lunes, 5 de febrero de 1996

La guerrera del arco iris


Conozco a una niña, o jovencita, de doce años, muy sensibilizada con la cosa ecológica. Aire libre, deporte, piel morena, piernas largas: muy prometedora en todos los sentidos. Lee mucho, ve buenas películas en el cine y en la tele, y poco a poco ha adquirido la convicción de que el planeta ya no sólo nunca volverá a ser azul sino que se está yendo a tomar por saco a toda prisa y de muy mala manera. Eso la pone en pie de guerra, y dice que los mayores estamos haciendo con la naturaleza lo que esos tutores malvados de las novelas de Dickens: gastarse la herencia del huerfanito. Así que mi joven amiga, relampagueando en sus hermosos ojos oscuros la cólera de Dios, pone el grito en el cielo cada vez que asiste a nuestros desmanes de adultos.

Es inteligente, dulce y pacífica. Tímida, a veces. Pero la he visto saltar con la decisión de un kamikaze, indignada y valerosa, cuando alguien maltrata a un animal delante de ella. No hay chucho callejero, gato sarnoso, urraca ladrona, molesta lagartija o bestezuela indeterminada para la que no tenga una caricia, una palabra de ternura, un pensamiento. Ya con sólo cuatro años, ante un enorme mastín al que nadie se atrevía a acercarse, fue hasta él con absoluta naturalidad y le metió el brazo en la boca, hasta el codo, dándole besos, y el pobre animal tuvo que quedarse allí mirándola, avergonzado, sin saber qué hacer, con cara de panoli, con su reputación de perro adusto y feroz completamente por los suelos. Y la única vez en su vida que la han visto permanecer inmóvil ante la pantalla de un televisor durante una corrida de toros fue el año pasado, en los últimos tres minutos de la inmensa faena de Enrique Ponce en la plaza de Quito, porque su abuelo le dijo que acababan de indultar al toro.

En cuanto a los abrigos de pieles y ese tipo de cosas, su desprecio por las usuarias raya en lo homicida. Daría su propia vida por un bebé foca. Y sobre las ballenas, para qué les voy a contar. Lee mucho, desde Stevenson a London, pasando por Salgan, Dumas, Marryat o Ballantyne, pero sus padres nunca imaginaron que fuera capaz de calzarse la versión completa de Moby Dick, como hizo a finales del año pasado, y además manifestándose todo el tiempo contra el capitán Achab y los tripulantes del Pequod -ante cuyo naufragio y óbito colectivo no pestañeó- y en favor del blanco y resabiado cetáceo. Que no asesina, matizó, sino que se defiende.

Podría contarles más cosas, pero no me caben. Resumiremos diciendo que cada planta, árbol o maceta que se seca, es para ella una batalla perdida; que la contaminación de las playas la pone furiosa; que se recicla sus sobres y papel de cartas con un raro artilugio de la señorita Pepis y luego lo pone a secar por toda la casa; que se niega a usar ropa de etiquetas famosas y pide que sean marca La Pava; y que los chicos de su colé -Séptimo de EGB- se enamoran de ella como becerros porque es al mismo tiempo dura y tierna, y lo tiene todo muy claro. Es mucha persona.

Pero lucha sola, precoz y a su manera, en un mundo donde la solidaridad resulta escasa, y necesaria. Así que un día, hace poco, sus padres le sugirieron que se pusiera en contacto con una organización ecologista, como por ejemplo su admirada Greenpeace, a fin de que aprendiese más cosas, que ensanchara el horizonte en contacto con otra gente que sigue el mismo camino y tiene más experiencia. Acogió con entusiasmo la propuesta, y escribió una larga, hermosa y lúcida carta llena de ilusión, ofreciéndose para cualquier cosa, pidiendo consejo, información sobre aquello en lo que podía ser útil. Durante un mes acechó cada día el correo. Y por fin llegó la respuesta: un sobre con impresos para la domiciliación bancaria de una cuota anual entre 5.000 y 10.000 pesetas, y otro impreso pidiéndole que buscara más socios entre sus amigos. Nada más. Ni siquiera una explicación, una carta personal, o una palabra de aliento.

Las reflexiones morales y económicas del asunto, sobre cómo un genuino movimiento de resistencia ecologista puede degenerar en frío mecanismo burocrático a la búsqueda de pasta, incapaz de calibrar los sentimientos y la ilusión de una admiradora de doce años, las dejo para cada cual. Me cuentan que el padre de la jovencita ha escrito una breve carta a Greenpeace, sugiriéndoles lo que pueden hacer con el boletín de suscripción, una vez lo hayan enrollado bien hasta convertirlo en un canuto de dimensiones apropiadas. En cuanto a la pequeña guerrera del arco iris, según mis noticias, sigue luchando sola. No se rinde, pero acaba de aprender una lección: más vale solo que mal acompañado.

4 de febrero de 1996

domingo, 28 de enero de 1996

Mucho sondeo y mucho morro


No sé ustedes, pero en este país fértil en dema¬gogos y gentuza que vive del cuento, el arri¬ba firmante está de encuestas y de sondeos pre-electorales hasta la línea de flotación. Con esto de las elecciones de marzo, y las listas, y, la posibilidad de que unos vengan y otros se va-yan, todo Cristo lleva semanas machacándonos con porcen¬tajes, tendencias, intenciones de voto y pérdida de puntos. Además, como cada cual barre para su casa o la de sus compadres, pues resulta que no hay dos datos que coinci¬dan, y la cosa va de aquí a Lima según el periódico que leas, la radio que oigas o la tele que veas. Eso lo hace todo más variado y divertido, ¿verdad? Más ameno.

Imagino que a quienes viven del elector, o sea, a los maestros de escuela, a los abogados o a los ajusta¬dores de primera, por citar tres ejemplos al tuntún, que hayan pasado estos últimos trece años de ministros o de subsecretarios tirándose el pegote del coche oficial, y el traje de Armani, y esos cien años de honradez que última¬mente mencionan poco, les interesarán mucho las probabi¬lidades que tienen -numerosas, me temo- de verse dentro de mes y medio ganándose otra vez la vida honradamente, como letrados de oficio o lidiando en el colegio con treinta pequeños hijos de puta a los que tendrán que enseñar mate¬máticas de nueve a dos, como antes. En cuanto a los ajusta¬dores de primera, ésos ya no podrán volver a su antiguo lugar de trabajo, porque ellos mismos se lo cargaron desde el despacho cuando oficiaban de palmeros finos en la re¬conversión de su primo Solchaga, así que tendrán tiempo para meditar sobre las encuestas, y la política, y la madre que los parió, en la cola del paro. Lugar que no le deseo a nadie, pero que algunos llevan tiempo ganándose a pulso. Más que nada para que comprueben cómo se siente el per¬sonal mano sobre mano, o viviendo en el mundo irreal de las ayudas, las subvenciones y las limosnas comunitarias que en España sustituyen a los salarios, y que son pan para hoy y hambre para mañana.

En su recelo político-electoral, el arriba firmante sospe¬cha que esa murga de las encuestas sobre intenciones de voto no sirve más que para darle cuartelillo a los prohom¬bres de la patria, que así tienen algo de qué hablar cuando les ponen delante las alcachofas de colorines del telediario.

O para que la llamada oposición eche cuentas sobre cuántos votos va a reportarle su táctica de: oiga, por Dios, la puntita nada más, en unas elecciones que no ha hecho nada por ganar y que tendría mucha guasa que, encima, no ganara. O para calibrar las repercusiones del ejercicio de cinismo que supone la presencia de Narcís Serra y otros beneméritos en las listas, largando por la tele con un cuajo, una impavidez y una soberbia impresionantes, como si aquí no hubiera pasado nada.

Los sondeos también son panal de rica miel para algunos tertulianos radiofónicos polivalentes de los que viven, sin dar golpe, a base de mover la húmeda comentando titulares de periódicos. Y también para financiar algunas empresas que medran -conozco señoras y chaperas que se dedican a tareas parecidas- practicando sexo oral con políticos y par¬tidos. Y también sirven los sondeos para dar de comer a una pandilla de sociólogos cantamañanas -no todos los so¬ciólogos lo son, pero algunos cantamañanas que conozco son sociólogos- que después salen en los arradios y en las televisiones, entre Jesús Puente y San Lobatón, a explicar muy serios, con un rigor científico que te vas de vareta, Mariano, por qué la expectativa de voto en Tomelloso de la Sierra sube medio punto del índice Nikei, o Dow-Jones, o como se llame.

En cuanto a la gente de la calle, al votan¬te de a pie, estoy seguro de que esas encuestas no le repor¬tan ninguna utilidad. Pueden confundirlo, desorientarlo, y ése es, mucho me temo, uno de los objetivos del invento. Pueden incluso, si se trata de un ciudadano lúcido, cabrear¬lo considerablemente al pensar que intentan marearle la perdiz como si fuera tonto. Pero la intención de voto de sus compatriotas, aunque respetable, tiene que importarle un carajo. Lo que cuenta es su intención de voto. La suya pro¬pia. Y el español que a estas alturas de la romería no tenga claro lo que debe votar -si es que va y vota-, ese ya no lo ten¬drá nunca, por más encuestas que le calcen unos y otros. Es lo que faltaba, que fuésemos a las urnas mirándonos unos a otros la papeleta, a tono para no quedar mal con los veci¬nos, pendientes del qué dirán, como si las legislativas fue¬sen una moda o un concurso de la tele. Hasta eso pretenden manchamos de mierda.

28 de enero de 1996

domingo, 21 de enero de 1996

La galera de Lepanto


Pues ocurrió que el otro día, en Barcelona, el arriba firmante acababa de releer las últimas páginas de El buen soldado, de Ford Madox Ford. No tenía más libros a mano -estúpida imprevisión la mía-, así que, hecho polvo, huyendo del aburrimiento y la melancolía como el Ismael de Moby Dick, decidí buscar refugio en el mar y me fui Rambla abajo hasta las Atarazanas, para echarle un vistazo al Museo Naval.

No sé si conocen ustedes el museo de las Atarazanas. La Historia -creo haberlo escrito alguna vez- es la única clave que nos permite interpretar como hombres libres el presente, y cuando todo anda confuso alrededor, uno encuentra fuerzas, ánimo, aplomo para resistir, en sitios con viejas piedras y paisajes inmutables, en recintos como los museos y las bibliotecas. Lugares que no son simples estampas para fomentar el turismo y que las fotografíen ochocientos mil japoneses, sino memoria de los padres y de los abuelos, y de todas las generaciones que nos conformaron la memoria. Con esto quiero decir que cuando entro a un museo, sea español, francés, inglés o austríaco, no voy de visita, sino a mi casa. A buscar mis propias huellas en los objetos que han logrado salvarse del naufragio de los siglos. Soy europeo y mediterráneo, y eso hace que mi estirpe sea dilatada y rica, y que ninguno de los hechos que esas venerables salas albergan me sea ajeno. Nadie, por tanto, tiene derecho a pretender que me sienta extranjero; y mucho menos en un museo naval, cuando el mar es precisamente la más abierta y generosa de las patrias, la más solidaria, la que más une a los hombres de todas cuantas conozco.

