domingo, 25 de abril de 1993

Héroes cansados


Lo encontré por primera vez cuando era joven e impulsivo, inexperto provinciano montado en su jaco amarillo para rechifla de los paisanos y de los agentes del cardenal Richelieu. Y cuatrocientos veinticinco capítulos después de que entablásemos conocimiento en Meunp sur Loire aquel primer lunes de abril de 1626, cincuentón y resabiado, curtido en mil peripecias, cuando por fin estaba a punto de con seguir el bastón de mariscal frente a las murallas y trincheras de Maastricht, me lo mató una bala holandesa. De estar vivo para comentar el suceso, Athos nos habría mirado con aquellos ojos serenos donde al emborracharse aparecía la imagen de Milady, diciendo que era una más de las jugarretas del destino. Porthos habría soltado una risotada jovial, quitándole importancia a ese incidente de morirse. En cuanto a Aramis, el único que no murió jamás, habría asentido en silencio desde la penumbra, como si todo estuviese escrito de antemano en un libro secreto que él tuviera en su poder.

Hay libros tan íntimamente ligados a viejas imágenes, olores, sensaciones, que resulta imposible abrirlos de nuevo sin que, de golpe, revivas todo ese fragmento de pasado que antaño rodeó su lectura. Si el solar de un hombre lo constituyen, sobre todo, su memoria y sus recuerdos de infancia, ciertos libros, los que más huella dejaron, terminan adoptando ellos mismos, con el paso del tiempo, el carácter de bandera o de patria. Esto ocurre a menudo con algunas páginas leídas en años fértiles, cuando la poderosa imaginación de un niño o un muchacho aún mantiene, por fortuna, difusas las fronteras entre realidad y ficción que después, tan cruelmente, delimitarán el mundo de los adultos razonables.

Son tres los libros que, por diversas razones y circunstancias, más veces he releído en mi vida: La Cartuja de Parma, La montaña mágica y el ciclo completo de las andanzas de d'Artagnan y sus amigos, que incluye Los tres mosqueteros, primera parte y la más conocida, que antecede a Veinte años después y a El vizconde de Bragelonne. De todos ellos, la más temprana pasión corresponde a la trilogía escrita por Dumas. Una fascinación surgida en un jovencísimo lector de nueve años al descubrir cuatro antiguos volúmenes encuadernados en piel en la biblioteca de su abuelo, y que se fraguó en días de lluvia y gripe en la cama devorando páginas, o largas tardes de verano a la orilla del mar.

Novela folletinesca, sin duda. Caudal de peripecias con todos los pecados propios en las obras de su clase. Pero también folletín ilustre, muy superior a los niveles comunes del género, que permanece fresco y vivo, que dispara ecos, resortes íntimos en la imaginación y los sentimientos de quien se enfrenta a sus páginas, sumiéndolo en una aventura apasionante para hacerlo correr galopando sin aliento de la ruta de Calais a Belle Isle, batirse en las posadas o en los caminos, esquivar el veneno y el puñal en los corredores del Louvre, amando, matando y muriendo en una aventura que en realidad no es sino la aventura que late en cualquier corazón humano: voluntad ardiente, melancolía, amistad, elegancia sutil y galante, valentía, lealtad y ese tono de escéptica sabiduría, de ligero pesimismo que impregna el relato, lucidez ante la condición humana con lo que ésta tiene de abyecto y entrañable.

Sobre todo, los héroes de Dumas están vivos: tienen carne y sangre. D'Artagnan y sus compañeros son seres humanos sujetos a pasiones y recuerdos. Hombres que aman y odian, que se quieren y son leales a pesar de las contradicciones y de las piruetas que, con el paso de los años, la vida impone. Puestos a extremar con ellos el rigor, Athos puede resultar un fatuo trasnochado y borracho que se aferra a su honor como único recurso para no volarse la tapa de los sesos; Porthos, un gigante irresponsable y fanfarrón; Aramis, un mujeriego intrigante e hipócrita. En cuanto a d'Artagnan, no saldría mejor librado. Su fama de espadachín es discutible, pues en Los tres mosqueteros sólo asistimos personalmente a cuatro de sus duelos y en algunos vence aprovechando que Jussac, por ejemplo, se está levantando, o que el adversario, ciego en el ataque, se ensarta solo en su espada. En el desafío con los ingleses únicamente desarma al barón, que al retroceder resbala y cae. En cuanto a su ética, al duque de Wardes le roba un salvoconducto con malas artes y recurre a una baja maniobra para acostarse con su amante. Por cierto, en cuanto a amantes sólo conquista cuatro: Milady - con subterfugios -, una criada de la que se aprovecha, la pequeña burguesa Bonancieux y la fondista Magdalena que lo mantiene veinte años después. Y no hablemos de dinero: la primera ronda general que vemos pagar a d'Artagnan es después de capturar al general Monk, cuando hace tres décadas que lo conocemos sin verle soltar un duro. Quizá ahí está la clave: en la abrumadora humanidad de los cuatro héroes de Dumas. En Veinte años después militan en bandos opuestos, desconfían unos de otros, se engañan y acuden armados a la cita de la Plaza Real en el capítulo XXXI, donde discuten y sacan las espadas. Después, d'Artagnan se lleva al buen Porthos a Inglaterra con engaños y ambos ayudan a Cromwell mientras sus amigos defienden a Carlos I. Todavía en Inglaterra, el gascón se negará a estrechar la mano de Athos, cuyo anticuado sentido del honor los ha puesto en peligro. Sin embargo, la amistad inquebrantable que se profesan los mantiene unidos, aunque vuelvan a enfrentarse en El vizconde de Bragelonne por el asunto Fouquet y la Máscara de Hierro, mintiéndose y adorándose al mismo tiempo unos a otros, dispuestos a batirse contra el mundo si es necesario, jugándose a cara o cruz, por lealtad al pasado, a los peligros que compartieron y a su vieja amistad, posición, dinero, honor y vida. Ejemplo admirable de valor, fidelidad y constancia. En un mundo hostil de adversarios, cortesanos y enemigos poderosos, de reyes ingratos y maniobras políticas, en el torbellino de las sucesivas intrigas en que participan, los cuatro antiguos mosqueteros jamás perderán de vista un límite ético, un vínculo moral indisoluble que justifica cualquiera de sus actos y mantiene a salvo su honor y dignidad.

Y de ese modo, durante 2.200 páginas y cuarenta años de sus vidas extraordinarias, los acompañamos hasta el ocaso. Cumpliendo la ley de la vida se van acercando a él cansados, con el alma llena de ingratitudes y desengaños, pero también de los buenos momentos vividos juntos, del heroísmo compartido, de la amistad que sobrevivió a todo lo demás como un hilo de acero constante bajo la trama. Sobre sus viejos corazones fíeles va cayendo el telón con un tono de melancolía resignada y valerosa. Los cuatro hombres que hicieron temblar a reyes y cardenales aceptan resignadamente su destino y se extinguen con el relato. Los héroes están cansados; sus sombras se apagan con los rescoldos de su época mientras recuerdan con nostalgia a los viejos enemigos, que el tiempo vuelve tan entrañables como los viejos amigos. Desaparecidos unos y otros porque ya no quedan hombres de su temple, de su clase, el mundo en que vivieron y lucharon agoniza con ellos. El buen Porthos, el gigante generoso, es el primero en irse. «Es demasiado peso», dice antes de sucumbir en la gruta de Locmaría, rodeado de cadáveres de adversarios que, fiel a sí mismo, se lleva por delante. Le seguirá Athos, mirando con serenidad al ángel de la muerte cara a cara, digno y honrado como vivió siempre. Y después, mientras Aramis se sume en las sombras convertido en general de los jesuitas, d'Artagnan morirá de pie como los viejos soldados valientes, con sangre en el pecho y el nombre de sus amigos en los labios, rozando con la punta de los dedos el rostro, que siempre le fue esquivo, de la gloria.

