domingo, 30 de octubre de 2011

Madres, burkas y marujas

En 1991, mientras esperaba en Dahrán la ofensiva norteamericana para liberar Kuwait, presencié un suceso curioso. Frente al mercado Al Shula había un vehículo militar con una soldado norteamericana al volante. En Arabia Saudí está prohibido que las mujeres conduzcan automóviles; así que una pareja de mutawas -especie de policía religiosa local- se detuvo a increpar a la conductora. Incluso uno de ellos le golpeó con una vara el brazo que, con la manga de camuflaje remangada, apoyaba en la ventanilla. Tras lo cual, la conductora -una sargento de marines de aspecto nórdico- bajó con mucha calma del coche y le rompió dos costillas al de la vara. Ésa fue la causa de que durante el resto de la guerra, a fin de evitar esa clase de incidentes, la Mutawa fuese retirada de las calles de Dahrán. Pensé en eso el otro día, al enterarme de un nuevo asunto de chica con problemas por negarse a ir a clase sin el pañuelo islámico llamado hiyab. Y recuerdo la irritación inicial, instintiva, que sentí hacia ella. Mi íntimo malhumor cuando me cruzo en la calle con una mujer cubierta con velo, o cuando oigo a una joven musulmana afirmar que se cubre la cabeza en ejercicio de su libertad personal. Cómo no se dan cuenta, me digo. 

Cómo no les escuece igual que ácido en la cara la sumisión, tan simbólica como real, a que se someten. Recuerdo, por ejemplo, que hace cuarenta años mi madre aún necesitaba la firma de su marido para sacar dinero del banco. Y me llevan los diablos. Tanto camino, me digo. Tanta lucha y esfuerzo de las mujeres para conseguir dignidad, y ahora una niñata y cuatro fátimas de baratillo -como las llamaría el capitán Haddock- pretenden hacernos volver atrás, imponiendo de nuevo, en la Europa del siglo XXI, la sumisión irracional al hombre y a las reglas hechas por el hombre. 

Reclamando tolerancia o respeto para esa infamia. Pero no es tan simple, concluyo cuando me sereno. Incluso aunque digan actuar con libertad, esas mujeres siguen siendo víctimas de un mundo cuyas reglas fueron impuestas por los hombres para garantizarse el control de su virginidad, su fertilidad y su fidelidad. Después de escucharnos decir lo libres de conducta que pueden y deben ser, esa muchacha o la señora del velo van a casa y se cruzan en la escalera con el imán de su mezquita, que vive en el quinto piso, o con el chivato hipócrita que a veces incluso luce una pasa en la frente -ese moratón de pegar cabezazos en el suelo al rezar, para que todos sepan lo buen musulmán que es uno-, que vive en el segundo. Y con ellos, y con el padre, el marido o el abuelo que están en casa, esas mujeres tienen que convivir cada día, y casarse, y criar familia, y ser respetadas por una comunidad donde la religión suele estar por encima de las leyes civiles, o las inspira. 

Una sociedad endogámica, especializada en marcar y marginar -cuando no encarcelar o ejecutar- a quienes discrepan o se rebelan; y cuyos más radicales clérigos, esos imanes fanáticos que recomiendan a sus fieles machacar a las mujeres para que no se desmanden, son tolerados y hasta amparados, de manera suicida, por una sociedad occidental demagoga, estúpida, desorientada, con el pretexto de unos derechos y libertades que ellos mismos niegan a sus feligreses. Todo eso, en vez de ponerlos en la frontera en el acto, si son extranjeros, o meterlos en la cárcel, si son de aquí, cada vez que humillan o amenazan a la mujer en una prédica. 

Una sociedad, la nuestra, incapaz de plantearse el verdadero nudo del problema: si una niña que durante catorce años fue a un colegio normal, entre chicos y chicas, resuelve de pronto ponerse un pañuelo en la cabeza, es que algo con ella estuvo mal hecho. Que alguna cosa no funciona en el método; falto de una firmeza, una claridad de ideas y una persuasión que no tenemos. En todo caso, si a menudo es la mujer la que elige ser hembra sumisa en vez de sargento de marines, y con su pasividad o complicidad educa a los hijos en esclavitudes idénticas a las que ella sufrió, tampoco es justo que el Islam se lleve todas las bofetadas. En materia de esclavitudes, sumisión y transmisión de costumbres a hijas y nietas, igual de infame es el espectáculo de esas españolísimas marujas presuntamente modernas, libres y respetables, que babean en programas de televisión aplaudiendo y diciendo te queremos y envidiamos, guapa, bonita, a fulanas que encarnan lo que, en el fondo y a menudo en la forma, a ellas les habría gustado ser, y desean para sus propias hijas: analfabetas sin otra aspiración en la vida que convertirse en putizorra de plató televisivo. Y esos aplausos y admiración -hasta autógrafos les piden, las tontas de la pepitilla- me parecen tan indignos y envilecedores para las mujeres, tan turbios y reaccionarios, como un burka que las cubra de la cabeza a los pies. 

30 de octubre de 2011

domingo, 23 de octubre de 2011

El perro de Rocroi

La vida concede ciertos privilegios, y tener algunos amigos leales, sólidos como rocas, es uno de los míos. Entre ellos se cuenta el mejor de los pintores de batallas españoles vivos: se llama Augusto Ferrer-Dalmau, y llegué a su amistad por el camino más corto: la admiración que siento por su obra. Un día fui a una exposición suya y se lo dije. Le hablé de cómo, en mi opinión, su pintura continúa y renueva una tradición clásica que en España, con breves excepciones, tuvo escasa fortuna. Pocos de nuestros pintores se ocuparon de un género que en Francia tuvo a Meissonier y a Detaille, y en Inglaterra a Caton Woodville. Por ejemplo. 

Ahora Ferrer-Dalmau ha terminado un cuadro espléndido, que estos días puede admirarse en una exposición que sobre su obra y la de su paisano Cusachs se celebra en el venerable edificio de Capitanía de Madrid, esquina de Mayor con Bailén. Se llama `Rocroi. El último tercio´, y narra -pintar con talento es una forma de narrar tan eficaz como otra cualquiera- la situación en el campo de batalla de Rocroi hacia las diez de la mañana del 19 de mayo de 1643, cuando los veteranos de la destrozada infantería española, formando el último cuadro, esperaban impasibles el ataque final de la artillería y la caballería francesas. Último ataque, éste, que no llegó a producirse. Admirado el duque de Enghien por la resistencia de los españoles -murallas humanas, los llamaría Bossuet- permitió a los supervivientes capitular con todos los honores, en los términos que se concedían a las guarniciones de plazas fuertes. 

El cuadro de Rocroi tiene para mí un sentido especial, pues nació de una conversación con el pintor mientras despachábamos un cordero con cuscús en un restaurante de Madrid. Un lienzo crepuscular, fue la idea, que reflejase la soledad y el ocaso, la derrota orgullosa, el impávido final simbólico de la fiel infantería que durante dos siglos, desde los Reyes Católicos a Felipe IV, hizo temblar a Europa. El retrato riguroso de aquellos soldados empujados por el hambre, la ambición o la aventura, que acuchillaron el mundo caminando tras las viejas banderas, desde las junglas americanas a las orillas lejanas del Mediterráneo, de las costas de Irlanda e Inglaterra a los diques de Flandes y las llanuras de Europa central: hombres brutales, crueles, arrogantes, amotinadizos y broncos, sólo disciplinados bajo el fuego, que todo lo soportaban en cualquier degüello o asedio, pero que a nadie -ni siquiera a su rey- toleraban que les alzase la voz. 

Mete un perro en el cuadro, sugerí más tarde, cuando el artista me mostró los primeros bocetos: uno que, como sus amos, se mantenga erguido esperando el final. Un chucho español flaco, pulgoso, bastardo, que siguió a los soldados por los campos de batalla y que ahora, acogido también al último cuadro, abandonado por su patria y sin otro amparo que sus colmillos, sus redaños y los viejos camaradas, espera resignado el final. Y píntalo tan desafiante y cansado como ellos. 

A Ferrer-Dalmau le gustó la idea. Y ahora he visto el cuadro acabado, y el perro está ahí, en el centro, entre un veterano de barba gris y un joven tambor de trece o catorce años que el artista ha pintado rubio porque, naturalmente, es hijo de madre holandesa y de medio tercio. En el lienzo no figura el nombre del perro; pero Ferrer-Dalmau y yo sabemos que se llama Canelo y es un cruce de podenco y galgo español de hocico largo y melancólico, firme sobre sus cuatro patas, arrimado a sus amos mientras mira las formaciones enemigas que se acercan entre el humo de la pólvora, dispuestas al ataque final. Vuelto a los franceses como diciéndose a sí mismo: hasta aquí hemos llegado, colega. Es hora de vender caro, a ladridos y dentelladas, el zurcido pellejo. El cuadro es soberbio, como digo. O me lo parece. 

Retrata a la pobre y dura España de toda la vida: el soldado ciego con una espada en la mano, al que un compañero mantiene de pie y vuelto hacia el enemigo; los que rematan sañudos a los franceses moribundos; el tranquilo arcabucero que sopla la mecha para el último disparo; el desordenado palilleo de picas que eriza la formación, tan diferente a las victoriosas lanzas que pintó Velázquez. Y sobre todo, la expresión de los soldados que miran al enemigo-espectador con rencor asesino. Acércate, parecen decir. Si tienes huevos. Ven a que te raje, cabrón, mientras nos vamos juntos al infierno. Realmente da miedo acercarse a esos hombres; y uno entiende que les ofrecieran rendirse con honor antes que pagar el precio por exterminarlos uno a uno. Son tan auténticos como el buen Canelo: españoles desesperados, tirados como perros, olvidados de Dios y de su rey. Y pese a todo, arrogantes hasta el final, fieles a su reputación, temibles hasta en la derrota. Peligrosos y homicidas como la madre que nos parió. 

23 de octubre de 2011 

domingo, 16 de octubre de 2011

Ni flores, colega

Tengo una urgencia floral. Necesito enviar un ramo de flores vía Interfloripondio, o Florexprés, o como se llame ese útil invento con el que eliges ramo, le pagas a la florista de tu barrio, y las flores las entregan desde una sucursal local en donde haga falta. Me corre prisa, así que trinco el coche y voy al pueblo más cercano, inquieto porque suele estar de tráfico hasta arriba. La suerte me guiña un ojo y encuentro espacio libre delante de la floristería. Sólo está permitido estacionarse para carga y descarga; pero como español de toda la vida, hecho a los usos y costumbres de mi patria, decido que en realidad voy a descargarme y cargarme yo mismo. También considero que estaré el tiempo preciso para elegir flores, dar la dirección de entrega, arriar la tela y largarme. 

