lunes, 5 de julio de 2004

El pobre chivato Mustafá

Han hecho de mí un experto, los muy gilipollas. Después de varios meses siguiendo en la prensa la investigación sobre los atentados de marzo, sé –como toda España y parte del extranjero– cuanto hay que saber sobre confidentes, pinchazos telefónicos, trucos para seguir a presuntos terroristas, técnicas electrónicas, horarios en los que es mejor llamar a tu contacto en la madera o en Picolandia para delatar a los amigos, tácticas de seguimiento y vigilancia, casas seguras y no seguras, cabinas y locutorios telefónicos, control de inmigrantes sospechosos, nombres, apellidos, direcciones, números de teléfono de agentes de la ley y de sus correspondientes soplones en el mundo del hampa, el narcotráfico y el terrorismo islámico, algunos con datos familiares incluidos. Hasta las fotografías salen. Ahora me planto en la puerta de cualquier mezquita, y gracias a las fotos, pelos y señales publicados en los periódicos, soy capaz de identificar el careto de cuantos chivatos tiene la policía infiltrados en ambientes extremistas. Ventajas de la transparencia informativa, oigan. Así todos estamos al corriente de todo, para demostrar que somos más demócratas que la leche y que nadie oculta nada. No vaya a tener dudas alguien, o nos interpelen en el Parlamento. A transparentes no nos gana ni la torda que nos parió. 

Comprendo, eso sí, que los interesados, o sea, los Mohamés y los Mustafás a quienes maderos y picoletos dejan trapichear con algo de chocolate, u obtienen cuartelillo a cambio de berrearse puntualmente de las actividades de sus compadres –tampoco van a jugársela por la cara, y la policía no tiene un duro ni para gasolina propia–, estén un poquito acojonados. Pero oye. Cuando te lo curras de chota en una democracia plural y transparente como ésta, hay esas pegas. Si quieres opacidad y berrearte seguro de tus primos, emigra a Francia o a Alemania o a Inglaterra, colega. Aquí, en España, un chivato está sujeto a los usos y costumbres de una policía y unos servicios de inteligencia superdemocráticos, topemodernos y megacristalinos. Leído en subtítulos, eso significa que, periódicamente, cuando sale un gorrino mal capado y la prensa y la oposición piden responsabilidades, todo cristo se pone a vender a quien tiene a mano: los picos a la madera, la madera a los picos, ambos al Ceneí y éste viceversa, y los políticos a todo cristo. 

Da igual lo que se vaya al carajo: operaciones o personas. Hasta lo más rigurosamente legal se airea, por si las moscas. Supervivencia o ajuste de cuentas, da lo mismo. Le pinchamos a ése, vigilamos a aquél, nos lo soplaron éste y ésta. Primero es un ministro el que se quita el consumado de encima contándolo con detalle –siempre y cuando no sea un marrón propio– o haciendo que otros lo cuenten por él. Luego largan los secretarios y subsecretarios, y así va corriendo la cosa. Sin olvidar a ciertos jueces, cuando les conviene. Todo el mundo se lava las manos y señala con el dátil hacia el despacho de al lado o, lo más común, hacia abajo. Aunque, la verdad, en los escalones inferiores se filtra poco. Pocas veces un confite es delatado por su secante. A esos niveles la peña suele ser leal, aparte de que nadie de infantería se atreve a filtrar algo por su cuenta, porque se juega el pan. Quienes largan son los de arriba, los barandas de coche oficial y carrera política. En el escalón intermedio, los comisarios y los coroneles se limitan a encogerse de hombros y a avisar, los más decentes: oye, agente Fulano, o guardia Mengano, o como te llames. Dile a tu confite que haga la maleta y se largue cagando leches, porque el ministro acaba de pedir el informe de la operación Emilio el Moro. Así que puede darse por jodido. Mañana salís todos en los periódicos. No, no he dicho salimos. Salís, he dicho. 

Y claro. Al día siguiente, el chivato Mustafá, contacto personal del agente Mengano –que hasta le paga las cañas de su bolsillo–, sale de casa como cada día, y antes de ir a ver si están los papeles de residencia que le prometieron si colaboraba, decide darse una vuelta por el piso franco del comando islámico en el que está infiltrado. Y nada más llegar y decir salam aleikum, troncos, nota que lo miran raro. Entonces ve un periódico con su foto sobre la mesa, y entrecomillado en titulares, a toda plana, lo que le dijo por teléfono a la policía el mes pasado: «Bin Laden y estos majaras me la refanfinflan». Entonces traga saliva, glups, y piensa: si salgo de ésta, la próxima vez se va a infiltrar su puta madre. 

5 de julio de 2004 

lunes, 28 de junio de 2004

Manguras tiene nombre de tango

Hay algo que no comprendo bien, pero tal vez me falta información. En lo que va de año, nuestros vecinos franceses le han metido mano a un montón de barcos que pasaban frente a sus costas soltando mierda. No hablo de vertidos en puertos ni derrames a lo bestia, sino de esos barcos que limpian tanques, sentinas y cosas así mientras navegan. Según las estadísticas, la suma anual de esos vertidos en alta mar equivale, a veces, a una marea negra. Con ese motivo los gabachos llevan empapelada una docena larga de barcos, tras sorprenderlos con reconocimientos aéreos o satélites, contaminando mar adentro. Y no sólo los que ensucian a veinte o treinta millas de la costa. Al mercante maltés Nova Hollandia lo trincaron de marrón setenta millas al oeste de la punta de Raz; y al chipriota Pantokratoras, cuando pasaba frente al Finisterre bretón, dos meses después de que lo pillaran vaciando algo ciento veinticinco millas al sudoeste de Penmarch. Quiero decir con esto que, aunque un pelín fantasmas, ya saben, la Frans y todo eso, nuestros vecinos de arriba se toman las cosas marinas en serio. Allí, quien la hace, la paga. 

En España, una de dos: o el único barco que contaminó fue el Prestige, o a esa cuenta le están cargando, por comodidad y para no complicarse la vida, cuanto desaguisado marítimo vino después. Porque ya me contarán. Desde entonces no hay apenas nombres, ni responsables. Alguna cosilla suelta, un vertido por aquí, un chorrito por allá. Poca cosa. Como ese infeliz barco cargado de borregos que lleva un año pudriéndose en un puerto gallego. Porque eso sí: aquí sobre el papel todo es rigurosísimo, claro, y cuando al fin cae alguien, para que no se diga, se la endiñan hasta las amígdalas. Pregúntenselo al capitán Apóstolos Manguras, que se ha comido las suyas y las del ministro, el desgraciado, y ya sólo les falta fusilarlo. O tal vez lo que ocurre es que trincan muchos barcos delincuentes, pero en secreto. Puede ser, aunque me temo lo más probable: que aquí no se detecte, ni se sancione, ni se trinque a casi nadie. Misterios de la alta mar española y salada. Sobre todo teniendo en cuenta que, lo mismo que los franchutes, España tiene información por satélite, supongo, aviones de vigilancia marítima y una Armada, o sea, una Marina de guerra entre cuyas competencias deberían contarse tales cosas. Y disculpen si uso la palabra guerra, socialmente incorrecta; pero no se me ocurre otra, la verdad, para una Marina que lleva cañones, por muy humanitarias y oenegés que se hayan vuelto nuestras fuerzas de tierra, mar y aire. Tengo entendido que el ministro Bono estudia seriamente la posibilidad de llamarla Marinos sin Fronteras. 

Pero les hablaba de contaminación y de que, periódicamente, a las costas españolas llegan nuevos vertidos. Hace sólo un mes, por ejemplo, medio millar de aves alquitranadas desbordó los centros de salvamento de fauna en Galicia. ¿Los culpables? Misteriño. Hasta hubo quien recurrió de nuevo a las anchas espaldas del Prestige. Resumiendo: siguen los vertidos ilegales, pero nadie se mata por identificar al culpable. Yo mismo, hace poco, un amanecer y navegando a treinta millas de la costa, avisé por radio, canal 16, de que cruzaba la estela de petróleo, larga de una milla, que dejaba un mercante al que identifiqué con su nombre, puerto y bandera. Ni puto caso. No hubo costera, institución u organismo que dijera esta boca es mía. Silencio radio administrativo. Nadie se dio por enterado. Y no se trata sólo de falta de medios, que también. En ningún país de Europa se da, como en éste, tanta multiplicación y fragmentación de organismos, responsabilidades, intereses y competencias autonómicas y de las otras: aquí cada perro se lame su cipote, y nadie coordina nada. Ni para pagar la gasolina de un avión de vigilancia se ponen de acuerdo. No aprendemos nada de los desastres: legislación y papeleo aparte, quinientos y pico días después del Prestige todo sigue igual. O casi. Que recen los gallegos para que no amanezca allí otro petrolero en apuros, pidiendo un puerto de refugio. Cuando algo se descuajeringa, nunca hay un responsable. Todo cristo se pone a silbar y a mirar hacia otro lado jurando que él no ha sido, que no lo dejan hacer las cosas, que sólo pasaba por allí, que lo obligaron. Y así, ministros de Fomento como Álvarez Chapapote Cascos pueden jubilarse limpios de polvo y paja, sin que nadie les parta la cara. Quiero decir políticamente, por supuesto. La cara. 

28 de junio de 2004 

lunes, 21 de junio de 2004

En Londres están temblando

Huy, qué miedo. Una enérgica protesta, nada menos. Temblando tienen que estar en Londres. Resulta que el Gobierno español ha protestado con extrema energía ante el británico, después de que dos militronchos de la Royal Navy, adscritos a los servicios secretos de Su Graciosa Majestad, fueran descubiertos en la Costa del Sol al volante de una furgoneta con matrícula de Gibraltar cargada con material militar. Sin pedirle permiso a nadie, claro. Por la cara, como suelen. Por lo visto, lo que mosqueó a los picoletos, o a los maderos, o a quienes los trincaron, fue que conducían sobrios. Y ya se sabe: dos ingleses sobrios en Málaga llaman mucho la atención. El caso es que a los guiris los colocaron creyendo que se trataba de narcotraficantes; pero al darles el estáis servidos dijeron: no, oiga, somos agentes de la Queen y de su vástago el Orejas, ya saben, Cero Cero Siete al aparato. Esto es material secreto y lo llevamos a nuestra colonia colonial. Somos unos mandados, y las explicaciones las da el maestro armero. Así que las autoridades españolas se pusieron en contacto con el maestro armero, y éste dijo lo de siempre: sorry my friend, very lamentable mistake, error, malentendido, cosas de la vida y del tráfico por carretera, etcétera. No ocurrirá never more, santo Tomás Moore. 

