domingo, 18 de agosto de 2013

Está pasando un marino

Uno de los mejores fondeaderos del Mediterráneo: cielo azul, agua de color esmeralda y una larga franja de arena que protege de los levantes que soplan en verano. Un lugar seguro y tranquilo, donde hoy el mar apenas se ve rizado por una brisa suave. Fondeados a este lado de la barra hay innumerables barcos. Algunos son de gran eslora: con los prismáticos identifico el Mata-Múa de la baronesa Thyssen, el hermoso casco negro de la goleta Black Wood y ese otro grande y espantoso del millonetis ruso, no sé cómo se llama ni me importa, que se parece a un portaviones o a un monstruoso submarino. Por supuesto, hay banderas y matrículas de conveniencia a granel: Jamaica, Antigua, Jersey, Chipre, Gibraltar y otros paraísos fiscales. No faltan megayates saudíes o kuwaitíes con helicóptero a bordo y señoras sin velo, muy poco musulmanas de pinta, tomando el sol en la toldilla. Por mi popa hay un magnífico buque escuela holandés con aparejo de fragata, flanqueado por un enorme velero de alta tecnología y por una bellísima goleta inglesa de líneas finas, blanca y elegante como un ave marina. 

El sitio es perfecto. Suelo echar el ancla aquí en cualquier época del año, al comienzo o al regreso de algún viaje, por lo confortable del sitio. El fondo de arena limpia, sin algas ni piedras, permite largar el ancla con seguridad -la mía es una sólida y pesada CQR, con una Danforth para engalgar en caso necesario-, bastando treinta metros de cadena en cuatro o cinco de sonda para alejar el temor de que garree por el viento o la marejada. No todos los barcos que hay aquí son lujosos, por supuesto. El mío, un velero aparejado de cúter, no lo es. Tampoco lo son varios de los que tengo cerca, borneando suaves con la brisa: algún catamarán francés, veleros o yates a motor de esloras medias con bandera española, inglesa, holandesa, portuguesa, italiana. Tras veinte años de navegar con mi propio barco, algunos resultan viejos conocidos. Cerca está el Mapache del griego Ageitos, y algún otro con mucha costra de sal marina en la memoria; entre ellos un caballero anglosajón de cierta edad que siempre fondea aquí por las mismas fechas, los quince primeros días con una amante guapa que suele tomar el sol desnuda, y los quince siguientes con su legítima esposa. El resto de barcos menores, en su mayor parte, lleva a bordo a embarcados de verano: familias con críos que salpican en el agua y gritan jugando, motoras con chicas tostándose en colchonetas, amigos de barriga cervecera en plan Paco y Manolo. Precisamente una de las principales diversiones de lugares como éste es observar las maniobras de fondeo de los navegantes inexpertos: sus enredos de ancla y cadena y los borneos criminales sobre el barco más cercano. Otra, mirar con los prismáticos a los endomingados de los yates más grandes que, al caer el sol, embarcan en las zodiacs vestidos con sus mejores galas para que les peguen un sablazo mortal en el sofisticado y carísimo restaurante de la playa. 

El caso es que estás en todo lo que cuento, mirando los yates lujosos y a los elegantes listos para ir a tierra, y a los domingueros que intentan desenredar su fondeo del vecino, y las dos pavas con aire de putón bolchevique que se doran cerca, en la motora del fulano con bandera rusa que tiene la música a toda potencia, cuando en mitad de ese tinglado que sólo tiene que ver con el mar en el hecho indudable de que allí hay agua, aparece navegando muy despacio, traído por el levante suave, un pequeño, viejo y ruinoso velero de madera con la pintura desconchada y las velas descoloridas por el sol, que navega con todo el trapo arriba, foque, mayor y escandalosa henchidos con la brisa por el través, y a bordo un fulano medio desnudo muy flaco y quemado por el sol, de pelo revuelto y barba gris, que ajeno a todo navega lentamente entre los megayates y los domingueros y cuantos estamos allí, tranquilo, impasible, una mano nudosa y descarnada sobre la caña del timón, mirando hacia un horizonte que, sea cual sea, nada tiene que ver con este fondeadero ni con quienes lo ocupamos. Y mientras el pequeño velero y su patrón pasan despacio, majestuosos en su soberbia y callada lentitud, los niños dejan de gritar y salpicar en el agua, y los ricachones de los grandes yates enmudecen, y las chicas de la motora levantan la cara y miran, alertadas por el silencio, y hasta la música del rufián que las trajina parece amortiguarse unos instantes. Y quienes saben mirar a los hombres y sus barcos sonríen con admiración y respeto, porque comprenden que está pasando un marino. 

18 de agosto de 2013 

domingo, 11 de agosto de 2013

Una historia de España (VII)

Estábamos en que los musulmanes, o sea, los moros, se habían hecho en sólo un par de años con casi toda la España visigoda; y que la peña local, acudiendo como suele en socorro del vencedor, se convirtió al Islam en masa, a excepción de una estrecha franja montañosa de la cornisa cantábrica. El resto se adaptó al estilo de vida moruno con facilidad, prueba inequívoca de que los hispanos estaban de la administración visigoda y de la iglesia católica hasta el extremo del cimbel. La lengua árabe sustituyó a la latina, las iglesias se convirtieron en mezquitas, en vez de rezar mirando a Roma se miró a La Meca, que tenía más novedad, y la Hispania de romanos y visigodos empezó a llamarse Al Andalus ya en monedas acuñadas en el año 716. Calculen cómo fue de rápido el asunto, considerando que, sólo un siglo después de la conquista, un tal Álvaro de Córdoba se quejaba de que los jóvenes mozárabes -cristianos que aún mantenían su fe en zona musulmana- ya no escribían en latín, y en los botellones de entonces, o lo que fuera, decían «Qué fuerte, tía» en lengua morube. El caso fue que, con pasmosa rapidez, los cristianos fueron cada vez menos y los moros más. Cómo se pondría la cosa que, en Roma, el papa de turno emitió decretos censurando a los hispanos o españoles cristianos que entregaban a sus hijas en matrimonio a musulmanes. Pero claro: ponerte estrecho es fácil cuando eres papa, estás en Roma y nombras a tus hijos cardenales y cosas así; pero cuando vives en Córdoba o Toledo y tienes dirigiendo el tráfico y cobrando impuestos a un pavo con turbante y alfanje, las cosas se ven de otra manera. Sobre todo porque ese cuento chino de una Al Andalus tolerante y feliz, llena de poetas y gente culta, donde se bebía vino, había tolerancia religiosa y las señoras eran más libres que en otras partes, no se lo traga ni el idiota que lo inventó. Porque había de todo. Gente normal, claro. Y también intolerantes hijos de la gran puta. Las mujeres iban con velo y estaban casi tan fastidiadas como ahora; y los fanáticos eran, como siguen siendo, igual de fanáticos, lleven crucifijo o media luna. Lo que, naturalmente, tampoco faltó en aquella España musulmana fue la división y el permanente nosotros y ellos. Al poco tiempo, sin duda contagiados por el clima local, los conquistadores de origen árabe y los de origen bereber ya se daban por saco a cuenta de las tierras a repartir, las riquezas, los esclavos y demás parafernalia. Asomaba de nuevo las orejas la guerra civil que en cuanto pisas España se te mete en la sangre -para entonces ya llevábamos unas cuantas-, cuando ocurrió algo especial: como en los cuentos de hadas, llegó de Oriente un príncipe fugitivo joven, listo y guapo. Se llamaba Abderramán, y a su familia le había dado matarile el califa de Damasco. Al llegar aquí, con mucho arte, el chaval se proclamó una especie de rey -emir, era el término técnico- e independizó Al Andalus del lejano califato de Damasco y luego del de Bagdad, que hasta entonces habían manejado los hilos y recaudado tributos desde lejos. El joven emir nos salió inteligente y culto -de vez en cuando, aunque menos, también nos pasa- y dejó la España musulmana como nueva, poderosa, próspera y tal. Organizó la primera maquinaria fiscal eficiente de la época y alentó los llamados viajes del conocimiento, con los que ulemas, alfaquíes, literatos, científicos y otros sabios viajaban a Damasco, El Cairo y demás ciudades de Oriente para traerse lo más culto de su tiempo. Después, los descendientes de Abderramán, Omeyas de apellido, fueron pasando de emires a califas, hasta que uno de sus consejeros, llamado Almanzor, que era listo y valiente que te rilas, se hizo con el poder y estuvo veinticinco años fastidiando a los reinos cristianos del norte -cómo crecieron éstos desde la franja cantábrica lo contaremos otro día- en campañas militares o incursiones de verano llamadas aceifas, con saqueos, esclavos y tal, una juerga absoluta, hasta que en la batalla de Calatañazor le salió el cochino mal capado, lo derrotaron y palmó. Con él se perdió un tipo estupendo. Idea de su talante lo da un detalle: fue Almanzor quien acabó de construir la mezquita de Córdoba; que no parece española por el hecho insólito de que, durante doscientos años, los sucesivos gobernantes la construyeron respetando lo hecho por los anteriores; fieles, siempre, al bellísimo estilo original. Cuando lo normal, tratándose de moros o cristianos, y sobre todo de españoles, habría sido que cada uno destruyera lo hecho por el gobierno anterior y le encargara algo nuevo al arquitecto Calatrava. 

(Continuará) 

11 de agosto de 2013 

domingo, 4 de agosto de 2013

Una aspirina en Granada

Granada, o sea. Y enfrente, arriba, la Alhambra, la Roja; la que fue, antes de que los reyes ziríes la pusieran a punto, Hish Garnata. He subido hasta el Albaicín -malditas cuestas, no me extraña que hasta 1492 no conquistaran esto- buscando un analgésico: intentando escapar un rato de lo de abajo. De los periódicos, de la tele, de las tertulias, de los ecos y consecuencias de toda esa gentuza que nos gobierna o desgobierna turnándose cada cuatro años en infamia, cobardía, venalidad. Huyendo del Iva a la cultura, del expolio fiscal, del negocio autonómico con sus beneficiarios y su clientela, de las tiendas cerradas, de las librerías inexistentes, del intolerable desempleo, del robo descarado, sistemático y general perpetrado por el risueño ministro de Hacienda desde que tomó posesión, de las diecisiete taifas españolas, de la impunidad administrativa, de los ayuntamientos que nos asfixian en imbécil papeleo, del estólido analfabetismo de quienes medran rigiéndonos, de la falta de educación pública y privada, de la infanta de las narices, de su legítimo esposo y de ya te seguiré contando. De la demagogia, el cinismo, el embuste, la mezquindad, la poca vergüenza. Tan de aquí. Tan nuestras. 

