Por cierto, como último detalle, cambie de traductor ES-EN para sus libros ya que poca justicia le hace. Yo, hubiera -dado su proverbial apasionamiento- utilizado “hatred”, en lugar de “hated”.
Un placer D. Arturo y, hasta nunca.

Michel Henric-Coll dijo...

Pese a ser un rubio gabacho, eres mi escritor preferido. Si me permites la familiaridad.
Yo te voto para el Nobel, y te aseguro que no es de coña, sale de alma.
Tarde o temprano, te lo tenía que decir ¿no?