domingo, 25 de octubre de 2015

El Napoleón del crimen

Ayer mismo, caminando por la acera de una calle de Madrid, un niño de unos seis o siete años que iba despistado con sus padres, mirando el escaparate de una tienda, tropezó conmigo. Le acaricié la cabeza con una sonrisa, y ya iba a seguir adelante cuando escuché a su padre decirle al crío, con mucha naturalidad. «Mira por donde andas, por favor. Gracias». Y luego me dirigió una mirada de excusa. Entonces el niño, sin mirarme, dijo «perdón» y siguió su camino junto a ellos. Me quedé tan sorprendido por el suceso, por aquella reconvención paterna y la reacción del niño, del todo extraordinarias en estos tiempos, que volví la cabeza para verlos alejarse. Eran dos padres jóvenes, normales. Dos padres de infantería. Pero aquellos diez segundos junto a ellos habían hecho hermosa la mañana, y la calle parecía otra, más despejada y luminosa, y al fin continué mi paseo aún con la sonrisa en la boca, pensando que Dios o el diablo aprietan pero nunca ahogan, y que siempre hay quien se salva, y te salva. O te da esperanza. Que siempre quedan uno, o diez, o cien, justos en Sodoma. E incluso en Gomorra. 

Hay días, como ayer, en los que lamento no ser millonario, como el tío Gilito o el que sea su equivalente ahora. Pero no un millonetis cualquiera, sino de verdad, a lo bestia, de ésos que pueden pagarlo todo y comprar cuanto se les pone en el morro. Un fulano con viruta suficiente para crear varios centenares, o miles, de becas para niños bien educados. Niños a los que sus padres les hayan enseñado, previamente, que las buenas maneras hacen mejor el mundo, nos hacen mejores a todos y son mecanismo clave, puerta franca para acceder a lugares y corazones. Niños, por ejemplo, como los de mi amigo Etienne de Montety, que cada vez que invitaba a cenar en su casa hacía que sus cuatro hijos, entonces de entre diez y dieciséis años, se encargaran de recibir y atender a los visitantes, cosa que hacían todos con una formalidad y una responsabilidad exquisitas. O aquel otro zagal de ocho o nueve años que una vez se me acercó con mucho aplomo junto a un bar de la Plaza Mayor y dijo: «Oiga, señor, ¿puede pedirle un vaso de agua al camarero, por favor?... Tengo sed, y como soy pequeño, puede que a mí no me haga caso». 

Por eso digo que, si tuviera una pasta gansa, crearía las becas Reverte Malegra Verte. Mandaría a mis agentes por todo el mundo a buscar niños de ambos sexos bien educados, para pagar sus estudios y dedicarlos luego, cuando fuesen grandes, a la ciencia, las humanidades, la vida social y la política. Y también, de paso, gratificaría a los padres que los educaron. Financiaría el merecido bienestar de quienes les enseñaron a decir buenos días, por favor y gracias, a manejar los cubiertos, a no hablar con la boca llena, a vestirse con decoro según cada momento de la vida, a no tutear a las personas mayores, a comprender que una sonrisa, una palabra adecuada, un gesto cortés y de buena crianza, tan propios de la gente humilde como de la más afortunada, son la mejor tarjeta de visita, todavía hoy, incluso en un mundo que, como el nuestro, se va poquito a poco al carajo. 

Pero eso sí. Ya metido en faena, si como dije fuera millonetis sin límite y sin tasa, también es posible que se me fuera la pinza y me diese un chungo en plan Bin Laden, o Doctor No, o profesor Moriarty -el Napoleón del crimen, enemigo de Sherlock Holmes-, y comprara una isla llena de aparatos electrónicos, misiles nucleares y Úrsulas Andress, o lo que equivalga ahora a eso; y también un gato de Angora para acariciarlo en plan canónico mientras enviaba por el mundo a mis sicarios en plan ninjas suicidas, en comandos implacables que se curraran la otra cara de la luna. Algo así como una brigada pesticida, letal, higiénica, secuestradora y exterminadora de padres de niños, e incluso de algún niño que otro -todos acaban siendo adultos- de esos groseros y maleducados que empujan en las puertas, permanecen mudos ante las palabras «buenos días», ignoran cómo se pronuncia un «por favor», tutean al lucero del alba y no han dado las gracias a nadie en su puta vida. Y ordenaría a mis esbirros especial ensañamiento y torturas refinadas tipo Fumanchú con los padres de familia que se dejan las gorras y sombreros puestos en los locales públicos, gritan al teléfono móvil, entran en calzoncillos y chanclas en los restaurantes, se hurgan la nariz y se rascan las axilas, los huevos o el chichi -seamos paritarios- mientras te empujan en el metro o el autobús. Veneno, soga y puñal, oigan. Sin piedad. Y yo reiría en mi isla, juas, juas, juas, con risa de malvado Carabel, viéndolo todo por videoconferencia, mientras acariciaba al gato. 

25 de octubre de 2015 

domingo, 18 de octubre de 2015

Una historia de España (LII)

En los últimos años del reinado de Isabel II, la degradación de la vida política y moral de España convirtió la monarquía constitucional en una ficción grotesca. El poder financiero acumulaba impunemente especulación, quiebras y estafas. Los ayuntamientos seguían en manos de jefes políticos corruptos y la libertad de prensa era imposible. Los gobiernos se pasaban por la bisectriz las garantías constitucionales, y la peña era traicionada a cada paso, «pueblo halagado cuando se le incita a la pelea y olvidado después de la victoria», como dijo, ampuloso e hipócrita, uno de aquellos mismos políticos que traicionaban al pueblo y hasta a la madre que los parió. La gentuza instalada en las Cortes, fajada en luchas feroces por el poder, se había convertido en forajidos políticos. Entre 1836 y 1868 se prolongó la farsa colectiva, aquel engaño electoral basado en unas masas míseras, de una parte, y de la otra unos espadones conchabados con políticos y banqueros, vanidosos como pavos reales, que falseaban la palabra democracia y que, instalados en las provincias como capitanes generales, respaldaban con las bayonetas el poder establecido, o se sublevaban contra él según su gusto, talante y ambiciones. Nadie escuchaba la voz creciente del pueblo, y a éste sólo se le daba palos y demagogia, cuerdas de presos y fusilamientos. Los hijos de los desgraciados iban a la guerra, cuando había una, pero los ricos podían ahorrarle el servicio a sus criaturas pagando para que fuera un pobre. Y las absurdas campañas exteriores en que anduvo España en aquel período (invasión de Marruecos, guerra del Pacífico, intervención en México, Conchinchina e Italia para ayudar al papa) eran, en su mayor parte, más para llevar el botijo a las grandes potencias que por interés propio. Desde la pérdida de casi toda América, España era un segundón en la mesa de los fuertes. Los éxitos del prestigioso general Prim -catalán que llevó consigo tropas catalanas- en el norte de África y el inútil heroísmo de nuestra escuadra del Pacífico fueron jaleados como hazañas bélico-patrióticas, glosadas hasta hacerle a uno echar la pota por la prensa sobornada por quienes mandaban, confirmando que el patriotismo radical es el refugio de los sinvergüenzas. Pero por debajo de toda aquella basura monárquica, política, financiera y castrense, algo estaba cambiando. Convencidos de que las urnas electorales no sirven de nada a un pueblo analfabeto, y de que el acceso de las masas a la cultura es el único camino para el cambio -ya se hablaba de república como alternativa a la monarquía-, algunos heroicos hombres y mujeres se empeñaron en crear mecanismos de educación popular. Escritura, lectura, ciencias aplicadas a las artes y la industria, emancipación de la mujer, empezaron a ser enseñados a obreros y campesinos en centros casi clandestinos. Ayudaron a eso el teatro, muy importante cuando aún no existían la radio ni la tele, y la gran difusión que la letra impresa, el libro, alcanzó por esa época, con novelas y publicaciones de todas clases, que a veces lograban torear a la censura. Se pusieron de moda los folletines por entregas publicados en periódicos, y la burguesía y el pueblo bajo que accedía a la lectura los acogieron con entusiasmo. De ese modo fue asentándose lo que el historiador Josep Fontana describe como «una cultura basada en la crítica de la sociedad existente, con una fuerte carga de antimilitarismo y anticlericalismo». Y así, junto a los pronunciamientos militares hubo también estallidos revolucionarios serios, como el de 1854, resuelto con metralla, el de San Gil, zanjado con fusilamientos -el pueblo se quedó solo luchando, como solía-, y creciente conflictividad obrera, como la primera huelga general de nuestra historia, que se extendió por Cataluña ondeando banderas rojas con el lema Pan y trabajo, en anuncio de la que iba a caer. Las represiones en el campo y la ciudad fueron brutales; y eso, unido a la injusticia secular que España arrastraba, echó al monte a muchos infelices que se convirtieron en bandoleros a lo Curro Jiménez, pero menos guapos y sin música. Toda aquella agitación preocupaba al poder establecido, y dio lugar a la creación de la Guardia Civil: policía militar nacida para cuidar de la seguridad en el medio rural, pero que muchas veces fue utilizada como fuerza represiva. La monarquía se estaba cayendo en pedazos; y las fuerzas políticas, conscientes de que sólo un cambio evitaría que se les fuera el negocio al carajo, empezaron a aliarse para modificar la fachada, a fin de que detrás nada cambiase. Isabel II sobraba, y la palabra revolución empezó a pronunciarse en serio. Que ya era hora. 

[Continuará] 

18 de octubre de 2015 

domingo, 11 de octubre de 2015

La megaevolución de la pikachu coqueta

Ayer sentí un inmenso respeto por dos críos, uno de nueve años y otro de doce. Lo cual es un baño de humildad muy saludable en los tiempos que corren. Desde la soberbia de nuestros años y experiencia, los mayores solemos dirigir a los enanos miradas críticas y pocas veces admirativas. Benevolentes, como mucho. Pero ellos controlan su mundo, lo dominan cada vez mejor, y ahí los ahora adultos tendremos pocas posibilidades. Me refiero a sobrevivir, claro. A estar a la altura de lo que nuestros hijos y nietos van a ser, y a veces ya son. Tal vez quienes desaparecemos, o estamos al filo de hacerlo, llevemos con nosotros muchas cosas interesantes. Pero lo que viene será fascinante, igual para lo malo que para lo bueno. Un mundo donde ustedes y yo seremos extraños. Simples pringados entre marcianos. Por eso hay que saber irse con calma y sin prisas. Pero irse. Dejar sitio a quienes lo reclaman. Sobre todo si lo merecen. 

