domingo, 24 de abril de 2011

El desayuno del ajedrecista

Lo veo entrar en uno de los comedores del hotel de Montecarlo donde asisto al legendario torneo Amber Chess, que por una elevada suma de dinero enfrenta a los doce mejores jugadores de ajedrez del mundo. Es un individuo de aspecto tosco, desgarbado de maneras, vestido con chándal azul, que camina entre las jarras de zumo de naranja, las pilas de croissants, la fruta y las bandejas calientes con huevos, salchichas y tocino. Viene despeinado, sin afeitar, y lo observo con asombro porque tardo en reconocerlo. Se mueve con mucha torpeza, como si no terminase de despertar del todo, o como si, recién dejada la cama, sus miembros no acabaran de habituarse a los movimientos usuales. Hasta su forma de apoyar los pies en el suelo es peculiar: arrastra las zapatillas de deporte volviendo los pies hacia adentro, igual que quienes tienen algún defecto físico que les impide andar con soltura. A eso hay que añadir la expresión absorta del rostro: sus ojos azules bajo las cejas espesas parecen perdidos en la nada, vacíos de contenido, dándole un aire de extrema estupidez. Y todo ello, el aspecto rústico y vulgar, la expresión, la manera fatigada de moverse, lo hacen parecer fuera de lugar en el comedor del lujoso hotel monegasco; cual si un campesino de maneras burdas y chata inteligencia acabara de colarse, de manera inexplicable, entre los árabes vestidos de Hugo Boss y las rubias de acento eslavo, falda corta y piernas largas, que acompañan a hombres de negocios con camisa de seda, teléfono móvil y macizo Rolex de oro en la muñeca. 

Lo sigo con la vista, interesado, mientras coge un huevo pasado por agua. Con éste en la mano, dudando como si no supiera exactamente qué hacer, acaba por dirigirse a una mesa donde aguarda una mujer joven y corpulenta que parece su esposa. Sentándose al lado, el hombre de la expresión estúpida emplea un tiempo increíblemente largo en estudiar el huevo como si pretendiera averiguar por dónde entrarle. Al fin, torpe y lento, lo golpea un poco en el borde de la mesa y le quita la cáscara a la mitad superior antes de llevárselo directamente a la boca y comerlo despacio, con la mirada perdida de antes. Cuando acaba, deja la cáscara vacía sobre la mesa y se la queda mirando largo rato, absorto, con la misma expresión de estupidez absoluta. De gañán fuera de lugar y de momento. Y apenas se mueve cuando la mujer, con el ademán solícito que tendría si atendiese a un impedido, se inclina hacia él y, con una servilleta, le limpia restos de yema de huevo que han quedado en los pelos del mentón sin afeitar. 

Seis horas más tarde, sentado en una sala en la que reina un silencio absoluto, reverencial, me encuentro de nuevo a tres metros de ese mismo hombre. Ahora lo veo afeitado, bien peinado y limpio, vestido con un traje oscuro. Está de codos ante un tablero de ajedrez y ya no parece un campesino desaliñado y estúpido. Se llama Vasili Ivanchuk, es ucraniano, y también es el quinto mejor jugador del mundo en el ranking actual de grandes maestros. Hace dos días lo vi en esta misma sala jugar contra el noruego Magnus Carlsen, ayer lo vi enfrentado a Viswanathan Anand, actual número uno mundial, en una partida memorable, y hace cinco minutos, jugando con blancas contra el búlgaro Veselin Topalov, lo he visto sacrificar deliberadamente una torre, en el curso de un ataque audaz por el flanco de dama, preciso como un golpe de bisturí, que ha transformado la partida en un espectáculo de belleza perfecta. Y mientras sigo asombrado la progresión de su juego impecable, compruebo que la expresión absorta de los ojos azules de Vasili Ivanchuk es idéntica a la de esta mañana en el desayuno, mientras le quitaba laboriosamente la cáscara al huevo: alienada y vacía. Y así, mientras concluyo que nunca es posible estar seguro de lo que oculta la mirada estúpida, inteligente, bondadosa o malvada de un ser humano, recuerdo lo que el hombre al que tengo delante le dijo a mi amigo el periodista y gran maestro de ajedrez Leontxo García, cuando éste le preguntó, hace tiempo, si para él era concebible levantarse una mañana sin tener una partida que jugar. El ucraniano estuvo pensativo quince segundos, igual que si calculase un movimiento, y al fin respondió con un escueto «no». 

Inmóvil en mi silla, entre el reducido público, sonrío sin apartar los ojos de Ivanchuk, que sigue inclinado sobre su tablero. Ahora sé que es perfectamente posible, a las ocho y media de la mañana, jugar una partida de ajedrez contra un huevo pasado por agua. 

24 de abril de 2011

domingo, 17 de abril de 2011

La tarde en la que acabó el mundo

La tarde en la que acabó el mundo se besaron en la ventana, enlazados el uno con el otro. La luz declinaba afuera, apagándose poco a poco: todavía era rojiza y dorada en la distancia, tras los edificios que se recortaban en ella, mientras las primeras sombras oscurecían los ángulos de calles y edificios. Abajo no había pánico, ni carreras, ni gritos de desesperación. Una multitud serena caminaba despacio por la ciudad: parejas abrazadas, niños que iban de la mano de sus padres, ancianos parados un momento en las aceras, que miraban alrededor como quien busca identificar un rostro o un recuerdo. En los semáforos destellaban intermitentes las luces color ámbar, los coches se dejaban en la calle con las puertas abiertas, y algunos de sus propietarios ni siquiera apagaban el motor antes de alejarse lentamente, sin mirar atrás. 

Las últimas tiendas se vaciaban, aunque nadie encendía los rótulos luminosos ni los escaparates. No había saqueos, ni disturbios; los policías caminaban en calma, despojándose indiferentes de sus armas y sus insignias. Los bomberos no tenían nada que hacer: estaban sentados en las escaleras de sus parques y en la puerta de los garajes, ociosos junto a sus camiones cromados y rojos, sonriendo a quienes los saludaban despidiéndose. Por toda la ciudad la gente se decía adiós igual que si fuera Navidad, estrechándose amable la mano o besándose en la cara. Casi todos sonreían serenos y melancólicos, como después de una cena o una fiesta agradable. En las aceras, inmóviles pese a no llevar correa ni estar atados, algunos perros aguardaban pacientes a sus amos, lamiendo las manos de los niños que, al pasar por su lado, los acariciaban. 

El edificio estaba sin gente, desiertas las escaleras y vacíos los pisos. No había otro sonido que una música antigua, como de viejo gramófono, que sonaba en algún lugar cercano y llegaba a través de la ventana. En la habitación, el televisor estaba apagado. La luz decreciente oscurecía los lomos de los libros en sus estantes hasta hacer ilegibles las letras doradas de los títulos, y apagaba el rojo intenso del vino en las grandes copas de cristal que estaban sobre la mesa. Había un cuadro en la pared: un lienzo antiguo hecho de claroscuros, del que ya no podía verse otra cosa que trazos de sombras. Todo se oscurecía lentamente, y él propuso encender una luz; pero ella movió con infinita dulzura la cabeza y le puso dos dedos en los labios, como para rogarle que no pronunciase más palabras. De manera que permanecieron callados junto a la ventana, el uno junto al otro, haciéndose compañía en la última claridad del último día. 

Se estaba bien allí, pensaron. Aguardando inmóviles y tranquilos mientras veían desvanecerse mansamente todo. Jamás, hasta esa tarde, imaginaron que pudiera ser así, en aquella inusitada paz desprovista de miedo o remordimientos. Alzaron la vista al mismo tiempo para mirar arriba, sobre la ciudad. En el cielo sin nubes ni viento, cuyo color cambiaba del rojizo nacarado a un azul cada vez más oscuro, más allá de la línea de edificios y tejados que se recortaba en el horizonte de la ciudad, se deshacía la estela de condensación del último avión que había cruzado el cielo del mundo. Cuando bajaron de nuevo los ojos, la calle estaba casi vacía. Entre la última gente que se decía adiós en las aceras vieron rostros que se parecían a los de seres queridos muertos mucho tiempo atrás. Y cuando la luz decreció más y la ciudad empezó a velarse definitivamente de sombras, todavía les fue posible distinguir al extremo de la calle, a lo lejos, la rueda del kiosco de feria que seguía dando vueltas silenciosas en el parque vacío, con un niño solitario subido a uno de los caballitos. 

Él abrió la boca para decir una última palabra que lo resumiese todo, pero ella volvió a ponerle los dedos sobre los labios. Luego, estrechándose contra él, lo besó por última vez. Después se apartó un poco y volvió a mirar la calle casi desierta, los últimos transeúntes alejándose despacio por las aceras. Sonaba todavía, a través de la ventana, la música apagada del viejo gramófono. A lo lejos, en el parque, los caballitos de feria seguían dando vueltas en la penumbra, aunque el niño había desaparecido. Eso fue lo único que hizo que él sintiera, por un instante, un estremecimiento de melancolía, o de incertidumbre. Ella pareció advertirlo y se enlazó de nuevo a su cintura. Entonces él movió la cabeza, resignado, mientras sonreía a las sombras que ya lo anegaban todo. Luego le pasó a ella un brazo por los hombros, estrechándola contra sí. Y de ese modo, abrazados, muy quietos y serenos, vieron extinguirse la última luz. 

17 de abril de 2011

domingo, 10 de abril de 2011

Los que no salen en la foto

También están ellos. Y ellas, como diría algún ministro imbécil. Los que no fueron a buscar nuevos campos de batalla para sus empresas. La pobre y maltrecha infantería que no es fiel sino a sí misma; y eso sólo cuando puede. Los mercenarios en busca de un amo que les dé de comer, sea quien sea: cualquiera que asegure dos mil euros al mes y un futuro a corto o medio plazo. Los que no se van con ademán heroico sino por la puerta pequeña, discretamente, dejando atrás a padres, madres y novios que los echan de menos. Alejándose para mucho tiempo de la gente querida, a la que, muy de vez en cuando, visitan en vacaciones cada vez más cortas, sabiendo que no podrán estar con ellos cuando vayan al hospital, o mueran; y a los que, si alguien avisa con tiempo, quizá lleguen a acompañar en su entierro. Aunque también puede ocurrir que haya suerte, y los padres, o el perro que acompañó su vida durante diez o doce años, esperen a morirse cuando están en casa, de vacaciones. 

