domingo, 26 de agosto de 2012

Ropa de niña

Me envía la fotografía mi amigo Jorge Ginés, que la hizo el otro día en una calle de Gijón. Y al primer vistazo, la imagen no tiene nada de particular: en el Muro, frente a la playa, una señora está sentada en un poyete junto a una maleta abierta y un tenderete improvisado en el suelo, vendiendo cosas. Jorge iba caminando con su cámara en la bolsa, advirtió la escena e hizo la foto casi sin detenerse. Clic. Reflejos automáticos de buen fotógrafo. De buen cazador de imágenes, de vida, de condición humana. Luego siguió camino, reflexionando sobre la imagen. Analizando despacio lo que había fotografiado. Dándose cuenta. Y es lo que me ocurre a mí en este momento. Tengo la foto delante, impresa. Y el comentario de Jorge: «Vi en ella a mi abuela, a mi madre, a la madre de cualquier amigo». 

Yo también. Así que maldita sea su estampa. Maldito sea Jorge, que de ese modo, sin que yo se lo pida -buenas dosis llevo ya en el cuerpo, con sesenta tacos de almanaque y exactamente mil artículos escritos en esta página- me inyecta tristeza y me hace compartir su desolación. Que me implica y remueve, con su puñetera foto, más de lo que en los últimos meses ha conseguido la retórica injustificable de los incompetentes, la torpeza de los estúpidos, la demagogia de los oportunistas, la contumacia de los canallas. Con sólo una cámara, unos minutos de su tiempo y el acto responsable de darla a conocer. El acto de buen fotógrafo y de ciudadano decente; de los que todavía -y me pregunto cuánto tiempo durarán esas cosas- se agita sincero y se pregunta cómo ayudar. Cómo no sentirse indiferente, al menos, ante la desgracia ajena. Sabiendo, como escribió aquel fulano inglés que hacía versos, que ningún ser humano es una isla; y que cuando las campanas doblan por alguien, lo hacen por todos. Por unos más que por otros, es cierto. Pero siempre por todos. 

Claro que podría ser su madre. O la mía. En realidad, la mujer a la que Jorge fotografió es la madre, la abuela de cualquiera. De usted mismo. Tiene un aire digno, resignado y triste. Va bien vestida, su pelo es gris, viste pantalones y chaquetón, y con las manos cruzadas entre las rodillas espera, con aspecto de no albergar excesivas esperanzas, a que algún transeúnte compre algo de lo que vende. Y lo que vende es, precisamente, lo que a Jorge, y a mí que miro la foto, nos pone un nudo en la garganta: ropa de niña pequeña. De la maleta, la señora ha sacado una docena de prendas que ha expuesto sobre el poyete. Es ropa infantil muy bonita, de colores vivos, que a todas luces pertenece a la misma persona: un vestido marinero, otro de florecitas, faldas y blusas de tallas correspondientes a una niña de entre cuatro y seis o siete años. Hay armonía entre las prendas; salta a la vista que no se trata de ropa amontonada de cualquier manera, sino de un guardarropa infantil completo, ordenado. Con calidad y buen gusto. De ésos que los padres conservan para otros hijos, o las abuelas para otros nietos. O que permanecen guardados en un armario con el simple objeto de recordar la carne tibia, la risa, la vocecita, el olor a calor y fiebre del cuerpecillo dormido. 

Delante de toda esa ropa, alineados al pie de las prendas expuestas, están los juguetes. Y eso quizás es lo peor. Lo más amargo de mirar. Algunos de ustedes me leen desde hace veinte años y saben que no soy un fulano con biografía de lágrimas fáciles; pero esos juguetes junto a la ropa de niña pequeña me han obligado a respirar un par de veces, hondo, y aclararme los ojos antes de apartar la vista de la foto y seguir dándole a la tecla. Casi todos son peluches, evidentemente de la misma niña que poseyó los vestidos: un conejito, un perro, una muñeca, un osito, un pato de plástico. Por su aspecto deben de tener unos veinte años. Parecen en buen estado, usados pero casi nuevos. No es difícil imaginar que en otro tiempo animaron una habitación infantil, una cama, una jovencísima vida. Que después, una abuela o una madre los guardaron con la ropa de su propietaria, que ahora tendrá veintitantos años. Y que, si dejamos tristemente libre la imaginación, quizá la niña que durmió abrazada a esos peluches esté hoy buscándose la vida en países de lenguas y climas extraños, con la maleta llena de melancolía y sueños olvidados. Lejos -no sé si felizmente o no- de esta España tan a menudo infame, que parece abonada en permanencia a la indignidad, la esclavitud, la incultura y la vileza. Y en ausencia de aquella niña en cierto modo muerta para siempre, esa madre o abuela, quizá con un marido u otros hijos en paro, sin recursos ni futuro, se ha visto obligada a vaciar el armario de la infancia y los recuerdos, el santuario de la hija o de la nieta, para meterlo todo en una maleta y salir a la calle a ofrecer, a quien quiera comprarlos, esos pobres jirones de su vida. 

26 de agosto de 2012 

domingo, 19 de agosto de 2012

Disfrazando a las criaturas

Fecha del sainete: junio. Lugar: escuela infantil con cabroncetes de 3 a 6 años. Personajes: miembros de la antes APA (Asociación de Padres de Alumnos) y ahora AMPAA (Asociación de Madres y Padres de Alumnas y Alumnos). País -lo han adivinado-: España. Motivo: fiesta de fin de curso de los malditos enanos. Para crear ambiente, precisemos que un estudio del psicopedagogo del centro determinó retirar la prohibición a los alumnos -alumnos y alumnas, puntualizaba-, común a la mayor parte de los colegios españoles, de utilizar el teléfono móvil en los pasillos y el patio del recreo. «La imposibilidad de utilizar el móvil -decía el delicioso texto pericial- genera una ansiedad en el alumnado que disminuye su atención y rendimiento en clase y puede dar lugar a disfunciones psicológicas». Con lo cual imagínense el recreo. Los pasillos. El cuadro, o sea. El colegio entero parece un locutorio telefónico. Eso sí: ni una sola disfunción a la vista. 

Pero volvamos al asunto. Una vez situados en la clase de colegio de que se trata -lo llamaremos CEIP Buenaventura Durruti para no forzar la imaginación-, lo siguiente será fácil de comprender. Los papis y mamis, reunidos para tratar el asunto de la fiesta de fin de curso, debaten el tema. Por supuesto, el centro aconseja elaborar los disfraces infantiles con materiales respetuosos hacia el medio ambiente: reciclaje, reutilización de objetos, etcétera. Y este año, tras considerar varias posibilidades, alguien propone el tema Piratas, siempre atractivo para los niños y de sencilla ejecución, en principio. Después de animado debate previo -hay quien apunta, muy serio, que los piratas son individuos de ética discutible y no transmiten valores-, los padres y madres del alumnado y la alumnada deciden refugiarse en lo clásico. Los niños irán de piratas, y punto. Sombreros de cartón, parches en el ojo de materiales reciclables, calaveras y tibias de papel ecológico. Entonces alguien formula la pregunta crucial: «¿Y las armas?». Y se hace un silencio. 

La discusión que sigue tras el silencio -ha durado cinco segundos de reloj- es estupenda. Tengo la transcripción literal, pero la soslayo por larga. Resumiré consignando que una madre sugiere comprar espaditas de plástico en el chino de la esquina, pero otras se oponen. «No, que luego se pegan con ellas», dice una. «Hagámoslas entonces de cartón -responde otra-, en plan atrezzo». Pero surgen discrepancias. «Me niego a que los niños vayan armados», dice alguien. Un padre allí presente propone recortar pistolas de cartulina y que las lleven en la faja, pero otro se manifiesta en contra de cualquier arma de fuego, real o figurada. «De todas formas -interviene una madre-, un pirata sin espada no es un pirata». Otro silencio perplejo. Al fin, un padre sugiere que en vez de espadas los niños lleven catalejos. Podrían hacerse con tubos de papel higiénico, propone. «Entonces los niños irán disfrazados de marinos, no de piratas», apunta alguien. «O de astrónomos», tercia otro padre, guasón, al que dos o tres miran mal y alguien llama fascista por lo bajini. Sigue la murga. «Por definición, un pirata debe llevar un arma», razona una madre. «Es que son piratas buenos», opone otra. Eso suscita un vivo debate ético sobre la piratería. «Si son buenos, no pueden ser piratas», dice alguien. «Un pirata siempre es malo», añade otro. «Igual lo de piratas buenos con los niños no cuela», opina un tercero. «Hay peores formas de hacer el mal -expone después una madre-. Dejemos de aplicar clichés maniqueos y asociar la figura del pirata con la violencia». «Pues ya me dirás cómo hacen entonces los abordajes», le responden. Otra madre comenta que es posible que algún alumno tenga parientes faenando en el Índico y sepa lo que son piratas de verdad, con lo que el trauma psicopedagógico puede ser fuerte. Mejor no remover eso, opina. «Pero es que hay piratas y piratas, y los del Índico son somalíes hambrientos», justifica una tercera mamá. «Entonces, disfracemos a los niños de negros, pero sin armas», sugiere un padre que ha llegado tarde y no se entera bien de qué va la discusión. «Africano de color, quiero decir», añade cuando todos lo miran con el ceño fruncido. «Sí, claro. Vendiendo relojes y gafas de sol», propone el que antes fue llamado fascista. Alguien da unos golpes en la mesa y dice: «¿Os dais cuenta de en qué jardín nos estamos metiendo?». 

Lo del jardín alumbra una idea brillante. Los enanos, se aprueba al fin por unanimidad, irán disfrazados de bucólico paisaje campestre: las niñas de árboles y los niños de flores, con pétalos recortados de papel de colores y un hueco en el centro para asomar la cara. Todos pacíficos, solidarios, ecológicos, reciclables, sostenibles. 

O sea. Monísimos. 