Todo esto viene a cuento porque hoy no me resisto a reproducir aquí un diálogo por teléfono móvil que una madre, lectora de esta página, ha sorprendido entre su hijo y un amigo. Y que me remite, admirada. Vaya por delante que se trata de dos niños cultos, con libros en casa. Se nota en los recursos expresivos, en el vocabulario, y en que incluso utilizan correctamente algún acento y signo de puntuación. Niños de ésos que leen libros y van al cine, y ven películas y videos interesantes en la tele o el ordenador. Niños de élite, para entendernos. De los que no han podido ser machacados del todo por imbéciles sistemas educativos empeñados, no en que todos los niños tengan derecho a las mismas oportunidades, que es lo natural, sino en que los brillantes sean destrozados en la escuela para igualarlos por abajo con los mediocres. Por eso consuela comprobar que no es así. O no siempre. Esto que sigue es el diálogo, transcrito literalmente; y espero que ustedes lo disfruten tanto como lo he disfrutado yo: 

«-Mira la página esta del trailer de pokemon go!!!! 

 -Bien!!!! Se revelan las cinco nuevas formas de zigarde!!!!!!!! 
-La forma celula es la primera, que es la que está abajo del que ya conociamos, después viene el que ya conociamos, el bebe serpiente, despues la forma 10% que es el perro, despues la forma 50% que es el zygarde de pokemon X Y, y por ultimo el zygarde forma perfecta que es el grande. Ademas saldra una nueva temporada de anime llamada pokemon X Y y Z 

-Oye y esta especie de nueva forma de greninja, puede que sea una megaevolución????

-Pero no, parece que va a ser algo como la pikachu coqueta

-Tiene como una especie de suriken de agua en la espalda 

 -Y por ultimo volvamos a la primera imagen, el zygarde perfecto tiene una parte roja y otra azul-Ya veo, sera que zygarde se tendra que fusionar con xerneas e yveltal????? 

-Lo mismo 

-Vale!!! 

-Espero que te haya servido esta nueva super información y el trailer de pokemon go 

-La duda que tengo es quien ganará: meha hoopa o zyguard perfecto??? 

-Nooooooo loooo seeeeeeeeeee!!!!!!!!!! 

-Por cierto esa forma de greninja es el greninja de ash vestido de el mismo 

-Además ha salido el trailer y es brutal 

-Parece ser que las foas de zygarde están basadas en seres mitologikos nordicos como el perro, o zyygarde que se basa en la serpiente que vive bajo el árbol de la vida y el zygarde perfecto basado en HEL el dios del inframundo, que tiene una parte viva (la azul) y una parte muerta (la roja) que representan yveltal el dios de la destrucción y xerneas el dios de la vida 

-Por cierto no es mega hoopa, es que si a hoopa le das una especie de jarron de evento se transforma en ese demonio, es una forma alternativa como la que tiene giratina 

-Vaaaale 

-Ke tal tú? 

-Bien. Echas un combate?». 

11 de octubre de 2015 

domingo, 4 de octubre de 2015

La tumba de Helena de Troya

Desde la terraza alta del restaurante Elettra, en Porto Vénere, el golfo de La Spezia se ve azul y la bahía está punteada de barcos blancos fondeados al resguardo de la isla. Acabo de despachar una ración doble de espaguetis con botarga y le sirvo a mi editora Giovanna Cantón lo que queda del Tignanello con el que hemos acompañado la comida, cuando ésta me dice que desea subir al cementerio, situado sobre el pueblo, para visitar la tumba de Walter Bonatti y Rossana Podestá, que fueron grandes amigos suyos. Decido acompañarla, y no sólo por cortesía; conozco bien la doble historia que acaba en esa tumba al borde de un acantilado, sobre el Mediterráneo. Walter Bonatti, el más guapo e intrépido de los montañeros italianos, fue uno de mis ídolos de infancia, y en su momento seguí su ascensión en solitario al Cervino como una hazaña casi familiar. Rossana Podestá encarnó en el cine a Helena de Troya, la mujer -eso decía el cartel publicitario de la época, que recuerdo como si lo estuviera leyendo ahora- cuya belleza lanzó mil barcos al mar y suscitó diez años de guerra. Así que subo con mi editora por las empinadas escaleras que llevan al pueblo viejo y al cementerio marino. 

Mientras remontamos peldaño tras peldaño -Giovanna es montañera entrenada, y a veces me cuesta seguirla- recuerdo cómo Walter y Rossana llegaron hasta aquí. Cómo empezó todo. Walter era apuesto y valiente, un auténtico héroe italiano. La Podestá era una actriz bellísima y famosa hasta el punto de ser portada de la revista norteamericana Playboy, aunque ya estaba empezando el declive en su carrera; y en 1981, durante una entrevista, al preguntarle con qué hombre iría a una isla desierta, ella respondió de modo espontáneo «Con Walter Bonatti», aunque no lo había visto personalmente en su vida. El montañero -que acababa de divorciarse- leyó la entrevista y escribió a Rossana, muy divertido, ofreciéndose a llevarla a una isla desierta o a donde ella quisiera ir. Tengo la maleta lista, dijo. A ella le hizo gracia. Quedaron citados en Roma, para conocerse, en la escalinata del Ara Coeli, frente a la plaza Venezia. Rossana se presentó a la hora convenida, pero Walter no apareció. En aquel tiempo no había teléfonos móviles, y ella aguardó mucho tiempo, nerviosa al principio, inquieta luego, furiosa al fin. Estúpido e informal mascalzone, pensó. Me ha dejado plantada. Así que decidió marcharse. 

Bajaba Rossana la escalinata del Vittoriano cuando reconoció a Walter, de lejos. Había aparcado su coche en un lugar donde sólo podía hacerlo el presidente de la república y discutía con un guardia empeñado en multarlo y en llevarse de allí el coche con una grúa, mientras Walter intentaba convencerlo, con bronca muy a la italiana, de que, por su madre, no le estropeara la cita con la mujer más bella del mundo. Parecía una escena de Il vigile, pensó Rossana, y para completarla sólo faltaba Alberto Sordi haciendo el papel de guardia. Entonces ella se acercó, sonrió al agente -que se tornó en estado líquido- y le dijo a Walter: «Menudo explorador estás hecho, incapaz de encontrarme en Roma delante del Ara Coeli». Se miraron a los ojos, y diez minutos después estaban conversando tumbados en el césped del Campidoglio. Ya no se separaron nunca. 

Walter y Rossana vivieron juntos treinta años. Él murió en 2011 y ella lo siguió dos años más tarde. Fueron enterrados frente al mar, en Porto Vénere -el puerto de Venus, la diosa que concedió a Paris el amor de la griega Helena-, en una sencilla tumba familiar de mármol negro con una cruz, junto a la que ahora me detengo mientras Giovanna, emocionada, calla durante un largo rato. El cementerio está a mucha altura sobre el mar de Liguria, al borde mismo del acantilado, y el viento hace batir con fuerza las olas abajo, en las rocas. Bajo las placas con sus nombres, montañeros venidos de todo el mundo ha ido depositando piedrecitas de las más altas cumbres, que trajeron para honrar la memoria del hombre que aquí yace después de haberlas pisado todas. También hay piedras para Rossana; bajo la placa con su nombre veo un montoncito más discreto, más pequeño, pero igualmente conmovedor. Yo no escalo montañas y nada traigo en los bolsillos, así que me limito a apoyar un instante mi mano en el mármol bajo el que descansan ambos. Sobre su hermosa historia. Sobre el lugar donde Helena de Troya, envuelta en el sueño eterno del amor, el valor y la belleza, descansa junto a un hombre mejor que el que la llevó a la ciudad legendaria de Homero, al otro extremo, a la orilla más lejana de este viejo Mediterráneo. 

4 de octubre de 2015 

domingo, 27 de septiembre de 2015

El paraguas de Malabo

Ayer, ordenando papeles y fotos viejas, encontré la de un diplomático español en Guinea Ecuatorial con un paraguas multicolor, de ésos tipo arco iris, caminando por una avenida bordeada de palmeras. No se le ve el rostro, pues está de espaldas mientras marcha decidido, con la prestancia de un lord inglés, balanceando en la mano derecha, con ademán elegante, el paraguas cerrado. Se trata de un tipo alto, flaco y rubio, que en el momento en que le hice la fotografía debía de rondar los treinta y cinco años. Es una foto pintoresca, y el recuerdo que tengo de ella, como del personaje, es más pintoresco todavía. Al encontrar su imagen me ha venido a la boca una sonrisa nostálgica, divertida, pues recuerdo perfectamente el momento en que hice esa fotografía. También, aunque el protagonista se encuentra de espaldas, retengo su rostro de entonces: los ojos que me parece eran claros, el cabello pajizo corto y escaso, la barba rubia. He olvidado su nombre y quizá hoy no lo reconocería por la calle, pero el recuerdo que me dejó es magnífico. Aquella mañana lo fotografié porque lo admiraba. 

Cuando era reportero me relacioné poco con diplomáticos españoles. En los lugares donde trabajaba, mi presencia era para ellos una preocupación; y su injerencia, para mí, un engorro. Así que siempre mantuve las distancias. Sólo con un par de ellos tuve auténtica amistad, como fue el caso de Diego de Arístegui, a quien conocí en Nicaragua y al que luego mataron en el Líbano; o aquel secretario de embajada con el que, también en el Líbano, me emborrachaba en los puticlubs de allí mientras fuera caían cebollazos, cantando: Beirut, Beirut, Beirut, / cristianos, palestinos, yo y tú. / Un francotirador / pondrá fondo sonoro a nuestro amor. Etcétera. Pero éste de la foto ni siquiera era mi amigo. Y sin embargo... 

Ocurrió en Malabo, en 1981. Yo estaba haciendo un reportaje sobre Guinea Ecuatorial. Aparqué mi Land Rover en la Cuesta de las Fiebres, bajé al puerto e hice unas fotos, sabiendo que estaba prohibidísimo. Pero ése era mi oficio. Al regreso, mala suerte, me pararon dos soldados de un puesto de control. Uno era un sargento con muy mala leche, y cuando en África un militar tiene mala leche, y además lleva el casco al revés, tiene amarillo el blanco de los ojos y huele a cerveza, la cosa puede ponerse jodida. Ahorrando detalles, al rato pude largarme con veinte dólares menos y sin los carretes fotográficos. Debía pasar por la embajada para otro asunto, así que allí, charlando con el secretario, referí el incidente. Sin darle mayor importancia, pues que te quitaran el carrete de fotos y no te dieran una paliza, en Guinea, era salir bien librado. Rutina laboral. 

