domingo, 9 de octubre de 1994

La chica del burguer


Era viernes por la noche, casi la hora de entrada de los cines. La hamburguesería estaba llena hasta los topes, y ella -que llevaba puesto un espantoso gorrito de colores y tenía el aire cansado- se movía entre los envases de plástico, el mostrador y el micrófono para los pedidos. Una hamburguesa doble, patatas fritas, uno de jamón y queso, repetía con voz monocorde yendo y viniendo como una autómata, la mirada ausente, agotada. La imaginé levantándose muy temprano, allá en cualquier barrio a una hora de metro del centro de la ciudad. Debía de estar siendo una de esas jornadas laborales largas como un día sin pan, y se le notaba en los ojos con cercos de fatiga, en la forma en que preguntaba qué va usted a tomar sin mirarte siquiera la cara. Ignoro cuántas hamburguesas llevaba despachadas aquel día. Quinientas. Mil, quizás. Cualquiera sabe.

Creo que en otro momento del día, vestida de otra forma y sin aquel inmenso cansancio asomándole a los ojos, habría parecido bonita. En la cola, pidiendo hamburguesas y cocacola, veinteañeras de su edad comentaban la película que iban a ver dentro de un rato. Ropa cara, etiquetas, zapatos de marca, tejanos de los que salen en la tele, cosas así. Chicas de las que pueblan los anuncios de no se nota, no se mueve, no traspasa. Yogurcitos, que diría mi amigo Salvador Gracia Segovia, en su celda de castigo del Puerto de Santa María. Y allí estaba ella echándole horas al otro lado del mostrador, con aquel ridículo gorro en la cabeza, sirviéndoles hamburguesas para que pudieran luego irse a ver a Schwarzenegger a gusto, con la tripita llena. Total. Que pagué mi whopper con queso, Cobró mirándome sin verme -observé que tenía mordidas las uñas-, respondió con un mecánico «a usted» a mi «gracias», y salí de su vida sin haberme asomado siquiera a ella. Después me senté en la terraza de un bar próximo a la hamburguesería, a echarle un vistazo a ese libro que ha escrito Mario Conde, y que resulta más estremecedor por el infame ganado que describe que por lo que cuenta. Y al poco la vi salir. Debía de haber terminado por fin su turno, porque vestía ropa de calle y se detuvo un instante en la acera, mirando alrededor. El chico estaba apoyado en una jardinera. Llevaba el pelo largo y revuelto, una cazadora de cuero, botas y una moto de mensajero, Rayo, leí, o algo así. Entonces ella fue hacia él y se le abrazó como un naufrago puede abrazarse a un salvavidas. Y se besaron, y yo volví con Mario Conde.

Después, al rato, alguien dijo algo en la mesa de atrás sobre la juventud, y sobre los ideales, y sobre la falta de no sé qué, y yo cerré el libro, y miré hacia el tráfico que se había tragado media hora antes a la pareja, y me hubiera gustado volverme y decir de qué juventud habla usted, señora. De esa que sale en los anuncios y en las encuestas sobre universitarios y en la ruta del bakalao, de su sobrina Maripili, señora, que la preñó el novio que estudia Arquitectura, una tarde, porque se aburrían viendo el Principe de Bel Air, o de la otra, la que se levanta a las seis de la mañana y se pega una hora de tren, de metro o de autobús, para estar después ocho o diez horas sirviendo hamburguesas, enlatando pimientos o limpiando casas ajenas a fin de llevar un jornal a su casa. De esos jóvenes que trabajan y luchan o quieren hacerlo, de las parejas que aún tienen veinte años y ya parieron hijos que solo heredarán la cola del paro, la ausencia de esperanza. De los miles de jóvenes engañados, estafados, puestos en la Calle De Ahí Te Pudras por esa cuerda de trileros que, con los votos de mi generación, prometió ponerles un piso y atar sus perros con longaniza, y que ahora empezará a esfumarse impune y discretamente, como de costumbre, dejando esto hecho un solar. Y el que venga detrás, que arree.

Aquella tarde me hubiera vuelto para decir todo eso hacia la mesa de atrás. No sea barata y facilona, señora. Mueva el culo, cruce la calle a masticar una hamburguesa en día de fiesta y jolgorio juvenil, y eche un vistazo detrás del mostrador antes de mezclar las churras con las merinas. So capulla.

Al menos, me dije, la chica de la hamburguesería y el mensajero de la moto se besaban en la boca despacio, con infinita ternura, y eso era algo que nadie les podía quitar. Tal vez en ese momento se acariciaban el uno al otro, abrazados en algún lugar al extremo de la ciudad, y la hamburguesería, la moto, el resto de este jodido país y del jodido mundo estaban a miles de años luz, muy lejos. Entonces les dediqué una sonrisa amarga y cómplice, pedí otra cerveza y volví al libro de Mario Conde.

9 de octubre de 1994

domingo, 2 de octubre de 1994

Ahí nos las den todas


Contaba mi abuelo que una vez, durante cierta airada discusión parlamentaria, un diputado recibió una bofetada de manos de un miembro de la oposición. Volvióse entonces hacia sus correligionarios y, alzando el gesto y la voz, clamó: «Señores: la República acaba de recibir una bofetada», A lo que el sentido común de la cámara repuso, unánime: «Pues ahí nos las den todas».

Ignoro si la anécdota es cierta o sólo bien hallada, pero el demagógico cante de aquel fulano parece de ahora mismo, en este país donde todos nos hemos vuelto tan susceptibles y tan finos, tan de mírame y no me toques. Alguien dice públicamente, por ejemplo, que Curro Triana, presidente autonómico de Andalucía Oriental -no sé si captan mi astuta forma de nadar y guardar la ropa- pronuncia graziozo en lugar de gracioso y antes de dedicarse a la política regentaba un negocio de ultramarinos, y el tal Curro, jaleado por sus palmeros finos, salta en el acto como una fiera diciendo que acaban de acusar a los andaluces de ser un pueblo de tenderos analfabetos.

El mero hecho de que el que el arriba firmante haya escogido Andalucía Oriental para ilustrar el asunto, y no, a ver, no sé, el Bajo Llobregat, por ejemplo, es ya de por sí buena prueba de a qué me refiero al hablar de susceptibilidades y de marear la perdiz. En estos tiempos de integrismos coyunturales y de tanto morro, uno tiene que tentarse mucho la ropa al hablar de según qué cosas, si no quiere que lo acusen de practicar el centralismo fascista o la agresión autonómica en dos folios y medio. Vivimos en un país donde todo quisque anda a la que salta, en busca de ofensas reales o ficticias, de bofetadas que rentabilizar en su beneficio. Donde cualquier cacique local, cualquier alcalde pedáneo de quince vecinos, cualquier mañoso cualificado, es capaz de autoerigirse en símbolo y en bandera de lo que sea, mientras ejerce de aprendiz de brujo con una alegría, una irresponsabilidad y una soberbia inauditas, agitando viejos demonios. Consciente de que quien no llora, no mama.

Lo cierto es que me aburren hasta arriba. Me aburre no poder mentarle la madre a un fulano concreto cuando dice una gilipollez, porque resulta que al criticarlo ofendo a su patria, su RH y su lengua vernácula. Me aburre mucho tanto sacar conejos de la chistera, convertir cuestiones personales o partidarias en tragedias locales, municipales, comarcales, autonómicas y nacionales. Me aburren los hipócritas que se escudan tras las banderas y la demagogia barata y garbancera, olvidando lo que cualquiera en este país recuerda con atroz claridad: nuestra facilidad para el motín, el paredón, la envidia, el escopetazo a la vuelta de la esquina y la secular inclinación al degüello que tiene esta tierra donde tan acostumbrados estamos a vivir bajo la sombra de Caín. Donde las guerras civiles no son coyunturas históricas, sino simples estados de ánimo.

Por eso me parecen detestables tan vulgares alardes de mala memoria y mala fe. O, peor aún, el desprecio ante las consecuencias a largo plazo de lo que uno destapa en política. Pues hay que ser muy estúpido o muy canalla para ignorar que aquí basta un trasvase de un río a otro, una reconversión inoportuna, una cuestión de bosques comunales o un viejo pleito municipal para que la gente se eche a la calle dispuesta a sacarle al vecino los higadillos. Sin embargo, nunca escasean padres de la patria, ni presidentes autonómicos, ni alcaldes, ni pasteleros, ni oportunistas a la que salta, dispuestos a calentar los ánimos y sacar partido del asunto. A aprovecharse de los trenes baratos y después, cuando viene la factura, elevar a general y colectiva la categoría particular de la bofetada.

Hay países, conjuntos de naciones y lenguas, que se formaron por acuerdos pacíficos y educadas solicitudes de adhesión, pero son los menos. A casi todos nos hicieron con la guerra y con la sangre, y quien lo niegue es un cantamañanas y un perfecto imbécil. En cuanto a España, aquí nadie puede alardear ya de más oprimido que otros: a todos nos arrasaron alguna vez el pueblo o la ciudad, un recaudador de impuestos nos quitó la cosecha, un moro, un cristiano, un soldado del rey nos degolló al abuelo, un guardia civil nos dio culatazos y un vecino guerrillero, republicano, monárquico, carlista, liberal, falangista o lo que sea, nos fusiló a otro. Pero todo eso, en 1994, ya no es malo ni es bueno. Sólo es Historia. Hacer con ella encaje de bolillos, tocar a rebato, desenterrar fantasmas para que vayan a las urnas en nombre de uno, no es un inocuo ejercicio de habilidad política. Es una peligrosa manipulación, y es una golfería.

2 de octubre de 1994

domingo, 25 de septiembre de 1994

El Domund en Marbella


Leo en el Semana que los famosos de Marbella han hecho una fiesta para solidarizarse con los niños de Ruanda, y se me saltan las lágrimas de emoción. Para que luego digan. Allí estaban todos dando la cara por los negritos, como en el Domund. Sacrificando una de sus noches para, en vez de dedicarle calles a Lola Flores o celebrar el cumpleaños de Jaime de Mora y Aragón, que es lo normal, lanzar al mundo un alegato de solidaridad y coraje. No había más que ver esas fotos de Gunilla, de Espartaco Santoni, de todos, en fin, unidos con Ruanda como una piña. Fue muy bonito, qué quieren que les diga. Muy emocionante y hermoso.

