domingo, 25 de abril de 2010

Alfonso XIII, ese franquista

Si es que te la dan hecha. La página, quiero decir. Con la náusea adjunta. Igual que si te metieran los dedos en el gaznate. Luego escriben cartas a XLSemanal, quejándose cuando los llamas gentuza y te refieres a sus muertos. Como una tal señora Cunillera, creo que se llamaba, o llama, que se descolgó una vez por el buzón de nuestro cartero con grititos de dignidad ofendida. Cómo se atreve, etcétera. El rufián. 

Hoy me relamo con otra perla parlamentaria, y no me resisto a compartirla con ustedes. Especialmente porque, si no me equivoco, pasó casi inadvertida en la prensa: media tímida columnita en un rincón, y poco aire de la clase política. Entre bomberos, supongo que se dijeron, no vamos a pisarnos la manguera. La soltó un pavo llamado Joan Herrera, diputado de Iniciativa por Cataluña Verde, me parece que es, pero podía haberla facturado cualquier otro individuo de los que frecuentan el garito. O buena parte de ellos. De esos a los que alguna vez encuentro en la rotonda o los restaurantes del Palace -yo pago allí con mi dinero, y ellos también pagan con el mío y con el de ustedes-, y me veo obligado a oír sus conversaciones telefónicas o de viva voz. Como ya apunté en esta página alguna vez, España debe de ser el único país de Europa, o de por ahí cerca, donde para sentarse en las Cortes no hace falta tener ni el bachillerato. 

En pregunta parlamentaria, hace un par de semanas, ese tal Herrera inquirió, muy serio, si bajo los supuestos de la ley de Memoria Histórica de 2007, que impone la retirada de objetos, monumentos o menciones conmemorativas que exalten la sublevación militar de 1936, el Gobierno tiene previsto cambiar el nombre de la Base Alfonso XIII de Melilla: que a su juicio, y de acuerdo con la citada ley, «supone una exaltación franquista». Respondió el Gobierno que, aunque se han tomado muchas medidas acordes con lo establecido en esa ley, la figura de Alfonso XIII no está incluida en ella, puesto que el abuelo del actual monarca dejó de reinar en España con la proclamación de la II República, que fue anterior a la Guerra Civil y a la dictadura del general Franco. Lo que, dicho en bonito, venía a significar que el diputado Herrera se había tirado un planchazo de órdago, mezclando dictaduras -la de Primo de Rivera sí fue bajo Alfonso XIII- y liándose más que el tobillo de un romano. 

No vayan a creer ustedes que Herrera, azote implacable -y verde- de dictadores y dictaduras, pidió disculpas por meter la gamba hasta la ingle, o en sincero auto de fe salió al día siguiente en el telediario admitiendo: soy un indocumentado y un cantamañanas. Nada de eso. Se dio por satisfecho, y con la solemne impavidez del tonto, supongo, miró al soslayo, fuese al bar y no hubo nada. Quede claro de todas formas, diría su gesto seguro y la sonrisilla satisfecha, que aquí mis votantes y yo no dejaremos pasar ni una. Faltaría más. A esa puta y facha España. 

Opino, sin embargo, que el Gobierno, aunque diligente, anduvo escaso en la respuesta. Mañana mismo, algún otro insobornable martillo de dictadores puede sentir curiosidad por franquismos parecidos, y esta clase de cosas es mejor prevenirlas. Lo de Alfonso XIII es más que una simple anécdota: delata caudales de rancia estupidez nacional, aliada con ignorancia y oportunismo político. Individuos que hacen preguntas como ésa, indigentes intelectuales de semejante calibre, votan leyes y deciden, con sus pactos, alianzas y pertinaz desvergüenza parlamentaria, nuestro presente y el futuro de varias generaciones. Habría convenido, por tanto, aprovechar la respuesta gubernamental para explicar a los vigilantes de la playa, y compañía, que Franco fue un dictador culpable de muchas cosas; pero que España es un lugar complicado y viejo, con tres mil años de verdadera memoria histórica, donde antes de la Guerra Civil, fecha a la que aquí se remite toda referencia y clave de nuestros males, ocurrieron otras cosas. Aunque despachara a moros y cristianos, por ejemplo, el Cid no era franquista. Ni Cervantes, aunque escribió en castellano. Tampoco los Reyes católicos, que expulsaron a los judíos, o Felipe III, que echó a los moriscos. Y la bandera roja y amarilla, pásmense todos, no la impuso Franco en 1936, sino Carlos III -que era un rey ilustrado- en 1785, inspirada en la antigua señal del reino de Aragón. Todo eso está en los libros de Historia, explicado muy clarito. Los hay de bolsillo, baratos. Cuando hagan otro de esos caros viajes protocolarios internacionales con avión en clase preferente, hotel y dietas a que tan aficionados son nuestros diputados, en vez de ponerse ciegos a canapés en las salas Vip de los aeropuertos, podrían leer alguno. 

25 de abril de 2010

domingo, 18 de abril de 2010

La película maldita

Hace dos semanas prometí hablarles de Rojo y negro, una de mis películas españolas favoritas. Así que anoche puse el deuvedé -una copia de relativa calidad, semipirata, que no se encuentra fácilmente- para admirar de nuevo esa historia sombría y dura, hija bastarda del cine franquista, estrenada en 1942, demolida por la crítica oficial y retirada después de sólo tres semanas de cartelera para verse enterrada en el olvido. Hasta que, cincuenta años más tarde, la Filmoteca Española localizó una copia polvorienta en un sótano de Madrid. 

Rojo y negro tiene un valor histórico extraordinario. Es la única película sobre la Guerra Civil hecha desde un punto de vista inequívocamente falangista -su director, Carlos Arévalo, lo era-. Y trata de las actividades clandestinas en el Madrid republicano de la contienda. Se trata de una película pionera, pues en ella aparece por primera vez el concepto de resistencia en una ciudad ocupada por el enemigo. Resistencia antimarxista, en este caso; pero no inferior en interés ni en realidad histórica, como señalan lúcidos críticos e historiadores del cine, a la resistencia antifascista que después nutriría innumerables películas francesas, inglesas, norteamericanas, alemanas, rusas o polacas. Insólita en su ejecución, técnicamente osada en algunas escenas -esos planos de la checa de Fomento abierta como el 13 de la Rue del Percebe-, modernísima para su tiempo, cuajada entre el neorrealismo italiano, el cine de vanguardia soviético y simbólicos toques surrealistas, Rojo y negro cuenta la sombría historia de una joven falangista, soberbiamente encarnada por la mítica Conchita Montenegro: un personaje alejado de los arrebatos patrioteros, grandilocuentes e histriónicos habituales en la cinematografía del Régimen. Luisa, la protagonista, es sobria, dura, trágica, cínica, valerosa y desesperanzada. Y con fría decisión desciende a los infiernos. Eso la convierte en una heroína atípica para el cine español de su tiempo, donde lo correcto eran abnegadas madres y esposas que, desde el cristiano hogar, alentasen a los hombres a inmolarse en las diversas Cruzadas habidas o por haber. 

Hay otro aspecto crucial, falangismo radical aparte, por el que la película no satisfizo el Régimen. Aparte de su tono seco, nada ampuloso y en absoluto marcial, evita caer en el simplismo estúpido del que ni siquiera se libran las películas que hoy se hacen sobre la Guerra Civil: la exaltación del bando propio y la caricatura del adversario. Sádicos nacionales de gafas oscuras y brillantina en las películas de ahora, y malvados rojos, tabernarios y brutales, en el cine de antes. Inexactos, incompletos y maniqueos, todos ellos. Aquí, sin embargo, los republicanos que encarcelan y fusilan son individuos normales, creíbles, con motivos para hacer lo que hacen. Con toques de humanidad e ideología propia: como cuando el jefe de los milicianos dice que, si hubiera llevado medalla religiosa al cuello, al llegar a la edad de la razón se la habría quitado. O cuando el miliciano violador de Luisa -soberbia escena, resuelta con dos planos del rostro de la Montenegro- actúa bajo el resentimiento de haber sido engañado, y porque está borracho. 

Pero aún hay más, en esta película asombrosa y compleja para quien se enfrente a ella con lucidez, sin estereotipos de buenos y malos: la crítica feroz a los contemporizadores, a los que miraban para otro lado. Al egoísmo de la derecha burguesa y capitalista, incluida sin reparos entre los principales responsables del conflicto. Sin olvidar el retrato, atrevidamente surrealista, de una clase política ciega que divide a los españoles, llevándolos a una matanza atribuida con mucha ecuanimidad al «odio y desconocimiento mutuo». Paradójicamente, la derecha conservadora queda peor que el bando contrario: cuando los oradores de izquierdas agitan al pueblo, éste se muestra como pobre, oprimido, inculto y desesperado. Eso enlaza con los personajes y actitudes de los milicianos que aparecerán después. Y si no los justifica, los hace creíbles. Humanos. 

Como se decía en otros tiempos, Rojo y negro es una película para que la disfruten espectadores formados, prevenidos de lo que ven y en qué circunstancias se hizo: capaces de hacer la lectura adecuada, situando en su contexto histórico y social esta narración extraña e inquietante, donde la estremecedora secuencia que precede al final -el actor Ismael Merlo vagando entre los cadáveres de los fusilados en la pradera de San Isidro- nos sumerge, más que ninguna de las muchas películas realizadas sobre aquella tragedia, en la noche oscura de nuestra Guerra Civil. 

18 de abril de 2010 

domingo, 11 de abril de 2010

Profesionales del pedir

Vivo a cuarenta kilómetros de la ciudad, en la sierra, y cuando bajo en coche suelo dejarlo en el aparcamiento de la plaza Mayor. Como esa zona, además, corresponde al Madrid que más me gusta -o quizás al único Madrid que me gusta-, el barrio de los Austrias y su entorno constituyen mi territorio de citas y restaurantes, de bares y cafés, de tiendas y librerías. Raro es que un paseo me lleve más allá de los límites del paseo del Prado y el café Gijón, por un lado, de San Francisco y el Rastro, por otro, y de la plaza de España y la Gran Vía. Cuando debo alejarme por asuntos de amistad o trabajo lo hago incómodo y con prisas, como quien se interna en territorio incierto, tomando un taxi para regresar, cuanto antes, a la seguridad de lo conocido. 