Para mi sorpresa, el diplomático se lo tomó a pecho. ¿Te vieron hacer fotos?, preguntó. Dije que no, que sólo vieron las cámaras y decidieron quedarse con los carretes, por si acaso. Pues es intolerable, dijo. «Eres un periodista acreditado ante el gobierno del presidente Obiang, con todo en regla». Le dije que no tenía importancia, que las fotos no eran gran cosa, pero él insistió: «No son tus fotos, sino el principio. La dignidad. Como diplomático, no puedo consentir que traten así a un súbdito español». Y dicho eso, se ajustó el nudo de la corbata, se puso la chaqueta -había casi 50º húmedos a la sombra-, cogió un paraguas multicolor que tenía apoyado en la pared, dijo que lo acompañara y nos metimos en su coche. Para qué es el paraguas, pregunté. Y la respuesta no la he olvidado nunca: «Me conocen por este paraguas. Lo llevo siempre, porque es seña fácil de identidad. Es como pasear el pabellón. La bandera». 

Y así fue. Paseando la bandera, o sea, el paraguas, tan digno y grave como si acudiera a una recepción en el palacio de Buckhingham, erguido, seguro de sí, aquel secretario de embajada bajó del coche ante el control de los soldados guineanos, y yendo hacia ellos con paso decidido y flema perfecta, balanceándolo con elegancia al caminar, les soltó una larga parrafada en claro y limpio español de Castilla. No sé lo que les dijo, porque me pidió que me quedara en el coche; pero de vez en cuando se volvía y me señalaba con el paraguas. Al rato vino y me entregó los carretes. «Lo de menos son tus fotos -repitió-. Es la dignidad de mi país, que es el tuyo. La España a la que represento». Y yo lo miré, admirado, con un respeto inmenso. La misma admiración y el mismo respeto que vuelvo a sentir ahora, treinta y cuatro años después, contemplando esa vieja fotografía. Un joven diplomático español digno y audaz, caminando entre palmeras hacia unos soldados borrachos, blandiendo con resolución un paraguas de colores. 

27 de septiembre de 2015 

domingo, 20 de septiembre de 2015

Una historia de España (LI)

El reinado de Isabel II fue un continuo sobresalto: un putiferio de dinero sucio y ruido de sables. Un disparate llevado a medias entre una reina casi analfabeta, caprichosa y aficionada a los sementales de palacio, unos generales ambiciosos y levantiscos, y unos políticos corruptos que, aunque a menudo se odiaban entre sí, generales incluidos, podían ponerse de acuerdo durante opíparas comidas en Lhardy para repartirse el negocio. Entre bomberos, decían, no vamos a pisarnos la manguera. Eso fue lo que más o menos ocurrió con un invento que aquellos pájaros se montaron, tras mucha ida y venida, pronunciamientos militares y revolucioncitas parciales (ninguna de verdad, con guillotina o Ekaterinburgo para los golfos, como Dios manda), dos espadones llamados Narváez y O'Donnell, con el acuerdo de un tercero llamado Espartero, para inventarse dos partidos, liberal y moderado, que se fueran alternando en el poder; y así todos disfrutaron, por turnos, más a gusto que un arbusto. Llegaba uno, despedía a los funcionarios que había puesto el otro -cesantes, era la palabra- y ponía a sus parientes, amigos y compadres. Al siguiente turno llegaba el otro, despedía a los de antes y volvían los suyos. Etcétera. Así, tan ricamente, con vaselina, aquella pandilla de sinvergüenzas se fue repartiendo España durante cierto tiempo, incluidos jefes de gobierno sobornados por banqueros extranjeros, y farsas electorales con votos comprados y garrotazo al que no. De vez en cuando, los que no mojaban suficiente, e incluso gente honrada, que -aunque menos- siempre hubo, cantaban espadas o bastos con revueltas, pronunciamientos y cosas así, que se zanjaban con represión, destierros al norte de África, Canarias o Filipinas -todavía quedaban colonias-, cuerdas de presos y otros bonitos sucesos (todo eso lo contaron muy bien Galdós, en sus Episodios Nacionales, y Valle Inclán, en su serie El ruedo ibérico; así que si los leen me ahorran entrar en detalles). Mientras tanto, con aquello de que Europa iba hacia el progreso y España, pintoresco apéndice de esa Europa, no podía quedarse atrás, lo cierto es que la economía en general, por lo menos la de quienes mandaban y trincaban, fue muy a mejor por esos años. La oligarquía catalana se forró el riñón de oro con la industria textil; y en cuanto a sublevaciones e incidentes, cuando había agitación social en Barcelona la bombardeaban un poco y hasta luego, Lucas, para gran alivio de la alta burguesía local -en ese momento, ser español era buen negocio-, que todavía no tenía cuentas en Andorra y Liechtenstein y, claro, se ponía nerviosa con los sudorosos obreros (Espartero disparó sobre la ciudad 1.000 bombas; pero Prim, que era catalán, 5.000). Por su parte, los vascos -entonces se llamaba aquello Provincias Vascongadas-, salvo los conatos carlistas, estaban tranquilos; y como aún no deliraba el imbécil de Sabino Arana con su murga de vascos buenos y españoles malvados, y la industrialización, sobre todo metalúrgica, daba trabajo y riqueza, a nadie se le ocurría hablar de independencia ni pegarles tiros en la nuca a españolistas, guardias civiles y demás txakurras. Quiero decir, resumiendo, que la burguesía y la oligarquía vasca y catalana, igual que las de Murcia o de Cuenca, estaban integradas en la parte rentable de aquella España que, aunque renqueante, iba hacia la modernidad. Surgían ferrocarriles, minas y bancos, la clase alta terrateniente, financiera y especuladora cortaba el bacalao, la burguesía creciente daba el punto a las clases medias, y por debajo de todo -ése era el punto negro de la cosa-, las masas obreras y campesinas analfabetas, explotadas y manipuladas por los patronos y los caciques locales, iban quedándose fuera de toda aquella desigual fiesta nacional, descolgadas del futuro, entregando para guerras coloniales a los hijos que necesitaban para arar el campo o llevar un pobre sueldo a casa. Eso generaba una intensa mala leche que, frenada por la represión policial y los jueces corruptos, era aprovechada por los políticos para hacer demagogia y jugar sus cochinas cartas sin importarles que se acumularan asuntos no resueltos, injusticias y negros nubarrones. Como ejemplo de elocuencia frívola y casi criminal, valga esta cita de aquel periodista y ministro de Gobernación que se llamó Luis González Brabo, notorio chaquetero político, represor de libertades, enterrador de la monarquía y carlista in artículo mortis: «La lucha pequeña y de policía me fastidia. Venga algo gordo que haga latir la bilis. Entonces tiraremos resueltamente del puñal y nos agarraremos de cerca y a muerte». Eso lo dijo en un discurso, sin despeinarse. Tal cual. El muy cabrón irresponsable. 

[Continuará]. 

20 de septiembre de 2015 

domingo, 13 de septiembre de 2015

Los godos del emperador Valente

En el año 376 después de Cristo, en la frontera del Danubio se presentó una masa enorme de hombres, mujeres y niños. Eran refugiados godos que buscaban asilo, presionados por el avance de las hordas de Atila. Por diversas razones -entre otras, que Roma ya no era lo que había sido- se les permitió penetrar en territorio del imperio, pese a que, a diferencia de oleadas de pueblos inmigrantes anteriores, éstos no habían sido exterminados, esclavizados o sometidos, como se acostumbraba entonces. En los meses siguientes, aquellos refugiados comprobaron que el imperio romano no era el paraíso, que sus gobernantes eran débiles y corruptos, que no había riqueza y comida para todos, y que la injusticia y la codicia se cebaban en ellos. Así que dos años después de cruzar el Danubio, en Adrianópolis, esos mismos godos mataron al emperador Valente y destrozaron su ejército. Y noventa y ocho años después, sus nietos destronaron a Rómulo Augústulo, último emperador, y liquidaron lo que quedaba del imperio romano. 

Y es que todo ha ocurrido ya. Otra cosa es que lo hayamos olvidado. Que gobernantes irresponsables nos borren los recursos para comprender. Desde que hay memoria, unos pueblos invadieron a otros por hambre, por ambición, por presión de quienes los invadían o maltrataban a ellos. Y todos, hasta hace poco, se defendieron y sostuvieron igual: acuchillando invasores, tomando a sus mujeres, esclavizando a sus hijos. Así se mantuvieron hasta que la Historia acabó con ellos, dando paso a otros imperios que a su vez, llegado el ocaso, sufrieron la misma suerte. El problema que hoy afronta lo que llamamos Europa, u Occidente (el imperio heredero de una civilización compleja, que hunde sus raíces en la Biblia y el Talmud y emparenta con el Corán, que florece en la Iglesia medieval y el Renacimiento, que establece los derechos y libertades del hombre con la Ilustración y la Revolución Francesa), es que todo eso -Homero, Dante, Cervantes, Shakespeare, Newton, Voltaire- tiene fecha de caducidad y se encuentra en liquidación por derribo. Incapaz de sostenerse. De defenderse. Ya sólo tiene dinero. Y el dinero mantiene a salvo un rato, nada más. 

Pagamos nuestros pecados. La desaparición de los regímenes comunistas y la guerra que un imbécil presidente norteamericano desencadenó en el Medio Oriente para instalar una democracia a la occidental en lugares donde las palabras Islam y Rais -religión mezclada con liderazgos tribales- hacen difícil la democracia, pusieron a hervir la caldera. Cayeron los centuriones -bárbaros también, como al fin de todos los imperios- que vigilaban nuestro limes. Todos esos centuriones eran unos hijos de puta, pero eran nuestros hijos de puta. Sin ellos, sobre las fronteras caen ahora oleadas de desesperados, vanguardia de los modernos bárbaros -en el sentido histórico de la palabra- que cabalgan detrás. Eso nos sitúa en una coyuntura nueva para nosotros pero vieja para el mundo. Una coyuntura inevitablemente histórica, pues estamos donde estaban los imperios incapaces de controlar las oleadas migratorias, pacíficas primero y agresivas luego. Imperios, civilizaciones, mundos que por su debilidad fueron vencidos, se transformaron o desaparecieron. Y los pocos centuriones que hoy quedan en el Rhin o el Danubio están sentenciados. Los condenan nuestro egoísmo, nuestro buenismo hipócrita, nuestra incultura histórica, nuestra cobarde incompetencia. Tarde o temprano, también por simple ley natural, por elemental supervivencia, esos últimos centuriones acabarán poniéndose de parte de los bárbaros. 