Pero no vayan a creer que las autoridades españolas, que en asuntos de soberanía nacional son siempre enérgicas y tenaces cual perros doberman, se dieron por satisfechas. No. Vía Ministerio de Exteriores, el Gobierno exigió a las autoridades británicas una explicación exhaustiva de lo ocurrido. Lo hizo, insisto, con tanta energía y firmeza, que estoy seguro de que a la hora de publicarse esta página –la tecleo con tres semanas de antelación– el Gobierno británico, acojonado, habrá aclarado el asunto con luz y taquígrafos. Faltaría más. Ni Blair –el amigo íntimo de Bush y del extinto José María Aznar, el Eje del Bien– ni sus ministros de la Pérfida Albión desean verse expuestos a las espantosas represalias que la audaz diplomacia española puede poner en marcha si no media satisfacción conveniente. Tiemble después de haber reído, míster. A ver si se creen esos fanfarrones arrogantes que porque, hace dos años y mandando el Pepé, el desembarco en pleno día de treinta comandos de marina británicos en una playa de La Línea no tuviera consecuencia ninguna –fue un error, dijeron también entonces, imperturbables–, nuestra Costa del Sol va a convertirse en el chichi de la Bernarda. 

Uno, que tiene sus fuentes, ya ha recibido el soplo sobre la panoplia de represalias que el Gobierno español se dispone a aplicar si no se aclaran las cosas. Tampoco se trata, ojo, de que la sangre llegue al Estrecho. La chulería y el desprecio continuos de Londres, los barcos de la OTAN escoltados por naves británicas bandera al viento cuando cruzan la bahía de Algeciras, el contubernio portuario, el pasarse por el forro de los huevos las aguas territoriales españolas, el blanqueo de dinero, los treinta mil gibraltareños y su chollo vitalicio, beneficiándose al mismo tiempo de España, Gran Bretaña, la Unión Europea y el campo de Gibraltar, no van a secuestrar las grandes líneas de nuestra serena política exterior. Y menos ahora, cuando al fin volvemos a Europa, dicen, y tenemos a ésta –nada más hay que verla– comiéndonos alpiste en la mano. O sea, que no hay que esperar gestos espectaculares, sino talante adobado de firmeza: mano de hierro en guante de terciopelo. Por eso las represalias que prepara el Gobierno español serán sutiles de forma, pero contundentes en cuanto al fondo. No les quepa duda. A mí, por lo menos, no me cabe. Entre ellas se contempla subir el precio de la litrona de cerveza, prohibir a los turistas ingleses rapados, tatuados y sin camiseta vomitar más de ocho veces seguidas en la vía pública, y hacer que al fin, con todo el peso de su autoridad, la Guardia Civil empiece a amonestar severamente con el dedo, o a mover la cabeza con aire reprobador, cada vez que vea pasar a esos hijoputas que viajan por España con el volante al otro lado y menos papeles que Farruquito, y que cuando se toman la decimosexta sangría ya no se acuerdan de circular por la derecha. Se van a enterar. No saben los ingleses con quién se juegan los cuartos. Hay Bambis que se revuelven en un palmo de terreno, oigan. Y se vuelven tigres. 

21 de junio de 2004 

martes, 15 de junio de 2004

Jóvenes lobos negros

Detengo el coche en un semáforo de la Castellana de Madrid, y miro a uno y otro lado los enormes bloques de cemento, acero y cristal con rótulos de bancos, financieras y cosas así, sintiéndome como el conductor del carromato de las películas de John Ford, ya saben, cuando la caravana cruza el desfiladero mientras suenan tambores comanches y los pioneros se tocan con aprensión la cabellera. Estoy parado en el semáforo, como les cuento, pero hay un buen pedazo de sol que se mete entre las torres altísimas e ilumina la calle, enmarcando en un rectángulo de luz a dos niños que caminan con sus mochilas a la espalda camino del cole, a una viejecita que cruza despacio, a un señor de pelo gris que lee el Marca y a una señora madura, guapa, que cruza con el paso firme y el poderío de quien tuvo, y retuvo. 

Mientras espero con las manos en el volante, pienso que no está mal del todo. Me refiero a esto. Siguen mandando los de siempre, claro. Los que no dejaron de hacerlo nunca. Pero la vida continúa, los chicos se besan en los parques, a los obispos nadie les hace ni puto caso, gracias a Dios, y a lo mejor ese mensaka con cara de peruano que se para al lado con la moto, o la mujer de aire eslavo y ojos claros que espera el autobús, traen en su sangre y en su ambición y en su voluntad la solución biológica que cambiará al fin esta España vieja, egoísta, insolidaria, enferma, cantamañanas e ignorante. A ver si hay suerte, me digo, y el indio y la ucraniana y el moro y el negro de color preñan a nuestras hijas y son preñados por nuestros hijos, rediós, y mandan a tomar por saco todo el tinglado de la antigua farsa y a los innumerables mangantes, demagogos y sinvergüenzas que viven de él, de trapichear con nuestra estupidez y nuestra vileza de casposo campanario de pueblo. A ver si los bárbaros cruzan en masa el Danubio otra vez y nos dan candela. La Historia demuestra que, a veces, de los incendios y el degüello nacen Venecias. 

Estoy pensando en eso, más o menos, y hasta se me pone en la cara una sonrisilla, supongo. Como si el rectángulo de sol se hiciera más amplio y me iluminara también a mí. Entonces miro a la derecha y los veo salir del edificio de oficinas financieras. Son cinco hombres jóvenes que parecen troquelados en una máquina de fabricar ejecutivos: los mismos trajes oscuros, la misma clase de corbatas, la misma forma de peinarse, de caminar, de mirar, de imitarse unos a otros. Cantan de lejos, al primer vistazo. Teléfono móvil, ordenador portátil, inglés fluido, master aquí y allá, dinero en cualquiera de sus infinitas manifestaciones virtuales de ahora: plástico, impulsos electrónicos, fibra óptica. Son killers en versión postmoderna, asesinos cualificados desprovistos de piedad y de sentimientos. Fríos como peces, tiburones de moqueta dispuestos a vender su alma por ser durante cinco minutos Michael Douglas en Wall Street. Parecen, me digo al verlos pasar, una manada de lobos jóvenes y crueles: asépticos, seguros, guapos o intentando serlo, dispuestos a devorarse entre ellos sin remordimiento, miembros de una religión implacable cuyo cielo es medio punto más en la bolsa, cuyo purgatorio es el índice de cada día, cuyo único infierno es el fracaso. Se creen una casta privilegiada. Una élite. Pero en realidad, contemplados uno a uno, no son nada: sólo la prescindible infantería de un ejército siniestro. Basta fijarse en sus zapatos. Tarde o temprano la mayor parte de ellos caerá, será devorada por su propio Saturno ajeno a la compasión, y al minuto siguiente estarán otra vez ahí, idénticos a sí mismos, goteándoles el colmillo, dispuestos a ejercer la depredación para la que son entrenados. Por eso, al verlos cruzar ante mi coche ajenos a todo lo que no sea el próximo zumbido del teléfono móvil o la próxima cotización, mirando el mundo con el desprecio y la avidez de su ambición –el bono de rendimiento, el sueldazo, el coche de quince kilos, el chalet maravilloso, la mujer despampanante, las vacaciones caribeñas de cinco estrellas– siento que una nube oscura oculta el rectángulo de sol y que el día se vuelve gris. Y pienso que el mensaka peruano y la polaca de la parada del autobús y yo mismo, por mucho cóctel biológico y mucha imaginación que nosotros o nuestros nietos le echemos al asunto, nunca tendremos la menor posibilidad –nunca la tuvimos, y ahora menos que nunca– en manos de estos inmortales e implacables hijos de puta. 

14 de junio de 2004 

lunes, 7 de junio de 2004

Viento en las velas

Hace unos días palmó Alejandro Paternain. La mayor parte de ustedes no sabrá quién carajo era ese tío; pero algunos, entre los que me cuento, le deben –le debemos– maravillosas páginas con olor a mar y a pólvora, noches de guardia bajo las estrellas, rumor de velas henchidas por la brisa allí donde de verdad empieza la única libertad del hombre: a cincuenta o cien millas de la costa más cercana. Como habrán adivinado, Alejandro Paternain era escritor. Novelista, para ser exactos. Lo conocí hace años, y sé que le habría ofendido en extremo que lo confundiesen con alguno de esos soplapollas vivos o muertos –él, uruguayo, habría pronunciado soplapochas, pero no lo hacía porque era hombre correctísimo– que llenan páginas masturbándose con fascinantes reflexiones sobre su propia caspa. Alejandro Paternain no era de ésos, sino de los otros: Stevenson, Conrad, Melville, O’Brian. Ya saben. Los hermanos de la costa. Contaba historias de aventuras, casi siempre con el mar como fondo, con deliberada y sobria eficacia. Yo le llamaba respetuosamente profesor, y él sonreía al oírlo, con benevolencia cortés. Era alto, anciano, apuesto, tan elegante como su nombre y apellido. Setenta y un tacos de almanaque. Un auténtico cabachero. 

Lo conocí de forma singular. Un día entré en una librería de Montevideo –estaba siguiendo la huella de los marinos del Graf Spee– y encontré una novela llamada La cacería. Me gustó el título, me gustaron las páginas que leí por encima, me llevé el libro al hotel y me lo fumigué completo en tres horas. Entusiasmado. A la mañana siguiente cogí el teléfono, hice unas pesquisas editoriales y llamé a Alejandro Paternain a su casa. Oiga usted, dije. No tengo el gusto de conocerlo, pero olé sus huevos. Ya no se escriben novelas como ésa, y me habría encantado firmarla yo. Me dio las gracias, charlamos un rato, quedamos en vernos alguna vez. Cuando volví a Uruguay ya había leído otras dos historias suyas, y lo llamé. Me reafirmo en lo dicho, sostuve. Maestro. Nos vimos, claro. No me esperaba a ese profesor de Literatura jubilado, leidísimo, modesto, buen tipo. Hablamos mucho de barcos, de naufragios, de libros, de viajes. Nos hicimos amigos. Tiempo después, cuando La cacería se editó en España, Paternain vino a Madrid para presentar el libro, feliz por verse publicado, a sus años y sus canas, en la madre patria. Volvimos a vernos y a intercambiar nombres de libros y de barcos, vientos, latitudes y longitudes como dos chicos que cambiasen cromos. Él no era de ninguna mafia literaria, ni tenía editores de ésos que sólo publican obras maestras imprescindibles para la cultura occidental, ni escribía novelas sobre la imposibilidad de escribir una novela. Así que en la mayor parte de los suplementos literarios españoles importantes, los mismos tontosdelculo que por aquella época jaleaban con entusiasmo cualquier obviedad publicada por cagatintas indocumentados y mediocres, pasaron por completo de La cacería, ninguneando clamorosamente al libro y al autor. Ni una maldita línea. O casi nada. Aun así, circulando la consigna de lector en lector, la novela se vendió muy bien. Y lo que es más importante: se convirtió en libro cómplice para iniciados, en signo de reconocimiento de los lectores especializados en el mar y la aventura. 