Esas líneas las habré leído ocho o nueve veces en mi vida, y siempre llego a ellas con una sospechosa humedad en los ojos. Y cuando cierro el último tomo no puedo evitar hacerlo despacio, como quien corre la lápida de una tumba, con la misma melancolía que rodea los últimos momentos de mis mosqueteros perdidos. Al fin y al cabo, con ellos muere también cada vez lo mejor, lo más noble y generoso que existe en la condición humana. Pero también queda el consuelo de saber que Athos, Porthos, Aramis y d'Artagnan no se han ido para siempre. Dentro de dos, cuatro o cinco años, un día abriré el primer volumen por la primera página, y todo empezará otra vez desde el principio. Una mujer rubia y enigmática en una carroza. Un hombre con una cicatriz. Y un joven gascón de dieciocho años sobre un jamelgo amarillo, el primer lunes de abril de 1626. Y yo cabalgaré con él, de nuevo joven y valeroso, en busca de aventuras y peligros. Al encuentro de los mejores amigos que tuve jamás.

25 de abril de 1993

domingo, 31 de enero de 1993

Sombras de ayer


La imagen es viejo celuloide en blanco y negro, con ese grano grueso y el movimiento demasiado rápido de las imágenes rancias. La magia de Einsenstein fijó para siempre, indeleble, la reconstrucción de aquel amanecer: octubre de 1917. Por la pantalla del televisor desfilan fusiles, bayonetas, rostros tensos; marineros y soldados barbudos, feroces e ingenuos a un tiempo, dispuestos a cambiar sus vidas y cambiar la Historia. Hay disparos, humo, carreras, hombres que gritan silenciosamente con la boca abierta y desgarrada, sablazos, banderas que flamean frenéticas, abrazos de camaradas, pobieda Tovarich, de enemigos que dejan de serlo, y también saña de adversarios que se matan a bocajarro, irreductibles hasta el final.

Oprimo el pulsador del video y la imagen se congela en la pantalla. Un campesino ruso, un mújic con gorro de lana y un capote militar hecho harapos, es alcanzado por disparo de las tropas leales a Kerenski. Cae sin soltar su fusil, y en el suelo, con las últimas fuerzas, aún se vuelve hacia la cámara para gritar algo que el cine mudo no llega a recoger. Grito crispado y final, cuya interpretación queda a cargo de cada uno. Quizá dice "adelante, camaradas", o "todo el poder para los soviets", que seguramente era el texto ajustado al guión.

Aunque, puestos a establecer libres interpretaciones, se puede creer que el ruso moribundo grita lo que le da la gana. "Ivanka, Ivanka", por ejemplo, llamando a su mujer o a su hija, que arrancan patatas de un suelo helado esperando su regreso lejos de allí, en una miserable isba de adobe. O quizá el agonizante mújic se encara con Einsenstein y con la Posteridad para espetarles un sonoro insulto en buen ruso popular. Algo del tipo: "Para qué todo esto", o quizá: "Podéis iros todos al diablo."

La Historia de la Unión Soviética abarca 74 años en el calendario. Como el resto de los acontecimientos que la precedieron, y como todos los que vendrán después, ocupa ahora su lugar exacto; una pequeña parte en el discurrir general del mundo, del tiempo y de la vida. Y como todas y cada una de las aventuras emprendidas por el ser humano, se resume en un inmenso cementerio; un largo camino lleno de vueltas y revueltas, subidas y bajadas, donde los hombres van dejando tras de sí una interminable sucesión de fantasmas. A fin de cuentas, la Historia con mayúscula no es sino la suma de las historias, con minúscula, de todos los hombres y mujeres cuyas tumbas jalonan los años y los siglos. Bajo ese bosque de estelas y cruces duermen el heroísmo, el amor, la esperanza, la generosidad, la abnegación y todas aquellas incorpóreas materias de las que están hechos los sueños.

Acerquémonos un instante, el, oído atento, a ese bosque de túmulos; recorramos ese camino singular que se pierde en la distancia. Entre sus brumas, como Eneas ante los guerreros troyanos que vagan impasibles por las orillas del infierno, veremos pasar a legiones de espectros. El mújic que mira desde hace tres cuartos de siglo a la cámara de Einsenstein pasa ante nosotros con el mismo grito, idéntico gesto impreso para siempre en el rostro. ¿De qué sirvió? preguntan quizá sus ojos desorbitados por el combate y la pólvora, las últimas sensaciones del mundo de los vivos que arrastró consigo antes de hundirse en la nada.

Sigamos atentos. Pasan ahora los espectros de los marinos de Kronstadt, ceñudos y hoscos. Los hombres que se sublevaron para correr a sus casas y estar allí cuando se repartieran las tierras del zar y de los señores. Pasan arrastrando las esperanzas muertas igual que arrastran sus harapos y sus heridas, precediendo a los camaradas de las flotas del Báltico y del Mar Negro, a los hermanos del Potemkin, a los civiles muertos en la escalera de Odesa, en los muelles del Neva, en los puentes de San Petersburgo. A los revolucionarios asesinados por la policía secreta del zar, la Ochrana, en las cárceles y en el extranjero. Hay un rumor que surge de la fila interminable, muy parecido a una canción en voz baja, casi entre dientes, acompasada con el arrastrar de los pies -envueltos en trapos, botas descosidas, jirones de tela y piel- sobre el suelo frío y duro del camino.

Escuchamos después un sonido sordo, apagado. El ruido de cascos de caballos que se acercan entre la niebla. Se perfilan ahora, en el gris sucio del atardecer interminable, las siluetas de los jinetes de Budienny, de la caballería roja, la de las cargas heroicas y la leyenda. Pero no cabalgan solos. Tras ellos, sobre las osamentas de sus corceles, pasan ahora los fantasmas sombríos de los cosacos y los jinetes de los ejércitos zaristas de Wrangel, la infantería que trazó con sangre la última retirada en Crimea, el barón Ungern y sus últimos soldados blancos de Manchuria. El zar Nicolás, a pie desde Ekaterinburgo, lleva en brazos el cuerpo inerte del zarevich Alexis; lo siguen silenciosas la zarina Alejandra, Olga, Tatiana, Marina y Anastasia. Los acompañan sus verdugos y la multitud interminable de hombres, mujeres y niños que murieron de hambre y frío aquel invierno de 1918 y los muchos inviernos que siguieron, tan parecidos a los muchos inviernos que vendrán.

Silencio ahora; llegan nuevos espectros. Son los contrarrevolucionarios fusilados, torturados, deportados a Siberia o extinguidos en las cárceles soviéticas, en nombre de la construcción de la fraternidad humana, de la guerra sin piedad en la que es necesario aniquilar al hombre para liberar al hombre. Fantasmas pálidos y callados, padres e hijos de la revolución devorados por ella. Los purgados por Stalin, el tiro en la nuca y el gulag. Los del exilio, perseguidos y muertos uno tras otro. Trostky se perfila en la bruma; camina grave, inclinada la cabeza, escuchando a Ramón Mercader que expone sus razones. Y John Reed se detiene a encender un cigarrillo recostado en la muralla del Kremlin mientras se pregunta si, realmente, aquellos diez días estremecieron al mundo.

