domingo, 25 de junio de 2000

Marinos ilustrados


Hace años, a causa de un artículo publicado en esta misma página pecadora, cierto almirante y capitán general prohibió a la fuerza bajo su mando asistir a cualquier acto donde yo estuviera, e incluso dirigirme la palabra. Y si no me hizo fusilar no fue por falta de ganas, sino porque ese tipo de cosas ahora quedan feas, y hay que dar muchas explicaciones, y además Defensa tiene pocas balas y hay que irlas contando y justificar en qué se gastan, y no están los tiempos para alegremente, hala, fusilar a tontas y a locas. Quiero decir con esto que en mi vida he conocido a almirantes y generales y gente así que eran auténticas mulas de varas, entre otras cosas porque no es el uniforme lo que hace a la gente, sino la gente la que hace al uniforme. Y en ese contexto, debo añadir que también he conocido a mucha gente que honra el suyo. Mi amigo Charlie el ex espía, por ejemplo, que ahora es coronel de un regimiento. O el páter Paco Nistal, que es capitán y capellán de los cascos azules en los Balcanes. O la soldado Loreto, y tantos otros.

Pensaba en eso el otro día, cuando asistí a una amena conferencia de José Ignacio González-Aller sobre la marina española en la época de los Austrias y el desastre de la empresa de Inglaterra. González-Aller es historiador, almirante, y hasta hace nada director del museo naval de Madrid, y lo acompañaba otro marino y escritor, Álvaro Delgado Cal, capitán de navío, responsable del museo naval de Cartagena. Y allí, sentado entre el público, compartiendo las desgracias de Medina-Sidonia frente a sus adversarios Howard, Drake y Hawkins, y naufragando mentalmente con los infelices buques españoles en las costas de Irlanda, viendo el reflejo de lo que ahora somos en lo que en otro tiempo fuimos, o viceversa, me dije una vez más que en efecto, que hay militares y marinos que leen, y que escriben, y que saben, y que estudian, y que justamente por todo eso honran el uniforme que visten. Hombres a quienes la palabra cultura no les hace echar mano a la pistola, sino a un libro, y que resultan dignos sucesores de aquellos que esta infeliz España tuvo en otro tiempo: los grandes marinos ilustrados del XVIII, por ejemplo, cuando en un siglo donde el hombre todavía acariciaba la esperanza del progreso y de la libertad, navegaban, descubrían, estudiaban y escribían. Hombres de mar y guerra, pero también de ciencia y de cultura, que se llamaban Jorge Juan, Ulloa, Tofiño, Mazarredo. Gente honrada por las academias inglesas y francesas de la época; respetada hasta por los enemigos, que cuando los capturaban o mataban los trataban como a iguales. Marinos ilustres corno Churruca, Alcalá-Galiano, Valdés, en un siglo en el que España, una vez más, estuvo a punto de levantar cabeza y abrir la ventana para que entrase el aire limpio, y también, otra vez más, la rueda de nuestra maldición giró cabeza abajo, y llegaron el sinvergüenza de Godoy, y el fanático cura Merino, y el imperdonable, abyecto canalla que se llamó Fernando VII; y todo se fue una vez más al diablo. Y aquellos hombres de ciencia, aquellas cabezas ilustradas, pensantes, tan necesarias, murieron con su siglo, peleando en Trafalgar tras haber vivido a media paga en este país miserable, o fueron luego sospechosos y marginados justamente por cultos y liberales, y se extinguieron en el olvido y la pobreza, o tuvieron que exiliarse, paradójicamente —ventajas de saber quien fue Temístocles—, en la Francia y la Inglaterra contra las que habían combatido. Enemigos que, una vez más, resultaron ser más nobles, acogedores y generosos que la propia e ingrata patria. Por eso consuela comprobar que aún hay hombres que ponen el pie sobre la huella de aquellos otros. Que la vieja estirpe de los marinos ilustrados españoles, hombres de mar y ciencia, no ha desaparecido del todo bajo la estupidez y la ignorancia, bajo las banderas, del color que sean, enarboladas por tantos cerriles analfabetos que ignoran, incluso, lo que dicen defender. Consuela comprobar que esos libros cuyos viejos lomos acaricio en la biblioteca, las Observaciones de Jorge Juan y Ulloa, la Historia de la marina real, la Táctica naval, la Relación del último viaje, la Biblioteca marítima, no son restos muertos de un naufragio, una tradición o una época, sino eslabones de una cadena larga y digna que hombres cultos, que viven su tiempo y también sueñan, que libran la más noble de las batallas peleando a bordo de museos y bibliotecas, y saben mirar hacia atrás con lucidez y esperanza, aún mantienen engrasada y viva. Ojalá esta pobre España ágrafa y brutal, patio navajero, ruin, de toque de corneta, sable y paredón, a la que ni siquiera el diseño moderno logra barnizar el alma negra, hubiera tenido miles de hombres como ésos en los palacios, en los castillos y en los cuarteles, en las capitanías generales y en los puentes de los barcos.

25 de junio de 2000

domingo, 18 de junio de 2000

Aragón también existe


Que sí, hombre, que ya era hora. Que en toda esta lista de los más vendidos, en este concurso inaudito de ignorancia, manipulación y mala fe a la hora de reinventar la Historia, uno está hasta la línea de flotación de oír siempre a los mismos, como si el resto hubiera oficiado de comparsas en la murga. Y hete aquí por fin que alguien reacciona como es debido, y dice venga ya, y decide que ya es hora de poner en su sitio a unos cuantos timadores y mangantes, de esos que les pagan pesebres a sus historiadores de plantilla para que descosan y vuelvan a coser la historia a medida, y luego la meten en los libros de texto y se montan unas películas que ya las hubiera querido Samuel Bronston. Eso mientras los que saben se callan, porque son unos mierdecillas, o por el qué dirán, o porque les interesa. Y de ese modo terminamos viviendo en una España virtual, que no la conoce ni la madre que la parió. Así que olé los huevos de Aragón, o de quien decidiera montar la exposición Aragón, reino y corona, que no sé si andará por alguna parte ahora, pero que durante el mes de mayo estuvo abierta en Madrid. En toda esa mentecatez de la que hablaba antes —ahora resulta que existió un imperio catalán que hasta hace cuatro días pasó inexplicablemente inadvertido a los historiadores, o que los irreductibles vascos nunca se mezclaron en las empresas militares ni comerciales españolas— Aragón había estado mucho tiempo callado, pese a tener muchas cosas que decir; o que matizar, desde aquel lejano siglo once en que Ramiro I, contemporáneo del Cid, sentaba las bases de un reino que abarcaría Aragón, Valencia, las Mallorcas, Barcelona, Sicilia, Cerdeña, Nápoles, Atenas, Neopatria, el Rosellón y la Cerdeña, y terminó formando la actual España en 1469, gracias al enlace entre su rey Fernando II de Aragón e Isabel, reina de Castilla. Ése es el hecho cierto, y no lo cambian ni el mucho morro ni el reescribir la Historia; incluido el manejo exclusivista y fraudulento de las famosas barras que eran Senyal real no de un reino o territorio, sino de una familia o casa reinante que, como matizó Pedro IV en el siglo XIV, tiene Aragón como título y nombre principal. Casa reinante que absorbió a la casa de Barcelona, extinguida en 1150 por mutua conveniencia y deseo del titular de esta última, el conde Ramón Berenguer; que al casarse con Petronila, hija de Ramiro el Monje, rey de Aragón, adquirió como propio un linaje superior, pero renunciando al suyo, no titulándose más que príncipes junto a su esposa regina; de modo que el hijo de ambos, ya con Barcelona incorporada a la corona, se tituló rex de Aragón, y nunca de Cataluña. Por suerte no todos los archivos han caído en manos de quien yo me sé —tiemblo al pensar qué será de ellos—, y aún quedan documentos donde comprobar lo evidente. Que por cierto, en cuanto a la propiedad histórica de las famosas barras, no está de más recordar que en 1285 la crónica de Bernard Deslot precisaba aquello de: «No pienso que galera o bajel o barco alguno intente navegar por el mar sin salvoconducto del rey de Aragón, sino que tampoco creo que pez alguno pueda surcar las aguas marinas si no lleva en su cola un escudo con la enseña del rey de Aragón».

Así que cómo me alegro, oigan, de que aquél digno y viejo Aragón olvidado, marginado, asfixiado por la perra política de esté perro país, aún sea capaz de decir aquí estoy, desmintiendo a tanto oportunista y a tanto manipulador y a tanto mercachifle. Recordando que existió una corona aragonesa que constituyó el imperio más extenso del Occidente medieval, donde, bajo su nombre y sus barras, Aragón, Cataluña y Valencia compartieron aventuras, comercio, guerras e historia, enriquecieron sangres y lenguas con el latín, el catalán y el castellano, cartografiaron el mundo, construyeron naves, pasearon mercenarios almogávares y dominaron territorios que luego aportaron a lo que ahora llamamos España, con la manifestación de los fueros y libertades propios en aquella fórmula tremenda, maravillosa y solemne: el «si non, non» heredado de los antiguos godos, mediante el cual los nobles aragoneses — «que somos tanto como vos, y juntos más que vos»—, acataban la autoridad del rey de tú a tú, reconociéndolo sólo como «el principal entre los iguales».

Por eso son buenas estas iniciativas y estas exposiciones y estas cosas. Son muy buenas, incluso higiénicas; y me sorprende que, como antídoto contra la manipulación y la desmemoria que están convirtiendo este lugar llamado España en una piltrafa y en una casa de putas insolidaria y estulta, no se les dediquen más esfuerzos, ocasiones y dinero. Por ejemplo, el que se ha utilizado en la imprescindible urgencia de sustituir La Coruña por A Coruña en los rótulos de las carreteras y autovías de toda España. Incluida, supongo, la N-340 a la altura de Chiclana.

18 de junio de 2000

domingo, 11 de junio de 2000

El muyahidín


Son las siete y pico de la mañana y Márquez me llama desde Israel, tío, acaban de cargarse a Miguel en Sierra Leona. Le digo que sí, que ya lo sé, que acaba de decirlo la radio. Una emboscada. Iban él y Kurt Schork —Holiday Inn de Sarajevo, agencia Reuter, dos puertas más allá en el mismo pasillo—, buscando lo que buscas siempre en ese oficio: una historia, una imagen. Todo eso, en África y en plena merienda de negros. Ni un ruido, ni un alma, y Miguel y el otro intentando llegar a alguna parte mientras se ganan el jornal. Y de pronto, tacatacatá. Achicharrados los dos sin decir esta boca es mía. Por suerte, apunta Márquez, los pillaron así y no vivos. Se tarda mucho más en morir macheteado. Ya sabes: chas, chas, y mientras tanto dices muchas veces ay. Luego Márquez se despide y yo me quedo pensando que Márquez sólo es duro por fuera, y que se le nota muy jodido por Miguel. Por nuestro Miguelito. Han rescatado el cuerpo, dice antes de colgar. Así que cuando lo devuelvan a Barcelona, mándale una corona tuya y mía. O mejor ve al entierro. He contestado sí, claro que iré. Pero la verdad es que no pienso ir. No tengo cojones para ponerme delante de su madre.