Conozco bien, por tanto, el Madrid viejo. Sus defectos y virtudes. También, a muchos de quienes lo pueblan y le dan carácter: tenderos, libreros, guardias, camareros, peluqueros, vendedores de periódicos y de lotería, furcias o mendigos. Algunas noches, cuando subo desde la Real Academia con Javier Marías, vecino del barrio, para despedirnos en la plaza Mayor o cenar en la Cava Baja, saludo a alguna de las lumis que patrullan las esquinas de las calles de la Cruz y Carretas, o compruebo si sus macarras panchitos -esos que en cierta ocasión, mamados, nos llamaron cabrones y del Pepé por llevar corbata- siguen agrupados cerca, vigilándoles el punto y la clientela. También paro a charlar medio minuto con dos pavos de apariencia feroz, pero buen trato, que en compañía de dos perros se buscan la vida en la calle de la Bolsa, tocando la flauta y haciendo algún juego malabar. La novia de uno es lectora mía, y eso une mucho. Y cuando me despido dejándoles un billetejo, Javier, que tiene buen perder y no se pone celoso porque la novia me lea a mí y no a él, también mete la mano en el bolsillo y afloja algo. 

Lo que ya no hago es dar un céntimo a los profesionales situados en las escaleras del aparcamiento. El transeúnte poco advertido puede confundirlos con los mendigos de infantería que ocupan los soportales o túneles de la plaza arropados en sus mantas y cartones; pero éstos van a lo suyo, con el Don Simón y un cigarrito, cuando hay. Pasan de todo y contemplan la vida. Les contribuyo de vez en cuando, gustoso, sin que lo pidan. Casi nunca piden. Los otros sí buscan dinero, con horarios puntuales rigurosos. Se trata, en este caso, de un curro como otro cualquiera. Se relevan unos a otros o desaparecen -camino de casa, supongo- a horas exactas, para cenar, ver la tele y estar con la familia. A éstos hace tiempo que no les doy nada, por varios motivos. A uno de ellos -joven y con gafas, que ya no va por allí- me lo crucé en otro barrio vestido con mucha corrección, despojado de la ropa de pedir, y al día siguiente volví a verlo andrajoso, donde siempre. Otra razón para secarme el bolsillo es que varios de esos habituales del estírese, caballero, no me caen simpáticos. Les falta ángel. Profesionalidad. Apruebo que cada cual se lo monte como pueda: pedigüeño, salteador de caminos, senador o diputado en Cortes. Hay modos y modos. Pero que guarden las formas, rediós. Hay uno, por ejemplo -mendigo, no diputado-, que llama «majo» y tutea por la cara a los clientes, desgarro campechano que contraviene todas las reglas clásicas de la mendicidad. Y otro grandullón, de mala catadura y peor jaez, que pide con modales groseros, intimidatorios, acosando al personal. Cuando alguien pasa por su lado, ignorándolo, le tira de la manga. Y oigan. Como dice un amigo mío, camarero de un bar próximo, si no fuera mendigo le iba a tirar de la manga a su puta madre. Pero no hay otra que aguantarse. Esto es Madrid, España. El paraíso de los compadres que guardaron cochinos juntos. Donde una ministra de Cultura, por ejemplo, tutea a Juan Marsé en el discurso oficial del premio Cervantes. Son daños colaterales. 

Otro mendicata, de origen extranjero, pide por las mañanas sentado junto a una de las escaleras del aparcamiento. Lo hace diciendo «buenos días» con tono lastimero, conmovedor. Alguna vez, al principio, le respondía al saludo y dejaba algo. Pero ya no. Hace un par de meses, uno de esos días infames de nieve y frío que azotaron la ciudad, lo vi levantarse e increpar con malos modos, muy agresivo, a un pobre hombre que se había cobijado cerca con una manta sobre los hombros. Temía que el infeliz le hiciera la competencia. Y no olvido la imagen del otro, levantándose tiritando para irse afuera con su manta, bajo los soportales, azotado por la nevisca. También entre los miserables hay castas, claro. Subdivisiones injustas. Explotados, explotadores y sinvergüenzas. 

11 de abril de 2010 

domingo, 4 de abril de 2010

El misterio del clavo y la calavera

Hace tiempo que no hablamos de cine. Ustedes y yo, quiero decir. Una vez les prometí una lista de mis películas del Oeste favoritas. No lo olvido, y todo se andará. Hace poco, sin ir más lejos, vi de nuevo Sin perdón -ya es la sexta o séptima vez- y no me abalancé a besar en la boca a Clint Eastwood porque no lo tengo a mano. Recuerdo bien cuando, en fechas todavía recientes, muchos que ahora babean con el amigo Eastwood colocándole la socorrida etiqueta de imprescindible, lo ponían de fascista y actor barato para arriba por Harry el sucio, El sargento de hierro y cosas así. Como a John Wayne, hace tiempo. O a John Ford. Los muy gilipollas. 

Pero hoy quisiera hablarles de otro cine. Alguna vez conté en esta página que apenas veo la tele; y que cuando estoy en casa me calzo una película en deuvedé después de comer y otra por la noche. A ese ritmo, ya pueden imaginar lo que cae: los atracones que me pego, con películas y series de la tele. Hace unos días liquidé la tercera temporada de Deadwood y la cuarta de The Wire, y ya me gotea el colmillo esperando, con el ansia de un niño al acecho de los Reyes Magos, la nueva serie bélica Pacific; que sólo espero esté, como mínimo, a la altura de su extraordinaria predecesora Hermanos de sangre. 

La que vi ayer, por quinta o séptima vez, no tiene relación con las que acabo de mencionar. Es otro cine. Otro mundo. Y de aquí, por más señas. En riguroso blanco y negro. Rodada entre 1943 y 1944. Hay una docena de películas españolas realizadas entre los años treinta y los cincuenta a las que tengo especial devoción: María de la O -la de Carmen Amaya, ojo, no confundir con la de Lola Flores-, Mi tío Jacinto y Calle Mayor, por ejemplo. También Rojo y Negro, una singularísima película maldita sobre la Guerra Civil, sombría y demoledora, que comentaré con más detalle en otra ocasión, pues merece un artículo completo. Y, por supuesto, El clavo. Esa obra maestra de Rafael Gil. La que hoy me hace teclear estas líneas. 

El clavo pudo haberla firmado cualquiera de los buenos directores que pasaron por Hollywood. Su guión, sólido e interesante, con diálogos de Eduardo Marquina, era una adaptación de la novelita del mismo título de Pedro Antonio de Alarcón, y en aquel momento fue una película cuidada y carísima, donde la productora Cifesa echó el resto: gran superproducción para su época, resultó un pelotazo de taquilla en España e Hispanoamérica. Historia de amor viajero que se convierte en trama policíaca y acaba en melodrama romántico, ambientada en la segunda mitad del siglo XIX, El clavo fue muy dignamente interpretada por el galán de moda Rafael Durán -más tarde, ya en decadencia, doblador de la voz de Cary Grant- en el papel del juez Zarco, y por la entonces rutilante estrella cinematográfica Amparito Rivelles en la piel de la misteriosa, joven y trágica Gabriela. Con el valor añadido de secundarios de lujo como el enorme, entrañable, inmenso Juan Espantaleón, que bordó el papel de secretario de juzgado con su espléndida humanidad. Fotografiado todo ello de manera extraordinaria por el gran Alfredo Fraile -inolvidable ese asombroso traveling aéreo de la escena del carnaval-, quien siempre sostuvo que, de las 87 películas en la que intervino como cámara, El clavo era el título del que estaba más orgulloso. 

He vuelto a verla, como digo, en el deuvedé -antes la tenía en vídeo- de una interesante colección del cine de Cifesa que incluye treinta años de cine español: desde películas soberbias como Nobleza baturra, Currito de la Cruz -la buena-, Malvaloca o Morena Clara -qué delicia ver en formato moderno a Imperio Argentina, Alfredo Mayo, Miguel Ligero o Manuel Luna- hasta histriónicos panfletos como Agustina de Aragón o La leona de Castilla, con la insoportable Aurora Bautista, o torpes camelos como A mí la legión: disparate bélico-patriotero, éste, que no resiste una comparación con aquella estupenda La bandera, francesa, que protagonizó Jean Gabin sobre el texto de Pierre MacOrlan. Pero cine español todo él, a fin de cuentas. Y, pese a las imperfecciones del momento, reflejo de una época, unos gustos y unos espectadores. Aun así, El clavo queda muy por encima de todo eso: es hoy, en esencia, una estupenda película. Un folletín decimonónico clásico, policíaco y sentimental, felizmente rescatado para que nuevas generaciones de espectadores puedan comprobar, mirando hacia atrás con buena voluntad, que ni siquiera los años oscuros, el cine del régimen, la censura y el control ideológico anularon por completo el talento de los grandes contadores de historias. 

4 de abril de 2010 

domingo, 28 de marzo de 2010

Un colegio no sexista

No sé de qué diablos protesto, a veces. Soy un gruñón bocazas, porque en realidad vivimos en un país fascinante. Según donde te sitúes, o lo haga el azar, lo mismo puedes echar la mascada por sotavento que rularte de risa o estamparle besos al vecino de barra. Yo mismo, cuando tengo sobredosis de telediario y me asomo a la ventana pidiendo que llueva napalm y nos lleve a todos a tomar por saco, me organizo a veces una terapia que funciona de cine: corro al bar más próximo, pido una caña y una tapa, miro alrededor y tiendo la oreja. Así, muchas veces, lo que veo o lo que oigo, las vidas que hormiguean a mi alrededor, la pareja que habla en voz baja cogida de la mano en la mesa junto a la ventana, el currante que se come el bocata, la señora que entra a pedir un café con leche después de pasar veinte minutos charlando con las otras marujas en la puerta del mercado, la peña considerada de cerca, en resumen, me suben el ánimo. Me reconcilian con la gente y con el escenario. Conmigo mismo, de paso. Como digo siempre, Sodoma y Gomorra, igual que Villacenutrios del Rebollo, están, si uno se fija, llenas de justos que las salvan. También de payasos que las animan. Que le dan vidilla al cotarro. 

El otro día tocó rularse de risa. La historia es verídica, aunque ustedes son dueños de creérsela o no. Como aval tienen mi palabra de honor, así que allá cada cual. Yo puedo jurarles por las Siete Bolas de Cristal que es cierta en lo sustancial y el desenlace. Ocurrió hace pocos días en una asamblea de la asociación de padres de alumnos de un colegio rural, alguno de cuyos integrantes es amigo mío. Buscaban nombre para el centro escolar, y el debate se animó con propuestas y contrapropuestas. Participaba activamente, con calor dialéctico, una señora todavía joven, notable por sus actitudes antisexistas. Muy eficaz en su trabajo, dicho sea de paso. Lúcida, cualificada y profesional. Pero de las convencidas -sin duda sinceramente, en este caso- de que los Reyes Magos deberían llamarse Reyes y Reinas Magos y Magas, y que regalarle un balón y una espada de juguete a un niño varón significa forjar, desde la más tierna infancia, a un maltratador de mujeres y a un fascista con carnet. 

