domingo, 29 de septiembre de 2019

Los que cortan el cable rojo

La primera vez que tuve contacto con ellos fue a principios de los 80, cuando el diario Pueblo nos envió al fotógrafo Miguel Garrote y a mí al País Vasco, para contar cómo trabajaban. Convivimos con ellos durante algunos días, acompañándolos en sus misiones –que en esa época eran frecuentes– y conociéndolos a fondo. Como anécdota de esos días recuerdo que había un artefacto de mediana potencia dejado por ETA, que se decidió detonar a distancia. Pedí situarme junto al artificiero más próximo, debidamente protegido, para ver cómo se sentía de cerca uno de aquellos cebollazos. Éste resultó más potente de lo previsto, el escudo con el que yo me cubría quedó hecho trizas y estuve sordo unos días, por gilipollas. Pero, en fin. Eran gajes del oficio. El reportaje se publicó en primera página con gran despliegue, pues las fotos de Miguel fueron espectaculares, y recuerdo que lo titulé Diez hombres tranquilos

Después, por esos mundos, tuve ocasión de conocer a otros del oficio. En África, en países árabes, en los Balcanes, me los topé a menudo y siempre observé su trabajo con fascinada admiración. Recuerdo a una gringa de los Marines en la primera guerra del Golfo –bastante atractiva, por cierto– que retiraba una mina tumbada en el suelo con la misma calma que si se estuviera zampando una hamburguesa (José Luis Márquez la grabó después con su cámara en la piscina del hotel de Dahran reservado a las tropas norteamericanas, en bikini, y llevaba el emblema de los marines tatuado sobre la teta izquierda). También en Bosnia vimos trabajar a concienzudos artificieros ingleses, con la fría y eficiente profesionalidad que tienen esos cabrones, y también a cascos azules españoles que se jugaban la vida para que los niños de éste o aquel pueblo pudieran jugar en el campo sin perder una pierna o la vida. 

Los conozco hasta cierto punto, como digo. Y una cosa que siempre me llamó la atención de esa gente es cierto puntito, en algunos, más bien friki. O por decirlo para que no se ofendan los delicados, ligeramente obsesivo. Hay que serlo, de todas formas, para jugársela como se la juegan. Para trabajar con su estabilidad emocional y su impecable frialdad técnica. Sentido del deber aparte, algunos son verdaderos adictos a su trabajo y viven obsesionados con él. Conozco a uno, ya retirado, que pasaba los ratos libres ideando bombas trampa complicadas y cómo desactivarlas, y cuando su mujer se despertaba a las tres de la madrugada y no lo encontraba en la cama, lo encontraba en la cocina con un destornillador y unos alicates, trajinando artefactos. Y puedo añadir que, no hace mucho, sentí una agradable satisfacción cuando un respetado artificiero de la Policía Nacional dio el visto bueno al artefacto que ideé –cuando miras mucho siempre aprendes algo– para que mi espía Lorenzo Falcó reventase el taller parisino de Picasso en la novela Sabotaje

Y ya que hablamos de mirar, les cuento una anécdota divertida. En Melilla, cuando los conflictos callejeros de finales de los 80, que cubrí para los telediarios siendo delegado del Gobierno mi amigo y compadre Manuel Céspedes, apareció un día un artefacto explosivo en la calle principal de la ciudad. Se aisló todo con un cordón policial, y un artificiero bien equipado se encaminó allí, arrodillándose junto al chisme para desactivarlo. Y justo cuando estaba alicates en mano, a punto de meterle mano al asunto, oyó a su espalda un clac que le hizo dar un respingo. Y al volverse vio, encima de su hombro, al cámara Márquez, a su ayudante de sonido –creo recordar que era Ovalle, aunque no estoy seguro– y al reportero de TVE, o sea, yo, que nos habíamos colado por un callejón sin controlar y tras acercarnos sigilosos estábamos detrás, a dos palmos, grabándolo todo. Y entonces, poniéndose bruscamente en pie, quitándose el casco para tirarlo con fuerza al suelo con los alicates, el artificiero se volvió hacia la gente que estaba lejos, agolpada tras el cordón policial, abrió los brazos y gritó, furioso: «¡Así no se puede trabajar!». 

29 de septiembre de 2019

domingo, 22 de septiembre de 2019

Los rojos no usaban sombrero

Lo digo de guasa, naturalmente. No se alarmen. Es un título trampa, para que me lean. Me limito a recordar la frase publicitaria de un sombrerero de Madrid de los años 40, sectaria pero impactante, Los rojos no usaban sombrero: un clásico en la historia de la publicidad en España. Me viene a la memoria porque varias veces mencioné los sombreros en esta página, y un lector pregunta la causa; por qué los uso y desde cuándo. Y como hoy no se me ocurre nada mejor, hablaré del asunto. 

Los sombreros me son familiares desde hace mucho, por razones profesionales. En mis tiempos de reportero dicharachero de Barrio Sésamo, el trabajo lo realizaba con frecuencia en lugares donde el sol era un castigo. Así que en los años 70 empecé a utilizar lo que entonces llamábamos sombrero de jungla, hoy conocido bajo otros nombres, pero entonces de uso casi exclusivamente militar. Tenía uno de lona verde, del ejército inglés. Y en el Sáhara, en Eritrea, en el Líbano, en Chad, en Iraq, me ahorró muchas insolaciones, sobre todo en esas duras caminatas en las que durante semanas la única sombra que encontrabas era la de tu sombrero. 

Aquella vida, como digo, me habituó a ir cubierto. Después, el cambio de costumbres relegó esa prenda al campo y al mar. Pero hace unos diez años, el sombrero volvió a formar parte de mi vida. Las razones son varias. De una parte, aunque suelo vestir de modo informal, con chaqueta y pantalones chinos en verano y con pantalones de pana y chaquetas de tweed en invierno, cuando salgo a la calle o viajo intento mantener una apariencia correcta, por respeto hacia mí mismo y hacia mis lectores. Y el sombrero aporta utilidades específicas. Por una parte, protege del frío y la lluvia. Por otra, tengo 68 tacos de almanaque, el pelo ya me clarea y lo llevo muy corto, lo que me expone a los rayos del sol, y eso no es bueno. Además no me gustan las gorras de béisbol, ni esos gorros de pescador que se llevan para el sol o la lluvia. Así que el sombrero clásico es una solución práctica. Y también, en estos tiempos de general desaliño, gorras al revés, chanclas y calzoncillos, tiene su punto complementario de desafío. De personal chulería. 

Un sombrero, si me permiten que lo diga, no puede llevarlo cualquiera. Ni de cualquier manera. Ni cualquier sombrero. Es ridículo en quien no sabe llevarlo y delicado en quien sabe. Hay fulanos que se lo ponen como si llevaran un gorro y quedan como para darles un escopetazo, por no hablar de quienes lo conservan puesto, o la gorra, cuando están en un restaurante. Y lo de usar el sombrero adecuado para cada uno y cada situación no es ninguna tontería. Hay cabezones a los que van bien alas más anchas tipo Fedora, mientras que otros preferimos el ala mediana de un Trilby de copa no demasiado baja –de ese otro de ala cortísima que usan cantantes y músicos tengo orden de alejamiento–. Hablo de fieltros para el invierno, mientras que en verano la prenda obligada es un panamá, del que los mejores son los ecuatorianos Montecristi, aunque hay otros asequibles de buena calidad. En cuanto a los fieltros, conviene tener un par de los que duran toda la vida –aunque encogen ligeramente con el uso–, de colores discretos y combinables con abrigos y chaquetas. Un Borsalino, por ejemplo, que no es un modelo sino una marca, o un Bates o un Lock ingleses, aunque hay marcas menores muy buenas y elegantes. Yo uso mucho cuando viajo los ligeros de gabardina, válidos para el invierno y para el verano, que son sufridos, baratos y protegen de la lluvia. 

Y, bueno. Cubrirse con un sombrero como Dios manda también tiene algo de arte, supongo. De técnica depurada por décadas y centurias de uso masculino. Hasta la forma de colocárselo tiene su aquél. Por supuesto, ni se me ocurre aspirar a manejarlo como hacían mi padre o mi abuelo, con su inimitable forma de tocarse el ala al saludar a alguien de paso, tenerlo en una mano mientras conversaban o ponerlo bajo la silla cuando no había donde colgarlo, con una naturalidad admirable y elegante. Así aprendimos muchos de quienes usamos sombrero las maneras adecuadas, que son casi códigos: descubrirse al saludar a una señora o a un desconocido, saber cómo tenerlo en las manos o dónde dejarlo, quitárselo siempre bajo techo excepto en aeropuertos y estaciones de tren, y todos esos detalles que convierten el sombrero no en un adorno superfluo ni un estorbo, sino en algo útil y, al mismo tiempo, seña de educación de cada cual. En prueba de que en los tiempos que corren, aunque es cierto que todos somos iguales, algunos resultan más iguales que otros. 

22 de septiembre de 2019 

domingo, 15 de septiembre de 2019

El convoy PQ-17

El convoy PQ-17 Alguna vez he escrito que una de las cosas –persona en este caso– que más respeto en el mundo es un marino mercante. Me crié en un puerto mediterráneo y eso imprime carácter; pero también tuve ocasión de navegar con algunos de ellos, y de todos conservo recuerdos admirados y precisos. A su lado aprendí, por ejemplo, que un barco no es una democracia. Ni debe serlo. Aquél es un mundo con reglas aparte. Y aunque ahora, gracias a la tecnología moderna, un marino sólo es un empleado sin decisión propia, sometido al control directo de su armador, yo aún tuve el privilegio de conocerlos cuando las cosas eran distintas. Cuando el mar era un lugar remoto donde un ser humano tomaba sus propias decisiones y un capitán era responsable único de su barco, su carga, su pasaje y su tripulación. 

Me crié entre ellos, como digo. Varios familiares y amigos íntimos de mi padre, que navegó algún tiempo en petroleros, eran capitanes de la marina mercante, y mis recuerdos infantiles están poblados de sus charlas tomando café o unas copas en casa, jugando al ajedrez, echando humo por sus pipas; de las historias que acicateaban mi imaginación y fraguaron el respeto del que antes hablé: maniobras, tragedias, el naufragio del Castillo Montealegre, la gran pelea del puerto de Rotterdam… Y uno de los relatos que me impresionaron entonces fue el del convoy PQ-17, en el que un conocido de mi padre –creo recordar que se apellidaba Viñas– aseguraba haber estado a bordo de un barco de bandera panameña. Después, con los años, indagué sobre esa historia hasta conocerla mejor. Y ayer mismo, mirando unas viejas fotos de mi padre y sus amigos, me acordé de ella. Una historia dura y cruda de mar y de guerra. De marinos de los de antes. 

