domingo, 31 de enero de 2016

Yo sí leí 'Mein Kampf'

El otro día me ocurrió algo curioso. O no tan curioso, si consideramos el paisaje actual y el que viene de camino: la estupidez y su gran aliada, la ignorancia. Estaba el arriba firmante asomado a las redes sociales, uno de esos domingos en que me dejo caer un rato por el bar de Lola, cuando di con una polémica sobre la publicación, ahora que han caducado los derechos de autor, de una nueva edición completa y revisada de Mein Kampf, o sea, Mi lucha, el libro escrito en 1924 por Adolf Hitler; una exacta y casi completa exposición de lo que poco más tarde iba a ser su obra política: un Estado alemán siniestro, totalitario, antiparlamentario, racista, antisemita, imperialista y criminal. 

Fue interesante echarle un vistazo a lo de Internet. La mayor parte de los que debatían, por no decir todos, sostenía que el libro era impublicable, que sus ejemplares deben ser destruidos, y que esas páginas infames deben olvidarse para siempre. Me acordé entonces de una conversación que mantuve con el periodista, escritor y entrañable amigo Jacinto Antón hace cuatro años en una facultad de Periodismo de Barcelona; cuando, interrogado por algunos alumnos sobre si debe cerrarse la boca a los malvados, yo sostuve lo contrario. Hitler, Mussolini, Franco, sentados aquí donde estamos, dije, serían interesantísimos de escuchar. ¿Cómo ibas a ser tan idiota para decirles: «Franco, Hitler, Stalin, callaos, cerrad la boca»? Al contrario. En un lugar como éste, donde se supone hay gente con la debida formación intelectual, atender lo que un canalla o un criminal tienen que decir, conocer sus ideas, es de lo más valioso. ¿Imagináis -les dije- lo interesante que sería, por ejemplo, Franco contando de primera mano cómo durante cuarenta años logró tener a España agarrada por el pescuezo? ¿Que relatase cómo ganó la guerra, o firmó sentencias de muerte? ¿De verdad os perderíais al Himmler que realizó técnicamente el Holocausto o al Pol Pot de las matanzas masivas en Camboya? ¿Cerraríais la boca de Mao o Stalin si los tuvieseis enfrente, sin hacerles preguntas para indagar en sus cabezas, en sus ideas, en sus motivos? ¿Ibais a rechazar la formidable ocasión de conocer los mecanismos del horror, la maldad, el crimen, el lado más sucio y terrible de la condición humana? 

Volviendo a Mein Kampf, debo decir que durante veintiún años fui reportero en lugares difíciles. Y para hacer mi trabajo, para llegar donde debía llegar y narrar las tragedias y el horror que presenciaba, tuve que hacer muchas cosas poco ortodoxas. Mentí, soborné, transgredí leyes de todos los países en todos los idiomas posibles, me relacioné con gente infecta, con asesinos, con narcotraficantes. No podía decirle a un tipo: «Como usted es un torturador y un criminal no le doy la mano», porque entonces ese fulano me mataba, o me daba un culatazo, o se negaba a hablar conmigo; y yo me quedaba sin saber lo que necesitaba saber, o ver lo que precisaba ver. Sin el testimonio directo del mal. Sin el conocimiento de la condición humana, tan necesario para comprender las cosas que ocurren; conocimiento con el que entonces hacía reportajes y hoy escribo novelas. 

Por eso recuerdo muy bien cómo acabé aquella charla ante los jóvenes en Barcelona: «Después os lo cargáis, si podéis; pero antes escuchadlo, porque hasta la lección que puede daros el más perverso del mundo puede ser oro puro».Por eso lo de Hitler es bueno que se publique. Creo. Y es útil leerlo. Eso sí, hace falta cultura. Ser lector inteligente. Ciudadano lúcido y responsable. Saber lo que estás leyendo y no tragar basura a palo seco. Para eso están los prólogos y las notas a pie de página; y está, como digo, la necesaria formación intelectual previa del que lee o escucha. Pero no está de más, en este caso, saber cómo era la cabeza del criminal que sedujo a una nación entera -y no sólo a ella- encarnando sus complejos, rencores y ambiciones. Mein Kampf fue la biblia del III Reich, la que se regalaba a los recién casados y se leía en las escuelas. Y adorando a quien escribió ese libro, millones de personas levantaron el brazo y lloraron emocionados cuando pasaba su querido Führer con su corte de gángsters y asesinos. Algo que ahora se niega, pues resulta que todos los alemanes eran antinazis; aunque por suerte están las fotos y los documentales para recordarlo. Ahora dicen allí que Mein Kampf era el libro que todos tenían pero que nadie leía. Y a lo mejor ése fue el problema. Si lo hubieran leído, si hubieran sabido qué enorme hijo de puta los conducía camino de la Gran Alemania que todos soñaban, las cosas habrían ocurrido de otra manera. 

31 de enero de 2016 

domingo, 24 de enero de 2016

Minutos de silencio y besitos chorras

A veces uno se pregunta cómo es posible que las cosas sensatas, razonables, tarden tanto en arraigar, cuando lo hacen, o se pierdan de la manera más boba, y sin embargo cualquier gilipollez se imponga con pasmosa facilidad, cunda y se haga moda y costumbre, con todos los cantamañanas del mundo practicándola encantados. Cada cual tendrá su lista, supongo. Ustedes la suya y yo la mía. Menos los tontos, claro. Porque a ésos no hay tontería que se lo parezca, y se apuntan con entusiasmo a lo que sea. Y cuando una estupidez toma cuerpo en ese territorio, ya no hay cristo que se libre de ella; pues, como dijo no me acuerdo ahora quién, cuando un tonto sigue un camino, se acaba el camino pero sigue el tonto. Y como dijo otro -que tampoco me acuerdo ni tengo gana de levantarme a mirarlo-, a un tonto no hay manera de convencerlo de que deje de serlo, porque para eso hay que bajar a su nivel. Y en ese nivel, los tontos son imbatibles. Sobre todo en España. 

Los minutos de silencio, por ejemplo. Es costumbre antigua, cuando sobreviene una desgracia, que en determinados lugares o reuniones se guarde un minuto de silencio en memoria de los fallecidos. Eso está bien, porque demuestra sensibilidad, dolor y respeto. En España, sin embargo, eso del minuto se les queda corto a muchos. Sesenta segundos de inmovilidad y silencio, parecen opinar, no expresan de modo adecuado el inmenso dolor y respeto que sienten. Así que ahora está de moda guardar no uno, sino tres o cinco minutos de silencio. Y hace poco, en no sé qué corporación municipal, se guardaron hasta diez. O por ahí. Prueben ustedes a quedarse quietos cinco minutos pensando en algo doloroso, y ya me dirán el resultado. El aburrimiento. Pero da igual. La cosa estriba en demostrar al mundo, a ser posible con cámaras de televisión delante, que puestos a sentir desconsuelo y solidaridad, a los españoles no nos supera nadie en sensibilidad tácita. Que para silencios emotivos, los nuestros. Y así se dan, cada vez con más frecuencia, esas penosas escenas de un montón de concejales, o diputados, o alumnos de tal institución o colegio, callados e inmóviles con los brazos cruzados y las caras serias, mirando el reloj de reojo durante casi un cuarto de hora, mientras los de la segunda o tercera fila, que se les ve menos, aprovechan para echar un vistazo a los teléfonos móviles. Para demostrar que a todos nos duele de cojones. 

Otra gilipollez que se ha impuesto de modo aterrador es la de los besos. Desde siempre, uno da la mano a las personas a las que acababa de conocer y reserva el beso para las personas queridas, o para aquellos con quienes les une mucho afecto o confianza. Pero ahora, en cuanto te ponen a alguien delante, vas y lo besas. O viceversa. Generalmente, y eso es lo curioso del asunto, es el varón quien se inclina a besar a la otra persona, si ésta es mujer. Y ella, en vez de extender con firmeza la mano y mantener al imbécil a la distancia adecuada a la que saluda una señora consciente de serlo, se deja besuquear, encantada. O lo parece. No entre gente de confianza, ojo, ni en ambientes juveniles ni amistosos, donde besarse es muy natural, sino entre gente mayor y en cualquier circunstancia. Smuac, smuac. Por no mencionar a los políticos. Y además, eso del osculeo sobreviene en las situaciones más absurdas. Llegas y dices, aquí Fulano, aquí Mengana, y el pavo va y le calza a la señora, automáticamente, un beso en cada mejilla, como si se conocieran del colegio o hubieran tenido rollo antes. O ella, que también, pone la cara para que se la besen aunque sea la farmacéutica y hayas ido a comprarle aspirinas. Me sorprende que las más ultrarradicales feministas, tan sensibles para otras idioteces, no se indignen con eso. Con que al saludar los hombres las besen a ellas, pero se den la mano entre ellos. Más machista, imposible. Creo. 

Siempre recordaré la cara de un buen amigo mío, francés de toda la vida, hombre elegante y correctísimo, cuando al llegar a un restaurante madrileño salió a recibirnos un pavo con el nombre bordado en la camisa, que tuteándonos sin habernos visto antes en su puta vida, le estampó a su legítima dos besos sonoros en las mejillas antes de que ninguno pudiéramos evitarlo. «¿Por qué besa usted a mi mujer?», le preguntó el francés, entre molesto y sarcástico. Y el otro, confuso, sin entender un carajo, lo miraba como si fuera un marciano. Entonces me acordé de una frase que solía decir mi abuelo -que era un caballero nacido en 1890- cuando alguien se le dirigía de forma grosera o mal educada: «Debe de creer que hemos guardado juntos cerdos en la misma cochinera». 

