domingo, 5 de febrero de 2023

Una historia de Europa (XLVII)

El siglo XV, que los italianos llaman Quattrocento, alumbró una Europa que dos o tres centurias atrás no habría imaginado ni la madre que la parió. Los cambios se venían dando desde unos siglos antes, cuando del limitado baluarte intelectual de los monasterios medievales (ora et labora) se pasó a las primeras universidades, y cuando el arte románico de muros espesos y bóveda de cañón, oscuro y con aire de fortaleza, que difundido desde la abadía francesa de Cluny había dado unidad de estilo a Europa, cedió lugar a una nueva arquitectura impulsada por los monjes del Císter (también ésos eran gabachos), con su luminosa verticalidad, bóvedas de crucería y decoración innovadora que pronto se extendió a lo civil. Así, entre los siglos XII y XIII y coleando hasta el XIV, el occidente europeo se llenó de esas extraordinarias biblias de piedra y cristal llamadas catedrales góticas (Nôtre Dame, Burgos, Colonia, Milán y numerosos etcéteras), que hoy siguen dando personalidad y postín a las afortunadas ciudades que cuentan con ellas. El caso es que soplaban aires nuevos en la política, la sociedad, la ciencia, el arte y la literatura. Después de los estragos causados por la Peste Negra y la escabechina de los Cien Años, con la frontera oriental (Bizancio) a la defensiva ante el Islam y la frontera occidental (España) a la ofensiva y ganando terreno a espadazos a la morisma, Europa entraba en un período de equilibrio dentro de lo que cabe: afianzamiento de nacionalidades, aumento de población (lo que beneficiaba a una burguesía cada vez más poderosa y con pasta), y secularización de la cultura, poco a poco menos dependiente de la Iglesia. Lo que hoy llamaríamos modernidad estaba a punto de caramelo (invento de la brújula, invento de la pólvora aplicada al arte militar, invento de la imprenta de tipos de madera que permitía mejorar la producción de libros). Numerosos indicios anunciaban, o confirmaban, ese nuevo ambiente que se colaba por todas partes; y uno de tales indicios tenía nombre y apellidos, pues se llamó Marco Polo: un veneciano que iba a cambiar mucho la concepción que los europeos tenían del mundo. Hasta entonces, más o menos, Oriente y en concreto China se consideraban en el quinto carajo. Lejísimos, o sea, y no sólo en sentido geográfico. Quienes mantenían los tenues lazos de Occidente con aquella remota parte del mundo eran los comerciantes, italianos muchos de ellos, que iban y venían buscándose la vida con viajes atrevidos y aventureros. Una de aquellas familias comerciantes era de Venecia, se apellidaba Polo, y tres de sus miembros (un padre, un hermano y el hijo del primero) tuvieron las santas agallas de aventurarse tan al este que acabaron llegando a Pekín, donde reinaba el emperador Kublai Kan. No fueron los primeros que llegaban allí, pero sí los más afortunados. Le cayeron simpáticos al emperata de allí, pasaron veintitrés años con él y regresaron a Venecia cargados de mercancías y novedades por contar; cosa que Marco, hijo y sobrino de los que realizaron el viaje, que había ido con ellos, hizo en un libro (Los viajes de Marco Polo o libro de las maravillas) que se convirtió en el pelotazo más leído de su tiempo, dio a conocer las tierras, gentes y civilizaciones de Asia, y alentó que, olfateando las posibilidades lucrativas del asunto, los comerciantes europeos (sobre todo de Génova, Venecia y Pisa, pero también de la corona de Aragón, que se expandía con rapidez por el Mare Nostrum) aumentaran la importación de seda, especias y otros productos a través de la llamada ruta de la seda, que discurría a través de las tierras ocupadas por el Islam y cruzaba el Mediterráneo hasta los puertos de Italia. Eso propició un auge del corso y la piratería del que hablaremos en otro episodio; pero sobre todo enriqueció a la burguesía de algunas ciudades italianas (sobre todo a las grandes familias de comerciantes y banqueros, acostumbradas a conchabarse entre ellas concertando matrimonios), que establecieron consulados y colonias por todo el Mediterráneo oriental. Y como cuando sacas destacas, en las urbes con viruta fraguó al fin aquella modernidad que llevaba tiempo queriendo romper aguas. Lo hizo encarnada, o simbolizada, en una figura social decisiva para el futuro intelectual de Europa, la del mecenas (nombre inspirado en el romano Mecenas, protector de literatos en tiempos del emperador Augusto): fulanos podridos de pasta que, aunque sin condiciones personales para ser genios de nada, amaban la ciencia y la cultura (o el prestigio social que éstas daban) lo suficiente para costear la carrera y obra de científicos y artistas de los que se convertían en protectores. Y eso, vinculado a la bella palabra Renacimiento, iba a hacer famosos los nombres de la ciudad de Florencia y de una familia de banqueros apellidada Médici. 