Y es que lo confieso aquí, con la cabeza muy alta. Cada mañana, el arriba firmante desayuna leche con colacao, crispis y una revista del corazón. Y hace años que éstas no tienen, secretos para mí. Lo sé todo sobre vedettes, folklóricas, hijas de folklóricas, cantantes, actrices, y sobre sus respectivos chulos. Conozco al dedillo las inquietudes intelectuales de Marta Sánchez. Seguí con suma atención lo de los ovarios de Lolita, aplaudí el parto simultáneo de Miriam Guisasola y María Suelves, controlo el prometedor curriculum de Chabeli, y no me pierdo accidente de Alfonso de Hohenlohe, cumpleaños de Rociíto ni embarazo de Norma Duval. Soy capaz de averiguar de un vistazo si al barón Thyssen le han hecho la foto recién levantado o después del desayuno, y conozco todos los modelos de camisita y canesú que usan Paquirrín y su tío Agustín. Además, Carmen Ordóñez me parece la mujer más guapa de España.

Fíjense hasta dónde llegará mi adicción a la cosa, que hasta dejo páginas dobladas a modo de señal para continuar a la mañana siguiente, y agarro unos cabreos tremendos cuando tiran las revistas a la basura. Y me quedo a medias sobre cómo de golfos le gustan los hombres a la nieta de Bismarck, o respecto al tamaño de las tetas que trajina ese intachable caballero apellidado Santoni. Incluso, en ratos libres, practico un divertido juego de sociedad; algo parecido al juego de las familias. Consiste en seguir la cadena de la popularidad averiguando por qué son famosos Fulanito, o Menganita.

Hagan la prueba y verán qué diver. Abrimos unas páginas y hay fotos de un fulano con pinta de chuloputas venezolano, en tanga y bajo el siguiente titular: Luis Eduardo confiesa: «Las mujeres me gustan sumisas». Y uno se pregunta quién es el tal Luis Eduardo y qué en su personalidad y en sus obras da tanto valor a la filosófica afirmación del entrecomillado. Así que me voy al texto y descubro que Luis Eduardo es famoso por ser el marido de Viviane Dunlop. Y quién es Viviane Dunlop, inquiero con ansia.

Hasta que páginas adelante, resulta que la tal Dunlop hace de chacha embarazada por su señorito en la telenovela Mujer cruel, donde el que sí es famoso de verdad es Héctor Alfredo, conocido por hacer de galán junto a la escultural Doris Maracaibo, que una vez se hizo una foto con Julio Iglesias y ahora presenta un concurso en Telecinco. Y el tal Héctor Alfredo vive últimamente en España y canta. Y el otro, el tal Luis Eduardo, asegura que él también está dispuesto a venir a España y cantar, o presentar concursos, lo que se tercie.

Otro ejemplo. Uno encuentra la foto de una joven italiana: Marietta anuncia: «Seré modelo como mi hermana». Y tira que tira del ovillo, vas y descubres que la fama de Marietta proviene de eso, de su famosa hermana, que se llama Gina Dislate y dicen que fue modelo y es conocida por ser la ex mujer de un marqués suizo, que presume de ser primo del rey de Syldavia, que a su vez -el suizo- se hizo famoso al liarse con una actriz que se llama Antoñita Brainstorm, muy conocida en la prensa del corazón por haber sido, cuando era joven impúber, o sea, novia efímera del hijo de un torero que se benefició -el torero- a Ava Gardner.

En fin. El caso es que así paso los desayunos, dale que te pego al papel couché, mientras reprimo el impulso de ir corriendo a Marks & Spencer a comprarme polos como los del conde Lecquio, peinarme como Pocholo Martínez Bordiú, o ir a El Corte Inglés por náuticos de los que luce Bertín Osborne en las fotos con ese pedazo de rubia que ha levantado, el tío. Y mi sueño inconfesable es tener treinta y tantos años menos y que me hagan una foto de primera comunión en el Diez Minutos diciendo que soy el último romance de María Vidaurreta.

Les cuento todo esto para que vean que estoy puesto en la materia y valoro el gesto de Ruanda en lo que vale. Por eso, lo de la fiesta para los negritos me ha tocado mucho la fibra. O sea.

25 de septiembre de 1994

domingo, 18 de septiembre de 1994

Jovencitos sin piedad


Dicen los expertos que los delitos perpetrados por jóvenes son cada vez más violentos, en especial los que cometen adolescentes de 14 o 15 años. Desde el majara que acribilla a su padre a flechazos hasta el imbécil que apuñala a un desconocido tomándose muy a pecho lo del juego de rol, resulta que son los niños y los adolescentes los que más encarnizamiento le ponen al asunto. La verdad es que uno echa mano de las estadísticas y se le eriza la piel: motorista degollado, padres muertos a tiros, niños que linchan a otro niño, abuela masacrada por el jovencito al que daba cobijo, mendigo achicharrado a tiros por dos tiernas criaturas que tiraban al blanco. A diferencia de los adultos, los jóvenes resultan, cada vez más, especialmente despiadados a la hora de liar la pajarraca. Entonces los sociólogos y los psicólogos y los antropólogos van y se preocupan, y hasta se ha convocado un congreso para el mes que viene, en Barcelona, creo, a fin de analizar las causas.

Ignoro cuáles serán las conclusiones, pero dudo que los ponentes vayan a herniarse por su esfuerzo a la hora de investigar causas. Sin ser perito en patología social, cualquier padre atento a la expresión de su hijo ante el televisor, experimenta un desasosiego que le permite hacerse perfectamente idea. Pero hay algo más. Durante mucho tiempo, los meapilas de alma cándida nos han estado vendiendo la moto de que el hombre es bueno y después llega la sociedad y lo estropicia. Y nada más lejos de la verdad, pues esa imagen del niño pequeño bondadoso y tierno, que llora cuando el pajarito se rompe una pata y le lleva sopita a los gatitos recién nacidos, es, si no enteramente falsa, al menos incompleta. Porque no hay nada más ajeno a la noción de bien y de mal, nada más despiadado ni cruel, que un pequeño hijo de puta.

Hagan memoria. Cuando aún somos tiernos infantes, los niños derramamos lagrimitas, queremos lo mismo a papá que a mamá cuando nos pregunta doña Patro, y ese pobre señor que pide limosna en la esquina, mami, nos da mucha pena. Pero al mismo tiempo, como el doctor Jeckill y mister Hyde, ejercemos en ese otro lado negro, inquietante, que es a fin de cuentas el de la contradictoria naturaleza humana. Desde cuando pisamos hormiguitas o lo mismo torturamos al gato que nos choteamos del retrasado mental de la clase, los niños -todos nosotros cuando somos niños- poseen una inmensa veta de crueldad ignorante, en bruto, que una educación adecuada suele combatir, controlar y canalizar después de forma más o menos adecuada, pues ninguna sociedad tolera la agresión interna. Son las normas de la tribu.

Sin embargo, cuando razones sociales o de cualquier tipo, como el fútbol, un juego, la marginación, la guerra, alteran las reglas y hacen saltar los mecanismos de control, el niño, el adolescente, recuperan con más facilidad -es menor el adiestramiento- su condición mortífera. En todas las guerras del mundo, desde Ruanda al Líbano, Camboya o lo que sea, las mayores atrocidades son cometidas por adolescentes casi niños. Y les aseguro que nada produce más miedo en el mundo que un guerrillero o un soldado de catorce años pegándote gritos con un fusil en las manos. La violencia cotidiana pone el gatillo fácil, y los pocos años impiden conocer la piedad; no esa que predican los cantamañanas, sino la auténtica, la que sólo se adquiere con la templanza y la lucidez que dan los años.

Pero no hace falta irse tan lejos como a la guerra. Sobre el terreno abonado de aquí mismo nos llueve de eso cada día. El tiempo de las tortuguitas y los conejitos golosos que devoran frutos sabrosos, de las caperucitas bondadosas y los lobos malos terminó hace mucho tiempo. Esta sociedad desquiciada e infame, sus equívocos valores y sus mitos, moldea monstruos a su imagen y semejanza. Nunca ningún niño obtuvo tanta información como nuestros hijos con sólo sentarse un rato ante el televisor. Información incontrolada, rica y variopinta, donde los viejos tabúes de la tribu se hacen polvo, Y donde las fronteras entre realidad y ficción, entre mundos reales y mundos virtuales, se difuminan.

Así que deseo a los expertos que analicen a gusto las causas de que los delitos juveniles sean cada vez más violentos. Y mientras establecen sus conclusiones, los adultos podemos ir atándonos los machos, pero bien. Porque, con congresos o sin ellos, los niñatos del futuro van a ser la leche. A fin de cuentas, cada cual tiene los gobiernos, la televisión y los hijos que se merece.

18 de septiembre de 1994

domingo, 11 de septiembre de 1994

Golfeando


Resulta que en esta España seca, donde Dios nos dejó el hambre y se llevó el pan, hay ciento sesenta campos de golf. Y resulta, también, que cada campo dedicado a la práctica de este deporte -popular donde los haya- consume, según los expertos, unos 10.000 metros cúbicos de agua por hectárea y año. Y si echan ustedes cuentas resulta, al fin, que multiplicada esa cantidad por el tamaño y el número de campos de golf existentes en nuestro país, sale una bonita cantidad de agua para regar. La misma, fíjense qué casualidad, que consumen las viviendas en una ciudad de tres millones de habitantes. Y todo eso, en la misma época y en los mismos parajes donde, hace mes y medio, agricultores manchegos y levantinos estuvieron a punto de empalmar navajas por un quítame allá esos litros de trasvase.

En estos últimos años de embalses que da lástima verlos, de campañas para la disminución del consumo de agua, de restricciones forzosas con veranos que secan hasta las macetas, con más de media España abriendo y cerrando el grifo a horas fijas, uno se da una vuelta por las proximidades de cualquier campo de golf y allí está el césped con su riego automático, chas-chas, tan verde y lustroso que da gloria verlo.

En tiempo de sequía, a mi vecino Marcelino, por ejemplo, que tiene la manguera fácil, el Ayuntamiento le clava un multazo si lo pillan de noche regando clandestinamente los geranios; pero a mister Mortimer Flanagan, que viene en su avión privado a relajarse un poco dándole al palo en el green le alfombran el paseo sin escatimar hectolitros, porque para eso mister Flanagan es uno de esos 188.000 turistas de lujo que en 1993 se dejaron aquí 32.000 millones de pesetas golfeando y claro, tienen a la Secretaria de Turismo con el culito hecho agua de limón.