24 de enero de 2016 

domingo, 17 de enero de 2016

Una historia de España (LVII)

El siglo XIX había sido en España -lo era todavía, en aquel momento- un desparrame de padre y muy señor mío: una atroz guerra contra los franceses, un rey (Fernando VII) cruel, traidor y miserable, una hija (Isabel II) incompetente, caprichosa y más golfa que María Martillo, un rey postizo (Amadeo de Saboya) tomado a cachondeo, la pérdida de casi todas las posesiones americanas tras una guerra sin cuartel, una primera insurrección en Cuba, una guerra cantonal, una Primera República del Payaso Fofó que había acabado como el rosario de la Aurora, golpes de Estado, pronunciamientos militares a punta de pala y cuatro o cinco palabras (España, nación, patria, centralismo, federalismo) en las que no sólo nadie se ponía de acuerdo, sino que se convertían, como todo aquí, en arma arrojadiza contra el adversario político o el vecino mismo. En pretexto para la envidia, odio y vileza hispanas, agravadas por el analfabetismo endémico general. Echando números, nos salían sólo 15 años de intentos democratizadores contra 66 siniestros años de carcundia, iglesia, caspa, sables y reacción. Y cuando había elecciones, éstas eran una farsa de votos amañados. Hasta un par de años antes, todos los cambios políticos se habían hecho a base de insurrecciones y pronunciamientos. Y la peña, para resumir, o sea, la gente normal, estaba hasta la línea de flotación. Harta de cojones. Quería estabilidad, trabajo, normalidad. Comer caliente y que los hijos crecieran en paz. Así que algunos políticos, tomando el pulso al ambiente, empezaron a plantearse la posibilidad de restaurar la monarquía, esta vez con buenas bases. Y se fijaron en Alfonsito de Borbón, el hijo en el exilio de Isabel II, que tenía 18 años y era un chico agradable, bajito, moreno y con patillas, sensato y bien educado. Al principio los militares, acostumbrados a mandar ellos, no estaban por la labor; pero un pedazo de político llamado Cánovas del Castillo -sin duda el más sagaz y competente de su tiempo- convenció a algunos y se acabó llevando al huerto a todos. El método, eso sí, no fue precisamente democrático; pero a aquellas alturas del sindiós, en plena dictadura dirigida por el eterno general Serrano y con las Cortes inoperantes y hechas un bebedero de patos, Cánovas y los suyos opinaban, no sin lógica, que ya daba igual un método que otro. Y que a tomar todo por saco. Y así, en diciembre de 1874, en Sagunto y ante sus tropas, el general Martínez Campos proclamó rey a Alfonso XII, por la cara. La cosa resultó muy bien acogida, Serrano hizo las maletas, y el chaval borbónico embarcó en Marsella, desembarcó en Barcelona, pasó por Valencia para asegurarse de que el respaldo de los espadones iba en serio, y a primeros del año 1875 hizo una entrada solemne en Madrid, entre el entusiasmo de las mismas masas que hacia año y pico habían llamado puta a su madre. Y es que el pueblo -lo mismo a ustedes les suena el mecanismo- se las tragaba de a palmo, hasta la gola, en cuanto le pintaban un paisaje bonito y le comían la oreja (es lo que tienen, sumadas, la ingenuidad, la estupidez y la incultura). El caso es que a Alfonso XII lo recibieron como agua de mayo. Y la verdad, las cosas como son, es que no faltaban motivos. En primer lugar, como dije antes, Cánovas era un político como la copa de un pino (del que los de ahora deberían tomar ejemplo, en el caso improbable de que supieran quién fue). Por otra parte, el joven monarca era un tío estupendo, o lo parecía, quitando que le gustaban las mujeres más que a un tonto una tiza. Pero fuera de eso, tenía sentido común y sabía estar. Además se había casado por amor con la hija del duque de Montpensier, que era enemigo político de su madre. Ella se llamaba María de las Mercedes (para saber más del asunto, libros aparte, cálcense la película ¿Dónde vas Alfonso XII?, que lo cuenta en plan mermelada pero no está mal), era joven, regordeta y guapa, y eso bastó para ganarse el corazón de todas las marujas y marujos de entonces. Aquella simpática pareja fue bien acogida, y con ella el país tuvo un subidón de optimismo. Florecieron los negocios y mejoró la economía. Todo iba sobre ruedas, con Cánovas moviendo hábilmente los hilos. Hasta pudo liquidarse, al fin, la tercera guerra carlista. El rey era amigo de codearse con el pueblo y a la gente le caía bien. Era, para entendernos, un campechano. Y además, al morir Mercedes prematuramente, la tragedia del joven monarca viudo -aquellos funerales conmovieron lo indecible- puso a toda España de su parte. Nunca un rey español había sido tan querido. La Historia nos daba otra oportunidad. La cuestión era cuánto íbamos a tardar en estropearla. 

[Continuará]

17 de enero de 2016
 

domingo, 10 de enero de 2016

El mendigo del perro

Lo conozco desde hace muchos años, siete u ocho por lo menos, un día en el que pasé por su lado y lo vi de pie junto a sus habituales cartones cerca de la Plaza Mayor de Madrid, interrogando a la gente que pasaba. Me han quitado a mi perro, decía angustiado. Lo dejé aquí para ir ahí enfrente, y ya no está. Alguien se lo ha llevado. Y lo tengo con vacunas y con todo en regla. Su zozobra era auténtica, sincera, así que me detuve e hice lo que pude por ayudarlo. Preguntamos por la zona, hablé con unos guardias municipales. Después tuve que irme, tras intentar tranquilizarlo. Ya verá como aparece, le dije. Si lo hubieran atropellado, se sabría. Seguro que está por ahí cerca, rondando a alguna perra, o viviendo un poco su vida. Y los guardias han prometido ocuparse de eso. Me fui sin poder olvidar su gesto desesperado, ni sus últimas palabras: «Es mi compañero, no podré dormir hasta que lo encuentre». Volví a pasar por allí dos o tres días después, y el perro -un chucho negro, grande y apacible- estaba allí con él, como si tal cosa. «Lo trajeron los guindillas -dijo-. Se lo había llevado un hijo de puta». 

Desde entonces, cada vez que paso por el lugar donde suele estar sentado sobre sus cartones, a menudo leyendo algún diario arrugado o un libro muy ajado y de páginas amarillentas mientras el perro apoya el hocico en sus piernas, me detengo a charlar un rato con él. Luego suelo darle un billete de cinco o diez euros, según los días. Para el pienso del chucho, digo, procurando así no ofenderlo y que lo acepte con naturalidad. Y él se lo guarda sin decir nada y me estrecha la mano. No sé si bebe, pero nunca lo he visto hacerlo, ni trazas de eso. Es un hombre inteligente y educado, sobre los cuarenta años largos, que tuvo una vida anterior muy distinta, de la que sin embargo nunca habla. Tampoco le he preguntado jamás cuál es su nombre, ni él me lo ha dicho. Lo llamo amigo y él me llama don Arturo. Conversamos sobre la calle, el frío del invierno y el calor del verano, el libro que está leyendo o los ciudadanos que hacen cola en el cajero automático que tiene cerca. A veces sale el tema de la política y los políticos -«Son todos iguales, don Arturo; gente que no tiene perros, y se les nota»-, y hace un par de años tuvo una frase gloriosa. Fue cuando los indignados tenían tomada la Puerta del Sol y aquello era una verbena, con todos los mendigos de Madrid sumados a la fiesta, confraternizando entre litronas. Le pregunté cómo era que no iba también allí, que estaba a dos pasos, y respondió muy serio: «Ahí no hay más que chusma, así que vamos a no mezclar». Y otro día que anduve por allí con Darío Villanueva, director de la Real Academia, me detuve como siempre a saludarlo; y al día siguiente, cuando pasé de nuevo, me dijo, orgulloso «Ayer fue demasiado, don Arturo. Dos académicos parados delante de mi perro y mis cartones». 

En los últimos tiempos estuve una temporada sin verlo por allí. Ni perro, ni nada. Desaparecido. Me extrañó, después de tantos años. Pensé que había cambiado de sitio, o de ciudad. Y lo eché de menos, pues aquel lugar de la calle no era el mismo sin él. Hasta que al fin, hace pocos días, una tarde a última hora, yendo a cenar a la Taberna del Capitán Alatriste de mi amigo Félix Colomo, lo vi de nuevo. El mendigo estaba de nuevo en el sitio de siempre, leyendo sentado sobre cartones con las piernas cruzadas y el perro lamiéndole una mano a lengüetazos. Me paré a saludarlo, gratamente sorprendido. Se puso en pie y charlamos un rato. Había estado de viaje, dijo. Cosas de familia. No quise indagar, por miedo a ser indiscreto; pero él, tras pensarlo un poco, dijo: «Fui a ver a mi hija». Debió de verme cara de sorpresa, porque tras un silencio añadió. «Hacía muchos años que no la veía, y ahora ha cumplido los dieciocho». Lo dijo de una forma extraña, casi confidencial, con un eco de ternura que nunca le había yo advertido en la voz. Y qué tal fue el encuentro, pregunté. Se quedó callado otro instante. «Salió bien -dijo al fin-. Mejor de lo que pensaba, porque la verdad es que fui con miedo. Me gasté lo poco que tenía, pero valió la pena». Y entonces, tras una breve indecisión, sacó una cartera mugrienta, y de ella una fotografía que puso en mis manos: una chica jovencita con la cabeza apoyada en el hombro de un individuo al que apenas reconocí: afeitado, limpio, con el pelo peinado hacia atrás, una camisa bien planchada y en la boca una sonrisa que nunca le había visto antes. La del hombre que fue, supuse; la del que por unos días había vuelto a ser junto a su hija. «Es guapísima», comenté, devolviéndole la foto. Y él asintió sereno, orgulloso, mientras volvía a guardarla en la cartera. 

10 de enero de 2016 

domingo, 3 de enero de 2016

Una historia de España (LVI)

