domingo, 28 de enero de 2018

La profesora de Osaka

Pues eso. Resulta que mi amigo Manolo leyó ayer que los príncipes de Disney, los guaperas que besaron a Blancanieves y a la Bella Durmiente para despertarlas del sueño mágico, eran unos agresores sexuales de tomo y lomo. Leyó eso, como digo, conclusión extraída por una profesora de no sé qué universidad –la de Osaka, me parece– y comprendió, el infeliz, que engañado había vivido hasta hoy, Sancho. Porque el principito que besa a una principita encantada no lo hace, como él creía, para liberarla del maleficio, sino porque es hombre y como tal no puede tener buenas intenciones; y porque, por mucho que se tire el pegote de salvarla, en el fondo lo que quiere es pillar cacho. Y además, el fin no justifica los medios.

Porque a ver, razonemos. Como la moza está dormida, no hay manera de que dé su consentimiento. Y eso sitúa ante un imposible metafísico: sin consentimiento previo, nadie puede besar. Así que es preferible que el príncipe vaya a mamarla a Parla, y nadie bese a la moza, y ésta siga dormida hasta dar un consentimiento que sólo puede dar despierta. Pues que ronque y se fastidie, oyes. Haberte comido un plátano en vez de una manzana, guapi. Porque, bien mirado, ser felices y yantar perdices, por bonito que suene, no puede lograrse a costa de una agresión sexual. Ese beso robado y todo el cuento en general, dice la profesora, son una incitación directa a la violencia sexual, hasta el punto de que relatos como ese, o sea, casi todos, son perniciosos para los niños y deberían prohibirse en la escuela, en el cine y en todas partes. O sea, quemarlos.

Y así, con ese mal rollo en la cabeza, se acostó Manolo anoche y se despierta de madrugada junto a ese pedazo de señora con la que tiene la suerte de compartir lecho estos días, o estos años, o toda la vida, según de qué Manolo se trate. Y como hay algo de luz que entra por la ventana, se la queda mirando mientras la oye respirar y piensa que nunca está tan guapa como a estas horas, dormida, tibia, con esa carne estupenda relajada y cálida, el pelo revuelto en la almohada, la boca entreabierta. Para comérsela, o sea. Sin pelar. Y, bueno, como Manolo es fulano de normal constitución y gustos clásicos, siente el estímulo lógico en tales casos, y la carne, por decirlo de un modo perifrástico, reclama lo natural –todavía no han logrado convencerlo, aunque todo llegará, de que tampoco eso es natural–. Así que se dispone a besarla. Pero de pronto se acuerda de Blancanieves, la Bella Durmiente y la profesora de Osaka y piensa: la cagaste, Burlancaster.

El caso es que Manolo inspira hondo, se levanta de la cama y se debate con su conciencia en pijama y descalzo por el dormitorio –a riesgo de agarrar una neumonía–. Mira, duda, vuelve a mirar esa estupenda forma de mujer bajo la colcha, y vuelve a dar otra vuelta blasfemando en arameo. No puedo ser tan miserable, se reprocha. No puedo arrimar candela por las buenas. Tengo que despertarla antes, para que no sea agresión sexual no consentida. Hola, mi amor, buenos días. ¿Te apetece que te haga un homenaje, y viceversa? ¿No te sentirás violentada en tu libertad? ¿Y en tu igualdad? ¿Y en tu fraternidad? La verdad es que no lo ve claro. Ni de coña. La profesora de Osaka lo ha hecho polvo. La bella durmiente sigue dormida, y a lo mejor hasta despertarla sin beso, tocándole un hombro, también es agresión sexual. Atenta contra su libertad de dormir cuanto le salga del chichi. Manolo se ve, o sea, como los babosos príncipes de los cuentos. Fuma un pitillo para tranquilizarse, vuelve a pasear por la habitación –la neumonía está a punto de caramelo–, se para de nuevo a mirarla.

La verdad es que está guapa que se rompe, piensa. Se acerca con cautela y la destapa un poco. El camisón de seda se ha movido y se le ve una teta –o como se diga ahora– preciosa, espléndida, gloriosa. La carne pecadora acucia a Manolo de nuevo. Pero se acuerda otra vez de la de Osaka, así que, en un acto de voluntad admirable, va al cuarto de baño y se da una ducha fría, por no hacerse otra cosa. Sale tiritando, se pone otra vez el pijama y se mete en la cama, orgulloso de sí mismo. Pero como está aterido y ella sigue tibia que te mueres, se pega a su cuerpo cálido. Entonces ella se vuelve hacia él, dormida aún, y a tientas, en sueños todavía, le pone una mano en plena bisectriz y murmura «cariño». Y, bueno. Manolo ignora si está soñando con él o con George Clooney, pero le da igual. Porque ese es el momento exacto en que a la profesora de Osaka le dan mucho por el sake.

28 de enero de 2018

domingo, 21 de enero de 2018

Un problema técnico

Pues aquí estoy como cada día, ganándome el jornal. Dándole a la tecla desde las ocho y media de la mañana, más o menos, tenga o no tenga gana. Al fin y al cabo esto no es un arte sino un oficio: el de contar historias lo mejor que uno puede. Luego, hacia las dos y media, haré una pausa para comer y por la tarde corregiré lo escrito esta mañana, o leeré un rato, seguramente algo relacionado con lo que escribo. Tengo a mi personaje en situación incómoda y rumbo a una cita complicada. Me acosté anoche pensando en la escena a desarrollar hoy, como suelo hacer, y cuando me dormí creía tenerlo claro. Pero ahora compruebo que no, y las quince líneas que llevo escritas me parecen simple relleno. No veo al personaje, ni él a mí. Y además, como a él, me duele la cabeza. 

Tengo una ventaja. Llevo treinta años escribiendo novelas, y me he visto muchas veces en esta situación. Sé que es cuestión de darle oportunidad a mi estúpido cerebro para que encuentre la solución adecuada. Debo sacar al personaje del hotel Madison de París y llevarlo a Les Halles sobre las doce de una noche de mayo de 1937. Era una ciudad diferente, claro. No había tanto coche, ni tanto turista. Hasta la luz era distinta. Todo lo era. Pero hoy no consigo describir lo que quiero sin caer en clichés. Ésta no es una novela que admita descripciones largas, y sin embargo necesito que el lector sienta lo que el personaje, vea la ciudad con sus ojos. Necesito darle información, pero sólo la imprescindible. Los diálogos que vienen después los tengo claros, funcionarán casi con toda seguridad. Pero me falta llegar ahí. No sé cómo diablos resolver la transición en un párrafo breve, creíble, eficaz. Resumiendo, no soy capaz de escribir cinco o diez buenas líneas. 

Me levanto –al lugar donde trabajo lo llamo la bodega– y subo a la cocina, procurando no distraerme con la luz hermosa que ilumina el jardín. Allí me tomo un Actrón y un café descafeinado y regreso a la zona de la biblioteca y la mesa de trabajo. Me siento ante el ordenador y lo intento de nuevo, sin resultado. Lo que me sale lo he escrito ya innumerables veces. Son lugares comunes, recursos fáciles. Si aliquando dormitat Homerus, calculen la de veces que dormito yo. Así que blasfemo en arameo, en voz alta y clara, y vuelvo a levantarme. El analgésico empieza a hacer efecto, y al fin se me ocurre lo que debería habérseme ocurrido hace rato. Preguntar a los maestros. A los que saben. Así que subo a la biblioteca y llamo a su puerta. Toc, toc, toc. Maestro Fulano, maestro Mengano. Soy Arturo y tengo un problema. Échenme una mano, por favor. 

Y ahí están ellos. Serenos y lúcidos como siempre. Ahí está el viejo Conrad, ese maestro leal que envejece conmigo y en el que cada vez que abro uno de sus libros encuentro todavía algo que no había visto antes. También están los compañeros de viaje de esta novela concreta, pues cada una suele tener los suyos. Unos son fijos y otros son ocasionales. Entre los primeros, toqueteo libros de Somerset Maugham, Hemingway, Dos Passos, Ambler. De los segundos, hago incursiones por párrafos subrayados a lápiz en Harold Acton, John Glassco, Maurice Sachs, Julio Camba, Paul Morand. A todos interrogo con la humildad profesional de quien sabe muy bien lo que debe a uno mismo y lo mucho, o casi todo, que debe a otros. Y ellos, siempre generosos, con el afecto de quien se dirige a un alumno que los honra y respeta, sonríen y dicen: ven aquí, chaval. Fíjate en esto. En aquello. Yo tuve ese problema y a mi vez fui a preguntárselo a Dostoievski, y a Galdós, y a Cervantes, y a Virgilio. Prueba a resolverlo de este modo, anda. O de este otro. 

Y al fin lo veo, o creo verlo. Regreso al teclado del ordenador, extiendo el mapa de Les Guides Bleus de París de 1937, y le aplico una lupa de buen aumento. Después miro un libro de fotos de Robert Doisneau para averiguar si el suelo en esa zona era entonces de adoquines o de asfalto. Y así descubro de pronto lo que mis dedos apresurados aciertan a escribir tras eliminar todo lo escrito antes: «La humedad del río, entre cuyos muelles flotaba una ligera bruma, hacía relucir el asfalto y difuminaba la luz amarilla de las farolas cuando cruzaron el Sena por el Pont Neuf». Eso es todo, pero es suficiente. Esas dos sencillas líneas acaban de resolver el problema que me tuvo casi dos horas bloqueado. Y entonces, seguro, feliz, tras dirigir una mirada cómplice a los amigos que me sonríen desde los estantes de la biblioteca, respiro aliviado y sigo adelante con la novela. 