Escoltado por buques de guerra británicos y norteamericanos, el convoy PQ-17, compuesto por 33 mercantes, salió en junio de 1942 de Reykiavik hacia Murmansk, en Rusia, llevando ayuda para los aliados soviéticos. Las fechas eran malas, pues al frío y al hielo de esas aguas se unía el hecho de que en tal época del año el sol apenas se ocultaba tras el horizonte, y 18 horas de luz diurna facilitaban la localización por la aviación y la marina alemanas, cuyas bases estaban cerca. Y así ocurrió. A partir del 1 de julio, una vez al este de la Isla de Los Osos, empezaron los ataques de aviones y submarinos. Amparándose en bancos de niebla, defendidos por la escolta, los mercantes navegaban agrupados, despacio, a sólo ocho o nueve nudos, encajando con estoicismo la ofensiva enemiga. Todo parecía ir bien hasta que el 4 de julio la inteligencia británica creyó –erróneamente– que los acorazados alemanes Tirpitz y Scheer y el crucero Hipper habían zarpado de Noruega para atacar el convoy. Y entonces, ante el temor de que fuesen destruidos los buques de guerra de la escolta aliada, necesarios para otras misiones, se dio orden a éstos de abandonar a su suerte al convoy; y a los capitanes de los mercantes, la de dispersarse e intentar alcanzar Murmansk cada uno por su cuenta. 

Ése, el del abandono, es el momento que de niño me puso los vellos de punta al escucharlo y aún hoy al evocarlo: aquellas tripulaciones de indefensos mercantes viendo alejarse la escolta, rompiendo la formación para dispersarse lentamente y correr cada cual su propia suerte, solos en la inmensidad gris de unas aguas donde un náufrago no sobrevivía más de un par de minutos. Puedo imaginar perfectamente a los capitanes de pelo cano y arrugas en el rostro inclinándose angustiados sobre las cartas náuticas, calculando con el compás de puntas cómo navegar las 800 millas restantes, qué ruta seguir, cómo llevar a puerto a sus barcos, sus tripulantes y su carga. Me conmueven el desamparo y la grandeza de esos marinos sentenciados, dispersos, tenaces, que pese a todo siguieron adelante, cumpliendo con su deber incluso cuando los aviones y los submarinos alemanes les cayeron encima. Porque lo que vino a continuación fue una matanza: una cacería sin misericordia. Artillados algunos con sólo pequeños cañones ligeros y ametralladoras –las mujeres tripulantes del petrolero ruso Azerbaijan se defendieron y combatieron su incendio como leonas–, los solitarios mercantes fueron localizados y hundidos uno tras otro: de los 33 que habían zarpado de Reykiavik, sólo 10 llegaron a puerto. El resto se hundió en las aguas del Ártico. 

Y, bueno. Ésa es la breve historia del convoy PQ-17. La que oí contar de niño y la que a ustedes les cuento ahora: una historia de navegantes en tiempos en los que aquéllos aún lo eran de verdad. Capitanes y tripulantes que parecían personajes de un libro de Joseph Conrad. Auténticos y admirables marinos de leyenda. 

15 de septiembre de 2019

domingo, 8 de septiembre de 2019

El ferroviario impasible

Varias veces he comentado aquí lo mucho que me gusta Italia. O para ser más exacto, los italianos. Quizá porque he visto muchísimo cine italiano de antes y de ahora, o porque los miro desde fuera y los vivo como privilegiado extranjero cuando estoy entre ellos; pero son mi debilidad. Me caen verdaderamente simpáticos. Siento una enorme indulgencia por sus defectos y una enorme admiración por sus virtudes. Me agrada esa especie de patriotismo cultural instintivo que se detecta incluso entre los analfabetos, conscientes de que alguna vez, en el pasado, fueron romanos y fueron muchas otras cosas. Me gusta esa dignidad guasona, ese choteo irreductible que siempre conservan por debajo del servilismo que los menos afortunados aparentan a veces para ganarse la vida. Me conmueve su orgullo de ser italianos, pese a todo cuanto les cae encima, pese a los Berlusconis y los Salvinis, pese a su variopinto pelaje, pese a lo maltratados que siempre fueron históricamente por los de fuera y por los de dentro. Me divierte su chulería macarra cuando tocan ese palo, o su elegancia cuando tocan el otro. 

Todo eso proviene, creo –o me gusta creer–, de que son viejos, cínicos y sabios. De que por allí lleva casi tres mil años pasando de todo, y a estas alturas los italianos distinguen muy bien lo que de verdad es importante de lo que no. Con una clase política corrupta e infame como pocas en Europa, muy conscientes todos de ello, la vida oficial va por un lado y la vida real por otro, y ambas coexisten con asombrosa naturalidad. Por eso lo que me fascina, sobre todo, es su sentido práctico; su extraordinario manejo de l’arte di arrangiarsi; de entenderse entre ellos cuando se trata de buscarse la vida. Hoy por ti y mañana por mí, Bruno, Luzia, Giovanna, Doménico. O sea. Tú a Boston y yo a California, y entre bomberos no vamos a pisarnos la manguera. Un país donde, como en Nápoles, uno pasa todos los días ante el Palazzo della Posta, el edificio de Correos construido por Mussolini, y a nadie importa un carajo que la inscripción Anno 1936 XIV E. Fascista siga bien visible allá arriba, porque lo que cuenta es que se trata de un edificio cojonudo. 

Y es que, como he dicho antes, son muchos siglos para andarse con taquicardias. Pienso en eso mientras estoy en la estación Términi de Roma, esperando para sacar un billete de tren precisamente a Nápoles. Hay ambiente, mucho turista arrastrando maletas y la parafernalia habitual, incluidas patrullas de militares que pasean arma en mano, sin complejos, echando un vistazo sin que nadie los llame provocadores, militaristas ni nada de eso. En las taquillas se ha estropeado la máquina de los numeritos; la cola es larga y abunda en italianos que intentan colarse y en guiris que se empeñan en hablar sólo en inglés aunque no los entienda nadie. Y sentado tras su mostrador, tranquilo, impasible, un empleado de ferrocarriles cincuentón y de bigote canoso los despacha con mecánica parsimonia, clic, clic, clic, billete a Pisa, a Milán, a Venecia, a donde sea. Mientras me acerco observo su cara imperturbable, la indiferencia con que escucha lo que le dicen, el hastío secular con que encara las prisas de quienes van mal de tiempo, llegan tarde, están a punto de perder el tren. Él sigue a su ritmo; y cuando un guiri suelta una larga parrafada en inglés o protesta por algo, el ferroviario lo mira sin pestañear; y cuando el otro termina, le da el billete y mira al siguiente. 

Me toca el turno y pido un billete para Nápoles en el próximo tren. Y por la forma en que me atiende ese hierático fulano, comprendo perfectamente lo que tiene en la cabeza –seguramente el partido de ayer del Lazio contra la Roma– y lo que significo para él, que lleva veintinueve siglos despachando billetes para Nápoles, para el mar Jónico o para las islas Casitérides. Y sé con toda certeza que si en vez de un tren a Nápoles le hubiera pedido una trirreme para Siracusa, él no habría alterado el gesto, sin sorprenderse en absoluto; y con la misma naturalidad habría tecleado clic, clic, clic en su ordenata. Como mucho, si lo pillaba de buenas, habría preguntado si el pasaje lo deseaba en una trirreme de César o de Pompeyo. «¿Qué me aconseja?», habría preguntado yo en italiano, que siempre ayuda a caer simpático y ellos lo agradecen bastante. Y el ferroviario impasible, con la misma estoica indiferencia con que despachó billetes a ostrogodos, a normandos, a españoles, a franceses, a austríacos, a alemanes, a norteamericanos y a su puta madre, habría respondido: «Le recomiendo una de las trirremes de Octavio, que tienen más futuro». 

8 de septiembre de 2019

domingo, 1 de septiembre de 2019

La mejor novela de tu vida

Para alguien como el arriba firmante, cuyo oficio es contar historias, o sea, escribir novelas, terminar una incluye cierto peligro. Después de uno o dos años metido en ello hasta las trancas, dándole a la tecla durante ocho horas diarias, enfrascado en lecturas que documentan o estimulan, conviviendo con los personajes hasta que acaban siendo parte casi real de tu vida, poner punto final a todo eso puede tener, incluso, efectos traumáticos. Pasas de vivir en un mundo que has elegido, controlas y conformas a tu voluntad y tu medida, a salir de él y encontrarte en otro menos agradable e incluso hostil, como esos niños saharauis que, tras pasar una larga temporada con familias de acogida europeas, deben regresar a la dura realidad del desierto y los campos de refugiados. 

Dirán ustedes que no puede ser tan dramático, pero les aseguro que sí. Que puede serlo. Afortunadamente hay una etapa de transición que ayuda un poco, pues una novela terminada no significa una novela entregada y olvidada. En mi caso, los últimos meses los dedico a las últimas correcciones y detalles, volviendo una y otra vez sobre lo escrito. Eso hace posible, como digo, un saludable período de desintoxicación. Y como a esas alturas del texto no hay nada realmente creativo en lo que haces, y tras la larga convivencia sueles estar harto de los personajes y la trama, que conoces hasta por el forro y no aportan ya novedad alguna, la cosa tiene cierta semejanza con esa mujer que dice ahí te pudras, imbécil, y te deja justo cuando empiezas a preguntarte si no es el momento de dejarla a ella. O viceversa. 

El problema de todo esto, cuando eres un novelista profesional que vive de cuanto escribe, radica en lo que pasa inmediatamente después de que la historia recién escrita se vaya a vivir su propia vida. El vacío que te deja. Y les aseguro que se trata de un vacío peligroso, porque incluye la tentación letal de descansar un rato largo. Ahora que he acabado, piensas, voy a tomarme un período de vacaciones antes de empezar otra. Voy a relajarme mientras entro de nuevo en campaña. Y ahí es donde acecha el peligro, porque toda la disciplina, la concentración, el adiestramiento, la capacidad de esfuerzo y sacrificio de los últimos tiempos –«Escribir mata más que las bombas», me dijo Oriana Fallaci durante la primera guerra del Golfo, poco antes de morir– puede diluirse en pocas semanas. Plaf. Adiós, chaval. Visto y no visto. Puede hacerte perder esa tensa incertidumbre que necesita el novelista, semejante a la del marino. Situarte fuera del necesario estado de gracia y vigilia. Dejarte hecho una piltrafa. 