Ahora Alejandro Paternain largó amarras. Desde la muerte de su esposa ya no era el mismo, cuentan. Trabajaba poco. Había perdido las ganas de casi todo. Me dieron la noticia cuando –cosas de la muerte y de la vida– yo estaba cerca de Montevideo, en la otra orilla del Río de la Plata, en Buenos Aires. Al enterarme le dediqué mentalmente un brindis: una pinta de ron. A tu salud, profesor. A tu memoria y a la de los hermosos libros que escribiste. Luego me propuse teclear estas líneas en cuanto regresara a España, donde apenas se ha publicado alguna mezquina reseña sobre su muerte. Para hacer justicia al novelista uruguayo que fue uno de los últimos clásicos vivos del mar, la historia y la aventura. Para agradecerle una vez más las páginas vividas con todo el trapo arriba, el viento silbando en la jarcia, y en la boca el sabor de la sal y el aroma del peligro. Por Alejandro Paternain dobla hoy aquí a muerto la campana de la inmortal goleta Intrépida, mientras él descansa junto a todos los corsarios y todos los piratas que surcaron los mares en busca de gloria o de fortuna. En la tumba donde yacen ellos y sus sueños. 

7 de junio de 2004 

lunes, 31 de mayo de 2004

Mis imames me miman

«El fascismo de ese club», oí comentar el otro día al entrenador de un equipo de fútbol. Satisfechísimo, imagino, de su erudita contundencia retórica. Y hay que ver, me dije, hasta qué punto esa mortal combinación tan española de estupidez, incultura y política lo contamina todo. Acababa de oír, en la tele, a una estrella mediática de audiencia marujil calificar las inmundas fotos de los interrogatorios a los prisioneros en Iraq como «salvajes torturas». Y qué quieren que les diga. Ni el entrenador de fútbol tiene pajolera idea de qué es un fascista, ni la estrella mediática de lo que significan las palabras salvaje y tortura cuando van juntas. Si esta boba, pensé, califica de salvaje lo que –al menos hasta el momento de teclear esta página– hemos visto fotografiado en la prensa, qué se reservaría para glosar, por ejemplo, lo de Lasa y Zabala, o las comisarías franquistas, o lo que en la ESMA se les hacía a los montoneros antes de tirarlos al mar drogados y desnudos desde un avión, con la absolución, eso sí, de un capellán castrense para que, al menos, salvaran sus almas. 

A los montoneros y montoneras, debería decir tal vez. Porque esa es otra: desde que los idiotas socialmente correctos se empeñaron en negar a ultranza el uso general o genérico que tiene el masculino en la lengua española, y el lendakari Ibarretxe se apuntó a la demagogia de moda con lo de «los vascos y las vascas», la cosa ha hecho triste fortuna. Hace nada pude comprobar cómo una señora que se dedica a la política, y a la que tan digna tarea deja, quizás, poco tiempo para cultivarse, hablaba del futuro de «nuestros hijos e hijas». Sin olvidar, claro, aquel «alcalde para todos y todas» que el Pesoe nos ofreció en vísperas de las últimas municipales. Aunque lo más contundente corresponde a la Junta de Andalucía, que obliga por decreto a usar conjuntamente el masculino y el femenino: alumnos y alumnas, funcionarios y funcionarias, etcétera, para que, dice el Boletín Oficial, «hombres y mujeres se encuentren reflejadas –aquí falta añadir y reflejados, ojo– sin ambigüedad». Podríamos pensar que la cosa tiene que ver con la gente de izquierda, que suele mostrarse más sensible a lo socialmente correcto. Pero no. Si alguien califica al Peneuve como de izquierdas, es que se la ha ido la olla. Lo que no tiene ideología y vale para todos es la demagogia: ahí sí coinciden izquierdas, derechas y mediopensionistas. En la incultura y en la tontería. Recordemos al último y fumigado ministro del Interior del Pepé hablando en plan listillo de terroristas «inmolados», en generosa adopción del punto de vista de esos hijos de puta, en vez de utilizar la más objetiva y adecuada palabra «suicidio». O cuando destacados políticos y periodistas analfabetos hablan de «ejecutados» por terroristas, por Israel o por quien sea, ignorando las obvias diferencias legales que se dan entre una ejecución y un asesinato. 

En otro momento, todo eso no iría más allá de la anécdota. Mira qué tío –o tía– más idiota, diríamos. Y punto. Pero en los tiempos que corren, con la tele y toda la parafernalia mediática, y con la gente dispuesta a zamparse cualquier cosa, cada nueva tontería es mortal, porque suena a cosa moderna, fashion, y se propaga con rapidez de virus. Basta, por ejemplo, que un diario de gran tirada y prestigio utilice imam tomado directamente del inglés, palabra aceptada por el diccionario pero menos correcta que nuestro imán de toda la vida, para que España entera empiece a decir mis imames me miman. Lo mismo ocurre con escenario, cada vez más usado en detrimento de situación o circunstancia. Y qué me dicen de todos los imbéciles e imbécilas a quienes les ha dado por decir «severas heridas», «severos daños», ignorando que severe no significa lo mismo en inglés que en español, y que aquí usamos desde hace más de veinte siglos la palabra grave, del latin gravis: pesado, grave. O los que, en vez de violencia doméstica o por razón de sexo, que sería lo correcto y además es lo que más o menos recomienda la RAE al interesado en averiguarlo, recurren a ese violencia de género tan caro a periodistas, feministas y políticos de todo signo, olvidando –o tal vez no lo supieron nunca– que en la lengua española el género corresponde a los conjuntos de seres, a las cosas, a las situaciones, a las palabras, pero no a las personas. Una silla, una botella, una pistola, pertenecen al género femenino. Lo que tienen un hombre o una mujer no es género, sino sexo. Afortunadamente. 

31 de mayo de 2004 

martes, 25 de mayo de 2004

Santiago Matamagrebíes

Que sí, hombre. Que sí. Me parece de perlas. A ver por qué diablos se han mosqueado algunos carcamales por el hecho de que el cabildo de la catedral de Santiago de Compostela, con buen criterio y admirable visión de la coyuntura, anuncie la retirada de la belicosa imagen del apóstol Santiago escabechando morisma: una talla de madera policromada del siglo XVIII en la que, con absoluto desprecio hacia la realidad multicultural, el respeto a la totalidad de etnias y la verdadera misión de los ejércitos españoles, que es hacer de oenegés y de Beba la Enfermera poniéndole tiritas a la gente cuando se hace pupa, representa al Hijo del Trueno en actitud neonazi, espada en mano, ejerciendo intolerable violencia racial contra el colectivo magrebí que en el siglo IX se buscaba la vida en Clavijo. Ya era hora, aplaudo, de que alguien pusiera coto a esa provocación. Gesto que estoy seguro responde a causas éticas -al fin la Iglesia Católica ha visto la luz, después de tantos siglos pidiendo leña y cajitas de fósforos- y no a la egoísta preocupación ante la posibilidad de que un peregrino chungo llamado Omar o Ali, por ejemplo, al grito de Alá Ajbar, meta una mochila bomba debajo del botafumeiro y nos fastidie el Jacobeo. Es más. Creo que, al hilo de esa admirable iniciativa, el nombre de Santiago Matamoros que figura en tantos textos seculares y en tanto monumento, debe ser reescrito de forma conveniente. Santiago Matamagrebíes suena menos ofensivo y más socialmente correcto. Porque una cosa es explotar a mis primos por cuatro duros y llamarlos moromierdas por la calle, y otra herir su sensibilidad sensible con iconografía fascista. Ojo.

Por eso, puestos a mejorar el ambiente, estoy dispuesto a ir más lejos. Para radical, yo. Así evitaré cartas como la última, en la que un lector imbécil me llama de derechas porque hace semanas critiqué la eliminación del yugo y las flechas, sin caer en la cuenta, el analfabeto, de que yo no me refería al emblema falangista, sino al Tanto monta, monta tanto de Isabel, reina de Castilla, y Fernando, rey de Catalunya, antes absurdamente llamado rey de Aragón. Pero a lo que iba. Decía que lo de quitar a esa mala bestia asesina del apóstol Santiago dando mandobles debe hacerse no sólo en Compostela, sino en todas partes: el palacio Rajoy, la ciudad, el Camino, etcétera. Y puestos a ello, a fin de mantener las sensibilidades musulmanas en estado razonable, sugiero eliminar también las cadenas que figuran en el escudo de España y en el de Navarra, pues conmemoran otras cadenas aciagas: las que rodeaban la tienda del Miramamolín -Al Nasir para los amigos- aquel año 1212 en que los almohades se llevaron las suyas y las de un bombero en las Navas de Tolosa. En la misma línea sería aconsejable, asimismo, eliminar la granada del escudo español, por razones obvias: ese Boabdil llevado llorando a la frontera entre tricornios de guardias civiles, como el Lute. Y ya puestos a meter mano al escudo, sería bueno revisar las dos siniestras columnas del Plus Ultra, con sus connotaciones de genocidio y limpieza étnica, que a cualquier mejicano o peruano deben de ofenderle un huevo y parte del otro. Sin olvidar un buen trabajo de piqueta en los escudos imperiales del siglo XVI donde campea el águila bicéfala franquista. 

La tarea es vasta, pero necesaria. Esa Rendición de Breda, por ejemplo, donde Velázquez humilló a los holandeses. Ese belicista Miguel de Cervantes, orgulloso de haberse quedado manco matando musulmanes en Lepanto. Esa provocación antisemita de la Semana Santa, donde San Pedro le trincha una oreja al judío Malco en claro antecedente del Holocausto. Y ahora que Chirac nos quiere tanto, también convendría retirar del Prado esos Goya donde salen españoles matando franceses, o los insultan mientras son fusilados. Lo chachi sería crear una comisión de parlamentarios cultos -que nos sobran-, a fin de borrar cualquier detalle de nuestra arquitectura, iconografía, literatura o memoria que pueda herir alguna sensibilidad norteafricana, francesa, británica, italiana, turca, filipina, azteca, inca, flamenca, bizantina, sueva, vándala, alana, goda, romana, cartaginesa, griega o fenicia. A fin de cuentas sólo se trata de revisar treinta siglos de historia. Todo sea por no crispar y no herir. Por Dios. Después podemos besarnos todos en la boca, encender los mecheritos e irnos, juntos y solidarios, a tomar por saco. 

24 de mayo de 2004 

lunes, 17 de mayo de 2004

Diálogos para besugos

A veces me pregunto si somos de veras conscientes de en qué manos estamos. Me refiero a la informatización y robotización de nuestra vida. De pronto se funden los plomos, o se estropea un ordenador, y todo se va a tomar por saco mientras nos quedamos con cara de idiotas, sin dinero, sin calefacción, sin aviones, sin trenes. Sin nada. Cuando en mi pueblo se desparrama la máquina electrónica de la oficina de Correos, por ejemplo, no pueden echarse las cartas porque ya no hay sellos de los de salivilla y puñetazo, y hay que ir al estanco. Así, todo. Cada vez más. Y encima, todos los nuevos sistemas terminan en surrealismo puro. Hasta subirse a un autobús. Antes llamabas a la central, te decían a qué hora salía, comprabas el billete y punto. Fácil, ¿verdad? Bueno, pues ya no es así. Si llegas a la terminal y está estropeado el ordenador –se ha caído, te dicen impasibles–, no puedes comprar billete aunque el autobús esté a punto de largarse. En cuanto a las reservas por teléfono, los diálogos para besugos que puedes mantener con voces enlatadas son antológicos.