Y sin embargo, los responsables de las Atarazanas de Barcelona han hecho todo lo posible por organizar un museo provinciano, paleto, exclusivo y excluyente, donde más que una generosa exposición de esa historia colectiva de que las piezas reunidas en ese museo forman parte -una historia, con lo bueno y con lo malo, que se llama historia de España- lo que hay es una oportunista y calculada selección de objetos ordenados con arreglo a un fin: el de convencer al visitante de la existencia de una historia naval catalana. Cuestión indiscutible, por otra parte, si la enmarcamos debidamente en una historia naval del reino de Aragón y su expansión mediterránea, y en la otra, la más amplia historia naval española, que incluye honorables minucias como la circunnavegación del globo, la empresa de Inglaterra, el descubrimiento de América, el comercio con las Indias, Trafalgar, la lucha contra el turco y la batalla de Lepanto.

Pero resulta que no. Que a las autoridades de quienes depende el museo que, por instalaciones y fondos materiales, podría ser el más importante de España, lo que de verdad les interesa es que los visitantes puedan leer sólo en lengua catalana los rótulos explicativos de cada pieza expuesta. O que cuando se hable de la hazaña almogávar en Bizancio se aluda a ésta como empresa catalana. O que las tres cuartas partes del espacio histórico consistan en una plúmbea exposición a base de fotografías y antiguos registros comerciales sobre temas tan apasionantes como la exportación de los paños de Tarrasa en el delta del Po, el viaje que hizo Jordi Borafull comerciante del Bajo Llobregat, a Túnez para comprar una tonelada de dátiles, o cuántas sardinas pescaban al mes los llaúdes catalanes construidos en Mallorca o Valencia. Todo eso rotulado como: La apoteosis comercial catalana en el Mediterráneo, o La gesta ultramarina catalana en su clímax naval, y cosas así. Y en un museo marítimo que forma parte de un país que tuvo a Juan Sebastián Elcano, los Pinzones, Churruca, Gravina, Juan de Austria, Malaspina y unos cuantos más, el único personaje del que recuerdo haber visto objetos personales, es el general Prim. Que no fue marino, pero era de Reus. Sin embargo, lo más insufrible es ver la pieza maestra del museo: la Galera Real que mandó don Juan de Austria en Lepanto, privada de su contexto, huérfana de todas las connotaciones históricas que podrían enriquecer su presencia impresionante, que tantos recuerdos suscita. Entre muchos otros, el de un pobre y oscuro soldado que se llamaba Miguel de Cervantes Saavedra, que navegó junto a ella y peleó a su vista, perdiendo un brazo, en la más alta ocasión que vieron los siglos.

¿Saben lo que les digo? Si del arriba firmante dependiera, con mucho gusto cambiaría los disputados archivos de Salamanca por la vieja y querida Galera Real, para llevármela a otro sitio. A cualquier lugar donde ni a ella ni a mí, ni al mar que navegó y que también era el mío, nos deshonren la memoria.

21 de enero de 1996

domingo, 14 de enero de 1996

A comerse el marrón


Me pregunto qué habrá sido de aquel profesor de Religión, a quien el obispado de Cartagena decidió no renovarle el contrato por haber contraído matrimonio civil, con una mujer divorciada. Ignoro cómo pudo terminar la cosa, aunque espero de corazón que mi paisano haya encontrado a estas alturas un trabajo mejor y más remunerado. Y, ya metidos en gastos, deseo también que el asunto matrimonial que le costó el puesto laboral vaya, al menos, sobre ruedas. Que ella sea la mujer de su vida y todo eso. Porque si encima resulta que no, es para ponerse ante un espejo y averiguar cómo se dice gilipollas en arameo. Pero estoy seguro de que todo va bien. Cuando un profesor de Religión da semejante paso y se juega los garbanzos, es como cuando un páter cuelga la sotana o una lumi decide hacerse honesta: lo tienen muy claro.

En cuanto a la decisión episcopal, reconozco que es una faena como el sombrero de un picador. Pero -y que me perdone el profesor- si al César damos lo que es del César, a la Iglesia no puede negársele, en este caso, una estricta y justa lógica. Después de todo, el Obispado en cuestión se abstuvo de formular juicios morales o éticos sobre la decisión de matrimoniar con una dama divorciada; pero matizó que el acto incapacitaba al profesor para seguir impartiendo enseñanza específica de Religión y Moral Católicas, que hasta entonces daba en nombre de la Iglesia y de acuerdo con su doctrina. Me dirán ustedes que sí, que vale, que me alegro, pero que Rocío Jurado, sin ir más lejos, se casó por segunda vez y de blanco, y no precisamente virgen, y ahí la tienen, comulgando cada domingo y de tú a tú con la Blanca Paloma que no se puede aguantar -o ésa es Isabel Pantoja, que igual me estoy liando-. Lo que pretendo decirles es que la Santa Madre Iglesia, cuando se la pone en suerte y hay oportuna viruta de por medio, no tiene el menor empacho en mirar hacia otra parte y sacarse de la manga hímenes sin estrenar, y justificaciones y anulaciones a punta de pala. Y que si la flamante consorte del profesor de Religión hubiera disuelto el vínculo previo pagándole la mordida correspondiente al tribunal de la Rota, o al de las Aguas, o cómo se llame el que se ocupa de recomponer inmaculaciones católicas, aquí no habría pasado nada y el marido seguiría explicándoles a sus alumnos cuáles son las virtudes teologales como si tal cosa.

Ahora bien, igual que digo lo uno digo lo otro. Una vez chafado el pastel, el profesor de Religión tiene que comerse su marrón como un hombre que se viste por los pies. Cada uno debe apechugar con lo que hace; y precisamente un especialista en cuestiones religiosas y eclesiales, como se supone es quien se dedica al oficio, debe conocer mejor que nadie los riesgos y contradicciones del asunto. A fin de cuentas, que un profesor de Religión y Moral Católicas se case por lo civil con una divorciada es, salvando las distancias y desde un punto de vista estrictamente canónico, como si Javier de la Rosa diera lecciones de Ética Financiera, mi ex ministro favorito Javier Solana las diese de Coraje Diplomático-Militar, o el presidente González pretendiera jubilarse en el año 2024 como catedrático de Moral Política en la Universidad de Navarra. Que igual sí.

De modo que no tengo más remedio que pedirle excusas al defenestrado profesor, pero en el hipotético caso de que el arriba firmante fuese arzobispo (coyuntura harto improbable por otra parte, pese a los esfuerzos, oraciones y novenas de mi madre, que es una optimista nata y aún espera una vocación tardía o algo así), mucho me temo que, no sin extremo dolor pastoral, habría obrado como el titular de la sede cartaginense. No están los tiempos para ir a vela y a vapor en la nave de Pedro, y menos en esta época de tanto sí, pero no, pero todo lo contrario; cuando todo el mundo milita en la más descarada ambigüedad, y ni los curas se visten de curas, ni las furcias de furcias, o viceversa, ni los políticos se mojan el culo, y ahora resulta que lo del GAL sólo lo sabía el Gobierno y los demás estaban en la higuera, y resulta que antiguamente hubo -con un par de huevos- reyes de Cataluña, y que todos los opresores hijos de puta vivimos al sur del Ebro. Y que lo primero que en este país te dice cualquiera es yo no quería, que me obligaron, o no vayan ustedes a pensar que, o vale, que sí, eres maravilloso, tío, igualito que Kevin Costner; pero hazme el favor de ponerte un condón.

Así que lo siento por mi paisano, pero yo también lo hubiera puesto de patitas en la calle, aunque sólo fuese por cuestión de coherencia. Ya hay demasiada gente en misa y repicando.

14 de enero de 1996

domingo, 7 de enero de 1996

El chinorri de Juan


Estos primeros días de enero, con todo el venid y vamos todos, y los Reyes Magos, y los escaparates de los grandes almacenes y las jugueterías las pocas que van quedando atiborradas con esa mala zorra de la Barbie y demás artilugios engañainfantes, el arriba firmante se ha estado acordando mucho del hijo de su ex amigo Juan. Algunos de ustedes, los que durante cinco años escucharon La ley de la calle en RNE, recordarán a Juan y su peculiar modo de contar las noticias, con aquella jerga y maneras de tipo bronco, taleguero, junto a Manolo el pasma marchoso y Ángel, el choro arrepentido.

Juan era mi amigo, y era un tipo especial. Había estado enganchado a la heroína, y en la cárcel; y dispuesto a regenerarse se comía el mono yéndose al monte a cortar árboles con las brigadas de ICONA, o como se llame ahora. Llegaba al programa inmaculadamente limpio, con la camisa y los pantalones recién planchados por su vieja, que era una santa. A pesar del pasado reciente, Juan era un tipo cabal y cumplidor, fiel a sus amigos y a sus compromisos. Rubito, menudo y con una mirada azul que parecía agua helada, peligrosa. Era un duro de verdad. Tenía en el costado una cicatriz de un palmo -la mojada que una vez le dieron en el talego- y ese andar rápido y oscilante que se adquiere pateando arriba y abajo muchos patios de prisión. Era inquieto, nervioso, susceptible, auténtico, bravo. También tenía un corazón de oro, pero el jaco le habla dejado algún muelle suelto, un punto agresivo que saltaba de vez en cuando y lo hacía liar unas pajarracas terribles. Por alguna extraña razón, en el programa no respetaba a nadie más que a mí; y sólo yo conseguía templarlo cuando se enzarzaba con algún oyente malintencionado, o con un tolai, o con un pelmazo. Nos queríamos mucho.

Los viernes por la noche, después del micrófono, íbamos por ahí de birras y conversación, y él se liaba esos canutos que yo nunca le dejaba fumar mientras estábamos en antena. Supe así de su vida, de sus esfuerzos por mantenerse lejos del caballo, de la soledad y de aquella retorcida dignidad personal, hecha de orgullo desesperado y de respeto a la palabra dada, que él mantenía en alto como una bandera, tal vez porque no tenía otra cosa a la que agarrarse. Había estado casado con una merchera sometida a los códigos estrictos de su clan, y me contaba que ella habla vuelto con su familia, con el hijo que habían tenido, y que ahora no le dejaban ver. Cuando iba a visitarlo, la familia de su mujer se cerraba en banda, le impedían ver al enano, e incluso hubo algún incidente que desbordó las palabras. A veces Juan no podía más y se iba de viaje a ese pueblo de Valencia, o Castellón no recuerdo bien el sitio para, escondido tras una esquina, ver de lejos a su mujer y a su hijo. No tenía un duro, y cuando reunía lo que le pagaban por dos o tres programas, le compraba un juguete al crio e intentaba hacérselo llegar de alguna manera. Recuerdo que un año, por estas mismas fechas, Juan estuvo ahorrando para comprarle un camión con mando a distancia que era decía para rilarse, colega, con todas las sirenas, y las luces, y la hostia. Y yo ofrecí echarle una mano, no sé, dos o tres talegos; y él me miró muy serio y me dijo: mi chinorri es cosa mía, colega, cómo lo ves.