Subo hasta el Albaicín, como digo, a ver si por un rato consigo que todo eso se quede abajo, aunque supongo que verdes me las van a segar y que toda aquella basura, suba a donde suba, me perseguirá con ese hedor que no hay tarjeta postal, por bonita que sea, capaz de quitar de encima. Mirando con envidia a los turistas japoneses, porque llevan en el bolsillo un pasaporte y un billete de avión que podrán sacarlos de aquí. Y en ésas estoy, frente a uno de los paisajes más bellos de Europa, mientras pienso en quienes me lo amargan; masticando entre dientes, como si fueran aspirinas, los versos de Rafael Guillén: «Calles de látigo y garra / por las espaldas del monte / no hay más luna ni horizonte / que el aire que las desgarra». Y me paro en el mirador de San Nicolás para mirar lejos, enfrente, abajo, este lugar que antes de hacer mío con los ojos descubrí en viejos romances dormidos en la biblioteca de mi abuelo, o en los versos, que sé de memoria porque mi padre me los recitó cien veces, sobre la hazaña del pequeño grupo de soldados castellanos que, para devolver una afrenta de los moros -habían arrastrado el crucifijo de una iglesia saqueada por el campo de batalla-, se internaron de noche en la ciudad enemiga para clavar un cartel con las palabras Ave María en la mezquita grande, hoy catedral: «Sorprenden los centinelas, / traban lucha encarnizada, / y Hernán Pérez del Pulgar, / sólo y por toda Granada, / va a la mezquita mayor / y en la puerta, y con su daga...». 

En ésas estoy, como digo, contemplando la ciudad, y la vega donde estuvo el campamento cristiano, y las torres bermejas donde guerreros musulmanes cambiaban turnos de guardia. Y considero cuánta historia hay en esas viejas piedras y en este lugar fascinante; y por extensión, en la tierra, país, patria, nación o como se llame, o no se llame, que los alberga. Cuántas cosas a recordar, estudiar y conocer. Cuántas identidades posibles, cuántos legítimos orgullos, cuánta memoria común si desde hace siglos gente decente, no los rufianes miserables y criminales que siempre tuvimos, nos hubiera educado para ello, en vez de envolvernos en banderas, mezquindades, demagogia y vileza. Y sin embargo, me digo, a pesar de todo, a pesar de nosotros mismos, no es una mala tierra. No somos mala gente; o -matizo tras un instante- podríamos fácilmente no serlo. Y como si todo estuviera dispuesto de antemano, en ese momento oigo a mi espalda el rasgueo de una guitarra en la plaza misma. Y me acerco a beber un tinto de verano a la terraza del bar Kiki, y en la puerta hay cinco tíos con tatuajes en el dorso de la mano y un peligro que te rilas, y algún careto donde no hay gota de sangre cristiana desde los Reyes Católicos, sentados a la sombra, dándole a la música -hora y media después me regalarán un cedé con la funda rota donde pone Pastrana escrito con rotulador-. Me siento allí, a su lado, junto a algunos guiris y un grupo de hombres callados, españoles, con pinta de currantes que se han tomado un descanso, y que escuchan la música con mucho respeto. Y esa música es tan buena y tan de verdad, allí, en la plaza del cementerio de San Nicolás, en una sombra fresca del Albaicín, que mojo los labios en mi vaso y sonrío, feliz, mientras miro Hish Garnata a lo lejos y la aspirina me hace efecto, al fin. Los japoneses, concluyo, con su pasaporte y su billete de avión en el bolsillo, no tienen ni puta idea. 

4 de agosto de 2013 

domingo, 28 de julio de 2013

Una historia de España (VI)

En el año 711, como dicen esos guasones versos que con tanta precisión clavan nuestra historia: «Llegaron los sarracenos / y nos molieron a palos; / que Dios ayuda a los malos / cuando son más que los buenos». Suponiendo que a los hispano-visigodos se los pudiera llamar buenos. Porque a ver. De una parte, dando alaridos en plan guerra santa a los infieles, llegaron por el norte de África las tribus árabes adictas al Islam, con su entusiasmo calentito, y los bereberes convertidos y empujados por ellos. Para hacerse idea, sitúen en medio un estrecho de solo quince kilómetros de anchura, y pongan al otro lado una España, Hispania o como quieran llamarla -los musulmanes la llamaban Ispaniya, o Spania-, al estilo de la de ahora, pero en plan visigodo, o sea, cuatro millones de cabrones insolidarios y cainitas, cada uno de su padre y de su madre, enfrentados por rivalidades diversas, regidos por reyes que se asesinaban unos a otros y por obispos entrometidos y atentos a su negocio, con unos impuestos horrorosos y un expolio fiscal que habría hecho feliz a Mariano Rajoy y a sus más infames sicarios. Unos fulanos, en suma, desunidos y bordes, con la mala leche de los viejos hispanorromanos reducidos a clases sociales inferiores, por un lado, y la arrogante barbarie visigoda todavía fresca en su prepotencia de ordeno y mando. Añadan el hambre del pueblo, la hipertrofia funcionarial, las ambiciones personales de los condes locales, y también el hecho de que a algún rey de los últimos le gustaban las señoras más de lo prudente -tampoco en eso hay ahora nada nuevo bajo el sol-, y los padres, y tíos, y hermanos y tal de algunas prójimas le tenían al lujurioso monarca unas ganas horrorosas. O eso dicen. De manera que una familia llamada Witiza, y sus compadres, se compincharon con los musulmanes del otro lado, norte de África, que a esas alturas y por el sitio (Mauretania) se llamaban mauras, o moros: nombre absolutamente respetable que han mantenido hasta hoy, y con el que se les conocería en todas las crónicas de historias escritas sobre el particular -y fueron unas cuantas- durante los siguientes trece siglos. Y entre los partidarios de Witiza y un conde visigodo que gobernaba Ceuta le hicieron una cama de cuatro por cuatro al rey de turno, que era un tal Roderico, Rodrigo para los amigos. Y en una circunstancia tan española -para que luego digan que no existimos- que hasta humedece los ojos de emoción reconocernos en eso tantos siglos atrás, prefirieron entregar España al enemigo, y que se fuera todo a tomar por saco, antes que dejar aparte sus odios y rencores personales. Así que, aprovechando -otra coincidencia conmovedora- que el tal Rodrigo estaba ocupado en el norte guerreando contra los vascos, abrieron la puerta de atrás y un jefe musulmán llamado Tariq cruzó el Estrecho (la montaña Yebel-Tariq, Gibraltar, le debe el nombre) y desembarcó con sus guerreros, frotándose las manos porque, gobierno y habitantes aparte, la vieja Ispaniya tenía muy buena prensa entre los turistas muslimes: fértil, rica, clima variado, buena comida, señoras guapas y demás. Y encima, con unas carreteras, las antiguas calzadas romanas, que eran estupendas, recorrían el país y facilitaban las cosas para una invasión, nunca mejor dicho, como Dios manda. De manera que cuando el rey Rodrigo llegó a toda candela con su ejército en plan a ver qué diablos está pasando aquí, oigan, le dieron las suyas y las del pulpo. Ocurrió en un sitio del sur llamado La Janda, y allí se fueron al carajo la España cristianovisigoda, la herencia hispanorromana, la religión católica y la madre que las parió. Porque los cretinos de Witiza, el conde de Ceuta y los otros compinches creían que luego los moros iban a volverse a África; pero Tariq y otro fulano que vino con más guerreros, llamado Muza, dijeron «Nos gusta esto, chavales. Así que nos quedamos, si no tenéis inconveniente». Y la verdad es que inconvenientes hubo pocos. Los españoles de entonces, a impulsos de su natural carácter, adoptaron la actitud que siempre adoptarían en el futuro: no hacer nada por cambiar una situación; pero, cuando alguien la cambia por ellos y la nueva se pone de moda, apuntarse en masa. Lo mismo da que sea el Islam, Napoleón, la plaza de Oriente, la democracia, no fumar en los bares, no llamar moros a los moros, o lo que toque. Y siempre, con la estúpida, acrítica, hipócrita, fanática y acomplejada fe del converso. Así que, como era de prever, después de La Janda las conversiones al Islam fueron masivas, y en pocos meses España se despertó más musulmana que nadie. Como se veía venir. 

(Continuará). 

28 de julio de 2013 

domingo, 21 de julio de 2013

Dura Lex, sed Lex

Imagino que tendrán ustedes curiosidad por saber qué ocurrió, al final, con aquella banda de carteristas bosnias a las que, tras una escandalosa reincidencia delictiva, hoy detenidas y mañana en la calle, un juez prohibió el acceso al Metro de Madrid. Quizá recuerden que el arriba firmante se guaseaba de la medida, preguntándose qué ocurriría cuando esas prójimas se pasaran la decisión judicial por la bisectriz del chichi. Pero no ha hecho falta. La decisión no llegó a tener efecto, porque la Audiencia Provincial de Madrid, especializada en aplicar la ley irreprochablemente, sin casarse con nadie y sin que le tiemble el pulso -algún día contaré una nauseabunda experiencia personal relacionada con ese digno lugar-, ha tumbado la anterior decisión judicial, sentenciando que la banda de carteristas, y supongo que cualquier otra agrupación cultural de características semejantes, puede acceder a las instalaciones del Metro cuando le salga. Y punto. El derecho de libre circulación y uso de servicios públicos prima sobre cualquier otra circunstancia, etcétera. Con lo que las bosnias podrán seguir cometiendo delitos y faltas de hurto con perfecta impunidad, exhibiendo incluso el texto de la Audiencia Provincial de Madrid ante sus víctimas y ante la policía -supongo que lo llevarán plastificado para más comodidad- a fin de dejar las cosas claras y el chocolate espeso. Aunque lo que de verdad lo pone estupendo a uno, en la resolución, es un detalle delicioso: una de las causas por las que se tumba la anterior decisión de alejamiento del Metro es que ni en el atestado policial ni en el auto del juzgado de Instrucción n.º 47 de Madrid se identificaba a las personas a las que debía proteger dicha medida. Léanse el anterior párrafo otra vez, despacio. Y en efecto: eso, dicho en claro, significa que ni los policías que detuvieron 330 veces a las bosnias, con sus correspondientes 330 diligencias, ni el auto del juez que dictó la orden, detallaban los nombres y apellidos de todos los viajeros del Metro a los que se pretendía proteger con dicha medida. Por consiguiente, la cosa era excesiva y atropellaba los derechos de las desvalidas delincuentes, privándolas de un servicio de transporte «esencial», según la resolución. Que también ellas tienen sus derechos, oigan. Y sus corazoncitos. 