Se llaman María, Noemí, Héctor, Manolo. Tienen cerca de cuarenta años, se fueron de España hace tres o cuatro, y no salen en los dominicales de los diarios: en esos patéticos reportajes dedicados a convencernos de lo orgullosos que debemos sentirnos de que el mundo esté salpicado de jóvenes españoles que se buscan la vida fuera. A su edad no son tan fotogénicos. No lucen posando con bata de laboratorio en Oslo, con gorro de cocinero en Berlín, con camiseta de baloncesto en Nueva York. Ni siquiera valen para la foto en EPS o XLSemanal de camarero guapo y veinteañero que friega platos, sólo de momento, en un local de moda de Londres o Nueva York; entre otras cosas porque ni son veinteañeros ni guapos, y cuando friegan platos o sirven mesas, a su edad, puede ser para toda la vida. Son seres vencidos sin segunda oportunidad, que saben lo seguirán siendo, sin remisión. Sin otro anhelo que no ir a peor. No ir a menos. 

Por ahí afuera andan, a miles. Su generación ni siquiera es la de los aeropuertos, el ordenador portátil y el hotel barato, a la caza de mercados aunque sean modestos. La suya es la del billete de ida, de las hipotecas imposibles de pagar. La generación engañada por el espejismo y la irresponsabilidad de quienes pudieron hacer un país culto, trabajador y decente, y no lo hicieron. De quienes, respaldados en las urnas por ilusiones y sueños de futuro, tenían la obligación de encauzar esto y no supieron, o les importó una mierda; y ahora siguen ahí, impasibles, cobrando el sueldo del partido, trincando los favores hechos a compadres. Sin que nadie les diga fue por tu culpa, cabrón. Sin que nadie, al cruzárselos cuando salen del restaurante de lujo o de dar conferencias, con esa cara de cerdos que les han puesto los años, la pasta, el estatus y el coche con chófer que nunca perdieron, les parta la cara. 

Sus víctimas se fueron, eso es todo. Sin hacer ruido, como digo. Fueron cuarenta en clase del instituto y doscientos en el aula de la facultad, y todo para conseguir un título universitario que a nadie importa un carajo. Que nadie les dijo que no sacaran. Los sentenciaron a la cola del paro y les preguntaron mil veces, cuando eran mujeres, si estaban embarazadas o tenían hijos, en grotescos simulacros de entrevistas de trabajo. Por su edad les habría correspondido agachar la cabeza, aceptar mil euros al mes, cerrar la boca, poner el culo -o el coño- y desangrarse con la hipoteca del piso y las letras del coche, como todo cristo. Tragar y sobrevivir once meses soñando con el duodécimo de vacaciones baratas en Cancún. Se trataba de eso, o de tener el coraje, la desesperación, de organizarse con sus iguales para incendiar esta España de mierda. Para conseguir, al menos, que los culpables tuviesen miedo o lo pagasen caro. Pero eso resulta más fácil escribirlo que hacerlo; así que optaron por lo razonable: largarse de aquí. Alejarse, sacudiendo de los zapatos el polvo de este paraje ingrato, envidioso y miserable, históricamente enfermo. De esta ruin madrastra y sus turbios, desvergonzados, impunes secuaces. Por eso están fuera, y no volverán si pueden evitarlo. Hicieron lo más difícil, que fue saltar al vacío, echarse el macuto al hombro, internarse en territorio hostil, desconocido. Se buscaron la vida lo mejor que supieron, y así sobreviven, comen caliente, rehacen como pueden sus maltrechas vidas. Ni siquiera pretenden ya reconciliarse con esta triste España que los echó a patadas. Si van a morirse lejos, tan solos como viven, por ellos puede pudrirse esta mala perra. 

10 de abril de 2011

domingo, 3 de abril de 2011

Ese monumento de papel

Pues resulta que voy a la librería de Antonio Méndez, en la calle Mayor, y le digo oye, compañero, ¿tienes la Biblia nueva que acaba de sacar la Conferencia Episcopal? Y Antonio, que es amigo hace veinte años, me mira de reojo y dice te veo chungo, maestro, una Biblia a tus años. De qué vas, Tomás. ¿Has visto la luz, o qué? Y yo le respondo que menos choteo, chaval, o la compro en el Corte Inglés. Grandes superficies, que se dice ahora. Y además quiero dos, una para regalar. Pues la tengo que pedir porque no la tengo, redunda Antonio. Y yo le digo: debería darte vergüenza. Un librero sin Biblia nueva en el escaparate. Ya sé que no vas a misa ni yo tampoco, y que monseñor Rouco y sus mariachis te caen, como a mí, igual que una patada en el duodeno. Pero no estamos hablando de opio del pueblo, ni de tocapelotas nietos de Trento, ni de estragos históricos y sociales, sino de cultura, chaval, que para ser librero no te enteras. De uno de los caudales de sabiduría que nos hizo lo que somos, cóscate, Viejo y Nuevo Testamento, cultura judeocristana que, combinada con el Islam mediterráneo, Grecia, Roma y toda la parafernalia, hizo lo que llamamos Europa y de rebote Occidente: sitio que lo mismo también te suena, Antoñete; aunque a esa vieja Europa, en tiempos referente moral del mundo, cuna de derechos humanos y crisol de cultura, ya no la reconozca ni la madre que la parió. Dicho en lenguaje de librero, para entendernos, te hablo del mayor bestseller de la Historia, necesario para quien pretenda estar al tanto de lo que es y lo que hace. Para tenerlo tan a mano como a Cervantes, Shakespeare y Montaigne: cuatro patas de la mesa donde algunos apoyamos los codos cuando estamos cansados. No sé si me explico. 

Concluida la guasa entre Antonio y yo, una semana después tengo al fin esa nueva Biblia en casa; y, aparte el pequeño inconveniente de maldecir en arameo el tacto áspero de su encuadernación en tela bajo las guardas -la tela en los libros siempre me dio dentera-, disfruto con sus páginas de papel sutil y agradable al tacto, la limpia tipografía y el peso reconfortante del volumen en las manos. Es un hermoso ejemplar con la nueva traducción canónica de los textos sagrados al castellano, que será utilizada en todos los actos litúrgicos y catequéticos, o como se diga, de la Iglesia Católica de aquí. El canon, para entendernos, de la Biblia oficial en lengua de Cervantes. Esto lo convierte en libro de extraordinaria importancia; pues, aparte la lectura íntima que haga cada cual, su texto, leído en misa y utilizado a partir de ahora en las actividades relacionadas con el asunto, influirá directamente, en la lengua que hablan y escriben varios millones de católicos de habla hispana. Que se dice pronto. 

Pero ésa, la de la peña practicante, sólo es una parte. Al fin y al cabo, la Biblia es también, y sobre todo, un magnífico caudal de diversión, reflexión y conocimiento. Un monumento indispensable para comprender sobre qué cañamazo se tejió lo que algunos cabrones reaccionarios y gruñones como el arriba firmante todavía llamamos, con una mezcla de melancolía y de guasa escéptica, cultura occidental; dicho sea sin ánimo -o con ánimo, qué puñetas- de ofender. En ese contexto, la Biblia es una fuente extraordinaria de relatos, aventuras, batallas, traiciones, amores, emociones y simbolismos; materia de la que hace tres mil años viene nutriéndose el mundo civilizado y que inspiró a los más grandes filósofos y artistas de todas las épocas; literatura, música, pintura y cine incluidos. Nadie que busque lucidez e inteligencia, que quiera interpretar el mundo donde vive y morirá, puede pasar por alto la lectura, al menos una vez en la vida, del libro más famoso e influyente -para lo bueno y lo malo- de todos los tiempos. El Antiguo y el Nuevo Testamento, para unos historia sacra y revelación divina, y para otros llave maestra de cultura e ilustración, son imprescindibles para comprender cómo llegamos aquí, lo que fuimos y lo que somos. Compadezco a quien no tenga un Quijote y una Biblia en casa, aunque sólo sea para decorar un mueble y leer cuatro líneas de vez en cuando. Y quien sí sea lector, que calcule. Sólo la Biblia, releída una y otra vez, bastaría para colmar una vida entera. Y ojo. Insisto en que no se trata de religión, sino de cultura. La de verdad; no esa papilla desnatada, presuntamente educativa, impuesta por quienes legislan desde su cateta mediocridad. Oponer prejuicios a la Biblia es como oponerlos a una catedral: no hace falta creer en Dios para visitarla y admirar su belleza. Para sentir lo majestuoso de la memoria que atesoran sus viejas piedras. 

3 de abril de 2011

domingo, 27 de marzo de 2011

Echando pan a los patos

Me pregunto a qué están esperando en España, con lo aficionados que somos a correr delante de la locomotora, y al que no quiera correr, obligarlo por decreto. A más de un político aficionado a la psicopedagogía de laboratorio y a la lengua hablada y escrita controlada por ley, debería gotearle el colmillo: hay más humo con el que marear la perdiz. Más posibilidades de que la peña, propensa a desviarse de pitones cuando le agitan un capote desde la barrera, no piense en lo que debe pensar, la que está cayendo y va a caer. Buenos ratos echando pan a los patos. 

Hace un par de meses, una editorial gringa publicó ediciones políticamente correctas del Huckleberry Finn y el Tom Sawyer de Mark Twain en las que, además de retocar crudezas propias del habla de la época, se elimina la palabra nigger, que significa negro. Los alumnos se escandalizaban, arguyó el responsable: un profesor de Alabama que, en vez de explicar a sus escandalizables alumnos que los personajes de Twain usan un lenguaje propio de su época y carácter -Joseph Conrad tituló una novela The nigger of the Narcissus-, prefiere falsear el texto original, infiltrando anacronismos que encajen en las mojigatas maneras de hoy. Convirtiendo el ácido natural, propio de aquellos tiempos, en empalagosa mermelada para tontos del ciruelo y la ciruela. 

Coincide la cosa con que el ministerio de Cultura francés, confundiendo la palabra conmemorar con la de celebrar, excluya a Louis-Ferdinand Céline de las conmemoraciones de este año, cuando se cumplen cincuenta del fallecimiento del escritor. Que fue pésima persona, antisemita y colaborador de la Gestapo -como, por otra parte, miles de compatriotas suyos-, y autor de un sucio panfleto antijudío titulado Bagatelle pour un massacre; pero que también es uno de los grandes novelistas del siglo XX, el más importante en Francia junto a Proust, y cuyo Viaje al fin de la noche transforma, con inmenso talento narrativo, una muy turbia sordidez en asombrosa belleza literaria. Eso demuestra, entre otras cosas, que un retorcido miserable puede ser escritor extraordinario; y que un artista no está obligado a ser socialmente correcto, sino que puede, y debe, situarnos en los puntos de vista oscuros. En el pozo negro de la condición humana y sus variadas infamias. 