Luego me he quedado muy callado y muy quieto, recordando al tipo alto, muy educado, que se nos acercó una noche en un bar de Split pidiendo que lo dejáramos acompañarnos en su moto a la guerra porque estaba harto de coger el autobús para ir a trabajar como abogado en Barcelona. Un tipo que tres días más tarde había tenido su bautismo de fuego y era nuestro ahijado y nuestro amigo, y a quien —él llegó cuando yo casi me iba— describí así en Territorio comanche, pocos meses más tarde: «Era su primer conflicto bélico y se lo tomaba todo muy a pecho porque aún vivía esa edad en que un periodista cree en buenos y malos y se enamora de las causas perdidas, las mujeres y las guerras. Era valiente, orgulloso y cortés. Mientras otros periodistas contaban la guerra desde hoteles, él vivía casi todo el tiempo en Mostar, y cada vez salía y regresaba con medicinas para los niños. Se lo encontraban entre los escombros, con un pañuelo verde en torno a la frente, alto, flaco y sin afeitar, con los ojos enrojecidos y esa mirada inconfundible que se les pone a quienes recorren los mil metros más largos de su vida: mil metros que ya siempre los mantendrán lejos de aquellos a quienes nunca les ha disparado nadie».

Ahora releo esas líneas y me quedo absorto, con una incómoda congoja dentro, y pienso que ya han pasado siete años desde que Miguel Gil Moreno se presentó aquella noche en Split, y que su carrera fue como él quiso que fuera: dura, rápida, brillante y peligrosa. Empezó buscándose la vida como chófer de periodistas, luego cogió una cámara para ir a sitios donde nadie se atrevía a ir, y al fin se hizo una reputación asumiendo riesgos enormes en zonas muy difíciles, trabajando por cuatro duros para las televisiones inglesas. Reportero de guerra de la Associated Press TV, le gustaba trabajar solo, le dieron un premio Rory Peck por sus imágenes de Kosovo, le rompieron dos costillas y le abrieron la cabeza en el Congo, y dejó boquiabierta a la tribu de zánganos que transmitía desde los campos de refugiados cuando fue el único periodista que, al cuarto o quinto intento, logró meterse en Grozni a base de perseverancia y de huevos. Y hay algo que casi nadie sabe, salvo Márquez y yo, y también Paco Nistal, el páter, capellán de los cascos azules: era católico creyente, y siempre que podía se confesaba antes de entrar en combate. Estuvo siete años debiéndome cien marcos que le presté un día que andaba tieso, y siempre bromeábamos sobre esa eterna deuda, que me negaba a cobrarle si no era en forma de bayoneta de Kalashnikov, que él siempre juraba traerme en el siguiente viaje. Sólo tengo dos fotos suyas: una con Carmelo Gómez e Imanol Arias, el día que estuvimos juntos por última vez en zona de guerra, cuando a punto de rodar aquella película comanche lo acompañamos a filmar a los serbios incendiando las afueras de Sarajevo al retirarse. La otra es en Mostar, en una trinchera, con su chaleco de reportero y el pañuelo en la cabeza que daba aire de muyahidín islámico a su perfil de halcón flaco. Hablé con él hace tres semanas, cuando me llamó desde Londres para que le diese una entrevista a una periodista amiga suya. Me dijo que ya tenía treinta y dos, y que a veces estaba cansado. Poco dinero y mucho riesgo, añadió. Será malo envejecer así, y quizá deba buscarme algo por ahí. Ahora recuerdo esa conversación, y me parece verlo reírse por el agujero del diente que le faltaba. También lo veo cruzando con su moto a través de la guerra y de la vida, veloz, impasible y valiente, del mismo modo que entró en Sarajevo cruzando el monte Ingman. Y sé que me he quedado sin la bayoneta de Kalashnikov, y que cada vez tengo menos amigos y más canas. Unas canas que Miguel no tendrá nunca.

11 de junio de 2000

domingo, 4 de junio de 2000

Manual de la perfecta zorra II


Recordarás, querida chocholoco, mis consejos desinteresados de la semana pasada, sobre cómo triunfar en el difícil mundo de las top models de cercanías, tan animado y abundante en España. Quedamos en que tienes facultades y preparación, amén de ser un poco tonta del culo, y lo bastante analfabeta para mantener el tipo cuando los periodistas especializados —que por suerte no siempre gozan de una densidad intelectual superior a la tuya—, te hagan preguntas de doble sentido que tú responderás con sincero candor en sólo uno, apuntando que lo tuyo con Carlos Orellana o con Rafi Camino, por ejemplo, fue una amistad muy limpia y muy bonita. En ese contexto, hoy voy a darte alguna pista más para que de aquí a nada conozcas la fama y la gloria, y en los premios Capullo 2001, patrocinados por el mercachifle de turno, puedas desfilar de top model a tope, y luego entregarle a David Flores el título de Español Universal del Milenio, amadrinada por Carmen Ordóñez, a quien para entonces ya podrás llamar Carmina. Y con suerte —en la vida casi todo es cuestión de colocar la vagina justa en el lugar y momento adecuado— a lo mejor hasta te codeas con Isabel Preysler, que ya es el tope fashion, o con Carmen Martínez-Bordiú; siempre y cuando, tratándose de estas últimas, el acto tenga la base intelectual idónea, a su nivel, y alguien haya soltado muchísima pasta. Partimos de la base, petisuis de mis mollejas, que ya conseguiste, gracias a lo de la semana pasada, dar el primer paso en tu carrera, y la revista guarrindonga No me Digas ha comunicado al mundo que el martes compartiste habitación de hotel con un futbolista famoso por haber sido ex novio de una sedicente modelo famosa que a su vez, cuando no la conocía nadie, fue desecho de tienta del hijo o del padre de alguien relacionado —es un suponer— con el indiscutible famoso Pajares. Si has sido lo bastante lista para repartir el número de tu teléfono móvil un poco por acá y por acullá, a estas alturas tendrás por lo menos un mánager para guiarte por el proceloso mar de la vida pública, dándote un porcentaje de lo que él trinque porque tú vayas a la tele o a una revista de gran tirada, a largar por esa boca pecadora. Para entonces, prenda, ya te habrás siliconado de modo conveniente la antedicha boca y el torso, si es que procede; trámite barato si tienes la habilidad de trincar entre Pinto y Valdemoro a un cirujano plástico. Así, la confesión pública podrá oscilar entre el apasionante tema de si te has operado las tetas —cosa que negarás siempre—, y el no menos apasionante de que si Jesulín tiene un huevo o tiene dos: prueba del algodón a que tarde o temprano se ve sometida cualquier aspirante a la fama nacional y a la portada del Diez Minutos, y que antes equivalía a que el comandante de un destructor enseñara la gorra del capitán del submarino alemán que decía haber hundido.

Cuida también las dosis, guapita de cara. Salvo en casos flagrantes como el inaudito morro de Yola Berrocal, que se maquilla con cemento, tan pernicioso es quedarse corta como pasarse varios pueblos. Que te beneficie ser una chica analfabeta y sencilla, o parecerlo, a la hora de airear las apasionantes experiencias de tu bisectriz, no está reñido con la astucia y la habilidad —zorra: persona astuta y solapada (Diccionario de la R. A. E.)— que permiten prosperar en la vida. Así que gotea tus aportaciones al paisaje cultural español con sabia medida, poquito a poco, en función de la viruta que vayas cobrando —cada cual vende lo que tiene— como si se tratara del aceite de las vírgenes prudentes. Lo de vírgenes lo cito sin segundas. O sea, que al principio no entrarás en el detalle de la cosa, negando como antes sugerí, y limitándote a eso de la amistad tan bonita, etcétera, y sosteniendo sin pestañear que saliste de casa de Dado o de la rana Gustavo a las seis de la mañana porque el suprascrito te llamó para consultarte unas dudas sobre el yambo y el dáctilo en la épica griega. Después, en fases sucesivas y programas diversos, y según trincas más pasta, podrás desvelar nuevos detalles, hasta el número apoteósico, tatatachán, en programa televisado de gran audiencia, donde contarás por fin, con escrupulosidad de notario (y de notaria) que, en efecto, el susodicho tenía un huevo, o tenía dos, o tenía tres.

Hay más consejos, chochito mío; pero se acaba la página, y si te dedicara un tercer capítulo, El Semanal iba a ponerme con toda la razón del mundo en la puta calle, y mi vecino el rey de Redonda, al que me debo, se quedaría sin fencing master que lo llamara perro inglés. Así que tú misma. Estoy seguro de que llegarás lejos, porque vales. Y luego, figúrate. La fama: un desnudo artístico en Interviú, un desfile de modelos en Sangonera la Seca, una foto con Daniel Ducruet cuando venga a presentar su nuevo disco. Guau. Qué suerte, tía. Harás realidad lo que tantas otras pedorras sueñan.

4 de junio de 2000

domingo, 28 de mayo de 2000

Manual de la perfecta zorra I


Tranquila, chochito. Lo tienes fácil. Para ser top model, que es tu vocación más prístina y el sueño intelectual de tu vida, ojo, no model secas, que eso es del montón, sino top —que como sabes significa modelo a tope guay—, y triunfar, que a las amigas y a las de la peluquería y a las del gimnasio se les atragante el biomanán, el camino es fácil. Chupado, y te lo digo sin dobles sentidos Y mira por dónde te lo voy a contar, para tí sola. O sea. Exclusivas Reverte. El camino del éxito. No hagas caso a quienes dicen que una top model es una señora seria y disciplinada, que nace con ciertas condiciones favorables y además trabaja como una burra y estudia habla idiomas y no sale en Qué Me Cuentas sino en la portada de Vogue, o de Mari Claire, y además esto lo consigue una de cada cien mil. Porque eso sólo es en el extranjero. Aquí una top model es otra cosa. Ahí tienes a Mar Flores. O a Jesulina Janeiro, verbigracia, que el otro día se autodefinía como top model profesional. O a Rocío Carrasco, que ya tenía secretaria con catorce añitos, e incluso cuando estaba como una morsa desfilaba entre flashes por las pasarelas. O a Yola Berrocal, que con un par de escalas intermedias en Crónicas marcianas y en Tómbola pasó directamente de los brazos del padre Apeles —otro día escribiré el Manual del perfecto sinvergüenza— a sugerir medio chichi, que ahora por lo visto se le cotiza mucho, en la portada de Interviú. Toma nota, anda. Lo primero de todo es ser analfabeta. Cuanto más mejor, porque así te ampara la osadía del ignorante; y además luego, cuando en la tele alguien te llame guarra en directo con los adecuados circunloquios y perífrasis, tú podrás seguir sonriendo tan campante y ordinaria, subirte el tirante, echarte el pelo atrás y decir qué malo eres, Mariñas, etcétera, sin que te enteres de nada. Pero antes de llegar a ese momento culminante, clímax de tu carrera —esa madre emocionada en casa viendo famosa a la niña— te queda, querido yogurcito, un pequeño y fácil trámite. Seguramente no tendrás la suerte de ser hermana de famoso, ni hija de famosa; y ese es un handicap que habrás de superar con decisión y talento. Así que depílate las axilas y déjate caer vestida para matar por esas discotecas madrileñas o marbellíes frecuentadas por top models de las de aquí, y por futbolistas, que ahora se han convertido en estrellas de la cosa frívola, y por periodistas del corazón, y por fulanos que antes salían en Irma la dulce y tenían nombre francés, y ahora les da por llamarse mánagers, aunque hay quien prefiere el más antiguo y castizo nombre de chulos de putas.