A ver si nos enteramos de una vez: estas batallas, esta guerra, no se van a ganar. Ya no se puede. Nuestra propia dinámica social, religiosa, política, lo impide. Y quienes empujan por detrás a los godos lo saben. Quienes antes frenaban a unos y otros en campos de batalla, degollando a poblaciones enteras, ya no pueden hacerlo. Nuestra civilización, afortunadamente, no tolera esas atrocidades. La mala noticia es que nos pasamos de frenada. La sociedad europea exige hoy a sus ejércitos que sean oenegés, no fuerzas militares. Toda actuación vigorosa -y sólo el vigor compite con ciertas dinámicas de la Historia- queda descartada en origen, y ni siquiera Hitler encontraría hoy un Occidente tan resuelto a enfrentarse a él por las armas como lo estuvo en 1939. Cualquier actuación contra los que empujan a los godos es criticada por fuerzas pacifistas que, con tanta legitimidad ideológica como falta de realismo histórico, se oponen a eso. La demagogia sustituye a la realidad y sus consecuencias. Detalle significativo: las operaciones de vigilancia en el Mediterráneo no son para frenar la emigración, sino para ayudar a los emigrantes a alcanzar con seguridad las costas europeas. Todo, en fin, es una enorme, inevitable contradicción. El ciudadano es mejor ahora que hace siglos, y no tolera cierta clase de injusticias o crueldades. La herramienta histórica de pasar a cuchillo, por tanto, queda felizmente descartada. Ya no puede haber matanza de godos. Por fortuna para la humanidad. Por desgracia para el imperio. 

Todo eso lleva al núcleo de la cuestión: Europa o como queramos llamar a este cálido ámbito de derechos y libertades, de bienestar económico y social, está roído por dentro y amenazado por fuera. Ni sabe, ni puede, ni quiere, y quizá ni debe defenderse. Vivimos la absurda paradoja de compadecer a los bárbaros, incluso de aplaudirlos, y al mismo tiempo pretender que siga intacta nuestra cómoda forma de vida. Pero las cosas no son tan simples. Los godos seguirán llegando en oleadas, anegando fronteras, caminos y ciudades. Están en su derecho, y tienen justo lo que Europa no tiene: juventud, vigor, decisión y hambre. Cuando esto ocurre hay pocas alternativas, también históricas: si son pocos, los recién llegados se integran en la cultura local y la enriquecen; si son muchos, la transforman o la destruyen. No en un día, por supuesto. Los imperios tardan siglos en desmoronarse. 

Eso nos mete en el cogollo del asunto: la instalación de los godos, cuando son demasiados, en el interior del imperio. Los conflictos derivados de su presencia. Los derechos que adquieren o deben adquirir, y que es justo y lógico disfruten. Pero ni en el imperio romano ni en la actual Europa hubo o hay para todos; ni trabajo, ni comida, ni hospitales, ni espacios confortables. Además, incluso para las buenas conciencias, no es igual compadecerse de un refugiado en la frontera, de una madre con su hijo cruzando una alambrada o ahogándose en el mar, que verlos instalados en una chabola junto a la propia casa, el jardín, el campo de golf, trampeando a veces para sobrevivir en una sociedad donde las hadas madrinas tienen rota la varita mágica y arrugado el cucurucho. Donde no todos, y cada vez menos, podemos conseguir lo que ambicionamos. Y claro. Hay barriadas, ciudades que se van convirtiendo en polvorines con mecha retardada. De vez en cuando arderán, porque también eso es históricamente inevitable. Y más en una Europa donde las élites intelectuales desaparecen, sofocadas por la mediocridad, y políticos analfabetos y populistas de todo signo, según sopla, copan el poder. El recurso final será una policía más dura y represora, alentada por quienes tienen cosas que perder. Eso alumbrará nuevos conflictos: desfavorecidos clamando por lo que anhelan, ciudadanos furiosos, represalias y ajustes de cuentas. De aquí a poco tiempo, los grupos xenófobos violentos se habrán multiplicado en toda Europa. Y también los de muchos desesperados que elijan la violencia para salir del hambre, la opresión y la injusticia. También parte de la población romana -no todos eran bárbaros- ayudó a los godos en el saqueo, por congraciarse con ellos o por propia iniciativa. Ninguna pax romana beneficia a todos por igual. Y es que no hay forma de parar la Historia. «Tiene que haber una solución», claman editorialistas de periódicos, tertulianos y ciudadanos incapaces de comprender, porque ya nadie lo explica en los colegios, que la Historia no se soluciona, sino que se vive; y, como mucho, se lee y estudia para prevenir fenómenos que nunca son nuevos, pues a menudo, en la historia de la Humanidad, lo nuevo es lo olvidado. Y lo que olvidamos es que no siempre hay solución; que a veces las cosas ocurren de forma irremediable, por pura ley natural: nuevos tiempos, nuevos bárbaros. Mucho quedará de lo viejo, mezclado con lo nuevo; pero la Europa que iluminó el mundo está sentenciada a muerte. Quizá con el tiempo y el mestizaje otros imperios sean mejores que éste; pero ni ustedes ni yo estaremos aquí para comprobarlo. Nosotros nos bajamos en la próxima. En ese trayecto sólo hay dos actitudes razonables. Una es el consuelo analgésico de buscar explicación en la ciencia y la cultura; para, si no impedirlo, que es imposible, al menos comprender por qué todo se va al carajo. Como ese romano al que me gusta imaginar sereno en la ventana de su biblioteca mientras los bárbaros saquean Roma. Pues comprender siempre ayuda a asumir. A soportar. 

La otra actitud razonable, creo, es adiestrar a los jóvenes pensando en los hijos y nietos de esos jóvenes. Para que afronten con lucidez, valor, humanidad y sentido común el mundo que viene. Para que se adapten a lo inevitable, conservando lo que puedan de cuanto de bueno deje tras de sí el mundo que se extingue. Dándoles herramientas para vivir en un territorio que durante cierto tiempo será caótico, violento y peligroso. Para que peleen por aquello en lo que crean, o para que se resignen a lo inevitable; pero no por estupidez o mansedumbre, sino por lucidez. Por serenidad intelectual. Que sean lo que quieran o puedan: hagámoslos griegos que piensen, troyanos que luchen, romanos conscientes -llegado el caso- de la digna altivez del suicidio. Hagámoslos supervivientes mestizos, dispuestos a encarar sin complejos el mundo nuevo y mejorarlo; pero no los embauquemos con demagogias baratas y cuentos de Walt Disney. Ya es hora de que en los colegios, en los hogares, en la vida, hablemos a nuestros hijos mirándolos a los ojos. 

13 de septiembre de 2015 

domingo, 6 de septiembre de 2015

Sobre gazapos, listos y listillos

Alguna vez comenté en esta página la existencia de una clase de lector que a menudo es muy útil, pero que en sus versiones psicopáticas resulta un perfecto tocapelotas. Lo curioso es que suelen ser hombres. En los treinta años que llevo escribiendo novelas, no recuerdo un solo caso en que se tratara de mujeres. Aunque esto no las excluye, naturalmente, y sólo sitúa el asunto en terreno estadístico. Me refiero a quien, después de hacerte el honor de calzarse tu libro, escribe una carta o se pone en contacto contigo para decirte que en tal o cual página hay un error, o una errata. Por lo general eso se agradece mucho, pues el error y la errata son parte consustancial de cualquier fruto de darle a la tecla. Cualquiera que practique este oficio sabe que, por mucho esmero que pongas, raro es el texto donde no quede un descuido, un dato mal consignado, una errata que pasa a todos inadvertida hasta el día aciago en que por primera vez abres el libro recién impreso y ahí está el gazapo, masticando una zanahoria, mirándote a los ojos mientras pregunta «¿Qué hay de nuevo, viejo?». 

Hay sin embargo, como digo, una variedad de censor de erratas que puede ser molesta: el que desde el principio no plantea la cosa como un deseo de ayudarte a mejorar el texto en una siguiente edición, sino que trata de demostrar que es más listo y está mejor informado que tú. A veces eso es cierto, pues aunque pases años currándote un texto y lo apoyes con intenso trabajo y amplia biblioteca, hay mil rendijas por donde pueden colarse una inexactitud o un error. La primera lección la obtuve con mi primera novela, El húsar, cuando un lector me comunicó, en términos muy simpáticos, que era imposible que mi personaje se tumbara bajo un eucalipto, porque los eucaliptos no llegaron a España hasta después de la guerra de la Independencia. Del mismo modo, cuarenta años después, otro lector, vecino de Aranda de Duero, me ha hecho notar que en mi última novela sitúo el río Riaza algo desplazado de su ubicación real. Lo que demuestra dos cosas: que hay lectores atentos y agradables, y que, por mucho que vayas de riguroso y documentado, siempre hay un agujero donde meter la pata. Y siempre hay alguien que sabe más que tú. De todo. Hablas de los treinta eslabones de cadena del tanque Verdeja, o los que sean, y siempre habrá un tío que se los contó uno por uno. El maldito. 

La última novela, por supuesto, no escapa al asunto. De la docena de cartas que recibí con Hombres buenos, todas son agradables, incluso las que se equivocan. Porque de éstas, digámoslo, alguna es un verdadero patinazo. Un par de ellas coinciden en la palabra peseta usada por personajes de una historia ambientada en 1780-1781, y me dicen que la peseta no existió como moneda oficial hasta muy entrado el siglo XIX; pero ignoran -y ahora es a mí a quien le gotea un poquito el colmillo- que el término era de uso anterior, pues ya figuraba en los sainetes de Ramón de la Cruz y en el Diccionario de Autoridades de 1726. En otra carta se me reprocha mencionar leyes de Carlos III publicadas en La Gazeta de Madrid, pues ahí, afirma ese lector, «lamentablemente NO se publicó ninguna». Carta que podría haberse ahorrado si antes hubiera echado un vistazo a la colección de la Gazeta de, por ejemplo, 1784, comprobando que ese año se publicaron allí veintiuna disposiciones reales diversas; y también si hubiese considerado, con generosidad de lector inteligente, que una novela o un artículo de folio y medio no son lugar idóneo para explicar diferencias entre leyes, cédulas y decretos reales del XVIII. 

Otra cosa, claro, es el tocapelotas profesional, sobrado, agresivo, que se frota las manos pensando: «A éste lo he pillado». Y acto seguido se relame contándotelo, no en plan constructivo, sino para dar por saco en plan: «Si hubiera consultado usted con un experto como yo, que no escribo novelas porque no quiero, esto no le habría pasado». Y es curioso -brindo el asunto a los psicólogos-, porque esta clase de fulanos en busca de su minuto de gloria es la que más se equivoca. Quizá sea la soberbia que los ciega, o las prisas por tirarse el pegote, pero el caso es que a veces ni lo comprueban. Y suelen columpiarse de forma clamorosa, como cuando un arrogante profesor de instituto escribió -no a mí, sino a la Real Academia- denunciando el «error lingüístico grave» que yo habría cometido en una novela escribiendo «intimar a la rendición» en vez de «intimidar a la rendición», que según aquel imbécil era lo correcto. O cuando otro me reprochó que escribiera la palabra grafiti, españolizada, en vez de graffiti, y tuve que responderle que era yo quien la había introducido, personalmente, en la última edición del Diccionario. 

