lunes, 11 de diciembre de 2000

Un día monárquico lo tiene cualquiera


Hoy tengo el día monárquico. Eso no es normal en sujetos de mi catadura, cuya única devoción a la realeza consiste en un amor platónico por Ana de Austria —la de herretes de diamantes—, que me dura desde los nueve años, tierna edad en la que aullé de júbilo cuando el puritano Felton le dio las suyas y las de un bombero a Buckingham, ese perro inglés, y lo puso mirando para Triana a puñalada limpia. El amor menos platónico se lo sigo reservando a Milady de Winter. Y podríamos resumir la cosa diciendo que Ana de Austria estaba chachi para pasear a la luz de la luna, devolverle herretes y hablar de Bécquer y cosas así, y Milady para lo otro. Quiero decir exactamente para lo otro. Para lo que don Francisco de Quevedo resumió en dos soberbios versos: «Aquella hermosa fiera / en una reja dice que me espera». Etcétera.

Pero me desvío de la cuestión. Lo de hoy, estaba contándoles, se debe a que Fernando Rayón acaba de mandarme su libro sobre la reina de las Españas. Fernando —alias monsignor— es subdirector de este colorín semanal, pero lo que en realidad debería subdirigir, o dirigir, es L'Osservatore Romano; pues ya quisieran muchos de la peña tener su penetración y su finura florentinas, propias de un purpurado del Renacimiento. Además, Fernando es mi amigo y mi compadre; y encima, cuando saco un libro nuevo, me da mucho cuartelillo. Así que lo menos que puedo hacer hoy es contarles a ustedes que su tocho se llama Sofía, biografía de una reina, que lo edita Taller de Editores y que es una cosa decente, sin peloteo, en plan riguroso, con muchas fotos, sobre ese personaje que, según lo que cuenta Fernando, es una profesional y una señora, y corta mucho más bacalao en su cocina del que venden en la pescadería. El libro tiene otras cosas que me han hecho pasar un buen rato; y alguna inquietante, como averiguar que el nefasto conde Lequio —manda huevos— ocupa el lugar número treinta y tantos en la lista de sucesión al trono de España, para el caso de que una epidemia o algo por el estilo diezme a la familia real y su periferia. Reconozcan que esto de la sangre azul es para echarse a temblar. En semejante tragedia nacional, lo de menos sería la epidemia.

Por supuesto que me he ido derecho en el libro a buscar lo de Isabel Sartorius, hermosa mujer de la que lamento profundamente no sea mi Ana de Austria. Fernando y yo hablamos a menudo de esa todavía joven dama, con la que sólo mantuve una conversación en mi vida, hace años y en una mesa del café Gijón, y me pareció alta, guapa, encantadora e inteligente: lo que en otros tiempos se decía una señora estupenda. Fernando sostiene la idea de que habría sido una impecable reina de España, y estoy de acuerdo con él. A fin de cuentas, durante y después de todo aquel rifirrafe a que la sometió la prensa del corazón, Isabel Sartorius se condujo siempre con la discreción y el aplomo de una señora. Y en estos tiempos de chusma, después de que entre el Orejas y la Lady Di —que era más tonta que Forrest Gump saltándose semáforos— le hicieran más daño a las monarquías del que haría Fidel Castro como director del Hola, una reina como esa bellísima moza, que a Fernando y a mí nos pone dos docenas extra de latidos en los pulsos, le habría ido bien a la cosa monárquica nacional, o como se llame ahora. Una hembra como Dios manda, con clase y con hermosas caderas para parir zagales. Que es, a fin de cuentas, lo que se le pide a una futura reina que conozca su curro. O sea, una jaca de bandera que ponga a don Felipe de Borbón a cumplir con su obligación de procrear chicos sanos, altos, rubios y educados. Don Felipe, con quien también conversé sólo una vez en mi vida, me cae bien, sobre todo porque siempre sabe estar como se debe y parece de buena casta. Por eso le deseo como leal súbdito una profesional con maneras, que no eche pasto a la prensa basura y prepare a sus vástagos para cumplir con dignidad, y no le salgan luego tontos del haba como el león de Britania, o niñatos irresponsables como ése de Noruega, o golfas verbeneras como la menor de las dos pájaras de Mónaco, que en vez de desposarse sucesivamente con un playboy con mucho morro, con un tío con pasta aficionado a hacer el bobo en ancha y con un aristócrata tronado, a la manera de su hermana mayor que es la formal, salió aficionada a liarse con guardaespaldas cutres y chulos de discoteca que le dan estiba, y encima le gusta.

Porque la idea monárquica a estas alturas y en España no tiene otra justificación que considerar que, en este país de caines, paletos, fanáticos, analfabetos y navajeros, la única referencia colectiva, el único marco común que permanece razonablemente intacto, es el de la monarquía como símbolo del Estado, por encima y a salvo de toda la mierda en la que tan a gusto parece hallarse el personal. Si no, a ver de qué íbamos a pagarle por la patilla a la familia real el sueldo y el alquiler. Una monarquía es injustificable salvo por su utilidad práctica; y sólo será útil mientras siga haciéndose acreedora de respeto. Por eso es bueno recordar que aquí se trabaja en el alambre y sin red, que debajo acechan muchos bellacos y muchos cocodrilos con la boca abierta, y que cualquier patinazo puede ser mortal para todos. Así que ya es hora, digo yo, de que don Felipe se gane el jornal y se case de una puñetera vez.

10 de diciembre de 2000

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