A mí el golf ni fú ni fá, aunque imagino que tiene su encanto, es sano, favorece el riego sanguíneo, invita a la meditación y todas esas cosas. Pero salvo en sitios verdes como Asturias, Cantabria y lugares así, o sea, en la mayor parte de este país nuestro de solana y tierra seca, palmito y chumbera, me parece un deporte chorra, un vicio contra natura, un capricho caro de señoritos, aristócratas de pastel y turistas con viruta. El golfeo se lo inventaron los ingleses hace tres siglos, sobre todo porque tenían dónde, o sea, praderas que crecen solas, lluvia y agua para cuidarlas como Dios manda sin retorcer hasta lo inverosímil la naturaleza ni el paisaje. Mientras que en España, por ejemplo, un tercio de los campos de golf están en .Andalucía, zona verde por excelencia donde, como todo el mundo sabe, corre el agua a mantas, en cantidades sólo comparables al morro de ciertos alcaldes y empresarios.

Además está la cosa ecológica, la liquidación de animales y plantas -el topo, ese simpático minero cegato, es el enemigo público número uno de los golfeadores-, el uso de pesticidas y otras guarrerías por el estilo, con nuevas vueltas de tuerca a una naturaleza ya de por sí bastante vapuleada, so pretexto de crear ecosistemas artificiales privilegiados para disfrute exclusivo de quien pueda pagarlos.

Porque esa es otra: el circuito de la clientela de estos clubs suele ser cerrado, autosuficiente, casi endogámico. No necesita uno hablar el idioma local, ni siquiera saber en qué país está. Se sube al avión en Zurich o en Arkansas, aterriza, va al complejo golfero, se pasea de hoyo en hoyo mientras le llevan los palos y le sirven martinis, come y duerme en las lujosas instalaciones del asunto, y no sale de allí más que para tirar de tarjeta oro y decir adiós muy buenas. Cuando lo dice.

A mí, qué quieren que les diga, esos turistas de que tan orgullosos se muestran los promotores locales y los consejeros y secretarios de Turismo, esos visitantes de élite acostumbrados a comprar con dinero paraísos privados artificiales y a despreciar el resto, suelen caerme bastante gordos, por mucho que se dejen aquí la pasta. Van por el mundo sin fijarse más que en su propio ombligo o en la textura del césped, y, lo único que les importa es que el caddie sea servicial -para eso reparten generosas propinas- y que el camarero sea moreno y bajito, para dar el tono meridional cuando les sirve el daiquiri. A lo mejor es cochina envidia, o simplemente que me aburre el golf, pero esos fulanos me caen casi tan gordos como los otros, los promotores y sus compadres. Quienes les riegan la alfombra con esa agua que tantos otros hombres de manos ásperas, honradas, encallecidas por la tierra de este país desgraciado, maldito y con sed, sustituyen cada día con el sudor de su frente.

11 de septiembre de 1994

domingo, 4 de septiembre de 1994

El chulo de la isla


Fue hace diez o doce días, uno de esos domingos en que la costa mediterránea se llena de navegantes y el canal 9 de la radio VHF se convierte en un marujeo marítimo apasionante como un culebrón de la tele; aquí embarcación Maripili, me recibes, cambio, acabo de doblar el cabo de la Nao, Mariano, qué tal por Ibiza, Isla Perdiguera a la escucha, resérveme una paella para las cuatro, me he quedado sin gasoil, Mayday, Mayday, y venga a tirar bengalas de socorro y la suegra y los niños vomitando por barlovento y la Cruz Roja del mar que no da abasto.

Fue un domingo de esos, les decía, y soplaba levante, y unos cuantos barquitos habían buscado el resguardo de cierta isla. La isla es zona militar, con media docena de marineritos que se aburren como ostras y miran a las bañistas de los barcos desde lejos, con prismáticos. Fíjate en la del bikini malva, tío. O aquella otra, la que toma el sol sin la parte de arriba. Qué barbaridad. Y yo aquí, sirviendo a la patria dale que te pego con la Claudia Schiffer del Interviú, cuando el cabo la deja libre. Aborrecida la tengo a la Schiffer, y aún me quedan ocho meses.

El caso es que era un domingo de ésos y una isla de ésas, y uno de los barquitos, una lancha pequeña con señora gorda, el legítimo y tres o cuatro zagales, se acercó mucho a tierra. Y estaba la familia allí, a remojo, cuando hizo de pronto su aparición una zodiac gris de la Armada, llevando a bordo a un marinero de uniforme y a un individuo con bermudas y lacoste. Ignoro la graduación del fulano en atuendo civil, pero su pelo cano y el aire autoritario con que manejaba personalmente los mandos de la lancha, lo situaban de capitán de fragata para arriba. Abona mi sospecha el hecho de que el individuo tuviese otra embarcación fondeada ante la playa, y a la familia tan ricamente instalada en tierra. Y el privilegio de remojarse el culete en ese plan en aguas y playas de la Armada, suele reservarse a gente a quien le pesa la bocamanga.

Total. Que el de las bermudas les dio su bronca a los veraneantes de la lanchita y les dijo que ahuecaran. Y para establecer con claridad de quién eran y de quién no eran aquellas playas y aguas, se despidió con una viril y castrense arrancada que levantó la proa de la zodiac, dándonos una pasada levantando espuma a toda mecha a cuantos presenciábamos, a más o menos distancia, el incidente. Y se fue a seguir disfrutando de su isla privada, con la familia.

Qué quieren que les diga. Posiblemente la cosa ni siquiera merezca estas líneas. Pero aquello de la arrancada final en plan derrape, la fantasmada gratuita de la despedida, el gasto de los ochocientos mil litros de gasolina estatal que aquel flamenco en bermudas derrochó para mostrar sus poderes, me irritó los higadillos. Lástima que fuese a dar con aquella familia de intimidar fácil, que se apresuró a cumplir la perentoria orden, y no con alguien más resabiado o más broncas. Disfruten, en tal caso, imaginando el diálogo. Que se vayan largando, oiga. Que quién es usted para decir que me largue. Que si soy el comodoro Martínez de la Cornamusa. Que nadie lo diría, comodoro, viéndolo a usted así, con esa pinta. Que si un respeto a la Marina. Que de qué Marina me habla, yo sólo veo una zodiac y un tiñalpa en lacoste y calzoncillos. Y en ese plan.

Al arriba firmante le parece muy bien impedir que los veraneantes llenen de papeles pringosos y latas vacías las islas bajo jurisdicción de la Armada. También me da absolutamente igual que los marinos de guerra, y los militares de carrera, y la gente de armas en general, goce en ocasiones de determinados privilegios, como llevarse el domingo a la familia al club de caballería o a la playa reservada a jefes y oficiales. A cambio de eso, después, cuando hay guerra, puede uno exigirles que se hagan escabechar sin escurrir el bulto. Porque los militares están para eso: para que los escabechen defendiendo a quienes les pagan el sueldo, para pintarse de azul el casco mientras ayudan a la pobre gente en Bosnia, para proteger a los pesqueros españoles -que son tan depredadores como ingleses o franceses, pero al fin y al cabo son nuestros depredadores- en la costera del bonito, o para derramar una lágrima arriando la última bandera cuando, tras el pasteleo de costumbre, entreguemos Ceuta y Melilla. Así que, por mí, si mientras tanto quieren bañarse, que se bañen. Lo que pasa es que, en estos tiempos de austeridad, prefiero que me ahorren el número de zodiac. A algunos, las chulerías oficiales nos gustan con nombre, apellidos y graduación, por favor. Y de uniforme.

4 de septiembre de 1994

domingo, 28 de agosto de 1994

El IVA de las lumis


En Suiza, además de vacas, relojes y bancos, hay putas. Hablo en sentido literal, o sea: señoras que viven del comercio carnal en plan hola guapo, son siete mil y la cama aparte. Allí el ejercicio de tan incómodo oficio goza de autorización oficial. Es decir, que yo me llamo Ingrid, por ejemplo, o Mari Pepa, y puedo vivir de mis encantos siempre y cuando tenga la nacionalidad o un permiso de trabajo y pague mis impuestos. Los suizos son muy rigurosos y muy calvinistas, como de piñón fijo; pero en cuanto suena un duro rodando por el suelo se olvidan en el acto de la moral y se ponen dale que te pego a la calculadora. Allí paga impuestos hasta la vaca que ríe.

Soy muy paleto y nunca me he ido de putas en Suiza, pero imagino que con tanta higiene y tanta leche pasteurizada, tiene que parecerse a ligar con un astronauta del proyecto Apolo, todo aséptico y con música ambiental. El intercambio carnal con una lumi suiza, por ejemplo, en plan estricta gobernanta y con aquello del orden y el método, debe de ser como para grabarlo en vídeo. A ver, tiempo número uno. ¿Preparado, caballero? Procedamos. Uno, dos, uno, dos. Bien. A ver, dese la vuelta. Uno, dos, uno, dos. Listo. ¿Cómo que por qué? ¿No está usted viendo el cronómetro?

Convendrán conmigo en que, comparado con una colega española, no hay color. Aquí, como lo del puterío es ilegal y no hay control ninguno, todo es mucho mas humano, más natural e improvisado, en plan hola chato qué tal. Aquí levantas una lumi, por ejemplo, y a lo mejor hasta te da el beso del sueño y te roba la cartera, o llega el chulo y te muele a palos, o resulta que el macró es policía y te saca la pistola y tiene más emoción el asunto. O enganchas un sida que te partes de risa, oyes, no como esos suizo, tan asépticos y tan aburridos, que el último que tuvo un poco de salero en el cuerpo se llamaba Guillermo Tell.

El caso es que el departamento helvético de Hacienda ha decidido que, a partir del año que viene, las lumis que trabajen en Suiza pagarán al Estado su correspondiente IVA. La única excepción que tolera allí el fisco es la referente a cuidados prodigados bajo receta médica, pero a pesar de los esfuerzos de sus representantes ante la administración, las furcias suizas no han conseguido que clasifiquen como terapia social su meritoria labor. Haría falta que los clientes fuesen antes al médico de cabecera; y entonces, claro. Imagínense el diálogo:

-Doctor, noto algo como así. Usted ya me entiende.

