domingo, 28 de agosto de 2016

El sombrero de paja

En el bar La Marina de Torrevieja, rincón marinero de toda la vida, me tomo una caña con Rafa, el dueño, y con Manolo, contramaestre del club náutico. Hay algún parroquiano más, de esos flacos y con tatuajes, de ojos descoloridos por el sol, inseparables de los puertos viejos y sabios, que tanto ayudan a mojar de espuma de cerveza, como Dios manda, un mostrador de mármol o de zinc. Se está bien aquí, charlando en este lugar que gracias al tesón y buen oficio de Rafa permanece intacto, a salvo del disparate urbanístico en el que gente sin escrúpulos convirtió el antiguo pueblo de pescadores, en las últimas décadas. 

Entre caña y caña sale el nombre del marinero Pepe. Murió hace poco, y me intereso por cómo ocurrió. Se trata de Pepe Vidal, en los últimos tiempos Pepe el del Onyx. Lo conocí cuando amarré aquí por primera vez hace veintidós años, y lo vi mucho en los pantalanes, primero como marinero y después jubilado, andando con pasos lentos y su eterno sombrero de paja camino del Onyx, la niña de sus ojos. El Onyx es un barco blanco y grande con un palo y una botavara enormes, de bandera alemana, feo como la madre que lo parió, que su propietario sólo saca a navegar un mes en verano. Y durante los once meses de amarre, el Onyx quedaba bajo el cuidado de Pepe, que cada mañana, temprano, con su andar tranquilo y su viejo sombrero de paja de ala ancha de pescador de toda la vida, acudía al barco para limpiarlo y tenerlo a punto, a son de mar y como los chorros del oro. 

Pepe era de ésos que embarcaron con doce o trece años, cuando una boca a alimentar en casa sobraba y era preciso salir muy pronto a buscarse la vida. Como muchos de su pueblo y generación, Pepe anduvo embarcado en pesqueros y en la mercante, y terminó recalando en el club náutico de Torrevieja con la colla de primeros marineros, veteranos hombres de mar, que luego se fueron retirando para dar paso a la gente joven. La pensión de jubilado, Pepe la redondeaba con lo de cuidar el Onyx. Sin embargo –lo vi innumerables veces a bordo– lo que él hacía allí iba más allá de las obligaciones contratadas. Era su vínculo con el mar. Aquel barco amarrado, donde durante once meses era único amo a bordo después de Dios, lo mantenía vivo, lúcido, activo. Vinculado a la navegación y a la historia de su propia vida. Por eso cada día, con su sombrero de paja y su paso tranquilo, Pepe cruzaba despacio los pantalanes para ir a cumplir con su deber. 

Manolo, el contramaestre, me cuenta cómo ocurrió. Él lo vio todo. Regresaba el Onyx de su navegación anual, y allá fueron a ayudarlo en el amarre los marineros del club, con Pepe entre ellos, pues no dejaba que nadie metiera mano sin estar supervisando él la maniobra. «Hubo una mala señal –dice Manolo–. Algo que nos hizo arrugar la boca. Tú sabes que la gente de mar somos supersticiosos, y Pepe, como viejo pescador y marinero, lo era más todavía. Estaba vigilando cómo cogíamos una estacha cuando una ráfaga de aire se llevó su sombrero de paja. Lo vi salir volando y pensé: mala cosa. Ya sabes que aquí damos importancia a esos detalles que traen mala suerte, como pisar las redes en tierra, que tu mujer barra hacia la calle cuando sales a la mar, embarcarse con el pie izquierdo y cosas así. Y fue eso lo que pensé: mala cosa. Pepe se quedó mirando el sombrero en el agua, lejos, como pensando lo mismo que yo, y se cruzaron nuestras miradas. Estaba muy serio y de pronto me pareció mucho más viejo. Como cansado de golpe. Entonces le dimos la estacha, subió a la cubierta del Onyx y allí cayó al suelo. Le había fallado el corazón. Murió en el hospital, al poco rato». 

Me despedí de Manolo y los otros, salí del bar La Marina y volví a mi barco de noche, caminando por el pantalán mientas recordaba la conversación. Sin apenas darme cuenta seguí hasta el extremo y me detuve junto a la enorme popa blanca que se destacaba en la penumbra. Estuve allí un rato inmóvil, mirándola, y al fin me pareció oír un vago rumor de pasos en la toldilla, y que una sombra tocada con un sombrero de paja se acodaba en la regala. Alcé una mano, absorto, y por un momento creí que la sombra también hacía lo mismo, respondiéndome. A diferencia de mucha gente de tierra adentro, quienes navegamos solemos creer en los barcos fantasmas y en sus tripulantes. Cosas de la mar, de los libros o de la vida. Ése es mi caso. Y ahora sé que cada noche, cuando pasee junto al Onyx en el puerto desierto y silencioso, la sombra de Pepe Vidal estará siempre apoyada en la regala, dispuesta a devolverme el saludo. 

28 de agosto de 2016 

domingo, 21 de agosto de 2016

Una historia de España (LXIX)

Entre los errores cometidos por la Segunda República, el más grave fue la confrontación con la Iglesia Católica. En vez de proceder a un desmantelamiento inteligente del inmenso poder que ésta seguía teniendo en España, apoyándose sobre todo en la educación escolar y la paciencia táctica, los gobiernos republicanos abordaron el asunto con prisas y torpes maneras, enajenándose los sentimientos religiosos de un sector importante de la sociedad española, desde los poderosos a los humildes: eliminación de procesiones de Semana Santa en varias ciudades y pueblos, cobrar impuestos a los entierros católicos y prohibición de tocar campanas para la misa, entre otras idioteces, encabronaron mucho a la peña practicante. Y al descontento conspirativo de cardenales, arzobispos y obispos se unía el de buena parte de los mandos militares, cuyos callos pisaba la República un día sí y otro también, perfilándose de ese modo un peligroso eje púlpitos-cuarteles que tendría nefastas consecuencias. La primera se llamó general Sanjurjo: un espadón algo bestia apoyado por los residuos monárquicos, por la Iglesia y militares derechistas, que intentó una chapuza de golpe de Estado el verano de 1932, frustrado por la huelga general que emprendieron, con mucha resolución y firmeza, socialistas, anarquistas y comunistas. Ese respaldo popular dio vitaminas al gobierno republicano, que se lanzó a iniciativas osadas y necesarias que incluían una reforma agraria –que puso a los caciques rurales hechos unas fieras– y un estatuto de autonomía para Cataluña. El problema fue que en el campo y las fábricas había mucha hambre, mucha necesidad, mucha incultura y muchas prisas, y la cosa se fue descontrolando, sobre todo donde los anarquistas entendieron que había llegado la hora de que el viejo orden se fuera por completo y con rapidez al carajo. Para espanto de una parte de la derecha y satisfacción de la parte más extrema, que aguardaba su ocasión, se sucedieron las huelgas e insurrecciones con tiros y muertos –Barcelona, Sevilla, Zaragoza, Pasajes, Alto Llobregat– alentadas por el ala más dura de la CNT, el sindicato anarquista que a su vez estaba enfrentado a la UGT, el sindicato socialista, en una cada vez más agria guerra civil interna entre la gente de izquierda, pues ambas formaciones se disputaban la hegemonía sobre la clase trabajadora. La idea básica era que sólo la fuerza podía liquidar los privilegios de clase y emancipar a obreros y campesinos. De ese modo, el anarquismo se hacía cada vez más radical y violento, desconfiando de toda conciliación y abandonando la disciplina. En 1933, en plena huelga revolucionaria convocada por la CNT, en el pueblecito gaditano de Casas Viejas (donde cuatro de cada cinco trabajadores estaban en paro y en la más absoluta miseria), los desesperados lugareños le echaron huevos al asunto, cogieron las escopetas de caza y asaltaron el cuartel de la Guardia Civil. La represión ordenada por el gobierno republicano fue inmediata y bestial, con la muerte de 24 personas –incluidos un anciano, dos mujeres y un niño– a las que se dio matarile a manos de la Guardia de Asalto y la Guardia Civil. Para esa época, las derechas ya se organizaban políticamente en la llamada Confederación Española de Derechas Autónomas, CEDA, liderada por José María Gil Robles, en torno a la que se fue estableciendo (católicos, monárquicos, carlistas, republicanos de derechas y otros elementos conservadores, o sea, la llamada gente de orden) un frente único antimarxista y antirrevolucionario con un respaldo de votos bastante amplio. Y como no hay dos sin tres, y en España sin cuatro, a complicar el paisaje vino a sumarse el asunto catalán. Cuando, según los vaivenes políticos, el gobierno republicano pretendió imponer disciplina en el creciente desmadre nacional, diciendo vamos a ver, rediós, alguien tiene que mandar aquí y que se le obedezca, oigan, y un montón de líderes obreros fueron encarcelados por salirse de cauces, y la anterior simpatía hacia las aspiraciones autonómicas periféricas se enfrió en las Cortes, el presidente de la Generalitat, Lluís Companys, decidió montárselo aparte y proclamó por su cuenta «el Estado catalán dentro de una república federal española» que sólo existía en sus intenciones. De momento la desobediencia acabó controlada con muy poca sangre, pero eso llevaría a Companys al paredón tras la Guerra Civil, cuando cayó en manos franquistas. Aun así, es interesante recordar lo que en los años 70 dijo al respecto un viejo comunista: «Si hubiésemos ganado la guerra, a Companys también lo habríamos fusilado nosotros, por traidor a la República». 

[Continuará]

21 de agosto de 2016 

domingo, 14 de agosto de 2016

El atropellador y el picoleto

Una mañana, en Madrid y hace ya varios años, presencié una escena a la que creo haberme ya referido en otra ocasión, en esta misma página: un fulano con muy mala pinta, evidentemente empastillado hasta las trancas, amenazaba a los transeúntes con un cuchillo de notables dimensiones. Mariconas, decía. Que voy a daros a tós pa dentro, mariconas. Frente a él había dos policías nacionales de uniforme, fuska en mano, intimándolo, dicho sea en lenguaje administrativo, a deponer su actitud. Pero el otro no sólo no la deponía, sino que insultaba a los policías y a los transeúntes y amagaba dar tajos con el cuchillo. Mariconas, etcétera. Los maderos se miraban entre ellos, como diciendo qué carajo hacemos, colega, y ninguno se decidía a meterle en el cuerpo a aquel pájaro un balazo que lo dejara seco. Sabían la ruina que les caería encima como apretaran el gatillo. Y claro. Consciente del asunto pese al colocón que llevaba, el fulano del baldeo, tras amenazar un poquito más, salió corriendo de pronto como un cohete, seguro de que nadie lo iba a parar en serio. Los dos policías corrieron detrás, desaparecieron los tres de mi vista, y no sé en qué acabó la cosa, pues al día siguiente no leí nada en los periódicos. Supongo que no lo pillaron. O sí, cualquiera sabe. Pero recuerdo muy bien lo que me quedé pensando: para nada quisiera estar en la piel de esos dos pringados. De esos dos policías. 