Juzguen ustedes mismos. Ayer viví en persona humana uno de esos momentos inolvidables que nos depara la tecnología. El hombre contra la bestia. Quería informarme sobre viajes a Santiago de Compostela, así que descolgué el teléfono y marqué el número de una compañía de autobuses. Ring, ring. Voz femenina y enlatada al canto: «Este es un sistema automático con el fin de facilitar su consulta, etcétera. Espere un momento, por favor». Cielo santo, me digo. Mal empezamos. Presa de fúnebres presentimientos, espero paciente, con el auricular pegado a la oreja. «Diga de qué se trata su consulta». Viajar, apunto. En autobús. «Espere un momento, por favor». Espero como treinta segundos. Al fin suena de nuevo la voz electrónica de la torda: «¿A dónde desea viajar?». Mañana a Galicia, respondo tímido y un poquito acojonado, la verdad. «Espere un momento, por favor». Pasan diez segundos, o así. «No le hemos entendido la pregunta», dice la fulana. «¿Puede repetirla?». Santiago de Compostela, preciso. «Sí», afirma la voz. Y luego añade: «Espere un momento, por favor». Espero uno y varios momentos, con resignación jacobea. Todo sea por salvar mi alma, pienso. Compostela. El botafumeiro, la empanada de vieiras y todo eso. Galicia. Manolo Rivas. Fraga. El Prestige. Álvarez Cascos, que se ha ido de rositas. Empiezo a divagar. Llevo ya minuto y medio al teléfono. Por fin me atiende de nuevo la pava: «No le hemos entendido la pregunta. ¿Puede repetirla?». Decido cambiar de táctica. Dígame el horario de taquillas, demando. «Espere un momento, por favor». 

Al cabo de unos veinte segundos, aproximadamente, regresa Robotina: «El horario es de seis a una», dice. Me quedo pensando, desconcertado. ¿De la noche o de la mañana?, inquiero. «Espere un momento, por favor». Espero otro rato, y al poco regresa mi prima y me suelta, imperturbable: «Los horarios a Tarragona son: las ocho normal, las doce en supra, las cuatro en normal, las seis en supra». O algo por el estilo. Empiezo a mosquearme. Oiga buena mujer, digo. No perdamos la dulzura del carácter. Yo pregunto por Compostela, no por Tarragona. ¿Capisci? «Espere un momento, por favor». Y al rato: «El horario a Barcelona es a las nueve normal, a las catorce supra, etc.». Mi curiosidad se impone al cabreo. ¿Qué puñetas es supra?, pregunto. «Espere un momento, por favor». Y treinta segundos después: «No le hemos entendido la pregunta. ¿Puede repetirla?». Puedo repetir y repito, digo. Quiero saber cuál es la diferencia entre normal y supra. «Espere un momento, por favor». Espero. Al rato: «¿Tiene alguna pregunta más?». Ni harto de vino, digo. Si me contestáis ésa, que lo dudo, ya me doy con un canto en los dientes. «Espere un momento, por favor». Y al rato: «No hemos entendido la pregunta. ¿Puede repetirla?». Ahora sí que me cabreo de verdad. Ese plural. Quiénes, a ver, pregunto. Que den la cara. Quién cojones no ha entendido la pregunta. Tú y quién más, peazo perra. «Espere un momento, por favor». Quince segundos de espera. «Diga de qué trata su consulta». Decido tirar la toalla. Nada, respondo. No tiene la menor importancia mi consulta, la verdad. Era una tontería, ahora que lo pienso. Pensaba ir a Santiago de Compostela, pero se me ha quitado la ilusión. En realidad llamo para acordarme de vuestra puta madre. «Espere un momento, por favor». Pasan quince segundos. «¿En qué otra cosa podemos ayudarle?». 

17 de mayo de 2004 

lunes, 10 de mayo de 2004

Al portavoz no le gusta El Quijote

Vaya por Dios. Resulta que al portavoz del Peneuve en la farsa parlamentaria de Madrid, o sea, en el corazón del Estado centralista y opresor, no le gusta el Quijote. No. Nein. Niet. Ez. Y para que nadie se llame a engaño, procuró puntualizarlo en su primera intervención pública, víspera casi del 23 de abril, cuando la gente de habla hispana -cuatrocientos ridículos millones de fascistas repartidos por esos mundos- conmemora la muerte de Cervantes. Y no es que no le guste porque esté mal escrito, ni nada de eso. No. La razón del señor Erkoreka es que el único personaje que se enfrenta en verdadero combate con don Quijote, y sale medio muerto del lance, es el escudero vizcaíno. O sea, un vasco.

Debo confesar que me sorprendió la ausencia de comentarios o choteo fino por parte del respetable. Un representante del pueblo soberano, por ejemplo, preguntándole al portavoz del Peneuve si semejante idiotez se le había ocurrido a él solo, o en compañía de otros y otras. Pero no. Hubo silencio administrativo, incluida, salvo contadísimas excepciones y de refilón, la prensa especializada en glosa parlamentaria. A lo mejor es por no crispar, pensé. Puro tacto. Pero luego se me ocurrió una explicación más plausible: probablemente, me dije, la mayor parte de quienes ese día ocupaban el hemiciclo, ni ha leído el Quijote ni tiene ni puta idea de quién era el escudero vizcaíno. 

El señor Erkoreka sí lo ha leído, por lo visto. No sé si completo, claro; pero al menos parece haber llegado hasta los capítulos VIII y IX de la primera parte, donde el hidalgo manchego mantiene el único combate de verdad, a vida o muerte, que libra en toda la obra, y que termina con don Quijote sin media oreja y con el vizcaíno en el suelo, echando sangre por las narices, los oídos y la boca. Lo que parece claro es que, incluso aunque haya leído el libro completo, entender, lo que se dice entender lo que en él se narra, el amigo portavoz no ha entendido un carajo. A ver cómo puede, en otro caso, afirmar un vasco que no le gusta el episodio donde uno de sus paisanos, o compatriotas, o como él prefiera llamarlo, demuestra ser el más valiente, digno y gallardo personaje que aparece en toda la historia que nos cuenta Cervantes. Don Sancho de Azpeitia -así traduce su nombre del cartapacio el morisco aljamiado- es aún más valeroso que don Quijote, pues éste sólo tiene el coraje que le infunde la locura, mientras que el del vizcaíno es natural: «¿Yo no caballero? Juro a Dios tan mientes como cristiano. Si lanza arrojas y espada sacas, el agua cuan presto verás que al gato llevas. Vizcaíno por tierra, hidalgo por mar, hidalgo por el diablo, y mientes que mira si dices otra cosa». 

Ya hace tiempo, don Miguel de Unamuno -que era vasco pero no era gilipollas- comentó por escrito, con detalle y perspicacia, el lance: «¿No es nuestro héroe? ¿No lo hemos de reclamar los vascos por nuestro?». Con inteligencia y ternura, Unamuno nos recordaba que el vizcaíno, orgulloso de su tierra y de su casta, incapaz de sufrir que don Quijote le niegue la condición de caballero, mete mano a la durandaina y acuchilla sin achantarse ante nada ni ante nadie; ni ante su señora, sobre la que dice en el texto cervantino: «Si no le dejaban acabar su batalla, que él mismo había de matar a su ama y a toda la gente que le estorbase». Pero la mula que monta le falla, la almohada no basta para detener el golpe, y don Quijote le acierta de lleno al valiente vascongado en la cabeza. Y así, apunta Unamuno: «Fue vencido el vizcaíno, pero no por mayor flaqueza de su brazo ni menor coraje, sino por culpa de su mula, que no era, por cierto, vizcaína (...) Aprended, hermanos míos de sangre, a pelear apeados. Apeaos de la mula resabiosa y terca». 

En fin. Uno comprende que a Cervantes y Unamuno no los lean, ni los conozcan, esos chicos antes llamados de la gasolina y que ahora son etarras de última generación, formados intelectualmente en tres décadas de política educativa del partido que el señor Erkoreka portavocea: los que escriben cartas pidiendo el impuesto revolucionario o amenazando de muerte con tales faltas de ortografía que, a su lado, Urrusolo Sistiaga e Idoia López Riaño parecían Pérez Galdós y Emilia Pardo Bazán. Pero tales chicos, o lo que sean ahora, tienen la excusa histórica de ser analfabetos. Lo difícil es disculpar lo de don Quijote y el vizcaíno en gente que todavía lee, aunque sólo sean los periódicos del día siguiente para ver si sale su foto. 

10 de mayo de 2004 

lunes, 3 de mayo de 2004

Dos de mayo en Iraq

A ver si les suena esta bonita y edificante historia. Ocurrió hace ciento noventa y cuatro años, tal día como hoy. El Imperio de turno quería exportar democracia y, de paso, dirigir el orden mundial. Sus marines eran tropas entrenadas e invencibles. En España gobernaba un macarra que había conseguido el poder calzándose a la reina, y a lo que este individuo aspiraba era a que el Bush de entonces le diera palmaditas en la espalda, plas, plas, y dijera cuánto aprecio a mi amigo Manolo. Lo que no sabía el pringadillo era que el otro tenía intención de fumigárselo a él y a la monarquía reinante, poner en el trono a un pariente y dotar a esta caverna de analfabetos supersticiosos de una Constitución que modernizara la cosa. Entonces el Emperador, tras reunirse con sus asesores en el despacho oval correspondiente, decidió meter aquí a sus marines. A esos animales, dijo, los vamos a modernizar por cojones. Y al que no quiera ser libre, lo obligaremos a serlo. Primero lo hizo con tacto, pero al final se lió la de Dios es Cristo. Antes todo eso venía en los libros de Historia –lo llamábamos Dos de Mayo–, aunque ahora ya ni sale. Las sublevaciones patrióticas no son políticamente correctas. Además, a quién puede aprovecharle estudiar batallitas, dijeron un par de ministros llamados Maravall y Solana –el de Sarajevo, la OTAN y el dieciseisavo–. La Historia, como el resto de las Humanidades, traumatiza mucho a la juventud. Ese yugo y esas flechas fascistas. Ese Cid xenófobo y asesino de magrebíes que pasaba mucho de las oenegés. Para hablar por teléfono móvil no hace falta saber quiénes fueron los almogávares y las almogávaras. 