Juan es uno de mis remordimientos. Porque una noche que venía quemado y se le cruzaron los cables en directo y empezó a cagarse en los muertos de un oyente, tuvimos allí, en el estudio, unas palabras. Y ya con el micro cerrado él me agarró por el cuello de la camisa y yo, que también estaba caliente, le dije que me soltara o lo rajaba allí mismo. Y me miró como no me habla mirado nunca muy fijo y muy triste, y me soltó la camisa. Y yo, que seguía caliente, en plan doble, le dije que aquello no era el patio del talego, sino una emisora de radio, y que estaba despedido. Y él se fue, y ya no volvió nunca más, y yo perdí para siempre aquella noche, porque soy un perfecto gilipollas, a uno de los más fieles amigos que tuve nunca. Y sólo mucho después supe, por un tercero, que ese día Juan habla vuelto de Castellón, o de Valencia, con su camión de sirenas y luces que era la hostia bajo el brazo, porque la familia de su ex no le habla dejado dárselo al chinorri. Y por eso iba como iba. Son cosas que pasan.

De aquello han transcurrido dos años y no sé qué fue de Juan. Pero siempre lo imagino con su pelo rubio recién lavado y aquellos pantalones y camisas impecablemente limpios, planchados por su vieja, tras una esquina, viendo pasar al chinorri a lo lejos, de la mano de su madre y los abuelos. Ojalá este día de Reyes haya podido darle el camión.

7 de enero de 1996

domingo, 31 de diciembre de 1995

Un brindis por ellos dos


Este domingo 31, esté donde esté, sea cual sea el reloj que marque las doce, brindaré -si tengo con qué- por ellos dos. No voy a escribir aquí sus nombres porque no me fío de ustedes -me fío de algunos, de muchos, pero no de todos ustedes-, y no quiero que mencionarlos en esta página signifique señalarlos con el dedo para toda la vida que les quede por vivir, que igual es mucha. Que deseo con toda mi alma que sea mucha.

Voy a brindar por ella -la llamaré María- porque hace cinco años, apenas cumplidos los veinte, trastornada por los golpes de su marido, loca, desconfiada, triste, encontró la sonrisa perdida, la abnegación y el respeto. Por esas bromas que tiene la vida, todo lo halló en un hombre ensimismado en su soledad, con treinta años como treinta navajazos, con el regusto de la droga todavía en las venas y paseándose del brazo del diablo por el filo del abismo.

Tenían frío -ahí afuera hace un frío del carajo- y se acercaron el uno al otro para darse calor. Al poco estaban viviendo juntos, y cada uno aportó su singular dote: ella, una cría pequeña y la ternura que no habían podido romperle las humillaciones y las palizas. Él, su mirada vacía, una soledad infinita y un perro de dos años. Háganse cargo del capital social: una desequilibrada con una hija y un yonqui con un chucho. Como para no jugarse un duro por ellos.

Y sin embargo, funcionó. El aprendizaje fue lento y duro, pero perfecto. María y su hombre habían sacado el número correcto en esa tómbola que tiene tan mala leche pero que a veces, cuando se le entra con ganas, es capaz de deslumbrar con el más hermoso premio del mundo. Sufrieron, soportaron problemas de dinero, de trabajo, de salud, de vivienda. Tropezaron con muchos miserables en el camino, pero también con gente honrada que les echó una mano cuando la necesitaban, que les dio comida cuando tuvieron hambre, que les devolvió poco a poco la fe en sí mismos y en los demás. Tuvieron algo de trabajo, compenetración, amor. Complicidad. Y un día se miraron y él dijo: «soy feliz», y ella respondió: «soy feliz». Y no era una de esas frases que repites para creerte un sueño o para convencerte de algo, sino que era de verdad. Esa especie de rayito de sol, de calor que te alegra el alma aunque sea un poco, y aleja el frío, y te hace pensar que después de todo, bueno, aquí vamos a estar sólo un rato pero igual si nos abrazamos fuerte resulta que hasta vale la pena.

Pero la vida se lo cobra todo. Y un día, hace pocas semanas, él tuvo un accidente, y fue al médico, y le contó sus antecedentes, y el médico le preguntó si quería hacerse los análisis del Sida. Y él se acordó de casi todos sus amigos, muertos de eso, enganchados o en el talego. Y se acordó de María y de las chiquillas y del chucho, y dijo que sí, que vale, que venga el análisis de los cojones. Y no fue un análisis sino tres, con resultados confusos o contradictorios. Y vino el miedo. Y la incertidumbre. Y hace unos días él llegó tarde del trabajo, cansado, distinto, y le confió a María que había ido a la iglesia, a la parte vieja de esa ciudad del sur, cerca del lugar donde nació. Y le dijo que había ido a pedir por ellos dos, y por la niña. En realidad -añadió- a pedir por la niña y por ella, porque después de todo él se lo había buscado y ella no.

María es calor, y tibieza, y consuelo. Y él es aire fresco, con unos ojos claros que se parecen al mar, o al cielo, o a ambas cosas a la vez. Y durante estas últimas semanas han vivido con la esperanza puesta en el último pétalo de la margarita deshojada día tras día, sin abandonarse al miedo, o a la desesperación, en atroz espera. Y de ese modo, si alguna vez dudaron de su capacidad de amarse, ya no les queda duda alguna, Y cuando escribo estas líneas el perro está inmóvil enroscado a sus pies, y la chiquilla duerme con ese olor a fiebre y sudor suave de niño que tienen los críos cuando descansan. Y ellos siguen mirándose el uno al otro callados, esperando el papel del laboratorio que les traiga la liberación, o la sentencia.

Pensaré en ellos esta noche, cuando irresponsables y asesinos cargados de alcohol se rompan el alma en las carreteras, malgastando una vida que otros han aprendido, con tanto amor y sufrimiento, a valorar en lo que cuesta. Por esos fiambres anunciados del matasuegras y el dieciséis válvulas no enarcaré ni una ceja. Pero brindaré de corazón por María y por su hombre, por la cría y por el chucho. Por esa vida que ellos sí merecen vivir. Sea cual sea el resultado del análisis. Lo sepan ya o no lo sepan.

En realidad, ¿quién de nosotros lo sabe?

31 de diciembre de 1995

domingo, 24 de diciembre de 1995

Aquella Navidad del 75


Estaba el arriba firmante el otro día en Sevilla, presentando un libro, cuando en mitad del trajín se acercó a la mesa un tipo grande, cincuentón largo, con una portada de ABC vieja de veinte años.

-¿Sabes quiénes son éstos?

Miré la foto. Un Land Rover en el desierto, junto a una alambrada. Soldados con turbantes y cetmes. Un militar fornido, en quien reconocí a mi interlocutor. A su lado, un joven flaco con el pelo muy corto, gafas siroqueras, ropa civil y cámaras fotográficas colgadas al cuello. El titular decía: «Tropas españolas patrullan la frontera del Sahara Occidental». Cuando terminó el acto y fui en busca de mi visitante, éste se había ido. Lamenté no poder darle un abraco. No sé qué graduación tendrá ahora, pero en aquella foto era capitán. Se llamaba Diego Gil Galindo, y durante casi un año compartimos tabaco, arena del desierto y copas en el cabaret de Pepe el Bolígrafo, en El Aaiún, cuando éramos jóvenes y él creía en la bandera y en el honor de las armas, y yo creía en los Reyes Magos y en la virginidad de las madres, Y tal día como hoy, víspera de Navidad, hace exactamente veinte años, a Diego Gil Galindo lo vi llorar.

Ahora, con esto de la Transición, y el Centinela de Occidente dos décadas criando malvas, y la peña en plan nostalgia, voy y caigo en la cuenta de que me perdí todo eso. De la muerte del Invicto me enteré tres días después, cuando el grupo de guerrilleros polisarios a quienes acompañaba atacó un convoy marroquí cerca de Mahbes, y entre los efectos personales de los muertos -también les quité el tabaco, y dátiles- había una radio de pilas. Y luego vine aquí una semana, y me fui a Argel el 3 de enero del 76, y de allí al Líbano, que empezaba entonces. Y cuando entre unas cosas y otras regresé a España, resulta que esto era una monarquía y a la gallina de la bandera le habían retorcido el pescuezo. Quizá por eso siempre me sentí un poco al margen de la película.

En realidad, mi transición personal tuvo lugar en el Sahara aquella víspera de Navidad de 1975, cuando el todavía gobierno Arias Navarro entregó a los saharauis atados de pies y manos a las fuerzas reales marroquíes. Cuando el ejército español abandonó el territorio de puntillas y con la cabeza baja, mientras los soldados indígenas de Territoriales y Nómadas, desarmados y traicionados, vistiendo todavía nuestro uniforme, huían por el desierto hacia Tinduf, para seguir luchando (ese mismo Tinduf al que iría después Felipe González a hacerse fotos polisarias, hasta que fue presidente y le dio el ataque de amnesia).

Esa última noche, víspera de Navidad, cuando el director de mi periódico -Pueblo- cedió a la presión de Presidencia del Gobierno y me ordenó salir del Sahara con las tropas españolas, la pasé en el bar de oficiales de un cuartel desmantelado, mientras los archivos ardían en el patín y los soldados del general Dlími se apoderaban de El Aaiún. Algunos de los militares que me acompañaban ya están muertos. Pero guardo su amistad bronca y generosa, hecha de cielos limpios llenos de estrellas, nomadeando bajo la Cruz del Sur: viento siroco, combates en la frontera, agua de fuego, chicas de cabaret, infiltraciones nocturnas en Marruecos... Sin embargo, lo que en este momento veo son sus ojos tristes aquella última noche, su amargura de soldados vencidos sin pegar un tiro. Atormentados por su palabra de honor incumplida, por sus tropas indígenas engañadas y por aquella inmensa vergüenza de cómplices pasivos que les hacía inclinar la cabeza. Y también recuerdo la concienzuda borrachera en que nos fuimos sumiendo uno tras otro, y mi desilusión al verlos de pronto tan humanos como yo, infelices peones de la política, víctimas de sus sueños rotos. Compréndanlo: yo tenía veintipocos años y ellos habían sido mis héroes.

También me acuerdo de que aquella noche llovió sobre El Aaiún. A veces se oía un tiro aislado hacia Jatarrambia, o los motores de las patrullas marroquíes que llevaban saharauis detenidos. Veo el llanto infantil del teniente coronel López Huerta, la fría y oscura cólera del comandante Labajos, la sombría resignación del capitán Yoyo Sandino. Y recuerdo a Diego Gil Galindo, la enorme espalda contra la pared de la que colgaban trofeos de combates olvidados que ya a nadie importaban, con lágrimas en la cara, mirándome mientras murmuraba: «Qué vergüenza, niño. Qué vergüenza».

Así fue mi última Navidad en el Sahara, hace veinte años. La noche que murieron mis héroes, y me hice adulto.

24 de diciembre de 1995

domingo, 17 de diciembre de 1995

La gola y la espada


Hace poco, por razones profesionales, el arriba firmante anduvo a vueltas con unos cuantos viajes foráneos que dejaron constancia por escrito de sus impresiones sobre España en el siglo XVII. Aparte lo divertido e instructivo que supone vernos hace doscientos y pico años a través de los ojos de los demás, el asunto me deparó un interés añadido: comprobar lo poco que, en materia de pintarla y de presumir, hemos cambiado en este país. Madame d'Aulnoy, Hérauld, James Howell y otros plumíferos guiris, coinciden en admirarse de lo mucho que a nuestros abuelos les gustaba marcar paquete a base de apariencias, el modo en que aquí todo el mundo presumía de hidalgo y de cristiano viejo, y de qué manera, aunque anduviese tieso de reales, hasta el último desgraciado se pavoneaba con aire de marqués. Y además como el trabajo era de villanos, nadie daba ni golpe. «Pasan la mayor parte del tiempo -escribía Jouvin- paseándose en las plazas, vestidos lo mejor que pueden mientras se mueren de hambre en sus casas».