-Perfectamente, ¿es usted casado?

-Hace cuarenta años

-Comprendo. Mire, va usted a irse de putas cada ocho horas. Aquí tiene la receta, pillín.

Así que nada, que no. Que las furcias suizas pagarán el IVA como todo hijo de vecino suizo, y santas pascuas; y la que no esté conforme tiene derecho a recurrir ante el tribunal federal. Lo malo es que, tal y como está en España el panorama, con todo organismo oficial loco por echarle mano a un duro, sólo faltaba que cundiera el ejemplo. Es decir, que a nuestro Ministerio de Hacienda le diera por exprimir también esa teta -no sé si captan ustedes el sutil juego de palabras-, Porque ya es raro que, a la caza y captura como se anda aquí del menor pretexto para dar otra vuelta de tuerca e intensificar el expolio, todavía no se le haya ocurrido a nadie cobrarles IVA a las lumis. Cuya actividad, según está el patio, debe de ser la única a la que el Fisco aún no ha hincado el diente.

Así que más vale que los suizos no den ideas, porque ¿se imaginan el panorama? Un ministro muy serio saliendo en el telediario para explicar a base de mucho mire usted y de mucho eufemismo -trabajadoras de la calle, productoras del sexo- y mucho marear la perdiz, que el esfuerzo de solidaridad corresponde a todos los españoles y que si las putas son españolas o hispanohablantes, a pagar tocan. Tras lo cual, las lumis palmarían su correspondiente IVA con todo cristo metiendo el cazo para trincar. Parece que lo estoy viendo: el recaudador jefe que se fuga a Suiza, precisamente, con la pasta recaudada; las chicas en la calle preguntándote si el francés lo quieres con o sin factura, y las autonomías que reclaman su parte mientras el Gobierno no les hace ni puto caso, ocupado como está en gobernar con mano firme el timón de la nave. Y mientras, en el puente aéreo, el director general de Pules de la Generalitat viajando a Madrid para llevarse, por el morro, su quince por ciento.

Calenturitas me dan, sólo de pensarlo.

28 de agosto de 1994

domingo, 21 de agosto de 1994

Jasmina


La mataron hace dos años justos. Era Sarajevo en la época dura, agosto del 92, cuando las bombas en las colas del agua y el pan, con veinte o treinta muertos diarios y centenares de heridos que se amontonaban, sin luz y sin medicamentos, en los pasillos del hospital de Kosovo. Aunque de nombre y origen musulmán, Jasmina era rubia tirando a pelirroja, y tenía pecas en la cara y en los hombros. Un día estábamos Paco Custodio y Miguel de la Fuente, cámaras de TVE, y el arriba firmante sentados contra el muro de una mezquita demolida a bombazos en la plaza Bascarsija, cuando se acercó Jasmina a pedirnos un cigarrillo. Después preguntó quién era el jefe y sugirió que echásemos un polvo.

No había entonces mucha prostitución en Sarajevo, a pesar del hambre y la miseria; la gente se buscaba la vida manteniendo bastante bien su dignidad. Había chicas que ganaban dinero ofreciéndose como intérpretes a los periodistas en el Holiday Inn, y a menudo intercambiaban con ellos algo más que palabras; pero se trataba, a fin de cuentas, de una relación laboral equitativa, poco más o menos. El caso de Jasmina no era frecuente. Y fue justo eso lo que me sorprendió. Conversamos, se comió uno de nuestros paquetes de galletas, se probó mi casco de kevlar y se guardó en el bolso -un enternecedor bolso de plástico, como el de las niñas- el segundo cigarrillo sin encenderlo, igual que había hecho con el anterior.

Entonces me contó su historia en mal italiano una historia que en aquella ciudad fantasma resultaba poco original: veintitrés años, un padre inválido y sin tabaco, la guerra, el hambre. Jasmina no era exactamente una prostituta, sino que se movía un poco de acá para allá, a pesar de los bombardeos -era una experta en intuir la llegada de los morteros serbios-, consiguiendo algo de vez en cuando. Su precio era tan relativo como todo en aquella ciudad y en aquella guerra: una lata de conservas, un paquete de cigarrillos. Nunca dinero. El dinero que Jasmina podía ganar en Sarajevo no valía para nada.

Prometí conseguirle más tabaco para su padre, y por la noche se presentó en el Holiday Inn vestida de negro para eludir a los francotiradores. Le di un paquete de raciones militares y medio cartón de cigarrillos. Por aquellos días aún había a ratos agua corriente en las habitaciones, el único lugar de Sarajevo que gozaba de ese lujo, y me pidió permiso para darse la primera ducha en más de un mes. Subió a mi habitación, se desnudó en ella y se puso bajo el chorro de agua mientras yo me quedaba apoyado en la puerta, porque era un gustazo mirarla. Tenía un cuerpo blanco y hermoso, con pecas en los hombros y la espalda, y unos pechos pesados y firmes. Nadie es de piedra ni santo varón, e ignoro lo que habría ocurrido en otras circunstancias, pero hay cosas que no se pueden hacer, lujos que uno no debe permitirse a cambio de medio cartón de cigarrillos y una ración de comida. Así que cuando salió de la ducha regresamos abajo, al bar del hotel, y nos bebimos doscientos coñacs con Miguel y Custodio a la luz de una vela mientras los serbios sacudían fuerte, afuera. Después, con su medio cartón y su ración de comida, Jasmina nos dio un beso y se largó corriendo, entre las sombras.

Aún nos la encontramos por la ciudad un par de veces, y siempre le dábamos cigarrillos. Y un día de esos con muchos muertos nos fuimos, como cada vez, a filmar la colecta diaria en la morgue del hospital de Kosovo, y entonces Miguel, que estaba con la cámara al hombro filmando muertos para el telediario de las tres, se vino hacia mí y dijo: echa un vistazo a ver si la conoces. Y eché un vistazo y, en efecto, la conocía. Jasmina estaba en la trasera de un Volkswagen Golf, con un vestido de domingo y su bolsito de plástico y las piernas desnudas colgando sobre el parachoques trasero, con una costra de sangre seca a un lado de la cara, mucho más pálida que bajo la ducha de mi habitación del Holiday Inn. Y tenía los ojos abiertos y ya no sonreía ni volvería a hacerlo nunca.

Miguel, creo, tiene una foto en que estamos ella y yo, y lleva puesto mi casco. Y Miguel se ofreció a regalarme esa foto, pero le dije que se la guardase, gracias, la foto de Jasmina con mi casco puesto. Y hoy he visto en la tele a un ministro español de Exteriores que se llama Javier Solana diciendo que lo de Ruanda es intolerable. Recuerdo que, cuando lo de Jasmina, también oí decir al mismo fulano que aquello era intolerable. A mí, quienes me parecen intolerables son los bocazas sonrientes que llevan tres años autojustificando su impotencia con tan escasa vergüenza. Pero a lo mejor es que yo vi ducharse a Jasmina y ellos no.

21 de agosto de 1994

domingo, 14 de agosto de 1994

Incendiarios de cuello blanco


Hablábamos la semana pasada de cómo entre unos y otros, individuos de paella incontrolada y mercenarios de la caja de cerillas siguen cargándose los pocos árboles que nos quedan. Ambos fulanos, el cretino de la paella y el judas de las cerillas, son capturables por la Guardia Civil y pagan poco, pero algo pagan. Existe, sin embargo, un tercer tipo de asesino de árboles y de espacios verdes que actúa con impunidad y al que nadie nunca le mete mano. Es el incendiario sin llama. El deforestador de cuello blanco.

Ese tipo de alimaña verdicida suele anidar en concejalías de urbanismo, departamentos de obras públicas y guaridas por el estilo. No es que por instinto odie el color verde, porque en realidad le da lo mismo el verde que el fucsia. Sus móviles son la ambición, por ejemplo, o el afán de pasar a la posteridad como los faraones, con obras imperecederas, y que los jefes le digan qué bueno lo tuyo, Manolo, te has olvidado los árboles pero el parque Juan Carlos I para la infancia y la juventud te ha quedado chachi, con sus bancos y sus columpios. También tienen que ver en el asunto, imagino, la falta de cultura general y de sensibilidad hacia el medio ambiente, o sea, el analfabetismo ecológico. Y a veces un amigo arquitecto, un cuñado constructor y muy poca vergüenza.

No voy a citar casos concretos porque es agosto, tengo a mi abogada de vacaciones y en esta época las querellas me dan mucha pereza. Pero si echan ustedes un vistazo alrededor sabrán a qué me refiero. En las ciudades, por ejemplo, la desaparición de árboles so pretexto de modernización y renovación resulta tan habitual que a nadie sorprende lo más mínimo, y los ciudadanos terminan encogiéndose de hombros, resignados. Peor es lo de Roldan, se dicen. Y procuran pensar en otra cosa.

Verbigracia. Imaginen una plaza de esas de toda la vida, vieja, cochambrosa incluso, pero con una docena de árboles centenarios y frondosos a cuya sombra se han sentado generaciones de vecinos, De pronto llega un concejal de urbanismo, por ejemplo, y decide acometer la reforma del asunto. Hasta ahí, vale. Se encargan unos proyectos y unos planos estupendos, se publican en la prensa local y se anuncia a bombo y platillo que la plaza Héroes de Suresnes va a ser remodelada y a convertirse en el asombro de propios y extraños. Y qué pasa con los árboles, pregunta un periodista. Los árboles, se responde con una sonrisa de suficiencia, están previstos. En una primera fase se retirarán todos; algunos, demasiado viejos y atacados por la filoxera del sauce llorón, serán sustituidos por araucarias brasileñas, que son la leche. Los otros, los sanos, serán conservados en depósitos especiales y después vueltos a plantar con un sistema estanco, buenísimo, revolucionario, japonés. Y empiezan las obras. Los árboles se hacen astillas, la plaza se pone patas arriba, y de pronto, cuando ya no hay remedio, alguien descubre, oh prodigio, que el aparcamiento previsto bajo la plaza no permite, por razones técnicas de última hora, replantar los árboles, porque éstos necesitan tierra para las raíces y, claro, puestos a elegir entre tierra o automóviles, ya me irá usted a contar. Y además, los árboles y las raíces y la tierra no producen beneficios, y las concesiones de aparcamientos, sí. Así que en vez de árboles vamos a poner unas estructuras de cemento así, para que den sombra y la gente pueda expresar en ellas sus inquietudes culturales pintando con spray y rotulador. Y en mitad de la plaza vamos a poner un monumento a la Constitución, a ver si alguien tiene huevos para protestar.