19 de agosto de 2012 

domingo, 12 de agosto de 2012

Políticos opositando: ahí los quiero ver

Lo sugería el ex embajador Paco Vázquez hace unos días, de guasa. Aunque tiene razón: debería ser obligatorio. Como a registrador de la propiedad, pero con temario más amplio. Y quien no llegue, a tomar por saco. Búscate la vida, chaval. O chavala. Recogiendo melones, fregando suelos o podando setos, como la gente que no tiene más remedio; y que, sin embargo, a menudo está mejor preparada. Ignoro si de ese modo iba a resolverse algo, pero introduciría algo de justicia en el putiferio. Sentido común dentro del esperpento nacional. Porque oigan: en España deben hacerse oposiciones para médico de la Seguridad Social, arquitecto municipal, inspector de Hacienda, abogado del Estado, fiscal, juez, o cualquier puesto público. Hasta un profesor de instituto o catedrático de universidad deben hacerlas. Quien pretenda currar en los sectores de la sociedad dedicados a la función pública, debe enfrentarse a unas oposiciones que a veces son de una dureza terrible, en situaciones de extrema competencia y con años de estudio, preparándose. Y sin embargo, el aspecto más decisivo en nuestras vidas, la actividad política que determina el presente y condiciona el futuro, puede caer en manos de cualquiera. A veces, quizás, de individuos excepcionalmente preparados; pero también, y eso ya resulta menos excepcional, de cualquier analfabestia incompetente, varón o hembra, incapaz de articular sujeto, verbo y predicado, cuyo único mérito, o aval, es compartir ideología o intereses -a menudo una y otros van íntimamente relacionados- con un partido político concreto. 

Porque echen cuentas, señoras y caballeros. Si no todos los médicos que salen de la facultad superan las pruebas de residente, ni todos los abogados las de juez, por ejemplo; si para conducir un coche hace falta superar un examen teórico, otro práctico y tests psicotécnicos; si tenemos la constancia experimental de que no todos valemos para todo, ni siquiera cuando se trata de gente preparada y con estudios, calculen, entonces, el control de calidad, las Iteuves posteriores y la psicotecnia que pasaría buena parte de las decenas de miles de políticos españoles en activo o en pasivo, algunos de los cuales -conozco a un concejal de cultura en esa situación exacta- no tienen ni acabado el bachillerato. Consideren los que habrían llegado ahí, donde están, medran y trincan, de exigírseles estudios, preparación, controles éticos y formación adecuada. De aplicárseles de un modo práctico, objetivo, antes de ocupar puestos de tanta importancia, tan bien pagados y con tantos privilegios, la idea de los antiguos filósofos griegos de que toda comunidad pública debe ser gobernada por los mejores. Y de establecerse si lo son. O si no lo son. 

Eso, naturalmente, incluye a algunos de nuestros sindicalistas, ornatos del telediario. Cuando oigo expresarse a los más conspicuos, o los veo pasear la pancarta queriendo ponerse al frente de ciudadanos honrados que no sé cómo los toleran, con sus antecedentes, pienso que todo aspirante a líder sindical debería probar antes su conocimiento histórico de la lucha de clases y su capacidad oratoria para convencer al trabajador de que es necesario dedicar parte del sueldo -y no de subvenciones estatales embolsadas por la cara- a mantener una institución sindical imprescindible para la sociedad, cuyo único fin es defenderlo de las agresiones de empresarios y políticos. Y si, por reparto de pastel, ese mismo sindicalista puede acabar en el consejo de administración de una caja de ahorros -que tiene pelotas la cosa-, tampoco estaría de más que se le examinara antes de las cuatro reglas: sumar, restar, multiplicar y dividir. Como mínimo. 

Así que, oigan. Puestos a suponer gente pública idónea, España decente, mundos felices donde comer perdices, permítanme imaginar una actividad política regida por el sentido común. O sea: militantes de partidos colaborando, faltaría más, en cuanto haga falta. Según su ideología, interés y conciencia; allá cada cual. Sin embargo, cualquiera que aspirase a figurar en una lista elegible por los ciudadanos, tendría que hacer antes unas oposiciones en las que se le examinase de cultura general como trámite previo. Y luego, según las especializaciones a las que aspirase -ministro de Trabajo, presidente de Gobierno y tonterías así-, de economía, derecho, política internacional, historia de España y ética, por ejemplo; aunque temo que aprobar ética muchos lo tendrían peliagudo. Y por supuesto, idiomas: inglés, un poco de francés, alemán. A no pocos de ahora -muchos impresentables de ambos sexos lo demuestran en cuanto abren la boca en el Parlamento- ni siquiera se les exige hablar bien el castellano. 

12 de agosto de 2012 

domingo, 5 de agosto de 2012

Siéntate aquí, chaval

Cuando el periodismo aún se parecía al Periodismo, y eras un redactor novato que pisaba por primera vez la redacción, había dos personajes a los que mirabas con un respeto singular, mayor que el que te inspiraban los redactores jefes en mangas de camisa con tirantes y una botella de whisky metida en un cajón de la mesa, o los grandes reporteros con firma en primera página, a cuyas leyendas soñabas con unir un día la tuya. Los dos personajes a los que más podía respetar un joven periodista eran el corrector de estilo y el redactor veterano. El primero solía ser un señor mayor con la mesa cubierta de libros y diccionarios, encargado de revisar todos los textos para detectar errores ortográficos o gramaticales antes de que se convirtieran en plomo de linotipia. A veces, a medio redactar un artículo, te levantabas e ibas a plantearle una duda. Solían ser cultos, educados y pacientes. A uno del diario Pueblo -lamento no recordar ya su nombre- debo desde 1973 un truco para no equivocarme nunca, después, al manejar debe y debe de. Cuando es obligación, me dijo, pon siempre debe. Cuando es suposición, debe de. Tampoco he olvidado su aclaración sobre leísmo y loísmo: Lo violó a él, la violó a ella, les violó la correspondencia. 

El otro personaje era el redactor veterano. El primer día de trabajo, cuando te internabas entre aquel incesante tableteo de máquinas de escribir y teletipos mirando en torno con aire de parvulito desamparado, siempre había un fulano de cierta edad, sonrisa fatigada y ojos vivos, que señalaba la mesa que tenía al lado y decía: «Siéntate aquí, chaval». Así lo hacías; y de él, en los siguientes días y meses, aprendías sobre tu oficio más que cuanto escuelas de periodismo y universidades podían enseñarte jamás. Solía tratarse de periodistas curtidos en la redacción; hombres en su mayor parte, aunque no faltaban mujeres. Anónima infantería, toda ella, sin demasiado futuro. Veteranos maduros, desprovistos ya de ilusiones o esperanzas, seguros de que su carrera profesional no iría mucho más lejos de aquella mesa y de la desvencijada Olivetti que había encima. Conscientes, a esas alturas, de que nunca llegarían a redactores jefe, y tal vez ni siquiera a jefes de sección. Ese periodista veterano solía ser poco gregario, vagamente cínico, con un punto de simpática misantropía. Respetado por todos, aunque a menudo se mantuviera algo aparte de los compañeros que aún tenían ambición y esperanza. Y tú, intuyendo que era precisamente él quien poseía las claves del oficio, la experiencia y las certezas que te faltaban, te dejabas adoptar con aplicación y respeto, procurando hacerte digno de su estima. Aprendiendo a la vez de sus conocimientos, su cinismo y su ternura. Yéndote luego de madrugada, al cierre de la edición, a tomar con él una copa -ese personaje solía beber hasta el amanecer- y formular las preguntas oportunas para hacerlo hablar, y contarte. Para escuchar de su boca los secretos fundamentales del oficio y de la vida. Y él lo hacía con gusto, cómplice, generoso como si tu futuro empezase exactamente allí donde terminaba el suyo. 

Contagiándote el amor por el oficio, la fiebre que en su juventud tuvo, y que al hablar le afloraba todavía, pese a los desengaños, en las palabras y la sonrisa. Y el día que, al fin, firmabas en primera página, te miraba orgulloso como un padre miraría a un hijo, o un maestro a un alumno aventajado. Sabiendo que tu triunfo también era suyo. Ya no hay gente así en las redacciones. Ni corrector de estilo, ni viejos maestros con la clave del gran periodismo en los ojos cansados. Ni siquiera quedan apenas redacciones. Los tiempos cambiaron mucho las cosas, los periódicos de papel mueren despacio, las ediciones digitales sustituyen a los grandes rotativos que antes se apilaban en los quioscos -edición especial: Franco ha muerto-, y los propietarios de medios informativos, prensa, radio y televisión, hace tiempo jubilaron a esa clase de gente. Nadie quiere correctores de un estilo que no importa un carajo, y que además se consigue gratis, aunque de manera torpe e imperfecta, con los correctores informáticos. Tampoco hacen falta, ni conviene tenerlos cerca, molestos veteranos que abran los ojos a la carne de cañón barata que ahora exigen las empresas: jóvenes becarios mal pagados, pendientes de una pantalla de ordenador, nutridos con notas de prensa y mediante Internet, que ni siquiera duran allí lo suficiente para enseñar al joven que los sustituirá en el periodismo superficial e irresponsable, al que nuestro tiempo nos condena. Sin nadie que el primer día de trabajo, al señalar una mesa cercana y decir «siéntate aquí, chaval» le abra generoso, desinteresado, las puertas del que en otro tiempo fue el oficio más hermoso del mundo. 

5 de agosto de 2012 

domingo, 29 de julio de 2012

Carrera de San Jerónimo, 8

Hay un restaurante en el corazón de Madrid que parece un museo romántico. O que lo es. Se llama Lhardy, y está en el número 8 de la carrera de San Jerónimo, tras una espectacular portada -se puede apreciar mejor desde la acera opuesta- labrada en caoba de las Antillas. En uno de sus salones privados empieza en 1866, reinando Isabel II, mi novela El maestro de esgrima: una cena entre un banquero y un ministro. Y, naturalmente, una conspiración. Con tales época e ingredientes, en una historia abiertamente galdosiana como ésa, el escenario no podía ser otro que Lhardy: dos tercios del siglo XIX y todo el XX entre sus paredes decoradas con cuadros venerables y antiguos espejos donde se reflejó no poca trastienda de la historia política y cultural de España. Políticos, banqueros y artistas aparte, entre los escritores que lo frecuentaron y mencionaron en sus obras se cuentan Alejandro Dumas, Mesonero Romanos, Campoamor, Valle-Inclán, Azorín, Julio Camba y Ramón Gómez de la Serna, por ejemplo. Pero sobre todo, don Benito Pérez Galdós; quien, que yo recuerde, menciona Lhardy en cuatro de sus Episodios Nacionales y dos de sus novelas. Por lo menos. 