Hay joyas antológicas en esos textos. Y todos los viajeros gabachos, hijos de la Pérfida Albión y otros, coinciden en describir un país hecho polvo por las guerras exteriores, la corrupción interior y el mal gobierno de privados y validos, con los reyes cazando en El Pardo y yendo a misa como si nada fuera con ellos, y el personal, hasta el más andrajoso, paseándose con gola, sombrero y arma al cinto. Muret cuenta que la espada, que en otros países distingue al noble y al caballero, aquí la llevan todos: el cochero en el pescante, el zapatero cosiendo sus zapatos, el boticario en su botica y el barbero cuando afeita. «Ni uno solo de los que entraron -escribe por su parte Richard Wynn- aunque fuese un recadero, iba sin espada» Y Mérauld confirma que «todos llevan una espada colgada con una cuerda, hasta cuando van al trabajo».

En lo demás, tres cuartos de lo mismo. Bartolomé Joly señala que los españoles son capaces de ayunar con tal de comprarse un traje para tirarse el folio y presumir en las fiestas. A Howell le llama la atención que, aunque no tenga un maravedí para comprarse una camisa, cada vecino se empeñe en llevar una golilla en torno al cuello, prenda cuyo almidonado cuesta una fortuna. Como el uso de anteojos se atribuye a gente culta, las calles están llenas de individuos/as que no han leído un libro en su vida pero que, eso sí, llevan un par de anteojos bien sujetos con una cinta sobre la nariz, Y en cuanto al orgullo, nos cuenta Anroine de bruñel, hasta los mendigos exigen que se les niegue la limosna con un «excúseme Vuesa Merced, que no tengo dineros-. Y a todo esto, el país paralizado, los campos sin cultivar, los funcionarios corruptos atrincherados en la Administración, todo el mundo endeudado hasta las cejas, y una envidia insaciable, enfermiza, rayana en el odio africano, respecto a lo que dice, hace, tiene o deja de tener el vecino.

No sé si todo eso les sonará de algo. Pero a medida que el suprascrito iba adentrándose en esos textos, el inicial regocijo daba paso a un vivo malestar. Hay que fastidiarse, me decía entre página y página. Cambias la espada y la gola y los lentes por el Audi o el Bemeuve, y el traje de Armani, y el Hola o el Diez Minutos, y el fin de semana en el chalet, y la barbacoa, y el Rolex, y los anuncios de la tele, y cómo nos entrenamos para millonarios por si nos toca la Once o la Doce, y el profesor de física cuántica, y el decorado de pastel del que todos somos cómplices, y la Expo, y el AVE y el campo de golf y la madre que los parió, y resulta que en estos casi tres siglos han cambiado muchas cosas pero nosotros, los españoles, seguimos siendo los mismos: siempre pendientes de las apariencias y el qué dirán, del aspecto que tendremos pavoneándonos en la Plaza Mayor el día que toca quema de herejes, o en el hipermercado el fin de semana con el Mercedes y el carrito de la compra y el chándal de Valentino y las Ribuk de los cojones. Y de noche, como en las calles de la Corte de la época, tiramos la mierda por la ventana. Y así están las calles y así nos paseamos por ellas henchidos de soberbia, con la gota almidonada y sin camisa que ponernos debajo.

Poco ha cambiado la cosa, en el fondo, desde que aquellos ilustres viajeros nos calaron con tan buen ojo. Y cuando su contemporáneo Francisco de Quevedo escribía: «Toda España está en un tris / y a pique de dar un tras; / ya monta a caballo más / que monta a maravedís», el cojo lúcido, gruñón e inmortal -y ése sí era de aquí- no podía imaginar hasta qué punto nos retrataba para los siguientes tres siglos.

Parece mentira lo iguales que somos a nosotros mismos.

17 de diciembre de 1995

domingo, 10 de diciembre de 1995

Cazadores del mar


Ocurrió hace nueve años. Anochecía frente a la embocadura de la ría de Vigo, y la turbolancha del Servicio de Vigilancia Aduanera aguardaba inmóvil, motores parados, en el agua tranquila y roja. Bebíamos café, esperando, y en el puente el patrón -gorro de lana, rostro tallado de arrugas- fumaba inmóvil junto a la radio. Como nosotros, otras cuatro lanchas aguardaban el comienzo de la cacería. Fuera de las aguas jurisdiccionales españolas, doce planeadoras contrabandistas que acababan de abarloarse a un barco nodriza cargado de tabaco aguardaban la llegada de la noche para meterse en la ría.

Llegó la oscuridad y permanecimos inmóviles, sin luces, en absoluto silencio. De pronto se oyó como un proyectil de cañón que pasa, algo cruzó a nuestro lado igual que una exhalación, el patrón dijo: "Ahí están", y la noche se rasgó de parte a parte con reflectores, motores arrancando a toda potencia, y un súbito griterío en la radio, muy parecido al excitado diálogo de los pilotos durante los combates aéreos, la caza duró dos horas largas, en persecuciones a cincuenta nudos entre las peligrosas bateas mejilloneras y la costa, con los contrabandistas encendiendo bruscamente focos para deslumbrar a las turbolanchas y que éstas se estrellaran en los obstáculos. Aquella noche, el Servicio de Vigilancia Aduanera capturó cuatro planeadoras y tuvo dos hombres heridos. Y yo me enamoré del SVA para toda la vida.

Salí a la mar con ellos muchas veces -también lo hice con los del otro bando, y entonces fui cazado en vez de cazador-, acompañado por magníficos cámaras de televisión; tipos duros que se llamaban Márquez, Valentín, o Josemi, capaces de filmar planeando de noche a toda leche, dando pantocazos sobre las olas con una Betacam al hombro. Compartimos así con los aduaneros del SVA mucho tabaco y muchas noches de buena o mala fortuna, bebimos litros de café y coñacs al saltar a tierra, hicimos amigos para toda la vida, llenándonos de recuerdos, de momentos difíciles o extraordinarios. Una vez, encelados tras una planeadora gibraltareña, nos metimos tanto en la playa de la Atunara que la turbina se tragó una piedra del fondo. Y en otra ocasión, cuando mi compadre Javier C, el mejor piloto de helicóptero del mundo, nos llevó de noche a un metro sobre el agua tras una lancha cargada de hachís -a la que rompió con el patín la antena de radio para incomunicarla del Peñón-, el aguaje de la planeadora entraba por las puertas abiertas del helicóptero, empapándonos, hasta que tocamos una ola y casi nos fuimos todos al carajo.

El caso es que aprendí a respetar a esos hombres viéndolos trabajar; compartiendo sus peligrosas cacerías, sus éxitos y sus fracasos. Y ahora abro un periódico y me entero de que una ley a punto de aprobarse pone en manos de la Guardia Civil las competencias operativas de la lucha contra el contrabando. Eso significa, si he leído bien el texto, que la gente del SVA, esos hombres callados, profesionales y eficaces, perderán toda iniciativa y quedarán como simples funcionarios bajo la supervisión de Picolandia. Lo que me entristece. No cabe duda -entendámonos- de que los cigüeños de las Heineken harán bien su trabajo. Es gente concienzuda y dominará ese registro cada vez mejor, a medida que sus dotaciones se fogueen con horas de mar y la experiencia de años que poseen los hombres del SVA. Sobre el papel se trata de una unificación y coordinación, y eso siempre es bueno. Pero conociendo el percal, o sea, los piques y las competencias de los consabidos cuerpos y fuerzas, mucho me temo que lo que de veras implica la ley es el desmantelamiento de un Servicio de Vigilancia Aduanera al que debemos -al César lo que es del César- los más brillantes servicios en el acoso de los narcotraficantes y contrabandistas. Un cuerpo de élite que ya quisieran para sí muchas administraciones. Y la nuestra, en vez de sacarle partido en lo que vale, va y me lo capa.

Porque ya me contarán. En eso de apuntarse a los servicios más difíciles y brillantes, los picoletos no se casan con nadie, y es lógico. Así que mucho me temo que, colocándolo bajo la supervisión de la Benemérita, al SVA van a darle sentencia de cruz. Un pago ingrato y miserable para gente que se ha jugado el pellejo por hacer su trabajo a conciencia, con humildad y eficacia, y cuyos impresionantes servicios prestados permitieron a más de un juez hacerse famoso en los telediarios. Pero no sé de qué me extraño, a estas alturas. El nuestro es el país de los buenos vasallos siempre fieles, siempre traicionados, que nunca encuentran buen señor.

10 de diciembre de 1995

domingo, 3 de diciembre de 1995

Niños de quita y pon


España. Programa de una cadena de televisión. Hora de máxima audiencia. Presentadora de esas que se conmueven y viven como propio el dolor y los sentimientos ajenos. Silencios significativos y miradas llenas de humanidad convenientemente captadas por las cámaras número uno y número dos. Acongojado público en los graderíos. Y bajo los focos del estudio, una niña colombiana, de siete años, adoptada (por un año) por una familia española. Una niña procedente de una zona pobre, asolada por la narcoguerrilla y la miseria.

-¿Qué es lo que más echas de menos, bonita?

-A mi mamá y a mi hermana.

Acto seguido, la presentadora va y se congratula de que la niña, a pesar de echar de menos a su madre y a su hermana, pase un año viviendo como los rostros pálidos. Luego interroga a los padres adoptivos sobre lo que ocurrirá pasado ese plazo. La madre adoptiva responde que cada mochuelo a su olivo, y que la niña regresará a su casa, en Colombia, pero sabiendo ya lo que significa vivir en paz. Para que la niña sepa todavía mucho mejor lo que es vivir en paz y prosperidad y no en un país de indios de mierda, la presentadora anuncia una sorpresa maravillosa, y acto seguido se adelanta la Navidad, y caen copitos de nieve, y aparece Papá Noel cargado de regalos para la pequeña aborigen, y un grupo típico toca una cumbia sabrosona. Y todo es tan entrañable y tan emotivo que la niña rompe a llorar, y lloran los padres adoptivos temporeros, y llora el público, y llora, faltaría más, la presentadora in person. Porque aunque el mundo es una porquería, todavía queda gente maravillosa, dispuesta, antes de la publicidad, a hacer feliz por un rato a una niña de siete años. Así que, limpiándose las lágrimas, la presentadora se vuelve a la cámara número uno y dice: «Ahora esta niña volverá a su país y enseñará a los demás lo que es vivir en paz». Con dos cojones. Y luego todos lloran un poco más, entra el anuncio de un coche que vale ocho millones y medio de pesetas y el arriba firmante -no sé ustedes- se toma a toda prisa un zumo de limón para no vomitar.

