domingo, 8 de enero de 2023

Una historia de Europa (XLV)

Sobre la última etapa de la guerra de los Cien Años campea una figura asombrosa: Juana de Arco (Jeanne d’Arc para los de allí), alias la Doncella (la pucelle, o sea, que era y murió virgen) de Orléans. Se hizo famosa a los 17 años y la quemaron en la hoguera a los 19, visto y no visto; pero en ese poco tiempo tuvo ocasión de convertirse en leyenda y cambiar por completo el curso de la historia de Francia; lo que no está mal para una campesina jovencita y analfabeta. Casi todo el país estaba en manos de Inglaterra y sus aliados borgoñones, y el delfín Carlos, heredero del trono, era un tiñalpa debilucho y asustado que no tenía media hostia. Los ingleses estaban a pique de tomar la ciudad de Orléans y la cosa pintaba negra para la Frans, cuando Juana salió a escena. Según dijo, y acabaron creyéndola, se le habían aparecido el arcángel San Miguel y Santa Margarita (y alguna santa más que ahora no recuerdo) para decirle que ayudara a echar de su tierra a los ingleses. Tomándose a sí misma en serio y tras varios intentos, Juana logró conectar con el delfín; que a esas alturas, de perdidos al río, era capaz de agarrarse a un clavo ardiendo. La chica resultó lista de narices, tenía una labia, un valor y un carisma fascinantes, y se los trajinó a todos de maravilla. Luego, ciñendo espada y revestida de armadura, fue a ponerse al frente de las tropas franchutes, con dos ovarios. Su presencia y el hecho de que fuera una muchacha vestida de soldado enardeció al ejército; y para más morbo, resultó herida de un flechazo entre el cuello y el hombro mientras sostenía el estandarte frente al enemigo. Aquello fue ya el delirio. Orléans quedó liberada y Juana aconsejó atacar Reims, en cuya catedral se coronaban los reyes de Francia, así que allá fue con toda la peña. Se dio el asalto, Juana participó en primera línea y resultó herida de nuevo (una pedrada certera que alguien con buen ojo le tiró desde la muralla). La ciudad se rindió en julio de 1429 y Carlos VII fue coronado rey mientras Juana, siempre vestida de hombre con su armadura y su espada, ocupaba el lugar de honor en la ceremonia. Luego, con ella en estrecha colaboración con los jefes militares, los franceses siguieron dando candela a los ingleses (en el asalto a París resultó herida por tercera vez, ahora con un ballestazo en una pierna), y una vez firmada la tregua con éstos (que ya estaban de la doncellita hasta los cojones y pedían un respiro), las tropas de Carlos VII se volvieron contra las de Borgoña para ajustarles las cuentas. Pero, cosas de la vida, el ambiente local estaba cambiando para Juana. Los reyes suelen ser ingratos, los cortesanos envidiosos, la pucelle de Orléans se había engrandecido mucho y a los enemigos ya no sólo los tenía enfrente, en los campos de batalla, sino también montados en la chepa. El rey ya no la necesitaba como antes, y además empezaron a comerle la oreja («Cuidado, majestad, que la niña anda muy chula, a ver quién se ha creído esa zorrita que es, a saber si es tan virgen como dice») y se acabaron enfriando las relaciones entre el monarca y la espléndida chica a la que debía el trono. En 1430, en Compiègne, a ella se le acabó la suerte: los borgoñones la capturaron en una emboscada. Encarcelada en sucesivos castillos de los que intentó fugarse sin éxito, Carlos VII pasó bastante de su futuro. Entonces los borgoñones se la vendieron por 10.000 libras a los ingleses, que le tenían unas ganas fáciles de imaginar (Shakespeare, como inglés que era, le tiró luego pullitas en su tragedia Enrique VI). En prisión fue maltratada y sufrió un intento de violación. Después, un tribunal de clérigos pro-borgoñones y pro-ingleses, ilustres comepollas gabachos asociados a la universidad de París, la procesó por herejía, por vestirse de hombre y por todo cuanto se les ocurrió colocarle. El juicio fue una farsa y una infamia reconocida luego por los propios jueces, a quienes los ingleses exigieron sentencia condenatoria. Así que el 30 de mayo de 1431, la joven que en sólo veinticuatro meses había salvado a Francia, derrotado a Inglaterra, acojonado a Borgoña y hecho coronar a un rey, fue quemada en la ciudad de Rouen y arrojados sus restos al Sena, apenas cumplidos los 19. La guerra de los Cien Años aún iba a durar veintidós, pero al acabar ésta los ingleses habrían perdido todas sus posesiones continentales a excepción de la ciudad de Calais, y la monarquía francesa quedaba a punto de caramelo para entrar en la modernidad europea de finales del siglo XV y comienzos del XVI. En cuanto a la doncella de Orléans, la iglesia católica acabó rehabilitando su memoria: el juicio se declaró injusto e infame en 1456, fue beatificada en 1909 y canonizada como Santa Juana de Arco en 1920. Hoy es considerada la más grande heroína en la historia de esa Francia que la dejó morir. 