Lhardy fue el restaurante favorito del marqués de Salamanca: el banquero español más poderoso de su tiempo. Él lo puso de moda, allí hizo negocios y recibió a sus amigos, y en uno de sus salones se celebró la famosa comida que sentó a la misma mesa al todopoderoso marqués y a siete escritores bohemios, entonces desconocidos y pobres como las ratas. También allí, cuenta la nutrida leyenda lhardiesca, acudía de incógnito ese regio putón verbenero llamado Isabel II, ornato de nuestras monarquías, a comer con su amante de turno en el reservado del salón blanco mientras su augusto marido, Francisco de Asís de Borbón, Paquita en la intimidad -«La noche de bodas llevaba más encajes y puntillas que yo misma», afirmó su legítima-, hacía un punto de cruz primoroso en el dormitorio real del palacio de Oriente. A lo largo de dos siglos, reyes, nobles, financieros y políticos frecuentaron Lhardy y conspiraron en sus elegantes salones. Sobre todo en el japonés, favorito del dictador Primo de Rivera. Allí, entre platos exquisitos servidos en porcelana de Limoges y acompañados de los más selectos chateaux franceses, se derrocaron monarquías, se prepararon elecciones, se designó a presidentes y ministros de dos Repúblicas, y se dispusieron candidatos para la Real Academia Española. Incluso la Guerra Civil, período lógicamente difícil para el local, tuvo su anécdota famosa: la del miliciano que, al entrar a requisar el restaurante para la República, abrió una botella de Chateau d´Yquem y la devolvió con desagrado, diciendo: «Esto ni es vino ni es ná». 

No todas las épocas fueron felices. El habitual desinterés de los alcaldes madrileños por los establecimientos históricos de su ciudad, que ha permitido la desaparición de tantos -a punto estuvo de acabar con el café Gijón, como pronto apuntillará quizás a los libreros de la cuesta Moyano-, puso varias veces a Lhardy al filo del colapso; y sólo el gatopardesco tesón de sus propietarios lo ha salvado hasta hoy. El restaurante ya no es lo que fue, desde luego. Ni pecheras almidonadas, ni corbatas blancas, ni collares de perlas: nada de aquel lejano glamour que le dio fama llenando sus salones, como cuando Alfonso XIII o La Fornarina se reunían allí con sus amistades. Tampoco la cocina, siendo buena, es para tirar cohetes -las croquetas son infames-. Pero todavía conserva su maravillosa tienda original con el samovar de consomé y el espejo isabelino, abierta al público en la planta baja; y en el piso de arriba, un servicio impecable de camareros, una clientela distinguida -no se toleran bermudas ni chanclas, de momento- y una carta de platos y vinos más que razonable. Y sobre todo, mantiene el toque de magia romántica en su decoración y ambiente; esa belleza añeja, serena, que cualquier visitante puede completar con facilidad mediante los libros leídos, la imaginación y la memoria. Hace siete años, algunos miembros de la RAE decidimos recuperar Lhardy para la Academia; y desde entonces nos reunimos allí cada mes y medio, pagando por turnos, a despachar un cocido en el reservado del saloncito blanco: el mismo que utilizaba Isabel II para sus lances. Conspiramos, hablamos de nuestras cosas -está prohibida la política- y evocamos el recuerdo de tantos compañeros académicos que frecuentaron aquellos salones. Brindando por los fantasmas que aún se reflejan, si uno mira con atención, en los viejos espejos empañados por el tiempo. 

29 de julio de 2012

domingo, 22 de julio de 2012

Noli me tangere

Bonita e instructiva historia española, reciente. Padre de familia pasea con su hija por Pamplona. Y en ésas, junto al monumento a Iñaki de Loiola-Elejalde, o como se llame ahora, nuestro paterfamilias se cruza con un grupo de personas encorbatadas, con toda la pinta de vivir de la política, y aspecto de salir de un restaurante tras ponerse hasta las trancas con la Visa del partido, léase contribuyente. Uno de los miembros del grupo inspira poca simpatía a nuestro protagonista, debido al papel poco airoso que éste atribuye a aquél en su calidad de consejero político, o viceversa, o algo por el estilo, en la gestión de una caja de ahorros local. Molesto con el personaje y sus antecedentes, nuestro ciudadano aplaude, grita «bien, bien» con la adecuada sorna, y acto seguido hace una peineta con el dedo medio de la mano derecha, seguida de un corte de mangas. Luego sigue camino con su hija, hasta que un policía de paisano, presumiblemente escolta del otro individuo, llega con prisas, enseña una placa, le dice que ha insultado a la autoridad y escribe un papelito con una denuncia. 

El asunto, que me aseguran real como la vida misma -tengo copia de la denuncia-, plantea un arduo problema jurídico-taurino-musical, que un amigo me traslada con la pregunta, más bien retórica, de qué puede hacerse en tales casos. Y eso abre varios frentes. El error del paterfamilias, creo, fue actuar como ciudadano a secas. Tendría que haber adornado su acción con algún elemento que le diera cobertura técnica. Impunidad, para entendernos. Si perteneciese a alguna minoría marginada o con tirón mediático en plan okupa, perroflauta, indignado del 15-M, feminazi furiosa porque el agredido no usa la coletilla ciudadanos y ciudadanas navarros y navarras, la cosa no iría más allá. Y mucho menos si quien hace el corte de mangas tiene la suerte de ser chuloputas de la calle Montera, chivato del bar Faisán, político consejero de cajas de ahorro que pasó equis tiempo dando créditos a los amiguetes, violador reincidente, atracador reincidente, estafador reincidente, financiero amigo de la Casa Real en plan Albertos, ex ministro de Trabajo o Economía de los últimos veinte años, sindicalista cómplice y trincón, ex presidente de Gobierno visionario e imbécil, etarra arrepentido pero no contrito, o por ahí cerca. En tales casos nunca pasa nada, oigan. Impunidad absoluta. Noli me tangere. 

Cualquiera de los antes mencionados habría podido, incluso, patearle la bisectriz al otro como hizo aquel animal de Batasuna con un político, no recuerdo ahora si del Pepé o del Pesoe, cuando se lo encontró por la calle, y luego dar la vuelta al ruedo saludando a la afición. Y si estos días es minero del carbón, ni les cuento. Podría meterle al otro un cohete de tubo de uralita y fabricación casera por el ojete, y tan amigos. En todos esos casos, y algunos más -rellenen ustedes la línea de puntos-, nuestros administradores de justicia, Dura Lex pero Hispana Lex a fin de cuentas, Supremo y Constitucional incluidos, calificarían la cosa de libertad de opinión antes de absolver al individuo con unas palmaditas en la espalda, en plan vete, hijo, y no peques más. Pillastre. Pero el del corte de mangas sólo era un ciudadano de infantería, sin cualificación especial. Un puto paria de los que votan, pagan impuestos y tienen hipoteca. Así que ya puede darse por fornicado. Ahorrar para la multa. 

De modo que cuidado, que asan carne. Si están a tiempo, organícense el currículum antes de mirar mal a un político de ésos que salen en el telediario jurando o prometiendo el cargo por su honor y su conciencia. Cuando sus víctimas quieran hacer cortes de mangas, recuerden antes que en España todo disparate tiene su asiento y todo golfo sus compadres. Procuren adoptar cautelas previas, como hacen algunos de ellos. Por ejemplo, saquen todo el dinero que tengan en el banco, a fin de que no les embarguen la cuenta. Vendan luego sus propiedades en dinero negro, o pónganlas a nombre de la esposa o el marido, según. Busquen algún apaño legal para que el salario también se lo paguen en negro, y al no estar declarado no sea embargable por demandante alguno. Luego llévenselo todo a Gibraltar o Andorra, o más lejos si pueden. Y una vez hecho eso, si quieren dar un toque maestro a la operación, declárense insolventes por la cara y empadrónense en una caja de cartón de las que abundan en los accesos al aparcamiento de la Plaza Mayor de Madrid, meca del turismo europeo. Entonces, sí. En tal caso ya podrán hacerle cortes de mangas a cualquiera, e incluso majarlo a hostias. Lo más que harán con ustedes es confiscarles el tetrabrik de Don Simón. 

22 de julio de 2012 

domingo, 15 de julio de 2012

No siempre fue una vergüenza

Como saben, me gusta recordar viejos episodios de nuestra Historia. Sobre todo si causan respeto por lo que algunos paisanos nuestros fueron capaces de hacer. O intentar. Situaciones con posible lectura paralela, de aplicación al tiempo en que vivimos. Les aseguro que es un ejercicio casi analgésico; sobre todo esos días funestos, cuando creo que la única solución serían toneladas de napalm seguidas por una repoblación de parejas mixtas compuestas, por ejemplo, de suecos y africanos. Sin embargo, cuando una de esas viejas historias viene a la memoria, concluyo que quizás no sea imprescindible el napalm. Siempre hubo aquí compatriotas capaces de hacer cosas que valen la pena, me digo. Y en alguna parte estarán todavía. Como estuvieron. 

Era un navío de 70 cañones y tenía un bonito nombre: Glorioso. Lo mandaba el capitán don Pedro Mesía de la Cerda, y en 1747 traía de La Habana cuatro millones de pesos en monedas de plata. El 15 de julio, cerca de las Azores, el navío se topó con un convoy inglés escoltado por tres barcos de guerra que casi lo doblaban en número de cañones: el navío Warwick, la fragata Lark y un bergantín. En aquel tiempo, un navío de América era un bombón: solía llevar caudales a bordo, así que los ingleses le dieron caza. Manteniendo el barlovento con mucho arte, el Glorioso se batió toda la noche, tuvo un respiro al caer el viento durante el día, y volvió a pelear la noche siguiente: primero dejó fuera de combate a la fragata, que se hundió; y tras hora y media de combate con el Warwick en la oscuridad, sin otra luz que los fogonazos artilleros -los españoles dispararon 1.006 cañonazos y 4.400 cartuchos de fusil-, el navío inglés se retiró con el rabo entre las piernas. Que no siempre Britania, aunque lo venda con trompetas, parió leones. 