La primera república española, aquel ensayo de libertad convertido en disparate en manos de políticos desvergonzados y pueblo inculto e irresponsable, se había ido al carajo en 1874. La decepción de las capas populares al ver sus esperanzas frustradas, el extremismo de unos dirigentes y el miedo a la revolución de otros, el desorden social que puso a toda España patas arriba y alarmó a la gente de poder y dinero, liquidó de modo grotesco el breve experimento. Todo eso puso al país a punto de caramelo para una etapa de letargo social, en la que la peña no quería sino calma y pocos sobresaltos, sopitas y buen caldo, sin importar el precio en libertades que hubiera que pagar por ello. Se renunció así a muchas cosas importantes, y España (de momento con una dictadura post revolucionaria encomendada al siempre oportunista general Serrano) se instaló en una especie de limbo idiota, aplazando reformas y ambiciones necesarias. Sin aprender, y eso fue lo más grave, un pimiento de los terribles síntomas que con las revoluciones cantonales y los desórdenes republicanos habían quedado patentes. El mundo cambiaba y los desposeídos abrían los ojos. Allí donde la instrucción y los libros despertaban conciencias, la resignación de los parias de la tierra daba paso a la reivindicación y la lucha. Cinco años antes había aparecido una institución inexistente hasta entonces: la Asociación Internacional de Trabajadores. Y había españoles en ella. Como en otros países europeos, una pujante burguesía seguía formándose al socaire del inevitable progreso económico e industrial; y también, de modo paralelo, obreros que se pasaban unos a otros libros e ideas iban organizándose, todavía de modo rudimentario, para mejorar su condición en fábricas y talleres, aunque el campo aún quedaba lejos. Dicho en plan simple, dos tendencias de izquierdas se manifestaban ya: el socialismo, que pretendía lograr sus reivindicaciones sociales por medios pacíficos, y el anarquismo -«Ni dios, ni patria, ni rey»-, que creía que el pistoletazo y la dinamita eran los únicos medios eficaces para limpiar la podredumbre de la sociedad burguesa. Así, la palabra anarquista se convirtió en sinónimo de lo que hoy llamamos terrorista, y en las siguientes décadas los anarquistas protagonizaron sonados y sangrientos episodios a base de mucho bang-bang y mucho pumba-pumba, que ocupaban titulares de periódicos, alarmaban a los gobiernos y suscitaban una feroz represión policial. Detalle importante, por cierto, era que el auge burgués e industrial del momento estaba metiendo mucho dinero en las provincias vascas, Asturias y sobre todo en Cataluña, donde ciudades como Barcelona, Sabadell, Manresa y Tarrasa, con sus manufacturas textiles y su proximidad fronteriza con Europa, aumentaban la riqueza y empezaban a inspirar, como consecuencia, un sentimiento de prosperidad y superioridad respecto al resto de España; un ambiente que todavía no era separatista a lo moderno -1714 ya estaba muy lejos- pero sí partidario de un Estado descentralizado (la ocasión del Estado jacobino y fuerte a la francesa la habíamos perdido para siempre) y también industrial, capitalista y burgués, que era lo que en Europa pitaba. Sentimiento que, en vista del desparrame patrio, era por otra parte de lo más natural, porque Jesucristo dijo seamos hermanos, pero no primos. Nacían así, paset a paset, el catalanismo moderno y sus futuras consecuencias; muy bien pergeñado el paisaje, por cierto, en unas interesantes y premonitorias palabras del político catalán -hijo de hisendats, o sea, familia de abolengo y dinero- Prat de la Riba: «Dos Españas: la periférica, viva, dinámica, progresiva, y la central, burocrática, adormecida, yerma. La primera es la viva, la segunda la oficial». Todo eso, tan bien explicado ahí, ocurría en una España de oportunidades perdidas desde la guerra de la Independencia, donde los sucesivos gobiernos habían sido incapaces de situar la palabra nación en el ámbito del progreso común. Y mientras Gran Bretaña, Francia o Alemania desarrollaban sus mitos patrióticos en las escuelas, procurando que los maestros diesen espíritu cívico y solidario a los ciudadanos del futuro, la indiferencia española hacia el asunto educativo acarrearía con el tiempo gravísimas consecuencias: un ejército desacreditado, un pueblo desorientado e indiferente, una educación que seguía estando en buena parte en manos de la Iglesia Católica, y una gran confusión en torno a la palabra España, cuyo pasado, presente y futuro secuestraban sin complejos, manipulándolos, toda clase de trincones y sinvergüenzas. 

[Continuará]. 

3 de enero de 2016 

domingo, 27 de diciembre de 2015

Gervasio en Vukovar

Estoy dándole a la tecla, como cada día. Ganándome el jornal. Estoy en ese momento difícil de empezar un capítulo de la novela que llevo por la mitad. Dándole vueltas a un escenario y a un personaje. Y en ese momento compruebo, con una maldición, que olvidé desconectar el teléfono. Y que suena. Me dispongo a apagarlo cuando cometo el error de mirar quién llama. Es Gervasio Sánchez, el fotógrafo, viejo camarada de lugares incómodos. Así que respondo a la llamada. Y ahí está el buenazo de Gerva, que me suelta de buenas a primeras: «Te llamo desde Vukovar, Arturo. Desde el vestíbulo del hotel Dunav». Y entonces me olvido de la novela y del capítulo por empezar, y me siento, y escucho. Y recuerdo la noche del sábado 21 al domingo 22 de septiembre de 1991 en Vukovar, Croacia, antigua Yugoslavia. Con él, Márquez y los otros. 

Me cuenta Gerva que ha vuelto allí donde vivimos aquello, el peor asedio de aquella guerra, el Stalingrado croata. El lugar donde todos los hombres y jóvenes con los que durante muchos días difíciles convivimos, fotografiamos y filmamos -Grüber, Sexymbol, Ivo, el pequeño Rado-, fueron asesinados cuando la ciudad cayó en manos serbias, incluidos prisioneros, enfermos y heridos. Y añade Gerva que ha vuelto allí veinticuatro años después para hacer fotos de lo que Vukovar es ahora; porque, asegura, revisitar la geografía del horror que tiene en la memoria es su manera de no ir al psiquiatra para que arreglen lo que se le quedó dañado en el interior. «Todos no tenemos la suerte de poder escribir novelas para soportar el peso de las mochilas llenas de fantasmas», me dice. 

Cuando Gerva habla de estas cosas siempre se pone algo cursi, porque pese a la mucha mili que lleva en las abolladas cámaras sigue siendo un sentimental y un osito de peluche. Así que le pregunto si ha llorado mucho, y dice que sí, que a ratos. Que acaba de entrar en el hotel Dunav y en pocos segundos ha vuelto al pasado. Ha visto en la recepción el espectro del soldado que nos pasó las botellas de rakia y de whisky, ha vuelto a sentir temblar el edificio, ha visto a los muertos de ese día y los muertos de los días siguientes tirados por todas partes, y también el agujero en la cabeza de la mujer a la que mataron mientras conducía un automóvil, los rostros asustados de los heridos que nos miraban cuando nos íbamos por el camino de los maizales, el último camino, sabiendo que estaban sentenciados a muerte. «Y te he visto a ti, cabrón -añade-, durmiendo tirado en el suelo del vestíbulo». 

Mientras Gerva me cuenta todo eso, yo también vuelvo a verlo a él, y a los compañeros del tiempo en que aún no había teléfonos móviles y aún éramos jóvenes, aquella noche en que nos cayó encima de todo; tanto, que tuvimos que refugiarnos en el sótano del hotel Dunav, en los urinarios que apestaban a suciedad, Márquez con su cámara, Mayte Lizundia, Alberto Peláez con su equipo de la tele mexicana, y el buen Gerva con sus cámaras colgadas del cuello y su chaleco antibalas de segunda mano. Había otra gente muy asustada, cuyo nombre no recuerdo; y el alcohol que circulaba, y el hedor, y los cebollazos que caían afuera, y los gemidos de terror de esos cuyos nombres no recuerdo, le daban igual a Márquez, que dormía a pierna suelta abrazado a su Betacam; pero a mí no me dejaban pegar ojo. Así que decidí irme arriba, al vestíbulo. Busqué una columna que me protegiera un poco y me tumbé detrás. Y estaba sobando como un obispo cuando Gerva, cosa muy propia de un pelmazo como él, vino arrastrándose a tirarme de un pie para decirme que bajara otra vez, que allí arriba me iban a reventar los hijoputas de afuera. Y yo lo mandé a tomar por saco -«Vete a mamar, Gerva», fue exactamente lo que le dije-. Pero él, que era y sigue siendo una especie de Teresa de Calcuta con cámaras fotográficas, insistió una y otra vez; y como no me dejé convencer y le dije que prefería palmar allí arriba, tranquilo, que abajo rebozado de meados, vómitos, mierda y cagaditas de rata en el arroz, decidió quedarse conmigo, por no dejarme solo. Y los dos estuvimos allí acurrucados, uno junto al otro en el vestíbulo del Dunav, iluminados por el resplandor de los cebollazos serbios que caían en la calle. Y fue entonces cuando el buenazo de Gerva dijo su gran frase, las palabras inmortales que recogí en Territorio comanche y que recordaré toda mi vida, y que a pesar del horror de aquellos días siempre recuerdo con una carcajada: «Si esta noche me matan por tu culpa, no te lo perdonaré nunca». 

27 de diciembre de 2015 

domingo, 20 de diciembre de 2015

Una historia de España (LV)

La Primera República española, y en eso están de acuerdo tanto los historiadores de derechas como los de izquierdas, fue una casa de putas con balcones a la calle. Duró once meses, durante los que se sucedieron cuatro presidentes de gobierno distintos, con los conservadores conspirando y los republicanos tirándose los trastos a la cabeza. En el extranjero nos tomaban tan a cachondeo que sólo reconocieron a la flamante república los Estados Unidos -que todavía casi no eran nadie- y Suiza, mientras aquí se complicaban la nueva guerra carlista y la de Cuba, y se redactaba una Constitución -que nunca entró en vigor- en la que se proclamaba una España federal de «diecisiete estados y cinco territorios»; pero que en realidad eran más, porque una treintena de provincias y ciudades se proclamaron independientes unas de otras, llegaron a enfrentarse entre sí y hasta a hacer su propia política internacional, como Granada, que abrió hostilidades contra Jaén, o Cartagena, que declaró la guerra a Madrid y a Prusia, con dos cojones. Aquel desparrame fue lo que se llamó insurrección cantonal: un aquelarre colectivo donde se mezclaban federalismo, cantonalismo, socialismo, anarquismo, anticapitalismo y democracia, en un ambiente tan violento, caótico y peligroso que hasta los presidentes de gobierno se largaban al extranjero y enviaban desde allí su dimisión por telegrama. Todo eran palabras huecas, quimeras y proyectos irrealizables; haciendo real, otra vez, aquello de que en España nunca se dice lo que pasa, pero desgraciadamente siempre acaba pasando lo que se dice. Los diputados ni supieron entender las aspiraciones populares ni satisfacerlas, porque a la mayor parte le importaban un carajo, y eso acabó cabreando al pueblo llano, inculto y maltratado, al que otra vez le escamoteaban la libertad seria y la decencia. Las actas de sesiones de las Cortes de ese período son una escalofriante relación de demagogia, sinrazón e irresponsabilidad política en las que mojaban tanto los izquierdistas radicales como los arzobispos más carcas, pues de todo había en los escaños; y como luego iba a señalar en España inteligible el filósofo Julián Marías, «allí podía decirse cualquier cosa, con tal de que no tuviera sentido ni contacto con la realidad». La parte buena fue que se confirmó la libertad de cultos (lo que puso a la Iglesia católica hecha una fiera), se empezó a legalizar el divorcio y se suprimió la pena de muerte, aunque fuera sólo por un rato. Por lo demás, en aquella España fragmentada e imposible todo eran fronteras interiores, milicias populares, banderas, demagogia y disparate, sin que nadie aportase cordura ni, por otra parte, los gobiernos se atreviesen al principio a usar la fuerza para reprimir nada; porque los espadones militares -con toda la razón del mundo, vistos sus pésimos antecedentes- estaban mal vistos y además no los obedecía nadie. Gaspar Núñez de Arce, que era un poeta retórico y cursi de narices, retrató bien el paisaje en estos relamidos versos: «La honrada libertad se prostituye / y óyense los aullidos de la hiena / en Alcoy, en Montilla, en Cartagena». El de Cartagena, precisamente, fue el cantón insurrecto más activo y belicoso de todos, situado muy a la izquierda de la izquierda, hasta el punto de que cuando al fin se decidió meter en cintura aquel desparrame de taifas, los cartageneros se defendieron como gatos panza arriba, entre otras cosas porque la suya era una ciudad fortificada y tenía el auxilio de la escuadra, que se había puesto de su parte. La guerra cantonal se prolongó allí y en Andalucía durante cierto tiempo, hasta que el gobierno de turno dijo ya os vale, tíos, y envió a los generales Martínez Campos y Pavía para liquidar el asunto por las bravas, cosa que hicieron a cañonazo limpio. Mientras tanto, como las Cortes no servían para una puñetera mierda, a los diputados -que ya ni iban a las sesiones- les dieron vacaciones desde septiembre de 1873 a enero de 1874. Y en esa fecha, cuando se reunieron de nuevo, el general Pavía («Hombre ligero de cascos y de pocas luces»), respaldado por la derecha conservadora, sus tropas y la Guardia Civil, rodeó el edificio como un siglo más tarde, el 23-F, lo haría el coronel Tejero -que de luces tampoco estaba más dotado que Pavía-. Ante semejante atropello, los diputados republicanos juraron morir heroicamente antes que traicionar a la patria; pero tan ejemplar resolución duró hasta que oyeron el primer tiro al aire. Entonces todos salieron corriendo, incluso arrojándose por las ventanas. Y de esa forma infame y grotesca fue como acabó, apenas nacida, nuestra desgraciada Primera República. 

