domingo, 6 de septiembre de 2015

Sobre gazapos, listos y listillos

Alguna vez comenté en esta página la existencia de una clase de lector que a menudo es muy útil, pero que en sus versiones psicopáticas resulta un perfecto tocapelotas. Lo curioso es que suelen ser hombres. En los treinta años que llevo escribiendo novelas, no recuerdo un solo caso en que se tratara de mujeres. Aunque esto no las excluye, naturalmente, y sólo sitúa el asunto en terreno estadístico. Me refiero a quien, después de hacerte el honor de calzarse tu libro, escribe una carta o se pone en contacto contigo para decirte que en tal o cual página hay un error, o una errata. Por lo general eso se agradece mucho, pues el error y la errata son parte consustancial de cualquier fruto de darle a la tecla. Cualquiera que practique este oficio sabe que, por mucho esmero que pongas, raro es el texto donde no quede un descuido, un dato mal consignado, una errata que pasa a todos inadvertida hasta el día aciago en que por primera vez abres el libro recién impreso y ahí está el gazapo, masticando una zanahoria, mirándote a los ojos mientras pregunta «¿Qué hay de nuevo, viejo?». 

Hay sin embargo, como digo, una variedad de censor de erratas que puede ser molesta: el que desde el principio no plantea la cosa como un deseo de ayudarte a mejorar el texto en una siguiente edición, sino que trata de demostrar que es más listo y está mejor informado que tú. A veces eso es cierto, pues aunque pases años currándote un texto y lo apoyes con intenso trabajo y amplia biblioteca, hay mil rendijas por donde pueden colarse una inexactitud o un error. La primera lección la obtuve con mi primera novela, El húsar, cuando un lector me comunicó, en términos muy simpáticos, que era imposible que mi personaje se tumbara bajo un eucalipto, porque los eucaliptos no llegaron a España hasta después de la guerra de la Independencia. Del mismo modo, cuarenta años después, otro lector, vecino de Aranda de Duero, me ha hecho notar que en mi última novela sitúo el río Riaza algo desplazado de su ubicación real. Lo que demuestra dos cosas: que hay lectores atentos y agradables, y que, por mucho que vayas de riguroso y documentado, siempre hay un agujero donde meter la pata. Y siempre hay alguien que sabe más que tú. De todo. Hablas de los treinta eslabones de cadena del tanque Verdeja, o los que sean, y siempre habrá un tío que se los contó uno por uno. El maldito. 

La última novela, por supuesto, no escapa al asunto. De la docena de cartas que recibí con Hombres buenos, todas son agradables, incluso las que se equivocan. Porque de éstas, digámoslo, alguna es un verdadero patinazo. Un par de ellas coinciden en la palabra peseta usada por personajes de una historia ambientada en 1780-1781, y me dicen que la peseta no existió como moneda oficial hasta muy entrado el siglo XIX; pero ignoran -y ahora es a mí a quien le gotea un poquito el colmillo- que el término era de uso anterior, pues ya figuraba en los sainetes de Ramón de la Cruz y en el Diccionario de Autoridades de 1726. En otra carta se me reprocha mencionar leyes de Carlos III publicadas en La Gazeta de Madrid, pues ahí, afirma ese lector, «lamentablemente NO se publicó ninguna». Carta que podría haberse ahorrado si antes hubiera echado un vistazo a la colección de la Gazeta de, por ejemplo, 1784, comprobando que ese año se publicaron allí veintiuna disposiciones reales diversas; y también si hubiese considerado, con generosidad de lector inteligente, que una novela o un artículo de folio y medio no son lugar idóneo para explicar diferencias entre leyes, cédulas y decretos reales del XVIII. 

Otra cosa, claro, es el tocapelotas profesional, sobrado, agresivo, que se frota las manos pensando: «A éste lo he pillado». Y acto seguido se relame contándotelo, no en plan constructivo, sino para dar por saco en plan: «Si hubiera consultado usted con un experto como yo, que no escribo novelas porque no quiero, esto no le habría pasado». Y es curioso -brindo el asunto a los psicólogos-, porque esta clase de fulanos en busca de su minuto de gloria es la que más se equivoca. Quizá sea la soberbia que los ciega, o las prisas por tirarse el pegote, pero el caso es que a veces ni lo comprueban. Y suelen columpiarse de forma clamorosa, como cuando un arrogante profesor de instituto escribió -no a mí, sino a la Real Academia- denunciando el «error lingüístico grave» que yo habría cometido en una novela escribiendo «intimar a la rendición» en vez de «intimidar a la rendición», que según aquel imbécil era lo correcto. O cuando otro me reprochó que escribiera la palabra grafiti, españolizada, en vez de graffiti, y tuve que responderle que era yo quien la había introducido, personalmente, en la última edición del Diccionario. 

6 de septiembre de 2015 

domingo, 30 de agosto de 2015

Una historia de España (L)

Para hacerse idea de lo que fue nuestro siglo XIX y lo poco que los españoles nos aburrimos en él, basta mirar las cronologías. Si en el siglo anterior sufrimos a cinco reyes con una forma de gobierno que, mala o buena, fue una sola, en este otro, sumando reyes, regentes, reinas, novios de la reina, novios del rey, presidentes de república y generales que pasaban por allí, incluidas guerras carlistas y coloniales, tuvimos dieciocho formas de gobierno diferentes, solapadas, mixtas, opuestas combinadas o mediopensionistas. Ese siglo fue la más desvergonzada cacería por el poder que, aun conociendo muchas, conoce nuestra historia. Las famosas desamortizaciones, que en el papel sonaban estupendas, sólo habían servido para que tierras y otros bienes pasaran de manos eclesiásticas a manos particulares, reforzando el poder económico de la oligarquía que cortaba el bacalao. Pero los campesinos vivían en una pobreza mayor, y la industrialización que llegaba a los grandes núcleos urbanos empezaba a crear masas proletarias, obreros mal pagados y hambrientos que rumiaban un justificado rencor. Mientras, en Madrid, no tan infame como su padre Fernando VII -eso era imposible, incluso en España-, pero heredera de la duplicidad y la lujuria de aquel enorme hijo de puta, la reina Isabel II, Isabelita para los amigos y los amantes militares o civiles que desfilaban por la alcoba real, seguía cubriéndonos de gloria. La cosa había empezado mal en el matrimonio con su primo Francisco de Asís de Borbón; que no es ya que fuera homosexual normal, de infantería, sino que era maricón de concurso, con garaje y piscina, hasta el punto de que la noche de bodas llevaba más encajes y puntillas que la propia reina. Eso no habría importado en otra coyuntura, pues cada cual es dueño de llevar las puntillas que le salgan del cimbel; pero en caso de un matrimonio regio, y en aquella España desventurada e incierta, el asunto trajo mucha cola (no sé si captan ustedes el chiste malo). De una parte, porque el rey Paquito tenía su camarilla, sus amigos, sus enchufados y sus conspiraciones, y eso desprestigiaba más a la monarquía. De la otra, porque los matrimonios reales están, sobre todo, para asegurar herederos que justifiquen la continuidad del tinglado, el palacio, el sueldo regio y tal. Y de postre, porque Isabelita -que no era una lánguida Sissí emperatriz, sino todo lo contrario- nos salió muy aficionada a los intercambios carnales, y acabó, o más bien empezó pronto, buscándose la vida con mozos de buena planta; hasta el punto de que de los once hijos que parió -y le vivieron seis- casi nunca tuvo dos seguidos del mismo padre. Que ya es currárselo. Lo que, detalle simpático, valió a nuestra reina esta elegante definición del papa Pio Nono: «Es puta, pero piadosa». Entre esos padres diversos se contaron, así por encima, gente de palacio, varios militares -a la reina la ponían mucho los generales-, y un secretario particular. Por cierto, y como detalle técnico de importancia decisiva más adelante, apuntaremos que el futuro Alfonso XII (el de dónde vas triste de ti y el resto de la copla) era hijo de un guapísimo ingeniero militar llamado Enrique Puig Moltó. En lo político, mientras tanto, los reyes de aquellos tiempos no eran como los de ahora: mojaban en todas las salsas, poniendo y quitando gobiernos. En eso Isabel II se enfangó hasta el real pescuezo, unas veces por necesidades de la coyuntura política y otras por caprichos personales, pues la chica era de aquella manera. Y para complicar el descojono estaban los militares salidos de las guerras carlistas -los héroes de los que Larra aconsejaba desconfiar-, que durante todo el período isabelino se hicieron sitio con pronunciamientos, insubordinaciones y chulería. La primera guerra carlista, por cierto, había acabado de manera insólita en España: fue la única de nuestras contiendas civiles en la que oficialmente no hubo vencedores ni vencidos, pues tras el Abrazo de Vergara los oficiales carlistas se integraron en las fuerzas armadas nacionales conservando sueldos y empleos, en un acto de respeto entre antiguos enemigos y de reconciliación inteligente y ejemplar que, por desgracia, no repetiríamos hasta 1976 (y que en 2015 parecemos obstinados en reventar de nuevo). De todas formas, el virus del ruido de sables ya estaba allí. Los generales protagonistas empezaron a participar activamente en política, y entre ellos destacaron tres, Espartero, O'Donnell y Narváez -todos con nombres de calles de Madrid-, de los que hablaremos en el siguiente capítulo de nuestra siempre apasionante y lamentable historia. 

[Continuará]

30 de agosto de 2015 

domingo, 23 de agosto de 2015

Otra infamia de Iberia

Hace cuarenta y cinco años que viajo en aviones, y he visto de todo, incluso subir o bajar de ellos mientras a los pasajeros, con sus maletas a cuestas, les pegaban tiros. En cuanto a compañías aéreas, el caso más pintoresco me ocurrió en el Congo, cuando al llegar a un aeropuerto perdido en el ojete del mundo, con todo en regla, una azafata con gorrito de leopardo me dijo que el avión se había llenado y se había ido, como si fuera un autobús, y me quedé una semana allí con cincuenta grados a la sombra, mirando cómo los lagartos hacían flexiones. Lo curioso es que ese incidente, que tuvo lugar en el Congo en los años 70 y que en su momento era, incluso para África, un disparate, se da hoy con normalidad en todos los aeropuertos del mundo. Forma parte del trato infame que las compañías aéreas suelen dispensar a unos pasajeros a los que maltratan y desprecian. 