Ahora imagine usted que va en el Metro, tecleando en su Aifon o como se escriba, o leyendo una novela -espero que mía-, y se le arrima una bosnia con permiso de residencia, quinientas detenciones en el currículum y la sentencia que acabamos de glosar en el bolsillo. Y le roba la cartera. Y usted la pilla in flagranti delicto, como decían Cicerón y los romanos ésos. Y la bosnia, o sus cómplices, le montan la pajarraca que suelen en tales casos, gritando y acusándolo de haberles querido meter mano, y demás parafernalia. Y usted, sabiendo que aunque llegue la pasma a socorrerlo, a las dos horas esas pavas estarán de nuevo en la calle y en el Metro ocupándose de otro pringao, y que siempre habrá una ecuánime Audiencia Provincial de Madrid dispuesta a garantizar que nadie atropelle los derechos de esas hijas de puta, imagine usted, le digo, que llevado por el natural impulso le calza una hostia a una bosnia... ¿Lo ha imaginado ya?... Bueno. Pues imagine ahora el marrón que va a comerse acto seguido, lo mismo en la Audiencia Provincial que fuera de ella: agresión a inmigrante, desprecio de sexo, violencia de género y posiblemente también de génera. Y como la cosa ocurre en el Metro, con agravante de subterraneidad y alevosía. Resultado: varios días de calabozo como que hay Dios, empapelamiento judicial para años, sentencias, costas de juicio, abogados, tasas judiciales, procuradores, multa, reparación de lesiones y daños morales, embargo de bienes, etcétera. Y dese con un canto en los dientes si le caen menos de dos años de talego. Con el detalle de que si su careto es conocido, como el de Carlos Herrera o el mío, sale abriendo telediarios. Fijo. Por misógino y por fascista. 

Dura Lex, sed Lex, decían los clásicos. O sea, Duralex. Luego, tras considerar el enjambre de casos en que al ciudadano honrado lo crucifican y el delincuente sale impune, extráñense, por ejemplo, de que una señora que se encuentra al violador de su hija libre en la calle, tan campante, y éste se chotea preguntándole por la niña, compre una lata de gasolina y monte su propia falla casera, resolviéndolo ella misma. Y es que, como ya apuntó hace tiempo don Francisco de Quevedo -que nos conocía hasta por las tapas-, a menudo en España no hay más justicia que la que uno compra. 

21 de julio de 2013 

domingo, 14 de julio de 2013

Una historia de España (V)

Y fue el caso, o sea, que mientras el imperio se iba a tomar por saco entre bárbaros por un lado y decadencia romana por otro, y el mundo civilizado se partía en pedazos, en la Hispania ocupada por los visigodos se discutía sobre el trascendental asunto de la Santísima Trinidad. Y es que de entonces (siglo V más o menos), datan ya nuestros primeros pifostios religiosos, que tanto iban a dar de sí en esta tierra antaño fértil en conejos y siempre fértil en fanáticos y en gilipollas. Porque los visigodos, llamados por los romanos para controlar esto, eran arrianos. O sea, cristianos convertidos por el obispo hereje Arrio, que negaba que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo tuvieran los mismos galones en la bocamanga; mientras que los nativos de origen romano, católicos obedientes a Roma, sostenían lo de un Dios uno, trino y no hay más que hablar porque lo quemo a usted si me discute. Así prosiguió ese tira y afloja de las dos Hispanias, nosotros y ellos, quien no está conmigo está contra mí, tan español como la tortilla de patatas o el paredón al amanecer, con los obispos de unos y otros comiéndole la oreja a los reyes godos, que se llamaban Ataúlfo, Teodoredo y tal. Hasta que en tiempos de Leovigildo, arriano como los anteriores, consiguieron que su hijo Hermenegildo se hiciera católico y liaron nuestra primera guerra civil; porque el niñato, con el fanatismo del converso y la desvergüenza del ambicioso, se sublevó contra su papi. Que en líneas generales estaba resultando ser un rey bastante decente y casi había logrado, con mucho esfuerzo y salivilla, unificar de nuevo esta casa de putas, a excepción de las abruptas tierras vascas; donde, bueno es reconocerlo históricamente, la peña local seguía belicosamente enrocada en sus montañas, bosques, levantamiento de piedras e irreductible analfabetismo prerromano. El caso es que al nene Hermenegildo acabó capturándolo su padre Leovigildo y le dio matarile por la que había liado; pero como el progenitor era listo y conocía el paño, se quedó con la copla. Esto de una élite dominante arriana y una masa popular católica no va a funcionar, pensó. Con estos súbditos que tengo. Así que cuando estaba recibiendo los óleos llamó a su otro hijo Recaredo -la monarquía goda era electiva, pero se las arreglaron para que el hijo sucediera al padre- y le dijo: mira, chaval, éste es un país con un alto porcentaje de hijos de puta por metro cuadrado, y su naturaleza se llama guerra civil. Así que hazte católico, pon a los obispos de tu parte y unifica, que algo queda. Si no, esto se va al carajo. Recaredo, chico listo, abjuró del arrianismo, organizó el tercer concilio de Toledo, dejó que los obispos proclamaran santo y mártir al capullo de su hermano difunto, desaparecieron los libros arrianos -primera quema de libros de nuestra muy inflamable historia- y la iglesia católica inició su largo y provechoso, para ella, maridaje con el Estado español, o lo que esto fuera entonces; luna de miel que, con altibajos propios de los tiempos revueltos que trajeron los siglos, se prolongaría hasta hace poco en la práctica (confesores del rey, pactos, concordatos) y hasta hoy mismo (véase la simpática cara de monseñor Rouco) en las consecuencias. De todas formas, justo es reconocer que cuando los clérigos no andaban metidos en política desarrollaban cosas muy decentes. Llenaron el paisaje de monasterios que fueron focos culturales y de ayuda social, y de sus filas salieron fulanos de alta categoría, como el historiador Paulo Orosio o el obispo Isidoro de Sevilla -San Isidoro para los amigos-, que fue la máxima autoridad intelectual de su tiempo, y en su influyente enciclopedia Etimologías, que todavía hoy ofrece una lectura deliciosa, resumió con admirable erudición todo cuanto su gran talento pudo rescatar de las ruinas del imperio devastado; de la noche que las invasiones bárbaras habían extendido sobre Occidente, y que en Hispania fue especialmente oscura. Con la única luz refugiada en los monasterios, y la influyente iglesia católica moviendo hilos desde concilios, púlpitos y confesionarios, los reyes posteriores a Recaredo, no precisamente intelectuales, se enzarzaron en una sangrienta lucha por el poder que habría necesitado, para contarla, al Shakespeare que, como tantas otras cosas, en España nunca tuvimos. De los treinta y cinco reyes godos, la mitad palmaron asesinados. Y en eso seguían cuando hacia el año 710, al otro lado del Estrecho de Gibraltar, resonó un grito que iba a cambiarlo todo: No hay otro Dios que Alá, y Mahoma es su profeta.  

(Continuará). 

14 de julio de 2013

domingo, 7 de julio de 2013

El maître impecable

El Fervor, en Buenos Aires, a un paso de mi hotel y de la Recoleta. Tengo una cita para comer con una señora cincuentona, ya algo ajada, antigua gloria secundaria de la escena y la tele argentinas. Una propuesta por su parte para un espectáculo de teatro musical sobre una novela mía. A las primeras cortesías compruebo, asombrado, que viene con una copa de más. O más de una. Y a tales horas. Habla fuerte, ríe con estridencia y la lengua no siempre responde con precisión. Mi primer impulso es largarme, pero hay cosas que no pueden hacerse. Que llevan su método. Marcelo, el maître, nos conduce a la mesa que tengo reservada. Profesional impecable, ni siquiera pestañea cuando la señora pide un vino seco y afrutado. «Me temo que no será posible -responde-. En nuestra bodega sólo hay secos, por una parte, y afrutados, por la otra. De la variedad mixta no nos queda». La señora se decide por un afrutado; y yo, que a esas alturas no sé dónde meterme, le dirijo a Marcelo una mirada de angustia que acoge con un leve entornar de ojos afirmativo, tranquilizador. Pedimos ensalada y pescado, Marcelo se retira, la señora parlotea sobre el proyecto en voz demasiado alta y yo hago como que la escucho, muerto de vergüenza, mirando el reloj de soslayo. Mientras un camarero sirve el vino -afrutado, confirma la señora chasqueando ruidosamente la lengua- me levanto y, con pretexto de lavarme las manos, me acerco al maître. «Habrá observado -le digo en voz baja- que la señora no se encuentra bien». Sin mover un músculo de la cara, Marcelo asiente: «No se preocupe, don Arturo. Queda entre nosotros». Su tono indica que ha reconocido a mi acompañante, pese a la edad y al estado etílico. «Quiero pedirle un favor -le digo-. Haga que nos sirvan con la mayor rapidez posible para acabar pronto». Marcelo me tranquiliza con una leve sonrisa profesional. Reprimo el impulso de darle unas palmadas de afecto en el hombro y regreso a la mesa, donde la señora se ha calzado, en sólo un par de tragos, media botella del maldito afrutado. Sin respirar, casi. Aún no ha puesto la copa sobre el mantel cuando aparece el primer camarero con una ensalada de remolacha y apio. La señora pincha una rodaja de remolacha y la proyecta directamente sobre la porción de puño de camisa blanca que asoma por la manga derecha de mi chaqueta. Luego, excusándose, torpe, intenta limpiarme con su servilleta y extiende la mancha a la chaqueta misma, inspirándome el anhelo urgente de que me trague en el acto la tierra. Más tientos al vino. Más parloteo sobre el proyecto. Asiento a ratos, sin prestar atención a lo que dice, mientras empiezo a pensar que la prójima lleva en el cuerpo algo más que alcohol. Por encima de su hombro miro a Marcelo, que vigila de lejos la mesa con perfecta calma profesional. Alzo una ceja en su dirección, y treinta segundos después un camarero retira la remolacha y otro sirve el lenguado. La señora pincha trozos en el tenedor, liquida lo que queda de vino y habla con la boca llena de un modo repugnante, proyectando trocitos de pescado sobre el mantel. Se ríe, la maldita, exactamente igual que Gloria Swanson en El crepúsculo de los dioses. Reprimo el ansia desaforada de dejarla allí y salir corriendo. No he pasado tanta vergüenza en mi vida. El maître sigue observando de lejos, fiel como un doberman. Al tercer trocito de pescado que cae sobre mi chaqueta -esta vez en la manga izquierda- alzo otra vez las cejas en dirección al maître y hago con el dedo en el aire, discretamente, ademán de firmar la cuenta. Once segundos después tengo la cuenta sobre la mesa, firmo el recibo, dejo una propina monstruosa que Marcelo retira como lo más natural del mundo, me levanto con un suspiro de alivio, balbuceo excusas, conduzco, o casi arrastro, a la señora hacia la puerta. Allí la meto en un taxi, la veo largarse, miro el reloj. Toda la comida ha durado exactamente veinticinco minutos. Exhausto, vuelvo al restaurante para disculparme con Marcelo, y veo que aguarda junto a la barra. Antes de que yo abra la boca, comenta: «Espero que todo haya ido bien». Asiento, le estrecho la mano. «¿Quiere comer algo?», pregunta, afable. Respondo que no, que perdí el apetito. «¿Aceptaría una copa?», sugiere. «Me vendrá bien», respondo. Entonces abre una botella de estupendo Malbec y me sirve él mismo. «Fue un gusto atenderlo», comenta. Lo miro a los ojos. «Gracias, amigo mío», murmuro. Entonces, al fin, se permite una ancha sonrisa. «No, señor. Al contrario», dice. Y después se aleja tranquilo, imperturbable, caminando entre las mesas.

