domingo, 26 de febrero de 2023

Tuteando a Watson

La cosa no es de hoy, porque lleva tiempo. No hace muchos años, mientras asistía al rodaje de una película basada en una novela mía, advertí que el actor —un buen actor— que encarnaba a un conde del siglo XVII, grande de España, agradecía con una inclinación de cabeza que un criado le sirviera una copa de vino. Me atreví a intervenir para explicar al actor y al director que un noble de entonces no sólo no habría agradecido nada a nadie, sino que se habría limitado a alargar una mano a un lado, altivo e indiferente, y le habrían puesto la copa en ella. 

Lo he recordado viendo una película en cuyos subtítulos en español —no en la versión original, sino en su traducción— Sherlock Holmes habla de tú al doctor Watson, y viceversa: «Pásame el tabaco, Watson». «Ahí lo tienes, Holmes». Y cosas así. No se trata de la magnífica serie Sherlock protagonizada por Benedict Cumberbatch y Martin Freeman, donde traídos al presente ambos personajes se tratan de modo natural, sino de una historia ambientada en la Inglaterra del XIX. Como supongo le ocurrirá a cualquier devoto del inmortal detective, eso me chirrió hasta lo doloroso, acostumbrado como estoy a las correctas maneras de los personajes de Conan Doyle, tan propios de su tiempo, que no se tutean jamás. 

Pensando en ello no pude evitar relacionarlo con otros casos: películas y series recientes donde los anacronismos y las distorsiones de la realidad son frecuentes. Si pasas revista puntillosa a lo más fresco en producciones de vitola histórica, acabas descubriendo una abrumadora serie de anacronismos e inexactitudes. Porque una cosa fue el cine norteamericano clásico de aventureros y espadachines, con sus disparates destinados a la propaganda y al entretenimiento, y otra el rigor con el que, más tarde, obras maestras como Los duelistas, Master & Commander, El padrino, Downton Abbey, Mad Men, Hermanos de sangre y tantísimas otras acabaron tratando lo histórico o lo referido a un pasado reciente. 

Ahora no es así, o empieza a serlo mucho menos. Y no hablo sólo de doblajes ni interpretaciones puntuales, sino de la manera que algunos guionistas, directores y actores tienen de entender el pasado, aplicando usos del presente a situaciones y personajes de cuando el enfoque de la vida era otro. Hace sólo veinte años, por ejemplo, mi editora francesa y su marido aún se hablaban de vous en público; y no hace todavía un siglo nuestros abuelos se dirigían a sus padres tratándolos de usted. Sin embargo, ahora parece que retorciendo la visión desde el presente nos propongamos reescribir y modificar el pasado. Así, en la Inglaterra victoriana nos sitúan con toda naturalidad a refinados aristócratas de origen africano, en la Francia dieciochesca hacen que la corte de Versalles acepte sin pestañear a una pareja que muestra públicamente su homosexualidad, convierten a un enano en temible espadachín o te colocan, como lo más natural del mundo, en la reciente y fallida Babylon, a una mujer directora de películas en el Hollywood de los años veinte y a un trompetista negro, en la misma época, como gran estrella de cine. 