Me acordé ayer de eso, varios años después, al enterarme de que el Tribunal Supremo acaba de absolver a un guardia civil que en 2009 –estamos en 2016– mató de tres disparos, al término de una accidentada peripecia automovilística, a un fulano al que él y sus colegas picoletos habían estado persiguiendo a toda leche, con los pirulos azules destellando y las sirenas haciendo pi-po, pi-po, por las provincias de Ávila, Toledo y Madrid, después de que el pavo se saltara un control policial y provocase varios accidentes en su fuga, y para acabar la fiesta intentara rematar en el suelo, atropellándolo por segunda vez, a un agente que estaba herido. Cosa que impidió el compañero del atropellado, soltándole cuatro tiros al malo, de los que tres hicieron blanco y se lo llevaron directamente al otro barrio. 

Siete años, oigan. Se dice pronto. Ante ese caso clarísimo, probado con todas las de la ley, o sea, que dio matarile a un elemento peligroso en defensa de la vida de un compañero, el picoleto de los tiros ha estado judicialmente empapelado durante siete años, nada menos. Los cuatro primeros como imputado, lo que significa que durante ese tiempo su vida profesional estuvo estancada, sin posibilidad de ascensos ni recompensas. Luego, el calvario de recursos, contrarrecursos y citas judiciales, que le costaron un año y medio de baja por depresión, y el resto de zozobras, abogados, informes periciales y puñetas administrativas durante las que jueces de diversas instancias, hasta llegar al Supremo, anduvieron dilucidando si impedir que atropellen por segunda vez a un guardia civil es legítima defensa o agresión fascista, si los disparos se hicieron desde tal o cual distancia, si el vehículo tenía metida la primera o la segunda marcha, o si -lo que convertiría el acto de liquidar al malo en descarado abuso policial- éste había sido diagnosticado con anterioridad de trastorno bipolar, y en el momento de la persecución y el atropello sufría un lamentable brote psicótico. La criatura. 

Siete años, insisto, ha empleado la lentísima Justicia española en decidir si un guardia que con todos los motivos del mundo se carga a un malo en acto de servicio es culpable o inocente. Siete años pendiente de un hilo, de zozobra y ruina, durante los que al agente en cuestión se le ha reventado la carrera y parte de la vida por utilizar –con óptima puntería, por cierto, detalle que no ha elogiado nadie– la pistola reglamentaria que el Estado le confió para que defendiera a los ciudadanos y a sí mismo en el desempeño de sus funciones. Y por ahí seguimos, incapaces de apreciar lo obvio: que del mismo modo que quien se extralimita de gatillo o de placa debe sentir encima todo el peso de la ley, a quien cumple su deber no se le puede maltratar de esa manera. Porque así, cada vez más, nos arriesgamos a que frente al fulano del cuchillo, ante el atropellador, ante el malo que siempre estará ahí, beneficiándose de nuestros derechos y libertades, pero también de nuestra estupidez y nuestra demagogia, el guardia al que le toque, aunque sea honrado y valiente, deje la pistola en la funda, mire hacia otro lado y piense: «Anda y que os proteja vuestra puta madre». 

14 de agosto de 2016.

domingo, 7 de agosto de 2016

Una historia de España (LXVIII)

Contra la Segunda República, o sea, contra la democracia al fin conseguida en España en 1931, conspiraron casi desde el principio tanto las derechas como las izquierdas. En una especie de trágico juego de las siete y media que íbamos a pagar muy caro, a unos molestaba por excesiva, y a otros por quedarse corta. Al principio se tomó la cosa en serio, y a la reorganización del Ejército y la limitación de poderes de la Iglesia católica se añadieron importantes avances sobre los salarios de las clases trabajadoras, la distribución más justa de la propiedad de la tierra, la educación pública y la protección laboral. Nunca habíamos tenido en España un avance tan evidente en democracia real y conquistas sociales. Pero el lastre de siglos de atraso, la cerrazón de las viejas fuerzas oscuras y las tensiones irresolubles de la industrialización, el crecimiento urbano y la lucha de clases que sacudían a toda Europa iban a reventarnos la fiesta. Después de los primeros momentos de euforia republicana y buen rollo solidario, crecieron la radicalización política, las prisas, los recelos y la intransigencia en todas partes. Presionado por la realidad y las ganas de rápido cambio social, el tinte moderado y conservador de los primeros tiempos se fue al carajo. La vía natural para consolidar aquella República habría sido, probablemente, el socialismo; pero, como de costumbre, la división interna de éste rompió las costuras: había un sector moderado, otro centrista y otro radical: el de Largo Caballero. La izquierda más o menos razonable, la del presidente Manuel Azaña, tuvo que apoyarse en la gente de Largo Caballero, que a su vez se veía obligado a rivalizar en radicalismo con comunistas y anarquistas. Era como una carrera hacia el abismo en la que todos competían. Subió el tono retórico en una prensa a menudo partidista e irresponsable. Se trazaban líneas infranqueables, no siempre correspondientes con la realidad, entre empresarios y trabajadores, entre opresores y oprimidos, entre burgueses ricos y parias de la tierra, y se hablaba menos de convencer al adversario que de exterminarlo. Todo el rencor y la vileza ancestrales, todo el oportunismo, todo el odio endémico que un pueblo medio analfabeto y carente de cultura democrática arrastraba desde hacía siglos, salió de nuevo a relucir como herramienta de una clase política con pocos escrúpulos. Por supuesto, nacionalistas vascos y catalanes, dispuestos a aprovechar toda ocasión, complicaron más el panorama. Y así, recordando el fantasma reciente de la Revolución Rusa, la burguesía, el capital, los propietarios y la gente acomodada empezaron a acojonarse en serio. La Iglesia católica y buena parte de los jefes y oficiales del Ejército estaban cada vez más molestos por las reformas radicales, pero también por los excesos populistas y los desórdenes públicos que los gobiernos republicanos no atajaban. Y tampoco las izquierdas más extremas facilitaban las cosas. Los comunistas, todavía pocos pero férreamente disciplinados y bajo el control directo de la Rusia Soviética, criticaban ya en 1932 al «gobierno burgués agrario de Azaña» y a los socialistas, «fusileros de vanguardia de la contrarrevolución». Por su parte, el Partido Socialista, por boca de Largo Caballero, afirmaba en 1933 estar dispuesto a que en España ondeara «no la bandera tricolor de una república burguesa, sino la bandera roja de la revolución». La guinda al asunto la pusieron los anarquistas, que eran mayoritarios en Cataluña, Aragón y Levante. Éstos, cuyo sindicato CNT (1.527.000 afiliados en 1936) superaba a su rival socialista UGT (1.444.474), iban a contribuir mucho al fracaso de la República, tanto durante ésta como en la contienda civil que estaba a punto de caramelo; pues a diferencia de comunistas y socialistas –que, mal que bien, procuraban mantener una apariencia republicana y no asustar mucho–, el escepticismo libertario ante las vías políticas moderadas empujaba con facilidad a los anarcos al exceso revolucionario de carácter violento, expropiador, pistolero e incendiario. Y así, entre unos y otros, derechas conspiradoras, izquierdas impacientes, irresponsabilidad política y pueblo desorientado y manipulado por todos, con el parlamento convertido en un disparate de demagogia y mala fe, empezaron a surgir los problemas serios: pronunciamiento del general Sanjurjo, matanza de Casas Viejas, revolución de Asturias y autoproclamación de un Estado catalán independiente de la República. De todo lo cual hablaremos con detalle en el próximo capítulo de esta apasionante, lamentable y triste historia. 

[Continuará]. 

7 de agosto de 2016.

domingo, 31 de julio de 2016

La vía de agua

No hace mucho, estando en el mar, tuve una vía de agua. Algo en el instinto del que navega desde hace media vida me hizo comprender que algo a bordo no marchaba como era debido. Sin embargo el velero iba bien, con una mar razonable: marejadilla y viento de doce nudos que apenas levantaba borreguillos. Llevaba arriba el génova y la mayor, amurado a estribor. Era un día de navegación tranquilo. Acababa de bajar a la camareta para situarme y anotar la posición, como hago cada hora: estado de mar, viento, cielo, millas recorridas. Un vistazo al AIS para comprobar si había barcos cerca pero fuera de mi vista. Me disponía a volver arriba y a Mar cruel, la novela de Nicholas Monsarrat que estaba leyendo por tercera vez, cuando algo llamó mi atención. No fue nada concreto, sino la sospecha de que alguna cosa inusual ocurría. 

Decía Joseph Conrad que la principal característica de un marino es una saludable incertidumbre. Dicho al contrario, la certeza de que todo el tiempo estás en un medio hostil donde puedes esperar cosas desagradables. Una perpetua desconfianza que se manifiesta en la ojeada que diriges alrededor cada cinco minutos, aunque estés leyendo un libro apasionante, adormilado o conversando con alguien. La mirada inquieta a esa mancha oscura que puede ser una racha peligrosa, a la nube de color sucio que empieza a formarse en el horizonte, a las luces del mercante que debe maniobrarte, pero que posiblemente no lo haga. «I call to the motor vessel in my port…». Navegar de verdad es exactamente eso: manteneros vivos, tú y la tripulación que en ti confía. No fiarte ni de tu sombra. 

Navegas en un barco noble, al que conoces desde hace catorce años. Te ha sacado de apuros muchas veces, como cuando una racha repentina y criminal lo tumbó hasta casi tocar el palo el agua, en la oscuridad, rompiéndole el anemómetro en cuarenta y siete nudos de viento, y él solo se adrizó y puso proa a la mar mientas tú intentabas organizar el caos que había surgido a bordo. Lo conoces bien, y él a ti. Por eso nunca desdeñas sus avisos, sus codazos, sus insinuaciones. Su manera de navegar en unas u otras situaciones, el modo en que toma la mar. Cómo se mueve. Y ahora, inmóvil ante la mesa de cartas, con todos los sentidos atentos a lo que te dice, comprendes que está mandando un mensaje. Te habla como lo hacen los buenos barcos. Algo va mal, compañero. Cuidado. Algo va mal. 