[Continuará]. 

20 de diciembre de 2015 

domingo, 13 de diciembre de 2015

Eso lo hace cualquiera

Ocurre a veces, pero esta vez es total. Me refiero a esas situaciones que te dejan sin palabras. Ha ocurrido antes, pero hoy es todo tan absoluto que lamento no tener a mano una cámara que grabe los detalles del asunto. Es el caso que estoy sentado ante mi bar favorito de la Plaza Mayor de Madrid, que es uno andaluz con cabezas de toros y fotos de toreros dentro, y con una terraza en la que se está de maravilla en las noches de verano y al sol en invierno. Estoy allí tan a gusto, leyendo Vidas de santos, de mi compadre Antonio Lucas, cuando alguien se detiene a mi lado. 

- Buenos días, don Arturo. 
- Buenos días. 

Ocurre a menudo, así que alzo la vista, cortés, resuelto a pagar el amable precio de que haya gente que te lea, o les suene tu cara, a veces con el incómodo plus de que todos los malditos teléfonos móviles llevan una cámara fotográfica incorporada. Levanto la mirada resuelto a ser correcto con quien probablemente es un lector, y como tal merece mi atención y mi tiempo, pues es él, y otros como él, quienes me permiten vivir de este oficio de contar historias juntando letras. Se trata de un hombre todavía joven, bien vestido, de aspecto agradable. 

- Perdone que lo moleste. Lo he visto aquí sentado y me he dicho: «Pues voy a saludarlo». 
- No sabe cómo se lo agradezco. 
- Todavía no he leído nada suyo, si he de serle sincero. 
- No se preocupe -le coloco la sonrisa automática-. Leerme no es obligatorio. 

- Es que no tengo mucho tiempo. El trabajo, ya sabe... 
- Mi mujer sí que tiene todos sus libros. 
- Pues salúdela de mi parte. Es un placer. 

Intento volver al libro; pero en ese punto, el individuo mira a uno y otro lado, como para comprobar si estamos solos -no lo estamos en absoluto, pues la terraza se encuentra llena-, y se sienta en la silla de enfrente con aire conspirador. 

- ¿Puedo preguntarle algo? 

Como mi vago intento de retomar la lectura no le causa ningún efecto, dejo el libro sobre la mesa, resignado. 

- Por supuesto -respondo-. 
- ¿Cómo hago para escribir una novela? 
- ¿Perdón? 
- Una novela. Me gustaría escribir una.
- ¿Le gustaría? 
- Sí. 

Lo miro detenidamente. No parece que me esté tomando el pelo. Tiene aire educado, se expresa bien. Correcto y amable. 

- ¿Qué clase de novela quiere escribir? 
- Ah, no sé. Por eso le pregunto. 

Lo observo en silencio durante otros cinco segundos. Atónito. 

- ¿Tiene alguna idea, algún argumento? -reacciono al fin-. ¿Algo que desee contar? 
- No, y ése es mi problema. Quiero escribir una y no sé cuál. 

Miro alrededor, buscando la cámara oculta. No puede ser, concluyo. Esto no es real. Pero el fulano sigue mirándome con indescriptible candor. 

- ¿Qué autores le gustan? -inquiero-. 
- Pues no sé -se rasca una oreja-. Como le he dicho, no soy muy lector. 

Este es el punto, pienso, en que ahora yo voy y lo mando al carajo. O sea. Porque una de dos: le suelto una conferencia sobre Homero, Cervantes y Quevedo, la gran novela de finales del XIX y principios del XX, Scott Fitzgerald y Conrad, punto de vista, estructura, sujeto, verbo y predicado, o lo envío directamente a tomar por saco. Pero el pavo me sigue mirando con una ingenuidad que desarma. Sería como matar a un ruiseñor. 

- ¿Y música? -pregunto, resuelto a irme por la tangente-. ¿No se le ha ocurrido componer música?

Entonces, con toda la estólida franqueza del mundo, ese amable imbécil me da una respuesta formidable, clara, definitiva. Perfecta. Una clave que lo explica todo, incluidas las atestadas mesas de novedades de las librerías españolas. 

- Ya me gustaría. Pero eso no lo hace cualquiera... Para eso hay que valer. 

13 de diciembre de 2015 

domingo, 6 de diciembre de 2015

El gringo feliz

Estoy desayunando sentado en la terraza del hotel Convento de San Juan de Puerto Rico, en pleno casco viejo de la ciudad: un lugar centenario que, como el resto de la ciudad vieja, está lleno de entrañables referencias a España y lo español, en esta isla donde las palabras antigua madre patria tienen un sentido especial, pues entre muchas otras cosas -lengua, arquitectura, historia, memoria- son orgullosamente conservadas como referencia de identidad por la inmensa mayoría de los puertorriqueños. Anoche cené con mi amiga la profesora y novelista Mayra Santos-Febres en un pequeño restaurante del mercado, y sigo dándole vueltas, entre otras, a algo que ella dijo durante la conversación, y que debe entenderse en su contexto: «Desde que tuve un hijo varón sé lo que es tener miedo, porque en muchos lugares del mundo a los hombres los matan». Recuerdo eso mientras cavilo sobre hasta qué punto la vida confortable de cierta parte de la humanidad, la que llevamos los privilegiados, nos hace olvidar las zonas oscuras por las que discurre la azarosa vida del ser humano. Lo peligroso que es creernos, como sucede, a salvo de todo, civilizados para siempre, seguros de nosotros y nuestras leyes, mirando el horizonte con una sonrisa boba mientras hacemos posturitas y decimos te amo asomados a la proa del Titanic, en el que puede ser -siempre lo olvidamos o ignoramos- el último atardecer de nuestras vidas. 

Estoy pensando en todo eso mientras me bebo el vaso de leche y doy mordiscos a la tostada de pan con mantequilla. Un español con memoria vieja en esta no menos vieja España transatlántica y caribeña; en esta colonia gringa trincada con cinismo y a base de soltar pasta, tras una invasión de hace más de un siglo en la que muchos puertorriqueños no lucharon contra los españoles, sino junto a los españoles contra los norteamericanos; y donde todavía, en algunos pueblos, los nombres de nuestros paisanos que los defendieron en 1898 son honrados como héroes locales. Pienso en eso, como digo, y en la Europa y en la España que los puertorriqueños actuales, no sin ingenuidad, miran todavía con un respeto y afecto que no tiene parangón en toda Hispanoamérica. Bebo mi leche, muerdo mi tostada, pienso en las monjas que habitaron este convento siglos atrás, recuerdo las palabras de Mayra en el restaurante -«¿Sabes por qué las negras somos tan cariñosas? Porque a nuestros hombres los vendían, iban y venían, y nunca sabías cuánto tiempo estarían a tu lado»-, y la cabeza se me llena de ideas complejas, de imperios y decadencias, de vidas y muertes, de afectos inmerecidos y de lealtades históricas, de la decepción que con frecuencia siente, o puede sentir, un hispano de América cuando viaja a España soñando encontrar las raíces de su vida, su cultura y su sangre, y encuentra el infame desparrame, la vileza insolidaria, la estólida cerrazón berroqueña que entre nosotros, españoles, incapaces de aprender de nuestras propias tragedias, con tanta frecuencia llega a rozar lo suicida o lo criminal. 

En ésas estoy, como cuento. Con una nube sombría dentro de la cabeza, cuando un grupo de norteamericanos viene a la terraza a desayunar. Desembarcaron anoche de un crucero y se alojan aquí. Uno de ellos, turista gringo que parece sacado de una película de parodia sobre turistas gringos, vestido con pantalón corto, sandalias, camisa de flores y sombrero de paja con una cinta I love Puerto Rico, ocupa la mesa de al lado. Es regordete, rubio pajizo, de tez sonrosada y ojos azules de expresión bondadosa. Llega, se sienta alrededor, mira los muros del antiguo claustro del convento, responde sonriente a las preguntas del camarero sobre lo que desea desayunar, abre sobre la mesa un folleto turístico de la ciudad, mira de nuevo alrededor como para comprobar si el lugar corresponde a lo escrito, alza los ojos hacia el cielo azul luminoso, y al fin, bajando hasta mí la mirada, me dedica una sonrisa ancha, bondadosa, feliz, y luego me dice «Beautitul day» con una espontánea familiaridad que desarma. Con un candor tal que se me atraganta la tostada en el gaznate. Y ahí estamos los dos: el viejo y cansado europeo, fúnebre con su memoria de cenizas, la capa de ozono, la inmigración y la crisis, con el crujir de los mundos y la Historia a cuestas, y el gringo feliz con camisa de flores y sonrisa ingenua que, en el patio de este lugar antiguo poblado de fantasmas, lo que ve es un hotel bonito y un maravilloso día. Cuatrocientos años de crucero al sol caribeño, bailando Macarena, contra tres mil de sombras, pérdidas y remordimientos. Y noto que me reconcome la envidia. Beautiful day, dice. El hijoputa. 

