lunes, 21 de junio de 1993

Sobre lobos y japoneses


Caperucita o Nakimoto, ésa es la cuestión. En todo caso, pintoresca polémica la surgida estos días en tomo a la declaración de cierto director general sobre si Caperucita es más traumático para los tiernos infantes que Bola de Dragón Z. Creo que se llama así. En todo caso, una de esas atrocidades en dibujos animados que los japoneses se sacan periódicamente de la manga del quimono. Por lo visto hay mucha escabechina y mucho bang-bang. Y al antedicho programador lo acusan de fomentar la violencia infantil y acaban mentándole a la madre. El hombre contraataca y dice que menos lobos, Caperucita.

Analicemos el asunto.

Lo cierto es que aún no he tenido el gusto, mas deduzco que la tal bola del dragón debe de ser uno de los eventos mitológico-futuristas al uso, con Heidi - siempre ella, cielos, con esa mueca lateral que se perpetúa de generación en generación, de personaje en personaje - travestida de Terminator con lanzallamas luchando junto a los caballeros del futuro contra las perversas fuerzas del Mal. Seres televisivos, personajes y peripecias que sólo los más jóvenes - me refiero a los menores de doce años - saben identificar con ojo avezado e infalible, de expertos que se las saben todas. Los demás, rebasada esa línea de sombra, somos incapaces de captar los matices y confundimos héroes y seriales en una especie de cacao maravillao de dibujos animados, con errores de bulto de los que sólo nos saca la serena frialdad analítica de los enanos.

Uno llega a casa, por ejemplo, y en patético intento de congraciarse con el pequeño canalla establecido frente al televisor, le dice:

- ¿Qué tal le van las cosas a Sella?...

A lo que el vástago responde, enarcando una ceja con desdén: - Papi, Sella es un caballero del Zodíaco. Este es Tadamichi Kuribayasi el proxeneta galáctico. Que no te enteras.

Y acto seguido hace zapping a la videoconsola de Supermario mientras el padre se encamina, hecho polvo, hacia el diccionario para comprobar las acepciones de la palabra proxeneta.

Esta introducción viene a cuento para establecer que la simpatía que uno puede sentir por Akira, la Gran Bola esa o cualquier variante animada nipona es mínima. Dicho lo cual, podemos ajustar cuentas con su rubia oponente sin miedo a que nos tachen de parciales en la materia.

Caperucita Roja dista de ser una historia por encima de toda sospecha. Y menos en los tiempos que corren, cuando ya no hay lectores inocentes y hasta el más balbuceante pequeñajo posee una cultura audiovisual y una mala leche que para sí quisieran muchos tradicionales malvados - pobres diablos - de nuestras rancias películas de miedo y violencia en blanco y negro.

Sin ir más lejos. Aparte las conocidas connotaciones de que si Caperucita a esas horas y en el bosque vaya usted a saber, se me ocurren otras razones que ponen de manifiesto el carácter poco edificante del supuesto cuento infantil. Verbigracia: en la historia de la niña de las trenzas hay violencia, y no poca. El lobo se come a la abuelita. Si esto no es violencia, que baje Dios y lo vea. El reprobable gesto incluye, además, desprecio de sexo y abuso de la invalidez de una pobre anciana, además del acto indudablemente violento de zampársela. Después, el lobo reincide con la propia Caperucita, lo cual, por mucha hambre que tenga, no deja de ser traumático.

Pero aún hay más.

Resulta que toda la historia es maniquea y sesgada - me encanta lo de sesgada, me lo he apropiado sin complejos de algunas admirables lumbreras de la oratoria nacional -. Y lo es, decía, porque sólo plantea el punto de vista caperucil, y no el del lobo, a priori tan presunto y respetable como el que más, pero de quien se perpetúa una imagen pérfida. Acto seguido, al pobre depredador - que sólo cumple con su obligación de depredar - le rajan la barriga para liberar a la pequeña y a su abuela. Se desprende, aunque no vaya explícito en el cuento, que el lobo pierde la vida en el acto, lo que supone, de hecho, incitar a las criaturas a que destripen lobos como si tal cosa, por más que se trate de una especie amenazada de extinción. Y para más inri, quien realiza la operación es un cazador, aunque otras versiones aluden a un leñador.

