domingo, 28 de febrero de 2016

Un día de felicidad

Les habrá ocurrido muchas veces. En ocasiones, una simple palabra, un aroma, una imagen, desencadenan una sucesión de recuerdos gratos o ingratos. En este caso fueron gratos. Me ocurrió ayer mismo, cuando un amigo dijo que tenía a su hijo de nueve años en la cama, en pijama y sin ir al colegio, porque estaba resfriado. Con un catarro. Y el comentario me salió de forma automática: «Un día de felicidad», dije. Luego, tras un instante, caí en la cuenta de que no para todos es así. Que para muchos no lo fue nunca. Pero mi primera asociación de recuerdos, la imagen que conservo, las sensaciones, responden a eso. Yo fui un niño afortunado, y aquéllas fueron horas dichosas. También fui un adulto afortunado, supongo. Más tarde, la vida iba a darme momentos formidables, buenos recuerdos que conservo junto a los malos y los atroces. Que de todo hubo, con el tiempo. Pero nada es comparable con aquello otro. Un día en casa, griposillo, acatarrado, con nueve años y en pijama, era -lo sigue siendo en mi memoria- lo más parecido a la felicidad. 

Estabas resfriado, tenías fiebre. Décimas. Una mano entrañable se posaba en tu frente y escuchabas las palabras mágicas: «Hoy no vas al colegio». Tu hermano, vestido, repeinado y con la corbata puesta -aquellas odiosas corbatas con el nudo hecho y un elástico en torno al cuello-, te miraba con envidia mientras cogía la cartera y se iba camino del colegio. No podías levantarte, ni salir a la calle, ni corretear jugando por casa. Pero en tu cuarto, junto a la cama, había un armario lleno hasta arriba de libros, pues el día de la primera comunión tu madre había pedido a los amigos y la familia que no te regalasen más que eso: libros. 

De ese modo, entre los ocho y los nueve años habías reunido ya una primera y aceptable biblioteca propia: Quintin Durward, Ivanhoe, El talismán, Un capitán de quince años, Robinson Crusoe, Dick Turpin, Canción de Navidad, Los apuros de Guillermo, Con el corazón y la espada, Cuentos de hadas escandinavos, Hombrecitos, La isla del tesoro, Moby Dick, Cinco semanas en globo, Corazón, La vuelta al mundo de dos pilletes... Había medio centenar, sobre todo de aquellas estupendas Colección Historias y Cadete Juvenil, y a eso había que añadir los tebeos que cada domingo comprabas con tu pequeña asignación semanal: historietas de personajes que todavía hoy, cuando los encuentras por ahí, regalas a tu compadre Javier Marías, que compartió los mismos territorios: Dumbo, TBO, Hazañas Bélicas, El Jabato, El capitán Trueno, Pumby, Hopalong Cassidy, El Llanero Solitario, Gene Autry, Roy Rogers, Red Ryder, Supermán... De tanto leerlos tú y tus amigos se rompían, así que tus padres los hacían encuadernar en gruesos volúmenes, para que durasen más. Y toda aquella deliciosa biblioteca, esos libros y tebeos que eran puertas a mundos maravillosos, a viajes, aventuras y sueños, te rodeaban en la cama, hasta el punto de que recuerdas perfectamente tus piernecillas aprisionadas por la presión que todos esos libros, a uno y otro lado, ejercían sobre la colcha. 

Era la felicidad, como digo. Páginas y páginas. Un termómetro bajo la axila, que se caía al hojear los libros. La llegada del médico: un señor mayor que olía a tabaco y siempre llevaba un cigarrillo encendido entre los dedos, y que miraba tu garganta metiéndote en la boca el mango de una cuchara. Luego llegaba el practicante, que hervía la jeringuilla en un fascinante infiernillo de alcohol, hecho con el propio estuche, y te hacía ponerte boca abajo entre los tebeos y libros, apretando los dientes para aguardar el pinchazo mientras te bajaban el pantalón del pijama. Y el pan tostado y el caldo humeante, la carne a la plancha que te subían para comer; y el sabor fuerte azucarado, a fresa excesiva, del jarabe para la tos que debías tomar después, con cuchara sopera, antes de que todos se fueran, al fin, y tú pudieras volver a navegar con el capitán Blood a bordo del Arabella, a la melena rubia de Sigrid, reina de Thule, a Batanero, a Phileas Fogg, al primo Narciso Bello, al arpón de Ned Land, a Batman, a la familia Ulises, al Corsario negro, al caballo de Troya, a la estocada de Nevers, a Carpanta, al casco de acero con la palabra Press de Donald, reportero de guerra, a los tres mosqueteros y dArtagnan, todos para uno y uno para todos, cabalgando camino de Calais tras los herretes de la reina, y a tus propias lágrimas oyendo decir a Porthos «Es demasiado peso» en la gruta de Locmaría. A los mejores y más leales amigos que tuviste nunca. Al mundo fascinante que te acompañaba entonces y que, más de medio siglo después, por la magia de una simple frase escuchada al azar, te acompaña todavía. 

28 de febrero de 2016 

domingo, 21 de febrero de 2016

Una historia de España (LIX)

Alfonso XII palmó joven y de tuberculosis. Demasiado pronto. Tuvo el tiempo justo para hacerle un cachorrillo a su segunda esposa, María Cristina de Ausburgo, antes de decir adiós, muchachos. Se murió con sólo 28 tacos de almanaque dejando detrás a una regente viuda y preñada, a Cánovas y Sagasta alternándose en el poder con su choteo parlamentario de compadres de negocio, y a una España de injusticia social, alejada de la vida pública y todavía débilmente nacionalizada, muy por debajo de un nivel educativo digno, sometida a las tensiones impuestas por un Ejército hecho a decidir según su arrogante voluntad, una oligarquía económica que iba a lo suyo y una Iglesia católica acostumbrada a mojar en todas las salsas, controlando vidas, conciencias y educación escolar desde púlpitos y confesonarios. El Estado, incapaz de mantener un sistema decente de enseñanza nacional -de ahí la frase «pasa más hambre que un maestro de escuela»-, dejaba en manos de la Iglesia una gran parte de la educación, con los resultados que eran de esperar. No era cosa, ojo, de formar buenos ciudadanos, sino buenos católicos. Dios por encima del césar. Y así, entre flores a María y rosarios vespertinos, a buena parte de los niños españoles que tenían la suerte de poder acceder a una educación se les iba la pólvora en salvas, muy lejos de los principios de democracia, libertad y dignidad nacional que habían echado sus débiles raíces en el liberalismo del Cádiz de La Pepa. De ese modo, tacita a tacita de cicuta trasegada con desoladora irresponsabilidad, los españoles («Son españoles los que no pueden ser otra cosa», había bromeado Cánovas con muy mala sombra) volvíamos a quedarnos atrás respecto a la Europa que avanzaba hacia la modernidad. Incapaces, sobre todo, de utilizar nuestra variada y espectacular historia, los hechos y lecciones del pasado, para articular en torno a ellos palabras tan necesarias en esa época como formación patriótica, socialización política e integración nacional. Nuestro patriotismo -si podemos llamarlo de esa manera-, tanto el general como el particular de cada patria chica, resultaba populachero y barato, tan elemental como el mecanismo de un sonajero. Estaba hecho de folklore y sentimientos, no de razón; y era manipulable, por tanto, por cualquier espabilado. Por cualquier sinvergüenza con talento, labia o recursos. A eso hay que añadir una prensa a veces seria, aunque más a menudo partidista e irresponsable. Al otro lado del tapete, sin embargo, había buenas bazas. Una sociedad burguesa bullía, viva. La pintura histórica se había puesto de moda, y la literatura penetraba en muchos hogares mediante novelas nacionales o traducidas que se convertían en verdaderos best-sellers. Incluso se había empezado a editar la monumental Biblioteca de Autores Españoles. Había avidez de lectura, de instrucción y de memoria. De conocimientos. Los obreros -algunos de ellos- leían cada vez más, y pronto se iba a notar. Sin embargo, eso no era suficiente. Faltaba ánimo general, faltaba sentido común colectivo. Faltaban, sobre todo, cultura y educación. Faltaba política previsora y decente a medio y largo plazo. Como muestra elocuente de esa desidia y ausencia de voluntad podemos recordar, por ejemplo, que mientras en las escuelas francesas se leía obligatoriamente el patriótico libro Le tour de France par deux enfants (1877) y en Italia la deliciosa Cuore de Edmundo d´Amicis (1886), el concurso convocado (1921) en España para elaborar un Libro de la Patria destinado a los escolares quedó desierto. Contra toda esa apatía, sin embargo, se alzaron voces inteligentes defendiendo nuevos métodos educativos de carácter liberal para formar generaciones de ciudadanos españoles cultos y responsables. La clave, según estos intelectuales, era que nunca habría mejoras económicas en España sin una mejora previa de la educación. Dicho en corto, que de nada vale una urna si el que mete el voto en ella es analfabeto, y que con mulas de varas, ovejas pasivas o cerdos satisfechos en lugar de ciudadanos, no hay quien saque un país adelante. Todos esos esfuerzos realizados por intelectuales honrados, que fueron diversos y complejos, iban a prolongarse durante la regencia de María Cristina, el reinado de Alfonso XIII y la Segunda República hasta la tragedia de 1936-39. Y buena parte de esos mismos intelectuales acabaría pagándolo, a la larga, con el exilio, con la prisión o con la vida. La vieja y turbia España, pródiga en rencores, nunca olvida sus ajustes de cuentas. Pero no adelantemos tragedias, pues hasta ésas quedaban otras, y no pocas, por materializarse todavía. 

[Continuará]. 

21 de febrero de 2016 

domingo, 14 de febrero de 2016

Imbéciles sin fronteras

Asombra y a menudo acojona, o por lo menos a mí me pasa, el modo en que la simpleza más frívola, la estupidez más elemental, querido Watson, triunfan en sociedad. No se trata sólo de esta España nuestra, y eso tiene una doble lectura. Creo. Por un lado, mirando los periódicos, la tele o Internet, consuela comprobar que en todas partes cuecen habas y que la gilipollez no tiene fronteras. Que igual de tonto puede ser un chino que uno de Murcia. Sin embargo, por otra parte eso descorazona mucho, pues cada vez le deja a uno menos lugares posibles donde refugiarse cuando todo acabe por irse al carajo. 

Como ven, hoy me desayuno apocalíptico. Pero es que hay temporadas que lo apocaliptizan -o como se diga- a uno. Llevo un tiempo forzado por la perra vida a moverme en ambientes donde el porcentaje de tontos por metro cuadrado es superior a la media, y eso castiga mucho el hígado. Lo que más me revienta es que yo mismo, por imperativos casi legales, me veo forzado a asumir las reglas de estolidez ya establecidas, y no soporto la cara de imbécil que veo si me miro en un espejo. Pero es lo que hay. Por eso hoy me desahogo aquí, dándole a la tecla. 