6 de diciembre de 2015 

domingo, 29 de noviembre de 2015

Una historia de España (LIV)

Y entonces, tatatachán, chin, pun, señoras y caballeros, con Isabel II en el exilio gabacho, llegó nuestra primera república. Llegó, y ahí radica la evolución posterior del asunto, en un país donde seis de cada diez fulanos eran analfabetos (en Francia lo eran tres de cada diez), y donde 13.405 concejales de ayuntamiento y 467 alcaldes no sabían leer ni escribir. En aquella pobre España sometida a generales, obispos y especuladores financieros, la política estaba en manos de jefes de partidos sin militancia ni programa, y las elecciones eran una farsa. La educación pública había fracasado de modo estrepitoso ante la indiferencia criminal de la clase política: la Iglesia seguía pesando muchísimo en la enseñanza, 6.000 pueblos carecían de escuela, y de los 12.000 maestros censados, la mitad se clasificaba oficialmente como de escasa instrucción. Tela. En nombre de las falsas conquistas liberales, la oligarquía político financiera, nueva dueña de las propiedades rurales -que tanto criticó hasta que fueron suyas-, arruinaba a los campesinos, empeorando, lo que ya era el colmo, la mala situación que éstos habían tenido bajo la Iglesia y la aristocracia. En cuanto a la industrialización que otros países europeos encaraban con eficacia y entusiasmo, en España se limitaba a Cataluña, el País Vasco y zonas periféricas como Málaga, Alcoy y Sevilla, por iniciativa privada de empresarios que, como señala el historiador Josep Fontana, «no tenían capacidad de influir en la actuación de unos dirigentes que no sólo no prestaban apoyo a la industrialización, sino que la veían con desconfianza». Ese recelo estaba motivado, precisamente, por el miedo a la revolución. Talleres y fábricas, a juicio de la clase dirigente española, eran peligroso territorio obrero; y éste, cada vez más sembrado por las ideas sociales que recorrían Europa, empezaba a dar canguelo a los oligarcas, sobre todo tras lo ocurrido con la Comuna de París, que había acabado en un desparrame sangriento. De ahí que el atraso industrial y la sujeción del pueblo al medio agrícola y su miseria (controlable con una fácil represión confiada a caciques locales, partidas de la porra y guardia civil), no sólo fueran consecuencia de la dejadez nacional, sino también objetivo buscado deliberadamente por buena parte de la clase política, según la idea expresada unos años atrás por Martínez de la Rosa; para quien, gracias a la ausencia de fábricas y talleres, «las malas doctrinas que sublevan las clases inferiores no están difundidas, por fortuna, como en otras naciones». Y fue en ese escenario tan poco prometedor, háganse ustedes idea, donde se proclamó, por 258 votos a favor y 38 en contra (curiosamente, sólo había 77 diputados republicanos, así que calculen el número de oportunistas que se subieron al tren), aquella I República a la que, desde el primer momento, todas las fuerzas políticas, militares, religiosas, financieras y populares españolas se dedicaron a demoler sistemáticamente. Once meses, iba a durar la desgraciada. Vista y no vista. Unos la querían unitaria y otros federal; pero, antes de aclarar las cosas, la peña empezó a proclamarse por su cuenta en plan federal, sin ni siquiera haber aprobado una nueva constitución, ni organizar nada, ni detallar bien en qué consistía aquello; pues para unos la federación era un pacto nacional, para otros la autonomía regional, para otros una descentralización absoluta donde cada perro se lamiera su órgano, y para otros una revolución social general que, por otra parte, nadie indicaba en qué debía consistir ni a quién había que ahorcar primero. Las Cortes eran una casa de putas y las masas se impacientaban viendo el pasteleo de los políticos. En Alcoy hubo una verdadera sublevación obrera con tiros y todo. Y encima, para rematar el pastel, en Cuba había estallado la insurrección independentista, y aquí los carlistas, siempre dispuestos a dar por saco en momentos delicados, viendo amenazados los valores cristianos, la cosa foral y toda la parafernalia, volvían a echarse al monte, empezando su tercera guerra -que iba a ser bronca y larga- en plan Dios, patria, fueros y rey. El ejército era un descojone de ambición y banderías donde los soldados no obedecían a sus jefes; hasta el punto de que sólo había un general (Turón, se llamaba) que tenía en la hoja de servicios no haberse sublevado nunca, y al que, por supuesto, los compañeros espadones tachaban de timorato y maricón. Así que no es de extrañar que un montón de lugares empezaran a proclamarse federales e incluso independientes por su cuenta. Fue lo que se llamó insurrección cantonal. De ella disfrutaremos en el próximo capítulo. 

[Continuará]. 

29 de noviembre de 2015 

domingo, 22 de noviembre de 2015

Mujeres peligrosas

Mi amigo Pepe se apoya en la barra, a mi lado, pide una cerveza y se bebe, glub, glub, glub, la mitad de un solo trago. «Las tías de ahora son el copón de Bullas -dice-. Agresivas que te rilas, colega. Peligrosas como ninjas. Esta mañana, una de ellas estuvo a punto de calzarme una hostia. Y te juro que creí que me la daba. Iba conduciendo tan tranquilo, ya me conoces, y al llegar a una rotonda llega una con el Megane, conduciendo con una mano y hablando por teléfono con la otra, se salta el ceda el paso y se mete delante por todo el morro, que casi estampo el coche contra el de ella. El caso es que me pego el sobresalto, y cabreado le toco el pito. Ya sabes, un bocinazo y una ráfaga de los faros. ¿Y sabes qué hace la pava? Pues pega un frenazo atravesándome su coche delante, saca medio cuerpo por la ventanilla y me pregunta a gritos que qué cojones pasa conmigo. En ésas se me ocurre hacerle el gesto de que hay que mirar por donde se anda y menos telefonito en la oreja; y entonces la hijaputa, en vez de achantarse, abre la puerta, baja del coche y se viene derecha para mí con cara de matar, tío, te lo juro. Con cara de estar dispuesta a morderme los huevos». 

En ese punto yo he pedido otras dos cervezas y le pregunto a Pepe por el aspecto de la dama. Por su pinta y catadura. Sería una ordinaria mala bestia, apunto. Una tía desgarrada y bajuna. Pero él, secándose la espuma de cerveza del bigote, mueve la cabeza y responde que nada de eso. Que era una señora normal, cuarentona, bien vestida con ropa buena. Algo gordita y medio guapa. De ahí su sorpresa cuando ella se le puso delante de la ventanilla y se ciscó en su puta madre. «Como te lo cuento, en serio -añade-. Me dijo hijoputa en toda mi cara, mirándome como si fuera a partirme en dos. Y yo me dije no puede ser, Pepe de mi alma; esta cabrona lleva una pipa encima, por lo menos. O lleva un arma o está loca, rediós. Es imposible que le eche esos huevos y me esté dando la bronca de esta manera en mitad del tráfico, que si abro la puerta seguro que me agarra por el cuello y me pega un puñetazo. O un tiro. Así que me quedé allí con la ventanilla subida, acojonado, mientras la tía, con ojos que se le salían de la cara, tenías que verla, me daba un repaso que hasta gotas de saliva caían en el cristal, gritándome hijoputa y tontolculo, con los cinco o seis coches que estaban parados cerca haciendo tapón y los conductores tronchados de risa, claro, disfrutando del espectáculo. Y al fin, cuando se cansó, dio media vuelta, volvió a su coche y salió a toda leche, quemando neumáticos. Y es que las tías se han vuelto locas, de verdad. Las mujeres van de un agresivo por la vida que asombra, oye. Que da miedo». 

Bueno, le digo tras pensarlo un poco. Quizá, para comprender a tu amiga del Megane tengas que ponerte un momento en su lugar. Imaginarte, por ejemplo, lo que ella tiene en la cabeza cuando llega a la rotonda a toda leche. A lo mejor llega tarde al trabajo porque antes llevó a sus hijos al colegio, y está hablando por teléfono para ver a qué hora tiene la cita de negocios prevista para hoy; o le va diciendo al marido que a ella no le dará tiempo de ir al ayuntamiento para pagar la tasa de la recogida de basuras, y que vaya él cuando pueda; aunque tampoco sería raro que en este momento esté preguntando al servicio técnico, por enésima vez, cuándo pasarán a reparar la lavadora o la vitrocerámica que llevan una semana estropeadas, y que al mismo tiempo esté intentando enterarse de cuándo le dan hora en la clínica para echar un vistazo a ese bultito que hace tiempo se nota en el pecho; haciendo compatible, si es posible, el horario de esa consulta con la revisión que ya le toca del ginecólogo, con averiguar si las dos faltas que tiene se deben a la menopausia o a otra causa más inquietante, con llevar a un hijo al oftalmólogo y con la redacción del informe sobre el contrato con los chinos que su jefe le ha pedido para el lunes: día en que tenía previsto hacerse la cera, porque al idiota de su marido le gusta que lleve las ingles depiladas a la brasileña. Y en ésas se encuentra, marcando números telefónicos y discurriendo como una loca para combinarlo todo, intentando de paso calcular si podrá recoger esta tarde a los críos en el cole y si dejó suficiente comida hecha para la cena, cuando de pronto se percata de que hay un gilipollas que le da un bocinazo y ráfaga de luces justo en el momento en que acaba de acordarse de que el domingo es el puto Halloween, maldita sea su estampa, y todavía no le ha cosido al niño el disfraz de Spiderman ni a la niña el de Rapunzel para la fiesta del colegio. 

22 de noviembre de 2015 

domingo, 15 de noviembre de 2015

Hoy quiero ser francés

Sentado en el café Le Bonaparte, frente a Saint Germain, tomo notas para una novela que llevo por la mitad y que tal vez se publique a finales del año próximo. Se trata de una escena que transcurre exactamente en este café, en la mesa misma en la que estoy sentado: dos personajes, uno joven y otro viejo, dialogando sobre un libro perdido y un misterio. Y estoy en ello, como digo, cuando miro hacia la calle y pienso que hay lugares y ciudades estimulantes, que crean un estado de ánimo favorable para narrar historias. No me ocurre en todas partes, pero sí aquí, en París. Desde que tengo memoria, no hay una sola vez que haya caminado por esta ciudad, entrado en sus librerías, leído en sus cafés, que no me haya sentido vivo y lúcido, con ganas de escribir. Con ánimo de contar. Y eso, que siempre fue importante para mí, lo es más ahora, cuando los años, las cosas y los libros que dejaste atrás podrían entibiarte el ánimo. Aflojar las ganas. Dije alguna vez que sólo se es joven en vísperas de una batalla; al día siguiente, ganes o pierdas, ya has envejecido. Por eso es tan importante disponer batallas nuevas, vísperas tensas en las que engrasar los arneses y afilar la espada, dispuesto de nuevo al combate. A la aventura que te impide, o lo retrasa de modo razonable, envejecer de mala manera. En mi caso, el recurso son el mar y los libros. Y esta vez se trata de libros. 