21 de enero de 2018 

domingo, 14 de enero de 2018

Escipión era franquista

Pues me van ustedes a perdonar –o a lo mejor, no– pero estoy de acuerdo con esos ciudadanos de Sevilla que, hace unas semanas, propusieron que del escudo de la ciudad, donde aparece el rey Fernando III con una esfera del mundo en una mano y una espada en la otra, se eliminen la esfera, por insinuación de imperialismo, y la espada, por incitación a la violencia. No sé si a estas alturas la propuesta habrá prosperado o no; pero temo que la negra reacción, como suele, se haya llevado el gato al río, y la espada y la bola sigan en su sitio. Así que permitan mi opinión de hombre sincero de donde crece la palma: es una vergüenza que los símbolos franquistas –Franco dio su golpe en 1936, pero desde Escipión y Aníbal ya marcaba paquete– campen por la geografía municipal española sin que nadie les ponga coto. Y lo de los escudos de las ciudades, desde luego, clama al cielo y no me oyó. 

Vean si no el de Orense, Ourense para los de allí y para el Telediario. No es ya que tenga una corona monárquica, sino que el león sobre el puente blande una espada, el hijoputa. A saber con qué intenciones. Como blande otra el de Valencia, en una mano alada, con el agravante de que allí, además, los muy pillines meten un murciélago –lo mismo que la ciudad de Palma–, intentando astutamente que no nos percatemos de que el murciélago en realidad es la vibra, o dragón de la cimera del rey Jaime I, que expandió su reino a costa del pacífico, tolerante y vecino Islam. Pero, en fin. Si vamos a buscar militarismo infame, dejando aparte el brazo forrado de armadura que también la ciudad de Zamora exhibe sin pudor alguno, el colmo de los colmos está en el escudo de Huesca, abiertamente fascista: un jinete con casco y lanza, que tiene huevos la cosa, con la leyenda Urbs Victrix, ciudad vencedora. Frase ante la que resulta inevitable preguntarse, con el adecuado retintín, ¿vencedora de quién? 

Pero todo eso es sólo el aperitivo, oigan. El prólogo o proemio. Porque si nos vamos a Teruel, el escudo es de juzgado de guardia. Allí, aparte de un toro que sin rubor proclama a la ciudad eminentemente taurina, y unas barras robadas por la cara a la monarquía catalana, que no sé qué pintan ahí y ya es tener poca vergüenza, hay dos cañones cruzados, así como suena, con una granada, balas y demás parafernalia. Y no me vengan con que si las guerras carlistas o las guerras médicas. Alude a guerras, al fin y al cabo. Y toda guerra es mala, Pascuala, y mueren seres inocentes, sin que por mucho que uno se estruje la mollera encuentre nada de lo que enorgullecerse en ellas. 

Tampoco falta delito en los escudos de León y Badajoz; el último, además, con el recochineo imperialista y genocida de una columna con la leyenda Plus ultra. Pero lo gordo es que en ambos casos se trata de león, y no leona: un claro pasarse por el ciruelo las leyes de igualdad vigentes. Y lo mismo, puestos a ello, podríamos decir del escudo de Burgos, donde sale el careto barbudo de un rey y no el de una reina; cuando todo cristo sabe que una reina monta tanto, e incluso más. De todas formas, volviendo a los leones, especie protegida, no se pierdan el escudo de la ciudad de Santa Cruz de Tenerife, donde figuran, sin complejos y con dos cojones, tres cabezas cortadas de ese animal, puestas allí como si tal cosa. Y puestos a averiguar todavía es peor, porque esas cabezas simbolizan una mano de hostias que la monarquía fascista española le dio en el pasado a Nelson y a otros demócratas almirantes británicos. Como si la guerra, la vorágine militarista y la anglofobia fueran para estar orgullosos. Ni a Franco se le hubiera ocurrido algo así. 

Podríamos seguir enumerando hasta la náusea: por qué en el escudo de Madrid, por ejemplo, figuran un oso y un madroño y no una osa y una madroña; por qué la ciudad de Lugo exhibe sin rebozo un cáliz y una sagrada forma, con dos ángeles para más choteo, en clara ofensa hacia otras religiones; lo mismo, por cierto, que el escudo de Santiago de Compostela, que además tiene de fondo –otra descarada provocación facha– la cruz de una orden militar, sospechosamente parecida a la del ejército español. O ya que estamos de cruces, explíquenme por qué en el escudo de Oviedo figura la de la mal llamada Reconquista, que no fue sino el comienzo de ocho siglos de agresión bélica contra la convivencia y el buen rollito morunos. Y ya, para completa descojonación de Espronceda, échenle un ojo al de Toledo, con la famosa gallina bicéfala franquista; o al de Segovia, con un acueducto romano, nada menos, monumento imperialista donde los haya, que una oportuna ley de memoria prehistórica debería haber demolido hace varios siglos. Creo. 

14 de enero de 2018 

domingo, 7 de enero de 2018

Su primera biblioteca

Ocurre con cierta frecuencia, y supongo que a otros escritores también les pasa. De vez en cuando se acerca un lector con un libro tuyo en las manos y solicita que lo dediques a Fulanito, o Menganita. Por rutina, buscando la frase adecuada, preguntas quién es, o qué edad tiene. Y la respuesta es «Mi hija, seis meses»; o «Es para él», señalando a un niño pequeño que te mira con curiosidad; o, si quien pide la dedicatoria es una joven embarazada, que ésta señale su tripa con una serena y dulce sonrisa. Me ha ocurrido varias veces durante las firmas de mi última novela, cuando traían libros como El pequeño hoplita, que es para niños, o El Quijote juvenil adaptado para la RAE. Pero también con novelas para adultos. «Le estoy haciendo su biblioteca», he oído decir varias veces. Y en casi todos los casos puse la misma dedicatoria: «Deseándole una hermosa vida llena de hermosos libros». 

A menudo algunos de esos padres piden consejos sobre cómo hacer que sus hijos acaben siendo lectores. Y yo suelo responder que no sé nada de pedagogía, aunque sí de lectura, pues empecé a hacerlo de muy pequeño, al tener la suerte de crecer en una casa con biblioteca grande. Y precisamente por eso, cuando tuve una hija procuré reconstruir para ella, en la medida de mis posibilidades, ese fértil escenario de infancia. Desde que nació y tuvo su habitación, su madre y yo se la fuimos llenando de libros, con la intención de que ese decorado, esa compañía, fuese para ella absolutamente natural: el libro, considerado no como un objeto venerable o como una obligación, sino como parte natural de su mundo. Como complemento cotidiano y rutinario. Objeto familiar. 

Al principio fueron cuentos. Relatos elementales para niños que le leíamos mientras miraba las ilustraciones, hasta que fue capaz de hacerlo sola. Después fuimos añadiendo en los estantes de su cuarto tebeos e historietas adecuadas a su edad. Así, poco a poco y de forma natural, fue dando el paso a asuntos más serios, de viajes y aventuras. Yo conservaba buena parte de mis libros de infancia, y se los fui poniendo allí procurando no abrumarla, ni forzarla. Se le dejaban cerca, a mano, y era su curiosidad lo que la empujaba a abrir uno u otro. Algunos de esos viejos libros tuvieron éxito, y otros no. La colección de Guillermo de Richmal Crompton, fetiche para los lectores de mi generación, fracasó en sus manos. Pero otros acabarían marcando su vida: Sherlock Holmes, Tintín, Astérix, Los tres mosqueteros –su primer perro se llamó como el hijo de Milady–, Arsenio Lupin, El fantasma de la Ópera… Todo eso se completaba con cine, claro. Vio mucho porque sus padres veían una película cada noche: clásico de aventuras, del Oeste, histórico, policial. Y siempre que había un libro detrás, procurábamos encaminarla hacia él. Suscitar su curiosidad. Ponerle el cebo del cine, a ver si picaba. 

Un detalle importante es que el libro se le planteó siempre como natural. No como objeto singular que se regalara en ocasiones especiales, sino como algo que se compraba con idéntica naturalidad que la comida o el periódico. La llevábamos a las ferias o a libreros de viejo para que con una pequeña cantidad, eligiendo ella misma, comprase ediciones baratas. Cada vez que salíamos de viaje, varios libros formaban parte de nuestro equipaje básico con tanta normalidad como el pasaporte, el billete de tren o un bocadillo. Y lo que era más decisivo: leía porque veía a sus padres hacerlo. Porque éstos siempre procuraban disponer el día, el viaje, las vacaciones, con momentos adecuados para eso. 

Sobre todo, nunca intentamos aislarla del mundo de su tiempo, de las costumbres de los demás niños. Jamás pretendimos convertir a nuestra hija en una extraterrestre sabihonda y erudita. Los libros fueron para ella un complemento feliz, no una forzada alternativa; y siempre se le permitió combinar sin problemas a Mario Bros o Guybrush Threepwood con Rudolf Rasendyll, el pequeño Nicolás o el capitán Achab. Por supuesto, nunca tuvo tele en su habitación, como tampoco sus padres; y el ordenador personal le llegó sólo cuando fue realmente necesario. Castigada a su cuarto cuando llegaba el momento, te asomabas con cautela y la veías leyendo. Por puro aburrimiento, tal vez. Pero leyendo. 

Y, bueno. Creo que eso es cuanto puedo decir. De ese modo lo hicimos con mi hija, ya que a menudo me lo preguntan. Así que les deseo suerte en eso, a quienes lo procuran y lo merecen. Les deseo hijos con hermosas vidas llenas de hermosos libros. 

7 de enero de 2018

domingo, 31 de diciembre de 2017

Los héroes están aquí

Octavio y yo somos amigos hace más de veinte años. Es, sin embargo, mucho más joven que yo. También es melancólico e inteligente; lo que no le impide, por fortuna, conservar cierta noble ingenuidad. Vivió la emigración reciente a la que están condenados tantos jóvenes españoles, aunque hace poco tuvo la suerte de volver. Como buena parte de su generación, tiempo atrás, al comienzo de nuestra amistad, hablaba de sus padres con ese distanciamiento, tan común en esa etapa, propio de los pocos años. Algo natural en quien todavía no había hecho guardia en las duras trincheras de la vida. Con los años y la experiencia, ese despego se transformó en comprensión y afecto. Pero hasta ahora, nunca lo había oído hablar de sus padres con admiración. Con tan sereno y lúcido orgullo. 