Sobre tonterías ajenas -las mías no se las voy a contar a ustedes- les refiero la penúltima. Acabo de recibir carta de un lector afeándome que use la frase enfermedad histórica. No ya cáncer, como cuando hace poco una lectora con esa dolencia me recriminó, muy destemplada, escribir cáncer de la sociedad, o cuando otra, también señora, criticó que utilizase la palabra autismo político para definir la cara de pasmado, la parálisis facial -otra enfermedad, por cierto- con que Mariano Rajoy se ha enfrentado en sus cuatro años de legislatura, entre otras cosas, a la insultante arrogancia del ex presidente Mas y sus compadres. Ahora, ese lector bienintencionado me pide que reflexione sobre lo mal que pueden sentirse los enfermos de cualquier clase y estado cuando se topen, en mis textos, con esa desafortunada expresión: enfermedad histórica, enfermedad social. Lo maltratados -supongo que se refiere a eso- que van a sentirse, no ya los que tienen la poca suerte de padecer cáncer, sino también los diabéticos, los asmáticos, los alopécicos, los que están en diálisis, los que tienen hemorroides o los que pillan un catarro. Lo mucho que se van a cabrear conmigo, todos ellos. La de novelas que voy a dejar de vender. Lo que se van a ciscar en mis muertos. 

Por cierto. Ya que hoy hablamos de estupideces, hay una que no deseo pasar por alto, porque se refiere a mi colega y camarada de armas Javier Marías. Y hay varios cantamañanas que han estado dándole la brasa al rey de Redonda, reprochándole que en fecha reciente criticara unas declaraciones de Pablo Iglesias sobre el posible envío de soldados españoles a combatir el yihadismo en África, en las que el líder de Podemos advertía «Ojo, que nuestros soldados podrían volver en cajas de madera». Y a eso respondía Javier, con absoluta sensatez, que volver en cajas de madera es, precisamente, uno de los inconvenientes naturales que tiene ser soldado, desde que el mundo y las guerras existen; y que objetar eso es como recomendar que los bomberos no apaguen incendios porque las llamas pueden quemarlos, o que los policías no se enfrenten a atracadores ni asesinos porque los malos pueden pegarles un tiro. 

Pues, en fin. Oigan. Tan lógicos razonamientos han sido vituperados en las redes sociales, llamando a Javier militarista, a sus años y con su currículum, por decir que los soldados están para ser soldados como su propio nombre indica, no para causas humanitarias. Lo que demuestra, como tantas otras cosas, que cada vez nos alejamos más de la realidad real de las cosas, para introducirnos gozosamente en un mundo idiota donde de la obviedad hacemos una noticia, y además discutimos sobre ella. Imaginen un mundo en el que si, por ejemplo, nos invade un ejército islámico desde el sur o de donde sea -lo del norte empieza a ser posible- no podamos defendernos porque nuestros líderes opinan que bajo ningún concepto deben morir soldados en combate. O un mundo donde no puedan usarse palabras para definir cosas, porque esas palabras -ocurre con casi todas- también tienen lectura peyorativa. Textos, en fin, donde soldado (protestarían los antimilitaristas), divorcio (protestarían los divorciados), ruina (protestarían los arruinados), mugre (protestarían los mugrientos) y millones de otras palabras quedaran proscritas, para no irritar a nadie. Ni siquiera imbécil podría utilizarse, para no ofender a los millones de imbéciles en que nos estamos convirtiendo todos. 

14 de febrero de 2016 

domingo, 7 de febrero de 2016

Una historia de España (LVIII)

Con Alfonso XII, que nos duró poco, pues murió en 1885 siendo todavía casi un chaval y sólo reinó diez años, España entró en una etapa próspera, y hasta en lo político se consiguió (a costa de los de siempre, eso sí) un equilibrio bastante razonable. Había negocios, minería, ferrocarriles y una burguesía cada vez más definida según los modelos europeos de la época. En términos generales, un español podía salir de viaje al extranjero sin que se le cayera la cara de vergüenza. A todo contribuían varios factores que sería aburrido detallar aquí -para eso están los historiadores, y que se ganen ellos el jornal-, pero que conviene citar aunque sea por encima. A Alfonso XII los pelotas lo llamaban el Pacificador, pero la verdad es que el apodo era adecuado. El desparrame de Cuba se había serenado mucho, la tercera guerra carlista puso las cosas crudas al pretendiente don Carlos (que tuvo que decir hasta luego Lucas y cruzar la frontera), y hasta el viejo y resabiado cabrón del general Cabrera, desde su exilio en Londres, apoyó la nueva monarquía. Ya no habría carlistadas hasta 1936. Por otra parte, el trono de Alfonso XII estaba calentado con carbón asturiano, forjado con hierro vasco y forrado en paño catalán, pues en la periferia estaban encantados con él; sobre todo porque la siderurgia vascongada -aún no se decía euskaldún- iba como un cohete, y la clase dirigente catalana, en buena parte forrada de pasta con los esclavos y los negocios de una Cuba todavía española, tenía asegurado su tres por ciento, o su noventa por ciento, o lo que trincara entonces, para un rato largo. Por el lado político también iba la cosa como una seda para los que cortaban el bacalao, con parlamentarios monárquicos felices con el rey y parlamentarios republicanos que en su mayor parte, tras la disparatada experiencia reciente, no creían un carajo en la república. Todos, en fin, eran dinásticos. Se promulgó en 1876 una Constitución (que estaría en vigor más de medio siglo, hasta 1931) con la que volvía a intentarse la España unitaria y patriótica al estilo moderno europeo, y según la cual todo español estaba obligado a defender a la patria y contribuir a los gastos del Estado, la provincia y el municipio. Al mismo tiempo se proclamaba -al menos sobre el papel, porque la realidad fue otra- la libertad de conciencia, de pensamiento y de enseñanza, así como la libertad de imprenta. Y en este punto conviene resaltar un hecho decisivo: al frente de los dos principales partidos, cuyo peso era enorme, se encontraban dos políticos de extraordinarias talla e inteligencia, a los que Pedro Sánchez, Mariano Rajoy, José Luis Zapatero y José María Aznar, por citar sólo a cuatro tiñalpas de ahora mismo, no valdrían ni para llevarles el botijo. Cánovas y Sagasta, el primero líder del partido conservador y el segundo del liberal o progresista, eran dos artistas del alambre que se pusieron de acuerdo para repartirse el poder de un modo pacífico y constructivo en lo posible, salvando sus intereses y los de los fulanos a los que representaban. Fue lo que se llamó período (largo) de alternancia o gobiernos turnantes. Ninguno de los dos cuestionaba la monarquía. Gobernaba uno durante una temporada colocando a su gente, luego llegaba el otro y colocaba a la suya, y así sucesivamente. Todo pacífico y con vaselina. Tú a Boston y yo a California. Eso beneficiaba a mucho sinvergüenza, claro; pero también proporcionaba estabilidad y paz social, ayudaba a los negocios y daba credibilidad al Estado. El problema fue que aquellos dos inteligentes fulanos se dejaron la realidad fuera; o sea, se lo montaron ellos solos, olvidando a los nuevos actores de la política que iban a protagonizar el futuro. Dicho de otro modo: al repartirse el chiringuito, la España oficial volvió la espalda a la España real, que venía pidiendo a gritos justicia, pan y trabajo. Por suerte para los gobernantes y la monarquía, esa España real, republicana y con motivo cabreada, estaba todavía en mantillas, tan desunida en plan cainita como solemos estarlo los españoles desde los tiempos de Viriato. Pero con pan y vino se anda el camino. A la larga, las izquierdas emergentes, las reales, iban a contar con un aliado objetivo: la Iglesia católica, que fiel a sí misma, cerrada a cuanto oliera a progreso, a educación pública, a sufragio universal, a libertad de culto, a divorcio, a liberar a las familias de la dictadura del púlpito y el confesonario, se oponía a toda reforma como gato panza arriba. Eso iba a encabronar mucho el paisaje, atizando un feroz anticlericalismo y acumulando cuentas que a lo largo del siguiente medio siglo iban a saldarse de manera trágica. 

[Continuará]

7 de febrero de 2016 

domingo, 31 de enero de 2016

Yo sí leí 'Mein Kampf'

El otro día me ocurrió algo curioso. O no tan curioso, si consideramos el paisaje actual y el que viene de camino: la estupidez y su gran aliada, la ignorancia. Estaba el arriba firmante asomado a las redes sociales, uno de esos domingos en que me dejo caer un rato por el bar de Lola, cuando di con una polémica sobre la publicación, ahora que han caducado los derechos de autor, de una nueva edición completa y revisada de Mein Kampf, o sea, Mi lucha, el libro escrito en 1924 por Adolf Hitler; una exacta y casi completa exposición de lo que poco más tarde iba a ser su obra política: un Estado alemán siniestro, totalitario, antiparlamentario, racista, antisemita, imperialista y criminal. 

Fue interesante echarle un vistazo a lo de Internet. La mayor parte de los que debatían, por no decir todos, sostenía que el libro era impublicable, que sus ejemplares deben ser destruidos, y que esas páginas infames deben olvidarse para siempre. Me acordé entonces de una conversación que mantuve con el periodista, escritor y entrañable amigo Jacinto Antón hace cuatro años en una facultad de Periodismo de Barcelona; cuando, interrogado por algunos alumnos sobre si debe cerrarse la boca a los malvados, yo sostuve lo contrario. Hitler, Mussolini, Franco, sentados aquí donde estamos, dije, serían interesantísimos de escuchar. ¿Cómo ibas a ser tan idiota para decirles: «Franco, Hitler, Stalin, callaos, cerrad la boca»? Al contrario. En un lugar como éste, donde se supone hay gente con la debida formación intelectual, atender lo que un canalla o un criminal tienen que decir, conocer sus ideas, es de lo más valioso. ¿Imagináis -les dije- lo interesante que sería, por ejemplo, Franco contando de primera mano cómo durante cuarenta años logró tener a España agarrada por el pescuezo? ¿Que relatase cómo ganó la guerra, o firmó sentencias de muerte? ¿De verdad os perderíais al Himmler que realizó técnicamente el Holocausto o al Pol Pot de las matanzas masivas en Camboya? ¿Cerraríais la boca de Mao o Stalin si los tuvieseis enfrente, sin hacerles preguntas para indagar en sus cabezas, en sus ideas, en sus motivos? ¿Ibais a rechazar la formidable ocasión de conocer los mecanismos del horror, la maldad, el crimen, el lado más sucio y terrible de la condición humana? 