En cualquier caso, se presenta como salvador y como héroe a un individuo - ¿furtivo, con licencia, votante del Centro Democrático y Social? - dedicado a la destrucción parcial de la flora o la fauna. Y en cuanto a la propia Caperucita, habría que precisar cuál es la exacta naturaleza de su ambigua relación con el lobo. Osea.

Oscuro asunto, como pueden ver. Vidrioso, violento y antiecológico. Quizá, después de todo, la rutinaria gilipollez de Nakimoto y sus secuaces sea menos perniciosa para las ya perversas mentes infantiles que los saltitos por el bosque de esa niña con trenzas a la que nuestros vástagos le adjudican, desde hace mucho tiempo, las facciones de Leticia Sabater o de Sharon Stone.

Que ésa es otra.

20 de junio de 1993

4 comentarios:

shin dijo...

Sr. Reverte, por suerte, muchos no olvidamos. Gracias a aportaciones como ésta podemos entender cosas como las de la RAE (definición de "manga"). Hacer mal un trabajo y enorgullecerse de ello diciendo "ya se mejorará" es cuanto menos mediocre, y ganas de hacer mal un trabajo...

Saludos.

Anónimo dijo...

Señor Pérez Reverte, debo discrepar. Me temo que su opinión en relación al manga y otros productos de tierras niponas está, como a usted le gusta decir, sesgada. Admite que ni siquiera conoce Bola de Dragón pero se dedica a criticarla y despotricar contra la serie sin saber siquiera de qué va el argumento, o (presumo) haberla visto siquiera. Y eso solo por poner un ejemplo de todo lo que hay en su texto. Hágase un favor, y háganoslo a las personas que gustamos del manga, y no se dedique a sembrar cizaña y discordia contra un género de cómics divertido y entretenido y del que usted, desde lo alto de su estrado de desconocimiento e ignorancia total, se dedica a criticar a mansalva.

Y debo añadir que concuerdo con todo lo anteriormente escrito por el comentario del usuario anterior. Por favor, alejémonos de los maniqueísmos y las ideas preconcebidas que los necios aceptan como verdades, e investiguemos e informémonos antes de emitir un juicio sobre algo que por lo que parece usted presenta desconocimiento total.

Un saludo, y enhorabuena por sus excelentes libros.

Anónimo dijo...

Para el anónimo de 4 de febrero de 2013.

No te lo tomes a mal, pero ¿eres idiota?. Lo digo porque todo el texto que hace Arturo Pérez-Reverte es una crítica al cuento de Caperucita, no al manga ni al anime de Bola de Dragón.

Me preocupa y mucho, que cuando alguien como "el arriba firmante" se dedica a hacer críticas, lleguen algunos y encima lo entiendan todo al revés. Al final al malo lo ponéis de bueno, y al bueno de malo.

¿Sabéis quién más hace eso?. Mi abuela de 92 años.

Así pues, yo me replantearía un poco el hecho de entender textos como lo entiende alguien con más de 90 años. Es cuando menos, preocupante.

shin dijo...

Último anónimo:

"para los tiernos infantes que Bola de Dragón Z. Creo que se llama así. En todo caso, una de esas atrocidades en dibujos animados que los japoneses se sacan periódicamente de la manga del quimono. "

Creo que llamar atrocidad a Bola de Dragón Z, no es precisamente alabarlo. No, ¿anónimo?

Creo que eres tú el que ha querido disculpar al autor desde la base, sin haber leído con mucho detenimiento. El artículo va dirigido a otro tema realmente, pero comienza con esa base...