lunes, 30 de octubre de 2006

Derechos, libertades y guardia de la porra

Quiero que conste por escrito, por si alguna vez doy una conferencia, un mitin o lo que se tercie. Imaginen que la vejez me afloja el muelle y accedo a presentar, ante un distinguido y selecto público, el libro de apasionantes memorias políticas De España, ni una migraña, de José Luis Carod Rovira, en atención a que el sujeto me cae de puta madre, por sutil y por simpático. O supongamos que, en recuerdo de una ultrafacha espectacular con la que tuve rollo un 20 de noviembre de 1972, o por ahí –los botones de esa camisa azul, déjate puesto el correaje, etcétera–, voy a un mitin de Caspa Tradicionalista y de las JONS en Rentería, y acabo cantando el Cara al sol, que me lo sé. Es más. Puesto ya a volverme completamente gilipollas, imaginen que apoyo las justas reivindicaciones de Sangonera la Seca, por ejemplo, cuyo Estatuto –para qué pasar hambre, si es de noche y hay higueras– empezaría así: «Sangonera la Seca (no confundir con la Verde) es una nasión, su lengua nasional es el panocho mursiano, y su futuro se basa en los campicos de golf»

Imaginen, como digo, que a uno se le ocurre meterse en tales jardines colgantes de Babilonia, y en consecuencia da un mitin que se cisca la perra. Sobre eso, o sobre lo que sea. Y en ésas, estando en pleno triunfo de masas, aparecen piquetes informativos, o como se diga cuando se juntan veinte o treinta animales, no para insultar –que va en el sueldo–, sino para informarme de que son anticatalaúnicos, antifascistas, antisistema o de Sangonera la Verde, y que en el ejercicio de su libertad democrática me van a dar las del pulpo y dos más. E imaginen que, llegados a ese punto, los picoletos, los maderos, los guindas, los mozos de escuadra, los ertzainas o cualquiera de las cuarenta y dos policías que disfrutamos aquí sin contar Prosegur, o sea, aquellos a quienes corresponde velar por mi integridad física y la del público al que tanto quiero y tanto debo, dicen que para evitar males mayores, salga por la puerta de atrás, o me atrinchere, numantino, hasta que los malos se cansen y se vayan. Y que eso es lo que hay. 

Pues miren, no. Quiero decir que no me da la gana. Quede claro que, llegado el caso, lo que quiero, o exijo, es que si quienes dan la bronca y buscan sacudirme perseveran en ello, lleguen los antidisturbios y los corran a hostias. ¿Capichi? Disuélvanse, una, dos, tres, carguen. Que no pasa nada, oigan. Que cualquier democracia, incluso el monipodio de constructores y políticos golfos que tenemos aquí, es compatible con eso. Y para tal menester están los de la porra, en todas partes salvo en este país de cagaditas de rata en el arroz. O tenemos guardias o no los tenemos. O semos o no semos. A ver por qué debo salir en los periódicos circundado de cuatro picos y medio, con cara de acojono, mientras me tiran botellazos, en vez de llevarse a tomar por saco a quienes arrojan las botellas. ¿No es más lógico? Si un día le toca a un rey o a un presidente de gobierno –que les tocará– ¿también van a protegerlo así?… Hemos invertido los términos de todo, y lo peor de vivir en pleno disparate es que ya vemos cualquier barbaridad como lo más natural del mundo. Y reniego de la madre que nos parió. No quiero que me lleven hasta el coche cubriéndome con escudos; que se metan los escudos donde les quepan. Lo que exijo es ir a donde me dé la gana, a mi aire, charlando con quien me apetezca y diciendo lo que estime oportuno. Y quiero que la autoridad competente lo garantice, ejerciendo legítima violencia institucional si hace falta, que para eso tiene el monopolio, en vez de ir siempre a remolque del qué dirán y los complejos, jugando a los triles con el voto de hoy y el Dios te ampare de mañana. 

Caben alternativas, claro. Pero son siniestras. Es peligroso que tanta bazofia incontrolada confirme que en este país demagogo, cobarde, no es posible respaldar la seguridad de nadie, porque la calle es del primero que la toma, y los derechos y libertades de los demás acaban donde empieza el telediario. Con tales perspectivas puede ocurrir que, para el próximo acto en territorio hostil, el agredido se haga acompañar de unos amiguetes; que cada cual tiene los suyos. Y al primero que quiera sacudirles con la pancarta, en vez de decir socorro, pupa, el suprascrito y sus compadres le metan la pancarta por el ojete; y allí haya leña, en efecto, pero a gusto de todos. Me pregunto a quién protegerá entonces la Policía y a quién llamaremos fascista. Además, tales murgas se sabe cómo empiezan, pero no cómo acaban. O sí. 

29 de octubre de 2006 

lunes, 23 de octubre de 2006

El alguacil alguacilado

Siempre evito hacer crítica literaria formal. Sin embargo, como lobo viejo que soy, a veces me gotea el colmillo ante ciertos pescuezos que piden dentelladas. Y resulta que acabo de zamparme algo escrito por un tal García-Posada. Se trata de una primera novela –La sangre oscura–, digna de olvido de no darse una deliciosa circunstancia: su autor es doctor en filología hispánica y presidente de la asociación de críticos literarios españoles, nada menos. Así que calculen con cuánto interés me la eché al coleto. A fin de cuentas, razonaba, si este crítico ilustre dedica su vida a enjuiciar libros ajenos, explicando a los autores cómo deben escribir, su novela será una lección magistral sobre el modo de hacer las cosas en cuanto a estilo, estructura, personajes y otros ingredientes que, por su oficio, mi primo conocerá al dedillo. A ver si se me pega algo. 

Y en efecto. La primera lección del texto garciposadiano afecta al arduo problema del punto de vista literario, que resuelve sin despeinarse, metiendo nueve veces el pronombre personal me en una página, por ejemplo, sin contar los yo y los mi; algo tan íntimo y original que permite al protagonista – trasunto del autor, pues la novela, astuta pirueta literaria, es autobiográfica– afirmar: «Mi vida interior comenzaba a ser tan rica que el desahogo verbal resultaba innecesario»

La trama es apasionante: un crítico literario investiga la muerte de un compañero poeta antifranquista; y tras leer el diario del difunto –sagaz recurso narrativo– concluye que se suicidó, en parte porque era homosexual, en parte por asco de la dictadura. Todo eso, en páginas llenas de citas ajenas; aunque, pese a tal respaldo de autoridades, la cosa queda algo especulativa, divagando de acá para allá. De manera que al final de la novela seguimos con la misma información que teníamos al principio: que un fulano se suicidó y que la vida es triste de cojones. Consciente de ello –de algo sirve ser crítico literario–, el autor comenta, por boca del protagonista, que algunos lectores «tienen derecho a tildar de especulaciones estas consideraciones que he alumbrado»; aunque luego pone las cosas en su sitio: «Son los mismos que (…) le reprochan a Cervantes las novelas interpoladas en la primera parte de El Quijote»

Los hallazgos estilísticos son numerosos. Háganse idea con este párrafo: «Me pasaba entonces mucho, pasaba mucho dentro de mí, y me pasaba bastante más de lo que entonces podía saber que me pasaba», que hace bonito tándem con este otro, tan diáfano: «No se ha visto volver suficientemente nada para que suene a cosa ya sabida». Y reparen en la sutil manera de mencionar «la expresión sin expresión de aquel rostro», para decir que alguien era inexpresivo. Aunque no tanto, pues más adelante matiza: «Aquel rostro inexpresivo parecía decirme algo con su ausencia de lenguaje». Tampoco el estilo garciposadesco está exento de poesía eres tú: «Me pareció vislumbrar una lágrima corriéndole por la mejilla desde los ojos húmedos», escribe. De todos los hallazgos literarios que ofrece el texto, personalmente me quedo con «las vivencias que me asaltaban ante espectáculos urbanos de tanta enjundia», aunque haya muchas otras valiosas perlas, como ese «sol que bailaba ebrio de su propia suficiencia», o aquel «ejemplares de divorciables los hay paradigmáticos, como aquella divorciable». También expone el autor complejas certezas sobre los arcanos del alma femenina, cuando nos confía: «A las mujeres hay que darles cancha». Actitud recompensada en la novela cuando una prostituta se niega a cobrarle al autor-narrador, supongo que ahíta de placer y por guapo. 

Novela, en fin, poblada de «seres que deambulaban por los pasillos», y de confusiones léxicas como «lesa antipatria», llamar matrona a una joven alumna e ignorar la etimología y significado de las palabras ristre o bicoca; por no hablar del uso incorrecto del punto y coma, de la coma y del punto y seguido. Para justificarlo, supongo, el autor advierte, dedo en alto: «El lector, llegado a estas alturas de mis razonamientos, creerá que su grado de sorna no se compadece (…) con los cánones de la narración. Haría mal en pensarlo así». Resumiendo: se trata de una lectura tan interesante que recomiendo le echen un vistazo. Vale la pena que se vendan cien o doscientos ejemplares de la novela, e incluso más. Es la mejor manera de que algunos lectores sepan en manos de qué individuos –los hay respetabilísimos también, pero este pobre hombre preside el gremio– se encuentra la crítica literaria en España. 

22 de octubre de 2006 

lunes, 16 de octubre de 2006

La guerra civil que perdió Bambi

En mi familia perdieron la guerra. Mi padre hizo poco para ganarla, pues la pasó en artillería antiaérea, jugando al ajedrez entre bombardeo y bombardeo. Pero mi tío Lorenzo, que se alistó con dieciséis años y volvió de sargento y con agujero de bala a los diecinueve, se comió el Ebro y Belchite. Quiero decir con eso que, por nacer doce años después de la guerra, tuve información oral fresca: combates, represión, cárceles, paseos a manos de milicianos o falangistas, y cosas así. Soy de Cartagena, donde la cosa estuvo cruda. Tuve además, como casi todos los españoles, a parientes en ambos bandos; y allí lucharon y también fueron fusilados por unos y otros, en aquella macabra lotería que fue España. 