Volviendo a Mein Kampf, debo decir que durante veintiún años fui reportero en lugares difíciles. Y para hacer mi trabajo, para llegar donde debía llegar y narrar las tragedias y el horror que presenciaba, tuve que hacer muchas cosas poco ortodoxas. Mentí, soborné, transgredí leyes de todos los países en todos los idiomas posibles, me relacioné con gente infecta, con asesinos, con narcotraficantes. No podía decirle a un tipo: «Como usted es un torturador y un criminal no le doy la mano», porque entonces ese fulano me mataba, o me daba un culatazo, o se negaba a hablar conmigo; y yo me quedaba sin saber lo que necesitaba saber, o ver lo que precisaba ver. Sin el testimonio directo del mal. Sin el conocimiento de la condición humana, tan necesario para comprender las cosas que ocurren; conocimiento con el que entonces hacía reportajes y hoy escribo novelas. 

Por eso recuerdo muy bien cómo acabé aquella charla ante los jóvenes en Barcelona: «Después os lo cargáis, si podéis; pero antes escuchadlo, porque hasta la lección que puede daros el más perverso del mundo puede ser oro puro».Por eso lo de Hitler es bueno que se publique. Creo. Y es útil leerlo. Eso sí, hace falta cultura. Ser lector inteligente. Ciudadano lúcido y responsable. Saber lo que estás leyendo y no tragar basura a palo seco. Para eso están los prólogos y las notas a pie de página; y está, como digo, la necesaria formación intelectual previa del que lee o escucha. Pero no está de más, en este caso, saber cómo era la cabeza del criminal que sedujo a una nación entera -y no sólo a ella- encarnando sus complejos, rencores y ambiciones. Mein Kampf fue la biblia del III Reich, la que se regalaba a los recién casados y se leía en las escuelas. Y adorando a quien escribió ese libro, millones de personas levantaron el brazo y lloraron emocionados cuando pasaba su querido Führer con su corte de gángsters y asesinos. Algo que ahora se niega, pues resulta que todos los alemanes eran antinazis; aunque por suerte están las fotos y los documentales para recordarlo. Ahora dicen allí que Mein Kampf era el libro que todos tenían pero que nadie leía. Y a lo mejor ése fue el problema. Si lo hubieran leído, si hubieran sabido qué enorme hijo de puta los conducía camino de la Gran Alemania que todos soñaban, las cosas habrían ocurrido de otra manera. 

31 de enero de 2016 

domingo, 24 de enero de 2016

Minutos de silencio y besitos chorras

A veces uno se pregunta cómo es posible que las cosas sensatas, razonables, tarden tanto en arraigar, cuando lo hacen, o se pierdan de la manera más boba, y sin embargo cualquier gilipollez se imponga con pasmosa facilidad, cunda y se haga moda y costumbre, con todos los cantamañanas del mundo practicándola encantados. Cada cual tendrá su lista, supongo. Ustedes la suya y yo la mía. Menos los tontos, claro. Porque a ésos no hay tontería que se lo parezca, y se apuntan con entusiasmo a lo que sea. Y cuando una estupidez toma cuerpo en ese territorio, ya no hay cristo que se libre de ella; pues, como dijo no me acuerdo ahora quién, cuando un tonto sigue un camino, se acaba el camino pero sigue el tonto. Y como dijo otro -que tampoco me acuerdo ni tengo gana de levantarme a mirarlo-, a un tonto no hay manera de convencerlo de que deje de serlo, porque para eso hay que bajar a su nivel. Y en ese nivel, los tontos son imbatibles. Sobre todo en España. 

Los minutos de silencio, por ejemplo. Es costumbre antigua, cuando sobreviene una desgracia, que en determinados lugares o reuniones se guarde un minuto de silencio en memoria de los fallecidos. Eso está bien, porque demuestra sensibilidad, dolor y respeto. En España, sin embargo, eso del minuto se les queda corto a muchos. Sesenta segundos de inmovilidad y silencio, parecen opinar, no expresan de modo adecuado el inmenso dolor y respeto que sienten. Así que ahora está de moda guardar no uno, sino tres o cinco minutos de silencio. Y hace poco, en no sé qué corporación municipal, se guardaron hasta diez. O por ahí. Prueben ustedes a quedarse quietos cinco minutos pensando en algo doloroso, y ya me dirán el resultado. El aburrimiento. Pero da igual. La cosa estriba en demostrar al mundo, a ser posible con cámaras de televisión delante, que puestos a sentir desconsuelo y solidaridad, a los españoles no nos supera nadie en sensibilidad tácita. Que para silencios emotivos, los nuestros. Y así se dan, cada vez con más frecuencia, esas penosas escenas de un montón de concejales, o diputados, o alumnos de tal institución o colegio, callados e inmóviles con los brazos cruzados y las caras serias, mirando el reloj de reojo durante casi un cuarto de hora, mientras los de la segunda o tercera fila, que se les ve menos, aprovechan para echar un vistazo a los teléfonos móviles. Para demostrar que a todos nos duele de cojones. 

Otra gilipollez que se ha impuesto de modo aterrador es la de los besos. Desde siempre, uno da la mano a las personas a las que acababa de conocer y reserva el beso para las personas queridas, o para aquellos con quienes les une mucho afecto o confianza. Pero ahora, en cuanto te ponen a alguien delante, vas y lo besas. O viceversa. Generalmente, y eso es lo curioso del asunto, es el varón quien se inclina a besar a la otra persona, si ésta es mujer. Y ella, en vez de extender con firmeza la mano y mantener al imbécil a la distancia adecuada a la que saluda una señora consciente de serlo, se deja besuquear, encantada. O lo parece. No entre gente de confianza, ojo, ni en ambientes juveniles ni amistosos, donde besarse es muy natural, sino entre gente mayor y en cualquier circunstancia. Smuac, smuac. Por no mencionar a los políticos. Y además, eso del osculeo sobreviene en las situaciones más absurdas. Llegas y dices, aquí Fulano, aquí Mengana, y el pavo va y le calza a la señora, automáticamente, un beso en cada mejilla, como si se conocieran del colegio o hubieran tenido rollo antes. O ella, que también, pone la cara para que se la besen aunque sea la farmacéutica y hayas ido a comprarle aspirinas. Me sorprende que las más ultrarradicales feministas, tan sensibles para otras idioteces, no se indignen con eso. Con que al saludar los hombres las besen a ellas, pero se den la mano entre ellos. Más machista, imposible. Creo. 

Siempre recordaré la cara de un buen amigo mío, francés de toda la vida, hombre elegante y correctísimo, cuando al llegar a un restaurante madrileño salió a recibirnos un pavo con el nombre bordado en la camisa, que tuteándonos sin habernos visto antes en su puta vida, le estampó a su legítima dos besos sonoros en las mejillas antes de que ninguno pudiéramos evitarlo. «¿Por qué besa usted a mi mujer?», le preguntó el francés, entre molesto y sarcástico. Y el otro, confuso, sin entender un carajo, lo miraba como si fuera un marciano. Entonces me acordé de una frase que solía decir mi abuelo -que era un caballero nacido en 1890- cuando alguien se le dirigía de forma grosera o mal educada: «Debe de creer que hemos guardado juntos cerdos en la misma cochinera». 

24 de enero de 2016 

domingo, 17 de enero de 2016

Una historia de España (LVII)

El siglo XIX había sido en España -lo era todavía, en aquel momento- un desparrame de padre y muy señor mío: una atroz guerra contra los franceses, un rey (Fernando VII) cruel, traidor y miserable, una hija (Isabel II) incompetente, caprichosa y más golfa que María Martillo, un rey postizo (Amadeo de Saboya) tomado a cachondeo, la pérdida de casi todas las posesiones americanas tras una guerra sin cuartel, una primera insurrección en Cuba, una guerra cantonal, una Primera República del Payaso Fofó que había acabado como el rosario de la Aurora, golpes de Estado, pronunciamientos militares a punta de pala y cuatro o cinco palabras (España, nación, patria, centralismo, federalismo) en las que no sólo nadie se ponía de acuerdo, sino que se convertían, como todo aquí, en arma arrojadiza contra el adversario político o el vecino mismo. En pretexto para la envidia, odio y vileza hispanas, agravadas por el analfabetismo endémico general. Echando números, nos salían sólo 15 años de intentos democratizadores contra 66 siniestros años de carcundia, iglesia, caspa, sables y reacción. Y cuando había elecciones, éstas eran una farsa de votos amañados. Hasta un par de años antes, todos los cambios políticos se habían hecho a base de insurrecciones y pronunciamientos. Y la peña, para resumir, o sea, la gente normal, estaba hasta la línea de flotación. Harta de cojones. Quería estabilidad, trabajo, normalidad. Comer caliente y que los hijos crecieran en paz. Así que algunos políticos, tomando el pulso al ambiente, empezaron a plantearse la posibilidad de restaurar la monarquía, esta vez con buenas bases. Y se fijaron en Alfonsito de Borbón, el hijo en el exilio de Isabel II, que tenía 18 años y era un chico agradable, bajito, moreno y con patillas, sensato y bien educado. Al principio los militares, acostumbrados a mandar ellos, no estaban por la labor; pero un pedazo de político llamado Cánovas del Castillo -sin duda el más sagaz y competente de su tiempo- convenció a algunos y se acabó llevando al huerto a todos. El método, eso sí, no fue precisamente democrático; pero a aquellas alturas del sindiós, en plena dictadura dirigida por el eterno general Serrano y con las Cortes inoperantes y hechas un bebedero de patos, Cánovas y los suyos opinaban, no sin lógica, que ya daba igual un método que otro. Y que a tomar todo por saco. Y así, en diciembre de 1874, en Sagunto y ante sus tropas, el general Martínez Campos proclamó rey a Alfonso XII, por la cara. La cosa resultó muy bien acogida, Serrano hizo las maletas, y el chaval borbónico embarcó en Marsella, desembarcó en Barcelona, pasó por Valencia para asegurarse de que el respaldo de los espadones iba en serio, y a primeros del año 1875 hizo una entrada solemne en Madrid, entre el entusiasmo de las mismas masas que hacia año y pico habían llamado puta a su madre. Y es que el pueblo -lo mismo a ustedes les suena el mecanismo- se las tragaba de a palmo, hasta la gola, en cuanto le pintaban un paisaje bonito y le comían la oreja (es lo que tienen, sumadas, la ingenuidad, la estupidez y la incultura). El caso es que a Alfonso XII lo recibieron como agua de mayo. Y la verdad, las cosas como son, es que no faltaban motivos. En primer lugar, como dije antes, Cánovas era un político como la copa de un pino (del que los de ahora deberían tomar ejemplo, en el caso improbable de que supieran quién fue). Por otra parte, el joven monarca era un tío estupendo, o lo parecía, quitando que le gustaban las mujeres más que a un tonto una tiza. Pero fuera de eso, tenía sentido común y sabía estar. Además se había casado por amor con la hija del duque de Montpensier, que era enemigo político de su madre. Ella se llamaba María de las Mercedes (para saber más del asunto, libros aparte, cálcense la película ¿Dónde vas Alfonso XII?, que lo cuenta en plan mermelada pero no está mal), era joven, regordeta y guapa, y eso bastó para ganarse el corazón de todas las marujas y marujos de entonces. Aquella simpática pareja fue bien acogida, y con ella el país tuvo un subidón de optimismo. Florecieron los negocios y mejoró la economía. Todo iba sobre ruedas, con Cánovas moviendo hábilmente los hilos. Hasta pudo liquidarse, al fin, la tercera guerra carlista. El rey era amigo de codearse con el pueblo y a la gente le caía bien. Era, para entendernos, un campechano. Y además, al morir Mercedes prematuramente, la tragedia del joven monarca viudo -aquellos funerales conmovieron lo indecible- puso a toda España de su parte. Nunca un rey español había sido tan querido. La Historia nos daba otra oportunidad. La cuestión era cuánto íbamos a tardar en estropearla. 

