domingo, 12 de febrero de 2023

Orejas, guerras, videojuegos

Hace mucho que no les cuento una batallita del abuelo Cebolleta. Supongo que en los treinta años que llevo en esta página las he contado casi todas, al menos las que puedo contar —alguna queda de las que no se pueden, o momentos olvidados que de pronto dicen hola, aquí estoy—. Pero resulta que esta mañana, cuando me puse a teclear, el asunto me daba vueltas en la cabeza. Y es que anoche me acosté pensando en eso. Había estado viendo imágenes de la guerra de Ucrania y me fui a la cama con ellas: vistas aéreas, tomadas mediante drones, de infelices soldados encogidos en sus trincheras, acurrucados como niños con miedo, mientras desde el artilugio aéreo, teledirigido, les dejan caer pequeñas bombas que estallan entre ellos y los hacen trizas. La guerra tal como se hace hoy, vamos. Y la verdad es que, viéndolo, me alegré de ser lo bastante viejo para no andar por ahí, cubriendo las guerras de ahora. Han cambiado mucho las cosas y dudo que sobreviviera en una trinchera de ésas. Estar en primera línea es jugar a la lotería con demasiadas papeletas a favor de que te toque. 

También estuve viendo imágenes de soldados capturados o derrotados: el cansancio, el dolor, el miedo. Eso, sin embargo, no ha cambiado en absoluto. Siguen siendo los mismos rostros, los mismos chicos, los mismos desgraciados tantos años después, como lo fueron y son desde hace siglos, de Troya a Ucrania y tiro porque me toca. Incluso la infame crueldad de algunos vencedores, o del ser humano en general. La bomba que desde el dron cae directa y deliberadamente, en vertical, sobre los cuatro soldados que cargan una camilla con un compañero herido, fría secuencia en blanco y negro. O el soldado que, cuchillo en mano, se agacha sobre un prisionero cuyos chillidos de horror coinciden con el momento en que quien está grabando —ya nunca un periodista, sino otro soldado— aparta el teléfono móvil para ahorrarnos el desenlace. Nada nuevo, como digo. Esa última escena me recordó Beirut en 1976, cuando un combatiente local —da igual el bando, todos actuaban y actúan del mismo modo— me mostró un bote de cristal con lo que creí eran melocotones en almíbar y resultaron ser orejas humanas. 

Hago una pausa. Con el último punto y aparte se me quitan las ganas de seguir escribiendo este artículo. Así que dejo el ordenador y telefoneo a Márquez para comentar lo de los drones. Cómo lo ves, le digo. El viejo cámara —tan viejo como yo— se queda callado un momento y luego, con su clásica voz de carraca rota, responde: «Por eso ya nadie va a la guerra de verdad, ni oye un tiro ni un bombazo, y los reporteros hacen la entradilla en un supermercado de Kiev, entre señoras que hacen la compra, con chaleco antibalas y el casco puesto como si fueran ciclistas borrachos». Y luego, tras callarse otro momento, añade: «¿Te acuerdas de las caras de los desgraciados con los que nos largamos de Petrinja?… Ahora ni las caras vemos. Ya no parecen guerras, sino putos videojuegos». 

Luego cuelga el teléfono y me quedo pensando en lo de las caras. Y es verdad. Los rostros de soldados eran importantes, o lo siguen siendo, pero apenas se ven ya, excepto en los confusos vídeos que ellos mismos hacen: ni las de los vivos, porque ya ningún reportero los graba cuando combaten, ni las de los muertos o los que van a morir, porque ahora se pixelan, o como se diga, para no herir sensibilidades. Y así cada vez estamos más lejos de lo cierto, del verdadero aspecto físico de la guerra y sus consecuencias, sustituido por esos vídeos de apariencia irreal en las redes sociales a los que además —dicen que la atención del espectador actual sólo dura entre quince y treinta segundos, y me lo creo—, les ponen musiquilla de fondo para amenizar y que no aburran. 

Háganme un favor. El 2 de septiembre de 1991, en un lugar llamado Petrinja, Márquez y yo corrimos para salvar el pellejo con lo que quedaba de un batallón de infantería croata destrozado por los tanques serbios. Y cuando nos reagrupamos al otro lado del río, con su frialdad habitual, Márquez se echó la cámara al hombro para grabar a los últimos que habían logrado escapar y llegaban tras correr dos kilómetros, exhaustos, desmoralizados, vencidos. Aquel reportaje se tituló La guerra arrasa Croacia, y aunque con mala calidad de imagen puede verse en YouTube. Dura diez minutos, pero no hace falta que se lo zampen entero. Pueden ir directamente a la última secuencia, minuto 9,54″, antes de los créditos finales. En ella no hay acción, ni violencia, ni nada. Sólo chicos jóvenes que caminan tambaleándose. Pero nunca, en toda mi larga vida como reportero, vi imágenes que mostraran a los hombres en la guerra como los mostraron ésas. 