Así que, españoles todos, oído al parche. Suponiendo -tal vez sea mucho suponer- que quienes vigilan a golpe de ley nuestra salud física y moral sepan quiénes son Twain o Céline, imaginen las posibilidades que esto les ofrece para tocarnos un poquito más los cojones... ¿Qué son bagatelas como prohibir el tabaco o convertir en delito el uso correcto de la lengua española, comparadas con reescribir, obligando por decreto, tres mil años de literatura, historia y filosofía éticamente dudosas?... ¿A qué esperan para que en los colegios españoles se revise o prohíba cuanto no encaje en el bosquecito de Bambi?... ¿Qué pasa con esas traducciones fascistas de Moby Dick donde se matan ballenas pese a los convenios internacionales de ahora?... ¿Y con Phileas Fogg, tratando a su criado Passepartout como si desde Julio Verne acá no hubiera habido lucha de clases?... ¿Vamos a dejar que se vaya de rositas el marqués de Sade con sus menores de edad desfloradas y sodomizadas antes de la existencia del telediario?... ¿Y qué pasa con la historia y la literatura españolas?... ¿Hasta cuándo seguirá en las librerías la vida repugnante de un asesino de hombres y animales llamado Pascual Duarte?... ¿Cómo es posible que al genocida de indios Bernal Díaz del Castillo lo estudien en las escuelas?... Y ahora que todos somos iguales ante la ley y el orden, ¿por qué no puede Sancho Panza ser hidalgo como don Quijote; o, mejor todavía, éste plebeyo como Sancho?... ¿A qué esperamos para convertir lo de Fernán González y la batalla de Covarrubias en el tributo de las Cien doncellas y doncellos?... ¿Cómo un machista homófobo y antisemita como Quevedo, que se choteaba de los jorobados y escribió una grosería llamada Gracias y desgracias del ojo del culo, no ha sido apeado todavía de los libros escolares?... En cuanto a la infame frase Viva España, que como todo el mundo sabe fue inventada por Franco en 1936, ¿por qué no se elimina en boca de numerosos personajes de los Episodios nacionales de Galdós, donde afrenta a las múltiples y diversas naciones que, ellas sí, nos conforman y enriquecen?... ¿Y cómo no se ha expurgado todavía El cantar del Cid de las 118 veces que utiliza la palabra moro, sustituyéndola por hispano-magrebí de religión islámica, y buscándole de paso, para no estropear el verso, la rima adecuada? 

Por fortuna no leen, ni creo que en el futuro lo hagan. Tranquilos. El peligro es mínimo. Menos mal que esos pretenciosos analfabetos, dueños del Boletín Oficial, no han abierto un libro en su puta vida. 

27 de marzo de 2011 

domingo, 20 de marzo de 2011

Trileros en las Ramblas

Doy un paseo cerca del mercado de la Boquería de Barcelona, entre esas estatuas vivientes a las que han prohibido, o van a prohibir, que posen con armas simuladas aunque sean vaqueros, indios, soldados o marcianos, para que no den ejemplos belicistas a la tierna infancia, dicen, y también por seguridad pública, imagino; no vaya a ser que a un indio se le dispare una flecha, o algún niño quede traumatizado ante un vaquero verde fosforito con un Colt en la mano. El caso es que paseo, como digo; y en ésas me topo con una cuadrilla en torno a una mesa de camping, currándose la calle: están el que dirige el juego, los ganchos y también algún pringao palmando o a punto de. Así que saco el móvil y telefoneo a mi colega Ángel Ejarque, retirado del delito hace veinte años, pero que en su tiempo fue leyenda viva, rey del trile y de otros lances callejeros, y le digo oye, plas, se me cae la cara de vergüenza, años sin ver una cuadrilla de trileros currándose la calle, y la primera que encuentro, al arrimarme con toda ilusión, es de guiris, te lo juro, del Este por el acento. Y curran chungo, por lo que veo y oigo. Muy descarado y sin finura. Casi atracando a la gente, mira lo que te digo. Aprietan tanto que sólo les falta sacudir a los batos, que por cierto son tres japos con mochilas, para que aflojen la viruta. Y oyes. Ya sé que tú te saliste de la calle; pero, ¿y los colegas? ¿Cómo es que tus antiguos consortes dejan que les quiten de esa manera el pan de la boca? Si vieran esto, los huesos de los palmaos, aquéllos a los que se llevaron los años o el prive, se removerían en sus tumbas. No te digo ya el Muelas, que era maestro de maestros. Hasta el más primavera de los soguillas que teníais entonces para dar el agua sería un virtuoso comparado con estos chapuzas de importación. ¿Qué pasa? ¿Ya no quedan trileros nacionales como Dios manda? ¿Dónde están aquellos artistas de morro y labia? ¿Qué ha sido del Patillas, el Catarecha, el Rasca, el Chino o el Ladrillo? ¿No hicieron escuela? ¿El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos? 

Eso largo por el móvil. Tal cual. Y Ángel, avergonzado, responde es que nos hemos vuelto algo mariquitas, colega, y también nos hicimos viejos, o taxistas, o empleados de algo, y dejamos el juego, el alcohol y las tordas donde se nos iba el jurdós, y en los últimos tiempos a los jóvenes les fue más cómodo hacerse camareros o albañiles. No hubo escuela fina, así que se perdió el arte. Mírame a mí, que cuando nos conocimos manejaba cuadrillas de siete u ocho virtuosos que se comían el mundo -yo hasta les sacaba a mis niños el dinero de la hucha- y hubo días que levanté hasta un cuarto de kilo, y aquí me tienes ahora, reformado y limpio que te rilas, de currito en una empresa de seguridad. Llevo veintidós años sin sobar un catecismo, y no entro en un bar ni para ir al tigre. Pero oye lo que te digo -en este punto le advierto un puntito de curiosidad profesional- ¿esos jambos están burlando con pastos o con triles? 

Le respondo que con pastos, que los ganchos cantan la Traviata con acento eslavo, y que el de la mesa es tan burdo con los tapones y la borrega, que hace falta ser de Osaka para no coscarse. Y Ángel responde es natural, colega, porque los pastos los manejas más fácil, son de estocada en plan aquí te pillo aquí te mato, y todo consiste en esconder la bolita; mientras que los triles necesitan arte, son lentos de ejecutar y hay que currárselos doblando una esquina de un naipe y luego otra, con buena mano. Y es que ya no hay estilo, añade. Ni filigranas de caballeros. Y si el pringao muerde el pastel y se rebota, encima van y lo hostian. Es otro estilo, ¿me sigues? Además, saben que aquí hay pajera abierta y se les da cuartel, y que si no se pasan de violentos, pues tranquis. Van a la calle en bola según entran, por la misma puerta, y por lo que yo me comía tres meses ahora les sale gratis. Así que esto es vente a Alemania, Pepe: cada día verás más, haciéndose los amos del trile, de las lumis y de todo. Pero cosas buenas también tienen, no creas. Nosotros éramos individualistas, a ver si me entiendes. Después de un buen palo astillábamos y cada uno se iba por su cuenta, a su vicio: la priva, las tías o la ludopatía de cada cual. ¿Te acuerdas? A pulírnoslo. Éstos, sin embargo, son solidarios entre ellos. Vinieron a trabajar: curran y viven juntos, en grupo, ahorran, se organizan en plan serio, tienen abogados. Cuando les va bonito invierten en usura, en puticlubs, en tráficos de armas y cosas así. Son peña emprendedora, con ganas de montárselo. Se hacen un futuro. No acabarán, como algunos que tú y yo conocimos, durmiendo en la calle con tres cartones: el de abajo, el de arriba y el de Don Simón. Pasa como con todo lo demás: se lo van a llevar crudo porque lo curran, vinieron con hambre y ambiciones y juegan para meter goles. Y ya lo ves. Hasta burlando en la calle, colega, nos mojan la oreja. 

20 de marzo de 2011 

domingo, 13 de marzo de 2011

El ecologista ecologizado

Hace tiempo hablé aquí de mi amigo neoyorkino Daniel Sherr, que aparte ser un magnífico intérprete profesional que habla todas las lenguas de Babel, es judío, alérgico, vegetariano y una de las mejores personas que conozco. Su única pega es ser uno de esos ecologistas pelmazos que, según los días, llegan a romperte los huevos. Por la calle dirige miradas furiosas no ya a los fumadores, sino a quienes sospecha puedan serlo; y cuando viaja mete en la maleta cuanta botella se cruza en su camino, para reciclarlas al regreso, pues no se fía del personal de los hoteles. Carga con bolsas con arroz hervido, como los vietcong, y fruta para consumo propio; y se niega a pasar los plátanos por el control de viajeros en los aeropuertos porque, afirma, los detectores los contaminan con sus rayos radioactivos y malignos. Imagínense el cuadro, e imagínenme caminando lo más lejos posible de él, poniendo cara de que a ese tipo estrafalario al que cachean los guardias, o se llevan aparte para interrogarlo en privado, ni lo conozco ni lo he visto en mi puta vida. 

Ése es mi amigo Dani, al que quiero muchísimo. Por eso vivo informado de sus peripecias. La última es tan deliciosa que no me resisto a contarla. Más que nada porque, aunque parece delirante, es un augurio siniestro de lo que nos espera en España. De lo que traerá, de forma irremediable, tanta peligrosa combinación de mansedumbre ciudadana y prepotente imbecilidad oficial. El caso, absolutamente real, es ejemplo de hasta qué punto esos Estados Unidos que para nuestra babeante Europa son referencia ideal de lo socialmente correcto, nos llevarán al absoluto disparate. De hasta dónde puede llegar la descarada injerencia estatal en lo más íntimo de nuestras palabras, nuestras casas y nuestras vidas. 