Pasan así unos y otros, y entre ellos siempre hay mujeres que buscan a sus maridos e hijos entre los muertos o los prisioneros, chiquillos que lloran asustados, ancianos que se sientan, exhaustos, a un lado del camino; carniceros que les acercan el cañón de una pistola a la sien. Fijaos también en esos niños de cráneo rapado, ojos grandes y tristes, que llevan colgadas al cuello sus fichas policiales: hijos de contrarrevolucionarios ejecutados, sometidos en sus orfanatos a vigilancia y reeducación especial. Les dan la mano los soldados muertos en la Gran Guerra Patria, los héroes de Smolensko, los defensores de Stalingrado, los partisanos ejecutados por los nazis, los soldados rudos e ingenuos que condujeron tanques en Berlín, Budapest, Praga; que fueron descuartizados vivos al caer, prisioneros en las montañas de Afganistán. Vedlos a todos en el mismo camino por el que pasan ahora otros hombres y mujeres amordazados, con la carne desgarrada por las alambradas y las torturas en los sótanos de la Lubianka. Los disidentes, los Sajarovs conocidos y los otros miles sin nombre ni rostro; aquellos de quienes nunca se ocuparon los medios de comunicación occidentales, sepultados en vida en los campos de concentración siberianos, en los manicomios de interna-miento forzoso. Y el rumor que dejan tras de sí es el de las voces sometidas al silencio, los canciones nunca cantadas, las palabras que no pronunciaron jamás.

En ese camino, poblado de siluetas que se dan la mano con otros millones de sombras errantes en el tiempo y la memoria, quedan tras el eco de sus pasos muchas cuestiones sin respuesta. Los rostros graves que forman esa columna, larga de setenta y cuatro años, parecen preguntarnos para qué sirvió todo aquello. Dónde fue a parar el fruto, si es que lo hubo, de tanto sufrimiento, tanto heroísmo, tanto sacrificio. Para qué los muertos, los huérfanos, los cementerios. Y en qué oscura tumba se pudren todos ellos mientras sobre sus huesos, como siempre al cumplirse el plazo que establece la miserable condición humana, chalanean los mercaderes, los tiburones de río revuelto, los oportunistas del estraperlo y la política, los que viven de apropiarse causas ajenas, fabrican himnos, banderas y arengas, y a su conveniencia levantan o destruyen monumentos a la memoria de las pobres sombras que pueblan los desvanes de la Historia.

Y, sin embargo, algo queda de todos ellos. En la senda perdida por la que se alejan, entre la bruma que cubre el paso y las huellas de los rezagados, de tantas víctimas y héroes que jamás pretendieron ser lo uno ni lo otro y, a menudo, fueron ambas cosas a la vez, vibra en el aire como una nota, un eco peculiar, un sentimiento. Junto a lo peor que es capaz de ejecutar el hombre, queda también lo mejor que éste puede dar de sí: la emoción de la esperanza, la abnegación, el ansia de libertad, la solidaridad ingenua y magnífica que late en el corazón humano. No el triunfo que no existió, que nunca existe; sino el espíritu de rebelión y de lucha, la suma de las conciencias y los corajes individuales. Quizá todo no fue más que un inmenso error, una de esas trágicas piruetas que, de vez en cuando, nos depara la cruel rutina de los siglos. Pero no hubo error ninguno en el valor oscuro, enternecedor y anónimo, de quienes en manos de unos o de otros, pero empujados por la fe de un sueño, apretaron los dientes y se pusieron de pie, en su fugaz instante de gloria, para dejarse matar y padecer por la libertad del hombre. De ese hombre al que creyeron necesario salvar, no en el cielo sino aquí: en la tierra.

Mienten como bellacos quienes afirman que tanto sacrificio fue inútil: que todo se derrumbó con las estatuas y los símbolos. Entre sus pedazos permanece intacto lo que de verdad sobrevive a cada revolución, a cada sueño condenado al fracaso. Aunque sobre los tronos demolidos con sangre honrada se alcen, tarde o temprano, nuevos canallas y nuevos tiranos, siempre quedará aquello de lo que es capaz el corazón del hombre cuando se rebela y lucha. Y en la huella de todos esos pobres fantasmas olvidados resonará, eternamente, el aldabonazo terrible que dieron en la puerta cerrada de la Historia. En Rusia nunca habrá otro zar; y quien pretenda dormir en su cama velará con miedo. Tal vez eso decía el grito silencioso del mújic agonizante, aquel 17 de octubre en la ciudad que hoy se llama, de nuevo, San Petersburgo.

31 de enero de 1993

lunes, 30 de noviembre de 1992

Elegantes criminales


En otro tiempo fueron tipos interesantes, envidiados. Incluso imitados a menudo en modales y aplomo. Sus aventuras por entregas multiplicaban las tiradas, enriquecían a los editores, fascinaban al público ávido de mociones. Eran criminales con cierta elegancia. Había estilo, incluso grandeza en su forma de infringir la ley.

Ahora ya no son lo que fueron, ni mucho menos; pero aún es posible tropezar con ellos, a veces. Están ahí, silenciosos y como dormidos, en estantes a menudo cubiertos de polvo, o en los tenderetes de las ferias del libro viejo, en montones de hojas sueltas, con bordes manoseados y las ilustraciones de portada desvaídas por el sol, el roce de las manos o el tiempo. Algunos, muy pocos, más afortunados, gozan de tapas en condiciones: tela o papel De vez en cuando un privilegiado, a modo de joya especial, aparece impecable con su encuadernación de lujo. El caso es que las ediciones son muy antiguas, con cincuenta años o más, y sólo de vez en cuando – un saldo, una tirada pequeña e inadvertida – aparece uno de esos títulos casi con timidez, revuelto en la variopinta resaca que el tiempo y la vida arrojan periódicamente a las playas de las librerías de viejo: La aguja hueca, Hazañas de Rocambole, Juve contra Fantomas, Los tres crímenes de Arsenio Lupin... Intrépidos, desaprensivos y entrañables ladrones de guante blanco.

Hace unas semanas, husmeando con trazas de cazador – dedos manchados de polvo, paciencia y buena o mala suerte – entre las casetas de libros viejos de la cuesta de Moyano, en Madrid, encontré uno de ellos: Raffles, de E. W. Homung, campeando sobre ilustración de cubierta a color: un individuo apuesto, de esmoquin, blanca pechera y guantes inmaculados, con una máscara sobre el rostro, que desvalija sin perder la compostura los cajones llenos de joyas de un saloncito elegante.