[Continuará]

17 de enero de 2016
 

domingo, 10 de enero de 2016

El mendigo del perro

Lo conozco desde hace muchos años, siete u ocho por lo menos, un día en el que pasé por su lado y lo vi de pie junto a sus habituales cartones cerca de la Plaza Mayor de Madrid, interrogando a la gente que pasaba. Me han quitado a mi perro, decía angustiado. Lo dejé aquí para ir ahí enfrente, y ya no está. Alguien se lo ha llevado. Y lo tengo con vacunas y con todo en regla. Su zozobra era auténtica, sincera, así que me detuve e hice lo que pude por ayudarlo. Preguntamos por la zona, hablé con unos guardias municipales. Después tuve que irme, tras intentar tranquilizarlo. Ya verá como aparece, le dije. Si lo hubieran atropellado, se sabría. Seguro que está por ahí cerca, rondando a alguna perra, o viviendo un poco su vida. Y los guardias han prometido ocuparse de eso. Me fui sin poder olvidar su gesto desesperado, ni sus últimas palabras: «Es mi compañero, no podré dormir hasta que lo encuentre». Volví a pasar por allí dos o tres días después, y el perro -un chucho negro, grande y apacible- estaba allí con él, como si tal cosa. «Lo trajeron los guindillas -dijo-. Se lo había llevado un hijo de puta». 

Desde entonces, cada vez que paso por el lugar donde suele estar sentado sobre sus cartones, a menudo leyendo algún diario arrugado o un libro muy ajado y de páginas amarillentas mientras el perro apoya el hocico en sus piernas, me detengo a charlar un rato con él. Luego suelo darle un billete de cinco o diez euros, según los días. Para el pienso del chucho, digo, procurando así no ofenderlo y que lo acepte con naturalidad. Y él se lo guarda sin decir nada y me estrecha la mano. No sé si bebe, pero nunca lo he visto hacerlo, ni trazas de eso. Es un hombre inteligente y educado, sobre los cuarenta años largos, que tuvo una vida anterior muy distinta, de la que sin embargo nunca habla. Tampoco le he preguntado jamás cuál es su nombre, ni él me lo ha dicho. Lo llamo amigo y él me llama don Arturo. Conversamos sobre la calle, el frío del invierno y el calor del verano, el libro que está leyendo o los ciudadanos que hacen cola en el cajero automático que tiene cerca. A veces sale el tema de la política y los políticos -«Son todos iguales, don Arturo; gente que no tiene perros, y se les nota»-, y hace un par de años tuvo una frase gloriosa. Fue cuando los indignados tenían tomada la Puerta del Sol y aquello era una verbena, con todos los mendigos de Madrid sumados a la fiesta, confraternizando entre litronas. Le pregunté cómo era que no iba también allí, que estaba a dos pasos, y respondió muy serio: «Ahí no hay más que chusma, así que vamos a no mezclar». Y otro día que anduve por allí con Darío Villanueva, director de la Real Academia, me detuve como siempre a saludarlo; y al día siguiente, cuando pasé de nuevo, me dijo, orgulloso «Ayer fue demasiado, don Arturo. Dos académicos parados delante de mi perro y mis cartones». 

En los últimos tiempos estuve una temporada sin verlo por allí. Ni perro, ni nada. Desaparecido. Me extrañó, después de tantos años. Pensé que había cambiado de sitio, o de ciudad. Y lo eché de menos, pues aquel lugar de la calle no era el mismo sin él. Hasta que al fin, hace pocos días, una tarde a última hora, yendo a cenar a la Taberna del Capitán Alatriste de mi amigo Félix Colomo, lo vi de nuevo. El mendigo estaba de nuevo en el sitio de siempre, leyendo sentado sobre cartones con las piernas cruzadas y el perro lamiéndole una mano a lengüetazos. Me paré a saludarlo, gratamente sorprendido. Se puso en pie y charlamos un rato. Había estado de viaje, dijo. Cosas de familia. No quise indagar, por miedo a ser indiscreto; pero él, tras pensarlo un poco, dijo: «Fui a ver a mi hija». Debió de verme cara de sorpresa, porque tras un silencio añadió. «Hacía muchos años que no la veía, y ahora ha cumplido los dieciocho». Lo dijo de una forma extraña, casi confidencial, con un eco de ternura que nunca le había yo advertido en la voz. Y qué tal fue el encuentro, pregunté. Se quedó callado otro instante. «Salió bien -dijo al fin-. Mejor de lo que pensaba, porque la verdad es que fui con miedo. Me gasté lo poco que tenía, pero valió la pena». Y entonces, tras una breve indecisión, sacó una cartera mugrienta, y de ella una fotografía que puso en mis manos: una chica jovencita con la cabeza apoyada en el hombro de un individuo al que apenas reconocí: afeitado, limpio, con el pelo peinado hacia atrás, una camisa bien planchada y en la boca una sonrisa que nunca le había visto antes. La del hombre que fue, supuse; la del que por unos días había vuelto a ser junto a su hija. «Es guapísima», comenté, devolviéndole la foto. Y él asintió sereno, orgulloso, mientras volvía a guardarla en la cartera. 

10 de enero de 2016 

domingo, 3 de enero de 2016

Una historia de España (LVI)

La primera república española, aquel ensayo de libertad convertido en disparate en manos de políticos desvergonzados y pueblo inculto e irresponsable, se había ido al carajo en 1874. La decepción de las capas populares al ver sus esperanzas frustradas, el extremismo de unos dirigentes y el miedo a la revolución de otros, el desorden social que puso a toda España patas arriba y alarmó a la gente de poder y dinero, liquidó de modo grotesco el breve experimento. Todo eso puso al país a punto de caramelo para una etapa de letargo social, en la que la peña no quería sino calma y pocos sobresaltos, sopitas y buen caldo, sin importar el precio en libertades que hubiera que pagar por ello. Se renunció así a muchas cosas importantes, y España (de momento con una dictadura post revolucionaria encomendada al siempre oportunista general Serrano) se instaló en una especie de limbo idiota, aplazando reformas y ambiciones necesarias. Sin aprender, y eso fue lo más grave, un pimiento de los terribles síntomas que con las revoluciones cantonales y los desórdenes republicanos habían quedado patentes. El mundo cambiaba y los desposeídos abrían los ojos. Allí donde la instrucción y los libros despertaban conciencias, la resignación de los parias de la tierra daba paso a la reivindicación y la lucha. Cinco años antes había aparecido una institución inexistente hasta entonces: la Asociación Internacional de Trabajadores. Y había españoles en ella. Como en otros países europeos, una pujante burguesía seguía formándose al socaire del inevitable progreso económico e industrial; y también, de modo paralelo, obreros que se pasaban unos a otros libros e ideas iban organizándose, todavía de modo rudimentario, para mejorar su condición en fábricas y talleres, aunque el campo aún quedaba lejos. Dicho en plan simple, dos tendencias de izquierdas se manifestaban ya: el socialismo, que pretendía lograr sus reivindicaciones sociales por medios pacíficos, y el anarquismo -«Ni dios, ni patria, ni rey»-, que creía que el pistoletazo y la dinamita eran los únicos medios eficaces para limpiar la podredumbre de la sociedad burguesa. Así, la palabra anarquista se convirtió en sinónimo de lo que hoy llamamos terrorista, y en las siguientes décadas los anarquistas protagonizaron sonados y sangrientos episodios a base de mucho bang-bang y mucho pumba-pumba, que ocupaban titulares de periódicos, alarmaban a los gobiernos y suscitaban una feroz represión policial. Detalle importante, por cierto, era que el auge burgués e industrial del momento estaba metiendo mucho dinero en las provincias vascas, Asturias y sobre todo en Cataluña, donde ciudades como Barcelona, Sabadell, Manresa y Tarrasa, con sus manufacturas textiles y su proximidad fronteriza con Europa, aumentaban la riqueza y empezaban a inspirar, como consecuencia, un sentimiento de prosperidad y superioridad respecto al resto de España; un ambiente que todavía no era separatista a lo moderno -1714 ya estaba muy lejos- pero sí partidario de un Estado descentralizado (la ocasión del Estado jacobino y fuerte a la francesa la habíamos perdido para siempre) y también industrial, capitalista y burgués, que era lo que en Europa pitaba. Sentimiento que, en vista del desparrame patrio, era por otra parte de lo más natural, porque Jesucristo dijo seamos hermanos, pero no primos. Nacían así, paset a paset, el catalanismo moderno y sus futuras consecuencias; muy bien pergeñado el paisaje, por cierto, en unas interesantes y premonitorias palabras del político catalán -hijo de hisendats, o sea, familia de abolengo y dinero- Prat de la Riba: «Dos Españas: la periférica, viva, dinámica, progresiva, y la central, burocrática, adormecida, yerma. La primera es la viva, la segunda la oficial». Todo eso, tan bien explicado ahí, ocurría en una España de oportunidades perdidas desde la guerra de la Independencia, donde los sucesivos gobiernos habían sido incapaces de situar la palabra nación en el ámbito del progreso común. Y mientras Gran Bretaña, Francia o Alemania desarrollaban sus mitos patrióticos en las escuelas, procurando que los maestros diesen espíritu cívico y solidario a los ciudadanos del futuro, la indiferencia española hacia el asunto educativo acarrearía con el tiempo gravísimas consecuencias: un ejército desacreditado, un pueblo desorientado e indiferente, una educación que seguía estando en buena parte en manos de la Iglesia Católica, y una gran confusión en torno a la palabra España, cuyo pasado, presente y futuro secuestraban sin complejos, manipulándolos, toda clase de trincones y sinvergüenzas. 

