lunes, 24 de noviembre de 2003

Últimos años con Marsé


No había nadie, rediós. O casi nadie. Estaba allí Juan Marsé en persona, y se habían juntado cuatro gatos: medio centenar de alumnos de la universidad de Barcelona, algún profesor y dos o tres periodistas. Hacíamos más bulto los invitados, los amigos del escritor y los estudiosos europeos y norteamericanos especialistas en la obra del homenajeado. Y al contar cabezas me quedé de pasta de boniato. Anda la leche, pregunté. Dónde carajo están todos. Profesores, catedráticos, concejales de cultura. Gente así. Hasta ese momento había creído que un simposio internacional de tres días y quince conferencias y mesas redondas, una detrás de otra, sobre la obra del autor de Últimas tardes con Teresa, en la ciudad que tiene el privilegio de contarlo entre sus vecinos, sería un tumulto de gente dándose de hostias en la puerta para conseguir un asiento desde el que asistir al despiece minucioso de la obra de quien, con el buen abuelo Delibes, es uno de los dos grandes novelistas españoles vivos de la segunda mitad del siglo XX. Pero nasti de plasti. A pocos metros de allí, por los pasillos de la universidad, me había cruzado con profesores y alumnos que salían de clase. Algunos de esos profesores, pensé, enseñarán Literatura. Supongo. Cobrarán un sueldo por eso. Y en vez de estar ahora sentados aquí con sus alumnos, zascandilean por ahí tomando un café o rascándose los académicos huevos. Imbéciles.

Marsé, por supuesto, estaba a lo suyo. Impasible, con su cara de tipo duro, que a mí me gusta asociar con la de un viejo boxeador marcado por la vida, respondía a las preguntas de los conferenciantes y del público con la cachaza tranquila de quien lo tiene todo muy claro. Oyéndolo hablar de su personalísimo territorio novelesco, de cómo sus voces narrativas, hijos, sobrinos o nietos de héroes cansados cuentan el ocaso de hombres curtidos en cien batallas que terminan llorando como niños por las tabernas, no pude menos que recordar unas palabras de Rafael Chirbes aplicando a Marsé lo que el poeta Cernuda dijo en cierta ocasión del novelista Galdós: es tan grande que sabe colocarse a la altura de sus personajes, incluso de los más abyectos, poniéndose con ellos tan a ras del suelo que los tontos y los pedantes lo toman por pequeño.

Y nada más cierto, oigan. Que de tontos y pedantes Marsé sabe un rato largo. A estas alturas nadie discute ya su talla literaria, ni el peso decisivo que su obra tiene en la literatura española contemporánea –mis favoritas son Últimas tardes con Teresa, Si te dicen que caí, Un día volveré, La oscura historia de la prima Montse y el cuento Teniente Bravo–. Pero no siempre fue así. En las hemerotecas hay pruebas clamorosas del ninguneo al que lo sometieron, en su día, los mandarines de la alta literatura y las bellas letras. Pero, claro. En otro tiempo comunista –del Pecé francés de Francia, ojo, un sitio serio– incómodo para los pijos de la alta burguesía catalana y las chochitos locos que jugaban a ser izquierda de barra de bar, Marsé tuvo y tiene, encima, el descaro de escribir en español y de seguir ejerciendo de mosca cojonera para el nacionalismo pujolista, sus epígonos y derivados; que, en la obsesión por tener a toda costa un Nobel que escriba en catalán, llevan años promocionando a un paniaguado mediocre llamado Baltasar Porcel. Que no tiene nada que decir, y a quien, además, nadie hace ni puñetero caso.

Lo cierto es que Marsé dejó atrás hace tiempo la línea de sombra a partir de la cual la envidia y la mala fe ajenas dejan de hacer daño a un novelista, sometido ya al juicio inapelable de sus lectores. Por eso llama tanto la atención que los presuntos responsables culturales de la ciudad donde vive –una ciudad que siempre hizo de la cultura su emblema– miren hacia otro lado en momentos como éste. Y claro. Te preguntas si saben lo que tienen. O si lo merecen. Me refiero al lujo de decir a los jóvenes estudiantes: mirad, en esta calle, en esa casa, vive Juan Marsé. Un escritor grande con quien todavía se puede hablar, porque está vivo. Pero no. Esperan, como siempre, a que palme. Entonces se volcarán en incienso al novelista ausente e imprescindible. Gran pérdida, etcétera. Lo que ignoran esos oportunistas es que Marsé y yo hemos discutido ya el asunto, entre uno y otro vaso de vino. Si le sobrevivo –aunque nunca se sabe– he prometido escribir un largo y detallado artículo, aquí o en donde toque. Se titulará: «A buenas horas, hijos de la gran puta».

23 de noviembre de 2003

domingo, 16 de noviembre de 2003

Más imbéciles que malvados


A veces me acuerdo de ese diálogo en el que, conversando dos amigos, comenta uno: «Somos gilipollas», y al decir el otro «No pluralices», responde «Vale. Eres gilipollas». Quiero decir con eso que en esta página suelo asumir sin demasiados complejos mi cuota de gilipollez. Cuando juro en arameo procuro recordar que soy tan culpable como cualquiera. Ya no hay nadie inocente, y nos dividimos en general, salvo excepciones dignas del National Geographic, en dos categorías: los malvados y los imbéciles. Que no sólo son categorías compatibles, sino que a veces una lleva a la otra. George Bush es una muestra de cómo la imbecilidad puede convertirte en malvado. Y en España, para qué hablar. Recuerden al imbécil de Roldán, el ex director de la Guardia Civil, que terminó en malvado de película casposa de Pajares y Esteso. Pero también se da el proceso inverso. Javier Arzalluz, por ejemplo: un hombre lúcido e inteligentísimo que ha terminado escupiendo odio por el colmillo cada vez que abre la boca. A eso me refería. A veces, con su ejercicio continuado, la maldad o la mala fe pueden convertirte en un imbécil.

Lo que sí creo es que, en conjunto, somos más imbéciles que malvados. De momento. En España y en otros sitios. Lo que pasa es que aquí, claro, se nota más. Alguna vez he dicho que nunca en la historia de la Humanidad hubo, como ahora, tanto gilipollas gobernando, haciendo política, dictando leyes y normas, estableciendo lo socialmente correcto, controlando la cultura, la moda, el feminismo, el cine, las tertulias, el periodismo, creando opinión pública, influyendo en lo que vemos, comemos, vestimos, leemos, soñamos. Basta escuchar la radio, ver la tele, hojear un diario, oír hablar de delincuencia, de inmigración, de jóvenes, de religión, de automóviles, de lo que sea. Los imbéciles están en todas partes. Lo curioso, cuando miras alrededor, es que en realidad la gente no es así. Pero poquito a poco, como una enfermedad taimada que se va infiltrando a la manera de las películas aquellas de marcianos ladrones de cuerpos y cosas por el estilo, cada día que pasa todos nos parecemos cada vez más a esos ciudadanos virtuales que los imbéciles y los malvados se empeñan en fabricar. Los medios de comunicación masiva se han convertido en inmensos catálogos de publicidad, tendencias y reclamos. En tiranuelos de la imbecilidad de turno que se debe hacer, leer, decir, llevar. Ser. Algo imposible, desde luego, sin la complicidad de los receptores del mensaje; sin el aplauso y refocile de las víctimas, incapaces del menor sentido crítico ante el modo en que se deforma la realidad para adaptarla a las tendencias impuestas o por imponer.

De los últimos tiempos conservo, entre muchas, dos perlas ad hoc. Hace un par de meses me quedé de piedra pómez viendo un programa de la tele sobre la vuelta al cole y la moda juvenil para el nuevo curso. Ilustrando las tendencias de este año salían unas nínfulas uniformadas de colegio, con libros y mochilas, vestidas con escuetas minifaldas escocesas, calcetines, zapatos de tacón de aguja y camisas abiertas hasta el piercing del ombligo, maquilladísimas con cara de lobas agresivas y una pinta de putas que tiraba de espaldas. Y lo más gordo es que después he visto por la calle colegialas vestidas así. O casi. Pero la mejor es la otra perla. Mi premio Reverte Malegra Verte a la imbecilidad del año 2003 se lo lleva un recorte de suplemento dominical –menos mal que no es éste– titulado La dignidad que esconde una chabola, donde el asunto consiste en demostrar que la pobreza no significa falta de imaginación a la hora de buscar soluciones que hagan acogedor un entorno. Nada de eso. Por Dios. También los pobres tienen su puntito. Y más ahora, cuando a los poblados chabolistas se les llama, hay que joderse, barrios de tipología especial. Así que, para demostrar que una chabola puede ser tan imaginativa y de diseño como un chalet de Ibiza, se muestran diversas fotografías de casas gitanas cutres, imagínense el paisaje, con relamidos textos estilo Architectural Digest: “Los materiales predominantes elegidos son la chapa, la madera y el cartón”, dice un pie de foto, para añadir que la chabola «cuenta con un solo espacio funcional que sirve como cocina, sala de televisión, baño y dormitorio». Y remata: «La solución para sostener el techo es una viga apoyada en un divertido bidón relleno de hormigón». Lo juro. Tengo el recorte. Y somos imbéciles. No me pidan que no pluralice.

16 de noviembre de 2003

lunes, 10 de noviembre de 2003

Soldados perdidos de Dios


El otro día volví a ver La misión, esa película extraordinaria que cuenta la rebelión de los jesuitas contra las autoridades coloniales y eclesiásticas a mediados del siglo XVIII, cuando las poblaciones ignacianas del Paraguay fueron entregadas por España a Portugal. En la guerra que aplastó a los pobres indios sublevados, algunos padres de la Compañía de Jesús tomaron partido, combatiendo como leones para defender a quienes llamaban sus hijos. Eso ocurrió diecisiete años antes de la expulsión de los jesuitas de España por Carlos III, y veintitrés antes de que el papa Clemente XIV decretara la supresión, que duraría casi medio siglo, de la orden aprobada a san Ignacio en 1540.

Aquella rebelión me fascinó de jovencito, cuando leí unas relaciones en las que padres de la Compañía contaban cómo dirigieron, con disciplina y tácticas militares, la lucha contra los portugueses. Tal vez por eso, por el desgraciado destino posterior de la orden, su carácter español y el detalle, importante para un lector mozo, de que Alejandro Dumas convirtiese al mosquetero Aramis en superior de la Compañía en El vizconde de Bragelonne, atribuí siempre a los jesuitas un carácter romántico, orgulloso, duro. Después supe que aparte de misioneros, científicos y educadores, también fueron, a ratos, nocivos para la libertad y el progreso, y que la ruina les vino de su propia arrogancia. Mas, pese a todo –incluido el rencor que, como español, profeso a la Iglesia católica desde el concilio de Trento por el vivan las caenas que cargo a su cuenta–, mi simpatía por la milicia de san Ignacio no llegó a extinguirse nunca. Más bien se renovó cuando, siendo reportero, anduve por ahí con jesuitas de mucha talla intelectual que no predicaban mansedumbre y sumisión, sino que se batían el cobre: unos con la teología de la liberación en la boca y otros con un fusil en las manos. Pidiendo que esta vez los dejaran equivocarse a favor de los pobres, pues durante mucho tiempo la Iglesia se estuvo equivocando a favor de los ricos.