El caso es que, dándole vueltas al nombre del colegio, la antedicha señora se negó a utilizar el de un conocido escritor español vivo -no era el mío, tranquilicémonos todos-, argumentando que el candidato pertenecía al sexo masculino -ella dijo «género»-, y que eso suponía discriminar a las mujeres escritoras. El mentado, además, no era considerado por la citada señora un pavo progresista, sino proclive -y esto es literal, o casi- «a una manera de escribir demasiado apegada a las reglas académicas, lo que le da un tufillo de derechas». Además era varón, lo que suponía una discriminación adicional. No sería bien visto. Se le pidió entonces a la señora que aportase nombres de escritores homosexuales inequívocamente progresistas, dignos de figurar en el membrete de cartas de un colegio español del año 2010. O, preferiblemente, de escritoras hembras en situación parecida. Pero no supo dar ninguno. Los hombres eran hombres, a fin de cuentas; y a las mujeres no acababa de verlas. «Hasta este mismo debate es machista», apuntó la prójima saliéndose por los cerros de Úbeda. Se entabló luego una animada discusión en busca de gente de otros registros, a ser posible mujeres vivas, conocidas, relacionadas con las letras, la educación o la cultura en general. Pero todo eran inconvenientes. A la señora no le cuadraban las cuentas. Además, no podía ser un nombre masculino, concluyó, por su posible interpretación sexista; pero si era mujer parecería muy radical. Muy extremista. `Colegio Miguel de Cervantes´ sonaba a rancio y a facha. «Con Franco todos se llamaban así», dijo alguien. Lo conveniente era un nombre que fuese popular, con tirón, pero que careciese por completo de connotación política. «Fulano escribió durante el franquismo, Mengano sale mucho en El País, Zutano firma en la tercera de ABC.» Eso de la etiqueta, real o postiza, los dejaba fuera a todos. «Sin olvidar -apuntó un profesor, ya en plan de coña- que si es hombre o mujer de raza blanca, pueden acusarnos de racismo. Y escritoras negras no tenemos muchas.» 

Al fin, tras varias horas de dimes y diretes, la señora dio con la solución: «Un nombre -apuntó muy seria- que cumple todos los requisitos para representar los valores del centro educativo, sin ser sexista ni afectar la sensibilidad de ningún colectivo». Luego hizo una pausa, los miró a todos con ojos encendidos de entusiasmo y dijo: «La Pantera Rosa». 

28 de marzo de 2010 

domingo, 21 de marzo de 2010

El fantasma del Bauer

Volví hace unos días a Venecia. Por razones profesionales, y por primera vez desde hace dieciséis años, estuve alojado en un hotel distinto al habitual. El paisaje que esta vez pude apreciar desde las ventanas era también otro: la vista no incluía la laguna, la isla de San Giorgio y la boca del Gran Canal, como siempre, sino una parte de éste que va desde la iglesia de la Salute a la punta de la Aduana. Panorama espléndido, también, sobre todo cuando el sol poniente se refleja en el canal entre góndolas, lanchas y vaporettos, y la habitación se inunda de luz dorada, secular y mágica. Me alojé en la parte antigua del hotel Bauer, el palazzo; y sin pretenderlo, cumplí un viejo deseo: dormir en el mismo hotel donde alguna vez estuvo Thomas Mann. Cuya Montaña mágica, en la edición de obras completas encuadernadas en piel azul de Plaza y Janés, lastró durante mucho tiempo mi mochila, releída varias veces por la ancha geografía de las catástrofes, donde -yo era el joven Hans Castorp, compréndanlo- en tiempos tempranos de lecturas todavía intensas, decisivas, empezaba a ganarme la vida. 

Vaya por delante que en esa clase de asuntos soy poco mitómano. En Venecia, sin ir más lejos, detesto el Harry's Bar -es pequeño, soso e incómodo, y prefiero el Boadas de Barcelona- precisamente porque allí se emborrachaban Hemingway y cuantos pretendieron imitarlo acodándose en barras de bares sin tener su talento. Y me deja frío que en la brasserie Lipp de Paris, por ejemplo, comieran Sartre, Simone de Beauvoir o la madre que los parió. Reconozco, sin embargo, que en Roma, siendo un polluelo casi implume, pasé una noche en el hotel de Inglaterra, gastándome una pasta, porque allí durmió Stendhal. Pero compréndanlo. En aquellos tiempos -quizá también ahora, aunque no estoy seguro- por Stendhal, Dumas, Thomas Mann, Homero, Virgilio y Joseph Conrad, yo habría hecho cualquier cosa. 

El caso, volviendo a Venecia, es que esta vez me alojé en el Bauer. Gracias a Dios, o a quien sea, el Carnaval y sus horrores habían quedado atrás, y la ciudad recobraba su serenidad invernal por un tiempo, antes de verse anegada por el aluvión de la temporada alta. Todavía hacía frío y quedaban calles solitarias por las que internarse. Anduve por la ciudad, como acostumbro, por las librerías, restaurantes y lugares habituales, trazando ahora las huellas de un episodio que, si hay tiempo y salud para ello, tal vez lean algunos de ustedes como aventura alatristesca dentro de un año, más o menos. Y una de tales tardes, a la vuelta de una larga caminata, cuando el resplandor del sol poniente del que les hablaba antes, reverberando en el canal, se adueñaba de la habitación con un torrente de luz dorada, salí de la ducha. Entonces, mientras me vestía con la puerta del baño abierta -una puerta de madera antigua y barnizada-, vi algo reflejado en ésta. Había una luz especial, como digo. Casi abrumadora. Y también es cierto que el paseo que acababa de dar no había disipado por completo los efectos, en extremo benéficos, de una botella de barbaresco del Piamonte que me había calzado con los espaguetis de la comida, un par de horas antes. Pero juro por la memoria de Frederick Rolfe, alias barón Corvo, que la vi. Allí, reflejada ligeramente borrosa en el barniz de la puerta, ondulante por el reverbero de la luz exterior: una mujer esbelta y desnuda que peinaba sus cabellos. Cómo sería de real la visión, figúrense, que fui hasta el cuarto de baño y eché un vistazo dentro, para asegurarme de que allí no había nadie. Después, desconcertado, retrocedí hasta situarme en el mismo lugar donde estaba al principio. Entonces volví a verla: ligeramente difuminada en el barniz de la madera, peinando su pelo largo ante el espejo. Me acerqué otra vez a la puerta, y cometí el error de tocar ésta, moviéndola. Entonces la visión desapareció. 

Que me parta un rayo ahora mismo. Que nadie lea nunca una novela mía. Que se me fundan las teclas del ordenata, si no estoy contando la verdad. Va en ello mi palabra de honor: esa mujer estaba allí, en el barniz de la puerta de mi habitación del hotel Bauer, bellísima en la luz dorada del atardecer veneciano. Ella y su contorno fantasmal, como si la vieja puerta conservara, impresa, la huella de una mujer hermosa que, en algún momento del pasado, se hubiese reflejado allí. Entonces supe -o confirmé, más bien- que ciertos fantasmas existen y que hay lugares singulares, luces y sombras que los albergan. Y que es nuestra mirada, con su temple de vida, libros e imaginación, la que los despierta y hace vivir de nuevo. 

21 de marzo de 2010 

domingo, 14 de marzo de 2010

La orquesta del 'Titanic'

El otro día, los pavos del suplemento cultural ABCD, periodistas y escritores, me invitaron a un cocido en Madrid. El pretexto era celebrar un artículo mío -lo hacen una vez al mes, eligiendo víctimas de modo por completo aleatorio, o casi-, y confieso que, aunque vida social hago la justa, resultó una comida muy simpática. Estaban allí Fernando Rodríguez Lafuente, Juancho Armas Marcelo, Fernando Castro, Luis Alberto de Cuenca y César Antonio Molina, entre otros: una interesante jábega de marrajos. Como no me gusta llegar con las manos vacías, antes de ir a la Taberna de Buenaventura, adecuado lugar de la cita, me pasé por la tienda de regalos que unos amigos tienen junto a Puerta Cerrada, donde compré una de esas semiesferas de cristal que producen efecto de nevada al agitarlas. Se trataba, en este caso, de un precioso Titanic a punto de hundirse, junto al pináculo de un iceberg. Desde hace tres o cuatro años he comprado una treintena de veces ese modelo en la misma tienda, destinado siempre a gente a la que aprecio. A veces está cierto tiempo agotado hasta que vuelven a traerlo, y sospecho que sus dueños lo reponen continuamente gracias a mi obsesiva insistencia. 

El caso es que el Titanic y su iceberg, entre otros asuntos, formaron parte de la conversación de sobremesa. Se lo entregué a Rodríguez Lafuente como director y cabeza visible del putiferio, aclarándole que siempre regalo eso como memento mori. Un recordatorio de que, por muy sobrado que navegue uno por la vida, siempre hay un iceberg esperando en alguna parte. Y aun más: cada éxito tiene, o al menos eso creí siempre, su trampa específica incorporada. El caso es que estuvimos conversando un rato sobre ello; y a la hora de los cigarros y el café -hace años que no fumo, pero me gusta que la gente fume donde le salga de la bisectriz, y que la Parca recolecte libremente a los suyos-, llegado el momento de la lengua suelta por productos espirituosos, discursos informales y debate animado, se planteó el tema de la orquesta: esos músicos tocando en cubierta mientras el transatlántico insumergible se sumergía despacio en el mar frío y tranquilo. Alguien mencionó el episodio como rasgo característico de la estupidez humana. De cómo el ciudadano prefiere siempre que le toquen la música antes que enfrentarse a la realidad. Convine en ello, que me parece muy cierto; pero manifesté también que, en mi opinión, la orquesta del transatlántico simboliza algo más. También esta mesa, dije mirando alrededor, es una orquesta del Titanic. En tiempos como los de ahora, cuando los periódicos reducen las páginas de Cultura a la mínima expresión, y además las ocupan con el último diseño de calamar al dátil deconstruido en sake por Ferrán Adriá y desfiles de la colección de primavera de Danti y Tomanti, la existencia de fulanos -y fulanas- que no se resignan, y siguen dispuestos a contarle a la gente la historia de los libros que se publican, las exposiciones que se inauguran, la música que es posible escuchar, me parece más necesaria que nunca. Y algo está claro, añadí. El mundo para el que muchos de nosotros fuimos educados hace medio siglo ya no existe. Mi abuelo, calculen, nació en el siglo XIX. Esa vieja Europa ilustrada, memoriosa y culta, superior en el más noble sentido de la palabra, la de Montaigne, Cervantes, Goethe o Chateaubriand, se va a tomar por saco. Y los suplementos culturales de los periódicos, pese a sus muchos vicios, tics, filias y fobias, envidias y grandezas, infames a veces y otras espléndidos según la racha, con firmas de gente honrada y también de indiscutibles hijos de puta, son sin embargo, en su conjunto, la música de la orquesta que suena, no para adormecer conciencias, sino como compañía y alivio de muchos. Como último bastión. Como analgésico que no quita la causa irremediable del dolor, pero lo alivia. 