7 de julio de 2013

domingo, 30 de junio de 2013

Una historia de España (IV)

Pues aquí estábamos, cuatro o cinco siglos después de Cristo, en plena burbuja inmobiliaria, viviendo como ciudadanos del imperio romano; que era algo parecido a vivir como obispos pero en laico, con minas, agricultura, calzadas y acueductos, prósperos y tal, con el último modelo de cuadriga aparcado en la puerta, hipotecándonos para ir de vacaciones a las termas o comprar una segunda domus en el litoral de la Bética o la Tarraconense. Viviendo de puta madre. Y con el boom del denario, y la exportación de ánforas de vino, y la agricultura, la ganadería, las minas y el comercio y las bailarinas de Gades todo iba como una traca. Y entonces -en asuntos de Historia todo está inventado hace rato- llegó la crisis. La gente dejó el campo para ir a las ciudades, la metrópoli absorbía cada vez más recursos empobreciendo las provincias, los propietarios se tornaron más ambiciosos y rapaces atrincherados en sus latifundios, los pobres fueron más pobres y los ricos más ricos. Y por si éramos pocos, parió la abuela: nos hicimos cristianos para ir al Cielo. Ahí echaron sus primeros dientes el fanatismo y la intransigencia religiosa que ya no nos abandonarían nunca, y el alto clero hispano empezó a mojar en todas las salsas, incluida la gran propiedad rural y la política. A todo esto, los antiguos legionarios que habían conquistado el mundo se amariconaron mucho, y en vez de apiolar bárbaros (originalmente, bárbaro no significa salvaje, sino extranjero) como era su obligación, se metieron también en política, poniendo y quitando emperadores. Treinta y nueve hubo en medio siglo; y muchos, asesinados por sus colegas. Entonces, para guarnecer las fronteras, el limes del Danubio, el muro de Adriano y sitios así, les dijeron a los bárbaros de enfrente: «Oye, Olaf, quédate tú aquí de guardia con el casco y la lanza que yo voy a Roma a por tabaco». Y Olaf se instaló a este lado de la frontera con la familia, y cuando se vio solo y con lanza llamó a sus compadres Sigerico y Odilón y les dijo: «Venid pacá, colegas, que estos idiotas nos lo están poniendo a huevo». Y aquí se vinieron todos, afilando el hacha. Y fue lo que se llamaron invasiones bárbaras. Y para más Inri (que es una palabra romana) dentro de Roma estaban otros inmigrantes, que eran los teutones, partos, pictos, númidas, garamantes y otros fulanos que habían venido como esclavos, por la cara, o voluntarios para hacer los trabajos que a los romanos, ya muy tiquismiquis, les daba pereza hacer; y ahora con la crisis esos desgraciados no tenían otra que meterse a gladiadores -que no tenían seguridad social- y luego rebelarse como Espartaco, o buscarse la vida aun de peor manera. Y a ésos, por si fueran pocos, se les juntaron los romanos de carnet, o sea, las clases media y baja empobrecidas por la crisis económica, enloquecidas por los impuestos de los Montorus Hijoputus de la época, asfixiadas por los latifundistas y acogotadas por los curas que encima prohibían fornicar, último consuelo de los pobres. Así que entre todos empezaron a hacerle la cama al imperio romano desde fuera y desde dentro, con muchas ganas. Imagínense a la clase política de entonces, más o menos como ahora la clase dirigente española, con el imperio-estado hecho una piltrafa, la corrupción, la mangancia y la vagancia, los senadores Anasagastis, la peña indignada cuando todavía no se habían puesto de moda las maneras políticamente correctas y todo se arreglaba degollando. Añadan el sálvese quien pueda habitual, y será fácil imaginar cómo aquello crujió por las costuras, acabándose lo de «Para frenar el furor de la guerra, inclinar la cabeza bajo las mismas leyes» (que escribió un tal Prudencio, de nombre adecuado al caso). Las invasiones empezaron en plan serio a principios del siglo V: suevos y vándalos, que eran pueblos germánicos rubios y tal, y alanos, que eran asiáticos, morenos de pelo, y que se habían dado -calculen, desde Ucrania o por allí- un paseo de veinte pares de narices porque habían oído que Hispania era Jauja y había dos tabernas por habitante. El caso es que, uno tras otro, esos animales liaron la pajarraca saqueando ciudades e iglesias, violando a las respetables matronas que aún fueran respetables, y haciendo otras barbaridades, como el sustantivo indica, propias de bárbaros. Con lo que la Hispania civilizada, o lo que quedaba de ella, se fue a tomar por saco. Para frenar a esas tribus, Roma ya no tenía fuerzas propias. Ni ganas. Así que contrató mano de obra temporal para el asunto. Godos, se llamaban. Con nombres raros como Ataúlfo y Turismundo. Y eran otra tribu bárbara, aunque un poquito menos. 

30 de junio de 2013 

domingo, 23 de junio de 2013

Cuatro hombres en un paisaje hostil

Me telefonea Augusto Ferrer-Dalmau, nuestro pintor de batallas. El que tiene la maldita Internet saturada, entre otras cosas, de reproducciones de ese lienzo sobre Rocroi -El último tercio, es el título- al que todos los amigos se ven en la obligación de enviarme enlaces en plan «Éste te va a gustar», etcétera. Y me dice, el compadre, que vaya a Valladolid, a su estudio, que ha terminado el cuadro sobre Afganistán. Que me lo quiere enseñar antes de librarse de él. Y como los amigos están para fastidiarlo a uno, allá me voy, resignado, carretera arriba hasta Valladolid, oyendo a Carlos Herrera en la radio. Y le aterrizo al pintor en su estudio con buena luz de media mañana, perfecta para mirar bien su último trabajo. Y allí, entre sables, morriones, pistolones, pellizas de húsar y otros artilugios que Augusto utiliza como motivos para ambientar sus trabajos, está el último cuadro, grande, estupendo: La patrulla, se llama. Y muestra, en un paisaje desolado y desértico, con colinas ocres al fondo, las casas de un pueblucho mísero; y entre ellas y el espectador, como si el jefe de la patrulla acabara de volverse hacia atrás para mirar a los hombres que lo siguen, cuatro soldados españoles y uno afgano, que con equipo de combate caminan espaciados, las armas a punto, internándose cautos por territorio hostil, mientras el sol del atardecer proyecta en el suelo sus sombras largas sobre la tierra calcinada. 

Sé que para Augusto es un cuadro importante. Su homenaje personal a los soldados españoles que combaten -ésa es la palabra exacta, pese al lenguaje perifrástico oficial- desde hace tiempo en Afganistán, y cuya misión se encuentra en fase de repliegue. Augusto ha pintado este cuadro para donarlo al museo del Ejército de Toledo. A fin de documentarlo pasó varios días con las tropas españolas, a tiro de los talibán. Jugándosela en posiciones avanzadas, peligrosas. He visto el álbum extraordinario de bocetos que trajo de allí como material base: retratos, apuntes, paisajes, estudios de luz, de sombras, rostros de afganos, paracaidistas y legionarios españoles, cada uno con su historia, sus notas minuciosas, sus referencias útiles para el proyecto. Paradójicamente, tras esa copiosa cantidad de material, la obra final sobre el lienzo aparece por contraste vacía, casi desnuda, absoluta en su simplicidad; en su árido paisaje y en esos casi solitarios hombres duros que pisan aquel peligroso rincón del mundo. Misión de paz, misión de guerra, fiel infantería de toda la vida, la misma que aparece en el ya legendario lienzo sobre el último cuadro en Rocroi. La vieja y única historia posible: lealtad a los compañeros inmediatos más que a las grandes palabras huecas y a las cambiantes banderas donde tanto canalla se envuelve y medra. Un cuadro grande, un paisaje árido, unos soldados. Cuatro españoles que caminan por un paisaje hostil, protegiéndose serenos unos a otros. Sabiendo que nadie les agradecerá nada. Realizando con pundonor y sencillez el trabajo por el que les pagan, como llevan haciéndolo desde hace siglos. Desde que la palabra guerra, por azares de la vida y de la Historia, se interpone en el camino del ser humano. 

«¿Qué te parece?», pregunta Augusto, parándose a mi lado. Está inquieto, como siempre que enseña un cuadro nuevo. Con esa inseguridad del artista humilde que, pese a su dominio del oficio, sabe que cada trabajo es empezar otra vez desde cero, jugársela. Este último lienzo -penúltimo en realidad, pues acaba de abocetar otro sobre la batalla de San Marcial- me gusta mucho, y se lo digo. Lo hago sin demasiada retórica, pues sé que los elogios excesivos intranquilizan más que ayudan. Hago observaciones, señalo algún detalle que me llama la atención. Luego nos quedamos los dos mirando el cuadro en silencio, y al rato comento: «Lo has clavado, cabrón». Entonces Augusto sonríe, relajado al fin. «Es mi homenaje -dice-. Y cuando la misión allí termine, escribiré detrás los nombres del centenar de muertos que hemos tenido en Afganistán. Aunque en el museo no se vean, yo sabré que están ahí». Apruebo la idea. Después me pide que elija un boceto para mí, entre los que tiene tirados por el suelo. Quiere hacerme ese regalo. Escojo uno magnífico, de un legionario barbudo, y Augusto sonríe. «Quiero que pongas alguna cosa detrás de La patrulla, de tu puño y letra, y que lo firmes. Que quede ahí para siempre». Es un honor, respondo. Me entrega un rotulador, y con él me voy detrás del cuadro. Pienso un momento, y escribo: «Durante siglos, en cada una de sus huellas estuvo España». 