En los últimos veinticinco años los han vuelto a machacar. Empezando por el padre Arrupe, superior de la orden, que después de haber sido ojito derecho de Juan XXIII y Pablo VI, apuntándose con su tropa a los aires renovadores, acabó en Roma como furcia por rastrojos, hasta que lo hicieron dimitir y se acabó la primavera romana de la señora Stone. Aquella apertura apoyada por los jesuitas, el compromiso activo del concilio Vaticano II con los infelices y oprimidos de la tierra, hizo mutis con el cerrojazo polaco de Karol Wojtila, para quien la piedad, el dogma y la ortodoxia cuentan más que el debate libre y la justicia social directa. Apenas elegido, Juan Pablo II cambió la teología de la liberación y los curas obreros por el freno y marcha atrás, la parafernalia viajero-mediática, el dú-duá de las amigas Catalinas y el arrinconamiento del ala progresista de la Iglesia, incluso de las órdenes religiosas tradicionales, en beneficio del Opus Dei, los Legionarios de Cristo y otros movimientos ultraconservadores que han florecido en el mundo al socaire de Roma. Y en España, para qué les voy a contar.

Y ahí están, los chicos de san Ignacio. Puteadísimos. Su actual prepósito, el padre Kolvenbach, intenta templar gaitas. Las heridas y recelos, dice, se han superado. Quizá sea verdad, en parte; pero el precio fue alto, y lo sigue siendo. En las dos últimas décadas, el atrevido movimiento misionero de los jesuitas, su compromiso intelectual y su orgullosa independencia, los ha hecho clientes habituales de la Congregación para la Doctrina de la Fe, antes llamada Inquisición. Como antaño, aunque más suave de modales, Roma disciplina a las ovejas que no marcan el paso. Ad tuendam fidem. Y así, muchos jesuitas castigados, amordazados o hartos, cayeron por el camino: 10.000 bajas en veinte años, y sólo 929 seminaristas, hoy. Casi una limpieza étnica.

Tal vez por eso me siguen gustando esos tíos. Aunque sus jefes de ahora no tengan otra que envainársela y doblar el pescuezo, mucha tropa sigue fiel al compromiso radical con los pobres y la liberación de los pueblos, pese a la que está cayendo. Y a la que va a caer. Supongo que hay mucho de novelesco en mi punto de vista, pero ya ven. Subjetivo que es uno. De algún modo sigo viéndolos como herederos de los arrogantes jesuitas que, con un par de huevos, pelearon junto a sus hijos indios, vendiendo cara la piel. Sin rendirse. Como soldados perdidos de Dios.

9 de noviembre de 2003

domingo, 2 de noviembre de 2003

Huérfano de peluquero


Hay que joderse. Ayer también me quedé sin peluquero. Cuando fui a mi peluquería habitual, La Prensa, esquina a la plaza del Callao de Madrid, la encontré cerrada. Recristo, pensé. Presa de oscuros presentimientos acudí al portero de la casa vecina, y éste confirmó mis temores. Nano se ha jubilado, dijo. El dueño vende el local. ¿Y qué hago?, pregunté. El tipo se encogió de hombros como diciendo: búsquese la vida. Salí a la calle mirando alrededor con cara de no creérmelo. Desamparado como un huerfanito al que se abandona en mitad del bosque.

Nano era el último superviviente. Un peluquero sesentón, veterano. Un artista seguro, infalible. Un clásico. Un día de estos me jubilo, comentó la última vez, mientras me esquilaba con su habilidad de siempre. Quería retirarse a su pueblo, a plantar tomates y criar gallinas. Pero no creí que fuera tan pronto. Después de la jubilación de Andrés, su compañero, sólo quedaba él. No había que darle explicaciones: máquina a tope, como a los soldados, y unos retoques de tijera. La charla y la propina habitual. Con Andrés y con él estaba seguro. La primera vez que entré allí, hace veintiocho años, y me adoptaron como cliente para toda la vida, llevaban tiempo cortándole el pelo a la gente. Solía darles pie para que me contaran recuerdos de cuando Madrid aún era Madrid, y se podía aparcar en la Gran Vía, y tenían por clientes a Antonio Machín, Pedro Chicote, Boby Deglané, Alfredo Mayo y gente así. Cuando las lumis de lujo, con su pelo teñido y el abrigo de pieles pagado por don Fulano o don Mengano, tomaban un café en la esquina, en Fuyma, antes de irse a bailar enfrente, a echar el anzuelo en Pasapoga.

También estaba La Señorita. Había sido un bellezón en los años cincuenta, y todavía lo era. Soltera, guapísima, educada, trabajaba de manicura en la peluquería, y te dejaba las manos como las de un pianista. Siempre le sospeché una antigua historia de amor de las que terminan mal. Solía piropearla suavemente, con tacto. Ya he dicho que seguía siendo hermosa y encantadora. La Señorita fue la primera en jubilarse, allá por finales de los ochenta, por la misma época en que Fuyma se convirtió en un Cajamadrid. Nano y Andrés la echaban mucho de menos. Creo que en el fondo siempre estuvieron algo enamorados de ella. Nunca supe su nombre. Siempre la llamaron La Señorita.

Después se jubiló Andrés. Era flaco y elegante. Hablaba mucho de un hijo del que estaba orgulloso, y cuando empecé a escribir novelas solía darle para él libros dedicados. Andrés era tranquilo, fumaba con mucha clase y siempre pedía perdón y daba las gracias cada vez que te hacía mover la cabeza para un repaso de tijera o navaja. Sus manos olían a loción Floïd y a Guante Blanco. Andrés se tomó la jubilación anticipada, y Nano anduvo mosqueado, porque aquello le parecía una pequeña traición. Pero Andrés siguió yendo por allí, a cortarle el pelo a su antiguo compañero.

Al fin sólo quedó Nano. Bajito, activo, filósofo. Igual que con Andrés y con La Señorita, siempre nos tratábamos de usted. Como una premonición, las últimas veces hablamos de los tiempos que se fueron, cuando había carteles en la puerta de las peluquerías anunciando: Se corta el pelo a navaja. Ya no hay artistas, apuntaba Nano. La gente tiene lo que se merece. Se acaban los viejos profesionales del peine y la tijera. Ahora todo son centros capilares, estilistas y mariconadas. Eso decía, y yo le daba la razón. Supongo que de alguna forma intuíamos que cualquiera de aquellos cortes de pelo sería el último.

El caso es que ayer deambulé angustiado por Madrid, con cara de gilipollas, buscando una peluquería de las de siempre. Pasé en ello toda la mañana, asomándome a las pocas que quedan abiertas. No me convencieron: peluqueros demasiado jóvenes. Por fin, en la calle de la Bolsa, descubrí una donde dos viejos profesionales de pelo gris leían el periódico. Entré como quien busca refugio. Me he quedado sin peluquero, dije sentándome. Uno de ellos apagó su cigarrillo en el cenicero, me puso el peinador por encima y preguntó, impasible: «¿Cómo lo quiere el señor?». Militar, dije. Cuando sentí el chas-chas de las tijeras en el cogote cerré los ojos, confortado. En la radio sonaba, lo juro, el pasodoble Suspiros de España. Con suerte, pensé, tengo para cinco o seis años más. Después, que el diablo nos lleve a todos.

2 de noviembre de 2003

lunes, 27 de octubre de 2003

El subidón del esternón


Lo confieso. Soy un chulo y un prepotente. Acabo de comprenderlo tras la publicación de aquel artículo sobre las artistas y los artistos donde le contaba a mi colega el perro inglés los pormenores de la presentación de un nuevo elepé, o cedé, o como carajo se diga ahora, choteándome de cierta música con mensaje guais del Paraguais, y del compromiso de algunos jóvenes artistas con los valores de las personas humanas y jurídicas. Tras publicarse aquello, un conocido, ejecutivo de discográfica potente, me echó en cara mis prejuicios. Eres un carca, dijo. A ver si te crees que sólo decían cosas Brassens y Brel y Paco Ibáñez, tío. O Serrat y Sabina. Lo que pasa es que los tiempos cambian, y no te enteras. Los de tu generación estáis para echaros a los tigres. Cabrón.

Confieso que me hizo pensar. Lo mismo tiene razón este hijoputa, reflexioné. Así que, dispuesto a salvarme de los tigres a toda costa, me abalancé sobre el Canal Music Channel, o como se llame, y me calcé diez horas de puesta al día. Por fin vi la luz. Y me la envaino: la música actual es tan comprometida como la de antes. O más. Me di cuenta, sobre todo, con una canción comprometidísima de una torda jovencita que no me acuerdo ahora cómo se llama, pero que arrasa. Sin duda porque su último éxito tiene, y ahí me duele, una enjundia de la leche. Fíjense, si no, como empieza: Fin de semana, por fin / hoy es viernes, voy a salir. / ¡¡A ponerme ciega!! / Cojo el coche, cruzo Madrid / mientras todos luchan por mí / ¡¡yo me haré la sueca!!... Y reconozcan, como yo lo hago, que ahí arranca ya todo un programa vital, filosófico, apoyado sobre todo en los conceptos ciega y sueca. Que te dejan así, como meditando. Absorto.

Prosigue la letra: En mi buzón mil mensajes nuevos / tengo un plan genial / y subiré a tocar el cielo / ¡¡Y no voy a parar!!... Espero que adviertan el toque juvenil, fresco, de los mil mensajes del buzón y lo del plan genial, pues ambos elementos son claves para apreciar lo que sigue: No quiero irme a dormir / ahora no me muevo de aquí / pues estoy de miedo. / Roces, manos que van más allá de lo que es legal / bajan al infierno... Aparte la extraordinaria rima –lo de estoy de miedo y lo de bajar al infierno son hallazgos sutiles–, todo eso prepara magistralmente lo que viene después: Sexo y alcohol laten en el aire / y en el esternón / qué subidón / ya no hay quién me pare / ¡¡Menudo colocón!!... Admito, llegados a este punto, que esternón junto a subidón y colocón constituye una rima algo arriesgada en lo conceptual. Pero los jóvenes son jóvenes, qué diablos. También Quevedo se arriesgaba, y está en los libros de texto. O por lo menos estuvo hasta que Maravall, Marchesi y Solana decidieron hacer más operativa y actual, con la Logse, la cultura de la niña.

Pero sigamos, que mola un mazo: ¡¡Me voy de fiesta!! / Cargada de copas / casi sin ropa / voy a triunfar. / ¡¡Me voy de fiesta!! / Espérame fuera, quizá yo te suba algo más... Y oigan. Aparte del legítimo afán de triunfo que expresa la chavala, lo último constituye un hallazgo en materia de doble sentido. No sé si ustedes captan el intríngulis. Subidón, ya se sabe. Copichuelas, algún productillo complementario, tal vez. Y la antedicha dispuesta a colaborar, voluntariosa, en la subida o subidón del receptor, presumiblemente varón y en buena forma física. Todo un programa.

Pero el mensaje de verdad, el culmen del texto, es el final. Que dice: Ya sale el sol / mi Amedio y yo / Marco en el ascensor. / Dale al botón / no quiero bajón. Como ven, aparte su intertextualidad con la referencia culta al mono Amedio, el ritmo se vuelve ahora rápido, acelerando a medida que el subidón y el esternón campan a su aire, con esas rimas tras cuyo parto intelectual, la chica, que por lo visto compone sus propias murgas, debió de quedar exhausta. Y fíjense, sobre todo, en el ingenioso doble sentido de darle al botón para que no haya bajón. Porque si uno le da al botón para subir, los ascensores suben. Subir un ascensor es lo contrario de bajar. Y bajar puede asociarse con bajón. ¿Comprenden?. Por eso digo que hay doble sentido. Además, la cantautora es coherente. Sería contradictorio y falto de chicha que, después de salir el viernes a ponerse ciega con mil mensajes en el buzón y el hueso esternón latiéndole a toda hostia con el subidón, al final la pava terminara la noche con un bajón. En tal caso, el mensaje de la canción se iría a tomar por saco. Sí.