Lo hice otras veces, y son tres minutos justos. Además, compruebo por el retrovisor que hay detrás un automóvil cuyo conductor intenta meterse en el mismo sitio, y da muestras de impaciencia con un destello de faros y un toquecito de claxon. Eso me decide, naturalmente. Aparco. Entro. Buenos días, etcétera. La elección es rápida. Una maceta como aquélla. Con esto y lo otro. Echo mano a la cartera mientras espero que la dependienta levante el teléfono, como de costumbre, y llame a la ciudad de destino, que es Sevilla, para averiguar si tienen allí las macetas con plantas y flores que he elegido. Para mi sorpresa, lo que hace es teclear en el ordenata de a bordo. Pregunto qué pasa, y me dice que han modernizado el sistema. Que ahora todo se hace informatizado, vía internet. Temiéndome lo peor, miro hacia la puerta, donde sigue mi coche sin que por ahora ronde ningún policía municipal. Y trago saliva. Que sea lo que Dios quiera. 

La dependienta teclea con denuedo. Tacatacatac. Es joven y masca chicle. Nunca la había visto antes, aunque hace veinte años que compro flores en la misma tienda. Hace preguntas insólitas: domicilio, teléfono, Deneí, número de Nif. Cosas así. Respondo con paciencia franciscana, volviéndome de vez en cuando a echarle una mirada al coche, hasta que me pide también una dirección de correo electrónico. Alto ahí, digo. Ya vale. He venido aquí a comprar una maceta, no a darme de alta en Telefónica. Son las nuevas normas, responde la dependienta. 

Si no lleno todos los apartados de la plantilla no puede realizarse la operación. Empiezan a flaquearme las piernas. «¿Operación? -pregunto-. ¿Qué operación? Yo sólo quiero enviar una maceta a Sevilla. Hoy, a ser posible». Entonces la dependienta me mira con lástima profesional, calculando si merezco explicaciones. Parece concluir que no las merezco, pues acto seguido le da a otra tecla y aparece en la pantalla del ordenador una sucesión vertiginosa de ramos de flores y macetas. «¿Qué hace usted, criatura», pregunto, al filo del pánico. «Busco la referencia del modelo que nos solicita», responde seca. Le señalo el modelo con el dedo, porque está justo en el centro del escaparate, pero ignora mi dedo y sigue buscando en la pantalla. Al fin parece dar con ello, pues enarca una ceja, pulsa otra tecla y se queda mirando el ordenata mientras yo miro de nuevo hacia el coche, con gotas gordas de sudor corriéndome por el pescuezo. «AS3B2», dice al fin la pava, pensativa. «Agua», comento yo por hacerme el simpático, a ver si acelero la cosa. Pero sin éxito. Lo más que obtengo son tres mascadas de chicle y una mirada glacial. Transcurre un minuto de inactividad absoluta, esperando no sé exactamente qué. «Mientras no se caiga el sistema», comenta la dependienta, para animarme. Ella tamborilea con las uñas sobre la mesa y yo me como la de un pulgar; vuelto de vez en cuando hacia la puerta, pues creo haber visto pasar un coche azul con pirulos de la Policía Municipal. 

Al fin, la dependienta mira la pantalla y enarca la otra ceja. «No da la referencia», comenta, críptica. La miro aterrado, esperando instrucciones como un marinero desvalido que mire al capitán en mitad del temporal que los desarbola. «¿Y qué hacemos?», inquiero al borde de las lágrimas. Entonces la dependienta hace -ultima ratio regum- lo que en ésta y en otras tiendas se ha hecho toda la vida: descuelga el teléfono y marca el número de Interfloripondio, o Florexprés, de Sevilla. «¿Tenéis macetas de tal y tal?», pregunta. A los treinta y cinco minutos de haber entrado en la tienda, y después de pagar un ramo de rosas -en toda Sevilla no hay una puta maceta con referencia AS3B2- salgo dándoles cabezazos a las paredes. «Somos gilipollas», me digo una y otra vez, en voz alta. 

«Somos gilipollas». El comentario hace levantar la cabeza al policía municipal que, parado junto a mi coche, rellena su cuadernillo de multas. «Unos más que otros, don Arturo», comenta con sonrisa guasona. Y me alarga el papelito. 

16 de octubre de 2011 

domingo, 9 de octubre de 2011

El cretino de la curva

Ayer por la tarde estuviste a punto de matarme. Cabrón. Un descuido trágico puede tenerlo cualquiera, por supuesto. Pero ése no fue tu caso. Tomaba tranquilamente una curva cerca de mi casa, a poca distancia del puente de piedra y el bar de Marcelino, y apareciste de frente con tu Seat Ibiza negro -creí ver que estaba tuneado, pero no me dio tiempo a confirmarlo-, a más de cien kilómetros por hora en un lugar señalizado para sesenta. Ignoro el motivo de que pisaras la continua. 

Quizá la música que tal vez llevabas a toda pastilla te ponía caliente, haciéndote perder el sentido de la realidad de las cosas. Quizá atendías por el teléfono móvil una llamada de tu churri, o estabas presionando el encendedor del coche para encender un pitillo. Puede ser, también, que la velocidad excesiva te hiciera perder un instante el control en la curva; aunque imagino que, tal como eres, esto último no lo admitirías nunca. Igual que tus coleguis y todas tus perras castas, tonto de mierda, te consideras un virtuoso del volante y rey indiscutible de esas carreteras por las que siempre circulas por encima del límite, pegado al guardabarros del coche inmediato y adelantando por la derecha. 

El caso es que ayer por la tarde, figura del asfalto, pasaste más de un metro la continua y me viniste encima por el morro. Te encontré de pronto delante, tan cerca que tuve ocasión de ver tu careto: unos treinta años, cara de cenutrio bajuno, pelo muy corto y flequillo engominado en forma de cresta. Para resumir, uno de esos pavos que tecleas en Google las palabras macarra, bajuno y poligonero, y salen tu foto de carnet y la de la madre que te parió. Te asustaste, confiésalo, porque pegaste un volantazo mientras chirriaban tus neumáticos; y entre eso y mi desesperada maniobra para eludirte hubo tiempo de que volvieses a tu carril, pasando a dos metros de mi faro izquierdo. 

Te fuiste de rositas, supongo que a la misma velocidad, en busca de otro a quien endiñársela. Dejándome con una doble frustración, fruto del primer impulso: no tener veinte años y la seguridad necesaria para dar la vuelta al coche y perseguirte hasta la primera gasolinera, y no llevar en el maletero una escopeta con plomos del doce. Ahora, en frío, me alegro de que no se diera ninguna de esas circunstancias; pero el reconcome de la frustración sigue dándome retortijones en la memoria. Por eso te dedico esta página. 

A ver si te lo explico clarito, tonto del culo. Ya han estado a pique de matarme antes, varias veces. Igual se te hace raro; pero aparte el coche tuneado y la discoteca hay vidas que, si las administras y tienes suerte, dan algo de sí. Antes de que nos cruzáramos ayer por la tarde, asómbrate, me quisieron poner mirando a Triana con diversas herramientas y en varios idiomas. Fulanos negros, blancos, amarillos, cobrizos, o mitad y mitad. De todo, oyes. Te lo juro. Unos por casualidad y otros con ganas. Hasta en cierta ocasión, de jovencito, un fulano como un orangután empezó a tirarme navajazos en un puticlub de El Aaiún, y yo no tenía con qué; y si no llega a intervenir mi amigo el teniente Albaladejo rompiéndole la cara, me quedo allí listo de papeles. 

Todavía trago saliva al acordarme. Pero no sólo personas, ojo. Una vez, volando entre Larnaca y Beirut -que están un poco más allá de Fuenlabrada-, pegó un rayo en el avión. No veas el acojone. Y hasta el mar, que es muy borde cuando se cabrea, lo intenta alguna vez. Imagínate: yo blasfemando, mojado hasta el ombligo y con las uñas sangrando, y él dale que te pego, viento y olas que te rilas. Pero tengo suerte, tío. Y aquí me tienes. Contándotelo. 

Comprenderás, considerado eso, que habría tenido mucha guasa no palmar en Sarajevo ni en el golfo de León, por ejemplo, para que tú me dieras matarile en la curva del bar de Marcelino. Llevándome además, como última imagen, no un paisaje bonito, un cuerpo de mujer o el rostro de amigos y gente querida, sino tu estúpida cara de cretino con cresta engomada saltándose la continua. Haber visto en dos absurdos segundos mi vida -o la de cualquier ciudadano al que el azar hubiese puesto en mi lugar en ese momento- interrumpida, rota, truncada, aniquilada por un cateto irresponsable que perdía el control del volante porque iba con prisa por recoger a su Yenifer, pasado de copas o de lo otro, se creía Fernando Alonso con un Ferrari, o conducía distraído y rascándose los huevos. Así que, mira. Como soy un fulano más bien correoso, poco inclinado a poner la otra mejilla y a la compasión hacia quien no la merece, espero que no te tomes a mal, dadas las circunstancias, dos detalles personales: que me cisque en tus muertos más frescos, y que desee con toda sinceridad, ya que amas la emoción automovilística, que uno de estos días pongas el coche a doscientos cuarenta, o lo que dé de sí, y te estampes contra una pared. Chof. Tú solo, o sea. Sin implicar a nadie. Hijo de la gran puta. 

9 de octubre de 2011 

domingo, 2 de octubre de 2011

Un muchacho con un libro

Estoy sentado donde suelo hacerlo cuando me encuentro en la plaza Mayor de Madrid, que es la terraza del bar Andaluz. Me gusta instalarme allí con un libro al sol de invierno o a la sombra del verano; y de vez en cuando, levantando la mirada, ver pasar a la gente o conversar con los camareros: dos viejos amigos que, desde su privilegiado observatorio, toman el pulso diario a la condición humana con singular sabiduría y precisión. Estoy allí, como digo, observando a ratos a los habituales que se buscan la vida en la plaza: el acordeonista virtuoso aunque no siempre oportuno, el que hace pompas de jabón, el Spiderman barrigudo que se fotografía con los paseantes. Y observo, una vez más, que la peña resulta agarradísima a la hora de aforar una chapa. Igual dan guiris o de aquí: ven a Bart Simpson en la plaza, se ponen al lado para hacerse una foto, y luego se largan sin dar las gracias ni soltar, por supuesto, una pequeña propina. Dando por sentado, los miserables, que el fulano que pasa todo el día al sol con tres kilos de paño encima está allí por simpatía y amor al arte, para que ellos se hagan fotos sonriendo felices, por la cara. 