Sin embargo, la odisea del Glorioso no había hecho más que empezar. Siguiendo rumbo a Finisterre, el 14 de agosto volvió a dar con una fuerza británica: el navío Oxford, la fragata Shoreham y la corbeta Falcon. Como en el caso anterior, los ingleses le fueron encima igual que lobos. Pero el comandante Mesía y su gente eran de esa casta de colegas que aprietan los dientes y venden caro el pellejo. Por segunda vez asomaron los cañones y batieron el cobre como los buenos: después de tres horas de arrimar candela, pese a haber perdido el bauprés, una verga y tener la popa hecha una piltrafa, el Glorioso continuó navegando hacia España mientras los ingleses se retiraban con graves daños. 

Fondeó el navío en Corcubión, desembarcando los caudales, y volvió a la mar para reparar averías en Cádiz, pues vientos contrarios descartaban El Ferrol. Y el 17 de octubre, a la altura del cabo San Vicente, volvió a encontrarse con una fuerza enemiga. Esta vez eran cuatro fragatas corsarias con base en Lisboa y bajo el mando del comodoro Walker: King George, Prince Frederick, Princess Amelia y Duke, que sumaban 960 hombres y 120 cañones. Inmediatamente le dieron caza, aunque el español, resabiado, no reveló su nacionalidad -treta común del mar- hasta que la King George se acercó a preguntársela. Entonces Mesía izó pabellón de combate y le largó al rubio una andanada que le desmontó dos cañones y el palo mayor. Siguieron tres horas de carnicería muy bien sostenida por el Glorioso; pero al rato se unieron a la fiesta las otras fragatas y dos navíos de línea ingleses que navegaban cerca, el Darmouth y el Russell: seis barcos y 250 cañones contra los 70 del solitario español, maltrecho y corto de gente por los combates anteriores y la travesía del Atlántico. Aun así, el comandante Mesía y su tripulación, a quienes a esas alturas daban ya igual seis guiris que sesenta, se defendieron como gato panza arriba bajo un fuego horroroso durante dos días y una noche. Que se dice pronto. Aún tuvieron la satisfacción de acertar en una santabárbara y ver volar al Darmouth, que se fue a tomar por saco con 314 de sus 325 tripulantes. Y al fin, el 19 de octubre -33 muertos y 130 heridos a bordo, agotada la munición, el barco desarbolado, chorreando sangre por los imbornales, raso como un pontón y a punto de hundirse-, el comandante convocó a los oficiales que seguían vivos, los puso por testigos de que la tripulación había hecho lo imposible, y arrió la bandera. 

De tal modo, fiel a su nombre, acabó viaje el navío español Glorioso. Había librado tres combates contra 12 barcos enemigos, de los que hizo volar uno y hundió otro; pero la hazaña final no corresponde sólo a quienes con tanta decencia lo defendieron, sino al navío mismo: remolcado a Lisboa por los vencedores para repararlo e izar en él su pabellón, los destrozos se revelaron tan graves que se negó a flotar y fue desguazado. Ningún inglés navegó jamás a bordo de ese barco. 

15 de julio de 2012

domingo, 8 de julio de 2012

El día que invadimos Gibraltar

Me encanta. Para qué les digo que no, si es que sí. La cosa patriótica me trae al pairo a estas alturas de nuestra torpe Historia; y en lo que se refiere a Gibraltar, las declaraciones oficiales españolas suelen darme una risa que me saltan los empastes. Algunos de ustedes saben que llevo veinte años sugiriendo entregar el Peñón -con aguas y territorios adyacentes incluidos- a quienes saben defenderlo, y que dejemos de hacer el payaso sin fronteras de una puñetera vez. Ya vale de patrullar Somalia y Afganistán mientras hacemos el ridículo en Algeciras, donde la Armada española ni está nunca, ni se la espera en las próximas décadas. Pero eso no es obstáculo, u óbice para que la mala leche hispana me gotee por el complacido colmillo ante ciertos episodios. Al final, quieras o no, siempre tiran los viejos instintos, el espíritu tribal y la negra honrilla. Porque a ver. Si prestigiosos escritores como mi compadre Javier Marías se calientan con el Real Madrid, a ver por qué no puedo yo ser forofo de los contrabandistas de La Línea, provincia de Cádiz, que me entretienen más y frecuentamos los mismos bares. 

Así que imaginen. Verja de Gibraltar, con un agujero por donde suele colarse la peña para pasar el tabaco que, almacenado en depósitos del puerto con toda la desvergüenza del mundo, venden los llanitos a los españoles y a cualquiera que pague, desde que el cabo Tres Forcas era soldado raso, o desde antes. Es pura rutina: centenares de familias viven de eso en La Línea, donde ocho de cada diez habitantes está oficialmente en el paro. El caso es que, colándose por el boquete de la verja, como cada noche, ésta que cuento se mete en busca de su alijo media docena de matuteros linenses de pata negra: morenos, chupaíllos, tatuajes, cadenas gordas de oro con medallas de la Virgen del Carmen, el Porsche Cayenne tuneado cerca de la verja con los colegas esperando al volante, la radio haciendo pumba-pumba y el maletero abierto. Y en ésas, sea porque hoy toca estadística de rigor aduanero para que en Londres y Bruselas dispongan de papel higiénico, o porque al funcionario policial gibraltareño que está de guardia no le han engrasado bastante los ejes de la carreta, los aduaneros llanitos, haciéndose de nuevas a estas alturas de la feria, les dicen «¿Aónde yu going, quillo?» a los contrabandistas y les caen encima de sopetón, apresando a dos de ellos por la cara. O sea, by the feis. 

Y ahí viene lo bonito. Alertados por los gritos de sus colegas -«¡Que ze nos yevan, ohú!»-, a los que arrastran Peñón adentro con el millar de cajetillas de Winston que les encuentran encima, los matuteros que están en el lado español, que son una quincena, se rebotan a su manera. Y entonces, colándose muy cabreados y en tropel por el agujero de la verja, se meten todos en Gibraltar blasfemando en arameo, «¡Hihoslagranputa! -gritan-. ¡Zoltar al Zeisdedos y al Mediopeo, que zon padres de farmilia numeroza!». Y para reforzar el argumento, se lían a palos, y a los aduaneros llanitos les dan de hostias hasta en el carnet del bingo. Con lo que se monta allí una pajarraca de las históricas, primero a base de leña manual; y luego, cuando por el agujero de la verja llegan algunos más de La Línea para echar una mano, y del otro lado acuden refuerzos de la policía gibraltareña con el pirulo y la sirena haciendo pi-po, pi-po, los nuestros -a esas horas del pifostio, perdóneme Dios, ya son los nuestros- reciben a los bobis a pedrada limpia. Hasta que al fin, tras un cuarto de hora de invasión matutera, los linenses se repliegan victoriosos por el mismo agujero, con los dos consortes liberados por su impecable acción de comando, dejando atrás a un aduanero llanito hecho un Eccehomo y un coche de la Gibraltar Police, o como se llame, con más abolladuras que los de Zapatero o Rajoy si pasaran despacio junto a la cola de una oficina del paro. 

Así que no me digan que no mola. El desparrame. Sólo otra vez en estos tres siglos y pico puso España pie en Gibraltar: cuando en 1704, como avanzadilla de un ataque general, un grupo de pobres soldaditos escaló de noche el acantilado, degolló a la guarnición de arriba, y luego, abandonados por sus jefes y compañeros -naturalmente, el ataque previsto no se produjo-, vendieron caro el pellejo hasta ser exterminados por los ingleses. Desde entonces, que yo sepa, sólo la incursión matutera del otro día ha hecho posible que una fuerza armada española -con piedras y alguna navaja, supongo, pero menos da un boniato- vuelva a pisar gloriosamente el suelo de la perversa colonia. Dudo que al Seisdedos, al Mediopeo y a sus colegas los proponga nadie para la Laureada, la verdad. Tampoco es eso. Pero cuando me los tope en Casa Bernal, tapeando, les pago unas cañas. 

8 de julio de 2012 

domingo, 1 de julio de 2012

Prefieren no mirar

Hieren su sensibilidad. O sea, molestan a los lectores. Los desconsiderados redactores que metieron en los periódicos de papel o digitales unas fotos de niños escabechados en la última matanza de la guerra civil siria, no tuvieron en cuenta que enseñar cadáveres es de mal gusto. Incurrieron en el voyeurismo sórdido. Y claro, numerosos ciudadanos irritados se han dirigido a los medios correspondientes, afeándoles la conducta. Niños degollados y sangre. Qué espanto. Qué inapropiado. Me han causado ustedes un problema de tipo emocional de aquí te espero. Hacen de la muerte un espectáculo, de la tragedia un morbo. Mostrar carnaza es propio de periódicos y revistas de baja categoría. Una falta de respeto para lectores y víctimas. Etcétera. 

Tiene gracia. Aunque sea puñetera gracia. Esas quejas de lectores sensibles coinciden exactamente con lo que una individua sectaria, desabrida y biliosa, hoy ideóloga ética en la telebasura y entonces directora de Informativos de TVE, nos decía a principios de los 90 cuando mandábamos cada día carne fresca, recién descuartizada, desde los Balcanes. Los combates de Vukovar. Los degollados de Petrinja. Los morterazos del mercado de Sarajevo. La bomba de Dobrinja. El hospital Kosevo, con la gente llegando reventada por la metralla y la morgue llena hasta la puerta, donde el suelo rojo hacía chof, chof, cuando lo pisabas. 

Imágenes de la matanza cotidiana, grabadas, jugándose la vida bajo las mismas bombas que mataban a esa gente, por Márquez, por Miguel de la Fuente, por Paco Custodio. Por mis compañeros y amigos. Profesionales que estaban allí para mostrar lo que ocurría, la atrocidad y la barbarie; no para plantearse problemas éticos sobre la sensibilidad de los espectadores. Pero la jefa -tener esa jefa era una desgracia como otra cualquiera- se ponía como una fiera. No mandéis esas imágenes, que son muy fuertes. Malvados. Si grabáis mucho niño muerto, os los quitaremos de la crónica antes de emitirla en el telediario. Por suerte, entre ella y nosotros estaba Miguel Ángel Sacaluga, el subdirector, que metía lo que le enviábamos y nos cubría las espaldas -nunca se lo agradeceré lo suficiente- porque estaba tan cabreado como nosotros de tanto paño caliente, tanta diplomacia y tanta mierda: Javier Solana, el negociador simpático, morreándose con los verdugos y repitiendo, con mucho plural de por medio, que todo iba a solucionarse de un momento a otro. Así, día tras día, mes tras mes, año tras año. Y mientras la cobarde Europa por él representada miraba hacia otro lado, en Sarajevo faltaba tierra para enterrar a la gente, y hasta los campos de fútbol había que convertirlos en cementerios. 