Hay goces especiales, en literatura. Sobre todo en cierta clase de literatura de la antes llamada popular, cuando vamos a ella con la maliciosa disposición del público que una vez fue ingenuo pero que ya no lo es. En ese caso, cada lugar común, cada repetición del estereotipo, cada vuelta de tuerca o retorno de lo conocido, del golpe de efecto clásico o del recurso a determinados elementos antaño eficaces, supone un golpe de placer mayor aún que la originalidad, que el desviarse de patrones cuya solvencia quedó probada por el aplauso de las masas. Uno acecha con temblor de adicto el momento en que Holmes, envuelto en una nube de humo, toque el violín para aclararse las ideas, o espera anhelante que Edmundo Dantés se lleve una mano a la frente perlada de sudor y exclame ¡Fatalidad!, mientras la tormenta pone siniestro contrapunto a su venganza. En cuanto a Raffles, Rocambole, Lupin y los otros, se espera de ellos exactamente lo que en su tiempo los hizo ser amados y seguidos por miles de lectores y, más tarde, denostados por críticos partidarios de educar al público en la bella prosa de alto nivel, aunque este público se aburra muchísimo. Aquel otro lector al que podríamos llamar no ingenuo, malintencionado, incluso perverso, espera de ellos – decíamos – que se conduzcan exactamente como fueron concebidos. Que digan y hagan aquello que los elevó a la categoría de mitos, de sueños.

Vamos a echarles un vistazo, sin que nos ciegue la pasión ni el prejuicio. Arsenio Lupin es inteligente y astuto, con un fondo de ternura que es preciso estar muy atento para descubrir. Rocambole resulta implacable, con un peculiar sentido del crimen y de la justicia. Fantomas, un asesino sanguinario; pero el carácter despiadado de sus crímenes y las personalidades que es capaz de adoptar le confieren una siniestra grandeza, Raffles, el más elegante, es sentimental y todo un caballero. Con un detalle adicional: en casi todos los casos, las víctimas son gente adinerada, poderosa, elementos clave de la llamada buena sociedad. Personajes que ya han disfrutado bastante de esta vida, y a quienes no viene mal ni la puñalada que los envía al otro barrio ni, en el mejor de los casos, verse parcialmente aliviados del excesivo peso de su fortuna. Que bajo ningún concepto – ahí está el detalle de la cuestión –, les resulta arrebatada con métodos vulgares, sino con crímenes, artimañas y recursos de una originalidad absoluta. Por no mencionar la finura con que a menudo se solventa el asunto, el toque distinguido de una tarjeta de visita o una sota de copas en el lugar del crimen. 0 ese monóculo bajo la ceja enarcada e imperturbable; esa mano enguantada, que se desliza sin ruido en el cajón del secreter o, cuando es preciso, igual besa unos dedos enjoyados que esgrime un puñal o una pistola con la habilidad de un matón barriobajero. Aunque, eso sí, templado siempre el gesto por actitudes y frases convenientes, dignas del mejor gusto y de la más fina crianza. Por no hablar de las debilidades, los rasgos románticos, los botines abandonados o las víctimas indultadas por el influjo benéfico de una sonrisa de mujer, de unos ojos inocentes, de un beso o unas palabras moduladas entre el brillo de los diamantes y el sonido de botellas de champaña, en fiestas mundanas y elegantes saraos. Ya no hay canallas así. Tal vez nunca los hubo, es cierto. Pero, al menos, existieron los hombres y las mujeres capaces de inventarlos.

Releí mi Raffles tomándome todo el tiempo del mundo, despacio, con una copa de buen coñac sorbo a sorbo, en un viejo café de los que aún sobreviven en Madrid. Pasaba páginas, y de vez en cuando, al llegar a algún momento cumbre, del tipo «Era el amor y no la ambición, el recuerdo tierno de la muchacha lo que hizo temblar su mano cuando rozaba ya las perlas del collar», me detenía y alzaba los ojos a través de la ventana del café, sonriendo feliz.

Después salí a la calle. Era momento de retornar al presente, a este mundo de gentes sensatas, prácticas y razonables,donde el tiempo es oro y la literatura debe ser selecta como una joya fría y muerta, o ligera y estúpida como un pañuelo de celulosa. Compré unos periódicos y los hojeé despacio, y mientras lo hacía descubrí en aquellas páginas fotos, nombres, referencias de otros ladrones, de otros criminales. Muy actuales todos ellos, claro. En una versión más prosaica que la de sus ilustres predecesores novelescos. Sin esmoquin, monóculo, ni guante blanco. Pero, sobre todo, desprovistos de sus actitudes. De cierto factor singular y distante, original en la maldad o en el delito.

Raffles, Rocambole, Lupin, Fantomas y los otros. Entes de ficción que fueron más reales, para muchos lectores, que buena parte de los seres vivos que los rodeaban. Admirados precisamente por ser como eran; por su carácter romántico, inaccesible. Tipos ideales, la elegancia de sus actitudes, su carácter y su grandeza, los situaban por encima de la moral convencional en sus incursiones delictivas. Por eso, legiones de lectores ávidos creyeron en ellos, se emocionaron con sus aventuras, amaron con sus amores y odiaron con sus pasiones más oscuras. Eran lejanos, misteriosos, con el aura de lo enigmático y lo extraordinario. Hoy, nosotros, el público desengañado y lleno de resabios, nos identificamos más fácilmente con ratas de callejón y asfalto, con turbios antihéroes que encarnan la desesperanza. Para los niños no hay princesas; ni para los adultos, en lo tocante a ladrones, existen caballeros de guante blanco. Ni siquiera existen caballeros. Antes se daba una selección natural; el dinero lo tenían los que estaban arriba, la aristocracia o la burguesía enriquecida, y para infiltrarse hasta sus cajas de caudales era necesario cierto estilo.

Quizá por todo eso, Rocambole, Raffles, Fantomas, Lupin, están muertos y enterrados. Las calles, alumbradas por luz eléctrica en vez de por farolas de gas, no conservan el eco de sus pasos. A través de la puerta entreabierta ya no llega la música lejana del salón abandonado. La rosa se marchita en la copa vacía de champaña, junto al collar de perlas que ninguna mano enfundada en guante blanco pretende ya robar, entre otras cosas porque las perlas son sintéticas. También los sucesores en la escuela del moderno latrocinio son muy distintos: pueden despertar a menudo envidia o desprecio; nunca admiración. Están demasiado próximos a nosotros, y más que a impulsos criminales, sus expolios obedecen a fáciles tentaciones. No es preciso ser valeroso, elegante y educado, ni ponerse un esmoquin y una máscara para desvalijar la caja fuerte. Puede ganarse mucho más dinero chalaneando en mangas de camisa en un restaurante de lujo, o apalabrando operaciones por el teléfono del coche. Basta con ser un concejal bien situado, un subsecretario en lugar idóneo, un negociante avispado con recursos y contactos, un patán con influencias o con suerte. Antes, incluso los peores malvados soñaban con adquirir buenos modales. Los de ahora perpetran crímenes fáciles, demasiado vulgares, con escaso mérito y riesgo, y además del latrocinio nos obligan a soportar la grosería. Tal y como están las cosas, cualquier imbécil puede aspirar a canalla.