En una mesa cercana hay un muchacho que lee un libro. Tiene unos diecisiete o dieciocho años, está solo, y llama la atención porque no es frecuente encontrar lectores en este paraje. Está concentrado en las páginas, y de vez en cuando cierra el libro y se queda mirando la plaza sin verla, con la expresión de quien permanece ajeno a cuanto ocurre ante sus ojos. Con esa mirada ausente que todo lector conoce como propia: la de quien se detiene en el acto de leer pero no interrumpe la lectura, sino que sigue inmerso en las imágenes o las ideas que el libro suscita. Uno de los camareros pasa por mi lado y sonríe dirigiéndole una mirada de simpatía al muchacho, como si dijera: ahí tiene usted a un potencial cliente, o por lo menos a un colega devorador de letra impresa. 

Me pregunto qué lee el muchacho. Por qué mundos andará, merced al libro que tiene en las manos. Con la curiosidad natural entre hermanos de la costa, hago esfuerzos por ver la tapa del volumen, arriesgando descoyuntarme las cervicales. Por el grosor y formato, parece una novela. No consigo ver el título ni la portada. Lo que está claro es que al joven le interesa mucho lo que lee, pues pasa las páginas con la decisión del lector seguro de sí; y cuando levanta la vista sostiene el volumen con ese tacto familiar, confianzudo, de quien siente con un libro en las manos el mismo consuelo, o confianza, que un pistolero al sopesar un revólver con seis balas en el tambor. Mucho se equivocan, pienso una vez más, quienes afirman que una tableta electrónica borrará el libro de papel de las necesidades humanas. Porque un libro no sirve sólo para leer. Sirve también para que su peso tranquilice las manos lectoras, para subrayar y ajar sus páginas con el uso, para regalar el ejemplar leído a personas a las que quieres. Para ver amarillear sus páginas con los años sobre los viejos subrayados que hiciste cuando eras distinto a quien ahora eres. Para decorar -no hay cuadro ni objeto comparable en belleza- una habitación o una casa. Para amueblar una vida. 

El muchacho ha cerrado el libro y me parece advertir, aunque no distingo título ni autor, una ilustración en la tapa que parece un velero antiguo. Quizá se trate de una novela sobre el mar, concluyo. Tal vez en este momento el muchacho no está aquí sino empeñado a cañonazos, corriendo un temporal con sólo la gavia rizada del trinquete, apretando los dientes mientras empuña el arpón. Quizá en este momento navegue hacia islas a las que nunca llegan órdenes de captura, busque a los náufragos del Raquel, recorra entre astillazos la cubierta de la Suprise, o ice la bandera del corsario alemán Emdem para el último combate en las islas Cocos. Quizá -o sin duda- ese joven lector ha descubierto ya que para adueñarse cómodamente de ésos y otros mundos, para llenar la existencia propia de experiencias ajenas y vivir mil vidas que de otro modo serían imposibles, basta con abrir las tapas de un libro. Al fin, el muchacho cierra su volumen, lo guarda en la mochila y se marcha. Lo sigo con la vista, deseándole silenciosamente suerte en zafarranchos, temporales y arribadas. Que tengas buen viento y buena caza, chaval. Le deseo. Que la vida te depare valor en combates y abordajes, dignidad en las derrotas, serenidad en los naufragios, amigos leales y hermosas mujeres a bordo o esperándote en los puertos. Y mientras se aleja me parece verlo caminar balanceándose ligeramente, tranquilo, alerta, afirmando los pies con seguridad a cada paso. Como si en ese momento cruzara su particular línea de sombra pisando la cubierta inestable de un barco, y en el libro que lleva en la mochila hubiese aprendido cómo hacerlo. 

2 de octubre de 2011 

domingo, 25 de septiembre de 2011

Una historia de violencia

Me dan la bronca algunos lectores veteranos porque hace tiempo que no hablo de esos personajes e historias del pasado que a veces, para bien o para mal, ayudan a encajar el presente. Así que, para quienes echan de menos las historias del abuelo Cebolleta, hoy tocamos esa tecla, recordando a uno de esos fulanos sobre los que, de nacer en otro sitio, habría novelas, películas y series de la tele. Pero nació aquí, aunque pasó la vida fuera de España, ganándose el pan con una espada. Así que tenía pocas posibilidades de figurar en los libros de texto de los colegios. Como dijo no recuerdo qué político analfabeto de los que mezclan churras con merinas, la violencia no educa. 

Año 1547. La España del emperador Carlos V tiene al mundo agarrado por las pelotas. Los príncipes protestantes se han puesto flamencos, y les caen encima, entre otros, los tercios de infantería española. La cosa se dilucida en Mühlberg, con el río Elba entre los ejércitos del elector de Sajonia y el del emperador. Se acomete la gente, se retiran los luteranos, y en mitad del pifostio hay un momento delicado. Huyendo ante el empuje de la vanguardia mandada por el duque de Alba, que siega como una guadaña, los alemanes -marcando el paso de la oca, o lo que marcaran entonces- pasan el río por un puente de barcas, lo recogen en la otra orilla, y para defender el único vado y cubrir su retirada acumulan allí enorme cantidad de artillería y arcabuceros. De manera que al llegar los españoles granizan balas sobre los arneses. El de Alba, cabreadísimo, va de un lado a otro sin saber cómo hincarle el diente al asunto, pues los tudescos van a enrocarse tras las murallas de la plaza fuerte, y de allí no los sacarán ni con Tres en Uno. El emperador está a punto de llegar con el grueso del ejército, encontrando el paso bloqueado; y además, los enemigos empiezan a incendiar las barcas. Como para ingerir cianuro. 

Entonces ocurre una de esas cosas que a veces nos pierden a los españoles y otras nos salvan. Algo muy nuestro. Muy de aquí. Porque de pronto, en mitad del carajal, a un soldado del Tercio Viejo se le va la pinza y empieza a ciscarse en los alemanes y en todos sus muertos; y jurando en arameo se pone la espada entre los dientes, echa a nadar por el vado bajo una lluvia de arcabuzazos, llega a la orilla con dos cojones, arremete contra los alemanes echando espumarajos, y mata a cinco. Tras él, por vergüenza torera y porque está feo dejarlo ir solo, se han echado al agua su capitán y nueve soldados, que salen chapoteando y gritando «España, cierra, cierra», como animales. Imagínense el cuadro y las pintas de mis primos, aullando mojados de barro y con ojos de locos, de mucho matar, con sus barbas, espadas, escapularios y demás parafernalia. De ese modo los colegas llegan a tiempo de ayudar al que pelea a la desesperada, acuchillando a mansalva. Así, entre los diez, hacen un escabeche de toma pan y moja. Y mientras los alemanes deciden que es momento de salir por pies a buscar unas cervezas, los españoles, chorreando agua y sangre ajena, apagan el incendio, reconstruyen el puente, y cuando llega el emperador, su ejército lo pasa tranquilamente, alcanza al enemigo, y al elector de Sajonia y a su puta madre les da las suyas y las de un bombero. 

Después, Carlos V pregunta quién fue el majara que cruzó el río. Y le presentan a un oscuro soldado de padres vascos aunque nacido en Medina del Campo, llamado Cristóbal Mondragón. Y allí mismo, sobre el campo de batalla, el emperador lo llama «el mejor soldado del mejor tercio de la infantería española» y lo nombra alférez. Al capitán que lo siguió lo asciende a maestre de campo, y a los nueve soldados les da tanto dinero que Lope de Vega, en su comedia El valiente Céspedes, dirá más tarde que los ha cubierto de oro. 

¿Colorín colorado? Casi. Y no como habría debido ser. Con el tiempo, Mondragón se convirtió en uno de los más destacados militares españoles en las guerras de Flandes. Amado por sus hombres, eso le granjeó -no podía ser de otra manera-, odios y envidias en España. Y Felipe II, al que sirvió con tanta devoción y valor como al padre, se portó con él como un miserable. Cuando ya veterano volvió a su patria y solicitó expediente de nobleza, los jueces se las arreglaron para inventarle antepasados judíos. Humillado, lleno de amargura y vergüenza, Mondragón regresó a Flandes, de donde no había de volver nunca. Acabó con noventa años, digno hasta el fin, ordenando que lo pusieran en la ventana para que sus soldados, que lo adoraban, lo viesen morir. En su testamento pedía, en pago a sus servicios, la castellanía de Amberes para su hijo y una capitanía de lanzas para su nieto. El rey, naturalmente, no concedió ni la una ni la otra. 

25 de septiembre de 2011 

domingo, 18 de septiembre de 2011

Tirachinas para el nene

Hoy vamos a jugar, si les parece, al bonito juego de imaginar absurdos. Imaginemos, por ejemplo, que usted lleva a sus niños a las fiestas del cole, o al recinto infantil de las de su pueblo; y allí, presidiendo el despliegue de globos, chuches, cuentacuentos, columpios y colchonetas de gomaespuma, ve un cartelón enorme en el que, junto a la imagen de un muchacho con rostro oculto por pasamontañas, que tensa en las manos un tirachinas con tornillo gordo o bola de acero dentro, figuran las palabras «Prepárate para luchar». Sé que suena a barbaridad, en efecto. La estúpida posibilidad. En el sentido, además, literal de la palabra bárbaro. Pero, en fin. Una vez imaginado eso, imagine también cuál sería su reacción. O permítamelo a mí, si le da pereza. Como cualquier padre normal, se llevaría -nos llevaríamos- de allí a las criaturas con una rapidez que pulverizaría varios récords olímpicos. Y acto seguido, tras poner a los niños a buen recaudo, y en unión de otros padres a los que supongo tan indignados como usted o yo, montaría un pifostio de aquí te espero. Exigiendo, como mínimo, la cabeza del director del colegio o del alcalde responsables de tolerar semejante atrocidad. 