6 de septiembre de 2015 

domingo, 30 de agosto de 2015

Una historia de España (L)

Para hacerse idea de lo que fue nuestro siglo XIX y lo poco que los españoles nos aburrimos en él, basta mirar las cronologías. Si en el siglo anterior sufrimos a cinco reyes con una forma de gobierno que, mala o buena, fue una sola, en este otro, sumando reyes, regentes, reinas, novios de la reina, novios del rey, presidentes de república y generales que pasaban por allí, incluidas guerras carlistas y coloniales, tuvimos dieciocho formas de gobierno diferentes, solapadas, mixtas, opuestas combinadas o mediopensionistas. Ese siglo fue la más desvergonzada cacería por el poder que, aun conociendo muchas, conoce nuestra historia. Las famosas desamortizaciones, que en el papel sonaban estupendas, sólo habían servido para que tierras y otros bienes pasaran de manos eclesiásticas a manos particulares, reforzando el poder económico de la oligarquía que cortaba el bacalao. Pero los campesinos vivían en una pobreza mayor, y la industrialización que llegaba a los grandes núcleos urbanos empezaba a crear masas proletarias, obreros mal pagados y hambrientos que rumiaban un justificado rencor. Mientras, en Madrid, no tan infame como su padre Fernando VII -eso era imposible, incluso en España-, pero heredera de la duplicidad y la lujuria de aquel enorme hijo de puta, la reina Isabel II, Isabelita para los amigos y los amantes militares o civiles que desfilaban por la alcoba real, seguía cubriéndonos de gloria. La cosa había empezado mal en el matrimonio con su primo Francisco de Asís de Borbón; que no es ya que fuera homosexual normal, de infantería, sino que era maricón de concurso, con garaje y piscina, hasta el punto de que la noche de bodas llevaba más encajes y puntillas que la propia reina. Eso no habría importado en otra coyuntura, pues cada cual es dueño de llevar las puntillas que le salgan del cimbel; pero en caso de un matrimonio regio, y en aquella España desventurada e incierta, el asunto trajo mucha cola (no sé si captan ustedes el chiste malo). De una parte, porque el rey Paquito tenía su camarilla, sus amigos, sus enchufados y sus conspiraciones, y eso desprestigiaba más a la monarquía. De la otra, porque los matrimonios reales están, sobre todo, para asegurar herederos que justifiquen la continuidad del tinglado, el palacio, el sueldo regio y tal. Y de postre, porque Isabelita -que no era una lánguida Sissí emperatriz, sino todo lo contrario- nos salió muy aficionada a los intercambios carnales, y acabó, o más bien empezó pronto, buscándose la vida con mozos de buena planta; hasta el punto de que de los once hijos que parió -y le vivieron seis- casi nunca tuvo dos seguidos del mismo padre. Que ya es currárselo. Lo que, detalle simpático, valió a nuestra reina esta elegante definición del papa Pio Nono: «Es puta, pero piadosa». Entre esos padres diversos se contaron, así por encima, gente de palacio, varios militares -a la reina la ponían mucho los generales-, y un secretario particular. Por cierto, y como detalle técnico de importancia decisiva más adelante, apuntaremos que el futuro Alfonso XII (el de dónde vas triste de ti y el resto de la copla) era hijo de un guapísimo ingeniero militar llamado Enrique Puig Moltó. En lo político, mientras tanto, los reyes de aquellos tiempos no eran como los de ahora: mojaban en todas las salsas, poniendo y quitando gobiernos. En eso Isabel II se enfangó hasta el real pescuezo, unas veces por necesidades de la coyuntura política y otras por caprichos personales, pues la chica era de aquella manera. Y para complicar el descojono estaban los militares salidos de las guerras carlistas -los héroes de los que Larra aconsejaba desconfiar-, que durante todo el período isabelino se hicieron sitio con pronunciamientos, insubordinaciones y chulería. La primera guerra carlista, por cierto, había acabado de manera insólita en España: fue la única de nuestras contiendas civiles en la que oficialmente no hubo vencedores ni vencidos, pues tras el Abrazo de Vergara los oficiales carlistas se integraron en las fuerzas armadas nacionales conservando sueldos y empleos, en un acto de respeto entre antiguos enemigos y de reconciliación inteligente y ejemplar que, por desgracia, no repetiríamos hasta 1976 (y que en 2015 parecemos obstinados en reventar de nuevo). De todas formas, el virus del ruido de sables ya estaba allí. Los generales protagonistas empezaron a participar activamente en política, y entre ellos destacaron tres, Espartero, O'Donnell y Narváez -todos con nombres de calles de Madrid-, de los que hablaremos en el siguiente capítulo de nuestra siempre apasionante y lamentable historia. 

[Continuará]

30 de agosto de 2015 

domingo, 23 de agosto de 2015

Otra infamia de Iberia

Hace cuarenta y cinco años que viajo en aviones, y he visto de todo, incluso subir o bajar de ellos mientras a los pasajeros, con sus maletas a cuestas, les pegaban tiros. En cuanto a compañías aéreas, el caso más pintoresco me ocurrió en el Congo, cuando al llegar a un aeropuerto perdido en el ojete del mundo, con todo en regla, una azafata con gorrito de leopardo me dijo que el avión se había llenado y se había ido, como si fuera un autobús, y me quedé una semana allí con cincuenta grados a la sombra, mirando cómo los lagartos hacían flexiones. Lo curioso es que ese incidente, que tuvo lugar en el Congo en los años 70 y que en su momento era, incluso para África, un disparate, se da hoy con normalidad en todos los aeropuertos del mundo. Forma parte del trato infame que las compañías aéreas suelen dispensar a unos pasajeros a los que maltratan y desprecian. 

El llamado overbukin, o como se escriba, es el rey del mambo. Minuciosa e impunemente planificado por una panda de hijos de puta desde sus confortables despachos. Si el de usted es un vuelo muy solicitado y no espabila, se quedará en tierra. Si el vuelo espera pasajeros en tránsito, también va listo: la compañía habrá vendido tantas plazas extra como pasajeros vienen de enlace, para evitar asientos vacíos si ese enlace no llega a su hora. Antes del verano, por ejemplo, fui testigo de un episodio infame. Por suerte no afectaba a mi vuelo; pero estuve echando un vistazo, a ver cómo acababa. Y acabó como para pegarle fuego a los mostradores. Cuéntelo, señor Reverte, me dijeron dos chicas jovencitas y desesperadas. Por lo menos, que se sepa. Vénguenos. Y en eso estoy. En vengarlas. 

A ver si lo cuento rápido. Las chicas no van de vacaciones, sino a un congreso profesional en La Habana en el que se han inscrito pagando una pasta. Para asegurarse, no viajan con compañías de bajo coste sino con Iberia. Llegan al aeropuerto a las 9:00, y a las 9:50 se avisa en las pantallas del chequeo en los mostradores 819 a 889. Las chicas se dirigen al 819, pero un empleado las desvía al 850. Allí, una empleada manda a algunos pasajeros a chequear billete en las máquinas y a otros a hacer cola en los mostradores. A las chicas las mandan a un mostrador donde hay una cola que se sale de las guías. Sólo hay tres puntos abiertos, y la cola no avanza. Pasa el tiempo, hay mezcladas personas de varios vuelos, y la gente empieza a ponerse nerviosa. Desde los mostradores, los empleados de Iberia, que están desbordados y hacen lo que pueden, dicen que no se preocupen, que guarden la cola y que etcétera. Pero sigue pasando el tiempo, la cola no avanza, y algunos empiezan a gritar porque temen quedarse en tierra. 

Nuestras dos chicas llegan al mostrador exactamente a las 11:25, y el empleado que lo atiende, con semblante avergonzado, les dice que el vuelo está cerrado. No puede estarlo, dicen ellas, pues hacemos cola desde que el vuelo se anunció en las pantallas. Pues lo está, dice el otro, que está pasando un mal rato. En el ordenador me sale bloqueado, y no puedo hacer nada. Id a Ventas, a ver si os pueden recolocar en algún otro vuelo. Las chicas van a Ventas, donde hay una cola como la de los mostradores, entre otras cosas porque casi toda es la misma gente que estaba allí. Tardan cuarenta y cinco minutos en llegar al mostrador, y la empleada les dice que la compañía no tiene la culpa de que hayan perdido el vuelo. No lo hemos perdido, dicen las chicas, porque llegamos con mucha antelación. Lo que pasa es que no nos han dejado ni facturar. Podíais haber facturado ayer, es la respuesta. Las chicas miran sus billetes del derecho y del revés. Aquí pone que los vuelos se cierran 45 minutos antes de la salida, responden. Si Iberia no es capaz de gestionar un vuelo en el mismo día, debería avisar. Prevenir a los incautos de que esto es una estafa. De todas formas, dice la más práctica de las dos, a ver cómo podemos arreglarlo. Y el arreglo, para viajar a La Habana al día siguiente, consiste en pagar cada una de ellas una penalización de 120 euros y la diferencia con el nuevo billete; pero, como éste es más caro, cada una debe pagar un total de 705 euros: cinco más de lo que costó el billete anterior, de manera que pagan dos veces, y con propina. Y no sólo ellas, claro. Alrededor, una treintena de pasajeros de ése y de otros vuelos se lamentan, desesperados: chicos de 16 años que vienen de Canarias, una señora que no tiene tarjeta de crédito ni dinero para pagarse un hotel, una joven que llama a su madre para ver cómo puede mandarle unos euros... 

Vénguenos, señor Reverte, me dijeron. Usted que puede. Y, bueno. Ignoro si esto las venga, pero al menos lo cuenta. Iberia, como digo. Marca España. 

23 de agosto de 2015 

domingo, 16 de agosto de 2015

Editores sin escrúpulos

Hay quien se va de putas, como otros se van de libros. De librerías. Lo de las putas lo trajino poco, pero de las librerías soy un adicto. Voy por la calle, veo una y me meto dentro antes de que me diga ojos negros tienes. Igual da que sea una librería general que una especializada en ortopedia, aeronáutica, medicina homeopática o asuntos religiosos, como, sin ir más lejos, pueden certificar en las estupendas San Pablo de la calle Sierpes de Sevilla y en la de la plaza Benavente de Madrid, donde hago frecuentes incursiones para cargarme de libros de Patrología y obras de Hans Kung, cuya extraordinaria Historia de la Iglesia Católica, por cierto, recomiendo y regalo mucho. Quiero decir que soy, prácticamente, un psicópata de las librerías, de las que me gusta incluso el olor; hasta el punto de que, cuando estoy en países de cuya lengua no entiendo un carajo, me meto en ellas para tocar los libros, mirar las cubiertas, la encuadernación y lo demás. 