26 de octubre de 2003

domingo, 19 de octubre de 2003

La sorpresa de cada año


La verdad es que cuando lo pienso, y sobre todo cuando me toca vivirlo, las vísceras me piden venganza. El problema es que no sé en quién vengarme, porque el enemigo es demasiado confuso, general. Colectivo. Y me incluye a mí mismo, supongo. A fin de cuentas, tengo Deneí de aquí, mayoría de edad y derecho a voto, y soy tan responsable de este desparrame como cualquiera. O sea que también apuesto por mi mismidad, como dirían muchos diputados de nuestro culto parlamento parlamentario; a los que, por cierto, les ha dado últimamente por usar el verbo apostar sin ton ni son, lo mismo para un cocido que para un estofado. Ahora todo el mundo, políticos, banqueros, periodistas, tertulianos de radio, apuesta por eso o por aquello, en lugar de optar, o desear, o elegir, o proponerse, o preferir, o prever. Además de ignorar estólidamente la existencia de los diccionarios de sinónimos, nos hemos vuelto un país de apostadores, que es lo que nos faltaba. Encima de analfabetos, ludópatas.

Pero a lo que iba. Hace un par de semanas tuve la desgracia de que me pillaran las primeras lluvias del otoño en un aeropuerto español. Y el cuadro era como para irse por la pata abajo: vuelos retrasados y cancelados, multitudes desconcertadas haciendo colas larguísimas ante los mostradores de las compañías aéreas, etcétera. Luego, cuando al fin logré llegar a Madrid, del caos aeronáutico pasé al caos urbano: la ciudad, sus accesos y salidas eran una inmensa trampa de coches atascados bajo la lluvia, de accidentes, malas maneras, insolidaridad y desesperación. Y yo miraba todo eso desde la ventanilla del taxi, diciéndome: rediós, alguien –tal vez el Ministerio de Fomento, o uno de esos– tendría que averiguar un día de estos, si no es mucha molestia, cómo se las arreglan en Oslo, o en Londres, o en Reykiavik, donde no llueve, nieva, truena o lo que sea unas cuantas veces al año, sino que se pasan media vida con lluvia, nieve o lo que caiga, y sin embargo funcionan los semáforos, y circulan los automóviles, y los aviones salen a su hora, y no se paraliza medio país cada vez que el Meteosat empieza a dar por saco.

A ver si alguien me lo explica de una puta vez. Veamos por qué un taxi londinense me lleva al aeropuerto lloviendo a mares, y un taxi madrileño, cayendo en ese momento exactamente la misma agua, me tiene dos horas en un atasco, y encima con la radio a toda leche oyendo el fútbol. Es que los guiris tienen más costumbre, suele ser la respuesta. Allí arriba ya se sabe. Además, aquí eran las primeras lluvias del año, la primera nevada del año, los primeros calores del año, las primeras vacaciones del año, el puente tal o el puente cual. Naturalmente, nos pilló por sorpresa, dicen. O decimos. Y luego nos fumamos un puro. Porque ésa es otra: la milonga de la sorpresa. Cómo carajo conseguimos que siempre nos pille por sorpresa todo. Nos sorprende que haya una ola de calor en verano y que venga una ola de frío en invierno, y que en abril caigan aguas mil. Aunque siempre hay previsto algo. Faltaría más. Pero claro, ¿qué pueden hacer los gobiernos y los ciudadanos frente a la conjuración malvada de los elementos? Cero pelotero. Por eso aquí nadie tiene la culpa.

Da igual que las estaciones del año vengan muy bien explicadas en el calendario, que la meteorología e incluso la estupidez humana sean predecibles, que sepamos que en invierno hace frío, que en verano hace calor, que la lluvia moja y que el mar hace olas, y que en cuanto caigan cuatro gotas o cuatro copos, como ocurre año tras año desde hace la tira de siglos, los trenes se retrasarán porque las vías no están previstas para tanta agua, los aeropuertos cerrarán porque no están previstos para tanta niebla, las calles se congestionarán porque no están previstas para tanta nieve, y todos los ciudadanos de este puñetero e irresponsable país, exactamente como cada año por las mismas fechas, volveremos a quedarnos paralizados y con cara de gilipollas. Y, como ocurre por lo menos desde que a Felipe II le hundieron la armada los elementos, nadie, ni los ciudadanos, ni el gobierno, ni el ministerio tal o cual, ni las compañías aéreas, ni los aeropuertos, ni los alcaldes, ni los concejales, ni nadie, se confesará responsable del putiferio. Somos un país de imbéciles inocentes. Aquí nunca apostamos por tener la culpa de nada.

19 de octubre de 2003

domingo, 12 de octubre de 2003

Jurados del pueblo popular


Me sonaba el asunto, así que acabo de remover papeles viejos para comprobarlo. Y sí. En noviembre hará ocho años, mi artículo de esta misma página se titulaba No quiero ser jurado, y en él explicaba las razones en mi constructivo tono habitual. Nunca en este país de hijos de puta, era más o menos la conclusión del asunto. A estas alturas de la feria no voy a tirarme pegotes, porque tampoco era difícil prever lo que se avecinaba; pero ahora, después de lo del fulano que se cargó a los ertzainas y la metida de gamba con Dolores Vázquez y compañía, debo reconocer que me quedé corto. Y además, rectifico. Entonces sostuve que era mejor no depender del capricho, antipatía, senilidad o mala digestión de un fulano, sino de doce. Y no. Me lo envaino. Lo de los doce es todavía peor. Lo del jurado popular integrado por el pueblo. Además, hace ocho años todavía no habíamos ganado a pulso el título de sociedad basura que ahora ostentamos con desvergüenza, aunque íbamos de camino.

Me explico. En aquellos tiempos podía tocarte, a lo peor, un jurado de espectadores de Código Uno –ése fue mío durante mes y medio– o de Lo que necesitas es saber dónde. O sea. Basurita más o menos controlable. Los que ahora pueden juzgarte son espectadores contumaces de Gran Tomate, Salsa Marciana y demás. Gente que tiene en la tele exactamente lo que pide. Y lo que pide es espectáculo sin reglas, protagonizado por profesionales de la telemierda. Como la fórmula es eficaz, ya no se limita al ámbito clásico de las bisectrices de Carmen Ordóñez o Sara Montiel, sino que contamina todos los aspectos de la información general. Y así puede verse a cualquier pedorra autocalificada de periodista hablando de derecho penal a las cuatro de la tarde, a un maricón de penacho de plumas y pandereta subido a una mesa explicando cómo habría resuelto él la guerra de Iraq, o a un putón esquinero fichado como comentarista rosa explicando por qué le ve cara de asesina a ésta o aquélla. Amén de las rigurosas encuestas televisivas de costumbre a pie de obra, con los vecinos de la víctima o el verdugo aportando su objetiva lucidez al asunto.

Así que me ratifico. Y digo más. Si hace ocho años no quería ser jurado ni por el forro, ahora, tal y como han ejecutado la cosa, le rezo cada día a San Apapucio y al Copón de Bullas para no caer nunca en manos de doce sujetos cuyo único vínculo con la realidad pueda pasar a través de nuestra puta tele. Me importa un carajo, además, esa falsa polémica que se han montado algunos soplacirios de que el juez es algo de derechas y el jurado es de izquierdas. Si algún día, por ejemplo, me acusan de asesinar a mi editor, de plagiar a Corín Tellado o de darle dos hostias a un catedrático de Murcia, y me van en el lance la libertad o una pasta gansa, prefiero jueces expertos que conozcan su oficio, o mejor –y esto sería mi ideal– jurados mixtos dirigidos por profesionales del oficio, en vez del habitual desparrame popular, acéfalo e indocumentado que los defensores a ultranza de esa modalidad radical, acomplejados como demócratas de hace media hora, creyeron descubrir en las películas gringas, olvidándose peligrosamente de los a veces penosos resultados de esa clase de tribunales en el siglo XIX y en la Segunda República, e ignorando, sobre todo, dónde estamos, quiénes somos, y lo poco que nos dejan ser.

Porque ya me dirán. Si el manejo de un cazabombardero se confía a un experto, no veo que sea antidemocrático negarle el derecho a pilotarlo en exclusiva a una maruja o marujo sin preparación técnica y encima adictos a Qué me cuentas, Corazón. Lo mismo pasa con la administración de justicia, sobre todo en esta tierra violenta, analfabeta y de tan mala leche, abonada para el linchamiento, en la que, cuando cierta clase de pueblo abre la navaja y emite veredicto, no queda resquicio alguno para razones técnicas ni veleidades intelectuales. Frente a eso, para aprovechar el sentido común de la gente de bien, que la hay, y educar de paso a las malas bestias en el ejercicio de las libertades y responsabilidades, no basta entregar la administración de justicia como se arroja bazofia a una piara de cerdos, para que se la repartan a su aire. Hay que orientar, aconsejar, dirigir. En un sistema mixto, un juez decente y eficaz puede ayudar a que los jurados sean decentes y eficaces. A que, en resumen, se haga justicia. Lo demás son complejos y son películas.

12 de octubre de 2003

domingo, 5 de octubre de 2003

Artistas o artistos con mensaje


Total. Apago la tele y llamo al perro inglés. Recristo, le digo. He visto la presentación del último cedé, o elepé, que se decía en nuestros tiempos, de uno de esos artistas que viven en Miami o que pasan por allí. Alejandro Iglesias creo que se llama, o Enrique Bisbal, o igual era una pava, oyes, Paulina Aguilera, Chenoa Rubio o algo por el estilo. Y mira, chaval. Te digo una cosa. Al lado de lo que acaban de ver estos ojitos que se ha de comer la tierra, las presentaciones de nuestros libros, los tuyos, los míos y los del resto de la peña, son una puñetera mierda. Asín de grande, tío. Y ahora estoy con un complejo de paria que me voy de vareta. Igual nos hemos equivocado de oficio, porque acabo de caer en que lo trascendente de verdad no es lo que nosotros hacemos dándole a la tecla, y que tus fiebres y tus lanzas, o los sefardíes y askenazis del otro colega que realquiló tu piso, o mis narcotochos del Sur, e incluso los orgasmos tibetanos de Paulo Coelho, que son la rehostia mística, no tocan ni de coña la médula del asunto. A ver cuando han dicho, por ejemplo, en la presentación de un libro tuyo, o mío, o del yayo Saramago, una perla Majórica como ésta: «El cantante, con una imagen más dura, no está de acuerdo con la sociedad actual y quiere dejarles a sus nietos un mundo mejor». Y es que somos unos tiñalpas, socio. Nos falta mensaje. Teníamos que habernos dedicado a la música.