23 de junio de 2013 

domingo, 16 de junio de 2013

Sobre orcas, tontos y malvados

He dicho alguna vez que, en mi opinión, un tonto es mucho más peligroso que un malvado. Las consecuencias suelen ser peores, a la larga. Incluso a la corta. Y mientras al malvado, si es medianamente listo, se le puede convencer, incluso, de la utilidad de portarse bien, y hasta es posible obtener enseñanzas prácticas de sus maldades y consecuencias, el tonto ni se deja convencer, ni convence, ni hay nada en él de aprovechable, excepto la confirmación, una vez más, de la ilimitada capacidad de estupidez que caracteriza al género humano. Otra cosa es que, con el tiempo, a fuerza de tesón y ejercicio, el tonto acabe convirtiéndose objetivamente en malvado. Lo que también, gracias al fanatismo, se da con prodigiosa frecuencia. Pero eso ya es meternos en honduras psicológicas, e incluso filosóficas; y de lo que yo quiero hablar este domingo es de cetáceos. De orcas, en concreto. O, para ser más exactos, de una orca. 

Se llama Kshamenk -que significa orca en lengua ona- y es la única que, hasta donde llegan mis noticias, vive en cautiverio en Sudamérica. Tenía cinco años de edad en 1992, cuando quedó varada en la costa patagónica. Se la rescató, y desde entonces vive en el acuario Mundo Marino de San Clemente, Argentina, donde es la estrella principal del espectáculo. Es una orca macho, creo. Ahora tiene 26 tacos de almanaque, pesa tres toneladas y media y mide seis metros de largo. He visto fotos y videos de la antedicha y parece feliz, dentro de lo que cabe. Una orca normal, de infantería. Se la ve juguetona, se lleva bien con sus cuidadores, no se come a los niños que se asoman al acuario, y simpatiza mucho con un delfín hembra llamado Floppy al que tiene por compañero de piscina y colega de piruetas. 

Resumiendo, no es el ambiente que yo querría para una orca de mi familia, pero no es una mala forma de vida. Le faltan las inmensidades oceánicas y tal, ignora lo que es nadar entre hielos antárticos y tampoco tiene pareja a la que decir ábrete de aletas, corazón; pero a cambio vive como una reina. Come cada día sin tener que buscarse las lentejas, tiene especialistas pendientes de su estado de salud, y en la piscina climatizada está a salvo de los balleneros japoneses, o noruegos, o de donde sean. Suponiendo que esos hijos de puta cacen orcas, de lo que no estoy muy seguro. 

Sin embargo, nuestra amiga la orca y su apacible vida doméstica han tropezado con gente de buenas intenciones. Con salvadores de orcas cautivas. A través de las redes sociales, un grupo de ecologistas exige su liberación. Devuélvanla al mar, dicen. Libérenla. Por supuesto, ha faltado tiempo para que los políticos argentinos metan mano en el conmovedor asunto. Una orca cautiva, y yo con estos pelos. Así que una diputada ha hecho suya la causa, exigiendo al Congreso que Kshamenk sea puesta en manos de las autoridades para su traslado al área marina protegida de Península Valdés -18 horas en camión y 6 si la llevan en avión- y su liberación mediante un «programa científico de rehabilitación y readaptación», que puesto en titulares de periódico suena chachi, pero cuyos detalles específicos nadie precisa. De poco ha servido que voces científicas alerten de la alta probabilidad de que la orca muera. No hay antecedentes de cetáceos, señalan, que tras vivir largo tiempo en un acuario hayan sobrevivido a un traslado semejante. Kshamenk, añaden, vive en un entorno amigable, al que lleva veinte años adaptada. Su salud y carácter son perfectos, muestra afecto por sus cuidadores y es la orca más sana y mejor cuidada del mundo. Llevarla a un lugar extraño, donde tendría que enfrentarse a situaciones desconocidas y hostiles, la alteraría gravemente. Poco importa que viviera cinco años en su hábitat natural antes de pasar al acuario. Tras dos décadas lejos del mar, no podrá alimentarse por sí misma, ni integrarse en una manada de orcas. Tampoco podrá acercarse a las hembras: ha perdido su adiestramiento en la lucha, y sería destrozada por los otros machos, acostumbrados a pelear entre ellos y mucho más agresivos. Etcétera. 

Dudo que a estas alturas queden dudas respecto a las razones del párrafo inicial de este artículo. Por si acaso, permítanme una cita de un tal Roberto Buvas, activista argentino que encabeza la campaña por la liberación de Kshamenk: «Si muriera, para mí sería igual un éxito. La liberación sería un mensaje conceptual y filosófico para todo el mundo. Para decir que los animales no tienen que vivir en cautiverio». 

Sobre orcas, como íbamos diciendo. Sobre tontos y sobre malvados.

16 de junio de 2013

domingo, 9 de junio de 2013

Una historia de España (III)

Estábamos con Roma. En que Escipión, vencedor de Cartago, una vez hecha la faena, dice a sus colegas generales «Ahí os dejo el pastel», y se vuelve a la madre patria. Y mientras, Hispania, que aún no puede considerarse España pero promete, se convierte, en palabras de no recuerdo qué historiador, en sepulcro de romanos: doscientos años para pacificar el paisaje, porque pueblos tipo Astérix tuvimos a punta de pala. El sistema romano era picar carne de forma sistemática: legiones, matanza, crucifixión, esclavos. Lo típico. Lo gestionaban unos tíos llamados pretores, Galba y otros, que eran cínicos y crueles al estilo de los malos de las películas, en plan sheriff de Nottingham, especialistas en engañar a las tribus con pactos que luego no cumplían ni de lejos. El método funcionó lento pero seguro, con altibajos llamados Indíbil, Mandonio y tal. El más altibajo de todos fue Viriato, que dio una caña horrorosa hasta que Roma sobornó a sus capitanes y éstos le dieron matarile. Su tropa, mosqueada, resistió numantina en una ciudad llamada Numancia, que aguantó diez años hasta que el nieto de Escipión acabó tomándola, con gran matanza, suicidio general (eso dicen Floro y Orosio, aunque suena a pegote) y demás. Otro que se puso en plan Viriato fue un romano guapo y listo llamado Sertorio, quien tuvo malos rollos en su tierra, vino aquí, se hizo caudillo en el buen sentido de la palabra, y estuvo dando por saco a sus antiguos compatriotas hasta que éstos, recurriendo al método habitual -la lealtad no era la más acrisolada virtud local- consiguieron que un antiguo lugarteniente le diera las del pulpo. Y así, entre sublevaciones, matanzas y nuevas sublevaciones, se fue romanizando el asunto. De vez en cuando surgían otras numancias, que eran pasadas por la piedra de amolar sublevatas. Una de las últimas fue Calahorra, que ofreció heroica resistencia popular -de ahí viene el antiguo refrán «Calahorra, la que no resiste a Roma es zorra»-. Etcétera. La parte buena de todo esto fue que acabó, a la larga, con las pequeñas guerras civiles celtíberas; porque los romanos tenían el buen hábito de engañar, crucificar y esclavizar imparcialmente a unos y a otros, sin casarse ni con su padre. Aun así, cuando se presentaba ocasión, como en la guerra civil que trajeron Julio César y los partidarios de Pompeyo, los hispanos tomaban partido por uno u otro, porque todo pretexto valía para quemar la cosecha o violar a la legítima del vecino, envidiado por tener una cuadriga con mejores caballos, abono en el anfiteatro de Mérida u otros privilegios. El caso es que paz, lo que se dice paz, no la hubo hasta que Octavio Augusto, el primer emperador, vino en persona y le partió el espinazo a los últimos irreductibles cántabros, vascones y astures que resistían en plan hecho diferencial, enrocados en la pelliza de pieles y el queso de cabra -a Octavio iban a irle con reivindicaciones autonómicas, mis primos-. El caso es que a partir de entonces, los romanos llamaron Hispania a Hispania, dividiéndola en cinco provincias. Explotaban el oro, la plata y la famosa triada mediterránea: trigo, vino y aceite. Hubo obras públicas, prosperidad, y empresas comunes que llenaron el vacío que (véase Plutarco, chico listo) la palabra patria había tenido hasta entonces. A la gente empezó a ponerla eso de ser romano: las palabras hispanus sum, soy hispano, cobraron sentido dentro del cives romanus sum general. Las ciudades se convirtieron en focos económicos y culturales, unidos por carreteras tan bien hechas que algunas se conservan hoy. Jóvenes con ganas de ver mundo empezaron a alistarse como soldados de Roma, y legionarios veteranos obtuvieron tierras y se casaron con hispanas que parían hispanorromanitos con otra mentalidad: gente que sabía declinar rosa-rosae y estudiaba para arquitecto de acueductos y cosas así. También por esas fechas llegaron los primeros cristianos; que, como monseñor Rouco aún no había sido ordenado obispo -aunque estaba a punto-, todavía se dedicaban a lo suyo, que era ir a misa, y no daban la brasa con el aborto y esa clase de cosas. Prueba de que esto pintaba bien era la peña que nació aquí por esa época: Trajano, Adriano, Teodosio, Séneca, Quintiliano, Columela, Lucano, Marcial... Tres emperadores, un filósofo, un retórico, un experto en agricultura internacional, un poeta épico y un poeta satírico. Entre otros. En cuanto a la lengua, pues oigan. Que veintitantos siglos después el latín sea una lengua muerta, es inexacto. Quienes hablamos en castellano, gallego o catalán, aunque no nos demos cuenta, seguimos hablando latín. 

9 de junio de 2013 

domingo, 2 de junio de 2013

El Quijote como consuelo

Cuando me ganaba la vida como reportero dicharachero en lugares que no eran precisamente Barrio Sésamo, había dolores que no se quitaban con aspirinas. La solución, en tales casos, era abrir un libro, irme con él al rincón más tranquilo posible, y con la luz de la que dispusiera en ese momento -a veces una vela o una linterna-, sumergirme en sus páginas hasta que el mundo se ajustase de nuevo y todo se tornara soportable. Conservo ese hábito, y entre los analgésicos a los que con más frecuencia recurro se cuentan Montaigne y Cervantes: los Ensayos y El Quijote. Este último, sobre todo. Desde hace nueve años, la edición que manejo es la del profesor Francisco Rico, cuyas páginas, incluidas las de cortesía, tengo llenas de subrayados y anotaciones a lápiz, y en las que unas veces busco pasajes concretos y otras me engolfo al azar, abriéndola por cualquier sitio, seguro de que a las pocas líneas estaré de nuevo atrapado por la magia deliciosa del texto, y que todos los dolores reales o metafóricos se atenuarán, como de costumbre. 