Quizá el influjo se deba a las librerías. A su número y calidad. Aunque muchas han cerrado -la última, a pocos pasos de aquí-, París sigue siendo el paraíso del transeúnte lector que describí hace veinticinco años en El club Dumas, territorio habitual del cazador de libros Lucas Corso. Pienso en ello mientras comparo esta ciudad con el desolado páramo en el que la indiferencia gubernamental y la incompetencia municipal han convertido el paisaje librero de Madrid: un centro de ciudad donde no sólo las librerías, sino el comercio tradicional, lo que da vida y carácter a un barrio y a una ciudad, han sido arrasados por las franquicias absurdas y las tiendas de ropa. Un paseo atento por esas calles es desolador: imposible encontrar ya un zapatero, un panadero, un ferretero. Para todo hay que peregrinar a la moderna catedral de nuestro tiempo, que diría el buen Pepe Saramago: El Corte Inglés. Y así, cada viejo comercio de toda la vida que cierra se convierte, automáticamente, en un bar o en una tienda de ropa; lo que es, por otra parte, fiel reflejo de lo que somos y de lo que nos gusta ser. Y de lo que seguiremos siendo. 

La verdad es que no deja de tener su retorcida gracia, aunque sea siniestra. Paseo por París viendo escaparates de librerías y viejos comercios que se mantienen, y pienso inevitablemente en la desertificación comercial de Madrid y en el estúpido relaxing cup of café con leche de aquella alcaldesa por fin desaparecida, o en el bajuno concepto que de la palabra cultura tiene la que manda ahora. Y me pregunto si alguna vez habrán oído hablar, ellas o sus colaboradores, de cosas como el proyecto Vital Quartier, por ejemplo, que desde hace años se ocupa en París de mantener vivo el comercio tradicional que anima los barrios principales, facilitando sus alquileres, rehabilitaciones y rebaja de impuestos, favoreciendo que los pequeños negocios subsistan, humanicen las calles y animen en torno otros espacios comerciales gratos al ciudadano, complementándolo todo con una política de salubridad, higiene y seguridad callejera. Un esfuerzo al que se destina dinero, imaginación y buena voluntad en vez de desidia y burdo afán recaudatorio, y que ya ha logrado tener tres centenares de tiendas tradicionales, de diversas actividades, protegidas en seis de los principales barrios de París. 

Por supuesto, y también a diferencia de Madrid, donde hasta la magnífica Cuesta Moyano y sus librerías se ven olvidadas y maltratadas por el Ayuntamiento, uno de los sectores donde más cuidado ha puesto el plan parisino de apoyo al comercio tradicional es el de las librerías. Sólo a eso, a defender la existencia del comercio cultural que ennoblece el centro de la ciudad y mantiene su carácter, la alcaldía de París acaba de destinar una ayuda complementaria de dos millones de euros, amén de exenciones fiscales si una librería dedica a salarios el 12% de su facturación, así como subvenciones por promoción de libros de fondo -no torpes novedades de aquí te pillo y aquí te mato-, pagos de alquiler a la mitad del precio del mercado y créditos con dos años de carencia. Y ahora piensen ustedes en Madrid, aprieten los dientes y hagan, como yo, un esfuerzo para no blasfemar en arameo y que se los lleve el diablo. 

15 de noviembre de 2015 

domingo, 8 de noviembre de 2015

Una historia de España (LIII)

Cosa curiosa, oigan. Con el reinado de Isabel II pendiente de un hilo y una España que políticamente era la descojonación de Espronceda, el nuestro seguía siendo el único país europeo de relevancia que no había tenido una revolución para cargarse a un rey, con lo que esa imagen del español insumiso y machote, tan querida de los viajeros románticos, era más de coplas que de veras. En Gran Bretaña habían decapitado a Carlos I y los franceses habían afeitado en seco a Luis XVI: más revolución, imposible. Por otra parte, Alemania e incluso la católica Italia tenían en su haber interesantes experiencias republicanas. Sin embargo, en esta España de incultura, sumisión y misa diaria, los reyes, tanto los malvados como los incompetentes -de los normales apenas hubo-, morían en la cama. Tal fue el caso de Fernando VII, el más nefasto de todos; pero, y esta vez sería la excepción, no iba a ser así con Isabel II, su hija. Los caprichos y torpezas de ésta, la chulería de los militares, la desvergüenza de los políticos aliados con banqueros o sobornados por ellos, la crisis financiera, llegaban al límite. Toda España estaba hasta la línea de Plimsoll, y aquello no se sostenía ni con novenas a la Virgen. La torpe reina, acostumbrada a colocar en el gobierno a sus amantes, tenía en contra a todo el mundo. Así que al final los espadones, dirigidos por el prestigioso general Prim, montaron el pifostio, secundados por juntas revolucionarias de paisanos apoyadas por campesinos arruinados o jornaleros en paro. Las fuerzas leales a la reina se retiraron después de una indecisa batalla en el puente de Alcolea; e Isabelita, que estaba de vacaciones en el Norte con Marfori -su último chuloputas-, hizo los baúles rumbo a Francia. Por supuesto, en cuanto triunfó la revolución, y las masas (creyendo que el cambio iba en serio, los pardillos) se desahogaron ajustando cuentas en un par de sitios, lo primero que hicieron los generales fue desarmar a las juntas revolucionarias y decirles: claro que sí, compadre, lo que tú digas, viva la revolución y todo eso, naturalmente; pero ahora te vas a tu casa y te estás allí tranquilo, y el domingo a los toros, que todo queda en buenas manos. O sea, en las nuestras. Y no se nos olvida eso de la república, en serio; lo que pasa es que esas cosas hay que meditarlas despacio, chaval. ¿Capisci? Así que ya iremos viendo. Mientras, provisionalmente, vamos a buscar otro rey. Etcétera. Y a eso se pusieron. A buscar para España otro rey al que endilgarle esta vez una monarquía más constitucional, con toques progresistas y tal. Lo mismo de antes, en realidad, pero con aire más moderno -la mujer, por supuesto, no votaba- y con ellos, los mílites gloriosos y sus compadres de la pasta, cortando como siempre el bacalao. Don Juan Prim, que era general y era catalán, dirigía el asunto, y así empezó la búsqueda patética de un rey que llevarnos al trono. Y digo patética porque, mientras a finales del siglo XVII había literalmente hostias para ser rey de España, y por eso hubo la Guerra de Sucesión, esta vez el trono de Madrid no lo quería nadie ni regalado. Amos, anda, tía Fernanda, decían las cortes europeas. Que ese marrón se lo coma Rita la Cantaora. Al fin, Prim logró engañar al hijo del rey de Italia, Amadeo de Saboya, que -pasado de copas, imagino- le compró la moto. Y se vino. Y lo putearon entre todos de una manera que no está en los mapas: los partidarios de Isabel II y de su hijo Alfonsito, llamándolo usurpador; los carlistas, llamándolo lo mismo; los republicanos, porque veían que les habían jugado la del chino; los católicos, porque Amadeo era hijo del rey que, para unificar Italia, le había dado leña al papa; y la gente en general, porque les caía gordo. En realidad Amadeo era un chico bondadoso, liberal, con intenciones parecidas a las de aquel José Bonaparte de la Guerra de la Independencia. Pero claro. En la España de navaja, violencia, envidia y mala leche de toda la vida, eso no podía funcionar nunca. La aristocracia se lo tomaba a cachondeo, las duquesas se negaban a ser damas de palacio y se ponían mantilla para demostrar lo castizas que eran, y la peña se choteaba del acento italiano del rey y de sus modales democráticos. Y encima, a Prim, que lo trajo, se lo habían cargado de un trabucazo antes de que el Saboya -imaginen las rimas con el apellido- tomara posesión. Así que, hasta las pelotas de nosotros, Amadeo hizo las maletas y nos mandó a tomar por saco. Dejando, en su abdicación, un exacto diagnóstico del paisaje: «Si al menos fueran extranjeros los enemigos de España, todavía. Pero no. Todos los que con la espada, con la pluma, con la palabra, agravan y perpetúan los males de la Nación son españoles». 

[Continuará]

8 de noviembre de 2015 

domingo, 1 de noviembre de 2015

El adiós de Héctor

Estoy leyendo tranquilo, disfrutando una vez más del viejo amigo Homero, y de pronto me detengo cuando Héctor, consciente de que va a la muerte bajo los muros de Troya, se despide, armado para el combate, de Andrómaca, su mujer, y de su hijo Astianacte: «Inclinóse gritando el niño, asustado por el aspecto del padre / pues lo aterraban el bronce y el penacho de crin de caballo». Leo de nuevo esas dos líneas del canto VI de la Ilíada, recorro con la mirada los lomos de los libros alineados en los estantes de la biblioteca y pienso que a veces la vida concede extraños privilegios. Curiosas coincidencias. Traduje del griego esos mismos versos en el colegio hace ya casi cincuenta años -recuerdo que mi traducción, más literaria que rigurosa, decía «el casco de bronce de tremolante penacho»-, ignorante, todavía, de que no demasiado tiempo después iba a ver a Héctor despedirse de Andrómaca en la vida real. Y no una, sino muchas veces. 

Fueron los libros los que me ayudaron, desde el principio, a mirar el mundo con aplomo. A moverme por él con la certeza creciente de que cuanto veía o iba a conocer ya estaba, de alguna forma, en lo que había leído antes. Cuando con poco más de veinte años vi arder Beirut, o mucho más tarde Sarajevo, reconocí en ellas, sin dificultad, las llamas de Troya; del mismo modo que en cierta ocasión en Eritrea, primavera de 1977, cuando me vi entre cientos de hombres desesperados tras un terrible desastre militar, intentando regresar a casa por un territorio hostil donde derrota equivalía a aniquilación, reconocí en ellos, y también en mí mismo, a los mercenarios griegos que en la Anábasis pelean intentando llegar al mar y a sus hogares. En cierto modo, todo eso lo había visto ya. Lo había leído. Estaba, en cierto modo, preparado para comprenderlo y asumirlo. Para extraer lecciones prácticas de vida, rentabilizándolo en una mirada sobre el mundo y sobre mí mismo. Y es con todo eso, con la mirada que tales libros y vida me dejaron, con lo que ahora escribo novelas. Con lo que hoy hablo de Héctor despidiéndose de Andrómaca. O lo recuerdo. 