[Continuará]. 

5 de febrero de 2023

domingo, 29 de enero de 2023

La sombra de las hienas

Es curioso cómo, en un mismo lugar y al mismo tiempo, puede observarse lo peor y lo mejor de la condición humana. Eso, a poco que nos fijemos, sucede en todas partes. Y si uno practica de vez en cuando el interesante ejercicio de dejar quieto el dedito y olvidar un rato la pantalla del teléfono móvil, alzando la vista para dirigir en torno una ojeada tranquila, la vida y la gente que la transita se muestran de nuevo reales, en carne y hueso. Dándole tal vez a quien observa lecciones que en este mundo absurdo en el que nos han metido como ratones en la ratonera —o nos metemos voluntarios, pues nadie te obliga a morder el queso— cada vez parecen quedar más lejos. 

Me ocurrió el otro día. Estaba viendo con los hijos de unos amigos El rey león en el teatro Lope de Vega de Madrid, y en la fila de delante había una chica joven de edad extrañamente indefinida, entre los dieciséis y los veintipocos años. Había algo en ella que llamaba la atención. Llevaba gafas y media melena, y a la luz de las candilejas, o como se llame ahora lo que ilumina el escenario —confío en que se siga llamando así, porque candilejas es deliciosamente añejo—, yo podía ver su perfil, absorto en las aventuras del pequeño león protagonista. La chica estaba pendiente de las escenas de una manera ávida, con extrema atención, como si lo que allí ocurría no fuese un relato imaginado sino algo en lo que se sentía implicada. Como si ella misma estuviese ahí arriba. 

Me fijé mejor. No soy experto en analizar conductas, pero me pareció la suya una inusual emotividad. Casi infantil, todo el rato. Términos como autismo, asperger o alguna clase de percepción del entorno diferente a la habitual me pasaron por la cabeza. No podría determinarlo, pues no llegué a ninguna conclusión final. Pero el comportamiento de aquella chica era singular. En las escenas más tenebrosas de la obra, cuando el malvado Scar hace de las suyas o cuando las sombras y siluetas de las hienas entenebrecen el escenario, ella se sobresaltaba y gemía «no, no, no» como si estuvieran a punto de arrancarle la vida. Sufría visiblemente, angustiada, y a veces se volvía hacia sus acompañantes —un hombre y una mujer de cabello gris, seguramente sus abuelos— como para refugiarse en ellos o rogarles que impidiesen la tragedia que se desarrollaba ante sus ojos. 

En otras ocasiones, sin embargo, en las escenas felices o cómicas protagonizadas por Rafiki, Timón y Pumba, la chica se relajaba, desenvuelta, satisfecha. Reía y miraba alrededor como si invitase a cuantos la rodeábamos a compartir la felicidad que sentía. Lo hacía en voz alta con una risa espontánea y unos suspiros prolongados de alivio que sonaban felices, entrañables. Una risa tan inocente y conmovedora que te esponjaba el corazón. 

Lamentablemente, la mayor parte de quienes ocupaban las butacas contiguas lo sentían de otra manera. Menudeaban los «chist, chist», los «vale ya» y los «a ver si nos callamos de una vez». Individuos de ambos sexos que durante toda la función habían estado sacando el móvil para incomodarnos con el resplandor de la pantalla dirigían a la chica miradas airadas cada vez que ésta gemía o reía. Algunos eran desagradables, hostiles, incluso. Y no faltaban quienes dirigían sus reproches a los acompañantes de la chica, cual si los hicieran responsables por no taparle la boca. Pensé que debía de ser un mal trago para los abuelos, llevar con toda ilusión a su nieta al teatro y encontrarse con la incomprensión y el malhumor de unos idiotas. 