Poseo, por tanto, elementos casi de primera mano sobre esa parte de la memoria que ahora tanto agitan. Y nunca me tragué lo de buenos y malos: ni cuando niño las hordas rojas, ni de mayor los fascistas de fijador, brillantina y correaje. Tuvimos de unos y otros, naturalmente. Y a la guerra siguió una dictadura infame, ajena a la caridad. Pero hay un par de puntualizaciones necesarias. Una es que, españoles todos, llenos de los rencores, las envidias y la mala baba de la estirpe, canallas y asesinos lo fuimos en los dos bandos. Otra, que casi todos se vieron envueltos en aquello muy a su pesar; y que, entusiastas y héroes aparte –a ambos lados los hubo con igual coraje y motivos–, la mayor parte estuvo en las trincheras de modo aleatorio, según donde tocó. La prueba es que hubo más deserciones –pasarse, decían– por volver al pueblo con la familia, que por ideología nacional o republicana. 

Por eso estoy hasta los cojones de que me vendan burros teñidos de azabache. Si de pequeño no creí lo de la Cruzada y la espada más limpia de Occidente, no pretenderán que me trague ahora lo del pueblo en armas en plan Bambi: aquí la buena gente proletaria, y allí espadones y señoritos. Mi padre y mi tío, verbigracia, eran chicos de buena familia, pero defendían a la República. Entre otras cosas, porque el pueblo eran muchos pueblos y muchos hijos de vecino, y cada cual, según le iba o donde caía, era de su padre y de su madre. Por mucho que, a falta de argumentos actuales, de inteligencia política, de cultura, de ideas claras y de otra cosa que no sea el hoy trinco votos y mañana veremos, ciertos habituales de los telediarios estén empeñados en ganar por la cara, setenta años después, las guerras que perdieron sus abuelos, o los míos. Y no sé hasta qué punto la demagogia y el fraude calarán en jóvenes a quienes eso queda muy lejos; pero ya empiezo a estar harto de tanto bocazas y tanto cuento chino. Una cosa es que aquellos a cuyos parientes fusilaron por rojos puedan, al fin, hacer lo que hicieron otros en los años cuarenta: honrar los huesos de sus muertos. Otra, que se falsee la Historia para reventar al adversario político de ahora mismo, suplantando la realidad con camelos como aquel grotesco Libertarias que rodó hace años Vicente Aranda, poblado de angelicales milicianos. Por ejemplo. 

Así que ya está bien de mezclar churras con merinas. Tengo verdaderas ganas de oír, en boca de estos cantamañanas aficionados no a desenterrar muertos, sino rencores, que el franquismo sometió a España a una represión brutal, cierto; pero que, de haber ganado la República, sus fosas comunes también habrían sido numerosas. Que ya lo fueron, por cierto, aunque ahora se cargue todo en la ambigua cuenta de los incontrolados. Y no digamos si hubieran vencido los tipos duros del partido comunista, entonces férreamente sujeto al padrecito Stalin; pregúntenselo a don Santiago Carrillo, que de ajustes de cuentas con derechas e izquierdas sabe un rato. Y en cuanto a los nacionalismos radicales –esos miserables paletos que tanta manteca han sacado de la guerra civil, y la siguen sacado–, sería útil recordarles que al presidente Companys, por ejemplo, cualquier gobierno izquierdista fuerte y consecuente lo habría fusilado también, acabada la guerra, por traidor a la República, a la Constitución y al Estatuto. Y del pueblo vasco que acudió a defender la libertad, curas incluidos, como un solo gudari y como una sola gudara, podemos hablar despacio otro día, porque hoy se me acaba la página. Incluidos los tercios de requetés donde se alistaron de abuelos a nietos apellidados Iturriaga, Onaindía, Beascoechea, Elejabeitia, Orueta o Zubiría; a quienes ni siquiera Javier Arzalluz –la jubilación más aplaudida de la historia reciente de España– podría llamar españoles maketos de mierda. 

15 de octubre de 2006 

lunes, 9 de octubre de 2006

El misterio de los barcos perdidos

En cierta ocasión vi un barco fantasma. Tienen ustedes mi palabra de honor. Curiosamente no lo avisté en el mar, sino en tierra, o desde ella. Fue hace ocho o nueve años. Era un día de temporal terrible de levante en el estrecho de Gibraltar, y me encontraba sentado dentro de un coche en la costa de Tarifa, bajo la lluvia que caía casi horizontal, admirando el aspecto del mar, la espuma que el viento levantaba y el batir de las feroces olas en las rocas, a mis pies. Y entonces, al mirar hacia el horizonte gris, lo vi pasar a lo lejos, entre las turbonadas y rociones. Salí del coche a observarlo, admirado. Empapándome. Calculé que navegaba a menos de una milla de la costa. Era un velero muy grande, de tres palos, parecido a los clippers que todavía surcaban el mar a principios del siglo pasado. Se movía despacio de este a oeste, entre la lluvia y los espesos jirones de espuma, empujado por un viento de popa que aquel día rondaba el temporal duro, con fuerza diez en la escala de Beaufort. Lo vi salir lentamente de un chubasco espeso y pude contemplarlo durante dos o tres minutos antes de que su esbelta silueta tenaz, impávida, desapareciera tras una nube baja que se confundía con el oleaje y la lluvia. Y lo que me erizó la piel no fue que un velero antiguo navegara en tan extremas condiciones, sino el detalle inexplicable de que llevase sus velas desplegadas, tensas al viento, cuando ningún buque real, ningún barco tripulado por marinos de carne y hueso, por hombres vivos, podía soportar ese viento y esa mar con todo el trapo izado a la vez. Lo conté: ocho velas cuadras, tres foques y una cangreja, todo arriba. Por eso sé lo que vi. Y aquel barco era lo que era. 

Durante un tiempo, de niño, creí en barcos fantasmas. Me criaron con esas leyendas y otras muchas del mar, aunque acompañadas de explicaciones racionales: la antigua superstición e ignorancia de los marinos, sus fantasías sobre fenómenos que tienen justificación seria, científica: espejismos náuticos, auroras boreales, fuego de Santelmo, calima, neblina, formas caprichosas del hielo flotante, enfermedades tropicales que mataban a tripulaciones enteras, piratas… Todo eso, causas concretas y probadas, podía convertirse fácilmente en visión fantástica en una taberna de puerto, en una conversación de castillo de proa. Retornaba así la vieja historia del barco fantasma, condenado a vagar por la inmensidad del mar, cuyo avistamiento solía anunciar desgracia. Como la leyenda más famosa, la del capitán Van Straten, inspirador de Heine y de Wagner y recientemente recuperado, por enésima vez, para el cine por Piratas del Caribe: el holandés que, a causa de una blasfemia –largó amarras en Viernes Santo–, fue castigado a vagar después de muerto hasta el Juicio Final, él y su tripulación, a la altura del cabo de Buena Esperanza, intentando una y otra vez, sin conseguirlo, una virada por avante. 

Cuando crecí un poco, me volví escéptico. Dejé de creer en el junco espectral del río Yangtsé, en el bergantín de New Haven, en el hombre y la mujer que, abrazados en la popa de un velero sin nombre, rondan la costa de Canadá. Dudé de la maldición del María Celeste –uno de los pocos navíos espectrales cuyo misterio fue desvelado–, y del viaje de veintitrés años sin tocar tierra que hizo el Malborough con un esqueleto amarrado al timón. Hasta albergué serias dudas sobre el San Telmo, único barco fantasma español digno de ese nombre, que después de esfumarse sin dejar rastro fue avistado varias veces, fundido con un iceberg, con sus tripulantes congelados en cubierta; y al que, siendo aún niño y crédulo, oí al capitán de un petrolero, amigo de mi padre, jurar que lo había visto con sus propios ojos. Los años me hicieron, como digo, perder la fe en esos barcos imaginarios o reales, anónimos o con sus nombres y tripulaciones detallados en los registros navales, que según las leyendas surcan los mares y aún excitan la imaginación de algunos marinos. Y supongo que la parte racional que hay en mí –la que sonríe mientras tecleo estas líneas–, sigue sin creer en ellos. Sin embargo, insisto: aquel día de temporal, frente a Tarifa, vi pasar un barco fantasma. Yo también puedo jurarlo, como el capitán amigo de mi padre. Por mil millones de mil rayos. La prueba es que desde entonces, cuando estoy en el mar y arrizo las velas porque empeora el tiempo, siempre me sorprendo buscándolo, con los ojos del niño que fui, en el horizonte gris. 

8 de octubre de 2006 

lunes, 2 de octubre de 2006

Atraco en Cádiz

Cádiz. Última hora de la tarde. Calle casi desierta, a excepción de David, hijo de mi amigo el artista gaditano, especialista en reconstrucción de uniformes históricos, Miguel Ángel Díaz Galeote. David, que tiene catorce años, acaba de salir del colegio y espera sentado en la parada el autobús que lo lleve a casa. Pasa algún coche de vez en cuando. Al rato, atento a la llegada del transporte, ve acercarse una bicicleta desde el extremo de la calle. Sin prestarle atención, sigue hojeando los apuntes que tiene sobre las rodillas, porque dentro de tres días hay examen y lo lleva crudo. Mientras tanto, despacio, la bici llega hasta él. David levanta la vista y comprueba que se ha detenido y que, apoyado en el manillar, lo observa un chico un par de años mayor que él. Uno de esos pishas gaditanos de toda la vida: moreno, escurrido de carnes, pantalones de chándal y camiseta del Cai. El recién llegado lo mira muy fijo. Tiene el aire clásico de los zagales duros de allí. Así que David, pese a ser un crío tranquilo, se mosquea un poco. 

– Dame er dinero, quiyo –dice el de la bicicleta. 

Los pocos coches que pasan no se percatan de la situación; y aunque así fuera, que se detuvieran es otra cosa. David, que no tiene un pelo de cobarde, tampoco lo tiene de chuleta, ni de tonto. Sabe que allí solo, frente a uno de dieciséis años, va listo. Indefenso total. Así que lo mira a los ojos, procurando no mostrar más preocupación que la justa. 

– Sólo llevo un euro –responde–. Para el autobús. 

Habla con la calma de quien dice la verdad. El otro lo mira de arriba abajo, despectivo, apoyado en el manillar. Por un momento, David piensa en el reloj que lleva en la muñeca, regalo de sus padres. Espero que no le dé por quitármelo, se dice. Pero al otro sólo le interesa el metálico. 

– Vacíate los borsiyos. 