Compruebas los instrumentos. Luego vas hasta las puertas del motor, las abres y encuentras lo que el navegante más teme en el mundo: agua salada. El achique automático de la sentina ha fallado. Un agua aceitosa y abundante se mueve con el balanceo y ocupa un palmo y medio en el compartimiento del motor, cubriendo casi el eje de la hélice. Ver eso en alta mar es sentir miedo de verdad. Miedo auténtico. Y entonces, los años de navegación, las viejas rutinas sobre emergencias a bordo, actúan automáticamente, sin pensarlo siquiera. Tripulación alerta, motor en marcha, bomba funcionando, equipo de abandono del barco a mano, búsqueda de la vía de entrada. Un pan-pan-pan por la radio, latitud y longitud, diciendo que hay vía de agua y que trabajas en ella. Que de momento parece bajo control. 

Al cabo de una tensa media hora localizas el punto, que no es como temías el prensaestopas de la hélice, sino una grieta grande en una de las tomas de agua del motor. Así que cierras el grifo de fondo, achicas en manual, taponas lo mejor que sabes, vuelves a la mesa de cartas y haces cálculos: puerto más cercano, playa de arena a medio camino, donde varar si todo se fuera antes al carajo. Tienes velas y viento. Entonces miras a la tripulación, dos chicas duras -patrón de yate una, patrón de recreo la otra, veintidós años navegando contigo- , y piensas que hace un momento se comportaron con serenidad y competencia, haciendo lo que debían hacer, fruto de su largo adiestramiento. Admitiendo con naturalidad que esto puede ocurrir; que navegar incluye días malos, o peores. Lo asumen y saben reaccionar sin nervios ni palabras superfluas, seguras de sí, obedeciendo órdenes sin discutir -un barco no es una democracia- , mirando atentas al patrón mientras aceptan, porque ésas son las reglas, poner sus vidas en tus manos. Y gracias a que también esta vez cumplimos todos con nuestro deber a bordo, puedes volver ahora a las páginas de Mar cruel, tranquilo respecto a lo que ocurrirá en las próximas millas. Hoy hemos sido marinos, piensas satisfecho. Todos. Y mientras navegas hacia un lugar seguro, te sientes orgulloso de tu tripulación y de tu barco. 

31 de julio de 2016. 

domingo, 24 de julio de 2016

Una historia de España (LXVII)

Allí estábamos los españoles, o buena parte de ellos, muy contentos con aquella Segunda República parlamentaria y constitucional, dispuestos a redistribuir la propiedad de la tierra, acabar con la corrupción, aumentar el nivel de vida de las clases trabajadoras, reformar el Ejército, fortalecer la educación pública y separar la Iglesia del Estado. En eso andábamos, dispuestos a salir del calabozo oscuro donde siglos de reyes imbéciles, ministros infames y curas fanáticos nos habían tenido a pan y agua. Pero la cosa no era tan fácil en la práctica como en los titulares de los periódicos. De la trágica lección de la Primera República, que se había ido al carajo en un sindiós de demagogia e irresponsabilidad, no habíamos aprendido nada, y eso iba a notarse pronto. En un país donde la pobreza y el analfabetismo eran endémicos, las prisas por cambiar en un par de años lo que habría necesitado el tiempo de una generación, resultaban mortales de necesidad. Crecidos los vencedores por el éxito electoral, todo el mundo pretendió cobrarse los viejos agravios en el plazo más corto posible, y eso suscitó agravios nuevos. «Quizá fuera la arrogancia que dan los votos», como apunta Juan Eslava Galán. El caso es que, una vez conseguido el poder, la izquierda, una alianza de republicanos y socialistas, se impuso como primer objetivo triturar -es palabra del presidente Manuel Azaña- a la Iglesia y al Ejército, principales apoyos del viejo régimen conservador que se pretendía destruir. O sea, liquidar por la cara, de la noche a la mañana, dos instituciones añejas, poderosas y con más conchas que un galápago. Calculen la ingenuidad, o la chulería. Y en vez de ir pasito a pasito, los gobernantes republicanos se metieron en un peligroso jardín. Lo del Ejército, desde luego, clamaba al cielo. Aquello era la descojonación de Espronceda. Había 632 generales para una fuerza de sólo 100.000 hombres, lo que suponía un general por cada 158 militares; y hasta Calvo Sotelo, que era un político de la derecha dura, decía que era una barbaridad. Pero las reformas castrenses empezaron a aplicarse con tanta torpeza, sin medir fuerzas ni posibles reacciones, que la mayor parte de los jefes y oficiales -que al fin y al cabo eran quienes tenían los cuarteles y las escopetas- se encabronaron bastante y se la juraron a la República, que de tal modo venía a tocarles las narices. Aun así, el patinazo gordo lo dieron los gobiernos republicanos con la Santa Madre Iglesia. Despreciando el enorme poder social que en este país supersticioso y analfabeto, pese a haber votado a las izquierdas, aún tenían colegios privados, altares, púlpitos y confesionarios, los radicales se tiraron directamente a la yugular eclesiástica con lo que Salvador de Madariaga -poco sospechoso de ser de derechas- calificaría de «anticlericalismo estrecho y vengativo». Es decir, que los políticos en el poder no sólo declararon aconfesional la República, pretendieron disolver las órdenes religiosas, fomentaron el matrimonio civil y el divorcio y quisieron imponer la educación laica multiplicando las escuelas, lo que era bueno y deseable, sino que además dieron pajera libre a los descerebrados, a los bestias, a los criminales y a los incontrolados que al mes de proclamarse el asunto empezaron a quemar iglesias y conventos, y a montar desparrames callejeros que nadie reprimía («Ningún convento vale una gota de sangre obrera», era la respuesta gubernamental), dando comienzo a una peligrosa impunidad, a un problema de orden público que, ya desde el primer momento, truncó la fe en la República de muchos que la habían deseado y aplaudido. Empezaron así a abrirse de nuevo, como una eterna maldición, nuestras viejas heridas; el abismo entre los dos bandos que siempre destrozaron la convivencia en España. Iglesia y Estado, católicos y anticlericales, amos y trabajadores, orden establecido y revolución. A consecuencia de esos antagonismos, como señala el historiador Julián Casanova, «la República encontró grandes dificultades para consolidarse y tuvo que enfrentarse a fuertes desafíos desde arriba y desde abajo». Porque mientras obispos y militares fruncían el ceño desde arriba, por abajo tampoco estaban dispuestos a facilitar las cosas. Después de tanto soportar injusticias y miseria, cargados de razones, de ganas y de rencor, anarquistas y socialistas tenían prisa, y también ideas propias sobre cómo acelerar el cambio de las cosas. Y del mismo modo que derechas e izquierdas habían conspirado contra la primera República, haciéndola imposible, la España eterna, siempre a gusto bajo la sombra de Caín, se disponía a hacer lo mismo con la segunda. 

[Continuará]

24 de julio de 2016

domingo, 17 de julio de 2016

No era una señora

Ayer me quedé de pasta de boniato. Estaba a punto de entrar en una librería y coincidí en la puerta con una señora. Al menos, creí que lo era. Una mujer sobre los cuarenta años, normalmente vestida, quizá con un punto demasiado juvenil para su edad. Por lo demás, de aspecto agradable. Ni elegante ni ordinaria. Ni guapa ni fea. Coincidimos en la puerta, como digo, viniendo ella de un lado de la calle y yo de la dirección contraria. Y en el umbral mismo, por reflejo automático, me detuve para cederle el paso. Desde hace casi sesenta años –su trabajo les costó a mis padres, en su momento– eso es algo que hago ante cualquiera: mujer, hombre, niño; incluso ante los que van por el centro de Madrid en calzoncillos y chanclas, torso desnudo y camiseta al hombro, impregnando el aire de aroma veraniego; tan desahogados, ellos y la madre que los parió, como si estuvieran en el paseo marítimo de una playa o vinieran de chapotear en la alberca del pueblo. 

Me detuve en el umbral, como digo. Para cederle el paso a la señora, igual que se lo habría cedido al lucero del alba. Incluso a mi peor enemigo. Hasta a un inspector de Hacienda se lo habría cedido. Pero mi error fue considerar señora a la que sólo era presunta; porque al ver que me detenía ante ella, en vez de decir «gracias» o no decir nada y pasar adelante, me miró con una expresión extraña, entre arrogante y agresiva, como si acabara de dirigirle un insulto atroz, y me soltó en la cara: «Eso es machista». 

Oigan. Tengo sesenta y cuatro tacos de almanaque a la espalda, y entre lo que lees, y lo que viajas, y lo que sea, he visto un poco de todo; pero esto de la señora, o la individua, en la puerta, no me había ocurrido nunca. En mi vida. Así que háganse cargo del estupor. Calculen el puntazo de que eso le pase a un fulano de mis años y generación, educado, entre otros, por un abuelo que nació en el siglo XIX, y del que aprendí, a temprana edad, cosas como que a las mujeres se las precede cuando bajan por una escalera y se les va detrás cuando la suben, por si les tropiezan los tacones, que cuando es posible se les abre la puerta de los automóviles, que uno se levanta del asiento cuando ellas llegan o se marchan, que se camina a su lado por el lado exterior de las aceras –«Que no digan que la llevas fuera», bromeaba mi padre con una sonrisa– y cosas así. Calculen todo eso, o imagínenlo si su educación familiar dejó de incluirlo en el paquete, y pónganse en mi lugar, parado ante la puerta de la librería, mirando la cara de aquella prójima. 

Habría querido disponer de tiempo, por mi parte, y de paciencia, por la de ella, para decir lo que me hubiera gustado decirle. Algo así como se equivoca usted, señora o lo que sea. Cederle el paso en la puerta, o en cualquier sitio, no es un acto machista en absoluto, como tampoco lo es el hecho de no sentarme nunca en un transporte público, porque al final acabo avergonzándome cuando veo a una embarazada o a alguien de más edad que la mía, de pie y sin asiento que ocupar. Como no lo es ceder el lugar en la cola o el primer taxi disponible a quien viene agobiado y con prisa, o quitarte el sombrero –porque algunos, señora o lo que usted sea, usamos a veces panamá en verano y fieltro en invierno– cuando saludas a alguien, del mismo modo que te lo quitas –que para eso también lo llevas, para quitártelo– cuando entras en una casa o un lugar público. Así que entérate, cretina de concurso. Cederte el paso no tiene nada de especial porque es un reflejo instintivo, natural, que a la gente de buena crianza, y de ésa todavía hay mucha, le surge espontánea ante varones, hembras, ancianos, niños, e incluso políticos y admiradores de Almodóvar. Ni siquiera es por ti. Ni siquiera porque seas mujer, que también, sino porque la buena educación, desde decir buenos días a ceder el paso o quitarte la puta gorra de rapero, si la llevas, facilita la vida y crea lazos solidarios entre los desconocidos que la practican. 