El llamado overbukin, o como se escriba, es el rey del mambo. Minuciosa e impunemente planificado por una panda de hijos de puta desde sus confortables despachos. Si el de usted es un vuelo muy solicitado y no espabila, se quedará en tierra. Si el vuelo espera pasajeros en tránsito, también va listo: la compañía habrá vendido tantas plazas extra como pasajeros vienen de enlace, para evitar asientos vacíos si ese enlace no llega a su hora. Antes del verano, por ejemplo, fui testigo de un episodio infame. Por suerte no afectaba a mi vuelo; pero estuve echando un vistazo, a ver cómo acababa. Y acabó como para pegarle fuego a los mostradores. Cuéntelo, señor Reverte, me dijeron dos chicas jovencitas y desesperadas. Por lo menos, que se sepa. Vénguenos. Y en eso estoy. En vengarlas. 

A ver si lo cuento rápido. Las chicas no van de vacaciones, sino a un congreso profesional en La Habana en el que se han inscrito pagando una pasta. Para asegurarse, no viajan con compañías de bajo coste sino con Iberia. Llegan al aeropuerto a las 9:00, y a las 9:50 se avisa en las pantallas del chequeo en los mostradores 819 a 889. Las chicas se dirigen al 819, pero un empleado las desvía al 850. Allí, una empleada manda a algunos pasajeros a chequear billete en las máquinas y a otros a hacer cola en los mostradores. A las chicas las mandan a un mostrador donde hay una cola que se sale de las guías. Sólo hay tres puntos abiertos, y la cola no avanza. Pasa el tiempo, hay mezcladas personas de varios vuelos, y la gente empieza a ponerse nerviosa. Desde los mostradores, los empleados de Iberia, que están desbordados y hacen lo que pueden, dicen que no se preocupen, que guarden la cola y que etcétera. Pero sigue pasando el tiempo, la cola no avanza, y algunos empiezan a gritar porque temen quedarse en tierra. 

Nuestras dos chicas llegan al mostrador exactamente a las 11:25, y el empleado que lo atiende, con semblante avergonzado, les dice que el vuelo está cerrado. No puede estarlo, dicen ellas, pues hacemos cola desde que el vuelo se anunció en las pantallas. Pues lo está, dice el otro, que está pasando un mal rato. En el ordenador me sale bloqueado, y no puedo hacer nada. Id a Ventas, a ver si os pueden recolocar en algún otro vuelo. Las chicas van a Ventas, donde hay una cola como la de los mostradores, entre otras cosas porque casi toda es la misma gente que estaba allí. Tardan cuarenta y cinco minutos en llegar al mostrador, y la empleada les dice que la compañía no tiene la culpa de que hayan perdido el vuelo. No lo hemos perdido, dicen las chicas, porque llegamos con mucha antelación. Lo que pasa es que no nos han dejado ni facturar. Podíais haber facturado ayer, es la respuesta. Las chicas miran sus billetes del derecho y del revés. Aquí pone que los vuelos se cierran 45 minutos antes de la salida, responden. Si Iberia no es capaz de gestionar un vuelo en el mismo día, debería avisar. Prevenir a los incautos de que esto es una estafa. De todas formas, dice la más práctica de las dos, a ver cómo podemos arreglarlo. Y el arreglo, para viajar a La Habana al día siguiente, consiste en pagar cada una de ellas una penalización de 120 euros y la diferencia con el nuevo billete; pero, como éste es más caro, cada una debe pagar un total de 705 euros: cinco más de lo que costó el billete anterior, de manera que pagan dos veces, y con propina. Y no sólo ellas, claro. Alrededor, una treintena de pasajeros de ése y de otros vuelos se lamentan, desesperados: chicos de 16 años que vienen de Canarias, una señora que no tiene tarjeta de crédito ni dinero para pagarse un hotel, una joven que llama a su madre para ver cómo puede mandarle unos euros... 

Vénguenos, señor Reverte, me dijeron. Usted que puede. Y, bueno. Ignoro si esto las venga, pero al menos lo cuenta. Iberia, como digo. Marca España. 

23 de agosto de 2015 

domingo, 16 de agosto de 2015

Editores sin escrúpulos

Hay quien se va de putas, como otros se van de libros. De librerías. Lo de las putas lo trajino poco, pero de las librerías soy un adicto. Voy por la calle, veo una y me meto dentro antes de que me diga ojos negros tienes. Igual da que sea una librería general que una especializada en ortopedia, aeronáutica, medicina homeopática o asuntos religiosos, como, sin ir más lejos, pueden certificar en las estupendas San Pablo de la calle Sierpes de Sevilla y en la de la plaza Benavente de Madrid, donde hago frecuentes incursiones para cargarme de libros de Patrología y obras de Hans Kung, cuya extraordinaria Historia de la Iglesia Católica, por cierto, recomiendo y regalo mucho. Quiero decir que soy, prácticamente, un psicópata de las librerías, de las que me gusta incluso el olor; hasta el punto de que, cuando estoy en países de cuya lengua no entiendo un carajo, me meto en ellas para tocar los libros, mirar las cubiertas, la encuadernación y lo demás. 

Toda esta introducción, o proemio, viene al hilo para decirles que tengo cierta idea de qué es un libro. No ya por lo que tiene dentro, que en eso Dios reconoce a los suyos, sino por el libro en sí. Por sus características físicas. Ando entre libros desde que tengo memoria, pues tuve la suerte de crecer entre los estantes de un par de buenas bibliotecas familiares, y durante toda mi vida procuré, también, rodearme de libros. En ellos confío precisamente, a medida que me hago mayor, para atrincherarme cuando todo, al fin, acabe de irse al carajo y me encierre, en esa biblioteca que he ido preparando durante toda mi vida, con música de tango, bolero y copla en el aparato, unas cuantas botellas de Juan Gil y una escopeta de postas del calibre doce, mientras las respetables matronas corren desoladas, los imbéciles se preguntan cómo ha podido ocurrir esto, y los bárbaros, como es su vigorosa obligación histórica, saquean la Roma que amo y conozco. 

Dicho todo lo anterior, ya estoy en condiciones de contarles que el otro día iba a comprar una biografía de Virginia Woolf publicada por Taurus. Le eché mano, encantado con el grueso tamaño del volumen -920 páginas-, miré el canto del lomo, como cada vez que cojo un libro, y mi exclamación indignada hizo levantar la cabeza al librero Antonio Méndez. «Estos sinvergüenzas -le dije, estupefacto- han guillotinado el lomo». Antonio se encogió de hombros, como quien ha visto de todo, y yo arrojé, despectivo, el libro al lugar donde estaba. Porque un lomo guillotinado y encolado, señoras y señores, puede tolerarse en una novela de edición barata, en un libro de usar y tirar; pero nunca en un ejemplar que deseas leer, conservar y consultar, pues el pegamento termina estropeándose, y la misma acción de abrir el libro y pasar páginas termina desencolando éstas. El pretexto, ahora, es que las colas son mejores que antes y sujetan mejor; pero eso es mentira, o no tiene nada que ver. Un libro debe ser un libro de verdad, con cuadernillos cosidos, resistente y bien hecho. Lo que pasa es que un libro de lomo cortado y encolado sale más barato para el editor que otro de cuadernillos cosidos y encuadernados como es debido, y permite ahorrar, en gastos de producción, un miserable medio euro que aumentará el beneficio editorial sobre el precio del libro. O más, cuando el libro es gordo. Y como ahora todos buscan ganar lo mismo, pero gastando menos, resulta que, con el pretexto de la crisis, cada vez hay más libros encuadernados con ese sistema miserable. Algunos de Taurus, Cátedra y Seix Barral, por ejemplo, son de juzgado de guardia, y hasta algunos que se editan para la Real Academia caen en eso. Paradójicamente, los libros más gruesos. Los que mejor encuadernados deberían estar. 

Así que voy a pedirles algo, señoras y señores, si aman los libros o aman a quienes los aman: niéguense a comprar libros importantes si están editados de esa forma infame. Si los volúmenes no tienen sus cuadernillos cosidos y encuadernados como debe ser. Niéguense a ser cómplices de editores sin decoro; de tenderos miserables -pues también hay tenderos decentes-, sin cariño por los libros que editan, sin respeto por quienes los leen. Niéguense a cooperar con esas ratas de almacén cuyos infames lomos guillotinados son una desatención hacia el lector, y un insulto para quienes aman los libros como objeto a cuidar y conservar. Unos libros que debemos exigir se editen dignos, hermosos, duraderos en lo razonable. Que puedan acompañarnos el resto de nuestra vida y luego pasen a manos de amigos, hijos o nietos, con las huellas de nuestras lecturas y el rumor lejano de nuestras vidas. 

16 de agosto de 2015 

domingo, 9 de agosto de 2015

Una historia de España (XLIX)