Resignado a lo inevitable, David obedece. Deja los apuntes en el suelo y se levanta. Su único capital, el solitario y patético euro, reluce en la palma de su mano. Sin dejar la bici, el otro se apodera del botín. Luego se aleja pedaleando tranquilamente, haciendo eses por la calzada. David suspira, coge sus apuntes y echa a andar por la acera, en la misma dirección por la que se aleja el precoz chorizo que acaba de arrebatarle su capital. Media hora hasta casa, calcula. Algo menos si camina deprisa. A trechos se sorbe un poco la nariz. No está avergonzado –es un chaval sereno y sabe que la vida es así–, pero siente picado el orgullo. Si el otro hubiera tenido su edad, el euro habría tenido que quitárselo a golpes, si se atrevía. Pero las cosas son lo que son. Así que aprieta el paso, inquieto porque llegará tarde a cenar y su madre estará preocupada. 

– ¿Aónde vas, quiyo? 

El joven atracador, que al volverse a mirar atrás lo ha visto caminar, acaba de describir una curva con la bicicleta y ahora pedalea a su altura, mirándolo con curiosidad. Sin aflojar el paso, ceñudo, David responde. 

– ¿Dónde voy a ir? A mi casa. 
– ¿Andando? 
– Me has quitado el euro. 

El otro se queda pensando. Luego le pregunta dónde vive, y David se lo dice. En la calle tal, número cual. Durante un trecho, el pisha sigue pedaleando a su lado, el aire reflexivo, mirándolo de reojo. De pronto frena. 

– Sube, quiyo. Que te yevo. 
– ¿Qué? 
– Que subas, oé. 

Y entonces, David, con la naturalidad de sus benditos catorce años, se instala en el único asiento de la bici y se agarra a los hombros del choricillo, que, de pie sobre los pedales, sin sentarse, lo lleva tranquilamente por la avenida, durante diez o doce minutos, hasta la puerta misma de su casa. 

– Gracias –dice al bajarse. 
– De nada, quiyo. 

Y el joven atracador se aleja muy digno, pedaleando. Dicho en una palabra: Cádiz. 

1 de octubre de 2006 

lunes, 25 de septiembre de 2006

Al niño le tiemblan las piernas

Loado sea el Cielo. Andrea Casiraghi, primogénito de la princesa Carolina y de aquel papi fallecido cuando se dedicaba a la encomiable labor social de hacer carreras de superlanchas deportivas, guau, acaba de ver la luz. La ha visto, en concreto, durante una visita realizada, con fotógrafos por delante y por detrás y con quince páginas en el ¡Hola!, nada menos que a los barrios pobres de Manila, para solidarizarse con los niños que viven en vertederos, cárceles y sitios así. Y no sólo él, ojo al dato. Resuelto a no abordar solito en el mundo la conmovedora aventura, el joven monegasco se hizo acompañar en el evento por su novia, Tatiana Santo Domingo, quien, según el delicioso texto que acompaña los afotos, «comparte con él la misma sensibilidad frente a los niños desamparados». 

Ya era hora, pardiez. Ya era momento de que el joven y apuesto vástago carolino exteriorizara lo que sospechábamos lleva en las nobles entretelas. No había más que verlo en las fiestas propias de su otrora superficial juventud, en las playas de lujo, en los bodorrios y eventos sociales de postín postinero, para intuir que, tras esa apariencia frivolilla, esas hechuras de pijolandio con su camisita y su canesú, esas novietas ad hoc, esas lánguidas poses de aristocrático capullo en flor consentido por su mamá, su tito Berti y su abuelito, había algo más profundo, de noble raigambre social. Una especie de gen saltarín latente, listo para hacerse con el timón de la nave en cuanto la madurez lo pusiera ante la vida. Es cierto que esa lucecita de esperanza, ese germen marchoso a la pata la llana, no se había manifestado nunca en exceso en la familia Grimaldi, a excepción, quizás, de la tita Estefanía. Que, ésa sí, rompiendo tabúes y convenciones, nunca dijo nones a cepillarse barreras protocolarias, solidarizándose con cuanta clase humilde se le puso a tiro: chóferes, camareros, guardaespaldas, domadores de circo y algunos etcéteras más. Ya les digo. La cosa del gen. 

Espero que hayan visto las fotos, rediós. Combinadas con el texto, ponen un nudo gordo en el gaznate. Andrea comprobando con estupor e indignación, «en uno de los momentos más duros del viaje», cómo viven doscientos cincuenta niños encarcelados en uno de los talegos de Manila: «Una inmersión en el corazón de la miseria», aclara el texto. Andrea descubriendo con horror las condiciones de vida en la montaña de basura de Payatas: «El joven tomó conciencia de toda la ambigüedad del problema», se especifica ahí. Andrea estrechando tiernamente en sus brazos bronceados, no por el sol a bordo del Pachá, sino –supongo– por su nueva vida solidaria al aire libre, a un huerfanito con el que comparte de tú a tú, sin distinción de razas ni colores, la orfandad cómplice de quien en su tierna edad pierde guías y mentores, y queda como el filipinito –como quedó el propio Andrea– desamparado y a merced de la puta vida: «Necesitan que se les mime, dijo el joven, emocionado hasta las lágrimas». Y de traca final, sonriendo ante la cámara para endulzar así heroicamente el mal trago, Andrea entre chabolas con una botella de agua mineral en una mano y un pequeño paria filipino en la otra, angustiado – «Inocultable gesto de preocupación», precisa el texto– ante el hecho de que esos tiernos infantes se abastezcan tontamente de agua contaminada por residuos tóxicos, en vez de beber, como él, agua embotellada: «No encuentro palabras. Me tiemblan las piernas». 

Pero no crean ustedes que tales fotos y declaraciones son camelos oportunistas, y que tras su inmersión en el corazón de las tinieblas –un par de días, calculo, porque en las imágenes luce dos camisas diferentes– Andrea subió al avión y si te he visto no me acuerdo. Niet. En ese aspecto el joven no se anduvo por las ramas, y manifestó su intención de regresar cuanto antes a Manila para seguir haciendo el bien sin mirar a quién: «A mi regreso a Mónaco les diré a mis amigos que tenemos mucha suerte». Así que demos por seguro que, en su próximo e inminente viaje filipino, Andrea Casiraghi fletará un vuelo chárter para hacerse acompañar por todos esos amigos de Mónaco que, como él dice, tanta suerte tienen. Y allí acudirán en masa, dejándose los solidarios cuernos en barrios humildes cual juveniles teresas y teresos de Calcuta. Imaginen qué hermosas fotos, todos allí besando huerfanitos. Y si además enrolan a Carmen Martínez-Bordiú, calculen. Otra portada en ¡Hola! goteando agüita de limón. Divino de la muerte. 

24 de septiembre de 2006

lunes, 18 de septiembre de 2006

Ejercicio de memoria histórica

Después de la publicación, hace un par de meses, de un artículo sobre mi amigo el almirante González-Aller, donde mencionaba la admiración que compartimos por don Cayetano Valdés, marino ilustrado, veterano de Trafalgar y exiliado en Inglaterra por sus ideas liberales, algunos lectores se han interesado por el personaje. Así que tal vez sea buen momento para hablar del comandante del Neptuno. Que merece un recuerdo, porque era un hombre íntegro, sabio, valiente –virtud hoy socialmente incorrecta, pero que a algunos todavía nos impresiona–, y sobre todo porque su figura simboliza, con estremecedora fidelidad, con quién la honradez y la decencia se juegan los cuartos en España desde los tiempos de Viriato. Y siempre con la misma infame paga. 

Don Cayetano empezó de guardiamarina como se empezaba entonces, a la edad de nuestros expertos en videoconsolas: trece años. Y entró en fuego a los quince, primero en el gran asedio de Gibraltar y luego en el combate naval de cabo Espartel. Pero nuestros marinos no eran entonces sólo carne de cañón, sino también hidrógrafos, astrónomos y científicos; así que, cañonazos aparte, el joven navegó en la expedición de Malaspina y en la exploración del estrecho de Fuca bajo las órdenes de un compañero que luego moriría en Trafalgar: Dionisio Alcalá Galiano. El nuevo conflicto con Inglaterra lo encontró al mando del navío Pelayo en San Vicente, donde los ingleses se pasaron por la piedra a la escuadra del almirante Córdova; aunque don Cayetano salvó los muebles, pues acudió a lo más recio del cañoneo, a tiempo de salvar al Santísima Trinidad, que ya había arriado bandera ante cuatro navíos ingleses, entre ellos el Captain de Nelson. Aún tomó parte Valdés en la defensa de Cádiz y en diversos episodios navales, y la siguiente guerra con Gran Bretaña lo puso al mando del Neptuno, con el que en la escabechina de Trafalgar acudió de nuevo –ya era una costumbre suya– en socorro del Trinidad. Rodeado de enemigos, esta vez no pudo llegar hasta él y repetir hazaña. El Neptuno, eso sí, peleó con mucha decencia hasta arriar bandera con Valdés herido, 43 tripulantes muertos y 47 heridos a bordo. 

Durante la guerra de la Independencia, hombre íntegro, negándose a lamerles las botas a los gabachos, Valdés fue gobernador y capitán general de Cádiz durante el asedio, funciones que desempeñó con perfectos coraje y competencia. Después, el retorno de aquel bellaco llamado Fernando VII –el rey más vil de la historia de España, que ya es decir– y su aplastamiento de las libertades trajeron malos tiempos para el marino. Encarcelado en Alicante, se negó a pedir clemencia al rey. Alguien con mi biografía, dijo más o menos, no pide esa clase de mariconadas. Y al cabo, cuando el estallido constitucional y la nueva invasión franchute a favor de Fernando VII –vaya siglo apasionante y terrible, nuestro XIX–, Valdés se trasladó a Cádiz para organizar la defensa, formando parte de la regencia. Confinado el Borbón en Cádiz –lástima de guillotina que nunca tuvimos– Valdés, general en jefe, se comportó con exquisita caballerosidad con la familia real. Y era tal su prestigio que, cuando el monarca recobró el poder, y traicionando una vez más su palabra aplastó de nuevo las libertades, el buen don Cayetano fue apresado simbólicamente por los franceses para evitar que el rey lo sentenciara a muerte, y ellos mismos lo llevaron a Gibraltar, de donde pasó al exilio. Y diez años estuvo en Londres el héroe de San Vicente y Trafalgar, entre gente rubia, brumas y nostalgias, encontrando en sus antiguos enemigos la admiración y el respeto que le negaban en su triste patria. 