[Continuará]. 

3 de enero de 2016 

domingo, 27 de diciembre de 2015

Gervasio en Vukovar

Estoy dándole a la tecla, como cada día. Ganándome el jornal. Estoy en ese momento difícil de empezar un capítulo de la novela que llevo por la mitad. Dándole vueltas a un escenario y a un personaje. Y en ese momento compruebo, con una maldición, que olvidé desconectar el teléfono. Y que suena. Me dispongo a apagarlo cuando cometo el error de mirar quién llama. Es Gervasio Sánchez, el fotógrafo, viejo camarada de lugares incómodos. Así que respondo a la llamada. Y ahí está el buenazo de Gerva, que me suelta de buenas a primeras: «Te llamo desde Vukovar, Arturo. Desde el vestíbulo del hotel Dunav». Y entonces me olvido de la novela y del capítulo por empezar, y me siento, y escucho. Y recuerdo la noche del sábado 21 al domingo 22 de septiembre de 1991 en Vukovar, Croacia, antigua Yugoslavia. Con él, Márquez y los otros. 

Me cuenta Gerva que ha vuelto allí donde vivimos aquello, el peor asedio de aquella guerra, el Stalingrado croata. El lugar donde todos los hombres y jóvenes con los que durante muchos días difíciles convivimos, fotografiamos y filmamos -Grüber, Sexymbol, Ivo, el pequeño Rado-, fueron asesinados cuando la ciudad cayó en manos serbias, incluidos prisioneros, enfermos y heridos. Y añade Gerva que ha vuelto allí veinticuatro años después para hacer fotos de lo que Vukovar es ahora; porque, asegura, revisitar la geografía del horror que tiene en la memoria es su manera de no ir al psiquiatra para que arreglen lo que se le quedó dañado en el interior. «Todos no tenemos la suerte de poder escribir novelas para soportar el peso de las mochilas llenas de fantasmas», me dice. 

Cuando Gerva habla de estas cosas siempre se pone algo cursi, porque pese a la mucha mili que lleva en las abolladas cámaras sigue siendo un sentimental y un osito de peluche. Así que le pregunto si ha llorado mucho, y dice que sí, que a ratos. Que acaba de entrar en el hotel Dunav y en pocos segundos ha vuelto al pasado. Ha visto en la recepción el espectro del soldado que nos pasó las botellas de rakia y de whisky, ha vuelto a sentir temblar el edificio, ha visto a los muertos de ese día y los muertos de los días siguientes tirados por todas partes, y también el agujero en la cabeza de la mujer a la que mataron mientras conducía un automóvil, los rostros asustados de los heridos que nos miraban cuando nos íbamos por el camino de los maizales, el último camino, sabiendo que estaban sentenciados a muerte. «Y te he visto a ti, cabrón -añade-, durmiendo tirado en el suelo del vestíbulo». 

Mientras Gerva me cuenta todo eso, yo también vuelvo a verlo a él, y a los compañeros del tiempo en que aún no había teléfonos móviles y aún éramos jóvenes, aquella noche en que nos cayó encima de todo; tanto, que tuvimos que refugiarnos en el sótano del hotel Dunav, en los urinarios que apestaban a suciedad, Márquez con su cámara, Mayte Lizundia, Alberto Peláez con su equipo de la tele mexicana, y el buen Gerva con sus cámaras colgadas del cuello y su chaleco antibalas de segunda mano. Había otra gente muy asustada, cuyo nombre no recuerdo; y el alcohol que circulaba, y el hedor, y los cebollazos que caían afuera, y los gemidos de terror de esos cuyos nombres no recuerdo, le daban igual a Márquez, que dormía a pierna suelta abrazado a su Betacam; pero a mí no me dejaban pegar ojo. Así que decidí irme arriba, al vestíbulo. Busqué una columna que me protegiera un poco y me tumbé detrás. Y estaba sobando como un obispo cuando Gerva, cosa muy propia de un pelmazo como él, vino arrastrándose a tirarme de un pie para decirme que bajara otra vez, que allí arriba me iban a reventar los hijoputas de afuera. Y yo lo mandé a tomar por saco -«Vete a mamar, Gerva», fue exactamente lo que le dije-. Pero él, que era y sigue siendo una especie de Teresa de Calcuta con cámaras fotográficas, insistió una y otra vez; y como no me dejé convencer y le dije que prefería palmar allí arriba, tranquilo, que abajo rebozado de meados, vómitos, mierda y cagaditas de rata en el arroz, decidió quedarse conmigo, por no dejarme solo. Y los dos estuvimos allí acurrucados, uno junto al otro en el vestíbulo del Dunav, iluminados por el resplandor de los cebollazos serbios que caían en la calle. Y fue entonces cuando el buenazo de Gerva dijo su gran frase, las palabras inmortales que recogí en Territorio comanche y que recordaré toda mi vida, y que a pesar del horror de aquellos días siempre recuerdo con una carcajada: «Si esta noche me matan por tu culpa, no te lo perdonaré nunca». 

27 de diciembre de 2015 

domingo, 20 de diciembre de 2015

Una historia de España (LV)

La Primera República española, y en eso están de acuerdo tanto los historiadores de derechas como los de izquierdas, fue una casa de putas con balcones a la calle. Duró once meses, durante los que se sucedieron cuatro presidentes de gobierno distintos, con los conservadores conspirando y los republicanos tirándose los trastos a la cabeza. En el extranjero nos tomaban tan a cachondeo que sólo reconocieron a la flamante república los Estados Unidos -que todavía casi no eran nadie- y Suiza, mientras aquí se complicaban la nueva guerra carlista y la de Cuba, y se redactaba una Constitución -que nunca entró en vigor- en la que se proclamaba una España federal de «diecisiete estados y cinco territorios»; pero que en realidad eran más, porque una treintena de provincias y ciudades se proclamaron independientes unas de otras, llegaron a enfrentarse entre sí y hasta a hacer su propia política internacional, como Granada, que abrió hostilidades contra Jaén, o Cartagena, que declaró la guerra a Madrid y a Prusia, con dos cojones. Aquel desparrame fue lo que se llamó insurrección cantonal: un aquelarre colectivo donde se mezclaban federalismo, cantonalismo, socialismo, anarquismo, anticapitalismo y democracia, en un ambiente tan violento, caótico y peligroso que hasta los presidentes de gobierno se largaban al extranjero y enviaban desde allí su dimisión por telegrama. Todo eran palabras huecas, quimeras y proyectos irrealizables; haciendo real, otra vez, aquello de que en España nunca se dice lo que pasa, pero desgraciadamente siempre acaba pasando lo que se dice. Los diputados ni supieron entender las aspiraciones populares ni satisfacerlas, porque a la mayor parte le importaban un carajo, y eso acabó cabreando al pueblo llano, inculto y maltratado, al que otra vez le escamoteaban la libertad seria y la decencia. Las actas de sesiones de las Cortes de ese período son una escalofriante relación de demagogia, sinrazón e irresponsabilidad política en las que mojaban tanto los izquierdistas radicales como los arzobispos más carcas, pues de todo había en los escaños; y como luego iba a señalar en España inteligible el filósofo Julián Marías, «allí podía decirse cualquier cosa, con tal de que no tuviera sentido ni contacto con la realidad». La parte buena fue que se confirmó la libertad de cultos (lo que puso a la Iglesia católica hecha una fiera), se empezó a legalizar el divorcio y se suprimió la pena de muerte, aunque fuera sólo por un rato. Por lo demás, en aquella España fragmentada e imposible todo eran fronteras interiores, milicias populares, banderas, demagogia y disparate, sin que nadie aportase cordura ni, por otra parte, los gobiernos se atreviesen al principio a usar la fuerza para reprimir nada; porque los espadones militares -con toda la razón del mundo, vistos sus pésimos antecedentes- estaban mal vistos y además no los obedecía nadie. Gaspar Núñez de Arce, que era un poeta retórico y cursi de narices, retrató bien el paisaje en estos relamidos versos: «La honrada libertad se prostituye / y óyense los aullidos de la hiena / en Alcoy, en Montilla, en Cartagena». El de Cartagena, precisamente, fue el cantón insurrecto más activo y belicoso de todos, situado muy a la izquierda de la izquierda, hasta el punto de que cuando al fin se decidió meter en cintura aquel desparrame de taifas, los cartageneros se defendieron como gatos panza arriba, entre otras cosas porque la suya era una ciudad fortificada y tenía el auxilio de la escuadra, que se había puesto de su parte. La guerra cantonal se prolongó allí y en Andalucía durante cierto tiempo, hasta que el gobierno de turno dijo ya os vale, tíos, y envió a los generales Martínez Campos y Pavía para liquidar el asunto por las bravas, cosa que hicieron a cañonazo limpio. Mientras tanto, como las Cortes no servían para una puñetera mierda, a los diputados -que ya ni iban a las sesiones- les dieron vacaciones desde septiembre de 1873 a enero de 1874. Y en esa fecha, cuando se reunieron de nuevo, el general Pavía («Hombre ligero de cascos y de pocas luces»), respaldado por la derecha conservadora, sus tropas y la Guardia Civil, rodeó el edificio como un siglo más tarde, el 23-F, lo haría el coronel Tejero -que de luces tampoco estaba más dotado que Pavía-. Ante semejante atropello, los diputados republicanos juraron morir heroicamente antes que traicionar a la patria; pero tan ejemplar resolución duró hasta que oyeron el primer tiro al aire. Entonces todos salieron corriendo, incluso arrojándose por las ventanas. Y de esa forma infame y grotesca fue como acabó, apenas nacida, nuestra desgraciada Primera República. 

[Continuará]. 

20 de diciembre de 2015 

domingo, 13 de diciembre de 2015

Eso lo hace cualquiera

Ocurre a veces, pero esta vez es total. Me refiero a esas situaciones que te dejan sin palabras. Ha ocurrido antes, pero hoy es todo tan absoluto que lamento no tener a mano una cámara que grabe los detalles del asunto. Es el caso que estoy sentado ante mi bar favorito de la Plaza Mayor de Madrid, que es uno andaluz con cabezas de toros y fotos de toreros dentro, y con una terraza en la que se está de maravilla en las noches de verano y al sol en invierno. Estoy allí tan a gusto, leyendo Vidas de santos, de mi compadre Antonio Lucas, cuando alguien se detiene a mi lado. 

- Buenos días, don Arturo. 
- Buenos días. 