Imagínate el cuadro. Tropecientos mil fans amontonados, levitando, junto a ochenta cámaras de televisión y trescientos periodistas y periodistos. Parafernalia cibergaláctica. Entradillas para Salsa rosa, Corazón corazón, Crónicas marcianas, Cuate aquí hay tomate, Qué me dices y Qué me cuentas. Una reportera vestida de verde fosforito con cremalleras hasta en los pezones y lentejuelas en la alcachofa del micro, que le dice a la cámara: «Al fin vamos a desvelar un misterio que nos tiene en ascuas: cómo va vestido el Artista». Y en esas, para desvelar este y otros fascinantes enigmas, aparece un alto ejecutivo de la discográfica ataviado con gorra de béisbol y pantalón rapero. «¡Con todos vosotros –larga mi primo– el Artista!». O la Artisto. Y el antedicho o la antedicha aparecen al fin en carne mortal entre aullidos del personal, acoso de cámaras y delirium tremens mediático. El acabose.

El Artista ha cambiado de línea estético-ideológica. Ha visto la luz. Ahora, para protestar contra la guerra, la injusticia, el hambre en Sierra Leona y lo de Iraq, se indumenta con chamarra militar, pantalón de camuflaje, camiseta de la teniente O’Neil, y al cuello le cascabelean, libertarias, unas chapas de identificación del ejército norteamericano. O sea. Una cosa sencilla, espartana, a tono con los tiempos, con un mensaje subliminal que te cagas. Pura metáfora. Además, según informa el ejecutivo –el interesado asiente humilde al escucharlo– para reforzar su compromiso, y que la gente sepa que no se trata de una mera imagen promocional oportunista, el Artista, dice, se ha tatuado el Guernica de Picasso en el huevo izquierdo y parte del derecho, porque no le cabía todo en uno. La basca aúlla entusiasmada y solidaria, encendiendo mecheritos Bic. No a la guerra, sí a la paz, corean miles de gargantas. El Artista sonríe, porque es un chico o chica sencillo y estas cosas, ya se sabe, lo cortan mucho. En su último cedé, nos informa el presentata, no ha hecho otra cosa que comprometerse hasta el páncreas, dando lo mejor de sí por la deuda que tiene con la Humanidad en general y con sus fans en particular.

Demostrando que pese a su modesta casa de Miami con embarcadero particular y helipuerto, no olvida el compromiso con los valores de las personas humanas. Los nuevos temas, remata el ejecutivo presentador, «son escalofriantes». Denuncian la guerra, la injusticia, la violencia de género, la pederastia en Tailandia, el aparcar en doble fila. A destacar la letra –«Descarnada, tremenda», matiza el ejecutivo– de la canción que da título al cedé: La guerra es mala, Pascuala. Llegados ahí, el Artista parece incómodo con que le desnuden su alma en público de esa manera tan inesperada, así que saluda tímido a sus fans, hace ademán de irse, empieza a irse, y al fin, retenido por el clamor popular y, supongo, por el contrato que ha firmado, se para un momento para posar durante una hora y tres cuartos ante las cámaras. Y lo hace con un yenesepacuá natural, espontáneo, como es él. Comprometido. Sencillo. Con mensaje.

5 de octubre de 2003

lunes, 29 de septiembre de 2003

Con o sin factura


La semana pasada, hablándoles de las mafias de la construcción, del trinque municipal y de la pasividad, cuando no complicidad, de la política con el desolador panorama de este patio de monipodio, se me quedó en las teclas del ordenata el asunto del dinero negro, ahora llamado eufemísticamente dinero B. Éste se diferencia del otro, como saben, en que ni se declara, ni paga impuestos, ni nada de nada. Y aunque no tenga ni pajolera idea de economía, cualquiera advierte que buena parte de la alegría mercantil en esta España que parece ir tan bien, como dicen quienes lo dicen, se explica porque hay una masa enorme de dinero negro moviéndose por debajo. Eso, claro, da mucho cuartelillo. También da de comer a la gente, hasta el punto de que al final nadie pregunta de dónde viene, y lo acepta como lo más natural del mundo. Al fulano que vende bemeuves, apartamentos o televisores en color, a sus empleados, a las familias de éstos y a la cajera del súper donde la señora o la suegra o el cuñado hacen la compra, les importa un nabo que el fajo de mortadelos que le ponen sobre el mostrador venga de la especulación urbanística, del atún rojo, de la venta de castañuelas flamencas o del narcotráfico.

Lo malo es cuando todo se vuelve tan natural y público que perdemos la vergüenza. Antes, quienes tenían la suerte de manejar ese tipo de dinero no declarado a Hacienda, abordaban la materia con mucho tacto y con infinitos circunloquios. Pero las cosas han cambiado, la filosofía del pelotazo caló muy hondo en la peña, y nadie se corta un pelo por decir en público que el chalet de cincuenta kilos lo ha comprado con tela B. Incluso se alardea de ello, para marcar distancias con los pobres capullos que van por la vida crucificados ante Hacienda con una perra nómina.

Corríjanme si tienen huevos: en España es casi imposible realizar una actividad económica sin toparse con dinero negro en algún momento de la peripecia. Con la presión fiscal convertida en expolio sistemático del ciudadano honrado, este Estado de mierda ha conseguido que la gente se lo monte a su aire, y al final quienes de verdad pagan el pato son los infelices que carecen de las complicidades oficiales adecuadas o viven de un sueldo controlado por Hacienda. En un país donde el dinero negro se mueve con naturalidad impúdica, desde la princesa altiva a la que pesca en ruin barca, desde el fontanero que pregunta si lo quieres con o sin factura hasta el que te vende el coche o la casa, ocho de cada diez fulanos apuntan una sugerencia más o menos explícita, una puerta abierta a la forma de pago, una facilidad a la hora de encajar la morterada, que te ponen los pelos como escarpias. Lo malo es cuando contestas que no, gracias, que lo tuyo es una nómina y no disfrutas de ese tipo de ingresos, o simplemente que no te interesan modalidades alternativas de pago y lo pagas todo por derecho y con factura. Entonces te toman por un tiñalpa o por un perfecto gilipollas. Es más: conozco a gente que no ha podido adquirir tal o cual cosa –o no ha querido– porque el vendedor exigía que la mayor parte del pago fuese en B. Y no hablo sólo de particulares que manejan bienes propios y hacen de su capa un sayo; a menudo quien plantea el asunto es un proveedor oficial de una gran marca, o el agente de una cadena multinacional. O un funcionario público.

Hay numerosos ejemplos con los que podría ilustrarse todo esto. Entre las bonitas anécdotas personales tengo una de hace años, cuando pretendía comprar una casa, y una propietaria, anciana respetable, collar de perlas y sonrisa encantadora, abuela de nietos que estudiaban carreras adecuadas, me planteó sin rodeos que los dos tercios del pago fuesen, dijo literalmente, «en dinero del otro»; y cuando respondí, cortés, que de eso nada, monada, me miró como si yo fuera un muerto de hambre. O el caso de un conocido que quiso venderme una plaza de garaje mitad y mitad, y cuando lo informé de que en materia de pagos sólo pronuncio la letra A, propuso: «Bueno, pues dámelo en talones pequeños al portador, que ya me arreglaré yo con Hacienda». Lo último fue hace una semana justa. Fui a una tienda famosa y potente a comprar unos electrodomésticos; y a la hora de sacar la tarjeta de crédito, el vendedor, hombre amabilísimo, bajó la voz para decirme en plan compadre: «Si paga con tarjeta tendré que ponérselo todo en la factura...» y luego se me quedó mirando, como sugiriendo tú dirás. Y eso fue lo que más me fastidió. El compadreo.

28 de septiembre de 2003

domingo, 21 de septiembre de 2003

Golfos, Ayuntamientos y ladrillos


En el fondo tiene su gracia. Creo. O su maldita gracia. Hace un par de meses, coincidiendo con la crisis de Marbella y con el putiferio de la Asamblea de Madrid, un grupo de trabajo de cuatro universidades europeas, incluida la de Málaga, hizo públicos los resultados de un estudio interesantísimo en el que se atribuía al dinero negro el auge inmobiliario en la Costa del Sol, se alertaba sobre el control político de municipios por mafias de constructores, y se denunciaban los vínculos que a veces se dan entre construcción, delincuencia y política. Los resultados del informe eran estremecedores, sobre todo porque, aunque el estudio se limitaba al litoral malagueño, algunos datos eran aplicables –aparte honestas excepciones, supongo– a la realidad de innumerables municipios españoles, con costa o sin ella. Y la conclusión final era desoladora: en materia urbanística, la corrupción no tiene color político. Cuando se trinca, lo mismo dan tirios que troyanos. Y para más escarnio, los controles ciudadanos, administrativos y judiciales que deberían vigilar todo eso, no intervienen: se ven con las manos atadas, miran hacia otro lado o se llevan su tajada del pastel.

El hecho, como digo, de que la difusión del informe coincidiese más o menos en el tiempo con las crisis de Marbella y de la Asamblea de Madrid, que precisamente ponían de manifiesto los efectos de esa nefasta vinculación de ladrillos y política, me hizo pensar que el asunto daría de sí y que, con las armas proporcionadas por el informe, algunas personas decentes apuntarían hacia aquí o hacia allá, aprovechando para airear el asunto, abriéndose tal vez un debate sobre la corrupción urbanística y sus ramificaciones de todo tipo, incluida una que explica no pocas cosas en la realidad política española: el clientelismo y la subordinación de quienes necesitan esto o lo otro a los grupos de poder instalados en ayuntamientos o gobiernos autonómicos, donde una recalificación de terrenos o una licencia urbanística pueden suponer negocios de miles de millones de mortadelos. Por ejemplo.

Bueno, pues no. Quiero decir que después de publicarse el informe, todos se callaron como furcias. Y ahí siguen, silbando mientras miran al tendido. Y cuando digo todos, digo todos. A primera vista sorprende, claro. Que pongan a tiro la ocasión y nadie mueva una ceja. Pero luego atas cabos. A ver por qué se creen ustedes que cuando un grupo político se reparte el poder en un ayuntamiento recién conquistado nunca hay problemas para nombrar al concejal de Deportes ni a la concejala de Cultura, pero todo cristo se acuchilla sin piedad en torno a la concejalía de Urbanismo. La razón es evidente: porque ahí está la viruta. Y eso pasa lo mismo en la Asamblea de Madrid que en Villaconejos del Cenutrio o en el ayuntamiento de Jaén, por ejemplo, donde a principios del verano los del Pepé aún se estaban dando de hostias entre sí, casualmente por el control del área de urbanismo.

Pero claro, no se trata de eso nada más, en un país donde combatir los delitos urbanísticos y la corrupción política tropieza –que también es casualidad, mecachis– con el hecho de que se haya decidido no perseguir delitos por debajo de los quinientos kilos, que ya es una pasta, y donde nadie pega un puñetazo en la mesa ni se pronuncia a menos que esté muy obligado y se destape el asunto. Y aun en tal caso lo hace con mucho tiento, porque nunca se sabe. O al contrario: porque se sabe. A fin de cuentas, aunque uno sea honrado y limpio como los chorros del oro, cosa que en política ocurre a veces, siempre hay alguien –si no eres tú será un pariente, un colega o un compañero de partido– que tiene un esqueleto enterrado en hormigón. Y así es como se explica, entre otras cosas, parte de la boyante economía de esta España que en materia de negocios va tan de puta madre: un monipodio de compadres que se callan o que trincan mientras ladrones convictos enriquecidos precisamente con la especulación urbanística –otra casualidad– no sólo no ingresan en prisión, ni se les embarga nada porque nada tienen a su nombre, sino que pasan el verano rascándose los huevos en su yate mientras esperan el indulto. Mientras que a una abuela de ochenta años, que cobra una mierda de pensión, se le pasa hacer un año la declaración de la renta y la persiguen hasta la tumba.