13 de noviembre de 1992

domingo, 18 de octubre de 1992

Bailando en los infiernos


Ya no era una niña. En aquel amanecer que imaginamos con niebla baja y las botas de los soldados resonando rítmicamente en la tierra húmeda del bosque de Vincennes, Margaretha Geertruida Zelle rondaba ya los cuarenta años. Había sido hermosa, mucho. Tal vez aún lo era, y al oficial que mandaba el piquete -diez balas, una de fogueo al azar como coartada para las conciencias pusilánimes - quizá se le atragantó una fracción de segundo la voz de fuego. Era un 15 de octubre del año 1917. Algo más al este, al otro extremo de Europa, se desencadenaba una tormenta que alteraría durante tres cuartos de siglo el curso de la Historia, y, sin ir tan lejos, aquel mismo día iban a dispararse aún muchas más balas en otros lugares del continente. Centenares de hombres y de mujeres habrían de morir sin tanta ceremonia antes de la puesta de ese sol que - aún eran las 6.30 de la mañana - iluminaba tímidamente el último acto tranquilo, estúpido y gris del drama: un cuerpo de mujer tendido en el suelo, unos militares de bigotes engomados, quepis con galones y estrellas y porte grave - Mais oui, Duppont, c’est terrible mais c’est la guerre -, y un oficial demasiado pálido - no dan medallas por ajusticiar a mujeres - que disparaba el tiro de gracia procurando ejecutar los tiempos reglamentarios con la adecuada marcialidad castrense. Francia en particular y las potencias aliadas en general podían respirar tranquilas, y los periódicos y revistas ilustradas, lanzar ediciones especiales. Mata Hari, la espía, iba a seguir bailando en los infiernos. Entendámoslo. Era un mal año; hasta Proust se creía obligado a conducir ambulancias. Tras la reconquista de los fuertes de Verdún a finales del anterior, los aliados habían hecho retroceder a las tropas del Káiser hasta la línea Sigfrido; pero desde marzo los estrategas de las potencias occidentales no daban una a derechas. Inclinados sobre sus mapas, barajando cientos de miles de vidas con la insensata irresponsabilidad de quien redacta su propia hoja de servicios mientras moja la pluma en sangre ajena, matarifes con monóculo obsesionados por el bastón de mariscal alfombraban senderos de gloria con cadáveres y más cadáveres inútiles. Tras el fracaso de la ofensiva sobre Arras, las tropas británicas seguían inmovilizadas en el barro de Flandes. En cuanto a los franceses, después del desastre en las ofensivas del Aisne y la Champaña, el general Nivelle había sido relevado del mando, incapaz de reprimir el motín ocasionado en el ejército como eco de las huelgas metalúrgicas de los obreros de París. Y en los cafés, tertulias y salones de retaguardia, los emboscados que no conocían el frente más que por referencias, los estraperlistas, las esposas de los generales y los capitanes de Estado Mayor que les hacían la corte, las actrices de moda, los banqueros y políticos de zancadilla siempre lista, las putas de lujo y los periodistas a sueldo, por citar sólo unos cuantos, pedían cabezas de turco entre Moet y Moet o absenta y absenta, según las posibilidades y los casos. Y alguien tenía que pagar los platos rotos.

Lo que son las cosas de la vida. El paso del tiempo, el cine y la literatura terminarían por convertir en leyenda lo que, en rigor, fue un triste linchamiento nacional desmedido y chovinista, muy propio del lugar y de la época. Comparada con otras mujeres espía de su tiempo – la baronesa Kaulla, Marthe Richard, Lydia Stahl –, la holandesa Mata Hari no fue sino una agente infortunada y mediocre, y el breve desempeño de ese oficio no estuvo a la altura de sus brillantes veladas como exótica bailarina de strip-tease, devoradora de amantes o cortesana internacional de elevados honorarios. Había estallado la que el imbécil optimismo de algunos denominó Gran Guerra, y los tiempos cambiaban demasiado rápidamente. Al filo de la madurez, desplazada de las primeras páginas de las revistas ilustradas por imágenes de trincheras y ciudades en ruinas, acechando cada mañana ante el espejo nuevas arrugas en un rostro aún hermoso, la mujer que había tenido fortunas a sus pies comprendió que el mundo turbulento de aquellos años era su última oportunidad para retener el tiempo perdido. En realidad, a Mata Hari la perdió una prematura nostalgia de perlas y champaña.

El juicio sólo duró dos días, y todos aquellos graves y respetables espadones de la corte marcial nunca llegaron a probar gran cosa. Si de verdad lo hizo, Margaretha Zelle espió poco y mal. Su fama no corresponde a sus resultados: proezas exageradas, espía amateur que apenas llegó a ejercer, agente doble y mercenaria sin apenas conciencia real de su situación. Fue ella misma la que, por iniciativa propia, tal vez para conservar el viejo esplendor que se le escapaba entre los dedos, quiso introducirse en el espionaje, ofreciéndose a unos y otros, insinuándose a los antiguos amigos de antaño que aún conservaban el poder, la influencia, el dinero. Mitómano y ambiciosa, a quien se había hecho pasar durante tantos años ante el mundo por danzarina hindú no le costó gran trabajo adoptar la nueva personalidad de espía elegante y cosmopolita, de la mujer fatal que, en cierto modo, era. Sus relaciones con Amsterdam y Berlín ya la convertían en sospechosa cuando fue a visitar al capitán Ladoux, adjunto al jefe del contraespionaje francés, para ofrecerse como agente. Todo aquello terminó siendo un secreto a voces, y los radiogramas secretos del agregado militar alemán en Madrid, que la recién inaugurada estación de TSH en la torre Eiffel interceptó camino de Berlín, proporcionaron el pretexto oficial: se los consideró pruebas concluyentes, y el mito de la perversa Dalila devoradora de hombres y reputaciones hizo correr torrentes de tinta fácil. La guerra iba mal, luego alguien había de tener la culpa. Pero la guerra la conducían ilustres generales de acrisolado patriotismo e indiscutible competencia; casualmente, los mismos que presidían consejos de guerra. Y a falta de un Dreyfuss a quien degradar o conducir al paredón - segundas ediciones de aquel patinazo habrían sido excesivas, incluso para la Francia del 17 -, una exquisita mala reputación, un rostro aún hermoso y un nombre conocido podían resolver perfectamente la papeleta. El morbo estaba asegurado: los informes de Mata-Hari, obtenidos entre lujosas voluptuosidades de almohada, en los palcos de los teatros o en brillantes saraos internacionales, eran la verdadera causa de que tanta sangre noble y generosa se vertiera inútilmente sobre el enfangado suelo de las trincheras.

Para la imaginación popular resultaba fácil imaginar a aquella hermosa víbora de alcoba telefoneando a los alemanes en salto de cama, apenas el joven y apuesto teniente, con la carrera militar hecha polvo por tan insensata pasión, se arrancaba de sus brazos para acudir al frente, tras haberle confiado con detalle a su amante, entre arrebato y arrebato, la ubicación exacta de todas las unidades aliadas en el sector del Marne. O algo así. Lo cierto es que aquellos ministros de gabinete con frac y roseta en el ojal, aquellos honorables militares de pulcro historial castrense, lo dieron por bueno y se frotaron las manos: si Mata Hari no hubiera existido, alguien habría tenido que inventarla. Y eso fue, más o menos, lo que ocurrió. Detenida en febrero a su regreso de Madrid, juzgada en julio, convicta de espionaje a favor de Alemania, fusilada el 15 de octubre. Francia podía dormir en paz. Y para los periódicos primero, para el cine y la literatura después, el melodrama estaba servido. Por lo menos se guardaron las formas, se la llamó señora hasta el final, y todo eso. Hoy las cosas habrían discurrido con mucho más ensañamiento. Con más infamia. Pobre pequeña mujer, envuelta en su abrigo, tendida allí, sobre la tierra húmeda del bosque de Vincennes, ajusticiada por hombres graves y sensatos, por patriotas dignos de sostener con mano firme las riendas de una nación en momentos de crisis, de tragedia. De hombres capaces, incluso – nos honran con su existencia en todas las épocas y países –, de sorberse una lágrima emocionada mientras cumplen su penoso deber con varonil energía. Quizá por todo esto le adeudemos a aquella mujer una última suposición. Tal vez ese amanecer de octubre, ante el pelotón de fusilamiento, los caballeros solemnes, los periodistas ávidos y la cámara del fotógrafo que retuvo en el tiempo aún erguida, en el último instante, su menuda y frágil silueta, Margaretha Zelle se encontrase, por fin, con Mata Hari: con el personaje que habían perseguido, desde niña, sus ojos muy abiertos, irisados al flotar ante ellos las imágenes del propio mito.