Volviendo a lo que les contaba y a las tropas del Emperador, el caso es que la gente de Madrid se sublevó. Como en Faluya, fíjense. Qué cosas. Los marines ocuparon España sin tener ni puta idea del avispero en el que se metían. Eso del progreso y el libre pensamiento les sentaba como un tiro a los imanes de aquí, o sea, a los curas. Se les iba el control. Así que se remangaron las sotanas y se pusieron a calentar a la gente desde las mezquitas locales, que en España –donde a Dios se le enfoca desde otro punto de vista– suelen llamarse iglesias. A eso añadamos la torpeza de los marines, su chulería, su ignorancia, su falta de respeto a las costumbres locales, su desconocimiento de la visceralidad elemental de una España variopinta que degüella o vota con los huevos antes que con la cabeza. Y claro. Primero se echaron a la calle los que nada tenían que perder: gentuza de los barrios bajos, lumis, chulos, mendigos. A degollar marines gabachos y ver de paso qué podían sacar del barullo. Los otros, por su parte, empezaron a dar cargas de caballería y a fusilar gente. Acción, reacción, ya saben. Con todo eso se hicieron después manuales de lucha revolucionaria. 

Y se lió la intifada. A los españoles liberales, llamados afrancesados, los arrastraron por las calles, ofcourse. Al final, hasta los que creían en las mismas cosas en que creían los invasores, la libertad y el progreso, se vieron obligados a elegir: estar de parte de quienes mataban a sus vecinos y amigos, o pelear. Los que tenían sangre en las venas hicieron de tripas corazón, uniéndose a partidas de guerrilleros mandadas por curas e integradas por analfabetos. Si quieren saber cómo fue, miren los cuadros de Goya o los grabados de los Desastres de la Guerra. Esos ojos enloquecidos por la desesperación y el odio, esas navajas, esos franceses despedazados colgados de los árboles. Enemigos de España, enemigos de Dios. Figúrense. Quienes se estremecen ante las fotos de americanos y extranjeros linchados en Iraq, cual si fuera originalidad inesperada –«¿Cómo puede un ser humano hacerle eso a otro?», preguntaba un bobo en la tele–, deberían echar un vistazo a esa memoria que nos escamotean los ministros imbéciles. La foto que hace un mes fue primera plana en los diarios, aquel despojo humano colgado del puente en Faluya, es idéntica a los grabados que Goya tomó aquí del natural. A los españoles que hacían eso, los marines gabachos los llamaban terroristas. Aquí los llamamos resistentes o guerrilleros. Da igual. Eran, sobre todo, fuerzas ciegas en manos de los de siempre: los que manipulan el fanatismo, la incultura, la estupidez; los emperadores arrogantes, los imanes radicales, los curas fanáticos y los tiñalpas que los secundan. Pero eso no es lo peor. Lo terrible es que desde el grabado de Goya hasta la foto del despojo colgado en Iraq no hemos aprendido nada. 

3 de mayo de 2004 

martes, 27 de abril de 2004

Vienen tiempos duros

El problema de escribir esta puñetera página es que hay que hacerlo con dos o tres semanas de antelación, y nunca sabes qué ocurrirá mientras tanto. Aun así, en España no resultan difíciles ciertas predicciones: te apuntas a lo peor y aciertas siempre. O casi. Para eso los militares tienen una fórmula: dispuestos para la hipótesis más probable pero preparados para la más peligrosa. Razonable, ¿verdad?… Pues no. Aquí nadie se prepara para nada. Nos adaptamos sobre la marcha, y que salga el sol por Antequera. Y claro. Todo nos pilla de sorpresa: la nevada, el apagón, las lluvias, la operación salida, la operación retorno, el terrorismo islámico. O sea, todo. Nadie lo ve venir. Manda huevos. 

Lo del terrorismo islámico, por ejemplo. En los últimos treinta años, desde el Pesoe al Pepé sin olvidar a la Ucedé y vuelta al Pesoe, o sea, desde que palmó Franco hasta el 11-M, el asunto musulmán se la estuvo trayendo floja a todo cristo con mando en plaza: desidia, incapacidad, falta de medios operativos, ignorancia extrema de la realidad árabe, ausencia de política magrebí, marginación de los especialistas, etcétera. Lo que, en un país con la tradición y experiencia moruna del nuestro, clama al cielo. A eso hay que añadir, como guinda, una inmigración masiva cuya regulación, asentamiento e integración se basa en la indiferencia del Estado, la codicia de los empresarios y la demagogia absoluta de tanto cantamañanas que confunde la realidad con la canción del negrito y la ucraniana de –por otra parte inmenso– Joaquín Sabina. 

Así que voy a hacer un par de predicciones. Y no digo que las voy a hacer gratis, porque este artículo lo cobro: Aramís Reverte Fuster, pero sin tetas. Previsiones, por cierto, que podría hacer cualquier idiota. El terrorismo moderno, para abreviar, sólo se combate con leña; y sus principales aliadas son las leyes mismas, unidas a la demagogia y la falta de agallas. Hoy, el arma clave del terrorismo en Europa son precisamente las garantías legales, los derechos ciudadanos adquiridos durante siglos con esfuerzo y sacrificio: el delincuente y el terrorista se protegen con ellos mientras los vulneran o destruyen. Conseguir el delicado equilibrio entre libertad y seguridad no se improvisa; hace falta decisión política, honradez e inteligencia. Controlar ciertas libertades individuales es peligroso, pero también lo es cerrar los ojos a la realidad, y que, por ejemplo, los expertos franceses y británicos alucinen preguntándonos cómo carajo queremos combatir el terrorismo con demagogia y la puntita nada más. Por cierto: seguro que a nadie se le ha ocurrido estos días darse un garbeo por los barrios de población inmigrante magrebí y ver lo preocupada que está la gente mayor y lo envalentonados que andan algunos chiquillos con tanto islam y tanta Palestina en la tele y tanto americano linchado en Iraq. Pero claro. Mirar hacia otro lado es más socialmente correcto y no le complica a uno la vida. Ni te llaman fascista. 

Por eso dudo que nuestra –con las excepciones de rigor– infame clase política, acostumbrada a abalanzarse cada mañana sobre los periódicos para ver si sale su foto, tenga la firmeza democrática, la falta de complejos y los cojones suficientes para encarar los nuevos desafíos. Y como hacer terrorismo de mochila está chupado, y los jueces, por si acaso, seguirán cogiéndosela con papel de fumar hasta para pincharle el teléfono a Bin Laden, y cada investigación policial será detallada en conferencia de prensa por el ministro del ramo, alertando a los malos sobre sus aciertos y errores a fin de demostrar que para transparencia democrática la que tenemos en este país de gilipollas, resulta, señoras y señores, que vienen tiempos muy duros. Y que aunque durante los próximos cuatro años el Gobierno no va a estar todo el día meando agua bendita, porque de momento se les acabó el chollo a los Legionarios de Cristo, a Kiko Argüello y a las Siervas de San Apapucio, me temo que los nuevos gobernantes seguirán practicando la cristiana propensión a poner la otra mejilla. Quiero decir que nos las seguirán dando ahí. A todos. Va a ser divino de la muerte, oigan: Alá ajbar por un tubo, los geos cascando por las prisas, los infelices magrebíes inocentes –hasta que los hagamos dejar de serlo– pagando el pato de la xenofobia y el cainismo hispanos, y los nacionalistas, allá en su pueblo de Astérix, cobrándoselo en carne, como siempre. 

26 de abril de 2004

lunes, 19 de abril de 2004

Omar y Willy al volante

En este país de gilipollas y gilipollos, donde confundimos realidad y demagogia, donde cualquier cantamañanas puede soltar la chorrada más inmensa y el gobernante local o general de turno responder, oiga, vale, bueno, de acuerdo, vamos a estudiarlo detenidamente, etcétera, más que nada porque no se diga que él no es más razonable y más liberal y más demócrata que el copón de Bullas, hay temas de opinión incómodos. Uno de ellos tiene que ver con la inmigración, y eso lo hace más delicado todavía, pues abordar la materia supone moverse por la cuerda floja, entre los cenutrios xenófobos que echan su estupidez y frustraciones sobre la espalda del inmigrante que viene a trabajar y ganarse honradamente la vida, y los imbéciles de buena voluntad que sostienen, impertérritos, que todos los que llegan son cachos de pan bendito. O sea: que un pedazo moro de diecisiete años con una navaja, o un hijoputa latino que clona tarjetas de crédito en el restaurante donde trabaja de camarero, son, respectivamente, un pobre menor magrebí marginado por la sociedad occidental y un entrañable indiecito guaraní como el del bolero. Y bueno. Todo esto viene a cuento por un asunto que llevo tiempo esquivando: los permisos de conducir de los emigrantes. Lo que pasa es que hoy no se me ocurre otra murga para teclear. Además hace frío, me he tomado dos orujos, y lo socialmente correcto me importa un huevo. 

No todos, claro. Pero algunos conducen como para darles cuatro tiros. Muchos son peligros públicos al volante de máquinas de matar y de matarse. Las razones son evidentes: menos exigencias para obtener los permisos en sus países de origen, o la adquisición de aquéllos con el único trámite del pago de su importe, sin prácticas, ni autoescuelas, ni ciruelos en vinagre. El funcionario trinca lo suyo y tú puedes conducir lo que te salga. Eso ocurre en ciertos países de Hispanoamérica, el Magreb y África; pero es que, además, ni siquiera todos los permisos allí obtenidos por la vía derecha son garantía absoluta. Sólo a un retrasado mental se le ocurre sostener que el nivel exigido a un conductor en Senegal es el mismo que en España o en Holanda. Además, en Europa se estilan comportamientos al volante que, sin ser homogéneos, ni perfectos –tampoco vamos a comparar a un italiano o un español con un alemán o un sueco–, se sitúan dentro de una convención general que tiende al civismo, a la urbanidad, al respeto por las normas. Es lo que algunos llaman educación vial; pero en algunos países de origen de nuestros inmigrantes, ese marco de convivencia no siempre es el mismo, sino al contrario: cada uno por su cuenta y todos contra todos. 

Y claro. Luego llegan aquí Willy Rodríguez, Omar Nguema o Ludmila Popescu, se compran un cacharro de tercera o cuarta mano –que ésa es otra–, se suben ocho o diez para poder llegar temprano al tajo, al taller, al invernadero donde los explotan por cuatro putos duros, y en el paso a nivel los desparrama a todos el Talgo, o en la curva se empotran contra una familia. O se matan ellos solos con la moto de mensaka yendo en dirección contraria con el casco a lo Pericles, o te endiñan por detrás y por delante con la furgoneta de reparto, o se saltan el semáforo que en Bamako, Quito o Tirana siempre está fundido, o adelantan en cambio de rasante porque en su tierra están acostumbrados, si un policía les dice ojos negros tienes, a soltar dos mortadelos y aquí no ha pasado nada. Y eso no puede ser, porque además cada vez son más –y es bueno que lo sean, que vengan a meterle sangre joven y ambición y cojones a esta vieja Europa arrugada, estéril, zángana, caduca y egoísta–. Por eso es preciso que todo se regule con sentido común y con justicia, y que en vez de que salgan a la calle, como hace poco no sé dónde, cuatro mil pardillos a pedir que se homologuen sin más trámite ni requisitos, por la cara, todos los permisos de conducir de los emigrantes sin excepción, ya mismo, o sea, ipsoflauto, intentemos evitar que cada año sean detenidos en España, estadísticas en mano, diez mil que circulan sin carnet de conducir, con éste irregular o sin el seguro obligatorio –que ésa es otra: te espilfarran y vete a cobrar los daños–. Pero eso no se improvisa con simplezas solidarias. Se planifica despacio, con cuidado, a largo plazo. Sin vulnerar derechos de gente honrada, pero sin tampoco hacer el chorra. Sin demagogia barata. Con garantías para los inmigrantes, claro. Y para todos. 