Por eso, del mismo modo que cuando te caes del caballo o la moto debes volver a subir en cuanto puedas, para no coger miedo, cuando acabo una novela, e incluso mientras trabajo en las últimas correcciones, procuro tener ya otra en la cabeza. A veces es la que luego escribo y otras no. Por lo general, cuando creo haber elegido una historia buena para contar, paso un tiempo haciendo pruebas. Escribo veinte o treinta páginas para establecer si soy capaz de crear los personajes adecuados, dar con el tono narrativo, elegir bien el punto de vista y, sobre todo, averiguar si es con ella con la que deseo convivir durante los próximos meses o años de mi vida. A veces comprendo o intuyo que no es la adecuada, o el momento oportuno para ella, y esas páginas pasan al cajón de Nunca Se Sabe; porque un novelista de verdad nunca descarta nada del todo, nunca lo da por muerto. Hay novelas que esperan su tiempo adecuado, y todo puede resucitar o recomponerse un día, como ocurrió con El tango de la Guardia Vieja, cuyos primeros treinta folios tardé veinte años en recuperar y completar. 

Y en eso estoy ahora, aquí donde me ven, o me leen. Entregué una novela antes del verano y en seguida hice un tanteo con una trama que me tenía caliente; y con ella estuve hasta que otra, que lleva quince años agazapada en mis papeles y mi cabeza, empezó hace unas semanas a decir aquí estoy, cortándole el paso. Así que, resuelto a subirme cuanto antes al caballo o la moto, me encuentro otra vez en ese momento maravilloso en que cualquier cosa es posible: cuando todo lo que lees, imaginas, capturas alrededor y echas al zurrón de la imaginación, combinado con los libros leídos y la propia vida, renueva el estado de felicidad que perdiste con el punto final de la anterior historia. Y cada noche, otra vez, te duermes pensando en lo que escribirás cuando despiertes. Y por la mañana despiertas ilusionado, tenso y lúcido; dispuesto, como cada día desde hace treinta años, a escribir la mejor novela de tu vida. 

1 de septiembre de 2019

domingo, 25 de agosto de 2019

Con chanclas y a lo loco

Dando un paseo por el centro de Madrid, a mediados de agosto, las palabras de un amigo me dejan pensativo: «Vestido así vas llamando la atención». Lo dice en plan bien, con la mejor voluntad. Dispuesto a que el comentario me sea útil. Y como es un buen tipo, lo aprecio y me aprecia, echo un vistazo a mi reflejo en un escaparate para comprobar el asunto: zapatos marrones, calcetines azul marino, pantalón chino beige, camisa azul claro, chaqueta ligera azul marino –luego iré a cenar y es lógico llevarla de tonos oscuros– y sombrero de ala mediana, ni ancha ni corta, de los que suelo usar desde hace ocho o diez años, panamá en verano y fieltro en invierno. Y tras dirigir esa rápida ojeada sin observar nada improcedente, miro alrededor, más bien confuso. «¿La atención de quién?», pregunto. Y mi amigo, como si tampoco lo tuviera claro, se encoge de hombros y hace un ademán abarcando el entorno. El paisaje y la fauna. Y entonces comprendo a qué se refiere. 

Hasta donde abarca mi vista, el panorama es fascinante. A quinientos kilómetros de la playa más próxima, cinco o seis de cada diez varones visten con chanclas y la amplia variedad de calzoncillos que la moda hace posible: estampado, fosforito, deportivo, con raja lateral, con bragueta, sin bragueta. Como si vinieran directamente de la piscina o de correr en el Retiro. Otros, más formales, llevan pantalones cortos que airean sus pantorrillas, incluida una interesante variedad estrecha y apretada, marcando viril paquete, que se ajusta hasta encima de la rodilla y tiene que hacer sudar horrores. Algunos pantalones cortos también son lucidos con desparpajo por vejetes de edad provecta: estampas tan patéticas que piensas hay que ver, colega, toda una vida honrada y digna de funcionario de Correos, por ejemplo, para acabar como un tiñalpa, enseñando esas piernecillas descarnadas y pálidas; y todo porque los hijos o los nietos te dicen ponte un pantalón corto, abuelo, que así estarás más moderno y más fresco. No seas rancio. 

Prosigo mi exploración visual y se amontonan las bellas estampas urbanas: esas camisetas sobaqueras poniendo una axila en tu vida, o dos; esas gorras multicolores con la visera para delante o la visera para atrás; esas camisetas del Barça embutiendo tripas cerveceras; esos tíos marranos con el torso desnudo rascándose los huevos y restregándote el sudoroso tocino mientras esperan a tu lado en el semáforo; esas tías comprimidas en licra, o como carajo se llame, que imagina cómo irá, con este calor, lo que no salta a la vista; esas otras pavas en sujetador y con el pantalón vaquero de moda, recortado por las ingles, cuyos pliegues se clavan directamente entre las rodajas, en plena pepitilla; esos bonitos tatuajes de Anhelo la paz del mundo en lengua armenia o en swahili; esos dos pavos que pasan musculosos y desinhibidos, en bañador y con el torno desnudo, enchufado uno al otro y a toda hostia sobre el mismo patinete. Ese desfile, en suma, de horror callejero que en estas fechas incluye las estaciones de tren y los aeropuertos, con todo cristo viajando medio en pelotas con maletas enormes que te preguntas qué traerán dentro, si luego sus portadores van a vestirse con la misma camiseta, chanclas y calzoncillos que llevan puestos. 

Así que, en fin, comprendo el toque de mi amigo. Quién soy yo para llamar la atención. Para ir por ahí provocando. Así que tras reflexionar un poco, he decidido enmendarme. Para mimetizarme más con el entorno, no sea que ofenda, y también para ir más cómodo, porque la comodidad es un derecho humano, la próxima vez que vaya con Javier Marías a cenar a Lucio –que últimamente también deja entrar de todo– pondré al día mi indumento: por supuesto, unas chanclas; y también un bañador de patas hasta la rodilla, estampado, encima del cual ceñiré con donaire, a lo Superlópez, unos calzoncillos Abanderado por no perder el toque clásico. El torso me lo cubriré parcialmente con una camiseta de largos tirantes y axilas holgadas, a ser posible con los colores del Betis. En vez del panamá llevaré un sombrero mexicano de paja roja, que llama menos la atención. Y en previsión de que accidentalmente asome algo por los calzoncillos –con estas modas informales nunca se sabe–, me tatuaré la frase Recuerdo de mi viaje a Constantinopla en el prepucio. Y así, equipado al fin como Dios manda, estoy seguro de que cuando cruce silenciosamente y a toda leche por la Plaza Mayor encima de un patinete, con la camiseta sobaquera ondeando al viento y Javier agarrado detrás, no llamaré la atención en absoluto. 

25 de agosto de 2019

domingo, 18 de agosto de 2019

Las madres de antes eran más guapas

Me interesa Twitter porque es un territorio hostil transitado por numerosos hijos de puta. Pero como nada es absoluto, maticemos: es una red social útil y en ella hay gente estupenda; pero el frecuente anonimato y el mundo en que vivimos facilitan también su función de basurero. Resulta fascinante el espectáculo de ignorancia, agresividad y vileza que, ante tal o cual noticia, en torno a este o aquel tuiteo, suele organizarse por parte de gente con pocos escrúpulos o ganas de bronca. Y si se trata de religión, política o nacionalismos, ni les cuento. Es asombroso cómo argumentos o asuntos serios quedan reducidos a la simpleza de los 280 caracteres, que acaban sustituyendo a los verdaderos contenidos y alcanzan amplia difusión; de lo que resulta una cadena de comentarios de quienes no conocen el asunto original ni se preocupan por conocerlo, opinando sin cortarse un pelo de lo que unos dicen que otros han dicho o les dijeron. Y por supuesto, como estamos en España, abundan quienes saben más lengua que los lingüistas, más ciencia que los científicos y más historia que los historiadores. No se trata ya de opinar, pues a fin de cuentas las opiniones son libres. Se trata de insultar o silenciar cuanto no coincida con lo que uno cree saber o piensa, o no encaja en su –a veces limitado– ámbito intelectual. Cualquier analfabeto se atreve a ello sin complejos. Y no les quepa duda: si Ramón y Cajal o Cervantes anduvieran ahora por las redes, cada día habría gente enmendándoles la plana. Ni puñetera idea tienes de ciencia, calvo de mierda. Y tú, Miguelito, cierra el pico, que mataste moros en Lepanto y nos conocemos, juntaletras fascista. Para Quijote bueno, el de Avellaneda. 

En lo que al arriba firmante se refiere, Twitter tiene doble utilidad. Por una parte, la del espectáculo bronco y divertido de observar. Ayuda mucho a escudriñar la condición humana, y eso es útil para cuando llueva napalm –que tarde o temprano siempre llueve–, pues conocer lo despreciable del paisanaje atenúa un poquito la piedad y el remordimiento. La otra es lo útil de esa red social como herramienta eficaz; pues, ya en lo personal, me permite enviar informaciones, responder a consultas, enlazar con artículos, libros y asuntos relacionados con mi trabajo, manteniendo con los lectores y amigos –cada lector es realmente un amigo– un contacto imposible de otro modo. Es una forma de agradecer el interés y la lealtad; aunque no falte quien se enfada porque no respondo, o no lo hago en el acto, a su consulta, sin considerar la imposibilidad de que alguien con dos millones de seguidores tuiteros, que recibe cientos de mensajes diarios, pueda responder a todos. Para eso tendría que vivir en las redes sociales, pero tengo otras cosas que hacer. Hago lo que puedo, cuando puedo. Y ojalá pudiera más. 