Y en fin. La historia de España, esa que nadie enseña ya en los colegios, está llena de nombres como el de Cayetano Valdés. Nombres de todos los bandos y colores, olvidados, traicionados, asesinados. Esa, y no esta murga inútil, demagógica, oportunista, con la que últimamente nos enfrentan y aburren, es nuestra verdadera y larguísima memoria histórica. La memoria exacta de nuestra perra estirpe, llena de pagos semejantes dados a gente así. Como aquel superviviente de Baler, penúltimo de Filipinas, al que, ya anciano, fueron a buscar a su casa en el año 36, pegándole un tiro aunque se colgó, el pobre abuelo, sus viejas medallas. Tiro que no recuerdo ahora si se lo pegaron los rojos o los nacionales. Los unos o los otros. Y la verdad es que me importa un carajo quién se lo pegó. En realidad siempre son, o siempre somos, los mismos. 

17 de septiembre de 2006 

domingo, 10 de septiembre de 2006

Milagro en el Panteón

Los dos mil años de piedra e historia de la plaza de la Rotonda, en Roma, me gustan mucho. Es mi lugar favorito de esa ciudad, donde suelo sentarme durante horas, desde hace casi cuarenta años, a leer, a observar a la gente, o a sentir, cuando admiro el pequeño obelisco egipcio y la espectacular mole del Panteón, que no soy extranjero allí. Que aquellas piedras confirman mi verdadera patria: un mundo antiguo, culto y extraordinario que se llama la vieja Europa, en cuya memoria me educaron para que estuviese orgulloso de ella, pese a las contradicciones y emboscadas terribles de la Historia. Un mundo hoy en liquidación, sin duda; pero que, con las lecturas y la atención adecuadas, descubres siempre ahí debajo, útil y hermoso todavía, pese a tanto analfabeto, tanto bárbaro y tanto hijo de la gran puta. 

Las terrazas de dos cafés de esa plaza son mi apostadero predilecto, que alterno según quedan al sol o a la sombra, las horas del día o las estaciones del año. A ellas debo momentos gratos, inolvidables páginas leídas, rostros anónimos que pasaron sugiriéndome una historia. Durante mucho tiempo admiré allí las evoluciones del jefe de camareros de uno de los pequeños restaurantes de la plaza; un profesional muy competente que atendía con una dignidad y una cortesía impecables. También allí cogí la borrachera más tonta de mi vida, cuando un día caluroso me calcé sin respirar una jarra de frascati frío, y luego tardé media hora, pese a mis esfuerzos, en poderme levantar de la silla. 

Hace unos días volví a esa plaza, como suelo. Y después di un paseo por dentro del Panteón, bajo el artesonado de aquella cúpula fantástica, con su ojo luminoso derramando, sobre el recinto, la luz de los dioses, o de Dios. Me gusta, en horas tranquilas y de poco público, escuchar el sonido de mis zapatos sobre el mármol mientras hago el recorrido habitual: una vuelta al recinto y una parada ante la madonna que preside la tumba de Rafael. Pero esta vez era imposible captar el ruido de los zapatos, ni otro que el clamor ensordecedor de cientos de turistas parloteando a voz en grito. Tan turistas como yo mismo, supongo. Soy parte de la multitud como lo es cualquiera. La diferencia estriba en que ese día, en el Panteón, yo iba solo y estaba callado, sin gritarle a nadie que me hiciera una foto ni dejando restos de comida y vasos de plástico en el suelo. Además vestía pantalón largo, camisa y chaqueta. Quiero decir que no iba en chanclas por el centro de Roma restregándole pantorrillas y axilas peludas a la gente, ni me acompañaban morsas luciendo tatuajes, piercings y sudorosas lorzas de tocino. Además, como me ducho cada día, mi contribución al hedor de transpiración colectiva que llenaba el recinto era, supongo, escasa. Se trataba, en fin, de circunstancias en las que -háganse cargo de mi estado de ánimo- resulta fácil odiar a la Humanidad. Uno de esos momentos en que, si de pronto apareciese sobre la bóveda el ángel Exterminador entre trompetas del Juicio Final, algunos, incluso sabiendo que nos íbamos al carajo con el resto de la peña, soltaríamos una carcajada vengativa mientras encendíamos un pitillo. A fin de cuentas, para lo que sirve la cultura es para eso: para no gritar cuando se cae el avión. 

Entonces ocurrió el milagro. Entre aquel gentío había un grupo de quince o veinte hombres y mujeres; belgas, me parece. Y de pronto, improvisando, un par de ellos empezaron a cantar algo suave y armónico, de aire sacro y extraordinaria belleza. Debían de pertenecer a un coro profesional o aficionado; porque, sonriéndose unos a otros, el resto del grupo unió sus voces, y así se elevaron bajo la inmensa cúpula, por encima del griterío de la gente. Que, sorprendida al principio y admirada después, enmudeció poco a poco, hasta que el hermoso cántico sonó limpio, bellísimo, conmovedor, entre el más respetuoso de los silencios; creando un momento extraordinario, mágico, que se prolongó durante un par de minutos. Después, cuando se extinguieron las voces, de nuevo relampaguearon los flashes de las cámaras, resonaron los clics de los teléfonos móviles, y el griterío ensordecedor volvió a adueñarse del recinto. Entonces miré hacia lo alto, hacia el ojo impasible de la cúpula. Hoy, pensé, no vendrá el ángel de la espada. Sería demasiado injusto. Una vez más nos hemos salvado. 

10 de septiembre de 2006 

lunes, 4 de septiembre de 2006

Ahora se enteran de las medusas

Aú, aú, aú. Alarma, alarma. Inmersión. Este verano, las autoridades y el respetable público nos hemos enterado, con el sobresalto adecuado vía telediarios, de que el Mediterráneo está hasta las trancas de medusas perversas y malosas que hacen pupita. Todo un espectáculo, esas playas abarrotadas de gente acojonada en la orilla, sin osar mojarnos, con nuestros críos entusiasmados, eso sí, correteando con salabres, y la arena llena de medusillas y medusazas que todo cristo fotografiaba con los móviles mientras protestábamos indignados. No hay derecho. Uno viene de vacaciones, maldición. Que las autoridades hagan algo. Y las autoridades, claro, haciendo lo que mejor hacen de su oficio: salir en la tele contándonos lo que les preocupa el fenómeno, y cómo van a tomarse las medidas oportunas, etcétera. A fin de cuentas, profesionales de la mojarra como todo político que se precie, esos pavos –y pavas– saben perfectamente que no passsa nada. Para eso tienen asesores que los asesoran, explicándoles que lo de las medusas, señor ministro, se manifiesta con el calor y las corrientes, y va por rachas y por épocas del año; así que con algo de suerte, para septiembre mis primas se habrán ido a darse un garbeo por el fondo del mar, o a cualquier sitio discreto donde no den mucha murga, y el personal olvidará el asunto hasta el año que viene, porque en invierno chapotea poca gente. Y el año que viene es exactamente eso: el año que viene. Y luego, el otro. Ahí nos las den todas. 

Lo que no he oído decir a ninguna de esas dignas autoridades, y miren que me extraña, es que el problema no tiene solución. Que lo de las medusas empezó hace tiempo, que en su momento no se hizo ni puto caso, y que ya es irreversible, porque el equilibrio ecológico se ha ido al garete a causa del calentamiento del mar, la sobrepesca, la urbanización salvaje, los vertidos y la contaminación. Consecuencia, todo ello, de nuestro egoísmo y nuestra inmensa estupidez. Cuando hablan de medidas para atajar el problema, no dicen la verdad: que tales medidas son ya imposibles de aplicar, pues exigirían actitudes que nadie está dispuesto a mantener y sacrificios que nadie quiere realizar. ¿O sí? ¿Los constructores sinvergüenzas y sus políticos lameculos a sueldo, que han convertido el litoral mediterráneo español en una pesadilla de hormigón, van a dejar de comprarse yates tamaño Pocero por unas medusillas de nada? ¿Los ciudadanos indignados y solidarios reaccionaremos con nuestra movilización y nuestro voto, mandándolos al paro y al talego? 

¿O tal vez inflándolos a hostias? ¿Vamos a repoblar el Mediterráneo con las especies que antes se jalaban a las medusas, y que ahora, al desaparecer, les dejan campo libre y pajera abierta? ¿Con el atún rojo que cuatro golfos llevan años exterminando impunemente para exportarlo a Japón, gracias a la complicidad pasiva y activa de las autoridades de pesca y los poderes autonómicos correspondientes? ¿Con las tortugas marinas asfixiadas entre redes asesinas, que nadie ha movido un dedo por proteger? ¿Con los doscientos atunicos de palmo y medio que aficionados imbéciles alardean de capturar en sólo una mañana? ¿Con los miles de peces prematuros que cubren el mar frente a un puerto cuando los pesqueros llegan y se enteran de que dentro está la Heineken de la Guardia Civil? 

Un consuelo queda, al menos. Que con esto de la pérdida de fauna y flora autóctonas, la sobreexplotación y el calentamiento, los científicos dicen que medio millar de especies forasteras invaden ya el Mediterráneo, que las medusas van a ser hermosas como para ponerles un piso, y que vía canal de Suez se nos cuelan hasta tiburones del mar Rojo, que después de una dieta de eritreos y sudaneses tienen unas ganas de jalar impresionantes. Y puestos a irnos todos a tomar por saco, como merecemos, y que aquí palme Sansón con todos los filisteos, a algunos eso nos hace albergar, al menos, la esperanza de que haya cierta justicia biológica en el orden de las cosas, y ver un día a la ministra Narbona, por ejemplo, haciendo de capitana Garfio ante las mandíbulas de un escualo de cuatro metros, tic-tac, tic-tac, o al portavoz Zaplana saliendo de la playa, en Benidorm, con una medusa Aurelia –las que tienen cenefa azul– pegada al ciruelo. Y entonces, que venga a comprar cemento sin agua ni luz, a defecar con todos en el colector de la misma playa, y a jugar al golf como si esta inmensa mierda fuera Irlanda, la puta que nos parió. 