Eso, en cuanto a la cosa urbana. Sobre carreteras voy a ponerles sólo un ejemplo. Desde toda la vida, el trayecto de Murcia a Cartagena discurrió por una recta avenida de varias decenas de kilómetros flanqueada por una doble y hermosa línea continua de árboles cuyas copas, a menudo, se tocaban sobre el asfalto. Hace tres o cuatro años, al efectuarse las obras de modernización de la carretera, todos los árboles -absolutamente todos, o sea, miles-fueron arrancados, y ni siquiera se respetaron los que podían haber permanecido a lo largo del andén central de la nueva autovía. Más tarde, tomando una copa informal con un capitoste -que lo sigue siendo- del Ministerio de Obras Públicas, Transportes y Medio Ambiente, planteé la cuestión.

-Los árboles son peligrosos para los automóviles- dijo.

Y me miraba asombrado, como si aquello fuese evidente y yo un perfecto gilipollas.

14 de agosto de 1994

domingo, 7 de agosto de 1994

Nos queman la vida


Acabo de viajar en coche a Madrid por un paisaje todavía humeante, de troncos calcinados y colinas negras de cenizas, con esa sensación incómoda, siniestra, que un viejo amigo mío, vagabundo profesional de la barbarie humana, llama el instinto de la catástrofe. Se trata de una especie de lucidez, de conciencia gris e incómoda; la sensación de que las cosas cambian de forma irreversible y trágica, para siempre jamás, mientras la vida -esa vieja zorra- aparenta seguir su curso normal y nosotros hacemos planes como si esto fuera a durar siempre y fuésemos inmortales y con recursos ilimitados en vez de los perfectos capullos que solemos ser, en general.

Estuve el coche a un lado de la carretera, en la linde de aquel lugar arrasado hasta las raíces, y durante un buen rato estuve allí, solo, maldiciendo en voz alta como si me hubiera vuelto majara. Durante toda mi vida, cada vez que viajé a Madrid desde Levante, mi camino pasó por ese bosque. Allí me detuve con frecuencia a descansar, a leer a la sombra. Esos árboles fueron muchas veces el paisaje de mis sueños, cuando el horizonte era grande, ancho y maravilloso, y todo estaba por descubrir, y uno era joven, enamorado del mundo y de sí mismo. Hasta una vez que tenía veinte años y me creía muy machote y muy intrépido, me pegué en ese bosque un sartenazo con la moto, y fui a apoyar mis huesos doloridos en el tronco de uno de sus árboles, a la sombra, mientras esperaba que alguien me echara una mano.

Y de pronto, un día, llega un fulano con una caja de cerillas y se pone a hacer una paella, o cobra veinte mil duros del cacique local por despejarle un terrenito, y toda mi juventud, y mis recuerdos, y la juventud y la infancia y los recuerdos y parte de la vida de cientos y miles de personas se van al carajo. Y con todo eso se van árboles, y hojas, y helechos, y pájaros con sus nidos, y flores, hierba, sombra, y ese verde que es la bendición de Dios porque es el color del mundo como fue creado: verde con azul de cielo y agua, la bandera de la vida. Y a cambio me dejan un páramo desolado y negro, muñones de troncos humeantes, cadáveres de animales entre las cenizas. Y allá, al fondo, un imbécil que huye avergonzado con la mujer y los niños -«te dije que esa lumbre estaba muy alta, María»— o un mercenario de la llama fácil, un mierdecita miserable contando sus treinta monedas de plata.

El caso es que estaba allí parado, contemplando el paisaje, cuando se detuvo a mi lado otro automóvil. Bajó el propietario, echó un vistazo y dijo:

-Habría que ahorcarlos a todos.

Y se fue, dejándome meditar el asunto.

En el Medioevo duro y feudal, a los furtivos se les ahorcaba a la entrada del bosque, para disuadir a futuros imitadores. O sea, que llegaban los arqueros del rey, trincaban al desgraciado con las manos en el ciervo, y buscaban una encina robusta, donde el viento hiciera girar despacito el fiambre al extremo de la soga. A mí los furtivos -me refiero a los que de verdad tienen hambre- me caen bien. Los juerguistas con escopeta y los incendiarios ya son otra cosa, pero aun así guárdeme yo mucho de sugerir que los cuelguen, porque luego los meapilas iban a inundarme de cartas diciendo que toda vida humana es sagrada y es etcétera. Así que, aunque sigo creyendo que resultan más sagradas que otras, y un bosque, unas vidas o una biblioteca, por ejemplo, más imprescindibles que el canalla que los quema, me pronuncio aquí, públicamente, en contra del ahorcamiento de esa gentuza. O sea, que no. Que al sugerir la soga, mi anónimo contertulio de la carretera se pasó varios pueblos.

Y sin embargo, tampoco es justo que los aficionados a darle al fósforo se vayan, como se están yendo, de rositas o con dos collejas por malos chicos cuando los trincan los picoletos en flagrante delito. La previsión del Código Penal para los incendiarios y sus instigadores, si los hubiera, son para tirarse al suelo y partirse de risa en el supuesto de que todo esto tuviese maldita la gracia. Que no la tiene. Como tampoco la tiene la actuación de otros incendiarios camuflados, los travestidos de concejales de urbanismo, por ejemplo, o de archipámpanos del Ministerio de Obras Públicas y Transportes. Me refiero a esos irresponsables que liquidan cada año miles de árboles de las ciudades y carreteras españolas, con el pretexto de que entorpecen sus diseños, sus proyectos, sus reordenaciones y sus nuevas carreteras. Pero de esos incendiarios de cuello blanco nos ocuparemos, despacio y a fondo, la semana que viene.

7 de agosto de 1994

domingo, 31 de julio de 1994

Una de horteras


Estaba el arriba firmante sentado hace un par de días en una terraza de Sevilla, tomando horchata y viendo pasar mujeres guapas, cuando sorprendí en la mesa vecina una discusión sobre la palabra hortera, término que los españoles usamos con frecuencia, incluidos los horteras mismos. No intervine en la conversación porque nadie me daba vela en aquel entierro; pero me quedé con ganas de hablar del asunto.

Según el diccionario de la Real, amén de mancebo de comercio en las novelas de Galdós, hortera se usa para definir a la persona o cosa vulgar o de mal gusto. Lo que pasa es que eso del mal gusto resulta muy relativo. Los Chunguitos a toda pastilla en la radio de un BMW de quince kilos con alerones y pegatinas puede resultar de pésimo gusto en las carreras de Ascot, por ejemplo; pero en la Atunara de La Línea y conducido por un contrabandista de tabaco con gafas de sol y tatuajes, resulta algo precioso, conmovedor, estéticamente irreprochable.

Por lo general se recurre al término hortera a la hora de definir a dos clases de personas: las que pretenden parecer algo y ni lo son ni lo parecen, y las que son, o parecen serlo, pero al menor descuido se les ve el plumero. Unas y otras tienen algo en común: su culto a determinados símbolos externos, como si al apropiarse el símbolo se apropiasen el contenido. Igual que si, por ejemplo una bandera inglesa te convirtiera en inglés, un libro en intelectual o un traje de Armani en triunfador dinámico, como parecen creer esos ministros y subsecretarios mireusté a los que aún les canta, después de doce años largos el complejo de maestro de escuela o de fontanero con carnet -profesiones, por cierto, mucho más dignas que la de mangante uniformado por Armani-. Ser un hortera, entre otras cosas, es no estar a gusto en la propia piel, aparentar otras de las que el símbolo, la marca, tranquilizan y consuelan.

En cuanto a las fronteras, a los límites entre la horterada y el buen gusto, son tan móviles como cada cual. Hay quien considera el faro de Moncloa una maravilla arquitectónica y quien fusilaría -yo mismo- a los responsables de lo que les parece una aberración estética. Hay quien considera una barbacoa dominical como algo humeante y ruidoso, y quien la estima colmo de la sofisticación social y la vida moderna. Ahí, como en algunos locales, sólo puede sernos útil la tarjeta de «Reservado el derecho de admisión». Allá cada quisque con sus gustos, su vida privada, su calzón corto y sus náuticos, su barbacoa, sus bermudas de capitán de yate, su Mercedes para ir a Pryca con chándal, tacones y gorrita de béisbol.

A quien eso no le guste, puede perfectamente no practicarlo. Es decir, absteniéndose de ir a Pryca, de veranear en la playa o de relacionarse con sus vecinos. El problema es que a veces la vida no se mantiene a raya tan fácilmente. Comer en un restaurante, por ejemplo, y que entren fulanos en bañador y rascándose la entrepierna, puede bastar para que deje de apetecerte, de pronto, el solomillo poco hecho. O puede cabrearte mucho y sin remedio que desgracien lugares hermosos y a los que amabas tal y como fueron. Y es que la horterez tiene un paso adelante, una faceta muy desagradable, que es cuando se vuelve molesta o agresiva. Cuando ya no es cuestión de buen o mal gusto, sino de que te impidan vivir en paz.

Hace unos días, a punto de embarcar en un vuelo transatlántico, me tocó facturar equipaje tras un individuo que, como su esposa, vestía un cómodo chándal con el logotipo de una conocida marca deportiva. Nada tengo contra el chándal, sobre todo cuando se utiliza para el deporte. Quizá por eso atribuyo a esa prenda -sin duda de modo injusto- determinadas connotaciones olfatísticas, sudoríparas y desagradables. Sin duda el chándal de aquel digno pasajero estaba impecablemente limpio; no me cabe duda. Pero lo mío era psicológico, y no tenía maldita la necesidad de pasarme doce horas psicológicamente incómodo. Así que le pedí a la azafata que no me sentase a su lado. Lo pedí con toda cortesía, pero el individuo lo oyó y no vean cómo se puso.

-Y para que se entere -dijo-, este chándal vale ocho mil duros.

Después miró con desprecio mis téjanos, mi camisa de algodón y mis zapatos con calcetines.