Dicho lo anterior, Twitter también ofrece momentos maravillosos. Ayudar a que un perro perdido sea encontrado por sus amos, o que uno abandonado encuentre hogar, es una de mis satisfacciones. Y hace unas semanas, en especial, hizo posibles un par de días magníficos, que debía agradecer de algún modo y por eso escribo este artículo. Había encontrado entre viejos papeles una fotografía de una veinteañera bellísima y elegante, la joven que en otro tiempo fue mi madre. Y aunque nunca cuelgo fotos familiares ni apenas mías en las redes sociales, creí que ésa sí valía la pena. Así que la tuiteé con la frase «las madres de antes eran más guapas». Luego me dispuse a esperar, divertido, el aluvión de acusaciones de carca, retrógrado y machista que creí iba a suscitar aquello. Y sin embargo, para mi grata sorpresa, lo que siguió fueron dos días maravillosos en los que millares de amigos tuiteros, animados por aquello, colgaron fotos de las suyas. Y de ese modo, sin pretenderlo, entre todos reunimos un extraordinario álbum de madres, un homenaje masivo y espontáneo a las felizmente vivas o ya desaparecidas, lleno de mensajes de ternura, de amor, de recuerdos emocionados a todas ellas; que sin duda fueron diferentes a las de ahora porque su tiempo también lo era. Mujeres hermosas por dentro y por fuera, madres que con su abnegación, con su sacrificio, con su inteligencia, con su trabajo, con su valor y entereza, sostuvieron a sus familias en tiempos difíciles, sacaron adelante a los suyos, pelearon como leonas por apoyar a sus hombres, por criar y defender a sus cachorros. Y es cierto, comprobamos todos. Sin demérito de las actuales, que ya tienen otro estilo, y como pudimos comprobar gracias a Twitter, las madres de antes eran mucho más guapas. Incluso las que nunca pretendieron serlo. 

18 de agosto de 2019 

domingo, 11 de agosto de 2019

Malos tiempos para los héroes

Hay en Londres un monumento que descubrí hace poco y me llamó mucho la atención. En él nunca faltan flores. Se trata de un memorial –inaugurado hace sólo siete años por la reina Isabel II– en recuerdo de los 54.574 tripulantes de bombarderos británicos que murieron atacando Alemania durante la Segunda Guerra Mundial. El lugar es conmovedor, pues muestra a siete figuras de bronce de aviadores vestidos con ropa de vuelo, de tamaño algo mayor que el natural, en unas actitudes serenas y muy dignas. Se trata de hombres muertos de verdad, piensa uno cuando los ve. Se ve que realmente lo están. Parecen fantasmas melancólicos. 

El monumento se encuentra junto a la entrada oeste de Green Park, cerca de la casa de Wellington, y merece la pena echarle un vistazo. Sobre todo porque muestra, entre otras cosas, la ausencia de complejos históricos británica. Esos aviadores murieron mientras bombardeaban Alemania, causando centenares de miles de víctimas: sólo en Dresde, que fue arrasada por completo, murieron 25.000 personas. Sin embargo, la idea pretende quedar por encima del horror: combatían por su patria, cumplían su deber y cayeron como héroes. Punto. El resto puede –y naturalmente, debe– discutirse en otros lugares, pero allí sólo se trata de honrar a hombres valientes. A héroes de guerra. 

Casualmente, y así son las cosas de la vida, estuve ante ese monumento el mismo día que al otro lado del Atlántico, en Buenos Aires, dos veteranos pilotos argentinos supervivientes de los ataques aéreos contra la flota británica en 1982 eran insultados cuando fueron invitados a contar su experiencia en un colegio de la ciudad. Habían sido llamados a dar una charla y se llenó el aula; pero, en cuanto abrieron la boca, dos alumnos y un adulto sacaron a relucir los 30.000 desaparecidos de la represión y la infame maniobra que fue Malvinas para el régimen militar: ciertos ambos extremos, sobre los que, con toda razón, mucho se ha debatido y se debate en Argentina; pero sin ninguna relación con el motivo de la charla, pues los dos pilotos, que cuando la guerra tenían veintipocos años, habían sido invitados por el centro escolar para que hablasen de los combates aéreos que protagonizaron, de los compañeros derribados mientras atacaban a los barcos ingleses, del sacrificio suicida de aquellos jóvenes que, volando con sus Skyhawk al límite de las reservas de combustible, a diez metros sobre el mar y con las salpicaduras de las olas en los parabrisas, se metieron entre la implacable defensa aérea enemiga y murieron sin rechistar, sencillamente, cumpliendo con su deber y con su oficio. 

No les dejaron ni contarlo. Con la aprobación y aplausos de alumnos y padres de ambos sexos, los dos jóvenes y el adulto –tal vez un padre, quizás un espontáneo– centraron sus preguntas y comentarios exclusivamente sobre la dictadura militar, reprochando a los dos veteranos que hubieran ido allí a hablar de otra cosa. Respondieron éstos que sólo pretendían narrar aquello para lo que se les había invitado: la actuación de los pilotos argentinos en la guerra; pero fueron acallados por el abucheo, hasta el punto de que las autoridades del colegio, acobardadas, suspendieron el acto. Al día siguiente, 352 padres y madres de los estudiantes firmaron un documento protestando porque los dos veteranos hubiesen pretendido hablar de pilotos y aviones y no de represores y asesinos. Y eso fue todo. 

Supongo que ustedes, como yo mismo, tendrán sus opiniones sobre el asunto. Sobre si un hombre o una mujer valientes, un héroe de guerra que lo es bajo un régimen nefasto o perverso pierde su condición de tal o la conserva. Si debe ir por la vida con la cabeza alta o esconderse en un agujero. Si, por traer aquí la cosa, tan admirable era un soldado republicano atacando bajo el fuego en Belchite o Brunete como los soldados franquistas que se defendían como tigres al otro lado. Y, bueno. Yo sé lo que pienso, y cada cual tendrá su propia respuesta. También, como contaba al principio de este artículo, los británicos tienen la suya. Los he visto expresarla en un conocido vídeo del ataque aéreo a sus barcos en Malvinas, cuando un piloto argentino, volando impávido a ras del agua con su Skyhawk entre el intenso fuego antiaéreo, se eleva un poco para lanzar sus bombas y pasa rozando el palo de la fragata desde la que le disparan; y en otro barco cercano, desde el que están grabando la escena, se escuchan los gritos de admiración y los aplausos de los marinos ingleses. 

11 de agosto de 2019 

domingo, 4 de agosto de 2019

Qué hacer si le patean los huevos a un juez

Me pregunta algún lector, después de los últimos casos en los que ciudadanos honorables se vieron condenados por defenderse en su propia casa, o por socorrer a quienes eran asaltados por delincuentes y en la refriega el asaltante salió maltrecho o de cuerpo presente, qué debe hacer uno en tales casos: quedarse cruzado de brazos, mirando cómo se consuma el delito, o intervenir arriesgándose a que el malo se ponga flamenco, haya leña de por medio, y en el intercambio el asaltante resulte herido o fiambre; desgraciada circunstancia que, según la legislación española, suele convertir al malo en bueno y al bueno en malo, hasta el punto de que el antes malo y ahora jurídicamente bueno, e incluso su familia si éste palma en el intercambio de opiniones, podrán vivir una buena temporada a costa de la pasta que la previsible sentencia le sacará al pringado; al que, además, premiarán con un par de años de talego por violencia desproporcionada, homicidio involuntario o como diantre se llame técnicamente el asunto. 

Conste que mis conocimientos de Derecho son mínimos, así que me limitaré a opinar según la jurisprudencia de lo visto y leído en España: mi impresión personal e intransferible. Por poner un ejemplo práctico, imagine el lector que va por la calle y al doblar una esquina observa que un delincuente está asaltando a un juez (para el ejemplo igual valdrían un registrador de la propiedad o un repartidor de pizzas, pero hoy le toca a un juez). A lo mejor el malo lleva una navaja empalmada, aunque tampoco es imprescindible. Supongamos que no lleva arma ninguna y se limita a patearle los huevos a su señoría. Ahora querrá saber algún listillo cómo diablos sabremos que el agredido es un juez; y aunque como digo la cuestión es irrelevante, en este caso la respuesta es sencilla: lleva toga y puñetas de encaje. Y el caso, como digo, es que, para robarle la cartera al señor juez, el malo le está pateando los huevos con mucho desahogo. Zaca, zaca. Con verdaderas ganas. 

Es ahora cuando se plantea el dilema. Aparte de que la denegación de auxilio es un delito, o creo que lo era, pocas personas decentes pasarían de largo, incluso aunque a quien le pateasen los huevos fuera un político español. Incluso, por llegar al extremo de lo comprensible, un inspector de Hacienda. Pero hemos quedado en que es un juez. En cualquier caso, un ciudadano honrado intervendría sin dudarlo, fuera quien fuese. Y ahí surge la complicación técnica. Porque supongamos que uno va y forcejea con el asaltante, y éste es un tipo fuerte, o está muy zumbado, o aunque no lleva armas pega hostias como panes. Y usted se lía en caliente, porque las peleas no son precisamente un ejercicio de análisis intelectual. Y el malo se cae, o usted lo tira, y se da con el bordillo de la acera en el cogote. O a lo peor era drogata y estaba débil del corazón, y con el soponcio se queda tieso como la mojama. Y entonces llega lo bonito, porque el juez se levanta frotándose los huevos, pone afectuoso una mano en tu hombro y dice, conmovido pero profesional: «Gracias, Rambo. Me has socorrido, pero siento comunicarte que según el Código Penal y el Código de Hammurabi tu violencia ha sido desproporcionada. Casi fascista, dirían algunos y algunas. Así que, con todo el dolor de mi corazón, y puesto que los jueces españoles nos limitamos a aplicar la dura lex, sed lex y no a interpretarla, voy a empapelarte hasta las trancas. De modo que ve despidiéndote durante seis o siete años de instrucción judicial de tu vida normal, de un posible par de años de libertad y de la pasta gansa que te van a sacar como indemnización, porque te voy a joder vivo». 

Hay una segunda opción, naturalmente. Que usted vaya por la calle y vea cómo al juez le dan las suyas y las del pulpo, o que al ministro del Interior de ahora, que también es juez, le están robando la cartera, o al de Justicia lo está violando una manada de atracadores aficionados a atacar por la retaguardia. Y usted eche cuentas y decida que complicarse la vida en España, donde todo disparate tiene su asiento y a menudo ese asiento suele ser legal, trae poca cuenta. Y decida, basado en tristes y notorias experiencias ajenas, que más vale seguir su camino como si nada hubiera visto, Evaristo. O, como mucho, sacar el móvil y grabar la escena de lejos, por no implicarse demasiado. Y luego, eso sí, colgarla en YouTube para denunciar enérgicamente el asunto. 

Y es que nos está quedando un paisaje precioso, oigan. A mí me queda poco, la verdad. Y que me quiten lo bailado, que fue bastante. Pero ustedes, los jóvenes, van a tener mucho tiempo y ocasiones para disfrutarlo. Les va a rebosar el disfrute por las orejas. 