No les sorprenderá, supongo, que en los últimos tiempos, casi a diario, después de ver en el telediario o los periódicos el relato en tiempo real de esta España desvergonzada y patética, en manos de la misma gentuza infame que sin distinción de tiempos y nombres medra atornillada a nuestra historia desde hace siglos, sienta a menudo la necesidad urgente de zambullirme en las páginas cervantinas, a fin de que, como decía antes, el dolor y la amargura se diluyan hasta hacerse tolerables. Hasta reconciliarme, en lo posible, con este lugar desgraciado en el que a mí, como a ustedes, por nacimiento nos arrojó el azar. Y no falla. Cada vez, entre el cañamazo de la genial parodia cervantina, por los vericuetos serenos y originalísimos de su prosa, aquel hombre lúcido y bueno, que fue soldado y conoció la guerra, el cautiverio, la decepción, la soledad y el fracaso sin que nada quebrara su bondad y su gallardo espíritu, me alivia el dolor con su mirada agridulce, su serena sonrisa melancólica, su humor suave, resignado e inteligente. Con la entrañable imagen del hidalgo, no loco, sino soñador y cuerdo -«Yo sé quién soy»-, que encarna el valor sin recompensa, perito en derrotas, blanco de las bromas pesadas de ese maléfico encantador llamado destino o mala suerte. 

Nunca fue tan olvidado Cervantes, y nunca hizo tanta falta. Porque asómbrense: de los catorce países de habla hispana que puedo comprobar, sólo en seis -Uruguay, Venezuela, Costa Rica, El Salvador, Perú y Puerto Rico- la lectura de El Quijote es obligatoria en el colegio. En México, que presume de punta de lanza del español en América, dejó de serlo en 2006; y en Argentina, para vergüenza de las sombras de Borges, Bioy y Roberto Arlt, ni siquiera existe la materia Literatura Española. En cuanto a esta España de aquí, la palabra no es ya vergüenza, sino prevaricación que roza lo criminal: la lectura de El Quijote no sólo no es obligatoria -obligar traumatiza, ya saben-, sino que ni siquiera figura entre las recomendadas por el ministerio de Educación en secundaria o en bachillerato. 

Y sin embargo, insisto, pocas veces fue tan necesario Cervantes como refugio y consuelo; como analgésico que no elimina la causa del dolor pero ayuda a soportarlo; como prueba de que, hasta en la peor hora, cuando toda certidumbre se desmorona y el fracaso golpea, hay maneras de soportarlo casi todo. De afrontar el embate con sonrisa serena; con lucidez, dignidad y esperanza. Puestos a recetar aspirinas, permítanme mencionar un ensayo escrito hace veintitrés años por el filósofo Julián Marías, padre del escritor Javier Marías. Se titula Cervantes, clave española; y en la conferencia que le dio origen, don Julián cita un fragmento de su propio prólogo al Persiles: 

Y se despide del lector, de la vida, con estas aladas, entrañables palabras que no pueden leerse sin sentir que aprisionan en sólo dos líneas el quién que fue Cervantes: «¡Adiós gracias, adiós donaires, adiós regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida!»... Un hombre que va a morir, que sabe que va a morir muy pronto y se despide de la gracia, del donaire, del regocijo, de la amistad, de la palabra, de la conversación. ¿No es esto España, que viaja con ilusión, con prisa de la otra vida; cuya última palabra, después de tantos años de infortunio, heridas, cárceles, cautiverio, pobreza y desdén, después de tanto amor, tanta belleza, tanta ilusión fresca y marchita nunca, es «contentos»? ¿No es esto España? 

2 de junio de 2013

domingo, 26 de mayo de 2013

Un cura, un guardia, unos ministros

En un solo día he vivido tres situaciones aparentemente inconexas entre sí, pero cuya consideración hace pensar que tal vez no lo sean tanto. Me refiero a lo de inconexas. Una de ellas se produjo en misa, pero tranquilícense: no es que me haya caído del caballo y visto la luz. Al menos, de momento. Se trata de la misa que, en el convento de las Trinitarias de Madrid, la Real Academia Española celebra cada año, por tradición secular, en memoria del buen don Miguel de Cervantes y los académicos fallecidos ese año. Tocaba éste, con mucha tristeza por nuestra parte, recordar a Antonio Mingote y a José Luis Sampedro, y allí fuimos los compañeros, conscientes de las paradojas de la vida: una misa por el bondadoso y escéptico Mingote y, caso todavía más insólito, por el republicanísimo y ateo Sampedro. Pero la vida tiene esas piruetas y algunas otras. Una, por ejemplo, fue el Evangelio leído por un sacerdote durante el oficio, en una versión puesta al día que nos hizo mirarnos unos a otros con estupor. Se trataba de la parábola de los siervos y las minas, o talentos; y el páter, en un patético intento por actualizar la cosa, y sin reparar mucho en la resabiada audiencia que ese día tenía en plan feligrés, no habló de talentos o minas -el evangelista Lucas utiliza el término griego mina, cien dracmas áticas o denarios, que no era mucho dinero- sino de millones, nada menos. El señor repartió a sus siervos tantos millones, dijo. O leyó. «Muy oportuno y actual», se choteó por lo bajini Luis Mateo Díez, que estaba cerca de mí. «Y luego se extrañan de perder clientela», apuntó con frialdad científica José Manuel Sánchez Ron. 

La otra situación se dio más tarde, en los complicados semáforos de la plaza de Colón; cuando, en un momento de confuso tráfico y embotellamiento, pasé deliberadamente un semáforo en rojo, despacio, para facilitar el paso a los que venían detrás y situarme en el semáforo siguiente, tres metros más allá y a la izquierda. La maniobra fue advertida por un policía municipal que, exasperado, intentaba organizar lo imposible. Yo llevaba la ventanilla abierta, así que cuando pasé a su lado pude escuchar con toda claridad su «¿Qué pasa? ¿No has visto el semáforo, o qué?», dicho con unos malos modos y un desabrimiento inadmisibles en agentes de la autoridad municipal; quienes, hasta para multar por la más descarada infracción, deberían dirigirse siempre a cualquier ciudadano tocándose la visera, con el debido respeto y con personal decoro. Añado a esto que el agente de mi semáforo, sin duda porque estaba pasando mal rato con el tráfico, llevaba la ropa en desorden, el cuello despechugado, la gorra echada para atrás y necesitaba un afeitado urgente. Así que, decidido a pagar las multas que hicieran falta, pero no a tolerar groserías, detuve el coche y respondí: «Tiene usted razón, pero ¿por qué me tutea?». Pasó al usted en el acto, tuvo los reflejos de responder: «No oigo lo que me dice, señor», y me ordenó que siguiera adelante y no me quedara allí. 

Por la noche, al llegar a casa, puse un rato la tele y me vi frente a la tercera situación: un par de ministros retorciendo de manera abyecta la lengua española, de la que parecían ignorar los más elementales recursos -ministros del Gobierno de España, insisto-, para enumerar, sin que se les notara mucho lo siniestro, nuevos expolios, exacciones y vilezas. Para justificar una vez más su incompetencia, sus medias verdades, sus promesas incumplidas, los embustes encadenados con que disimulan su parálisis unos gobernantes enrocados en los privilegios de su puerca casta, sin el menor ánimo de renovación o cambio real; una dictadura fiscal gobernada por una pantalla de plasma, cuya única baza para mantenerse en el poder es la que le regala, sin mérito y por la cara, la inexistencia de una oposición eficaz o al menos respetable; la mediocre estupidez de una clase política que en su mayor parte, sin distinción de siglas, es egoísta, inculta, grosera. Pero ojo. Todo eso lo es en sintonía con el ambiente general de esta España en la que trincan y medran. Con lo que pide la peña en este lugar indecoroso donde los policías tutean en los semáforos, los políticos ignoran la sintaxis, y los curas torpes, olvidando que sin distancia no hay mito que sobreviva, convierten los talentos en millones y las arcas de la parábola en bancos con cajero automático. Y en manos de unos y otros, en este infame compadreo que no pretende igualdad de oportunidades para que todos lleguen a donde merezcan llegar, sino rebajarlo todo al triste nivel de los más zafios y tarugos, nos vamos despacio, inexorablemente, a la mismísima mierda. 

26 de mayo de 2013

domingo, 19 de mayo de 2013

Una historia de España (II)