Toda esta introducción, o proemio, viene al hilo para decirles que tengo cierta idea de qué es un libro. No ya por lo que tiene dentro, que en eso Dios reconoce a los suyos, sino por el libro en sí. Por sus características físicas. Ando entre libros desde que tengo memoria, pues tuve la suerte de crecer entre los estantes de un par de buenas bibliotecas familiares, y durante toda mi vida procuré, también, rodearme de libros. En ellos confío precisamente, a medida que me hago mayor, para atrincherarme cuando todo, al fin, acabe de irse al carajo y me encierre, en esa biblioteca que he ido preparando durante toda mi vida, con música de tango, bolero y copla en el aparato, unas cuantas botellas de Juan Gil y una escopeta de postas del calibre doce, mientras las respetables matronas corren desoladas, los imbéciles se preguntan cómo ha podido ocurrir esto, y los bárbaros, como es su vigorosa obligación histórica, saquean la Roma que amo y conozco. 

Dicho todo lo anterior, ya estoy en condiciones de contarles que el otro día iba a comprar una biografía de Virginia Woolf publicada por Taurus. Le eché mano, encantado con el grueso tamaño del volumen -920 páginas-, miré el canto del lomo, como cada vez que cojo un libro, y mi exclamación indignada hizo levantar la cabeza al librero Antonio Méndez. «Estos sinvergüenzas -le dije, estupefacto- han guillotinado el lomo». Antonio se encogió de hombros, como quien ha visto de todo, y yo arrojé, despectivo, el libro al lugar donde estaba. Porque un lomo guillotinado y encolado, señoras y señores, puede tolerarse en una novela de edición barata, en un libro de usar y tirar; pero nunca en un ejemplar que deseas leer, conservar y consultar, pues el pegamento termina estropeándose, y la misma acción de abrir el libro y pasar páginas termina desencolando éstas. El pretexto, ahora, es que las colas son mejores que antes y sujetan mejor; pero eso es mentira, o no tiene nada que ver. Un libro debe ser un libro de verdad, con cuadernillos cosidos, resistente y bien hecho. Lo que pasa es que un libro de lomo cortado y encolado sale más barato para el editor que otro de cuadernillos cosidos y encuadernados como es debido, y permite ahorrar, en gastos de producción, un miserable medio euro que aumentará el beneficio editorial sobre el precio del libro. O más, cuando el libro es gordo. Y como ahora todos buscan ganar lo mismo, pero gastando menos, resulta que, con el pretexto de la crisis, cada vez hay más libros encuadernados con ese sistema miserable. Algunos de Taurus, Cátedra y Seix Barral, por ejemplo, son de juzgado de guardia, y hasta algunos que se editan para la Real Academia caen en eso. Paradójicamente, los libros más gruesos. Los que mejor encuadernados deberían estar. 

Así que voy a pedirles algo, señoras y señores, si aman los libros o aman a quienes los aman: niéguense a comprar libros importantes si están editados de esa forma infame. Si los volúmenes no tienen sus cuadernillos cosidos y encuadernados como debe ser. Niéguense a ser cómplices de editores sin decoro; de tenderos miserables -pues también hay tenderos decentes-, sin cariño por los libros que editan, sin respeto por quienes los leen. Niéguense a cooperar con esas ratas de almacén cuyos infames lomos guillotinados son una desatención hacia el lector, y un insulto para quienes aman los libros como objeto a cuidar y conservar. Unos libros que debemos exigir se editen dignos, hermosos, duraderos en lo razonable. Que puedan acompañarnos el resto de nuestra vida y luego pasen a manos de amigos, hijos o nietos, con las huellas de nuestras lecturas y el rumor lejano de nuestras vidas. 

16 de agosto de 2015 

domingo, 9 de agosto de 2015

Una historia de España (XLIX)

Pues ahí estábamos, dándonos otra vez palos entre nosotros para no faltar a la costumbre, en plena primera guerra carlista. En la que, para rizar nuestro propio rizo histórico de disparates, se daba una curiosa paradoja: el pretendiente don Carlos, que era muy de misa de ocho y pretendía imponer en España un régimen absolutista y centralista, era apoyado sobre todo por navarros, vascos y catalanes, allí donde el celo por los privilegios forales y la autonomía política y económica, diciéndolo en moderno, era más fuerte. O sea, que la mayor parte de las tropas carlistas, con tal de reventar al gobierno liberal de Madrid, luchaba apoyando a un rey que, cuando reinara, si era fiel a sí mismo, les iba a meter los fueros por el ojete. Pero la lógica, la coherencia y otras cosas relacionadas con la palabra pensar, como vimos en los capítulos anteriores de esta bonita y edificante historia, siempre fueron inusuales aquí. Lo importante era ajustar cuentas; que sigue siendo, con guerras civiles o sin ellas, con escopeta o con pase usted primero, nuestro deporte nacional. Y a ello se dedicaron unos y otros, carlistas y liberales, con el entusiasmo que para esas cosas, fútbol aparte, solemos desplegar los españoles. Todo empezó como sublevación y guerrillas -había mucha práctica desde la guerra contra Napoleón-, y luego se formaron ejércitos organizando las partidas dispersas, con los generales carlistas Zumalacárregui en el norte y Cabrera en Aragón y Cataluña. El campo solía ser de ellos; pero las ciudades, donde estaba la burguesía con pasta y la gente más abierta de mollera, permanecieron fieles a la jovencita Isabel II y al liberalismo. Al futuro, dentro de lo que cabe, o lo que parecía iba a serlo. Don Carlos, que necesitaba una ciudad para capital de lo suyo, estaba obsesionado con tomar Bilbao; pero la ciudad resistió y Zumalacárregui murió durante el asedio, convirtiéndose en héroe difunto por excelencia. En cuanto al otro héroe, Cabrera, lo apodaban el tigre del Maestrazgo, con lo que está dicho todo: era una verdadera mala bestia. Y cuando los gubernamentales -porque escabechando gente eran tan malas bestias unos como otros- fusilaron a su madre, él puso en el paredón a las mujeres de varios oficiales enemigos, y luego se fumó un puro. La criatura. Ése era el tono general del asunto, vamos, el estilo de la cosa, represalia sobre represalia, tan español todo que hasta lo hace a uno sonreír de ternura patria (a quien le apetezca ver imágenes de esa guerra, que teclee en Internet y busque los cuadros de Ferrer-Dalmau, que tiene un montón de ellos sobre episodios bélicos carlistas). No podían faltar, por otra parte, las potencias extranjeras mojando pan en la salsa y fumándose nuestro tabaco: al pretendiente don Carlos, como es lógico, lo apoyaron los países más carcas y autoritarios de Europa, que eran Rusia, Prusia y Austria; y al gobierno liberal cristino, que luego fue de Isabel II, lo respaldaron, incluso con tropas, Portugal, Inglaterra y Francia. Como detalle folklórico bonito podemos señalar que cada vez que los carlistas trincaban vivo a un extranjero que luchaba junto a los liberales, o viceversa los del otro bando, lo ponían mirando a Triana. Eso suscitó protestas diplomáticas, sobre todo de los ingleses, siempre tan susceptibles cuando los matan a ellos; aunque ya pueden imaginar por dónde se pasaban aquí las protestas, en un país del que Richard Ford, hablando precisamente de la guerra carlista, había escrito: «Los españoles han sido siempre muy crueles. Marcial los llamaba salvajes. Aníbal, que no era tan benigno, ferocísimos»; añadiendo, para dejar más nítida la cosa: «Cada vez que parece que pudiera ocurrir algo inusual, los españoles matan a sus prisioneros. A eso lo llaman asegurar los prisioneros». Y, bueno. Fue en ese delicioso ambiente como transcurrieron, no una, sino tres guerras carlistas que marcarían, y no para bien, la vida política española del resto de ese siglo y parte del siguiente. La primera acabó después de que el general liberal Espartero venciera en la batalla de Luchana, a lo que siguió el llamado abrazo de Vergara, cuando él y el carlista Maroto se besaron con lengua y pelillos a la mar, compadre, vamos a llevarnos bien y qué hay de lo mío. La segunda, más suave, vino luego, cuando fracasó el intento de casar a Isabelita II con su primo el hijo de don Carlos. Y la tercera, gorda otra vez, estalló más tarde, en 1872, cuando la caída de Isabel II, la revolución y tal. Pero antes ocurrieron cosas que contaremos en el siguiente capítulo. Entre ellas, una fundamental: las guerras carlistas llevaron a los militares que las habían peleado a intervenir mucho en política. Y como escribió Larra, que tenía buen ojo, «Dios nos libre de caer en manos de héroes». 

[Continuará] 

9 de agosto de 2015 

domingo, 2 de agosto de 2015

Las hijas de Mohamed

Mohamed es camarero en un lugar que frecuento hace años. Es marroquí de Casablanca: moro, dice él sin complejo ninguno. Con orgullo, incluso. Moro de la morería, ríe cuando hablamos; como aquellos que hace siglos, comenta y sigue riendo, os tuvimos puteados a los españoles; entre otras cosas porque, después de ochocientos años aquí, también éramos españoles. Ojo con eso. Mohamed lo dice así y ríe todo el rato, porque es un tipo simpático. Un amigo inteligente y laborioso. Trabaja sin descanso desde la mañana hasta la tarde, pero nunca ha tenido un mal gesto ni una mala palabra. Para nadie. Es un profesional de confianza, altamente cualificado, al que todos aprecian y respetan. Cuando estamos tranquilos se niega a cobrarme la copa de vino, así que suelo pedírsela a uno de sus compañeros para que me dejen pagarlo. Pero Mohamed, siempre atento, le echa la bronca al colega. Aquí manda el moro, dice. Y vuelve a reír, disfrutando la cosa. 

Siempre nos saludamos con Salam Aleikum y algunas frases que aún recuerdo de su lengua. Mohamed es de esos tipos a los que, si yo fuera millonetis, me llevaría a casa para que se ocupara de todo. Lo contrataría, pagándole un pastón. Cuando estoy con él, a menudo pasa a este lado de la barra y charlamos un rato. Me habla mucho de su familia, de su vida en España. Ya soy español de pleno derecho, me dijo hace tiempo. Con todo en regla. Lo contó orgulloso, feliz, dándome una palmada en la espalda, seguro de que yo me alegraba de escuchar aquello. Y así era, pues, como la mayor parte de los marroquíes que conozco, y son muchos, Mohamed es un hombre valiente, digno y tenaz. Cruzó el Estrecho a los quince años, con menos papeles que un conejo de monte, resuelto a buscarse una vida mejor. Y trabajó muy duro para eso. Para tener un curro decente, un salario decoroso, una casa adecuada. Para ser respetable y respetado. 