El mundo es cruel. Éste es un siglo cruel. La televisión es cruel. Pero hay crueldades estúpidas, gratuitas. Crueldades causadas no por la maldad, sino por la estupidez y por la demagogia. Y siempre hace más daño un estúpido o un demagogo que un malvado. AI malo, según los sitios y los usos sociales, se le vuelan los huevos y santas pascuas, o se le reinserta, o se le compra. Pero al estúpido y al demagogo no hay manera de quitárselos de encima: te salen hasta en la sopa, te chulean el tabaco, le dan la paliza y te gangrenan la vida con su buena voluntad y su torpeza, y encima no puedes darles, por su propia ambigüedad, el sartenazo definitivo que los borre del mapa. Por eso el arriba firmante está, y ustedes disculpen, hasta arriba de los cantamañanas que tienen más peligro con su buena voluntad que un majara con un Kalashnikov y doscientos cartuchos en el bolsillo. Y en esa categoría de sopladores de vidrio incluyo, con perdón, a los hombres y mujeres llenos de buena voluntad que jalean lo de traerse a niños saharauis, bosnios, colombianos, bantúes, lapones o lo que sean, para tenerlos una temporada a cuerpo de rey en un contexto familiar y social que no es el suyo, y luego, hala, catapultarlos otra vez a la sangre y a la miseria, llenos de frustración y añoranza, cuando ya saben perfectamente lo que se están perdiendo por tercermundistas y por gilipollas. Como si el vivir en la guerra y la pobreza fuera algo que hubieran escogido o estuviera en su humilde mano cambiar.

Aunque, bien mirado, tal vez sí esté en su mano. A fin de cuentas, esos niños a los que traemos para hacer la buena acción de la semana, y los paseamos por la tele como las marquesas de Serafín paseaban a sus pobres, aprenden aquí hasta qué punto lo material reemplaza valores, sentimientos y cultura. Y de ese modo regresan a su tierra conscientes de la injusticia y de la gran mentira que arbolamos por bandera. Hechos unos auténticos desgraciados, porque su bosque de la Amazonia, su desierto, la calle donde juegan en el suburbio de Medellín, nunca volverán a ser los mismos. Y yo prefiero creer que, gracias a esa dolorosa lucidez, algunos de esos niños llegarán a envidiarnos tanto, o a odiamos tanto, que de mayores cogerán la escopeta y la goma-2 dispuestos a no resignarse al bonito recuerdo de Papá Noel y los copos de nieve. Decididos a pegarle niego a su maldito mundo y a este otro, el de los benefactores que los sacaban en la tele. Y a poner a la presentadora lacrimógena mirando para Triana. Los pobres suelen ser gente poco agradecida.

3 de diciembre de 1995

domingo, 26 de noviembre de 1995

El Semanal


Los amigos y compañeros de El Semanal tienen el detalle de darme cuartel, haciéndose eco de la aparición de mi nuevo tocho sevillano. Ya pueden imaginar ustedes que, con el millón y medio de ejemplares que tira esta revista cada semana, eso me viene de perlas. De modo que he decidido corresponder en la medida de mis posibilidades, tirándoles unas cuantas flores. Porque, como decía mi abuelo -que sabía de estas cosas-, quien no es agradecido es un mal nacido. Y a uno le gusta pagar sus deudas al contado. Quien paga sus deudas es libre, y así todos estamos en paz.

Durante veintiún años fui reportero, y el ejercicio de mi profesión me llevó a conocer periódicos de todos los colores y talantes. Desde La Verdad, donde mi maestro Pepe Monerri me enseñó a perderle el respeto a los poderosos -«Ellos son quienes tienen que temernos a nosotros», decía el veterano zorro-, hasta aquel Pueblo donde en doce años pasé de pipiolo total a vieja puta del oficio, gracias al ejemplo de una pandilla de golfos y de bullangas sin escrúpulos que eran -y algunos continúan siéndolo, como Raúl del Pozo, Tico Medina y algún otro- los mejores periodistas del mundo. Después hubo nueve años de televisión y radio estatales, y entre unas y otras épocas traté con empresas y directores/as de todo tipo y pelaje: cobardes y valientes, abyectos y magníficos, corazones de oro y ratas de alcantarilla. Y lo cierto es que de todos ellos, de una u otra forma y sin ninguna excepción, hube de soportar en algún momento reservas, presiones o intentos de orientar mi trabajo. Eso nada tiene de extraño, pues este oficio incluye, entre otras cosas, ese tipo de situaciones por activa o pasiva, y el periodista que se proclame virgen es un cínico o es un imbécil. Con eso quiero decir que ni se me pasa por la cabeza que El Semanal esté hecho por hermanitas de la Caridad. Pero hay un par de cosas que son verdad y que puedo afirmar hoy sin el menor reparo.

Haciendo cuentas, llevo ciento veintitrés semanas dando aquí la barrila, desde el día en que me dijeron: «Dos folios, tú mismo y a tu aire». Al oír aquello pensé que iba a durar menos en esta página que el buen nombre de una institución del Estado en manos del presidente González. Pero me equivocaba, y me alegro. En estos dos años y medio me he venido despachando a gusto, y -como dice por estas fechas mi compadre Sancho Gracia en el Teatro Español de Madrid- ni reconocí sagrado, ni en distinguir me he parado al clérigo del seglar. Por eso, mis ajustes de cuentas semanales pueden calificarse de cualquier cosa menos de cómodos para quien los alberga, entre otras cosas porque, al no responder a un plan o una idea determinada, y salir según el talante o la mala leche de que el arriba firmante disponga en el momento de darle a la tecla, son tan viscerales e imprevisibles como los actos de un mono hasta arriba de jumilla y con una navaja de afeitar. Pues oigan. Ni una sola vez -ni una- en estos dos años y medio alguien de El Semanal me ha dicho ojos negros tienes, córtate un poco, o te has pasado varios pueblos. Ni siquiera cuando llegan cartas indignadas mentándome a la madre, o mis artículos -nunca me lo dicen, pero yo lo sé porque cada vez me lo cuentan los pajaritos- ponen en peligro importantes campañas de publicidad de las que dejan mucha pasta, me dirigen reproches ni dicen ay.

Ésa es la cuestión. Escribo con tan absoluta libertad que a veces me asombro de que me dejen. Disparo contra todo lo que se mueve, no paro de comerme el tarro a ver si doy con algo que los mosquee conmigo y por fin me echan, y ni por ésas. Y cuando nos vamos a comer algunas veces por ahí y anuncio, para fastidiar: «Pues la semana que viene va de tal o cual cosa», Juan Fernando Dorrego se bebe tres orujos seguidos sin respirar y luego, como un samurai silencioso, agarra el cuchillo del postre e intenta abrirse las venas en silencio, sobre el mantel, pero no dice esta boca es mía. Y eso tiene mucho mérito. Y me gusta.

Hacer una revista semanal que concilie a un millón y medio de compradores de una veintena de periódicos distintos, en este país donde no hay tres fulanos que pidan el café de la misma forma, es una tarea sabia, diplomática, casi florentina. Y algo tendrá el agua cuando ustedes la bendicen. Por eso sigo la evolución de este entrañable chisme con curiosidad, y me encanta estar aquí adentro. A eso añádanle una redacción joven, profesional y eficaz, algunos buenos amigos, y una empresa seria que paga religiosamente a fin de mes. Además, reseñan mis novelas. Ya me dirán ustedes que más se puede pedir, en este oficio y en estos tiempos.

26 de noviembre de 1995

domingo, 19 de noviembre de 1995

Un par de zapatos


No sé si a ustedes les interesan los zapatos de la gente, pero el arriba firmante cree que lo dicen casi todo de sus propiciarios. Estoy seguro de que es posible establecer una zapatología científica basada en elementos como limpieza, modelo y tipo de calcetines que los acompañan. En España, por ejemplo, las mujeres van mejor calzadas que los hombres, y hay una relación directa entre la marca de automóvil que uno se compra y el tipo de zapatos que usa. Pero ésa es otra historia.

Lo que quiero contarles ocurrió hace un par de semanas, cuando me hallaba en la terraza del café Central de Málaga, viendo pasar gente. Como mediterráneo que soy, mi afición a ver pasar la vida desde las terrazas de los cafés y los bares roza lo patológico. Y allí estaba yo, haciendo prácticas de zapatología comparada. El asunto consiste en no levantar la vista y mirar sólo los pies que pasan por delante, hasta que un par de zapatos atraen la atención. Entonces, tras estudiarlos rápida y minuciosamente, uno efectúa un retrato robot mental del propietario/a, y acto seguido levanta con rapidez la vista para mirarle el careto antes que desaparezca. Después se puntúa del uno al tres y se establecen reglas.

Identificar los dos pares de calcetines blancos con zapatos mocasín y uno con zapatillas de deporte que caminaban juntos no tuvo mucho mérito: soldados de paisano. Tampoco hubo dificultad en identificar al jubilado en los zapatos de lona gris, cómodos, con elásticos a los lados del empeine, que avanzaban despacio calle arriba. Un par cosido a mano, con calcetines ejecutivo, me hizo aventurar que el propietario llevaba corbata y se peinaría con brillantina. Sólo me equivoqué en la brillantina. En realidad, sobre un muestreo de treinta y tres personas, obtuve cincuenta y dos puntos; lo que no estaba mal, y me permitió establecer que, al menos en Málaga, quien mejor se calza son los matrimonios mayores de cincuenta años que se pasean a la hora del aperitivo. Dirán ustedes que la cosa no tiene rigor científico, e incluso que es una gilipollez. Pero todos los días estamos oyendo en la radio y leyendo en los periódicos sondeos, encuestas y gilipolleces con un rigor científico parecido, y nadie dice nada.

El caso es que en ello estaba cuando vi venir calle arriba, lentos, indecisos, dos zapatos viejos, muy castigados. Habían sido marrones y ahora tenían un tono mate, de cuero gastado por el uso. Eran zapatos de derrota total, absoluta, y ese carácter venía acentuado por los bajos de los pantalones que caían sobre ellos. Unos pantalones tan descoloridos como los zapatos, muy rozados y sucios en los dobladillos, cayendo con arrugas como si fueran excesivamente largos. Alcé la vista sabiendo lo que iba a encontrar: cuarenta y tantos años, tal vez más. Un rostro cansado, como el de los soldados que pegan el último tiro y levantan las manos, vencidos, hartos, indiferentes a que los fusilen o no. Tenía el pelo gris, despeinado, y llevaba dos o tres días sin afeitar. Contra la chaqueta, tan ajada como el pantalón y los zapatos, sostenía una bolsa de plástico llena de espárragos trigueros, de los que llevaba un manojo en la mano.

Titubeaba, buscando algo con la mirada. Entró en el café con sus espárragos y al minuto lo vi salir despacio, todavía con el manojo y la bolsa, aún más indeciso. Que, supongo, el profundo suspiro que exhaló a mi lado el que me hizo seguirlo con la vista. Lo observé mirar alrededor, caminar de nuevo calle arriba, pararse y volver sobre sus pasos, vuelta la cara con desesperanza a uno y otro lado. Por fin se paró en la acera, torpe, como si hubiese agotado todas las posibilidades de algo y ya no supiera qué hacer. Parecía muy perdido, y me pregunté cuántas cosas que yo ignoraba dependerían de aquellos miserables espárragos. Puse unas monedas sobre la mesa y anduve hasta el.

- ¿Qué pide por eso, jefe?

Parpadeó, desconcertado. Como si despertara de algo.

-Mil pesetas -dijo por fin.

Qué injusto es todo, pensé. Yo había dejado sobre la mesa del café, de propina, la décima parte de esa cantidad. Sin más palabras, le di el billete y me fui con el manojo.