Ocurrió el otro día, Reverte, me cuenta. Y antes de proseguir se queda un rato mirando la cerveza que tiene delante con ese gesto de quien, como buen gallego, posee un sentido más bien trágico de la vida: el de quien sabe, al fin, que ésta es un camino demasiado largo hacia un lugar demasiado oscuro, bajo un cielo demasiado gris, donde se pasa siempre demasiado frío. Mis padres, continúa al fin mi amigo, son, ya sabes. Son eso, padres. Mayores, trabajadores, honrados, de su tiempo. Octogenarios, fíjate. Él y ella. Siempre los quise más por lo que eran que por lo que hacían o les veía hacer. O así era antes. Y de pronto, un día, zas. Los miras y ves a otros. A unos que también estaban ahí, aunque tú no los vieras. Y te lo juro, viejo camarada. Te emocionas como un chiquillo. 

Fui el otro día a comer a su casa, sigue contando Octavio. Lo hago de vez en cuando, añade. Y me lo dijeron casi a regañadientes, tras uno de esos largos silencios en los que suelen habitar cuando se trata de sí mismos. La vecina de arriba aporreando la puerta. Fuego, hay fuego, le gritó a mi madre, señalando la puerta de al lado. Mi madre llamó a mi padre y salieron todos al rellano. El olor del humo se mezclaba con los gritos que sonaban en el interior de la casa. La vecina estaba dentro y pedía ayuda. Tiene cáncer en fase avanzada y estaba en la cama, sin poder valerse. Todo el edificio lo sabe. Lo sabía. 

Mis padres siempre han tenido llave de esa casa; es frecuente entre vecinos de toda la vida. Así que figúrate la escena: mis padres mandan a la vecina a llamar a Emergencias, mi padre se hace con uno de los extintores de la escalera y se mete en el pasillo lleno de humo sin ver nada, seguido por mi madre. Ocho o diez metros de pasillo negro, asfixiante, y al fondo la voz de la vecina que sigue pidiendo auxilio. Imagínatelos, allí, a los dos abuelos. Mi padre llega hasta la cocina, donde combate el fuego, y mi madre se mete en la habitación de la vecina, carga con ella hasta la ventana y la abre para que pueda respirar aire fresco. Al fin llegan los bomberos. Fin del episodio. Final del drama. 

¿Te das cuenta, Reverte?… Yo los escuchaba contar aquello –a mi madre, que era la que hablaba– sin dar crédito. Mis padres tienen ochenta años, te repito. ¿Qué habría pasado si se hubieran desmayado, si se hubieran dado un golpe al no ver entre el humo negro y tóxico?… Y sin embargo, mi madre me lo refería sin darle importancia, mientras seguía cocinando. Mi padre permanecía sentado junto a la mesa de la cocina, leyendo el periódico, a lo suyo, porque ya conocía de sobra la historia. Habían pasado cuatro o cinco días y el olor a quemado y humo en el edificio era todavía insoportable. Imaginé a los dos allí dentro y me puse a temblar, te lo juro. Asombrado de que siguieran en su casa, cocinando y leyendo el periódico. Tan tranquilos. Vivos y tan tranquilos. 

En ese momento, Reverte, le pregunté a mi madre cómo se decidieron a entrar. Si no hubiera sido más prudente esperar a los bomberos, o a la ambulancia, antes de meterse en aquel humo negro a jugarse la vida, entrando de cabeza en la boca del lobo. Y entonces, sin soltar el cuchillo con el que seguía cortando patatas, haciendo un ademán circular que abarcaba con naturalidad la escena vivida, el pasillo oculto por el humo y a ellos dos en el umbral, cada uno con sus ochenta años de vida, y tras mirar brevemente a mi padre, que seguía leyendo el periódico como si no le interesara demasiado la conversación, mi madre, fíjate, respondió a mi pregunta resumiéndolo todo en ocho sencillas palabras: «Pero hijo, ¿y cómo no íbamos a entrar?» 

31 de diciembre de 2017 

domingo, 24 de diciembre de 2017

Fantasmas de Navidad

Durante buena parte de mi vida pasé muchas navidades, quizá demasiadas, en lugares donde la palabra Nochebuena sonaba a sarcasmo. La primera de esas fechas vividas de modo poco convencional fue con 19 años, a bordo del petrolero Puertollano, en 1970, durante el terrible temporal que ese invierno sacudió el Mediterráneo. La última fue con los cascos azules españoles en Mostar, Bosnia, en 1994. En los veinticinco años que mediaron entre una y otra, hubo de todo: navidades cálidas en lugares donde la única sombra era mi sombrero, como aquella en la que toqué el metal oxidado de los restos de los trenes que voló Lawrence de Arabia, y navidades gélidas, como otra en la que vi picar el hielo de Bucarest para enterrar a los muertos de la revolución y escuché, en boca de una madre, el más triste epitafio que conocí en mi vida: «Es oscura la casa donde ahora vives». 

Hubo una conversación de Nochebuena que marcó mi vida. Yo era muy joven y estaba en ese momento en que el trabajo de un reportero era un cóctel de adrenalina, intensidad y aventura. Me hallaba en compañía de un veterano corresponsal español con el que compartía sobresaltos profesionales. Estábamos apoyados en la barra de un bar oriental de mala muerte, rodeados de putas, hablando de nuestras cosas. En realidad quien hablaba era mi compañero, pues por esa época yo era uno de esos chicos despiertos que pagan las copas, hacen las preguntas oportunas y mantienen la boca cerrada mientras atesoran lo que escuchan. Y de pronto, mi viejo colega, con un pitillo humeándole en la boca, se quedó mirando el vaso que tenía en la mano y dijo algo que jamás he olvidado: «No creo que regrese nunca, porque nadie me espera. No tengo retaguardia. Llevo toda mi vida dando tumbos como una maleta vieja… Ya no conozco a nadie allí». 

Esas palabras, como digo, cambiaron mi existencia. O la cambiarían con el paso el tiempo, cuando la idea que aquel viejo y cansado periodista introdujo en mi cabeza maduró lo suficiente. No quiero, fue mi conclusión, acabar como él, con sesenta años en un burdel de Beirut o Bangkok, alcoholizado y hecho polvo, contándole mi vida a un reportero que empieza. No es un final feliz. Así que viviré la vida que quiero vivir, pero manteniendo una puerta a mi espalda, un camino de regreso. Un vínculo con la normalidad que me permita envejecer de modo razonable –suponiendo que llegue vivo a eso–, escapando al destino que, con un estremecimiento, acabo de vislumbrar esta noche en la barra cutre de un bar de una ciudad remota. Y así lo hice, o lo procuré. Fabricarme sin prisas un refugio. Una retaguardia. Y tuve suerte, porque aquí me tienen. En ella y en Nochebuena. 

Sin embargo, no hay retaguardias perfectas. Sobre todo porque nadie llega a ellas desprendiéndose de la mochila que lleva al hombro. Ni de los años dejados atrás, que ya no te abandonan nunca. En una de mis novelas, uno de los personajes dice «Hay lugares de los que nunca se vuelve». Efecto literario aparte, eso no deja de ser cierto. Pero también es verdad que hay lugares a los que resulta imposible volver. Camino estos días por la ciudad, veo luces en las calles y escaparates de comercios iluminados, observo a adultos que –más o menos sinceramente– se desean felicidad, a niños todavía ingenuos que se asoman fascinados al esplendor de las fiestas familiares, de la ilusión y de la vida que para ellos empieza, y contemplo en todos ellos el fantasma de las navidades pasadas, que diría Dickens. Miro lo que fui y ya no soy. Supongo que le pasa a cualquiera que cumpla años; no es necesario haber viajado a la isla de los piratas para eso. Pero el desarraigo que siento, la distancia emocional, quizá tenga que ver con tantas otras fechas similares inciertas o solitarias. 

Fui un niño feliz, sin embargo. Caí en el lado bueno de la vida y, a diferencia de otros menos afortunados, tuve hermosas navidades rodeado de rostros afables y queridos. A menudo me veo buscando esos rostros y buscando al niño entre los pequeñajos que, con fondo de villancicos, caminan de la mano de sus padres, deslumbrados por las luces, con gorros de lana y bufandas hasta la nariz; pero entre él y yo se interponen demasiadas botas pisando cristales rotos, demasiados amaneceres grises, y aquella noche que canturreé «Navidad, blanca Navidad» con fiebre y tumbado en un hotel miserable del culo del mundo. Nadie puede elegir lo que recuerda, ni lo que le matan. También aquel niño vive en una casa oscura.

24 de diciembre de 2017 

domingo, 17 de diciembre de 2017

Telefonear al mafioso

De toda la vida hubo actores de cine y teatro, incluso escritores, que acabaron poseídos por los personajes que interpretaban o escribían. Creyéndose ellos. A la cabeza del ser humano se le aflojan los muelles de vez en cuando, y hay ficciones propias o ajenas tan intensas que pueden acabar poseyéndonos. A veces esa posesión es suave, sin consecuencias serias o visibles, y otras reviste carácter más serio, más grave –a todos nos ha dado por utilizar ahora el torpe anglicismo severo en lugar de grave–, con el resultado de trastornos de personalidad casi patológicos, o sin casi. Un buen ejemplo es la película de Ronald Colman Doble vida, en la que éste interpreta a un actor que, encarnando a su vez a Otelo, acaba queriendo asesinar, por celos, a la actriz que hace de Desdémona. 

Fuera de la ficción, o a caballo entre ésta y la vida real, hay casos notables muy conocidos. Johnny Weissmuller, el atlético actor que junto a Maureen O’Sullivan interpretó a Tarzán en doce películas, acabó majareta perdido, en la ancianidad, lanzando su famoso grito de la selva. Y Bela Lugosi, el mejor Drácula de todos los tiempos, terminó convencido de ser su propio personaje, hasta el punto de que pasó los últimos años en un psiquiátrico donde, dicen, exigía dormir en un ataúd. También cuentan que lo enterraron con su capa de vampiro, y que su amigo Peter Lorre, a modo de homenaje, propuso dejarle una estaca clavada en el corazón. 