4 de agosto de 2019

domingo, 28 de julio de 2019

La Posada de Dickens

Alguna vez he comentado en esta página lo importante que es viajar a los lugares no para conocerlos, sino para confirmarlos. Llegar a ellos con lecturas previas que permitan amueblarlos con lo que fueron o con lo que otros imaginaron o vivieron allí. Contextualizarlos en su literatura, su tradición y su historia. No es lo mismo caminar con libros que sin libros en la memoria. No es igual pasar junto al café Procope sin saber quiénes fueron Diderot o el barón Holbach, desayunar en Sanborn’s ignorando a Zapata y Pancho Villa o deambular por Palermo sin la melancólica sombra del príncipe Salina. A cuento de eso, nada más adecuado para estos superficiales tiempos de selfi y a otra cosa, mariposa, que lo que en Clase de latín escribió Zbigniew Herbert: «Tal vez algún día lleguéis a Roma con el séquito de un procónsul. De modo que deberéis conocer los principales edificios de la Ciudad Eterna. No quiero que deambuléis por la capital de los césares como si fuerais unos bárbaros sin cultura». 

Pienso en eso sentado en el último banco a la derecha de la galería exterior de la Posada de Dickens, la Dickens Inn del muelle de St. Katherine de Londres, mirando desde ese caserón del siglo XVIII los barcos amarrados en el puertecito de abajo. Tengo una cerveza en la mano, el sombrero a un lado, las suelas de los zapatos cómodamente apoyadas en la barandilla, y acabo de dar un largo paseo a lo largo del Támesis, entre el puente de Waterloo y el de la Torre, que puede verse a lo lejos entre los edificios modernos y los antiguos que sobrevivieron a los bombardeos alemanes. Hace un rato anduve junto al crucero Belfast, que combatió con el Tirpitz y participó en el hundimiento del Scharnhorst, y junto a la réplica del Golden Hind de Drake, entre los viejos almacenes portuarios hoy rehabilitados y destinados a otras cosas. Y durante todo el camino, como ahora en la Posada de Dickens, los libros leídos en los últimos sesenta años vinieron en mi auxilio para dar sentido a lo que miraba. Borrando con la imaginación cuanto allí sobraba –que era mucho– y proyectando con nitidez perfecta lo que realmente contuvo, o contiene, este paisaje. 

Joseph Conrad, sobre todo. Paseando por los lugares donde estuvo el puerto me he detenido varias veces a contemplar la marea baja, pensando inevitablemente en la Nellie, la yola de recreo «que borneó sobre su ancla sin un flameo de las velas y dejó de moverse». Conrad es el único escritor del que tengo una fotografía en mi biblioteca de trabajo; el que no me abandona y envejece conmigo. El marino que me enseñó, desde muy pronto, que vivimos como soñamos, solos. El que escribió: «Recuerdo mi juventud y la sensación, que nunca volverá, de que podría durar para siempre, sobrevivir al mar, a la tierra y a todos los hombres», y también: «Toda pasión se ha perdido ahora. El mundo es mediocre, débil, sin fuerza. Y la locura y la desesperación son una fuerza. Por eso la fuerza es un crimen a los ojos de los necios, los débiles y los tontos». 

Es por esto y por algunas cosas más que, sentado en la galería superior de la Posada de Dickens, en este anochecer tranquilo de los muelles de Londres, mientras se extingue la luz entre los palos de los barcos amarrados y una madre pata y sus patitos nadan en fila por el agua tranquila donde se refleja el crepúsculo, no tengo necesidad de volverme a mi derecha porque sé perfectamente que ahí, al extremo del banco, también con una cerveza en la mano, se oscurece con el resto del día la silueta inmóvil del capitán Marlow, que en ese momento murmura: «Cada barco se parece a los demás y el mar no cambia nunca». Al escucharlo asiento en silencio porque estoy de acuerdo, y los dos bebemos un poco de cerveza antes de que Marlow, convertido ya casi en una sombra inmóvil, emita un leve gruñido y luego añada como para sí mismo: «Conoció la mágica monotonía de la existencia entre cielo y mar». Supongo que se refiere a Jim, Lingard, Mac Whirr o cualquiera de ésos; a uno de los nuestros. De manera que, como nada tengo que hacer hasta el cambio de marea, me acomodo con mi cerveza, dispuesto a escuchar la que sin duda será otra de esas historias a veces inconclusas que a Marlow le gusta contar. Pero permanece callado mientras la noche se adueña de todo, incluso de él mismo, y empiezan a encenderse luces lejanas a lo largo de la orilla. Hasta que, de pronto, la voz de mi vecino de banco surge de la oscuridad: «Creías que era una aventura, ¿verdad?… Pero sólo era la vida», dice muy despacio. Y pienso que nunca escuché una verdad como ésa. 

28 de julio de 2019

domingo, 21 de julio de 2019

Lanzada a Franco muerto

Hay un término que me irrita en los últimos tiempos, quizá por lo que en España se abusa de él: antifranquista. No porque yo tenga nada contra quien lo ha sido o de verdad lo es, o cree serlo, sino contra quien se adorna en exceso con la palabra, en muchos casos –para comprobarlo basta echar un vistazo a ciertas biografías– con escaso conocimiento directo, incluso indirecto, de lo que fue el franquismo. Es cierto que en determinados ambientes o espacios públicos el epíteto queda estupendo, e incluso tiene una indudable utilidad táctica. Sirve para situarse sin necesidad de entrar en detalles intelectuales. No hay más preguntas, señoras y señores. Pero aun comprendiendo eso, me chirría. No puedo evitarlo. Quizá porque nací en 1951 y conocí en mi juventud a muchos antifranquistas que lo eran de verdad; de los que pagaban un alto precio por serlo cuando proclamarse como tal no era una etiqueta de buen rollito, un postureo fácil, sino que se pagaba con el miedo, la violencia y la cárcel. 

He estado mirando biografías de conspicuos antifranquistas de ahora mismo y confieso mi estupor. Hay muchos más que en vida de Franco, lo que no deja de ser un fenómeno interesante. Y teniendo en cuenta que el dictador murió en 1975 y su régimen duró sólo un poco más, me pregunto qué lucha concreta llevaron a cabo ciertos luchadores por la libertad que entonces tenían cuatro o cinco añitos, estaban en la cuna o, lo que aún es más sorprendente, no habían nacido todavía. Cierto es que para ser o sentirse antifranquista no es imprescindible haber sido coetáneo del dictador, del mismo modo que en el siglo XXI uno puede ser antinazi, antiestalinista, antibonapartista o antiimperalista romano. Pero una cosa es todo eso, muy legítimo, y otra hacer de ello argumento político, mérito social y orgullosa proclamación ideológica, insultando la memoria y el sacrificio de quienes sí lo fueron de verdad. Suplantándolos por la cara. Porque no sólo se da el caso de numerosos antifranquistas, cada vez más jóvenes, que no vivieron nunca el franquismo, sino también el de quienes sí lo vivieron, ya con edad de echarse a la calle y romperse la cara con los grises, pero pasaron todos aquellos años punto en boca y sin hacer ruido. Y sin embargo, en sus biografías de las redes sociales e incluso en la solapa de sus libros se afirman hoy, como en algún caso concreto que no personalizo por no reírme, ferviente opositor a la dictadura de Franco. 

Ya que estamos en ello, y para dejar las cosas claras, diré que nunca fui luchador antifranquista. Mi idea del mundo estaba fuera de España, salí muy pronto de aquí, y hacia eso me orientaba en mi juventud: libros, viajes, aventuras. Mi único contacto con la lucha antifranquista fue pura chiripa, cuando en 1971, estando en primer curso de Políticas en Madrid, participé en una manifestación violenta porque una chica gallega que me gustaba mucho era militante radical, antifranquista de verdad, y fui con ella a tirar piedras, y me trincaron los grises en el paseo del Prado con un pañuelo tapándome la cara por los gases lacrimógenos, y sólo me comí once horas de Dirección General de Seguridad, un interrogatorio en el que me llamaron rojo hijo de puta y una multa de 5.000 pesetas, que entonces era una pasta enorme y pagó un tío mío, pues se lo oculté a mis padres. También esa chica que tanto me gustaba hizo una colecta solidaria en clase con el pretexto de pagarme la multa, pero en su caso nunca vi un céntimo del dinero, que supongo destinó a comprar gasolina para cócteles molotov. 

Así que lo doy por bien empleado. Sobre todo porque ella era guapísima y cuarenta y ocho años después lo sigue siendo, además de inteligente periodista y columnista ácida y certera. 

Hay una expresión clásica que ahora se usa poco, pero que tiene una importante raíz histórica: lanzada a moro muerto. Proviene de la España medieval y se refiere a los cobardes o aprovechados que, sin haber estado en lo duro del combate, se acercaban a un enemigo muerto o herido para manchar de sangre las armas, a fin de alardear luego de valientes y figurar incluso más que quienes habían peleado en serio. Y eso ocurre de nuevo, como ocurrió siempre, esta vez con antifranquistas sobrevenidos, demagogos que cacarean por encima de quienes lo fueron de verdad. Son ellos los que pretenden contarnos a quienes lo vimos con nuestros ojos qué es el franquismo y qué el antifranquismo: oportunistas de ambos sexos que con lanzadas a moro muerto montan su negocio y se hacen, sonrientes y satisfechos, el anhelado selfi. Aunque tampoco hay que extrañarse demasiado. La poca vergüenza es tan vieja como la vida. 

21 de julio de 2019 

domingo, 14 de julio de 2019

El lugar que vende nostalgias

Silencio, El tapado de armiño, La cumparsita, Chorra, Mano a mano, Tomo y obligo, y sobre todo una obra maestra entre todos los tangos que en el mundo han sido, Yira, yira, con esa frase perfecta, precisa y genial: Cuando estén secas las pilas / de todos los timbres / que vos apretás.
Viajar a Buenos Aires tiene para mí algo de peregrinaje: una especie de trayecto a cierta memoria imaginada que, como todo en la vida, tiene sus razones. Mi padre, que en su juventud era delgado y elegante, peinado hacia atrás y con fino bigote al estilo de la época –se parecía muchísimo al actor David Niven–, era un excelente bailarín de tangos, pericia necesaria en aquel tiempo para comerse una buena rosca, o dos. Y es el caso que Gardel y esta ciudad estuvieron muy presentes en la parte frívola de su vida, y siguieron estándolo años después. Cuando yo era niño lo oía canturrear tangos al afeitarse o cuando estaba de buen humor; y si hoy conozco la letra y música de una veintena es por habérselos escuchado docenas de veces a él:

Paseo por Buenos Aires con esas sensaciones en la cabeza, que vienen a fundirse con otras recientes, libros escritos y recuerdos vividos; con esa doble memoria, real e imaginada, que a menudo se mezcla hasta que es difícil distinguir una y otra. Deambulo así, evitando el barrio de La Boca –intransitable ya de turistas en chanclas y calzoncillos–, por Barracas, más duro y en absoluto visitado, miro el Riachuelo y como en El Puentecito como Mecha Inzunza y Max Costa, mi propio bailarín de tangos. Otras veces frecuento los alrededores de la plaza Dorrego, con sus hermosos balcones de hierro forjado y piedra, porque me gusta mucho este lugar los días de mercadillo viejo, cuando sus puestos callejeros exponen la resaca de tantos años y tantas vidas, aunque estoy más a gusto los días entre semana, que viene menos gente. Entonces puedo entrar con calma en las tiendas de anticuarios y visitar mis dos sitios predilectos: uno es el pasaje de la Defensa, con su suelo de baldosas blancas y negras, tiendecitas y oscuros rincones, en uno de los cuales –y esto lo juro por el cetro de Ottokar– vi hace años al fantasma de Borges, o tal vez era él mismo, jugando al ajedrez contra un espejo; el otro es el mercado cubierto que desde 1890 está entre las calles Estados Unidos, Carlos Calvo y Bolívar.