Había una excepción notable, encantadora. En mi fila de butacas, a mi derecha, una joven atractiva y un muchacho alto y bien parecido, sentados juntos, sonreían amables cuando oían reír a la chica extraña, y dirigían miradas reprobadoras a los gruñones aguafiestas que se quejaban de ella. Y al acabar la función, cuando tras los aplausos se encendieron las luces de sala, y los protestones volvieron a sus teléfonos móviles y se fueron con sus niños a hacer puñetas, y la chica, tras aplaudir con viveza feliz miraba a sus abuelos con los ojos empañados de lágrimas, la joven que había estado sentada a mi lado, puesta en pie e inclinada sobre los respaldos de las butacas, se acercó a la chica, diciéndole: «Es una obra estupenda, ¿verdad?… También a mí me ha gustado mucho». Y la abuela, que al verla dirigirse a su nieta se había puesto en guardia, temiendo tal vez alguna impertinencia, se quedó sorprendida y quieta, mirándola fijamente. Y después, poniéndole una mano sobre el brazo, murmuró un «gracias» emocionado. 

Salí de aquel teatro con una sonrisa que aún no se desvanece del todo. Al fin y al cabo, pensé, el mundo es tal como nosotros lo hacemos. 

29 de enero de 2023

domingo, 22 de enero de 2023

Una historia de Europa (XLVI)

En el último tercio del siglo XIV, los papas regresaron a Roma. Suena raro, pero es que durante sesenta y ocho años, entre 1309 y 1377, los sucesores de Pedro habían ido a instalarse en una ciudad francesa llamada Avignon, o Aviñón. Alemania e Inglaterra andaban en sus cosas, en España seguían escabechándose moros y cristianos, y el reino bizantino resistía como gato panza arriba la presión turca. En ese momento, pese a la prolongada rivalidad con Inglaterra, el reino de Francia era el rien ne va plus del prestigio y la cultura, y sus reyes los más elegantes y pijolines de Occidente. El papa de turno era el arzobispo de Burdeos, que tenía excelentes relaciones con la monarquía de allí. Además, los Estados Pontificios no se bastaban solos para mantener el esfuerzo militar y económico del papado (de los 300.000 florines de oro anuales que ingresaba el papa, sólo la cuarta parte procedían de Italia). Roma era estratégicamente incómoda y desde allí se controlaba mal la vasta estructura de la Iglesia católica, mientras que en Aviñón se estaba más cerca de todo, en especial del flujo de dinero que proporcionaban los conventos, monasterios y obispados repartidos por Europa. Con la llegada de los papas, la ciudad francesa se convirtió en una cosmopolita capital administrativa y financiera con cientos de funcionarios, cardenales, banqueros y embajadores extranjeros. Durante ese período de papas franceses, en la nueva sede pontificia se hizo encaje de bolillos cuidando al mismo tiempo los intereses italianos, el buen rollo con Francia y la relación con el mundo católico en general. Hubo un momento de gran brillantez que el historiador George Holmes calificó de amalgama de poder principesco y autoridad espiritual, con zorros astutos y eficientes como Juan XII y sobre todo con Clemente VI, que fue el más grande de todos ellos: un artista en política internacional y tan grand seigneur que hasta fundó una dinastía, pues años después llegaría al papado Gregorio XI, que era su sobrino (un lindo botón de muestra del nepotismo de los pontífices de aquellos tiempos del cuplé: canónigo a los 11 años y cardenal a los 19). Ese tinglado funcionó durante mucho tiempo, hasta que en Italia empezaron a mosquearse por el descarado chauvinismo de los papas, por tenerlos a ellos tan lejos y a sus recaudadores de impuestos tan cerca. Al final, viendo venir el nublado, Gregorio XI devolvió la sede papal a Roma; pero murió dos años después y se lió la de Dios es Cristo porque, en el cónclave para elegir al nuevo, los cardenales franceses y los italianos se mordían los higadillos. Salió elegido un italiano, pero los otros no lo aceptaron; así que, montando un segundo cónclave por su cuenta, eligieron a un gabacho que hizo de nuevo las maletas para Aviñón. Había ahora dos papas, uno en Italia y otro en Francia. Eso también dividió a los monarcas y príncipes europeos, cada cual barriendo para casa: Inglaterra, Portugal, la Italia central y la del norte apoyaban al papa de Roma, mientras a Castilla y Aragón, Austria, la Italia del sur, Francia, Irlanda y Escocia les caía más simpático el otro. Y cada vez se enredó más la madeja, porque a la muerte del aviñonés se nombró a un sucesor —español, aragonés por más señas, Pedro de Luna— que tampoco aceptaron los otros. Para deshacer el empate, en el año 1409 se nombró a un tercero sobre el que tampoco hubo acuerdo, porque los otros dos dijeron verdes las has segado, colega, éramos pocos y parió la abuela. Europa se vio con tres papas chungos en vez de uno (andaban excomulgándose entre sí como locos) y aquello fue ya la descojonación de Espronceda. Semejante pifostio se llamó Cisma de Occidente y duró cuarenta años, hasta que en 1417 el concilio de Constanza dijo hasta aquí hemos llegado, mandó a los tres papas a hacer puñetas y eligió a uno nuevo, Martín V, para zanjar el asunto. Éste se quedó en Roma, volviendo todo a la normalidad. Y era buen momento porque, en aquel siglo XV que empezaba, Europa iba a conocer los más notables cambios desde la caída del Imperio Romano. Ya en la centuria anterior, tres grandes poetas y humanistas italianos, Dante, Petrarca y Boccaccio, habían devuelto el interés por el mundo clásico griego y latino. En Venecia, un comerciante llamado Marco Polo se había hecho famoso con un libro sobre Asia que era un bestseller mundial. En la ciudad alemana de Maguncia, un impresor llamado Gutenberg estaba a punto de inventar la imprenta moderna de tipos móviles. Y en la próspera Florencia y otras ciudades italianas cuajaba lo que, un siglo más tarde, el escritor, pintor y arquitecto Giorgio Vasari definiría con la hermosa palabra Rinascita: Renacimiento. 