Sin llegar a esos extremos, y en plan actual, he conocido a actores que llegaron a asumir hasta más allá de lo normal sus papeles protagonizados para el cine o la televisión. La mexicana Kate del Castillo, por ejemplo, llegó a relacionarse con narcos reales, como el Chapo Guzmán, al no despegarse del todo del personaje de Teresita Mendoza, la Reina del Sur, y ahora está entusiasmada porque va a protagonizar una segunda parte de la serie televisiva en español. Y Viggo Mortensen, aquel formidable Alatriste, dormía durante el rodaje con la espada junto a la cama, y tardó mucho tiempo y varias películas en desprenderse del personaje que encarnó con todo su talento y toda su alma. 

También eso se da en el público, lector de libros o espectador de películas. Algunos se identifican con lo que ven o leen hasta extremos notables, o atribuyen al autor de una novela o al actor de una película virtudes, defectos y actitudes de los personajes de éstas. El galán español Alfredo Mayo contaba que las mujeres se le acercaban creyendo hacerlo a sus personajes, y eso mismo ocurría con los hombres que temblaban ante Louise Brooks, Greta Garbo o Brigitte Bardot. Del lado opuesto, odios y aversiones, el mismo Peter Lorre del que antes hablé llegó a sufrirlos en carne propia tras interpretar a un asesino de niños en El vampiro de Dusseldorf (la película M, de Fritz Lang), pues a veces era insultado y acosado por la calle. No pocos malvados del cine y la televisión corrieron la misma suerte. Hasta el actor Conrad Veidt fue llamado nazi varias veces después de interpretar al comandante Strasser en Casablanca. Lo que es curiosa paradoja en alguien como él, perseguido por la Gestapo y exiliado de la Alemania hitleriana. 

Podría creerse que las cosas han cambiado, pero no es así. O no lo parece. La credulidad del público deriva hacia otras cosas, otros formatos, pero sigue estando ahí. Hace un par de semanas, en una serie televisiva llamada Rosy Abate, un mafioso de ficción italiano mostraba un número de teléfono propio. Por simple azar, el número coincidía con uno real, el de un matrimonio de Domodossola. Y en ese teléfono se recibieron varias llamadas increpando al mafioso de la tele, incluida una en la que alguien –anónimo, claro– gritaba: «No me das miedo. Voy a tu casa y te mato». Por supuesto, algunas de esas llamadas podían ser simple guasa; pero los propietarios del teléfono aseguran que otras iban en serio. Y estoy convencido de eso. No creo que se trate sólo de una cuestión de cultura, ni siquiera de inteligencia –aunque también–, sino de ciertos mecanismos muy propios de la humana naturaleza. Las redes sociales, el anonimato y sus disparatadas derivaciones dan testimonio diario: torpeza, ruindad, infamia, complejos, frustraciones, rencores, desahogos… Pese al tiempo en que vivimos, a tantas cosas por fortuna dejadas atrás, a nuestra indudable mayor lucidez y educación, con frecuencia ciertos impulsos oscuros siguen imponiéndose a la razón. También eso somos nosotros, simplemente. Estúpidos y peligrosos. El lado irracional del ser humano, en todo lo suyo. 

17 de diciembre de 2017 

domingo, 10 de diciembre de 2017

Vade retro, Satanás

Soy visitante habitual de las librerías San Pablo, tanto la que está en la plaza de Jacinto Benavente de Madrid como la de la calle Sierpes de Sevilla. Están especializadas en libros sobre religión, y suelo curiosear en busca de obras de patrología e historia de la Iglesia mientras miro de reojo a la clientela, que a menudo es interesante. Como ni curas ni monjas suelen ir ya de uniforme, me gusta observar su aspecto e indumento, la forma de comportarse ante tal o cual libro, mientras intento establecer lo que son y lo que les interesa. En una ocasión, incluso, tuve la satisfacción de que tres monjas jóvenes me reconocieran y se confesaran lectoras de La piel del tambor, sobre la que una de ellas comentó algo divertido: «Desde que leímos esa novela, siempre clasificamos a los sacerdotes en padres Quart y padres Ferro». 

Mi autor moderno favorito, en ese territorio, es Hans Küng. Soy viejo lector del teólogo suizo, disidente y perseguido por el ala más negra y reaccionaria del Vaticano, encarnada sobre todo en el difunto Juan Pablo II y su sucesor, todavía vivo aunque jubilado, el siniestro Ratzinger, en su juventud compañero de Küng y luego jefe de la Inquisición, o Congregación para la Defensa de la Fe, o como diablos se llame ahora. Me gustan la lucidez, la talla intelectual y el coraje de Küng, y considero sus tres volúmenes de memorias un documento clave para comprender lo que ha ocurrido en la Iglesia Católica desde principios del siglo XX. Quizá por eso, dos de sus libros se cuentan entre los que más veces he regalado a gente a la que aprecio: su magnífico y breve La iglesia católica, y su más breve todavía La mujer en el cristianismo, del que basta una cita («El sometimiento de la esposa al marido no forma parte de la esencia del matrimonio cristiano») para comprender por qué el Vaticano azuzó a sus perros negros durante tanto tiempo tras el rastro del irreductible Küng. 

El caso es que estoy en la San Pablo sevillana, feliz porque acabo de cazar una edición del Nuevo Testamento en griego, latín y castellano –la de Bover y O’Callaghan– que creía agotada, cuando detecto presencia clerical próxima. Y al levantar la mirada veo a dos sacerdotes jóvenes vestidos como Dios manda: camisa negra y cuello romano. Tienen aspecto aseado y simpático. El más alto es español. El otro, moreno y guapo, hispanoamericano. Miran novedades y conversan hasta que, al encontrar mi mirada, el español sonríe, sorprendido. «Nunca habría imaginado encontrarlo a usted aquí», dice. Le respondo que es fácil encontrarme, pues soy cliente asiduo. El sacerdote explica a su compañero quién soy, y los tres conversamos sobre libros y autores eclesiásticos. Al fin me preguntan si hay algún libro que pueda recomendarles; y yo, sin dudar, les muestro el demoledor Siete papas, de Hans Küng. «Aunque supongo –añado– que ya lo conocen». 

Para mi estupefacción, casi dan un paso atrás. Amagan un retroceso físico, instintivo, cuando les muestro el libro, y su ademán tiene algo de prevención medieval ante lo horrendo o diabólico. Sólo es un instante, claro. Son jóvenes educados y sin duda cultos. Rápidamente, la expresión de alarma se desvanece bajo una doble sonrisa. «Eso es droga dura», apunta el español. Lo miro con sorpresa. «¿No han leído nada de Küng?», pregunto. «Nada en absoluto», confirman ambos. «Pero ustedes son jóvenes y tienen formación –insisto–. ¿No sienten curiosidad por saber qué hace a un brillante teólogo ingrato a la Iglesia oficial?». El español encoge los hombros: «No está bien visto. Preferimos tenerlo lejos». 

Muevo la cabeza. «Hay puertas que es mejor no abrir», comento. No responden a eso. Nos despedimos y siguen mirando libros mientras los observo pensativo, aún asombrado: dos sacerdotes jóvenes que ante el nombre de un disidente muestran una prevención escandalizada, casi atávica, y afirman sin complejos no haberlo leído. Vade retro, Satanás. Todavía hoy, en la segunda década del siglo XXI. Y es que la sombra siniestra sigue ahí, desde el seminario. Librando aún su antigua guerra contra el tiempo, las luces y la razón. 

Al fin me marcho y paso cerca de los curas, que no lo advierten. Me alejo ya cuando oigo decir al español: «Vamos a llevarnos el de los papas que dice Reverte». Así que salgo a la calle Sierpes y a la luz sevillana riendo entre dientes, malévolo. Es divertido, pienso, abrir pequeñas rendijas, humildes grietas en los viejos muros de sombra. Así que chúpate ésa, Ratzinger.

10 de diciembre de 2017
 

domingo, 3 de diciembre de 2017

La Europa que estamos matando

Es posible que me equivoque; pero creo que a la Europa cultural, a esa antigua, formidable e interesante señora que en sus 3.000 años de memoria incluye desde Homero, Platón, Sócrates, Virgilio y aquellos fulanos –y fulanas– de entonces hasta los de hace pocos días, pasando por Shakespeare, Leonardo, Cervantes, Velázquez, Montaigne, Voltaire, Van Gogh y el resto de la peña, no la matarán el terrorismo islámico, la inmigración o la multiculturalidad; ni siquiera la pandilla de políticos semianalfabetos que legisla y trinca en Bruselas con el objetivo, que se diría deliberado, de igualarlo todo en la mediocridad y aplastar la inteligencia allí donde todavía puede brillar. En mi opinión, lo que destruye la Europa que en otro tiempo fue faro intelectual y referencia moral del mundo es el turismo de masas: la invasión descontrolada, imparable, de multitudes –entre las que nos contamos ustedes y yo– que circulan arrasándolo todo a su paso. Transformándolo, allí donde se posan como plaga de langosta, en un escenario diferente al que fue, reconvertido ahora a su, o nuestra, imagen y semejanza. 

Nada puede sobrevivir, porque es imposible, a diez o veinte mil turistas arrojados de golpe por cruceros y viajes baratos –suena mejor low cost–, en un solo fin de semana sobre ciudades como Roma, Florencia, París, Madrid o Barcelona. Y no se trata únicamente del efecto de masas que las hace intransitables, complica el acceso a museos y puntos de interés, degrada el entorno, ensucia y satura. Se trata también, y sobre todo, de cómo los lugares van perdiendo poco a poco, y a veces con extraordinaria rapidez, los rasgos que los hacían singulares, adaptándose, qué remedio, a la nueva situación. 

Tiendas de toda la vida, restaurantes, librerías, comercios, establecimientos que durante décadas o siglos dieron carácter local, desaparecen o se adaptan a los nuevos visitantes. Ofreciendo, naturalmente, lo que ese nuevo cliente exige, o exigimos: tiendas de souvenirs, bares y cafeterías impersonales, comida rápida y sobre todo ropa, mucha ropa. De Algeciras a Estambul, de Palermo a Oslo, de cada dos comercios que cierran y reabren, uno lo hace como tienda de ropa. O de teléfonos móviles, también, a fin de que todos podamos ir dándole con el dedo a la pantallita; e incluso enterarnos, gracias a ella, de lo que tenemos alrededor sin necesitar la tontería viejuna de mirarlo. Paseando por lugares cuya historia ignoramos, fotografiándonos ante monumentos y cuadros que nos importan un carajo, pero que se indican como parada obligatoria. Trofeo del safari. 

