domingo, 2 de mayo de 1999

Los padres de la patria


Pues eso. Que en un libro recientemente aparecido, Manda Huevos, alguien ha tenido la escalofriante idea de reunir las frases notorias de esa chusma infame que en España responde al nombre colectivo de clase política. El libro, construido a base de anécdotas y personajes, empieza a leerse con un gesto divertido y una sonrisa en los labios, pero luego la sonrisa se transforma en mueca de angustia. Cielo santo, se dice uno. En manos de quiénes estamos.

Hay ingenio, por supuesto. En este país la mala leche no siempre va pareja con la estupidez, y algunas citas de Alfonso Guerra son ya espléndidamente históricas, como aquellas definiciones de Adolfo Suárez —«tahúr del Missisipi con chaleco floreado»— o de Margaret Thatcher —«en vez de desodorante se echa Tres en Uno»—. Sin embargo, no es precisamente el ingenio lo que abunda. Lo que salta a la cara es una desabrida colección de ordinarieces y de ignorancia extrema. Una radiografía estremecedora de los incultos demagogos que mangonean este desgraciado lugar llamado España: mulas de varas, navajeros de taberna, guarros de bellota que no sólo no se avergüenzan de su pobreza intelectual y su manifiesta incapacidad de articular sujeto, verbo y predicado, sino que encima nos regalan finezas ideológicas como la atribuida al ex presidente cántabro Juan Hormaechea: «Me encantan los animales, y si son hembras y con dos patas, mejor». O lo de un tal Armando Querol, a quien no tengo el gusto: «A los socialistas les vamos a cortar las orejas y el rabo para que dejen de joder».

Dirán mi madre, y el obispo de mi diócesis, y mi primo el notario de Pamplona, que a buenas horas me pongo estrecho y finolis en esta página. Así que antes de que mi progenitora me tire de las orejas, y el obispo diga vade retro, y el notario escriba indignadas cartas para que me quiten de El Semanal y me echen a la puta calle, me adelantaré apuntando que yo no pido que me vote nadie, ni vivo del morro, ni de un partido; y voy por la vida de francotirador cabroncete, no de padre de la patria. Así que me reservo el derecho a escribir como me salga de los cojones. Derecho del que, sin embargo, carece toda esa tropa que bebe Vega Sicilia a costa del contribuyente. Toda esa pandilla a menudo analfabeta, que hasta cuando paga la cuenta del restaurante con la Visa oro firma con faltas de ortografía. Impresentables que sólo podrían hacer carrera política en un país como éste; tiñalpas capaces de hacer que cualquier ciudadano normal se ruborice cuando se ponen de pie ante su escaño asegurando representar a alguien, prueban el micro diciendo: «¿me se oye, me se escucha?», y a continuación balbucean torpes discursos sin el menor conocimiento de la sintaxis, sin la menor preparación cultural, con una ignorancia flagrante de la Historia, y la memoria, y la realidad del país en el que trampean y medran. Discursos de los que brilla por su ausencia el más elemental vislumbre de talla política, y que suelen consistir en la sistemática descalificación del contrario, bajo el principio del tú eres aún más golfo que yo. Ni siquiera esos tontos del culo saben insultar como Dios manda, o al menos como insultaban los parlamentarios decimonónicos y del primer tercio de este siglo; que siendo muchos igual de golfos y zoquetes, procuraban aparentar argumentos y estilo para no hacer el ridículo. Pero ahora el personal se lo traga todo, y da igual, y los diarios no titulan con ideas, ni las exigen, pues nadie las tiene, sino con la última gilipollez o la última calumnia. En vez de programas y soluciones, la clase política se pasa las noches rumiando el insulto o la supuesta agudeza que va a soltar al día siguiente. Y así, de ser un simple argumento o refuerzo táctico, el insulto ha pasado a convertirse en argumento central; y único, de todo discurso político. Porque en este país —o como queramos llamar a esta piltrafa de sitio—, los programas de gobierno y los argumentos políticos hace tiempo que fueron sustituidos por reyertas tabernarias y peleas de gañanes, donde se hace difícil sentir simpatía por uno o por otro, pues casi todos se mueven en idéntico nivel de bajeza y de bazofia.

Y no se trata ya de que aprendan Historia, o Retórica, o modales. A buena parte de ellos habría que empezar por enseñarles a leer y a escribir. Y a deletrear. Por ejemplo, la Uve con la e y con la r: Ver. Que es la primera sílaba, damas y caballeros, señorías, de la palabra ver–güen-za.

2 de mayo de 1999

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