Pues ahí estábamos, dándonos otra vez palos entre nosotros para no faltar a la costumbre, en plena primera guerra carlista. En la que, para rizar nuestro propio rizo histórico de disparates, se daba una curiosa paradoja: el pretendiente don Carlos, que era muy de misa de ocho y pretendía imponer en España un régimen absolutista y centralista, era apoyado sobre todo por navarros, vascos y catalanes, allí donde el celo por los privilegios forales y la autonomía política y económica, diciéndolo en moderno, era más fuerte. O sea, que la mayor parte de las tropas carlistas, con tal de reventar al gobierno liberal de Madrid, luchaba apoyando a un rey que, cuando reinara, si era fiel a sí mismo, les iba a meter los fueros por el ojete. Pero la lógica, la coherencia y otras cosas relacionadas con la palabra pensar, como vimos en los capítulos anteriores de esta bonita y edificante historia, siempre fueron inusuales aquí. Lo importante era ajustar cuentas; que sigue siendo, con guerras civiles o sin ellas, con escopeta o con pase usted primero, nuestro deporte nacional. Y a ello se dedicaron unos y otros, carlistas y liberales, con el entusiasmo que para esas cosas, fútbol aparte, solemos desplegar los españoles. Todo empezó como sublevación y guerrillas -había mucha práctica desde la guerra contra Napoleón-, y luego se formaron ejércitos organizando las partidas dispersas, con los generales carlistas Zumalacárregui en el norte y Cabrera en Aragón y Cataluña. El campo solía ser de ellos; pero las ciudades, donde estaba la burguesía con pasta y la gente más abierta de mollera, permanecieron fieles a la jovencita Isabel II y al liberalismo. Al futuro, dentro de lo que cabe, o lo que parecía iba a serlo. Don Carlos, que necesitaba una ciudad para capital de lo suyo, estaba obsesionado con tomar Bilbao; pero la ciudad resistió y Zumalacárregui murió durante el asedio, convirtiéndose en héroe difunto por excelencia. En cuanto al otro héroe, Cabrera, lo apodaban el tigre del Maestrazgo, con lo que está dicho todo: era una verdadera mala bestia. Y cuando los gubernamentales -porque escabechando gente eran tan malas bestias unos como otros- fusilaron a su madre, él puso en el paredón a las mujeres de varios oficiales enemigos, y luego se fumó un puro. La criatura. Ése era el tono general del asunto, vamos, el estilo de la cosa, represalia sobre represalia, tan español todo que hasta lo hace a uno sonreír de ternura patria (a quien le apetezca ver imágenes de esa guerra, que teclee en Internet y busque los cuadros de Ferrer-Dalmau, que tiene un montón de ellos sobre episodios bélicos carlistas). No podían faltar, por otra parte, las potencias extranjeras mojando pan en la salsa y fumándose nuestro tabaco: al pretendiente don Carlos, como es lógico, lo apoyaron los países más carcas y autoritarios de Europa, que eran Rusia, Prusia y Austria; y al gobierno liberal cristino, que luego fue de Isabel II, lo respaldaron, incluso con tropas, Portugal, Inglaterra y Francia. Como detalle folklórico bonito podemos señalar que cada vez que los carlistas trincaban vivo a un extranjero que luchaba junto a los liberales, o viceversa los del otro bando, lo ponían mirando a Triana. Eso suscitó protestas diplomáticas, sobre todo de los ingleses, siempre tan susceptibles cuando los matan a ellos; aunque ya pueden imaginar por dónde se pasaban aquí las protestas, en un país del que Richard Ford, hablando precisamente de la guerra carlista, había escrito: «Los españoles han sido siempre muy crueles. Marcial los llamaba salvajes. Aníbal, que no era tan benigno, ferocísimos»; añadiendo, para dejar más nítida la cosa: «Cada vez que parece que pudiera ocurrir algo inusual, los españoles matan a sus prisioneros. A eso lo llaman asegurar los prisioneros». Y, bueno. Fue en ese delicioso ambiente como transcurrieron, no una, sino tres guerras carlistas que marcarían, y no para bien, la vida política española del resto de ese siglo y parte del siguiente. La primera acabó después de que el general liberal Espartero venciera en la batalla de Luchana, a lo que siguió el llamado abrazo de Vergara, cuando él y el carlista Maroto se besaron con lengua y pelillos a la mar, compadre, vamos a llevarnos bien y qué hay de lo mío. La segunda, más suave, vino luego, cuando fracasó el intento de casar a Isabelita II con su primo el hijo de don Carlos. Y la tercera, gorda otra vez, estalló más tarde, en 1872, cuando la caída de Isabel II, la revolución y tal. Pero antes ocurrieron cosas que contaremos en el siguiente capítulo. Entre ellas, una fundamental: las guerras carlistas llevaron a los militares que las habían peleado a intervenir mucho en política. Y como escribió Larra, que tenía buen ojo, «Dios nos libre de caer en manos de héroes». 

[Continuará] 

9 de agosto de 2015 

domingo, 2 de agosto de 2015

Las hijas de Mohamed

Mohamed es camarero en un lugar que frecuento hace años. Es marroquí de Casablanca: moro, dice él sin complejo ninguno. Con orgullo, incluso. Moro de la morería, ríe cuando hablamos; como aquellos que hace siglos, comenta y sigue riendo, os tuvimos puteados a los españoles; entre otras cosas porque, después de ochocientos años aquí, también éramos españoles. Ojo con eso. Mohamed lo dice así y ríe todo el rato, porque es un tipo simpático. Un amigo inteligente y laborioso. Trabaja sin descanso desde la mañana hasta la tarde, pero nunca ha tenido un mal gesto ni una mala palabra. Para nadie. Es un profesional de confianza, altamente cualificado, al que todos aprecian y respetan. Cuando estamos tranquilos se niega a cobrarme la copa de vino, así que suelo pedírsela a uno de sus compañeros para que me dejen pagarlo. Pero Mohamed, siempre atento, le echa la bronca al colega. Aquí manda el moro, dice. Y vuelve a reír, disfrutando la cosa. 

Siempre nos saludamos con Salam Aleikum y algunas frases que aún recuerdo de su lengua. Mohamed es de esos tipos a los que, si yo fuera millonetis, me llevaría a casa para que se ocupara de todo. Lo contrataría, pagándole un pastón. Cuando estoy con él, a menudo pasa a este lado de la barra y charlamos un rato. Me habla mucho de su familia, de su vida en España. Ya soy español de pleno derecho, me dijo hace tiempo. Con todo en regla. Lo contó orgulloso, feliz, dándome una palmada en la espalda, seguro de que yo me alegraba de escuchar aquello. Y así era, pues, como la mayor parte de los marroquíes que conozco, y son muchos, Mohamed es un hombre valiente, digno y tenaz. Cruzó el Estrecho a los quince años, con menos papeles que un conejo de monte, resuelto a buscarse una vida mejor. Y trabajó muy duro para eso. Para tener un curro decente, un salario decoroso, una casa adecuada. Para ser respetable y respetado. 

En vísperas del último Ramadán, Mohamed me contó que se iba de vacaciones a Casablanca con su mujer y sus hijas, a ver a la familia. A pasar allí las fiestas. Le tomé el pelo un rato, preguntándole si iría al estilo tradicional, con el coche cargado de equipaje cubierto con plástico azul y las crías pidiéndole parar en cada área de descanso para hacer pipí. No, hombre, respondió. Voy en avión, como debe ser. No seas cabrón, Reverte. Y luego me puso otro vino. Hablamos de esos días en su tierra, del ayuno y la comida de noche, de la deliciosa y nutritiva herira, del ambiente estupendo que hay en las calles; un ambiente que conozco bien, pues lo viví muchas veces cuando era reportero dicharachero de Barrio Sésamo, y tengo muchos ramadanes felices en la memoria. Mohamed se enternecía hablando de eso, de su ciudad, de su barrio, de su familia. En España habéis perdido esa idea de la familia, dijo con orgullo: todos los abuelos, tíos y primos juntos, conociéndose, visitándose, ayudándose. Celebrando lo bueno y doliéndose de lo malo. Os envidio, dije un par de veces, escuchándolo. Y él sonreía, bonachón. Como dándome el pésame. Está bien que lleves a tus hijas, añadí, para que no pierdan el recuerdo de la familia. Dentro de veinte o treinta años, tal vez ni siquiera en Marruecos las cosas sean así. Todo se pierde al fin, amigo mío. Todo cambia. 

En ese momento me interesé por sus hijas. ¿Llevan hiyab?, quise saber. Son muy pequeñas, respondió. Pregunté si lo llevarían cuando crecieran, y Mohamed se puso serio un instante, me miró y encogió los hombros con una mezcla de fatalismo y orgullo. No dijo nada, pero lo conozco bien y supe qué decía aquella mirada. La sonrisa que retornaba despacio a su boca. De vosotros depende, era la respuesta. De que vosotros, europeos, hagáis necesario, o no, ese pañuelo en la cabeza de mis hijas. De que nos protejáis con firmeza frente a los que lo exigen en nombre de Dios; pero también, por otra parte, tengáis la inteligencia precisa para que mis hijas, en este Occidente que a menudo no sabe lo que quiere, no se vean obligadas a recurrir a ese pañuelo como símbolo de dignidad, de independencia y de orgullo. Dadles motivos para no llevarlo. Convencedlas, con inteligencia y respeto, de que su identidad debe integrarse en la de todos, sin renunciar por eso a lo que son, a lo que soy, a lo que somos. Persuadidlas de que un compañero de colegio, un vecino, un novio no musulmán, también pueden ser una familia. Un futuro. 

Eso dijeron el silencio, primero, y luego la sonrisa suave de Mohamed. Después me puso delante otra copa de vino; y, como él no bebe alcohol, porque es buen creyente, me apoyó a modo de brindis una mano en el hombro. 

2 de agosto de 2015 

domingo, 26 de julio de 2015

Una historia de España (XLVIII)

Las guerras carlistas fueron tres, a lo largo del siglo XIX, y dejaron a España a punto de caramelo para una especie de cuarta guerra carlista, llevada luego más al extremo y a lo bestia, que sería la de 1936 (y también para el sucio intento de una quinta, el terrorismo de ETA del siglo XX, en el que para cierta estúpida clase de vascos y vascas, clero incluido, Santi Potros, Pakito, Josu Ternera y demás chusma asesina serían generales carlistas reencarnados). De todo eso iremos hablando cuando toque, porque de momento estamos en 1833, empezando la cosa, cuando en torno al pretendiente don Carlos se agruparon los partidarios del trono y el altar, los contrarios a la separación Iglesia-Estado, los que estaban hasta el cimbel de que los crujieran a impuestos y los que, sobre todo en el País Vasco, Navarra, Aragón y Cataluña, querían recobrar los privilegios forales suprimidos por Felipe V: el norte de España más o menos hasta Valencia, aunque las ciudades siguieron siendo liberales. El movimiento insurreccional arraigó sobre todo en el medio rural, entre pequeños propietarios arruinados y campesinos analfabetos, fáciles de llevar al huerto con el concurso del clero local, los curas de pueblo que cada domingo subían al púlpito para poner a parir a los progres de Madrid: «Hablad en vasco -decían, y no recuerdo ahora si el testimonio es de Baroja o de Unamuno-, que el castellano es la lengua de los liberales y del demonio». Con lo que pueden imaginarse la peña y el panorama. La finura ideológica. En el otro bando, cerca de la regente Cristina y de su niña Isabelita, que tantas horas de gloria privada y pública iba a darnos pronto, se situaban, en general, los políticos progresistas y liberales, los altos mandos militares, la burguesía urbana y los partidarios de la industrialización, el progreso social y la modernidad. O sea, el comercio, los sables y el dinero. Y también -nunca hay que poner todos los huevos en el mismo cesto- algunas altas jerarquías de la Iglesia católica situadas cerca de los núcleos de poder del Estado; que aunque de corazón estaban más con los de Dios, Patria y Rey, tampoco veían con buenos ojos a aquellos humildes párrocos broncos y sin afeitar: esos curas trabucaires que, sin el menor complejo, se echaban al monte con boina roja, animaban a fusilar liberales y se pasaban por el prepucio las mansas exhortaciones pastorales de sus obispos -lo que igual a ustedes les suena a reciente-. El caso es que la sublevación carlista, léase (simplificando la cosa, claro, esto no es más que un artículo de folio y medio) campo contra ciudad, fueros contra centralismo, tradición frente a modernidad, meapilas contra liberales y otros etcéteras, acabaría siendo un desparrame sanguinario a nuestro clásico estilo, donde las dos Españas, unidas en la vieja España de toda la vida, la de la violencia, la delación, el odio y la represalia infame, estallaron y ajustaron cuentas sin distinción de bandos en lo que a vileza e hijoputez se refiere, fusilándose incluso a madres, esposas e hijos de los militares enemigos; mientras que por arriba, como ocurre siempre, alrededor de don Carlos, de la regente y la futura Isabel II, unos y otros, generales y políticos con boina o sin ella, disfrazaban el mismo objetivo: hacerse con el poder y establecer un despotismo hipócrita que sometiera a los españoles a los mismos caciques de toda la vida. A los trincones y mangantes enquistados en nuestro tuétano desde que el cabo de la Nao era soldado raso. Lo expresaba muy bien Galdós en uno de sus Episodios Nacionales: «La pobre y asendereada España continuaría su desabrida historia dedicándose a cambiar de pescuezo, en los diferentes perros, los mismos dorados collares». En fin. Como lo de los carlistas fue muy importante en nuestra historia, el desarrollo de la cosa militar, Zumalacárregui, Cabrera, Espartero y compañía, lo dejaremos para otro capítulo. De momento recurramos a un escritor que también trató el asunto, Pío Baroja, que era vasco y cuya simpatía por los carlistas puede resumirse en dos citas: «El carlista es un animal de cresta colorada que habita el monte y que de vez en cuando baja al llano al grito de ¡rediós!, atacando al hombre». Y la otra: «El carlismo se cura leyendo, y el nacionalismo, viajando». Un tercer aserto vale para ambos bandos: «Europa acaba en los Pirineos». Con tales antecedentes, se comprende que en el 36 Baroja tuviera que refugiarse en Francia, huyendo de los carlistas que querían agradecerle las citas; aunque, de haber estado en zona republicana, el tiro se lo habrían pegado los otros. Detalle también muy español: como criticaba por igual a unos y a otros, era intensamente odiado por unos y por otros. 