3 de septiembre de 2006 

lunes, 28 de agosto de 2006

La niña y el delfín

Siempre he dicho –de broma, pero lo he dicho– que en su relación con el mar, los delfines y las mujeres, los fulanos de mi generación nos dividimos en dos grupos: los que de niños vimos La sirena y el delfín y los que no la vieron. Pero ojo. Que no se equivoquen los aficionados a la mermelada ecológico infantil, porque, pese al título, aquello no era precisamente Mi amigo Flipper. Basta recordar la primera secuencia de la película, con Sofía Loren emergiendo del Mediterráneo envuelta en una blusa mojada que moldeaba su contundente anatomía. Además, el delfín no era un bicho vivo, sino una estatua romana de bronce, cabalgada por un niño, que la Loren –creo que era buscadora de esponjas, aunque tal vez me patine el embrague con Duelo en el fondo del mar–, encuentra durante una inmersión. Y que el malvado elegante, que era Clifton Webb, y el bueno –el muchacho, decíamos en Cartagena– Alan Ladd, terminaban disputándose según las reglas clásicas del género. 

En cualquier caso, la sonrisa de ese delfín de bronce quedó registrada en mis recuerdos, y sigue presente cada vez que me encuentro con tan entrañables cetáceos. No hay gozo marinero, de cuantos conozco, comparable a la voz del tripulante que los avista y grita «¡Delfines!», y el inmediato bullir de éstos alrededor del velero, saltando en el agua, resoplando mientras nadan con una velocidad asombrosa, pegados a la proa, donde se vuelven de lado para mirar hacia arriba, conscientes, en su extrema inteligencia, de los humanos que los disfrutan y animan, en uno de los espectáculos animales más hermosos del mundo. 

Pero también los delfines son magníficos cuando van a su aire, ajenos a nosotros. La escena más bella que he visto en el mar ocurrió unas millas al norte de Alborán, durante una noche de magnífica luna llena. El barco navegaba hacia poniente con todo el trapo arriba. Yo estaba de guardia, y había bajado a la camareta para marcar la posición en la carta, cuando un rumor extraño me hizo subir a cubierta. Y alrededor, en el inmenso contraluz del mar rizado por un jaloque suave, vi centenares de delfines que nadaban y saltaban hasta el horizonte, con aquella luz plateada reflejándose en sus aletas y lomos. Cenando, supongo, pues el mar también estaba lleno de pescadillos que brincaban por todas partes, intentando escapar. Tan enorme concentración se debía a que un banco importante de peces había atraído a varias manadas a la vez, y por allí andaban, dándose un banquetazo. 

He dicho la escena más bella, pero no la más tierna. Ésta ocurrió hace doce años, un día de calma chicha y en alta mar, navegando a motor y con las velas aferradas, en un Mediterráneo azul cobalto y limpio de toda nube. Una manada de quince o veinte delfines rodeó el barco. Paré el motor y quedamos al pairo en la mar tranquila, entre tan simpáticos vecinos. Se encontraba a popa una niña de diez años, tostada de agua y sol; una niña intrépida y hecha a todo eso, capaz de leer, impávida, La isla del tesoro en su litera de proa cuando el barco pegaba machetazos con viento de treinta y cinco nudos. De pronto oímos una zambullida: la niña se había puesto unas gafas de buceo, tirándose al agua para estar cerca de los delfines. Consideren el sobresalto del padre, a quien faltó tiempo para largar la escala y tirarse detrás. Y ahora imaginen el mar desde dentro, azul inmenso y oscureciéndose en profundidad, con los delfines en torno al casco del velero inmóvil. Y a popa, sumergida cosa de un metro y agarrada con una mano a la escala, la niña desnuda en el agua luminosa, mientras los delfines pasaban rozándola. Entonces, un ejemplar muy jovencito que nadaba junto a su madre se aproximó a la niña, observándola con curiosidad hasta quedar casi inmóvil ante ella; sólo agitaba suavemente la cola y las aletas, con esa sonrisa peculiar e indeleble que todos llevan impresa. El delfín y la niña se miraron así durante un rato, incluso después de que ésta sacase la cabeza del agua para respirar y se sumergiera de nuevo. Al fin la niña alargó despacio una mano, acariciándole el hocico. Y mientras el padre de la niña nadaba, cauto, manteniéndose a distancia pero atento a la escena, la madre del pequeño delfín también estaba detrás, junto a la cola de éste, sin intervenir, vigilando a su cachorro. Excuso decir que la niña tiene hoy veintitrés años y mataría por un delfín. Y su padre también. 

27 de agosto de 2006 

domingo, 20 de agosto de 2006

Ese capitán Alatriste

Bueno, pues ya he visto la película. Después de los créditos y todo eso, se encendieron las luces de la pequeña sala de proyección y me quedé colgado en las últimas imágenes: el viejo y maltrecho tercio de fiel infantería española –qué remedio, no había otro sitio a donde ir–, dejado de la mano de su patria, de su rey y de su Dios, esperando la última carga de la caballería francesa, en Rocroi, el 19 de mayo de 1643. Y el ruego del veterano arcabucero aragonés Sebastián Copons al joven Íñigo Balboa: «Cuenta lo que fuimos». Veinte años de nuestra historia a través de la vida de Diego Alatriste, soldado y espadachín a sueldo. Veinte años de reyes infames, de ministros corruptos y de curas fanáticos subidos a la chepa, de gentuza ruin y hogueras inquisitoriales, de crueldad y de sangre, de España, en suma; pero también veinte años de coraje desesperado, de retorcida dignidad personal –singular ética de asesinos– en un mundo que se desmorona alrededor, reflejado en la mirada triste y las palabras lúcidas del poeta Francisco de Quevedo, interpretado por el actor Juan Echanove con una perfección enternecedora, memorable. 

No puedo aportar un juicio objetivo sobre Alatriste. Aunque durante su larga gestación y rodaje procuré mantenerme al margen cuanto pude, estoy demasiado cerca de todo como para verla con frialdad. Es cierto que unas cosas me gustan más y otras me gustan menos; y que durante diez minutos críticos –al menos para mí, autor al fin y al cabo– del primer tercio de la película me removí inquieto en el asiento. Pero eso aparte, debo decir que los soplacirios y cagatintas de mala fe que preveían un canto imperial de españolazos heroicos y rancio folklore de capa y espada, se van a tragar la bilis por azumbres. Nada más respetuoso con los textos originales. Nada más descarnado, fascinante y terrible que el espejo que, a través de la magistral interpretación de Viggo Mortensen –se come la pantalla, ese hijo de puta– se nos pone ante los ojos durante las dos horas y cuarto que dura la película. Un retrato fiel, punto por punto, como digo, al espíritu del personaje que lo inspira: descarnado, sin paños calientes, lleno de peripecias y estocadas, por supuesto; pero también de amargura y lucidez extremas. Contado en un caudal de imágenes de tanta belleza que a veces parece una sucesión de pinturas. Cuadros animados de Velázquez o de Ribera. 

Y ese final, pardiez. No se lo voy a contar a ustedes, porque me odiarían el resto de sus vidas. Pero aparte el comienzo espectacular, el desarrollo impecable y la extraordinaria actuación de los intérpretes –y cómo están todos, oigan: Unax, Elena, Ariadna, Eduard, Cámara, Blanca, Pilar, Noriega…– el final, o mejor dicho, toda la hora final, deja al espectador definitivamente sin aliento, atrapado por la pantalla, mientras se desmenuza y fija en su retina y su memoria el postrer tramo de la vida del héroe y sus últimos camaradas, desde las trincheras de Breda hasta la llanura de Rocroi. Todo se ve y suena como un escopetazo en la cara; como una sacudida que te deja turbado, suspenso el ánimo, clavado al asiento, consciente de que ante tus ojos, acaba de desarrollarse, de modo implacable, la eterna tragedia de tu estirpe. La imagen serena del capitán Alatriste escuchando acercarse el rumor de la caballería enemiga, el trágico recorrido de la cámara que sigue a Iñigo Balboa –«soldados antiguos delante, soldados nuevos atrás»– cuando retrocede en las filas para hacerse cargo de la vieja y rota bandera, su expresión sombría y lúcida –sombría de puro lúcida–, y todo esa culminación perfecta al espléndido recorrido que por las cinco novelas alatristescas ha hecho Agustín Díaz-Yanes, constituyen el retrato fiel, trágico, conmovedor, de la España de antaño y de siempre. Una España infeliz, feroz, a trechos heroica, a menudo miserable, donde es fácil reconocerse. Y reconocernos. 

Quizá por eso, cuando al acabar la proyección privada se encendieron las luces, y con un nudo en la garganta miré alrededor, vi que algunos de los actores de la película que estaban en los asientos contiguos –no digo nombres, que lo confiese cada cual si quiere– seguían inmóviles en sus asientos, llorando a moco tendido. Llorando como niños por sus personajes, por la historia. Por el final hermoso, sobrecogedor. Y también porque nadie había hecho nunca, hasta ahora, una película así en esta desgraciada y maldita España. Como diría el mismo capitán Alatriste, pese a Dios, y pese a quien pese. 

20 de agosto de 2006 

domingo, 13 de agosto de 2006

Un cerdo en Fiumichino

Nunca hemos sido tan vulnerables como ahora. Vivir apretando botones y pasando tarjetas por ranuras, ir en hora y media de Madrid a París, tiene su precio. Tanto confort que nos facilita la vida trae implícito, con la posibilidad del fallo, su propio desastre. Un apagón, una tarjeta de crédito estropeada, un minúsculo error informático pueden bloquearlo todo, dejándonos inermes ante la máquina, el sistema o la vida. Pero hay una variante más azarosa del asunto: la mano interpuesta del hombre. En cuestión de fallos, no hay conjunción más temible que el ser humano y la máquina. Nada más peligroso que un mecanismo de los que rigen tu vida, y en cuya supuesta eficacia confías, puesto en manos de un malvado. O lo que es peor: de un imbécil. 

El otro día viví una pequeña demostración de lo que les cuento. Algo anecdótico, afortunadamente; trivial en apariencia, pero que me dejó –y aquí sigo– reflexionando sobre el asunto. Pasaba el control de seguridad en el aeropuerto de Roma, sometido a las humillaciones y sevicias de rigor. Tras despojarme de reloj, llaves, monedas y cuantos objetos podían hacer sonar el detector de metales, lo puse todo en la bandeja correspondiente, metí ésta y mi bolsa de mano en la cinta transportadora y me situé tras un pobre abuelete al que habían hecho quitarse el cinturón y caminaba sujetándose patéticamente los pantalones, como si fuese camino del horno número 4 de Auschwitz. Crucé, al llegar mi turno, el arco con la ligereza de ánimo de quien se sabe inocente; pero al coger mi bolsa de mano, una agente de seguridad pidió ver su interior. «Lleva un objeto extraño», me dijo la prójima en italiano. Iba a responder que no había nada extraño en mi bolsa, cuando recordé que llevaba, envuelta en su caja, una figura de plomo de un palmo de longitud que había comprado en una tienda para coleccionistas: un maiale, aquel pequeño submarino biplaza que los buceadores italianos utilizaban, durante la Segunda Guerra Mundial, para atacar de noche a los barcos ingleses fondeados en Gibraltar. Entonces, cayendo en la cuenta de cuál era el objeto extraño, sonreí, hurgué en la bolsa y se lo mostré a la agente. 