Pienso en eso en Lisboa, sentado en la terraza de la pastelería Suiça, mientras compruebo en qué hemos convertido, también, esta hermosa ciudad hasta hace poco elegante y tranquila. Los operadores turísticos se lanzan ahora sobre Portugal, y todo está lleno de gente en calzoncillos que bloquea las calles caminando tras guías políglotas que levantan en alto banderitas y paraguas de colores. Eso trae dinero, claro. A ver quién se resiste a eso, así que toda Lisboa está en fase de adaptarse a los nuevos tiempos y las nuevas gentes. No hay un taxi libre, ni una mesa en un café. Los abueletes que necesitan subir al Barrio Alto ya no pueden utilizar el elevador de Santa Justa, porque colas enormes de turistas aguardan turno para subir en él y hacerse una foto. Frente a La Brasileira, docenas de guiris que ni saben quién fue Pessoa ni les importará jamás se retratan junto a la estatua del escritor que, de verse tan sobado, se ciscaría en su puñetera madre. Y el barrio de Alfama, donde antes te atracaban de noche como Dios manda, y podías pasear a oscuras sólo si te arriesgabas a ello, ahora rebosa de locales de fado, con ingleses y alemanes preguntando dónde pueden comer la típica paella portuguesa. 

Esto es hoy Lisboa. En la vieja Suiça, donde intento leer tranquilo, un grupo de anglosajones especialmente escandaloso y bestial bebe alcohol, grita, canta y maltrata al veterano camarero de chaquetilla blanca. Harto de esos animales, entristecido por la suerte de la ciudad antigua y señorial, me levanto y ocupo una mesa que ha quedado libre en el extremo opuesto de la terraza. Al poco se acerca el camarero, trayendo mi bebida. Entonces miro hacia aquellos escandalosos hijos de puta y le digo al camarero: «He tenido que venir a una mesa que esté lejos». Y el camarero, con ademán triste y elegante de viejo lisboeta, se encoge de hombros, sonríe melancólico y responde: «Ya no hay mesas lo bastante lejos». 

3 de diciembre de 2017 

domingo, 26 de noviembre de 2017

El hombre que sí estaba allí

En mi deserción pesaba tanto la sangre derramada por las cuadrillas de asesinos que ejercían el terror rojo en Madrid como la que vertían los aviones de Franco, asesinando a mujeres y niños inocentes. Y tanto o más miedo tenía a la barbarie de los moros, los bandidos del Tercio y los asesinos de la Falange, que a la de los analfabetos anarquistas o comunistas». 

Sobre el hombre, Manuel Chaves Nogales, que escribió esas líneas en 1937 estuvimos conversando dos intensos días en Sevilla su hija Pilar, sus nietos Anthony e Isla, Jesús Vigorra –ese gran periodista cultural andaluz–, el arriba firmante y otros buenos amigos, en la segunda edición del espléndido ciclo Letras en Sevilla, que respalda la Fundación Cajasol –no todo son allí cofradías, feria de Abril y alumbrados navideños–, y que esta vez se dedicaba al reportero, articulista y narrador que, a la altura o por encima de Josep Pla y de César González Ruano, fue, en opinión de muchos, el mejor periodista español del siglo XX. 

El texto que abre este artículo es un fragmento de otro más extenso, al que me referí hace años en esta misma página, obra maestra del periodismo literario español: el prólogo del libro A sangre y fuego, con relatos de Chaves Nogales sobre la Guerra Civil. Un prólogo inteligente, lúcido, no equidistante sino ecuánime, honrado y triste, que debería ser objeto de estudio obligatorio para los escolares de este país y de cualquier otro. Que los vacunaría contra el fanatismo y la estupidez, y sin duda los haría mejores personas, mejores ciudadanos y mejores españoles al comprender, y asumir, que «idiotas y asesinos se han producido y actuado con idéntica profusión en los dos bandos que se partieran España»

Precisamente por eso, por su ecuanimidad y desprecio hacia los criminales e irresponsables de uno y otro lado, Chaves Nogales, autor entre otras cosas de la asombrosa biografía Juan Belmonte, matador de toros y del gran relato picaresco-viajero El maestro Juan Martínez, que estaba allí, fue ninguneado y desapareció de la luz pública durante medio siglo. No estuvo ni con los que ganaron la guerra y la perdieron en los manuales de literatura, ni con los que la perdieron en las trincheras y la ganaron en las librerías. Estaba solo, como toda su vida, con su mirada lúcida, su entereza y su hombría de bien. Y el título de las jornadas que le dedicamos lo define rigurosamente: Chaves Nogales, una tragedia española

En honor de Sevilla, en apariencia frívola para tantas cosas, diré que se volcó en esas dos intensas jornadas, igual que ya lo hizo en primavera, en la edición anterior (Literatura y Guerra Civil): entradas agotadas en dos horas, largas colas con público entusiasta de todas las edades, generosa cobertura de prensa, radio y televisión, libros de Chaves Nogales agotados en las librerías, salones abarrotados, quinientas personas llenando el patio andaluz del siglo XVI, en el hermoso palacio de la plaza de San Francisco, mientras Juan Echanove les arrancaba lágrimas leyendo el famoso prólogo de A sangre y fuego. Un éxito, en fin, que consolida esos formidables ciclos, de los que ya se anuncia el tercero, Letras en Sevilla III, para el año que viene: Mayo del 68, el año que pudo cambiar el mundo (y no lo consiguió)

Hay, sin embargo, un detalle que no quiero dejar en la tecla del ordenador: una impresión de la que soy único firmante y responsable. En esas jornadas sevillanas, que con tanto entusiasmo son acogidas por la ciudad pese a que no se trata de hablar de Sevilla para los sevillanos, sino de hablar en Sevilla para el mundo, noté interesantes ausencias entre el público. La entrada era libre; pero ningún alcalde, ni consejero de cultura, ni representante de instituciones andaluzas de las letras, ni concejal relacionado con el asunto, aparecieron por allí. Tendrían miedo a aprender algo, supongo. Tampoco lo hizo nadie entre los que se reparten el negocio de la cultura local, interesados sólo por su medro provinciano, por succionarse mutuamente el ciruelo, porque les financien libros que nadie lee, por repartirse las migajas que caen de la mesa de las fundaciones, por conseguir subvenciones montando mezquinos chanchullos a los que casi nadie asiste y que sólo tienen por objeto su vanidad y el hacer caja. Resumiendo: los que no están acostumbrados a ser sólo público y no trincar. En mi opinión, su presencia habría desentonado en Letras en Sevilla, y celebro no haberlos visto por allí. Pero creo de justicia no acabar el artículo sin dedicarles –ya saben ustedes que me encanta hacer amigos– este cariñoso recuerdo. 26 de noviembre de 2017 

domingo, 19 de noviembre de 2017

Recogiendo el guante

En Casa Lucio, como de costumbre, Javier Marías despacha su filete empanado mientras yo me ocupo de mi solomillo poco hecho y abierto en dos. Un corto sorbo de vino, yo, de cerveza, él, y tranquila conversación según el viejo ritual. Añejos códigos de amistad. Lo veo bien, relajado, con la única impaciencia de salir afuera para fumar al fin uno de sus imprescindibles cigarrillos. Hablamos de Berta Isla –su última y espléndida novela–, de campañas de promoción, del ineludible cine del Oeste, de algún librero ingrato y quizá miserable. Estamos a gusto allí, los dos, en nuestro rincón habitual. En nuestra mesa de siempre. Una señora atractiva está sentada cerca, y yo comento, guasón, que voy a escribir otro artículo sobre señoras atractivas: «Estábamos Javier Marías y yo…». Al oír eso, Javier se atraganta con la cerveza. «Ni se te ocurra –dice al recobrar el aliento–. No están los tiempos para eso, y todavía no me he recuperado del último». 

Luego conversamos sobre políticos y tertulianos de radio y tele. Del triste nivel cultural y el incomprensible desparpajo con que alguno de ellos se atreve a hablar en público. Estos días pasados, con lo de Cataluña, hemos oído varias veces utilizar la expresión recoger el guante con un sentido opuesto a su significado real. «La usan –comenta Javier– para hablar de aceptar una mano tendida para el diálogo, cuando en realidad indica todo lo contrario: aceptar batirse tras una provocación o desafío. Fulano y Mengano, dicen ahora sin saber lo que dicen, no recoge el guante del diálogo que le tiende el Gobierno. Etcétera». 

Corto un trozo de solomillo y le digo que eso es un artículo para él. Escríbelo, sugiero, y tienes resuelto el próximo domingo. Búrlate de cómo la desacomplejada presencia de tanto botarate en los medios de comunicación pervierte el lenguaje y destruye el sentido real de palabras y expresiones, convirtiendo nuestra lengua y sus giros en un caos de mediocridad e incoherencia. Javier se ríe y niega. «Eso no da para un artículo», apunta. «Entonces lo escribiré yo», respondo. Se vuelve a reír, incrédulo. «Es poco tema», señala. 

A continuación pasamos un buen rato hablando de arrojar y recoger guantes. «Se nota –dice Javier– que esos del guante no han visto la película El Cid, por ejemplo». Charlamos sobre eso, de cómo arrojar el guante al suelo ante alguien –el guantelete de hierro, en la Edad Media– o golpearle el pecho con él significaba proponer un desafío, un duelo; y cómo más tarde, hasta prácticamente el siglo XIX, arrojar un guante o utilizarlo de modo ofensivo tenía el mismo efecto. Después de aquello, el agraviado recogía el guante, lo tomaba del suelo, lo que significaba aceptar el desafío, y se lo devolvía al adversario en el campo del honor, armas en mano, si no quería ser tachado de mal caballero y de cobarde. Hasta don Quijote, como no podía ser de otro modo –ocurre en el apócrifo de Avellaneda, pero en este caso da igual–, entiende de ello cuando el gigante le dice: «Levanta, caballero cobarde, ese mi estrecho y pequeño guante, en señal y gaje de que mañana te espero», y don Quijote le dice a Sancho que lo recoja por él. 