[Continuará] 

26 de julio de 2015 

domingo, 19 de julio de 2015

Rehenes de esa gentuza

Acabo de recibir el enésimo aviso policial, vía Internet, de virus maliciosos, espionaje y otras cabronadas. Y de nuevo me veo obligado a perder hora y media de mi cada vez más corta vida en revisar mensajes, marcar correo basura y dejar el antivirus funcionando un rato largo, justo en el poco tiempo que algunos días dedico a darle un vistazo al correo electrónico. En ésas estoy cuando me quedo pensando y concluyo: hay que ver. Yo, que me asomo a Internet con la puntita nada más, que no hago operaciones ni envío mensajes importantes por este medio, y estoy aquí perdiendo el tiempo como un idiota; así que imagino el trastorno que supondrá para quienes pasan el día, por necesidad o por afición, pendientes del artilugio este. Los que se juegan aquí el curro, la pasta o la confidencialidad. El trastorno que tendrán y lo mal que lo pasarán de vez en cuando. 

De tanto pensarlo, acabo deprimiéndome yo también. Está claro que todo esto va a más, y que por mucho que te resistas acabas en la trampa. En mi caso, el correo electrónico lo miro sólo una vez por semana, viajo sin Internet y tengo un teléfono móvil que sólo sirve para hablar. En cuanto a la dirección electrónica, no la doy casi nunca, aunque ahora todo el mundo la pide con impertinente naturalidad. Lo que pasa es que, pese a todas las precauciones, cada vez me veo más forzado a dar esa información. No por gusto, claro, sino porque me obligan. Cuando me relaciono con alguien por motivos de trabajo o como cliente, no hay problema: si exigen datos confidenciales mediante correos electrónicos, busco otro interlocutor. El problema es cuando actúa la Administración. Cuando agencias, ayuntamientos o ministerios exigen que envíes y expongas vía Internet tus datos confidenciales, profesionales, bancarios o fiscales. Cuando te obligan a desnudarte en público sin la menor garantía de protección. Lavándose las manos tras esa impunidad administrativa que tanta vileza facilita, si alguien utiliza todo eso y te arruina la vida. 

No hay forma de escapar. Da igual que se trate de gente mayor o sin conocimientos de informática, indefensa ante este disparate. O fulanos que, como yo, se resisten hasta que al fin los acorralan y obligan, con el pretexto de leyes y disposiciones que nunca sabes qué hijo de la gran puta aprobó, ni cuándo. Y así, forzándote a pasear tu intimidad por Internet, te ponen una pistola en la nuca; pero cuando alguien aprieta el gatillo, nadie es responsable. Hasta las notificaciones oficiales más delicadas o importantes llegan ya por correo electrónico, con su exigencia de respuesta, y sólo falta a esa gentuza -aunque igual lo hizo ya- sacar una ley que establezca: «Todos y todas los españoles y españolas tendrán obligatoriamente un correo electrónico para relacionarse con la Administración»; del mismo modo que, en otro orden de cosas, nadie viajará en avión dentro de poco sin llevar la tarjeta de embarque en el Internet del móvil, como si éstos no se perdieran, o no se acabara la batería, o no te saliera de la punta del ciruelo tener uno. Pero eso sí: cuando el pirata informático saquea tu cuenta, usa tus datos o suplanta la firma electrónica, o llega el virus y manda todos tus documentos al carajo, nadie es responsable de nada. Y te crujen vivo por no recibir esto, no enviar aquello o no conservar en el ordenador tal o cual documento. 

Esto, señoras y señores, es una puñetera mierda electrónica. Déjenme al menos el desahogo de decirlo. Una infame falta de respeto al ciudadano. Y va a más. Con el consuelo, eso sí, de que la culpa es nuestra, aunque esta vez no de todos. Mía, desde luego, no es. Y disculpen la chulería. La culpa es de quienes llevan mucho tiempo aceptando sumisos, incluso entusiasmados, cada vuelta de tuerca de ese sistema suicida porque resulta más cómodo; olvidando, o ignorando, que lo más cómodo -acuérdense del Titanic- suele ser también lo más vulnerable. Y claro. La pasividad de las víctimas, el silencio de los borregos, envalentona a esa gentuza sin rostro, vomitadora de disposiciones intolerables que maltratan derechos y libertades, y animan, además, a los sinvergüenzas a aprovecharse de ellas y de nosotros, mientras, como de costumbre, la cuenta la pagamos los inocentes. Los que no queremos tragar esas maneras. Quienes intentamos vivir a nuestro aire, sin estar pendientes de un ordenador o un aparato de bolsillo que nos hagan cada vez más esclavos con el pretexto de hacernos más libres. Y que, además, nos desnuda en público para que los golfos nos revienten y para que el Estado, fiel a sus puercas tradiciones, siga dándonos por saco, impunemente y con el mínimo esfuerzo. 

19 de julio de 2015 

domingo, 12 de julio de 2015

Una historia de España (XLVII)

Para vergüenza de los españoles de su tiempo y del de ahora -porque no sólo se hereda el dinero, sino también la ignominia-, Fernando VII murió en la cama, tan campante. Por delante nos dejaba dos tercios de siglo XIX que iban a ser de indiscutible progreso industrial, económico y político (tendencia natural en todos los países más o menos avanzados de la Europa de entonces), pero desastrosos en los hechos y la estabilidad de España, con guerras internas y desastre colonial como postre. Un siglo, aquél, cuyas consecuencias se prolongarían hasta muy avanzado el XX, y del que la guerra civil del 36 y la dictadura franquista fueron lamentables consecuencias. Todo empezó con el gobierno de la viuda de Fernando, María Cristina; que, siendo la heredera Isabelita menor de edad -tenía tres años la criatura-, se hizo cargo del asunto. Con eso empezó la bronca, porque el hermano del rey difunto, don Carlos (que sale de jovencito en el retrato de familia de Goya), reclamaba el trono para él. Esa tensión dinástica acabó aglutinando en torno a la reina regente y al pretendiente despechado las ambiciones de unos y las esperanzas de buen gobierno o de cambio político y social de otros. La cosa terminó siendo, como todo en España, asunto habitual de bandos y odios africanos, de nosotros y ellos, de conmigo o contra mí. Se formaron así los bandos carlista y cristino, luego isabelino. Dicho a lo clásico, conservadores y liberales; aunque esas palabras, pronunciadas a la española, estuvieran llenas de matices. El bando liberal, sostenido por la burguesía moderna y por quienes sabían que en la apertura se jugaban el futuro, estaba lejos de verse unido: eso habría sido romper añejas y entrañables tradiciones hispanas. Había progres de andar por casa, de objetivos suaves, más bien de boquilla, próximos al trono de María Cristina y su niña, que acabaron llamándose moderados; y también los había más serios, incluso revolucionarios tranquilos o radicales, dispuestos a dejar a España que en pocos años no la conociera ni la madre que la parió. Éstos últimos eran llamados progresistas. En el bando opuesto, como es natural, militaba la carcundia con solera: la España de trono y altar de toda la vida. Ahí, en torno a los carlistas, cuyo lema Dios, Patria, Rey -con Dios, ojo al dato, siempre por delante- acabaría resumiéndolo todo, se alinearon los elementos más reaccionarios. Por supuesto, a este bando carca se apuntaron la Iglesia (o buena parte de ella, para la que todo liberalismo y constitucionalismo seguía oliendo a azufre) y quienes, sobre todo en Navarra, País Vasco, Cataluña y Aragón, igual les suena a ustedes la cosa, pretendían mantener a toda costa sus fueros, privilegios locales de origen medieval, y llevaban dos siglos oponiéndose como gatos panza arriba a toda modernización unitaria del Estado, pese a que eso era lo que entonces se estilaba en Europa. Esto acabó alumbrando las guerras carlistas -de las que hablaremos otro día- y una sucesión de golpes de mano, algaradas y revoluciones que tuvieron a España en ascuas durante la minoría de edad de la futura Isabel II, y luego durante su reinado, que también fue pare echarle de comer aparte. Una de las razones de este desorden fue que su madre, María Cristina, enfrentada a la amenaza carlista, tuvo que apoyarse en los políticos liberales. Y lo hizo al principio en los más moderados, con lo que los radicales, que mojaban poco, montaron el cirio pascual. Hubo regateos políticos y gravísimos disturbios sociales con quema de iglesias y degüello de sacerdotes, y se acabó pariendo en 1837 una nueva Constitución que, respecto a la Pepa del año 12, venía sin cafeína y no satisfizo a nadie. De todas formas, uno de los puntazos que se marcó el bando progresista fue la Desamortización de Mendizábal: un jefe de gobierno que, echándole pelotas, hizo que el Estado se incautara de las propiedades eclesiásticas que no generaban riqueza para nadie -la Iglesia poseía una tercera parte de las tierras de España-, las sacara a subasta pública, y la burguesía trabajadora y emprendedora, que decimos ahora, pudiera adquirirlas para ponerlas en valor y crear riqueza pública. Al menos, en teoría. Esto, claro, sentó a los obispos como una patada bajo la sotana y reforzó la fobia antiliberal de los más reaccionarios. Ése, más o menos, era el paisaje mientras los españoles nos metíamos de nuevo, con el habitual entusiasmo, en otra infame, larga y múltiple guerra civil de la que, tacita a tacita, fueron emergiendo las figuras que habrían de tener mayor peso político en España en el siglo y medio siguiente: los espadones. O sea, el ejército y sus generales. 