Tantas veces hemos visto repetirse después aquel momento con nombres distintos, con diferentes actrices, con reconstrucciones más o menos rigurosas, que resulta imposible, a estas alturas, deslindar los límites de la escena del personaje original. De recordarlo, o imaginarlo, como realmente ocurrió. Pero eso no tiene ya la menor importancia. En lo que a mí se refiere, prefiero expiar mi parte de culpa colectiva, la personal vergüenza ante el trágico destino de Margaretha Zelle, rindiéndole el tributo de evocar su último instante, no como fue, sino como pudo haber sido. Viéndola pasar bella y trágica, impasible ante el sordo redoble de los tambores que marcan, en el húmedo amanecer, el contrapunto solemne a los latidos de su corazón. Caminando, enarcada una ceja displicente, recta y sin vacilar hacia su destino; hasta el final hermosa, fría, elegante y enigmática, entre las brumosas luces y sombras del celuloide en blanco y negro. Deteniéndose un instante para retocar su maquillaje en el reflejo bruñido de la hoja del sable que sostiene ante ella, con mano trémula, su ex amante: el oficial que manda su piquete de ejecución.

18 de octubre de 1992

domingo, 30 de agosto de 1992

La rendición de Breda

Aún no se había inventado la fotografía; pero aquel tipo, Velázquez, recogió el momento. Estábamos allí, engalanados como para el Corpus, y a lo lejos Breda estaba en llamas. La verdad es que nos habíamos ganado a pulso el asunto, después de ocho meses dale que te pego, tragando miseria en los parapetos; cavando trincheras, zapa va y zapa viene, con los holandeses haciendo salidas y acuchillándonos en cuanto cerrábamos un ojo. Pero allá ondeaba, en el campanario, el lienzo blanco, grande como una sábana. Al final les habíamos roto el espinazo.

Nos alinearon en el centro, capitanes delante, guardia de piqueros y mosquetes a la derecha, más o menos en orden, aupándonos sobre la punta de los pies para verle la jeta a los holandeses. El capitán Urbieta nos puso en las filas delanteras a los que teníamos la ropa menos harapienta, empeñado como estaba en que impresionásemos al enemigo con nuestra marcial apariencia. La revista de la mañana había sido un calvario: diez azotes por cada falta de aseo y descuido en la vestimenta. Como dijo Antonio Muñoz, mi paisano, para qué puñetas queremos impresionarlos más, capitán, después de que los hemos fastidiado así de bien, que hasta se rinden, los herejes. Si eso no es impresionar a esos hideputas, que baje Cristo y lo vea. Y Urbieta, la mano en el pomo de la espada, mordiéndose el bigote para mantenerse serio, recetando cinco latigazos y medio rancho para el pobre Antonio, por bocazas y por meter al hijo de Dios en estos lances.

El caso es que allí estábamos, en aquel cerro que se llamaba Vangaast o Vandaart o algo por el estilo, con una treintena de picas y otros tantos mosquetes como guardia de honor, con las banderas de los tercios y toda la parafernalia. El resto de las compañías en línea ladera abajo, la cruz de San Andrés desplegada sobre los morriones de nuestros piqueros, lanzas y más lanzas, y mosquetes, que era un gusto mirarlos hasta el llano donde estaba la artillería apuntando al valle y la ciudad. Y al fondo, difuminada y azul entre el humo de los incendios, con manchas de sol que iban y venían entre las motas grises de las fortificaciones y los edificios, Breda a nuestros pies.

Sitúense ante el cuadro y miren a los holandeses, a la izquierda del lienzo. Observen sus caras. Habían subido la cuesta despacio, tomándose su tiempo, como si los que iban a rendirse fuéramos nosotros. Y Justino de Nassau endomingado como para una boda, bajándose del caballo con cara de asistir a su propio funeral, mirando alrededor como un sonámbulo, intentando digerir la humillación mientras procuraba mantener el porte digno. Al pobre diablo le temblaba la mano que sostenía la llave de la ciudad. Algunos de sus oficiales eran muy jóvenes, demasiado para emplearlos en negocio como la guerra, crecidos en campos fértiles, con llanuras y ríos y graneros bien abastecidos, comiendo caliente desde renacuajos. Burgueses cebados y con mucho que perder. Había uno de sus cachorros, rubio e imberbe, jovencito, con casaca blanca y manos de damisela que, aunque destocado por el protocolo, miraba con desprecio nuestras botas con remiendos, las barbas mal rapadas, nuestras caras de lobos flacos, peligrosos y arrogantes. Y hasta tal punto galleaba el mozo que mi capitán Urbieta, que tenía el genio vivo, empezó a retorcerse el mostacho y a acariciar el pomo de la espada, sugiriendo una sesión privada de esgrima. Un compañero del holandés captó el gesto y, poniendo la mano en el hombro del joven oficial, lo reconvino en voz baja hasta que éste bajó los ojos humillado y furioso, a punto de romper en lágrimas. Demasiado tierno, como casi todos ellos. Así les había ido la feria.

A la derecha estamos nosotros; mi lanza es la tercera por la izquierda. En torno sonaban redobles, cascos de cabalgaduras, capitanes dando órdenes como latigazos. Y allí, descabalgando, nuestro general, con media armadura negra rematada en oro, cuello de encaje y banda carmesí, el apunte de una sonrisa en los labios, Ambrosio Spínola, el viejo zorro. Con aire de circunstancias, pero disfrutando por dentro el espectáculo. Al fin y al cabo, aquélla era su fiesta.

Lo que son las cosas de la vida. Cuando la gente se para ante el cuadro, en el museo, son Spínola y el holandés, el jovencito imberbe y la plana mayor de nuestro general, quienes acaparan todas las miradas. Nosotros sólo somos el decorado, el telón de fondo de una escena en la que hasta el caballo de don Ambrosio, sus cuartos traseros, parece tener más importancia. Y sin embargo, allí en Breda como antes en Sagunto, Las Navas, Otumba o Pavía, o después en los Arapiles, Baler, Annual o Belchite, quienes en realidad hacíamos el trabajo duro éramos nosotros. Los nombres dan igual, porque durante siglos fuimos siempre los mismos: Antonio de Úbeda, Luis de Oñate, Álvaro de Valencia, Miguel de Jaca, Juan de Cartagena... Con la España que teníamos a la espalda, no había otra solución que huir hacia adelante. Por eso éramos, qué remedio, la mejor infantería del mundo. Secos y duros como la ingrata tierra que nos parió, hechos al hambre, al sufrimiento y la miseria. Crecidos sabiendo lo que cuesta un mendrugo de pan. Viendo al padre, y al abuelo, y a los hermanos mayores, dejarse las uñas en los terrones secos, regados con más sudor que agua. A la madre silenciosa y hosca, atizando el miserable fogón. Salidos de ocho siglos de acogotar moros o de acuchillarnos entre nosotros, crueles e inocentes a un tiempo, traídos y llevados a través del tiempo y de los libros de Historia so pretexto de tantas palabras huecas, de tantos mercachifles disfrazados de patriotas, de tantas banderas a cuánto la vara de paño de Tarrasa, de tantas fanfarrias compuestas por filarmónicos héroes de retaguardia.