Parece lógico, ¿verdad? Pues se equivoca usted y me equivoco yo. Valga como prueba una foto que, hecho curioso, apenas ha merecido comentarios en este país delirante donde cualquier disparate se considera lo más natural del mundo. Se tomó durante las fiestas del pueblo navarro de Leiza, y sobre ella podrían escribirse varias tesis doctorales. Muestra una carpa municipal, la del recinto infantil, presidida por un cartelón enorme cuyo centro está ocupado por la imagen amenazadora -estéticamente muy lograda, estilo Banksy- de un joven con gorro de lana y rostro cubierto por un pañuelo, que tensa su tirachinas junto a una estrella roja y solitaria que también decora el pañuelo. Y la imagen, situada dentro de un círculo negro, está flanqueada por dos frases en letra mayúscula y con signos de exclamación: «Independetzia eta sozialismoa», que no necesita traducción, y «Borrokatu Antolatu»; que, si mi limitadísimo euskera no me engaña -aunque todo puede ocurrir-, significa prepárate para luchar, asume la lucha o algo parecido. 

Pero oigan. Lo estremecedor no es el cartel, que a fin de cuentas puede verse pintado en cualquier pared del País Vasco o la Navarra irredenta, sino las mamás. Porque la escena, tirachinas y borrokatu aparte, está llena de niños y mamás. Los enanos, de ambos sexos y sexas, tienen entre tres y siete años, y andan por allí con globos y chupando caramelos pringosos. Las madres atienden a sus retoños en compañía de monitoras -deliciosa estética Nekane- con absoluta naturalidad, inflándole el globito a uno, limpiándole los mocos a otra y cosas así. Incluso hay una mamá, a la izquierda, que sostiene lo que a primera vista parece una pistolita amarilla monísima, perteneciente a su criatura de tres años, pero que tras una observación detenida resulta ser una bolsa de patatas fritas apretada en la mano. Y todas esas mamás, como digo, están ahí con sus tiernos infantes, dejándolos impregnarse bien del espíritu festivo del pueblo leizatarra, o como se diga. Esperanzadas y orgullosas, supongo -ante ese cartelón descomunal, indiferentes o distraídas sería imposible-, de que sus vástagos tomen buena nota de cuáles son las urgencias del pueblo y de la patria. Y así, el día de mañana, cada vez que esos niños, para entonces hombres y mujeres hechos y derechos y hechas y derechas, vean un tirachinas y un pasamontañas, les pasará lo que a los trianeros les ocurre en Semana Santa cuando pasa el Cachorro; que lloran como magdalenas, y a quienes los miran asombrados les comentan: «Es que para entender esto, que por la gloria de mi madre es lo más grande del mundo, hay que haber nacido en Sevilla». 

Y es que ciertas cosas hay que verlas en su contexto. En Leiza -tres asesinados por ETA en su limpio historial-, las madres, los niños y el resto de la sociedad, privados por la cara de independencia y socialismo, gimen bajo la bota de España, cuyos txakurras y cipayos encarcelan a heroicos gudaris mientras el Estado fascista construye carreteras y trenes de alta velocidad que destruirán el paisaje de una Euskadi utópica y feliz, parecida a la Irlanda postiza de El hombre tranquilo: vacas pastando, humo de caseríos entre la foresta y fornidos aizkolaris socios del Atlético de Bilbao. De ahí la necesidad de formar, desde la cuna, a pequeños gudaritos que el día de mañana, cada vez que vean un pasamontañas y un tirachinas, lloren emocionados recordando los festejos entrañables de su tierna infancia. Diciendo, como en Sevilla, que para entender eso -por la gloria de sus madres- hay que tener el orgullo de haber nacido en Leiza. 

18 de septiembre de 2011 

domingo, 11 de septiembre de 2011

Saludando no es gerundio

No sé si se habrán fijado, aunque supongo que sí. Que se fijan. Cada vez resulta más inusual que alguien, al interpelar a otro en busca de un servicio o una información, recurra a la correctísima y tradicional fórmula «por favor», y mucho menos que anteponga un cortés «buenos días». Por lo común, la peña suele abordarse sin prolegómenos, a bocajarro, en plan compadres que frecuenten el mismo puticlub, sustituyendo el saludo de toda la vida por una frase absurda que en los últimos tiempos ha hecho fortuna en España, y que permite identificar de lejos a un compatriota, o lo que seamos ahora, en cualquier latitud y longitud: ese bajuno «oye, perdona», acentuado por el infame tuteo con que resolvemos, tanto con abuelos como con niños, nuestra vida social. No hace mucho, en un local muy correcto de París, tras escuchar en una mesa vecina un sonoro «oye, perdona», vi a un estirado camarero gabacho hacerse el sueco ante dos turistas españoles ya maduritos. Con mi silencioso, íntimo y -no me avergüenza confesarlo- perverso regodeo. 

En cuanto al «buenos días» cuando nos cruzamos con un presunto semejante, ni les cuento. No hay quien lo extraiga ni con alicates. Naturalmente, no hablo de ir por las ramblas de Barcelona o la Puerta del Sol de Madrid diciendo buenos días a todo cristo, como un imbécil. Hay momentos y momentos. Pero es cierto que cualquier clase de saludo, cuando nos encontramos con una persona sólo vagamente conocida, o con desconocidos a quienes las circunstancias acercan de modo particular, se hace cada vez más raro. Incluso cuando eres tú quien toma la iniciativa y saluda primero, hay muchas probabilidades de que el interpelado no responda y pase por tu lado sin decir esta boca es mía. 

Un ejemplo. Amarro desde hace veinte años en un puertecito mediterráneo de ambiente tradicional. En sus muelles, pantalanes e instalaciones me cruzo con propietarios de barcos, marinos extranjeros en tránsito, marineros y socios de club náutico. Ante ellos, los conozca o no, el reflejo natural es decir «buenos días». Los navegantes extranjeros, habituales o de paso, saludan casi siempre, aunque no te conozcan. Con frecuencia toman la iniciativa, incluyendo una sonrisa amistosa. Los españoles, por el contrario, suelen pasar contemplando el horizonte, interesadísimos por alguna gaviota que allí planee. Ni ven, ni oyen, ni hablan. Y cuando lo hacen casi nunca es por impulso propio, sino en respuesta a tu «buenos días» o «buenas tardes». En lo que a la gente joven se refiere, extraordinario es que digan al menos «hola». Cruzan impasibles sin mirarte, saludes como saludes, a pesar de que, en lo de responder a saludos de vecinos y conocidos, los niños son mejores que los padres; quizá porque el instinto de su poca edad y el colegio reciente los hacen respetar un poco más a los adultos. 

Otro ejemplo personal, aunque transferible: vivo en la sierra de Madrid y camino a diario. A veces encuentro a otros paseantes, y es pintoresca la actitud de buena parte de ellos. Mientras se acercan desvían la mirada, como si no te vieran; y si no dices nada, pasan vueltos hacia otro lado, mudos. Sólo cuando apuntas «buenos días» responden apresuradamente, a veces cuando ya están a tu espalda. Quienes lo hacen. Otros siguen adelante, imperturbables. No va con ellos. La más notable es una señora -la llamo señora con razonables reservas- con la que me encuentro a menudo. La he visto hacerse mayor, dos veces embarazada, y ahora camina con dificultad a causa de un accidente o una dolencia. Ni una sola vez ese trozo de carne con patas respondió al «buenos días» que le dirigí durante veinte años. Hasta que me cansé de hacerlo. 

Pero cada cual tiene su manera de vengarse. A veces, si voy en plan cabroncete y alguien llega de frente, hago como él: mirar con fijeza hacia la lejanía o el suelo, cual si algo allí atrajese mi atención. Y luego, al llegar a su lado, lo miro de pronto y disparo un «buenos días» inesperado, casi agresivo, que suele pillar al sujeto de improviso; saludo ante el que balbucea una desconcertada o presurosa respuesta, mientras yo me alejo riendo entre dientes, arf, arf, arf. Como el perro Pulgoso. 

Supongo que cualquiera de ustedes conoce casos parecidos en los que oficie de protagonista activo o pasivo. Pero no creo que deban atribuirse siempre a grosería o mala voluntad. Muchas veces se trata sólo de incertidumbre y timidez social, fruto de una educación deficiente: la inseguridad de no tener claros, desde niños, los usos elementales de cortesía y convivencia. Y no deja de ser contradictorio, en esta España saturada de demagogia idiota, buen rollito y compadreo cantamañanas, que despreciemos de ese modo las fórmulas que, precisamente, ayudan a que la sociedad de los seres humanos sea soportable. 


11 de septiembre de 2011

domingo, 4 de septiembre de 2011

Turistas que merecemos

Si hay algo que me sigue dejando patedefuá, pese al escaso margen de sorpresa que a uno le deja ser súbdito español y tener los sesenta tacos casi a punto de nieve, es la facilidad de algunos compatriotas, o como se llamen ahora, para salir en la tele sorprendiéndose ante lo obvio. Lamentando de pronto, pancarta en alto, lo que hasta el más tonto del pueblo veía venir desde hace años, sin otra bola de cristal que el sentido común. Pensaba en eso este verano, durante los incidentes provocados en algunas localidades costeras por hordas de turistas jóvenes, ebrios y gamberros, mientras las autoridades locales y los vecinos ponían el grito en el cielo, preguntándose qué habían hecho ellos para merecer eso. Lamentando que España, o buena parte de su litoral mediterráneo, se haya convertido en la cochinera donde viene a recalar el turismo más cutre y bajuno de Europa. La meca de la chusma cervecera, bailona y vomitona, a veinte euros por noche. 

Vaya por delante que turismo basura hay en todas partes. Verbigracia, Italia. En materia de chusma, incluida la indígena, poco tienen que envidiar los primos del Lacio y aledaños a nuestros más conspicuos poligoneros nacionales, o a los turistas de cerveza, discoteca con fiesta de espuma y alivio en el portal. Lo que pasa es que allí, junto a ese turismo de bajo coste y carne sudorosa macerada en alcohol, los italianos, que son varias cosas menos tontos, han sabido mantener, paralela, una oferta turística de alta calidad, con lugares donde el turismo de mayor nivel económico y exigencia, incluida la cultural, también se encuentra a sus anchas. Al menos, de momento. Sitios, ésos, que viven no sólo de la cantidad de botellas de agua mineral, bocatas y pizzas recalentadas que turistas de menos recursos -dignísimos y con derecho a comer, por otra parte- consumen cada día, sino también de viajeros que pueden gastarse durante una cena con vistas al lago de Como, sin que les tiemble el pulso, 150 euros en una botella de Gaja. Por ejemplo. 