En vísperas del último Ramadán, Mohamed me contó que se iba de vacaciones a Casablanca con su mujer y sus hijas, a ver a la familia. A pasar allí las fiestas. Le tomé el pelo un rato, preguntándole si iría al estilo tradicional, con el coche cargado de equipaje cubierto con plástico azul y las crías pidiéndole parar en cada área de descanso para hacer pipí. No, hombre, respondió. Voy en avión, como debe ser. No seas cabrón, Reverte. Y luego me puso otro vino. Hablamos de esos días en su tierra, del ayuno y la comida de noche, de la deliciosa y nutritiva herira, del ambiente estupendo que hay en las calles; un ambiente que conozco bien, pues lo viví muchas veces cuando era reportero dicharachero de Barrio Sésamo, y tengo muchos ramadanes felices en la memoria. Mohamed se enternecía hablando de eso, de su ciudad, de su barrio, de su familia. En España habéis perdido esa idea de la familia, dijo con orgullo: todos los abuelos, tíos y primos juntos, conociéndose, visitándose, ayudándose. Celebrando lo bueno y doliéndose de lo malo. Os envidio, dije un par de veces, escuchándolo. Y él sonreía, bonachón. Como dándome el pésame. Está bien que lleves a tus hijas, añadí, para que no pierdan el recuerdo de la familia. Dentro de veinte o treinta años, tal vez ni siquiera en Marruecos las cosas sean así. Todo se pierde al fin, amigo mío. Todo cambia. 

En ese momento me interesé por sus hijas. ¿Llevan hiyab?, quise saber. Son muy pequeñas, respondió. Pregunté si lo llevarían cuando crecieran, y Mohamed se puso serio un instante, me miró y encogió los hombros con una mezcla de fatalismo y orgullo. No dijo nada, pero lo conozco bien y supe qué decía aquella mirada. La sonrisa que retornaba despacio a su boca. De vosotros depende, era la respuesta. De que vosotros, europeos, hagáis necesario, o no, ese pañuelo en la cabeza de mis hijas. De que nos protejáis con firmeza frente a los que lo exigen en nombre de Dios; pero también, por otra parte, tengáis la inteligencia precisa para que mis hijas, en este Occidente que a menudo no sabe lo que quiere, no se vean obligadas a recurrir a ese pañuelo como símbolo de dignidad, de independencia y de orgullo. Dadles motivos para no llevarlo. Convencedlas, con inteligencia y respeto, de que su identidad debe integrarse en la de todos, sin renunciar por eso a lo que son, a lo que soy, a lo que somos. Persuadidlas de que un compañero de colegio, un vecino, un novio no musulmán, también pueden ser una familia. Un futuro. 

Eso dijeron el silencio, primero, y luego la sonrisa suave de Mohamed. Después me puso delante otra copa de vino; y, como él no bebe alcohol, porque es buen creyente, me apoyó a modo de brindis una mano en el hombro. 

2 de agosto de 2015 

domingo, 26 de julio de 2015

Una historia de España (XLVIII)

Las guerras carlistas fueron tres, a lo largo del siglo XIX, y dejaron a España a punto de caramelo para una especie de cuarta guerra carlista, llevada luego más al extremo y a lo bestia, que sería la de 1936 (y también para el sucio intento de una quinta, el terrorismo de ETA del siglo XX, en el que para cierta estúpida clase de vascos y vascas, clero incluido, Santi Potros, Pakito, Josu Ternera y demás chusma asesina serían generales carlistas reencarnados). De todo eso iremos hablando cuando toque, porque de momento estamos en 1833, empezando la cosa, cuando en torno al pretendiente don Carlos se agruparon los partidarios del trono y el altar, los contrarios a la separación Iglesia-Estado, los que estaban hasta el cimbel de que los crujieran a impuestos y los que, sobre todo en el País Vasco, Navarra, Aragón y Cataluña, querían recobrar los privilegios forales suprimidos por Felipe V: el norte de España más o menos hasta Valencia, aunque las ciudades siguieron siendo liberales. El movimiento insurreccional arraigó sobre todo en el medio rural, entre pequeños propietarios arruinados y campesinos analfabetos, fáciles de llevar al huerto con el concurso del clero local, los curas de pueblo que cada domingo subían al púlpito para poner a parir a los progres de Madrid: «Hablad en vasco -decían, y no recuerdo ahora si el testimonio es de Baroja o de Unamuno-, que el castellano es la lengua de los liberales y del demonio». Con lo que pueden imaginarse la peña y el panorama. La finura ideológica. En el otro bando, cerca de la regente Cristina y de su niña Isabelita, que tantas horas de gloria privada y pública iba a darnos pronto, se situaban, en general, los políticos progresistas y liberales, los altos mandos militares, la burguesía urbana y los partidarios de la industrialización, el progreso social y la modernidad. O sea, el comercio, los sables y el dinero. Y también -nunca hay que poner todos los huevos en el mismo cesto- algunas altas jerarquías de la Iglesia católica situadas cerca de los núcleos de poder del Estado; que aunque de corazón estaban más con los de Dios, Patria y Rey, tampoco veían con buenos ojos a aquellos humildes párrocos broncos y sin afeitar: esos curas trabucaires que, sin el menor complejo, se echaban al monte con boina roja, animaban a fusilar liberales y se pasaban por el prepucio las mansas exhortaciones pastorales de sus obispos -lo que igual a ustedes les suena a reciente-. El caso es que la sublevación carlista, léase (simplificando la cosa, claro, esto no es más que un artículo de folio y medio) campo contra ciudad, fueros contra centralismo, tradición frente a modernidad, meapilas contra liberales y otros etcéteras, acabaría siendo un desparrame sanguinario a nuestro clásico estilo, donde las dos Españas, unidas en la vieja España de toda la vida, la de la violencia, la delación, el odio y la represalia infame, estallaron y ajustaron cuentas sin distinción de bandos en lo que a vileza e hijoputez se refiere, fusilándose incluso a madres, esposas e hijos de los militares enemigos; mientras que por arriba, como ocurre siempre, alrededor de don Carlos, de la regente y la futura Isabel II, unos y otros, generales y políticos con boina o sin ella, disfrazaban el mismo objetivo: hacerse con el poder y establecer un despotismo hipócrita que sometiera a los españoles a los mismos caciques de toda la vida. A los trincones y mangantes enquistados en nuestro tuétano desde que el cabo de la Nao era soldado raso. Lo expresaba muy bien Galdós en uno de sus Episodios Nacionales: «La pobre y asendereada España continuaría su desabrida historia dedicándose a cambiar de pescuezo, en los diferentes perros, los mismos dorados collares». En fin. Como lo de los carlistas fue muy importante en nuestra historia, el desarrollo de la cosa militar, Zumalacárregui, Cabrera, Espartero y compañía, lo dejaremos para otro capítulo. De momento recurramos a un escritor que también trató el asunto, Pío Baroja, que era vasco y cuya simpatía por los carlistas puede resumirse en dos citas: «El carlista es un animal de cresta colorada que habita el monte y que de vez en cuando baja al llano al grito de ¡rediós!, atacando al hombre». Y la otra: «El carlismo se cura leyendo, y el nacionalismo, viajando». Un tercer aserto vale para ambos bandos: «Europa acaba en los Pirineos». Con tales antecedentes, se comprende que en el 36 Baroja tuviera que refugiarse en Francia, huyendo de los carlistas que querían agradecerle las citas; aunque, de haber estado en zona republicana, el tiro se lo habrían pegado los otros. Detalle también muy español: como criticaba por igual a unos y a otros, era intensamente odiado por unos y por otros. 

[Continuará] 

26 de julio de 2015 

domingo, 19 de julio de 2015

Rehenes de esa gentuza

Acabo de recibir el enésimo aviso policial, vía Internet, de virus maliciosos, espionaje y otras cabronadas. Y de nuevo me veo obligado a perder hora y media de mi cada vez más corta vida en revisar mensajes, marcar correo basura y dejar el antivirus funcionando un rato largo, justo en el poco tiempo que algunos días dedico a darle un vistazo al correo electrónico. En ésas estoy cuando me quedo pensando y concluyo: hay que ver. Yo, que me asomo a Internet con la puntita nada más, que no hago operaciones ni envío mensajes importantes por este medio, y estoy aquí perdiendo el tiempo como un idiota; así que imagino el trastorno que supondrá para quienes pasan el día, por necesidad o por afición, pendientes del artilugio este. Los que se juegan aquí el curro, la pasta o la confidencialidad. El trastorno que tendrán y lo mal que lo pasarán de vez en cuando. 

De tanto pensarlo, acabo deprimiéndome yo también. Está claro que todo esto va a más, y que por mucho que te resistas acabas en la trampa. En mi caso, el correo electrónico lo miro sólo una vez por semana, viajo sin Internet y tengo un teléfono móvil que sólo sirve para hablar. En cuanto a la dirección electrónica, no la doy casi nunca, aunque ahora todo el mundo la pide con impertinente naturalidad. Lo que pasa es que, pese a todas las precauciones, cada vez me veo más forzado a dar esa información. No por gusto, claro, sino porque me obligan. Cuando me relaciono con alguien por motivos de trabajo o como cliente, no hay problema: si exigen datos confidenciales mediante correos electrónicos, busco otro interlocutor. El problema es cuando actúa la Administración. Cuando agencias, ayuntamientos o ministerios exigen que envíes y expongas vía Internet tus datos confidenciales, profesionales, bancarios o fiscales. Cuando te obligan a desnudarte en público sin la menor garantía de protección. Lavándose las manos tras esa impunidad administrativa que tanta vileza facilita, si alguien utiliza todo eso y te arruina la vida. 

No hay forma de escapar. Da igual que se trate de gente mayor o sin conocimientos de informática, indefensa ante este disparate. O fulanos que, como yo, se resisten hasta que al fin los acorralan y obligan, con el pretexto de leyes y disposiciones que nunca sabes qué hijo de la gran puta aprobó, ni cuándo. Y así, forzándote a pasear tu intimidad por Internet, te ponen una pistola en la nuca; pero cuando alguien aprieta el gatillo, nadie es responsable. Hasta las notificaciones oficiales más delicadas o importantes llegan ya por correo electrónico, con su exigencia de respuesta, y sólo falta a esa gentuza -aunque igual lo hizo ya- sacar una ley que establezca: «Todos y todas los españoles y españolas tendrán obligatoriamente un correo electrónico para relacionarse con la Administración»; del mismo modo que, en otro orden de cosas, nadie viajará en avión dentro de poco sin llevar la tarjeta de embarque en el Internet del móvil, como si éstos no se perdieran, o no se acabara la batería, o no te saliera de la punta del ciruelo tener uno. Pero eso sí: cuando el pirata informático saquea tu cuenta, usa tus datos o suplanta la firma electrónica, o llega el virus y manda todos tus documentos al carajo, nadie es responsable de nada. Y te crujen vivo por no recibir esto, no enviar aquello o no conservar en el ordenador tal o cual documento. 