Y, bueno. Me habría gustado decir todo eso de golpe, allí mismo; pero no hubo tiempo. Tampoco sé si lo iba a entender. Así que permanecí inmóvil, mirándola con una sonrisa que, por supuesto, le resbaló por encima como si llevara un impermeable; porque al ver que me quedaba quieto y sin decir nada, cruzó el umbral con aire de estar gravemente ofendida. «Lo he hecho polvo», debía de pensar. Y yo la vi entrar mientras pensaba, a mi vez: No es por ti, boba. Sé de sobra que no lo mereces. Es por mí. Por la idea que algunos procuramos mantener de nosotros mismos. Algo que, mientras te veo entrar en esa librería que de tan poca utilidad parece serte, me hace sonreír con absoluto desprecio. 

17 de julio de 2016 

domingo, 10 de julio de 2016

Una historia de España (LXVI)

Alfonso XIII sólo sobrevivió, como rey, un año y tres meses a la caída del dictador Primo de Rivera, a quien había ligado su suerte, primero, y dejado luego tirado como una colilla. Abandonado por los monárquicos, despreciado por los militares, violentamente atacado por una izquierda a la que sobraban motivos para atacar, las elecciones de 1931 le dieron la puntilla al rey y a la monarquía. Las había precedido una buena racha de desórdenes políticos y callejeros. De una parte, los movimientos de izquierdas, socialistas y anarquistas, apretaban fuerte, con banderas tricolores ondeando en sus mítines, convencidos de que esa vez sí se llevaban el gato al agua. Al otro lado del asunto, la derecha se partía en dos: una liberal, más democrática, de carácter republicano, y otra ultramontana, enrocada en la monarquía y la Iglesia católica como bastiones de la civilización cristiana, de contención ante la feroz galopada comunista, aquel fantasma que recorría Europa y estaba poniendo buena parte del mundo patas arriba. El caso es que, en las elecciones municipales del 12 de abril, en 42 de 45 ciudades importantes arrasó la coalición republicano-socialista. Lo urbano se había pronunciado sin paños calientes por la República, o sea, porque Alfonso XIII se fuera a tomar viento. Los votos del ámbito rural, sin embargo, salieron favorables a las listas monárquicas; pero las izquierdas sostenían, no sin razón, que ese voto estaba en mano de los caciques locales y, por tanto, era manipulado. El caso es que, antes de que acabara el recuento, la peña se adelantó echándose a la calle, sobre todo en Madrid, a celebrar la caída del rey. A esas alturas, el monarca no podía contar ya ni con el ejército. Estaba indefenso. Y, como ocurrió siempre (y sigue ocurriendo en esa clase de situaciones, que es lo bonito y lo ameno que tenemos aquí), los portadores de botijo palaciegos que hasta ayer habían sido fieles monárquicos descubrieron de pronto, al mirarse al espejo, que toda la vida habían sido republicanos hasta las cachas, oiga, por favor, demócratas de toda la vida, por quién me toma usted. Y los cubos de basura y los tenderetes del Rastro madrileño se llenaron, de la noche a la mañana, de retratos de su majestad Alfonso XIII a caballo, a pie, en coche, de militar, de paisano, de jinete de polo, con clavel en la solapa y con entorchados de almirante de la mar océana. Y todas las señoras en las que había pernoctado su majestad, que a esas alturas eran unas cuantas, lo mismo aristócratas que bataclanas –el hombre nos había salido muy aficionado al intercambio de microbios– se apresuraron a retirar del aparador y esconder las fotos, dedicadas en plan A mi querida Fulanita o Menganita, tu rey, etcétera. Y, en fin. El ciudadano Borbón hizo las maletas y se fue al destierro con una celeridad extraordinaria, en plan Correcaminos, por si la cosa no quedaba sólo en eso. «No quiero que se derrame una gota de sangre española», dijo al irse, acuñando frase para la Historia; lo que demuestra que, además de torpe e incompetente como rey, como profeta era un puñetero desastre. De cualquier modo, en aquel momento los españoles –siempre ingenuos cuando decidimos no ser violentos, envidiosos o miserables– consideraban el horizonte mucho más luminoso que negro. La gente llenaba las calles, entusiasmada, agitando la nueva bandera con su franja morada; y los políticos, tanto los republicanos de toda la vida como los que acababan de ver la luz y subirse al carro, se dispusieron a establecer un nuevo Estado español democrático, laico y social que respetase, además, las peculiaridades vasca y catalana. Ése era el futuro, nada menos. Así que imaginen ustedes el ambiente. Todo pintaba bien, en principio, al menos en los titulares de los periódicos, en los cafés y en las conversaciones de tranvía. Con las primeras elecciones, moderados y católicos quedaron en minoría, y se impusieron los republicanos de izquierda y los socialistas. Una España diferente, distinta a la que llevaba siglos arrastrándose ante el trono y el altar, cuando no exiliada, encarcelada o fusilada, era posible de nuevo (pongan aquí música de trompetas y de violines). La Historia, a menudo mezquina con nosotros, ofrecía otra rara oportunidad; una ocasión de oro que naturalmente, en espectacular alarde de nuestra eterna capacidad para el suicidio político y social, nos íbamos a cargar en sólo cinco años. Con dos cojones. Y es que, como decía un personaje de no recuerdo qué novela –igual hasta era mía– España sería un país estupendo si no estuviera lleno de españoles. 

[Continuará] 

10 de julio de 2016

domingo, 3 de julio de 2016

Viejos pistoleros

Lucio acaba de contarnos el último chiste y se aleja entre las mesas saludando a otros clientes, y Javier Marías despacha lo que queda de su escalope. A estas alturas de la cena siempre acabamos regresando, casi de forma automática, a John Ford y a Hitchcock, con alguna incursión lateral por Hawks y Mann. Es el momento en que, a veces, a Javier le brillan los ojos y a mí se me vuelve la voz un poquito trémula, como en este instante, cuando comento la escena de Misión de audaces en la que John Wayne le quita el pañuelo de la cabeza a Constance Towers y se lo pone al cuello antes de volar el puente. 

–Necesito fumar un cigarrillo– dice Javier. 

Salimos a la calle y caminamos por la Cava Baja tarareando I Left My Love. La noche es templada y agradable. La conversación recae ahora en la extraordinaria serie de western que hizo Anthony Mann con James Stewart, entre ellas la obra maestra El hombre de Laramie. A medio cigarrillo de Javier hacemos una breve incursión por Don Siegel y Código del hampa –Lee Marvin y Clu Gulager preguntándose por qué no se defendió John Cassavetes cuando fueron a matarlo–, aunque muy pronto regresamos a Ford y a Hawks. A John Wayne, sobre todo. Yo recito el diálogo de El Dorado, cuando Christopher George, con su cicatriz en la cara, dice aquello de «Sólo hay tres hombres que disparen así. Uno está muerto, otro soy yo, y el tercero es Cole Thornton» y Javier lo completa en boca de Wayne: «Yo soy Thornton». En ese momento –estamos llegando a Puerta Cerrada–, alguien se detiene a saludarnos. Un lector. Solemos bromear sobre eso cuando vamos juntos, a ver a quién saludan más, a él o a mí, y llevamos la cuenta como si fueran tantos anotados. Dos a uno, dos a dos, tres a dos. Cuando es lector de ambos, nos anotamos medio punto cada uno. 

Unos pasos más allá, Javier se para un momento y se me queda mirando. 

–¿Te acuerdas de El pistolero? 

– Claro –respondo–. La de Henry King, con Gregory Peck. El viejo jinete al que todos los aspirantes a pistolero famoso quieren matar. 

Javier se echa a reír. 

–Tiene gracia. ¿Te das cuenta de que ahora nosotros somos como Jimmy Ringo, en esa película? ¿O como Wayne y Mitchum en El Dorado?… Viejos pistoleros con cierta reputación. Con las cachas del revólver llenas de muescas. 

–Y no pocos jóvenes, y no tan jóvenes, soñando con pegarnos un tiro para ocupar ese sitio. ¿Te refieres a eso? 

–Exacto… Cole Thornton y John Paul Herra, Wayne y Mitchum, caminando medio cojos, heridos y hechos polvo, cada uno con su muleta, por la calle principal de El Dorado. 

–Pues al final nos pegarán ese tiro. 

–No te quepa duda. Es la ley del Oeste. 

La idea nos hace gracia, y seguimos el paseo imitando la cojera y los andares de los dos viejos pistoleros. Luego debatimos sobre la chica adecuada, chica de salón, prostituta ocasional, maestra del pueblo: Helen Westcott, Charlene Holt. Al final nos decidimos por Angie Dickinson. Su último beso, en recuerdo de los otros, antes de ceñirte la pistolera y cruzar la calle en busca de la palabra Fin. 

–Angie, sin duda –insiste Javier. 

Llegamos así a la Plaza Mayor, donde nos sentamos en la terraza del bar Giralda. Está a punto de cerrar, pero los camareros, que son buenos y queridos amigos, dejan una mesa para nosotros. Javier enciende otro cigarrillo y mira la plaza. Por un rato permanecemos en silencio. Se está bien aquí, pienso, disfrutando de la noche igual que de la conversación, sentados uno junto al otro. Dos viejos pistoleros, tan diferentes y sin embargo cómplices. Leales y callados, con muchos atracos a bancos, desafíos de barra de bar y tiroteos en la memoria común. 

–Todavía sabemos disparar –comento. 

Asiente Javier, dándole otra chupada al cigarrillo. Miramos uno a cada lado de la plaza, como si cada cual se encargara de vigilar esa parte. 

–Reputación –dice Javier, como si eso lo resumiera todo. 

Entonces me echo a reír, mientras me pregunto cómo hacen los que no vieron cine ni leyeron libros para interpretar la vida. 

–Déjalos que vengan –digo despacio–. Déjalos que vengan. 