«Morir matando», apuntó Armas Marcelo entre dos chupadas al Montecristo, haciéndome el honor de citar unas antiguas palabras mías. Y estuve de acuerdo. Esas modestas páginas culturales que sobreviven, opiné, sirven para no resignarse. Para hacer que, al menos, a los imbéciles y a los ignorantes les sangre la nariz. Para recordarnos que aún es posible pensar como griegos, pelear como troyanos y morir como romanos. Para aceptar, en fin, el ocaso de un mundo y el comienzo de otro en el que no estaremos; y hacerlo serenos, jugando a las cartas en el salón cada vez más inclinado del barco que se hunde, mientras por los portillos abiertos, entre los gritos de quienes creían posible escapar a su destino -«El barco era insumergible», reclaman los imbéciles-, suenan los compases de la vieja orquesta que nos justifica y nos consuela. 

14 de marzo de 2010 

domingo, 7 de marzo de 2010

Cuatro minutos

Me llegan, por amigo interpuesto, los comentarios de uno de los infantes de marina que estaban en el Índico durante el secuestro del Alakrana -del que, por cierto, nadie explicó de modo satisfactorio qué bandera llevaba izada, o no, cuando le dijeron buenos días-. El citado mílite es uno de los que intervinieron en la persecución de los piratas somalíes cuando éstos, después de trincar la pasta, salieron a toda leche para refugiarse en la costa. Viniendo de donde vienen, no es raro que los comentarios revelen insatisfacción por las órdenes recibidas y por el grotesco desenlace. Desde su comprensible anonimato, el infante de marina se desahoga, contando que los malevos estuvieron a tiro, pero las órdenes eran no disparar bajo ningún concepto, pues nadie estaba dispuesto a admitir muertos ni heridos en aquel sainete. 

Todo es conocido de sobra, y no merece volver sobre ello. Pero hay una frase que tengo por significativa, porque explica no sólo lo del Alakrana, sino muchas otras cosas: «Tuvimos de tres a cuatro minutos para detenerlos. Pedimos órdenes y hubo silencio». Con esas interesantes palabras en el aire, les invito a un bonito e instructivo ejercicio. Cierren los ojos e imaginen. Lo han visto veinte veces en el cine o la tele: las lanchas de los piratas zumbando hacia la playa, los infantes de marina teniéndolos en el punto de mira y con la posibilidad de bloquearles el paso, y el jefe del operativo pidiendo por radio instrucciones a sus superiores. «Permiso para intervenir», o algo así. Dice. Y ahora trasládense a Madrid, al gabinete de crisis o como se llame lo que montaron allí. También, en este caso, las películas nos facilitan el asunto: un mapa del Índico en una pantalla en la pared, pantallas de ordenador, la ministra de Defensa con las gafas puestas, el JEMAD ese de la barba que siempre va de azul, el resto de la plana mayor y toda la parafernalia. Con el pesquero liberado previo pago de su importe, todos más pendientes ya del telediario que de otra cosa. Y la voz que viene del Índico sonando en el altavoz: «Tenemos tres o cuatro minutos y solicitamos órdenes. Repito: solicitamos órdenes». El reloj en la pared haciendo tictac, o lo que hagan los relojes de los gabinetes de crisis, y la ministra, y el de la barba, y el resto de artistas, mirándose unos a otros, callados como putas. Y más tictac. Nadie dice «bloquéenlos», ni nadie dice «déjenlos escapar». Sería mojarse demasiado en uno u otro sentido, y las palabras las carga el diablo. Tanto el «sí» como el «no» pueden causar problemas en las tertulias radiofónicas y los titulares de los periódicos, según vayan éstos a favor o en contra del Gobierno. Así que punto en boca. Silencio administrativo, cuatro minutos, uno detrás de otro, mientras allá abajo, en el mar, los infantes de marina, el dedo en el gatillo y locos por la música, que para eso están, blasfeman en arameo, por lo bajini, mientras ven cómo se escapan los flacos con la pasta. Y al cabo, la desolada frase final: «Han llegado a la playa». Suspiro de alivio en el gabinete de crisis. Fin de la historia. 

Les cuento la escena -imaginaria, aunque no tanto- por si ustedes llegan a la misma conclusión que yo. Esos cuatro minutos de silencio no son los del Alakrana. Son todo un síntoma, una marca de fábrica. Una manera de entender la vida en este pintoresco lugar llamado España porque de alguna manera hay que llamarlo. Esos cuatro minutos de silencio se dan a cada instante, en cualquiera de las diarias manifestaciones de nuestra estupidez, nuestra mala baba y nuestra impotencia. Calla siempre, los cuatro minutos precisos, el político de turno, y el policía, y el juez, y el periodista, y el vecino del quinto. Callamos todos ante lo que vemos y oímos, pendientes del tictac del reloj, esperando que el tiempo aplace, resuelva, permita olvidar el problema. Una cosa es la teoría, las declaraciones oficiales, la España virtual. Qué ligeros de lengua somos legislando para un mundo perfecto, con nuestra inquebrantable fe en el hombre -y en la mujer, que diría Bibiana-. Y qué callados nos quedamos, como la otra ministra y el de la barba, cuando la realidad se impone sobre nuestra imbecilidad endémica. Cuando el maltratador defendido por la maltratada, el corrupto reelegido para alcalde, el violador reincidente, el terrorista que apenas paga su crimen, el hijo de puta menor de edad, la tía marrana que aprovecha la ley para vengarse del marido inocente, el pirata somalí que rompe el tópico del buen negrito, nos meten el Kalashnikov por el ojete. Entonces nos quedamos callados, no sea que la vida real nos reviente la teoría obligándonos a señalar al rey desnudo. Y así, de cuatro en cuatro, pasan los minutos de nuestra cobardía. 

7 de marzo de 2010 

domingo, 28 de febrero de 2010

Los papeles de Wolfgang

Lo llamaremos Wolfgang. Es un guiri simpático, de piel sonrosada y ojos claros, que tras enamorarse como un becerro de una española de rompe y rasga, cambió las brumas bálticas por el jamón de pata negra y el sol trescientos días al año. Y aquí sigue. En una ciudad del sur, junto al mar. Tiene buena biblioteca y gran afición a la cultura local. Como lleva muchos años jubilado, dedica su tiempo a eso: huronea en los archivos, asiste a conferencias, colecciona grabados antiguos de la comarca, fotografía monumentos, edita libritos y folletos, frecuenta tertulias. Lo hace todo, naturalmente, con metódica eficiencia teutónica, tomándoselo muy a pecho. Ésa es la parte más curiosa, por cierto, de algunos fulanos de allá arriba: cuando se ponen a ello, son de piñón fijo. Igual de eficaces diseñando hornos crematorios, taconazo va y taconazo viene, que salvando huerfanitos. Todo depende del lado en que caigan. Donde los pongan o se pongan. De cuáles sean las órdenes en vigor. Y Wolfgang, como digo, es de los que habitan el lado bueno. Una excelente persona. Sólo llegas a detestarlo un poco cuando te estás tomando tranquilamente un plato de menudo con garbanzos y un vaso de vino en la barra de una tasca, te cae encima, y durante tres cuartos de hora se empeña en contarte entusiasmado, con todo detalle, fechas y horas incluidas, cada una de las muchas actividades culturales a las que se ha dedicado en la última semana. Y las futuras. Sin darte cuartel. 

El caso, como digo, es que mi amigo ama a su ciudad adoptiva -andaluza por más señas- con pasión desaforada. Por eso, cuando aplica al paisaje el rigor metódico e intelectual de su raza nórdica, se le funden los plomos. En tales casos lo ves vagar desorientado como un niño, con cara de panoli, mirándolo todo con los ojos muy abiertos. Buscando que le expliquen lo que otros sabemos inexplicable, de puro obvio. Sin comprender lo que cualquier español comprende al primer vistazo. Hoy mismo me viene encima, con esa cara atónita que ya le conozco bien. «Estoy mucho sorprendido -dijo-. No sabes lo terrible que pasa. Cosa espantosa.» Emito un gruñido ambiguo que lo mismo puede interpretarse como desinterés que como atención cortés. Pero, en el orden de valores sociales de Wolfgang -sota, caballo y rey-, eso es una señal de aliento para que desahogue sus penas. Así que prosigue: «Durante años busqué documentos antiguos sobre ciudad, ¿comprendes si te digo?... Anticuarios y toda cosa así. Tengo en mi casa. Sí. Pagando yo. Mucho importantes. Documentos no para mí sino para ciudad. Historia de paisanos de aquí. Mucho dato. Memoria toda. Mí tengo archivo abundante en casa mía». 

Comento, mientras despacho el menudo con garbanzos, que enhorabuena. Que es estupendo tener esos documentos y poder disfrutarlos. Muy loable, también, que un guiri rescate la memoria local. Si hubiera dependido del interés de tus conciudadanos de aquí, añado, arreglados iban los documentos. A estas horas serían pasto de ratas. 

«Pero ése justo es problema -responde-. No creerás lo que cuento. Mismo yo no comprende. Hablo con autoridades y universidad y pongo disposición suya. Digo aquí está archivo importante ciudad, valioso mucho. Sí. Reunido por mí para vosotros. ¿Y sabes qué contestan?... Que bueno y mucho interesante, que los guarde en mi casa. Y pasan de mí, ¿creerlo puedes?... Le importa un mierdo documentos y archivo y memoria ciudad y todo. Hasta me miran raro, yo te juro.» 