[Continuará]

8 de enero de 2023

domingo, 1 de enero de 2023

Mi París y otros amores

Hay ciudades que sosiegan y otras que estimulan. El efecto, supongo, varía según cada cual. En lo que a mí se refiere, Sevilla, Lisboa o Tánger, por ejemplo, son de las primeras. De las que inspiran paz y ganas de pasear tranquilo, sin complicarte la vida: comer, leer, tomar una copa, mirar los lugares hermosos y ver pasar a la gente. Aquéllas donde no sientes la necesidad de hacer nada diferente a lo que haces. Otras ciudades, sin embargo, me causan un efecto distinto. En ellas es como si te tomaras una taza de café solo, bien cargado, o te fumaras un cigarrillo de los tiempos en que fumabas. O tuvieras quince años y te enamorases de alguien. Ciudades que abren puertas, que sugieren cosas quizá interesantes que todavía no has hecho. Puestos a seguir con los ejemplos, eso me ocurre en Londres, o en Nueva York, o en la ciudad de México. Son ciudades que incitan a hacer, a vivir, a imaginar. Que, como digo, estimulan. Que te vuelven lúcido y creativo. 

De ese segundo grupo, mi favorita es París. Hay ciudades que me gustan más —en ninguna soy tan feliz como en Nápoles—; pero la capital francesa es el amor intelectual de mi vida. Quizá porque fue la primera y fueron muchos los libros que me llevaron allí. Nunca fui fetichista en el sentido de buscar la huella de los autores; por el contrario, siempre procuré evitarlas. Me da igual que Scott Fitzgerald se emborrachara en el Ritz o Hemingway fanfarroneara en el Harry’s Bar de Venecia. Lo que me interesa es el rastro de sus personajes, el eco de la ficción. Por aquel París anduve de jovencito, buscando lugares descubiertos en Los tres mosqueteros, en El conde de Montecristo, en La comedia humana, en Los misterios de París o en El fantasma de la Ópera, y frecuenté innumerables librerías a la caza de tesoros tempranos que conservo en mi biblioteca. Allí, en cafés hoy desaparecidos, como el de Cluny —que era mi favorito—, y en librerías de viejo como las de la rue Odéon o en las ya inexistentes de Saint-André des Arts, me sentí lector contumaz, buen cazador de libros, mucho antes de soñar siquiera con un día escribir novelas. Cuando, sin haber cumplido los veinte años, a lo único que aspiraba era a vivirlas. 

He vuelto a París, como hago de vez en cuando. Hace un par de semanas recorrí otra vez los lugares habituales: un trayecto que, a estas alturas de mi vida, podría hacer con los ojos cerrados. Ni el café de Cluny, ni la gran librería de la esquina de Saint-Michel, ni la tienda de cómics de esa misma calle, ni la anticuaria de Fabrice Teissèdre, ni la náutica de Michéle Polak existen ya —el inconveniente de vivir demasiado tiempo es que ves desaparecer demasiadas cosas—, y los buquinistas del Sena tienen más recuerdos baratos para turistas que libros, grabados y revistas antiguas —¿qué habrá sido de aquella librera pelirroja de la que me enamoré hace medio siglo?—. Sin embargo, aún quedan lugares como L’Écume des Pages, próxima a mi hotel, la magnífica Gibert-Joseph, casi frente a La Sorbona, muchas de la rue Odéon y viejos cafés —Départ Saint-Michel, Les Deux Magots, Le Bonaparte— para sentarte a revisar el botín del paseo diario. Lugares donde, con esos libros recién comprados sobre la mesa, y ahí está la magia última del asunto, seguir imaginando. 

Porque a eso me refiero con lo de ciudades que estimulan. Cada vez que regreso a París creo recuperar aquella inocencia original, la del joven lector para quien los libros eran un formidable camino que conducía directamente al futuro; cuando todo era posible porque aún estaba por leer y descubrir con una intensidad que proyectaría los libros leídos en la existencia vivida o por vivir. Y también en esta ocasión, como cada vez que vuelvo allí, sentí la inocencia del autor de mis primeras novelas, escritas hace más de treinta años: cuando narrar no era todavía una actividad profesional, sino una nueva forma de aventura, un modo de mezclar lo vivido con lo leído y lo imaginado. Y mientras caminaba con mi bolsa de libros en una mano y el paraguas en la otra —nada es del todo perfecto, y en esa ciudad llueve siempre—, en busca de un café donde hojear tranquilo el fruto de la jornada, me sentía otra vez, de nuevo y como de costumbre, capaz de urdir más historias que me hagan feliz mientras trabajo en ellas. Era, o es, como si cuanto tengo en la cabeza se airease y pusiera al día, llenándose de ideas y tramas inéditas, de nuevos personajes y puntos de vista, de relatos hermosos todavía por escribir, para los que no bastará —y no hay dramatismo alguno en esta certeza tranquila—, mucho o poco, lo que aún me pueda quedar de vida. 

1 de enero de 2023