[Continuará]. 

12 de julio de 2015

domingo, 5 de julio de 2015

Intelectuales: ni están ni se les espera

Está siendo, en España, un año de intenso debate político. O más bien de intenso bombardeo mediático dedicado a la política. La palabra debate, como algunos la entienden, o la entendemos, es otra cosa: un intercambio de ideas y programas distintos, opuestos a veces, en un escenario común de inteligencia y respeto; en un territorio donde el testigo, el público que cuando llegue la hora de las urnas tomará decisiones de las que dependen su bienestar, su trabajo y su futuro, obtiene material suficiente, argumentos serios que mejoren su percepción del mundo como ciudadano y lo hagan, como votante eventual, más responsable y más crítico. Más culto, políticamente hablando. Más sabio. 

Sin embargo, esa clase de debate, ese confrontar ideas y programas de una manera útil, esa opinión cualificada, estimulante, generadora de resultados positivos, no suele darse en nuestro país. No, al menos, en los medios de mayor impacto popular, que son la radio y la televisión. A algunos amigos míos extranjeros los sorprende mucho que, salvo pocas excepciones, en clara oposición al enorme número de tertulias radiofónicas y televisadas que aquí nos abruman, el nivel intelectual de nuestros debates, su argumentación práctica, sus conclusiones, sean siempre de un nivel extremadamente mediocre, limitado a un monótono tira y afloja entre periodistas y políticos, casi todos ellos, unos y otros, encuadrados ya desde el comienzo según sus medios e ideología. De lo que suelen resultar debates casi siempre reiterativos, maniqueos y previsibles. 

En todas partes cuecen habas, claro. Pero otros países de nuestro entorno abren también puertas a otras cosas. En Francia, en Gran Bretaña, en Alemania, incluso en Italia, con su no siempre justa fama de frivolidad mediática, es frecuente encontrar en radio y televisión a personajes de talla intelectual, catedráticos, científicos, historiadores, expertos en asuntos sociales y políticos, opinando en profundidad, interviniendo en debates o completando informaciones que, gracias a ellos, alcanzan notable altura. En España, en cambio, esa importante tarea social recae siempre sobre los mismos: políticos previsibles hasta el hartazgo -y por lo general de una incultura, un discurso plano y unas maneras desoladoras-, que manejan casi como único argumento lo malos y perversos que son sus adversarios, y periodistas que salvo nobilísimas y escasas excepciones suelen encuadrarse en dos grupos: los sectarios que confunden periodismo con militancia, sea cual sea ésa, y los todoterreno capaces de opinar de todo y de todos, que igual se acuestan siendo expertos en economía griega que se levantan listos para ejercer, sin complejos, de críticos de arte moderno, especialistas en misiles o analistas del Kremlin. 

En cuanto a los intelectuales, por llamarlos de algún modo, a los verdaderos expertos que han dedicado su vida a las materias que se debaten, política incluida, rara vez les vemos el pelo. Mientras en Italia para hablar de democracia dudosa se recurre, por ejemplo, a Luciano Canfora, o en Francia para hablar del bicentenario de Waterloo se pregunta a Alessandro Barbero o a Dominique de Villepin, aquí los especialistas, dicho sea entre comillas, sólo sirven para un fugaz corte de quince segundos en el telediario, donde nada dicen porque, entre otras cosas, poco se les pregunta o lo que dicen importa, en realidad, un carajo. Se meten allí para justificar, para vestir la cosa, igual que muchos de esos absurdos directos que nada aportan ni para nada valen. Aquí las voces lúcidas se silencian o se desprecian, relegadas por un grosero rifirrafe de consignas políticas, descalificaciones e insultos. Las figuras respetables del intelectual de derechas o de izquierdas, ambas necesarias, sus argumentaciones de peso, su conocimiento sereno de la materia que tratan, son ahogadas por el fragor mediático que pone etiquetas a todo, que exige simplificar hasta lo absurdo asuntos complejos que requieren mucha discusión y cordura. Aquí todo se reduce a fachas y progres. Aunque tampoco, es cierto, el público receptor anima a ello. Descorazona asomarse a las redes sociales y comprobar hasta qué punto la incultura, la limitación de ideas, la falta de comprensión lectora -que es uno de los grandes males de nuestro tiempo-, la fácil distinción entre ellos y nosotros, tan tristemente nuestra, ahoga las voces sensatas y necesarias. Y uno acaba preguntándose, desesperanzado, si en realidad periodistas y políticos no se limitan a encarnar, ante las cámaras y los micrófonos, los papeles que una España inculta, estúpida, elemental y nunca dispuesta a aprender de sí misma, exige de ellos. 

5 de julio de 2015 

domingo, 28 de junio de 2015

Una historia de España (XLVI)

Y en ésas estábamos, con el infame Fernando VII y la madre que lo parió, cuando perdimos casi toda América. Entre nuestra guerra de la Independencia y 1836, España se quedó sin la mayor parte de su imperio colonial americano, a excepción de Cuba y Puerto Rico. La cosa había empezado mucho antes, con las torpezas coloniales y la falta de visión ante el mundo moderno que se avecinaba; y aunque en las Cortes de Cádiz y la Pepa de 1812 participaron diputados americanos, el divorcio era inevitable. La ocasión para los patriotas de allí (léase oligarquía criolla partidaria, con razón, de buscarse ella la vida y que los impuestos a España los pagara Rita la Cantaora) vino con el desmadre que supuso la guerra en la Península, que animó a muchos americanos a organizarse por su cuenta, y también por la torpeza criminal con que el rey Narizotas, a su regreso de Francia, reprimió toda clase de libertades, incluidas las que allí habían empezado a tomarse. Antes de eso hubo un bonito episodio, que fueron las invasiones británicas del Río de la Plata. Los ingleses, siempre dispuestos a trincar cacho y establecerse en la América hispana, atacaron dos veces Buenos Aires, en 1806 y 1807; pero allí, entre españoles de España y argentinos locales, les dieron de hostias hasta en el cielo de la boca: una de esas somantas gloriosas -como la que se llevó Nelson en Tenerife poco antes- que los británicos, siempre hipócritas cuando les sale el cochino mal capado, procuran escamotear de los libros de Historia. Sin embargo, esa golondrina solidaria no hizo verano. En los años siguientes, aprovechando el caos español, ingleses y norteamericanos removieron la América hispana, mandando soldados mercenarios, alentando insurrecciones y sacando tajada comercial. El desastre que era España en ese momento -desde Trafalgar, ni barcos suficientes teníamos- lo puso a huevo. Aun así, la resistencia realista frente a los que luchaban por la independencia fue dura, tenaz y cruel. Y con caracteres de guerra civil, además; ya que, tres siglos y pico después de Colón, buena parte de los de uno y otro bando habían nacido en América (en Ayacucho, por ejemplo, no llegaban a 900 los soldados realistas nacidos en España). El caso es que a partir de la sublevación de Riego de 1820 en Cádiz ya no se mandaron más ejércitos españoles al otro lado del Atlántico -los soldados se negaban a embarcar-, y los virreyes de allí tuvieron que apañarse con lo que tenían. Aun así, hasta las batallas de Ayacucho (Perú, 1824) y Tampico (México, 1829) y la renuncia española de 1836 (a los tres años de palmar, por fin, Fernando VIII), la guerra prosiguió con extrema bestialidad a base de batallas, ejecuciones de prisioneros y represalias de ambos bandos. No fue, desde luego, una guerra simpática. Ni fácil. Hubo altibajos, derrotas y victorias para unos y otros. Hasta los realistas, muy a la española, llegaron alguna vez a matarse entre ellos. Hubo inmenso valor y hubo cobardías y traiciones. Las juntas que al principio se habían creado para llenar el vacío de poder en España durante la guerra contra Napoleón se fueron convirtiendo en gobiernos nacionales, pues de aquel largo combate, aquel ansia de libertad y aquella sangre empezaron a surgir las nuevas naciones hispanoamericanas. Fulanos ilustres como el general San Martín, que había luchado contra los franceses en España, o el gran Simón Bolívar, realizaron proezas bélicas y asestaron golpes mortales al aparato militar español. El primero cruzó los Andes y fue decisivo para las independencias de Argentina, Chile y Perú, y luego cedió sus tropas a Bolívar, que acabó la tarea del Perú, liberó Venezuela y Nueva Granada, fundó las repúblicas de Bolivia y Colombia, y con el zambombazo de Ayacucho, que ganó su mariscal Sucre, le dio la puntilla a los realistas. Bolívar también intentó crear una federación hispanoamericana como Dios manda, en plan Estados Unidos; pero eso era complicado en una tierra como aquélla, donde la insolidaridad, la envidia y la mala leche naturales de la madre patria habían hecho larga escuela. Como dicen los clásicos, cada perro prefería lamerse su propio cipote. No hubo unidad, por tanto; pero sí nuevos países en los que, como suele ocurrir, el pueblo llano, los indios y la gente desfavorecida se limitaron a cambiar unos amos por otros; con el resultado de que, en realidad, siguieron puteados por los de siempre. Y salvo raras excepciones, así continúan: como un hermoso sueño de libertad y justicia nunca culminado. Con el detalle de que ya no pueden echar la culpa a los españoles, porque llevan doscientos años gobernándose ellos solos. 

[Continuará]. 

28 de junio de 2015 

domingo, 21 de junio de 2015

Boko Haram está temblando

No les llega la camisa al cuerpo, o sea. Tienen la boca tan seca que ni salivilla les queda para mojarse el dedo cuando pasan las páginas del Corán. Acojonados andan allí abajo, en el norte de Nigeria, sin pegar ojo, porque acaban de enterarse de la última: un juez de la Audiencia Nacional de España ha admitido a trámite una querella de la fiscalía contra Abubaker Shekau, jefe de Boko Haram: ese grupo terrorista que sale de vez en cuando en los telediarios porque secuestra niñas y mata y viola a troche y moche, y campa por sus respetos; y como las fuerzas armadas de allí no pueden con él, o con ellos, el Boko Haram ese, y el tal Abubaker, y su puta madre, se pasan por la bisectriz tanto la legalidad de Nigeria, por llamarlo de alguna manera, como la legalidad internacional, que también tiene maneras propias. Y como resulta que en España, como todo el mundo sabe, la Justicia está desahogada de curro, y los procesos judiciales van rápido, y los fiscales y los jueces no saben en qué entretenerse para matar el tiempo libre, y el tango que más se canta en los juzgados es el que dice que veinte años no es nada, pues se han dicho, oye, colega, ahora que tenemos unos días tranquilos en plan relax cup of café con leche vamos a montarle una querella a Boko Haram, o sea, un pifostio jurídico-taurino- musical que el nigeriano del turbante se va a ir de vareta por la pata abajo, como te lo cuento. Que se van a enterar esos indeseables terroristas de lo que vale un peine. Verán esos yihadistas afroamericanos de color subsahariano lo largo que tenemos, aquí, nuestro ya de por sí largo, robusto brazo de la ley. 