Apenas vi la cara con la que la individua lo miraba, comprendí que iba a tener problemas. Me ha tocado, pensé, la retrasada mental del aeropuerto. Fruncía el ceño, obtusa, cuando cogió la especie de torpedo pintado de verdegris naval, sopesándolo, y miró la hélice y las dos figurillas de buzos sentadas a horcajadas sobre él. «¿Qué es esto?», preguntó observándome como si llevase puestos una kufiya iraquí o un turbante afgano. Entonces cometí el error de dar explicaciones. «È un ginnoto», dije en mi italiano básico. «Un piccolo sommergibile militare.» Su expresión me produjo un escalofrío. La pájara era menuda, con el pelo castaño muy cardado, un cinturón con walkie-talkie y esposas, y de pronto le vi cara de loca. «¿Torpedo militar?», concluyó observándome con siniestra suspicacia. «La has jodido, Arturín», pensé. Y para acabar de arreglarlo, decidí apelar a su memoria histórica. Esta subnormal es italiana y agente de seguridad, decidí. Algún entrenamiento tendrá, supongo. Algo habrá leído. Así que aclaré: «È un maiale». Y ahí perdí el control de la cosa, porque la prójima me clavó unos ojos como puñales y gritó: «¿Me ha llamado cerda?». Miré la cola que se había formado detrás, pues bloqueábamos el paso. «No –respondí, intentando no dejarme dominar por el pánico–. Ho detto maiale, mascolino, no maiala. Maiale significa porco, è vero. Ma cosí si chiama anche queste siluro. Data della guerra mondiale, ¿capisce?» La tía estudiaba el submarinillo, y de vez en cuando intentaba –aunque era imposible– desenroscar su parte delantera. «Maiala», repetía, pensativa. «¿Y qué ha dicho de la guerra?» 

Entonces pedí socorro. Literalmente. Lo dije en voz alta, en español, y luego lo repetí en italiano: «¡Aiuto!». Alrededor se hizo el silencio. Hoy no vuelo, pensé. Me quedo en Roma con el puto sommergibile. Entonces se acercó un agente de seguridad normal, con el cociente intelectual mínimo adecuado, supongo, para ese trabajo. Con esa cara de cachondos que ponen algunos italianos cuando tratan con españoles. «Me ha llamado cerda», le informó la tía, indignada. Ni me defendí. Le mostré el cuerpo del delito al agente, e imité el gesto de juntar los cinco dedos y balancear la mano hacia arriba. Entonces el otro cogió el submarino, sonrió admirado y exclamó: «¡Un maiale!... ¡Qué bonito! ¿Dónde lo ha comprado?». 

13 de agosto de 2006 

domingo, 6 de agosto de 2006

Día internacional de Scott Fitzgerald

Lo bueno que tiene esto de la literatura, o sea, ser lector de libros, es que uno puede celebrar los aniversarios que le salgan de las narices, sin que el asunto dependa de los editores ni de las fotos que le convenga hacerse cada temporada a la titulara de Cultura correspondiente. Y más ahora, que no pasa jornada sin que se entere uno de que está viviendo el día internacional de algo: día del taxista, día de la conducta ecológica, día sin alcohol, día del ciclista, día del peatón, día del capullo en flor. Faltan hojas del calendario, como digo, para tantas nobles causas; y la gente anda por ahí, como loca, buscando un día libre al que endiñársela. No digo que la cosa aburra, claro. Dios me libre de decir que estoy hasta la bisectriz de celebrar sin respiro, uno tras otro, el día internacional de salvamento urgente ya mismo de la Amazonia, el día mundial contra la violencia en las videoconsolas, y el día universal del orgullo del transexual inmigrante de género. Al contrario. Me parece bien. Me parece muy solidario; y, sobre todo, eficaz que te vas de vareta. Lo que pretendo decirles es que, puestos a establecer días conmemorativos, aniversarios y cosas así, los libros permiten montártelo por tu cuenta. Y hoy me lo monto, tal cual. Así que, como este año se cumplen ciento diez del nacimiento de Francis Scott Fitzgerald, y ésa es una cifra tan válida como otra cualquiera, he decidido celebrarlo por mi cuenta. 

No tuvo el gancho mediático de Hemingway, su amigo y rival, que lo envidiaba y se burlaba de él, y cuyas fanfarronadas escuchaba Fitzgerald humilde y fiel. Ni tuvo la fama o la adulación de críticos y lectores como Faulkner o Steinbeck. Pero poseyó una mirada extraordinaria, lucidísima, que veía mucho más allá de la música del jazz, los felices veinte, las flappers, la costa Azul, las borracheras, el lujo y la disipación. Ganó dinero y lo gastó en caprichos propios y de su mujer, Zelda, bella y notoria imbécil con la que tuvo la desgracia de casarse. «Cuando estoy sobrio -escribió- no puedo soportar a la gente, y cuando estoy borracho, es la gente la que no me soporta a mí.» Se bebió hasta el agua de los floreros, y tras encarnar el éxito a la americana, encarnó el fracaso y el suicidio alcohólico a la irlandesa. «Toda vida -así empieza La grieta, su libro póstumo de ensayos, notas y cartas- es un proceso de demolición.» Hay una novela que no es suya y que, paradójicamente, debería ser leída antes de enfrentarse a su obra: El desencantado. La escribió Budd Schulberg, que conoció a Fitzgerald en Hollywood e inspiró en él su personaje Manley Hallyday; para quien valdría el epitafio que Dorothy Parker dedicó al propio Fitzgerald cuando vio su cadáver en la morgue, el día que su alcoholismo se resolvió en crisis cardiaca: «Pobre hijo de puta». 

Célebre a los veintitrés años, guapo como un arcángel hasta su muerte a los cuarenta y tres, brillante como la carrocería de un automóvil de lujo, elegante, inculto y superficial, Scott Fitzgerald no creció nunca. Fue irresponsable en su juventud, insoportable en su madurez, patético en su final, y corrió a la catástrofe con los ojos abiertos y pisando el acelerador. Sin embargo, fue el más profundamente poético de los escritores estadounidenses, y el que mejor supo narrar la inmensa desolación, el vacío tras cada símbolo de los grandes logros del sueño americano. Bajo su prosa a veces inacabada, siempre extraordinaria, latía la desesperada lucidez de quien nunca fue, pese a las apariencias, un hombre de mundo ni un triunfador. Sin olvidar el rencor, por supuesto. Fitzgerald fue, y él lo sabía perfectamente, un advenedizo de clase media fascinado por el éxito, pero con las tripas revueltas por sonreír y adular a los ricos que le proporcionaban cuanto él y Zelda -siempre esa maldita majara al fondo- ambicionaban. Algunas páginas suyas, como el relato Un diamante grande como el Ritz, hierven de ese odio desesperado y violento. Y la mirada de Gatsby paseando entre sus invitados en El gran Gatsby, la de Stahr en la inacabada El último magnate, o la de Dick Diver contemplando el fracaso de su matrimonio y de su vida en Suave es la noche -mi favorita entre la obra scottfitzgeraldiana-, además de llevar al lector a través de la más plena y absoluta literatura, lo asoman, estremecido, al corazón sensible del hombre que, con una sonrisa desesperada y un vaso de whisky en la mano, afrontó la certeza de su levedad. Porque el talento inmenso de Scott Fitzgerald es que supo, como nadie, contar el vacío de su propia vida. Novelar la nada. 

6 de agosto de 2006 

domingo, 30 de julio de 2006

Ahora le toca a Manolete

Nunca conocí a Manolete. De toreros sólo he tratado a mi amigo Víctor Molina -serio, valiente y de Abarán-, y a Espartaco, bellísima persona con quien tuve el honor de compartir, hace años, viajes y conversaciones entre plaza y plaza, resultado de lo cual fue un texto publicado en esta misma revista: Los toreros creen en Dios. Páginas de las que, por cierto, estoy orgulloso; no por buenas o malas, sino porque me acercaron al corazón de un hombre cabal. En cuanto a Manolete, cuando yo nací ya estaba criando malvas; y cuanto sé de él, aparte viejos documentales, se lo debo a mi abuelo, que lo vio torear muchas veces. De él respeto sobre todo la estampa de matador, la cara ascética con una cicatriz, la figura flaca moviéndose en la arena con la fría gravedad que, a mi juicio, deben tener los grandes toreros. Creo que Manolete encarnó siempre la imagen perfecta y trágica de lo suyo, cuajada en el mito alentado por detalles gloriosos: la madre doña Angustias, la amante Lupe Sino, la muerte en Linares -esa copla de Manolo Caracol todavía me pone los pelos de punta-, y el nombre del animal que lo mató, primer nombre de un toro que aprendí en mi vida: Islero. 

Con esos antecedentes, que les cuento para situarlos, el otro día estaba ante la tele y apareció Manolete en un programa de marujeo de sobremesa. Y, preguntándome qué pintaba él en ese putiferio, subí el volumen para escuchar, estupefacto, cómo presentadores, invitados y voces en off ponían a parir al torero sin cortarse un pelo, con la mayor desenvoltura del mundo. Frotándome incrédulo los ojos, vi que salían imágenes de archivo y media docena de fulanos, alguno con el rótulo aficionado a los toros como sello de autoridad -gente que, por edad, no pudo conocer a Manolete ni de lejos-, afirmando impávidos, mirando a la cámara sin pestañear, que era esto y lo otro. Tres palabras me dejaron seco: drogadicto, franquista, asesino. Y me pregunté, atónito, cómo se atrevían; quién permitía a esos tiñalpas desbarrar sin argumentos ni pruebas, y cómo era posible que un medio informativo, por mucha telebasura que traficase, acogiera tales infamias. Porque el texto en off también tenía lo suyo. Sin demostrar nunca nada, con insidiosos «se dice» y «se comenta», manipulando la historia del torero, la de la tauromaquia y la de España con una mezcla asombrosa de ignorancia, demagogia y mala fe, la información convertía a Manolete en puntal taurino del régimen franquista. Todo eso, sobre fotos suyas con gafas de sol y peinado hacia atrás con fijador; imagen que hoy corresponde al estereotipo iconográfico de cierta derecha, pero que en los años cuarenta -como sabe cualquiera que no sea imbécil- era la imagen elegante de cualquier varón español, europeo o hispanoamericano. 