[Continuará]. 

22 de enero de 2023

domingo, 15 de enero de 2023

El patrón de Cala Volpe

Fondeo al sur y por fuera de Cala Volpe, en la costa nororiental de Cerdeña, tras haber pasado las bocas de Bonifacio con viento duro y rizos en las velas. Llego cansado, a la anochecida y con poca luz, guiándome por el resplandor del hotel que hay al fondo y por la farola de levante, procurando no arrimarme mucho porque hay piedras a flor de agua por ese lado. Por suerte no es época de turismo náutico masivo y apenas hay algún barco cerca. Al fin largo el ancla frente a la playa, a unos doscientos metros de ésta, dándole treinta y cinco metros de cadena en cinco de sonda para pasar la noche tranquilo, y no la aseguro hasta que el barco queda aproado a la brisa suave que viene del norte. Entonces, ya con todo oscuro alrededor, apago las luces de navegación, enciendo la de fondeo y, hecho polvo, me voy a dormir. 

Sobre las tres de la madrugada rola y refresca el viento. Lo oigo silbar cada vez más fuerte en la jarcia; así que, impulsado por esa saludable incertidumbre del marino de la que hablaba Joseph Conrad, me pongo un jersey y subo a tomarle el pulso a la cadena. No vibra, así que me quedo tranquilo. Voy a regresar a la litera cuando veo que las luces verde y roja de un yate grande, de motor, se aproximan en la oscuridad. Para asegurarme de que me ven, doy un par de pantallazos con la linterna y me quedo mirando como la mole oscura se sitúa cerca de mí y oigo el estruendo de su ancla al correr la cadena por el escobén. Al poco rato todo queda tranquilo, la silueta negra del yate permanece inmóvil y yo me vuelvo a dormir. Poco antes del alba vuelvo a despertarme y compruebo que el viento ha caído de nuevo, hasta convertirse otra vez en una suave brisa. 