La audaz idea, que me parece admirable en cuanto a su dimensión ética y sobre todo a sus efectos prácticos, proviene de un juez, vilmente inhabilitado de momento -maldita España ingrata, la nuestra-, cuyo nombre ustedes no adivinarían nunca: Baltasar Garzón. Que ya se le echaba de menos en los periódicos. O por lo menos yo lo echaba. El problema era que la percha legal para colgar el asunto, o sea, para que España se declarase competente, requería que Boko Haram hubiera causado alguna víctima española. Pero, gracias al Cielo que todo lo provee, apareció una víctima: no una violada o asesinada o mutilada, que de eso no tenemos ahora en Nigeria, pero sí una religiosa, monja española, que al llegar los malos -estupefacta, sin duda, de que tales cosas ocurran en África- fue «víctima de una situación de acoso y coacción», pues tuvo que escapar y esconderse. Nada menos. Con eso, según la denuncia interpuesta por Garzón, ya tenemos víctima española que llevar al folio, y nuestra implacable maquinaria judicial puede seguir su curso. De manera que, apreciando el asunto, un juez de la Audiencia, no me acuerdo ahora del nombre, ha admitido a trámite la querella por delitos de terrorismo y lesa humanidad. Y a por ellos vamos, oigan. Los del turbante pueden darse por fritos. 

Y ahora, como españoles sedientos de justicia internacional que somos, deléitense ustedes imaginando la escena. Ese norte de Nigeria. Esa cabaña en un paisaje polvoriento y seco, rodeado de fosas comunes a medio llenar, donde ni el ejército nigeriano -uno de los más potentes y cabrones de África- se atreve a arrimarse. Ese Abubaker o como se llame, el jefe de Boko Haram, o sea, esa mala bestia que está allí a su aire, violando niñas de colegio de doce años o haciendo filetes, a golpes de machete, a algún paisano que se equivocó cuando le mandaron recitar una sura coránica, o que se llama Crescencio porque fue bautizado por un misionero y resulta que es cristiano. Y está el amigo Abubaker allí, como digo, todavía con la bragueta abierta y haciendo chas, chas, chas con el machete mientras un colega lo graba en video para colgarlo en Youtube dentro de un rato. Porque allí arrasa. En esas anda mi primo, como digo, cuando de pronto aparece un Landrover a toda leche, envuelto en una nube de polvo, se baja un prójimo con escopeta y le dice, oye, Abubaker, tío, que la hemos pringao. Un juez del Real Madrid te ha puesto una querella que te rilas, por terrorista. Y entonces el Abubaker se limpia la sangre de la cara -los machetes salpican mucho- y responde: «No me jodas, Mohamed, con lo a gusto que yo había empezado el día». Y el otro insiste. «Como te lo cuento, jefe. Lo he leído en Twitter». Y cuando el jefe terrorista pregunta de qué se le acusa, el colega informa: «Por lo visto asustamos a una monja, y eso en España debe de ser la hostia». Y entonces Abubaker, abatido, deja caer el machete, se sienta en una piedra, apoya la cabeza en las manos y dice: «Dios mío. No voy a tener más remedio que entregarme». 

21 de junio de 2015 

domingo, 14 de junio de 2015

Abuelos, batallas y sables

De vez en cuando saco brillo a los sables. Cojo limpiametales y una lata de cera y me siento con uno de ellos a pulir la hoja y la vaina. Cada uno lleva cosa de media hora. Con el tiempo reuní varios que no están mal: unos son herencias o regalos de amigos y otros los adquirí en anticuarios. Alguno tiene para mí un significado especial, como el de cosaco de la Revolución Rusa: una buena pieza de hoja recia, que lleva el cuño de la estrella soviética. Otro que aprecio es el sable de abordaje inglés de Trafalgar: una herramienta tosca, de hoja ancha, que sólo sirve, o sirvió, para dar tajos. Muy lejos de las piezas elegantes que se lucían en paseos y salones. 

Tengo otros sables más bonitos o historiados -uno me lo regaló el muy querido actor Sancho Gracia-, aunque mis favoritos son los de caballería, como el modelo Puerto Seguro, con el que el regimiento Alcántara cargó en Annual: hoja recta y cazoleta cerrada. Gracias a mi amigo el pintor de batallas Augusto Ferrer-Dalmau, y sobre todo al anticuario Lluc Sala y la formidable tienda de armas originales que tiene en Olot -catalán de toda la vida, Lluc es el más joven y brillante experto en armas antiguas que tenemos en España- , he podido reunir, documentándolos bien, todos los modelos de sable de caballería que se utilizaron aquí en el siglo XIX, desde el inglés de hoja ancha de 1796 hasta los que se batieron en América y en las guerras carlistas. Son piezas soberbias con gavilanes de bronce, que todavía te estremecen con su sonido metálico cuando se deslizan fuera de la vaina. Herramientas perfectas en su género, fabricadas para la más bestial tarea de la que el hombre tiene memoria. Para combatir a sablazos. 

Otra de esas piezas resulta especial, no por el sable en sí -un sólido modelo francés de caballería-, sino por el lugar donde está colocado: junto a un busto de bronce de Napoleón, una medalla militar, un marco con flores secas y un viejo retrato. En el retrato figura un anciano corpulento, con la misma medalla colgada en la solapa, fotografiado en Cartagena, España, donde la vida acabó llevándolo. Se llamaba Jean Gal y era abuelo de mi bisabuela Adela Replinger Gal. La medalla es la de Santa Helena, concedida en 1857 a los veteranos supervivientes de las campañas del emperador; y en cuanto a las flores secas, proceden del campo de batalla de Waterloo, donde, dentro de cuatro días -18 de junio- hará doscientos años justos, ese anciano de anchos hombros, que entonces tenía dieciséis y era granadero en un regimiento de infantería de línea, combatió durante todo el día contra los ingleses de Wellington antes de que, derrotado el ejército, deshecho su regimiento, tuviera que huir por los bosques y caminos embarrados, perseguido por la caballería prusiana. 

Visité Waterloo por primera vez siendo aún muy joven, un día de llovizna y bruma gris. Fui allí con las historias familiares frescas en el recuerdo, tras haber releído algunos libros para estar a tono -aún llevaba La cartuja de Parma de Stendhal en la mochila-, y recorrí los viejos lugares de aquel campo de batalla, del paisaje que el amor de los belgas por su Historia y su memoria ha mantenido casi idéntico al de 1815. Estuve en el camino alto, donde los cuadros ingleses resistieron las cargas de caballería y el ataque de la Vieja Guardia, en Hougoumont, donde se peleó por cada ladrillo de la casa, y en la Haie Sainte, que acabó incendiada. Pisé la hierba mojada que pisó el abuelo y me retiré con él por el camino de Charleroi, imaginando a aquel muchacho, alistado sólo un par de meses antes, tras su primer y último combate, huyendo de los húsares prusianos que acuchillaban sin piedad a los fugitivos. En aquel melancólico paseo de recuerdos familiares y lecturas -después tendría mis propios libros y mis propios recuerdos- me detuve conmovido bajo la lluvia que arreciaba, junto al monumento del águila herida, donde el último cuadro hizo frente a los ingleses. Quizás al granadero Jean Gal le habría gustado saber que uno de sus nietos estuvo allí, recordándolo. Y que sigue haciéndolo cada vez que vuelve a Waterloo, o cuando limpia viejos sables y piensa en los hombres singulares que los manejaron. En chiquillos de dieciséis años que tal vez gritaron, con ellos en la mano, su miedo y su valentía en antiguos campos de batalla, cuando los hombres todavía no mataban de lejos, apretando cobardes botones, sino mirándose a los ojos, de cerca y cara a cara. Asumiendo el riesgo y el horror de sus actos. Próximos a la responsabilidad, la compasión y el remordimiento que ya en la vejez, al recordar, aún les arrancaban lágrimas. 

14 de junio de 2015 

domingo, 7 de junio de 2015

Una historia de España (XLV)