Por eso me da tanta risa torcida cuando al correo del lector de tal o cual periódico acude la peña con quejas. Si aquella foto debió publicarse entera o cortada, en primera o en páginas interiores. Si a la niña de catorce años violada y degollada deberían haberle tapado ustedes la cara para cumplir con las leyes de protección a la tierna infancia. Si la imagen de esa mujer destripada no lleva pie de foto con crítica explícita a la violencia machista. Si difundir la imagen de treinta cuerpos amontonados junto a una pared acribillada de impactos de bala supone una falta de respeto al dolor de sus familias. Y es que no se han enterado de nada, rediós. Esos menguados olvidan que la función de las imágenes de guerra atroces es precisamente ésa. Sacudir, atormentar, herir la sensibilidad del lector, del espectador, lo más que se pueda. Decirle: mira, gilipollas, esto es real. Así muere la gente cuando la matan. Y para que te enteres: en Siria y en todas las Sirias repartidas por el puerco mundo, son precisamente los familiares de esas víctimas los que desean que se fotografíen y graben las matanzas. Son ellos quienes se juegan la piel para llevar a los periodistas hasta allí, y de ese modo hacer al mundo testigo de un horror que, de otra manera, quedaría oculto y con frecuencia impune. 

Dudo que ningún editorial de periódico, ninguna tertulia televisiva, logre hacer con sus argumentos que alguien odie tanto a los nazis como la brutal visión de las imágenes de Auschwitz o Dachau, a la hora de comer. Por ejemplo. Pero es que la cuestión real no es ésa. Lo que ocurre es que esta sociedad anestesiada, egoísta, que a pesar de la que está cayendo fuera y dentro sigue sin querer enterarse de en qué peligroso mundo vive, está empeñada en que nadie le altere el pulso. En que no la despierten de su imbécil sueño suicida. Lo que pide, o exige, es vivir cómodamente sentada en el sofá, zapeando entre anuncios con gente que baila y sonríe, Sálvame y el puto fútbol. 

1 de julio de 2012 

domingo, 24 de junio de 2012

Aquellos hombres duros

No siempre estoy de acuerdo con las decisiones colectivas de la Real Academia Española. Mi agradecimiento por pertenecer a esa institución no incluye la lealtad ciega. Contra ciertos aspectos de la última Ortografía, por ejemplo, milito en abierta disidencia, como Javier Marías. Sin embargo, otras cosas me calientan el orgullo. En lo que va de año llevo dos alegrías. Una, el informe con que Ignacio Bosque demolió algunas disparatadas guías de lenguaje no sexista, poniendo en su sitio a ciertos analfabetos, oportunistas y cantamañanas. La otra alegría es la aparición, en la Biblioteca Clásica de la RAE, que dirige el profesor Rico, de uno de los libros más importantes escritos en lengua española; y quizá, junto a la Crónica de Muntaner -los almogávares en Bizancio- el más apasionante de todos: Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo. 

Si les gusta la Historia, si aman los buenos relatos de guerra y aventuras, si quieren asistir a una de las más grandes y terribles hazañas de la Historia, si desean conocer de primera mano el sangriento prodigio que fue la conquista de México por una pequeña tropa de españoles ambiciosos, valientes, crueles y duros como la ingrata tierra que los parió, vayan a una librería y cojan uno de esos volúmenes azules con el emblema de la RAE -éste, el más grueso de todos, cuesta lo que tres entradas de cine-. Luego ábranlo al azar y lean algo. Con suerte darán en el capítulo 86, donde los conquistadores empiezan a abrirse camino desde Cholula; o en el 129, donde comienza el asedio de Tenochtitlán. O en el capítulo anterior, el 128, donde se cuenta cómo en plena noche, bajo la lluvia, los españoles intentan romper el cerco y escapar de la ciudad, peleando con los valerosos aztecas que les caen encima por millares y arrastran a los prisioneros a los templos para sacrificarlos, y cómo el plan original se va al diablo en el caos del combate -«si había algún concierto, maldito aquel»-; y mientras todos pelean en la estrecha calzada, matando y muriendo, Cortés, que va a caballo con el tesoro y las mujeres, escapa y sigue adelante; pero requerido por sus hombres vuelve atrás a socorrer a los rezagados, y ya sólo encuentra a Alvarado, que corre en la oscuridad seguido por cuatro españoles y ocho fieles tlaxcaltecas empapados de lluvia y de sangre; y viendo que tras ellos no vienen más, que de la retaguardia sólo quedan ésos, «se le saltaron las lágrimas de los ojos». 

Bernal Díaz del Castillo no era un historiador ni un literato. Era un soldado profesional que había leído libros y tenía el talento, el don magnífico, de juntar palabras con una naturalidad, una limpieza y una honradez envidiables. Escribió sus recuerdos de la conquista de México -«lo que yo vi y me hallé en ello peleando»- muchos años después, viejo y cansado, tras ver cómo los advenedizos, funcionarios y parásitos llegados de España se enriquecían en la tierra que él conquistó y en la que quedó mal pagado y casi pobre. Escribió con asombrosa fidelidad y atención al detalle, sin trompetazos ni alardes, con una sencillez pasmosa; humilde siempre, excepto para revindicar el orgullo legítimo de haber estado allí. De sus sufrimientos y peligros. Harto de versiones de segunda mano y manipulaciones de los hechos que él vivió en carne herida -ciento cuarenta combates durante su larga vida de soldado-, el anciano veterano de Cortés, superviviente de una de las más asombrosas gestas que vieron los siglos, quiso poner las cosas en su sitio. Hacer honor a la memoria de sus compañeros muertos y a la suya propia, porque «soy viejo de más de ochenta y cuatro años y he perdido la vista y el oír, y por mi ventura no tengo otra riqueza que dejar a mis hijos y descendientes, salvo esta mi verdadera y notable relación». 

El libro de Bernal Díaz del Castillo es tan fascinante y extraordinario que resulta imprescindible en la memoria y la certeza histórica de cualquier español de honrada casta. Pero no sólo eso. La Historia verdadera cuenta también de modo asombroso el final de un mundo y el terrible crujido que hizo nacer otro nuevo. El retrato minucioso de aquellos hombres increíbles que se abrieron paso por una tierra desconocida y hostil, haciéndola propia a arcabuzazos y cuchilladas, no es sólo una historia española, sino también, y sobre todo, una historia mexicana. Cuando el autor cuenta que tras la toma de Tenochtitlán se hizo el recuento de las mujeres indias que iban con los conquistadores, añade que «algunas de ellas estaban ya preñadas»: para mal y para bien, los primeros nuevos mexicanos estaban a punto de nacer. Por eso Bernal Díaz del Castillo y sus camaradas son hoy más de allí que de aquí. Por la sangre vertida. Por la sangre mezclada. 

24 de junio de 2012

domingo, 17 de junio de 2012

La Laureada de Alcántara

A veces se hace justicia, aunque sea tardía. Aunque sólo sirva para conmover las entrañas de los pocos que aún recuerdan. Es cierto que el ondear de banderas tiene algo de sospechoso, pues entre los pliegues de éstas, sin distinción de colores, suele esconderse mucho hijo de puta. Tampoco quienes conceden o reciben medallas son siempre de limpia ejecutoria. Pero a veces hay excepciones; momentos en los que las cosas se hacen como es debido. Y éste es uno de esos momentos. Noventa y un años después del desastre de Annual de 1921, donde 8.000 soldados españoles fueron exterminados por la estupidez de un rey, la venalidad de los políticos -nada hay nuevo bajo el sol-, la incompetencia de los generales y la desvergüenza de numerosos jefes y oficiales, el gobierno español ha concedido la Laureada de San Fernando, con carácter colectivo, al regimiento de caballería Alcántara, que se sacrificó casi en su totalidad para proteger la retirada de sus compañeros. La Laureada es la máxima condecoración militar española, y se obtiene por acciones extraordinarias en combate. Por aquella jornada, el jefe del regimiento recibió a título póstumo la Laureada individual; pero la tropa, como de costumbre, fue olvidada. Ninguno de los intentos posteriores por honrar su memoria tuvo éxito. Políticos y espadones de diversa ideología, desde el general Franco a la ministra Chacón, coincidieron en no querer remover aquello. Pero al fin, para satisfacción de los nietos y bisnietos de esos hombres, se repara la vergüenza. 

Imaginen la escena: las harkas de moros sublevados por Abd el Krim acosan a la desorganizada columna que intenta escapar hacia Melilla abandonando a su suerte a heridos y enfermos. Aquello es una matanza inaudita, y millares de soldados abandonados por jefes y oficiales corren despavoridos, atormentados por la sed, intentando ponerse a salvo. En el camino de Dar Dríus a El Batel y Monte Arruit, la protección de la retaguardia de los fugitivos recae en un regimiento de caballería que todavía se encuentra intacto y bien mandado, el Alcántara nº 14. Su jefe es el teniente coronel Fernando Primo de Rivera, hermano del teniente general del mismo apellido, que en seguida comprende que se está pidiendo a sus 691 hombres que se dejen la piel por salvar a los compañeros. Pero no hay otra. Hace de tripas corazón, arenga a su gente, les dice que toca bailar con la más fea del Rif, y el regimiento, disciplinado y silencioso, se pone en marcha con sus escuadrones protegiendo los flancos y la retaguardia de la columna en retirada. A las cuatro de la tarde, aparte infinidad de escaramuzas parciales, los jinetes de Alcántara ya han tenido que dar su primera carga al galope contra una fuerte concentración enemiga. Pero es en el cruce del río Igán, que está seco y en torno al que se atrincheran miles de rifeños que hacen fuego graneado, donde la columna se arriesga a quedar cercada. Entonces, el teniente coronel les toca a sus hombres la única fibra que a esas alturas, con semejante panorama, cree que puede funcionar: «Si no lo hacemos, vuestras madres, vuestras mujeres, vuestras novias, dirán que somos unos cobardes. Vamos a demostrar que no lo somos». 