Ocurre a menudo, así que alzo la vista, cortés, resuelto a pagar el amable precio de que haya gente que te lea, o les suene tu cara, a veces con el incómodo plus de que todos los malditos teléfonos móviles llevan una cámara fotográfica incorporada. Levanto la mirada resuelto a ser correcto con quien probablemente es un lector, y como tal merece mi atención y mi tiempo, pues es él, y otros como él, quienes me permiten vivir de este oficio de contar historias juntando letras. Se trata de un hombre todavía joven, bien vestido, de aspecto agradable. 

- Perdone que lo moleste. Lo he visto aquí sentado y me he dicho: «Pues voy a saludarlo». 
- No sabe cómo se lo agradezco. 
- Todavía no he leído nada suyo, si he de serle sincero. 
- No se preocupe -le coloco la sonrisa automática-. Leerme no es obligatorio. 

- Es que no tengo mucho tiempo. El trabajo, ya sabe... 
- Mi mujer sí que tiene todos sus libros. 
- Pues salúdela de mi parte. Es un placer. 

Intento volver al libro; pero en ese punto, el individuo mira a uno y otro lado, como para comprobar si estamos solos -no lo estamos en absoluto, pues la terraza se encuentra llena-, y se sienta en la silla de enfrente con aire conspirador. 

- ¿Puedo preguntarle algo? 

Como mi vago intento de retomar la lectura no le causa ningún efecto, dejo el libro sobre la mesa, resignado. 

- Por supuesto -respondo-. 
- ¿Cómo hago para escribir una novela? 
- ¿Perdón? 
- Una novela. Me gustaría escribir una.
- ¿Le gustaría? 
- Sí. 

Lo miro detenidamente. No parece que me esté tomando el pelo. Tiene aire educado, se expresa bien. Correcto y amable. 

- ¿Qué clase de novela quiere escribir? 
- Ah, no sé. Por eso le pregunto. 

Lo observo en silencio durante otros cinco segundos. Atónito. 

- ¿Tiene alguna idea, algún argumento? -reacciono al fin-. ¿Algo que desee contar? 
- No, y ése es mi problema. Quiero escribir una y no sé cuál. 

Miro alrededor, buscando la cámara oculta. No puede ser, concluyo. Esto no es real. Pero el fulano sigue mirándome con indescriptible candor. 

- ¿Qué autores le gustan? -inquiero-. 
- Pues no sé -se rasca una oreja-. Como le he dicho, no soy muy lector. 

Este es el punto, pienso, en que ahora yo voy y lo mando al carajo. O sea. Porque una de dos: le suelto una conferencia sobre Homero, Cervantes y Quevedo, la gran novela de finales del XIX y principios del XX, Scott Fitzgerald y Conrad, punto de vista, estructura, sujeto, verbo y predicado, o lo envío directamente a tomar por saco. Pero el pavo me sigue mirando con una ingenuidad que desarma. Sería como matar a un ruiseñor. 

- ¿Y música? -pregunto, resuelto a irme por la tangente-. ¿No se le ha ocurrido componer música?

Entonces, con toda la estólida franqueza del mundo, ese amable imbécil me da una respuesta formidable, clara, definitiva. Perfecta. Una clave que lo explica todo, incluidas las atestadas mesas de novedades de las librerías españolas. 

- Ya me gustaría. Pero eso no lo hace cualquiera... Para eso hay que valer. 

13 de diciembre de 2015 

domingo, 6 de diciembre de 2015

El gringo feliz

Estoy desayunando sentado en la terraza del hotel Convento de San Juan de Puerto Rico, en pleno casco viejo de la ciudad: un lugar centenario que, como el resto de la ciudad vieja, está lleno de entrañables referencias a España y lo español, en esta isla donde las palabras antigua madre patria tienen un sentido especial, pues entre muchas otras cosas -lengua, arquitectura, historia, memoria- son orgullosamente conservadas como referencia de identidad por la inmensa mayoría de los puertorriqueños. Anoche cené con mi amiga la profesora y novelista Mayra Santos-Febres en un pequeño restaurante del mercado, y sigo dándole vueltas, entre otras, a algo que ella dijo durante la conversación, y que debe entenderse en su contexto: «Desde que tuve un hijo varón sé lo que es tener miedo, porque en muchos lugares del mundo a los hombres los matan». Recuerdo eso mientras cavilo sobre hasta qué punto la vida confortable de cierta parte de la humanidad, la que llevamos los privilegiados, nos hace olvidar las zonas oscuras por las que discurre la azarosa vida del ser humano. Lo peligroso que es creernos, como sucede, a salvo de todo, civilizados para siempre, seguros de nosotros y nuestras leyes, mirando el horizonte con una sonrisa boba mientras hacemos posturitas y decimos te amo asomados a la proa del Titanic, en el que puede ser -siempre lo olvidamos o ignoramos- el último atardecer de nuestras vidas. 

Estoy pensando en todo eso mientras me bebo el vaso de leche y doy mordiscos a la tostada de pan con mantequilla. Un español con memoria vieja en esta no menos vieja España transatlántica y caribeña; en esta colonia gringa trincada con cinismo y a base de soltar pasta, tras una invasión de hace más de un siglo en la que muchos puertorriqueños no lucharon contra los españoles, sino junto a los españoles contra los norteamericanos; y donde todavía, en algunos pueblos, los nombres de nuestros paisanos que los defendieron en 1898 son honrados como héroes locales. Pienso en eso, como digo, y en la Europa y en la España que los puertorriqueños actuales, no sin ingenuidad, miran todavía con un respeto y afecto que no tiene parangón en toda Hispanoamérica. Bebo mi leche, muerdo mi tostada, pienso en las monjas que habitaron este convento siglos atrás, recuerdo las palabras de Mayra en el restaurante -«¿Sabes por qué las negras somos tan cariñosas? Porque a nuestros hombres los vendían, iban y venían, y nunca sabías cuánto tiempo estarían a tu lado»-, y la cabeza se me llena de ideas complejas, de imperios y decadencias, de vidas y muertes, de afectos inmerecidos y de lealtades históricas, de la decepción que con frecuencia siente, o puede sentir, un hispano de América cuando viaja a España soñando encontrar las raíces de su vida, su cultura y su sangre, y encuentra el infame desparrame, la vileza insolidaria, la estólida cerrazón berroqueña que entre nosotros, españoles, incapaces de aprender de nuestras propias tragedias, con tanta frecuencia llega a rozar lo suicida o lo criminal. 

En ésas estoy, como cuento. Con una nube sombría dentro de la cabeza, cuando un grupo de norteamericanos viene a la terraza a desayunar. Desembarcaron anoche de un crucero y se alojan aquí. Uno de ellos, turista gringo que parece sacado de una película de parodia sobre turistas gringos, vestido con pantalón corto, sandalias, camisa de flores y sombrero de paja con una cinta I love Puerto Rico, ocupa la mesa de al lado. Es regordete, rubio pajizo, de tez sonrosada y ojos azules de expresión bondadosa. Llega, se sienta alrededor, mira los muros del antiguo claustro del convento, responde sonriente a las preguntas del camarero sobre lo que desea desayunar, abre sobre la mesa un folleto turístico de la ciudad, mira de nuevo alrededor como para comprobar si el lugar corresponde a lo escrito, alza los ojos hacia el cielo azul luminoso, y al fin, bajando hasta mí la mirada, me dedica una sonrisa ancha, bondadosa, feliz, y luego me dice «Beautitul day» con una espontánea familiaridad que desarma. Con un candor tal que se me atraganta la tostada en el gaznate. Y ahí estamos los dos: el viejo y cansado europeo, fúnebre con su memoria de cenizas, la capa de ozono, la inmigración y la crisis, con el crujir de los mundos y la Historia a cuestas, y el gringo feliz con camisa de flores y sonrisa ingenua que, en el patio de este lugar antiguo poblado de fantasmas, lo que ve es un hotel bonito y un maravilloso día. Cuatrocientos años de crucero al sol caribeño, bailando Macarena, contra tres mil de sombras, pérdidas y remordimientos. Y noto que me reconcome la envidia. Beautiful day, dice. El hijoputa. 

6 de diciembre de 2015 

domingo, 29 de noviembre de 2015

Una historia de España (LIV)

Y entonces, tatatachán, chin, pun, señoras y caballeros, con Isabel II en el exilio gabacho, llegó nuestra primera república. Llegó, y ahí radica la evolución posterior del asunto, en un país donde seis de cada diez fulanos eran analfabetos (en Francia lo eran tres de cada diez), y donde 13.405 concejales de ayuntamiento y 467 alcaldes no sabían leer ni escribir. En aquella pobre España sometida a generales, obispos y especuladores financieros, la política estaba en manos de jefes de partidos sin militancia ni programa, y las elecciones eran una farsa. La educación pública había fracasado de modo estrepitoso ante la indiferencia criminal de la clase política: la Iglesia seguía pesando muchísimo en la enseñanza, 6.000 pueblos carecían de escuela, y de los 12.000 maestros censados, la mitad se clasificaba oficialmente como de escasa instrucción. Tela. En nombre de las falsas conquistas liberales, la oligarquía político financiera, nueva dueña de las propiedades rurales -que tanto criticó hasta que fueron suyas-, arruinaba a los campesinos, empeorando, lo que ya era el colmo, la mala situación que éstos habían tenido bajo la Iglesia y la aristocracia. En cuanto a la industrialización que otros países europeos encaraban con eficacia y entusiasmo, en España se limitaba a Cataluña, el País Vasco y zonas periféricas como Málaga, Alcoy y Sevilla, por iniciativa privada de empresarios que, como señala el historiador Josep Fontana, «no tenían capacidad de influir en la actuación de unos dirigentes que no sólo no prestaban apoyo a la industrialización, sino que la veían con desconfianza». Ese recelo estaba motivado, precisamente, por el miedo a la revolución. Talleres y fábricas, a juicio de la clase dirigente española, eran peligroso territorio obrero; y éste, cada vez más sembrado por las ideas sociales que recorrían Europa, empezaba a dar canguelo a los oligarcas, sobre todo tras lo ocurrido con la Comuna de París, que había acabado en un desparrame sangriento. De ahí que el atraso industrial y la sujeción del pueblo al medio agrícola y su miseria (controlable con una fácil represión confiada a caciques locales, partidas de la porra y guardia civil), no sólo fueran consecuencia de la dejadez nacional, sino también objetivo buscado deliberadamente por buena parte de la clase política, según la idea expresada unos años atrás por Martínez de la Rosa; para quien, gracias a la ausencia de fábricas y talleres, «las malas doctrinas que sublevan las clases inferiores no están difundidas, por fortuna, como en otras naciones». Y fue en ese escenario tan poco prometedor, háganse ustedes idea, donde se proclamó, por 258 votos a favor y 38 en contra (curiosamente, sólo había 77 diputados republicanos, así que calculen el número de oportunistas que se subieron al tren), aquella I República a la que, desde el primer momento, todas las fuerzas políticas, militares, religiosas, financieras y populares españolas se dedicaron a demoler sistemáticamente. Once meses, iba a durar la desgraciada. Vista y no vista. Unos la querían unitaria y otros federal; pero, antes de aclarar las cosas, la peña empezó a proclamarse por su cuenta en plan federal, sin ni siquiera haber aprobado una nueva constitución, ni organizar nada, ni detallar bien en qué consistía aquello; pues para unos la federación era un pacto nacional, para otros la autonomía regional, para otros una descentralización absoluta donde cada perro se lamiera su órgano, y para otros una revolución social general que, por otra parte, nadie indicaba en qué debía consistir ni a quién había que ahorcar primero. Las Cortes eran una casa de putas y las masas se impacientaban viendo el pasteleo de los políticos. En Alcoy hubo una verdadera sublevación obrera con tiros y todo. Y encima, para rematar el pastel, en Cuba había estallado la insurrección independentista, y aquí los carlistas, siempre dispuestos a dar por saco en momentos delicados, viendo amenazados los valores cristianos, la cosa foral y toda la parafernalia, volvían a echarse al monte, empezando su tercera guerra -que iba a ser bronca y larga- en plan Dios, patria, fueros y rey. El ejército era un descojone de ambición y banderías donde los soldados no obedecían a sus jefes; hasta el punto de que sólo había un general (Turón, se llamaba) que tenía en la hoja de servicios no haberse sublevado nunca, y al que, por supuesto, los compañeros espadones tachaban de timorato y maricón. Así que no es de extrañar que un montón de lugares empezaran a proclamarse federales e incluso independientes por su cuenta. Fue lo que se llamó insurrección cantonal. De ella disfrutaremos en el próximo capítulo. 