En fin, mi alma. Que te dejes caer por los pastos de moda y procures: A) Calzarte a un famoso y que te hagan una foto antes o después, o incluso durante. B) Calzarte a un famoso, y aunque nadie te haga la foto, que ya es mala suerte, contárselo luego a todo cristo. C) No calzarte a ningún famoso, porque no te entran al curricán, pero pegarte a ellos como una lapa para que te vean, y luego decir que bueno, que tal vez —aquí una risita oportuna—, que hay ciertas intimidades de Dado o de Jesús que no estás dispuesta a contar. A contar todavía, claro. O a contar gratis. Como ves, lo tienes sencillito, loba mía. Así que te deseo suerte y beneficios. De cualquier modo, si tienes prisa, recuerda que también existe la variante de emergencia D, más asequible, y tal vez por eso la que ahora se usa mucho para alcanzar el laurel de la fama: consiste no ya en fumigarse a un famoso o famosa de relativa pata negra, sino al ex novio o ex novia de un famoso o famosa, e incluso al ex novio o ex novia de otro ex novio o ex novia de famoso o famosa, cuya guinda del asunto suele consistir en que el presunto personaje inicial de la murga no es tal. O sea, que tampoco ése es famoso por su propio currículum, ni de coña, sino que, como Lequio, Ernesto Neyra, David Flores —esa gloria del Cuerpo— o tantos otros y otras, lo es por haber sido en su momento novio, o marido, o simple circunstancia de gente famosa cuya fama tampoco termina uno por explicarse del todo; aunque, eso sí, todos acaban invariablemente desfilando en pasarelas con colecciones de Idoya Jarraiticoechea o de Ludmillo y Chuminetti; porque España, según el Guinness de los récords, es el país de Occidente que más modelos, modelas y tontos del haba tiene por metro cuadrado. Así la cadena puede prolongarse hasta el infinito, renovándose de continuo con la incorporación de nuevos y brillantes personajes en plan el huevo y la gallina, e incluso con la periódica llegada de cubanos, venezolanos y otros representantes de los países hermanos de Hispanoamérica —hay argentinos que dan mucho juego—, lo que contribuye a internacionalizar el culebrón. Con la ventaja de que todos se instalan aquí para siempre, en esta gran familia de top models de papel couché tan simpática y entrañable.

28 de mayo de 2000

domingo, 21 de mayo de 2000

Le tiré cuando se iba


“Al otro le tiré cuando se iba”... Ninguno de los cagatintas que escribimos en los papeles y que nos tiramos el folio con Cervantes y con Proust habríamos podido expresarle mejor que mi paisano Joaquín Heredia Noguera, el Macarrón, 31 tacos de almanaque y dos palmaos frescos en un zipizape de Lo Campano, Cartagena. Ésa es mi tierra, o lo que queda de ella. Y el Macarrón, al que los amigos y otro personal de la hoja abrevian como el Maca, no es sino un producto más de ese sureste costero atenazado por la corrupción y el paro, donde la gente se vuelve chusma para vivir. Donde los colombianos y sus primos los gallegos, con las derivaciones adecuadas, proveen una fórmula espectacular, rápida y peligrosa —lo que no mata engorda— de buscarse la vida y manejar viruta y montárselo jander, siempre y cuando tengas suerte, y talento, y los cojones en su sitio. Y aunque casi siempre, tarde o temprano, terminas en el talego, o lo que es peor, en un descampado con las manos atadas con alambre, el cuerpo lleno de quemaduras de cigarrillos y un plomo del 38 en el cráneo, mientras llega el momento de que la vida te pase la factura, colega, que te quiten lo bailao. Total, son dos días.

El Maca no es más que un producto tan típico de esa tierra como antes los eran los pimientos de Murcia o los cordiales de Torre-Pacheco. Allí los paletos con tierras de secano todavía no se han hecho millonarios construyendo adosados como en Alicante, ni los esclavos de invernadero han levantado la economía como en el sur almeriense. Por allí el desmantelamiento industrial y la poca vergüenza pasaron como el caballo de Atila, y sólo dejaron cuatro caciques especuladores que se reparten la mojama con los políticos, además de paro y de miseria. Así que a esa tierra donde a la madera y a las autoridades y al mismísimo copón de Bullas se les ha ido la cosa de las manos, o miran hacia otro lado o mojan en la salsa, la gente del bisnes ha derivado lo que antes entraba por las rías o por La Línea, y ahora hay chusma y escoria manejando viruta y farlopa por un tubo asín de gordo. Ya hasta hay más pescadores en la cárcel que en el mar; porque cuando estás tieso y vas a la parte con cero patatero de beneficio, y tienes cinco hijos pidiendo pan y Tómbola, es difícil no recoger un fardo atado a una boya a cinco millas de la costa, si eso te avía la pesquera de un mes. Nos ha jodido.

El Maca, como tantos otros, sale de ahí. Del contexto, que diría uno de esos sociólogos chorras que rajan en el arradio. Es un jambo flaco y duro, muy fumador, y tiene esa economía de gestos y palabras de la gente del bronce que se reserva porque no se fía, ni de los picoletos que lo acompañan hoy, uno a cada lado, ni de los colegas que lo esperan en el talego, ni de nadie. Tampoco se fiaba del Chiva ni del Pelote, los dos competidores que fueron a preguntarle a domicilio por qué carajo vendía más barato que ellos. A eso le llaman dumping los guiris, chaval, vinieron a decirle. La coca tiene precio fijo y nos estás jodiendo el mercado. Empezaron con buenas maneras, pero el Maca ya tenía la mosca en la oreja, y además de la mosca un fusko debajo de la chupa. Un fusko con menos papeles que un conejo de monte, pero recién engrasado y listo para hacer pumba, pumba. De manera que cuando los dos julandras fueron a su queli a dar por culo, y tras tener unas palabras más altas que las otras, el gitano, o sea, el Pelote, se puso bravo y dijo que lo iba a sirlar. Entonces se lió la pajarraca: Joaquín, o sea, el Maca, tiró de fusko y le pegó al gitano unos buchantes que lo pusieron mirando a Triana pero ya mismo. Y luego —cuenta entre pitillo y pitillo, frío, tranquilo, entornando los ojos al darle caladas al Winston— se volvió hacia el otro, Antonio Fernández Amador, el Chiva, que se abría a toda leche después de que le dejaran tieso al consorte. Y es ahora cuando el Maca resume lo ocurrido, el último acto, en esa frase magistral, perfecta, que condensa y cierra toda una historia: «Al otro le tiré cuando se iba».

Lástima que un fulano con esa capacidad descriptiva y de síntesis, amén la obvia capacidad ejecutiva, malgaste los próximos años de su vida —un tercio de lo que le caiga— paseándose por un patio carcelario o redimiendo en el economato del talego. A veces me pregunto qué sería de él, y de otros muchos como él, en otro tiempo y en otro país más decente, donde alguien hubiera podido sacar honesto partido de su talento y sus redaños. Lástima que esa gente esté tan ocupada buscándose la vida en las páginas de sucesos de los periódicos, que no se hayan enterado todavía de que, en las páginas económicas, España va bien. O como matizaría el Maca, van bien los de siempre. Los que nunca se mojan ni tienen que buscarse la vida a bellotazos. Ellos y la perra que los parió.

21 de mayo de 2000

domingo, 14 de mayo de 2000

El fantasma del Temple


Ha sido como volver atrás en el tiempo, regresando a la biblioteca del abuelo: el día de lluvia, la luz gris, los viejos volúmenes alineados en sus anaqueles. Un niño de diez años lee sentado junto a la ventana. El libro se titula El caballero de Casarroja y tiene las tapas encuadernadas en tela, con el nombre de Alejandro Dumas en la portada. Y el niño pasa absorto las páginas, sobrecogido por el drama que allí se relata: la historia de amor y amistad, la guillotina ensangrentada en los días tumultuosos de la revolución francesa, la fallida conspiración para liberar a María Antonieta, la triste suerte del pequeño Capeto, Luis XVII, hijo del monarca ejecutado. Ha pasado mucho tiempo, pero no olvido al niño que leía la historia de otro niño, el delfín de Francia arrancado a sus padres y por fin huérfano, su oscura suerte y su desaparición en el marasmo revolucionario. Yo tenía su misma edad, y como lector apasionado me proyectaba en cuanto leía: en cierto modo su suerte era mi suerte. Transitar por aquella novela, mediocre comparada con Los tres Mosqueteros, o El conde de Montecristo, me dejó sin embargo en el corazón cierto singular escalofrío. Hasta que el tiempo pasa, nunca sabes qué te echa la vida en la mochila. Y la imagen del pequeño Capeto, el misterio de sus años oscuros o su posible muerte, permanecieron en mí como permanecen los buenos enigmas de la vida, de la literatura y de la Historia, y más tarde se fueron completando con otros libros, Historia de dos ciudades, La Pimpinela Escarlata, algo leído en Balzac o en Feval o en Sue, la Historia de la revolución francesa de Thiers, la biografía María Antonieta de Stefan Zweig, y cosas así. Y es que a veces una lectura en apariencia intrascendente, cualquier página leída al azar en el momento adecuado, inicia una cadena imprevisible que lleva a páginas insospechadas, o a mundos complejos, apasionantes. Por eso me causan tanta hilaridad los estúpidos que desprecian un libro, cualquiera que sea; aún el peor escrito. Porque un libro es un libro pese a que en apariencia no tenga nada dentro, y nadie sabe nunca dónde puede saltar la chispa que abre tantos caminos mágicos. Que se lo pregunten si no a un par de amigos: uno empezó devorando El Coyote y ahora es un experto mundial en misiones franciscanas de California y en la huella cultural hispana en Norteamérica. Otro empezó con Los tres mosqueteros y El prisionero de Zenda, y ahora dirige la Biblioteca Nacional.

El caso, les decía, es que casi cuarenta años después de que yo leyese El caballero de Casarroja, una investigación realizada en las universidades de Lovaina y de Munster ha puesto punto final al misterio. Ha escrito el epílogo de esa historia a la que me asomé fascinado una mañana de lluvia en la biblioteca del abuelo. Muchas veces desde entonces reflexioné sobre la suerte del pobre crío inteligente y enfermizo, nacido para ser rey, que fue arrancado a su madre —drama escalofriante, háganse cargo, para un lector de diez años— y después entregado para su reeducación republicana a un brutal individuo, el zapatero Simón, que lo sometió a vejaciones y malos tratos, antes de perderse en las sombras sin que nadie pudiera esclarecer su suerte. Pero la vida imita a veces a las novelas: uno de los médicos que en 1795 hicieron la autopsia a un niño de diez años muerto de tuberculosis en la prisión del Temple, se había llevado el corazón del pequeño cadáver escondido en un pañuelo. Ese corazón, conservado primero en alcohol y luego momificado, anduvo en diversas peripecias durante dos siglos; hasta que hace unos días el análisis comparativo de su ADN con el de los cabellos de María Antonieta desveló el misterio: el niño muerto en el Temple el 8 de junio de aquel año era el hijo de los reyes de Francia; y su pobre cadáver terminó en una fosa común de París, cubierto con cal viva, Caso cerrado. Y ahora, por fin, casi cuarenta años después de mirarnos él y yo por primera vez a los ojos, el pequeño fantasma que tanto me impresionó al descubrirlo entre las páginas mágicas de El caballero de Casarroja ha respondido por fin a todas las preguntas y descansa en paz en mi memoria. En cuanto al viejo sentimiento de compasión, la verdad es que a estas alturas no sé qué decirles. El tiempo pasa, y cambia nuestro corazón, y aquel niño que leía en la biblioteca del abuelo pudo ver después, y no precisamente en novelas de Dumas, demasiados cadáveres de otros niños que también tenían diez años y estaban en fosas comunes. Y me pregunto, por ejemplo, cómo sería ahora España si aquí hubiéramos tenido la lúcida previsión de guillotinar a Carlos IV y a María Luisa, y a ese pérfido hijo de puta que luego reinó como Fernando VII alguien le hubiera hecho a tiempo una buena autopsia.