Y no lo fueron. Siete veces cargó Alcántara monte arriba y sable en mano, reagrupándose tras cada carga, cada vez menos hombres, más heridos, exhaustos y sedientos jinetes y caballos, una y otra vez bajo la granizada de balas enemigas, entre las zarzas y parapetos rifeños, tan diezmados y agotados al final que la última carga, octava del día, hubo que darla con los caballos al paso, pues ya no podían ni trotar; y aún después se continuó ladera arriba, a pie, combatiendo al arma blanca. Cargaron los soldados, y también el joven trompeta de quince años que llevaba el cornetín de órdenes. Y cuando a la quinta o sexta carga ya no hubo hombres suficientes para cerrar las filas, cargaron también, aunque nadie los obligaba a ello, los tres alféreces veterinarios, y el teniente médico, y hasta el capellán fue adelante con la tropa. Y cuando ya no quedó nadie a quien recurrir, cargaron también los catorce maestros herradores, y con ellos los trece chiquillos de catorce y quince años de la banda de música del regimiento; que, como el joven corneta de órdenes, murieron todos. Y al anochecer, cuando los supervivientes consiguieron llegar a la posición de El Batel, agotados, llenos de heridas, caminando entre las sombras con sus extenuados caballos cogidos de la brida, de los 691 hombres del regimiento sólo quedaban 67. Desde luego, aquel 23 de julio de 1921 los del regimiento Alcántara cumplieron con su teniente coronel. A ellos, ninguna madre, mujer o novia los llamó cobardes. 

17 de junio de 2012

domingo, 10 de junio de 2012

Se ruega no escupir al médico

Centro de atención primaria, antes ambulatorio. Entre pacientes esperando turno, acompañando a una persona que necesita atención, aguardas en el vestíbulo, apoyado en la pared con un libro en las manos. Frente a ti, impreso en fotocopia, un rótulo pegado con cinta adhesiva: «El Colegio de Médicos actuará por vía penal contra toda clase de insulto o agresión hacia el personal de este Centro». Al lado, otro de las mismas características referido al Colegio de Enfermeras. Un poco más allá, un tercer cartel: «Se ruega guardar silencio». En la sala de espera hay sólo una veintena de personas, pero el guirigay es espantoso: conversaciones en voz alta, llamadas por el móvil. Parece un mercado. Abundan las protestas a grito pelado, con intención de que las oiga el personal sanitario que anda cerca, en plan estoy citada a las cinco menos cuarto y son menos cinco, qué poca vergüenza, mira qué tranquilas van las enfermeras y nosotros aquí, esperando, menuda pandilla de golfos, etcétera. Todo eso, expuesto con la zafia prosodia que manejamos los españoles en nuestras relaciones con el prójimo. Por supuesto, hay varias señoras de pie y varios fornidos varones sentados, mirando al vacío como si no las vieran. 

Con quince minutos de retraso -plazo razonable, dado el trajín y la acumulación de gente-, entras en la consulta acompañando al paciente. Un médico con claros síntomas de agotamiento atiende sin levantar la cabeza mientras rellena los impresos adecuados. Y cuando a una de sus preguntas el paciente responde: «Desde las vacaciones», el doctor levanta por primera vez la cabeza, lo mira sarcástico y comenta: «Yo no tengo vacaciones». Luego procede al reconocimiento, mientras a través de la puerta cerrada llega el espantoso vocerío que continúa afuera, los gritos y las desconsideradas conversaciones en voz alta. 

Toca ir a urgencias. Como ahí la peña anda más perjudicada, el griterío es menor. Algo. Pero no faltan conversaciones telefónicas, voces en alto y protestas. Por la espera, por la falta de asientos, por no poder fumar, porque no hay máquina de café y refrescos. Todo cristo tiene algún agravio sanitario que exponer, directa o indirectamente, cada vez que asoma alguien del centro. Aguantando estoicas las preguntas, las protestas y los malos modos -con el pretexto de enfermedad propia o cercana, la falta de educación alcanza en lugares como éste extremos inauditos-, dos cansadas enfermeras, con una buena voluntad digna de elogio, se ocupan de todo con mucha mano izquierda, resignación y envidiable sangre fría. 

Llaman a un paciente. Fulano de tal. No aparece. Alguien comenta que se ha ido, cansado de esperar. No sería tanta urgencia la suya, piensas, aunque procuras no manifestarlo en este ambiente más bien hostil. El próximo paciente es una señora joven, musulmana, con pañuelo en la cabeza, acompañada por su marido, que se levanta para escoltarla. No puede venir usted, dice una enfermera. En urgencias sólo entran los pacientes. Entonces, el marido monta una bronca espantosa. Él no deja sola a su mujer allí dentro, y todos son unos racistas. Él conoce sus derechos. Sale un médico. Intenta convencerlo. El otro levanta más la voz. Racistas, insiste. Al final, claro, entra con la mujer. Entonces todos los pacientes, que habían estado callados mientras las enfermeras y el médico se enfrentaban al marido, estallan en comentarios. Podían irse a que los atendieran en su tierra, y cosas así. Un par de ellos sacan el móvil y se ponen a contar el episodio a su familia, amigos y vecinos. A gritos. Mira tú el moro. Etcétera. 

Sales al pasillo y vuelves a la sala de espera. Bajo los carteles que piden silencio, el vocerío es insoportable. Zumba la colmena de conversaciones en voz alta, ordinariez, descortesía y comentarios despectivos sobre el funcionamiento de la sanidad pública española. Se cae la cara de vergüenza, dicen. Y todo eso. Por un momento sientes el impulso de levantar la voz, como todos, para decir: «Tenéis una sanidad pública que no os merecéis, tontos del culo. Que no nos merecemos. Una sanidad fantástica. Gracias deberíamos dar por que esto todavía aguante. Que a saber cuánto dura. En vuestra puta vida, en la nuestra, podríamos pagarlo de nuestro bolsillo. ¿Quién os habéis creído que somos?». 

Es lo que te pide el cuerpo decir. Pero no lo haces, claro. En vez de eso, cierras el pico y te apoyas en la pared bajo los carteles donde se advierte a quienes insulten o golpeen a médicos y enfermeras. Luego abres el libro que traías, haciendo como que lees; mientras, en efecto, se te cae la cara de vergüenza. 

10 de junio de 2012 

domingo, 3 de junio de 2012

Ese viejo y gran cine español

Llevo tiempo incumpliendo la promesa de dedicar un domingo a mis películas favoritas del cine español. Y de hoy no pasa. Me acordé anoche, cenando con un amigo de los que, como yo, vivieron la infancia y primera juventud en cines de programa doble o sesión continua. Así que estuvimos toda la cena refrescando nombres de películas y directores, e incluso recuerdos comunes de tal o cual estreno. Tengan en cuenta que en materia de cine, y disculpen la chulería de un sexagenario, el mundo actual se divide entre quienes vimos estrenar Ben-Hur, Del infierno a Texas, Duelo en el Atlántico o Misión de Audaces -ese pañuelo de la chica en el cuello de John Wayne, antes de volar el puente-, y quienes no. Los que llegaron luego tuvieron otras cosas. Incluso mejores, tal vez. Pero no ésas. Nunca estuvieron a oscuras en un cine de acomodador y linterna, comiendo pipas mientras en la pantalla sonaba tatachán, tatachán, y aparecía el rótulo de El puente sobre el río Kwai. 

Por supuesto, mi lista de cine patrio es larga. Incluye películas de los últimos treinta o cuarenta años, con títulos fundamentales entre los que tengo especial afecto a La escopeta nacional, Los santos inocentes, Las cosas del querer -en mi opinión tan notable como las dos anteriores-, Los lunes al sol, Como un relámpago, Las bicicletas son para el verano, Bajarse al moro -esos entrañables hermanos Juan Echanove y Verónica Forqué-, Mujeres al borde de un ataque de nervios y El día de la bestia, entre otras, sin olvidar mi favorita de esa época: El crack, de José Luis Garci. Esa escena inmortal del inmenso Alfredo Landa, pistola bajo la mesa, diciéndole a Cervino: «Baretta, dame el mechero o te vuelo los huevos» figura en mi santoral privado del mejor cine hecho en España. 

Sin embargo, pese al respeto y admiración que tengo por esas películas magníficas, el cine español que de verdad me pone caliente es anterior, de los años sesenta para atrás. Casi todo está rodado en blanco y negro, aunque hay excepciones. En color se rodó Los tramposos -una de mis grandes debilidades, con los sublimes Tony Leblanc y Antonio Ozores en la secuencia genial del timo de la estampita-, Tres de la Cruz Roja y también Cateto a babor; que pese a las apariencias de comedia sensiblera con niño, es un recital interpretativo del gran Alfredo Landa. Pero es en blanco y negro, como digo, donde para mí se encuentra el más valioso tesoro cinematográfico español. Películas, algunas de ellas verdaderas obras maestras, que inexplicablemente no pueden encontrarse en el comercio y nunca pasan por televisión, pues el blanco y negro espanta a la audiencia. 

