domingo, 14 de marzo de 1999

3000 años no es nada


He tardado un poco en reaccionar, porque todavía estoy patedefuá. Me froto los ojos, me echo agua fría en el careto, y sigo atónito. No sé si recuerdan ustedes que, hace unas semanas, tres tenores del nacionalismo auténtico y periférico, único homologado, pidieron la abolición del Ministerio de Cultura, basándose en la afirmación, literal como la letra misma, de que «España no tiene una cultura». Eso lo dijeron asín, o sea, sin temblarles el pulso ni la voz ni nada. Y luego se hicieron una foto.

Unos se lo han tomado a coña marinera, limitándose a situar la cosa en el contexto de la provocación de cada día, o de la mala fe insolidaria y borde que todo el mundo conoce con nombres y apellidos, y a sonreír diciendo: hay que ser capullos. Otros, los tertulianos radiofónicos y analistas de plantilla, han considerado el asunto con mucha seriedad, analizando si procede o no procede; porque aquí cualquier gilipollez plantea debate nacional. Otros, en fin, más impulsivos, se han ciscado en la puta madre de los imbéciles que andan por ahí sembrando mierda y cizaña. Las opiniones son libres, y cada quien es cada cual.

En cuanto al arriba firmante, pues eso. De pasta de boniato me hallo todavía ante el descubrimiento, algo tardío, de que la nación, o el país, o lo que carajo sea esto —a ver si alguna vez se pronuncia el presidente del Gobierno al respecto— que sostuvo el esplendor de las letras latinas cuando ya decaían en Roma, que hizo renacer la cultura en Sevilla cuando todo en Europa era barbarie, que transmitió a Occidente la ciencia de Oriente, que navegó y exploró el mundo e imprimió su huella en las de tantos otros pueblos, ahora resulta que no, que no tiene una cultura propiamente dicha. Que las cuevas de Altamira, la lengua que se habla en La Habana, la Bicha de Balazote, la imprenta en Méjico, la catedral de Burgos, El entierro del conde de Orgaz, los almogávares hablando catalán y castellano en Bizancio, el Guernica —que lo pintó un maketo malagueño de mierda—, la Biblioteca Nacional, la Escuela de Traductores de Toledo, el acueducto de Segovia, La rendición de Breda, la mezquita de Córdoba, las misiones de California y la Universidad de Salamanca, por ejemplo, resulta que fueron inventos franquistas. Que Séneca, andaluz y preceptor de un emperador romano, o Isidoro de Sevilla, que nació en una ciudad llamada Nueva Cartago y escribió en latín, y Averroes, y Gonzalo de Berceo, y Avicena, y Ramón Lull, y Nebrija, y los 4.000 nombres catalanes, aragoneses, gallegos, vascos, valencianos, navarros, asturianos, cántabros, leoneses, andaluces, extremeños, etc., que figuran en la Biblioteca Hispana y que Nicolás Antonio tardó treinta y cinco años en recopilar y poner juntos hace ya tres siglos, no fueron más que morralla, un revuelto de ajetes sin ton ni son, flatus vocis de una ficción inexplicablemente mantenida durante tres mil años. Que Dalí, Valle-Inclán, Unamuno o Baroja eran unos españolistas, unos vendidos y unos cabrones. Y que los únicos que siempre lo han tenido claro, los únicos con verdadera conciencia nacional y con cultura diferenciada en todo esto, han sido Canigó y las otras obras maestras universales de la literatura catalana, Gaudí, los castros celtas, Castelao, el frontón de Anoeta y el pensamiento intelectual profundo, decisivo para Occidente, de don Sabino Arana. Tócate los cojones.

Algunos creemos, desde luego, que la Cultura no puede estar en manos de ministros analfabetos y/o incompetentes que desde hace décadas y legislaturas se vienen dejando romper el ojete con una sonrisa, no vayan a llamarlos, por Dios, intransigentes y fascistas. Pero una cosa es detestarlos por sus obras o por la ausencia de ellas, y otra desguazar lo que queda en beneficio de cuatro sinvergüenzas; de cuatro golfos apandadores que pretenden ahora vender la moto —y no les quepa duda de que la venderán— de que la combinación de las palabras cultura y nación aplicadas al conjunto de España constituye un concepto reaccionario, perverso, que como tal debe ser fusilado al amanecer. Porque ya no se trata de que a una cuerda de paletos neonazis, Astérix iluminados o tenderos sin escrúpulos les impone un carajo Séneca o el Código de las Siete Partidas. Lo que pretenden ahora es que nadie, ni siquiera el resto de españoles —o de lo que pretendan que seamos— los conozca. Que se nieguen, se desacrediten y se olviden, para extender el mantel y repartirse la merienda sobre su requiescat in pace.

14 de marzo de 1999

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