Nada de eso sería importante si el público estuviera preparado para encajarlo. Entre gente con información y conocimientos, esas variantes pueden ser incluso interesantes y educativas: enfoque distinto, visión original y hasta provocadora o destructora de la tradicional, como ocurrió en la última edición de Letras en Sevilla, cuando para el debate Lo que queda de don Juan se decidió que el Tenorio fuese interpretado por Emilio Buale, que además de ser un gran actor es negro, frente a una doña Inés angelicalmente rubia. Pero ése no es el caso común. El público ignorante, desinformado o sumiso a los patrones sociales de hoy, que gracias a la demolición de la educación y la cultura empieza a ser demasiado, acaba creyendo que la realidad histórica fue aquélla, con sus anacronismos y disparates. Y como nadie se atreve a desmentirlo, por miedo a la sanción social de quienes viven y medran con algo de lo que ofenderse para demostrar su compromiso social, su progresía moral y su pureza ideológica, ese falso relato acaba imponiéndose. De aquí a poco —ya ocurre en el ámbito anglosajón, del que copiamos cuanta hipócrita basura nos colocan— nadie podrá ver o leer, pues quedarán proscritas, las novelas, las películas, los libros de Historia que cuenten el mundo como realmente fue y no como quisiéramos que hubiera sido. Con Holmes y Watson tuteándose, con la batalla de Trafalgar librada por dos almirantes lesbianas que se conocían de antes, con un capitán vikingo de color azul marino, con un indio sioux al mando del Séptimo de Caballería. Etcétera. Rizando el rizo hasta el disparate total, sin conocer el pasado, sin comprender el presente y sin explicar el futuro. 

26 de febrero de 2023

domingo, 19 de febrero de 2023

Una historia de Europa (XLVIII)

Antes de meternos en el Renacimiento, que tan chachi resultó para el futuro cultural, social y político de la Europa que estaba por cuajar, podríamos hacer una pausa para despejar una incógnita interesante. ¿Qué tienen que ver Hitler y la Segunda Guerra Mundial con los siglos XII y XIII en Tierra Santa y Europa?… La cosa puede desconcertar un poco, pero lo cierto es que unos y otros están relacionados. En este caso concreto, la respuesta es caballeros teutónicos. Fueron éstos los monjes-soldados de una orden militar semejante a los templarios y los hospitalarios, nacida en Tierra Santa al socaire de la Tercera Cruzada, que sólo aceptaba en sus filas a nativos alemanes. Y entre 1209 y 1239, gracias a una serie de circunstancias afortunadas (para ella, claro), esa institución medio castrense y medio religiosa acabó convirtiéndose en una de las grandes potencias bélicas europeas. Con mucha sagacidad, sus dirigentes (el gran maestre Hermann von Salza, que era un pájaro de cuenta, y sus sucesores) habían comprendido que la presencia cruzada en Palestina estaba sentenciada, que el reino cristiano de Jerusalén era insostenible y que el futuro de la Orden Teutónica estaba en el este de Europa, donde había un montón de pueblos paganos por cristianizar. Así que entre tiras y aflojas con los papas de turno (como ocurría cuando se trataba de poderes terrenales), esos belicosos fulanos emprendieron la conquista y cristianización, en nombre de Dios y al filo de la espada, de las tierras del nordeste continental. Fue lo que los historiadores llaman Cruzadas Bálticas: sucesivas campañas, unas para ayudar a reinos cristianos fronterizos a asegurar sus fronteras o extenderlas y otras para adquirir nuevos territorios. Empezaron por la Hungría oriental, que convirtieron en feudo propio repoblándola con campesinos alemanes, y continuaron pasándose por la piedra a los paganos de origen eslavo que habitaban Prusia. El papa, qué remedio, les reconoció la posesión de esos territorios; así que luego, ya puestos en plan aguántame un momento el kubaten, kameraden, les metieron mano a los paganos de Finlandia y a los pobladores de Novgorod, que eran cristianos pero ortodoxos que se santiguaban al revés. Con eso pretendían controlar el mar Báltico; pero les salió el cochino mal capado, porque el príncipe de allí (hoy considerado héroe nacional ruso) les dio en 1242 una soberbia somanta de hostias en la batalla del lago Peipus (recomiendo ver la película Alexander Nevski de Eisenstein, aunque sólo sea por la secuencia de la carga de los siniestros jinetes germánicos). El caso es que ese desastre envalentonó a los prusianos y otros descontentos, que se rebelaron contra la Orden y durante un rato largo la tuvieron de sobresalto en sobresalto hasta que en 1284 y con ayuda del rey de Bohemia (que se llamaba Ottokar como el de El cetro de Ottokar de Tintín) toda Prusia quedó en manos teutónicas y empezó a ser repoblada con colonos alemanes. El siguiente objetivo fue Lituania, que los monjes-soldados no pudieron conquistar; pero que, a causa de su presión, acabó integrándose con Polonia en un nuevo reino estado cristiano, a partir de entonces enemigo más o menos continuo, amén de obstáculo para la ambición territorial de los alemanes que apretaban desde el oeste. Y así, ya entrado el siglo XV, allá por julio de 1410, casi 40.000 polaco-lituanos, apoyados por mercenarios rusos y tártaros, hicieron picadillo en lata a los caballeros teutónicos en la famosa batalla de Tannenberg, que decidió el futuro de Europa Oriental y fijó un poquito las fronteras. Hecha bicarbonato de sosa, la Orden nunca se recobró de aquella escabechina, perdió energía y territorios, y medio siglo después, tras las nuevas derrotas de Marienburg y Zarnowiec, arrojó la toalla al ring firmando una paz que cedía a Polonia toda la Prusia Oriental. La otra mitad la entregaría en 1525, y a partir de entonces los caballeros teutónicos se convirtieron en una asociación secular sin relevancia que hoy se dedica a actividades benéficas. Sin embargo, lo gordo nadie se lo quita del currículum: de una parte, a ella se debe la cristianización de la Europa Oriental; y de la otra, sus repoblaciones con colonos propios dejaron importantes núcleos de familias germanas (población de raza aria, ojo al detalle) en varios lugares que cuatro siglos más tarde darían pretexto a la Alemania nazi para invadir y anexionarse territorios por la cara, pasándose por la bisectriz todas las convenciones internacionales. No es carambola histórica, ni mucho menos, que uno de los motivos esgrimidos por Hitler para invadir Polonia en 1939, primer chispazo de la Segunda Guerra Mundial, fuese la ciudad de Danzig, donde residía una importante población alemana desde su conquista por los caballeros teutónicos en 1308. 