14 de mayo de 2000

domingo, 7 de mayo de 2000

Fumar y trincar


Vaya por delante que a Tabacalera y las otras multinacionales del gremio, por mí, les pueden ir dando. Quiero decir que las considero una mafia de golfos apandadores con número y antifaz, como los que salían en los tebeos del pato Donald junto a Narciso Bello, Daisy y el Tío Gilito. Si del arriba firmante dependiera, obligaría a las tabaqueras, a fuerza de ley o mediante la estricta aplicación del artículo 14 — por todo el morro y sin rechistar—, a jiñar las plumas, subiéndoles los impuestos hasta el 99,9 % y obligándolas a financiar programas de salud e higiene pública, y a añadir a cada anuncio tabaquil otro, forzoso y complementario, en el que se viera el aspecto que tienen los pulmones de un fumador cuando el forense, ris, ras, les pega un par de tajos de bisturí al hacer la autopsia. O sea, por un lado esos chicos jóvenes y con ganas de vivir y ganas de marcha que muestra el anuncio dando por supuesto que llevan un paquete de Fortuna o de Winston o de Ducados, o de lo que sea, en el bolsillo de los dockers, y por el otro unas asaduras frescas recién diseccionadas, en su palanganita blanca, chof, con los bronquios carbonizados bien a la vista. Más que nada, por aquello de que validiora sunt exempla quam verba, como dijo no sé quién. Si me permiten la gilipollez.

Digo todo esto, a modo de introducción o proemio, para evitarme doscientas cartas de soplapollos y soplapollas maniqueos que tornan la parte por el todo, y creen que si uno desdeña a una pava es un machista, o si se queja de un cartero insulta al gremio, o si habla de España es de derechas, o si desprecia a Arzalluz desprecia a los vascos, o si pone a parir al Pepé es del Pesoe, o viceversa. Así que ahórrense los sellos. Porque hoy inspiran mi tecleo las tres mil denuncias contra Tabacalera planteadas con motivo del Día Internacional Sin Tabaco, y la primera sentencia, reciente de un par de semanas, en que la empresa tabaquera resultó absuelta en su primera batalla contra los que exigen la devolución del rosario de su madre.

A ver si nos aclaramos. Uno entiende que a todos esos sinvergüenzas que se lucran con el humo que mata a otros, a sabiendas de que el tabaco puede causar cáncer y de que la nicotina es muy adictiva, se les retuerza desde las instancias oficiales el gaznate que más duele, que es el bolsillo, y se les haga solidarizarse con el remedio de los males que tanto facilitan. Nada que objetar a eso. Lo que me produce choteo personal es la pretensión de los damnificados por sacar. Desde hace la tira de tiempo, los consumidores de cigarrillos saben lo que hacen y las enfermedades a que se exponen, y cada paquete que compran indica el riesgo para la salud. Ya no hay fumadores inocentes. Y cuando después —con todos mis respetos y condolencias personales— a uno le extirpan la laringe o le diagnostican un cáncer de pulmón, no le queda otra que joderse como Dios manda; porque el tabaco no es Chernobil ni una mina de cinabrio, ni el tabaquismo es la silicosis, ni uno pasaba por allí, sino que cada pitillo lo saca, lo lleva a la boca, lo enciende y lo aspira con deliberación y disfrute, en acto responsable o irresponsable según cada cual, pero inequívocamente voluntario. Así que eso de las demandas y las indemnizaciones, por mucho que cuenten que se destinará a obras sociales y pías, me suena a lo de siempre: a buscar viruta por la cara. Es, imagínense, como si yo voy a la esquina del Banco de España y empiezo a pegarme cabezazos contra el canto de la pared, pumba, pumba, hasta que me descojono la frente bien descojonada y me quedo hecho un ecce-homo, y luego le pongo una demanda al banco por tener en la calle una esquina que me incita irresistiblemente a golpearme con ella, matizando que es sin ánimo de lucro, y que la pasta que le saque voy a destinarla a atención médica de todos los gilipollas que, como yo, nos paramos en esa esquina a sacudirnos contra el canto.

Así que lo siento, pero no me solidarizo con eso. Aplaudiré de corazón cuando todos los directivos tabaqueros sean ajusticiados en la farola más próxima, pero me niego a aplaudir esa capullada políticamente correcta que, cómo no, también hemos importado de los EEUU. Donde, por cierto, hay una importante diferencia: los punitive damages, como dicen allí, son sumas que se pagan a los perjudicados; pero no con objeto de indemnizar a las víctimas, sino de castigar ejemplarmente al responsable. Aquí, sin embargo, todo lo reducirnos a trincar. Y ya que hoy se me ha puesto el cuerpo plurilingüe, voy a regalarles otra bonita frase: Sua quisque exempla debet aequo animo pati. O sea: cada uno debe sufrir con ánimo tranquilo los ejemplos que él mismo dio. Eso para que luego digan que el latín es una lengua muerta.

7 de mayo de 2000

domingo, 30 de abril de 2000

Esos perros ingleses


Tengo un bonito grabado original, regalo de mi extinto vecino Marías e impreso en 1801. Es un aguador que aparta de su paso a unos canes molestos, y se titula: Malditos perros Ingleses. Y hoy titulo también así porque acabo de recibir la carta de un lector indignado: un amigo que echa chispas porque cuando Pinochet fue devuelto a Chile, privando a la razón y a la justicia de un grandísimo hijo de puta al que meter mano, Margaret Thatcher tuvo el entrañable detalle de regalarle a don Augusto un grabado sobre la derrota de la Invencible, o Trafalgar, o algo así. Porque, una vez más, los españoles habían sido derrotados como siempre lo fueron por los ingleses, etcétera. La tía lo hizo para expresar su solidaridad gremial e ideológica, y su agradecimiento porque, cuando las Malvinas, Pinochet ayudó a que las tropas británicas, profesionales bien equipadas, masacrasen impunemente a un ejército de desgraciados adolescentes argentinos a los que llevaron al matadero unos espadones irresponsables y asesinos, presididos por un general estúpido y borracho. En ese contexto, muy dolido por el recochineo de la dama de hierro —que también es de las que se conservan en alcohol—, ese lector apela a nuestra memoria histórica y pide venganza. Dales caña a esos cabrones, me exige, sin especificar si el término se reduce a don Augusto y su tronca, o si debo hacerlo extensivo a todos los hijos de la Rubia Albión, e incluso a mi vecino de página por aquello de las afinidades electivas. En la duda, y sin que ustedes vean esto como un arranque patriótico por soleares, sino como un higiénico ejercicio de la memoria, pongo manos a la obra mediante dos o tres bonitas anécdotas. Verbigracia. Hace un par de semanas les refería a ustedes que Patrick O'Brian, que en paz descanse haciendo nudos marineros a la derecha de Dios, no podía tragar a los españoles y en sus estupendas novelas náuticas siempre salimos como piltrafillas que no se lavan y que además son crueles y cobardes. Y todo el rato se nos compara con Nelson, compendio de virtudes anglosajonas y británicas, orgullo nacional nunca batido y demás. Por eso, si de algo le sirve el dato al prurito patrio de mi querido lector y comunicante, le diré entre nosotros que la Thatcher no tiene ni puta idea. Es cierto que sus compatriotas nos han fastidiado en el mar bastante más de lo que apetece recordar. Pero de ahí a lo de la imbatibilidad media un abismo. Y como estas cosas parece que ninguna autoridad competente española las sabe —el Lepanto—, y si las sabe no se acuerda, y si se acuerda no se atreve a decirlo, no sea que los imbéciles que consideran que la Historia es patrimonio exclusivo de la derecha lo llamen facha, ésta es una buena ocasión para recordar, por ejemplo, que ya mediado el siglo XVIII, y con los chulitos ingleses casi dueños del mar, el marino español Juan José Navarro rompió el cerco de la escuadra británica en Tolón con doce navíos y un par de huevos, y se abrió paso a cañonazos entre treinta y dos buques ingleses, con un millar de muertos muy equilibrado por ambas partes. Y que poner una columna y una estatua en Trafalgar Square le costó a la Gran Bretaña la vida del imbatible Nelson, once navíos desarbolados y fuera de combate y mil cuatrocientos muertos, en un combate donde los españoles —para su desgracia— estuvieron mandados por un francés y no precisamente mirando. Y en cuanto al propio e imbatible Nelson, que todos los ingleses saben manco del brazo derecho, incluso los mismos textos británicos evitan cuidadosamente mencionar que ese brazo lo perdió en 1797, cuando con toda la arrogancia y superioridad anglosajona de la marina de Su Majestad intentó desembarcar 1.500 hombres para conquistar Santa Cruz de Tenerife, defendida por despreciables españoles, y las tropas inglesas, que llegaron muy flamencas y muy sobradas, tuvieron que capitular ante la mano de hostias que les dieron los isleños, que los achicharraron vivos haciéndoles trescientos muertos y enviando a don Horacio Nelson, que fue a tierra con dos brazos, de vuelta a su barco con sólo uno. Los sucios indígenas.

Así que como ves, amigo lector, basta con hojear un libro de Historia anterior a la LOGSE para que en ese tipo de cosas te consideres vengado de sobra. A lo largo de los siglos hubo leña para todos; y cualquiera, hasta el imbatible Nelson y la madre que lo parió, tiene a la espalda tantas horas de gloria como de vergüenza o de fracasos. La diferencia es que los ingleses procuran olvidar sus desastres, o los convierten en gloriosas cargas de caballería, como esa gilipollez de Balaclava — aunque ningún Tennyson compuso poemitas cuando los japoneses les dieron bien por saco la Navidad de 1941 en Singapur—. Mientras que los españoles somos tan idiotas y tan miserables que nos avergonzarnos de las hazañas, o las utilizamos para reventar al vecino.

30 de abril de 2000

lunes, 24 de abril de 2000

Yo también soy maricón


“Me dan asco los maricones”, declaró uno de los acusados, para justificar haberle pateado el cráneo a un individuo hasta dejarlo listo de papeles para la UCI, por el simple hecho de verlo salir de un bar frecuentado por homosexuales. El fiscal, que sin duda se muestra implacable en otras facetas de su digno oficio, se había limitado a lavarse las manos con una multa de 270.000 pesetas. Quizá consideraba que salir de un bar gay, además de una mariconada, constituye una provocación por parte de la víctima. El caso es que fue la acusación particular la que apretó las tuercas, y a los apaleadores se les ha aplicado por primera vez un artículo del Código Penal que considera agravante cometer un delito por motivos de discriminación religiosa, étnica, sexo, orientación sexual y cosas de ésas. Por suerte a nadie se le ocurrió aplicar como atenuante la imbecilidad de los agresores. Habrían salido absueltos.