Así que tomen nota de mi lista, si les apetece, y ustedes verán. O no verán. Pero les aseguro que si un día ponen en la tele Plácido, La caza, Surcos, El escándalo, Tarde de toros o Mi tío Jacinto, y se niegan a verlas porque no son en colorines como Sálvame o Gran hermano, los interesados merecen soñar cada noche, el resto de su vida, con Belén Esteban en vez de con la Sarita Montiel de El último cuplé -ésa es en color, por cierto-. Por idiotas. Recuerden de todas formas, que la mía es una lista personal e incompleta, sujeta a error y a olvidos. Incluso a factores difíciles de explicar. En cabeza figura la que considero obra cumbre de nuestro cine, no sólo por la historia que cuenta, sino por la España que disecciona con fría crueldad: Calle Mayor. Para los amantes de lo policíaco, misterioso o fantástico, me parecen ineludibles El clavo -magníficos Rafael Durán y Amparo Rivelles- y la extraña La Torre de los Siete Jorobados. En folklore hispano tengo tres debilidades notorias: La María de la O que interpretaron Carmen Amaya y Pastora Imperio, Morena Clara, y el gran Manuel de Luna guitarreando a Juanita Reina en La Lola se va a los puertos. En materia de comedia española, mi lista, que ahí es muy larga, la encabeza Atraco a las tres, que considero obra maestra absoluta, seguida por El verdugo, Bienvenido míster Marshall y El tigre de Chamberí. Como western hispano de calidad, imposible no citar la magnífica Carne de horca; y en lo que a cine épico y de aventuras se refiere, nuestra particular versión de Tres lanceros bengalíes se llama Harka, de valor documental irrepetible. Sin olvidar la todavía conmovedora Los últimos de Filipinas, o una joya del cine de guerra y resistencia: la película maldita del falangista Carlos Arévalo Rojo y negro, prohibida por el franquismo, con una subyugante Conchita Montenegro y un final desolador que trasciende cualquier simpleza ideológica. Pero a esa película modernísima, turbia, dura y fascinante, ya le dediqué una página entera aquí, hace años. 

3 de junio de 2012 

domingo, 27 de mayo de 2012

Adiós, Manolo

De compras. Me atiende una señora con acento eslavo, de un metro ochenta de estatura a ojo de buen cubero, con el pelo rubio y los ojos claros. De ésas que dan miedo. O casi. Hechos los trámites, llama a dos empleados, y éstos se ocupan del resto de la operación. Uno es un rumano eficiente que se ocupa de mí con diligencia, y hablando un español casi perfecto, me advierte: «Cuidado con esta pieza, que es muy jodida y se suelta». Lo de muy jodida lo ha dicho con el desparpajo y la naturalidad de quien le tiene tomado el punto a la pieza que se suelta y al habla de Cervantes. Integrado total. El otro empleado es un joven azteca, o maya, o lo que sea. Uno de allí, con un magnífico pelo negro, la piel cobriza y unos ojos oscuros e inteligentes. También son ojos orgullosos. Hace un momento, mientras brujuleaba por la tienda, tuve ocasión de presenciar una escena de ese mismo joven con un cliente ligeramente estúpido, y de advertir la mirada que le dirigió el indio cuando al otro se le fue un poco la mano en el trato. Si te llego a pillar en Tenochtitlán aquella noche -decía elocuente esa mirada- me hago un llavero con tus pelotas. Incluso si te encuentro un sábado por la noche, de copas, igual me lo hago. Huevón. 

El caso es que salgo de la tienda satisfecho, porque además de eficientes son gente amable, que sabe lo que importa un cliente en estos tiempos. En la puerta me paro a dejar pasar a tres niños que vienen del cole con mochilas a la espalda, hablando de sus cosas. Deben de andar por los ocho o diez años. Dos son chinos totales, y uno de ellos lleva una felpa -detesto discúlpenme, la sucia palabra sudadera- del Real Madrid y les está diciendo a los otros algo que acaba con la frase «os lo juro, tíos». 

Me lo quedo mirando con media sonrisa en la boca y la otra media en la tienda de la que acabo de salir, y me digo: ahí los tienes, chaval. En los últimos veinte minutos has visto a seis personas, y sólo los padres de dos nacieron aquí. Y acaba de pasar un chino de Lavapiés, hincha del Madrid, con un acento castizo que te vas de vareta. Ésta es la España que hay, concluyo. Y la que viene. La que va siendo. Y a lo mejor por ahí nos salvamos, al final. O se salvan nuestros descendientes. Cuando pasen los tiempos de la purga, de la penitencia por lo que fuimos y aún somos, y nuestra mala simiente ancestral se diluya por fin en la genética, y otra generación de españoles diferentes nos borre del mapa. 

Camino detrás de los tres críos, observándolos mientras pienso en todo eso. En que dentro de unos años, sus nietos se mezclarán con los de la bolchevique rubia de la tienda, del americano de ojos orgullosos e inteligentes, del rumano que sabe que las piezas son jodidas y se sueltan. Y de esos fascinantes cruces de caminos del azar y la vida, saldrán españoles nuevos: jóvenes gloriosamente mestizos, con la mirada orgullosa del indio en unos ojos rasgados y asiáticos que tengan el color claro de la ucraniana de la tienda y la inteligencia del rumano de eficaz parla cervantina, aliñados tal vez con el valor desesperado del africano que se jugó la vida a bordo de una patera. 

Españoles felizmente distintos, nuevos, mezclados entre sí, que rompan nuestra estúpida inercia para generar, como ocurre en los buenos mestizajes, hombres y mujeres más atractivos, imaginativos e inteligentes. Sobre todo, cada vez más lejos de los fantasmas y odios viscerales que emponzoñan este lóbrego patio de vecinos llamado España. Gente distinta, a cuya sangre mezclada y renovada importen un carajo las secuelas no resueltas de las guerras carlistas, la guerra del Segador, los mártires de la Cruzada, los fusilados del franquismo, el fuero de los Monegros, el Estatut de Úbeda y toda nuestra larga enfermedad histórica. Nuestra puerca estirpe de insolidaridad, vileza y mala leche. Nacerán así españoles nuevos, prácticos, que se rían en la cara de los sinvergüenzas que ofrecen euros a cincuenta céntimos, esqueletos de armario, errehaches y endogamias catetas. 

Que se vayan a la cama juntos, se preñen unos a otros y nos preñen a todos tantas veces como haga falta, hasta que lo importante, lo necesario, se dibujen con nitidez en la retina de nuestra estirpe. Hasta que nazca, al fin, un español que busque el futuro en vez de la manera de hacerle la puñeta al vecino, o vengar a su abuelo. Puestos a ser analfabetos -eso ya parece irremediable-, seamos al menos analfabetos guapos, con ojos verdes, ritmo africano y latino en las venas, andares de mulata hermosa, aplomo de eslavos tenaces, coraje de sangre moruna. Y al tradicional Manolo moreno, bajito, limitado, fanático de las fiestas de su pueblo, de la efigie del santo patrón y de la última y puta guerra civil, que le vayan dando. 

27 de mayo de 2013 

domingo, 20 de mayo de 2012

Bruto es un hombre honrado

El tercer acto de la tragedia Julio César contiene un ejemplo interesante de lo que, desde la Logse o por ahí cerca, llamamos comprensión lectora, y que hasta hace poco se conocía por simple sentido común. Para levantar al pueblo romano contra Bruto y los otros asesinos de César, el Marco Antonio de Shakespeare empieza su famoso discurso aludiendo varias veces a Bruto como «un hombre honrado». Y el pueblo, voluble pero no completamente imbécil, termina captando el sentido de la ironía y acaba queriendo hacer picadillo a los magnicidas. Dicho de otra forma, la comprensión lectora de los romanos fue en este caso, y en términos generales, la apropiada. 

No sé qué suerte correrían Marco Antonio y su discurso, de difundirse a través de lo que hoy llamamos redes sociales. Si algo caracteriza lo que circula es la superficialidad y falta de rigor. A más simpleza, mayor difusión. Por situar un ejemplo, un mensaje típico de Twitter sería: «Dice Einstein que todo es relativo», seguido de treinta mil comentarios a favor o en contra de que todo sea relativo: un tercio de ellos procedentes de quienes no saben quién fue Einstein, y otro tercio escrito por osados analfabetos que no es ya que ignoren quién fue Einstein, sino que ignoran el significado de la palabra relativo. 

Salvando categorías, citaré un caso personal. Hace poco, elogiando Grupo 7 en Twitter, me congratulé de que la película muestre también esa otra Sevilla real, turbia, de putas, yonkis, marginación y gentuza que nunca sale en el Hola, en vez de remachar sólo el camelo constante de bares, ferias, semanas santas y carretas camino del Rocío. A los pocos minutos, una página de Internet que no se distingue por el rigor de sus contenidos y reseñas, lanzaba en la red el siguiente titular: Pérez-Reverte: «La Sevilla real son yonkis, putas y gentuza». 

A partir de entonces, fue ese mensaje el que empezó a difundirse en la red. Y sobre él, no sobre los razonados mensajes originales, surgió el proceso de viralidad común en estos casos. Alguno de ustedes sabe la que se lio: tres mil tuiteos el primer día y cinco mil la semana siguiente. Con la particularidad de que, tratándose de Sevilla, fértil en cofradías, equipos de fútbol y otras instituciones, una legión de capillitas, penitentes, aficionados al deporte rey, a la hípica, a los toros, a la feria, al flamenco y a las tapas de garbanzos con espinacas, se pusieron como tigres hircanos. 

Una hora después, unos pedían la retirada de mis libros de las librerías y otros exigían al alcalde que articulara mecanismos legales para prohibirme volver allí. Luego empezaron a intervenir los sensatos, los que saben leer sujeto, verbo, predicado y lo que hay detrás de cada cosa, y el asunto se fue equilibrando hasta derivar en debate, ya ajeno a mí, sobre si había razón o no en mis afirmaciones originales: Sevilla como bella ciudad escasa de autocrítica, barrios marginales, endogamia cultural y otros detalles. 

Fue, desde luego, una buena experiencia más sobre la torpe condición humana, la cultura o la ausencia de ella, la inteligencia de los lúcidos y la estupidez fanática de los menguados. Hubo detalles asombrosos. Llevo veinte años escribiendo esta página, que allí se publica con el ABC. Supongo que ciertos ciudadanos me habrán leído alguna vez, y eso incluye artículos premiados sobre Sevilla, dos novelas que escribí con ella como escenario, e innumerables alusiones afectuosas a una ciudad que, además, me concedió el premio de Turismo «por difundir positivamente la imagen de Sevilla en el mundo». Y pese a tales antecedentes, gente culta, sensata, que tiene contexto, que lee periódicos y libros, incluso algunos comunicantes que se declararon lectores míos de toda la vida, juraban no volver a leer un libro escrito por mí. «Lávese la boca cuando quiera hablar de Sevilla». Etcétera. 