Como íbamos diciendo, griegos y fenicios se asomaron a las costas de Hispania, echaron un vistazo al personal del interior -si nos vemos ahora, imagínennos entonces en Villailergete del Arévaco, con nuestras boinas, garrotas, falcatas y demás- y dijeron: pues va a ser que no, gracias, nos quedamos aquí en la playa, turisteando con las minas y las factorías comerciales, y lo de dentro que lo colonice mi prima, si tiene huevos. Y los huevos, o parte, los tuvieron unos fulanos que, en efecto, eran primos de los fenicios -«Venid, que lo tenéis fácil», dijeron éstos aguantándose la risa- y se llamaban cartagineses porque vivían a dos pasos, en Cartago, hoy Túnez o por allí. Y bueno. Llegaron los cartagineses muy sobrados a fundar ciudades: Ibiza, Cartagena y Barcelona -esta última lo fue por Amílcar Barça, creador también del equipo de fútbol que lleva su apellido y de la famosa frase Cartago is not Roma-. Hubo, de entrada, un poquito de bronca con algunos caudillos celtíberos (socios del Madrid según Estrabón, lo que puede explicarlo todo) llamados Istolacio, Indortes y Orisón, entre otros, que fueron debidamente masacrados y crucificados; entre otras cosas, porque allí cada uno iba a su aire, o se aliaba con los cartagineses el tiempo necesario para reventar a la tribu vecina, y luego si te he visto no me acuerdo (me parece que eso es Polibio quien lo dice). Así que los de Cartago destruyeron unas cuantas ciudades: Belchite -que se llamaba Hélice- y Sagunto, que era próspera que te rilas. La pega estuvo en que Sagunto, antigua colonia griega, también era aliada de los romanos: unos pavos que por aquel entonces (siglo III antes de Cristo, echen cuentas) empezaban a montárselo de gallitos en el Mediterráneo. Y claro. Se lió una pajarraca notable, con guerra y tal. Encima, para agravar la cosa, el nieto de Amílcar, que se llamaba Aníbal y era tuerto, no podía ver a Roma ni por el ojo sano, o sea, ni en fotos, porque de pequeño lo habían obligado a zamparse Quo Vadis en la tele cada Semana Santa, y acabó, la criatura, jurando odio eterno a los romanos. Así que tras desparramar Sagunto, reunió un ejército que daba miedo verlo, con númidas, elefantes y crueles catapultas que arrojaban películas de Pajares y Esteso. Además, bajo el lema Vente con Aníbal, Pepe, alistó a 30.000 mercenarios celtíberos, cruzó los Alpes -ésa fue la primera mano de obra española cualificada que salió al extranjero- y se paseó por Italia dando estiba a diestro y siniestro. El punto chulo de la cosa es que, gracias al tuerto, nuestros honderos baleares, jinetes y acuchilladores varios, precursores de los tercios de Flandes y de la selección española, participaron en todas las sobas que Aníbal dio a los de Roma en su propia casa, que fueron unas cuantas: Tesino, Trebia, Trasimeno y la final de copa en Cannas, la más vistosa de todas, donde palmaron 50.000 enemigos, romano más, romano menos. La faena fue que luego, en vez de seguir todo derecho hasta Roma por la vía Apia y rematar la faena, Aníbal y sus huestes, hispanos incluidos, se quedaron por allí dedicados al vicio, la molicie, las romanas caprichosas, las costumbres licenciosas y otras rimas procelosas. Y mientras ellos se tiraban a la bartola, o a la Bartola, según, un general enemigo llamado Escipión desembarcó astutamente en España a la hora de la siesta, pillándolos por la retaguardia. Luego conquistó Cartagena y acabó poniéndole al tuerto los pavos a la sombra; hasta que éste, retirado al norte de África, fue derrotado en la batalla de Zama, donde se suicidó para no caer en manos enemigas, por vergüenza torera, ahorrándose así salir en el telediario con los carpetanos, los cántabros y los mastienos que antes lo aplaudían como locos cuando ganaba batallas, amontonados ahora ante el juzgado -actitudes ambas típicamente celtíberas- llamándolo cobarde y chorizo. El caso es que Cartago quedó hecho una piltrafa, y Roma se calzó Hispania entera. Sin saber, claro, dónde se metía. Porque si la Galia, con toda su vitola irreductible de Astérix, Obélix y demás, Julio César la conquistó en nueve años, para España los romanos necesitaron doscientos. Calculen la risa. Y el arte. Pero es normal. Aquí nunca hubo patria, sino jefes (lo dice Plutarco en la biografía de Sertorio). Uno en cada puto pueblo: Indíbil, Mandonio, Viriato. Y claro. A semejante peña había que ir dándole matarile uno por uno. Y eso, incluso para gente organizada como los romanos, lleva su tiempo. 

(Continuará)

19 de mayo de 2013

domingo, 12 de mayo de 2013

Un pequeño velero valiente

El avión inclina un poco un ala y pierde altura, mientras la línea de la costa se advierte más allá de la ventanilla. Es un día luminoso y azul, aunque un fuerte mistral salpica el mar de borreguillos blancos y marca de oleaje la orilla lejana. Cierras el libro que has estado leyendo y observas el paisaje. Te gusta hacer eso cuando conoces la costa y las aguas próximas, reconociendo desde arriba lo que otras veces has navegado abajo: cabos, ensenadas, playas, puertos, se ofrecen a la vista como en un portulano o un mapa. Y una vez más no puedes menos que admirar a los hombres sabios y tenaces que, en siglos pasados, cuando no existían los satélites ni los aviones, consiguieron a base de compás, cañonazo, reloj, lápiz y papel, levantamientos cuyo trazado exacto, en buena parte de los casos, apenas se han visto modificados por las cartas náuticas modernas. 

El avión desciende un poco más y las salpicaduras blancas se vuelven más visibles y precisas, hasta el punto de que puede apreciarse el movimiento de las grandes olas que hay allá abajo, la lenta ondulación del agua que el viento empuja en dirección paralela a la costa. Isobaras apretadas como sardinas en lata, piensas mientras por costumbre imaginas la intensidad del viento allá abajo. Beaufort fuerza 8, por lo menos. Eso significa temporal de 34 a 40 nudos, con el agravante de que el viento corre veloz, por un mar libre de obstáculos, desde muchos cientos de millas; y esa fuerza incide en la altura de las olas, que son majestuosamente alargadas y de cuyas crestas blancas, a medida que el avión sigue bajando, parecen desprenderse rociones de espuma. 

El avión sigue virando despacio para enfilar la aproximación al aeropuerto, cuando adviertes algo allá abajo: un pequeño barco deja tras de sí una línea de espuma blanca y casi recta, muy visible aunque barrida pronto por las olas que corren hacia su popa. Es un velero, sin duda. Debe de tener entre doce y quince metros, y mantiene el rumbo hacia la costa, de la que lo separan todavía unas diez millas, ciñendo el viento. Eso puede suponer, con ese temporal y esa mar ondulada que lo mismo impulsa que frena, un mínimo de dos horas de navegación infernal, todavía. Por el rumbo que trae, es posible suponer que el velero lleva al menos catorce horas navegando, que al menos la mitad de ese tiempo lo ha hecho de noche, y que, en el mejor de los casos, el viento duro empezó a castigarlo un poco antes del alba. 

Sabes lo que es, claro. Todo el que pasa algún tiempo en un barco lo sabe. Por eso, desde la cabina del avión, mirando la estela del velero que avanza obstinado en busca de refugio -esa tierra próxima que tú alcanzas a ver, pero él no-, sientes un estremecimiento de orgullo solidario. De admiración por ese hermano desamparado, cuya situación puedes imaginar. Observas que navega amurado a babor, consciente de la costa próxima, buscando la protección del puerto cercano, o de al menos una punta de tierra donde fondear a resguardo. Seguramente ciñe el viento con una trinquetilla y dos rizos en la mayor, dando fuertes machetazos en las olas, con su patrón amarrado en la bañera y atento al timón para no atravesarse a la mar, el tambucho cerrado y la tripulación trincada a las líneas de vida o abajo en la camareta, sentada en el suelo, la espalda apoyada en un mamparo, a mano el cubo de achicar por si el mareo juega malas pasadas. Puedes imaginar los rociones que saltan sobre su cubierta, la bandera aleteando a popa con violencia, el aullar de cuarenta nudos en la jarcia y el palo sobre el que el molinillo del anemómetro gira enloquecido. Las miradas entre inquietas y resignadas del patrón a los instrumentos de la bitácora para comprobar la posición, el abatimiento, las rachas del viento. 

Que llegues a puerto, compañero, piensas conmovido mientras el solitario velero y su estela desaparecen bajo el ala del avión. Que aguante el barco y quienes lo tripulan. Y mientras miras el mar y la costa cercana, que desde abajo no se ve, piensas en todos los pequeños barquitos desamparados y valientes que ahora navegan acortando vela, ciñendo vientos duros sin otro socorro que su serenidad y su coraje. En busca de un sitio donde echar el ancla y descansar quienes, tras largas horas de pelea, puedan arrebatarle al mar ese derecho. Porque, aunque solemos olvidarlo cuando pisamos tierra firme o sopla brisa suave, navegar, como vivir -y poco va de una cosa a otra-, nunca fue un asunto fácil. 

12 de mayo de 2013 

domingo, 5 de mayo de 2013

Una historia de España (I)

Érase una vez una piel de toro con forma de España -llamada Ishapan: tierra de buenos conejos :-) , les juro que la palabra significaba eso-, habitada por un centenar de tribus, cada una de las cuales tenía su lengua e iba a su rollo. Es más: procuraban destriparse a la menor ocasión, y sólo se unían entre sí para reventar al vecino que (a) era más débil, (b) destacaba por tener las mejores cosechas o ganados, o (c) tenía las mujeres más guapas, los hombres más apuestos y las chozas más lujosas. Fueras cántabro, astur, bastetano, mastieno, ilergete o lo que se terciara, que te fueran bien las cosas era suficiente para que se juntaran unas cuantas tribus y te pasaran por la piedra, o por el bronce, o por el hierro, según la época prehistórica que tocara. Envidia y mala leche al cincuenta por ciento (véanse carbono 14 y pruebas genéticas de Adn). El caso es que así, en plan general, toda esa pandilla de hijos de puta, tan prolífica a largo plazo, podía clasificarse en dos grandes grupos étnicos: iberos y celtas. Los primeros eran bajitos, morenos, y tenían más suerte con el sol, las minas, la agricultura, las playas, el turismo fenicio y griego y otros factores económicos interesantes (véanse folletos de viajes de la época). Los celtas, por su parte, eran rubios, ligeramente más bestias y a menudo más pobres, cosa que resolvían haciendo incursiones en las tierras del sur, más que nada para estrechar lazos con las iberas; que aunque menos exuberantes que las rubias de arriba, tenían su puntito meridional y su morbo cañí (véase Dama de Elche). Los iberos, claro, solían tomarlo a mal, y a menudo devolvían la visita. Así que cuando no estaban descuartizándose en su propia casa, iberos y celtas se la liaban parda unos a otros, sin complejos ni complejas. Facilitaba mucho el método una espada genuinamente aborigen llamada falcata: prodigio de herramienta forjada en hierro (véase Diodoro de Sicilia, que la califica de magnífica), que cortaba como hoja de afeitar y que, cual era de esperar en manos adecuadas, deparó a iberos, celtas y resto de la peña apasionantes terapias de grupo y bonitos experimentos colectivos de cirugía en vivo y en directo. Ayudaba mucho que, como entonces la península estaba tan llena de bosques que una ardilla podía recorrerla saltando de árbol en árbol, todas aquellas ruidosas incursiones, destripamientos con falcata y demás actos sociales podían hacerse a la sombra, y eso facilitaba las cosas. Y las ganas. Animaba mucho, vamos. De cualquier modo, hay que reconocer que en el arte de picar carne propia o ajena, tanto iberos como celtas, y luego esos celtíberos resultado de tantas incursiones románticas piel de toro arriba o piel de toro abajo, eran auténticos virtuosos. Feroces y valientes hasta el disparate (véanse el No-do de entonces y los telediarios de Teleturdetania), la vida propia o ajena les importaba literalmente un carajo; morían matando cuando los derrotaban y cantando cuando los crucificaban, se suicidaban en masa cuando palmaba el jefe de la tribu o perdía su equipo de fútbol, y las señoras eran de armas tomar. O sea. Si eras enemigo y caías vivo en sus manos, más te valía no caer. Y si además aquellas angelicales criaturas de ambos sexos acababan de trasegar unas litronas de caelia -cerveza de la época, como la San Miguel o la Cruzcampo, pero en basto-, ya ni te cuento. Imaginen los botellones que liaban mis primos. Y primas. Que en lo religioso, por cierto, a falta todavía de monseñores que pastoreasen sus almas prohibiéndoles la coyunda, el preservativo y el aborto, y a falta también del bañador de Falete y de Sálvame para babear en grupo, rendían culto a los ríos -de ahí procede el refrán celtíbero de perdidos, al río-, las montañas, los bosques, la luna y otros etcéteras. Y éste era, siglo arriba o siglo abajo, el panorama de la tierra de conejos cuando, sobre unos 800 años antes de que el Espíritu Santo en forma de paloma visitara a la Virgen María, unos marinos y mercaderes con cara de pirata, llamados fenicios, llegaron por el Mediterráneo trayendo dos cosas que en España tendrían desigual prestigio y fortuna: el dinero -la que más- y el alfabeto -la que menos-. También fueron los fenicios quienes inventaron la burbuja inmobiliaria adquiriendo propiedades en la costa, adelantándose a los jubilados anglosajones y a los simpáticos mafiosos rusos que bailan los pajaritos en Benidorm. Pero de los fenicios, de los griegos y de otra gente parecida, hablaremos en un próximo capítulo. O no. 