Dani tiene un piso en Nueva York, en un edificio de seis plantas donde viven unos cuarenta inquilinos. Fiel a sus principios ecologistas, llevaba años dando la murga para que la comunidad de vecinos aceptase una auditoría energética, a fin de evitar derroche, contaminación y cosas así. El trámite, le dijeron, pasaba por una visita previa del administrador de la finca. Se presentó éste en casa de Dani, y dijo que lo de la auditoría energética estaba divino de la muerte y era una propuesta interesante a más no poder. Que estaba entusiasmado con la idea hasta el punto de aplaudir, plas, plas, plas. Pero antes había un requisito: comprobar que el apartamento del reclamante se ajustaba a las ordenanzas de Nueva York sobre viviendas libres de toda sospecha. Luego señaló con dedo acusador los libros, periódicos y documentos profesionales que mi amigo tenía en su casa por todas partes. Según la disposición cuarenta y siete barra ochenta, indicó, o una de ésas, los libros apilados en el suelo podían obstaculizar el paso de los bomberos en caso de incendio. Sin contar con el peligro de tener tanto papel -material inflamable- en un edificio de apartamentos. Y mientras Dani, boquiabierto, intentaba deglutir aquello, el otro se asomó a la cocina y dijo literalmente: ajá, qué es lo que veo, tres granos de arroz integral sueltos sobre una mesa. Eso puede atraer cucarachas, e incumple la disposición sanitaria treinta y cuatro barra seis. O algo así. Dani, que viajaba a España dos días más tarde, dijo que sí a todo, acojonado, creyendo que poner tierra de por medio bastaría para que se olvidara el asunto. Pero al regreso encontró una carta preguntándole si había «abordado» lo de subsanar las deficiencias señaladas. Respondió que sí -abordar, pensó con lógica, no significa eliminar ni resolver- y consultó mientras tanto con un abogado la manera de que se olvidaran de él, de la auditoría energética y de la madre que lo parió. Pero el asesor legal dijo que verdes las había segado. Que, según las ordenanzas neoyorkinas, podía ser denunciado por violar los códigos de vivienda, de incendios y de salud. El consejo era que tragara. 

El siguiente paso de Dani, que a esas alturas ya era presa del pánico y renegaba hasta de las energías alternativas, fue tirar cuantos papeles pudo, y esconder otros. Tuvo a una señora de la limpieza tres días en casa, buscando hasta el último grano de arroz escondido. Al cabo, el administrador regresó con sonrisa de zorro entrando en gallinero. Mucho mejor, dijo. Casi al noventa y nueve por ciento. Aunque lo ideal según las ordenanzas municipales, añadió con recochineo, es que no queden a la vista papeles en absoluto. En todo caso, no debe haber ni un solo papel ni libro en el suelo, ni tampoco sobresalir de las mesas ni estantes. Los bomberos, ya sabe. La normativa y todo eso. Haré otra inspección en tres meses; y por supuesto, espero que sea la última. En cuanto a lo de la auditoría energética que usted reclamaba para el edificio, desde luego, no hay ningún problema. Aquí somos tan ecológicos como el que más. ¿No le parece? Así que cuando quiera me llama, oiga. Y discutimos el asunto. 

13 de marzo de 2011 

domingo, 6 de marzo de 2011

Borrascas perfectas

He leído con atención tu carta. Hablas del mar y también de la borrasca en que te ves, de la incertidumbre y de la vida. Deduzco que eres muy joven, y hay algo que quisiera contarte sobre eso. Yo tengo 59 años y amo el mar, pero ya sólo navego por el Mediterráneo. Pasó la edad en que me seducían otros mares y otras costas. Con canas en la barba y arrugas en la cara acabé confirmando que mi verdadera patria es ese lugar viejo y sabio, memoria de velas blancas y naufragios, por donde vinieron los héroes, los dioses y las antiguas leyendas que me educaron con rumor de resaca, en playas donde, al fuego hecho con madera de deriva, hombres de manos encallecidas por remos y redes, piel curtida y ojos quemados de sal, fumaban tabaco negro, hervían calderos de arroz y asaban sardinas. Quien no conoce de esas aguas más que las orillas, las cree siempre apacibles, azules, de mansos amaneceres y rojas puestas de sol. Ignora que algunos de los más furiosos temporales pueden desatarse en ellas sin previo aviso: el mar golpeando de manera despiadada, voluble y traidor. 

En realidad, ningún mar es mala gente. Es el viento el que lo hace peligroso y mortal. Pero, a diferencia del Atlántico, donde los temporales pueden a veces prevenirse en intensidad, trayectoria y duración, y donde la ola suele ser larga y tendida, más gobernable, el Mediterráneo desata su furia de improviso, con vientos inesperados y una ola corta, asesina, que machaca los barcos y agota a quienes los tripulan. Viví entre marinos desde niño, y me crié con relatos de buques y mar. Nunca olvidé el respeto con que viejos capitanes, curtidos en todos los océanos, hablaban de la mar terrible que los temporales del norte levantan en el golfo de León. Después, con el paso del tiempo, yo mismo tuve ocasión de comprobar en persona cómo es capaz de golpear el azul Mediterráneo cuando se torna malhumorado y cabrón. Cuando se pone barbas grises. 

De una de esas situaciones hablé aquí alguna vez: fue a bordo del petrolero Puertollano, navidad de 1970, y tuvimos una mar horrorosa doblando el cabo Bon, frente a la costa de Túnez, con olas de diez metros y viento que en la escala Beaufort se conoce como temporal duro, de fuerza 10. En otras ocasiones tampoco escapé a los temibles mistrales del golfo de León o a las noroestadas duras del canal de Cerdeña; con la angustia que supone, en esos casos, estar al mando de tu propio barco, tomando las decisiones, y que éste sea un velero con tripulantes de cuyas vidas eres responsable. Y te aseguro que un mistral de fuerza 8 pegando en la amura de estribor durante horas, con sólo una trinquetilla arriba, la mayor reducida al último rizo y el barco -valiente, fiel y marinero, bendito sea- navegando a ocho nudos escorado hasta el trancanil, dando pantocazos, macheteando entre rociones y rachas la maldita ola corta mediterránea, es algo que, por mucho que ames el mar, puede hacerte renegar de él, de los barcos y de la madre que te parió. 

Sin embargo, hay algo bueno en eso. Cuando todo acaba felizmente, si el barco navegó bien gobernado y estás a salvo en aguas tranquilas, hay algo que caldea tu espíritu con legítimo orgullo: pasaste la prueba. Llevaste a puerto el barco, a los tripulantes y a ti mismo. Eres marino. Hiciste las cosas como debías, y ahora estás a salvo. Librado a tus propias fuerzas, con los dientes apretados, sin aspavientos, estuviste allá lejos, donde nadie puede decir basta, oigan, paren esto que me bajo. Y, por mucho título de capitán de yate que tengas en casa, posees el mejor certificado náutico del mundo: saliste vivo, con tu barco. Porque si es verdad que el mar, cuando se lo propone, acaba matando a cualquiera, incluso al mejor marino, también es cierto que primero liquida a los torpes, a los arrogantes y a los imbéciles; a quienes carecen de la suficiente experiencia o la humildad -que allí son sinónimos- para comprender que el mar, reflejo exacto de la vida, con sus borrascas imprevistas y sus arrecifes acechando en alguna parte, es lugar peligroso. Y que una saludable y constante incertidumbre, la desconfianza de quien se sabe siempre en territorio enemigo, ayuda a mantenerse vivo. 

Y, bueno. Eso es todo, o casi. Sólo quería decirte que, lo mismo que el mar, espejo de la vida, también la tierra firme -engañosamente firme- tiene borrascas perfectas que discurren por el corazón del ser humano, probándolo, tanteando su resistencia y su coraje. Y que no hay mejor adiestramiento y ojo marinero para enfrentarse a ellas, aparte una saludable incertidumbre, que la lucidez, la tenacidad y la cultura. Ellas te ayudarán a sobrevivir entre tus particulares temporales de fuerza 8. Y en el peor de los casos, si no queda otra, a perderte con tu barco luchando hasta el final, silencioso y sereno como un buen marino. Con el consuelo de que lo hiciste todo lo mejor posible. 

6 de marzo de 2011 

domingo, 27 de febrero de 2011

Otra vez ganan los malos

Al principio creí que era simple estupidez; pero rectifico. Es prepotencia, vileza y mala leche. Es la imbecilidad de unos pocos visionarios analfabetos, aceptada con entusiasmo formal por los clientes y en silencio cómplice por los cobardes. Como se veía venir, aquel artículo 22 bis de la ley 56/2003, creado a partir del artículo 5 de la ley de Igualdad, ha conseguido el sueño perfecto de todo gobernante totalitario: reprimir hasta el uso de la lengua hablada y escrita cuando no se ajusta a su concepción del mundo, por muy limitada, inculta o cantamañanas que ésta sea. Rebajar por decreto, imponiendo el uso irracional de la fuerza del Estado, la libertad y dignidad del idioma español hasta el triste nivel de su propia estupidez. De su mezquino oportunismo político. 

Ya no es anécdota suelta, como la que les contaba aquí el año pasado -«Chantaje en Vigo»-. Ya es violencia sistemática, de Estado, contra el uso correcto de la lengua española. Penúltimo caso: una empresa de Sevilla que, recurriendo con naturalidad al uso genérico del masculino -consagrado por el uso, el sentido común y la Gramática-, puso un anuncio para cubrir «una plaza de programador» en vez de «una plaza de programador o programadora», fue obligada por la Inspección de Trabajo a modificar el texto, bajo amenaza de una multa de 6.250 euros. El argumento diabólico es que, según la ley, «se considerarán discriminatorias las ofertas referidas a uno de los sexos». La pregunta es: ¿se considerarán, por parte de quién? Y también, ¿qué entendemos por «uno de los sexos»? Porque ahí está el truco infernal. Establecer si el uso del masculino genérico discrimina en un anuncio al sexo femenino, es algo que la ley no deja a los lingüistas, que saben de eso. Ni siquiera a los jueces y su presunta ecuánime sabiduría. Quien decide es cada inspector de Trabajo, según su particular criterio. Como le salga. Y aunque no dudo que entre los inspectores de ambos sexos -que a su vez tienen órdenes que vienen de arriba- haya dignos y cultos funcionarios capaces de distinguir entre incorrección gramatical, uso machista de la lengua, abuso de poder y simple gilipollez, nadie discutirá, supongo, que de ahí a convertirlos en policías e inquisidores de la lengua española, usada por 450 millones de personas en todo el mundo, dista un buen trecho. 