Pues claro que te miran raro, respondo. Lo normal, si un español reúne una colección de documentos antiguos, es que se los guarde para él, procurando que nadie se entere. No sea que otros puedan beneficiarse de ello. Que le hagan pagar algún impuesto, por ejemplo. O se los reclamen de otra autonomía. O peor aún: que alguien haga con ellos un libro o un trabajo universitario brillante y se apunte el tanto. Y claro. Sale un pavo reuniendo documentos antiguos y ofreciéndolos por amor al arte, y la gente se mosquea. De qué va este tío, dicen. El erudito de los cojones. Una colección reunida de modo particular y puesta a disposición pública les rompe el esquema. Las autoridades se verían obligadas a tomar decisiones, ¿comprendes? Complicas su vida satisfecha y apacible. Los asustas. 

«A veces, España mucho triste», concluye Wolfgang, meneando la cabeza. Y pide un vino, que bebe cabizbajo. También se calza una ración de jamón ibérico. Yo miro las paredes del bar, decoradas con equipos de fútbol, fotos de toreros y una estampa de la Virgen del Rocío. «No se puede tener la paga del general y la verga del teniente», digo. Y Wolfgang me mira con sus ojos bálticos y azules, sin comprender un carajo. 

28 de febrero de 2010 

domingo, 21 de febrero de 2010

Conferencias chungas

El truco funciona. A uno se le ocurre un ciclo de conferencias sobre un asunto cualquiera, con más o menos gancho. Por ejemplo: La carga de la caballería austrohúngara y su influencia en la menopausia de la pava. Acto seguido, acude a la concejalía del ayuntamiento de turno, al banco de su pueblo, a la fundación o ministerio que pille más cerca. A cualquier sitio donde haya viruta disponible para estas cosas. Allí dice buenos días y plantea la cosa. El cebo para incautos. Traeremos, asegura, al último premio Nobel de Física, a Mario Vargas Llosa, a Elsa Pataky y al presidente Obama si consigue despejar un poco la agenda. Un ciclo de conferencias con mesas redondas y coloquio en el aula de cultura de Caixa Boixos Nois, que va a ser la pera limonera. Eso sí: cuesta tanto. Con suerte, si la entidad correspondiente tiene viruta disponible para el evento y el pájaro se lo curra con persuasión, habilidad y un cuñado concejal, que siempre ayuda mucho, la respuesta es afirmativa. De acuerdo, dicen. Ahí va la tela y móntalo. La foto del alcalde o el consejero, o quien suelte la mosca, con la Pataky, incluso con Obama, vale esa pasta y más. Y aunque no haya foto, en el anuario del ayuntamiento, la fundación o la entidad, quedará de perlas. Pero ojo que son caros, advierte el gestor del asunto. Obama, por ejemplo, cobra un huevo de la cara, y hay que pagarle el hotel y el billete en primera, y las horas extras de los guardias municipales que se encarguen de la seguridad. ¿Y eso a cuánto sube?, preguntan el alcalde, el concejal o el consejero tragando saliva. A tanto, dice el otro. Pero no te preocupes. Te hago un presupuesto general por el ciclo completo y lo arreglamos. 

El siguiente paso es anunciarlo a bombo y platillo: «El premio Nobel de Física, Vargas Llosa, Elsa Pataky y Obama bin Laden -gazapo del periodista local, que es medio sordo- participarán en el ciclo de conferencias Tal y Cual». Con eso queda cubierto el objetivo principal: justificar la pasta trincada por el listillo y tener un dosier de prensa. Por supuesto, a esas alturas no se ha contactado todavía con ninguna de las personas anunciadas; ni siquiera con sus secretarios, agentes o lo que sea. Con el tiempo, cuando llega la fecha, se hacen algunas gestiones, sin matarse mucho, a través del amigo de un amigo. Y claro. La editorial de Vargas Llosa responde que el autor está presentando un libro en Sydney, el agente de la Pataky dice que rueda una película con Viggo Mortensen, y cosas así. Del Nobel de Física no consiguen ni el teléfono; y de Obama, lógicamente, no vuelve a hablarse más. Al fin se inaugura el ciclo de conferencias con la agradable presencia supermegamediática de María Antonia Iglesias, de un noruego al que no conoce ni su padre pero que se apellida Bjornasmullersön y escribe novelas policíacas, de una pedorra de Gran Hermano y de un poeta local, finalista del premio Villaconejos con el soneto Eres mala, Pascuala. Y cuando el público asistente, mosqueado con el elenco, pregunta qué pasó con los conferenciantes anunciados, los organizadores, poniendo cara de circunstancias, responden: «Es que, a última hora, Vargas Llosa nos dejó tirados». 

Cuento todo esto porque, en plan mucho más modesto -nadie me apunta a ciclos con Elsa Pataky, aunque ya me gustaría-, me ocurre a menudo, como a unos cuantos más que conozco: académicos, escritores y gente del cine. Pregúntenle a Javier Marías, por ejemplo. O a Saramago. De pronto un amigo comenta que en tal o cual sitio vas a dar una conferencia de la que no tenías ni remota idea, y luego te manda el recorte de prensa o el enlace de Internet anunciando día y hora de tu intervención. Y te quedas a cuadros. Lo último mío es un ciclo taurino organizado en Sevilla, con firma incluida de manifiesto a favor de la fiesta, donde figura mi nombre junto a los de Enrique Ponce y Cayetano Rivera; cosa que me honra mucho, pero de la que no tenía noticia. Y sigo sin tenerla. Otros casos son más irritantes. Hace poco me enteré por un periódico de que iba a dar una conferencia en Ponferrada, dentro de un ciclo sobre el reino medieval de León, nada menos. Y el verano pasado, cierto hijo de la grandísima puta, cuyo nombre reservo cuidadosamente para cuando se ponga a tiro -entonces quizá salgamos otra vez los dos en los periódicos-, organizador de uno de esos ciclos fantasma, tuvo la desfachatez de justificar mi inasistencia a una conferencia, de la que nunca tuve noticia previa, afirmando que a última hora me había echado atrás al no satisfacerse mis «elevadas condiciones económicas»; cuando es notorio, entre quienes me tratan, que en las rarísimas ocasiones en que me presento en público lo hago sin cobrar un euro. Por la cara. 

Así que ya lo saben. Cuidado con las conferencias chungas. Muchos organizan esas cosas -importantes y necesarias, por otra parte- con seriedad y rigor. Pero también hay golfos oportunistas que las convierten en negocio personal. Es una estafa como otra cualquiera. 

21 de febrero de 2010 

domingo, 14 de febrero de 2010

Esas vidas desnudas

Acaba de recordármelo una fotografía tomada tras el hundimiento de un edificio en Madrid: la huella de sus habitaciones y de las vidas que las poblaron, impresa en las paredes del edificio contiguo como en el corte vertical de una tarta de varios pisos, o esas antiguas casitas de muñecas que podían abrirse para ver el interior con muebles diminutos. Huellas de peldaños que ya no llevan a ninguna parte, fotografías enmarcadas, un sillón en precario equilibrio sobre una cornisa de suelo roto, un dibujo sujeto con chinchetas junto a una cama infantil, la pared del cuarto de un joven con diana de dardos en la pared, estante con libros y póster de grupo roquero... Restos de existencias arrancadas de allí por el azar, la desgracia, la mano oculta de un jugador desprovisto de sentimientos que mueve piezas en un tablero frío como el universo. Que mata, hiere, rompe, mutila, porque el bien y el mal se funden en su implacable simetría. En su terrible naturaleza. La imagen, que coincide con otras que llegaron hace poco de Haití, me transporta a tiempos y lugares donde esa clase de imágenes, por repetidas hasta la monotonía, ni siquiera eran noticia; sólo paisaje habitual a uno y otro lado de las calles por las que caminaba pisando cristales rotos, espantado no por el horror inmediato -a todo se hace uno con el hábito y la lucidez forzosa-, sino por la mano despiadada que había tajado sin que le temblara el pulso, con su cuchillo de carnicero cósmico, aquellos edificios y las vidas que contenían. La regla helada, impasible, que se advertía detrás de aquella desolación y aquel silencio. 

También está la melancolía. Otro recuerdo de los suscitados por esa fotografía tiene que ver con un antiguo edificio que durante muchos años fue escenario de mi infancia familiar, y que más tarde, derribado casi por completo, mantuvo demasiado tiempo alguno de sus muros desnudos impúdicamente expuesto a la mirada pública, con mi memoria impresa en él, visible cada vez que me detenía allí: huellas de muebles, apliques de lámparas y cuadros en las paredes, empapelado, azulejos de la cocina, restos de baldosas y escaleras. Rastros de un paisaje entrañable, de juegos infantiles, de calor y de cobijo. Del paraíso perdido del que tarde o temprano te expulsa el tiempo. Ante aquel triste aspecto de un lugar para mí tan amado y conocido, cuyo plano y detalles podía -todavía puedo- reconstruir minuciosamente en la memoria, llegué a experimentar, a veces, intensos sentimientos de nostalgia. De pérdida irreparable. Y si en mi caso el despojo se debía exclusivamente a la convicción del paso de los años y la ausencia paulatina e inevitable de seres queridos -nada especialmente dramático cuando se considera con arreglo al orden natural de las cosas-, imagino el desconsuelo de quienes contemplan las huellas de sus propias vidas en las paredes de antiguos hogares después de sucesos trágicos, pérdidas graves, golpes brutales de los que aniquilan cuanto el ser humano posee, o cree poseer. 

Ésa es la razón de que las imágenes de esas existencias desnudas, los cortes verticales de edificios descubiertos de un día para otro por catástrofes naturales, guerras o siniestros azares del destino, me conmuevan especialmente. Me pongan -disimulen la mariconada- algo blandito por dentro. Más, incluso, que los cuerpos sepultados bajo los escombros. Hay en esas paredes algo que revela la parte indefensa, y tal vez la mejor, del ser humano. De cualquiera. De todos. A ver qué miserable o canalla entre los millones que adornan el paisaje, por mucho que lo sea, no tiene un rincón noble en alguna parte. Una retaguardia íntima, privada, hecha, incluso para los peores entre nosotros, de afectos, lecturas, músicas, sueños, amores, ternuras. La habitación de un hijo, el dormitorio de una madre con su crucifijo en la pared, el póster del Ché, la foto de boda de los padres o los abuelos, el retrato de un niño que fue feliz o no lo fue, la cama donde se ama, se sueña o se tienen pesadillas, la estantería con libros que ayudan a vivir otras vidas, a planear futuros o a consolar pasados. Asomarme involuntariamente a esa parte al descubierto de cada uno de nosotros me conmueve e incomoda, pues hace vacilar la confortable certeza, tan útil en tiempos de crisis -y todos los tiempos lo son- de que el ser humano tiene siempre lo que se merece. Esa exhibición desconsiderada, impúdica, de tantas vidas desnudas, dispara también curiosos mecanismos de solidaridad frente al verdugo cósmico que juega con nosotros al ajedrez. Con fotografías como la que comento, con paisajes parecidos, o peores, que a mi pesar conservo en la memoria, me gustaría tener delante a ese jugador improbable y decirle: oye, desvergonzado hijo de la grandísima puta. A un ser humano se le mata, si tales son las reglas. De acuerdo. Pero no se le humilla. No se le desnuda así, en público, en lo que es y lo que fue. 

