domingo, 16 de febrero de 1997

Somos así, señora

Hay que ver. En este país ya ajustan cuentas hasta las quinceañeras. Resulta que a una jovencita sevillana, más bien aparente, que por lo visto quiere ser modelo y trae locos a los compañeros del instituto, un grupo de mozas de su edad le dieron el otro día las suyas y las de un bombero, para bajarle los humos y que no vaya a creer que todo el monte es orégano. Todo eso porque, hasta que le arreglaron el cutis a puñetazos y mordiscos, la desventurada era guapa. Y ocurrió a la salida del colé, ante doscientos testigos que miraban. Qué bonito y qué tradicional, piensa uno, comprobar que los jóvenes cachorros apuntan ya las maneras de sus mayores. Es conmovedor que los viejos hábitos nacionales, que tanto juego histórico dieron en el pasado, se perpetúen así en las nuevas generaciones. Y que la envidia, el linchamiento público, la pasividad dominguera y criminal de los que miran, todo tan español y tan nuestro, se ejerzan todavía como antes, como toda la vida, desde la más tierna infancia.

Se quejaba no hace mucho mi vecino Marías de la cantidad de enemigos y odiadores furibundos que, sin haberlos visto ni hablado con ellos en la vida, le salen en este país a cualquiera a quien las cosas le vayan medianamente bien. Y es muy cierto. La envidia no es que sea el primer pecado capital de los españoles, sino que sigue siendo bandera de la mayor parte de los odios que aquí circulan en todas direcciones. Un coche lujoso, una mujer inteligente o atractiva, un marido triunfador, un éxito de cualquier tipo, desencadenan de forma automática una maraña de rencores y descalificaciones a las que todos nos sumamos con alegría desaforada. Gente con quien no te has cruzado jamás puede ponerte de vuelta y media, y estremecen las cosas que sobre tu vida y milagros circulan en boca de gente que te jura saberlas de buena tinta. Y no digamos si la víctima que se nos ofrece es víctima caída, árbol de leña fácil. En tal caso, hay bofetadas por conseguir silla de pista y un hueco por donde meter la mano para asestar la cobarde cuchillada personal en mitad del tumulto. En especial si el objeto del linchamiento tuvo la desgracia de gozar, en algún momento de su vida anterior, de la simpatía o el apoyo popular. En tal caso la ejecución pública toma caracteres de auténtica orgía nacional, en este país donde damos garrote vil con el mismo entusiasmo, pelo a pelo, con que minutos antes hemos estado aplaudiendo a rabiar. ¿Maldad? No. Impulso atávico, tan sólo. Manera de ser. España y nosotros somos así, señora.

Hace unos días se descartó aquel proyecto policial de archivar los datos procedentes de sospechas y denuncias, y no sé si se hacen idea de la que nos libramos con tan prudente carpetazo. Porque en Alemania -por decir algún sitio- cuando uno denuncia al vecino porque tiene alto el televisor, igual que hace poco delataba al judío del tercero izquierda para que las SS -que tienen RH casi tan impecable como el de don Xabier Arzalluz- con convirtieran en jabón Lagarto, lo hace siempre por motivos elevados: mantener la disciplina ciudadana, el bien común, la pureza de las razas superiores y cosas así. Pero es que los alemanes son ejemplares ciudadanos, espirituales y con muy altas miras. Además, les encanta el paso de la oca. Mientras que, en España, los archivos policiales iban a llenarse de denuncias miserables sobre vecinos con mujeres guapas, bemeuves, novios con buena posición, éxitos financieros, cinematográficos, televisivos o editoriales. Es que a saber de dónde ha sacado ese crédito. O ese vi-són. O esa rubia. O esa oposición. O esa barbacoa. Y eso de que Fulano es pederasta, habría que verlo. ¿Cómo va a ser pederasta si no tiene ni el bachillerato, y además es maricón?

En la antigua Roma, cuando un miles gloriosus despachaba a unos cuantos centenares de bárbaros y tenía derecho al Triunfo, un esclavo sostenía sobre su cabeza la corona mientas le repetía una y otra vez al oído: "Recuerda que eres mortal", para que no se le fuera la olla. Y tener certeza de esa mortalidad resulta saludable, El éxito, la suerte, cualquier otro hecho a destacar, acarrean legiones de odiadores públicos y secretos, al acecho del momento en que pises la piel de plátano que la vida, tarde o temprano, te pone siempre en el camino. Tener esa certeza es como navegar con un ojo en la mar y otro en las velas y el viento: ayuda a mantenerse vivo. Aquí, el mejor antídoto para evitar que el éxito se suba a la cabeza es la conciencia terrible de que ese éxito se está teniendo en España.

16 de febrero de 1997

2 comentarios:

Marta Polo dijo...

Navegando por la red para leer opiniones acerca de la envidia españole terminé en tu blog. Si ya es algo que percibía viviendo en España, dos años alejada del país vienen a confirmar esta creencia. Da la sensación que tuvieras que solicitar permiso para realizarte por tu propia cuenta. No está muy bien visto. En ocasiones tengo la sensación que arrastramos aún una profunda raíz católica con todo lo que ello implica en el desenvolvimiento de una persona. Los españoles somos muy especialistas en etiquetar todo aquello que entre por nuestro campo de visión. Si algo no se puede, se produce la hecatombe. Es posible desembarazarte del gen de la envidia patria. Siempre y cuando hagas el sano ejercicio de aceptar que formas parte de esa idiosincracia. Que te ha tocado, más sin embargo, no la has elegido. Y entonces, gol! Libre de ese estigma. España no entiende muy bien que uno pueda desarrollarse personal y profesionalmente. No, por la vía lógica del esfuerzo, pasión y disciplina. Demasiadas veces aparece el malpensado que ante el éxito del otro se pregunta a quién se habrá tirado (soez, pero real) o a quién habrá timado o robado. España es juzgar y dictaminar; trabas y limitaciones. Y lo que es penoso, proyectar frustraciones personales ante los anhelos y expectativas de realización del otro. Bien, volveremos a España con la satisfacción del trabajo propio que en otro país si supieron valorar. Sin acritud. Sin rencores. Regresaremos a España con la satisfacción personal y profesional. Y hablaran, o susurrarán. Y, quizá, esos cuchicheos esperpénticos terminen sabiendo a gloria. Ciertamente, lo serán.

EDUARDO VAZQUEZ dijo...

Eres genial, Arturo, en este país y en cualquiera.