Visitar el mercado de San Telmo me suscita siempre un estado de ánimo cercano a la felicidad. Los puestos de carne, verduras y comida ocupan su lugar habitual; y aunque las tiendecitas de anticuarios que los rodean son cada vez menos, quedan suficientes para mantener el carácter del lugar. Paseo entre ellas mirando de nuevo las vitrinas polvorientas, los objetos de venta imposible que reconozco tras cuarenta años viéndolos allí, a la espera del comprador que nunca llega: viejos juguetes, gramófonos, frascos vacíos de perfume, plata antigua, figurillas de porcelana, oxidados facones gauchos, relojes parados en tiempos de Eva Perón. Y compruebo, satisfecho, que al fondo del corredor de la izquierda sigue abierto uno de mis lugares más queridos, el de postales, sellos, fotografías añejas, estampas, libros, impresos con letras de tangos y cosas así. Fue aquí donde una vez compré el mejor retrato que conozco de Carlos Gardel: el morocho del Abasto en blanco y negro, en foto de verdad, con corbata y sonrisa devastadora bajo el ala de un impecable Borsalino.

El caso es que me detengo, como de costumbre, a bichear un rato en la tiendecita: Dolly Dimple, Tango Bar, manoseados ejemplares de Gente y Playboy, números casi deshechos de El descamisado, fotos del viejo Buenos Aires, emigrantes bajando de un barco en Puerto Madero, el Parque Japonés, Serenata para Violeta, una primera edición de La razón de mi vida con foto de La Señora en la portada, postales cursis escritas con tinta desvaída y juramentos de amor eterno, docenas de instantáneas de novios que fueron jóvenes y guapos, centenares de retratos de familias de apariencia feliz a las que ya nadie recuerda; y, entre un cartel publicitario del analgésico Geniol y un gallardo militar que mira a la cámara soñando con gloriosas campañas, una jovencísima y linda rubia vestida de primera comunión, que sabe Dios en qué cementerio descansará ahora.

Estoy entre todo eso, como digo, tocando aquí y allá, cuando al levantar la vista encuentro la mirada del dueño de la tienda: un viejo conocido de pelo gris, que encoge los hombros como para justificarse y sonríe, melancólico. «Vendo nostalgias», me dice. Y pienso que es una frase perfecta para este lugar y este día.

14 de julio de 2019

domingo, 7 de julio de 2019

De muy frío a muy caliente

La semana pasada, al contarles cómo y por qué entran ciertas palabras en el diccionario de la Real Academia Española, me dejé algunas cosas en el tintero, o en el teclado del ordenador. Folio y medio no da mucho de sí, de modo que he pensado rematar hoy la faena. La cosa venía, como quizá recuerden ustedes, de que a menudo una palabra incorrecta y a veces incluso opuesta a su sentido real, acaba haciendo fortuna, pasa al habla común y termina incorporada al diccionario, pues todo el mundo la utiliza y el diccionario está, precisamente, para comprender el significado que damos a las palabras, sean éstas y aquél los que sean.

Un buen ejemplo de lo que digo es la palabra álgido. Proviene del latín algidus, que significa frío o muy frío. Con ese significado aparece en el diccionario Petit Robert francés, que es el mejor de aquella lengua, y en el Zingarelli italiano, que es el mejor de esa otra. Y cold, frío, es la única traducción que le da el Oxford Latin Dictionary apoyándose en Catulo, Catón y Horacio, entre otros autores clásicos que utilizaron esa palabra. Nada hay de caliente en ella, por tanto, excepto cuando se utiliza en España, donde hace mucho que el calor ha sustituido al frío. Es el único lugar donde esto ocurre, desde que a algún analfabeto con voz pública se le ocurrió echarlo a rodar con sentido incorrecto a mediados del pasado siglo. La transformación se oficializó en 1984, año en que la vigésima edición del diccionario de la RAE no tuvo más remedio que añadir a muy frío una segunda acepción (momento o período crítico o culminante de algunos procesos orgánicos, físicos, políticos, sociales, etc.) que terminó desplazando la original a un segundo lugar en posteriores ediciones. Y que todavía no ha incorporado la de muy caliente pero está a punto de hacerlo, debido a que en la actualidad todo el mundo cree que álgido significa eso y lo utiliza en tal sentido: punto álgido, punto máximo de calentura.

Les calzo toda esta murga lingüística para que se hagan idea de lo complejas que son las palabras y su evolución, y de cómo ciertos errores o usos incorrectos, a fuerza de ser usados por masas de hablantes poco cultos, acaban imponiéndose incluso en sentido opuesto al que tienen. Otra cosa son los bulos que algunos indocumentados hacen correr sobre palabras supuestamente incorrectas incluidas en el diccionario como almóndiga, toballa y demás, ignorando que no se trata de vulgarismos modernos que la RAE admite, sino de palabras antiguas que figuran en textos clásicos y a las que, precisamente para marcar su antigüedad, se les pone la marca desus, que significa desusado. Lo mismo ocurre con términos ajenos al habla cisatlántica –amigovio, bluyín– pero frecuentes en la América hispana, que a un hablante de aquí le suenan raros pero allí son habituales, y por tanto deben figurar en un diccionario panhispánico dirigido a 570 millones de personas de las que sólo una pequeña parte vivimos a este lado del Atlántico.

Dirán algunos de ustedes, y es natural, que tanto la Academia Española como sus hermanas de América deberían salir al paso de los errores, señalándolos para evitar que se extiendan. Y a mi juicio tienen razón, pero el asunto es delicado. En la RAE llevamos mucho tiempo discutiendo sobre eso, pues hay dos posturas enfrentadas. Una es la de quienes creemos –casi todos, escritores y gente con actividad pública– que la Academia debe señalar errores y fijar normas de uso, del mismo modo que lo hace en su Gramática y su Ortografía. Algunos de nosotros llevamos diez o quince años pidiendo, sin conseguirlo, que la RAE tenga una política eficaz de comunicación activa, incluido un acto público anual para hacer balance del estado de la lengua española y llamar la atención sobre incidencias de esa clase. Otros, sin embargo –y en esta postura se atrincheran varios académicos filólogos–, opinan que la lengua debe dejarse en completa libertad, y que la RAE sólo debe registrar los usos sin advertir de nada a nadie. Que la vida siga su curso, y nosotros, a mirar. Esa tensión entre dos posturas, la activa y la pasiva ante los errores y transformaciones de las palabras que usamos, sobre los límites o señales de peligro que deben o no ponerse junto a ellas, da lugar a interesantes y a veces ásperas discusiones académicas, y sigue sin resolverse. Sin embargo, no debería ser sólo asunto nuestro. También ustedes, usuarios de esa formidable herramienta común que es la lengua española, deberían interesarse más. Y cuidarla. La RAE es una institución importante y necesaria, pero el habla pertenece a todos. Nada de cuanto en ella ocurra nos es ajeno. Al fin y al cabo, las palabras que usamos son las que conforman nuestra vida. Las que definen el mundo.

7 de julio de 2019

domingo, 30 de junio de 2019

Botas, gotas y diccionarios

Se planteó hace unas semanas en nuestra comisión –de ciencias humanas, se llama– de la Real Academia Española. Cada jueves, antes del pleno que se celebra desde hace trescientos años, los académicos nos reunimos en comisiones más pequeñas para actualizar definiciones anticuadas del Diccionario o discutir las nuevas. Somos pocos y es labor ardua y prolija, pero agradable. Y necesaria. A veces algún experto nos echa una mano. No hace mucho, precisamente, y gracias a la eficaz colaboración del maestro Jesús Esperanza, que tiene su galería de esgrima a pocos pasos de nuestro edificio, nuestra comisión revisó y puso al día todos los términos del noble arte, o deporte, del florete, el sable y la espada. Y ahí seguimos. 

Hace unos jueves, como digo, se trató sobre algo que ahora se utiliza mucho para expresar tormento; o más que tormento, tortura psicológica por insistencia: la acción de alguien que machaca hasta la extenuación, figurada o casi real, de sus semejantes. Gota malaya, suele decirse. Lo que, traducido en hechos, equivaldría a un lento goteo de agua sobre la cabeza o la frente de una víctima inmovilizada, hasta volverla más o menos majara. Con tal sentido se usa habitualmente y cada vez más; sin embargo, la expresión es incorrecta. La gota malaya sencillamente no existe. Los malayos no gotean, que yo sepa. Lo que sí existe es la bota malaya. Y también la gota china

El caso es interesante, porque demuestra hasta qué punto el habla popular, el uso de una palabra equivocada o incorrecta, puede llegar a extenderse en detrimento de la expresión correcta. Así es como, unas veces para bien y otras para mal, evolucionan las lenguas. Y así es como la RAE, cuyo Diccionario es una especie de registro notarial del castellano o español, se ve obligada a incorporar todos esos usos, le gusten o no. Lo que no significa aprobación ni norma, sino constancia de que los hispanohablantes hablamos así. De cuáles son las palabras que utilizamos y con qué significado exacto lo hacemos, aunque éste cambie a través del tiempo. 