19 de abril de 2004 

lunes, 12 de abril de 2004

La pescadera de La Boquería

Mercado de San José, en Barcelona. Más conocido por La Boquería. El fulano tiene cincuenta y tantos tacos largos, o los aparenta, y una pinta infame de mendigo desaliñado, con deportivas rotas y una sucia camiseta de una feria del libro de hace la tira; de cuando el cabo de Creus era soldado raso. La camiseta me llama la atención, y por eso me fijo en el individuo mientras camino detrás, entre los puestos de fruta y verdura, las especias, la carne, los salazones. Me gusta La Boquería en particular y los mercados en general; sobre todo los mediterráneos, supervivientes asomados a las orillas de ese mar viejo y sabio, sin que la modernidad, y la higiene, y todas esas murgas sanitariamente correctas de la asepsia, el plástico y el envase al vacío les hayan hecho perder carácter; y aun vestidos de limpio y de bonito siguen siendo lo que fueron, llenándote los sentidos de colores abigarrados, aromas entremezclados, rumor intenso de voces que pregonan, interrogan, tocan, regatean. Disfruto como Charlton Heston con un rifle –el hijoputa– paseando por esos lugares: miro, me paro a tender la oreja, recordando. Nada se parece tanto como uno de esos mercados a otro de esos mercados: Barcelona, Nápoles, Tánger, Estambul, Beirut, Cádiz, Melilla. Etcétera. También eso es cultura. Y no me refiero a lo que algunos soplapollas llaman aquí cultura: la gastronomía como cultura, el fútbol como cultura, el teléfono móvil como cultura. Sus muertos más frescos como cultura. Ahora se le llama cultura a todo -acabo de oír a un político imbécil hablando de la cultura de la violencia-. No. Hablo de cultura de verdad. Historia y explicación, memoria y presente. Huellas y claves de lo que fuimos y lo que somos. 

Pero estamos en La Boquería, les contaba. Caminando detrás del fulano con pinta de mendigo, que al pasar ante los puestos saluda a los tenderos. Viéndolo arrastrar los pies deduzco que es uno de esos habituales de sitios así, que se buscan la vida limosneando, llevando cargas o haciendo pequeños recados. Éste saluda a todo el mundo con aire ido, como muy para allá. Algunos le devuelven el saludo. Llega así –y yo detrás–, a la zona de la pescadería. Y va a pasar de largo, hacia la salida de atrás del mercado, cuando lo llama una pescadera. El hombre se vuelve y se acerca despacio a la mujer, que es madura, grandota, con delantal. Una pescadera canónica. De toda la vida. Esa mujer coge un pescado del mostrador, lo envuelve en papel y se lo ofrece casi discretamente, sin decir palabra. Entonces el mendigo, o lo que sea, sonríe con su boca desdentada, asiente y hace ademán de besar el envoltorio. Y se va. 

Me quedo mirando a la pescadera, que sin darle importancia vuelve a lo suyo, a amontonar mejor el hielo picado bajo las gambas y a disponer con más arte las rodajas de emperador. Estoy estupefacto. Esa mujer no puede saberlo, claro. Acabo de presenciar punto por punto algo que viví hace más de cuarenta años en el mercado de la calle Gisbert, en Cartagena, una mañana que, acompañando a mi abuela a la compra –a la plaza, como dice la gente del sur–, vi cómo a un pobre hombre, un infeliz desharrapado que allí barría los restos de verduras y ayudaba a cargar las cestas para buscarse la vida con una propinilla, una pescadera muy parecida a ésta, gordota, con el mismo delantal e idénticas manos enrojecidas por el trabajo, le daba un pescado grande, envuelto en papel de periódico. Tal cual. Al niño que yo era le pareció aquello el colmo de la compasión, y como tal lo recordé siempre. Y resulta que hoy, en La Boquería de Barcelona, casi medio siglo después, veo repetir el mismo gesto hacia el mismo hombre, en manos de la misma mujer. Un gesto que, pese a cómo está el patio y a lo retorcido que cada cual tiene el colmillo, lo reconcilia a uno con muchas cosas. Con quien todavía, por ejemplo, es capaz de actuar bajo el impulso personal de la caridad sin esperar aplausos, votos, bendiciones apostólicas ni nada a cambio. Sólo porque sí. Por la cara.

Total. Que sigo frente al puesto de pescado cuando la mujer levanta la vista y me mira hosca, notando que la observo. Suspicaz. Qué diablos tendrá este tío, debe de pensar viéndome sonreír como un idiota. No sabe que lo que tengo es ganas de acercarme, apoyar las manos entre los lenguados y los salmonetes y estamparle un beso. Smuac. En los morros. Por seguir siendo ella después de tantos años. 

12 de abril de 2004 

martes, 6 de abril de 2004

Las ratas cambian de barco

Por ahí andan. Tan previsibles ellos, y con tan poca vergüenza. En los últimos ocho años, cada vez que abríamos un diario o encendíamos el arradio estaban allí, ellos y ellas, empleados en minuciosas tareas de palmeo fino y succión, peones de brega dispuestos a dar unos oportunos capotazos para ayudar al señorito, siempre y cuando eso no los obligara a salir mucho del burladero. No me pidan nombres, que me da risa. Léanse algunas columnas de periódico, oigan ciertas tertulias radiofónicas y decidan ustedes. Lo chusco es que uno, que fue puta antes que monja, ya conocía a varios de cuando el duodecenato -o como carajo se diga- de la etapa anterior. Tenía las fotos, vamos, de esos mismos jetas peloteando con idéntico entusiasmo a los anteriores amos del cotarro. Incombustibles, inasequibles al desaliento y sin cortarse un pelo, en plan muy bueno lo tuyo, ministro, o hay que ver, presidente, está feo que te lo diga, pero eres un hombre providencial. Y encima, guapo. Siempre dije que tú esto y que tú lo otro. En fin. A unos cuantos de esos lameculos tuve ocasión de tratarlos un poco durante mi época de reportero, cuando a veces me tocaba la cobertura informativa de un viaje oficial a alguna zona africana o latinoamericana de mi competencia, primero con la Ucedé y luego con el Pesoe. Pasmaba el compadreo, oigan. Las mamadas. 

Luego ganó el Pepé -es un decir, porque en esta puta España nunca gana la oposición; pierden los gobiernos-, y todos los sicarios que llevaban acumulados cuatro trienios ganándose el jornal como finos analistas orgánicos decidieron que, con la coartada moral de contribuir al pluralismo democrático del nuevo tinglado, no había problema en integrarse en las tertulias de radio y en los medios informativos copados por los vencedores. Cobrando, claro. Todo lo contrario: allí podrían aportar su granito de arena, su experiencia y su hombría de bien, templando el discurso fascista, etcétera. Y oigan. Tanta dedicación le pusieron a lo de templar, que ponías la radio o la tele a cualquier hora del día y de la noche, y siempre salían los mismos, con sus lugares comunes, su ya lo decía yo, su demagogia inculta y todoterreno, su osadía a la hora de enjuiciar cualquier tema situado en el cielo o la tierra. Y sobre todo su descarada adulación al poder que les llenaba el pesebre. 

La verdad -las cosas como son- es que en momentos cruciales como lo del Prestige y la guerra de Iraq, todos esos mierdas se ganaron el jornal, adaptándose con pasmosa flexibilidad a cada coyuntura: virtuosos de la contradicción propia sin consecuencias, especialistas en afirmar exactamente lo contrario de lo que afirmaban semanas atrás, maestros en echar cortinas de humo con la coletilla: yo siempre sostuve que. Y ojo: no hablo de quienes, a su manera, por convicción ideológica o por los garbanzos, justifican su salario de honrados mercenarios trabajando para quien les da de comer. Eso lo hace hasta el que aprieta tornillos en la Renault. No. Hablo de los otros. De ciertos impúdicos polivalentes, útiles lo mismo para un cocido que para un estofado. De los trincones golfos que, entre lametones y lametones, viajes en aviones presidenciales y comidas en La Ancha -donde nunca pagan ellos la cuenta- ensañándose con el débil y adulando al poderoso, tienen los santos huevos de manipular y mentir como ratas, mientras se proclaman sin ningún rubor ecuánimes, equilibrados, vírgenes y honorables. 

Y claro. Ahí los tienen a todos ellos de nuevo, cogidos a contrapelo e intentando recobrar el paso perdido. Yo no quería, me obligaron, sólo pasaba por allí. Como para echar la pota, oigan. El espectáculo. Pese a lo mucho que llevamos visto en este desgraciado país, todavía asombra el cinismo, la demagogia, el oportunismo con el que esa gentuza se cambia de bando -mi apuesta clara siempre fue Zapatero, la arrogancia del Pepé no podía terminar bien, etcétera- y se dispone a trincar, a costa de sus perspicaces análisis, también durante los próximos cuatro años. ¿Y saben qué les digo? Que ahí estarán: en las mismas tertulias, en las mismas radios, en las mismas teles y en las mismas columnas de los diarios. Diciendo sin despeinarse lo contrario de lo que decían hace un mes, como si los lectores y los oyentes y los tele espectadores fuésemos gilipollas. Que lo somos. A fin de cuentas, mande quien mande, quienes tienen el poder siempre necesitan a los mismos. 

4 de abril de 2004

lunes, 29 de marzo de 2004

Retorno a Troya

Nox atra cava circumvolat umbra. Me despierto con esas palabras en la cabeza, como un soniquete. Latín, claro. Son viejas conocidas. Me ducho repitiéndolas. Nox atra cava, etcétera. Don Antonio Gil, mi profesor del asunto, me las hizo traducir hace más de treinta años: La noche negra nos rodea con su envolvente sombra. Cojo la toalla. De pronto me detengo, mirando en el espejo el careto de un fulano que ya en nada se parece al muchacho que traducía a Virgilio. Envolvente por cava suena raro: envolvente sombra. ¿Es posible que lo recuerde mal? ¿O que la traducción que hice entonces no fuera buena? Nox atra cava circumvolat umbra. Toda la vida recordándolo así, y ahora dudo. Siempre fue mi fragmento favorito, el verso 360, cuando Eneas y sus compañeros, sabiendo que Troya está perdida, deciden morir peleando; y como lobos desesperados caminan hacia el centro de la ciudad en llamas, no sin que antes Eneas pronuncie ese Una salus victus nulam sperar salutem que tanto marcaría mi vida, mi trabajo, las novelas que aún no sabía que iba a escribir: La única salvación para los vencidos es no esperar salvación alguna.