Es aquí donde entramos en la parte diabólica del negocio. Son varios los empresarios que se han dirigido a la Real Academia Española denunciando situaciones parecidas, en demanda de argumentos o amparo. Y la RAE, que en tales cosas está obligada a mantener una exquisita prudencia oficial, responde siempre lo mismo: el uso genérico del masculino es correcto y aconsejable, la lengua pertenece a quienes la hablan, no se puede forzar por decreto, y no hay ley de Igualdad que pueda imponerse sobre la autoridad de la Gramática ni violentar el uso correcto del castellano. Incluso algunos académicos, a título particular, nos hemos ofrecido a dar dictámenes técnicos en favor de los empresarios acosados, e incluso a acudir a los tribunales en defensa de quien nos pida consejo para defenderse de la desmesura y el chantaje lingüístico de que es víctima. Pero claro. Ahí está la trampa ineludible. Eso habría que solventarlo ante un juez, y a ver qué empresario amenazado por una inspección de Trabajo se atreve a litigar contra quien puede convertir su vida y su empresa en un infierno. Sólo de imaginar un juicio, largo y de resultado incierto, les dan sudores fríos. Y más con la que está cayendo. De manera que el respaldo de autoridad que la Academia puede dar frente a tales abusos no sirve para nada, pues el empresario indefenso nunca llegará a exponer su caso ante un juez: se resigna, modifica lo que le piden, y traga. Qué remedio. Y así, inevitablemente, la Inspección de Trabajo y los analfabetos -incluidas analfabetas con nombre y apellidos- que redactaron el artículo 22 bis de la ley de Igualdad, se apuntan muescas en su infame navaja, mientras la imbecilidad que tanta risa nos daba hace tiempo en boca del lendakari Ibarretxe -aquel ridículo «vascos y vascas»- se convierte, al fin, en chantaje impune, sueño anhelado de feminazis talibanes y sus mariachis. En arrogante norma inquisitorial contraria a la lengua, la razón y la justicia. 

Así que vamos listos, me temo. Imaginen qué ocurrirá cuando, por ejemplo, un empresario publique un anuncio pidiendo un cantante, y al inspector/a de Trabajo de su pueblo se le ocurra ley en mano, porque le da la gana y para chulo él, que el anuncio debe añadir «o cantanta»; y, si hay disponible una plaza de taxista, se especificará también «o taxisto», so pena de inspección laboral y multa. Por la cara. A veces me pregunto si de verdad nos damos cuenta de lo que nos están haciendo. De lo que, borregos resignados y sumisos, permitimos que nos hagan. 

27 de febrero de 2011 

domingo, 20 de febrero de 2011

Sobre violaciones y fascistas

Si algo desvirtúa y ahueca las palabras, vaciándolas de significado, es la estupidez de quienes abusan de ellas. Me refiero a ésos que entran a saco en el diccionario -que encima no consultan jamás- y, con la ausencia de complejos del analfabeto o el capullo en flor, machacan un término al que convierten en perejil de todas las salsas, retorciendo su sentido original hasta que no puede reconocerlo ni la madre que lo parió. Y al cabo, cuando la gente seria necesita esa palabra para usarla en su sentido exacto, se encuentra con que la infeliz comparece tan ajada y maltrecha que no sirve para nada. Los que cada día trabajamos dándole a la tecla, eso lo notamos mucho. Como también lo aprecia cualquiera que tenga sentido común y se fije. Puesto en verso, es lo que le ocurre al pobre Luis Mejías con doña Ana de Pantoja, en el Tenorio, cuando dice aquello de: «Don Juan, yo la amaba, sí. / Mas con lo que hais osado / imposible la hais dejado / para vos y para mí». 

Un ejemplo, entre muchos, es la palabra fascista; que, de aludir al movimiento nacionalista surgido en Italia después de la Primera Guerra Mundial, con su encarnación hispana en el falangismo y otras tendencias hermanas, pasó a definir durante la Guerra Civil, en boca de la izquierda radical, al bando nacional e incluso a los republicanos moderados. Heredada por el franquismo, la palabra fue patrimonio de la ultraderecha durante la Transición, antes de verse felizmente olvidada durante veinte años. Pero en los últimos tiempos ha vuelto a ponerse de moda. La necesidad, a falta de coherencia ideológica propia, de poner etiquetas al adversario, hace que ahora se aplique a cualquier persona o situación que se aparte, no ya de una posición de izquierda, sino de lo social y políticamente correcto, e incluso de la más fresca tontería de moda. Así, alguien que se peine con fijador o vista con corrección puede ser calificado de fascista, igual que el aficionado a los toros, quien enciende un cigarrillo o el que ejerce violencia doméstica. Todo se presenta en el mismo paquete, el de fascistas o fachas, como si fuera improbable que alguien de izquierdas se peine con raya, fume, le guste ir a los toros o le pegue a una mujer. Por supuesto, quien más jugo saca al término es la clase política: ni los del Pepé de Murcia se cortaron llamando fascistas -en vez de animales miserables y cobardes, que es lo adecuado- a quienes apalearon hace unos días a su consejero de Cultura, ni un consejero de la junta andaluza llamado Pizarro se privó de llamar fascistas a los funcionarios, algunos afiliados a su mismo partido, o votantes de él, que boicotean los actos del Pesoe. 

La cosa no se limita a España, claro. Con los tiempos que corren y los que van a correr, la tontería es internacional. Pensaba en eso leyendo las manifestaciones de unas ecologistas inglesas que aseguraban «sentirse violadas» porque el compañero de lucha con el que se dieron muchos, repetidos y voluntarios homenajes carnales, resultó ser un policía infiltrado. Y claro. La diferencia entre irse a la cama con un ecologista o con un policía es que el txakurra te viola. Tú puede que no te percates; pero él, en su fuero interno, sabe que te viola. El fascista. Frente a eso, ya me dirán ustedes qué palabra reservamos al violador de verdad; al que fuerza sexualmente a una mujer -o a un hombre, que siempre olvidamos ese detalle- abusando de su vigor físico, de la amenaza, del estatus económico o social. Al auténtico hijo de puta de toda la vida. Pues, si de violar en serio hablamos, les aseguro que ni idea tienen ciertos gilipollas y ciertas gilipollos. Pregúntenle a Márquez y a los colegas con los que andábamos por los Balcanes qué es violar de verdad, y a lo mejor los pillan relajados y se lo cuentan. Mujeres entre los escombros de sus casas, degolladas después de pasarles por encima docenas de serbios o croatas. Hoteles llenos de jóvenes apresadas para disfrute de la tropa, a las que se pegaba un tiro cuando quedaban preñadas. O aquella ciudad de Eritrea, abril de 1977, cuando un jovencísimo reportero que ustedes conocen tuvo el amargo privilegio de asistir, impotente, a la caza de cuanta mujer de nacionalidad etíope quedaba a mano. Igual un día les cuento con detalle cómo gritan, primero, y luego, al quinto o sexto golpe, se callan y aguantan resignadas, gimiendo como animales. Supongo que para individuas como Pilar Rahola, María Antonia Iglesias y otras joyas de la telemierda, que tras vivir de la política viven ahora de la demagogia pseudofeminista imbécil, el arriba firmante tendría que haber evitado aquello: persuadir a mil quinientos tíos con escopetas de que lo que hacían estaba feo. Seguro que las antedichas y otros cantamañanas de ambos sexos lo habrían evitado, con dos cojones. Interponiéndose. Así que seguramente me llamarán violador pasivo, por defecto. 

Y fascista. 

20 de febrero de 2011

domingo, 13 de febrero de 2011

El legionario anfibio

Hace mucho tiempo, año 90 y cuando la primera guerra del Golfo, bebiendo zumo de frutas en un hotel de Dahrán, Arabia Saudí, un oficial norteamericano de las fuerzas especiales llamado Gamboa me contó que, en situaciones extremas, aislados en territorio enemigo, los soldados de origen latino -teníamos alrededor, en ese momento, a montones de ellos apellidados Sánchez y González- solían comportarse mejor, estadísticamente, que los de origen anglosajón. Éstos últimos funcionan muy bien en equipo, dijo. Más cohesionados, solidarios y disciplinados. Pero cuando falla el apoyo exterior, las cosas se van a tomar por saco y cada cual se queda solo y debe apañárselas como puede, los latinos llevan ventaja. Se espabilan mejor, con más ingenio. Están hechos a la iniciativa privada en mitad del follón. A buscarse la vida en pleno desmadre. 

Me acordé de eso hace unas semanas, cuando conocí la aventura de un legionario de Ceuta que se fue de permiso a Marruecos; donde, tras perder en equívocas e imaginables circunstancias -supongo que en la mejor tradición grifota, con juerga moruna dotada de la parafernalia habitual para esa clase de tropa- el pasaporte y la documentación, y ante el problema que se le planteaba con la policía marroquí de la frontera, por donde debía pasar para estar en su cuartel al toque de formación del día siguiente, decidió saltarse a los mehanis a la torera. O a la marinera. Así que se fue a una tienda, compró un traje de neopreno -hacía un frío del carajo, imagínense-, aletas, gafas de buceo y tubo de respiración, y así equipado se metió en el agua y empezó a nadar, chof, chof, plas, plas, hacia el puerto de Ceuta, esquivando la verja fronteriza. Casi lo había conseguido, el tío, cuando una patrullera de Picolandia, tomándolo por un inmigrante ilegal, lo trincó por el pescuezo, llevándoselo, supongo que después de prestarle una toalla, no al cuartel, sino al cuartelillo. 

Me mosqueó un poco, debo confesarlo, el tratamiento mediático del asunto. La prensa, la radio. Todo eso. Hasta en Internet se guasearon del pobre lejía. Y, para escarnio suyo, todo cristo salió por soleares en plan Celtiberia caspa y cañí: legionario de juerga en territorio comanche, permiso ahumado con ketama, esperpento berlanguiano, surrealismo de la situación con Benemérita incluida, insensatez temeraria del fulano, que a saber cómo iría de ciego, etcétera. Choteo, en resumen. Mucho. Ignoro qué suerte corrió el protagonista de la historia una vez devuelto a su cuartel; aunque supongo que, informado su coronel, debió de comerse un marrón como el sombrero de un picador. No sé cómo andarán las cosas por la Legión, pues desde que dejé mi otro oficio, después de los Balcanes, los trato poco. Creo ya no hay rapado al cero y pelota de castigo, y que ni calabozo tienen ya. Le gritas órdenes a un soldado y te lleva a juicio por acoso laboral. En el Tercio tienen ahora que abotonarse la camisa, afeitarse la barba, y a pique han estado de que les quiten el chapiri, capándoles la borla y la tradición. Pero imagino que, a poco que alguno de sus jefes y oficiales conserve algo de la vieja escuela, el lejía nadador, chorreo castrense aparte, habrá deglutido a estas horas, por lo menos, más guardias que el cabo Tres Forcas. 

