domingo, 2 de marzo de 1997

Una de malvados

Me encantan los malos, entre otras cosas porque suelen ser menos aburridos que los buenos. Después de andar tiempo buscándome la vida en lugares poco recomendables hasta que senté cabeza, mi agenda telefónica es, como pueden imaginar a estas alturas, una escogida selección de lo mejor de cada casa. Entre algunas variedades de amigos que tengo disponibles a golpe de teléfono o unas horas de avión se cuentan delincuentes, terroristas, psicópatas, traficantes, gente aficionada al gatillo y la navaja, proxenetas y prendas así. A algunos hasta les doy una mano de pintura y los meto en mis novelas, y si un día de éstos me rompo los cuernos en la carretera y deciden venir todos a emborracharse en mi entierro, y alguien identifica sus caretos patibularios y se presenta allí la madera, los tribunales internacionales de justicia quedaran abastecidos durante meses.

Por supuesto, estoy hablando de malos selectos; malos con ese puntito de encanto canalla que los hace singulares. Nada que ver con los tiñalpas mediocres, con los miserables de andar por casa, con los asesinos cutres del tiro en la nuca o la violación facilona. Ésos son sicarios y verdugos de mierda, mientras que mis amigos son malos comme il faut. Malos de pata negra.

Fernando Savater, que entre otras cosas me cae bien porque no es uno de esos gilipollas que andan por ahí empeñados en que todos escribamos como Faulkner o como Joyce, no es amigo mío, pero como si lo fuera. No porque pertenezca a la categoría de gente poco recomendable, sino porque siente la literatura como un rio caudaloso lleno de vida, y de sangre, y de sueños enraizados en la memoria, y no como un ejercicio de onanismo ante el espejo para que los pichafrías de salón te digan qué guapo quedas, chaval. Cada vez que nos encontramos, Fernando y el arriba firmante compartimos, al paso y entre dos palmadas en la espalda, con la rapidez y contundencia de un pistoletazo, media docena de frases y referencias sobre una patria que tenemos en común: los relatos de aventuras, los clásicos, las novelas de capa y espada, la literatura base de toda la otra literatura, entendida como mar amplio y generoso por el que cualquiera puede navegar con absoluta libertad; el placer de los libros que, como las cerezas, llevan a otros libros ya otras vidas que enriquecen la nuestra. Por eso me gusta ese fulano que, además, siendo un pedazo de pan sonriente y hablador, tiene mirada de malo de novela.

Como para confirmar mis simpatías, otro de mis amigos, que se llama Sergio -y que, desembarcado de la Sophie tras recibir un astillazo en la cara junto a Jack Aubrey durante un combate peñol a peñol, busca ahora una fragata de sesenta y cuatro cañones para enrolarse a bordo-, acaba de regalarme un libro de Fernando Savater. Un librito de apenas cien páginas, con ilustraciones y letra gorda, que se llama Malos y malditos, que está en una colección para jóvenes, aunque seamos precisamente los adultos contaminados por el virus de las viejas lecturas quienes más podamos disfrutarlo. Y el asunto consiste en un breve y delicioso repaso a los malvados literarios; a esa nómina de personajes inmortales, amigos a fuerza de ser viejos enemigos, que nos proporcionan los libros y que pertenecen ya para siempre, indelebles, en nuestra imaginación y en nuestra memoria. A menudo los malos enseñan a conocer la vida lo mismo que los buenos, y resultan tanto o más necesarios que ellos a la hora de comprender el mundo que nos rodea. Desde el cíclope Polifemo a los velocirraptores de Parque Jurásico, pasando por el enemigo de Ivanhoe, Brian de Bois, Gilbert, el Long John Silver de La isla del tesoro, el capitán Nemo, el monstruo del profesor Frankenstein o el enemigo de Sherlock Holmes, profesor Moriarty, Malos y malditos no es sólo un perfecto ejercicio de entrañable literatura para lectores jovencitos y para los que no lo somos tanto, sino también luz esclarecedora sobre el lado oscuro de la condición humana, y sobre todo es un anzuelo, una trampa magnífica para que nos acerquemos, como quien no quiere la cosa, a las novelas originales, a esos grandes clásicos que nos esperan, como puertas de mundos apasionantes y maravillosos, en los estantes de las librerías y las bibliotecas. Libros, mundos, personajes a quienes ninguna gilicomedia televisiva, ningún colorín de Hollywood, ninguna pantalla de ordenador, podrá sustituir jamás. Porque están hechos con la vieja y hermosa materia de los sueños.

2 de marzo de 1997

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