[Continuará]. 

19 de febrero de 2023

domingo, 12 de febrero de 2023

Orejas, guerras, videojuegos

Hace mucho que no les cuento una batallita del abuelo Cebolleta. Supongo que en los treinta años que llevo en esta página las he contado casi todas, al menos las que puedo contar —alguna queda de las que no se pueden, o momentos olvidados que de pronto dicen hola, aquí estoy—. Pero resulta que esta mañana, cuando me puse a teclear, el asunto me daba vueltas en la cabeza. Y es que anoche me acosté pensando en eso. Había estado viendo imágenes de la guerra de Ucrania y me fui a la cama con ellas: vistas aéreas, tomadas mediante drones, de infelices soldados encogidos en sus trincheras, acurrucados como niños con miedo, mientras desde el artilugio aéreo, teledirigido, les dejan caer pequeñas bombas que estallan entre ellos y los hacen trizas. La guerra tal como se hace hoy, vamos. Y la verdad es que, viéndolo, me alegré de ser lo bastante viejo para no andar por ahí, cubriendo las guerras de ahora. Han cambiado mucho las cosas y dudo que sobreviviera en una trinchera de ésas. Estar en primera línea es jugar a la lotería con demasiadas papeletas a favor de que te toque. 

También estuve viendo imágenes de soldados capturados o derrotados: el cansancio, el dolor, el miedo. Eso, sin embargo, no ha cambiado en absoluto. Siguen siendo los mismos rostros, los mismos chicos, los mismos desgraciados tantos años después, como lo fueron y son desde hace siglos, de Troya a Ucrania y tiro porque me toca. Incluso la infame crueldad de algunos vencedores, o del ser humano en general. La bomba que desde el dron cae directa y deliberadamente, en vertical, sobre los cuatro soldados que cargan una camilla con un compañero herido, fría secuencia en blanco y negro. O el soldado que, cuchillo en mano, se agacha sobre un prisionero cuyos chillidos de horror coinciden con el momento en que quien está grabando —ya nunca un periodista, sino otro soldado— aparta el teléfono móvil para ahorrarnos el desenlace. Nada nuevo, como digo. Esa última escena me recordó Beirut en 1976, cuando un combatiente local —da igual el bando, todos actuaban y actúan del mismo modo— me mostró un bote de cristal con lo que creí eran melocotones en almíbar y resultaron ser orejas humanas. 