Y así, entre recuerdos de duelos, torneos y caballeros medievales, salimos a la calle y caminamos Cava arriba, hacia la plaza Mayor, mientras Javier se fuma al fin su aplazado cigarrillo. La noche es agradable y caminamos despacio, con andar de viejos pistoleros, y como siempre hablamos de libros y de películas, esta vez al hilo de arrojar y recoger guantes y otros rituales hoy ignorados u olvidados. Y así, claro, no tardan en salir a relucir las historias de Walter Scott, e Ivanhoe, y Quintin Durward –con aquel siniestro Jabalí de las Ardenas–, y el paje de María Estuardo, y sir Kenneth el del Leopardo, Ricardo Corazón de León y Saladino en El talismán –ese momento sublime de los dos aceros, filo de cimitarra sarracena contra solidez de espada cruzada–, y las colecciones Historias y Cadete que leíamos por entonces, y los tebeos del Capitán Trueno, el Caballero Blanco y el Príncipe Valiente, y los cines comiendo pipas ante Robert Taylor con armadura, o con Charlton Heston defendiendo el honor de su rey en Calahorra; y también aquella novela que tanto me gustó entonces, Con el corazón y la espada, donde aprendí todo cuanto sobre usos medievales caballerescos podía aprender un niño de nueve años. Y cuando al fin nos despedimos como de costumbre junto a la plaza Mayor, Javier, también como de costumbre, enciende otro cigarrillo. Después lo piensa, mueve la cabeza, me mira con una sonrisa escéptica e insiste: «Eso del guante no da para un artículo». Entonces yo también sonrío, me agacho y recojo el guante. 

19 de noviembre de 2017 

domingo, 12 de noviembre de 2017

Regreso a Tánger

He vuelto a Tánger tras las huellas de Eva, la agente soviética, y de Lorenzo Falcó, el desalmado y elegante espía franquista. Estuve allí unos días, recordando, y al hacerlo regresé a 1937. Bajé desde la habitación 108 del hotel Continental por la calle Dar Baroud para comer en el pequeño restaurante Rif, y paseé luego entre los puestos del mercado, me senté en el Zoco Chico ante los cafés Central y Fuentes, donde hace ochenta años se enfrentaban españoles nacionales y republicanos, y anduve de noche, despacio y alerta, por las calles estrechas de la ciudad vieja, escuchando el eco de mis pasos en los recodos, subiendo hacia la casa de Moira Nikolaos en busca de una copa de absenta y un cigarrillo de haschís, y tal vez de una entrevista clandestina con el capitán de un mercante cargado con oro de la República. Atento, en cada recodo o rincón, a esquivar una cuchillada en el vientre, o un balazo. El mundo, me susurraba Falcó al oído a cada momento, es un lugar peligroso. Así que ándate con ojo, compañero. Y yo lo oía reír quedo y cruel, a mi lado, en la oscuridad. 

Es curioso esto de leer y escribir cosas. Desde hace treinta años, desde que cuento historias, me resulta imposible regresar a una ciudad donde transcurra una novela sin proyectarla a mi alrededor. Es cierto que eso ya me ocurría antes, como lector. Nadie que lea libros, o al menos nadie entre la clase de lector que algunos somos, puede ver París, Roma u Oviedo, por citar tres lugares al azar, como los ve quien nunca anduvo de conversación con Hemingway, Stendhal o Clarín. Los libros que llevas encima amueblan el mundo y obran el milagro de difuminar el presente e inyectar las páginas leídas en cada escenario. Ése es, creo, el resultado más feliz de la lectura: permite advertir cosas que quienes no leen no pueden ver. Hace posible una realidad paralela que llega a superponerse a la auténtica, o a combinarse con ella, logrando que a veces puedas recordar más a la luz de lo leído que de lo vivido. Conseguir que París era una fiesta, Paseos por Roma o La Regenta alcancen más realidad en tu imaginación y tu memoria que una fotografía o una simple mirada. Lo que, en el mundo que nos espera o que estamos teniendo ya, no deja de ser un extraordinario privilegio. 

Pero si eso ocurre con los libros leídos, calculen con los escritos. Cada novelista tiene su método, e imagino que no habrá dos iguales. El mío es vivir durante el tiempo en que tardo en escribir cada historia, que va de uno a dos años, sumergido en el mundo que narro. Y lo hago rodeado de objetos relacionados con ello, fundamentalmente lecturas. De cada diez libros que leo, seis o siete suelen estar relacionados con la novela en curso; incluso los que en apariencia nada tienen que ver, pero que ayudan a crear un estado de ánimo favorable a la escritura. Libros que estimulan, dan ganas de trabajar y disparan mecanismos interesantes. A eso hay que añadir innumerables planos, revistas, fotografías, películas, viajes a los lugares y largos paseos con cuadernos de notas y la mirada atenta de cazador voraz. Y así es posible la grata sensación de caminar por las ciudades de mis novelas borrando a los turistas, y los automóviles, y todo cuanto esté de más, o no sea útil para lo que se desarrolla en mi cabeza. Ver el mundo no como es en realidad, sino como en mis novelas yo quiero, o pretendo, o necesito, que sea. 

Por eso me es imposible regresar a ciertos lugares sin verlos a través de las novelas que escribí. Ya no puedo caminar por Tánger, como digo, sin la compañía de Eva y Falcó; ni sentarme en un café de París sin ver en la mesa contigua a Lucas Corso e Irene Adler; ni pasear por Culiacán sin toparme con Teresa Mendoza cambiando dólares en la calle Juárez; ni entrar en el Negresco de Niza sin cruzarme con el bailarín y estafador Max Costa; ni ver una torre costera mediterránea sin imaginar dentro a un pintor de batallas; ni caminar por Cádiz sin esperar de un momento a otro el estallido de una bomba francesa, en cuyo lugar de impacto el comisario Tizón hallará el cadáver de una mujer asesinada. Todo ese mundo me escolta, palpita alrededor, se sienta a mi mesa, conversa conmigo, puebla los lugares que revisito. Me acompañará siempre mientras tenga memoria y tenga vida. Y no imaginan ustedes la asombrosa felicidad que produce escuchar en el café Procope la risa amarga del abate Bringas, oír en la calle Bordadores el tintineo de los floretes de don Jaime Astarloa o arrodillarte a besar la carne cálida y húmeda de Olvido Ferrara mientras afuera, en Venecia, cae despacio la nieve sobre las góndolas negras.

12 de noviembre de 2017 

domingo, 5 de noviembre de 2017

El farmacéutico gallego

Hay tópicos nacionales de todas clases: los portugueses melancólicos, los italianos caóticos, los alemanes de piñón fijo, los ingleses arrogantes, borrachos y egoístas. Y lo que quieran ustedes añadir al asunto. Muchos de esos lugares comunes son falsos, y otros —establezcan cuál o cuáles— corresponden a la exacta realidad. En España, como en todas partes, esos tópicos los tenemos en abundancia: los andaluces indolentes y graciosos, los aragoneses nobles y testarudos, los catalanes laboriosos pero lentos en sacar la cartera, y cosas así. Y uno de los más reconocidos es el de los gallegos. Me refiero a su proverbial hermetismo, magistralmente expresado en esa imagen del ciudadano al que te encuentras en la escalera y no sabes si está subiendo o bajando. O si está parado. 

El otro día tuve ocasión de comprobar en carne propia que a veces los tópicos se ajustan a la más absoluta realidad. Al menos, en lo que a los gallegos se refiere. Me encontraba en Santiago de Compostela, alojado en el hotel donde lo hago cada vez que viajo allí, situado en un buen lugar de la plaza del Obradoiro, junto a la catedral. Se acercaba la hora de comer, así que cogí un paraguas y salí a dar una vuelta por una calle cercana donde abundan los restaurantes. Como animal de costumbres que soy, me encaminé directamente al que frecuento cuando estoy en esa ciudad, pero lo encontré cerrado. Me quedé indeciso, pues no conocía ninguno de los otros locales de esa calle, que son una docena. Y como en aquel momento me dolía la cabeza y necesitaba un Actrón —esos dolores de cabeza que le he prestado a mi amigo Lorenzo Falcó, y que en los años 30 él soluciona con aspirinas—, entré en una farmacia, aprovechando para pedirle al farmacéutico que me recomendase un lugar próximo. Un buen restaurante. 

El farmacéutico, un tipo de mediana edad, con un acento tan gallego que parecía imitado y no real -estilo Manuel Jabois o Luis, el limpiabotas del Palace-, se me quedó mirando, inexpresivo. 

—Buenos, lo que se dice buenos, hay muchos —dijo. 
—Lo supongo —respondí—. Pero habrá alguno que pueda usted recomendarme. 

Se rascó la cabeza. 

—Hay varios, ¿eh?—comentó. 
—Ya supongo. 
—Unos mejores y otros no tanto, pero los hay buenos. 
—Con que me diga uno es suficiente. 

Volvió a rascarse la cabeza. 

—El problema es que si le recomiendo uno, igual soy injusto con otros. 
—Puede. Pero tengo hambre, ¿sabe?… Con uno dicho así, al azar, me las arreglo. 

El farmacéutico encogió los hombros, fruncido el ceño. 

—¿Prefiere carne, pescado o marisco? —inquirió. 
—Me da igual —repuse esperanzado—. Lo que me apetece es comer bien. 
—Es que algunos son mejores en carne, y otros en pescado y marisco. 

Respiré hondo. Seis veces. O quizá fueron siete. 

—A estas alturas me da igual carne que pescado. Se lo juro. 

Volvió a rascarse la cabeza. 

—No es lo mismo —objetó—. Porque cada uno tiene su especialidad. 

Me metí el nudillo de un dedo índice entre los dientes y mordí fuerte. 

—Por Dios… Dígame uno, carne o pescado. El que sea. 

Se quedó pensando otro largo momento. 