Por la mañana, cuando salgo a cubierta y me siento a leer disfrutando del sol cada vez más alto, descubro con sorpresa, azares del mar, que el yate fondeado por mi banda de estribor tiene pabellón español y matrícula CT-6ª, de Cartagena: un chárter, de alquiler. La brisa que ahora viene del este nos ha hecho bornear hasta acercarnos un poco más. Eso me permite ver y escuchar lo que ocurre a bordo, donde un par de correctos marineros sirven el desayuno a los pasajeros sentados en torno a una mesa, en la popa: media docena larga de guiris, hombres y mujeres jóvenes, ruidosos y maleducados, que tratan a los de la tripulación con una grosería insultante. Arriba, sobre el puente, el patrón —camisa blanca y palas de uniforme en los hombros— lee unas revistas o un libro, y cuando levanta la mirada y repara en mí, nos saludamos con la mano. «¡Estamos lejos de casa!», le grito. «¡Hay días que demasiado!», responde él mientras hace un ademán hacia su popa, como excusándose por el jaleo. Y seguimos leyendo. 

Al rato, los guiris piden música fuerte, y se la ponen. Chunda, chunda, chunda. El patrón me dirige una mirada y otro ademán de disculpa y yo me encojo de hombros. Estoy acostumbrado a ver yates grandes y sé cómo son las cosas a bordo. En treinta años de navegar me he visto junto a propietarios o clientes correctos, que se comportan según los usos del mar, y a gentuza grosera y ruidosa, indiferente a las molestias que causan a la tripulación y a sus vecinos de fondeo. Y los de hoy son de los peores. Pura chusma. Parecen ingleses, la mitad de ellos están borrachos a las diez de la mañana, y tratan a los marineros con una arrogancia y una descortesía inauditas. Después les hacen arriar una zódiac y una moto náutica, y como el agua está demasiado fría para bañarse —lo que es una lástima, pues no me importaría ver ahogarse a un par de ellos, o que la moto les hiciera la raya en medio— se pasan varias horas yendo y viniendo entre el yate y la playa, con más música y con los motores atronando sin parar. 

Todo apunta a que el vecino va a quedarse ahí todo el día, pero por suerte mis planes son otros. Tengo la intención de dirigirme al sudeste, así que pongo el barco a punto, compruebo nivel de aceite, hago los cálculos adecuados en la carta náutica —soy de los que, sin desdeñar la utilidad del GPS y el plotter, siguen utilizando cartas de papel, lápiz y compás de puntas—, quito la boza al fondeo y me dispongo a irme de allí. Y cuando enciendo el motor, subo el ancla y maniobro para abandonar Cala Volpe, mientras paso muy cerca del yate fondeado saludo al que sigue sentado arriba, sobre el puente. «¡Que le sea leve, patrón —le grito—, y buen regreso!». Y él contesta al saludo levantando una mano, mira resignado hacia su popa y luego otra vez a mí, y responde: «¡Qué ganas tengo de volver a puerto y desembarcar a estos hijos de puta!». 

15 de enero de 2023

domingo, 8 de enero de 2023

Una historia de Europa (XLV)