[Continuará]. 

29 de noviembre de 2015 

domingo, 22 de noviembre de 2015

Mujeres peligrosas

Mi amigo Pepe se apoya en la barra, a mi lado, pide una cerveza y se bebe, glub, glub, glub, la mitad de un solo trago. «Las tías de ahora son el copón de Bullas -dice-. Agresivas que te rilas, colega. Peligrosas como ninjas. Esta mañana, una de ellas estuvo a punto de calzarme una hostia. Y te juro que creí que me la daba. Iba conduciendo tan tranquilo, ya me conoces, y al llegar a una rotonda llega una con el Megane, conduciendo con una mano y hablando por teléfono con la otra, se salta el ceda el paso y se mete delante por todo el morro, que casi estampo el coche contra el de ella. El caso es que me pego el sobresalto, y cabreado le toco el pito. Ya sabes, un bocinazo y una ráfaga de los faros. ¿Y sabes qué hace la pava? Pues pega un frenazo atravesándome su coche delante, saca medio cuerpo por la ventanilla y me pregunta a gritos que qué cojones pasa conmigo. En ésas se me ocurre hacerle el gesto de que hay que mirar por donde se anda y menos telefonito en la oreja; y entonces la hijaputa, en vez de achantarse, abre la puerta, baja del coche y se viene derecha para mí con cara de matar, tío, te lo juro. Con cara de estar dispuesta a morderme los huevos». 

En ese punto yo he pedido otras dos cervezas y le pregunto a Pepe por el aspecto de la dama. Por su pinta y catadura. Sería una ordinaria mala bestia, apunto. Una tía desgarrada y bajuna. Pero él, secándose la espuma de cerveza del bigote, mueve la cabeza y responde que nada de eso. Que era una señora normal, cuarentona, bien vestida con ropa buena. Algo gordita y medio guapa. De ahí su sorpresa cuando ella se le puso delante de la ventanilla y se ciscó en su puta madre. «Como te lo cuento, en serio -añade-. Me dijo hijoputa en toda mi cara, mirándome como si fuera a partirme en dos. Y yo me dije no puede ser, Pepe de mi alma; esta cabrona lleva una pipa encima, por lo menos. O lleva un arma o está loca, rediós. Es imposible que le eche esos huevos y me esté dando la bronca de esta manera en mitad del tráfico, que si abro la puerta seguro que me agarra por el cuello y me pega un puñetazo. O un tiro. Así que me quedé allí con la ventanilla subida, acojonado, mientras la tía, con ojos que se le salían de la cara, tenías que verla, me daba un repaso que hasta gotas de saliva caían en el cristal, gritándome hijoputa y tontolculo, con los cinco o seis coches que estaban parados cerca haciendo tapón y los conductores tronchados de risa, claro, disfrutando del espectáculo. Y al fin, cuando se cansó, dio media vuelta, volvió a su coche y salió a toda leche, quemando neumáticos. Y es que las tías se han vuelto locas, de verdad. Las mujeres van de un agresivo por la vida que asombra, oye. Que da miedo». 

Bueno, le digo tras pensarlo un poco. Quizá, para comprender a tu amiga del Megane tengas que ponerte un momento en su lugar. Imaginarte, por ejemplo, lo que ella tiene en la cabeza cuando llega a la rotonda a toda leche. A lo mejor llega tarde al trabajo porque antes llevó a sus hijos al colegio, y está hablando por teléfono para ver a qué hora tiene la cita de negocios prevista para hoy; o le va diciendo al marido que a ella no le dará tiempo de ir al ayuntamiento para pagar la tasa de la recogida de basuras, y que vaya él cuando pueda; aunque tampoco sería raro que en este momento esté preguntando al servicio técnico, por enésima vez, cuándo pasarán a reparar la lavadora o la vitrocerámica que llevan una semana estropeadas, y que al mismo tiempo esté intentando enterarse de cuándo le dan hora en la clínica para echar un vistazo a ese bultito que hace tiempo se nota en el pecho; haciendo compatible, si es posible, el horario de esa consulta con la revisión que ya le toca del ginecólogo, con averiguar si las dos faltas que tiene se deben a la menopausia o a otra causa más inquietante, con llevar a un hijo al oftalmólogo y con la redacción del informe sobre el contrato con los chinos que su jefe le ha pedido para el lunes: día en que tenía previsto hacerse la cera, porque al idiota de su marido le gusta que lleve las ingles depiladas a la brasileña. Y en ésas se encuentra, marcando números telefónicos y discurriendo como una loca para combinarlo todo, intentando de paso calcular si podrá recoger esta tarde a los críos en el cole y si dejó suficiente comida hecha para la cena, cuando de pronto se percata de que hay un gilipollas que le da un bocinazo y ráfaga de luces justo en el momento en que acaba de acordarse de que el domingo es el puto Halloween, maldita sea su estampa, y todavía no le ha cosido al niño el disfraz de Spiderman ni a la niña el de Rapunzel para la fiesta del colegio. 

22 de noviembre de 2015 

domingo, 15 de noviembre de 2015

Hoy quiero ser francés

Sentado en el café Le Bonaparte, frente a Saint Germain, tomo notas para una novela que llevo por la mitad y que tal vez se publique a finales del año próximo. Se trata de una escena que transcurre exactamente en este café, en la mesa misma en la que estoy sentado: dos personajes, uno joven y otro viejo, dialogando sobre un libro perdido y un misterio. Y estoy en ello, como digo, cuando miro hacia la calle y pienso que hay lugares y ciudades estimulantes, que crean un estado de ánimo favorable para narrar historias. No me ocurre en todas partes, pero sí aquí, en París. Desde que tengo memoria, no hay una sola vez que haya caminado por esta ciudad, entrado en sus librerías, leído en sus cafés, que no me haya sentido vivo y lúcido, con ganas de escribir. Con ánimo de contar. Y eso, que siempre fue importante para mí, lo es más ahora, cuando los años, las cosas y los libros que dejaste atrás podrían entibiarte el ánimo. Aflojar las ganas. Dije alguna vez que sólo se es joven en vísperas de una batalla; al día siguiente, ganes o pierdas, ya has envejecido. Por eso es tan importante disponer batallas nuevas, vísperas tensas en las que engrasar los arneses y afilar la espada, dispuesto de nuevo al combate. A la aventura que te impide, o lo retrasa de modo razonable, envejecer de mala manera. En mi caso, el recurso son el mar y los libros. Y esta vez se trata de libros. 

Quizá el influjo se deba a las librerías. A su número y calidad. Aunque muchas han cerrado -la última, a pocos pasos de aquí-, París sigue siendo el paraíso del transeúnte lector que describí hace veinticinco años en El club Dumas, territorio habitual del cazador de libros Lucas Corso. Pienso en ello mientras comparo esta ciudad con el desolado páramo en el que la indiferencia gubernamental y la incompetencia municipal han convertido el paisaje librero de Madrid: un centro de ciudad donde no sólo las librerías, sino el comercio tradicional, lo que da vida y carácter a un barrio y a una ciudad, han sido arrasados por las franquicias absurdas y las tiendas de ropa. Un paseo atento por esas calles es desolador: imposible encontrar ya un zapatero, un panadero, un ferretero. Para todo hay que peregrinar a la moderna catedral de nuestro tiempo, que diría el buen Pepe Saramago: El Corte Inglés. Y así, cada viejo comercio de toda la vida que cierra se convierte, automáticamente, en un bar o en una tienda de ropa; lo que es, por otra parte, fiel reflejo de lo que somos y de lo que nos gusta ser. Y de lo que seguiremos siendo. 

La verdad es que no deja de tener su retorcida gracia, aunque sea siniestra. Paseo por París viendo escaparates de librerías y viejos comercios que se mantienen, y pienso inevitablemente en la desertificación comercial de Madrid y en el estúpido relaxing cup of café con leche de aquella alcaldesa por fin desaparecida, o en el bajuno concepto que de la palabra cultura tiene la que manda ahora. Y me pregunto si alguna vez habrán oído hablar, ellas o sus colaboradores, de cosas como el proyecto Vital Quartier, por ejemplo, que desde hace años se ocupa en París de mantener vivo el comercio tradicional que anima los barrios principales, facilitando sus alquileres, rehabilitaciones y rebaja de impuestos, favoreciendo que los pequeños negocios subsistan, humanicen las calles y animen en torno otros espacios comerciales gratos al ciudadano, complementándolo todo con una política de salubridad, higiene y seguridad callejera. Un esfuerzo al que se destina dinero, imaginación y buena voluntad en vez de desidia y burdo afán recaudatorio, y que ya ha logrado tener tres centenares de tiendas tradicionales, de diversas actividades, protegidas en seis de los principales barrios de París. 

