
Los viejos y venerables textos ya no sirven de nada. Basta darse una vuelta por ahí, visitar cualquier museo o monumento histórico y pedir un folleto y escuchar al guía local, para comprobar hasta qué punto de aquí a poco tiempo no nos vamos a reconocer ni nosotros mismos. Nunca se ha manipulado tanto y tan impunemente como ahora, bajo el pretexto de borrar anteriores manipulaciones. Así, entre tanto neohistoriador local y tanto soplador de vidrio están dejando la Historia de España, la que -a pesar de sus errores y lagunas- aprendimos en los libros y con tanto orgullo nos explicaban nuestros padres y nuestros abuelos, hecha un bebedero de patos.
Las bibliotecas siguen ahí, pero los libros se destruyen, se esconden y se reescriben según las necesidades del momento. Las huellas físicas se restauran a capricho, se borran las inscripciones inconvenientes y se sustituyen por otras más acordes a la nueva realidad histórica. Y cuando no existen, mejor. Así se pueden crear, sin problemas, símbolos centenarios encargados a artistas del diseño de moda que, si el presupuesto da para ello, pueden, incluso, recubrirlos con la pátina formal correspondiente para que den la impresión de haber estado ahí desde siempre.
La táctica no es nueva. Los apóstoles de la intolerancia, los grandes manipuladores de los pueblos y las banderas suelen recurrir a este eficaz sistema: el nazismo con la cultura europea, o el nacionalismo serbio en los Balcanes, sin ir más lejos. La Historia, la que se escribe con mayúscula, ha sido siempre el principal objetivo, porque es el más molesto y lúcido testigo. Frente a los intereses locales, de tiempo y de situación, lo que une a los pueblos es la historia vivida en común: los asedios, las batallas, las gestas, las victorias, las derrotas, las esperanzas, las desilusiones, los héroes, los mártires, las iglesias, los castillos, las catedrales, los cementerios. Ésa es la espina dorsal, hecha de sufrimientos y de alegrías, de lucha y trabajo, de años y de siglos, sobre la que se encarnan el respeto, la convivencia, la solidaridad.
Sin Historia somos juguetes en manos de los bastardos que cifran su fortuna en llevarnos al huerto. Rotos el pasado y la memoria, asfixiado el orgullo común, ¿qué diablos queda?... Sólo el escozor de las ofensas, que también las hubo. Sólo la desconfianza y miedo, resentimiento, y esa bilis amarga que nutre el alma negra de las contiendas civiles.
Sí, Sancho amigo. Manipular la Historia es aún más bajo y miserable que utilizar las armas de la etnia, o de la lengua, porque si éstas apuntan al presente y al futuro, lo otro va royendo todo aquello que hizo posible que ni lenguas ni etnias fuesen obstáculo para que diversos pueblos y naciones vivieran en paz y trabajasen juntos. Por eso me inspiran tanto recelo y tanto desprecio esos aprendices de brujo, esos historiadores subvencionados y mercenarios que se venden, por treinta monedas de plata, a los caciques locales que les llenan el pesebre.
14 de noviembre de 1993
1 comentario:
Es cierto que la historia generalmente la contaron los vencedores. Que las leyendas y creencias antiguas se transforman en historia. Cuando esas creencias son añejas se las trata como históricas. Han pasado muchos años desde que se escribió este artículo. La "bola de nieve" sigue girando y atrapando a muchos. Esa bola de nieve se balancea en dirección programada e interesada. Tratar todas las historias como relatos de Tácito, es excesivo, y puestos a historiar, prefiero la socarronería de los personajes de Ibáñez. Aunque hay días que me río más leyendo el periódico, que el Trece Rue del Percebe. Estos artículos son desgraciadamente atemporales. Porque no se resuelven los problemas.
Publicar un comentario