Fíjense en nosotros: siempre al fondo y muy atrás, perdidos, anónimos como siempre, como en todos los cuadros y todos los monumentos y todas las fotos de todas las guerras. Soldados sin rostro y sin nombre, carne de cañón, de bayoneta, de trinchera. La pobre, sudorosa y fiel infantería. Después, en los primeros planos y sobre los pedestales de las estatuas siempre aparecen otros: los Spínola que nunca se manchan el jubón, y que aún tienen humor y elegancia para decirle al holandés no, don Justino, faltaría más, no se incline. Estamos entre caballeros. El resto queda para nosotros: cruzar un río helado entre la niebla, en camisa para confundirnos con la nieve, la espada entre los dientes minados por el escorbuto. Levantarse y correr ladera arriba con la metralla zumbando por todas partes, porque al capitán, aunque es una mala bestia, nos da vergüenza dejarlo ir solo. Quedarte sin municiones en la Puerta del Carmen de Zaragoza y empalmar la navaja tarareando una jotica para tragarte el miedo, mientras los gabachos se acercan para el último asalto. Hacerse a la mar porque más vale honra sin barcos, dicen, en buques de madera ante los acorazados de acero yanquis. Morir de fiebre en la manigua, degollado en Monte Arruit por la ineptitud de espadones con charreteras. O cruzar el Ebro con diecisiete años mientras la artillería te da candela, el fusil en alto y el agua por la cintura, con los compañeros yéndose río abajo mientras en la orilla los generales y los políticos posan para los fotógrafos de la prensa extranjera.

Échenle un vistazo tranquilo al lienzo, sin prisas, e intenten reconocernos. Somos la humilde parcheada piel sobre la que redobla toda esa ilustre vitola de los generales y los reyes que posan de perfil para las monedas, los cuadros y la Historia. Y cuántas veces, en los últimos doscientos o trescientos años, no habremos visto ante nosotros, mirando con fijeza hacia el modesto rincón que ocupamos en el lienzo, un rostro de campesino, de esos arrugados y curtidos por el sol como cuero viejo. Un rostro parado ante el cuadro con aire tímido y paleto, dándole vueltas a la boina o el sombrero entre las manos nudosas, encallecidas, de uñas rotas. Los ojos de un hombre indiferente a la escena central del cuadro, buscando aquí atrás, en la modesta parte derecha de la composición, al fondo, bajo las lanzas, entre nosotros, una silueta confusa, familiar. Tal vez la de aquel hijo al que una vez acompañó un trecho por el sendero que conducía al pueblo, llevándole el hato de ropa o la maleta de cartón, liándole el primer cigarro. El hijo al que, ya parado en el último recodo, vio alejarse con su pelo al rape, las alpargatas y el traje de domingo, llamado a servir al rey. Hacia una guerra lejana e incomprensible de la que no habría de volver jamás.

Fíjense en el cuadro de una maldita vez. Nosotros le dimos nombre y apenas se nos ve. Nos tapan, y no es casualidad, los generales, el caballo y la bandera.

30 de agosto de 1992


viernes, 5 de junio de 1992

La lección de El conde de Montecristo

El conde de MontecristoHacía mucho tiempo que deseaba regresar al castillo de If. Así que, veinte años después, desempolvé el viejo tomo de la Editorial Porrúa -841 páginas, texto a dos columnas, como debe ser el folletín canónico- y me puse a ello. Reencontré a Edmundo Dantés y al abate Faria como a dos viejos amigos, y poco a poco, la vieja fascinación retornó a la vuelta de cada página. Todo seguía allí, intacto: la traición, el tesoro, la venganza. Inmensa ficción y, al mismo tiempo, real; de carne y sangre como la vida misma. Y entonces, releyendo asombrado lo que tan nítidamente creía recordar, llegué al capítulo donde el banquero Danglars reprocha a su mujer, no que tenga un amante, sino que los manejos de ese amante lo estén arruinando, y añade sus sospechas de una conspiración para llevarlo a la quiebra. En ese momento dejé el libro sobre las rodillas, apoyé la cabeza en el respaldo del sillón e hice una pausa-homenaje, con los ojos en el retrato imaginario del viejo Dumas que preside junto a otros colegas -Stendhal, Conrad, Sabatini, Stevenson- mi rincón de lectura. No sé de qué diablos se sorprenden ahora, pensé, cuando ven la televisión o los titulares de los periódicos. Él ya lo había contado todo, hace siglo y medio. El viejo zorro.

Hay novelas de las llamadas populares que conocen un curioso destino: escritas con un objeto, terminan convirtiéndose, a pesar incluso de la intención del autor, en símbolos, en banderas de algo. A veces hasta sobreviven y van mucho más allá de las intenciones de su creador. Cuando Eugenio Sue escribió Los misterios de París para diversión de una clase burguesa, ávida lectora de folletines, no imaginaba que su obra terminaría siendo acogida como una denuncia de la triste condición de los oprimidos, y que muchos de quienes lucharon en las barricadas de 1848 lo harían por haber leído aquellas páginas. Otro tanto puede decirse de Los miserables, de Victor Hugo, o de El conde de Montecristo de Alejandro Dumas. Todas ellas son novelas que admiten, ya en su origen, dos lecturas paralelas: la de quien se sumergía en sus páginas por el puro placer del planteamiento, nudo y desenlace, y la de quien encontraba en ellas otros elementos, otras claves ocultas que daban profundidad y valor social a lo que en apariencia, y a veces incluso en la misma intención del autor, sólo era un elemental divertimento de masas.

Pero hay otro punto de vista posible a la hora de abordar estas lecturas: una visión de esa materia narrativa a la luz del tiempo y del concepto de lo relativo. Del mismo modo que la Iliada puede leerse en 1992 con la conciencia de que de Troya a Sarajevo no hay, en cuanto a distancia histórica, sino algunos adelantos técnicos en la forma de arrasar una ciudad, el lector que se enfrenta a una novela como El conde de Montecristo tiene a su alcance, aparte el placer de la pura narración, de las peripecias apasionantes de Edmundo Dantés entre sus amigos y sus enemigos, el gozo sutil de observar la supuesta ficción a la luz del mundo concreto en el que vive, de la sociedad que lo rodea. Entonces, por uno de esos milagros fascinantes que sólo las grandes obras maestras deparan, todos los personajes cobran vida, rostros, nombres de ahora mismo, y uno descubre que la materia manejada por el talento de Alejandro Dumas es materia viva, eterna, actual. Pero también que, desde 1844, la llamada sociedad moderna fue rigurosamente fiel a sí misma: nada nuevo se ha inventado desde entonces en lo tocante a ruindad, hipocresía, arribismo, corrupción en las instituciones y poder omnímodo, absoluto del dinero.

La diferencia es que antes, cuando Edmundo Dantés maquinaba su evasión del castillo de If, aún había esperanza para los parias de la tierra. Hoy sabemos cómo suelen terminar los parias, y hasta es posible intuir, por escasa imaginación que se tenga, cómo puede terminar la tierra. Por eso, aunque no sea ya bajo idénticos motivos que el lector de folletines decimonónicos, el lector actual siente también que un sudor frío perla su frente ante los oscuros recovecos de la narración y de la vida que en ella se describe. Pero ahora, agonizando el que fue siglo de la esperanza, el sudor resulta más frío; el estremecimiento es mayor.