Hago una pausa. Con el último punto y aparte se me quitan las ganas de seguir escribiendo este artículo. Así que dejo el ordenador y telefoneo a Márquez para comentar lo de los drones. Cómo lo ves, le digo. El viejo cámara —tan viejo como yo— se queda callado un momento y luego, con su clásica voz de carraca rota, responde: «Por eso ya nadie va a la guerra de verdad, ni oye un tiro ni un bombazo, y los reporteros hacen la entradilla en un supermercado de Kiev, entre señoras que hacen la compra, con chaleco antibalas y el casco puesto como si fueran ciclistas borrachos». Y luego, tras callarse otro momento, añade: «¿Te acuerdas de las caras de los desgraciados con los que nos largamos de Petrinja?… Ahora ni las caras vemos. Ya no parecen guerras, sino putos videojuegos». 

Luego cuelga el teléfono y me quedo pensando en lo de las caras. Y es verdad. Los rostros de soldados eran importantes, o lo siguen siendo, pero apenas se ven ya, excepto en los confusos vídeos que ellos mismos hacen: ni las de los vivos, porque ya ningún reportero los graba cuando combaten, ni las de los muertos o los que van a morir, porque ahora se pixelan, o como se diga, para no herir sensibilidades. Y así cada vez estamos más lejos de lo cierto, del verdadero aspecto físico de la guerra y sus consecuencias, sustituido por esos vídeos de apariencia irreal en las redes sociales a los que además —dicen que la atención del espectador actual sólo dura entre quince y treinta segundos, y me lo creo—, les ponen musiquilla de fondo para amenizar y que no aburran. 

Háganme un favor. El 2 de septiembre de 1991, en un lugar llamado Petrinja, Márquez y yo corrimos para salvar el pellejo con lo que quedaba de un batallón de infantería croata destrozado por los tanques serbios. Y cuando nos reagrupamos al otro lado del río, con su frialdad habitual, Márquez se echó la cámara al hombro para grabar a los últimos que habían logrado escapar y llegaban tras correr dos kilómetros, exhaustos, desmoralizados, vencidos. Aquel reportaje se tituló La guerra arrasa Croacia, y aunque con mala calidad de imagen puede verse en YouTube. Dura diez minutos, pero no hace falta que se lo zampen entero. Pueden ir directamente a la última secuencia, minuto 9,54″, antes de los créditos finales. En ella no hay acción, ni violencia, ni nada. Sólo chicos jóvenes que caminan tambaleándose. Pero nunca, en toda mi larga vida como reportero, vi imágenes que mostraran a los hombres en la guerra como los mostraron ésas. 

12 de febrero de 2023

domingo, 5 de febrero de 2023

Una historia de Europa (XLVII)