Pero eso hay que currárselo. Lo fácil es montarlo con docenas de torres de apartamentos y hoteles baratos, tropecientas hamburgueserías y discotecas, barriles de cerveza en cada esquina y guindillas municipales tolerantes con el guiri que, antes de caer en coma etílico o matarse haciendo el gilipollas en el balcón, se desnuda, orina, rompe y vomita por doquier. Reconvirtiendo todo el comercio local, restaurantes, tiendas, bares, para adaptarlo a esa subespecie de clientes. Sin exigir, siquiera, que se pongan la camiseta cuando entran descalzos y rascándose los huevos, o el chichi, y que echen la pota en otra parte; no vayan a irse a comprar a la tienda o al pueblo vecinos. Pero claro. Para combinar este turismo ya inevitable con el de categoría, y aprovechar lo más rentable de ambos, hacen falta cultura, tradición, inteligencia, previsión a medio y largo plazo, y sobre todo la conciencia de que una oferta turística no puede inspirarse sólo en suelta lo que tengas y mañana Dios dirá. Tomemos por ejemplo La Manga, que algunos conocimos de niños cuando era una bellísima lengua de arena desierta entre dos mares. ¿Imaginan lo que sería hoy ese lugar, de haber caído en manos de promotores inteligentes y con una visión de futuro digna, en vez de acabar convertido en un disparate de especulación y una pesadilla urbanística? ¿Calculan la riqueza que estaría generando para toda la región, orientada a un turismo de calidad con servicios impecables? 

Lo nuestro, sin embargo, es otra cosa. Cuando cinco mil alemanes, italianos e ingleses empastillados y borrachos, a los que igual dan Lloret de Mar que Tegucigalpa porque van ciegos, lo ponen todo patas arriba haciendo en manada lo que en su país no les permiten que hagan, y los guardias de la porra se ponen de pronto cumplidores y tienen que correrlos a hostias porque le pegan fuego al pueblo, echamos la culpa a los dueños de discotecas, y a la degradación de valores en la juventud, y a la puta que nos parió. Obviando que llevamos décadas pidiendo a gritos esa clase exacta de turistas; y que para complacerlos, beneficiándonos de sus miserables migajas, transformamos muchos de nuestros pueblos costeros en barras al aire libre, arrasamos el buen gusto, liquidamos el comercio tradicional, convertimos a nuestros hijos en camareros de chiringuito y lamemos las chanclas a la gentuza de toda Europa. Por eso tiene coña que ahora, cuando recogemos en el telediario los frutos de nuestro esfuerzo, de ese pan para hoy y hambre para mañana -lo que tarde en tranquilizarse la otra orilla del Mediterráneo-, los alcaldes, concejales, comerciantes y vecinos que por acción o silencio fuimos cómplices de tan grotesco y sudoroso negocio, nos llevemos las manos a la cabeza. Olvidando que a quien pide música luego le toca bailarla. 

4 de septiembre de 2011 

domingo, 28 de agosto de 2011

Retrato de un héroe

Hay héroes en la vida real. No sólo en el cine, la tele o la literatura. Usted y yo nos cruzamos con ellos con frecuencia, sin reconocerlos. Es injusto, pero así son las cosas. La gente debería llevar su biografía escrita en la cara. En la mirada. A veces la lleva, pero no todo el mundo sabe leer allí. Pocos lo hacen. De cualquier modo, las biografías visibles no son el caso. Los héroes pasan por nuestro lado sin que reparemos en ellos. Se sientan en la terraza del bar, se sujetan a la barra del metro o hacen cola en la oficina del paro, como tantos. Conozco a uno con pinta de pobre diablo: un emigrante rumano que se busca la vida trabajando de albañil en lo que puede. Es joven, de maneras toscas. Un día, camino de la obra, vio que una anciana, a la que no conocía de nada, quería tirarse por la ventana de un tercer piso. El hombre trepó arriba como pudo y la estuvo sosteniendo, jugándose la vida en el vacío, hasta que llegaron los vecinos y los bomberos. Después se fue a acarrear ladrillos, como cada día, y agachó la cabeza cuando el capataz lo abroncó por llegar tarde. 

Sé de otro héroe, entre tantos, con el que se cruzan algunos de ustedes de vez en cuando. Lleva casi treinta años salvando vidas, pero no se le nota. Es un tipo callado. Discreto. Supongo que nunca me perdonaría que diese aquí su nombre, así que ni lo intento. Baste decir que hay quien lo admira y quien lo ama. Quien le lleva la cuenta de los rescates que ha realizado en el mar. Unos cuatro mil, calculan. Primero como buceador y luego en Salvamento Marítimo. De manzanilla man, que dicen allí; porque, como las bolsitas de infusión, lo cuelgan con un cabo desde un helicóptero y lo sumergen en el agua para que trinque a la gente. Duro que te rilas, imagínense. El pavo. Una vez salió su foto en los periódicos, sujetando los intestinos de un fulano al que llevaban en una zodiac camino del buque hospital Esperanza del Mar. Antes de evacuar al herido tuvo que reducir a hostias al tripulante que se paseaba por la cubierta del pesquero con un ataque de delirium tremens, llevando en la mano el cuchillo con el que acababa de rajar a su colega. 

Hace un tiempo, el helicóptero donde volaba con tres compañeros cayó al agua frente a la costa de Almería. Cosas de la mala suerte. De que salga tu número. Nuestro héroe es un hombre entrenado para esa clase de situaciones: sabe cosas que el común de los mortales ignoramos. Así que las puso en práctica por instinto de adiestramiento. Se llenó el pecho de aire segundos antes del impacto, hiperventiló mientras se inundaba la cabina, se zafó del arnés que lo ataba al helicóptero que se hundía, y subió a una balsa salvavidas. Allí cogió un cuchillo y una linterna, se quitó el chaleco inflado para poder sumergirse, y tras palpar la carne levantada en su cuero cabelludo y comprobar que pese al golpe y las heridas estaba entero, buceó de nuevo en busca de sus compañeros. No los encontró. Agotado, volvió a la balsa. No usó las bengalas de mano porque sabía que flotaba en una mancha de queroseno. Lanzó una con paracaídas, se tumbó en la balsa y aguardó haciendo señales intermitentes con la linterna. Rescatado por una patrullera de la Guardia Civil, sus palabras en el hospital fueron «¡Cosedme ya, joder!... ¡Tengo que ir a por mis compañeros!». Pero los tres habían muerto en el impacto. 

Hubo medallas con distintivo rojo para los cuatro. Los muertos y el superviviente. A menudo queda alguien para contarlo, aunque éste sea poco amigo de contar. Aquel día, el telediario apenas mencionó la noticia: un helicóptero de rescate caído al mar y tres palabras del ministro del ramo. Punto. Nada sobre quiénes eran los tres desaparecidos, qué los llevó a la muerte, cuántas vidas salvaron jugándosela durante años y años. Nada sobre el cuarto hombre. El que seguía vivo. El que se lamía las heridas. Por aquellos días aún lo copaba todo el terremoto de Haití, más espectacular y vistoso. Comparados con las conexiones en directo desde Puerto Príncipe, tres rescatadores muertos eran poca cosa. Para lo que sí hubo espacio fue para que la tele y los periódicos se ocuparan de las andanzas de Brad Pitt y Angelina Jolie. Sus vacaciones solidarias en no sé dónde. También en Haití, me parece. Tan humanitarios ellos. Tan guapos y tan fashion. 

Hágase un favor, estimado lector. A usted mismo. Cuando vaya hoy a tomar un café, una caña o lo que sea, preste atención al apoyarse en la barra del bar o la cafetería. 

Tal vez haya a su lado un hombre o una mujer, solos o acompañados, mojando un churro en la taza, despachando un pincho de tortilla o tomándose una aspirina. Tipos normales, como usted o como yo. Gente de infantería. Obsérvelos de reojo y con respeto, porque nunca se sabe. Quizá esté mirando a un héroe. 

28 de agosto de 2011 

domingo, 21 de agosto de 2011

Sobre imbéciles y malvados

No quiero, señor presidente, que se quite de en medio sin dedicarle un recuerdo con marca de la casa. En esta España desmemoriada e infeliz estamos acostumbrados a que la gente se vaya de rositas después del estropicio. No es su caso, pues llevan tiempo diciéndole de todo menos guapo. Hasta sus más conspicuos sicarios a sueldo o por la cara, esos golfos oportunistas -gentuza vomitada por la política que ejerce ahora de tertuliana o periodista sin haberse duchado- que babeaban haciéndole succiones entusiastas, dicen si te he visto no me acuerdo mientras acuden, como suelen, en auxilio del vencedor, sea quien sea. Esto de hoy también toca esa tecla, aunque ningún lector habitual lo tomará por lanzada a moro muerto. Si me permite cierta chulería retrospectiva, señor presidente, lo mío es de mucho antes. Ya le llamé imbécil en esta misma página el 23 de diciembre de 2007, en un artículo que terminaba: «Más miedo me da un imbécil que un malvado». Pero tampoco hacía falta ser profeta, oiga. Bastaba con observarle la sonrisa, sabiendo que, con dedicación y ejercicio, un imbécil puede convertirse en el peor de los malvados. Precisamente por imbécil. 

Agradezco muchos de sus esfuerzos. Casi todas las intenciones y algunos logros me hicieron creer que algo sacaríamos en limpio. Pienso en la ampliación de los derechos sociales, el freno a la mafia conservadora y trincona en materia de educación escolar, los esfuerzos por dignificar el papel social de la mujer y su defensa frente a la violencia machista, la reivindicación de los derechos de los homosexuales o el reconocimiento de la memoria debida a las víctimas de la Guerra Civil. Incluso su campaña para acabar con el terrorismo vasco, señor presidente, merece más elogios de los que dejan oír las protestas de la derecha radical. El problema es que buena parte del trabajo a realizar, que por lo delicado habría correspondido a personas de talla intelectual y solvencia política, lo puso usted, con la ligereza formal que caracterizó sus siete años de gobierno, en manos de una pandilla de irresponsables de ambos sexos: demagogos cantamañanas y frívolas tontas del culo que, como usted mismo, no leyeron un libro jamás. Eso, cuando no en sinvergüenzas que, pese a que su competencia los hacía conscientes de lo real y lo justo, secundaron, sumisos, auténticos disparates. Y así, rodeado de esa corte de esbirros, cobardes y analfabetos, vivió usted su Disneylandia durante dos legislaturas en las que corrompió muchas causas nobles, hizo imposibles otras, y con la soberbia del rey desnudo llegó a creer que la mayor parte de los españoles -y españolas, que añadirían sus Bibianas y sus Leires- somos tan gilipollas como usted. Lo que no le recrimino del todo; pues en las últimas elecciones, con toda España sabiendo lo que ocurría y lo que iba a ocurrir, usted fue reelegido presidente. Por la mitad, supongo, de cada diez de los que hoy hacen cola en las oficinas del paro. 