-Son agua -añadió de pronto, de lejos, como creyéndose en la obligación de justificar algo-. Tiernos y recién cortados.

Asentí sin volverme y me fui de allí. Me importaba un huevo lo tiernos que fueran, porque nunca me gustaron los espárragos. Al cabo de un rato, harto de ir por Málaga con ellos en la mano, los puse en una papelera. Perra vida, pensé. Se me habían ido las ganas de mirar zapatos.

19 de noviembre de 1995

domingo, 12 de noviembre de 1995

Las lágrimas de Maripili Sánchez


Andaba de compras el arriba firmante, en inútil búsqueda de un polo azul marino que no llevara estampados, ni logotipos, ni colorines, ni emblemas náuticos o de golf, ni la marca con letras de un palmo en mitad del pecho. Un polo normal, sobrio, de andar por la calle sin que te confundan con esos chirimbolos que el alcalde Álvarez del Manzano plantó en el centro de Madrid para dar soporte a la cultura -decía el digno edil-, y que han terminado, como era de prever, anunciando marcas de tabaco, bebidas, coches, telefonía móvil y lencería fina.

Andaba, repito, a la caza indumentaria, cuando en unos grandes almacenes encontré a una señorita dependienta que lloraba intentando ocultar las lágrimas. Aparté la vista y seguí mi camino. Quizá, pensé, el jefe del departamento acaba de echarle una bronca, o su contrato temporal no será renovado, o vete a saber. El caso es que estuve dándole vueltas a la cabera, incluso después de abrirme sin encontrar el maldito polo. Y me dije: cada uno es un mundo, colega. Hasta en estos templos de la eficacia y la temporada otoño-invierno, en cuanto rascas un poco te sale el polvo bajo la alfombra, el cadáver en el anuario, el lado oscuro de tanto escaparate y tanta felicidad postiza.

Vaya por delante que, entre las dependientas de los almacenes grandes, unas gozan de mis simpatías y otras no. Admiro a la que intenta ir más allá de teclear en una caja registradora y se preocupa de saber qué está vendiendo, y detesto a la frígido-robotizada que despacha igual un wonderbra que un bolso de Ubrique -los dos le importan un carajo- y que cuando pides lo último de Susan Sontag pregunta si lo quieres en compact o en casete. Sin embargo, cada vez que veo campañas promocionales de tal o cual cadena de tiendas o almacenes, y se habla de la eficaz gestión de unos y otros, se me ocurre pensar en los grandes olvidados de todo eso, ellos y ellas. Gente que se levanta a las seis de la mañana para coger el metro, o el autobús, que se pasa el día atendiendo las impertinencias de cualquiera y bajo la vigilancia del ojo implacable del Gran Hermano, y que, como la chica del otro día, que a lo mejor se llama, no sé, Maripili Sánchez, tiene que sorberse las lágrimas con discreción para no amargarles el feliz acto de la compra a los clientes.

Maripili Sánchez, por llamarla de algún modo, es cualquiera de esas señoritas forjadas en los principios de amabilidad, cortesía, orden, pulcritud, disciplina y corrección con el cliente. Pero posiblemente ustedes no sepan que la antedicha Maripili tiene la espalda hecha polvo por cuatro o cinco años detrás de una caja registradora. O varices y problemas circulatorios de patearse día tras día la sección. También una capacidad auditiva disminuida a causa del ruido constante o la música ambiental, faringitis crónica por el aire acondicionado y la calefacción, estrés y otras lindezas secundarias. Pero gracias a eso, ella y su marido, que a lo mejor también trabaja en la sección de electrodomésticos, han logrado comprarse, tras muchos años, una casa de cincuenta metros cuadrados y un coche.

De todas formas, estoy seguro de que la tal Maripili se considera a menudo una mujer afortunada. Tiene un trabajo en este país de parados, y a lo mejor hasta incluso entró en la empresa antes de los contratos basura y los festivos sin paga extra. En cuanto a indumentaria laboral, si mis noticias no fallan recibe gratis dos faldas y dos blusas -biestacionales: calor en verano y frío en invierno- para todo el año, de un material que, desde luego, nada tiene que ver con la calidad de los productos que vende la casa. A diferencia de los clientes, ni ella ni su legítimo reciben nunca una felicitación de cumpleaños u onomástica, ni una tableta de turrón por Navidad. Si meten la pata en algo, tienen que pagarlo de su bolsillo. Y, por supuesto, en caso de problemas, es siempre el cliente quien tiene razón.

Si Maripili fuera hombre y tuviera capacidad y suerte -lo de la suerte no es el caso de su marido, que vende ventiladores y batidoras hace quince años-, o quizás si fuera hombre y además se arrastrara de modo conveniente ante determinados jefes, igual llegaba a un puesto más chachi. Pero es mujer; así que aunque sea capaz de atender a clientes extranjeros en inglés, en parsi o en griego clásico, siempre será un culo y un par de tetas decorativas, que sus barandas masculinos irán relegando de los lugares más vistosos a medida que avancen los años y las arrugas, con mínimas posibilidades de promoción y escasa esperanza, hasta que se jubile o la reconviertan.

Ahí tienen el retrato robot de Maripili Sánchez. Igual lloraba por eso.

12 de noviembre de 1995

domingo, 5 de noviembre de 1995

La bomba del gabacho


Ahora que ya ha pasado la fiebre, y el presidente de los galos de las Galias ha hecho estallar cuatrocientas bombas en Mururoa como tenía previsto, y a los estrategas de Greenpeace les han hecho la limpieza étnica interna por -como dicen en los pueblos- escapárseles el cerdo mal capado, al arriba firmante le mola matizar un par de cosas sobre el evento.

Vaya por delante que el suprascrito considera que el mejor destino de la bomba nuclear franchute es dejarla caer exactamente sobre la vertical del Elíseo, para que el presidente Chirac y sus expertos puedan apreciar sin necesidad de irse a Mururoa, que está en el quinto carajo y cuesta una pasta en billetes de Air France y dietas, los efectos del invento. Lo mismo deberían hacer los respectivos con la bomba norteamericana, la rusa, la israelí, la pakistaní, la china, la andorrana y la que el profesor Franz de Copenhague le pueda estar fabricando a la policía municipal de Villaberzas del Llobregat. Lo que pasa es que eso no va a ocurrir nunca, y las bombas seguirán ahí, y Chirac y el alcalde de Villaberzas pasarán mucho. Y el que no tenga fors de frape, que decía De Gaulle, que se espabile o que se fastidie.

Dicho lo cual, voy a lo que iba. Porque si el arriba firmante fuera ciudadano de la Francia, a lo mejor se lo pensaba dos veces antes de criticar la decisión de Chirac de ir a lo suyo. A estas alturas, una cosa son las intenciones maravillosas, y otras las realidades. Y está claro que por muchas florecitas y mucho verde y mucho yupi-yupi hermanos que le echemos al asunto, el mundo conserva un elevadísimo porcentaje de hijos de puta por metro cuadrado que no muestra tendencia a disminuir en los próximos tiempos, sino todo lo contrario. Quien tal y como está el patio crea de verdad que van a reconvertir el átomo en guarderías infantiles y en capas de ozono, no sabe con quién se juega los cuartos. La bomba nuclear es una baza diplomática impresionante. Eso es un hecho espantoso, triste, infame, ruin. Pero es un hecho. Y Chirac lo sabe.

Si yo fuera gabacho, que es un suponer, a lo mejor consideraba poco tranquilizador para mis nervios el futuro de una Europa en la que Javier Solana, verbigracia, puede llegar a presidir durante seis meses la diplomacia exterior comunitaria. Una Europa dividida y cobarde en los Balcanes, camino del IV Reich en su parte central, amenazada en su flanco mediterráneo por un integrismo islámico que de aquí a veinte años habrá sumergido todo el norte de África y frente al que la línea más avanzada -que se dé Europa por jodida- será esa España que nos están dejando aquí mis primos de los cien años de honradez y trece de limpia ejecutoria (a la que habrá que añadir, para entonces, la ejecutoria de los mienteusté que vienen de relevo). Una Europa incapaz de tomar decisiones colectivas, y que se verá obligada, como en la crisis bosnia tras mucho marear la perdiz, a ponerse en manos de Clinton para que, como de costumbre, sus Schwarzkopf -cielo santo- saquen las castañas del fuego,

Si yo fuera franchute, digo, me quitaría mucho el sueño pensar en el futuro de esa Europa entre san Juan y san Pedro, o sea, en manos de los Estados Unidos mamá pupa -y también rehén de esa tutela-, y al otro lado con el peligro de que a Yeltsin se le vaya la mano con el vodka en el desayuno y le dé por apretar botones, o que a cualquiera de los mañosos que ahora mandan en aquella merienda de negros en que se ha convertido la extinta URSS le dé por defender su cadena de burdeles, o de restaurantes blanqueadores de narcotráfico, o de lo que sea, quitándole el óxido con Tres-en-Unoski a cualquiera de las muchas bombas nucleares ex soviéticas que andan de aquí para allá, en manos de quién sabe quién, o quién sabe dónde, Lobatón.

Así que ustedes me van a perdonar: odio las bombas nucleares y a quienes las trajinan, pero comprendo perfectamente que a Chirac se la refanfinflen las protestas. El quiere que Francia sea respetada y tenga peso internacional; así que va a lo suyo, y el que venga detrás, que arree. Al menos es consecuente. ¿Se imaginan, si hubiera intentado España pruebas nucleares, no sé, en las Chafarinas, a Felipe González y su elenco soportando impávidos toda esa presión internacional? Venga ya. Aquí se la habría envainado todo cristo, los barcos de Greenpeace bloquearían hasta el bidé de Carmen Romero, el Gobierno estaría yéndose de vareta por la pata abajo, y la bomba nuclear se la habríamos regalado a Marruecos, para congraciarnos, a ver si en vez de descargar en puertos marroquíes el doscientos por ciento de capturas, nuestros pescadores descargaban sólo el cien por ciento.

Hay veces que dan ganas de ser francés.

5 de noviembre de 1995

domingo, 29 de octubre de 1995

No quiero ser jurado


Discúlpame, Celedonio, pero ni hasta arriba de jumilla. Alegaré objeción de conciencia, insumisión o lo que haga falta. Pagaré la multa correspondiente si tengo viruta; y si no, iré al talego. Eso, salvo que decida echarme al monte con una escopeta del doce y una canana de postas, que también puede ser. Pero puedo asegurarte que el arriba firmante nunca estará en el jurado que te juzgue, aunque salga mi nombre en esa bonoloto judicial que se avecina. Te lo juro por mis muertos más frescos.

A ver si nos entendemos, Cele, colega. Lo del jurado está muy bien, entre otras cosas porque la aplicación de la Dura Lex sed Lex en España mediante el sistema de un juez en plan Juan Palomo se parece bastante al cara o cruz. Es decir: yo consigo asesinar al novio de Claudia Schiffer e irme con ella un mes a Corfú, por ejemplo, en plan crimen perfecto y sin una sola prueba en mi contra, y según se le ponga al magistrado pueden caerme treinta años, o, en cambio, salir a hombros de la sala. Tú dirás que lo mismo ocurre con el jurado; pero en tal caso, arguyo, no dependes del capricho, antipatía, senilidad o mala digestión de un solo fulano, sino de doce. Y la cosa se equilibra.