Decía Bartolo Cagafuego —un amigo mío— que en España no hay más justicia que la que uno compra. Por eso alegra comprobar que también a veces hay jueces con vergüenza torera, capaces de hacer compatible la dura Lex sed Lex con palabras como honradez, compasión y sentido común. Recuerdo el caso citado hace días por mi vecino el rey de Redonda, glosando la ausencia de ensañamiento, según sentencia judicial, de un fulano que le asestó siete mil puñaladas a la víctima, porque según los jueces al fiambre sólo le dolieron las primeras quince. El caso es que hoy traigo yo la judicatura a cuento porque en ocasiones brilla la luz en las tinieblas. O sea, que a esos cretinos tan machotes y viriles que le dieron las suyas y las del pulpo al homosexual a la puerta del bar, se los han calzado como Dios manda. Y hoy dedico esta página a tirar cohetes y decir que me alegro. Y es que, como dice mi ávido lector el notario de Pamplona, yo también soy un poco maricón. No porque me gusten los señores, sino porque no me gustan los hijos de puta que se erigen en justicieros y Mister Proper de su calle o de su barrio y se juntan en grupitos para darse valor miserable en los linchamientos. Quiero decir que soy maricón solidario, y a mucha honra. No simpatizo con la locuela emplumada y escandalosa que va por el mundo exigiendo que le partan la cara —y a veces encantada de que se la partan—, pero desprecio infinitamente más al semental estúpido, al supermacho castigador que marca paquete en función inversamente proporcional a la consistencia de su deprimente masa encefálica. Un imbécil es un imbécil con pluma o sin ella, y la tele y la radio, por ejemplo, son un buen muestrario en los últimos tiempos: cada programa tiene su maricón. Eso me parece bien; lo malo es que cada programa, por aquello de la audiencia, compite a veces por demostrar quién tiene al más maricón. Y eso crea cierto barullo. Y lo que es peor, una imagen que no siempre es representativa, ni justa.

Pero, en fin. En lo que se refiere al homosexual de toda la vida, al gay normal, de infantería, de andar por casa, al que es ingeniero, o bombero, o albañil, y tiene su orientación o su opción sexual definida hacia el mismo sexo, ya de modo asumido y satisfactorio o —lo que es frecuente— como condena a la infelicidad y la soledad más terribles, me gusta dejar siempre clara mi buena voluntad, cuando la vida me lo pone cerca. El deseo sincero de que tenga serenidad y felicidad, en un mundo difícil donde hace sólo tres siglos, a los putos los quemaba en la hoguera la Santa Inquisición —por cierto: no sé si el Vaticano, tan dado últimamente a pedir perdón y envainársela por cosas viejas y prescritas, tiene intención de pronunciarse al respecto uno de estos días, por cosas mucho más actuales y vigentes—. Hace poco, con ocasión del rodaje de Gitano, tuve ocasión de compartir cervezas y paseos por Granada, con alguien cuya sinceridad e inteligencia dieron pie a que yo atendiera con interés, amistad y respeto. Lo que más me conmovió fue la intensa y lúcida tristeza que acompañaba cada una de sus reflexiones. Y sólo de pensar que a ese fulano bueno y sensible lo agarren unas malas bestias para darle una paliza, me quema la sangre y me da —lo siento, pero me da— impulsos de matar. Como me los da ver un campo de exterminio nazi, un violador, un limpiador étnico, un perro abandonado, o un delfín agonizante en una red. Pero, qué diablos. No todo es tristeza, frustración y acoso. O al menos ese tipo de acoso. Sin ir más lejos, uno de los tíos más deseados por las señoras es un gay como la copa de un pino, público y confeso, que se llama Rupert Everett. Hasta Madonna ha querido salir sobándolo en el video de la nueva versión de American Pie, e incluso una bellísima jovencita, a la que conozco bien, ha visto ocho veces La boda de mi mejor amigo. Imagino la quina que estarán tragando algunos, con mi primo. Eso sí que revienta.

23 de abril de 2000

lunes, 17 de abril de 2000

Navajas y navajeros


Dentro de una caja antigua de madera con incrustaciones de marfil en la tapa, guardo tres navajas. Una tiene cachas de nácar, y perteneció a uno de mis tatarabuelos. Otra, con cachas de asta de toro, fue de un bisabuelo. La tercera, una Aitor vasca de acero reluciente, mecánica perfecta y cachas de palisandro, perteneció a mi padre. Esta última se la regalé hace casi treinta años, y hasta que dijo ahí os quedáis y dejó de fumar la estuvo utilizando para abrir la correspondencia y afilar los lápices. La capaora, la llamaba. Yo poseo otra navaja igual —la compré al mismo tiempo— que dedico a idéntico menester, y también para cortar los pliegos de los libros intonsos que encuentro en libreros anticuarios y de viejo. Y a toda esa panoplia navajera se suma mi vieja Victorinox de muchos usos, cuyos artilugios me sacaron de apuros en no pocos episodios de mi antigua vida reporteril, y todavía me acompaña cada vez que hago el equipaje. Quiero decir con todo esto que la navaja es un chisme que poseo y que respeto y que para mí tiene determinadas connotaciones sentimentales. Incluso nacionales, en el sentido honesto y amplio del término. Durante muchos siglos, los españoles (y españolas) anduvimos por la vida con una navaja en el bolsillo, lo mismo para bien que para mal. Con ella pusimos de manifiesto nuestra vileza, y también nuestro coraje. Lo mismo apuñalamos cobardemente, amparados en la bulla y el motín, que hicimos clic-clac para defender ideas, sueños o libertades. Ese peligroso objeto es parte de nuestra cultura para lo bueno y para lo malo, tanto como puedan serlo una iglesia románica, el Quijote, el jamón de pata negra o la guardia civil. Muchos abyectos canallas emplearon la navaja para cobrar el barato, segar vidas, marcar el rostro de mujeres indefensas o alardear de virilidad en el más infame aspecto de la palabra. Pero también muchos hombres honrados, oliendo a sudor y a decencia, la abrieron a media mañana junto a la fiambrera en una pausa en el tajo, o en la mesa, ante la familia, para que sus hijos empezaran a comer después de cortar el pan ganado con esfuerzo y trabajo. Letal y peligrosa, criminal o digna, cruel o generosa, la navaja sirvió también, en otros tiempos, para que hombres sin armas y con el valor para pelear por desesperación, hambre o ideologías, con error o con acierto, vendieran caras sus vidas y que, por ejemplo, Goya los inmortalizara con ojos espantados y terribles, acuchillando mamelucos. Uno de mis cuadros favoritos, pintado por Álvarez Drumont en 1827, muestra una calle de Madrid asolada por una carga de coraceros franceses. Manuela Malasaña está en el suelo, muerta. Y sobre ella, sin otra arma que una navaja abierta, su padre, abrazado al militar que la ha abatido de un sablazo, le mete al francés la cachicuerna hasta dentro, bien honda, por entre las junturas del peto de acero. Y un viejo y querido amigo, combatiente republicano, ya fallecido, me contó una vez cómo entre las ruinas del Clínico, en Madrid, cuando los moros y los legionarios de Franco llegaron al cuerpo a cuerpo y se peleó habitación por habitación, él y otros que habían quemado el último cartucho de sus Máuser abrían resignados las navajas, como último recurso.

Pero los tiempos son otros. En España, por fortuna, nadie necesita ya empalmar la churi para nada que no sea cortar rodajas de chorizo. Por desgracia, la navaja se ha convertido ahora en protagonista de lances cobardes, de horror gratuito, estúpido, a la puerta de discotecas o estadios de fútbol. Por eso periódicamente se levantan voces pidiendo que se prohíba su venta. Niñatos de mierda, chulos de discoteca, zumbados de coca, pastilla y cubalibre, perros chusmosos con cerebros de a medio gramo, tiran de ella con una inconsciencia y una facilidad que da escalofríos. De pronto, en mitad de una discusión boba por una plaza de aparcamiento o por la entrada a un local, en mitad de la jarana alguien se lleva la mano a los riñones y la retira estupefacto, manchada de sangre.

Así, la navaja se ha convertido en triste símbolo de lo más turbio y cobarde que la escoria de este país tiene en los genes. No hay justificación que valga para quien lleva por la calle una navaja en el bolsillo, porque eso sólo indica disposición a clavarla en el prójimo. Por eso los jueces, tan rigurosos ellos a la hora de colocarle dos años al que se lleva a casa un jilguero o a un toxicómano que roba tres talegos para darse un pico, deberían ser inflexibles con cualquier imbécil o criminal a quien se le encuentre una navaja encima. Ya sé que la ley no es muy dura al respecto. Pero para eso está la capacidad de interpretación que se les supone a los magistrados, y también la facultad de legislar que tiene el Parlamento. A fin de cuentas, lo malo no es una navaja, sino el uso que se haga de ella. Y la culpa no la tienen los de Albacete.

16 de abril de 2000

domingo, 9 de abril de 2000

El envés de la trama


Alguna vez les he hablado aquí de Patrick O'Brian, el autor de las veinte novelas sobre la Armada inglesa protagonizadas por el capitán Jack Aubrey y su amigo el doctor Maturin. Se trata de la mejor serie de novelas navales que se ha escrito nunca, muy superiores en calidad y cantidad a las de C. S. Forester sobre Horacio Hornblower, o a las más recientes de Alexander Kent sobre el capitán Richard Bolitho. Patrick O'Brian murió hace tres meses, a los 86 años, con trece de esas novelas ya publicadas en España. Vivía retirado de casi todo, en un pueblecito del sur de Francia; y para morir viajó a Dublín, dejando inacabada la entrega número veintiuno de su extraordinaria serie náutica. El pasado 8 de enero, cuando supe la noticia, disparé trece salvas de honor en mi corazón de lector huérfano. Luego recorté la noticia del periódico, y la pegué en la primera página de La fragata Surprise, el tercer volumen de la serie, junto a unas palabras allí escritas con tinta negra y pulcra caligrafía: a Arturo Pérez-Reverte, con mis amistades, Patrick O'Brian.

Nunca fui entusiasta de los libros firmados. Ni siquiera la dedicatoria de Patrick O'Brian la tengo por iniciativa propia, sino que la debo a su editor español, quien durante una de sus visitas al novelista quiso obsequiarme con ella. Debo decir, sin embargo, que cada vez que abro ese volumen por la dedicatoria, el orgullo de lector satisfecho y agradecido me caliente los dedos. A veces se la restriego por el morro a ciertos amigos, haciéndoles rechinar los dientes. Alguno de ellos, nostálgico de combates penol a penol y cazas largas por la popa, sería capaz de matar por una dedicatoria como esa.

Pese a todo, nunca quise conocer al autor. Durante años rechacé varias propuestas, incluida una invitación a su casa transmitida por un amigo común. Siempre tuve la certeza de que los autores de los libros que uno ama no deben conocerse en persona jamás. Estoy seguro de que Thomas Mann, un fulano maniático e insoportable, me habría desgraciado para siempre el placer de leer y releer La montaña mágica; que Stendhal me habría parecido un snob gordito y ordinario que iba de ingenioso con las señoras en los salones, y que el conocimiento de Mujica Lainez o del aristócrata Lampedusa me habría estropeado para siempre Bomarzo, o El gatopardo. En ese registro, ni de Cervantes me fío.

Ahora, como para darme la razón, acaba de aparecer en Estados Unidos una biografía de Patrick O'Brian donde el fulano, según parece, no queda muy guapito de cara; empezando porque en realidad se llamaba Patrick Russ y no era irlandés como afirmaba, sino inglés. Además, nunca fue héroe de guerra, no lo aceptaron en la marina de Su Majestad, y cambió de apellido en 1945, después de abandonar por el morro a su mujer y a dos criaturas. Pero lo más gordo es que apenas navegó en su vida, en la práctica no sabía hacer nudos marineros, y sus conocimientos sobre la Armada inglesa los obtuvo a base de leer y documentarse a tope. Resumiendo, que el supuesto irlandés en realidad era inglés —y como buen anglosajón despreciaba a los españoles— fue un farsante, un embustero y un poquito hijo de puta.