Pero no sólo eso, señor presidente. El paso de imbécil a malvado lo dio usted en otros aspectos que en su partido conocen de sobra, aunque hasta hace poco silbaran mirando a otro lado. Sin el menor respeto por la verdad ni la lealtad, usted mintió y traicionó a todos. Empecinado en sus errores, terco en ignorar la realidad, trituró a los críticos y a los sensatos, destrozando un partido imprescindible para España. Y ahora, cuando se va usted a hacer puñetas, deja un Estado desmantelado, indigente, y tal vez en manos de la derecha conservadora para un par de legislaturas. Con monseñor Rouco y la España negra de mantilla, peineta y agua bendita, que tanto nos había costado meter a empujones en el convento, retirando las bolitas de naftalina, radiante, mientras se frota las manos. 

Ojalá la peña se lo recuerde durante el resto de su vida, si tiene los santos huevos de entrar en un bar a tomar ese café que, estoy seguro, sigue sin tener ni puta idea de lo que vale. Usted, señor presidente, ha convertido la mentira en deber patriótico, comprado a los sindicatos, sobornado con claudicaciones infames al nacionalismo más desvergonzado, envilecido la Justicia, penalizado como delito el uso correcto de la lengua española, envenenado la convivencia al utilizar, a falta de ideología propia, viejos rencores históricos como factor de coherencia interna y propaganda pública. Ha sido un gobernante patético, de asombrosa indigencia cultural, incompetente, traidor y embustero hasta el último minuto; pues hasta en lo de irse o no irse mintió también, como en todo. Ha sido el payaso de Europa y la vergüenza del telediario, haciéndonos sonrojar cada vez que aparecía junto a Sarkozy, Merkel y hasta Berlusconi, que ya es el colmo. Con intérprete de por medio, naturalmente. Ni inglés ha sido capaz de aprender, maldita sea su estampa, en estos siete años. 

21 de agosto de 2011 

domingo, 14 de agosto de 2011

El tío Gilito y sus secuaces

Decía Unamuno que, cuando en España se habla de honra, un hombre honrado debe ponerse a temblar. Más de uno debió de temblar el otro día, escuchando decir a un poderoso banquero que ahora los bancos serán más compasivos con sus clientes. Es hecho probado que a ningún banquero, de aquí o de afuera, le da acidez de estómago la ruina ajena. Un banquero es un depredador social con esposa en el Hola, un Danglars que traiciona a cuanto Edmundo Dantés cruza su camino, un Scrooge al que se la traen floja los espectros de las navidades pasadas, presentes y venideras, un tío Gilito que hasta con su sobrino el pato Donald -los que leíamos tebeos lo calamos desde niños-, ignora la piedad. Y ni falta que le hace. 

De economía no tengo ni idea; pero lo que no soy es completamente gilipollas. Por eso me toca la flor, corneta, que los banqueros maltraten mi sentido común a semejantes alturas de la feria, en esta España donde no hay monumento al sinvergüenza desconocido porque aquí nos conocemos todos. Un infeliz país donde la gente puede verse obligada a cerrar tienda o negocio por equivocarse en su gestión; pero donde ningún banco ni banquero, que llevan años equivocándose en la gestión irresponsable de un dinero que ni siquiera es suyo, pagan el precio de sus errores. Nunca. 

Durante mucho tiempo, al socaire ladrillero que el Pepé del amigo Aznar nos legó por sucia herencia, esa panda de golfos, que igual engorda con unos que con otros, concedió préstamos a todo cristo, sin importar la capacidad de devolución de la clientela. A mi hija, por ejemplo, cuando cumplió dieciocho años, le mandaron seductoras cartas ofreciendo créditos para coches, videoconsolas y ordenadores, los hijos de la gran puta. En vez de centrarse en su trabajo de captar dinero y prestarlo bien, los bancos inundaron España de créditos que rozaban lo fraudulento. Lo usual era hipotecar la casa, en un ambiente de euforia que llevó hasta conceder el precio total de la vivienda, tasada por encima de su valor real, a veces con una cantidad suplementaria, también a sugerencia del propio banco. Y esto fue Disneylandia. Alentada, naturalmente, por la estúpida condición humana; por nuestra criminal simpleza, capaz de tragarse que alguien vendiera duros a cuatro pesetas, y que un empleado que ganaba mil quinientos euros al mes pudiera permitirse -«yo también tengo derecho» fue la frase de moda, como si tener derecho equivaliese a tener posibilidades- hipotecarse en una casa de medio millón, coche para el niño y vacaciones en el Caribe. 

Al fin, como era de esperar -aunque nadie parecía esperarlo-, todo se fue al carajo, y los bancos quedaron saturados de garantías que no garantizaban nada. De casas que no valían lo que los tasadores de esos mismos bancos dijeron que iban a valer. El resto lo conocemos: los bancos no quisieron asumir las pérdidas. En cuanto al Gobierno, en vez de decirles oye, cabrón, te has equivocado, así que ahora paga por ello, lo que hizo fue darles dinero. Pero, en vez de destinar esa viruta a proteger a sus clientes, lo que hicieron los bancos fue trincarla para mantener su beneficio. Ni un duro menos, dijeron. Y lo que ocurrió, y ocurre, es que el Estado mira y consiente. Un Gobierno tan aficionado a gobernar por decreto como éste podría limitar las comisiones que cobran los bancos en tarjetas, transferencias, cuentas y cosas así. O los sueldos y beneficios de los banqueros. Pero eso, dicen, conculca los principios del Estado liberal. Obviando, claro, que más liberales son Gran Bretaña y Estados Unidos, donde sí han limitado los ingresos de los banqueros. Allí, cuando el Estado da dinero, vigila qué se hace con él. Por eso se ha metido en los consejos de administración de los bancos y ahora vigila desde dentro. Si piden mi apoyo, exijo. Y cuidado conmigo. 

Pero esto es España, y los políticos evitan meter mano. Lo hicieron con las cajas de ahorro cuando todo era ya tan disparatado que no quedaba más remedio. Es el lobby bancario quien decide y el Estado el que babea. Nada raro, si consideramos que los principales deudores de los bancos son los sindicatos y los partidos políticos; y que, tanto a esos dos payasos que salen en la tele con pancartas llenas de siglas como a los de corbata y coche oficial, los bancos los tienen agarrados por las pelotas, o -seamos paritarios- por el folifofó. Y mientras el tendero, el del bar, yo mismo si no vendo libros, asumimos nuestras pérdidas y nos vamos a tomar por saco, nuestro banco se las endosa a otros, sin despeinarse. Y tan amigos. Ahora, para más recochineo, están saliendo a bolsa entre sus mismos depositarios. 

A sacar más dinero de aquellos a quienes ya se lo sacaron. Haciendo la bola más grande todavía. Y lo que dure, pues oigan. Dura. 

14 de agosto de 2011 

domingo, 7 de agosto de 2011

Museos, meigas y salmorejo

Hace unas semanas, en relación con el 90º aniversario del desastre de Annual, comentaba aquí la falta de iniciativa oficial en la conmemoración de acontecimientos históricos, lamentando la ignorancia y el sectarismo miope de nuestros sucesivos responsables de Educación y de Cultura. Tampoco las autoridades locales de antes o de ahora, sin distinción de ideología, se quedan a la zaga en negligencia o torpeza. Sin embargo, frente a iniciativas ingeniosas y con frecuencia heroicas, llevadas a cabo por particulares sin apenas medios y con enormes dosis de entusiasmo, la estupidez y la demagogia, cuando no la manifiesta mala fe, suelen imponerse con frecuencia, torpedeando muchas iniciativas. Nada extraño, por otra parte, en un país donde la gestión del patrimonio artístico local o los bienes de interés cultural se ponen a menudo, como ya escribí alguna vez, en manos de concejales de Cultura que no hicieron ni el bachillerato. Y no tomen esto por hipérbole desaforada. Conozco al menos a dos. 

Hay casos recientes que indican cómo son esas cosas en España. Y cómo van a seguir siendo, me temo, hasta la consumación de los tiempos. Uno de mis favoritos es el asunto del fuerte de la Concepción en Cedeira, La Coruña. Hace años, con fondos de la Comunidad Europea, mucho esfuerzo y buen criterio, se restauró el edificio con objeto de devolverlo a su estado a finales del siglo XVIII: un clásico fuerte defensivo gallego de los que protegían la costa, especialmente de las incursiones de los navíos ingleses, que allí fueron el enemigo de toda la vida. El lugar llevaba mucho tiempo abandonado, entre ruinas y matojos, y se hizo un buen trabajo de recuperación al recrear en forma de edificio-museo las antiguas dependencias, cocinas, dormitorios, polvorín y armero; colocándose, también, cañones en las quince troneras de que disponía el fuerte, así como la estructura en madera de una cureña de artillería de la época. El entusiasmo de los aficionados gallegos a la Historia y sus modestas aportaciones hicieron el resto, dotando varias salas con armas históricas, dioramas, uniformes de la época y maquetas de barcos, procedentes de colecciones particulares, y acompañando todo con cartelas escritas en castellano, gallego e inglés. 

Sin embargo, a los tres meses cambió el gobierno municipal. Y una de las primeras iniciativas del nuevo concejal de Cultura fue insinuar que aquel fuerte era una apología del militarismo y la carcundia bélica fascista -«La violencia no educa», argumentó el muy cantamañanas-, que la pacífica Cedeira y sus buenas gentes no necesitaban aquello para nada, y que estaba dispuesto a cerrar el museo de La Concepción, a vaciarlo de su contenido e instalar allí algo más a tono con las tradiciones culturales y la auténtica Historia de Galicia: un Museo de las Meigas, Ocultismo y Brujería. Como si no hubiera otro sitio para tan instructivo proyecto. Al cabo, tras muchos dimes y diretes, varios artículos de La voz de Galicia y reacciones indignadas de los coruñeses sensatos y los grupos de recreación histórica de toda España, pudo salvarse el fuerte. Creo. De la suerte corrida por las meigas no sé nada. Según mis noticias, las instalaciones de La Concepción siguen abiertas, y el modesto museo recibe numerosos visitantes. 