3 de julio de 2016

domingo, 26 de junio de 2016

Una historia de España (LXV)

A Alfonso XIII, con sus torpezas e indecisiones, sus idas y venidas con tuna y bandurria a la reja de los militares y otros notables borboneos, se le pueden aplicar los versos que el gran Zorrilla había puesto en boca de don Luis Mejías, referentes a Ana de Pantoja, cuando aquél reprocha a don Juan Tenorio: «Don Juan, yo la amaba, sí / mas con lo que habéis osado / imposible la hais dejado / para vos y para mí». En lo de la medicina autoritaria vía Primo de Rivera le había salido el tiro por la culata, y su poca simpatía por el sistema de partidos se le seguía notando demasiado. Enrocada en la alta burguesía y la Iglesia católica como últimas trincheras, la España monárquica empezaba a ser inviable. Aquello no tenía marcha atrás, y además la imagen del rey no era precisamente la que los tiempos reclamaban, porque el lado frívolo del fulano hacía a menudo clamar al cielo: mucha foto en Biarritz y San Sebastián, mucho hipódromo, mucho automóvil, mucho aristócrata chupóptero cerca y mucho millonetis más cerca todavía, con algún viaje publicitario a las Hurdes, eso sí, para repartir unos duros y hacerse fotos con los parias de la tierra. Todo eso (en un paisaje donde la pugna europea entre derechas e izquierdas, entre fuerzas conservadoras y fuerzas primero descontentas y ahora revolucionarias, tensaba las cuerdas hasta partirlas), era pasearse irresponsablemente por el borde del abismo. Para más complicación, la guerra de África y la dura campaña del Rif habían creado un nuevo tipo de militar español, tan heroico en el campo de batalla como peligroso en la retaguardia, nacionalista a ultranza, proclive a la camaradería con sus iguales, duro, agresivo y con fuerte moral de combate, hecho a la violencia y a no dar cuartel al adversario. Un tipo de militar que, como consecuencia de los disparates políticos que habían dado lugar a las tragedias de Marruecos, despreciaba profundamente el sistema parlamentario y conspiraba en juntas, casinos militares y salas de banderas, y luego en la calle, contra lo que no le gustaba. En su mayor parte, esos mílites eran nacionalistas y patriotas radicales, con la diferencia de que, sobre todo tras el fracaso de la dictadura de Primo de Rivera, unos se inclinaban por soluciones autoritarias conservadoras, y otros –éstos eran menos, aunque no pocos– por soluciones autoritarias desde la izquierda. Que ambas manos cuecen habas. En cualquier caso, unos y otros estaban convencidos de que la monarquía iba de cráneo y cuesta abajo; y así, el republicanismo (en contra de lo que piensan hoy muchos idiotas, siempre hubo republicanos de izquierdas y de derechas) se extendía por la rúa tanto como por los cuarteles. Por otra parte, los desafíos vasco y catalán, este último cada vez más inclinado al separatismo insurreccional, emputecían mucho el paisaje; y el oportunismo de numerosos políticos centralistas y periféricos, ávidos de pescar en río revuelto, complicaba toda solución razonable. Tampoco la Iglesia católica, con la que se tropezaba a cada paso en materia de educación escolar, emancipación de la mujer y reformas sociales –incluso el cine, los bailes y la falda corta le parecían pecaminosos–, facilitaba las cosas. Una monarquía constitucional y democrática se había vuelto imposible porque el rey mismo la había matado; y ahora, ido el dictador Primo de Rivera, Alfonso XIII recuperaba un cadáver político: el suyo. La prensa, el ateneo y la cátedra exigían un cambio serio y el fin del pasteleo. Hervían las universidades que daba gusto, los jóvenes obreros y estudiantes se afiliaban a sindicatos y organizaciones políticas y alzaban la voz, y las fuerzas más a la izquierda apuntaban a la república no ya como meta final, sino como sólo un paso más hacia el socialismo. Los partidarios del trono eran cada vez menos, e intelectuales como Ortega y Gasset, Unamuno o Marañón empezaron a dirigir fuego directo contra Alfonso XIII. Nadie se fiaba del rey. Los últimos tiempos de la monarquía fueron agónicos; ya no se pedían reformas, sino echar al monarca a la puta calle. Se organizó una conspiración militar republicana por todo lo alto, al viejo estilo del XIX; pero salió el cochino mal capado, porque antes de la fecha elegida para la sublevación, que incluía huelga general, dos capitanes exaltados, Galán y García Hernández, se adelantaron dando el cante en Jaca, por su cuenta. Fueron fusilados más pronto que deprisa –eso los convirtió en mártires populares– y el pronunciamiento se fue al carajo. Pero el pescado estaba vendido. Cuando en enero de 1931 se convocaron elecciones, todos sabían que éstas iban a ser un plebiscito sobre monarquía o república. Y que venían tiempos interesantes. 

[Continuará]

26 de junio de 2016

domingo, 19 de junio de 2016

El Cid era catalán

Como algunos de ustedes saben, me gusta mucho la Historia; sobre todo, porque sin ella es imposible considerar el presente. Sin Tácito, sin Pérez del Pulgar, sin Michelet, se haría muy cuesta arriba saber cómo diablos, para bien o para mal, el ser humano ha llegado hasta aquí. Diversión y amenidad aparte –elementos nada desdeñables–, la Historia proporciona claves para comprender y comprendernos. También, lucidez crítica y cierto analgésico consuelo. Una especie de resignación culta ante lo inexorable. Por eso en casi todas mis novelas, de forma explícita o implícita, late la Historia como enigma, como clave. Como elemento de fondo. 

Sin duda, desde el principio, la Historia ha sido manipulada por unos y otros. Nada escapa a eso. De ahí que sea importante no tragarse una fuente a palo seco, sino abrir el abanico, leer mucho, comparar y oponer autores diversos. Diferentes puntos de vista. Nada hay menos digno de confianza ni más peligroso que quien lee un solo libro. Leer muchos otorga lucidez crítica, fundamental a la hora de moverse por el impreciso paisaje de la memoria y de la vida. Ayuda a extraer lecciones, digerir contenidos, detectar manipuladores. Y también a detectar imbéciles. 

Hay en Cataluña un chiringuito subvencionado, Instituto Nova Historia, que, aunque no se adorna con los laureles del rigor, proporciona en cambio un material humorístico de primer orden. Que sus miembros carezcan de sentido del humor lo hace más divertido todavía. Ese Instituto celebró hace poco un congreso financiado por ERC, con objeto de demostrar científicamente que la nación catalana –de cuya existencia, por otra parte, no dudo– está detrás de cada una de las principales gestas y personajes de la Humanidad. Desde aquel congreso hasta hoy, animados por el éxito de público y crítica, esos historiadores se han crecido, recreándose en la suerte, y con admirable periodicidad nos aportan algún descubrimiento nuevo. Por ejemplo, según los investigadores del INH, el humanista Erasmo de Rotterdam y el navegante Magallanes eran catalanes hasta las cachas, pero los perversos historiadores españoles ocultaron su verdadera patria. En cuanto al Cantar del Cid y El lazarillo de Tormes, son anónimos porque sus autores, por miedo a la Inquisición y al Estado español, decidieron ocultar su identidad claramente catalana. Hasta la bandera norteamericana es de origen catalán, directamente inspirada –ojo al dato– no en la señera, sino en la estelada. Y lo que algunos indocumentados llamamos España no es sino una creación artificial, inexistente, aunque de génesis esencialmente catalaúnica. 

Concretando más: un tal Jordi Bilbeny, del INH ese, ha descubierto, él solo y a pulso, que Cristóbal Colón procedía, en realidad, de la familia barcelonesa Colom, y que el supuesto veneciano Marco Polo no era veneciano, sino un conocido explorador catalán que viajaba bajo seudónimo porque era tímido. También, para redondear la cosa, ha probado que los textos de Santa Teresa de Ávila, catalana de toda la vida, nacieron originalmente en lengua de allí, aunque luego fueron víctimas de una mala traducción al castellano. Por su parte, Lluis Batle, otro brillante colega del INH, acaba de demostrar con solvencia absoluta que el autor anónimo de La Celestina, aunque ocultó su nombre por razones de seguridad, era catalán sin lugar a dudas. Se le nota en el prólogo. Por su parte, Manel Capdevila, otro fino rastreador de fuentes históricas, sostiene que Leonardo da Vinci descendía de los monarcas catalanes del reino de Catalunya, falsamente llamado de Aragón en los documentos de la época. Y un figuras llamado Pep Mayolas –primer espada de la neohistoria– afirma sin despeinarse que el filósofo Erasmo de Rotterdam era en realidad hijo del catalán Cristófol Colom, descubridor de América. Zasca. Dirán ustedes que ya vale, que se hacen idea. Que les duelen los ijares de reírse. Pero la cosa no acaba ahí. Según los artistas del INH, Miguel de Cervantes se llamaba Miquel Servent y su Quijote lo escribió en catalán, perdiendo mucha calidad en la torpe traducción que se hizo al castellano. Por su parte, las cosas claras, el Gran Capitán no se llamaba Gonzalo Fernández de Córdoba, sino Ferrán Folch de Cardona. Y Ponce de León era de Gerona, cuidado. Tampoco la reconquista empezó en Asturias, sino en Cataluña, así que menos lobos. Y la guinda se la pone a todo el neohistorietas Lluís Mandado: la lista de los reyes godos es, en realidad, una lista de reyes catalanes. Y el Cid no era de Vivar, sino de Biure dEmpordà; su título, Cid, pertenecía a un linaje catalán y pasaba de padres a hijos. Con dos cojones. Como el traje del Hombre Enmascarado. 