14 de febrero de 2010 

domingo, 7 de febrero de 2010

Intrusos en el comedor

Unos los querían para mano de obra barata: jornaleros de miseria, chachas dóciles y carne de puticlub. Otros, para adornarse con la media verónica de que las fronteras son fascistas, aquí cabemos todos y maricón el último. El resto miramos a otro lado porque eso no iba con nosotros. A mí, pensábamos, la impotencia me la trae floja. Y adobando el asunto, la llamada opinión pública -esa puta perversa, tornadiza e hipócrita- extendió su salsa de irresponsabilidad y demagogia. Así, es natural que ni Pepé ni Pesoe, ni gobiernos, ni ministros, ni presidentes autonómicos, ni alcaldes y alcaldas de esta variopinta nación de naciones discutibles y discutidas del payaso Fofó, hicieran otra cosa que currarse lo inmediato. Ninguno de nuestros políticos renunció a esos viajes que se montan a costa de nuestra imbecilidad y dinero con el pretexto de estudiar el funcionamiento del metro de Estambul, las posibilidades eólicas de la Gran Muralla, el impacto del mosquito anófeles en el turismo de Cancún o el imprescindible hermanamiento de Tomillar del Rebollo con San Petersburgo. Nadie, en vez de hacer turismo por la patilla, se asomó a Francia, por ejemplo, donde el problema de la inmigración descontrolada y marginal hace tiempo que rechina en toda su crudeza. A aprender de los errores ajenos, y no meter la gamba en los mismos barrizales. 

Las prioridades eran otras: ganar dinero o votos fáciles, emparedar el problema futuro entre la desvergüenza de los explotadores y el buenismo estúpido de los cantamañanas, con esos supuestos papeles para todos que, además, eran mentira. Lo que viniese luego importaba un carajo. Por eso, leyes y normas no respondieron nunca a una política previsora de integración real y educación, planificada con realismo e inteligencia. Nadie aclaró, tampoco, qué idea de España iba a brindarse a quienes se acogían a ella. Qué espacio común podrían hacer suyo, a qué costumbres adaptarse, qué cauces serían adecuados para fundirse con el entorno sin renunciar al carácter y cultura propios. Qué derechos, y también qué obligaciones. Ofreciéndoles una tierra culta, abierta, común y generosa que el inmigrante, o sus hijos, no tardaran en sentir como propia. Una nueva patria: abierta, varia y coherente al mismo tiempo, que pudiesen, con poco o relativo esfuerzo, hacer suya. 

Pero todo eso habría requerido inteligencia política, cálculos a largo plazo hechos por gobernantes previsores, no por gentuza oportunista que promulga leyes coyunturales, contradictorias, y sólo actúa pendiente del titular de telediario y de las próximas elecciones, en un país de borregos donde todo problema aplazado es un problema resuelto. Salía más barato dejar que las cosas se asentaran de forma natural. En vez de procurar explicar la necesaria historia del Cid Campeador a un niño magrebí, lo que se hizo fue eliminar al Cid de los libros escolares. Nada por aquí, y nada por allá. Vacío total. Papilla informe, sin sustancia, válida para todos y que no nutre a nadie. Y así, el resto. Cualquier intervención o planificación seria habría sido un acto totalitario y fascista. Laissez faire, laissez passer. Y vaya si pasaron. De cualquier manera. Hacinándose en guetos infames, desorientados mientras los explotábamos en español, en catalán, en gallego, en vascuence, en mallorquín, en valenciano, en bable, en farfullo de Villaconejos de la Torda. Sometidos por fuera a todas las gilipolleces en que tan diestros somos, y formando por dentro sus propias estructuras independientes. Con los daños colaterales lógicos: marginación involuntaria o deliberada, descontrol, delincuencia. Transformando barrios y pueblos enteros, unas veces para bien y otras para mal. Porque no hay gueto bueno, y ciertas convivencias desequilibradas son imposibles. Saturando sistemas poco previsores que no dan más de sí. Creando, también ellos, sus núcleos marginales específicos, sus rencores internos y ajenos. Sus propios problemas. 

Ahora mugen vacas flacas y el negocio se va al carajo. De pronto, molestan. Pero ni siquiera así sacamos consecuencias útiles de las señales registradas en otros países que afrontan situaciones parecidas. Y al final pagarán los de siempre. Los tres, o treinta, o trescientos infelices apaleados en tal o cual sitio por una turba de bestias analfabetas en busca de alguien a quien linchar después de haberlo explotado hasta el tuétano. A cambio, algún día, cuando la desesperación propia y el racismo inevitable empujen a esos desgraciados al extremo, allí donde se sientan fuertes y puedan no sólo sobrevivir, sino defenderse e incluso agredir, arderán barrios enteros. No les quepa duda. Nos ajustarán las cuentas con su cólera desesperada, históricamente justa. Espero estar aquí para verlo, apoyado en la ventana de la biblioteca con la última botella de vino en la mano: respetables matronas en deshabillé corriendo por las calles mientras los bárbaros, como era inevitable, saquean Roma. Que nos den, entonces. Que nos vayan dando. 

7 de febrero de 2010 

domingo, 31 de enero de 2010

La punta de la aduana

Cada uno tiene sus lugares. Los que amuebla con los libros leídos, con la imaginación y con la propia vida. Sitios vinculados a recuerdos, a personas, a sueños realizados o por realizar. Algunos tenemos el privilegio -aunque por todo pagas antes o después- de que tales lugares estén repartidos por aquí y por allá, conformando un territorio extenso. A fin de cuentas, cuando a los dieciocho o veinte años renuncias a la seguridad del molusco, te echas una mochila a la espalda y empiezas a caminar, dispuesto a abonar las tarifas necesarias, esos pasos terminan llevándote, por muy torpe que seas, a algunos sitios curiosos. Te trazan un mapa vital más o menos complejo. Una biografía. 

Durante casi veinte años, la punta de la Aduana fue uno de esos lugares en mi mapa. Desde ella hay una vista razonable de la ciudad de Venecia, pero no es el paisaje lo que me hacía ir allí. Tenían más que ver ciertos estados de ánimo y algunos libros leídos en edad temprana, y también el hecho de que, en una ciudad frecuentada como ésa, la punta de la Aduana quedaba lejos de los circuitos habituales de comercios, paseantes en masa y postales de rigor. Había que ir a propósito, sin otro objeto. El museo más próximo era el Guggenheim, y distaba un pequeño trecho. En invierno, sobre todo, y especialmente de noche, la soledad podía ser absoluta. Alguna pareja de enamorados, como mucho. Gente inmóvil y silenciosa. Ibas caminando desde el muelle Zattere, escuchando el ruido de tus propios pasos, te sentabas luego en el piloncillo de piedra y encendías un cigarrillo mirando la laguna y las luces de la ciudad, en compañía del Judío Errante y de unos cuantos viejos camaradas más. En esos momentos la otra Venecia quedaba muy lejos, y la punta de la Aduana volvía a ser parte de la materia con la que se tejen los sueños. Los míos, por lo menos. Los que alguna vez tuve. Fue allí, sentado al sol de un invierno, cuando acabé de leer una novelita medio policíaca y medio fantástica de Fruttero y Luccentini cuyo título, bellísimo, asocio siempre con ese lugar: El amante sin domicilio fijo. 

En los últimos cuatro o cinco años, sometida a restauración, la punta de la Aduana ha estado prohibida a los transeúntes. Se abrió de nuevo hace unos meses, convertido el edificio en centro de arte contemporáneo. La puesta al día de éste, confiada al arquitecto japonés Tadeo Ando, me parece extraordinaria. Y el contenido inaugural -parte de la colección Pinault-, discutible según los gustos. Ahí cada uno es cada cual. Cuando estuve la última vez, a finales de diciembre, lo único que de verdad me puso caliente fue el enorme y bruegeliano Fucking Hell de los hermanos Chapman; y lo que más me divirtió fue la explicación que unas incómodas madres italianas daban a sus criaturas de cinco o seis años ante el pene de dos palmos, enhiesto y largando un espeso chorro de albo producto, situado en una escultura manga de Takashi Murakami. El resto no me hubiera importado ahorrármelo, pero no se fíen mucho de mi criterio. De arte contemporáneo no tengo ni puta idea. Una vez vi un armario con pastillas y medicamentos firmado por Damien Hirst y estuve a punto de abrirlo y tomarme una aspirina. 

El caso es que al salir me asomé a la punta de la Aduana, que en realidad era el objeto principal de mi visita. Y no saben lo que me alegré de haber saturado mis recuerdos con lo que el sitio fue, porque nunca volverá a serlo. La proximidad de la colección Pinault tenía aquello lleno de gente -con el mismo derecho que yo a estar allí-; y, justo delante del pilar de piedra donde tantos personajes reales e imaginarios se sentaron durante siglos a contemplar la laguna -alguno de ellos mío, como Olvido Ferrara y el fotógrafo Faulques-, hay ahora una escultura blanca de poliuretano acrílico y tamaño algo más que natural: Niño con una rana de Charles Ray, convertida ya en foto veneciana obligatoria, otra más, para cuanto visitante se acerca al paraje. Y lo que antes era un lugar tranquilo y melancólico, solitario a menudo, se ha convertido en un circo de fotos, flashes y grupos con guías; incluido un guardia de seguridad pegado a la escultura, a fin de que nadie la pintarrajee o le arranque el brazo con la rana. Más arte moderno interactivo, imposible. Punta de la Aduana con segurata, niño y rana, podría llamarse. O quizá es así como se llama. Volví de noche, y era todavía mejor: una enorme jaula metálica nada artística preservaba la integridad de la obra, enriqueciéndola con su divertida paradoja. Metáfora del arte, o puro arte contemporáneo, finalmente. El único ya posible. Todos estamos dentro y son los tiempos que corren, concluí resignado. Lo que espera a cada una de las puntas de Aduana que en el mundo han sido. Regresé despacio, caminando por la orilla del ancho canal de la Giudecca. Hacía un frío que partía las piedras. Por suerte, me dije, nadie puede enjaular la memoria, ni los libros. 