Pero oído al parche. No hay que perder nunca la fe en el ingenio español cuando resuelve aliarse con la cultura. En casi la otra punta de España, en Jaén, la diputación provincial y el ayuntamiento de Belmez han conseguido, con mucho esfuerzo, juntar medio millón de euros del Fondo Europeo de Desarrollo Rural para construir un centro que dejará chato al de las meigas: el museo de las Caras de Belmez. El plan, presentado con toda la seriedad del mundo y aprobado con más seriedad si cabe, incluye exponer fotografías de las supuestas caras y adobarlas con las psicofonías y el camelo oportunos, convirtiendo aquel casposo fraude de hace décadas, del que Belmez debería avergonzarse con sólo la mención o el recuerdo, en un foco de atracción turística que le dé vidilla al sitio. Y conociendo el paño, no les quepa duda: se la dará. 

Así que ya lo saben. O lo sabemos. Para qué complicarnos la vida con iniciativas fascistas, recreaciones históricas y fuertes construidos por el franquismo en el siglo XVIII, e incluso antes. Psicofonías es lo que pide la peña. Historia y cultura a tope. Calculen ahí nuestro amplio abanico de posibilidades nacionales: museo del Turista de Benidorm, centro de interpretación del Bocata de Calamares, museo del Salmorejo Cordobés, casa museo de Marianico el Corto, museo de Género de Moros y Moras y Cristianos y Cristianas, museo del Traje de la Generalidad Valenciana, museo de La Madre Que Nos Parió... Material nos sobra de aquí a Lima. Quien no monte uno en su pueblo, será porque no quiere. 

7 de agosto de 2011

domingo, 31 de julio de 2011

Músicos en la sopa

Me gustan los músicos callejeros, dentro de lo razonable. No pocos recuerdos de ciudades y personas están unidos a la melodía que sonaba en un momento determinado en algún lugar de mi memoria. Algunos de tales momentos son muy hermosos, como el de una noche en la que paseaba por detrás del Panteón, en Roma; y allí mismo, en las sombras, sentada en el peto de piedra de uno de los fosos con restos arqueológicos, encontré a una joven que ejecutaba con violonchelo una música bellísima y triste. Otros recuerdos de esa clase son más vulgares o folklóricos, y hay de todo: simpáticos fulanos, improvisadores oportunistas, caraduras sin la menor idea de música, orgullosos mariachis, virtuosos melancólicos a los que nunca te resistes a dejar algo en el platillo, y gente así. 

Tampoco faltan pelmazos que dan la barrila justo cuando menos apetece. Nunca olvidaré a un grupo de jazz formado por ex bolcheviques o gente de por allí cerca, que por cierto tocaban bastante bien, pero a los que maldije durante toda una mañana, pues lo hacían bajo la ventana de un hotel donde yo intentaba conciliar el sueño tras una noche agitada. Y en el apartado caraduras, de los que mi registro de músicos callejeros tampoco anda mal nutrido, el premio Reverte Malegra Verte se lo lleva un fulano que estando yo sentado entre algunos turistas en una terraza de la calle Larios de Málaga se arrimó con una guitarra. El pavo era de aspecto agitanado, muy flaco y chupadillo, con tatuajes; llevaba un peine en un bolsillo de atrás de los vaqueros y a la guitarra le faltaban dos cuerdas. Llegó, tomó postura, pegó cuatro sartenazos a la guitarra, dijo lolailo, ele y arsa, pasó la mano, se pasó el peine y se fue, tan campante, con lo que los guiris acojonados, y yo a punto de estamparle un beso en los morros -no lo hice porque me habría interpretado mal-, le dimos. El hijoputa. 

Los músicos que entran en los restaurantes me gustan menos. Por lo general estás pensando en tus cosas mientras masticas, o lees un libro entre plato y plato, o hablas de trabajo o de asuntos personales con otra persona; y no siempre agrada que alguien, por muy buen músico que sea, venga a tocarte la guitarra junto a la oreja, o a cantar Cuando salí de Cuba a grito pelado. Mi viejo amigo Montaigne, al que sigo acudiendo -con los años, cada vez más- en busca de consuelo analgésico, me recuerda a menudo que el griego Alcibíades, hombre entendido en preparar banquetes, excluía siempre de éstos a los músicos «para que no turbaran la dulzura de la conversación», y que, por ese mismo motivo, Platón calificaba de «costumbre propia de plebeyos -gentuza, diríamos ahora- llamar a instrumentistas y a cantantes a los festines, a falta de buenos discursos y agradables conversaciones». 

Pensé en todo eso hace unos días, mientras despachaba una paella con atún y una botella de Barbadillo en un restaurante de la costa mediterránea. Había en la mesa contigua una pareja con aspecto de tener problemas: conversaban en voz baja, la mujer parecía irritada, al borde de las lágrimas, y él se inclinaba, insistente, apretándole una mano que de vez en cuando ella apartaba con disgusto. Y en ésas entran por la puerta dos fulanos con sombreros de paja guajira, uno con una guitarra y otro con unas maracas, y se ponen a cantarles, exactamente al lado, Guantanamera. Yo soy un hombre sincero, dicen los tíos. Clang, clang, clang. De donde crece la palma. Lamentando no tener una cámara oculta que grabe aquello, observo discreto a la pareja. El hombre intenta seguir la conversación, pero es evidente que poco a poco pierde el hilo, y acaba recostándose en el respaldo de la silla. Primero hace como que no oye a los músicos; al fin se vuelve y dirige al de las maracas una mirada que lo dejaría en el sitio, sin confesión, si las miradas mataran. Entonces el de las maracas sonríe, sociable, encantado de que le presten atención, mientras el de la guitarra se acerca un poco más a la mujer, que mira al novio, marido o lo que sea como si él tuviera la culpa hasta de la música, y le asesta, a quince centímetros de la trompa de Eustaquio, unos acordes virtuosos mientras asegura, con voz melosa y acento ultramarino, que antes de morirse quiere echar sus versos del alma. 

Y bueno. Qué quieren que les diga. Admito que es necesario ganarse la vida -más con la que está cayendo y la que va a caer-, y asumo que en los próximos años tendremos músicos hasta en la sopa. Eso, claro, los afortunados que puedan ir a un restaurante a pagarse una sopa. Aún así, comprendan mi reticencia. 

No siempre está uno de humor para que le canten Guantanamera. No cenas todas las noches con Cary Grant, o con Marlene Dietrich. 

31 de julio de 2011 

domingo, 24 de julio de 2011

La profesora de Arte

En la vida de todo hombre hay mujeres que lo marcan para siempre. Eso incluye a madres, esposas, hijas, amantes o cualquier otra variedad imaginable del asunto. En ocasiones, algunos individuos más o menos afortunados vislumbran claves ocultas, secretos de la vida a través de los ojos de esas mujeres. Llegan a conocer mejor el mundo y a ellos mismos gracias a lo que ven o creen ver en la mirada de ellas, y también en sus actitudes, sus palabras y especialmente sus silencios. Alguna vez escribí, o dije, que nadie habla con silencios mejor que las mujeres. O con palabras, cuando se ponen. Sobre todo si salen al palenque hartas, fatigadas o heridas. 

Hoy quiero contarles de una mujer que marcó mi vida. Su nombre figura en libretas de apuntes que conservo desde hace más de cuarenta años, y que contienen las notas que tomé en 6.º y Preu sobre Historia del Arte. Por aquel tiempo yo era un jovenzuelo insolente con la mochila llena de libros, a punto de viajar a la isla de los piratas. Me habían echado de los Maristas y conseguí asilo en el Instituto de Cartagena. Sólo éramos once en Letras, y los profesores de Literatura, Latín, Griego, Filosofía e Historia, también recién llegados, resultaron jóvenes y brillantes. Nos dieron tres años de felicidad intelectual con alicientes extras: Gloria, la profesora de Griego, usaba minifaldas de vértigo y tenía unas piernas espectaculares; y la profesora de Historia del Arte era dulce, tímida y sabia. Se llamaba María Amparo Ibáñez; y, como digo, conservo sus apuntes porque son metódicos y perfectos. Todavía ahora, cuando necesito refrescar un dato de modo urgente, acudo a ellos antes que al Summa Artis, al Espasa o al René Huyghe. Por eso siguen al alcance de mi mano, en el estante más próximo a la mesa donde trabajo. 

Esa profesora nos enseñó a mirar a través de sus ojos: arquitrabes, volutas, arbotantes, frescos, veladuras, adquirieron sentido gracias a su inteligencia paciente. Ella nos llevó de la mano desde el arco de adobe a la nervadura gótica, del tesoro de Atreo a la silla de Frank Lloyd Wright, de la cerámica cordada a las sombras largas de Chirico. Enseñándonos, entre otras cosas útiles, que la Historia del Arte, como la Historia a secas, es mucho más que una disciplina académica: es un espejo familiar donde mirarse, un libro ameno que explica lo que fuimos y somos. Un rico sedimento de siglos que proporciona al hombre occidental -o a lo que va quedando de él- memoria, explicación y consuelo. Sin Amparo Ibáñez, sin sus explicaciones y su inteligencia, sin su fe imbatible en los once muchachos que, con ella, analizaban fascinados el último detalle de cada catedral, cada escultura y cada cuadro, mi vida sería hoy, seguramente, muy distinta. Con la mirada que esa mujer me educó pude escribir, más de veinte años después, La tabla de Flandes: la historia de una joven que mira un cuadro como quien descifra un enigma, del mismo modo que, gracias a mi profesora, aprendí yo a mirar con diecisiete o dieciocho años. Y tampoco, sin esa mirada que luego contempló cosas que nada tienen que ver con la Historia del Arte -aunque en el fondo quizá tengan que ver, y mucho-, habría podido escribir más tarde la novela que llamé El pintor de batallas sin que haya nada casual en la elección del título: la historia del hombre que, encerrado en una torre circular, pinta en sus muros la fotografía que nunca logró hacer: el paisaje-resumen devastado, monótono, implacable, de todo el horror y todas las guerras. 