—Pues la verdad —concluyó— es que no me atrevo a decirle uno en concreto. 

Decidí cortar por lo sano. 

—¿A cuál suele ir usted? 
—A veces voy a uno y a veces voy a otro. 
—¿A veces? 
—Depende. Unas sí y otras no. Pero casi siempre como en casa. 

Me agarré al mostrador, tambaleante. La farmacia me daba vueltas. 

—¿Y cuál fue el último restaurante al que fue? 
—Pues fui a uno, pero no sabría decirle ahora cuál. 

Estaba a punto de echarme a llorar. Saqué la cartera. 

—¿Qué le debo del Actrón? 
—Ocho euros con cincuenta y cinco céntimos. 

Salí a la calle haciendo eses, mareado, y me metí en el primer restaurante que vi abierto. Y las cosas como son, oigan. Comí de puta madre. 

5 de noviembre de 2017 

domingo, 29 de octubre de 2017

El Poteras y su enemigo

Repasando, casi por azar, unos viejos volúmenes de novelas policíacas -Peter Cheyney, Harmon Coxe, Eric Ambler-, acabo de encontrar uno de Ellery Queen que me transporta más de medio siglo atrás en el tiempo, al lector que yo era a los doce o trece años. Por suerte para mí, las bibliotecas de mis abuelos estaban especializadas en asuntos diferentes: la de mi abuelo paterno era más de clásicos y gran literatura del XIX, mientras que mi abuela materna y mi tía Pura, su hermana, eran lectoras apasionadas de bestsellers contemporáneos -Vicky Baum, Colette, Somerset Maugham- y novela policíaca, de la que tenían un armario lleno hasta arriba; en el que, cuando iba a visitarlas, yo buceaba con entusiasmo de cazador precoz, pues podía llevarme lo que me apeteciera. Allí descubrí a Hammett y Chandler, entre otros. Y uno de aquellos hallazgos tempranos, las novelas de Ellery Queen, tuvo serios efectos colaterales. 

Yo tenía doce años y estaba en tercero de bachillerato en los Maristas de Cartagena, donde pasé mi infancia de estudiante hasta que me expulsaron dos años después. Era un pésimo alumno, pues sólo me interesaban la literatura, el latín y la historia. Todo lo demás eran suspensos. E indisciplina. Cada profesor, religiosos en su mayor parte, tenía para nosotros su apodo: el Cuellotoro, el Dumbo, el Tomate, el Pulga (uno de los más logrados era el del profesor de matemáticas, un seglar elegante y fumador de rubio emboquillado llamado don Francisco Márquez, cuyo magnífico sobrenombre era Paco Farolas). Y el de mi clase, ese curso, era el hermano Emilio, alias el Poteras. 

El Poteras y yo nos odiábamos sin disimulo. Era de esos profesores con la mano larga, muy dados a pegar a los alumnos -en aquel tiempo eso era normalísimo-, pero solía ejercer esa potestad con excesiva saña. Yo no era un alumno fácil, por otra parte. Si tocaba hacer un ejercicio de redacción, me las arreglaba para que estuviera muy bien escrito, pero al mismo tiempo fuese esencialmente insultante para él -recuerdo bien un tema libre: La pesca del calamar con potera-. Y las represalias, por supuesto, estaban a la altura. Castigos y leña al mono. Los padres no intervenían en esas cosas, pues la disciplina a la brava formaba parte del sistema. Aquello, los chicos teníamos que comérnoslo solos. Doblabas la bisagra, o mantenías el desafío en plan guerrillero y afrontabas las consecuencias. Algunos -Miguel Cebrián, Manolico el Nabo, Julio Mínguez- las encarábamos con la cabeza bien alta. Éramos pequeños cimarrones en pantalón corto. Indomables cabroncetes, cada uno a su estilo. Peligrosos como la madre que nos parió. 

Una novela de Ellery Queen inspiró una de mis campañas contra el Poteras. Apropiándome de la idea -un asesino que envía mensajes previos en verso a sus víctimas-, durante un mes le estuve mandando a mi acérrimo enemigo breves mensajes anónimos con versos míos (recuerdo uno de ellos: En este tu penúltimo día / tu matador te envía / este mensaje grato / que te hará bicarbonato). Por supuesto, yo era un delincuente imberbe, un criminal ingenuo; y los mensajes estaban escritos en papel cuadriculado de cuaderno escolar, a bolígrafo y con mi letra. Al Poteras le bastaron cinco minutos para identificarme, y me sometió a un duro interrogatorio. Lo negué todo, con un par de infantiles cojoncillos, y no pudo sacarme nada. Al día siguiente le mandé un nuevo mensaje, y a los pocos días, otro. El siguiente interrogatorio tuvo lugar en el aula desierta, a la hora del recreo, y no creo haber recibido tantas bofetadas en mi vida. No abrí la boca más que para negarlo todo. Además, procuraba sonreír entre hostia y hostia, como los héroes de las películas. Me dejó ir, por imposible, y al día siguiente le mandé otro mensaje. 

El nuevo interrogatorio tuvo lugar en el colegio unos días más tarde, pero en el despacho del director: éste, el Poteras, mi padre, y yo en posición de firmes ante ellos. El Poteras, descompuesto, acumulaba mensajes sobre la mesa, comparaba la letra con la de mis ejercicios escolares, me acusaba de delincuente infantil. Yo seguía negándolo todo. Ésa no es mi letra, sostenía impasible. Por fin, harto de aquello, muy serio, mi padre dijo: «Cuando vean a mi hijo dejando personalmente uno de esos papeles, avísenme». Luego me sacó de allí. Caminamos en silencio por la calle, uno junto al otro, mientras él me miraba de reojo. Al fin dijo: «Ya lo has matado, ya vale». Y me dio un buen pescozón. Entonces no me di cuenta, pero ahora comprendo que sonreía. 

29 de octubre de 2017

domingo, 22 de octubre de 2017

Turistas de la idiotez

El ser humano es, ante todo y en líneas generales, un hijo de puta. Luego, ya en detalle, puede ser también otras cosas. Esta frase inicial, que les regalo a ustedes porque es mía, no proviene de libros ni conversaciones de barra de bar, sino de una certeza visual propia, empírica, ilustrada de primera mano allí donde los hijos de puta suelen mostrarse en todo su esplendor. Una impresión precoz, casi juvenil, que los años y la experiencia han acabado convirtiendo en absoluta certeza.

Contaba hace poco el novelista mexicano Jorge Zepeda Patterson que, tras el último terremoto que asoló su ciudad y causó daños en su casa, observó un fenómeno que él llama turismo humanitario: gente de variada condición, habitantes de barrios adinerados y suburbios humildes, que acudía a las zonas de desastre con el pretexto de prestar ayuda, pero que en realidad se dedicaba a pasear entre las ruinas con casco, chaleco reflectante y mascarilla protectora, haciéndose fotos. Ocurrió sobre todo el primer fin de semana; y entre los abnegados voluntarios de los equipos de rescate, que realmente trabajaban intentando salvar vidas y se dejaban el alma y la piel en ello, pululaban ociosos de ambos sexos disfrazados de socorristas, haciéndose selfis ante las ruinas e, incluso, teniendo el descaro de agacharse para posar junto a los perros rescatadores.

La cosa, en realidad, no es nueva. En tiempos de la erupción sobre Pompeya o de la caída de Bizancio no había teléfonos móviles con cámara incorporada, pero estoy seguro de que el personal se las apañaba con algún método equivalente. La desgracia ajena motiva mucho, y uno suele arrimarse a ella con morboso deleite, como en esas antiguas fotos de bandoleros metidos en un cajón, rodeados de gente que posa, o la del Che Guevara de cuerpo presente y en nutrida compañía. Quizá la diferencia esté en el careto que ahora pone la peña. Antes todos posaban solemnes, por aquello de la circunstancia. Sin embargo, hace tiempo que pocos guardan las formas. Se sonríe ante la cámara, incluso se hacen gestitos divertidos y posturas simpáticas, una pierna por alto, un ojo guiñado y todo eso, lo mismo si tienes detrás la torre Eiffel que media docena de fiambres de patera ahogados en una playa.

No es de ahora, insisto, aunque el tiempo y la tecnología mejoran y afinan. Recuerdo dos variedades de cantamañanas habituales en la guerra de los Balcanes y el cerco de Sarajevo. Una eran los políticos, filósofos y escritores de ambos sexos que se dejaban caer por allí un par de días para hacerse una foto con chaleco antibalas, en plan turistas japoneses, y luego explicar al mundo con detalle de qué iba la tragedia. Otra eran los periodistas ful o los falsos cooperantes humanitarios, chusma intrusa a la que nadie había dado vela en aquel entierro, que aparecían y desaparecían cuando tenían las fotos o el vídeo, tras haber incordiado todo lo imaginable a los profesionales que estábamos haciendo nuestro trabajo. Y esa clase de gente, adaptada a los nuevos tiempos y escenarios, sigue ahí, metiéndose de por medio cámara en alto. Dando por saco. Pendientes de la foto, o de ellos mismos en la foto, sin mirar apenas lo que tienen detrás. Lo mismo en el museo del Prado que en el terremoto mexicano, o en una matanza en las Ramblas de Barcelona. Grabando tragedias en vez de evitarlas, teléfonos móviles dispuestos, registrando agresiones y tragedias en vez de actuar contra los agresores o socorrer a las víctimas. Hasta a sus propias familias se lo hacen. O se lo hacemos.

Y es que ya no miramos directamente la realidad. Ni siquiera lo creemos necesario. Las imágenes, sean de horror o de felicidad, sólo interesan para su posterior reproducción y difusión. Es nuestro minuto de gloria. Colgar fotos en Instagram y vídeos en Youtube se ha vuelto objetivo de nuestras vidas, como esos corredores de los encierros taurinos que, en vez de disfrutar con la adrenalina y el peligro, van con el móvil en la mano intentando grabar al toro; o las docenas de imbéciles y cobardes que graban en sus teléfonos la paliza mortal a un desgraciado en lugar de evitarla. Hasta una violación grabaríamos, como por otra parte ya se ha hecho. Cuanto hacemos está destinado a ser testimonio turístico: yo estaba allí, mira lo que comí ese día, mira cómo le sacudían a ése, mira cómo se desangraban las víctimas del terrorista. A ver si conseguimos hacerlo viral, oye. Que lo vea la familia, los amigos. Que lo vean todos, y por supuesto que me vean. Incluso los que no me conocen y a quienes importo un carajo.