Sobre la última etapa de la guerra de los Cien Años campea una figura asombrosa: Juana de Arco (Jeanne d’Arc para los de allí), alias la Doncella (la pucelle, o sea, que era y murió virgen) de Orléans. Se hizo famosa a los 17 años y la quemaron en la hoguera a los 19, visto y no visto; pero en ese poco tiempo tuvo ocasión de convertirse en leyenda y cambiar por completo el curso de la historia de Francia; lo que no está mal para una campesina jovencita y analfabeta. Casi todo el país estaba en manos de Inglaterra y sus aliados borgoñones, y el delfín Carlos, heredero del trono, era un tiñalpa debilucho y asustado que no tenía media hostia. Los ingleses estaban a pique de tomar la ciudad de Orléans y la cosa pintaba negra para la Frans, cuando Juana salió a escena. Según dijo, y acabaron creyéndola, se le habían aparecido el arcángel San Miguel y Santa Margarita (y alguna santa más que ahora no recuerdo) para decirle que ayudara a echar de su tierra a los ingleses. Tomándose a sí misma en serio y tras varios intentos, Juana logró conectar con el delfín; que a esas alturas, de perdidos al río, era capaz de agarrarse a un clavo ardiendo. La chica resultó lista de narices, tenía una labia, un valor y un carisma fascinantes, y se los trajinó a todos de maravilla. Luego, ciñendo espada y revestida de armadura, fue a ponerse al frente de las tropas franchutes, con dos ovarios. Su presencia y el hecho de que fuera una muchacha vestida de soldado enardeció al ejército; y para más morbo, resultó herida de un flechazo entre el cuello y el hombro mientras sostenía el estandarte frente al enemigo. Aquello fue ya el delirio. Orléans quedó liberada y Juana aconsejó atacar Reims, en cuya catedral se coronaban los reyes de Francia, así que allá fue con toda la peña. Se dio el asalto, Juana participó en primera línea y resultó herida de nuevo (una pedrada certera que alguien con buen ojo le tiró desde la muralla). La ciudad se rindió en julio de 1429 y Carlos VII fue coronado rey mientras Juana, siempre vestida de hombre con su armadura y su espada, ocupaba el lugar de honor en la ceremonia. Luego, con ella en estrecha colaboración con los jefes militares, los franceses siguieron dando candela a los ingleses (en el asalto a París resultó herida por tercera vez, ahora con un ballestazo en una pierna), y una vez firmada la tregua con éstos (que ya estaban de la doncellita hasta los cojones y pedían un respiro), las tropas de Carlos VII se volvieron contra las de Borgoña para ajustarles las cuentas. Pero, cosas de la vida, el ambiente local estaba cambiando para Juana. Los reyes suelen ser ingratos, los cortesanos envidiosos, la pucelle de Orléans se había engrandecido mucho y a los enemigos ya no sólo los tenía enfrente, en los campos de batalla, sino también montados en la chepa. El rey ya no la necesitaba como antes, y además empezaron a comerle la oreja («Cuidado, majestad, que la niña anda muy chula, a ver quién se ha creído esa zorrita que es, a saber si es tan virgen como dice») y se acabaron enfriando las relaciones entre el monarca y la espléndida chica a la que debía el trono. En 1430, en Compiègne, a ella se le acabó la suerte: los borgoñones la capturaron en una emboscada. Encarcelada en sucesivos castillos de los que intentó fugarse sin éxito, Carlos VII pasó bastante de su futuro. Entonces los borgoñones se la vendieron por 10.000 libras a los ingleses, que le tenían unas ganas fáciles de imaginar (Shakespeare, como inglés que era, le tiró luego pullitas en su tragedia Enrique VI). En prisión fue maltratada y sufrió un intento de violación. Después, un tribunal de clérigos pro-borgoñones y pro-ingleses, ilustres comepollas gabachos asociados a la universidad de París, la procesó por herejía, por vestirse de hombre y por todo cuanto se les ocurrió colocarle. El juicio fue una farsa y una infamia reconocida luego por los propios jueces, a quienes los ingleses exigieron sentencia condenatoria. Así que el 30 de mayo de 1431, la joven que en sólo veinticuatro meses había salvado a Francia, derrotado a Inglaterra, acojonado a Borgoña y hecho coronar a un rey, fue quemada en la ciudad de Rouen y arrojados sus restos al Sena, apenas cumplidos los 19. La guerra de los Cien Años aún iba a durar veintidós, pero al acabar ésta los ingleses habrían perdido todas sus posesiones continentales a excepción de la ciudad de Calais, y la monarquía francesa quedaba a punto de caramelo para entrar en la modernidad europea de finales del siglo XV y comienzos del XVI. En cuanto a la doncella de Orléans, la iglesia católica acabó rehabilitando su memoria: el juicio se declaró injusto e infame en 1456, fue beatificada en 1909 y canonizada como Santa Juana de Arco en 1920. Hoy es considerada la más grande heroína en la historia de esa Francia que la dejó morir. 

[Continuará]

8 de enero de 2023

domingo, 1 de enero de 2023

Mi París y otros amores

Hay ciudades que sosiegan y otras que estimulan. El efecto, supongo, varía según cada cual. En lo que a mí se refiere, Sevilla, Lisboa o Tánger, por ejemplo, son de las primeras. De las que inspiran paz y ganas de pasear tranquilo, sin complicarte la vida: comer, leer, tomar una copa, mirar los lugares hermosos y ver pasar a la gente. Aquéllas donde no sientes la necesidad de hacer nada diferente a lo que haces. Otras ciudades, sin embargo, me causan un efecto distinto. En ellas es como si te tomaras una taza de café solo, bien cargado, o te fumaras un cigarrillo de los tiempos en que fumabas. O tuvieras quince años y te enamorases de alguien. Ciudades que abren puertas, que sugieren cosas quizá interesantes que todavía no has hecho. Puestos a seguir con los ejemplos, eso me ocurre en Londres, o en Nueva York, o en la ciudad de México. Son ciudades que incitan a hacer, a vivir, a imaginar. Que, como digo, estimulan. Que te vuelven lúcido y creativo. 