Para los aficionados al cine clásico, lo de bota malaya no plantea dudas. En la estupenda película de aventuras Mares de China, protagonizada en 1935 por Clark Gable y Jean Harlow, al apuesto capitán del barco los piratas malayos lo someten a ese tormento, que consiste en una bota de madera que mediante un sistema de palancas comprime el pie hasta triturarlo –«Calzo un 42», desafía Gable a los malos con mucha chulería–. Lo curioso es que siendo bota malaya la expresión correcta, lo que todos dicen ahora es gota malaya; hasta el punto de que el rastreo que Silvia, la eficaz filóloga de nuestra comisión, hizo en Google, Bing y Yahoo cuando tratamos el asunto, dio como resultado sólo 2.084 usos de bota malaya, que es la expresión correcta, frente a 40.780 de la incorrecta gota malaya. Por lo que, con gran dolor de corazón, no tuvimos otra que incorporar también la incorrecta al diccionario. Su frecuencia de uso es una realidad lingüística, y el diccionario está para definir realidades, nos gusten o no, haciendo posible que cuando alguien escuche o lea una palabra en Cervantes o en un periódico actual sepa qué significa, independientemente de que sea peyorativa, malsonante o equivocada. Así que sirva este episodio como ejemplo de cómo evolucionan las lenguas, y también de cómo se hacen los diccionarios y para qué sirven. 

De todas formas, ni siquiera la RAE puede averiguar siempre cuándo y por qué se produce una transformación o un error cuyo uso se extiende luego. En este caso sí es posible, y el responsable tiene nombre y apellidos, e incluso fecha. En 1982, el entonces presidente Felipe González se lió entre bota y gota cuando dijo que el político Pasqual Maragall, entonces alcalde de Barcelona que no paraba de pedir dinero para los Juegos Olímpicos, era una gota malaya: un pelmazo hasta el martirio. El lapsus presidencial hizo fortuna, nadie lo corrigió públicamente, periodistas que no tenían ni idea de gotas y botas lo repitieron hasta la saciedad, y de ahí pasó al uso general, hasta el punto de que incluso escritores presuntamente cultos lo utilizan hoy con naturalidad. Eso ya no hay quien lo pare, y no será este artículo el que lo consiga. Porque además, y para que vean ustedes la singular dinámica en la evolución de una lengua –y eso ocurre con todas las del mundo–, se da la paradoja de que, en la actualidad, a quienes utilizan bota malaya en su expresión correcta hay quien les llama la atención y afea el término. Gota, hombre, les dicen en Twitter o Facebook. Se dice gota malaya, inculto. Y es que así se escribe la historia. Y los diccionarios. 

30 de junio de 2019 

domingo, 23 de junio de 2019

La mujer que lloraba en un Ferrari

Hace un par de meses, cuando escribí un artículo sobre mujeres malas y chicas duras en películas de toda la vida, omití un nombre: María Félix. Y lo hice deliberadamente, porque le reservaba un artículo aparte. Algunos jóvenes lectores y otros menos jóvenes, poco familiarizados con la historia del cine, se preguntarán quién fue esa señora –como decía Quevedo, el tiempo todo lo masca–. Así que hoy me propongo contárselo a ustedes, empezando con una de aquellas formidables frases suyas que tanto contribuyeron a forjar la leyenda: A un hombre hay que llorarlo tres días. Al cuarto, te pones tacones y un vestido nuevo. 

Se llamaba María de los Ángeles Félix, era mexicana y también lo más parecido a lo que en el cine clásico se consideró una diosa: bella, fría, morena, elegante, altiva, dura, cruel, sarcástica. La mujer que dijo Soy más cabrona que bonita o No te sientas mal si alguien te rechaza; la gente rechaza lo caro cuando no puede pagarlo, supo construirse desde la nada y crear un fascinante personaje público, un mito hecho a medias entre su verdadera personalidad y las que interpretaba en la pantalla. No basta con ser bonita, hay que saberlo ser, sostuvo siempre. Tuvo muchos hombres, muchos amores, mucho cine, mucha vida, y murió a los 88 años siendo un monumento a sí misma. La pintaron Diego Rivera, Orozco, Leonora Carrington, Remedios Varo y Antoine Tzapoff. La dirigieron el Indio Fernández y Luis Buñuel. La amaron los hombres con más talento y con más dinero del mundo. Nunca quiso trabajar en Hollywood; dijo no a papeles que interpretarían luego Jennifer Jones y Ava Gardner, y proclamó, orgullosa como solía: Me quieren dar papeles de india, y a mí no me da la gana. Los papeles de india los hago en mi país y los de reina en el extranjero

Si quieren ustedes descubrirla o enamorarse de ella hasta las cachas, basta con ver una de sus películas, Enamorada, en la que tiene de coprotagonista al enorme Pedro Arméndariz, su pareja ideal en el cine. Pero ésa es sólo una de las cuarenta y siete que rodó, y muchas fueron verdaderamente buenas. Todo cinéfilo como Dios manda asentirá sin dudarlo ante El peñón de las ánimas, Doña Bárbara–de ahí retuvo para siempre su apelativo La Doña–, La mujer sin alma, Río Escondido, Maclovia–donde logró algo casi imposible en ella, parecer humilde–, La cucaracha, Los ambiciosos, Doña Diabla, La mujer de todos y tantas otras. De sus películas y entrevistas de prensa proceden las famosas frases a las que antes aludí, tan vinculadas a ella que es imposible establecer si eran sus personajes los que se encarnaban en María Félix o era ella la que inyectaba su fascinante encarnadura en los personajes: Las flores son un mal negocio, duran un día y hay que agradecerlas toda la vida… Ningún hombre se mata por una mujer, se mata por cobarde… Vale más dar envidia que dar lástima… Y quizá la más cínica entre las suyas: El dinero no da la felicidad, pero siempre es mejor llorar en un Ferrari

En materia de hombres y dinero sabía muy bien de qué hablaba. Tuvo una vida de lujo y glamour con varios esposos y amantes que incluyeron al torero Luis Miguel Dominguín, Jorge Negrete –el cantante que fue ídolo del cine musical en España y América con famosas películas de rancheros, cantinas y tequila– y Agustín Lara, mi favorito entre sus hombres: el flaco elegante con una cicatriz canalla junto a la boca –una cicatriz que ella confesó la ponía de lo más caliente–; el compositor genial que, antes de que María Félix lo dejara por otro hombre, tuvo tiempo de componer para su amada algunas de sus mejores creaciones: Humo en los ojos, el chotis Madrid, Cuando vuelvas y, sobre todo, esa canción maravillosa que a su destinataria, incluso cuando ya era mayor y entraba en algún local de moda, la orquesta tocaba para saludarla y rendirle homenaje: Acuérdate de Acapulco / de aquella noche / María bonita

Vean sus películas, si no las conocen. Observen su rostro en Internet. Busquen la película Enamorada, compárenla con Doña Bárbara y hagan una fascinante relectura en clave feminista del cine de la época y los personajes que María Félix protagonizaba. Sigan el rastro de esa actriz singular, hembra prodigiosa y señora de rompe y rasga, y deléitense con sus inolvidables frases míticas: La vida sin ti no vale nada, pero contigo vale menos… No des una segunda oportunidad a quien no aprovechó la primera… Y la que sin duda es mi favorita: Una mujer será tan niña como la consientas, tan señora como la trates, tan inteligente como la desafíes y tan sensual como la provoques

23 de junio de 2019 

domingo, 16 de junio de 2019

Sobre papeleras y campanarios

Leí tus dos relatos y lo hice con interés, aunque tardara un poco. Ya no tengo tiempo para esa clase de cosas, pero tanto insististe que no quiero que lo tomes por indiferencia. Sólo ocurre que estoy mayor y el tiempo de que dispongo prefiero reservarlo, en plan egoísta, para asuntos que me importen mucho: mi trabajo y mis lecturas, por ejemplo. O escaparme un rato al Mediterráneo. Pero como digo, me pusiste difícil esquivarlo. Un lector es un amigo, y con un amigo se cumple. Así que aquí me tienes, cumpliendo, con la esperanza de que también sirva para alguien más. De que ese alguien comprenda y no me enfrente otra vez a estos dilemas. 

Salvo un exceso de adjetivos, el primer relato me pareció bien y el segundo, aburrido e innecesario. Ya que pides mi opinión, te diré que el mayor peligro en la escritura temprana, gramática y ortografía aparte, es mezclar los estados de ánimo personales y lo limitado de una biografía juvenil –no limitada por falta de talento, sino por juvenil– con un proyecto literario serio. De ahí a la redacción escolar va poca diferencia. Fatiga la abundancia de jóvenes de ambos sexos para quienes escribir consiste en contar sus peripecias personales como si fueran el ombligo del mundo, ignorando que vida y literatura son mucho más largas, dilatadas y ricas, que hay tiempo para todo, y que el punto de vista cambia con los años, aunque a los veinte uno se crea al cabo de la literatura y la vida. El peligro, si no salen de ahí, es que esos incautos suelen terminar escribiendo lo mismo a los cincuenta; y eso ya sí es grave, porque en adelante, si llegan a publicar –y ahora publica todo el mundo– llenarán las mesas de novedades de aburrimiento y mediocridad. 

Dicho lo anterior, puedo añadir que me interesa tu mala leche, y que hay momentos en tus relatos, incluso en el malo, que hacen creer que algún día tendrás mucho que decir. Lo que pasa es que lo que tengas que decir se construirá viviendo, leyendo y escribiendo mucho; esto último no para publicar, sino con destino a la papelera. Que es la mejor amiga del escritor que empieza, del que termina y, en general, de cualquier escritor en todo momento de su vida. Y si uno, papelera aparte, no ha leído y vivido lo suficiente, no sé qué diablos pretende contar. Saber que la vida es una puñetera mierda –lo que puede descubrirse fácilmente a los siete u ocho años de edad– no significa saber o intuir por qué es una puñetera mierda. Sólo cuando alguien está en esa segunda fase, la de saber o intuir, lo que teclea puede interesar a otros. Incluso conseguir que esos otros paguen por leerlo. Hasta entonces, la escritura es más útil para uno mismo que para los demás. Así que, vanidades aparte, y te lo digo en crudo para que te enteres, por ahora no hay ninguna utilidad pública en que publiquen tu rollito personal. De momento no importas un carajo, colega. Hay un tiempo para cada cosa. 

Casi nunca doy consejos; pero ya que insistes, diré que tienes talento y sabes mirar. Por eso es probable que un día escribas algo que merezca la pena para otros, además de para ti mismo. Aunque si eso no ocurre, tampoco será grave. Escribir novelas, ensayos o lo que sea no es obligatorio en la vida. Puedes palmar sin hacerlo y no habrá pasado nada; ni en tu caso, ni en el mío. Que te conviertas en escritor de verdad depende de complejos factores: suerte, trabajo, pareja, hijos a los que hay que dar de comer. Cosas así. Pero hasta entonces, si de verdad quieres dedicarte al asunto, sólo cuenta el método que antes mencioné: vivir mucho, leer mucho, mirar alrededor y no sólo hacia ti mismo; educarte para el oficio como si estudiaras una asignatura difícil, que lo es, y apasionante, que también lo es. No tener prisa ni pedir consejo sino a los buenos libros que debes leer: un escritor es responsable de sus errores y sus aciertos, y debe detectarlos solo. Y recuerda que la novela que no se explica por sí misma y necesita cháchara adicional del autor, nunca es una buena novela. 