Y todavía hay quien pregunta por qué prefiero los perros a las personas.

22 de octubre de 2017

domingo, 15 de octubre de 2017

Pagando una antigua deuda

Hoy debo ajustar una cuenta pendiente. Reparar una injusticia que es casi una traición. La mayor parte de ustedes, seguramente, y sobre todo los lectores jóvenes, ignora quién fue Jean Lartéguy. También yo soy algo responsable de eso, de que lo ignoren, pues creo que es la primera vez que lo menciono en público. En realidad ya casi nadie lo hace, o sin casi. Hace mucho se hundió en el olvido. Ni siquiera se le recuerda en Francia, su patria, lugar donde la palabra patria, hablando sobre Lartéguy, está más que justificada. Sin embargo, era un tío capaz de vender, en los años 60, medio millón de ejemplares de un libro. Las suyas eran novelas de guerra, descolonización y política. Fue soldado, reportero y novelista. Un tipo duro. Un baroudeur, como dicen allí. Murió hace seis años, a los noventa. Y posiblemente sea uno de los autores que más influyeron en mi juventud. Uno de los que me hicieron echarme al hombro la mochila e irme a la isla de los piratas.

Lo he recordado al hojear una biografía suya que encontré en un librero de viejo francés: Le dernier centurion, el último centurión. El título resulta apropiado, pues la trilogía de Lartéguy, la que lo hizo famoso, es Los centuriones, Los pretorianos y Los mercenarios. En la portada figura mi foto favorita de él, que también era la suya: Lartéguy sobre los cincuenta años, el pelo corto en cepillo como solía llevarlo, un cigarrillo en la boca y una expresión entre divertida y chulesca. Hay biografías que pueden leerse en la cara, y la suya era de ésas: comando con 19 años durante la 2.ª Guerra Mundial, teniente herido en Corea, reportero en Indochina y Argelia, sus libros, especialmente los que trataban sobre la guerra revolucionaria y quienes la combatían, tuvieron una enorme influencia en su tiempo.

Jean Lartéguy fue, con Oriana Fallaci y su libro Nada y así sea, así como Brincourt y Leblanc con Los reporteros, Pierre Schoendoerffer con Sangre en Indochina y Graham Greene con El americano tranquilo, el autor que más contribuyó a convencer a un lector de 16 o 17 años, el que yo era entonces, de que viajar a la guerra era penetrar en el corazón de las preguntas peligrosas que a esa edad me hacía. A él debo, por tanto, buena parte de algo que nunca manifiesto. Cuando me preguntan por mis influencias como novelista, éstas suelen ser literarias, y a eso respondo: clásicos griegos y latinos, Dumas, Stendhal, Galdós, Conrad, Mann… es cierto que Lartéguy nunca me viene a la boca cuando hablo de literatura. Pero cada vez que pienso en el reportero que fui, lo tengo muy presente. Tuve ocasión de decírselo en persona en el hotel Commodore de Beirut a principios de los años 80 –«Señor Lartéguy, sólo quiero estrechar su mano»–, como también la tuve con Oriana Fallaci poco antes de su muerte, durante la primera guerra del Golfo.

Oriana y Lartéguy fueron mis primeros y entrañables maestros. Pisando la huella de una y otro tuve el privilegio, aunque llegué cuando ya casi apagaban la luz, de ser el más joven de aquella veterana generación de enviados especiales a la que pertenecieron Miguel de la Cuadra, Manu Leguineche, Tomás Alcoverro, Vicente Talón y otros resabiados perros del oficio, para quienes hablar de Lartéguy y sus reportajes en Paris Match era mencionar a Dios. Fue él, por tanto, quien desde 1973 me convirtió en el más joven de los viejos reporteros y en el más viejo de los jóvenes. También, llegado el momento, me aclaró que escribir novelas era una forma eficaz de abandonar un oficio que, en palabras de Hemingway, es estupendo si sabes dejarlo a tiempo. Y cuando miro atrás no puedo quejarme de eso en absoluto. Por eso estoy hoy aquí, dándole a la tecla sobre él. Saldando mi deuda.

En el punto y aparte anterior, con un impulso nostálgico, me he levantado para acercarme a la parte de la biblioteca donde amarillean todos sus libros; incluso, en francés, los que no llegaron a publicarse en España: Las quimeras negras, La amarilla nostalgia, Los bufones… Y al abrir el último, de modo casual, encuentro unas líneas subrayadas por mí hace casi medio siglo, y que releo con una sonrisa: «Respondíamos a la exaltación con la ironía, la elegancia de nuestras actitudes y la grosería de nuestro lenguaje. No sabíamos cantar a coro». Después cierro el libro, y cuando lo devuelvo a su estante todavía sonrío, porque pienso que esas líneas muy bien podría haberlas escrito yo mismo. Pero es que, en realidad, también las he escrito yo, mucho más tarde, gracias en parte a Jean Lartéguy. Como consecuencia de sus libros, de la mirada que también él me adiestró, y de mi propia vida.

15 de octubre de 2017

domingo, 8 de octubre de 2017

En compañía de tontos

Puestos a ser justos, no sólo es España. Gracias a Dios. Las habas de la estupidez y la mala fe se cuecen en todas partes; y si eso no consuela demasiado, al menos lo hace más llevadero. Saber, por ejemplo, que la estatua de Colón en Barcelona no es la única que tiene la piqueta de demolición en el cogote, consuela un poco. Nada hay más tranquilizador que la estupidez compartida, global, en un mundo donde, ya desde la más remota antigüedad –y ahí seguimos–, juntas a un fanático o un malvado con 1.000 tontos y, matemáticamente, obtienes 1.001 hijos de la gran puta.

La tendencia actual de borrar la parte oscura del pasado y reinventar éste con la parte buena, o la que cada uno considera como tal, está sumiendo el mundo en un caos cultural ajeno a los hechos y razones que lo definen. Ignoramos que la historia no es buena ni mala, sino sólo historia, y borrándola creemos corregirla o librarnos de ella, cuando el resultado es justo lo contrario. Sin memoria, sin las claves que nos explican, somos monigotes en manos de oportunistas y sinvergüenzas, o rehenes de los estúpidos apóstoles de lo políticamente correcto. Y más cuando éstos se empeñan en que miremos el pasado, tan diferente en espíritu y maneras, con ojos del presente. Exigiéndole, por ejemplo, a una banda de aventureros hambrientos, duros, ambiciosos y desesperados que se comportaran en el siglo XV con los criterios morales de una oenegé del siglo XXI. Así nunca pueden salir las cuentas. Todos tuvimos bisabuelos que lucharon en guerras, invasiones, conquistas y reconquistas. Que mataron y murieron por un plato de comida, por una ambición, por una mala suerte, por una idea. Ocultarlos es amputarnos a nosotros mismos. Olvidar que somos lo que somos porque fuimos lo que fuimos.

Al pobre Colón, como digo, lleva tiempo cayéndole la del pulpo. Él sólo quería descubrir un mundo nuevo al otro lado del Atlántico, y se jugó el tipo para conseguirlo, gracias al apoyo que le dieron los reyes de España –ese país ahora de pronto inexistente– allá por el año 1492. Pero ya ven. Ha acabado comiéndose un marrón genocida como el sombrero de un picador: Cristina Kirchner le demolió la estatua en Buenos Aires, Ada Colau y la CUP quieren demolérsela en Barcelona, e innumerables cantamañanas de toda condición y pelaje andan buscándole las vueltas a don Cristóbal. Jugándole la del chino.

La última que yo sepa, se la han montado en Los Ángeles, California, ciudad hispana por excelencia empezando por el nombre (Nuestra Señora Reina de los Ángeles) y por quienes la fundaron. Pues bueno. Allí, con el silencio cuando no el aplauso de la abrumadoramente mayoritaria comunidad hispana, o sea, gente que se apellida Sánchez y Martínez, han suprimido el Columbus Day o Día de Colón –con el único voto en contra de un concejal de origen italiano, para más guasa–, y colocado en su lugar el Día de los Pueblos Indígenas. Lo cual estaría muy bien en muchos sitios, sobre todo de México para abajo; pero en Estados Unidos suena a sarcasmo guarro, porque allí precisamente, en la pulcra América anglosajona, y a diferencia de la sucia y grasienta América hispana, los pueblos indígenas fueron sistemáticamente exterminados, y los escasos supervivientes confinados en infames reservas. Y así, el gran John Ford pudo decirle a Peter Bogdanovich en una entrevista: «Los indios son un pueblo digno incluso en la derrota, pero eso no está bien visto en los Estados Unidos. Al público le gusta ver cómo matan a los indios. No los consideran seres humanos».

Así que, en fin. Qué quieren que les diga. Estos días va a estrenarse una película dirigida por Agustín Díaz Yanes, Oro, basada en un relato del arriba firmante, donde se cuenta mi manera de ver lo que fue la conquista de América: una sucesión de episodios fascinantes, terribles, épicos a veces y, desde luego, crueles y poco simpáticos. Pero asumiendo cuanto de terrible haya que asumir de la Historia, del horror y de la vida, que en el caso de la Conquista es mucho, el hecho cierto es que los indios de la América hispana siguen ahí, vivitos y coleando, compartiendo una lengua formidable entre quinientos millones de personas. Y muchos, por simple justicia histórica, han venido a vivir a España; mientras en los Estados Unidos ni están ni se les espera, entre otras cosas porque allí, con la Biblia y la cochina supremacía blanca por delante, se los cargaron a todos. Así que, por mí, como hispano que soy, como español que asume sin complejos su pasado en lo bueno y lo malo, la municipalidad de Los Ángeles puede irse a hacer puñetas. A excepción del concejal de origen italiano, claro. Ese tío cachondo.

8 de octubre de 2017