Cava umbra. El enigma me anima el día. Con los dedos hormigueantes voy a la biblioteca, donde el viejo diccionario Spes, maltrecho pero fiel, me recuerda que cavo, transitivo de la primera, significa cavar, vaciar, ahuecar, horadar, ahondar. Envolver, ni por el forro. Estoy perplejo. Don Antonio Gil –tres años de latín en el instituto después de que me expulsaran de los maristas– era un catedrático joven y comprensivo, pero también muy riguroso. Nunca me habría dejado pasar una alegría, pienso. ¿Y si toda mi vida lo he recordado mal? Consulto otras traducciones. La que tengo más a mano simplifica: rodeados por las tinieblas de la noche. No me vale. Recurramos al canon. Acudo a los estantes de la biblioteca clásica Gredos. Volumen 166. Lo abro: La negra noche vuela en derredor ciñéndonos en su cóncava sombra. Recristo, me digo. Doctores tiene la materia, pero lo de volar en derredor suena pretencioso, libérrimo e inexacto. Aunque lo de cóncava, la verdad, es más literal que envolvente. Sólo literal, ojo. Pues lo cóncavo, si estás dentro, envuelve. Y vista la cosa desde la perspectiva de los guerreros troyanos que se disponen a morir en la oscuridad de la noche, que ésta sea cóncava o convexa se la debe de traer a cada uno de ellos bastante floja. Lo que se ven es envueltos, claro. La imagen no es casual. Caminan envueltos en la noche negra de sus vidas y su ciudad, hacia la muerte.

Me voy a la parte menos accesible de la biblioteca, desempolvo cajas, pilas de viejos libros desencuadernados y hechos polvo. Y al fin me alzo con el botín: mi Ilíada, mi Odisea y mi Eneida anotadas. A. P-R. Preu Letras. Abro el Virgilio: Arma virumque cano. Cuánto tiempo, pardiez. Cuántos años y cuántas cosas. Con emocionada melancolía paso los dedos por las líneas de los hexámetros virgilianos con mis trazos a lápiz marcando cada dáctilo, espondeo y cesura, y con la traducción anotada a bolígrafo junto a cada verso. Y ahí está, en el libro II. Nox atra cava circumvolat umbra: la noche negra nos rodea con su envolvente sombra. No hay duda. En aquel curso 1968-69, don Antonio Gil dio por bueno el envoltorio que dispuse para los guerreros troyanos. Sonrío, evocador. Luego recuerdo el título de un ensayo de don Manuel Alvar: La lengua como libertad. Sonrío más y me recuesto en la silla, pensando que tengo el privilegio de poseer una lengua, la española, que es una herramienta eficaz y maravillosa. Y qué profunda –envolvente y cóncava–, concluyo, es la deuda con quienes me ayudaron a conocer sus nobilísimas claves y a utilizarla, antes de que ministros y psicólogos imbéciles pasaran a cuchillo la formación de los jóvenes, confundiendo renovación con igualitarismo educativo –igualitario por abajo– y desmemoria.

Y así estoy, sentado con Virgilio, cuando regresa mi hija de clase, ve el libro y charlamos un rato sobre aqueos, troyanos y peligrosos caballos de madera con soldados cubiertos de bronce ocultos en su vientre. Mi vástaga estudia Historia y Arqueología, pero en su facultad –tiene intríngulis la cosa– no puede estudiar latín ni griego. Debe apañarse con lo que pudo estudiar en el colegio y buscarse la vida por su cuenta. Ya lo definió Virgilio, claro: Nox atra cava circumvolat umbra. A todos. 

Hijos de puta, pienso, cerrando la Eneida. Hijos de la gran puta. 

29 de marzo de 2004

martes, 23 de marzo de 2004

Barbie era una señora


Yo odiaba a Barbie, fíjense. Tan rubia ella. Tan gringa. Cursi como la madre que la parió. Cada vez que la veía, pensaba que la peliteñida esa de cinturita de avispa y guardarropa era perfecta para tirarla en paracaídas sobre un campamento de chetniks serbios. El odio venía de antiguo. Cuando era jovenzuelo, figúrense, hace la tira, a mi hermana Marili le regalaron una Barbie por reyes, o por su comunión. Y recuerdo con desaforado odio mediterráneo a la repipi de mi hermana jugando a las casitas con aquella muñequita escuchimizada que se parecía a las tías de los anuncios del Reader’s Digest y a las que salían en las portadas de las novelas de Daphne du Maurier y Vicky Baum que leía mi tía Pura: Barbie Dulces Sueños, Barbie en el Lago de los Cisnes, Barbie y sus Animalitos Mimosos, etcétera. Para echar la pota. Yo aprovechaba cuando mi hermana estaba en el colegio para ahorcar a la muñeca en el hueco de la escalera; y al volver ella con la banda de alumna predilecta puesta se pegaba unas llanteras de órdago al ver a su muñeca girando en el vacío con un hilo bramante atado al cuello. Lo de mi otra hermana, Petunia, era más bonito si cabe: cada vez que se acercaba al moisés de su muñeco Tumbelino y lo destapaba, se lo encontraba apuñalado con un abrecartas de mi padre que tenía forma de daga moruna. Pero en fin. El capullo de Tumbelino no tiene nada que ver con esta historia.

Odiaba a Barbie, insisto. Por su pinta y por lo que representaba: ese estúpido aspecto de superioridad étnica, de norteamericana impasible, de ejemplar madre de familia blanca, protestante y anglosajona, segura de que su nación confía en Dios y viceversa, con su pinta de Doris Day bulímica –sólo tolero a esa torda haciendo de señora MacKenna en El hombre que sabía demasiado–, aséptica, pulquérrima, de sexualidad descafeinada del tipo tú a Boston y yo a California, un martini seco al volver el esposo del trabajo en la clínica –médico o arquitecto cualificado, por supuesto, con prestigio y viruta– y luego, figúrense: oichss, querido, cómo pretendes que yo te haga eso. La puntita nada más.

Con esos antecedentes me senté el otro día a hojear el periódico junto a una niña que jugaba poniéndole vestiditos a una muñeca que al principio me pareció una Barbie, pero luego comprobé que no lo era. Más bien tenía pinta de putón verbenero. La muñeca. Así que le pregunté a la tierna infanta cómo se llamaba su pavita. «Bratz», dijo, mirándome con mucha desconfianza y mala leche. Al principio pensé que la niña eructaba o me estaba insultando, pero luego deduje que no. A ver si la criatura es hija de inmigrantes, me dije, y todavía no chamulla bien la lengua fascista del Imperio, o sea, esta jerga infame que se inventó Franco. Así que fui a preguntarle a mi hija, que ya no tiene edad de muñecas pero se infla a ver la tele, como todos los de su quinta. Y despejé la incógnita. Bratz, me dijo, es el nombre de la rival de Barbie. Que no te enteras, papi.

Picadísimo por mi ignorancia, me puse a investigar. Y resulta que la Bratz esa, como la Santísima Trinidad, es una pero en realidad son tres: Cloe, Dana, Jade, con dos amigos que se llaman Dylan y Eitan. Por lo visto son unas pájaras de aquí te espero: cabezonas, de ojos grandes, con curvas sinuosas, que se visten bajunas y apretadas, en plan Gran Hermano, o sea, vil gallofa. Dicen todo el tiempo jenial, buen rollito, oye tía, kedamos y wapa, no le hacen ascos a nada, y claro, arrasan. Ellas son las culpables de que a la pobre Barbie de toda la vida le haya venido una depresión espantosa, agravada por el hecho de que su hija Kelly creció, cambió su nombre por el de Myscene, y le ha salido un poquito puta, tal vez por la mala influencia de sus amigas íntimas Madison, Chelsea y Nolee, que a su vez se lo hacen con Ellis, River y Brian, unos chicos modernos amigos suyos. En cuanto a Barbie, para más drama, el novio aquel que tenía, Kent, le salió más maricón que un palomo cojo. Así que ella se lió con un muñeco australiano y cachas, cambió de vida, ahora se hace llamar Flava y ya no se viste de Laura Ashley, sino de rapera estilo Madonna; y a sus cuarenta y tres tacos –que ya es tener poca vergüenza– ha decidido, al fin, practicar sexo oral. O sea, que se arrastra por el fango. Imagínense. Quién me iba a decir que un día echaría de menos a aquella Barbie de mi juventud: tan recatada, tan pulcra, tan honesta. Que era una calientapollas, sí. Pero oigan. También era una señora.

22 de marzo de 2004

martes, 16 de marzo de 2004

No todos los inocentes son iguales


Qué coincidencia. Llevo unos días con los vídeos de una estupenda serie inglesa sobre la Segunda Guerra Mundial, hace poco leí El incendio –el libro de Jörg Friedrich sobre los bombardeos aliados en Alemania–, y ahora acabo de toparme con unas declaraciones del propio Friedrich, afirmando que las pilas de civiles alemanes muertos bajo las bombas son idénticas a las de los campos de exterminio nazis, y que ambas situaciones tienen en común el sufrimiento de inocentes que no querían aniquilar a nadie. Y oigan. Quizá por las fechas en que andamos, la palabra inocentes se me queda pegada a la mollera y a las teclas del ordenador. Y no termino de digerirla, fíjense. Inocentes, según y para qué.

A ver si me explico. Una cosa es que a Ana Frank le venga un animal de bellota vestido de SS, la obligue a lucir una estrella amarilla y luego se la lleve a tomar una ducha de gas Cyclon porque a los judíos, a los gitanos, a los rojos y a los maricones hay que darles matarile, y otra es que a los súbditos de un país que ha puesto el mundo patas arriba con arrogancia y crueldad inauditas, les pasen factura, como dicen en México, mochando parejo. Y no me vengan con murgas igualitarias, porque toda esa barrila de los inocentes me la sé de memoria, mejor que muchos cantamañanas teóricos del asunto. Pasé casi la mitad de mi vida abonado a esa clase de espectáculos, y de inocentes y verdugos tengo información de primera mano. Por eso digo que en todas partes hay inocentes, claro. Pero no todos son iguales.

A ver si me explico más. Inocente absoluto es, sin duda, el niño de ojos asustados que levanta las manos ante el fusil de un verdugo nazi en el gueto de Varsovia –como lo es, también, el niño palestino que ahora las levanta ante el fusil de un verdugo israelí–. Pero sobre la inocencia del niño rubio achicharrado junto a sus papis entre las ruinas de Dresde, tengo ciertas dudas. No hablo de inocencia individual, claro, sino de inocencia colectiva. Histórica. Porque oigan. Yo he visto a ese mismo niño vestido de cachorro de las juventudes hitlerianas, saludando entusiasmado a su Führer, con la mamá rubia, sana, aria, con sus trenzas y todo, llorando emocionada al paso del tío Adolfo. Un tío Adolfo, por cierto, que con su pandilla de gangsters y psicópatas llegó al poder en Alemania, no mediante golpe de estado ni guerra civil como Franco en España, sino legal y con papeles, con urnas de por medio, sencillamente porque era la encarnación del ideal exacto que en ese momento rumiaba Alemania: un reich, un pueblo, un führer. Aunque ahora se llamen a altana mis primos, Hitler no fue un accidente, sino la encarnación de un sueño alemán, de una forma de entender el pasado, el presente y el futuro. De un concepto nacional del mundo y de la vida: una Weltanschauung colectiva, o como carajo lo dijera Spengler, del mismo modo que los criminales Milosevic y Karadzic –a los que tanto sonreía, por cierto, don Javier Solana en los telediarios mientras otros contábamos muertos en Sarajevo–, con sus matanzas y limpieza étnica, eran la encarnación del ideal colectivo del pueblo serbio, e igual que hoy la imbecilidad de George Bush encarna el ideal arrogante, analfabeto y paranoico de, por lo menos, la media Norteamérica que lo votó.