Hace algún tiempo, cuando firmaba libros después de presentar una de mis novelas en Valencia, vi a Amparo Ibáñez en la cola de lectores, aguardando paciente con un libro en las manos. No la había vuelto a ver desde el Instituto, pero la reconocí en el acto: delgada, menuda, tímida. Estoy lejos de ser un fulano de lágrima fácil; pero verla allí, como uno más, me conmovió las entrañas. La cola de lectores era interminable: había mucha gente esperando una dedicatoria, y yo me iba esa misma noche. Así que hice cuanto pude. Como siempre firmo de pie, no tuve que levantarme. Hablé atropelladamente de lo mucho que mis libros y mi vida le debían. De la deuda inmensa y del indeleble recuerdo. Ella asentía complacida de escuchar aquello, mientras yo garabateaba unas líneas apresuradas en la página de cortesía de la novela. Después la besé y me quedé mirándola un momento, con dolorida impotencia, antes de atender al siguiente lector que aguardaba. Así la vi perderse entre la gente, con el libro firmado que apretaba contra el corazón. Entonces decidí que alguna vez, si lograba no ponerme demasiado sentimental, escribiría unas líneas como las que ahora escribo. Para decirle, al fin, lo que entonces no le dije. 

24 de julio de 2011 

domingo, 17 de julio de 2011

Una tragedia española

Hoy toca batallita, de las que fueron borradas de los libros de texto españoles, o casi, porque contar eso a los jóvenes es propio, dicen, de carcamales y de fascistas. Por estas mismas fechas, en Waterloo, se conmemora el 196º aniversario de la derrota de Napoleón ante Wellington; y el campo de batalla, muy bien conservado, se convierte en excepcional espectáculo para escolares, aficionados y turistas. En España, gracias a los grupos locales de recreación histórica, esas iniciativas son cada vez más frecuentes, supliendo las lecciones de Historia que por ignorancia o negligencia, sin distinción de partido o ideología, descuidan nuestros responsables de Educación y de Cultura. Sin embargo, hay fechas aciagas que ni siquiera así se recuerdan. Si la tragedia de un campo de batalla es siempre una lección sobre los pueblos y su naturaleza, la que este 23 de julio cumple 90 años exactos dice mucho sobre España y quienes la habitamos. Y en lo que dice, apenas hay algo bueno. En esa fecha, en lo que se conoce como desastre de Annual, casi 8.000 soldados españoles fueron sacrificados como corderos, y más de medio millar apresados por las harkas sublevadas en Marruecos por Abd el Krim, que en pocos días reconquistaron todas las posiciones establecidas por nuestro ejército en la zona oriental del Protectorado. Lo que había empezado como una arrogante campaña para ocupar el Rif desembocó en una sucesión de desastres culminados por terribles matanzas: la caída de Igueriben, la trágica fuga de Annual y la carnicería de Monte Arruit, con masivos asesinatos de heridos y prisioneros por parte de los rifeños, salvajes mutilaciones, crucifixiones y empalamientos con estacas de alambradas. Y toda esa barbarie, toda esa desgracia estremecedora, muy bien narrada por los novelistas Ramón J. Sender y Arturo Barea, que allí fueron soldados y testigos de excepción, la sufrieron los de siempre: los pobres soldaditos del sistema de cuotas; la humilde carne de cañón que no podía, como los ricos, pagar a otro pobre desgraciado para quedar exenta del servicio militar. 

El horror de esos días merece ser recordado cada año en España con más razón que los hechos de armas heroicos, porque fue peor que una sangrienta derrota. Fue, sobre todo, una tragedia tan típica y nuestra como la paella, el jamón ibérico o el flamenco. Aquello fue la derrota de un país entero, la expresión de incompetencia de generales y de políticos, la improvisación, la desidia, la indisciplina, la cobardía y la desfachatez llevadas al extremo: España en estado puro. Y sobre el terreno, desde el general Silvestre, jefe de las operaciones -muerto allí sin honor ni decencia- hasta los oficiales y mandos subalternos, aterrorizados, embrutecidos por el horror de la huida en tropel y la matanza, casi todos cuantos tuvieron mando en la tragedia fueron indignos de sus estrellas y galones, llevando a la infeliz tropa al calvario para abandonarla luego, indefensa, en manos del enemigo. Los relatos de los supervivientes, más que indignación, lo que causan es sonrojo. Una inmensa vergüenza por lo que a veces fuimos. Por lo que a menudo somos. 

Recordar aquello es, para cualquier español, un ejercicio doloroso y necesario. Una clave más para comprender el triste país donde se vive y la infame clase dirigente con la que seguimos jugándonos los cuartos y la vida. Pero también, como sucede hasta en las mayores desgracias, el desastre de 1921 proporciona cierto consuelo al demostrar que ni siquiera en situaciones trágicas desaparecen por completo la dignidad y el coraje. Bajo tanta incompetencia y cobardía, entre las imágenes de miles de cadáveres mutilados y resecos al sol, quien lee sobre aquello encuentra también retazos analgésicos, hechos admirables que permiten respirar entre tanto horror y tanta patriotera mierda. El último mensaje de los defensores de Igueriben, por ejemplo: «Sólo nos quedan doce cargas de cañón. Contadlas, y a la duodécima, fuego contra nosotros porque el enemigo habrá entrado en la posición». O las sucesivas cargas de caballería dadas sable en mano, para proteger a los desbandados de Annual, por el heroico regimiento de Alcántara: ensangrentado, diezmado y tan agotado en hombres y caballos que los últimos ataques hubo de darlos despacio, al paso, bajo el fuego horroroso de los rifeños. Si quieren hacerse idea, busquen en Internet: hay un cuadro estremecedor de nuestro mejor pintor de batallas vivo, el catalán Ferrer-Dalmau, titulado «Las cargas del Gan». Uno de esos lienzos que a veces lo reconcilian a uno con esta infeliz España que, pese a ella misma y gracias a unos cuantos, merece salvarse siempre. 

17 de julio de 2011

domingo, 10 de julio de 2011

Sobre niños, vida y ajedrez

Hace poco pasé unos días como espectador de infantería en el legendario Magistral de León, un apasionante torneo de ajedrez que lleva veinticuatro años enrocado en la tierra natal de mi viejo amigo el capitán Alatriste. Esta vez el duelo era de campanillas: el campeón del mundo, Vishy Anand, contra uno de mis jugadores favoritos: el letón nacionalizado español Alexei Shirov, que ha estado dos veces a punto de alzarse con el título mundial. Y disfruté mucho, como digo. Una cena con Shirov me dejó en la cabeza, aparte de mucha simpatía por ese oso grandote y rubio de mirada tierna, algunas ideas útiles para cosas que ando escribiendo estos días. Pero lo que tal vez me interesó más fue el torneo de jóvenes talentos, donde una veintena de niños de entre doce y dieciséis años -el más torpe, capaz de darme mate en diez jugadas, sin despeinarse- compitieron entre sí con objeto de jugar la última partida, los finalistas, en la misma mesa y con las mismas piezas que utilizaban Anand y Shirov. 

Lo de los críos y el ajedrez es, por cierto, una asignatura pendiente en España. Demasiado pendiente, creo. Un deporte que también es cultura; un juego antiguo como ése, fascinante, fácil de comprender ya por un niño de cuatro años, sólo es obligatorio en cincuenta colegios españoles y figura como actividad extraescolar en menos de un millar. Culpables de esto son los propios ajedrecistas, a menudo enfrascados en sus propias partidas e incapaces de organizarse para reclamar mayor presencia del tablero en los lugares adecuados; pero también son responsables los padres que, por indiferencia o ignorancia, privan a sus hijos del aprendizaje básico, al menos en su fase elemental, de una disciplina que consideran menos útil que el fútbol o las manualidades artísticas. Y sin embargo, pocos juegos son tan atractivos para un niño como ese lidiar precoz dotado de reglas de cortesía y comportamiento; ese juego divertido, agresivo y elegante al mismo tiempo, que enseña a pensar con razón y lógica a cualquiera que lo practique. 

En lo que se refiere a nuestra clase política, imaginen. Su sensibilidad para este asunto equivale a la de un trozo de carne de cerdo poco hecha. El ministerio de Educación y los responsables del deporte español consideran el ajedrez -cuando se les obliga a pensar en él y no tienen más remedio- como la más fea del baile: algo desconocido e incómodo, difícil de encajar en planes educativos diseñados por psicopedagogilipollas seguros de que la igualdad y la excelencia se logran mejor si los niños juegan con muñecas y las niñas al fútbol que si se enfrentan, miden y conocen, al otro y a ellos mismos, sobre un tablero de ajedrez. Un ejemplo: aunque hace ya seis años el Senado aprobó por insólita unanimidad -tendrían prisa por irse de puente o cobrar dietas- instar al Gobierno a que facilitase la introducción del ajedrez en los colegios españoles, tanto el central como los autonómicos de entonces y de ahora se pasaron, y siguen haciéndolo, tan provechosa recomendación por el forro de sus respectivas legislaturas. 

En fin. Qué quieren que les diga. Quienes de ustedes me leen desde La tabla de Flandes conocen la importancia que el ajedrez tiene en varias de mis novelas, como en mi concepción del mundo y de las cosas. Soy un mal jugador; pero crecí entre libros, marinos y ajedrecistas, y mis primeros recuerdos están unidos a la imagen de mi padre y sus amigos inclinados sobre un tablero, entre humo de cigarros y pipas. Me acerqué a ese juego desde muy niño, incluso antes de comprenderlo, intuyendo en él claves útiles sobre los misterios insondables o estremecedores de la vida. Después, los cuadros blancos y negros, las piezas en sus escaques, me ayudaron a entender mejor el mundo por donde eché a andar temprano, mochila al hombro. Gracias al ajedrez, o a los perfectos símbolos que lo inspiran -repito que soy jugador mediocre, a menudo torpe-, encajé de modo razonable el miedo al aguzado alfil, el horror de la torre devastadora, la soledad del peón aislado en su casilla, los cuadros blancos, negros, fundidos en grises, de la turbia condición humana. Y mientras estuve -todos estamos alguna vez, tarde o temprano- en el vientre del caballo de madera esperando mi turno para degollar troyanos dormidos, y luego, cuando al regreso con sangre en las uñas la vida me despobló el cielo de dioses, el ajedrez me dio respuestas, consuelo, sosiego y media docena de certezas útiles con las que ahora envejezco, leo, navego y escribo novelas. Otros van a la iglesia, y yo voy al ajedrez. De puntillas, con humildad y respeto, a ver oficiar los misterios de la vida. Como quien asiste a misa. 

10 de julio de 2011