Además de feo -lo llamaban Narizotas- con una expresión torva y fofa, Fernando VII era un malo absoluto, tan perfecto como si lo hubieran fabricado en un laboratorio. Si aquí hubiéramos tenido un Shakespeare de su tiempo nos habría hecho un retrato del personaje que dejaría a Ricardo III, por ejemplo, como un traviesillo cualquiera, un perillán de quiero y no puedo. Porque además de mal encarado -que de eso nadie tiene la culpa-, nuestro Fernando VII era cobarde, vil, cínico, hipócrita, rijoso, bajuno, abyecto, desleal, embustero, rencoroso y vengativo. Resumiendo, era un hijo de puta con ático, piscina y garaje. Y fue él, con su cerril absolutismo, con su perversa traición a quienes en su nombre -estúpidos y heroicos pardillos- lucharon contra los franceses creyendo hacerlo por la libertad, con su carnicera persecución de cuanto olía a Constitución, quien clavó a martillazos el ataúd donde España se metió a sí misma durante los dos siglos siguientes, y que todavía sigue ahí como siniestra advertencia de que, en esta tierra maldita en la que Caín nos hizo el Deneí, la infamia nunca muere. Por supuesto, como aquí suele pasar con la mala gente, Narizotas murió en la cama. Pero antes reinó durante veinte desastrosos años en los que nos puso a punto de caramelo para futuros desastres y guerras civiles que, durante aquel siglo y el siguiente, serían nuestra marca de fábrica. Nuestra marca España. Sostenido por la Iglesia y los más cerriles conservadores, apoyado en una camarilla de consejeros analfabetos y oportunistas, aquel Borbón instauró un estado policial con el objeto exclusivo de reinar y sobrevivir a cualquier precio. Naturalmente, los liberales habían ido demasiado lejos en sus ideas y hechos como para resignarse al silencio o el exilio, así que conspiraron, y mucho. España vivió tiempos que habrían hecho la fortuna de un novelista a lo Dumas -Galdós era otra cosa-, si hubiéramos tenido de esa talla: conspiraciones, desembarcos nocturnos, sublevaciones, señoras guapas y valientes bordando banderas constitucionales... No faltó de nada. Durante dos décadas, esto fue un trágico folletín protagonizado por el clásico triángulo español: un malo de película, unos buenos heroicos y torpes, y un pueblo embrutecido, inculto y gandumbas que se movía según le comían la oreja, y al que bastaba, para ponerlo de tu parte, un poquito de música de verbena, una corrida de toros, un sermón de misa dominical o una arenga en la plaza del pueblo a condición de que el tabaco se repartiera gratis. Las rebeliones liberales contra el absolutismo regio se fueron sucediendo con mala fortuna y reprimidas a lo bestia, hasta que, en 1820, la tropa que debía embarcarse para combatir la rebelión de las colonias americanas (de eso hablaremos en otro capítulo) pensó que mejor verse liberal aquí que escabechado en Ayacucho, y echó un órdago con lo que se llamó sublevación de Riego, por el general que los mandaba. Eso le puso la cosa chunga al rey, porque el movimiento se propagó hasta el punto de que Narizotas se vio obligado, tragando quina Catalina, a jurar la Constitución que había abolido seis años antes y a decir aquello que ha quedado como frase hecha de la doblez y de la infamia: «Marchemos todos, y yo el primero, por la senda constitucional». Se abrió entonces el llamado Trienio Liberal: tres años de gobierno de izquierda, por decirlo en moderno, que fueron una chapuza digna de Pepe Gotera y Otilio; aunque, siendo justos, hay que señalar que al desastre contribuyeron tanto la mala voluntad del rey, que siguió dando por saco bajo cuerda, como la estupidez de los liberales, que favorecieron la reacción con su demagogia y sus excesos. Los tiempos no estaban todavía para perseguir a los curas y acorralar al rey, como pretendían los extremistas. Y así, las voces sensatas, los liberales moderados que veían claro el futuro, fueron desbordados y atacados por lo que podríamos llamar extrema derecha y extrema izquierda. Bastaron tres años para que esa primavera de libertad se fuera al carajo: los excesos revolucionarios ofendieron a todos, gobernar se convirtió en un despropósito, y muchos de los que habían apoyado de buena fe la revolución respiraron con alivio cuando las potencias europeas enviaron un ejército francés -los 100.000 Hijos de San Luis- para devolver los poderes absolutos al rey. España, por supuesto, volvió a retratarse: los mismos que habían combatido a los gabachos con crueldad durante siete años los aclamaron ahora entusiasmados. Y claro. El rey, que estaba prisionero en Cádiz, fue liberado. Y España se sumió de nuevo, para variar, en su eterna noche oscura. 

[Continuará]. 

7 de junio de 2015 

domingo, 31 de mayo de 2015

Aquel pesquero bolchevique

Estaba el otro día oyendo la radio, y salió una señora de Greenpace comentando lo del hundimiento en aguas canarias del pesquero ruso Oleg Naydenov. Escucharla -yo estaba precisamente en el mar- me suscitó sentimientos contradictorios. Se hablaba del incendio en el puerto de Las Palmas, la maniobra de alejamiento y los estragos del combustible derramado tras el naufragio. Como precisamente acababa de calzarme las 19 páginas del informe del ministerio de Fomento sobre la actuación del capitán marítimo de ese puerto durante el siniestro, pensé: mira qué bien, veamos la orilla opuesta. Oigamos a los expertos del otro lado. A fin de cuentas, en veinte años que llevo navegando me indigné cientos de veces ante las barbaridades que me topé y me topo: vertidos guarros, mares de plástico, animales marinos atrapados en redes ilegales o asesinas, atuneros exterminadores y sinvergüenzas impunes conchabados, a base de mariscada y fajo de billetes, con funcionarios públicos que estuvieron décadas consintiendo, cobrando y mirando hacia otro sitio. 

Pero, como decía mi abuela, mi gozo en un pozo. La señora habló media hora sin decir nada fuera del viejo y sobado guión de que la contaminación es mala, que las autoridades descuidan el mar y la ecología, que sólo una toma de conciencia puede impedir que el planeta azul se vaya al carajo, etcétera. Nada, para entendernos, que no pueda escribir un niño de ocho años en un trabajo del cole. Nada, o sea, que oponer técnicamente al informe de Marina Mercante, con el que uno puede estar de acuerdo o no, pero que fue redactado por profesionales: gente que, errores o aciertos aparte, conoce su oficio. Y oyendo a la ecológica señora, me dije: menos mal que no estaba ella también cuando el incendio del pesquero bolchevique, tomando decisiones y opinando sobre remolcar o no remolcar, enredando más el desparrame que aquí liamos cada vez que, como en este caso, se cruzan competencias, deficiencias y demagogia de autoridades locales, autonómicas, portuarias, marítimas, el bombero torero -los de Las Palmas, sin material adecuado, se jugaron heroicamente la vida- o cualquiera que pase por allí. Y todo eso, ante las cámaras de unos medios informativos tan superficiales, tan propensos a lo fácil, que les importa un huevo poner al mismo nivel y en plano de igualdad, con tratamiento de telediario, lo que opina un voluntario que le quita el chapapote a un cormorán, lo que dice un vecino apoyado en la barra de un bar, lo que farfulla un político ignorante y oportunista, con la opinión técnica de un ingeniero naval o un capitán de la marina mercante con cuarenta años de mar a la espalda. 

Y así, claro, nadie analiza, explica ni compara. Nadie comenta, por ejemplo, que desde que se repartieron las competencias que antes eran exclusivas de la Armada -donde había mar, ella mandaba y era responsable en lo bueno y lo malo-, ahora hay veinte taifas dándose por saco unas a otras. Nadie dice que si lo del Oleg Naydenov tiene puntos discutibles, con responsabilidades mezcladas y confusas -y una Autoridad Portuaria que, como en cada puerto, sólo se acuerda del capitán marítimo cuando las cosas se van al carajo-, la actuación de Marina Mercante durante el también reciente incendio del ferry Sorrento, mientras navegaba entre Valencia y Palma, fue impecable, sobre todo comparada con el desastre en vidas y daños que supuso el caso similar de otro ferry -no recuerdo ahora su bandera- que el pasado invierno estuvo ocho días ardiendo entre Patrás y Ravena. Pero es lo que hay: en lugar de análisis serios, de recurso a la opinión de verdaderos expertos, que los tenemos, aquí sólo se manejan titulares baratos, opiniones bienintencionadas pero sin fundamento serio, lugares comunes facilones o ecología elemental, querido Watson. Nadie busca referencias solventes para comprender las cosas, o para corregirlas. Nadie pregunta, por ejemplo, por qué en esta España imbécil, que destruyó de modo suicida su marina mercante, una línea de Trasmediterránea la cubren barcos italianos. O, en otro orden de cosas, nadie explica que aquí recibimos por vía marítima el 90 por ciento de lo que necesitamos; y que en el mar, como en la tierra, hay accidentes inevitables, tragedias que unas veces pueden esquivarse y otras no; pero que en ningún caso se impedirán con pancartas en los puertos, charlatanes largando de lo que ignoran, demagogias facilonas del primero que llega y opina, confunde un pesquero con un petrolero y mezcla cetáceos, aves y corrientes marinas con disparates técnicos y argumentos más simples que el mecanismo de un pestillo. 

31 de mayo de 2015 

domingo, 24 de mayo de 2015

Las camellas de Arabia no ofenden a nadie

Hace unos días hubo una noticia que pasó tristemente inadvertida, o casi, para la prensa española. Y eso es malo, pues se trataba de una noticia importante; de las que tienen que ver con nuestro presente y, sobre todo, con nuestro futuro. La cosa era que un cartel con la imagen de una modelo publicitaria ligera de ropa, denunciado por miembros de la comunidad musulmana de Brick Lane, en Londres, seguirá en su sitio después de que el organismo regulador de la publicidad británica desestimara las protestas de un sector del vecindario, que consideraba el anuncio ofensivo para quienes frecuentan las mezquitas de esa zona, donde vive una amplia comunidad que profesa la religión islámica. Aunque la imagen de la modelo es «sensual y sexualmente sugestiva», admite la resolución, tampoco va más allá de eso, ni tiene por qué ofender a nadie, pues «encarna la clásica belleza y femineidad» que ha venido siendo representada por el arte occidental hace siglos. Así que, quien no quiera, que no mire. Y punto. 

Me pregunto, con una sonrisa esquinada y veterana, fruto de los años y la mucha mili, qué habría ocurrido en España, en caso parecido. O qué es lo que va a ocurrir en cuanto se dé la ocasión. Me lo pregunto y me lo respondo, claro; y más en un país donde incluso hay oportunistas y tontos del ciruelo -sin que una cosa excluya la otra- capaces de ponerse a considerar muy serios, con debates y tal, las protestas de ciertos colectivos musulmanes porque las procesiones de Semana Santa, puestos a citar un ejemplo fácil, recorran las calles españolas ofendiendo la sensibilidad religiosa islámica. Etcétera. Aquí, no les quepa duda, siempre habrá un organismo regulador de la publicidad, o una televisión, o una asociación de derechos y deberes, o un juez sensible a la delicadeza de sentimientos mahometana, que llegado el caso decida que, en efecto, la libertad en lo que llamamos Europa -aunque a algunos nos dé la risa llamarla así todavía- acaba allí donde empiezan los derechos, el fanatismo o la gilipollez de cuatro gatos a los que, de este modo, nuestra propia cobardía e imbecilidad acaban multiplicando de cuatro en cuatro, hasta irnos todos al carajo. 

Y claro. Resulta inevitable preguntarse, también con respuesta incluida, dónde se meten en esta clase de debates las ultrafeminatas radicales que tanto las pían con otras chorradas de género y génera: las de las asociaciones de padres y madres de alumnos y alumnas, por ejemplo y por ejempla. Qué opinan ellas, o sea, de escotes en anuncios o no escotes, y hasta qué punto coinciden con la censura islámica, o no. Con lo de usar hiyabs, niqabs, antifaces y trapitos así. Sería útil saberlo más pronto que deprisa, como dicen las chonis. Y los humos del tren, que los suelten en Despeñaperros. Porque tiene su guasa esto del anuncio que ofende porque muestra las tetas o las nalgas de una señora, mientras que, por lo visto, no ofende a nadie que otra señora pueda meterse en España en un autobús, en una comisaría de policía o en un hospital enmascarada de pies a cabeza, como un guerrero ninja, mientras el marido va a su lado con bermudas, chanclas y gorra de béisbol. El hijoputa. 