21 de septiembre de 2003

domingo, 14 de septiembre de 2003

Se busca Ronaldo para Fomento


Ahora que Jordi Pujol está a punto de jubilarse, me pregunto si no sería posible ficharlo para la política nacional, como a esos jugadores de fútbol por los que se paga una pasta enorme. El ya casi ex honorable presidente de la Generalidad catalana es el mejor político que ha dado la España del último tercio del siglo XX. Su inteligencia y su tacto profesional son para echarle de comer aparte, sobre todo si lo comparas con otros fulanos de su quinta: paquidermos franquistas o paletos neolíticos. El president se los come sin pelar, porque el arte básico de la política es como el de los triles: ésta me pierde, ésta me gana, adivinen bajo qué tapón está la bolita. Se lo lleva muerto la casa, oigan, y ha perdido el caballero. Y claro. En un quilombo como el nuestro, que íbamos camino de ser una democracia seria como la británica y nos estamos quedando en un pasteleo de compadres y golfos estilo Italia de Berlusconi, tener a mano un político eficaz, solvente, fino filipino, resulta más que un lujo: es una necesidad de supervivencia.

Está feo que yo lo diga, lo sé. Pero la idea es cojonuda. A ver por qué esto de la política no puede funcionar como el fútbol, con los partidos y los gobiernos y las autonomías y hasta los ayuntamientos fichando a políticos nacionales y extranjeros con limpia y probada ejecutoria. Un Ronaldo de la economía. Un Beckham de la política exterior. Un Zidane del Fomento. No me digan que no iba a ser la leche. Mercenarios de elite cuyo aval y objetivo fuese la eficacia. Gestores de la política, profesionales rigurosos para devolverle el crédito a un país donde los aficionados y los sinvergüenzas no se limitan a emputecer y a robar, o a dejar que otros roben, sino que encima, a la hora de justificarse, se llevan por delante las instituciones y lo que haga falta, cargándose por un cochino voto lo que costó quinientos años conseguir y un cuarto de siglo sanear, democratizar y consolidar. Quizá se pregunten dónde queda el sentimiento patriótico en todo esto: la bandera y demás. Pero qué quieren que les diga. Entre todos han conseguido ya que lo de patria suene fatal, y las banderas no te digo. Más lealtad a sus colores encuentro en Beckham cuando habla del Real Madrid, que en muchos de los irresponsables, los incompetentes, los demagogos o los hijos de la gran puta que, en esta España que algunos ni siquiera se atreven a nombrar, infaman el paisaje de la política.

Calculen qué diferencia si pudiéramos fichar a gente de pata negra, con pedigrí. Se les da una pasta y el título de español, o de gallego, o de vasco, o de melillense, o de secretario general del Pesoe por cuatro años prorrogables. Que un ministro japonés ha gestionado bien la economía, pues se le ficha. Que un presidente australiano se jubila con brillante historial, millones al canto. La única condición es que todos sean figuras; porque mierdecillas, advenedizos y segundones ya tenemos aquí a espuertas. Se me licuan los tuétanos de gusto imaginando, oigan, un gobierno español donde, por ejemplo, el ministro de Defensa y el de Justicia fueran ingleses; el de Fomento, alemán; el de Hacienda, suizo; el de Educación, francés; el de Cultura, italiano, y el de Deporte, chino. Luego, para la cosa de la transparencia, y a fin de evitar chanchullos y escándalos, podría autorizarse el uso de publicidad, a fin de que sepamos de quién trinca cada cual y cada cuala.

Así, como los deportistas en sus camisetas, los presidentes, ministros, lehendakaris, presidents, consejeros autonómicos y demás, llevarían el nombre o el logo de quienes les endiñan viruta bien visible en corbatas, chaquetas, carteras de mano, alcachofas de micrófonos y paneles al fondo de las ruedas de prensa. Así nadie iba a llamarse a engaño: Truquibanco, Petroyankee, El Honesto Ladrillo S.A., Asociación del Rifle, Ecónomos Reunidos de la Santa Madre. Todo eso, claro, mientras fuesen figuras de primera división.

Después, a medida que se desgastaran o pasaran de vueltas, podríamos irlos traspasando a autonomías de segunda fila, ayuntamientos y sitios así. Y luego, para reciclarlos hasta el final –del político, como del cerdo, puede aprovecharse todo–, a países del Tercer Mundo. No vean lo que iban a presumir en Rascahuevos del Canto fichando para jefe de la policía municipal de su pueblo a Colin Powell, cuando éste dejara de ser director general de la Guardia Civil. O el juego que iba a dar Javier Arzalluz con eso de las tribus en Liberia o Sierra Leona...

14 de septiembre de 2003

domingo, 7 de septiembre de 2003

En brazos de la mujer bombera


Me pregunto qué habrá pasado con las bomberas murcianas. Hace unos meses, el concejal de Extinción de incendios de allí manifestó su empeño de que además de bomberos machos haya también bomberos hembra. «No pararé hasta que lo logre», afirmó públicamente el concejal en cuestión. La cosa venía de que, en las últimas oposiciones al asunto, entre seiscientos aspirantes a doce plazas se presentaron sólo seis mujeres, de las que cuatro renunciaron y las otras no pudieron pasar las pruebas físicas. Lo que me parece, con perdón, lógico. A fin de cuentas, lo del casco y la manguera y el hacha para romper puertas y los rescates colgado de una escalera o una cuerda no son cosa fácil, requieren cierta musculatura, y es normal que, salvo excepciones tipo Coral Bistuer, las tordas no estén a la altura. Lo que no quiere decir, ojo, que las mujeres no puedan o no deban ser bomberas, o bomberos, o como se diga; sino que lo normal, en un oficio que entre otras cosas requiere estar cachas, es que sean hombres quienes superen con menos esfuerzo las pruebas físicas.

Tengan en cuenta que para las oposiciones bomberiles hay que realizar pruebas escritas con problemas matemáticos y temas legales y poseer conocimientos de carpintería, albañilería y electricidad, pero también es necesario superar pruebas que incluyen correr cien metros, correr mil quinientos, nadar cincuenta, levantar pesos, subir una cuerda, saltos de obstáculos y flexiones. Es natural que en esto último los hombres lleven ventaja. De cara a ciertos oficios, lo sorprendente sería lo contrario. A ver a quién iba a extrañarle, por ejemplo, que en unas oposiciones para luchador de sumo no saliera ninguna geisha.

Pero a lo que íbamos. En vista de lo ocurrido, el concejal responsable de Extinción de Incendios anunció que conseguir mujeres bomberas era una de las prioridades vitales de su departamento, sobre todo teniendo en cuenta que en España sólo hay –o había en ese momento– una mujer bombera; así que a la ciudad tenía que corresponderle, por huevos, el honor de tener la segunda. Y si salía una tercera y una cuarta, pues mejor me lo pones. La cosa era poder decir: aquí apagamos con bomberas y bomberos. Murcia siempre a la vanguardia. Así que, para facilitar ese logro histórico, la solución anunciada por el concejal fue rebajar más el nivel de las pruebas físicas exigidas a las mujeres. Y digo más porque el nivel ya se había rebajado en la oposición anterior, y aún así no triunfó ninguna gachí. O sea, que ya no se trata tanto de apagar fuegos como de cuestión de cuotas. Porque tiene razón el concejal murciano: si en España tenemos feroces caballeras legionarias, que desfilan con la cabra y le mojan la oreja incluso a las tenientes O’Neil de Bush, que no están como nuestras rambas en unidades de combate de primera línea sino marujeando en transportes, comunicaciones y mantenimiento, a ver por qué carajo no vamos a tener bomberas. Y oigan. Si aún rebajando las exigencias físicas no sale ninguna mujer en la próxima oposición, pues se insiste. Se sigue bajando el nivel de exigencia hasta que se consiga, al fin, meter a una. Por lo menos.

Ardo –adviertan el agudo juego de palabras– en deseos de que culmine la cosa, si es que no ha culminado ya. Así, cuando vaya a Murcia y se le pegue fuego al hotel Rincón de Pepe, entre las llamas y el humo vendrá a rescatarme una bombera intrépida. Me la imagino, y ustedes también, supongo, cogiéndome en brazos, yo agarrado a su cuello y corriendo ella sin desfallecer por los pasillos –aunque más me vale que el pasillo tenga sólo doscientos metros, que es lo que le habrán exigido a la bombera en las pruebas físicas–, apartando las brasas a patadas como una jabata, mientras nos caen alrededor vigas ardiendo y cosas por el estilo. Si eso lo hace un bombero macho, a ver por qué no puede hacerlo una pava. Luego me bajará sin pestañear y sin soltarme por una escalera de esas largas, y al llegar al suelo, como yo toseré, cof, cof, por el humo, encima se quitará el casco para hacerme la respiración boca a boca, porque aún le quedará resuello de aquí a Lima. Y después, como en todas las películas norteamericanas un minuto antes de que acaben, me preguntará: «¿Estás bien?». Guau. Qué fashion. Y todo eso gracias al concejal de Murcia.

7 de septiembre de 2003

domingo, 31 de agosto de 2003

Giliaventureros


Me parece muy bien que un fulano, o fulana, practique deportes de riesgo: parapuenting, nautishoking, tontolculing y todo eso. Cada cual es cada cual, y hay quien no encuentra riesgo suficiente en conducir cada mañana camino del curro, con doscientos hijos de puta a ciento ochenta adelantándote por los carriles derecho e izquierdo. Sobre gustos, ya saben. Como he comentado alguna vez, veo de perlas que alguien ávido de vivir peligrosamente haga motocross por Afganistán, o se tire por las cataratas del alto Amazonas con una piedra de quinientos kilos atada al pescuezo. Me parece bien, ojo, siempre y cuando el osado deportista no vaya luego quejándose al ministerio de Exteriores cuando un pastor de cabras afgano y enamoradizo lo ponga mirando a Triana en las soledades del Paso Jyber, o las pirañas motilonas le roan un huevo. Como el propio complemento indica, son deportes de riesgo, y punto. Allá cada cual con lo que se juega. Lo que pasa es que incluso ahí hay clases. Categorías. No es lo mismo ser un aventurero de riesgo que un giliaventurero. Y no es giliaventurero el que quiere, sino el que puede.

Para que ustedes capten la diferencia, pongamos que un aventurero normal, español, de infantería, al que le gustan los deportes de riesgo, compra en Carrefour un barreño de plástico, se pone un casco de albañil de la obra y los manguitos de su hija Jessica, y se tira dentro del barreño por los rápidos de un río asturiano, por ejemplo, al día siguiente de que el ministro de Fomento haya afirmado rotundamente que los ríos asturianos son los menos contaminados, los más tranquilos y seguros de Europa. Eso es echarle adrenalina y cojones al deporte, y ahí no tengo nada que objetar. Al Filo de lo Imposible se hace con cosas menos arriesgadas. Además, lo del barreño está al alcance de cualquiera. Sale por cuatro duros. Basta ser un poquito imaginativo y una pizca gilipollas.