Lo vi muchas veces, como digo. Lo vi despedirse en diferentes lugares, con rostros y nombres distintos, aunque siempre era la misma escena. La primera vez que fui consciente de eso fue en Chipre en 1974, cuando abrí la ventana de mi hotel en Nicosia y vi el cielo lleno de paracaidistas turcos. Bajé a la calle con mis cámaras colgadas del cuello, y por el camino me crucé con docenas de hombres despidiéndose de sus mujeres e hijos para acudir al combate: griegos morenos, bigotudos, que con el rostro desencajado abrazaban a sus familias y corrían luego en grupos, vecinos, parientes y amigos, hacia los centros de reclutamiento. En los siguientes veinte años tuve ocasión de ver a los mismos hombres -siempre son los mismos hombres- en diversos lugares de la extensa geografía de las catástrofes por la que yo transitaba entonces: Sáhara, Líbano, Salvador, Chad, Nicaragua, Iraq, Angola, los Balcanes... Incluso presencié una escena cuya semejanza con el texto de Homero me estremeció, y todavía lo hace. Entre otras cosas porque su protagonista se llamaba Elie Bou Malham, y era y sigue siendo amigo mío. 

Fue en Beirut, todavía en plena guerra. Elie era oficial de una unidad de élite. Yo, que entonces aún era reportero del diario Pueblo, iba a acompañarlo en una misión. Pasábamos por delante de su casa, y quiso ver a su mujer y a su hijita de tres años. Mi amigo iba equipado con casco, cinchas con cargadores, granadas y fusil de asalto colgado al hombro. Llegamos arriba, besó a su mujer, y se acercó a ver a la niña, que estaba en la cuna. La misión iba a ser difícil y la mujer -una de las guapas hermanas Sneifer- lo sabía. Hablaron un rato en voz baja. Después Elie se inclinó sobre la cuna. Llevaba el casco puesto; y la niña, que dormía, despertó sobresaltada al verlo y rompió a llorar. En ese momento, ante mis ojos fascinados, él se quitó el casco, la cogió en brazos, y la niña se calmó y empezó a acariciarle el rostro murmurando «Elie, Elie...». Y entonces fue él, un soldado duro como el pedernal, curtido en años de guerra, quien se echó a llorar. Y yo me retiré despacio, discretamente, y bajé a esperarlo en la calle. 

Sé que a Elie no le gustará que cuente esto, si se entera -con Internet hay pocos secretos-, pero hoy no puedo evitarlo. Homero, el tremolante casco y todo eso. Ya saben: canto VI de la Ilíada. Contarles a ustedes una de esas veces en las que vi a Héctor despedirse de los suyos. Y gracias a los libros leídos, pude reconocerlo. 

1 de noviembre de 2015 

domingo, 25 de octubre de 2015

El Napoleón del crimen

Ayer mismo, caminando por la acera de una calle de Madrid, un niño de unos seis o siete años que iba despistado con sus padres, mirando el escaparate de una tienda, tropezó conmigo. Le acaricié la cabeza con una sonrisa, y ya iba a seguir adelante cuando escuché a su padre decirle al crío, con mucha naturalidad. «Mira por donde andas, por favor. Gracias». Y luego me dirigió una mirada de excusa. Entonces el niño, sin mirarme, dijo «perdón» y siguió su camino junto a ellos. Me quedé tan sorprendido por el suceso, por aquella reconvención paterna y la reacción del niño, del todo extraordinarias en estos tiempos, que volví la cabeza para verlos alejarse. Eran dos padres jóvenes, normales. Dos padres de infantería. Pero aquellos diez segundos junto a ellos habían hecho hermosa la mañana, y la calle parecía otra, más despejada y luminosa, y al fin continué mi paseo aún con la sonrisa en la boca, pensando que Dios o el diablo aprietan pero nunca ahogan, y que siempre hay quien se salva, y te salva. O te da esperanza. Que siempre quedan uno, o diez, o cien, justos en Sodoma. E incluso en Gomorra. 

Hay días, como ayer, en los que lamento no ser millonario, como el tío Gilito o el que sea su equivalente ahora. Pero no un millonetis cualquiera, sino de verdad, a lo bestia, de ésos que pueden pagarlo todo y comprar cuanto se les pone en el morro. Un fulano con viruta suficiente para crear varios centenares, o miles, de becas para niños bien educados. Niños a los que sus padres les hayan enseñado, previamente, que las buenas maneras hacen mejor el mundo, nos hacen mejores a todos y son mecanismo clave, puerta franca para acceder a lugares y corazones. Niños, por ejemplo, como los de mi amigo Etienne de Montety, que cada vez que invitaba a cenar en su casa hacía que sus cuatro hijos, entonces de entre diez y dieciséis años, se encargaran de recibir y atender a los visitantes, cosa que hacían todos con una formalidad y una responsabilidad exquisitas. O aquel otro zagal de ocho o nueve años que una vez se me acercó con mucho aplomo junto a un bar de la Plaza Mayor y dijo: «Oiga, señor, ¿puede pedirle un vaso de agua al camarero, por favor?... Tengo sed, y como soy pequeño, puede que a mí no me haga caso». 

Por eso digo que, si tuviera una pasta gansa, crearía las becas Reverte Malegra Verte. Mandaría a mis agentes por todo el mundo a buscar niños de ambos sexos bien educados, para pagar sus estudios y dedicarlos luego, cuando fuesen grandes, a la ciencia, las humanidades, la vida social y la política. Y también, de paso, gratificaría a los padres que los educaron. Financiaría el merecido bienestar de quienes les enseñaron a decir buenos días, por favor y gracias, a manejar los cubiertos, a no hablar con la boca llena, a vestirse con decoro según cada momento de la vida, a no tutear a las personas mayores, a comprender que una sonrisa, una palabra adecuada, un gesto cortés y de buena crianza, tan propios de la gente humilde como de la más afortunada, son la mejor tarjeta de visita, todavía hoy, incluso en un mundo que, como el nuestro, se va poquito a poco al carajo. 

Pero eso sí. Ya metido en faena, si como dije fuera millonetis sin límite y sin tasa, también es posible que se me fuera la pinza y me diese un chungo en plan Bin Laden, o Doctor No, o profesor Moriarty -el Napoleón del crimen, enemigo de Sherlock Holmes-, y comprara una isla llena de aparatos electrónicos, misiles nucleares y Úrsulas Andress, o lo que equivalga ahora a eso; y también un gato de Angora para acariciarlo en plan canónico mientras enviaba por el mundo a mis sicarios en plan ninjas suicidas, en comandos implacables que se curraran la otra cara de la luna. Algo así como una brigada pesticida, letal, higiénica, secuestradora y exterminadora de padres de niños, e incluso de algún niño que otro -todos acaban siendo adultos- de esos groseros y maleducados que empujan en las puertas, permanecen mudos ante las palabras «buenos días», ignoran cómo se pronuncia un «por favor», tutean al lucero del alba y no han dado las gracias a nadie en su puta vida. Y ordenaría a mis esbirros especial ensañamiento y torturas refinadas tipo Fumanchú con los padres de familia que se dejan las gorras y sombreros puestos en los locales públicos, gritan al teléfono móvil, entran en calzoncillos y chanclas en los restaurantes, se hurgan la nariz y se rascan las axilas, los huevos o el chichi -seamos paritarios- mientras te empujan en el metro o el autobús. Veneno, soga y puñal, oigan. Sin piedad. Y yo reiría en mi isla, juas, juas, juas, con risa de malvado Carabel, viéndolo todo por videoconferencia, mientras acariciaba al gato. 

25 de octubre de 2015 

domingo, 18 de octubre de 2015

Una historia de España (LII)

En los últimos años del reinado de Isabel II, la degradación de la vida política y moral de España convirtió la monarquía constitucional en una ficción grotesca. El poder financiero acumulaba impunemente especulación, quiebras y estafas. Los ayuntamientos seguían en manos de jefes políticos corruptos y la libertad de prensa era imposible. Los gobiernos se pasaban por la bisectriz las garantías constitucionales, y la peña era traicionada a cada paso, «pueblo halagado cuando se le incita a la pelea y olvidado después de la victoria», como dijo, ampuloso e hipócrita, uno de aquellos mismos políticos que traicionaban al pueblo y hasta a la madre que los parió. La gentuza instalada en las Cortes, fajada en luchas feroces por el poder, se había convertido en forajidos políticos. Entre 1836 y 1868 se prolongó la farsa colectiva, aquel engaño electoral basado en unas masas míseras, de una parte, y de la otra unos espadones conchabados con políticos y banqueros, vanidosos como pavos reales, que falseaban la palabra democracia y que, instalados en las provincias como capitanes generales, respaldaban con las bayonetas el poder establecido, o se sublevaban contra él según su gusto, talante y ambiciones. Nadie escuchaba la voz creciente del pueblo, y a éste sólo se le daba palos y demagogia, cuerdas de presos y fusilamientos. Los hijos de los desgraciados iban a la guerra, cuando había una, pero los ricos podían ahorrarle el servicio a sus criaturas pagando para que fuera un pobre. Y las absurdas campañas exteriores en que anduvo España en aquel período (invasión de Marruecos, guerra del Pacífico, intervención en México, Conchinchina e Italia para ayudar al papa) eran, en su mayor parte, más para llevar el botijo a las grandes potencias que por interés propio. Desde la pérdida de casi toda América, España era un segundón en la mesa de los fuertes. Los éxitos del prestigioso general Prim -catalán que llevó consigo tropas catalanas- en el norte de África y el inútil heroísmo de nuestra escuadra del Pacífico fueron jaleados como hazañas bélico-patrióticas, glosadas hasta hacerle a uno echar la pota por la prensa sobornada por quienes mandaban, confirmando que el patriotismo radical es el refugio de los sinvergüenzas. Pero por debajo de toda aquella basura monárquica, política, financiera y castrense, algo estaba cambiando. Convencidos de que las urnas electorales no sirven de nada a un pueblo analfabeto, y de que el acceso de las masas a la cultura es el único camino para el cambio -ya se hablaba de república como alternativa a la monarquía-, algunos heroicos hombres y mujeres se empeñaron en crear mecanismos de educación popular. Escritura, lectura, ciencias aplicadas a las artes y la industria, emancipación de la mujer, empezaron a ser enseñados a obreros y campesinos en centros casi clandestinos. Ayudaron a eso el teatro, muy importante cuando aún no existían la radio ni la tele, y la gran difusión que la letra impresa, el libro, alcanzó por esa época, con novelas y publicaciones de todas clases, que a veces lograban torear a la censura. Se pusieron de moda los folletines por entregas publicados en periódicos, y la burguesía y el pueblo bajo que accedía a la lectura los acogieron con entusiasmo. De ese modo fue asentándose lo que el historiador Josep Fontana describe como «una cultura basada en la crítica de la sociedad existente, con una fuerte carga de antimilitarismo y anticlericalismo». Y así, junto a los pronunciamientos militares hubo también estallidos revolucionarios serios, como el de 1854, resuelto con metralla, el de San Gil, zanjado con fusilamientos -el pueblo se quedó solo luchando, como solía-, y creciente conflictividad obrera, como la primera huelga general de nuestra historia, que se extendió por Cataluña ondeando banderas rojas con el lema Pan y trabajo, en anuncio de la que iba a caer. Las represiones en el campo y la ciudad fueron brutales; y eso, unido a la injusticia secular que España arrastraba, echó al monte a muchos infelices que se convirtieron en bandoleros a lo Curro Jiménez, pero menos guapos y sin música. Toda aquella agitación preocupaba al poder establecido, y dio lugar a la creación de la Guardia Civil: policía militar nacida para cuidar de la seguridad en el medio rural, pero que muchas veces fue utilizada como fuerza represiva. La monarquía se estaba cayendo en pedazos; y las fuerzas políticas, conscientes de que sólo un cambio evitaría que se les fuera el negocio al carajo, empezaron a aliarse para modificar la fachada, a fin de que detrás nada cambiase. Isabel II sobraba, y la palabra revolución empezó a pronunciarse en serio. Que ya era hora. 