5 de mayo de 2013 

domingo, 28 de abril de 2013

Sophia Loren, John le Carré, Mortadelo

Hace sol, es primavera y la cuesta Moyano está espléndida. Transcurre uno de esos días azules y luminosos de Madrid, que son paisaje perfecto para las casetas con sus tenderetes afuera, los compradores que curiosean, los montones de libros viejos y de segunda mano esperando que alguien los rescate del olvido para devolverles la libertad y la vida. Camino despacio, con ojos atentos y cautela de cazador. Pese a que miro más que toco, tengo ya los dedos polvorientos de muchos libros, las gafas para leer de cerca siempre a mano, a fin de comprobar un autor, un título, una fecha de edición. De mi hombro izquierdo cuelga la mochila donde llevo el botín de la jornada: una primera edición de las Memorias de César González Ruano, el Epistolario de Luisa de Carvajal y Mendoza, un libro sobre Gracián y la novela de David Divine, publicada en la antigua colección policíaca de la editorial Plaza, en que se basó la película homónima La sirena y el delfín; aquella buena historia de arqueólogos buceadores en Grecia, con Alan Ladd y Clifton Webb, que a todos los niños varones de mi generación dejó estupefactos al ver salir del agua, en las primeras secuencias, a Sophia Loren con la blusa gloriosamente mojada. Lo de la estupefacción incluye, por cierto, a Javier Marías; que en materia de señoras de cine, e incluso sin cine de por medio, suele ser muy poco británico. 

Contemplo con melancolía una de mis novelas, puesta allí a la venta. Es una quinta edición de La carta esférica, ajada por el uso; y verla me hace pensar, de nuevo, que una librería de viejo es, entre otras cosas interesantes, una buena cura de humildad para cualquiera. A alguien no le gustó tu libro, o una vez leído lo regaló a quien no llegó a apreciarlo como él; o tal vez las vueltas y revueltas de la vida, traslados, necesidades, fallecimientos, dieron con ese ejemplar, entre otros restos de naufragios, en el lugar donde ahora está. El precio es lo que más llama tu atención: seis euros, la tercera o cuarta parte de lo que cuesta en librerías. Junto a él hay otros -eso alivia un poco tu amor propio lastimado- todavía más baratos: tres euros, con oferta de dos por cinco euros. Y no son malos títulos. Con un vistazo rápido localizas cosas de John le Carré, una Regenta, el Gran Hotel de Vicky Baum, El Gatopardo y la estupenda novela náutico-aventurera El cazador de barcos. Echando cuentas, compruebas que por lo que cuestan un par de desayunos en una cafetería de Madrid, puedes irte de aquí con tres o cuatro buenos libros en el zurrón. O con más. Para que luego diga la peña que no lee porque los libros son caros. Que por eso prefiere babear ante la tele, pendiente del bañador de Falete. 

Sin embargo, pese al día magnífico y los precios razonables, pocos frecuentan este lugar privilegiado. Por eso alegra la mañana que unos profesores de primaria -dos mujeres y un hombre, maestros que lo reconcilian a uno con la profesión más hermosa y útil del mundo- pastoreen por el lugar a una veintena de críos de seis o siete años. Van en doble fila, niños y niñas, cogidos de la mano. Supongo que vienen del Prado o el Reina Sofía, y que el autobús de vuelta al colegio aguarda junto a la verja del Retiro. Pero, en vez de pasar de largo calle arriba, los maestros se detienen a explicar a los niños qué lugar es éste, qué son libros de viejo, y cómo allí se pueden comprar obras muy baratas. Historias interesantes, apunta una maestra. Cosas que seguramente no encontraréis en casa ni en la tele. 

Me quedo en las inmediaciones, atento a lo que dicen. La mayor parte de los pequeños cabroncetes miran distraídos a todos lados, se impacientan. Otros atienden muy serios. Acabada la explicación, los profesores conducen al grupo calle arriba, vigilando que no haya rezagados. La última caseta está especializada en historietas y cómics, y tiene expuestos álbumes de Tintín, de Astérix, de Mortadelo y Filemón. El grupo de niños se aleja con sus profes, pero dos de ellos se quedan atrás, atraídos por ese último puesto. Uno es rubio y otro mulato, o magrebí. Me paro junto a ellos, observándolos. Miran lo expuesto sin atreverse a tocarlo, pese a la sonrisa benévola del librero. En ese momento, al ver que se han quedado atrás, el maestro viene hacia ellos. Creo que va a reprenderlos, pero me equivoco. Se queda a poca distancia, paciente, sin meterles prisa. Tras un instante su mirada se encuentra con la mía y la del librero, y sonreímos los tres como intercambiando un signo masónico de solidaridad y esperanza. Y en ese momento, como si acabara de intuir lo que ocurre entre los tres adultos, el niño rubio pasa el brazo, en ademán de camaradería, sobre los hombros de su compañero. 

28 de abril de 2013 

domingo, 21 de abril de 2013

Recordando Krasny Bor

Mi abuelo paterno, que era uno de esos republicanos de antes, cultos, viajados y con biblioteca, escéptico como todo hombre sabio, solía repetir una frase que yo, de pequeño, no alcanzaba a penetrar del todo: «Los españoles sólo servimos para salir en los cuadros de Goya». No fue sino más tarde, cuando leí libros, viajé y me familiaricé con cuadros como los del 2 de Mayo en Madrid o el Duelo a garrotazos, cuando comprendí a qué se refería mi abuelo, y por qué, entre todos los pintores españoles, utilizaba a Goya como clave lúcida. Como amarga referencia. 

Hace unas semanas hice un experimento. Se cumplían 70 años de la batalla de Krasny Bor, cerca de Leningrado, donde 5.000 españoles de la División Azul encajaron el ataque de dos divisiones soviéticas integradas por 44.000 hombres y 100 carros de combate: una compañía aniquilada, varias diezmadas, oficiales pidiendo fuego artillero sobre su propia posición por estar inundados de rusos. Abandonados a su suerte, durante todo el día pelearon como fieras, a la desesperada. Casi la mitad murieron o desaparecieron, pero frenaron a los rusos, les hicieron 10.000 bajas y obtuvieron de Hitler este comentario: «Extraordinariamente duros para las privaciones y ferozmente indisciplinados». Y, bueno. Tales son los hechos y así los conté en la red social Twitter, donde recalo algunos domingos, añadiendo que entre los divisionarios no todos eran voluntarios falangistas, pues también había ex combatientes republicanos y gente que se alistó por hambre o para ayudar a algún familiar encarcelado o en desgracia. Añadí que la causa que defendían era infame, pero eso no alteraba el hecho básico: eran compatriotas, estaban en el infierno y pelearon con bravura admirable. «Quienes nos gobiernan deberían prestar atención a esas cosas -escribí-. La Historia ha probado mil veces que no hay nada más peligroso que un español acorralado». Lo interesante vino luego: tres mil opiniones de tuiteros. Yo había mencionado un hecho histórico, destacando un coraje y una tenacidad independientes de tiempos o ideologías. Algo que ocurrió y que está -debería estar- en los libros de Historia por las mismas razones que la toma de Tenochtilán, el saco de Roma o la liberación de París por los republicanos españoles de la Nueve. Y sin embargo, no pueden imaginar la que se lió en Twitter: los insultos y descalificaciones entre quienes discutían. Algunos me incluyeron, claro. Eso fue lo más revelador: ultraderechistas acusándome de rojo por haber calificado de infame la causa que la División Azul defendía en Rusia, y ultraizquierdistas acusándome de facha por hablar de la División Azul en vez de sepultarla en el negro olvido. Y entre unos y otros, docenas de tuiteros tirándose los trastos a la cabeza con argumentos ideológicos, orillando el hecho principal: el episodio histórico, su épica objetiva y su interesante consideración. La Historia, en fin, que no es buena ni mala, sino llave para comprender el pasado y el presente. Y a veces, para prever el futuro. Así que una vez más recordé las palabras de mi abuelo. Pensé en Goya. En ese cable suelto que los españoles llevamos sumergido en bilis en algún lugar del corazón. En ese rencor cainita, desaforado, siempre dispuesto a simplificar el mundo en un estúpido nosotros y ellos. En esa necesidad nuestra, no de vencer y convencer, sino de vencer y exterminar al vencido. Borrar hasta su huella. Fusilar al que levanta las manos, en vez de ofrecerle un pitillo y mirarlo a los ojos. Prueben a elogiar en público el valor de moros y cristianos en Las Navas, o el de republicanos y nacionales en El Ebro. Saltarán voces criticando la igualdad de trato, la falta de etiqueta diferencial, la ecuanimidad ante el valor y el sacrificio, como si éstos tuvieran que depender de ideologías para ser admirables. Nadie puede ser admirable si no pertenece a mi bando, es la lectura final. Esto repugna y entristece, porque no es de ahora. Pese a lo que afirman los tontos, no lo inventó Franco, ni la República: viajemos a la Dictadura, a las guerras carlistas, a Fernando VII, a la Inquisición. En pocos lugares de Europa hubo tanta saña y tanta vileza. Mientras en otros países -también en eso envidio a Inglaterra- la inteligencia o el valor del adversario son a menudo motivo de admiración y respeto, en España no hacen sino aumentar la envidia; la ira de quien, una vez dueño de la trinchera, remata la faena con toda clase de vejaciones introductorias al tiro en la nuca. Tiro que, por otra parte, aplica con más entusiasmo quien nunca corrió riesgos antes. Quien más lejos anduvo, durante el combate, del verdadero campo de batalla. 

21 de abril de 2013