Aunque la cosa, como digo, no se detenía en el fijador y las gafas de sol. Según el redactor del texto y los presentadores del programa, Manolete abusaba de las drogas, «como todo el mundo sabe», y además era ojito derecho del Caudillo y su legítima. La prueba era que, además de haber hecho la guerra civil con los nacionales, nada menos -como media España, por otra parte-, tras cada corrida a la que asistía el general Franco, Manolete subía al palco presidencial a saludarlo; ignorando los autores de la información que ésa no era costumbre particular de Manolete, sino de los toreros de todas las épocas, cuando un jefe de Estado -Alfonso XIII, Franco, el rey Juan Carlos- asistía o asiste a una corrida de toros; y que también subían al palco Dominguín, El Viti o el Cordobés. Pero donde me agarré a los brazos del sillón fue cuando la misma voz en off, con la insolencia que da saberse impune en este miserable país de mierda, afirmó que durante la guerra civil, «según se rumorea», Manolete, borracho y de juerga con sus amigos, iba a las plazas de toros donde había republicanos presos para lidiarlos y matarlos a estoque. Y después, a fin de confirmar esa enormidad con testimonios rigurosos, aparecía el mismo aficionado a los toros de antes -un semianalfabeto que no sé quién es ni de dónde salía- diciendo que, «en efecto», el torero era «muy, muy franquista». Y ahí quedó la revelación del siglo: Manolete, matador y no sólo de toros. Psicópata descubierto y denunciado por la telebasura, con dos cojones. Gran exclusiva, a una por día. Pero qué más da. Estamos en España, oigan. Tenemos barra libre. Aquí no pasa absolutamente nada. 

30 de julio de 2006 

domingo, 23 de julio de 2006

Ventanas, vecinos y camiones en llamas

Tengo delante, junto al teclado del ordenata, dos noticias recortadas de los diarios. No era mi intención ponerlas juntas, pero el azar reparte sus propias cartas; y hoy, ordenando papeles, han aparecido una tras otra, combinándose solas. La primera se refiere a un clásico de nuestro tiempo: una mujer se resiste durante veinte minutos a un violador sin recibir ayuda. Lo de clásico no lo atribuyo a la violación, sino a los veinte minutos de indefensión en plena vía pública. Supongo que algunos de ustedes recuerdan el hecho, pese a que fue recogido por los diarios muy en pequeñito, a una mezquina media columna, como si el asunto tuviera poca chicha. Y lo de vía pública no es una frase hecha. El intento de violación fue clamoroso, en pleno casco urbano, bajo las ventanas de una calle donde los vecinos, asomados, presenciaron el ataque y escucharon los gritos de socorro de la mujer sin que ni uno sólo de ellos bajase a ayudarla. Durante veinte minutos la mujer resistió a su agresor, peleando para no ser violada mientras pedía ayuda y el otro la molía a palos. Sólo al cabo de esos veinte minutos, tal vez porque los gritos no lo dejaban dormir a gusto, uno de los mirones decidió, al fin, llamar a la Guardia Civil. Y cuando los picoletos llegaron, la mujer seguía allí, sola con su agresor, luchando. 

El honor de tener semejante vecindario corresponde a la localidad barcelonesa de Villafranca del Penedés; aunque, siendo ecuánimes, podemos aventurar que eso mismo podía haber ocurrido en cualquier otro lugar de España, y seguramente el comportamiento habría sido idéntico. Tal como anda el fangal, con la Dura Lex sed Lex, Duralex, hecha un bebedero de patos, contaminada por políticos y golfos de todo pelaje y más atenta al cantamañanismo socialmente correcto que a las necesidades reales de la gente, nadie quiere complicarse la vida. Bajas a la calle, le sacudes un mal golpe al violeta -éste encima se llamaba Jalal, o sea, Noli Me Tangere-, y al final el malo sale libre en cuatro días y tú te buscas la ruina. Lo que pasa es que, en fin. Ningún bien nacido se plantea esa consideración, supongo, ante lo inmediato del hecho. Una mujer que pide socorro bajo tu ventana, contigo asomado, te busques la ruina o no te la busques, es lo que es. Y quien se queda sin hacer nada es un perfecto mierda, se mire por donde se mire. Así que en la calle correspondiente de Villafranca del Penedés -cómo lamento desconocer el nombre, pardiez- pueden repartirse el delicado adjetivo entre quienes corresponda. Que esa noche fueron unos cuantos. 

El segundo recorte de prensa, sin embargo, toca otra tecla. Es algo así como cuando estás a punto de echar la pota -hay días en que este país con tanta rata resulta un vomitivo eficacísimo-, y de pronto algo templa tu estómago y tu corazón, reconciliándote con el género humano. Porque el recorte es de una foto en la que un hombre intenta socorrer a otro que le tiende los brazos. Ocurrió, como sin duda recuerdan, hace cosa de un mes, cerca de Madrid; cuando un joven montañero que volvía de la sierra se lanzó a socorrer a un camionero accidentado que al final, aunque fue rescatado, no sobrevivió. En realidad la foto es muy simple: entre las llamas de un camión volcado tras caer por un terraplén, un hombre valiente se juega la vida por ayudar a otro que gritaba «sacadme de aquí». La foto recoge el momento inmediato al abrazo de ambos, que tienden las manos el uno hacia el otro: el que está atrapado en la cabina humeante y rota del camión y el que se le acerca pese al fuego, intentando rescatarlo. Este último podía haberse mantenido al margen, como los vecinos de esa calle barcelonesa cuyo nombre siento no conocer. Podía haber permanecido apoyado de codos en el quitamiedos, como aquéllos en los alféizares de sus ventanas, contemplando el paisaje; o telefonear a la Guardia Civil diciendo que allí abajo se quemaba vivo un fulano, que espabilaran o iban a encontrarlo hecho un torrezno. Sin embargo, en vez de eso, saltó a la barranca y se jugó la vida. Ya he dicho que era un hombre valiente, virtud -virtus en el sentido romano y latino de la palabra- que, por alguna singular razón, en esta sociedad cobarde que nos fabrican los apóstoles de lo equilibrado, del yo no he sido, de lo cómodo y de lo razonable, se lleva poco. Y como a diferencia del nombre de la calle miserable de Villafranca del Penedés éste sí lo conozco, pues lo escribo: Vicente Sánchez, 27 años, sindicalista, de Usera. Y con dos cojones. 

23 de julio de 2006 

domingo, 16 de julio de 2006

Rescate en la tormenta

Hay momentos en los que te preguntas si algunos países merecen otra cosa que lo que tienen. Me hacía pensar de nuevo en ello hace unos días mi amigo Ramón Boga, gallego de infantería y a mucha honra, vigués por más señas, para quien, como para mí, el mar es algo más que un sitio a cuya orilla tumbarse a tomar el sol en verano. Venía la cosa al hilo de la coincidencia, en el tiempo y en los medios informativos, de dos sucesos tratados de muy diferente modo: los prolegómenos del mundial de fútbol y el abandono por sus tripulantes del velero Movistar durante la regata Volvo Ocean Race; episodio dramático al que -lo digo con la satisfacción de escribir aquí- XLSemanal fue uno de los pocos medios españoles que prestó la atención adecuada, dedicándole portada y extenso reportaje. 

No era para menos. En el mar del Norte, en plena borrasca, con una vía de agua y la quilla en malas condiciones, las bombas de achique trabajando, el Movistar navegaba desde hacía quince horas en conserva con otro velero, el Abn Anro II; que tras enterarse de la avería de su compañero se mantenía a la vista, navegando en paralelo, por si era necesario rescatar a la tripulación del barco español. El dramatismo de la situación se extremaba por un detalle terrible: el Abn Anro II, el velero auxiliador, acababa de perder a uno de sus tripulantes, arrebatado por un golpe de mar, y rescatado el cuerpo -pese a la dificultad de un rescate en esas condiciones- cuando ya estaba muerto. Y ese cuerpo se encontraba envuelto en un saco de dormir y trincado en la bodega. Imagínense, por tanto, el estado de ánimo de los tripulantes de ambos veleros, en la inmensa soledad del mar, cuando los faxes meteorológicos empezaron a dar las previsiones del tiempo para las siguientes veinticuatro horas: vientos de 40 nudos con picos de 50 y olas de 11 metros. Una tormenta que, sin ser perfecta, tendría su puntito. 

Siguiente episodio: aprovechando que los dos veleros se encuentran en la relativa calma del ojo de la borrasca, el patrón del Abn Anro II da un ultimátum al Movistar: «Tenemos que seguir camino. Saltad a bordo porque tendremos que alejarnos». Y acto seguido, gobernado de manera impecablemente marinera, mientras el Movistar enciende su radiobaliza y queda a la deriva, el Abn Anro II ejecuta la maniobra de aproximación -háganse idea de lo que significa eso en condiciones difíciles y con mala mar-, hasta que los diez rescatados se encuentran a bordo. Y una vez allí, diecinueve marinos y un cadáver hacinados en un barco con capacidad para diez tripulantes, con el fax escupiendo partes meteorológicos que ponen los pelos de punta, el patrón del Abn Anro II les dice a los del Movistar que no se preocupen de las maniobras, que son invitados, que él y sus tripulantes gobernarán solos el barco cumpliendo con las reglas. Y así, finalmente, los del Movistar y el cadáver son recogidos más tarde por una lancha de rescate y llevados a tierra firme, el Abn Anro II llega a Portsmouth, finalizando la etapa, y el abandonado Movistar queda atrás, en la borrasca, sin que su radiobaliza emita ya señal alguna. 