[Continuará] 

18 de octubre de 2015 

domingo, 11 de octubre de 2015

La megaevolución de la pikachu coqueta

Ayer sentí un inmenso respeto por dos críos, uno de nueve años y otro de doce. Lo cual es un baño de humildad muy saludable en los tiempos que corren. Desde la soberbia de nuestros años y experiencia, los mayores solemos dirigir a los enanos miradas críticas y pocas veces admirativas. Benevolentes, como mucho. Pero ellos controlan su mundo, lo dominan cada vez mejor, y ahí los ahora adultos tendremos pocas posibilidades. Me refiero a sobrevivir, claro. A estar a la altura de lo que nuestros hijos y nietos van a ser, y a veces ya son. Tal vez quienes desaparecemos, o estamos al filo de hacerlo, llevemos con nosotros muchas cosas interesantes. Pero lo que viene será fascinante, igual para lo malo que para lo bueno. Un mundo donde ustedes y yo seremos extraños. Simples pringados entre marcianos. Por eso hay que saber irse con calma y sin prisas. Pero irse. Dejar sitio a quienes lo reclaman. Sobre todo si lo merecen. 

Todo esto viene a cuento porque hoy no me resisto a reproducir aquí un diálogo por teléfono móvil que una madre, lectora de esta página, ha sorprendido entre su hijo y un amigo. Y que me remite, admirada. Vaya por delante que se trata de dos niños cultos, con libros en casa. Se nota en los recursos expresivos, en el vocabulario, y en que incluso utilizan correctamente algún acento y signo de puntuación. Niños de ésos que leen libros y van al cine, y ven películas y videos interesantes en la tele o el ordenador. Niños de élite, para entendernos. De los que no han podido ser machacados del todo por imbéciles sistemas educativos empeñados, no en que todos los niños tengan derecho a las mismas oportunidades, que es lo natural, sino en que los brillantes sean destrozados en la escuela para igualarlos por abajo con los mediocres. Por eso consuela comprobar que no es así. O no siempre. Esto que sigue es el diálogo, transcrito literalmente; y espero que ustedes lo disfruten tanto como lo he disfrutado yo: 

«-Mira la página esta del trailer de pokemon go!!!! 

 -Bien!!!! Se revelan las cinco nuevas formas de zigarde!!!!!!!! 
-La forma celula es la primera, que es la que está abajo del que ya conociamos, después viene el que ya conociamos, el bebe serpiente, despues la forma 10% que es el perro, despues la forma 50% que es el zygarde de pokemon X Y, y por ultimo el zygarde forma perfecta que es el grande. Ademas saldra una nueva temporada de anime llamada pokemon X Y y Z 

-Oye y esta especie de nueva forma de greninja, puede que sea una megaevolución????

-Pero no, parece que va a ser algo como la pikachu coqueta

-Tiene como una especie de suriken de agua en la espalda 

 -Y por ultimo volvamos a la primera imagen, el zygarde perfecto tiene una parte roja y otra azul-Ya veo, sera que zygarde se tendra que fusionar con xerneas e yveltal????? 

-Lo mismo 

-Vale!!! 

-Espero que te haya servido esta nueva super información y el trailer de pokemon go 

-La duda que tengo es quien ganará: meha hoopa o zyguard perfecto??? 

-Nooooooo loooo seeeeeeeeeee!!!!!!!!!! 

-Por cierto esa forma de greninja es el greninja de ash vestido de el mismo 

-Además ha salido el trailer y es brutal 

-Parece ser que las foas de zygarde están basadas en seres mitologikos nordicos como el perro, o zyygarde que se basa en la serpiente que vive bajo el árbol de la vida y el zygarde perfecto basado en HEL el dios del inframundo, que tiene una parte viva (la azul) y una parte muerta (la roja) que representan yveltal el dios de la destrucción y xerneas el dios de la vida 

-Por cierto no es mega hoopa, es que si a hoopa le das una especie de jarron de evento se transforma en ese demonio, es una forma alternativa como la que tiene giratina 

-Vaaaale 

-Ke tal tú? 

-Bien. Echas un combate?». 

11 de octubre de 2015 

domingo, 4 de octubre de 2015

La tumba de Helena de Troya

Desde la terraza alta del restaurante Elettra, en Porto Vénere, el golfo de La Spezia se ve azul y la bahía está punteada de barcos blancos fondeados al resguardo de la isla. Acabo de despachar una ración doble de espaguetis con botarga y le sirvo a mi editora Giovanna Cantón lo que queda del Tignanello con el que hemos acompañado la comida, cuando ésta me dice que desea subir al cementerio, situado sobre el pueblo, para visitar la tumba de Walter Bonatti y Rossana Podestá, que fueron grandes amigos suyos. Decido acompañarla, y no sólo por cortesía; conozco bien la doble historia que acaba en esa tumba al borde de un acantilado, sobre el Mediterráneo. Walter Bonatti, el más guapo e intrépido de los montañeros italianos, fue uno de mis ídolos de infancia, y en su momento seguí su ascensión en solitario al Cervino como una hazaña casi familiar. Rossana Podestá encarnó en el cine a Helena de Troya, la mujer -eso decía el cartel publicitario de la época, que recuerdo como si lo estuviera leyendo ahora- cuya belleza lanzó mil barcos al mar y suscitó diez años de guerra. Así que subo con mi editora por las empinadas escaleras que llevan al pueblo viejo y al cementerio marino. 

Mientras remontamos peldaño tras peldaño -Giovanna es montañera entrenada, y a veces me cuesta seguirla- recuerdo cómo Walter y Rossana llegaron hasta aquí. Cómo empezó todo. Walter era apuesto y valiente, un auténtico héroe italiano. La Podestá era una actriz bellísima y famosa hasta el punto de ser portada de la revista norteamericana Playboy, aunque ya estaba empezando el declive en su carrera; y en 1981, durante una entrevista, al preguntarle con qué hombre iría a una isla desierta, ella respondió de modo espontáneo «Con Walter Bonatti», aunque no lo había visto personalmente en su vida. El montañero -que acababa de divorciarse- leyó la entrevista y escribió a Rossana, muy divertido, ofreciéndose a llevarla a una isla desierta o a donde ella quisiera ir. Tengo la maleta lista, dijo. A ella le hizo gracia. Quedaron citados en Roma, para conocerse, en la escalinata del Ara Coeli, frente a la plaza Venezia. Rossana se presentó a la hora convenida, pero Walter no apareció. En aquel tiempo no había teléfonos móviles, y ella aguardó mucho tiempo, nerviosa al principio, inquieta luego, furiosa al fin. Estúpido e informal mascalzone, pensó. Me ha dejado plantada. Así que decidió marcharse. 

Bajaba Rossana la escalinata del Vittoriano cuando reconoció a Walter, de lejos. Había aparcado su coche en un lugar donde sólo podía hacerlo el presidente de la república y discutía con un guardia empeñado en multarlo y en llevarse de allí el coche con una grúa, mientras Walter intentaba convencerlo, con bronca muy a la italiana, de que, por su madre, no le estropeara la cita con la mujer más bella del mundo. Parecía una escena de Il vigile, pensó Rossana, y para completarla sólo faltaba Alberto Sordi haciendo el papel de guardia. Entonces ella se acercó, sonrió al agente -que se tornó en estado líquido- y le dijo a Walter: «Menudo explorador estás hecho, incapaz de encontrarme en Roma delante del Ara Coeli». Se miraron a los ojos, y diez minutos después estaban conversando tumbados en el césped del Campidoglio. Ya no se separaron nunca. 

Walter y Rossana vivieron juntos treinta años. Él murió en 2011 y ella lo siguió dos años más tarde. Fueron enterrados frente al mar, en Porto Vénere -el puerto de Venus, la diosa que concedió a Paris el amor de la griega Helena-, en una sencilla tumba familiar de mármol negro con una cruz, junto a la que ahora me detengo mientras Giovanna, emocionada, calla durante un largo rato. El cementerio está a mucha altura sobre el mar de Liguria, al borde mismo del acantilado, y el viento hace batir con fuerza las olas abajo, en las rocas. Bajo las placas con sus nombres, montañeros venidos de todo el mundo ha ido depositando piedrecitas de las más altas cumbres, que trajeron para honrar la memoria del hombre que aquí yace después de haberlas pisado todas. También hay piedras para Rossana; bajo la placa con su nombre veo un montoncito más discreto, más pequeño, pero igualmente conmovedor. Yo no escalo montañas y nada traigo en los bolsillos, así que me limito a apoyar un instante mi mano en el mármol bajo el que descansan ambos. Sobre su hermosa historia. Sobre el lugar donde Helena de Troya, envuelta en el sueño eterno del amor, el valor y la belleza, descansa junto a un hombre mejor que el que la llevó a la ciudad legendaria de Homero, al otro extremo, a la orilla más lejana de este viejo Mediterráneo. 

4 de octubre de 2015