Esto, señoras y señores, es una puñetera mierda electrónica. Déjenme al menos el desahogo de decirlo. Una infame falta de respeto al ciudadano. Y va a más. Con el consuelo, eso sí, de que la culpa es nuestra, aunque esta vez no de todos. Mía, desde luego, no es. Y disculpen la chulería. La culpa es de quienes llevan mucho tiempo aceptando sumisos, incluso entusiasmados, cada vuelta de tuerca de ese sistema suicida porque resulta más cómodo; olvidando, o ignorando, que lo más cómodo -acuérdense del Titanic- suele ser también lo más vulnerable. Y claro. La pasividad de las víctimas, el silencio de los borregos, envalentona a esa gentuza sin rostro, vomitadora de disposiciones intolerables que maltratan derechos y libertades, y animan, además, a los sinvergüenzas a aprovecharse de ellas y de nosotros, mientras, como de costumbre, la cuenta la pagamos los inocentes. Los que no queremos tragar esas maneras. Quienes intentamos vivir a nuestro aire, sin estar pendientes de un ordenador o un aparato de bolsillo que nos hagan cada vez más esclavos con el pretexto de hacernos más libres. Y que, además, nos desnuda en público para que los golfos nos revienten y para que el Estado, fiel a sus puercas tradiciones, siga dándonos por saco, impunemente y con el mínimo esfuerzo. 

19 de julio de 2015 

domingo, 12 de julio de 2015

Una historia de España (XLVII)

Para vergüenza de los españoles de su tiempo y del de ahora -porque no sólo se hereda el dinero, sino también la ignominia-, Fernando VII murió en la cama, tan campante. Por delante nos dejaba dos tercios de siglo XIX que iban a ser de indiscutible progreso industrial, económico y político (tendencia natural en todos los países más o menos avanzados de la Europa de entonces), pero desastrosos en los hechos y la estabilidad de España, con guerras internas y desastre colonial como postre. Un siglo, aquél, cuyas consecuencias se prolongarían hasta muy avanzado el XX, y del que la guerra civil del 36 y la dictadura franquista fueron lamentables consecuencias. Todo empezó con el gobierno de la viuda de Fernando, María Cristina; que, siendo la heredera Isabelita menor de edad -tenía tres años la criatura-, se hizo cargo del asunto. Con eso empezó la bronca, porque el hermano del rey difunto, don Carlos (que sale de jovencito en el retrato de familia de Goya), reclamaba el trono para él. Esa tensión dinástica acabó aglutinando en torno a la reina regente y al pretendiente despechado las ambiciones de unos y las esperanzas de buen gobierno o de cambio político y social de otros. La cosa terminó siendo, como todo en España, asunto habitual de bandos y odios africanos, de nosotros y ellos, de conmigo o contra mí. Se formaron así los bandos carlista y cristino, luego isabelino. Dicho a lo clásico, conservadores y liberales; aunque esas palabras, pronunciadas a la española, estuvieran llenas de matices. El bando liberal, sostenido por la burguesía moderna y por quienes sabían que en la apertura se jugaban el futuro, estaba lejos de verse unido: eso habría sido romper añejas y entrañables tradiciones hispanas. Había progres de andar por casa, de objetivos suaves, más bien de boquilla, próximos al trono de María Cristina y su niña, que acabaron llamándose moderados; y también los había más serios, incluso revolucionarios tranquilos o radicales, dispuestos a dejar a España que en pocos años no la conociera ni la madre que la parió. Éstos últimos eran llamados progresistas. En el bando opuesto, como es natural, militaba la carcundia con solera: la España de trono y altar de toda la vida. Ahí, en torno a los carlistas, cuyo lema Dios, Patria, Rey -con Dios, ojo al dato, siempre por delante- acabaría resumiéndolo todo, se alinearon los elementos más reaccionarios. Por supuesto, a este bando carca se apuntaron la Iglesia (o buena parte de ella, para la que todo liberalismo y constitucionalismo seguía oliendo a azufre) y quienes, sobre todo en Navarra, País Vasco, Cataluña y Aragón, igual les suena a ustedes la cosa, pretendían mantener a toda costa sus fueros, privilegios locales de origen medieval, y llevaban dos siglos oponiéndose como gatos panza arriba a toda modernización unitaria del Estado, pese a que eso era lo que entonces se estilaba en Europa. Esto acabó alumbrando las guerras carlistas -de las que hablaremos otro día- y una sucesión de golpes de mano, algaradas y revoluciones que tuvieron a España en ascuas durante la minoría de edad de la futura Isabel II, y luego durante su reinado, que también fue pare echarle de comer aparte. Una de las razones de este desorden fue que su madre, María Cristina, enfrentada a la amenaza carlista, tuvo que apoyarse en los políticos liberales. Y lo hizo al principio en los más moderados, con lo que los radicales, que mojaban poco, montaron el cirio pascual. Hubo regateos políticos y gravísimos disturbios sociales con quema de iglesias y degüello de sacerdotes, y se acabó pariendo en 1837 una nueva Constitución que, respecto a la Pepa del año 12, venía sin cafeína y no satisfizo a nadie. De todas formas, uno de los puntazos que se marcó el bando progresista fue la Desamortización de Mendizábal: un jefe de gobierno que, echándole pelotas, hizo que el Estado se incautara de las propiedades eclesiásticas que no generaban riqueza para nadie -la Iglesia poseía una tercera parte de las tierras de España-, las sacara a subasta pública, y la burguesía trabajadora y emprendedora, que decimos ahora, pudiera adquirirlas para ponerlas en valor y crear riqueza pública. Al menos, en teoría. Esto, claro, sentó a los obispos como una patada bajo la sotana y reforzó la fobia antiliberal de los más reaccionarios. Ése, más o menos, era el paisaje mientras los españoles nos metíamos de nuevo, con el habitual entusiasmo, en otra infame, larga y múltiple guerra civil de la que, tacita a tacita, fueron emergiendo las figuras que habrían de tener mayor peso político en España en el siglo y medio siguiente: los espadones. O sea, el ejército y sus generales. 

[Continuará]. 

12 de julio de 2015

domingo, 5 de julio de 2015

Intelectuales: ni están ni se les espera

Está siendo, en España, un año de intenso debate político. O más bien de intenso bombardeo mediático dedicado a la política. La palabra debate, como algunos la entienden, o la entendemos, es otra cosa: un intercambio de ideas y programas distintos, opuestos a veces, en un escenario común de inteligencia y respeto; en un territorio donde el testigo, el público que cuando llegue la hora de las urnas tomará decisiones de las que dependen su bienestar, su trabajo y su futuro, obtiene material suficiente, argumentos serios que mejoren su percepción del mundo como ciudadano y lo hagan, como votante eventual, más responsable y más crítico. Más culto, políticamente hablando. Más sabio. 

Sin embargo, esa clase de debate, ese confrontar ideas y programas de una manera útil, esa opinión cualificada, estimulante, generadora de resultados positivos, no suele darse en nuestro país. No, al menos, en los medios de mayor impacto popular, que son la radio y la televisión. A algunos amigos míos extranjeros los sorprende mucho que, salvo pocas excepciones, en clara oposición al enorme número de tertulias radiofónicas y televisadas que aquí nos abruman, el nivel intelectual de nuestros debates, su argumentación práctica, sus conclusiones, sean siempre de un nivel extremadamente mediocre, limitado a un monótono tira y afloja entre periodistas y políticos, casi todos ellos, unos y otros, encuadrados ya desde el comienzo según sus medios e ideología. De lo que suelen resultar debates casi siempre reiterativos, maniqueos y previsibles. 

En todas partes cuecen habas, claro. Pero otros países de nuestro entorno abren también puertas a otras cosas. En Francia, en Gran Bretaña, en Alemania, incluso en Italia, con su no siempre justa fama de frivolidad mediática, es frecuente encontrar en radio y televisión a personajes de talla intelectual, catedráticos, científicos, historiadores, expertos en asuntos sociales y políticos, opinando en profundidad, interviniendo en debates o completando informaciones que, gracias a ellos, alcanzan notable altura. En España, en cambio, esa importante tarea social recae siempre sobre los mismos: políticos previsibles hasta el hartazgo -y por lo general de una incultura, un discurso plano y unas maneras desoladoras-, que manejan casi como único argumento lo malos y perversos que son sus adversarios, y periodistas que salvo nobilísimas y escasas excepciones suelen encuadrarse en dos grupos: los sectarios que confunden periodismo con militancia, sea cual sea ésa, y los todoterreno capaces de opinar de todo y de todos, que igual se acuestan siendo expertos en economía griega que se levantan listos para ejercer, sin complejos, de críticos de arte moderno, especialistas en misiles o analistas del Kremlin. 

En cuanto a los intelectuales, por llamarlos de algún modo, a los verdaderos expertos que han dedicado su vida a las materias que se debaten, política incluida, rara vez les vemos el pelo. Mientras en Italia para hablar de democracia dudosa se recurre, por ejemplo, a Luciano Canfora, o en Francia para hablar del bicentenario de Waterloo se pregunta a Alessandro Barbero o a Dominique de Villepin, aquí los especialistas, dicho sea entre comillas, sólo sirven para un fugaz corte de quince segundos en el telediario, donde nada dicen porque, entre otras cosas, poco se les pregunta o lo que dicen importa, en realidad, un carajo. Se meten allí para justificar, para vestir la cosa, igual que muchos de esos absurdos directos que nada aportan ni para nada valen. Aquí las voces lúcidas se silencian o se desprecian, relegadas por un grosero rifirrafe de consignas políticas, descalificaciones e insultos. Las figuras respetables del intelectual de derechas o de izquierdas, ambas necesarias, sus argumentaciones de peso, su conocimiento sereno de la materia que tratan, son ahogadas por el fragor mediático que pone etiquetas a todo, que exige simplificar hasta lo absurdo asuntos complejos que requieren mucha discusión y cordura. Aquí todo se reduce a fachas y progres. Aunque tampoco, es cierto, el público receptor anima a ello. Descorazona asomarse a las redes sociales y comprobar hasta qué punto la incultura, la limitación de ideas, la falta de comprensión lectora -que es uno de los grandes males de nuestro tiempo-, la fácil distinción entre ellos y nosotros, tan tristemente nuestra, ahoga las voces sensatas y necesarias. Y uno acaba preguntándose, desesperanzado, si en realidad periodistas y políticos no se limitan a encarnar, ante las cámaras y los micrófonos, los papeles que una España inculta, estúpida, elemental y nunca dispuesta a aprender de sí misma, exige de ellos. 

5 de julio de 2015