Con esto quiero decirte que nada tengo contra el invento. Así que no confundas mis escrúpulos con el plantel de capullos en flor que se rasgan la toga propia o ajena alegando que los ciudadanos carecen de conocimientos técnicos. Y tampoco quiero verme incluido entre quienes sostienen que doce fulanos presuntamente justos son el bálsamo de Fierabrás. Ni considero la figura del Su Señoría como socialmente de derechas y la del jurado de izquierdas -importante gilipollez que he leído hace poco no sé dónde-, o viceversa. Pasa, Celedonio, que a uno no le apetece mezclarse en ciertos números de circo. Y, tal como está el patio, ser jurado en España lleva todas las papeletas.

Imagínate el panorama; tú, Celedonio Sánchez Machuca, te levantas mañana con los cables cruzados y le das matarile con un hacha a tu foca, a tu suegra, a tres vecinos y a un cobrador de la ORA que pasaba por la calle, y luego vas y te fumas un puro. La justicia procede con su celeridad habitual, y para cuando por fin llega el juicio, tu caso ha sido ya juzgado, condenado y/o absuelto doscientas veces en los diversos medios de comunicación, radios, periódicos y televisiones varias. Nieves Herrero, San Lobatón, Isabel Gemio, las Virtudes, Farmacia de Guardia, Al Filo de lo Imposible, amén de todos los telediarios y los informativos locales por cable, han sacado a tus vecinos diciendo que a Celedonio se le veía venir y que la culpa la tiene el PSOE. Por su parte, las tertulias radiofónicas habrán analizado profunda y pormenorizadamente tus mecanismos psicológicos presuntos, emitiendo inapelable veredicto los sociólogos habituales, los eximios juristas de plantilla y el Pato Lucas. Incluso las implicaciones políticas (el vigilante de la ORA estaba sindicado en CCOO), étnicas (tu suegra era de Oyarzun) y lingüísticas (un vecino se llamaba Jordi) habrán sido planteadas con el rigor habitual en estos casos. Y por supuesto, el jurado no tendrá necesidad de la vista oral para enterarse de los hechos, pues todas las diligencias y declaraciones de los testigos habrán sido previamente publicadas en los periódicos pese al secreto del sumario, filtradas por tu abogado, por la acusación particular, por el secretario del juzgado o por la madre que te parió. Con lo que convendrás conmigo, Celedonio, el trabajo del jurado -el juicio, incluso- se simplifica un huevo.

Mas no para ahí la cosa. En cuanto a las pruebas periciales, por ejemplo, y para mostrar su eficacia, la Policía habrá difundido en rueda de prensa cómo recurrió a técnicas alemanas para probar tu autoría evaluando el grado de afilamiento, o como se diga, del hacha; de modo que la próxima vez descartas el hacha y te cargas a la prójima con el rodillo de amasar, que es menos evaluable. A todo eso añádele cámaras de televisión retransmitiendo el juicio en directo, tu careto en Lo que necesitas es Amor, el telediario, los nombres, apellidos y domicilios de los jurados publicándose en la prensa, los flashes de las fotos, el mogollón de periodistas a cada entrada y salida. Y las declaraciones de cada jurado pormenorizando qué es lo que votan los otros once, en este país donde la justicia se ha convertido en un cachondeo moruno, en un descontrol informativo, radiofónico y audiovisual con más agujeros que la ventana de un bosnio.

Así que lo siento, Celedonio, pero no cuentes conmigo. Me declaro objetor de conciencia judicial para los restos. Y que te sea leve.

29 de octubre de 1995

domingo, 22 de octubre de 1995

Los riñones de Miss Marple


Estos días andan hechos polvo en la Pérfida Albión porque les acaban de poner patas arriba todo el sistema de pesos y medidas de la Rule Britannia para sustituirlo por el métrico decimal. Los telediarios de allí van trufados de miss Marples que acuden a la charcutería a comprar riñones para el pastel de riñones del desayuno de su Harry, y se quejan de que eso de los kilos y los gramos es un lío espantoso. Su Harry también sale en las gasolineras, lamentando que entre los galones y los litros se monta un cirio importante a la hora de llenarle el depósito al Rover. No es para eso para lo que derrotamos a Hitler, proclaman. Y unos y otros echan de menos sus libras, pies, onzas y cosas así, y dicen que esto de cambiar las costumbres de toda la vida no puede ser bueno, y que esa murga extranjera de Europa no la ven muy clara. Que el precio es demasiado alto.

La verdad es que no sé de qué se quejan, porque si alguien va a salir beneficiado de la homologación métrico decimal van a ser los súbditos de Su Graciosa. El arriba firmante está de acuerdo en que las tradiciones, el cumpleaños de la Reina, los soldados gurjas y demás, son cosas muy bonitas y muy emotivas, y que no hay nada más conmovedor que Lady Di dándole la sopa a un abuelito jubilado que lleva la gorra de los Fusileros Reales del Lago Ness, con su Cruz Victoria ganada liquidando argentinos de dieciocho años en las Malvinas. Pero el abandono de ciertas tradiciones también trae ventajas. A partir de ahora, sin ir más lejos, el joven Tom, hijo de miss Marple y de su esposo Harry, podrá saber exactamente cuántos litros de cerveza se bebe con sus amigos hooligans mientras destroza la plaza mayor de Bruselas en vísperas de que juegue el Manchester, o en cada noche de esas vacaciones Sun and Sex que pasa rompiendo bares y apaleando guardias municipales en Benidorm, en vez de hacer el arduo esfuerzo mental que hasta ahora le suponía transformar los hectolitros a pintas y galones.

Tampoco a los jubilados les irá mal, pues a los ingleses que compran casas y terrenos en la Costa del Sol a través de sociedades de Gibraltar para no pagar impuestos al fisco español, les resultará más fácil redactar los contratos en metros cuadrados que en acres o en yardas; que luego se lía uno y tiene que andar gastándose el dinero en traductores jurados, en vez de utilizarlo para pagar la cuota mensual del campo de golf o el club náutico de Sotogrande para coincidir con Andrés y Fergie. Sobre este particular pueden preguntarle a los llanitos del Peñón, que llevan tiempo sacándole viruta al asunto, y la cuestión no es ya que se nieguen a ser españoles, sino que los españoles de la zona y aledaños empiezan a exigir ser gibraltareños. Y yo también, si me dejan.

Se me ocurre un mazo más de ventajas homologatorias. Ahora, por ejemplo, cada vez que Harry y miss Marple viajen en automóvil al continente, cuando vayan por la carretera con él al volante por el lado de la cuneta, con menos visibilidad que un topo con orejeras, y ella sacando el cuello por la ventanilla de la izquierda para ver si pueden adelantar al camión sin romperse los cuernos, la legítima podrá decir: «Oh, querido, hay una gasolinera a un kilómetro», que es más conciso, en lugar de decir: «Oh, querido, hay una gasolinera a media milla, doscientas trece yardas, dos pies y cero coma cero seis pulgadas, o inches». Que me parece una gilipollez, y además cuando haya terminado de decirlo seguro que se han pasado la gasolinera y varios pueblos.

No es grave que durante una temporada los súbditos de la Invicta se espabilen un poco y anden por ahí contando con los dedos o recurriendo a la calculadora de bolsillo. A fin de cuentas, no se puede ser europeo cuando conviene, e insular numantino cuando a uno le sale del morro. Y quienes estos días se andan quejando del duro precio que supone estar en la comunidad europea, y cómo eso erosiona las rancias tradiciones británicas, pueden consolarse echándole un vistazo a España. No te fastidia. Allí se quejan de que la mermelada tienen que comprarla ahora por gramos y no por onzas, y aquí llevamos una década matando vacas, cerrando altos hornos y astilleros, arrancando vides, quemando trigales, pudriendo pesqueros, importando el aceite de oliva, con el país viviendo de los fondos de caridad -o como se llamen- de la UE. Esos que cada vez que nos los conceden, los sacan en los telediarios a bombo y platillo, que parece que el ministro Solana y sus tigres negociadores los consigan cada vez tras dura pugna. Que encima, igual sí.

De modo que, por mí, le pueden ir dando morcilla a miss Marple. Y que se la den en kilos y gramos, para que se joda.

22 de octubre de 1995

domingo, 15 de octubre de 1995

Campos de batalla


Cada vez que el trabajo o lo que sea me llevan a Bruselas, el arriba firmante aprovecha para darse una vuelta por el cercano campo de batalla de Waterloo, donde los días 16, 17 y 18 de junio de 1815 un soldado de diecisiete años llamado Jean Gall, que luego sería abuelo de mi bisabuela, combatió contra ingleses y prusianos. Los belgas han tenido el buen gusto de conservar intacto el campo de batalla donde él y 300.000 hombres más se acuchillaron concienzudamente, de modo que hoy es posible visitarlo con un libro de Historia en la mano, paso a paso. Así, cada vez, puedo acompañar al fantasma del abuelo desde Hougoumont al asalto de las alturas de la Haie Sainte, y seguirlo después en su terrible retirada por la misma carretera de Quatre Bras y Charlcroi, perseguido por la caballería inglesa y los húsares prusianos que, exasperados por la carnicería, negaban cuartel y no hacían prisioneros. A veces llueve, y camino con el abuelo bajo la lluvia, empapado como él, pasando junto al monumento del águila herida donde, ya al anochecer, la Vieja Guardia formó el último cuadro.

Con frecuencia, visitando el museo y las placas conmemorativas repartidas por el campo de batalla, encuentro grupos de colegiales franceses, belgas, alemanes e ingleses, a quienes sus profesores explican, sobre el terreno, las circunstancias de la última batalla del Emperador. Y no es el único lugar. En Normandía, Poitiers, Solferino, Crecy, Verdun, las Termopilas y muchos otros sitios marcados en los atlas históricos, he visto grupos de estudiantes cuya formación y planes de estudio incluyen, también, este tipo de visitas.

En todos los países, salvo en España. Resulta curioso que un lugar cuya geografía cuenta con nombres como Calatañazor, Sagrajas, las Navas de Tolosa, Belchite, El Jarama, los Arapites o el cabo Trafalgar, apenas conserve referencias locales de esos acontecimientos. Uno pasa por los desfiladeros a cuyos pies se abre Bailen, por ejemplo, y no encuentra constancia de que, en ese mismo lugar, veinte mil soldados imperiales muertos de sed y acosados por partidas de guerrilleros se rindieran a las tropas españolas cuando Napoleón era amo de Europa, Quizá se deba al pseudopatriótico uso que de tales asuntos se ha hecho siempre aquí para tapar los agujeros de la alfombra; pero lo cierto es que España parece avergonzarse de sus campos de batalla. Como si nos dieran mala conciencia, o nos importase un bledo que miles de seres humanos mataran o se hicieran matar sobre ese suelo.

Y creo que es un error, porque un campo de batalla no resulta malo ni bueno. Sólo es el lugar donde rodaron los dados que utiliza la Historia. Un campo de batalla es la barbarie y la sangre y la locura; pero también la abnegación, el coraje y todo aquello de que es capaz el contradictorio corazón humano. Si olvidamos la demagogia patriotera y ultranacionalista que manipula hasta la sangre honrada de los muertos, y también la otra demagogia estúpida que se niega a aceptar los ángulos de sombra que existen en la Historia y en la condición del hombre, un campo de batalla puede convertirse en una extraordinaria escuela de lucidez, de solidaridad, y de tolerancia.