También, en esto de pasar buenos ratos echando pan a los patos, fue interesante el alto número de sevillanos varones que mencionaron a mi madre como argumento estrella. Nunca había ocurrido antes, aunque llevo tiempo de broncas en Twitter, incluso con nacionalistas furibundos y feministas radicales en materia de lenguaje. Y me parece significativo. Brindo el dato a los sociólogos, a la hora de considerar el peso de las madres en la mentalidad de cierta población masculina de Sevilla. En cualquier caso, hubo dos mensajes notables que atesoré con entusiasmo coleccionista. Uno, famoso al difundirse luego con mucha guasa en la red, fue el que solicitaba para mí la pena de Garrote Bil. El otro, resumen fantástico de todo el disparate, me parece perfecto para ilustrar este artículo: «Debe pedir perdón por ofender a todos los andaluces y todas las andaluzas». O sea: España resumida en dos tuits. 

20 de mayo de 2012 

domingo, 13 de mayo de 2012

El marino que lloraba

Alguna vez he hablado aquí de remordimientos. De lo poco que se llevan en los últimos tiempos, si es que alguna vez se llevaron. De la facilidad con que nos fabricamos, en el acto, excusas útiles para ignorarlos. El estado del bienestar incluye eso, imagino. El bienestar personal a toda costa. El no sentirse responsable, o culpable, de nada. Pero no siempre es así. A veces, el daño infligido a otros sigue presente en nuestra memoria y nos acompaña hasta el final, obligándonos a mirarlo cara a cara. No sé ustedes, pero en mi archivo personal tengo algunos remordimientos, o estragos que tienen mucho que ver con ellos. Fueron muchos años pisando caminos raros y cristales rotos. Y ninguna supervivencia es impune, claro. Algunos, con eso, hacemos novelas. O escribimos artículos como éste. 

Era un niño cuando conocí al primer hombre con remordimientos. Alguna vez he dicho -hay días, maldición, en que me parece haberlo dicho casi todo- que crecí entre marinos mercantes, escuchando sus historias de singladuras, temporales y puertos. O al menos las que mi madre les permitía contar delante de una criatura. De todos ellos, incluso más que los capitanes de petroleros amigos de mi padre, mi marino favorito fue siempre mi tío Antonio, capitán de la Trasmediterránea. Solía reunirse con sus dos más queridos amigos, compañeros desde la escuela de Náutica, con los que permaneció unido toda su vida, incluso cuando los tres ya mandaban barcos. Se llamaban Salvador y Ginés. Yo era una especie de sobrino honorario de todos ellos y me gustaban mucho las historias del mar, así que era frecuente que me sentase en su compañía, escuchando mientras fumaban paquetes enteros de Players, bebían café y vaciaban botellas de whisky con etiquetas espectaculares al tiempo que hablaban de amarres en Veracruz, guardias nocturnas en el estrecho de Malaca, temporales en el Atlántico Norte o peleas en los bares de Rotterdam. Eran marinos de verdad. Amos de su barco después de Dios, e incluso antes. Marinos de toda la vida. 

Salvador era flaco y moreno, muy afectuoso conmigo, y tenía una hija pequeña de la que yo andaba enamoradísimo. Durante la Segunda Guerra Mundial, con apenas veinte años, Salvador había estado navegando como alumno en un mercante que fue torpedeado en el Atlántico por un submarino alemán. Imaginen el efecto que eso me causaba, y la avidez con que escuchaba el relato cuando la historia surgía de nuevo: el barco navegando sin luces en la noche, la guardia en el puente, el desconcierto tras el impacto del torpedo, los hombres saltando al agua entre las llamas, los supervivientes amontonados en un bote y una balsa, sucios de petróleo, temblando de frío, algunos de ellos heridos. Y los días que pasaron a la deriva, sin comida ni agua, hasta que tuvieron la suerte de ser rescatados. 

Era en ese punto donde la historia de Salvador se volvía aún más dramática; y prueba de la impresión que me causó es lo perfectamente que la recuerdo, cincuenta años después, en todos sus detalles. Los supervivientes, como digo, se hacinaban en un bote; y los que no cabían en él, entre ellos varios hombres heridos, iban detrás, en una balsa de madera unida al bote por un cabo. Había una fuerte marejada, con mar que rompía a veces, y los tirones del cabo de la balsa remolcada en la popa del bote hacían que éste embarcase mucha agua, poniéndolo en peligro de hundirse. Se desató a bordo una violenta discusión entre los partidarios de cortar el cabo y dejar la balsa a su suerte, y los que se negaban a abandonar a los compañeros. Quedó la cosa en mantener la balsa a remolque; pero, durante la noche, alguien del bote cortó el cabo. Los despertaron a todos las llamadas de angustia de los hombres que quedaban atrás, a la deriva, gritando en la oscuridad. Sus voces apagándose poco a poco hasta que dejaron de oírse. Y luego, sólo el sonido de las olas, la negrura del mar y el silencio de los hombres callados en el bote. Fueron rescatados tres días más tarde por un destructor inglés; pero de la balsa y sus ocupantes, nunca más se supo. 

Oí contar a Salvador tres o cuatro veces aquella historia, y recuerdo muy bien su voz quebrándose al llegar a ese momento del relato. Sus silencios intermitentes y su modo de inclinar un poco la cabeza, mirando con fijeza el cigarrillo que le humeaba entre los dedos o el contenido de su vaso de whisky. «¡No nos dejéis aquí!», decía, recordando las voces que se alejaban en la noche. «¡No nos dejéis aquí!», insistía como si aún escuchara aquellas palabras. Y mientras las repetía una y otra vez, se le llenaban los ojos de lágrimas. 

13 de mayo de 2012

domingo, 6 de mayo de 2012

La percha de Mingote

Una tarde de hace nueve años, mientras esperaba en mi entonces mesa habitual del café Gijón a que los miembros de la RAE votaran sobre mi candidatura, uno de los viejos camareros, que me conocía desde que entré por primera vez en el café siendo un jovencito imberbe, me dijo: «Hubo un tiempo en que tener una silla reservada aquí era más importante que tener un sillón en la Academia». Y tenía razón. Pero lo que pude averiguar más tarde, una vez dentro, es que había algo aun más importante que un sillón con tu letra en la sala de plenos, e incluso que una mesa reservada en el Gijón: el perchero del vestíbulo de la RAE, con sus perchas de bronce y su bastidor de madera con huecos para el bastón o el paraguas. 

Tanto me asombró el descubrimiento, que a las pocas semanas le dediqué un artículo en esta misma página. El perchero de la Academia, se titulaba. En él explicaba su protocolo centenario: cada académico tiene su percha, identificada con el nombre, y debajo encuentra los jueves el correo que recibe. Las perchas, excepto la del director, se asignan por orden de antigüedad. Y con el paso del tiempo, los académicos que mueren dejan su lugar vacante; de manera que los que vienen detrás avanzan percha a percha. Las vacantes deberían producirse entre los académicos de más edad, pero no siempre es así. Nombres de venerables abueletes ocupan desde hace décadas algunos de los lugares más antiguos, enrocados allí mientras compañeros más jóvenes se quedan por el camino. Son loterías de la vida, registrada puntualmente en ese viejo marcador que nos recuerda, cada jueves, cómo, cada uno a su paso, nos encaminamos todos a la muerte. 

En lo que a mi nombre se refiere, en noviembre del 93, cuando escribí aquel artículo, ocupaba la penúltima percha, entre Margarita Salas y José Manuel Sánchez Ron. Hoy tengo diecisiete por detrás. El último hueco en el perchero me ha dejado en el corazón un agujero del tamaño de un disparo de postas: Antonio Mingote era uno de los hombres más afectuosos y cabales que conocí en mi vida. Uno de esos venerables abuelos a los que antes me refería, y que dan a la Academia el tono, el prestigio y la solera. 

Sobre Antonio se ha dicho tanto en las últimas semanas -algunas veces España deja de ser madrastra ingrata y hace justicia a los mejores,- que insistir aquí sería remachar lo obvio. Pero no puedo dejarlo irse sin más. 

Desde que entré en la RAE formábamos parte de la misma comisión del Diccionario, la de Ciencias Humanas; y cada jueves, antes del pleno, nos reuníamos para revisar las definiciones que esa semana tocaban en suerte. Su bondad extrema, su fina caballerosidad, los ejemplos gráficos que garabateaba en los márgenes de las definiciones -conservo como un tesoro el dibujo de la palabra canalillo-, lo hacían entrañable. Silvia, la guapa filóloga de nuestra comisión, lo amaba en secreto. O sin él. En realidad lo amábamos todos. La comisión. No pueden imaginarse lo atrozmente viejo que puedo sentirme estos días, al asistir a ella. Lo incómodamente superviviente, cuando después de colgar mi mochila en el perchero compruebo que la tarjeta con mi nombre se ha movido de nuevo, avanzando otro puesto. Cuando entro en la salita donde nos reunimos, veo desocupado el lugar de Antonio Mingote y pienso en los huecos que he visto producirse en torno a esa mesa: el queridísimo Antonio Colino, el sensato Castilla del Pino, el muy fumador Ángel González, el excéntrico almirante Álvarez-Arenas, a quien cada tarde saludaba cuadrándome con un taconazo que él agradecía con una sonrisa guasona de sus ojos azules... Sólo dos de quienes hace casi una década me dieron la bienvenida siguen en esa comisión: Gregorio Salvador y José Luis Sampedro. Los otros, Javier Marías entre ellos, vinieron después. Sampedro acude siempre que la salud se lo permite, pero el veterano Gregorio no falla nunca. Está allí jueves tras jueves, ejemplo de académicos perfectos, dando tono y magisterio. Él y unos pocos más son los últimos nombres legendarios de aquella Academia en la que ingresé tímido y de puntillas, pidiendo perdón por hacerlo. Todavía lo pido cuando me siento en la comisión del Diccionario, a la derecha de Gregorio Salvador -a la izquierda se sentaba Mingote-, y lo miro respetuoso, como un fiel perro de caza miraría a su amo, esperando el dictamen docto, la autoridad definitiva sobre esto o aquello. En la RAE quedan pocos de los grandes; aunque, por suerte para quienes hablamos la lengua española, allí siguen. Y todavía se les escucha, para irritación de analfabetos e imbéciles. Después, que corra el perchero y el diablo nos lleve a todos. 

6 de mayo de 2012