Lo que intento decir es que, en términos históricos, a los inocentes hay que cogerlos con pinzas. Las víctimas juntas, vale. Pero no revueltas. Aunque se parezcan mucho, y aunque los tontos del haba de lo políticamente correcto sostengan lo contrario, no todos los muertos son iguales. Y es injusto, y peligroso, meter en el mismo cazo a quienes no cometieron otro pecado que ser rubios o morenos, tener la nariz larga, la sangre con errehache tal, o situar la nuca cerca de la pistola de un hijo de la gran puta, que los cómplices, y los clientes, y los que recogen las nueces, y los cobardes que callan, y los que miran hacia otro lado porque la tragedia no afecta a sus intereses. Dicho en bonito: los mierdas que aplauden emocionados cuando pasa el Mercedes con la esvástica y luego, cuando les enseñan el horno crematorio con huesos humeantes, pretenden convencernos de que ellos no sabían nada, de que sólo pasaban por allí, de que los obligaron. Esos inocentes postizos que, a la larga, terminan formando pilas parecidas, pero nunca iguales, a las de aquellos a quienes dejaron morir por cobardía y por vileza.

14 de marzo de 2004

martes, 9 de marzo de 2004

El retablo intermitente de Murcia


Al fin, colega, me digo. Llevas años blasfemando en arameo por culpa de los párrocos, obispos o sujetos a quien corresponda, que mantienen cerradas iglesias y catedrales impidiéndote visitarlas. Los malajes. Y no es que uno se incline al agua bendita. De eso me curé leyendo, jovencito, y terminaron por rematarlo veintiún años de mochila, cuando me ganaba el jornal enseñando muertos en el telediario, y me hubiera encantado –lo juro por mi perro– que de veras hubiera un responsable de todo aquello en alguna parte, para dirigirme a él y ciscarme en sus muertos. El caso es que así, leyendo, viajando, mirando alrededor, aprendí lo que comentaba aquí hace unas semanas: que las iglesias y las catedrales forman parte de mis diez mil años de memoria, y que sin ellas, sin lo bueno y lo malo que representan y recuerdan, monumento a la fe, a la historia, al espíritu noble del hombre y también a su capacidad de manipulación y engaño, es imposible entender el mundo actual, el Mediterráneo, Europa y lo que todavía llamamos Occidente. Por eso hace mucho que defiendo en esta página la asignatura de Religión. No como la plantean mis primos –no me hagan señalar–, currándose un modo de seguir mojando pan en todas las salsas sin perder el paso de baile con los nuevos ritmos. No. Hablo de la religión católica como cultura objetiva. Como explicación imprescindible de lo que fuimos y lo que somos.

Al grano. Les decía que fastidia mucho llegar a un sitio, dispuesto a visitar la iglesia románica, la catedral o lo que sea, y a diferencia de lo que suele ocurrir en Francia o Italia, encontrártelas cerradas; y a menos que le comas el tarro al secretario del ayuntamiento o a un sacristán que salga a por tabaco, vas listo. Recuerdo, hace poco, dos días de navegación hablando del gótico amurallado, el amarre del barco en Palma de Mallorca, la cuesta ciudad arriba con un calor del carajo –era verano–, y la puerta de la catedral cerrada a las doce de la mañana. También es verdad que la chusma de patas peludas y bodis fosforito comprimiendo lorzas de tocino que circulaba por allí no merecía otra cosa, la verdad, sino que el gótico se lo amurallasen y hasta pusieran campos de minas en el atrio. Pumba, pumba. A tomar por saco. Pero bueno. Unos cuantos justos, supongo, aparte de mí, se quedaron sin catedral. Y fastidia.

Pero aquí me encuentro hoy, vive Dios. En Murcia. Y veo ese pedazo de catedral maravillosa con las puertas abiertas de par en par. Me froto los ojos, incrédulo. Ocho de la tarde. Esto parece Europa de verdad, me digo. Así que entro, mojo los dedos en agua bendita –la vieja costumbre– y contemplo esa belleza estupendamente restaurada. Paseo con las manos a la espalda, disfrutando como un gorrino en un maizal. Y así llego ante la reja del altar mayor, cuyo retablo está a oscuras. Ya la jodimos, pienso. Toca aflojar la mosca, o sea, el óbolo. Pero qué diablos. Uno lo afloja con mucho gusto en este sitio. En la maquinita pone: 1 euro. Saco la moneda correspondiente del bolsillo, y la meto. Clic. El retablo se enciende. Retrocedo cinco pasos para admirar mejor el panorama, y al tercer paso el retablo se apaga. Contrariado, vuelvo al aparato, busco en el bolsillo. Por suerte llevo más monedas. Meto el mortadelo en la ranura. Se enciende el retablo, retrocedo de nuevo, se vuelve a apagar. Sapristi, mascullo, finolis –en una catedral no es cosa de ponerse a jurar a los doctrinales–. Dos euros por treinta segundos de luz es una pasta. Lo mismo no funciona bien el tragaperras, concluyo. Veo un interruptor, lo toco a ver qué pasa, y apago una batería de lamparillas eléctricas que hay cerca, también a un euro la lucecita. Miro en torno, avergonzado, pero no me ha visto nadie. Uf. Así que hago un último intento, e introduzco una tercera moneda. Ahora no se enciende nada. Ni lamparillas, ni retablo. Aguardo, paciente. Por fin se enciende todo muy despacio, aleluya, y echo una carrera hasta los bancos –corriendo de espaldas, a riesgo de romperme la crisma con un reclinatorio– a ver si llego a tiempo de ver algo. Pero ni hablar. Al tercer paso, el retablo se apaga. Entonces, la verdad, pierdo los papeles. Cagüentodo. Me voy a la máquina y empiezo a sacudirle golpes, como en las cabinas telefónicas, a enchufar y desenchufar cables ciscándome en el retablo y en el copón de Bullas. Y de pronto apago media catedral. Entonces, acojonado, aprovechando la oscuridad, salgo por pies. O sea, huyo. Como un ladrón en la noche.

8 de marzo de 2004

martes, 2 de marzo de 2004

Chantajeado por Telefónica


Pues no, Telefónica de mis narices. No te doy el consentimiento. Me niego a que se traten mis datos para promocionar productos y servicios de empresas distintas a Telefónica de España. ¿Está claro? Lee mis labios, anda. No. Nein. Niet. Nones. Nasti de plasti. Negativo. Es más: los productos y servicios de empresas distintas a ti, e incluso los productos y servicios directamente vinculados contigo, me importan un carajo. ¿Capisci? Así que, por mí, como si promocionas a tu prima en una esquina. Porque francamente, tía, lo único que me interesa de tus servicios es el telefónico, o sea, que cuando descuelgo el aparato pueda hablar con quien quiero hablar, que el contestador automático grabe los mensajes, que el fax conectado a tu línea cumpla con su obligación, y que el aparato que me instales en casa no sea una chapuza como los dos últimos: el del dormitorio se estropeó a los tres días, y el de trabajo, aparte de que el cartucho del fax había que cambiarlo cada dos semanas y costaba un huevo de la cara, tenía un sistema de grabación de mensajes tan cutre que a los cuatro meses las grabaciones no eran más que farfullos incomprensibles, rediós, que en vez de a Telefónica parecía que estaba abonado al pato Donald. Y encima, cuando llamé para que me lo reparases, la respuesta fue que el aparato modelo Zeta marca La Pava que me habías puesto tú era propiedad mía y que me buscara la vida. Con el postre añadido de que, cuando acudí a un particular, me dijo que ya no se fabricaba, que la propia Telefónica había cambiado de marca y modelo porque ése era una mierda, y que mejor me compraba otro.

También sé, Telefónica de mis partes nobles, que cuando antes uno necesitaba el número de teléfono de, no sé, los Legionarios de Cristo por ejemplo, para apuntarme –me hizo ver la luz el reportaje de hace un mes sobre la salvación alternativa–, marcaba el 003, que todos nos sabíamos de memoria. Entonces se ponía una señorita encantadora que decía: Telefónica, dígame, y luego te preguntaba por la familia, y al cabo te buscaba el número. Al terminar tú dabas las gracias, y ella respondía las que usted tiene, caballero. Y listo. Ahora, en cambio, para hablar contigo, con Telefónica, hay que llamar primero a un amigo que sepa el número de teléfono de alguna empresa subcontratada que tenga servicio de información telefónica, marcarlo, y previo pago de su importe te sale una señora o un caballero a los que tienes que preguntarles el número de información de Telefónica. Y cuando al fin marcas el puto número, lo que sale es una pava enlatada que te dice: «Nuestros asesores están ocupados» –por cierto, no sé qué hace un asesor ocupándose allí– y tras esperar un rato, al fin asoman el asesor o la asesora que, antes de asesorarte, te piden el número de teléfono y la filiación completa. Aunque lo mejor es lo de la línea ADSL, o como se escriba. De vez en cuando me llama uno de tus asesores para asesorarme insistente, recomendando la instalación de una línea de ésas. Y cuando le digo vale, de acuerdo, y llamo a donde me asesora que llame, otro asesor me dice que no me la pueden poner porque esa clase de línea aún no la han instalado en la zona donde vivo. Y que ya me asesorarán más adelante.

Te cuento todo esto, Telefónica de España, porque he recibido esa desvergonzada carta tuya en la que me dices que, si no quiero que me llenes por la cara el buzón de basura publicitaria, tengo que molestarme en meter el impreso en un sobre y perder el tiempo yendo a Correos o al estanco, poner un sello y echarlo al buzón. Y eso, que es un chantaje infame, he de hacerlo en el plazo de un mes, forzado, según apuntas en tu carta, por la legislación vigente. ¿Y sabes lo que te digo? Que si a uno que está tan tranquilo en su casa sin haber cometido otra falta que abonarse a tus servicios, la legislación vigente lo obliga a molestarse en rechazar una oferta que nunca pidió, ni falta que le hace, la legislación vigente es una puñetera mierda. Aun así, ya eché la carta al buzón. Alguno de tus asesores la tendrá, supongo. De todas formas, para que esté claro, he querido también decírtelo aquí, por escrito. Si vuelves a utilizar mis datos para publicidad –cosa que ya hiciste otras veces sin pedirme permiso, y mi buzón todavía sufre las consecuencias– me voy a ciscar en todos tus asesores y en todos tus muertos. Prenda.

1 de marzo de 2004