Tampoco sé si el fulano era español -quiero decir europeo, peninsular-, o uno de los cada vez más numerosos legionarios de origen marroquí y religión musulmana enrolados en el Tercio, que defenderán las plazas norteafricanas, en caso de conflicto con Marruecos o con quien sea, hasta la última gota de sangre. Pero, como digo, la chirigota mediática habida a cuenta del lejía nadador me parece impropia. Tampoco es que la aventura sea para ponerle una medalla; pero tiene su puntito. Yo lo habría ascendido a cabo, fíjense. O pagado una botella de algo en la cantina del cuartel. A fin de cuentas, lo que demostró echándose al agua fueron, precisamente, aptitudes de las que se exigen a los profesionales de las fuerzas armadas en cualquier ejército serio del mundo: iniciativa y decisión táctica, firmeza en la ejecución y capacidad de buscarse la vida en territorio hostil. Como aquellos soldados de los que me hablaba en Arabia Saudí el capitán Gamboa. Y además, el jambo le echó al negocio un par de huevos: atributos simbólicos que no están de más en un legionario feroz -o legionaria ferrosa- al que, por oficio de llevar escopeta, suponemos desenvuelto y razonablemente corajudo. En estos tiempos acebollados y demagógicos, cuando miro la tele y veo a los líderes islámicos tunecinos y egipcios, y a sus chicas con velo diciendo viva la democracia y abajo los tiranos, me digo que pronto harán falta unos cuantos más como el de las aletas. Por lo menos, para proteger las instalaciones portuarias mientras evacuamos Ceuta y Melilla. 

13 de febrero de 2011 

domingo, 6 de febrero de 2011

Pronúnciese «elegetebé»

Hay varios cantamañanas convencidos de que la lengua no pertenece a quienes la hablan, sino a quienes deciden retorcerla a su antojo a golpe de guía y decreto. Me refiero a esos individuos de ambos sexos -ellos dirían individuos e individuas de ambos géneros- que se atreven, con la osadía de su ignorancia, a lo que ni siquiera pretende la Real Academia Española; que hace ortografías y gramáticas para ordenar y clarificar la parla castellana, pero no establece prohibiciones o valores morales -más allá de las marcas informativas vulgar, despectivo, peyorativo, culto o coloquial- sobre lo que la peña debe decir por la calle, en el bar donde no fuma, o en su casa. Pero hay gente, como digo, segura de que basta poner etiquetas de incorrección política o publicar guías normativas para que el habla de la sociedad se ajuste, sin más, al objetivo buscado. Y como en este país de tontos del ciruelo eso da votos, raro es quien no acaba apuntándose por iniciativa propia -el récord de imbecilidad socialmente correcta, aunque muy disputado, lo tiene de momento la Junta de Andalucía- o bajo presión del qué dirán, financiando verdaderos disparates; que luego, presentados con mucha gravedad y esmero, reservan al político de turno, cargo paniaguado o talibán de pesebre -a menudo se hacen la foto juntos, encantados de haberse conocido-, un lugar en los informativos regionales, o en los telediarios. 

La penúltima es valenciana, a cargo del Consejo de la Juventud de allí; que con la colaboración del ayuntamiento local presentó hace un par de semanas su Guía del lenguaje no heterosexista: curioso documento donde, junto a reflexiones oportunas sobre la diversidad sexual y la necesidad de su reconocimiento social, los autores también se meten sin rubor a resolver, en cuatro líneas, complejas honduras de la lengua y su uso. Por ejemplo, manifestando que su objetivo es ser, modestia aparte, «herramienta útil y directa de lucha contra el patriarcado y el heterosexismo a través del lenguaje», a fin de que la creencia de que la gente suele ser heterosexual y adscrita a un sexo determinado -la guía, por supuesto, dice género- «vaya desapareciendo de la sociedad»; por ejemplo, evitándose «esquemas que presupongan la existencia de un padre y una madre». Con especial atención, teniendo presente la diversidad de situaciones familiares actuales, a «rechazar la presunción de heterosexualidad» en las personas. Lo que, dicho en corto, significa dirigirse siempre al prójimo en términos ambiguos y poco comprometidos sobre el sexo de su presunto padre y su señora madre, aunque los tenga. Por si acaso. Y aunque el interlocutor aparente ser varón o hembra -quizá porque lleve bigote o luzca unas tetas de la talla 98-, no dar nunca por sentado que es una cosa u otra, no vayamos a ofenderle la sensibilidad. Etcétera. 

Estoy seguro de que esa pandilla de bobos socialmente correctos, que se extiende cual mancha de aceite de oliva virgen, no se da cuenta del lío en que está metiendo a la gente -recuerden a la pobre mujer que habló en la radio de subsaharianos afroamericanos-. De la confusión a que nos expone cuando mezcla conceptos lógicos y respetables con desvaríos de género y génera, con radicalismos idiotas que camuflan la entraña del asunto: la necesidad indiscutible de orientar a la sociedad hacia un cambio de mentalidad y actitudes, haciendo justicia a colectivos sometidos al ninguneo y al desprecio. Sin embargo, para eso hacen falta cultura e inteligencia, elementos poco habituales en la clase política y sus clientes subvencionados. Es más fácil apuntarse dos capotazos en plan caricatura, tachando de reaccionario, machista y homófobo a quien discrepe de las maneras o, con toda la razón del mundo, se chotee del negocio. Ya me dirán ustedes qué suerte puede correr una causa, por noble y razonable que sea, cuando se aliña con estupideces como que es necesario proscribir la expresión «relaciones entre chicos y chicas», por excluyente, cambiándola por «relaciones sexuales»; o cuando se afirma que la palabra homosexual se usa de forma limitadora e «invisibilidad» a las lesbianas, y debe sustituirse de inmediato, por escrito y en el habla cotidiana, por las siglas LGTB. Que engloban a lesbianas, gays, transexuales y bisexuales, y además queda más corto y manejable «por economía lingüística». 

De manera que, señoras y caballeros, ha nacido otra estrella. Según la guía valenciana, usted y yo deberemos decir en adelante, so pena de ser llamados fascistas homófobos, «Día del orgullo LGTB» -pronunciado elegetebé, ojo-, «comunidad LGTB» y «LGTBfobia». El puntazo, sin embargo, viene al final, cuando la guía se refiere a condenables «expresiones heterosexistes com ara donar per cul». Lo que significa que, a partir de ahora, tampoco podremos utilizar la gráfica, rotunda y siempre útil -especialmente en España- expresión «vete a tomar por culo». Por elegetebefóbica. 

6 de febrero de 2011

domingo, 30 de enero de 2011

Esa otra fiel infantería

Los vi hace poco en el aeropuerto de México: ojerosos, mal afeitados, hechos polvo tras largos vuelos y tránsitos infames. Eran cuatro -uno, naturalmente, se llamaba Pepe- y hablaban de Flandes y de las Indias. O de como se diga ahora. Holanda, decían. México y Venezuela. Sitios así. Hablaban de saqueos, botines y aventuras. O sea, de buscarse la vida donde ésta late. De negocios. Estaban allí con sus arrugados coletos de cuero transformados en trajes de chaqueta y corbata; con sus armas, que eran ordenadores y agendas, y con esa mirada absorta, fatigada, que les queda a los que vienen de asaltar las murallas de Breda o pelear en las calzadas de Tenochtitlán. Observándolos mientras consultaban las salidas de los vuelos, concluí que tampoco, si uno se fija bien y leyó los libros adecuados, hay tanta diferencia: Barajas en vez de Cádiz, Lisboa o la boca del Guadalquivir, en galeones, o Italia y el Camino Español por los Alpes y Suiza, rumbo al norte de Europa. La fiel infantería del rey católico: la misma gente que hace cuatro siglos, harta de monarcas imbéciles, curas parásitos y funcionarios sanguijuelas, decidió que era mejor intentarlo allá afuera y reventar en ello, que languidecer en una tierra yerma, ingrata, dejada de la mano de Dios. 

Alguien escribió que en otro tiempo, cuando España se dilataba en el mundo, los españoles se echaron afuera a pelear y buscarse la vida, desde nobles hasta labriegos. Y fue cierto. Unos lo hicieron por hambre de gloria y dinero; otros, los más, por hambre de verdad. Desde las Indias a Filipinas, del norte de África a Europa entera, contra toda clase de naciones bárbaras o civilizadas, pelearon hidalgos y campesinos, bachilleres y pastores, caballeros y pícaros, amos y criados, soldados y poetas. Pelearon Cervantes, Garcilaso, Lope de Vega, Calderón, Ercilla y muchos más. En todas las tierras y climas, bajo nieve, sol, lluvia o viento, desharrapadas huestes de españoles pequeños y recios, fanfarrones, crueles, hechos a la miseria, el sufrir y las fatigas, con todo por ganar y nada que perder salvo la vida, renegando a cada paso en todas las lenguas de España, acuchillándose entre sí en los ratos libres que no empleaban en degollar a terceros, caminaron tras las rotas banderas en busca de pan que llevarse a la boca. Así llenaron los espacios en blanco de los mapas, las tierras incógnitas. Y sin pretenderlo, de rebote, los que regresaron vivos trajeron Méxicos y Perús, riquezas hasta para quienes nunca arriesgaron nada. E historias fascinantes que escuchar. 

Pensaba en eso viendo a los cuatro soldados de los modernos tercios que aguardaban en el aeropuerto. La misma hambre, me dije. El mismo dilema. Quedarse en esta tierra estéril y enferma es languidecer. Recordé haberlos visto toda mi vida en cien rincones perdidos del mundo, alojados en hoteles de veinte dólares donde nunca para un hombre de negocios acomodado. Planchándose ellos cada mañana su único traje, como otros se revestían el arnés y el acero, antes de echarse a la calle a pelear de nuevo. A arrancarle el botín a la vida donde ésta se deja. Lo mejor de nuestra fiel infantería: empresarios y comerciales españoles que no gastan más de lo preciso en dormir y comer, sobrios y tenaces; pero que cada mañana, a la hora del combate, riñen con esos otros a quienes todo sobra, tumbando a base de iniciativa e imaginación a competidores de grandes compañías gringas que han hecho masters en Harvard y escriben sin faltas de ortografía; y que sin embargo se ven, sin comprenderlo, acuchillados por esos tipos duros, hambrientos y mal afeitados que no tienen Visa Oro pero saben arreglárselas para hacer lo imposible, por pura necesidad y desesperación. Porque hablan la lengua, o se la inventan. Porque lo de buscarse la vida, asaltar murallas para cobrarse pagas atrasadas o pelear en una trinchera, hambrientos y con el barro hasta los huevos, lo llevan en la sangre. Pensé en todo eso, como digo, mirando a esos tipos en la sala de espera del aeropuerto. Nunca imaginaréis, concluí, con cuántas cosas me reconciliáis de nuestra perra España. Calculé sus noches solitarias velando armas, mirando ventanas de cielos extranjeros. La soledad y la dureza del combate librado a tus solas fuerzas, sabiendo que el único día fácil es el que dejaste atrás. Hombres y mujeres valientes, soldados metidos muy adentro en territorio enemigo, que llevan al hombro, a su manera conmovedora, la vieja aspa de San Andrés: los colores de sus modestas empresas -«I am from Murcia», oí decir a uno en El Cairo, hace treinta años, al policía que le pidió la cartilla de vacunación que no llevaba-. Batiéndose a ciegas por la negra honra y por desesperación. Por hambre. Mal pagados e ignorados en su tierra, como siempre. De nuevo, también como siempre, la misma historia. No sabemos vivir de otra manera. 