19 de junio de 2016

domingo, 12 de junio de 2016

Una historia de España (LXIV)

Miguel Primo de Rivera, el espadón dictador, fue un hombre de buenas intenciones, métodos equivocados y mala suerte. Sobre todo, no era un político. Su programa se basaba en la ausencia de programa, excepto mantener el orden público, la monarquía y la unidad de España, que se estaba yendo al carajo por las presiones de los nacionalismos, sobre todo el catalán. Pero el dictador no carecía de sentido común. Su idea básica era crear ciudadanos españoles con sentido patriótico, educados en colegios eficaces y crear para ellos un país moderno, a tono con los tiempos. Y anduvo por ese camino, con razonable intención dentro de lo que cabe. Entre los tantos a su favor se cuentan la construcción y equipamiento de nuevas escuelas, el respeto a la huelga y los sindicatos libres, la jubilación pagada para cuatro millones de trabajadores, la jornada laboral de ocho horas –fuimos los primeros del mundo en adoptarla–, una sanidad nacional bastante potable, lazos estrechos con Hispanoamérica, las exposiciones internacionales de Barcelona y Sevilla, la concesión de monopolios como teléfonos y combustibles a empresas privadas (Telefónica, Campsa), y una inversión en obras públicas, sin precedentes en nuestra historia, que modernizó de forma espectacular reservas de agua, regadíos y redes de transporte. Pero no todo era Disneylandia. La otra cara de la moneda, la mala, residía en el fondo del asunto. De una parte, la Iglesia Católica seguía mojando en todas las salsas, y muchas reformas sociales, incluidas las inevitables del paso del tiempo –cines, bailes, falda corta, mujeres que ya no se resignaban al papel sumiso de esposa y madre–, tropezaban con los púlpitos y el confesonario, desde donde seguía dirigiéndose la vida de buena parte de los españoles. La educación escolar, sobre todo, era un hueso que la mandíbula eclesiástica no soltaba. Y hasta la blasfemia –tradicional desahogo, a falta de otros, de tantos sufridos compatriotas durante siglos– era sancionada y perseguida por la policía. Por otra parte, los tiempos políticos estaban revueltos en toda Europa, donde chocaban fuerzas conservadoras y nacionalistas contra izquierdas reformadoras o revolucionarias. El bolchevismo intentaba controlar desde Rusia el tinglado, el socialismo y el anarquismo peleaban por la revolución, y el fascismo, que acababa de aparecer en Italia, era todavía un experimento nuevo, cuyas siniestras consecuencias posteriores aún no eran previsibles, que gozaba de buena imagen en no pocos ambientes. Era tentador para algunos. De todo eso España no podía quedar al margen ni harta de sopas; y la Barcelona industrial, sobre todo, siguió siendo escenario de lucha entre patronos y sindicatos, pistolerismo y violencia. Al presidente Dato, al sindicalista Salvador Seguí y al cardenal Soldevilla, entre otros, les dieron matarile en atentados que conmovieron a la opinión pública. Por otra parte, fiel a su táctica de apretar cada vez que el Estado español flojea, el nacionalismo catalán jugaba fuerte para conseguir una autonomía propia (la primera pitada al himno nacional tuvo lugar en 1925 en el campo del FC Barcelona, con el resultado inmediato –eran tiempos de menos paños calientes que ahora– del cierre temporal del estadio). El ambiente catalaúnico estaba espeso: violencia pistolera y chulería nacionalista dificultaban los acuerdos, y la posibilidad de una salida razonable, sensata, se truncó sin remedio. Por otro lado, uno de los problemas graves era que todo llegaba a la opinión pública a través de una prensa poco libre e incluso amordazada, pues la represión de Primo de Rivera se centró especialmente en intelectuales y periodistas, entre los que se daba el principal elemento crítico contra la dictadura. El régimen no tenía base social y el Parlamento era un paripé. Había multas, arrestos y destierros. Primo de Rivera odiaba a los intelectuales y éstos lo despreciaban a muerte. Las universidades, los banquetes de homenaje, los actos culturales, se convertían en protestas contra el dictador. Blasco Ibáñez, Unamuno, Ortega y Gasset, entre muchos, tomaron partido contra él. Y Alfonso XIII,el rey frívolo y señorito que había alentado la solución autoritaria, empezó a distanciarse de su mílite favorito. Demasiado tarde. El vínculo era demasiado estrecho; ya no había marcha atrás ni forma de progresar por una vía liberal; así que para cuando el rey dejó caer a Primo de Rivera, la monarquía parlamentaria estaba fiambre total. Alfonso XIII tenía en contra a todas las voces autorizadas, que no hablaban ya de convencerlo de nada, sino de echarlo a la puta calle. Delenda est monarchia, dijo Ortega y Gasset. Y a eso se dedicó el personal, pensando en una república. La verdad es que el rey lo había puesto fácil. 

[Continuará] 

12 de junio de 2016

domingo, 5 de junio de 2016

Novelas que nunca escribí

Cuando vives lo suficiente y escribes lo suficiente, y pasan los años, hay un rincón del lugar de trabajo o de la biblioteca, un cajón, carpeta o archivador donde con el tiempo se van acumulando páginas escritas y nunca publicadas: novelas que empezaste y por diversas razones se quedaron a medio camino. Relatos que acabaron truncándose, historias inacabadas que a veces no pasaron de unas pocas páginas. Todos los novelistas veteranos, o muchos de ellos, tenemos ese cajón real o simbólico. Dentro del mío hay cuatro o cinco historias empezadas y nunca escritas del todo: amagos de novelas que cedieron paso a otras, integrándose a veces en ellas, y otras extinguiéndose para siempre. 

Hace pocos días anduve revolviendo ese cajón. Buscaba una idea que recordaba apuntada, insinuada hace años en uno de esos textos que nunca llegué a rematar ni publicar. Fue un ejercicio singular y más bien triste. Un sentimiento gris de pena y pérdida, como el que podría experimentarse al repasar los recuerdos de amores breves, incompletos y casi olvidados. Tristeza ante lo que pudo ser y no fue. Casi todos aquellos folios condenados al silencio, algunos amarillentos y fechados hace treinta años, estaban escritos a máquina, con correcciones manuscritas de una letra en la que a veces, incluso, me costaba reconocer la mía. 

Con esas páginas delante reflexioné sobre las causas que interrumpieron su escritura. Intenté recordar las circunstancias, los motivos. A veces fue simple prudencia: aquello no era bueno, estaba lejos de proporcionar esa grata sensación que tiene el novelista lúcido cuando avanza por el que considera buen camino. Otra fue el instinto; el «esto no va a funcionar» que cualquier escritor consciente tiene sentado en un hombro como el loro de un pirata. Como un Pepito Grillo convertido en asesor literario. En ocasiones, en mi caso y por la vida que llevé, la causa fue una nueva guerra, un viaje, una circunstancia imprevista o dramática que interrumpió el trabajo y modificó el punto de vista, el orden de prioridades bajo el que esa novela había empezado a escribirse. Y alguna vez ocurrió, simplemente, que la historia murió entre mis manos por causas naturales. A menudo, porque otra historia más poderosa, más potente, se cruzó en el camino. 

Resulta un ejercicio agridulce, curioso, ese mirar atrás con el cajón de novelista abierto. Enfrentarse a páginas escritas por el hombre que en otro tiempo fuiste, y hacerlo con la mirada que el tiempo ha ido cambiando en ti. Con tu experiencia literaria y de vida. Con la posibilidad, debido a todo eso, de leerte de un modo más penetrante o más objetivo. Como si lo que lees no fuera tuyo. A veces sólo son veinte o treinta folios; en algún caso, un centenar. Y mientras pasas las páginas, en ocasiones reconoces ideas, situaciones, personajes que usaste para otras historias. Que se aferraron a ti, pese a la novela frustrada, y permanecieron contigo hasta ver la luz en textos por completo diferentes. O no tan diferentes, cuando se trata de escritores fieles a un mundo original y propio. A un mismo territorio. 

Ha sido interesante, también, rastrear lo recuperado en novelas posteriores: esas cosas recicladas o utilizadas después, al fin, de forma más eficaz que en su frustrada o incompleta versión original. Incluso los títulos; porque hay dos, La piel del tambor y El pintor de batallas, que en principio encabezaban novelas distintas a las que acabaron siendo. Y otra de ellas, abandonada durante dos décadas, consistente en sólo quince folios mecanografiados, acabó siendo, hace ahora cuatro o cinco años, El tango de la Guardia Vieja. Demostrando así que el cajón de un novelista nunca es ataúd, sino depósito temporal donde algunas cosas mueren y otras regresan con el tiempo. Por eso nunca hay que tirar nada, por malo que parezca, sino guardarlo en el lugar adecuado y dejarlo reposar. Fermentar. Pues nunca se sabe. 

Aun así, es inevitable que el ejercicio acabe dejándote un poso de tristeza. Releyendo esas páginas recuerdas el impulso que te llevó a ellas, la documentación de los momentos iniciales, la ilusión de aquellos primeros y apasionados teclazos. La certeza, sin la cual no hay novelista que valga la pena, de que lo que empiezas va a ser lo mejor que hayas escrito nunca: la novela definitiva, perfecta. Y ahora, sabiendo que ninguna de ellas lo fue de verdad, acaricias las páginas que en su momento significaron lo más importante de tu vida, la concentración de tu talento, tu esfuerzo y tu trabajo, y las devuelves al cajón de los mundos olvidados con una intensa melancolía. 

5 de junio de 2016

domingo, 29 de mayo de 2016

Alto, rubio y tranquilo

He regresado a casa desde el tanatorio, después de abrazar a sus hijas, yendo a sentarme ante la tele. Y luego, tras poner en el video una vieja grabación, un deuvedé rotulado Sarajevo 93, he buscado la secuencia de diecisiete segundos en la que tres reporteros fatigados y mugrientos bajan de un coche blindado y, con ademanes de infinito cansancio, mirándose con ojos vacíos, se despojan de los chalecos antibalas, los cascos y el resto del equipo, mientras como sonido de fondo se escucha el rumor lejano, monótono, de la artillería serbia. La secuencia la grabó Paco Custodio, y dos de esos reporteros somos el cámara Miguel de la Fuente y yo. El tercero –alto, rubio, barbudo y elegante– es Fernando Múgica. 

Fernando era valiente y flemático. También era cinco años mayor que yo, y por eso siempre le envidié dos guerras para las que llegué tarde: la de los Seis Días y la de Vietnam. Nos conocimos en el Sáhara en 1975, y en las dos décadas siguientes nuestras vidas se cruzaron muchas veces en una extensa geografía de matanzas y catástrofes: amaneceres inciertos, suelos cubiertos de cristales rotos, carreteras con humo al fondo y por las que todos, menos nosotros, caminaban en dirección opuesta. No éramos realmente amigos –creo que nunca nos contamos una sola intimidad uno al otro– sino algo más fuerte que eso. Éramos compañeros de la tribu más peculiar y surrealista del periodismo de entonces: la de los enviados especiales a zonas de conflicto, cuando éramos cuatro gatos, aún no existían los teléfonos móviles y tenías que ligarte a la telefonista o sobornar al militar para poder transmitir la crónica. Acumulábamos encuentros en aeropuertos y hoteles bombardeados, noches al raso, sobresaltos, latas de conserva y tragos de alcohol. Era la nuestra una lealtad silenciosa, dura y definitiva. Tierna, también. La de quienes han estado allí y saben qué significa estar uno junto al otro. Pasarse un cigarrillo, un carrete de fotos, un sorbo de agua cuando todo escasea. Éramos hermanos de guerras y hermanos de sangre. 