Y sin embargo, ahí están sus libros. En esas espléndidas ocho o diez mil páginas, O'Brian, o como diablos se llamara, creó un mundo fascinante que tipos como yo, lectores de infantería, seguidores entusiastas, tenemos el privilegio de apropiarnos al navegar por ese mar de tinta y papel. El autor quedó atrás, a la deriva, cual si hubiera caído por la borda en una noche oscura, navegando a un largo con gavias y trinquete. Ya no tienen nada que ver con esto, sus libros pertenecen a sus lectores, que los poseemos al proyectar en ellos nuestro mundo, nuestra imaginación, nuestros sueños. O'Brian, como todo autor, es un vulgar intermediario que deja de tener importancia al concluir su trabajo. Agotados sus recursos, consumada la acción creativa, puede salir de escena sin que la obra se resienta por ello. El libro es lo que cuenta, lo que tiene vida propia; y al autor no habría que conocerlo nunca. Por eso resulta tan patético el espectáculo de los que se aferran a su obra, incapaces de esfumarse una vez acabado el curro. Obligados por la vanidad, el marketing o la presión de los lectores y las circunstancias, algunos se obstinan —nos obstinamos— en seguir ahí con mueca sonriente mientras los focos nos deshacen el maquillaje como a un vedette acabada, mostrando los ruines agujeros del traje de lentejuelas, asistiendo a mesas redondas y dando conferencias y concediendo entrevistas para explicar lo que ningún lector necesita que le expliquen. Devaluando con ese innecesario protagonismo libros que a veces, si no los envileciéramos con el espectáculo de nuestra miserable condición humana, tal vez serían libros interesantes, inolvidables o hermosos.

9 de abril de 2000

domingo, 2 de abril de 2000

Clientes y clientas


El otro día me saltó a la cara un titular de prensa que me hizo rechinar los dientes, hasta el punto de que todavía tengo flojo algún empaste: Prueba la inocencia de su clienta. Al principio pensé escribir algo descojonándome pasando mucho del qué dirían las erizas, o la hija feminista del notario de Pamplona -cada uno lleva su cruz, colega-, o el redactor anónimo del libro de estilo que impone tanta soplapollez en la que casi nadie cree de verdad, pero que todo cristo, por aquello del qué dirán, practica fervoroso. Pero la carne es débil, y por muy chuleta que madrugue algunos días, y por mucho que mi vecino el rey de la isla de Redonda —antes perro inglés— me haya honrado con la amistosa distinción de Duke of Corso, reforzando de modo considerable mi autoestima, hay cosas a las que ni el mismísimo fencing master de S. M. R. se atreve. Así que vale, me rindo, lo confieso. Trago. Desde ahora voy a hacer un esfuerzo para normalizar mi escritura, adaptándola a los usos sociales de esta sociedad empeñada en reiterar que las mujeres existen, y que el uso del género neutro no es sólo tendencioso y machista, sino que supone un ninguneo de la mujer. Me sumo así a nuestra eficaz Academia Española, siempre dispuesta a consagrar, primero con su silencio. Y luego con su diccionario, cualquier desafuero consumado. Incluso estoy dispuesto a ir más lejos. Lamento no haberlo hecho antes, proporcionando recursos extras a los ciudadanos y ciudadanas y a los compañeros y compañeras, que los políticos han manejado durante la recién concluida campaña electoral. Pero no lo hice antes por no pringarme, recordando aquello que decía Franco: «Haga como yo. No se meta en política». Así que, en el futuro, seré consecuente con las modas y los tiempos. Incluso pasaré por alto el hecho de que la mayor parte de las mujeres inteligentes que conozco, cuando preguntas si prefieren que las llamen abogada o abogado, o jefa o jefe, dicen que te dejes de gilipolleces y las llames como esos títulos se han llamado siempre, porque justamente la discriminación consiste en marcar la diferencia de sexos, y no al contrario, y el género neutro no es masculino ni femenino, sino que con frecuencia engloba uno y otro, y se inventó precisamente para algo. Y que cada vez que oyen, por ejemplo, a un político dirigirse a los ciudadanos añadiendo como innecesaria coletilla y ciudadanas, sienten que les da urticaria porque esa moda de lo socialmente correcto suele ser practicada con farisaico entusiasmo precisamente por aquellos varones demagogos que piensan que ya han cumplido con eso de la puntita nada más, y que después de decir españoles y españolas en un discurso ya han cumplido con las cuotas. Olvidando, se pongan como se pongan los radicales y los tontos —que a veces, pero no siempre, son sinónimos—, que lo machista no es una lengua, sino el uso que se hace de ella.

Pero en fin. Pese a todo eso, les decía, procuraré que el género neutro, pese a que ha funcionado tranquilamente toda la puta vida, quede abolido a partir de ahora de mi panoplia expresiva. En el futuro, cualquier neutro usual al que recurra, irá acompañado, para evitar confusiones, de su correspondiente femenino —tal vez deba decir de su correspondiente femenina—. Escribiré así, en adelante, jóvenes y jóvenas, responsables y responsablas, votantes y votantas, enriqueciendo y normalizando la lengua española con perlas —la de jueza me parece hasta ahora la más refinada del elenco— como tenienta, sargenta, caba, cantanta, imbécila. Mi única duda es si al escribir jóvenes, responsables y votantes no estaré incurriendo precisamente en el extremo opuesto, desdeñando la personalidad masculina de los antedichos: y tal vez fuera mejor, en ese caso, que escribiese jóvenos, responsablos y votantos. Así cada cual tendría lo suyo, y no habría dudas al respecto: electricisto, dentisto, ebanisto, ciclisto, diento, gilipollo. Pero, llegados a ese extremo, la cosa iba a complicarse, porque hay un tercer sexo: los homosexuales existen y tienen sus derechos. ¿Cómo dejarlos fuera? Además, unos homosexuales asumen peculiaridades de un tipo, y otros de otro. Los hay que prefieren llamarse Maripepa y los hay que prefieren llamarse Paco. Y las hay. En su caso habría que matizar. Así que lo ideal, llevando la cosa hasta sus últimas y honradas consecuencias, sería decir, por ejemplo: «Queridos, queridas y querides compañeros, compañeras y compañeres, heterosexuales y homosexuales, clérigos, seglares y pensionistas de la tercera edad: gobernamos gracias al apoyo de los votantos, votantas y votantes españoles, españolos y españolas, que son responsablos, responsablas y responsables de que los ciudadanos, ciudadanes y ciudadanas puedan encarar el futuro, etcétera». Será un poco farragoso y gastaremos más saliva y tinta, pero todo el mundo estará contento. Creo.

2 de abril de 2000

domingo, 26 de marzo de 2000

Preludio de Intifada


Aún me estaría riendo de no tratarse de un asunto grave, de esos que terminan poniéndote de muy mala leche. Hace poco, alguna autoridad más o menos competente calificó de “gamberrismo juvenil sin mayor trascendencia” los recientes disturbios protagonizados en Melilla por grupos de jóvenes y adolescentes de origen musulmán. La cosa se refería a la quema de contenedores, barricadas, y a los enfrentamientos con la policía tras la prohibición de importar corderos de Marruecos para la celebración de la Pascua islámica. Las normas de la Comunidad Europea prohíben la entrada de ese tipo de carne norteafricana; así que los corderos para el Día del Sacrificio fueron llevados desde España. Todo normal, en principio. Pero estallaron los incidentes, y hubo barricadas, piedras y leña.

Que jóvenes de origen marroquí se echen a la calle a cortar el tráfico y apedrear a los guardias, con El Ejido ahí mismo y reciente, no es una anécdota sin importancia. Es el síntoma externo de un problema. Pero lo peor no es el hecho, sino el enfoque oficial. Gamberrismo juvenil, dicen las fuerzas vivas. Chiquilladas. Los políticos y los caciques españoles son especialistas en la táctica del avestruz, y en que mañana responda el maestro armero. Todos tienen la impune certeza de que el problema, cuando estalle, tocará resolverlo a otros. Así vivimos enfangados en conflictos que cualquier ciudadano de infantería ve venir, pero que ningún político tiene el coraje de prevenir. No vayan a creer que somos esto o lo otro, y además necesitamos el voto de Mengano. Aquí, los responsables se reciclan o hacen de la amnesia virtud política. En la finca de semejante gentuza, conflicto aplazado es conflicto resuelto.

Melilla, como Ceuta, es un lugar complicado. Estoy convencido, con la catadura moral y el pulso de quienes nos gobiernan en esto, como en otras muchas cosas, siempre da igual quien nos gobierne, de que cuando Marruecos se decida a plantear el conflicto y apretar las clavijas, ese enclave será entregado al país vecino sin contrapartida alguna, mediante la simple bajada de calzones de nuestra tartamudeante política exterior. Eso, patrióticamente hablando, me tiene más o menos sin cuidado. Lo que pasa es que en Melilla tengo amigos, y me revienta imaginarlos haciendo las maletas y camino del puerto mientras los otros bajan del Gurugú y los legionarios, cabra incluida, cumplen órdenes y arrían la bandera como solemos arriarla: de noche y a escondidas. Con nocturnidad y alevosía.

Pero es que, además, en Melilla, como en Ceuta, hay cantidad de españoles de origen musulmán a los que no les apetece pasar bajo control de Marruecos. Por eso se largaron. Ellos, y los inmigrantes más o menos ilegales que han ido llenando la ciudad, quieren mantener sus tradiciones y su cultura, pero gozando también del legítimo derecho a beneficiarse de una Europa de trabajo y libertades. El problema es que no siempre el sueño se materializa, y mucha de esa gente se ve marginada y expuesta a la pobreza, la explotación y la desesperanza. Ahí es decisiva la intensa labor social desarrollada en la ciudad por grupos de ideología islámica —nunca se vieron tantos velos ni tantas barbas por la calle—, donde gente preparada, médicos, abogados, hacen por su gente labores que debería hacer y no hace la administración española. Por eso hay un germen soterrado de nacionalismo islámico, más fuerte a medida que son mayores las necesidades. Y como nada oficial se hace por atraerse a estos grupos, y todo queda en la demagogia habitual para ir tirando, un día ese movimiento se manifestará públicamente, de modo muy comprensible, en favor de Marruecos; que además —también es comprensible— tiene sus filas bien infiltradas hasta el tuétano. No sé si a favor de la monarquía cherifiana o de un nacionalismo islámico radical: en cualquier caso, se manifestará sin la menor duda, tarde o temprano. Y eso incluye, —contemplando también— las hipótesis más probables y las más peligrosas, que los jóvenes magrebíes y los que ya no lo son tanto, vueltos al Islam y a Marruecos como única alternativa, puedan echarse a la calle tal y como son: desesperados, duros, solidarios y valientes. En ese contexto, calificar de gamberrismo juvenil los primeros síntomas de lo que mañana puede ser una Intifada con todas sus letras —imaginen, cielo santo, al cabo antidisturbios Sánchez controlando una Intifada—,es de una ignorancia y de una irresponsabilidad inauditas. Porque nada de lo que acabo de contarles es un secreto para especialistas y Pepes Goteras y Otilios del Cesid. Eso lo sabe en Melilla hasta el más humilde vendedor de lotería. Los únicos que parecen ignorarlo son los de siempre. Los pasteleros sin escrúpulos que buscan el negocio y el voto para hoy, y nos condenan a la tragedia para mañana.