Y es aquí donde mi amigo me mira a los ojos y suelta unas cuantas preguntas: ¿Por qué, mientras esto ocurría, todos los telediarios de todas las cadenas españolas abrían con el mundial de fútbol y con la apasionante cuestión de si Raúl estaría con ganas o no? ¿Sabe este país con miles de kilómetros de costa lo que es un barco, con vela o sin ella? ¿Sabe qué es una tormenta con vientos de cincuenta nudos? ¿Sabe que en el mar trabajan miles de pescadores y marinos españoles? ¿Sabe por qué singulares mecanismos de solidaridad dos barcos navegan quince horas uno junto a otro, en pleno temporal? ¿Sabe qué siente un marino despidiéndose de su barco desarbolado, a la deriva o hundiéndose, antes de echarse al mar para -si tiene suerte- ser rescatado? ¿Sabe qué hace al ver desaparecer a un compañero arrastrado por una ola? ¿Sabe qué protocolos de emergencia se activan en tales casos? ¿Sabe por qué un marino se estremece ante la idea de que su barco pierda la orza? ¿Sabe lo grande y lo terrible que en situaciones como ésa da de sí el corazón del ser humano?. Y una última pregunta, que esta vez hago yo: ¿De verdad creen ustedes, y los que hacen los periódicos y los telediarios, y la opinión pública de este país imbécil, que los valores y enseñanzas extraíbles de cuanto acabo de contar son comparables a un mundial de fútbol? 

16 de julio de 2006 

lunes, 10 de julio de 2006

Bruselas, tengo un problema

Tengo un problema. Viajo, salgo al extranjero. En aeropuertos y hoteles debo mostrar mi documento de identidad. España, pone de momento. Eso significa que cuando un recepcionista de hotel francés, una editora alemana o un periodista norteamericano me miran el careto, están viendo a un español. Y lo que es más grave: creen que están viendo a un español. A uno de los de ahora, ojo. El matiz es importante. Hace veinte años ibas por ahí y la gente pensaba: anda, mira, uno de allá. De un país normal, como todos, con su política, su economía, sus cosas. Un ciudadano europeo, y punto. Así caminabas por la vida sin complejos, pidiendo un café en Viena, un vino en París o una cerveza en Londres sin que se te cayera la cara de vergüenza. Y era un alivio que al fin fuera de ese modo, porque algunos nos habíamos echado la mochila al hombro cuando todavía, al conocer tu nacionalidad, la gente preguntaba qué tal nos iba a los españoles con Franco. Era de lo más incómodo. Pero a finales de los setenta la cosa cambió. Ser español se miraba incluso con simpatía, por la transición política y demás. Pero hace tiempo que no. Quiero decir que ahora, otra vez, da vergüenza. La gente ya no te mira compasiva, como durante la dictadura, ni simpática, como luego. Ahora unos te miran confusos, no sabiendo a qué atenerse, y otros con recelo, como diciendo: aquí tenemos a otro de esos anormales. 

Porque vaya manera de hacer el ridículo, la nuestra. Qué forma de exhibir el esperpento de nuestra estupidez. Porque si la basura nacional la guardásemos para uso interno, todavía. Pero no. Hacemos bandera de ella, ondeándola sin rubor en cualquier foro exterior que se tercie. Ya me dirán ustedes con qué cara te paseas por el mundo el mismo día en que ocho eurodiputados españoles proponen al Consejo de Europa, a estas alturas de la feria, que declare el 18 de julio, aniversario del comienzo de una guerra civil española de hace setenta años, día internacional de denuncia del franquismo. O mientras aquí se aplaude a un fulano del IRA que hace chascarrillos públicos sobre las leyes españolas -¿imaginan a uno de Batasuna mofándose de la Justicia británica en Inglaterra?-. O mientras el director de un instituto público barcelonés boicotea, con carta remitida a Bruselas, una campaña informativa del Banco Central Europeo dirigida a los estudiantes, porque, al ser traducido a las lenguas autonómicas españolas, el folleto tiene una versión en catalán y otra en valenciano: «Greu error, contrari a tota evidència científica, com és considerar que català i valencià són llengües diferents». Y todo eso, mientras el Gobierno español deja atónito al parlamento europeo intentando que las distintas lenguas oficiales de aquí se utilicen allí -cosa que hace maldita la falta y cuesta una pasta-, pero sin garantizar que aquí el español se utilice donde se debe utilizar. Algo, por cierto, que durante su largo manejo del poder tampoco garantizaron, sino todo lo contrario, los ahora indignados pasteleros del amigo Ansar y el Pepé. 

Por eso ahí afuera cada vez saben menos a qué atenerse con nosotros. Pero qué quieren estos tíos, se preguntan los corresponsales extranjeros. De qué van. Y al ridículo contumaz que hacemos ante el resto de Europa, al triste espectáculo de esta carrera de despropósitos suicidas, a la demagogia, a la incultura y a la poca vergüenza de nuestra clase política, añadimos el sainete de nuestra política exterior, la imperdonable incompetencia en cuestiones islámicas y norteafricanas, las fuerzas armadas desarmadas humanitarias de género, el choteo soberano, justificadísimo a la vista de este carajal de naciones marca Acme, que se traen en Gibraltar. A ver qué puede esperarse de un país al que hasta el Gobierno senegalés se toma a pitorreo, dándole lecciones sobre derechos humanos. Que tiene huevos. Pero quién va a respetar lo que denigramos nosotros. En esta España corrupta, oportunista, que no es más insolidaria e hija de puta porque no puede, las únicas alternativas son la sonrisa abyecta cuando se es débil, o el exterminio despiadado del adversario cuando hay poder suficiente y ocasión para ello. Poniéndolo, de paso, todo al mejor postor: memoria, presente y futuro. Y, encima, tanta vileza y mala fe, tantas vergüenzas y miserias, las exportamos sin pudor, exhibiéndolas ante un mundo que se frota los ojos, asombrado. De ahí mi repugnancia a que, como español que tengo la desgracia de ser, me pongan en el mismo saco que a ese director de instituto barcelonés o a esos ocho eurogilipollas. 

9 de julio de 2006 

lunes, 3 de julio de 2006

Los torpedos del almirante

El almirante José Ignacio González-Aller, Sisiño para los amigos, es un marino atípico porque tiene un fuerte ramalazo –en el buen sentido de la palabra– de militar ilustrado como los de antes: aquellos que a veces se sentaban en las academias científicas, o de la lengua y la Historia. Quiero decir que es un marino leído. Me recuerda a algunos antiguos colegas suyos, capaces de hacer compatible el amor a la patria con leer libros. De vez en cuando, y quizá por eso mismo, se pronunciaban por aquí y por allá, no para poner a la gente a marcar el paso –ése era un registro diferente, el de los espadones iletrados y malas bestias–, sino para hacer a sus conciudadanos más cultos y libres, obligando a reyes infames a jurar y respetar constituciones. Por lo general, esos mílites optimistas vieron pagados su cultura y su patriotismo con el exilio en Francia o Inglaterra, donde hubo espacio y tiempo para reflexionar, entre nieblas, sobre la ingrata índole de esta madrastra, más que madre, llamada España. De ellos hay uno que al almirante y a mí nos parece entrañable, pues encarna como pocos la tragedia nacional: Cayetano Valdés, comandante del navío Pelayo en la batalla de San Vicente y del Neptuno en la de Trafalgar, quien, reinando ese puerco con patillas que fue nuestro rey don Fernando VII, conoció la prisión en España y el exilio en Londres por mantenerse fiel a la constitución de 1812. 

Pero ésa es otra historia, y de quien quiero hablarles es de mi amigo el almirante González-Aller. Le adeudo, como lector, su magnífica recopilación de la correspondencia de Felipe II sobre la empresa de Inglaterra, en los cinco tomos de la obra –todavía inacabada– La batalla del Mar Océano; y, por supuesto, la reciente, monumental e indispensable Campaña de Trafalgar: dos grandes volúmenes con todos los documentos españoles sobre el desastre naval de 1805. Pero mi deuda afectiva es aún mayor, y data de cuando hace nueve años lo conocí como director del Museo Naval de Madrid, por donde yo husmeaba a la caza de cartas náuticas, tesoros hundidos y rubias a las que contarles las pecas hasta el Finisterre. Su delicadeza y su hombría de bien me sedujeron en el acto, y desde entonces le guardo un aprecio especial y un respeto fraguados en largas conversaciones, mantenidas sobre todo en torno a ese corte de la línea por dos puntos frente al cabo Trafalgar, el 21 de octubre de 1805. Muchas veces discutimos juntos aquel combate, en público y en privado, reproduciendo los movimientos sobre una mesa, sobre el suelo, en una pared o en la imaginación. Y siempre me conmovieron la profunda ciencia, la lucidez, la objetividad y el melancólico patriotismo, rozando la emoción, del buen almirante a la hora de recordar a los enemigos y a los amigos: a sus compañeros de antaño, peleando con el valor de la desesperanza, por su honor y sus conciencias. 

Les estoy hablando de un abuelete –él no me perdonará el epíteto– sabio y un hombre de bien, respetado por los antiguos enemigos, los eruditos ingleses y franceses que se honran con su opinión y con su trato. Un hombre dedicado al estudio y la memoria, a quien los jóvenes marinos, como cualquier aficionado a la historia naval de este país desmemoriado, deberían acudir en peregrinaje, con los oídos y la inteligencia atentos. Y si por suerte ganan su confianza y consiguen llevarlo al portalón de los recuerdos personales, descubrirán que, tras esa ternura y bonhomía, late también otro hombre distinto – aunque tal vez se trate del mismo– que brota a ráfagas peligrosas como relámpagos: el capitán de corbeta frío y eficaz que, hace treinta años, en plena Marcha Verde, al mando del submarino S-34 Cosme García, en navegación silenciosa frente a los puertos de Agadir y Casablanca, con diez torpedos a proa y un ojo pegado al periscopio, aguardó durante dos semanas al acecho, sumergido y emergiendo con cautela cada noche, la ocasión de echar a pique cualquier buque de guerra enemigo que se le pusiera a tiro. Y cuando lo hago recordar aquello –me encanta provocarlo, pues cuenta las cosas como nadie–, veo que se enciende una llama de excitación y de nostalgia en sus ojos, y le tiembla la voz, y se yergue como el joven oficial que fue en otro tiempo. La última vez, durante un pequeño homenaje que le hicimos varios amigos ante un cocido de Lhardy, concluyó con un puñetazo sobre la mesa. «¡Éramos marinos de guerra!», exclamó. «¡Y a mucha honra!» 

2 de julio de 2006