30 de enero de 2011

domingo, 23 de enero de 2011

La historia de don Alejo Garza

Hay un episodio reciente que ha pasado inadvertido para la mayor parte de los medios de comunicación españoles. Quizá porque no es modelo de mansedumbre y buen rollito, y resulta socialmente incorrecto al haber pistolas, escopetas y toda clase de armas de por medio. Y en este país imbécil que habitamos y que nos habita, de ahí a llamarle ultraviolento y facha -etiqueta adhesiva polivalente- a su protagonista, incluso a quien se refiera a él, hay menos que el canto de un euro. Pero me importa un carajo. Como decía mi abuelo, hay cosas que alientan la virtud, o al menos cierta clase de ella, aunque no se trate de la que anda al uso. Así que, bueno. Quien sepa ver virtudes en esta historia, que las aproveche. Y el que no, pues oigan. Que le vayan dando. 

Se llamaba Alejo Garza Támez, tenía 77 años y era empresario maderero con rancho en Tamaulipas, México. Nadie le había regalado nada: llevaba toda la vida trabajando, y cuanto tenía lo ganó con sudor y trabajo. Aficionado a la caza y la charla con los amigos, era respetado por sus vecinos; de esos hombres cuyo apretón de manos y palabra valen más que un contrato firmado. Su desgracia fue que, en los últimos tiempos, Tamaulipas, como buena parte de México, se ha convertido en territorio comanche: narcos hasta en la sopa. Y hace dos meses, el sábado 13 de noviembre, con precisión de corrido de los Tigres del Norte, los sicarios del cártel de allí fueron a decirle muy gallitos que ahuecara. Que su propiedad les interesaba, y que debía arreglarse con ellos. Veinticuatro horas para pensarlo, dijeron. Luego aténgase a las consecuencias. Que, tal como andan las cosas en esa tierra, se resumían en una: velatorio con cuatro cirios encendidos en las esquinas y ataúd en medio. El suyo. 

Don Alejo se lo pensó, en efecto. Con casi ochenta tacos de almanaque, concluyó, lo mío anda más que amortizado. Se le hacía cuesta arriba cambiar de rancho, a su edad. Así que, parafraseando a Cervantes, se dijo aquello de balas tengo, lo demás Dios lo remedie. Hasta aquí hemos llegado. Reunió a los trabajadores del rancho, les pagó lo que les debía, y ordenó que al día siguiente no fuese ninguno a trabajar. Quiero estar solo, dijo. Luego hizo recuento de armas y municiones -ya he dicho que era cazador- y pasó el resto del día en preparar la casa para su defensa, poniendo barricadas en las puertas y disponiendo escopetas y cartuchos para disparar en cada ventana. La noche fue larga, de poco sueño y mucha alerta, atento a cualquier ruido exterior. Supongo que se quitaría el frío con una botella de tequila y mataría las horas con cigarrillos. Tal vez había dejado el tabaco años atrás, por la salud, y volvió a fumar esa noche. Es así como imagino a don Alejo: sentado en la oscuridad con un rifle semiautomático entre las piernas, los bolsillos llenos de cartuchos, un tequila en una mano y la brasa roja de un cigarrillo en los labios, entornados los ojos para escudriñar la noche, atento a los sonidos del exterior. Recordando a ratos su vida. Esperando. 

A las cuatro de la madrugada sonaron motores. Bajando de varias camionetas, armados hasta los dientes con fusiles de asalto y muy seguros de sí, como suelen, una veintena de sicarios se encaminó a la casa, gritando que tomaban posesión del rancho. Que todo el mundo saliese afuera, con las manos en alto. Entonces, en el interior, don Alejo apuró el tequila, apagó el último pitillo con el tacón de sus botas de piel de iguana y empezó a pegar tiros. 

Fue un verdadero combate, largo e intenso. Hasta granadas usaron. Desde los ranchos cercanos se oyó mucho rato el crepitar de las balas y el retumbar de las explosiones. Don Alejo vendía cara su veterana piel. Y cuando a la mañana siguiente tropas de la Marina mejicana llegaron al lugar, aquello parecía un campo de batalla. La casa todavía olía a pólvora, acribillada por centenares de disparos e impactos de granadas. El interior, destrozado a tiros, se veía alfombrado de casquillos de bala disparados por don Alejo; que yacía muerto junto a una ventana, con el rifle todavía cerca. Se había llevado por delante a cuatro gatilleros, cuyos cadáveres estaban tirados delante de la casa. Dos sicarios más, gravemente heridos, a los que sus compañeros habían dejado atrás por creerlos muertos como los otros, vivieron lo suficiente para contar la historia. El viejo peleó como una fiera, dijo uno. Hasta el último cartucho. 

Colorín, colorado. Ésta es la vida y la muerte, real como la vida y como México mismo, de don Alejo Garza Támez. Si el ejemplo es edificante o no, allá cada cual con lo que entienda. Yo me limito a contar la historia de un abuelete de Tamaulipas a quien los poderosos -los narcos, en su caso- dijeron que se hincara de rodillas, y no quiso. Le daba pereza. 

23 de enero de 2011 

domingo, 16 de enero de 2011

Sobre mujeres y héroes

Estoy de acuerdo, señora mía. Fui injusto cuando dije que madame Bovary era idiota. O cuando lo dijo uno de mis personajes; que es lo mismo, aunque no del todo. Se lo dijo Makarova, la lesbiana dueña de un bar, al cazador de libros Lucas Corso, en El club Dumas. Y como digo, tal vez sea verdad lo de injusto. O cruel. Puede que mi capacidad de compasión disminuya con los años y con el espectáculo -grotesco, inagotable- de la nunca sorprendente estupidez humana, incluida la mía. Y es cierto. Quizá sea injusto enternecerse con don Quijote y despreciar a Emma Bovary. A los dos se les fue la olla creyendo que la vida podía ser como en las novelas baratas; y es verdad que late el mismo idealismo trágico en salir a deshacer entuertos que a buscar una pasión amorosa en un pueblecito de provincias. Hasta ahí, estamos de acuerdo. 

Sin duda la peor idiotez de madame Bovary fue el dinero. Entramparse hasta el corsé. Si hubiera tenido sentido común, o recursos económicos, otro habría sido su destino. Pero ni el estatus social ni el momento eran adecuados para una pobre soñadora provinciana. Cuanto tuvo en su vida fueron dos imbéciles y medio: sus dos amantes y el marido. Y por supuesto: si hubieran sido treinta los hombres de su vida, habrían sido treinta imbéciles. También reconozco que es difícil arreglárselas cuando no sólo la satisfacción sexual, sino las posibilidades de sentirse amada y acompañada, dependen de un mundo de hombres que te acusan de puta si lo intentas y de idiota si fracasas. Hay poco espacio ahí para los héroes, en efecto. Para las heroínas. Y resulta una soberbia injusticia pedir a todas las mujeres que se curtan para sobrevivir. Que sean hembras fatales o chicas duras. Que sean Tánger Soto, Lolita Palma o Macarena Bruner; o la Reina del Sur después de haber sido Teresita Mendoza en Culiacán. Es injusto, desde luego, sentir simpatía por Homer Simpson, o por cualquier Manolo de barriga cervecera, y despreciar a doña Maruja por no ser capaz de escupir a la cara y hacerse matar -o matarlo ella a él- por un varón miserable que no le llega ni a la altura del chichi. 

Pero ojo. Tampoco admiro a Penélope. Su absurda fidelidad -veinte años de abstinencia y mojama entre las piernas- me saca de quicio; y también me repatea el hígado ese palacio lleno de cortejadores gorrones y abúlicos que ni la violan, ni saquean la casa, ni hacen otra cosa que tumbarse a la bartola mientras ella deshoja la margarita. Creyendo esperar a que la presunta viuda escoja, los cretinos, cuando en realidad lo que hacen es dar tiempo a que Ulises llegue, lo reconozca su perro y tense el arco. Y ella, mientras, tejiendo y destejiendo en plan melindres calientapollas, en vez de llevarse al más guapo o al más rico al catre, o agarrar una escopeta con posta lobera, o lo que usaran en el siglo VIII antes de Cristo, y correrlos a todos a fogonazos hasta la orilla del mar color de vino. Hay muchas cosas notables que se han perdido en la historia de la Humanidad porque las mujeres que habrían podido hacerlas, crearlas, se negaron a acostarse con hombres que les daban asco. Pero también, gracias a esas mujeres que no transigieron -vaya una cosa por la otra-, se han evitado muchas infamias y muchos prescindibles hijos de puta. 

Sin duda soy injusto con Penélope, como lo fui con Emma Bovary. Sólo soy un hombre torpe que mira, y que escribe sobre eso. Que tantea intentando comprender, haciendo frente a su estupidez y sus remordimientos de varón con los personajes femeninos que, mejor o peor logrados, habitan el mundo que narro. Pero de algo estoy seguro. A la hora de escoger héroes para mis novelas, prefiero ser injusto a complaciente. Quiero lobas y no ovejas. En tal sentido, estoy seguro de que la mujer lúcida es el único personaje literario apasionante que nos queda, el único héroe posible en el siglo XXI: soldado perdido en un territorio enemigo, de reglas hechas por los hombres. Mujeres intentando sobrevivir, llegar al mar y volver a casa. O encontrarla, al fin. Una casa propia, una vida normal. Heroínas a su pesar, luchando por el derecho, luego, a ser vulgares. Creo que la capacidad de sorpresa que ofrece el héroe masculino está agotada tras veintinueve siglos de literatura. El hombre se repite a sí mismo, o lo que resta de él, mientras que la mujer entró en esta centuria haciendo frente a desafíos nuevos, todavía no escritos. Arriesgándose como los exploradores que antaño se adentraban por la tierra incógnita dibujada en los espacios en blanco de los mapas. Por eso no son tiempos, los míos, de compasión literaria ni de justicia narrativa. A estas alturas, madame Bovary me importa un carajo. Existe, sin duda. Con sus tres o sus treinta imbéciles. Y seguirá existiendo. Pero no pienso escribir sobre ella. Que la compadezcan otros. 