26 de marzo de 2000

domingo, 19 de marzo de 2000

El amigo americano


Acabo de recibir un grabado magnífico: el puente de Brooklyn, en Nueva York, de noche y bajo la nieve. Está firmado por Magyll en 1995: el puente difuminado entre una neblina oscura y gris, y en primer plano un farol encendido y un banco cubierto de nieve. Llegó hace un par de días, enmarcado, y me lo manda Howard Morhaim, que además de ser mi agente literario en los Estados Unidos, es mi amigo. En realidad es mucho más que un amigo. Una noche, en un restaurante japonés, con el sushi saliéndonos por las orejas y la lengua floja porque estábamos hasta arriba de sake, juramos ser hermanos de sangre hasta que la muerte resuelva el asunto. Y así seguimos. Howard vendrá a España dentro de unos días, para mi nueva novela. Con ese pretexto procuro reunir siempre a unos cuantos amigos: el maestro de Gramática viene desde la Universidad de Murcia, el almogávar Montaner baja de las estribaciones pirenaicas, Sealtiel Alatriste se trae una botella de Herradura Reposado desde Méjico, Claude Glüntz deja de fotografiar guerras y cambia su casa de Lausana por el hotel Suecia de Madrid, y Antonio Cardenal se olvida de Laetitia Casta por un rato. Esta vez estará Howard con ellos, y sólo pensarlo me pone de buen humor. Quiero mucho a ese fulano.

Howard Morhaim es uno de los tres norteamericanos que más aprecio, y que con mayor contundencia han desmontado buena parte de mis suspicacias y prejuicios. Los otros son Drenka, mi dulce y eficiente editora neoyorkina, y Daniel Sherr, un tipo estrafalario y genial junto al que cada comida se convierte en una pintoresca aventura porque es al mismo tiempo judío, alérgico y vegetariano. El arriba firmante, europeo y mediterráneo muy satisfecho de serlo, siempre se negó en redondo a viajar a Norteamérica, que en veintitantos años de viajes profesionales nunca me interesó un carajo. Para tí y para tu primo, decía yo, remedando a los Chunguitos. Ahora no sé si rectificar será o no de sabios, pero sí es de justicia. Hace año y medio estuve allí por fin cierto tiempo, por ineludibles razones editoriales, y confirmé, en efecto, mis más horribles temores. Pero también descubrí lugares, cosas y gentes hermosas y entrañables. Descubrí respeto, cultura, amigos. Me extasié ante librerías, bibliotecas, universidades y museos extraordinarios, y enmudecí entre damas y caballeros que hablaban de mi propia memoria histórica con un conocimiento y una lucidez que ya querríamos muchos de aquí.

En cuanto a Howard, somos amigos desde hace años; desde que le enseñé Sevilla y los bares de Triana, y le compré un vaso de plata en una joyería de la Campana, cerca del kiosco de mi amigo Curro. Un vaso auténtico de torero, aunque no dio tiempo a que le grabaran el nombre, y eso lo hizo él luego, en otra joyería de Brooklyn. Porque Howard nació en Brooklyn y sigue viviendo allí, pero ahora con vistas al río y al puente. El chico pobre que trabajó duro, como en las clásicas historias del sueño americano, tiene una casa magnífica; que es lo único que no se ha llevado su ex mujer, una rockera morena y bellísima que le amargo la vida, pero a cambio le dio una hija que él adora. Tanto la adora Howard, que se ha hecho íntimo amigo del nuevo novio de su ex, a fin de mantenerse lo más cerca posible de la cría. Howard es un tipo elegante, muy europeo de gustos, y tiene éxito con las mujeres; pero jamás permite que se interpongan entre su hija y él. Los ves paseando, padre e hija junto al puente de Brooklyn, cogidos de la mano como enamorados. Y Howard se vuelve hacia mí y dice: Mírala. Mira qué ojos tiene. Es tan guapa como su madre, la muy bruja. Como ven, el puente de mi grabado sale todo el rato en esta historia. Además, a Howard y a mí nos encanta un restaurante que hay justo debajo, frente a Manhattan. Una vez, comiendo allí, me habló todo el tiempo del orgullo que siente por haber sido un humilde chico de Brooklyn. Se entusiasmaba al hablar de su barrio, él, un tipo ahora elegante y cosmopolita. No sé si te has fijado, dijo, que en todas las películas de guerra de Hollywood sale siempre un chico duro que es de Brooklyn. En realidad me estaba hablando de él mismo; de su infancia y sus recuerdos. Y escuchándolo, comprendí más sobre los Estados Unidos de lo que había llegado a comprender en toda mi vida. Sobre todo cuando Howard se quedó pensativo, mirando los altos edificios al otro lado del río, y de pronto dijo «my city», señalándolos con un gesto breve, absorto, orgulloso. Mi ciudad. Y en ese instante consiguió que yo quisiera a Nueva York tanto como a él.

19 de marzo de 2000

domingo, 12 de marzo de 2000

Tú vales mucho


Muchas veces me avergoncé de ser hombre. Las razones son diversas, pero no hay cosa que me saque más los colores que cierto tipo de rituales varoniles, charlas de barra de bar, actitudes a la vista de ejemplares del otro sexo. Fulanos que dan por supuesto que el mundo es un coto de caza y ellos los gallitos del corral. Miradas castigadoras que dicen aquí estoy, pequeña, siempre listo, dispuesto a hacerte esto y lo otro. A comerte los higadillos. Esas actitudes se dan tanto en individuos con viruta y poder, como en tiñalpas de medio pelo y en mierdecillas impresentables. He llegado a comprobar cómo hasta el animal de bellota más grosero y vil da por supuesto que toda mujer anda loca por sus encantos. También existe el solapado hipócrita disfrazado de misa diaria, de profesor bondadoso o de jefe comprensivo, que acecha el momento — académico, laboral— con la mirada huidiza de quien ni siquiera tiene el indecente valor, o la desvergüenza, de plantear la cosa por las bravas.

Pero también mis primas, a veces, lo ponen fácil. Asumiendo el riesgo de que el Sindicato de Erizas en Pie de Guerra (SEPG) me ponga como hoja de perejil, diré que un depredador se extingue cuando no encuentra presas disponibles; pero el mundo está lleno de cabritas esperando que se las coma el lobo. Eso hace que se confundan los papeles. También están las que, por necesidad —la supervivencia es un motivo tan legítimo como cualquier otro— aceptan jugar en terrenos equívocos. Todo eso viene a cuento porque una amiga acaba de contarme su última entrevista de trabajo. A la mitad yo sabía cómo terminaba la historia. Y no porque sea demasiado listo.

Imaginen el primer acto. Reunión de trabajo para conocer a futura colaboradora. Tres socios, charla empresarial, whisky. Ella, mujer con excelente currículum, que necesita ese trabajo, ha caído en la trampa desde el principio: vestida de niña bien, quiere estar guapa y agradar. Pide una tónica. Tras un par de whiskys, dos socios se despiden. Ella siente que el trabajo es suyo. El jefe le pide que se quede para ultimar detalles.

Segundo acto. Ella aferra su tónica mientras el jefe inicia una serie de halagos hacia su persona: lo inteligente que es y la mucha clase que tiene. Lo lejos que puede llegar en la empresa. Ella empieza a sentirse incómoda, da sorbitos a la tónica. Al jefe el tercer whisky empieza a volverle la lengua pastosa, y su mirada se vuelve desagradable. De vez en cuando se le escapa la mano, y le toca la rodilla. Todo muy paternal, pero ni los ojos ni la mano son los de un padre. Entonces ella comete el segundo error. Necesita ese trabajo, así que en vez de decirle a esa basura que vaya a tocarle la rodilla a su madre, se queda allí, soportándolo. Está segura de que puede con él. Cree que logrará mantenerlo en su sitio. Que si aguanta firme, conseguirá el maldito trabajo. De modo que permanece allí, con su trajecito y su bolso de niña bien, patéticamente agarrada a su vaso de tónica. Conteniendo las lágrimas de asco y vergüenza.

Tercer error: ella no se ha ido todavía cuando el miserable cambia de táctica. Empieza a hacerle un cuestionario personal y termina desvariando sobre el sexo, mezclando el asunto con consideraciones sobre la existencia o la no existencia de Dios; porque él, eso quiere dejarlo muy claro, es creyente. Al poco rato pregunta si es lesbiana. Y ella no le estampa el vaso de tónica en la cara, por imbécil además de rijoso, sino que todavía aguanta allí, discutiendo el asunto. Por fin, convencido de que no hay nada que rascar, el fulano finaliza la entrevista. Te llamaré para el trabajo, promete. Por supuesto, no llamará nunca.

Moraleja de esta bonita y edificante historia: algunos hombres son capaces de portarse como canallas, pero algunas mujeres son capaces de tragar lo intragable. De no ver con lucidez, cegadas por la necesidad, los limites donde se impone la palabra basta. Éste no es el mejor de los mundos posibles; casi siempre es el peor, y en ese contexto hay juegos que no pueden mantenerse impunemente, ignorando los riesgos y los precios a pagar. La infamia se alimenta de la complicidad, la necesidad y el miedo. Es injusto y terrible, pero es lo que hay. El mundo, el dinero, los puestos de trabajo, siguen estando a menudo en manos de gentuza como el hijo de puta que acabo de describir líneas arriba. Tarde o temprano, la cuestión termina en un simple lo tomas o lo dejas. Y a la dignidad de cada cual corresponde establecer los límites.

12 de marzo de 2000

domingo, 5 de marzo de 2000

Ese bobo del móvil


Mira, Manolo, Paco, María Luisa o como te llames. Me vas a perdonar que te lo diga aquí, por escrito, de modo más o menos público; pero así me ahorro decírtelo a la cara en próximo día que nos encontremos en el aeropuerto, o en el AVE, o en el café. Así evito coger yo el teléfono y decirle a quien sea, a grito pelado, aquí estoy, y te llamo para contarte que tengo al lado a un imbécil que cuenta su vida y no me deja vivir. De esta manera soslayo incidentes. Y la próxima vez, cuando en mitad de tu impúdica cháchara te vuelvas casualmente hacia mí y veas que te estoy mirando, sabrás lo que tengo en la cabeza. Lo que pienso de ti y de tu teléfono parlanchín de los cojones. Que también puede ocurrir que, aparte de mí, haya más gente alrededor que piense lo mismo; lo que pasa es que la mayor parte de esa gente no puede despacharse a gusto cada semana en una página como ésta, y yo tengo la suerte de que sí. Y les brindo el toro.

Estoy hasta la glotis de tropezarme contigo y con tu teléfono. Te lo juro, chaval. O chavala. El otro día te vi por la calle, y al principio creí que estabas majareta, imagínate, un fulano que camina hablando solo en voz muy alta y gesticulando furioso con una mano arriba y abajo. Ése está para los tigres, pensé. Hasta que vi el móvil que llevaba pegado a la oreja, y al pasar por tu lado me enteré, con pelos y señales, de que las piezas de PVC no han llegado esta semana, como tú esperabas, y que el gestor de Ciudad Real es un indeseable. A mí, francamente, el PVC y el gestor de Ciudad Real me importan un carajo; pero conseguiste que, a mis propias preocupaciones, sumara las tuyas. Vaya a cuenta de la solidaridad, me dije. Ningún hombre es una isla. Y seguí camino.

A la media hora te encontré de nuevo en un café. Lo mismo no eras tú, pero te juro que tenías la misma cara de bobo mientras le gritabas al móvil. Yo había comprado un libro maravilloso, un libro viejo que hablaba de costas lejanas y antiguos navegantes, e intentaba leer algunas páginas y sumergirme en su encanto. Pero ahí estabas tú, en la mesa contigua, para tenerme al corriente de que te hallabas en Madrid y en un café —cosa que por otra parte yo sabía perfectamente, porque te estaba viendo— y de que no volverías a Zaragoza hasta el martes por la noche. Por qué por la noche y no por la mañana, me dije, interrogando inútilmente a Alfonso el cerillero, que se encogía de hombros como diciendo: a mí que me registren. Tal vez tiene motivos poderosos o inconfesables, deduje tras cavilar un rato sobre el asunto: una amante, un desfalco, un escaño en el Parlamento. Al fin despejaste la incógnita diciéndole a quien fuera que Ordóñez llegaba de La Coruña a mediodía, y eso me tranquilizó bastante. Estaba claro, tratándose de Ordóñez. Entonces decidí cambiar de mesa.