El siglo XV, que los italianos llaman Quattrocento, alumbró una Europa que dos o tres centurias atrás no habría imaginado ni la madre que la parió. Los cambios se venían dando desde unos siglos antes, cuando del limitado baluarte intelectual de los monasterios medievales (ora et labora) se pasó a las primeras universidades, y cuando el arte románico de muros espesos y bóveda de cañón, oscuro y con aire de fortaleza, que difundido desde la abadía francesa de Cluny había dado unidad de estilo a Europa, cedió lugar a una nueva arquitectura impulsada por los monjes del Císter (también ésos eran gabachos), con su luminosa verticalidad, bóvedas de crucería y decoración innovadora que pronto se extendió a lo civil. Así, entre los siglos XII y XIII y coleando hasta el XIV, el occidente europeo se llenó de esas extraordinarias biblias de piedra y cristal llamadas catedrales góticas (Nôtre Dame, Burgos, Colonia, Milán y numerosos etcéteras), que hoy siguen dando personalidad y postín a las afortunadas ciudades que cuentan con ellas. El caso es que soplaban aires nuevos en la política, la sociedad, la ciencia, el arte y la literatura. Después de los estragos causados por la Peste Negra y la escabechina de los Cien Años, con la frontera oriental (Bizancio) a la defensiva ante el Islam y la frontera occidental (España) a la ofensiva y ganando terreno a espadazos a la morisma, Europa entraba en un período de equilibrio dentro de lo que cabe: afianzamiento de nacionalidades, aumento de población (lo que beneficiaba a una burguesía cada vez más poderosa y con pasta), y secularización de la cultura, poco a poco menos dependiente de la Iglesia. Lo que hoy llamaríamos modernidad estaba a punto de caramelo (invento de la brújula, invento de la pólvora aplicada al arte militar, invento de la imprenta de tipos de madera que permitía mejorar la producción de libros). Numerosos indicios anunciaban, o confirmaban, ese nuevo ambiente que se colaba por todas partes; y uno de tales indicios tenía nombre y apellidos, pues se llamó Marco Polo: un veneciano que iba a cambiar mucho la concepción que los europeos tenían del mundo. Hasta entonces, más o menos, Oriente y en concreto China se consideraban en el quinto carajo. Lejísimos, o sea, y no sólo en sentido geográfico. Quienes mantenían los tenues lazos de Occidente con aquella remota parte del mundo eran los comerciantes, italianos muchos de ellos, que iban y venían buscándose la vida con viajes atrevidos y aventureros. Una de aquellas familias comerciantes era de Venecia, se apellidaba Polo, y tres de sus miembros (un padre, un hermano y el hijo del primero) tuvieron las santas agallas de aventurarse tan al este que acabaron llegando a Pekín, donde reinaba el emperador Kublai Kan. No fueron los primeros que llegaban allí, pero sí los más afortunados. Le cayeron simpáticos al emperata de allí, pasaron veintitrés años con él y regresaron a Venecia cargados de mercancías y novedades por contar; cosa que Marco, hijo y sobrino de los que realizaron el viaje, que había ido con ellos, hizo en un libro (Los viajes de Marco Polo o libro de las maravillas) que se convirtió en el pelotazo más leído de su tiempo, dio a conocer las tierras, gentes y civilizaciones de Asia, y alentó que, olfateando las posibilidades lucrativas del asunto, los comerciantes europeos (sobre todo de Génova, Venecia y Pisa, pero también de la corona de Aragón, que se expandía con rapidez por el Mare Nostrum) aumentaran la importación de seda, especias y otros productos a través de la llamada ruta de la seda, que discurría a través de las tierras ocupadas por el Islam y cruzaba el Mediterráneo hasta los puertos de Italia. Eso propició un auge del corso y la piratería del que hablaremos en otro episodio; pero sobre todo enriqueció a la burguesía de algunas ciudades italianas (sobre todo a las grandes familias de comerciantes y banqueros, acostumbradas a conchabarse entre ellas concertando matrimonios), que establecieron consulados y colonias por todo el Mediterráneo oriental. Y como cuando sacas destacas, en las urbes con viruta fraguó al fin aquella modernidad que llevaba tiempo queriendo romper aguas. Lo hizo encarnada, o simbolizada, en una figura social decisiva para el futuro intelectual de Europa, la del mecenas (nombre inspirado en el romano Mecenas, protector de literatos en tiempos del emperador Augusto): fulanos podridos de pasta que, aunque sin condiciones personales para ser genios de nada, amaban la ciencia y la cultura (o el prestigio social que éstas daban) lo suficiente para costear la carrera y obra de científicos y artistas de los que se convertían en protectores. Y eso, vinculado a la bella palabra Renacimiento, iba a hacer famosos los nombres de la ciudad de Florencia y de una familia de banqueros apellidada Médici. 

[Continuará]. 

5 de febrero de 2023