Su inteligencia, su noble naturaleza, filtraban el cinismo natural de todo reportero veterano, transformándolo en un humor bondadoso, resignado y tranquilo. Jamás le oí una maldad ni observé en él un mal gesto. Paseaba sus ojos azules, su hidalga y navarra silueta, por las ciudades en ruinas y los campos de batalla, siempre con una cámara en las manos. «Soy mal fotógrafo -solía decir-. Me limito a enfocar el objetivo, y el resto lo ponen ellos. Es la ventaja que tienen las guerras». Sobre su sentido del humor, ése que le permitía seguir sereno en mitad del horror, hay innumerables anécdotas. Como aquella vez, en Beirut, cuando un tanque Merkava empezó a girar su torreta hacia nosotros, apuntándonos con el cañón, y Fernando dijo: «Perdonad que me ausente, pero voy a buscar un estanco. Me he quedado sin tabaco». Entre todos esos episodios, mi favorito es el de la noche en que, sabiendo que llegaba a Sarajevo, fuimos a buscarlo al aeropuerto. Y al regreso, por la interminable y peligrosa Sniper Alley, empezó un bombardeo de los grandes. Caía de todo mientras íbamos a 180, sin luces, iluminados por la luna y los fogonazos. Fernando permanecía callado, sin despegar los labios. Y cuando un cebollazo acertó en un coche abandonado, que estalló en llamas, sonó su voz, muy tranquila: «Esto lo habéis montado vosotros, ¿verdad? Para acojonarme». 

Se enfrentó al cáncer y lo soportó con entereza, como un reportaje difícil más. Sin miedo, sufriendo mucho pero sin perder la compostura. «Es como estar en Vietnam», llegó a decir. Cuando sus compañeros de El Mundo me dieron un premio, viajó con una hija hasta Barcelona, aunque estaba muy enfermo, para estar allí; y eso me dio ocasión de pedir un aplauso para él, que el público le dedicó con largo entusiasmo. «He sido razonablemente feliz», resumió en una de las entrevistas finales que le hicieron. Y ahora, enviada al fin la última crónica, su mochila descansa junto a las de los miembros de la tribu que se fueron antes: Manu, Julio, Miguel y los otros, en el vestíbulo de ese hotel hecho polvo, sin agua en las cañerías pero con el bar siempre abierto, donde viven las sombras entrañables de los viejos reporteros valientes. Hace pocos días, ya con el pie en la escalerilla del avión, Fernando dijo a una de sus hijas: «Cuando muera, Arturo escribirá un bonito artículo». Y, bueno. Aquí está el artículo, y espero que sea bonito, compañero. Hice lo que pude. Nos vemos en el Holiday Inn. 

29 de mayo de 2016 

domingo, 22 de mayo de 2016

Una historia de España (LXIII)

Después del desastre de Annual, que vistió a España de luto, la guerra de reconquista de Marruecos por parte de España fue larga y sangrienta de narices. En ella se empleó por primera vez un cuerpo militar recién creado, la Legión, más conocida por el Tercio, que fue punta de lanza de la ofensiva. A diferencia de los pobres soldaditos sin instrucción y mal mandados, que los moros rifeños habían estado escabechando hasta entonces, el Tercio era una fuerza profesional, de élite, compuesta tanto por españoles -delincuentes, ex presidiarios, lo mejor de cada casa- como por voluntarios extranjeros. Gente para echarle de comer aparte, de la que se olvidaba el pasado si aceptaban matar y morir como quien se fuma un pitillo. En resumen, una máquina de guerra moderna y temible. Así que imagínenla en acción -se pagaba a duro la cabeza de cada moro rebelde muerto-, pasando factura por las matanzas de Annual y Monte Arruit. Destacó entre los jefes de esa fuerza, por cierto, un comandante gallego, joven, bajito y con voz de flauta. Esa apariencia en realidad engañaba un huevo, porque el fulano era duro y cruel que te rilas, con muy mala leche, implacable con sus hombres y con el enemigo. También, las cosas como son -ahí están los periódicos de la época y los partes militares-, era frío y con fama de valiente en el campo de batalla, donde una vez hasta le pegaron los moros un tiro en la tripa, y poco a poco ganó prestigio militar en los sucesivos combates. Un prestigio que le iba a venir de perlas diez o quince años más tarde (como han adivinado ustedes, ese comandante del Tercio se llamaba Francisco Franco). El caso es que entre él y otros, palmo a palmo, al final con ayuda de los franceses, reconquistaron el territorio perdido en Marruecos, guerra que acabó en 1927, algo después del desembarco de Alhucemas (primer desembarco aeronaval de la historia mundial, diecinueve años antes del que realizarían las tropas aliadas en Normandía). Una guerra, en fin, que costó a España casi 27.000 muertos y heridos, así como otros tantos a Marruecos, y sobre la que pueden ustedes leer a gusto, si les apetece pasar páginas, en las novelas Imán, de Ramón J. Sender, y La forja de un rebelde, de Arturo Barea. El caso es que la tragedia moruna, con sus graves consecuencias sociales, fue uno de los factores que marcaron a los españoles y contribuyeron mucho a debilitar la monarquía, que para esas horas llevaba tiempo cometiendo graves errores políticos. Como la opinión pública pedía responsabilidades apuntando al propio Alfonso XIII, que había alentado personalmente la actuación del general Silvestre, muerto en el desastre de Annual, se creó una comisión para depurar la cosa. Pero antes de que las conclusiones se debatieran en las Cortes -fue el famoso Expediente Picasso- el general Miguel Primo de Rivera dio un golpe de Estado (septiembre de 1923) con el beneplácito del rey. Aquí conviene recordar que España se había mantenido neutral en la Primera Guerra Mundial, lo que permitió a las clases dirigentes forrarse de billetes el riñón haciendo negocios con los beligerantes; pero esos beneficios -minas asturianas, hierro vasco, textiles catalanes- seguían lejos del bolsillo de las clases desfavorecidas, que sólo estaban para dar sangre para la guerra de África y sudor para las fábricas y los terrones de unos campos secos y malditos de Dios. Pero los tiempos de la resignación habían pasado: las izquierdas españolas se organizaban, aunque cada una por su cuenta, como siempre. Pero no sólo aquí: Europa bullía con hervor de cambio y vapores de tormenta, y España no quedaba al margen. Crecía la protesta obrera, los sindicatos se hacían más fuertes, el pistolerismo anarquista y empresarial se enfrentaban a tiro limpio, y el nacionalismo catalán y vasco (inspirado éste ideológicamente en los escritos de un desequilibrado mental llamado Sabino Arana, que eran auténticos disparates religioso-racistas), aprovechaban para hacerse los oprimidos en plan España no nos quiere, España nos roba, etcétera, como cada vez que veían flaquear el Estado, y reclamar así más fueros y privilegios. O, dicho en corto, más impunidad y más dinero. La dictadura de Primo de Rivera intentó controlar todo eso, empezando por la liquidación de la guerra de Marruecos. La mayor parte de los historiadores coinciden en describir al fulano como un militar algo bruto, paternalista y con buena voluntad. Pero el tinglado le venía grande, y una dictadura tampoco era el método. Ni él ni Alfonso XIII estaban a la altura del desparrame mundial que suponían aquellos años 20. Eso iba a comprobarse muy pronto, con resultados terribles. 

[Continuará]. 

22 de mayo de 2016 

domingo, 15 de mayo de 2016

Chaves Nogales era un fascista

Acabo de leer un artículo publicado por un jovencísimo y presunto historiador, responsable de literatura de la Fundación de Investigaciones Marxistas y director de una Revista de Crítica Literaria Marxista —así se define él en su biografía— llamado David Becerra Mayor, con el humilde título Decálogo para escribir una novela sobre la Guerra Civil. Nada menos. Y como de vez en cuando escribo novelas, aunque todavía ninguna sobre ese asunto, y como resulta también que en otro tiempo estuve en media docena de guerras civiles en Europa, África y América, así como en doce o quince de las otras, y por tanto algo de ello recuerdo, y además la Guerra Civil española no me la contaron de segunda mano jovenzuelos presuntuosos, sino varios de sus protagonistas, el decálogo en cuestión me ha picado la curiosidad. A ver si aprendo algo, me he dicho. Por si un día me pongo yo a la faena, vaya. Y lo he leído. Y también he leído, porque Internet facilita esas cosas, declaraciones del autor sobre las novelas ya escritas sobre el particular. Declaraciones que pueden resumirse en que nadie, a juicio del tal Becerra —quizá porque hasta ahora no habían leído su decálogo—, ha escrito nunca una novela digna o satisfactoria sobre la Guerra Civil; porque de cuantos lo intentaron, entre ellos Javier Cercas, Muñoz Molina, Dulce Chacón y Almudena Grandes, ninguno fue capaz de llegar al grado de perfección ideológica marxista que Becerra considera condición indispensable para quien ose acometer tamaña empresa. 

Dicho en corto: David Becerra Mayor, que por las fotos dudo haya cumplido los cuarenta años, en un ejercicio de soberbia intelectual que David Becerra Mayor estremece no tanto por lo ingenuo como por lo siniestro, en vez de escribir él mismo una novela magistral que acabe quod erat demostrandum con las otras, se atreve a establecer un decálogo, unas reglas ideológicas que deberían ser cumplidas por cuanto escritor aborde el tema. Reglas que pueden resumirse en una: todo intento de novelar de modo ecuánime favorece a los malos. Hay que ir a ello con ganas de ajustar cuentas. Es necesario contar todo el tiempo que nuestra guerra civil no fue una carnicería fratricida de causas múltiples y complejas, sino el caprichoso alzamiento de cuatro militares, curas y banqueros armados por Hitler y Mussolini contra un pueblo español unido, noble y trabajador, que se opuso al fascismo como un solo hombre y una sola mujer. Un pueblo español que, por supuesto, jamás actuó movido por el odio y la venganza -como sí hizo el otro bando, que no era pueblo ni era nada-, sino por defender una idílica república que estaba a pique de convertirse, con un poquito más de paciencia y salivilla, en el paraíso del proletariado. Contar atrocidades del bando republicano es, por tanto, favorecer a los fascistas. Escribir, como hizo Chaves Nogales («Tanto o más miedo tenía a la barbarie de los moros, bandidos del Tercio y asesinos de Falange, que a la de los analfabetos anarquistas o comunistas»), que en todas partes hubo héroes y criminales, es hacer un favor a las clases que dominaron y dominan. Es tibieza y falta de compromiso literario. Traición, incluso. Por eso el tal Becerra se atreve hasta a decretar cómo concluir esas novelas; pues cualquier final feliz, dice, es un acto ideológico que favorece la memoria de los malvados. 