Al día siguiente estabas en el aeropuerto. Lo sé porque yo era el que se encontraba detrás en la cola de embarque, cuando le decías a tu hijo que la motosierra estaba estropeada. No sé para qué diablos quería tu hijo, a su edad, usar la motosierra; pero durante un rato obtuve de ti una detallada relación del uso de la motosierra y de su aceite lubricante. Me volví un experto en la maldita motosierra, en cipreses y arizónicas. El regreso lo hice en tren a los dos días, y allí estabas tú, claro, un par de asientos más lejos. Te reconocí por la musiquilla del móvil, que es la de Bonanza. Sonó quince veces y te juro que nunca he odiado tanto a la familia Cartwright. Para la ocasión te habías travestido de ejecutiva madura, eficiente y agresiva; pero te reconocí en el acto cuando informabas a todo el vagón sobre pormenores diversos de tu vida profesional. Gritabas mucho, la verdad, tal vez para imponerte a las otras voces y musiquillas de tirurí tirurí —a veces te multiplicas, cabroncete— que pugnaban con la tuya a lo largo y ancho del vagón. Yo intentaba corregir las pruebas de una novela, y no podía concentrarme. Aquí hablabas del partido de fútbol del domingo, allá saludabas a la familia, allá comentabas lo mal que le iba a Olivares en Nueva York. Me sentí rodeado, como checheno en Grozni. Horroroso. Tal vez por eso, cuando me levanté, fui a la plataforma del vagón, encendí el móvil que siempre llevo apagado e hice una llamada, procurando hablar bajito y con una mano cubriendo la voz sobre el auricular, la azafata del vagón me miró de un modo extraño, con sospecha. Si habla así —pensaría—, tan disimulado y clandestino, algo tiene que ocultar este hijoputa.

5 de marzo de 2000

domingo, 27 de febrero de 2000

Esta chusma de aquí


Cómo nos gusta linchar, nos gusta juntarnos en grupitos, darnos valor unos a otros, y apalear gente. Cómo nos entusiasma sentirnos respaldados por la bulla, por el rebaño que es presunta garantía de impunidad, por los compadres y vecinos cuyo tropel disimula el gesto de nuestra navaja cobarde, del puño furtivo, del bate de béisbol esgrimido por Fuente ovejuna. Cómo nos refocilamos con la piara y aullamos nuestra ruin mala leche mientras nos ensañamos con el débil, con el que corre en busca de refugio, con el caído, con el indefenso. Lo mismo nos da una vaquilla en fiesta de pueblo que un moro o un concejal. Hoy, mientras tecleo estas líneas, después de haber visto a un montón de animales con garrotes destrozar a golpes el humilde coche viejo de un infeliz marroquí, oigo que alguien en la radio dice que somos un país de racistas y de xenófobos. Pero eso es mentira. Lo que somos es un país de hijos de puta.

Nos faltan huevos. Nos falta valor para enfrentamos a quienes nos dan por saco desde hace siglos, y toda la frustración acumulada bajo malos gobiernos, en manos de los de siempre, curas, políticos, mercaderes y generales, sazonada por nuestra propia envidia, cainismo y desprecio a cuanto ignoramos, solemos vomitarla a la primera ocasión sobre las espaldas del que cae ante nosotros, a condición de que esté indefenso y solo. Mientras la poca gente honrada da la cara donde debe darla, el resto somos milicianos de cheka y madrugada, falangistas de primero de abril. Fusilamos maestros, rasgamos cuadros, quemamos catedrales porque no hay cojones para quemar cuarteles. Dejamos que la gente decente se pudra en la miseria, y que mueran en el exilio Machado, Goya o Moratín. Golpeamos con saña, sin que nos importen el rostro aterrado de la mujer y los hijos de nuestras víctimas. No vamos a buscar al poderoso en su palacio —suelen tener guardias en la puerta—, sino que la emprendemos a golpes con el pinche de cocina que pasa por ahí, con el que pillamos descuidado en la puerta de su casa. No hay coraje para asaltar comisarías a pecho descubierto, así que preferimos la puñalada en mitad del barullo, el tiro en la nuca cuando la víctima sale a tomarse una caña con su mujer, el coche bomba que puede hacerse estallar desde lejos, a salvo, sin correr ningún riesgo. Nos llamamos a nosotros mismos cruzados, gudaris. Hay que ver cómo defensores de la fe, ultrasures, nacionalistas, demócratas mosqueados, ciudadanos hartos de tal y de cual. Nos llamamos cualquier cosa a modo de coartada, pero en realidad lo único que estamos haciendo es justificar nuestro cerrilismo y nuestra mala fe.

Nos falta cultura. Oyes a los tertulianos, a los analistas de plantilla, a los políticos que tratan de justificar lo injustificable, y compruebas aterrado que no manejan argumentos; que todo es lugar común y demagogia, y que pocos son capaces de explicar lo que realmente está pasando, establecer antecedentes, bucear en la memoria y en las circunstancias históricas, culturales, sociales, que llevan a tal o cual situación. Nos centramos en el agravio ignorando las causas que lo originan, las claves y la memoria histórica que permiten discutirlo, asumirlo, razonarlo. Pretendemos resolver problemas cuyo origen ya ni siquiera se estudia en las escuelas, y aterra ver cómo analfabetos y demagogos hacen análisis y proponen soluciones aberrantes, utopías absurdas que nadie pondrá nunca en práctica.

Nos falta previsión. Todo cuanto pasa se sabe que va a pasar, entre otras cosas porque lleva siglos pasando; pero nadie mira hacia atrás para aprender. También nos faltan escrúpulos. El moro, el negro, el sudaca, son buenos cuando vienen sumisos a limpiar nuestras alcantarillas; pero ni siquiera les ofrecemos recursos para que lo hagan con dignidad. Nos cabrea que también ellos aspiren a un coche blanco, una casa blanca, una mujer blanca. Somos egoístas e irresponsables, gobernados por chusma que sólo se acuerda de Santa Bárbara cuando truena, y cuando a la tal Bárbara la han violado veinte veces; gentuza que ve venir la tragedia y no hace nada porque está ocupada en campañas electorales, o en apoyos parlamentarios, o favoreciendo a su clientela, a sus mierdecillas, a sus lameculos y a sus compadres.

Nos falta caridad, compasión. Tenemos buena memoria para lo que nos interesa, y muy mala cuando nos conviene; y al poco rato ya nos emociona más una telecomedia imbécil de la tele que una chabola incendiada. Y lo que es peor, nos falta remordimiento al mirarnos al espejo.

En realidad, lo que nos falta es vergüenza.

27 de febrero de 2000

domingo, 20 de febrero de 2000

Campanarios y latín


Detesto subir a los sitios, y las vistas panorámicas me importan un huevo de pato. Puedo vanagloriarme de no haber estado nunca en la torre Eiffel, pese al poderoso argumento de que ése es el único sitio de París desde donde no puede verse la torre Eiffel. He visto la Giralda exclusivamente desde la terraza del hotel Doña María; el campanile y las alturas de San Marcos sentado al sol del invierno en la terraza del café Quadri; y las pirámides de Teotihuacán a la sombra de las piedras de abajo, observando las hileras de osados escaladores que, como hormigas laboriosas, desfallecían cargados con sus videocámaras. Sólo una vez, en Beirut, durante la batalla de los hoteles de 1976, subí a pie veinte pisos del Sheraton para hacer unas fotos desde arriba; y me sacudieron tantos cebollazos por el camino que se me quitaron para siempre las ganas de panorámicas. Quiero decir con todo esto que no tengo nada contra esa digna afición ascendente, que practican gentes a las que quiero mucho. Pero yo prefiero quedarme abajo, mirando. Siempre tuve la impresión de que así se ven mejor ciertos paisajes. A eso añadamos el placer de estar cómodamente sentado bajo un toldo, con un café turco, mientras centenares de individuos disfrazados de coronel Tapioca echan los higadillos por la glotis y fallecen congestionados en la pirámide de Keops, en su obsesión de hacerse arriba una foto.

Hace unos días, paseando por una hermosa ciudad andaluza donde la gente hacía cola para subir al campanario de turno, encontré en la pared de un antiguo edificio, grabada por mano espontánea sobre la piedra venerable, una inscripción en latín. Ya he dicho alguna vez que soy enemigo acérrimo de las manos anónimas que dejan huella de su paso —generalmente abyecto— en paredes y monumentos públicos; pero confieso que esta vez me quedé con la copla. Quiero decir que me interesó lo que allí estaba escrito, y lo anoté para conservarlo. La frase estaba en latín: Non pudet obsidione teneri. Creía que me era familiar, remitiéndome a los tiempos en que aprendí a desconfiar de los aqueos incluso cuando traen regalos. Cicerón, me dije. Tenía tono de una catilinaria. ¿No os avergüenza estar asediados?, traduje después más o menos libremente, tirando del cajón de la memoria y del viejo diccionario Vox. Días más tarde, cuando le comenté el asunto, mi amigo Pepe Perona, el maestro de Gramática, me sacó del error. Virgilio, apuntó. Eneida, 9, 598.

Aquellas palabras, comprendía, tenían el valor de una pintada en la pared en tiempos de resistencia. En pleno cruce de cuatro culturas —en esa plaza hay un subsuelo romano, una catedral cristiana y una antigua sinagoga—, en un país despojado de su identidad y de su historia por una pandilla de ágrafos y de delincuentes centrales y autonómicos sentados en bancos del gobierno y de la oposición, alguien nos recuerda el expolio en latín. La elección de esa lengua no es casual: sin ella no es posible entender la historia de España, que es la historia de Roma y la historia de Europa, ni las catedrales, ni el derecho, ni la astronomía, ni la medicina, ni los sufijos y los prefijos, ni a Séneca, ni a Quintiliano, ni a Alfonso X, ni a Gracián, ni a Cervantes. Por eso, en pleno corazón de una ciudad milenaria, alguien recurre a Virgilio para decir que somos unos impresentables sin vergüenza y que esto, culturalmente hablando, es una puñetera mierda. Que subimos a las giraldas y a las torres inclinadas de Pisa y a las pirámides y viajamos a Bangkok y Nueva York sin conocer la historia de nuestra propia plaza o calle. Sin saber ni siquiera dónde estamos, ignorando cuanto vemos, desconociendo lo que significan las piedras que tocamos. Nos hacemos fotos y vídeos con los tópicos de un pasado del que cada vez sabemos menos. Consumimos Velázquez o Goya sólo cuanto toca: cuando el ministerio de turno decide gastarse quinientos kilos en celebrar el absurdo centenario de alguien a quien cualquier puede visitar a diario en su correspondiente museo; pero preferimos hacerlo con espectáculo de diseño, luminotecnia incluida y colas de seis horas. Somos tan idiotas que nos paseamos boquiabiertos por bibliotecas cuyos libros no abrimos, nos fotografiamos junto a cuadros cuya historia, autor y motivo ignoramos, y contemplamos desde los campanarios paisajes que sólo asociamos con películas de americanos en Europa que vemos en la tela. Non pudet obsidione teneri. Estamos asediados por nuestra propia estupidez e ignorancia. Y lo que es peor: no nos avergüenza en absoluto.

20 de febrero de 2000