-Hortera -añadió.

Y se fue tan campante hacia el control de pasaportes, del brazo de su legítima, tras haber puesto las cosas en su sitio. Cómodo y deportivo el hombre. Arreglao pero informal.

31 de julio de 1994

domingo, 24 de julio de 1994

Maricones


Dos veces he usado en esta página la palabra maricón. La primera vez aludía a un amigo malagueño que es, en efecto, cura y maricón, y la segunda a un presunto inventor del virus del sida que quisiera librar al mundo de negros y maricones. Nadie, de momento, ha tomado las palabras cura y negro como sinónimos de maricón, pero un par de lectores sí me reprochan el uso de este último término, pues lo consideran despectivo y piden al arriba firmante un poco de respeto. Así que esto viene que ni pintado para meterle mano a un asunto al que va le tenía yo ganas.

Durante mucho tiempo, los homosexuales se han visto colgar al cuello etiquetas con muy mala leche: definiciones infamantes, de esas que se pronunciaban a media voz con un guiño cómplice o una mueca cruel. La cosa tenía variedad, dentro de su infame monotonía: desde el sarasa discreto que las señoras toleraban con escandalizada benevolencia hasta el mariquita notorio del que se choteaban sin rebozo niños y adultos, pasando por la maricona escandalosa y pendenciera, de cuyo camino la gente se apartaba, por si las moscas. En esa España cutre, castiza y garbancera de la que aun no nos hemos librado, España de machotes y de hombres muy hombres como mi Paco, maricón era el peor insulto del mundo, pues venía siempre acompañado del rictus de la boca, la sonrisa burlona y conmiserativa. Ser maricón era un vicio y una desgracia, y a García Lorca le pegaron un tiro en el culo exactamente por ser eso: un vicioso y un desgraciado, que además era rojo, el hijoputa.

Hace años, cuando yo era jovencito e iba a una de esas tertulias de literatos y artistas, conocí a uno de esos mariquitas de provincias tolerados en sociedad. Era discreto, amable, buena gente, y aguantaba las bromas y los chistes de doble sentido con una sonrisa resignada, como si fuera el precio a pagar por una silla en el casino, una voz en la tertulia. Recuerdo bien su sonrisa triste, sus rodillas juntas, su amable y frágil ternura. Otros menos cultos, menos resignados o sin nada que perder, daban un corte de mangas y se vestían de faralaes, o hacían las maletas y se largaban a otra parte, fugitivos o proscritos de la comunidad ortodoxa y bienpensante que les reprochaba no saber guardar las formas. Porque uno podía ser de la acera de enfrente: pero en una sociedad española, cristiana, como Dios manda, se le toleraba, se le dejaba respirar y hasta decir buenas tardes si era capaz de guardar las formas. Las formas eran muy importantes, si eras español y maricón.

Después las cosas cambiaron, hasta el punto de que Manu, por ejemplo, que es un diseñador de talento y un buen amigo mío, es quien me saca los colores a mí cuando vamos a ir un restaurante y le pregunta al camarero si no hay ningún plato especial para maricones, o le dice guapo a los tipos que le parecen guapos, o me toma el pelo porque a mí lo que me gustan son las mujeres y no sé lo que me pierdo. Manu mide uno ochenta y pico y es un vasco grandote y cachas, y no imagino a nadie capaz de mirarlo torciendo la boca burlón, entre otras cosas porque esa boca podrían partírsela en un abrir y cerrar de ojos. Y a lo mejor, si no se la partía Manu, humildemente hasta se la partía yo. Con todo esto quiero decir que hace mucho tiempo que alguna gente, entre la que me incluyo como claque, reivindica identidades y aficiones utilizando como bandera precisamente aquello que anta-fio supuso insulto o vergüenza, porque saben - maricones inteligentes - que no hay complejo que se resista a un par de cojones, o su equivalente, y que a la larga lo que no mata engorda.

Así que pido disculpas a los lectores sensibles en materia de términos y conceptos, pero tengo la intención de seguir recurriendo a la palabra maldita. Porque, tal vez, utilizarla con la misma libertad que todas las otras - y ya saben que en esta página me corto lo imprescindible - sea mi modo particular de rendir homenaje a Manu, y también a los Manus vergonzantes que no dan la cara con su mismo coraje. Y en cierto modo saludar la memoria de aquellos mariquitas de antes, proscritos de una España intolerante y ruin, que tuvieron que sufrirla, qué remedio, como un insulto a media voz, como una broma cruel, como el precio a pagar por una silla en la tertulia, por un saludo del vecino en la escalera. A cambio de la limosna miserable de unos buenos días en la tienda de ultramarinos, un sitio en la cola del carnicero o una gotas de agua bendita a la puerta de la iglesia.

Además, y entre nosotros: la palabra homosexual me parece una mariconada.

24 de julio de 1994

domingo, 17 de julio de 1994

El cerdito de Rocío


Hoy vamos de trincones con corbata y la ley de su parte. No sé si recuerdan ustedes aquel anuncio: una niña acudiendo al banco con el cerdito-hucha de sus ahorros. El lema del asunto era, creo recordar, para nosotros no hay clientes pequeños, o alguna canallada por el estilo. O se lo creyó su padre. La cosa es que Juan y Rocío, con cinco y seis años respectivamente, rompieron sus huchas —5.000 y pico cada uno— y abrieron sendas cartillas de ahorro.

Resulta que, un tiempo después, Juan y Rocío empezaron a dar la barrila en casa con que querían unas zapatillas de deporte nuevas. Y su progenitor, cuyo candor lo honra, pensó que el mejor ejercicio práctico sobre las virtudes del ahorro, para sus hijos, era recurrir a sus cartillas. Y allá se fueron los tres, tan felices, preguntándose cuánto habría aumentado su caudal con los correspondientes intereses. Pero al llegar al banco comprobaron -oh prodigio-, que les había quitado a cada uno las 5.000 pesetas, por todo el morro. O sea: en concepto de comisiones por el mantenimiento de la cuenta.

Y es que los niños no leen la letra pequeña, y luego pasa lo que pasa. En nuestro patio de Monipodio lleno de golfos que te gravan el aire que respiras, el agua que bebes y la tierra para caerte muerto, los bancos están legalmente autorizados para cargar comisiones entre el 0% y el 100% de las cuentas de sus clientes. O sea, que si tienes tropecientos millones a plazo fijo, dan cuartelillo y además te regalan un puro. Pero si lo que tienes son cuatro humildes pesetas, te incordian todo lo que pueden para que te largues y despejes la memoria informática de los ordenadores (que por cierto, no suelen tener la letra Ñ, y siempre la sustituyen por una N o un palito).

Lo malo no es que en este país todo cristo compita con Curro Jiménez. Lo peor es que, salvo cuatro espontáneos — y esos se fugan casi siempre—, los demás trincan al amparo de la letra pequeña y normativa legal que algún hijo de puta, digo yo, tuvo que aprobar alguna vez en consejo de ministros. Y después, cuando uno acude al banco ebrio de santa ira, y encañona al director con la escopeta del 12, y está a punto de soltarle un bellotazo de posta lobera, el fulano va y sonríe, te dice que esperes un momento, y saca del cajón la normativa 36B/92, publicada en el BOE, donde dice que no sólo el infame saqueo es legal, sino que además el banco tiene derecho a beneficiarse a tu legítima los primeros de cada mes.

Lo triste de todo esto es la cotidianeidad de la sevicia, que diría un académico fino. Que uno, por ejemplo, ingrese un cheque en cuenta y le cobren automáticamente un porcentaje para compensar el esfuerzo del cajero que le da a la tecla, es algo tan normal que a nadie extraña, a estas alturas del expolio. Como el hecho de que, a la hora de hacer pago en metálico, buena parte de los bancos no dispongan de unidades de pesetas sueltas, y siempre redondeen en su beneficio las 45.342, convirtiéndolas en 45.340. Hay un caso reciente, denunciado en carta al director en un diario nacional, donde a uno de los damnificados el cajero le dio como explicación: "Este mes le toca a otros cobrar las dos pesetas". Como si esto fuera la lotería.

Ah, pero eso sí. Después, en la tele, todo son musiquitas seductoras, y amables directores de sucursal, y recién casados y viejecitos felices que bailan a cámara lenta, y labradores que se libran del pedrisco, y familias felices que, por fin, gracias a esos benefactores de la humanidad, podrán comprarse un chalet donde al chucho lo van a atar con longaniza. Al menos en lo que se refiere a Juan y Rocío, los dos niños del cerdito, la desaparición de sus ahorros les ha servido para irse enterando, bien jóvenes, de con quién se juegan los cuartos. Y lo que es a esos dos, ya les pueden meter anuncios.

(Por cierto, ya que estamos de bancos, y nóminas, y antes mencionaba la Ñ de los ordenadores, me viene a la memoria que, en las nóminas del ministerio de Cultura, los empleados cuyo apellido incluye esta letra se encontraban, al menos hasta el mes pasado, con la eñe sustituida por la barra inclinada "/".La cosa no deja de tener guasa, porque Cultura alardeó, hace un par de años, de bloquear la normativa comunitaria europea que pretendía suprimir esa letra de nuestros ordenadores, Y ahora resulta que, a la chita callando, van y tragan. A lo mejor es que la ministra Alborch, como es dama culta y educada, nunca dice la palabra coño).

17 de julio de 1994

domingo, 10 de julio de 1994

La carta de Susana


Aviso a los lectores de El Semanal, el director, Juan Fernando Dorrego, tiene la perversa costumbre de secuestrarme el correo durante un par de meses, y después, cuando uno de mis Sangrefrías no le gusta, se venga soltándomelo todo de golpe. Entonces me siento en una cafetería y durante un largo rato me agobio con los problemas de amigos desconocidos, me dejo tirar de las orejas por usar tanto la palabra hijoputa, o encajo como un hombre los insultos de los lectores a quienes no les gusta lo que escribo. Sin ir más lejos, un niño de doce años acaba de llamarme fascista por meterme con su gorra de béisbol. Y reconozco que un tío de doce años capaz de mentarme los muertos escribiendo una carta así, tiene derecho a llevar la gorra como le dé la gana.