12 de febrero de 2023

domingo, 5 de febrero de 2023

Una historia de Europa (XLVII)

El siglo XV, que los italianos llaman Quattrocento, alumbró una Europa que dos o tres centurias atrás no habría imaginado ni la madre que la parió. Los cambios se venían dando desde unos siglos antes, cuando del limitado baluarte intelectual de los monasterios medievales (ora et labora) se pasó a las primeras universidades, y cuando el arte románico de muros espesos y bóveda de cañón, oscuro y con aire de fortaleza, que difundido desde la abadía francesa de Cluny había dado unidad de estilo a Europa, cedió lugar a una nueva arquitectura impulsada por los monjes del Císter (también ésos eran gabachos), con su luminosa verticalidad, bóvedas de crucería y decoración innovadora que pronto se extendió a lo civil. Así, entre los siglos XII y XIII y coleando hasta el XIV, el occidente europeo se llenó de esas extraordinarias biblias de piedra y cristal llamadas catedrales góticas (Nôtre Dame, Burgos, Colonia, Milán y numerosos etcéteras), que hoy siguen dando personalidad y postín a las afortunadas ciudades que cuentan con ellas. El caso es que soplaban aires nuevos en la política, la sociedad, la ciencia, el arte y la literatura. Después de los estragos causados por la Peste Negra y la escabechina de los Cien Años, con la frontera oriental (Bizancio) a la defensiva ante el Islam y la frontera occidental (España) a la ofensiva y ganando terreno a espadazos a la morisma, Europa entraba en un período de equilibrio dentro de lo que cabe: afianzamiento de nacionalidades, aumento de población (lo que beneficiaba a una burguesía cada vez más poderosa y con pasta), y secularización de la cultura, poco a poco menos dependiente de la Iglesia. Lo que hoy llamaríamos modernidad estaba a punto de caramelo (invento de la brújula, invento de la pólvora aplicada al arte militar, invento de la imprenta de tipos de madera que permitía mejorar la producción de libros). Numerosos indicios anunciaban, o confirmaban, ese nuevo ambiente que se colaba por todas partes; y uno de tales indicios tenía nombre y apellidos, pues se llamó Marco Polo: un veneciano que iba a cambiar mucho la concepción que los europeos tenían del mundo. Hasta entonces, más o menos, Oriente y en concreto China se consideraban en el quinto carajo. Lejísimos, o sea, y no sólo en sentido geográfico. Quienes mantenían los tenues lazos de Occidente con aquella remota parte del mundo eran los comerciantes, italianos muchos de ellos, que iban y venían buscándose la vida con viajes atrevidos y aventureros. Una de aquellas familias comerciantes era de Venecia, se apellidaba Polo, y tres de sus miembros (un padre, un hermano y el hijo del primero) tuvieron las santas agallas de aventurarse tan al este que acabaron llegando a Pekín, donde reinaba el emperador Kublai Kan. No fueron los primeros que llegaban allí, pero sí los más afortunados. Le cayeron simpáticos al emperata de allí, pasaron veintitrés años con él y regresaron a Venecia cargados de mercancías y novedades por contar; cosa que Marco, hijo y sobrino de los que realizaron el viaje, que había ido con ellos, hizo en un libro (Los viajes de Marco Polo o libro de las maravillas) que se convirtió en el pelotazo más leído de su tiempo, dio a conocer las tierras, gentes y civilizaciones de Asia, y alentó que, olfateando las posibilidades lucrativas del asunto, los comerciantes europeos (sobre todo de Génova, Venecia y Pisa, pero también de la corona de Aragón, que se expandía con rapidez por el Mare Nostrum) aumentaran la importación de seda, especias y otros productos a través de la llamada ruta de la seda, que discurría a través de las tierras ocupadas por el Islam y cruzaba el Mediterráneo hasta los puertos de Italia. Eso propició un auge del corso y la piratería del que hablaremos en otro episodio; pero sobre todo enriqueció a la burguesía de algunas ciudades italianas (sobre todo a las grandes familias de comerciantes y banqueros, acostumbradas a conchabarse entre ellas concertando matrimonios), que establecieron consulados y colonias por todo el Mediterráneo oriental. Y como cuando sacas destacas, en las urbes con viruta fraguó al fin aquella modernidad que llevaba tiempo queriendo romper aguas. Lo hizo encarnada, o simbolizada, en una figura social decisiva para el futuro intelectual de Europa, la del mecenas (nombre inspirado en el romano Mecenas, protector de literatos en tiempos del emperador Augusto): fulanos podridos de pasta que, aunque sin condiciones personales para ser genios de nada, amaban la ciencia y la cultura (o el prestigio social que éstas daban) lo suficiente para costear la carrera y obra de científicos y artistas de los que se convertían en protectores. Y eso, vinculado a la bella palabra Renacimiento, iba a hacer famosos los nombres de la ciudad de Florencia y de una familia de banqueros apellidada Médici. 

[Continuará]. 

5 de febrero de 2023