El otro, el aventurero de riesgo de elite, o sea, el giliaventurero a lo grande, es un ejemplar más exquisito. Tiene rasgos específicos propios, lejos del alcance de cualquier tiñalpa. El nivel Maribel de sus hazañas, por ejemplo, está muy por encima de la media del resto de los aventureros cutres. Un giliaventurero de pata negra nunca se despeina por menos de una travesía atlántica a bordo de un navío de línea de setenta y cuatro cañones construido por artesanos turroneros de Jijona con bejucos del Aljarafe, y tripulado por una dotación hermanada y multirracial –eso es lo más emotivo y lo más bonito– compuesta por un saharaui, un chino, un maorí y uno de Lepe. Y si nunca llega a atravesar nada porque una vez se le suelta el bejuco y otra se le amotina el chino, y tiene que salir doce o quince veces, pues mejor. Más fotos y más prensa. Además hay aventuras alternativas, como hacer slalom entre los icebergs de Groenlandia con moto acuática y sin otra escolta que una fragata de la Armada, o tirarse con parapente de kevlar ignífugo sobre Liberia –hermoso detalle solidario con esos pobres negros– para aterrizar en Puerto Portals, entre una nube de fotógrafos, casualmente el día de la regata patrocinada por la colonia Azur de Juanjo Puigcorbé número 5.

Pero la piedra de toque, la condición indispensable, el contraste de calidad por donde se muerde a este aventurero al primer vistazo, es ese aura, ese carisma mediático que deja, para toda la vida, tener o haber tenido algún parentesco, aunque sea lejano o accidental, con familias de la realeza europea: primo del heredero de Varsoniova, ex novio de la hija hippie del rey de Borduria, hermano del cuñado del rey de Ruritania. Detallitos, en fin, que permiten salir en la prensa rosa. Ayuda mucho ser de buena familia, con posibles, y que el patronímico –con los aventureros cutres se dice nombre a secas– sea, por ejemplo, Borja Francisco de los Santos; pero que desde niño la familia y los amigos te hayan llamado, y sigan haciéndolo aunque ya tengas cuarenta tacos, Cuquito, Cholo o Totín. Porque luego, cuando el Hola dedica cuatro páginas a tu última hazaña, para el titular queda estupendo eso de Totín Fernández del Ciruelo-Bordiú, estirpe de aventureros, declara: «Que Televisión Española, Iberia, Telefónica, el BBVA, La Caixa, Trasmediterránea, Repsol, la Once y la Doce me financien esta gesta no tiene nada que ver con que yo sea cuñado del rey Ottokar de Syldavia».

31 de agosto de 2003

domingo, 24 de agosto de 2003

Mi amigo el torturador


Algunas veces, en otro tiempo menos académico, vi torturar. Sé que no suena políticamente correcto, pero no siempre eliges la letra pequeña, o bastardilla, de tu biografía. Hablo de torturar de verdad; cuando importa un carajo que el paciente salga inválido para toda la vida, o no salga. Pongamos Nicaragua, por ejemplo. Hace veinticinco años estuve con los rangers somocistas en el combate del Paso de la Yegua. Después, en una cabaña, había un prisionero herido que gritaba más de lo normal. Me acerqué a echar un vistazo; y cuando asomé la cabeza y vi el panorama, un teniente al que llamaban El Gringo, y con quien hasta entonces había tenido muy buen rollo, dejó la faena para mirarme de una manera –«¿Qué hace aquí este hijueputa?», preguntó– que me puso la piel de gallina. Supongo que esos héroes mediáticos que van a la guerra tres días, de turistas y acompañados por cámaras de televisión y oenegés, y a la vuelta hacen mesas redondas y escriben ensayos sobre el corazón de las tinieblas, habrían protestado, hablándole al teniente de derechos humanos y afeándole su conducta. Pero yo era un puto reportero y estaba solo con aquellos fulanos, en el culo del mundo. Así que decidí irme al otro lado de la aldea, a buscar una cerveza. No sé si me explico.

Otra vez, en Mozambique, conocí a un ex militar portugués. Nos hicimos colegas emborrachándonos en un puticlub. El tipo era simpático, y obtuve de él informaciones interesantes. Siempre hablan, dijo al fin. Y era evidente que lo que sabía del asunto no se lo había contado nadie. Si el operador –él decía operador– es inteligente y tiene paciencia, terminan contándotelo todo. Lo que pasa es que hay mucho aficionado, malas bestias con prisas, y esos destrozan a la gente y se les mueren entre las patas. «Hasta para eso hacen falta profesionales», remataba el cabrón, mirándome por encima del whisky. Y lo extraño es que aquel fulano, que a lo largo de la conversación me proporcionó argumentos objetivos suficientes para afirmar que era un hijo de la gran puta, me había estado cayendo bien. No por lo que contaba, claro, sino por la cara que tenía, sus gestos, la forma de explicar las cosas, el modo de bromear con el camarero, la cortesía exquisita con que trataba a las lumis negras del local. Pretendo decirles con esto que un torturador no lleva la T mayúscula tatuada en la frente; y que, si desconocemos su currículum, muy bien podemos tomarlo por uno de nosotros. O tal vez –lo que ya resulta más inquietante–, algunos de nosotros, en el contexto adecuado, podrían convertirse en torturadores.

A finales de los setenta, con motivo de un reportaje en la Antártida, conocí a varios oficiales jóvenes de la Armada argentina. Tenían mi edad, les caí bien, y ellos a mí. Eran apuestos y educados. Encantadores. Salimos un par de veces a cenar y de copas por Buenos Aires. A un par de ellos – Marcelo, Martín– llegué a considerarlos amigos. Yo era un reportero que cubría conflictos, revoluciones y guerras. Eso formaba parte de mi trabajo, y aquellos chicos eran contactos útiles que atesoraba en mi agenda. En esos tiempos aún coleaba la represión militar en Argentina, y los Ford Falcon circulaban todavía como sombras siniestras por la ciudad. Pero cuando yo mencionaba eso, ellos encogían los hombros. Nada que ver, decían. O muy poquito. Lo nuestro, decían, se limitó a algún operativo cumpliendo órdenes. Y cambiaban de conversación.

Años más tarde, el diario Pueblo me envió a cubrir la guerra de las Malvinas. Tiré de agenda, y mis amigos marinos, que entonces estaban destinados en embajadas argentinas europeas y en Inteligencia Naval de Buenos Aires, me fueron utilísimos. Obtuve de ellos muy buena información, y gracias a su ayuda viajé al escenario del conflicto y firmé muchos días en primera página. Después me fui a otras guerras. Entretanto, en Argentina había caído la dictadura militar, y empezaban a conocerse de veras los detalles de la represión, las torturas y los asesinatos. Un día abrí una revista y encontré una relación de torturadores de la Escuela de Mecánica de la Armada, con fotos. Mis amigos estaban allí. Todos. A uno de ellos, Marcelo, he vuelto a verlo hace poco, fotografiado en una cárcel española. Sigue teniendo cara de buen chico y conserva el bigote rubio, aunque ha engordado un poco. En el pie de foto figura su nombre real: Ricardo Cavallo.

24 de agosto de 2003

domingo, 17 de agosto de 2003

Maruja y Mariano atacan de nuevo


Les juro a ustedes por mis muertos más frescos que este verano estaba decidido a no teclear una línea sobre la indumentaria veraniega, los horrores de las pantorrillas peludas y las morsas desinhibidas que van por ahí derramando tocino sin pudor y sin refajo. Lo juro. Iba a callarme como una almeja cruda, rompiendo una tradición de diez años, que se dice pronto; pero ya saben que esto solía hacerlo en estéreo con el perro inglés, y éste pasó a mejor vida. O a peor, que nunca se sabe. El caso es que con mi vecino de ahora, pese a que es viejo colega y amigo, no tengo todavía las mismas confianzas, e ignoro si echa la pota cuando se le sienta al lado en un restaurante un fulano en bañador y chanclas y empieza, ris, ras, a rascarse los huevos. Así que, en la duda, este verano había decidido abstenerme. Nada de axilas peludas. Además, esos maravillosos anuncios de la Once y la canción del verano me han reconciliado mucho con la indumentaria estival. A fin de cuentas, las cosas terminan formando parte de tu vida, te gusten o no.

Viendo a los colegas con sus camisas de flores y sus calzones cortos, y a las pavas rascándose en la tripa los picores de la medusa del amor, me doy cuenta de que su mérito, o su éxito, estriba en que representan a gente a la que conoces, quieres y comprendes. Que su estética hortera y su guasa veraniega forman parte de tu propia historia y se han vuelto entrañables a tu pesar. Que las maripilis en plan Ketchup o los colegas con su murga de los chopitos y las tapas de jamón son ahora arquetipos tan españoles como el macarra de playa de los años setenta, la morena de la copla o el paleto de la boina que hacía Gila en los cincuenta. Y al final, fastidiándote como te fastidia lo negativo y torpe que representan, que es mucho, tienes que sonreír y quererlos, porque desayunas en el mismo bar, sufres a los mismos políticos, rellenas las mismas quinielas, y no eres quien para creerte mejor que ellos. A fin de cuentas, concluyes divertido, quizás tus bisnietos te imaginen así, con chanclas, bermudas de flores y camiseta a las siete de la tarde. La vida gasta bromas como esa.

El caso es que este agosto iba a indultar a Maruja y a Mariano con su parafernalia veraniega. Pero se me ocurrió bajar a Madrid la otra tarde, y mis intenciones solidarias se fueron al carajo. Imaginen –sin esfuerzo, pues todos frecuentamos los mismos pastos– un calor del carajo y una muchedumbre sudorosa y absolutamente despelotada. No digo ligera de ropa, ojo. Paquirrín en Matalascañas era Petronio en Capri comparado con aquello. No es ya que hubiera patas peludas, chancletas o camisetas dejando pelambreras sobaquiles al aire, como siempre. Es que la gente iba literalmente en pelotas por la Puerta del Sol y la Gran Vía, entraba al Corte Inglés o se sentaba en las terrazas como si anduviera por Benidorm o Torrevieja. La madre naturaleza no suele ser pródiga en favores anatómicos; así que el cuadro era una sucesión de espantos. Había cientos de tíos con el torso desnudo, las camisetas remetidas en el bolsillo de atrás del bañador.

Debo decir que las más decorosas eran las señoras de cincuenta años para arriba, con sus vestidos estampados y sus abanicos; aunque había alguna de las restauradas, con ganas de enseñarlo, como para darle cuatro tiros. El resto era una pesadilla de carnes, pelos, dedos de pies, ombligos con y sin piercings, pareos, granos en la espalda, abuelos de piernecillas desnudas y pálidas –haga usted la batalla de Brunete para acabar así–, tatuajes en las ancas, tetillas masculinas, tetazas desbordando el top, rodajas de sebo embutidas en tallas ridículas, sin familiares o amigos, supongo, que digan: Pepa, mujer, no irás a salir a la calle con esa pinta de guarra. Y así, desnudos, en tropel, apestándoles en los pellejos el sudor de treinta y ocho grados a la sombra, te mojaban al rozarte por la calle, en los semáforos, en las aceras, a quinientos kilómetros de la playa más próxima. Madrid, agosto del 2003. Mi esperanza, con la primera impresión, era que fuesen guiris. Que jugara el Manchester, o el Liverpool, o uno de esos, y por la noche los guardias estuviesen –ya saben que soy un reaccionario y un cabrón– arreándoles zurriagazos por todo Madrid. Pero luego me fijé, y nada de eso. Ocho de cada diez eran productos nacionales. Marranos de pata negra.