Por supuesto, y también a diferencia de Madrid, donde hasta la magnífica Cuesta Moyano y sus librerías se ven olvidadas y maltratadas por el Ayuntamiento, uno de los sectores donde más cuidado ha puesto el plan parisino de apoyo al comercio tradicional es el de las librerías. Sólo a eso, a defender la existencia del comercio cultural que ennoblece el centro de la ciudad y mantiene su carácter, la alcaldía de París acaba de destinar una ayuda complementaria de dos millones de euros, amén de exenciones fiscales si una librería dedica a salarios el 12% de su facturación, así como subvenciones por promoción de libros de fondo -no torpes novedades de aquí te pillo y aquí te mato-, pagos de alquiler a la mitad del precio del mercado y créditos con dos años de carencia. Y ahora piensen ustedes en Madrid, aprieten los dientes y hagan, como yo, un esfuerzo para no blasfemar en arameo y que se los lleve el diablo. 

15 de noviembre de 2015 

domingo, 8 de noviembre de 2015

Una historia de España (LIII)

Cosa curiosa, oigan. Con el reinado de Isabel II pendiente de un hilo y una España que políticamente era la descojonación de Espronceda, el nuestro seguía siendo el único país europeo de relevancia que no había tenido una revolución para cargarse a un rey, con lo que esa imagen del español insumiso y machote, tan querida de los viajeros románticos, era más de coplas que de veras. En Gran Bretaña habían decapitado a Carlos I y los franceses habían afeitado en seco a Luis XVI: más revolución, imposible. Por otra parte, Alemania e incluso la católica Italia tenían en su haber interesantes experiencias republicanas. Sin embargo, en esta España de incultura, sumisión y misa diaria, los reyes, tanto los malvados como los incompetentes -de los normales apenas hubo-, morían en la cama. Tal fue el caso de Fernando VII, el más nefasto de todos; pero, y esta vez sería la excepción, no iba a ser así con Isabel II, su hija. Los caprichos y torpezas de ésta, la chulería de los militares, la desvergüenza de los políticos aliados con banqueros o sobornados por ellos, la crisis financiera, llegaban al límite. Toda España estaba hasta la línea de Plimsoll, y aquello no se sostenía ni con novenas a la Virgen. La torpe reina, acostumbrada a colocar en el gobierno a sus amantes, tenía en contra a todo el mundo. Así que al final los espadones, dirigidos por el prestigioso general Prim, montaron el pifostio, secundados por juntas revolucionarias de paisanos apoyadas por campesinos arruinados o jornaleros en paro. Las fuerzas leales a la reina se retiraron después de una indecisa batalla en el puente de Alcolea; e Isabelita, que estaba de vacaciones en el Norte con Marfori -su último chuloputas-, hizo los baúles rumbo a Francia. Por supuesto, en cuanto triunfó la revolución, y las masas (creyendo que el cambio iba en serio, los pardillos) se desahogaron ajustando cuentas en un par de sitios, lo primero que hicieron los generales fue desarmar a las juntas revolucionarias y decirles: claro que sí, compadre, lo que tú digas, viva la revolución y todo eso, naturalmente; pero ahora te vas a tu casa y te estás allí tranquilo, y el domingo a los toros, que todo queda en buenas manos. O sea, en las nuestras. Y no se nos olvida eso de la república, en serio; lo que pasa es que esas cosas hay que meditarlas despacio, chaval. ¿Capisci? Así que ya iremos viendo. Mientras, provisionalmente, vamos a buscar otro rey. Etcétera. Y a eso se pusieron. A buscar para España otro rey al que endilgarle esta vez una monarquía más constitucional, con toques progresistas y tal. Lo mismo de antes, en realidad, pero con aire más moderno -la mujer, por supuesto, no votaba- y con ellos, los mílites gloriosos y sus compadres de la pasta, cortando como siempre el bacalao. Don Juan Prim, que era general y era catalán, dirigía el asunto, y así empezó la búsqueda patética de un rey que llevarnos al trono. Y digo patética porque, mientras a finales del siglo XVII había literalmente hostias para ser rey de España, y por eso hubo la Guerra de Sucesión, esta vez el trono de Madrid no lo quería nadie ni regalado. Amos, anda, tía Fernanda, decían las cortes europeas. Que ese marrón se lo coma Rita la Cantaora. Al fin, Prim logró engañar al hijo del rey de Italia, Amadeo de Saboya, que -pasado de copas, imagino- le compró la moto. Y se vino. Y lo putearon entre todos de una manera que no está en los mapas: los partidarios de Isabel II y de su hijo Alfonsito, llamándolo usurpador; los carlistas, llamándolo lo mismo; los republicanos, porque veían que les habían jugado la del chino; los católicos, porque Amadeo era hijo del rey que, para unificar Italia, le había dado leña al papa; y la gente en general, porque les caía gordo. En realidad Amadeo era un chico bondadoso, liberal, con intenciones parecidas a las de aquel José Bonaparte de la Guerra de la Independencia. Pero claro. En la España de navaja, violencia, envidia y mala leche de toda la vida, eso no podía funcionar nunca. La aristocracia se lo tomaba a cachondeo, las duquesas se negaban a ser damas de palacio y se ponían mantilla para demostrar lo castizas que eran, y la peña se choteaba del acento italiano del rey y de sus modales democráticos. Y encima, a Prim, que lo trajo, se lo habían cargado de un trabucazo antes de que el Saboya -imaginen las rimas con el apellido- tomara posesión. Así que, hasta las pelotas de nosotros, Amadeo hizo las maletas y nos mandó a tomar por saco. Dejando, en su abdicación, un exacto diagnóstico del paisaje: «Si al menos fueran extranjeros los enemigos de España, todavía. Pero no. Todos los que con la espada, con la pluma, con la palabra, agravan y perpetúan los males de la Nación son españoles». 

[Continuará]

8 de noviembre de 2015 

domingo, 1 de noviembre de 2015

El adiós de Héctor

Estoy leyendo tranquilo, disfrutando una vez más del viejo amigo Homero, y de pronto me detengo cuando Héctor, consciente de que va a la muerte bajo los muros de Troya, se despide, armado para el combate, de Andrómaca, su mujer, y de su hijo Astianacte: «Inclinóse gritando el niño, asustado por el aspecto del padre / pues lo aterraban el bronce y el penacho de crin de caballo». Leo de nuevo esas dos líneas del canto VI de la Ilíada, recorro con la mirada los lomos de los libros alineados en los estantes de la biblioteca y pienso que a veces la vida concede extraños privilegios. Curiosas coincidencias. Traduje del griego esos mismos versos en el colegio hace ya casi cincuenta años -recuerdo que mi traducción, más literaria que rigurosa, decía «el casco de bronce de tremolante penacho»-, ignorante, todavía, de que no demasiado tiempo después iba a ver a Héctor despedirse de Andrómaca en la vida real. Y no una, sino muchas veces. 

Fueron los libros los que me ayudaron, desde el principio, a mirar el mundo con aplomo. A moverme por él con la certeza creciente de que cuanto veía o iba a conocer ya estaba, de alguna forma, en lo que había leído antes. Cuando con poco más de veinte años vi arder Beirut, o mucho más tarde Sarajevo, reconocí en ellas, sin dificultad, las llamas de Troya; del mismo modo que en cierta ocasión en Eritrea, primavera de 1977, cuando me vi entre cientos de hombres desesperados tras un terrible desastre militar, intentando regresar a casa por un territorio hostil donde derrota equivalía a aniquilación, reconocí en ellos, y también en mí mismo, a los mercenarios griegos que en la Anábasis pelean intentando llegar al mar y a sus hogares. En cierto modo, todo eso lo había visto ya. Lo había leído. Estaba, en cierto modo, preparado para comprenderlo y asumirlo. Para extraer lecciones prácticas de vida, rentabilizándolo en una mirada sobre el mundo y sobre mí mismo. Y es con todo eso, con la mirada que tales libros y vida me dejaron, con lo que ahora escribo novelas. Con lo que hoy hablo de Héctor despidiéndose de Andrómaca. O lo recuerdo. 

Lo vi muchas veces, como digo. Lo vi despedirse en diferentes lugares, con rostros y nombres distintos, aunque siempre era la misma escena. La primera vez que fui consciente de eso fue en Chipre en 1974, cuando abrí la ventana de mi hotel en Nicosia y vi el cielo lleno de paracaidistas turcos. Bajé a la calle con mis cámaras colgadas del cuello, y por el camino me crucé con docenas de hombres despidiéndose de sus mujeres e hijos para acudir al combate: griegos morenos, bigotudos, que con el rostro desencajado abrazaban a sus familias y corrían luego en grupos, vecinos, parientes y amigos, hacia los centros de reclutamiento. En los siguientes veinte años tuve ocasión de ver a los mismos hombres -siempre son los mismos hombres- en diversos lugares de la extensa geografía de las catástrofes por la que yo transitaba entonces: Sáhara, Líbano, Salvador, Chad, Nicaragua, Iraq, Angola, los Balcanes... Incluso presencié una escena cuya semejanza con el texto de Homero me estremeció, y todavía lo hace. Entre otras cosas porque su protagonista se llamaba Elie Bou Malham, y era y sigue siendo amigo mío. 

Fue en Beirut, todavía en plena guerra. Elie era oficial de una unidad de élite. Yo, que entonces aún era reportero del diario Pueblo, iba a acompañarlo en una misión. Pasábamos por delante de su casa, y quiso ver a su mujer y a su hijita de tres años. Mi amigo iba equipado con casco, cinchas con cargadores, granadas y fusil de asalto colgado al hombro. Llegamos arriba, besó a su mujer, y se acercó a ver a la niña, que estaba en la cuna. La misión iba a ser difícil y la mujer -una de las guapas hermanas Sneifer- lo sabía. Hablaron un rato en voz baja. Después Elie se inclinó sobre la cuna. Llevaba el casco puesto; y la niña, que dormía, despertó sobresaltada al verlo y rompió a llorar. En ese momento, ante mis ojos fascinados, él se quitó el casco, la cogió en brazos, y la niña se calmó y empezó a acariciarle el rostro murmurando «Elie, Elie...». Y entonces fue él, un soldado duro como el pedernal, curtido en años de guerra, quien se echó a llorar. Y yo me retiré despacio, discretamente, y bajé a esperarlo en la calle. 

Sé que a Elie no le gustará que cuente esto, si se entera -con Internet hay pocos secretos-, pero hoy no puedo evitarlo. Homero, el tremolante casco y todo eso. Ya saben: canto VI de la Ilíada. Contarles a ustedes una de esas veces en las que vi a Héctor despedirse de los suyos. Y gracias a los libros leídos, pude reconocerlo. 

1 de noviembre de 2015