Que me perdonen los que tanto se la cogen con papel de fumar; pero al arriba firmante le parece de perlas que jóvenes en edad de formarse revivan lo que otros jóvenes tuvieron que afrontar, juguetes de los poderosos, de las banderas y de las fanfarrias, o peleando honrosamente -una cosa no excluye la otra- por una fe o una idea. Que aprendan lo que otros dejaron de bueno y de malo, y a menudo de ambas cosas a la vez. Que pisen los inmensos cementerios que hay al final de caminos alegremente abiertos por bocazas y miserables, dispuestos a abrir la caja de Pandora en su propio beneficio mientras se llenan el morro con palabras como patria, nación, idea, lengua, raza, dios o rey. Pero también que aprendan que los estados, y las naciones, y el ser humano, se han hecho con lucha y con sangre. Que el acontecer de los siglos y sus sobresaltos desataron unos lazos y anudaron otros. Que no somos islas ni pueblos extraños, sino gentes cuyos abuelos, y bisabuelos, y architatarabuelos, compartieron sueños, miedos, lluvias y sequías, amores y batallas; acuchillándose unas veces sin piedad, y enamorándose otras de lado a lado del río que algunos pretendían consagrar frontera. Y que de toda esa terrible y maravillosa saga de semen y sangre nacimos siendo lo que somos, fruto de una Historia de la que a veces debemos horrorizarnos y otras sentirnos orgullosos. Pero que es la nuestra.

La visita a un campo de batalla puede ser mala, o puede ser buena. Depende de quién te guíe por él.

15 de octubre de 1995

domingo, 8 de octubre de 1995

A bofetada limpia


Últimamente tenemos la mano muy larga. Con el menor pretexto nos liamos a guantazos en un semáforo, en las fiestas del pueblo, en los directos de la tele. No hay acto público o privado que no termine a hostias. Un encierro, un trasvase, la procesión de la Patrona: todo vale para repartir estiba. El paisaje se nos está llenando de fulanos que se zarandean unos a otros mentándose a los muertos más frescos, de gente desencajada procediendo a linchamientos sumarios. Lo mismo le abren la cabeza con un botijo a un concejal ante el trono de la Virgen, que un encierro de la sierra madrileña se convierte en motín callejero y, de paso, inflan a las abuelitas y a los periodistas que pasaban por allí.

Lo malo de esa violencia desmedida es que no resulta difícil de comprender. Amén de las crispaciones sociales modernas, la influencia de la televisión y la pérdida constante de referencias culturales, en España disfrutamos de doce años de gobierno basado en la estafa sistemática de las esperanzas de los ciudadanos. Con una oposición que sólo es capaz de repetir «Vayasesonizala» mientras espera a que el aludido se muera de viejo, y un país lleno de paro y desesperación, donde en vez de con nuestros recursos vivimos de los fondos de ayudas de la Comunidad Europea, donde se mantiene el IPC porque suben los precios de la comida pero bajan los televisores y los automóviles, donde ahora resulta que tenemos que importar los cereales y las patatas, y donde el aceite de oliva -vendido a los italianos- se trae de fuera a casi mil pesetas el litro, no es extraño que den ganas de pegarle fuego al sursum corda y que el personal ande por ahi caliente, pidiendo sangre. La de quien sea.

El resultado es que aquí no se respeta a nadie, y sales a la calle listo para arder como la pólvora. Y cuando no son los regantes murcianos, son los cretinos de las esvásticas, los mohicanos de las botas, los jarrais de los cojones o los hueveros cátala únicos, que se autoerigen en chulos de la vía pública azuzados por sus mayores, como aquellos prendas de Munich a sus nazis o las señoras de Serrano a sus fachas jovencitos de los 70. Todo eso gracias a la irresponsabilidad de tenderos sin escrúpulos, nacionalistas analfabetos y curas trabucaires, y a la ambigua pasividad de las variopintas policías y autoridades locales. Y como aquí cuando éramos pocos siempre pare la abuela, España se ha convertido en poco tiempo en una algarada de retrasados mentales, de gañanes y de gentuza.

No sé a qué cantamañanas oí el otro día en la radio -me parece que era directora general o delegada de algo- anunciando una campaña audiovisual con anuncios y videoclips y musiquitas para frenar a los violentos y convertirlos en JASP. Algo del tipo: nene, pupita, malo. O sea, ya se pueden imaginar. Y claro, apenas pasen el anuncio entre lo de Isabel Gemio y Chuck Norris, los rapadines y los etarrillas y los pujolectes junior y toda la basca, van a ver la luz y a abrazar entre sollozos a sus semejantes con mecheritos encendidos y cantando eso de wiardechildren wiardepipol, o como se diga. Venga ya. Ignoro lo que entenderán algunos por violencia, pero el arriba firmante pasó la mitad exacta de su vida viendo violencia de la de verdad, de pata negra, y tiene la certeza histórica de que a los violentos sólo se les frena impidiendo que lo sean al hacerles justicia oportunamente; y cuando carecen de razón, metiéndoles el miedo de Dios en el cuerpo con un riguroso, puntual y oportuno ejercicio de la Ley. El único problema es que para eso hay que tener el coraje de hacer respetar la ley, en lugar de usarla como bidé para el chichi de la Bernarda.

Quiero decir con eso que el presidente Clinton, verbigracia, puede bombardear a los serbios de Bosnia sin complejos, ni miedo a que nadie lo tache de totalitario; porque hay leyes internacionales que respaldan su actuación, y además fue elegido democráticamente para cosas así, entre otras. El problema surge cuando los caciques y aprendices de brujo locales juegan con la demagogia más reaccionaria y más canalla, o carecen, por su propia condición miserable, su inseguridad democrática y su escasa talla política, de la conciencia tranquila y la confianza suficiente en sí mismos y en su razón para defender a los ciudadanos a quienes pretenden tutelar, ejerciendo la autoridad que es su obligación, y es su derecho.

En España estamos empezando a admitir la pajarraca callejera, y el pasteleo de quienes la rentabilizan, como algo normal. Se trata de algo triste y peligroso, porque, ¿recuerdan?, habíamos pagado un precio muy alto -más cuarenta años de IVA- para salir de todo eso.

8 de octubre de 1995

domingo, 1 de octubre de 1995

Voces electrónicas


La autovía es más aburrida que la doctora Quinn, de esas en las que no hay ni un maldito bar donde uno pueda pararse a beber café. Y la gasolinera parece la Estación Espacial Zetna o algo así, muy ultramoderna, con luces verdes y toda la parafernalia. Por supuesto, no hay gasolinero de turno, sino un fulano a lo lejos, tras una mampara de cristal blindado, y tú descuelgas la manguera y pegas un salto porque del techo ha salido una voz que te dice: «Ha elegido usted gasolina sin plomo». Miras a un lado, miras a otro, no ves a nadie, murmuras «me alegro» por si acaso, y llenas el depósito. Al terminar, la misma voz dice «Gracias por elegir gasolina sin plomo» y tú, un poco mosqueado, murmuras «de nada» mientras vas a pagar. De camino a la caja, pasas junto a un lorito metido en un artilugio expendedor de bolas de plástico para estafar a críos y papas incautos, a veinte duros la bola con chucherías dentro, y el loro te dice «Hola, soy Paco. ¿Quieres jugar conmigo?», con voz del Coche Fantástico. Respondes que no, gracias, y entregas tu tarjeta de crédito al fulano que lee el Penthouse al otro lado de la mampara.

A través del intercomunicador, la voz metálica del empleado te dice que no aceptan esa tarjeta y que si tienes otra u otras. Tú dices que sí, vuelves al coche, el loro -que parece un chapero en su esquina- vuelve a hacerte proposiciones indecentes tanto a la ida como a la vuelta, tú le das la tarjeta al del Penthouse, la pasa por la máquina, y de la máquina sale otra voz electrónica masculina que dice: «Tarjeta denegada» en tono conminatorio, de te vas a enterar cuánto vale un peine, como si tuviera un guardia civil enano escondido dentro igual que los aparatos esos de los Picapiedra. ¿Cómo que denegada, te preguntas, si El Semanal acaba de pagarte los cuatro Sangrefrías del mes? Ya que el asunto se debate entre la máquina y tú, el empleado se encoge de hombros, a lo suyo, atento a las tetas de Miss América 95. Lo convences de que se frote la banda magnética en la manga y lo intente de nuevo, y la voz del picolete electrónico dice ahora: «Tarjeta aceptada» como si en el fondo le fastidiara admitirlo. Suspiras aliviado, firmas el recibo ante la indiferencia del gasolinero, y como necesitas cambio para unas llamadas telefónicas vas a la máquina de chocolatinas y metes una moneda de quinientas.

Ahora es una voz femenina, seca y desabrida como la de un robot, la que te dice: «En este momento no disponemos de cambio».

Vuelves con el gasolinero. Le juras que tu madre agoniza en la UCI. Consigues cambio, vas al teléfono, y te ha descompuesto todo tanto que debes de haber marcado mal, porque otra voz de mujer, con muy mala leche enlatada, te dice: «El número marcado no existe», y no añade «imbécil» por un pelo, Tú cuelgas, respiras hondo y marcas de nuevo con mucho cuidado. Ahora es la V02 de una nueva señorita Rottenmeyer la que te dice: «Por sobrecarga, llame pasados unos minutos». Los minutos los empleas en darte una carrera hacia el centro de la explanada y maldecir en arameo de las gasolineras, la Telefónica y ¡a madre que las parió. Después, más desahogado, vuelves al teléfono y, bajo la atenta mirada del loro, que está esperando a que te descuides para insinuarse de nuevo, marcas otra vez el número.

La primera respuesta es: «Hola, no estoy. Deja tu mensaje al oír la señal». Contrariado, marcas el segundo número de tu lista, y ahora es una voz infantil la que te dice: «Mizpapaitoz no eztán en cazita... Deja tu nombre y tu menzajito cuando oigaz la zeñalita». Cuelgas el auricular, das un par de vueltas alrededor del poste de gasolina más cercano, golpeas once veces la frente contra el canto de la puerta -«Soy Paco», insiste el loro mientras tanto- y apelando a toda tu sangre fría marcas otro teléfono. «El número marcado no existe», te informa la misma tipa de antes, pero esta vez andas bien de reflejos y te da tiempo a decirle: «Tú eres la que no existe, cacho zorra», antes de que la voz electrónica se despida con un chasquido. Como sólo te queda para una última llamada, marcas el número de Javier Marías para preguntarle si esta semana piensa escribir algo al respecto, para no coincidir, y la voz enlatada de tu vecino de página informa: "Éste es un mensaje que responde inicialmente a su demanda. Deje el suyo al oír la señal o calle para siempre».

Llevas media hora discutiendo con todo cristo, y aún no has conseguido hablar con nadie. Así que te vas camino del coche, dispuesto a suicidarte poniendo la cinta de El vals de los locos de Nacho Cano -es mano de santo- hasta que la muerte se apiade de ti. Al pasarle por delante, el loro vuelve a poner en tu conocimiento que se llama Paco.

1 de octubre de 1995