Pero a lo que iba. A veces, les decía, llegan cartas que dan ganas de sentarse a teclear con una mala leche inaudita. Otras te dejan hecho polvo, pues explican las cosas, los problemas, las vidas de la gente, mucho mejor de lo que tú mismo serías capaz de hacer. Y ese el caso de Susana, cuya carta (12-5-94) es tan demoledora que sería una estúpida pretensión, por mi parte, adornar el asunto. Así que hoy, con permiso del respetable, esta página la llevamos a medias Susana y yo. Que les aproveche:

«Tengo 23 años, y no soy la típica chica que vive pegada a sus papas, o vive la ruta del bacalao con el sudor de su padre y el insomnio de su madre. Yo pertenezco a una minoría, a los otros, a los jóvenes que tenemos casa, hijo, perro, gato, suegros, deudas y números rojos. ¿Por qué nunca se habla de nosotros?... ¡Oh, sí! Del número de embarazos anuales imprevistos sí que se habla, Pero nunca de lo que pasa después.

Vivo en un pueblo de 700 habitantes, en una comarca pobre de Castellón, y tengo un hijo de 3 años. Hasta ahora hemos vivido con el sueldo de mi marido, imagina el sueldo: albañil y autónomo. Nos las hemos visto y deseado, pero nos queremos, y tenemos ganas de trabajar... O teníamos ganas de trabajar, hasta que hace un mes llegaron los módulos de Hacienda. Según la estimación objetiva, un albañil autónomo en un pueblo de 700 habitantes factura al año un total de (agárrate) diez millones de pesetas. Y en consecuencia debe pagar al Estado alrededor de dos millones anuales. Es para llorar, ¿verdad? Pues sí, es para llorar. Sobre todo si ves mi cartilla de ahorros, Aquí no hay trabajo para mí (como no lo hay en ningún sitio para nadie). Si mi marido sigue dado de alta tendremos que pagarle a Hacienda prácticamente todo lo que gana, y morirnos de hambre.

Aquí no hay grandes empresas, y a la pequeña la están hundiendo. No te dejan ni siquiera ser agricultor sin reunir unos requisitos mínimos. Y en este país (que no sé de qué piensa vivir dentro de poco), la tierra se deja perder porque el Estado, que nos ama y protege, prefiere que compremos pimientos italianos y cordero inglés, que son más baratos, mientras los agricultores se mueren de hambre; pero eso sí, pagando religiosamente a Hacienda. En resumen, lo único que podemos hacer es dedicarnos a la economía sumergida, estafar y ser ladrones. Como dice mi marido, la moraleja de este cuento es sé un cabrón o muérete de hambre.

Por favor. Estoy harta de oír estupideces sobre la juventud y el paro. Escribe sobre nosotros, sobre los que no tenemos trabajo pero sí bocas que alimentar. Los jóvenes estamos defraudados de las instituciones que se nos enseñó que nos protegerían y ayudarían, y que hoy sólo nos muestran corrupción y desamparo. Y no me extraña, porque en España un presidiario cobra paro, y un autónomo que se da de baja, no.

Al Estado le importa un comino que tengas hijos o no. Ahora, ya, ni siquiera los anticonceptivos entran en la Seguridad Social. Pagas un seguro del coche abusivo por ser menor de 25 años teniendo un hijo y muy pocas ganas de conducir borracho. Mientras, uno de 30 paga la mitad yéndose de fiesta cada noche. Aquí, como en la Edad Media, viene el señor feudal, cobra sus impuestos y se va. Hace sus chanchullos igual, sólo que con una sonrisa y, eso sí, mucha demagogia. Y por ahí te pudras.

Gracias por prestarme tu atención, me imagino que estarás muy ocupado. Y por favor escribe alguna vez sobre los que, igual que nosotros, los jóvenes como mi marido y yo, empiezan a creer que si alguna vez el infortunio nos lleva a dormir bajo un puente, al final nos tocará pagar alquiler.

Gracias.

Susana».

10 de julio de 1994

domingo, 3 de julio de 1994

Antonio Gala


Hace un par de semanas, en la Feria del Libro de Madrid, compré El Manuscrito Carmesí de Antonio Gala y me puse a la cola de la caseta donde firmaba ejemplares de sus obras. En cualquier feria de libros, la caseta donde firma Gala se conoce en el acto por la expectación y por la cola que hay formada delante. Porque en eso de las firmas hay, como en todos los órdenes de la vida, colas y colas: merecidas, inmerecidas, compactas, definitivas, vitalicias, coyunturales, accidentales, televisivas, lógicas, inexplicables o de pastel. La de Gala se reconoce en el acto porque hay en ella, siempre, un cierto orden reverencial, un silencio expectante, una especie de unción en el sentido que el María Moliner da a esa palabra: devoción, recogimiento y fervor con que alguien se entrega a un acto religioso.

Y es que acercarse a Antonio Gala en una conferencia o en una firma de libros es más un acto religioso que estrictamente literario. Uno se siente como al cruzar la nave de una iglesia, entre los feligreses, y allí, al fondo, como las vírgenes en los altares, está el maestro rodeado de asistentes y de fieles, pausado, sereno, elegante, impecable, de perfil. Con ese ligero hastío, algo desdeñoso, distante, de quien está por encima del bien y del mal y conoce, de una parte, los cimientos de las glorias de este mundo, y por la otra sabe ya que por mucho que ladren y corran los perros de la tina, no podrán alcanzarlo nunca. Con Gala no se va a que firme un libro, sino que se va a Antonio Gala como otros van a Fátima, o a la Macarena de San Gil, o a ver a Curro Romero. Sólo que para comulgar con Curro Romero hay que ser de Sevilla y estar en la Maestranza, mientras que Gala es un fenómeno nacional. Además se viste mejor y es más fino toreando.

Cada devoción tiene su aquel, claro. Para el arriba firmante, la cosa no tuvo remedio desde que, siendo jovencito, se quedaba embobado ante el televisor en blanco y negro viendo al papa Luna recorrer, trágico, orgulloso y solitario, las murallas desiertas de aquel paisaje con figuras llamado Peñíscola. Después, uno se enamoró locamente de los senos desnudos de Victoria Vera, viéndola seducir a Alberto Closas en ¿Por qué corres, Ulises? Y más tarde, en una foto de entrevista, comprobé que el maestro tenía detrás toda la colección de bolsillo de Austral cuidadosamente alineada en estantes. Y resulta que los clásicos de Austral son, para quien estas líneas teclea, mucho más que libros. Son la memoria personal de mis veinte años, un símbolo de cuando el mundo era ancho, y maravilloso, y todo era posible y todo estaba aún por descubrir y ser vivido, y había libros que valían cuarenta duros. O sea, un fetiche, un tótem. Un estado de gracia.

Ese componente casi religioso, en el que como ven me incluyo sin el más mínimo rubor, alguien tendrá que analizarlo algún día seriamente a la hora de explicar el éxito de Antonio Gala. He visto a hombres y mujeres -sobre todo a mujeres- ir a él para besarle la mano; esa mano con la que escribe, juguetea en el puño del bastón o reclama, mientras lee en voz ante un público sobrecogido por sus pausados silenciosos, un vaso de agua que el secretario acude a traerle con diligencia. Esa mano que alza a medias, expresiva y lánguida, como para impartir una bendición, actor de su propio personaje, artista de sí mismo, galán de estudiada galanura, malvado y cruel como una daga cuando lo desea, divertido e irónico siempre, capaz de ponerle elegancia y tronío, si le apetece, hasta al más brusco desplante.

Acabo de leer una biografía suya algo cursi, escrita por un tal José Infante, pero no se trata exactamente de eso. Lo que hace falta es que alguien se ocupe de analizar el componente casi místico de un misterio que trasciende al mito, más allá de la literatura. Lo que Gala necesita no es un biógrafo, ni interjecciones admirativas, ni espasmitos de placer de reinonas relamidas, sino un hagiógrafo capaz de explicarme a mí, por ejemplo, con la mili que llevo a cuestas, por qué me siento en la cola de la Feria del Libro, mientras espero con Mi manuscrito carmesí en la mano, igual que cuando iba, con corbata y repeinado, a recibir la Confirmación.

A Gala nunca le darán el Nobel ni maldita la falta que le hace. Porque si le hubieran pegado un tiro en cualquier guerra civil, sus novenas, que no las de Santa Gema, estarían de bote en bote, Es el único escritor español vivo que conozco canonizado por sufragio popular directo. Si hubiera escapularios de Antonio Gala, yo llevaría uno.

3 de julio de 1994

domingo, 26 de junio de 1994

Homo ludens


Era de esperar. Tras la atrocidad de esas malas bestias que confundieron los límites de la realidad con los de su siniestra psicopatía, todos los demagogos profesionales de este país se han apresurado a rasgarse las vestiduras y poner el grito en el cielo. Así que no estaría de más colocar las cosas en su sitio, porque aquí hay demasiado sociólogo barato y demasiados bocazas largando a humo de pajas. Un asunto es que dos cerdos con navaja acuchillen a un pobre hombre creyéndose héroes de un juego imaginario donde confunden realidad y ficción, y otro muy distinto que los juegos de rol en su totalidad sean perniciosos y deban ser abolidos, como sugieren algunos histéricos cruzados de la causa, de esos que a veces hacen tantos aspavientos y proponen soluciones tan drásticas que uno no tiene más remedio que preguntarse si, como los fanáticos conversos de la última media hora, no tendrán ellos también roles que hacerse perdonar.

Vaya por delante -uno conoce a sus clásicos- que el arriba firmante no practica juegos de rol. Apañado iba metiéndome en este jardín, de probarse lo contrario. Sin embargo uno procura estar al corriente, más que nada para saber después de lo que habla. Por eso sé que existe gran variedad; desde los de acción a los de inteligencia, desde los infantiles a los bélicos, y buena parte se mueve en torno a la historia y la ciencia-ficción como Dune, El señor de los anillos, Feudal y otros. Los hay violentos, en efecto. Pero ni todos son violentos ni todos incorporan extremos que vayan más allá de los textos literarios o históricos en que se basan, como cuando incluyen batallas o duelos. Otros, con búsqueda de tesoros, investigaciones o aventuras, son pacíficos e inofensivos. Pero, de creer a quienes, incluso, han pedido al ministerio de Cultura que tome cartas en el asunto- lo que ya es el colmo de la gilipollez-, uno creería que los juegos de rol son un vivero de nazis, de racistas, una escuela de asesinos y un semillero de psicópatas.