Y un último consejo, puesto que los pides. Si quieres ser alguien viajado, leído y fértil, no te manosees la flor con los nacionalismos paletos y las murgas en vinagre. Una cosa es la tierra y la memoria, legítimas y necesarias, y otra limitar tu obra a lo que se ve desde el campanario de tu pueblo, excepto si lo que anhelas es que sólo te lean los de tu puto pueblo. El mundo de un buen novelista es amplio y rico, capaz de alimentar la obra durante toda su vida y hacerla evolucionar con él. De ahí mi último consejo: para un verdadero escritor, la única patria que merece la pena está en las páginas de los buenos libros. Es lo único que abriga del frío que hace afuera. 

16 de junio de 2019 

domingo, 9 de junio de 2019

Hembras preñadas que paren

Señalar que el disparate en que vivimos afecta a las palabras que utilizamos, o a las que evitamos utilizar, no es novedad a estas alturas de la verbena. Hay gente con tiempo libre y pocas necesidades expresivas que se afana por establecer listas de palabras correctas e incorrectas, incluso de permitidas y prohibidas, que luego pretende imponer con la energía de un inquisidor celoso. Si hace medio siglo aún había expresiones malsonantes que escandalizaban a las autoridades civiles y eclesiásticas, y eran objeto de sanción social y consecuencias penales, no es que las cosas estén hoy ocurriendo de nuevo, sino que empeoran respecto a las últimas décadas. Nunca, ni siquiera en mi juventud –y eso que viví los últimos tiempos del franquismo–, hubo menos libertad a la hora de abrir la boca para decir algo. Más peligro de que te cayeran encima con el fruncir de cejas y con la estaca. 

El fenómeno es internacional, pero voy a referirme a España, que es donde vivo y en cuya lengua castellana, el español hablado por 570 millones de personas, escribo y me gano el jornal. Esto del jornal es importante, porque las palabras son mi herramienta de trabajo. Con ellas cuento historias, y necesito por tanto que sean limpias, variadas y eficaces. Por eso tengo ahí la misma sensibilidad, en defensa propia, que tendría un albañil con sus ladrillos y su paleta, un fontanero con la llave inglesa o un médico con su estetoscopio. Por supuesto, el lenguaje debe evolucionar con la sociedad que lo utiliza. De no ser así, seguiríamos hablando como Julio César o Almanzor. Pero una cosa es evolucionar, y otra encogerse y desaparecer. Son cada vez más las palabras sometidas a censura social, y eso reduce los confines del idioma. Limita el vocabulario, achata la capacidad de expresión y empobrece los formidables registros y matices de nuestra lengua. 

Les coloco este rollo macabeo porque hay tres hermosas palabras españolas –entre muchas otras– que pocos se atreven ya a utilizar con naturalidad, pues las creen peyorativas: hembra, parir y preñar. Y no es que no las utilice quien las rechaza, lo que es legítimo; sino que aumentan los inquisidores contrarios a que otros las usen cuando lo estimen oportuno. Yo mismo me los tropiezo a menudo: te caen encima como abejas enfurecidas. Supongo que eso tiene que ver con la injerencia de tanto analfabeto de ambos sexos en los ámbitos del feminismo serio y responsable; pero determinarlo no es asunto mío. Me limito a señalar que utilizarlas acarrea una inmediata sanción social, e incluso personas cultas empiezan a contagiarse del rechazo. Son palabras que suenan mal, para entendernos. Y no hay mayor equivocación ni injusticia que ésa. Las tres son hermosas, nobles, respetables y perfectas. Desterrarlas de nuestro vocabulario sería, o lo está siendo ya, una torpeza y una desgracia.

Hembra, por ejemplo, es una palabra preciosa. Significa mujer y también animal del sexo femenino. Y aplicada en su contexto a las personas adecuadas, a menudo es un elogio. Proviene del latín femina y ya fue usada en el siglo XIII por Gonzalo de Berceo en sus formas femma y fembra, que evolucionaron hasta la actual. Tiene, por tanto, una nobilísima solera que sería una lástima confinar en el siniestro calabozo de las palabras condenadas. Y lo mismo ocurre con parir, que viene del latín parere: utilizada por Séneca y Apuleyo entre muchos otros, fue de uso general en todas las épocas y significa alumbrar o dar a luz; una de las palabras favoritas, por cierto, de mi profesor de Latín don Antonio Gil, quien enseñó a sus afortunados alumnos a utilizarla con propiedad y orgullo. Como también el hermoso verbo preñar, que viene de praegnare –llenar, fecundar o hacer concebir–, que da lugar a la bellísima palabra preñada: hembra que tiene una criatura en el vientre. Término usado en la lengua latina por Plauto, Terencio y Cicerón, y aplicable desde entonces a muchas cosas que no tienen que ver con la mujer, pero sí con su noble sentido etimológico. Y que, por cierto, resulta clave en uno de mis pasajes favoritos de la Historia verdadera de la conquista de Nueva España de Bernal Díaz del Castillo, cuando, al narrarse la entrada en Tenochtitlán de los españoles y las mujeres indias que los acompañan, el mestizaje de España y América aparece mencionado por primera vez en la historia y la literatura con esa hermosa palabra, cuando escribe el cronista –y fíjense en el importante adverbio ya– que «algunas de ellas estaban ya preñadas».

Resumiendo: vayan a corregirle el vocabulario a su Torquemada madre. Dicho sea sin ánimo de ofender. O tal vez con un poquito de ánimo. 

9 de junio de 2019 

domingo, 2 de junio de 2019

Pintores de batallas rusos

Leer Un caballero en Moscú, de Amor Towles, en una habitación del hotel Metropol cuya ventana da al Kremlin no es de las peores experiencias que recuerdo. Y más en estos días en los que los ruskis conmemoran el aniversario de su Gran Guerra Patria; cuando le partieron, a un costo terrible, el espinazo a los ejércitos de Hitler. Para completar el asunto hace buen tiempo, los cócteles del bar son formidables, el cangrejo del restaurante Bolshoi es insuperable, y las calles moscovitas tienen ambiente festivo, con niños y señoras tocados con la pilotka, ese gorro del soldado ruso con la estrella roja que usaba la infantería soviética en la Segunda Guerra Mundial, y que hoy es tradición recuperar, luciéndolo con orgullo por las calles; lo que da a los críos una simpática pinta de soldadito Iván y a las señoras, con sus trenzas rubias y sus ojos claros, un aspecto estupendo de partisanas entre abedules con el subfusil PPSh41 colgado del cuello. 

Coincido aquí con Augusto Ferrer-Dalmau, el pintor de batallas español, que ha venido a presentar un cuadro suyo en el museo militar de Moscú; allí donde, como pieza magna, está el águila de piedra del Reichstag berlinés, rota en pedazos y rodeada de grandes urnas de cristal con seis mil cruces de hierro capturadas a las tropas nazis durante la guerra, formando un conjunto de una justificadísima chulería patriótica orquestada con tan mala leche que, si yo fuera alemán y viera eso, me pegaba un tiro de pura vergüenza. Detalle que, desde luego, resulta útil recordatorio de que no siempre la raza aria tuvo el simpático rostro de abuelita Paz que hoy muestra frau Angela Merkel en los telediarios. 

El caso es que, gracias a Augusto y sus contactos bolcheviques, o lo que sean ahora, conseguí visitar hace unos días el legendario taller Grekov. Y digo legendario porque, a ochenta y cinco años de su fundación, el Grekov sigue siendo un lugar impresionante, catedral de la pintura histórica de este viejo y sufrido país. La idea original, y para eso nació el taller, era crear un espacio donde los mejores pintores rusos, soviéticos entonces, pudieran trabajar en obras que representasen momentos importantes; no sólo soldados y batallas, sino también ciudades, puertos, paisajes donde la historia hubiese dejado huella a través de los siglos. 

Recorrer las salas y talleres del Grekov es inolvidable. Allí trabajan los mejores escultores y pintores de asuntos históricos, tanto para museos y ministerios como para empresas privadas y particulares que desean un cuadro o una escultura. También para ayuntamientos y corporaciones que destinan las obras a dependencias oficiales o a decorar parques y carreteras. Así, cada cliente pide lo que desea, y cada artista lo aborda con plena libertad. Eso produce ingresos nada despreciables que, unidos a la ayuda del ministerio de Defensa, mantiene vivo y activo el taller, convertido en formidable escuela donde los jóvenes pintores interesados en la historia de Rusia aprenden de los grandes maestros vivos y también de quienes los precedieron. Hasta cuadros e iconos se restauran allí. 

Insisto: visitar el Grekov es toda una experiencia. Lleno de maquetas, proyectos y obras en ejecución, el recinto huele a pintura fresca, yeso, mármol a medio trabajar, bronce recién fundido. Huele a la historia que los escolares visitarán en excursiones colegiales, aprendiendo más sobre sus abuelos y tatarabuelos: batallas napoleónicas, revolución rusa, guerras mundiales y conflictos modernos alternan con paisajes y retratos de todas clases. Y no se trata sólo de gloria y fanfarria nacional. Hay obras que exaltan lo patriótico, por supuesto. La vieja Unión Soviética tuvo mucha tradición en eso. Pero abundan también las realistas y críticas que muestran el dolor, el desastre, la muerte, el sufrimiento y el sacrificio. La secular tragedia, las luces y sombras de la larga y compleja memoria histórica rusa. 

Si viajan a Moscú, búsquense la vida e intenten visitarlo. Sobre todo porque en España es imposible un sitio como ése. Hace poco, cuando Augusto Ferrer-Dalmau, uno de los autores de pintura militar más reconocidos del mundo, se ofreció gratis al ministerio de Defensa español para crear un taller como el Grekov, con objeto de formar a jóvenes artistas de temas históricos, la respuesta fue que no, gracias. Ya tenemos mucha pintura de esa clase, dijeron. Y si permiten que me tire el pegote, diré que yo mismo le había pronosticado a Augusto exactamente eso, aunque imaginarlo no tuviera ningún mérito. Estamos en España, ya saben. La de la memoria histórica según y cómo. Para prever semejante respuesta no hacía falta ser adivino. 

 2 de junio de 2019