Resultaría consolador pensar que niños góticos posmodernos, fatuos con ansias de historiar como el arriba citado, se limitan a eso: a parir decálogos mediocres, disparates sectarios de los que uno puede reírse con cuatro teclazos. Pero hay algo más, que no da risa. Hay algo en sujetos como él de inquietante, de maligno, que trasciende la anécdota estúpida. Leyéndolo -sobre todo la lista de novelistas que desgrana, marcándolos con salivazos de rencor- es imposible no recordar, para los que sí sabemos, sí hemos leído y sí hemos vivido, a todos aquellos presuntos intelectuales que en ambos bandos, con camisa azul o con mono de miliciano, pero todos con pistola al cinto, paseaban por los cafés de retaguardia con listas de nombres en el bolsillo, cebando con su rencor y su vileza paredones, cunetas y fosas comunes: tumbas de la infamia que el bando vencedor desenterró en la posguerra y los hijos y nietos de los vencidos intentan, legítimamente, desenterrar ahora. Tumbas, unas y otras, cuya mención debería servir para no repetir errores y tragedias; no para que pseudohistoriadores irresponsables pretendan reescribir a su torcida manera, para las generaciones jóvenes, la historia de unos años trágicos que ni vivieron ni comprenden, y que lo hagan cegados por las orejeras de la estupidez y el imbécil fanatismo. 

15 de mayo de 2016

domingo, 8 de mayo de 2016

Los grandes expresos europeos

Muchos de ustedes los conocieron: Compañía internacional de coches cama y grandes expresos europeos, estaba rotulado sobre las ventanillas. Hasta el nombre evocaba glamour y aventura. Uno se acostaba en Madrid y se despertaba en París o en Lisboa. También podía disfrutar de una buena cena en el vagón restaurante cuando por el pasillo un empleado agitaba la campanilla anunciando «Primer turno… Segundo turno» como Louis de Funès en la película Fantomas. Llegabas descansado, duchado y desayunado. Era una forma cómoda y agradable de viajar. Un servicio que, con las limitaciones propias de los tiempos, se mantuvo operativo hasta no hace mucho. Lo caro del asunto quedaba compensado al ahorrarte dos noches de hotel por viaje; así que frente a las incertidumbres y humillaciones de los aeropuertos, el coche cama o el más económico vagón de literas ofrecían una alternativa estupenda. Nunca fui a París de otro modo mientras los trenes nocturnos de Renfe funcionaron. Me gustaba ir en ellos. Por desgracia, esa compañía que antes llamaba pasajeros a los viajeros y ahora los insulta llamándolos clientes suprimió el de París, condenándonos al avión. Pero mantuvo el de Lisboa. Y en él viajé el otro día. Para mi desdicha. 

Eran los mismos vagones de la última vez, hace cinco o seis años. Pero con el deterioro, no reparado por nadie, de todo ese tiempo. Una especie de caspa ferroviaria. Subí al vagón con desasosiego al comprobar el escaso mantenimiento general. No había ningún empleado en el andén, así que busqué mi departamento y me metí en él. Al rato apareció un señor portugués bajito y se quedó parado en la puerta, mirándome con cara de preguntarse qué haría allí aquel pringado. Me pidió el billete de ida –rompió el de vuelta al cortarlo con mucha torpeza– y le di una propina generosa, natural para alguien que supones, según las viejas tradiciones de los coches cama, que va a ocuparse de tu bienestar durante toda la noche. Y confieso que su expresión de indiferencia al guardarse el billete me alarmó. Va a dar igual que me des propina o no, decía aquel careto. Para lo que hay. 

De lo que había -especialmente de lo que no había- me iba a enterar pronto. De momento observé que el cuarto de baño no ofrecía más que una toalla cutre, una botellita de agua con un vaso de plástico rajado y un neceser elemental, querido Watson. Luego, al poner un libro en un soporte de plástico, el soporte se partió con toda la naturalidad del mundo, llenándome la moqueta –que era raída y algo mugrienta– de incómodas esquirlas. Decidí consolarme en el vagón restaurante con una cena razonable, así que salí al pasillo y busqué el vagón, sin encontrarlo. Pero di con el bar. Allí estaba el empleado bajito de antes, transformado en camarero. Seguía teniendo una gracia como para bailar sevillanas. Por suerte había otro camarero portugués alto, más simpático, que a mis preguntas respondió que ya no había vagón restaurante, y que para comer algo estaba aquel bar. Y qué tiene el bar, pregunté; a lo que respondió señalando melancólico un rincón donde había exactamente un minibotellín de vodka, otro de whisky y otro de anís del Mono, dos kit-kat, galletitas saladas y dos donut. Entonces, de vinos ni le pregunto, dije. Hace bien, respondió el camarero, porque sólo tengo una botella de vino blanco. Pero puedo ofrecerle un filete a la plancha. Me lo puso, y tras varios asaltos dejé el vino intacto, el filete a la mitad y el cuchillo doblado encima. 

De regreso a mi departamento vi que una puerta estaba abierta, como en las películas de espías. Iba y venía con el traqueteo del tren. Es justo lo que faltaba, pensé, para que todo sea igual que aquellos trenes cutres de los años cincuenta en los países del Telón de Acero. Por supuesto, no había ningún empleado a la vista. Cerré la puerta preguntándome si alguien se habría caído por ella, y me fui a dormir. En peores trenes viajaste, me dije. Tómalo con calma. Por la mañana, a una hora de Lisboa, me puse bajo la ducha, abrí el grifo y no salió más que un débil chorrillo de agua fría, luego un gorgoteo agónico y por fin, nada. Silencio administrativo. Ingenuamente había empezado a enjabonarme, así que me enjuagué al estilo Sarajevo, con la botellita de agua y otra que, previsor, había comprado en la estación. Después de vestirme reincidí en lo del bar. Los tres minibotellines y los donut habían desaparecido. Pedí un café con leche y el kit-kat que quedaba. Ya sólo falta que me canten un fado, pensé. Los camareros. Que no se me olvide darle las gracias a Renfe por esta noche deliciosa. 

Y aquí me tienen, oigan. Dándoselas.

8 de mayo de 2016

domingo, 1 de mayo de 2016

Una historia de España (LXII)

Ahora hay que hablar de Marruecos, que ya va siendo hora; porque si algo pesó en la política y la sociedad españolas de principios del siglo XX fue la cuestión marroquí. La guerra de África, como se la iba llamando. El Magreb era nuestra vecindad natural, y los conflictos eran viejos, con raíces en la Reconquista, la piratería berberisca, las expediciones militares españolas y las plazas de soberanía situadas en la zona. Ya en 1859 había habido una guerra seria con 4.000 muertos españoles, el general Prim y sus voluntarios catalanes y vascos, y las victorias de Castillejos, Tetuán y Wad Ras. Pero los moros, sobre todo los del Rif marroquí, que eran chulos y tenían de sobra lo que hay que tener, no se dejaban trajinar por las buenas, y en 1893 se lió otro pifostio en torno a Melilla que nos costó una pila de muertos, entre ellos el general Margallo, que cascó en combate –en aquel tiempo, los generales todavía cascaban en combate–. Nueve años después, por el tratado de Fez, Francia y España se repartieron Marruecos por la cara. La cosa era que, como en Europa todo hijo de vecino andaba haciéndose un imperio colonial, España, empeñada en que la respetaran un poquito después del 98, no quería ser menos. Así que Marruecos era la única ocasión para quitarse la espina: por una parte se mantenía ocupados a los militares, que podían ponerse medallas y hacer olvidar las humillaciones y desprestigio de la pérdida de Cuba y Filipinas; por otra, participábamos junto a Inglaterra y Francia en el control del estrecho de Gibraltar; y en tercer lugar se reforzaban los negocios del rey Alfonso XIII y la oligarquía financiera con la explotación de las minas de hierro y plomo marroquí. En cuanto a la morisma de allí, pues bueno. Arumi issén, o sea. El cristiano sabe más. No se les suponía mucha energía frente a un ejército español que, aunque anticuado y corrupto hasta los galones, seguía siendo máquina militar más o menos potente, a la europea, aunque ocupáramos ahí el humillante furgón de cola. Pero salió el gorrino mal capado, porque el Rif, con gente belicosa y flamenca, cultura y lengua propias, se pasaba por el forro los pactos del sultán de Marruecos con España. Vete a mamarla a Fez, decían. En moro. Y una sucesión de levantamientos de las cabilas locales convirtió la ocupación española en una pesadilla. Primero, en 1909, fue el desastre del Barranco del Lobo, donde la estupidez política y la incompetencia militar costaron dos centenares de soldaditos muertos y medio millar de heridos. Y doce años más tarde vinieron el desastre de Annual y la llamada guerra del Rif, primero contra el cabecilla El Raisuni (al que Sean Connery encarnó muy peliculeramente en El viento y el león) y luego contra el duro de pelar Abd el Krim. Lo del Barranco del Lobo y Annual iba a resultar decisivo en la opinión pública, creando una gran desconfianza hacia los militares y un descontento nacional enorme, sobre todo entre las clases desfavorecidas que pagaban el pato. Mientras los hijos de los ricos, que antes soltaban pasta para que fuera un pobre en su lugar, pagaban ahora para quedarse en destinos seguros en la Península, al matadero iban los pobres. Y sucedía que el infeliz campesino que había dado un hijo para Cuba y otro para Marruecos, aún veía su humilde casa -cuando era suya- embargada por los terratenientes y los caciques del pueblo. Así que imaginen el ambiente. Sobre todo después de lo de Annual, que fue el colmo del disparate militar, la cobardía y la incompetencia. Sublevadas en 1921 las cabilas rifeñas, cayeron sobre los puestos españoles de Igueriben, primero, y Annual, después. Allí se dio la imprudente orden de sálvese quien pueda, y 13.000 soldados aterrorizados, sin disciplina ni preparación, sin provisiones, agua ni ayuda de ninguna clase –excepto las heroicas cargas del regimiento de caballería Alcántara, que se sacrificó para proteger la retirada–, huyeron en columna hacia Melilla, siendo masacrados por sólo 3.000 rifeños que los persiguieron ensañándose con ellos. La matanza fue espantosa. El general Silvestre, responsable del escabeche, se pegó un tiro en plena retirada, no sin antes poner a su hijo, oficial, a salvo en un automóvil. Así que lo dejó fácil: el rey que antes lo aplaudía, el gobierno y la opinión pública le echaron las culpas a él, y aquí no ha pasado nada. Dijeron. Pero sí había pasado, y mucho: miles de viudas y huérfanos reclamaban justicia. Además, esa guerra de África iba a ser larga y sangrienta, de tres años de duración, con consecuencias políticas y sociales que serían decisivas. Así que no se pierdan el próximo capítulo. 

[Continuará].