31 de enero de 2010 

domingo, 24 de enero de 2010

'Dans les oeufs'

Como se veía venir -consideren lo de se veía como bordería facilona-, la moda de los restaurantes donde se come a oscuras ha sido saludada con alborozo en España. Faltaría más. En la vanguardia de Occidente. Y háganse cargo del flash: completamente a oscuras, camareros ciegos que te llevan de la mano y sirven platos que no puedes ver, todo a base de tacto, gusto, oído y olfato. Con mucho contacto físico, se añade como incentivo. Hasta para hacer pipí te lleva de la mano un ciego o ciega -no me pillarás esta vez, Bibiana-. Y oigan. De clientes no sé cómo andan esos locales; igual hay bofetadas para meterse dentro. No me extrañaría en absoluto. Los elogios mediáticos son, desde luego, rutilantes. En las páginas de Cultura, por supuesto. Dónde, si no. A fin de cuentas, comer donde Ferrán Adriá equivale a leer tres páginas del Quijote, por lo menos. O cuatro. Dicen. Como los desfiles de moda y el mus. Y las tres en raya. Todo a Cultura. Con foto del restaurante entre el museo Thyssen y la última novela de Saramago. Y lo de zampar a oscuras, además, encima de venir avalado por franquicia con precedentes en París, Londres y Moscú -Dans le Noir, capten el astuto juego de palabras-, tiene ese puntito a medio camino entre museo de Diseño de Zúrich y corrección política que lleva a algunos al límite del orgasmo múltiple. Ahí va una de las reseñas, cuyo recorte atesoro: «La necesidad de experimentar nuevas emociones y el afán de descubrimiento no están reñidos con la conciencia social y la sensibilidad hacia las discapacidades». Con dos cojones. 

Iría, lo juro. De no estar un poco mayor para estas cosas -«La experiencia no es apta para quien no ama el contacto físico, ya que el tacto es el sentido estrella de la noche»-, les aseguro a ustedes que caería a cenar allí, sólo por ver cómo se las arregla uno cuando, en la oscuridad, dice:«Camarero, hágame el favor. Necesito miccionar», y el de la ONCE llega, te palpa, te coge de la mano y te conduce a través de la noche procelosa hasta el lugar, supongo que también dans le noir, donde puedes aliviar la vejiga. He visto una foto publicitaria en alguna parte, y es que de verdad dan ganas de abalanzarte al sitio: los clientes apoyados unos en otros y el camarero delante, como bailando la conga. Todo elegante y solidario que te rilas, a base de mucho tacto y contacto físico, como debe ser. Desplegando tu conciencia social y sensibilidad solidaria camino del baño, en alegre camaradería con otros clientes que en ese momento sientan ganas de lo mismo. Guiados todos por camareros invidentes pero expertos, que cual Virgilios abnegados te guíen por la selva oscura de la vida, al fondo a la derecha. Orientándote el chorro una vez allí, supongo. Con paciente esmero. 

Lo mejor de todo esto es que me ha dado un par de ideas. Estoy por llamar a mi amigo Félix Colomo -el que me pidió autorización para abrir en el Madrid de los Austrias su Taberna del Capitán Alatriste- y decirle que debería ampliar sus negocios gastronómicos con nuevas fórmulas para forrarse. O para forrarse más, si cabe. Una de ellas podría ser una franquicia de restaurantes que desde ahora mismo le propongo. Sin manos, sería el nombre. Y la gracia del asunto consistiría en que ningún cliente podría usar las manos para comer. Ni de coña. Al entrar se le atarían a la espalda y degustaría las delicias locales sin cubiertos ni nada, agachándose directamente con la boca sobre el plato. Slurp, slurp. Eso haría que el tacto, el gusto y el olfato fuesen protagonistas indiscutibles del asunto. Además, para realzar la conciencia social y la sensibilidad sensible, todos los camareros serían mancos, y servirían los platos sosteniéndolos entre los dientes. Para extremar el concepto, no habría servilletas, y los clientes se limpiarían los morros unos a otros con sonoros lengüetazos. Eso daría lugar a una enriquecedora interacción emocional, que como su propio nombre indica, sería mutua. 

Tengo otras ideas igual de gilipollas. O más. Algunas podrían triunfar a tope en esta Europa tonta del ciruelo; donde, como dice mi vecino de página Carlos Herrera, si llega un imbécil más, nos caeremos al agua. Por ejemplo: un restaurante llamado Dans les Couilles, aunque una versión más pedestre -Dans les Oeufs- tendría más garra en España. El toque maestro consistiría en cobrar doscientos euros por cubierto exclusivo para fanáticos del megapijodiseño, soplapollas en general y políticos con Mastercard o Visa Oro del partido. Los políticos, sobre todo, acudirían en enjambres, como suelen. Dans les Oeufs ofrecería emociones y sensibilidad social a mantas. Todo el rato, camareros cuidadosamente seleccionados entre los más robustos y robustas -chúpate ésa también, Bibiana- de los parados que frecuentan comedores de caridad o hurgan por la noche en cubos de basura y contenedores de supermercados, estarían dándoles patadas en los huevos. 

24 de enero de 2010 

domingo, 17 de enero de 2010

Una tumba en Dinamarca

Desde hace doscientos dos años, en un lugar perdido de la costa danesa frente a la isla de Fionia, donde siempre llueve y hace frío, hay una tumba solitaria. Tiene una cruz y dos sables cruzados sobre una lápida, y está pegada al muro del cementerio de San Canuto, en Fredericia. De vez en cuando aparece encima un ramo de flores; y a veces ese ramo lleva una cinta roja y amarilla. Esto puede llamar, tal vez, la atención de quien pase por allí sin conocer la historia del hombre que yace en esa tumba. Por eso quiero contársela hoy a ustedes. 

Se llamaba Antonio Costa, y en 1808 era capitán del 5.º escuadrón del regimiento del Algarbe: uno de los 15.000 soldados de la división del marqués de la Romana enviados a Dinamarca cuando España todavía era aliada de Napoleón. Después del combate de Stralsund, la división había pasado el invierno dispersa por la costa de Jutlandia y las islas del Báltico. Al llegar noticias de la sublevación del 2 de Mayo y el comienzo de la insurrección contra los franceses, jefes y tropa emprendieron una de las más espectaculares evasiones de la Historia. Tras comunicar en secreto con buques ingleses para que los trajesen a España, los regimientos se pusieron en marcha eludiendo la vigilancia de franceses y daneses. Por caminos secundarios, marchando de noche y de isla en isla, acudieron a los puntos de concentración establecidos para el embarque final. Unos lo consiguieron, y otros no. Algunos fueron apresados por el camino. Otros, como los jinetes del regimiento de Almansa, recibieron en Nyborg la orden de sacrificar sus caballos, que no podían llevar consigo; pero se negaron a ello, les quitaron las sillas y los dejaron sueltos: medio millar de animales galopando libres por las playas. En Taasing, viéndose perseguidos por los franceses y cortado el paso por un brazo de mar que los separaba de la isla donde debían embarcar, algunos del regimiento de caballería de Villaviciosa cruzaron a nado, agarrados a las sillas y crines de sus caballos. De ese modo, cada uno como pudo, aquellos soldados perdidos en tierra enemiga fueron llegando a Langeland, y 9.190 hombres -sólo unos pocos menos que los Diez Mil de Jenofonte- alcanzaron los buques ingleses que los condujeron a España; donde, tras un azaroso viaje, se unieron a la lucha contra los gabachos. 

Como dije antes, no todos pudieron salvarse: 5.175 de ellos quedaron atrás, en manos de los franceses. Algunos terminarían alistados forzosos en el ejército imperial, en la terrible campaña de Rusia -a ellos dediqué hace diecisiete años la novelita La sombra del águila-. Otros se pudrieron en campos de prisioneros, o quedaron para siempre bajo tres palmos de tierra danesa. El capitán Antonio Costa fue uno de ésos. A causa de la indecisión de sus jefes, el regimiento de caballería del Algarbe perdió un tiempo precioso en emprender su fuga hacia la isla de Fionia, donde debían embarcar. Por fin, cuando Costa, un humilde y duro capitán, tomó el mando por propia iniciativa, desobedeció a sus superiores y se llevó a los soldados con él, ya era demasiado tarde. En la misma playa, casi a punto de conseguirlo, el regimiento fugitivo vio bloqueado el paso por el ejército francés, con los daneses cortando la retirada. Furioso, el mariscal Bernadotte exigió la rendición incondicional, manifestando su intención de fusilar a los oficiales y diezmar a la tropa. Entonces el capitán Costa avanzó a caballo hasta los franceses y se declaró único responsable de todo, pidiendo respeto para sus soldados. Luego, no queriendo entregar la espada ni dar lugar a sospechas de que había engañado o vendido al regimiento llevándolo a una trampa, se volvió hacia sus hombres, gritó «¡Recuerdos a España de Antonio Costa!» y se pegó un tiro en la cabeza. 

Así que ya lo saben. Ésta es la historia de esa lápida pegada al muro del cementerio de San Canuto, en Fredericia, Dinamarca. La tumba solitaria de uno que quiso volver y pelear por su patria y su gente. Reconozco que eso no suena políticamente correcto, claro: pelear. Esa palabra chirría. Tan fascista. Nuestra ministra de Defensa habría criticado, supongo, la intransigencia dialogante del tal Costa -maneras autoritarias y poco buen rollito, misión que no era estrictamente de paz, gatillo fácil-; y monseñor Rouco, nuestro simpático pastor de ovejas, su falta de respeto a la vida humana, empezando por la propia, incluido un serio debate sobre si, como suicida, tenía derecho a yacer en tierra consagrada, o no lo tenía -igual hasta era partidario del aborto, el malandrín-. Lo mío es más simple: el capitán Costa me cae de puta madre. Su tumba solitaria me suscita un puntito de ternura melancólica. Ese cementerio lejano, frente a un mar gris y extranjero. Por eso hoy les cuento su vieja, olvidada historia. Por si alguna vez se dejan caer por allí, o están de paso por las islas del Norte y les apetece echar un vistazo. A lo mejor hasta tienen unas flores a mano. 