17 de agosto de 2003

domingo, 10 de agosto de 2003

El asesino que salvó una vida


Se llamaba Tanis Semielfo. Thantalas, en el lenguaje de los elfos Qualinesti. Llegó a casa de Beatriz, su dueña, en Culleredo, con dos meses cumplidos, desnutrido, deshidratado, lleno de pulgas, enfermo de displasia: una desconfiada bolita gris. Ella lo cuidó sin escatimar vacunas, desparasitaciones, piensos especiales, cien mortadelos mensuales por el tratamiento durante ocho meses. Ya saben. Los que tienen perros lo saben. Noches en vela, sobresaltos, meadillas por aquí y por allá, si no tuviera perro esto no pasaría, tus diarreas por todas partes, cabroncete, y yo partiéndome el lomo para comprarte comida y llegar a fin de mes.

A cambio, lo que también saben los que saben: el misterio leal de sus ojos, su presencia callada a los pies de la cama, su fuerza tranquila, el trueno del vozarrón perruno, su pataza torpe apoyada en tu brazo pidiendo una caricia, su trufa húmeda y fría, sus miradas de consuelo. De adoración. Si alguien mira a Dios, piensas, sin duda debe de mirarlo así. También colmillos, por supuesto. Diecisiete meses después, la bolita asustada y enferma pesaba cincuenta y cinco kilos, con setenta y dos centímetros a la cruz, y una boca en la que cabía la cabeza de un niño. Es un perro asesino, le dijeron a su dueña. Un Fila Brasileño. No vivirá mucho, porque tiene el hígado enfermo; pero, mientras tanto, cuidado con él. Mata. Su dueña tuvo mucho cuidado. También quiso saber más.

Investigó, reconstruyendo la siniestra biografía genética de su perro. Naturalmente, a ella no podía ser ajena la mano del hombre. Tanis era un perro hecho para el combate, un guerrero antiguo con una estirpe gladiadora tan vieja como la Historia: el Canis Familiaris Inostranzevi, el moloso persa, griego, asirio, el onzeiro, el cabezudo, el boiardeirobrasileño. Hace dos mil años, sus antepasados destripaban leones y gladiadores en el Coliseo de Roma, acompañaban a las legiones de César, cuidaban su ganado y despedazaban bárbaros con idéntica eficacia; y todavía hace siglo y medio, sus descendientes cazaban esclavos para los blancos en las selvas amazónicas. Por eso los cachorros Fila tienen ojos de viejo, y alma llena de costurones, y mirada resignada, hecha de siglos, de sangre y de fatalidad –su dueña me dijo que los ojos glaucos de Tanis le recordaban al capitán Alatriste–: el hombre los hizo asesinos, y lo saben. Sin embargo, cuando tienen amo no hay lealtad comparable a la suya.

Los Fila, como casi todos los perros, son fieles súbditos de reyes que no los merecen: luchan en guerras que no son suyas, dejándose matar a cambio de una palabra, una caricia o una mirada. Nadie ama como ellos aman. Nadie tocará al dueño mientras sigan en pie, luchando. Hablo de esos mismos dueños que luego, cuando los perros están viejos, enfermos o inválidos –a veces por obedecer sus órdenes– los abandonan, los envenenan, los echan a un pozo o los ahorcan. Eso era Tanis: un sicario. Una pistola cargada y amartillada en manos de los hombres. Uno de esos perros que, cuando el amo baja la guardia, salen en los periódicos y en el telediario, convertidos en criminales por la estupidez o crueldad del dueño, porque la naturaleza tiene extrañas oscuridades, o simplemente porque, en un mundo lleno de gente desquiciada, es lógico que se desquicien los animales. El caso es que, un día, Tanis, el asesino al que los vecinos, con toda la razón del mundo, miraban con recelo y miedo, paseaba por el parque junto a su dueña, entre niños jugando y mamás sentadas en los bancos. De pronto, un pastor alemán que estaba cerca –a diferencia del Fila, y en principio, el Pastor Alemán es un ciudadano libre de toda sospecha– atacó a un niño de tres años llamado Martín.

Por las buenas. Directamente a la garganta. Entonces TanisSemielfo, Thantalas en el lenguaje de los elfos Qualinesti, voló sobre la hierba. Todo el mundo, dueña incluida, creyó que se sumaba a la matanza. Pero no. Se fue derecho al otro perro, fajándose con él a dentelladas. Sangre, colmillos y jadeos: un alarde profesional, resultado de siglos de adiestramiento. Y no lo degolló allí mismo porque el pastor alemán se largó con el rabo entre las patas. El niño, derribado en mitad de la refriega, lloraba entre los gritos histéricos de su madre. Y entonces el perro asesino, cojeando con una pata lastimada y en alto, fue a tumbarse panza arriba, junto a él, para que le acariciara la barriga.

10 de agosto de 2003

lunes, 4 de agosto de 2003

El timo del soldadito Pepe


Es que lo ponen a huevo. Observen si no la perla. Televisión, hora de máxima audiencia, publicidad: «Nuestras fuerzas armadas siempre están donde se las necesita». Ahí, nada que objetar. Las fuerzas armadas están para eso. Patria aparte, soldado viene de soldada, que significa cobrar por jugarse el pellejo. Al oír lo de fuerzas armadas –fuerza que lleva armas– uno imagina a intrépidos guerreros desembarcando con el machete entre los dientes, corriendo colina arriba bajo el fuego enemigo, o defendiendo Perejil hasta la última gota. Incluso –a ver si le hago caso a mi madre y me reconcilio con los obispos de una puta vez– a curtidos lejías sin rastro de grifa en la mirada marcial, llevando en alto al Cristo crucificado en las procesiones de Málaga tras poner su equis en la correspondiente casilla eclesiástica de Hacienda. Uno espera eso, por lo menos, de un anuncio que reclama voluntarios para las fuerzas armadas. Pero no. Desilusión al canto. En vez de referirse a la guerra espantosa, que es lo relacionado de toda la vida con ese oficio, se diría que el anuncio se lo encargaron a la factoría Disney.

Supongo que también lo han visto: unos jóvenes y jóvenas con cara de buenos chicos, maravillosos, solidarios, vestidos de camuflaje, ayudando a la gente de una manera, oyes, que te pone la carne de gallina, sonrientes, abnegados, maravillosos. Éste da de beber al sediento, aquel viste al desnudo, el de acá visita al enfermo, el otro consuela a los afligidos. Todo como a cámara lenta y con música, creo recordar –lo mismo no era esa peli, pero se parece– de La Cenicienta. Ya saben. Eres tú el príncipe azul que yo soñé. Y, por supuesto, ni pistolas, ni tanques, ni nada. Armas de destrucción masiva o en menudeo, ni por el forro. El arma de esos muchachos, desliza implícitamente el anuncio, es su corazón de oro. Disparar ya no se lleva, por Dios. Para antibelicistas, nosotros. Tenemos las únicas fuerzas armadas pacifistas del mundo. Invento nacional, marca Acme. Así que ya lo sabes, joven. Si quieres ayudar a tu prójimo, hazte soldado.

Y qué quieren que les diga. Antes, el ministerio de Defensa sacaba a unas topmodels estupendas vestidas de marineras y de rambas, que daban ganas de engancharse y reengancharse varias veces, por la patria o por la cara. Ahora, con la cosa humanitaria, no sé. Porque esa imagen del soldado en plan Heidi y Pedro tiene la pega de que luego, cuando te descuartizan –en la guerra suele ocurrir– el interfecto puede decir oiga, esto no venía en el anuncio. Me querello. Y además, lo del soldado pacifista es una idiotez que se han sacado de la manga los que viven y trincan de no llamar a las cosas por su nombre. Porque, o eres, o no eres. Y si eres, lo asumes y punto. Sin milongas. Aparte de dar medicinas a los niños en sus ratos libres, que es muy loable, los soldados están, sobre todo, para pegar tiros. La filantropía a tiempo completo corresponde a las oenegés, y no conviene confundir al personal. El enorme respeto que merecen los militares españoles muertos en misiones humanitarias no debe hacer olvidar que ésa sólo es una parte, y no la principal, del oficio castrense. Cada uno a lo suyo: las oenegés ayudan y los soldados escabechan. Eso de la reconversión pacífica del soldado moderno es una milonga macabea española.

Pregúntenle a los marines, que son modernos de cojones, o a las pacíficas ratas del desierto de Blair. A ver para qué está un soldado si no es para matar a troche y moche. Otra cosa es que la guerra sea reprobable e indeseable, que en España no haya presupuesto para escopetas, que un cazabombardero sea políticamente incorrecto, y que salga más bonito y barato tirarse el pegote con lo del ejército humanitario. Pero oigan. Si jugamos a eso, que el Gobierno sea consecuente y lo asuma a fondo. Que disuelva las fuerzas armadas y las sustituya por las fuerzas desarmadas, los cascos rosa Ken y Barbie o la oenegé Soldados Besuqueadores sin Fronteras. Así no gastaremos viruta en uniformes de camuflaje, tendremos la conciencia como los chorros del oro, y no habrá necesidad de poner en la tele anuncios con el tocomocho del soldadito Pepe. Y si un día nos ataca Andorra, que no cunda el pánico. Seguiremos poniendo el culo en Washington para que los marines de Bush –al fin y al cabo, ocho de cada diez se apellidan Sánchez y hablan castellano– maten por nosotros. Aquí, paz. Y después, gloria.

3 de agosto de 2003

domingo, 27 de julio de 2003

¿Cómo pude vivir sin Beckham?


Les juro a ustedes por mis muertos que yo no sabía quién era Beckham. Supongo que alguna vez, hojeando revistas a la hora de los crispis y el colacao, me había topado con su careto. Digo que supongo, porque la verdad es que no lo sé. Para mí todos los futbolistas son iguales, y lo mismo me da un negro que un hijoputa de blanco. La legítima del balompedista, la Spice pija esa, o ex, o lo que sea, sí que me sonaba de verla en la tele hace años –tengo una hija, háganse cargo–, cuando estaba con las otras, que eran, me parece una anoréxica, una deportista y una pelirroja, o por ahí, y las discográficas sacaban cada semana un grupo de pavas imitándolas, al rebufo del asunto. Pero en fin. El caso es, como digo, que mi vida transcurría hasta hace unas semanas con absoluta normalidad, ignorante de quién era Beckham, su arte futbolero, la pasta que gana y lo guapo que es el tío. Y de pronto, zaca, me cae un diluvio de informaciones sobre el fulano, fotos, reportajes, y hasta abren con él los telediarios para contarme que acaba de visitar una guardería o un asilo o algo en Japón. Y no puedo menos que preguntarme cómo he podido vivir hasta hoy, escribir novelas y artículos, ir por la vida, en resumen, sin saber nada de ese individuo; sin el que –acabo de descubrirlo– el Real Madrid, España, el mundo, la existencia misma, no serían lo que son. Y mucho me temo que de ahora en adelante, me interesen o no el fútbol, las spices pijas y las guarderías japonesas, Beckham formará parte de mi vida para siempre jamás. Que voy a tragar Beckham por un tubo, me guste o no me guste. Por cojones.

Ignoro lo que mi primo era antes para el mundo. Para mí, sujeto paciente del bombardeo, acaba de nacer, alehop, otra estrella. Otro nombre imprescindible del que todo cristo da por supuesto –quizá sea cierto a partir de ahora, y es lo que me preocupa– que deseo, exijo, necesito saberlo todo. Y no digo, achtung, que mi extrema ignorancia sobre la vida y milagros de ese digno deportista le reste un gramo de mérito. No. Lo que pasa es que todo el putiferio montado en torno al personaje me lleva a reflexiones incómodas. Verbigracia. ¿Cómo es posible que, de la noche a la mañana, algo o alguien –hablo de Beckham como podría hacerlo de los restaurantes sushi– desconocido para mí se convierta en objeto de culto apasionado o al menos de interés por mi parte? ¿De verdad soy el único que no se había percatado hasta ahora del carisma de mi primo? ¿Soy tan idiota como parezco, hojeando revistas cada mañana como un loco para informarme sobre un fulano que, juegue en el Madrid, juegue en el Mindanao o juegue a la bolsa, me importa literalmente un carajo? Y ahora que los periódicos meten a Bustamante y los desfiles de modas en las páginas de Cultura –imagino que el fútbol está al caer–, ¿me habré vuelto un inculto recalcitrante y postmoderno?