De ese segundo grupo, mi favorita es París. Hay ciudades que me gustan más —en ninguna soy tan feliz como en Nápoles—; pero la capital francesa es el amor intelectual de mi vida. Quizá porque fue la primera y fueron muchos los libros que me llevaron allí. Nunca fui fetichista en el sentido de buscar la huella de los autores; por el contrario, siempre procuré evitarlas. Me da igual que Scott Fitzgerald se emborrachara en el Ritz o Hemingway fanfarroneara en el Harry’s Bar de Venecia. Lo que me interesa es el rastro de sus personajes, el eco de la ficción. Por aquel París anduve de jovencito, buscando lugares descubiertos en Los tres mosqueteros, en El conde de Montecristo, en La comedia humana, en Los misterios de París o en El fantasma de la Ópera, y frecuenté innumerables librerías a la caza de tesoros tempranos que conservo en mi biblioteca. Allí, en cafés hoy desaparecidos, como el de Cluny —que era mi favorito—, y en librerías de viejo como las de la rue Odéon o en las ya inexistentes de Saint-André des Arts, me sentí lector contumaz, buen cazador de libros, mucho antes de soñar siquiera con un día escribir novelas. Cuando, sin haber cumplido los veinte años, a lo único que aspiraba era a vivirlas. 

He vuelto a París, como hago de vez en cuando. Hace un par de semanas recorrí otra vez los lugares habituales: un trayecto que, a estas alturas de mi vida, podría hacer con los ojos cerrados. Ni el café de Cluny, ni la gran librería de la esquina de Saint-Michel, ni la tienda de cómics de esa misma calle, ni la anticuaria de Fabrice Teissèdre, ni la náutica de Michéle Polak existen ya —el inconveniente de vivir demasiado tiempo es que ves desaparecer demasiadas cosas—, y los buquinistas del Sena tienen más recuerdos baratos para turistas que libros, grabados y revistas antiguas —¿qué habrá sido de aquella librera pelirroja de la que me enamoré hace medio siglo?—. Sin embargo, aún quedan lugares como L’Écume des Pages, próxima a mi hotel, la magnífica Gibert-Joseph, casi frente a La Sorbona, muchas de la rue Odéon y viejos cafés —Départ Saint-Michel, Les Deux Magots, Le Bonaparte— para sentarte a revisar el botín del paseo diario. Lugares donde, con esos libros recién comprados sobre la mesa, y ahí está la magia última del asunto, seguir imaginando. 

Porque a eso me refiero con lo de ciudades que estimulan. Cada vez que regreso a París creo recuperar aquella inocencia original, la del joven lector para quien los libros eran un formidable camino que conducía directamente al futuro; cuando todo era posible porque aún estaba por leer y descubrir con una intensidad que proyectaría los libros leídos en la existencia vivida o por vivir. Y también en esta ocasión, como cada vez que vuelvo allí, sentí la inocencia del autor de mis primeras novelas, escritas hace más de treinta años: cuando narrar no era todavía una actividad profesional, sino una nueva forma de aventura, un modo de mezclar lo vivido con lo leído y lo imaginado. Y mientras caminaba con mi bolsa de libros en una mano y el paraguas en la otra —nada es del todo perfecto, y en esa ciudad llueve siempre—, en busca de un café donde hojear tranquilo el fruto de la jornada, me sentía otra vez, de nuevo y como de costumbre, capaz de urdir más historias que me hagan feliz mientras trabajo en ellas. Era, o es, como si cuanto tengo en la cabeza se airease y pusiera al día, llenándose de ideas y tramas inéditas, de nuevos personajes y puntos de vista, de relatos hermosos todavía por escribir, para los que no bastará —y no hay dramatismo alguno en esta certeza tranquila—, mucho o poco, lo que aún me pueda quedar de vida. 

1 de enero de 2023