17 de enero de 2010 

domingo, 10 de enero de 2010

El síndrome del coronel tapioca

Hace treinta y dos años desaparecí en la frontera entre Sudán y Etiopía. En realidad fueron mi redactor jefe, Paco Cercadillo, y mis compañeros del diario Pueblo los que me dieron como tal; pues yo sabía perfectamente dónde estaba: con la guerrilla eritrea. Alguien contó que había habido un combate sangriento en Tessenei y que me habían picado el billete. Así que encargaron a Vicente Talón, entonces corresponsal en El Cairo, que fuese a buscar mi fiambre y a escribir la necrológica. No hizo falta, porque aparecí en Jartum, hecho cisco pero con seis rollos fotográficos en la mochila; y el redactor jefe, tras darme la bronca, publicó una de esas fotos en primera: dos guerrilleros posando como cazadores, un pie sobre la cabeza del etíope al que acababan de cargarse. 

Lo interesante de aquello no es el episodio, sino cómo transcurrió mi búsqueda. La naturalidad profesional con que mis compañeros encararon el asunto. Conservo los télex cruzados entre Madrid y El Cairo, y en todos se asume mi desaparición como algo normal: un percance propio del oficio de reportero y del lugar peligroso donde me tocaba currar. En las tres semanas que fui presunto cadáver, nadie se echó las manos a la cabeza, ni fue a dar la brasa al ministerio de Asuntos Exteriores, ni salió en la tele reclamando la intervención del Gobierno, ni pidió que fuera la Legión a rescatar mis cachos. Ni compañeros, ni parientes. Ni siquiera se publicó la noticia. Mi situación, la que fuese, era propia del oficio y de la vida. Asunto de mi periódico y mío. Nadie me había obligado a ir allí. 

Mucho ha cambiado el paisaje. Ahora, cuando a un reportero, turista o voluntario de algo se le hunde la canoa, lo secuestran, le arreglan los papeles o se lo zampan los cocodrilos, enseguida salen la familia, los amigos y los colegas en el telediario, asegurando que Fulano o Mengana no iban a eso y pidiendo que intervengan las autoridades de aquí y de allá -de sirios y troyanos, oí decir el otro día-. Eso tiene su puntito, la verdad. Nadie viaja a sitios raros para que lo hagan filetes o lo pongan cara a la Meca, pero allí es más fácil que salga tu número. Ahora y siempre. Si vas, sabes a dónde vas. Salvo que seas idiota. Pero en los últimos tiempos se olvida esa regla básica. Hemos adquirido un hábito peligroso: creer que el mundo es lo que dicen los folletos de viajes; que uno puede moverse seguro por él, que tiene derecho a ello, y que Gobiernos e instituciones deben garantizárselo, o resolver la peripecia cuando el coronel Tapioca se rompe los cuernos. Que suele ocurrir. 

Esa irreal percepción del viaje, las emociones y la aventura, alcanza extremos ridículos. Si un turista se ahoga en el golfo de Tonkín porque el junco que alquiló por cinco dólares tenía carcoma, a la familia le falta tiempo para pedir responsabilidades a las autoridades de allí -imagínense cómo se agobian éstas- y exigir, de paso, que el Gobierno español mande una fragata de la Armada a rescatar el cadáver. Todo eso, claro, mientras en el mismo sitio se hunde, cada quince días, un ferry con mil quinientos chinos a bordo. Que busquen a mi Paco en la Amazonia, dicen los deudos. O que nos indemnicen los watusi. Lo mismo pasa con voluntarios, cooperantes y turistas solidarios o sin solidarizar, que a menudo circulan alegremente, pisando todos los charcos, por lugares donde la gente se frota los derechos humanos en la punta del cimbel y una vida vale menos que un paquete de Marlboro. Donde llamas presunto asesino a alguien y tapas la cara de un menor en una foto, y la gente que mata adúlteras a pedradas o frecuenta a prostitutas de doce años se rula de risa. Donde quien maneja el machete no es el indígena simpático que sale en el National Geographic, ni el pobrecillo de la patera, ni te reciben con bonitas danzas tribales. Donde lo que hay es hambre, fusiles AK-47 oxidados pero que disparan, y televisión por satélite que cría una enorme mala leche al mostrar el escaparate inalcanzable del estúpido Occidente. Atizando el rencor, justificadísimo, de quienes antes eran más ingenuos y ahora tienen la certeza desesperada de saberse lejos de todo esto. 

Y claro. Cuando el pavo de la cámara de vídeo y la sonrisa bobalicona se deja caer por allí, a veces lo destripan, lo secuestran o le rompen el ojete. Lo normal de toda la vida, pero ahora con teléfono móvil e Internet. Y aquí la gente, indignada, dice qué falta de consideración y qué salvajes. Encima que mi Vanessa iba a ayudar, a conocer su cultura y a dejar divisas. Y sin comprender nada, invocando allí nuestro código occidental de absurdos derechos a la propiedad privada, la libertad y la vida, exigimos responsabilidades a Bin Laden y gestiones diplomáticas a Moratinos. Olvidando que el mundo es un lugar peligroso, lleno de hijos de puta casuales o deliberados. Donde, además, las guerras matan, los aviones se caen, los barcos se hunden, los volcanes revientan, los leones comen carne, y cada Titanic, por barato e insumergible que lo venda la agencia de viajes, tiene su iceberg particular esperando en la proa. 

10 de enero de 2010 

domingo, 3 de enero de 2010

Notas de vida y letras

En un par de meses habré terminado otra novela. Estoy en la fase final de galeradas y correcciones: la más desagradable. Ya no hay sorpresas ni descubrimientos, excepto confirmar mi habilidad para pifiarla diez veces en cada página. El despiste y el adjetivo impropio acechan en cada folio, y tengo la certeza de que, por mucho que vuelva una y otra vez a machacar el texto, el día que abra el libro recién impreso me saltará a la cara, lustroso y triunfante como siempre, el gazapo sobre el que pasé cuarenta veces sin reparar en él. Por eso, en esta etapa lastimosa, cualquier escritor está harto del texto maldito que le reventó la vista y los riñones, reniega de él y sólo aspira a quitárselo de encima, como sea. Alguien dijo una vez -puede que fuera yo mismo- que acabar una novela se parece a convivir con una mujer a la que amaste mucho pero que ya te amarga la vida. Por eso estás deseando que se olvide de ti y haga felices a otros. 

En la espera de que otra historia atractiva diga ojos verdes tienes -hay un par de candidatas rondando, y ésa es la parte positiva-, vacío los estantes que cercan la mesa. Apilados sobre la alfombra hay tres centenares de libros que me acompañaron en los últimos veintidós meses; amigos íntimos a los que debo mucho: ajedrez, taxidermia, comercio marítimo, técnicas de tortura, viajes, botánica, balística, topografía, física, geometría, moda femenina, zoología salinera, memorias decimonónicas, medicina forense, cartografía... También hay carpetas con páginas manuscritas, fotografías, mapas y otros documentos que son resultado de mucho trabajo, visitas, conversaciones y viajes, y que nunca me decido a destruir. Como quien se despide de viejos amigos en tiempos inciertos, lo guardo todo en archivadores que probablemente no vuelva a abrir jamás. 

Entre estos últimos papeles hay notas tomadas de cualquier manera, en diversos lugares. Escritas con la infame, casi ilegible hasta para mí, letra picuda y rápida del reportero apresurado que fui en otro tiempo y otra vida. A veces se trata sólo de una palabra o un nombre. Otras anotaciones son más complejas, con una reflexión o la descripción de un personaje o unas frases de diálogo. Están escritas de cualquier manera, en servilletas de bar, envés de tarjetas de visita, tarjetas de embarque de aeropuerto, billetes de tren, facturas de restaurante, recibos de tarjeta de crédito y cualquier otro soporte improvisado. Esas notas suelo tirarlas a la papelera una vez pasadas a limpio en libretas o archivos del ordenador, pero algunas sobreviven por azar, usadas como marcapáginas o perdidas entre papeles. Ahora las retiro con cuidado, pues detesto dejar en los libros huellas evidentes de mi paso por ellos. Sus diversos soportes me recuerdan el momento exacto en que escribí algunas: fecha, lugar, hasta que comí o compré ese día. Encuentro, entre otras, una anotación hecha en el restaurante Belinghausen de México sobre la risa de un individuo al que ya no recuerdo, una reflexión sobre azar y probabilidades en un tarjeta de mi compadre José Manuel Sánchez Ron, una cita lúcida y fría del barón Holbach detrás de una lista de películas compradas en el Corte Inglés -la magnífica Incidente en Ox Bow es una de ellas-, el ademán tranquilo de una mujer al recogerse el pelo en la nuca mientras lee un libro, anotado en un billete de tren Turín-Roma, y una descripción en seis palabras mediocres, pero aceptable en su conjunto, de la luz del amanecer con viento de poniente en la bahía de Cádiz. 

Ésa es, concluyo, la verdadera historia de cada novela. Los papeles sueltos, rotos, arrugados que la jalonan. Brega estrecha y continua con la vida. No sólo importan la reflexión y la calma del estudio, los libros que leyó el autor y la vida que marcó su territorio narrativo. Ni siquiera el trabajo agotador de estructura formal y tecleo diario es tan decisivo como estas humildes servilletas o facturas garabateadas al dorso: súbitos relámpagos, intuición de personajes, atisbo de historias posibles o imposibles. Ellas diferencian a un novelista vivo de un pedazo de carne con dedos para teclear. Son la prueba de que su instinto depredador sigue despierto, y cuanto ve, oye, lee, come, sueña, odia o ama sirve -todavía, siempre- para contar una buena historia. O intentarlo. 

Por mucha teoría académica que se le eche, una novela es un estado de ánimo: el que reflejan esas notas improvisadas. Una simple palabra, un par de líneas que no parecen significar gran cosa, pero que tejidas entre sí, día tras día, configuran tramas complejas. Las novelas que algunos intentamos escribir deben mucho a esas notas. Esos rápidos garabatos son la prueba de hidalguía del novelista que se mueve como un cazador al acecho, con la escopeta y el zurrón listos. Certifican la soledad fértil de quien mira el mundo y lo cuenta proyectando en él los libros que ha leído, los odios, los afectos, los triunfos y fracasos ajenos y propios. La vida que posee y la muerte que lo aguarda. 

3 de enero de 2010