Vaya usted a saber. Lo cierto es que ya hay otro famoso del que ya no me voy a despegar ni con agua caliente. Aunque haya clases. Al menos éste no cobra por calzarse a Marujita Díaz, sino por ser, dicen, competente en su oficio. Y hablando de la consistencia de la fama estelar, aunque tenga poco que ver con esto –en el fondo sí lo tiene–, me estoy acordando, mientras tecleo, del debut de Enrique Iglesias como cantante, hace unos años. De mi asombro patedefuá ante el hecho de que un jovenzuelo a quien nadie había oído cantar fuese acogido, antes ya de abrir la boca, con delirio de fans y prensa a tope, cual Mike Jagger. Como, por no salir de la copla, mi estupefacción cada vez que veo en la tele a ese pedazo de sex simbol y extraordinaria vocalista llamada Paulina Rubio, paseándose delante de un público enfervorizado que le arroja calzoncillos y dice que está buenísima. O sea. Hablo de todos esos innumerables fulanos y fulanas que van y vienen, alimentando la maquinaria mediática que se los sacó de pronto de la manga. En realidad, que tengan todos los méritos del mundo o sean unos pobres tiñalpas, nada tiene que ver. Fíjense en todas esas marujas desencadenadas, presuntas respetables matronas con hijos y nietos, que lo mismo aplauden a José Saramago que a Coto Matamoros, o le piden autógrafos a Yola Berrocal mientras la besan y la llaman bonita. No hablo de canción, ni de fútbol, ni de nada. Sólo de estupidez humana. De la mía y la de ustedes. De la altísima cuota diaria de baba que este país de soplapollas necesita derramar para sentirse a gusto.

27 de julio de 2003

lunes, 21 de julio de 2003

Nelson: 206 años manco


Estaba el otro día repasando la Naval Chronicle, que es una relación inglesa de su guerra en el mar entre 1793 y 1819, y fui a dar con el combate de Tenerife, que hace tiempo mencioné aquí de pasada, pues allí perdió Nelson su famoso brazo un 25 de julio: esta próxima semana hará exactamente doscientos seis años. Ya he dicho alguna vez que el patrioterismo de fanfarria y chundarata me da retortijones; pero eso nada tiene que ver con asumir tu historia, enorgullecerte de lo bueno y avergonzarte de lo malo. Por poner un ejemplo fácil: detesto el fútbol, pero prefiero que gane España a que gane otro. También soy mediterráneo y con gente de mar en la memoria; y allí el inglés, como se le llamó toda la vida, siempre fue el enemigo: los mejores marinos, los más crueles y arrogantes. Montaron su negocio cuando el nuestro ya iba cuesta abajo, y ganaron el pulso: piraterías en América, San Vicente, Trafalgar. Etcétera. Ahora la Pérfida Albión sólo es una piltrafilla que se la succiona a Bush y conserva las maneras –otros succionamos sin conservarlas–; pero que le quiten lo bailado. Sus guerreros, eso sí, continúan siendo los mejores del mundo. Estuve con ellos en Bosnia y en el Golfo y los he visto dar cebollazos. Les gusta pelear, y no tienen complejos: son ingleses a mucha honra, hooligans con bandera y escopetas. Por eso en el XVIII nos trincaron Mahón y Gibraltar. También quisieron jugarnos la del chino en Tenerife. Allí les salió el marrano mal capado, aunque leyendo la Naval Chronicle nadie lo diría. Pasan de puntillas por la palabra derrota. En cuanto a la herida de Nelson, parece que se la hizo él solo, por gusto. Herida que tampoco la Jane’s Naval History menciona sino de pasada. Así salen luego sus historiadores modernos, claro, afirmando que Nelson no fue derrotado nunca. Picaruelos.

Pues no. Y ahí están las relaciones de la época, para disfrutarlas. Así que hoy, a fin de dar un poquito por saco a los británicos residentes en España que, pese a la ausencia del difunto y añorado perro inglés –mejorando lo presente–, siguen leyendo El Semanal, he decidido refrescar el aniversario. Y la cosa es que el 20 de julio de 1797, hace exactamente dos siglos y seis años, Nelson se presentó ante Santa Cruz de Tenerife con tres navíos de línea, cuatro fragatas, un cúter y una bombarda, y dos días después desembarcó mil fulanos en Valle Seco, bajo el mando del capitán Toubridge. Sólo se trataba, una vez más, de escabechar a unos despreciables y sucios spaniards, trincar el oro e izar la bandera británica. Lo normal. Pero esta vez, en lugar de acojonarse, los despreciables y sucios spaniards le arrimaron tal candela a la fuerza de desembarco que ésta tuvo que regresar a los buques. El día 25 los ingleses intentaron apoderarse del muelle de Santa Cruz, pero la artillería de la ciudad también repartió las suyas y las de un bombero, hundiéndoles el cúter Fox y cañoneándoles los botes donde venían los marines de Su Graciosa. Caía una de tal calibre, que cuando Nelson puso pie en el muelle y levantó el sable, la metralla se le llevó el brazo derecho; así que hubo que devolverlo a su barco, hecho polvo. Después de que los últimos 57 ingleses del muelle se rindieran con bandera blanca, dentro de la ciudad quedaron 340 british bajo el mando del capitán Toubridge; quien, echándole muchos huevos al asunto –las cosas como son–, aún intentaba cumplir su misión. Pero niet. Atrincherado en un convento, con los tinerfeños pegándole tiros desde las azoteas, tuvo que negociar. De farol, como siempre negocian los ingleses, incluso ahora con lo del euro; pero negociar. A fin de facilitar las cosas y ahorrar sangre, el gobernador español, don Juan Antonio Gutiérrez, aceptó que en la capitulación no figurase la palabra rendición –ahí se apoyan los pillines ingleses para decir que no la hubo–. Luego, Toubridge y sus chicos rubios, sacando mucho pecho y todo lo que ustedes quieran, se fueron con el rabo entre las piernas, dejando 44 muertos por las armas, 177 ahogados, 123 heridos y 5 desaparecidos, amén del brazo con el que Nelson le palmeaba la retambufa a lady Hamilton. Que no es, pardiez, un mal resultado de cuartos de final.

Lo que me fastidia es que luego, en Trafalgar, a Nelson se lo cargara un francés. Pero que conste: el despiece lo empezaron los canarios. Así que el viernes 25 pienso tomarme una copita a la salud de Tenerife.

20 de julio de 2003

domingo, 13 de julio de 2003

Esta navaja no es una navaja


Qué cosas. Abro un diario y me topo con un titular inquietante: Menor detenido por matar a una turista. Hay que ver, me digo. Estos menores violentos, enloquecidos por la tele y los dibujos animados. Un chaval es autor del apuñalamiento, sigue la cosa. El menor homicida iba acompañado de un amigo. Porca miseria, pienso. Cada vez tenemos asesinos más jovencitos. Y es que, claro. Con tanto Matrix y tanto videojuego, así anda el patio. Niños psicópatas a troche y moche. Sigo leyendo: Al robarle el bolso y resistirse la mujer, el chaval zanjó el forcejeo con una puñalada. Pues vaya con el chaval, concluyo. Como para disputarle una bolsita de gominolas. Si uno es así de cabroncete en la tierna infancia, imagínate cuando sea mayor. Sigo leyendo, y más abajo me entero de que el menor era de origen marroquí, y ya había sido detenido antes: la cosa viene como perdida en el texto, y es evidente que el redactor, procurando no meterse en jardines racialmente incorrectos, ha situado la nacionalidad y la marginalidad del chaval –en lo de chaval insiste cinco veces– de forma casual, como de pasada. Comprendo esa cautela, aunque sea discutible: si destacar que el niño era marroquí puede interpretarse como asociación facilona de la inmigración con la delincuencia, también es cierto que diluir el dato, o camuflarlo en el texto, es sustraerle al lector una clave para comprender el suceso. Pero, bueno. Asumo que, en estos tiempos, y con lectores que no siempre son capaces de hilar fino, hay que asírsela –observen hasta qué punto refina ser académico de la R.A.E.– con papel de fumar.

Total. Abro otro periódico y me encuentro una foto del chaval. Quiero decir del menor. Y el niño, que sale esposado, es un pedazo de moro más alto que los policías que lo trincan. Diecisiete años, dice el pie de foto. El nene. Interno en un reformatorio para menores con delitos graves, once meses por robo con intimidación, disfrutando del cuarto permiso de fin de semana. Lo demás, rutina: Madrid, dos jóvenes navajeros al acecho, una turista paseando –delante del palacio de las Cortes, por cierto, lugar peligroso de cojones–, tirón del bolso, la turista que no se deja, cuchillada, tanatorio. Suceso habitual en una ciudad, como en otras, donde la madera, escasa de medios y personal, maniatada por la infame lentitud de la Justicia y por el miedo a que los apóstoles de lo conveniente confundan eficacia y contundencia razonable con exceso policial, prefiere tocarse los huevos a complicarse la vida. Lo que me preocupa es que, en vez de limitarse a contarlo, y punto, diciendo que dos navajeros peligrosos acaban de cargarse a otra guiri, el redactor en cuestión, o sus jefes, o el director de su periódico, tengan tanta jindama a que los tachen de intolerantes y de racistas y de incitar a sus lectores a desconfiar de los inmigrantes, que prefieren marear la perdiz con circunloquios, rodeos y pepinillos en vinagre, repitiendo veinte veces lo de chaval, y pasando de puntillas por el origen marroquí.

Escamoteando que las palabras delincuente e inmigrante, cuando van juntas, son uno de los principales problemas de seguridad en ciertas ciudades españolas. Y no porque los emigrantes sean delincuentes, ojo, sino porque nuestro egoísmo e imprevisión complican mucho las cosas. En el caso de los numerosos jóvenes marroquíes que cruzan el Estrecho, por ejemplo, pocos se ocupan de atenderlos, evitando que se busquen la vida a su aire. Y olvidamos que un inmigrante marginado y sin trabajo puede volverse muy peligroso en una sociedad opulenta, confiada en sus derechos y libertades, tan ostentosa y estúpidamente consumista como la nuestra, que él, con diferentes valores y afectos, no considera suya, y a la que ve como lugar hostil o territorio a depredar. Como un coto de caza lleno de tentaciones. Negar eso, disimularlo como si origen, cultura y ubicación social no tuvieran nada que ver, es alimentar el problema. Ni los inmigrantes deben ser acosados y expulsados, como dicen los cenutrios malas bestias, ni todos son angelitos negros de Machín. Tenga diecisiete o cuarenta años, tan hijo de puta es un navajero nacido en Badajoz como el que nace en Tetuán. Y lo históricamente probado es que una democracia se suicida cuando, en parte por culpa de los explotadores, los demagogos y los imbéciles socialmente correctos, los animales de la ultraderecha intransigente llenan sus mítines de votantes hartos de que los apuñalen para robarles el bolso.

13 de julio de 2003