El conde de Montecristo es una novela llena de recursos del oficio, de diálogos y descripciones forzadamente largos –Dumas cobraba a tanto la línea– , de estilo tosco y descuidado, adjetivos superfluos, divagaciones y desvergonzadas metáforas profesionales. Además, a menudo roza el cuento de hadas: la fuga de Dantés en el saco del muerto, los bandidos que leen a Plutarco, los disfraces, el tesoro, las sospechosas veleidades del azar que tanto ayudan a Dantés en su venganza. El lector se adentra en ello con la conciencia de que todo es un artificio lleno de trucos y trampas, y sin embargo, a su pesar, termina prendido en la trama, pasando las páginas febril, deseando incluso, víctima agradecida del mismo artificio, encontrar en el libro precisamente todos los lugares comunes, todos esos estereotipos melodramáticos que su sentido crítico rechaza, pero que su instinto de lector, la admiración por el talento de Dumas, por la extraordinaria estructura narrativa que se despliega ante sus ojos, termina haciéndole, incluso, desear. Y cuando Villefort da un paso atrás con ojos extraviados y el espanto en la frente, o Montecristo palidece de forma terrible y murmura: “¡Fatalidad!”, o cuando Fernando se arrastra con suspiros que nada tienen de humano y rechinándole los dientes antes de pegarse un tiro, el lector detiene un momento la lectura, paladea el sabor perfecto y deliciosamente folletinesco de todo aquello y lamenta que sólo queden cincuenta páginas hasta el “¡Confiar y esperar!” que precede a la palabra “Fin”.

Creo recordar que Umberto Eco se preguntaba si hubiésemos amado igual esta novela en el caso de no haberla leído por primera vez –o las primeras veces– en sus arcaicas y ampulosas traducciones decimonónicas. Y es que hay otras novelas mucho mejor escritas, por supuesto. Pero, comparadas con el Montecristo, sólo son simples obras de arte.

Además, Edmundo Dantés somos todos. Su drama, su desdicha, su fortuna y su venganza conectan perfectamente con la condición humana de este fin de siglo. Prestemos atención con ojos de lectores de 1992 a los resortes argumentales de la novela: una inocencia, la del joven marino Edmundo Dantés, recién desembarcado del Faraón y a punto de casarse con su novia Mercedes, se ve traicionado por aquellos en quienes confía. Dantés es encarcelado por la envidia (Danglars), la lujuria (Fernando), la cobardía (Caderousse) y la ambición política (Villefort).

Por un golpe de suerte, merced a su amigo el abate Faria, Dantés escapa y logra un tesoro, una fortuna incalculable, que le permite planear y ejecutar la minuciosa estrategia de su venganza. O, dicho de otro modo, sólo el dinero, la inmensa fortuna escondida en la isla de Montecristo, transforma al paria Dantés en el elegante e implacable conde que ejecuta, en la tierra, los designios de la terrible Providencia divina. Y es ahí donde desfila, a sus pies y ante los ojos del lector, la sociedad francesa de la Restauración, los Cien Días y la monarquía de Luis Felipe, tan hipócritas y corruptas en aquel siglo como en este: con sus banqueros, sus dandies, sus altos magistrados con un cadáver enterrado en el jardín, sus políticos venales, su parlamento, sus sobornos, los banquetes, las fiestas mundanas, las letras de cambio, las aristocráticas damas de virtud fácil, los mediocres poderosos, los canallas encumbrados, los advenedizos arrogantes, los analfabetos convertidos, merced a la política o al dinero, en árbitros de la moda, la moral, la elegancia y la cultura. Y el lector, que a las veinte páginas no sólo comprende a Dantés, no sólo se identifica con Dantés, sino que es Dantés, participa, personal e íntimamente, en la deliciosa revancha que por mano interpuesta, la del conde de Montecristo, Dios o quizá la simple y objetiva Justicia, tan huérfana y desvalida ayer como hoy, se desencadena contra la ambición arribista, la envidia pasional y las tiranías sociales. Una venganza –y ahí está el detalle espléndido del asunto– llevada a cabo con las mismas armas de los enemigos: el poder del dinero. Un dinero que se vuelve, gracias al genio del abate Faria y a la Providencia, terrible arma arrojadiza contra ese mismo poder. Y el lector, incluso el escéptico y resabiado en la era de la televisión y la informática, aplaude el prodigio como hacía antes el público en el gallinero de los teatros y en los cines de barrio, cuando silbaba a los traidores y aclamaba a los caballeros sin miedo y sin tacha. Silbidos y aclamaciones que, para nuestra desgracia, ya no suenan en ninguna parte, convertidos en patrimonio exclusivo de los inocentes y de los niños.

Por eso Edmundo Dantés sigue vivo. La grandeza de El conde de Montecristo reside en que su venganza, la única posible en aquél y en este mundo de tahúres y sinvergüenzas, también es la nuestra. Esperar y confiar. Y que Dios, además de las justas repúblicas que dan asilo a un hombre, además de las islas lejanas a donde nunca llegan órdenes de captura, bendiga también al viejo Dumas. Amén.

5 de junio de 1992

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Comprar libro El conde de Montecristo

viernes, 1 de mayo de 1992

Presentación del blog


El primer libro que leí de Arturo Pérez-Reverte fue El Club DumasDe esto hace unos 15 años. Desde entonces me fui comprando toda su obra de cuya lectura he disfrutado todos estos años, no sólo al leerlo por primera vez, sino cada vez que decidí releer casi todas sus novelas.

Posteriormente descubrí los artículos que Pérez-Reverte ha ido publicando en el Semanal desde el año 1993. Tal es la calidad de estos artículos que ya se han editado cuatro libros con una selección de los mismos. Patente de Corso (1998),  Con ánimo de ofender (2001), No me cogeréis vivo (2005) y Cuando éramos honrados mercenarios (2009).

Cualquiera de los artículos me parece un documento excepcional por su contenido y, sobre todo, por la forma en que se sabe expresar el autor.

Toda la colección ofrecería a los lectores un enorme bagaje cultural y de diversión en la lectura. Más aún si consideramos que los artículos son prácticamente todos intemporales, es decir, no se han visto alterados por el transcurso del tiempo. Más bien todo lo contrario, muchos de ellos han cobrado más fuerza con el paso de los años.

Los artículos de los últimos 6 o 7 años se pueden leer en la web de XL Semanal, mientras que otros muchos artículos se pueden conseguir en la Web de Filemón (web ofrecida como enlace en la página oficial). En ningún sitio he podido ver todos los artículos recopilados.

Mi intención es reproducir todos los artículos en este blog, conforme me los voy leyendo o releyendo en orden cronológico. De esta forma, cualquiera puede seguir este apasionante viaje a través de está página.

Las primeras seis historias no se publicaron en el Semanal, aunque no sé precisar dónde fueron publicados. Las siguientes, y deben de ser varias centenas de artículos, sí corresponden al Semanal.

Este apasionante viaje a través de los artículos semanales de Pérez-Reverte no me gustaría hacerlo sólo, ni me atrae la idea de ofrecer un blog solamente para editar unos artículos sin más.

Sería mucho más enriquecedor ampliar los artículos de Pérez-Reverte con los comentarios, ideas, críticas, valoración de los diferentes artículos, etc. vertidos por nosotros, los lectores.

Un saludo