16 de enero de 2011

domingo, 9 de enero de 2011

No cabe un tonto más

Me van ustedes a disculpar -o no-, pero la culpa no la tiene el niño, ni sus padres. Alguien debería romper una lanza por esa familia; así que aquí me tienen, rompiéndola. En el asunto del profesor del instituto de La Línea que mentó el jamón en clase, ofendiendo la sensibilidad islámica de un alumno musulmán de trece años, los culpables son otros. Después de todo, el padre que puso una denuncia en comisaría, tras calificar de maltrato escolar el hecho de que se pronunciasen las impuras palabras jamón y cerdo en clase, no hacía otra cosa que demostrar que sabe muy bien dónde está. Que nos ha tomado el pulso. Los hipócritas somos nosotros, ciudadanos socialmente correctos y de limpia conciencia, que después de llenarnos la boca tragándolo todo hasta el fondo porque no vayan a decir que somos intransigentes, xenófobos y fachas, y por el resto del qué dirán, de pronto nos ponemos estrechos y tiquismiquis diciendo que no, oiga. Por Dios. Ahora, la puntita nada más. 

Esto es España, oigan. Donde, como dice mi compadre Carlos Herrera, no cabe un tonto más, pues nos caeríamos al agua. Cuando la familia del niño musulmán ofendido por el jamón dirigió sus pasos a la comisaría más próxima, de ingenua tenía lo justo. La movía la certeza absoluta de que, por descabellada que fuese su denuncia, tenía ciertas posibilidades de prosperar. Y no puedo menos que darle la razón. Conociendo el patio. 

El maestro, en primer lugar. Menos mal que anduvo prudente y achantó la mojarra. Con la hiperprotección que en España dispensamos a los pequeños cabroncetes, que un niño se levante en clase y le quite la palabra al profesor que está hablando de Geografía y de climas adecuados para la cura del cochino, a fin de exigirle que no ofenda su sensibilidad religiosa, nos parece a muchos lo más natural del mundo. O semos tolerantes, o no lo semos. Respeto a la multiculturalidad, se llama eso. Y si al maestro se le ocurre levantar la voz para decirle al zagal que cierre el pico, o agarrarlo por el pescuezo si se pone flamenco y sacarlo al pasillo, calculen el desparrame. Docente fascista, violencia escolar, xenofobia en las aulas, tertulias de radio y televisión, Internet a tope. Se le cae el pelo, al profe. Niño y encima musulmán, casi nada. Si además llega a ser niña y con pañuelo en la cabeza, abre telediarios. 

En cuanto a la policía, imaginen que son el cabo Ramírez, o como se llame, que está echándose un cigarrito en la puerta, y en ésas llega el padre de la criatura y dice que a su hijo le han mentado el jalufo en clase, y que es intolerable. Entonces usted, Ramírez, considera dos opciones. La primera que se le ocurre es mandar al padre y al hijo a tomar por saco; pero, lo mismo que el maestro, sabe perfectamente en qué país imbécil se juega los cuartos. También sabe que, si no se pone a disposición de cualquier fanático oportunista, tramitando tal clase de denuncias, puede ponerse a remojo: xenofobia policial, abuso de autoridad, prevaricación, nocturnidad -son las siete de la tarde- y alevosía. Titulares de prensa, y María Antonia Iglesias, descompuesta de belfo, llamándolo fascista y mala persona en la telemierda. Así que opta por la segunda opción, y tramita. Cayéndosele la cara de vergüenza, pero resignado con su puto oficio y su puta España, va al día siguiente a tomarle declaración al maestro. Y que salga el sol por Antequera. 

Ahora, el juez, fiscal o lo que sea. Afortunadamente estaba de guardia uno normal, de los que no buscan salir en los periódicos. Y decidió, con sano criterio, hacer lo que no pudo el cabo Ramírez: mandar al demandante a tomar por saco, como la Justicia hace esas cosas: archivando la denuncia. Mi pregunta es qué habría ocurrido si en vez de tocarle al fiscal Fulano le hubiese caído al fiscal Mengano: uno de los que tocan otro registro y se la cogen con papel de fumar, por si acaso. De los que, en una discusión de tráfico, una conductora llama cabrón a un conductor, éste responde zorra, y empapelan al conductor por conducta machista. Dirán ustedes que es imposible. Que la denuncia del jamón no podía prosperar jamás. Vale. Piénsenlo despacio. Esto es España, recuerden. Paraíso de demagogos y cantamañanas, donde prospera todo disparate. Ahora díganme otra vez que la denuncia nunca iría adelante, por lo menos en fase de diligencias. Díganlo mirándome a los ojos. 

Así que, en mi opinión, el digno musulmán hizo perfectamente. No arriesgaba nada. Y si cuela, cuela. Con suerte, incluso habría sacado una pasta para pagarse el viaje a La Meca con la familia. En todo caso, lo seguro es que en la comunidad islámica de su pueblo deben de tenerlo ahora por un hombre santo, honesto mahometano. Todo un tipazo. De estar en su chilaba, yo también lo habría hecho. 

9 de enero de 2011 

domingo, 2 de enero de 2011

Tres hombres peligrosos

Tengo en casa una foto grande, recortada de un viejo libro de fotografía cuyo título no recuerdo. También olvidé el nombre del autor, si llegué a saberlo. La imagen pertenece a una serie sobre los movimientos revolucionarios en los años 20 del siglo pasado, y en ella aparecen tres hombres relativamente jóvenes, aunque el aspecto y la época los hagan parecer mayores. Dos llevan barbas poco espesas, todos usan gafas redondas con montura de acero, y visten con modestas y raídas ropas burguesas. No sé dónde se hizo la foto, ni la nacionalidad de los tres individuos, aunque recuerdo que el texto los identificaba como socialistas, o bolcheviques. Puede tratarse de una escena tomada en el patio de una cárcel, o tal vez un recuerdo de camaradas. Hay en sus protagonistas algo clandestino. Están sentados muy juntos, fraternalmente agrupados ante la cámara del fotógrafo, que el del centro observa con una singular expresión de recelo y desafío: una mirada sombría, fanática. Es evidente que se trata de individuos convencidos de algo. Una causa común, una idea. Sin la menor duda son hombres peligrosos. 

Seguramente los mataron pronto. Si algo aprendí dando tumbos por el mundo, mochila al hombro, es a identificar a los que no sobreviven, o al menos llevan en el bolsillo las papeletas de la rifa. Esos tres las llevaban todas. Es probable que a poco de hacerse, o hacerles, aquella foto, alguien les diera matarile: quienes los fotografiaron en el patio de la cárcel, si es que estaban en una, o la policía de alguno de los países de Europa Central por los que se movían secretamente entre fronteras, trenes y falsos pasaportes. Fueron liquidados, tal vez, en una pensión de mala muerte, en un sucio callejón, en una comisaría tras pasar un rato incómodo diciendo sí y no en la sala de interrogatorios. Quizá se arrojaron por una ventana, o los arrojaron. Solía ocurrir. Gaseados por Hitler, fusilados por Stalin. Puede que alguno se pegara un tiro para no caer vivo en manos de alguien, aunque también el tiro pudieron pegárselo sus propios camaradas. Porque ésa es otra. Sus caras son de manual: duros, convencidos, en la edad justa. Aventureros de la utopía. Ni muy jóvenes, ni pasados de vueltas. Aún no veo rastro de fatiga. Por ello son peligrosos, como dije antes. De los imprescindibles en vísperas de una revolución, y que luego estorban. Aquellos que, tras hacer posible la toma del palacio de Invierno, acabaron picando piedra en Siberia, o en el sótano de la Lubianka con un tiro en la nuca. Aunque lo mismo, todo puede ser, fue uno de ellos quien despachó a los otros dos: el que antes despertó de la quimera. Tal vez se denunciaron y mataron entre sí al cabo del tiempo, cuando rozaban el poder y cuajaba el sueño. Autocrítica pública antes del paredón. Quién sabe. Son las vueltas y revueltas de su tiempo. De la vida. 

Los veo mirarme con sus ojos jacobinos y miopes, encogidos uno junto a otro como si tuvieran frío, y pienso en lo que hicieron. Sobre todo, en lo que estuvieron a punto de hacer. Calculo el incendio magnífico que quisieron provocar. La hoguera terrible, necesaria y fallida con las astillas de tronos y confesonarios. Considero el sueño tenaz al que dedicaron sus vidas, el modo de perseguirlo, de inmolarse en él. Imagino la inteligencia, el coraje, el rencor, la desesperación con que esos tres hombres, y cuanto simbolizan, pusieron el viejo mundo patas arriba, abriendo las puertas a otro. Y pienso también cómo lo mejor del sueño se pudrió en contacto con la puerca condición humana, y cómo la aventura de la esperanza acabó en bufonadas grotescas, traiciones infames y estériles carnicerías sangrientas; en la mentira y el cinismo de gánsters convertidos en dictadores sin escrúpulos, en la estupidez suicida de las masas incultas, en el callejón sin salida donde los canallas oportunistas y demagogos, todavía un siglo después, en nuestras barbas, siguen destruyendo lo más noble, osado y libre que late en el ser humano. 

Quizá por eso, mirar la foto me produce una extraña ternura. Al poseer una información de la que sus protagonistas carecen, yo sé cuál es su destino. Puedo leer el futuro que ya fue, pintado en esos rostros hoscos hasta la inocencia, en las miradas fanáticas y peligrosas. En esa voluntad ingenua que tanto me conmueve adivinar, y que me reconcilia con muchas cosas de las que blasfemo a diario. Objetivamente, acaben como acaben, sé que esas tres pobres vidas anónimas no valdrán para nada. Su fotografía es el documento de un fracaso: la derrota irreparable del ser humano justo, valiente y libre. Pero sé también que, sin esa foto y cuanto simboliza, la fe en lo grande y temible que encierra el corazón del hombre no existiría. Ése es mi orgullo melancólico. Nuestro consuelo. 

2 de enero de 2011