Y es que en Europa olvidamos, a menudo, que más importante que respetar tradiciones absurdas o infames es defender a quienes acudieron a nosotros huyendo, precisamente, de la miseria y el horror que esas tradiciones imponen en sus lugares de origen. Y que eso se logra con educación escolar y con firmeza institucional frente a quienes pretenden esclavizarlos, incluso aquí, usando el manoseado y dañino nombre de Dios. Quien se ofende por un anuncio en un cartel publicitario se ofenderá también cuando por su calle, por su barrio, se cruce con un escote, una falda corta, un cabello sin velo o un rostro sin tapar. Y actuará en peligrosa consecuencia. Quien pretende aplicar maneras medievales de entender la vida, mientras se beneficia de un sistema de derechos y libertades que a otros costó siglos de dura lucha conseguir, no tiene derecho a imponer su voz ni a reclamar respeto. La Europa moderna tragó dolor y sangre para librarse de púlpitos, velos, gentes de un solo y sagrado libro, pasos de la oca y fanatismos de todas clases. Somos demasiado mayores, ya, para que vengan otra vez a taparnos el escote o las ideas. Así que la solución es muy simple, Manolo, Mohamed o como te llames. Si no estás dispuesto a asumir nuestras reglas, chaval, si esto te ofende, coges un avión y te vas al desierto de Arabia, o del Sáhara, donde las tetas de las camellas no ofenden a nadie. Y allí te pones ciego de dátiles. 

24 de mayo de 2015 

domingo, 17 de mayo de 2015

Una historia de España (XLIV)

«En marzo de 1812 se aprobó, tras acaloradas discusiones, la desdichada Constitución por la que España debería regirse...» Esa cita, que procede de un libro de texto escolar editado -ojo al dato- siglo y medio más tarde, refleja la postura del sector conservador de las Cortes de Cádiz y la larga proyección que las ideas reaccionarias tendrían en el futuro. Con sus consecuencias, claro. Traducidas, fieles a nuestro estilo histórico de cadalso y navaja, en odios y en sangre. Porque al acabar la guerra contra los franceses, las dos Españas eran ya un hecho inevitable. De una parte estaban los llamados liberales, alma de la Constitución, partidarios de las ideas progresistas de entonces: limitar el poder de la Iglesia y la nobleza, con una monarquía controlada por un parlamento. De la otra, los llamados absolutistas o serviles, partidarios del trono y del altar a la manera de siempre. Y, bueno. Cada uno mojaba en su propia salsa. A la chulería y arrogancia idealista de los liberales, que iban de chicos estupendos, con unas prisas poco compatibles con el país donde se jugaban los cuartos y el pescuezo, se oponía el rencor de los sectores monárquicos y meapilas más ultramontanos, que confiaban en la llegada del joven Fernando VII, recién liberado por Napoleón, para que las cosas volvieran a ser como antes. Y en medio de unos y otros, como de costumbre, se hallaba un pueblo inculto y a menudo analfabeto, religioso hasta la superstición, recién salido de la guerra y sus estragos, cuyas pasiones y entusiasmos eran fáciles de excitar lo mismo desde arengas liberales que desde púlpitos serviles; y que lo mismo jaleaba la Constitución que, al día siguiente, según lo meneaban, colgaba de una farola al liberal al que pillaba cerca. Y eso fue exactamente lo que pasó cuando Fernando VII de Borbón, el mayor hijo de puta que ciñó corona en España, volvió de Francia (donde le había estado succionando el ciruelo a Napoleón durante toda la guerra, mientras sus súbditos, los muy capullos, peleaban en su nombre) y fue acogido con entusiasmo por las masas, debidamente acondicionadas desde los púlpitos, al significativo grito de «¡Vivan las caenas!» (hasta el punto de que, cuando entró en Madrid, el pueblo ocurrente y dicharachero tiró del carruaje en sustitución de las mulas, evidenciando la vocación hispana del momento). En éstas, los liberales más perspicaces, viendo venir la tostada, empezaron a poner pies en polvorosa rumbo a Francia o Inglaterra. Los otros, los pardillos que creían que Fernando iba a tragarse una Pepa que le limitaba poderes y le apartaba a los obispos y canónigos de la oreja -su nefasto consejero principal era precisamente un canónigo llamado Escóiquiz-, se presentaron ante el rey con toda ingenuidad, los muy pringados, y éste los fulminó en un abrir y cerrar de ojos: anuló la Constitución, disolvió las Cortes, cerró las universidades y metió en la cárcel a cuantos pudo, lo mismo a los partidarios de un régimen constitucional que a los que se habían afrancesado con Pepe Botella. Hasta Goya tuvo que huir a Francia. Por supuesto, en seguida vino el ajuste de cuentas a la española: todo cristo se apresuró a proclamarse monárquico servil y a delatar al vecino. La represión fue bestial, y así volvió a brillar el sol de las tardes de toros, mantilla y abanico, con todo el país devuelto a los sainetes de Ramón de la Cruz, la inteligencia ejecutada, exiliada o en presidio, el monarca bien rociado de agua bendita y la bajuna España de toda la vida de nuevo católica, apostólica y romana. Manolo Escobar no cantaba Mi carro y El porrompompero porque el gran Manolo no había nacido todavía, pero por ahí andaba la cosa en nuestra patria cañí. Aunque, por supuesto, no faltaron hombres buenos: gente con ideas y con agallas que se rebeló contra el absolutismo y la desvergüenza monárquica en conspiraciones liberales que, en el estado policial en que se había convertido esto, acabaron todas fatal. Muchos eran veteranos de la guerra de la Independencia, como el ex guerrillero Espoz y Mina, y le echaron huevos diciendo que no habían luchado seis años para que España acabara así de infame. Pero cada intento fue ahogado en sangre, con extrema crueldad. Y nuestra muy hispana vileza tuvo otro ejemplo repugnante: el Empecinado, uno de los más populares guerrilleros contra los franceses, ahora general y héroe nacional, envuelto en una sublevación liberal, fue ejecutado con un ensañamiento estremecedor, humillado ante el pueblo que antes lo aclamaba y que ahora lo estuvo insultando cuando iba, montado en un burro al que cortaron las orejas para infamarlo, camino del cadalso. 

[Continuará]. 

17 de mayo de 2015 

domingo, 10 de mayo de 2015

Siempre pinchamos en hueso

Voces airadas o burlonas sonaron hace poco porque un equipo de científicos -gente seria, por otra parte- identificó algunos restos óseos de Cervantes en la iglesia de las Trinitarias de Madrid, donde llevaban perdidos casi cuatrocientos años. Hubo quien defendió el asunto, como mi amigo Ignacio Camacho y algún otro, pero la mayor parte se lo tomó a chacota. Algunas de esas voces adversas procedían de gente respetable, con criterio digno de ser tenido en cuenta -mis también amigos Javier Marías y Francisco Rico, por ejemplo-, pero otras eran simplezas de imbéciles o cantamañanas envanecidos, a quienes Cervantes y su obra siempre importaron un carajo, pero que vieron en este asunto la oportunidad de ponerse estupendos. Para qué remover osarios, coincidían las críticas de unos y otros. A quién importa eso, a estas alturas. Lo que hay que hacer con Cervantes es leerlo. Etcétera. 

Exactamente por las mismas fechas, en la pérfida Albión y a punto de caramelo para el cuarto centenario de la muerte de Shakespeare, que es el año que viene y coincide con la de Cervantes, la catedral de Leicester acogía, con gran aparato formal, los huesos del muy shakesperiano rey inglés Ricardo III, que un equipo de arqueólogos descubrió bajo las obras de un aparcamiento. En fin, y para entendernos: mientras en España nos choteábamos de la búsqueda de la tumba del autor del Quijote, afirmando que era una pérdida de tiempo y una gilipollez, los ingleses utilizaban el hallazgo de los huesos de un rey al que Shakespeare dedicó una de sus grandes obras de teatro para montar un número patriótico-cultural de padre y muy señor mío, que incluyó procesión fúnebre con miles de personas presenciando el paso del féretro, escolta militar y oficio religioso católico -Ricardo III lo era- en la catedral de Leicester. O sea, que el mismo episodio de unos huesos perdidos y hallados sirve en Inglaterra para montar un pifostio de homenaje a Shakespeare y a su personaje con lecturas y representaciones de la obra, visitas turísticas, difusión cultural y atractivo extra para la ciudad de Leicester, mientras que en España no vale más que para que los doctos hagan chistes, los oportunistas arruguen el hocico, y la alcaldesa de Madrid, esa paladín de la cultura municipal, se haga una foto antes de que los huesos, Cervantes y las Trinitarias, identificados o no, vuelvan a verse sepultados en el olvido. 

Resumiendo más, y dicho en corto: somos una cochina vergüenza. Tenemos el cuarto centenario de la muerte de Cervantes y de la publicación de la segunda parte del Quijote a la vuelta de la esquina, coincidiendo con lo de Shakespeare; y mientras los ingleses preparan una gigantesca conmemoración nacional de orgullo cultural y potencia lingüística, para la que Ricardo III es una forma de calentar motores, aquí, en el cogollo cervantino, bandera de esa patria enorme de 500 millones de hispanohablantes que se extiende a ambas orillas del Atlántico, nos descojonamos de risa o ponemos en solfa una humilde búsqueda que ha costado menos de 120.000 euros -lo que se gasta un político en tres noches de cocaína y putas-, y cuyo resultado, no en manos de gestores analfabetos e incompetentes, sino de gente con criterio y visión de futuro, podría ser, o haber sido, la creación de un foco cultural, de un punto de peregrinaje obligatorio para turistas, de un motivo de patriotismo cultural, de un pretexto magnífico para honrar la memoria de Cervantes y para llegar con el marketing y la tienda de regalos -de algo se parte y algo siempre queda- allí donde no alcanzan los planes de estudio ni la pedagogía. 

Pero claro. Todo eso ocurriría en un país normal culturalmente hablando, como lo son Inglaterra o Francia -¿imaginan si el Quijote lo hubieran escrito ellos?-, y no en esta triste España en la que no ya los huesos de Cervantes, sino también los de Calderón, Quevedo, Lope de Vega, Herrera, Claudio Coello, Murillo, Jorge Juan y tantos otros se perdieron para siempre. Una España en la que, cuando en 1899 se edificó el actual Panteón de Hombres Ilustres, no se encontraron restos de ninguno para enterrar allí. Dense una vuelta por ese lugar, que está en Madrid, cerca de Atocha, y verán que hasta en las lápidas quedamos retratados como lo que somos y nos gusta ser: Sagasta, Prim, Cánovas del Castillo... Sólo políticos. La cultura y la ciencia, como de costumbre, ni están ni se las espera. Por eso merecemos que el año que viene los ingleses, con su Shakespeare, nos den bien dado por ese lugar exacto donde siempre nos dieron, nos dan y nos van a dar. 

10 de mayo de 2015