Y a ver si nos aclaramos. Porque además de homo sapiens y homo faber, el hombre es también, y sobre todo, homo ludens. En ese ámbito, el juego es tan viejo como el ser humano, y lo jugamos, conscientemente o no, desde que somos niños. El juego de rol como tal, avanzado, consiste en un universo alternativo creado por la imaginación, donde la inteligencia, la inventiva, la capacidad de improvisación, son fundamentales. Los juegos de rol bien planteados y dirigidos estimulan, educan y permiten ejercitar facultades que en la vida real quedan coartadas u oprimidas por el entorno y las circunstancias. La práctica de los juegos de rol proporciona a menudo aprendizaje, destreza, y una legítima evasión muy parecida a la felicidad.

Conozco a un grupo de jóvenes liberales, inteligentes, que practica un divertido juego de rol en Cataluña llamado las Relaciones Peligrosas, basado en la Francia de los mosqueteros, y que cada mes publica un boletín con los datos históricos reales o ficticios, los duelos, las intrigas de la corte. El grupo se ha convertido en una red de auténticos expertos sobre el siglo XVII en Europa, juega con gran talento y sentido del humor, y convierte un pasatiempo inofensivo y emocionante en un alarde amenidad, cultura y buen gusto. Meter a ese medio centenar de estudiantes que no se resignan a la mediocre rutina de la tele y los videojuegos en la olla común de los nazis y los psicópatas me parece una ligereza, una atrocidad y una injusticia.

Naturalmente, no todos los juegos de rol son iguales. Del mismo modo que un científico loco a sueldo de un salvapatrias cualquiera puede crear en un laboratorio, por ejemplo, el virus del SIDA para eliminar negros y maricones, un juego de rol planeado por mentes enfermas o por varios hijos de la gran puta pude terminar como el rosario de la aurora. Pero ni por eso la ciencia es mala, ni todos los científicos están locos, o son unos malvados, ni todo juego de rol es pernicioso, ni todos sus jugadores son psicópatas en potencia. Cada uno proyecta lo que es en lo que hace, y aunque un asesino idee un juego perverso, el mal no es imputable al hecho de jugar, sino a la mente que deforma ese hecho, lo corrompe y lo pervierte.

Además, hay por ahí mucha más gente jugando a rol de la que pensamos. Sin ir más lejos, hace nada, un reciente ministro de Hacienda con patente de corso inventó un bonito juego de rol titulado: El enanito del bosque en el país del pelotazo, y algunos se lo tomaron tan en serio que aún respiramos por el agujero de las puñaladas. Con ese jueguecito sí que habría alucinado Tolkien. En colores.

26 de junio de 1994

domingo, 19 de junio de 1994

La Frans


Hoy, con permiso del señor de Vilallonga, que siempre les habla de París pero en fino, voy a hablarles de la Frans. Que tiene un río cada kilómetro y medio, un foie-gras y unos vinos estupendos, y una capital que no es una ciudad, sino la ciudad que todos habríamos querido tener de pequeñitos, e incluso de mayores. Allí la gente lee en el metro, y se habla de usted, y dice por favor y gracias y de nada, y la democracia no parece patrimonio exclusivo de cuatro oportunistas salvapatrias, sino un asunto de interés público que la gente lleva en común, por la cuenta que le trae.

Durante siglos, Francia y su capital fueron, para los españoles, símbolos del quiero y no puedo en materia de libertades políticas, de europeísmo y de cultura. Allá cada cual con sus complejos, justificados o no. Pero en todas partes cuecen habas, y allí las habas existen y además las llaman feves. Quizá por eso uno disfruta tanto -perversidad meridional, lo confieso- cuando pilla a los franchutes en un renuncio.

Verbigracia: desayuno con programa de televisión. Una atractiva presentadora de TF-2 llamada Patricia comenta un libro con reproducciones de cuadros famosos donde los personajes originales han sido sustituidos por cabezas de gatos, y tras atribuir a Rafael la escena de Dios y Adán de la capilla Sixtina, llega a La familia de Carlos IV, de Goya, donde varios gatos llevan pelucas empolvadas, y le pregunta muy seria a su compañero de programa: ¿es una pintura sobre jueces y juristas, no?.

Segunda puntada: mediodía en librería selecta, pasillos estrechos, cliente francés con ropa cara y tarjetas de crédito, cuyo olor a transpiración y ausencia de agua y jabón es tan fuerte, que quienes estamos cerca nos miramos los unos a los otros, incómodos, devolvemos los libros a los estantes y nos apartamos procurando esquivarlo en su recorrido. De lo que se deduce que ni siquiera en la Meca del arte, las bellas artes, la liberté, la egalité y la fraternité, las palabras cultura e higiene son sinónimos. Como tercera tarjeta postal puede valer la del aeropuerto Charles de Gaulle, en Roissy, por la tarde. Hace falta todo el talento y toda la cicatería gabacha para lograr con tamaña perfección un lugar público tan incómodo y miserable, donde por no haber no hay ni sitio para sentarse mientras uno aguarda a que lo dejen -que esa es otra- facturar el equipaje, con un bar donde se acaban los bocadillos a las once de la mañana, unas toilettes, que dicen ellos, donde hay que hacer cola para el pis como si uno fuese a ver La reina Margot, y donde, cuando te paras a leer junto a la puerta de embarque del vuelo de El Al a Tel Aviv, los gendarmes con escopeta te dicen con malos modos que circules, silte-plé, porque tu libro de Conan Doyle -El perro de Baskerville-debe de tener un aire sumamente sospechoso.

Además, sospecho que mi editor franchute esté haciendo economías a costa de sus autores, porque el billete de regreso en Air France me lo dieron en clase turista y la azafata, claro, me tiró la naranjada sobre la bragueta del pantalón. La mancha de naranjada no se va, y después, en la aduana de Barajas, pasé un mal rato mientras los guardias civiles me miraban la bragueta.

Reconozcamos que, para un solo día, no está mal. Y a eso podemos sumarle anécdotas intemporales, como cuando uno, sobre todo en estas fechas, se tropieza en cada esquina placas y conmemoraciones sobre las gestas de la Resistencia, y se pregunta cómo diablos, si todo el mundo militaba en el maquis, los alemanes estuvieron cuatro tan campantes, bebiendo champaña en Montparnasse. O, en otro orden de cosas, cuando miras las fotos de esos energúmenos que queman camiones en el Mediodía y después te los encuentras por aquí en roulotte, trayéndose el bocadillo y las conservas desde Perpignan, para ahorrar. Así que no se crea todo lo que les cuenten de la Frans. Allí pueden ser tan analfabetos, tan mezquinos, tan torpes y tan muchas otras cosas como cualquier hijo de vecino. Aunque después te vengan enarcando, así, los labios para pronunciar las oes con acento circunflejo. (Por cierto, y hablando de otra cosa. Me asegura el redactor jefe de El Semanal que el duende de imprenta que hace un par de semanas, en el Sangre Fría sobre Picolandia, sustituyó un cayó de caerse por un calló de callarse, ha sido sumariamente fusilado al amanecer. Y es que los duendes de imprenta de las redacciones suelen ser inoportunos, pero aquél en concreto tenía muy mala leche).

19 de junio de 1994

domingo, 12 de junio de 1994

Mujeres de armas tomar


Ocurrió el otro día, en una conferencia, cuando uno de los asistentes preguntó por qué el arriba firmante asignaba a menudo virtudes masculinas a las mujeres en sus novelas. Tras un intercambio de aclaraciones, las mencionadas prendas masculinas resultaron ser el valor físico, la independencia y la agresividad. Al interlocutor le chocaba sobremanera que mis hembras de ficción fuesen capaces de empuñar un florete, una pistola, pelear por su vida o por la de otros, conspirar e incluso asesinar, bajo palabras como amistad, amor, lealtad a un hombre o a una idea, e incluso honor personal.

Le respondí que allá él con sus mujeres, pero que uno se honra con el trato de varias que son de armas tomar. Y que muchos nos negamos a aceptar que, por culpa del ridículo concepto medieval de la frágil dama como devocionario caballeresco, la mujer se perpetúe, en los relatos de ficción escrita o cinematográfica, reducida al papel de compañera o comparsa del viril protagonista. Échenle, si no, un vistazo a las películas o a los libros de acción y aventuras. En ese contexto, las mujeres -incluso las que van de duras o fatales- se limitan a dar grititos cuando las cosas vienen mal dadas, y a refugiarse en el sudoroso y fornido hombro del macho que, a lo sumo, las gratifica con un revolcón en condiciones o permite, sólo cuando él está herido y a punto de perecer bajo los mandobles del malvado, que ella, con las dos manos temblorosas en torno a la pistola que empuña casi al revés, le pegue de pura casualidad un tiro al malo por la espalda.

Y resulta que no. Que de virtudes masculinas y femeninas podríamos hablar un rato largo sin necesidad de irnos a Hollywood. Sin ir más lejos, esa mujer que madruga cada día y después de hacer la casa se va a la compra y vuelve para la comida y se sienta un rato a ver el culebrón y luego prepara la cena y deja, todavía, que el sábado el pariente le dé un asalto, es más dura de pelar, tiene más valor y más entereza que el animal de bellota que, en teoría, la mantiene.

Hagan memoria. Nadie resiste como una mujer la enfermedad, o el sufrimiento propio o ajeno: cuida a los enfermos, se crece en la adversidad, pare hijos -y a veces los concibe- con dolor; y sobre lealtades y sentidos del deber podría dar lecciones a muchos maridos. En cuanto a hacer daño, cuando una mujer abre la navaja no es, como la mayor parte de los hombres, para montar bulla y que nos vean, sino para matar de verdad. En el otro extremo, enamorada, es capaz de amar con más entrega y pasión, y de hacer cosas, tomar decisiones, que los hombres, tan razonables y formales que somos, ni soñaríamos siquiera. No hay quien detenga a una mujer -ni familia, ni marido, ni convenciones sociales- cuando decide liarse la manta a la cabeza; y como adversario, nada más corrosivo para nuestra fatua virilidad que el odio o el desprecio de una hembra inteligente.

Pero, aparte ser más consecuente y valerosa que los hombres, la mujer también es más culta. No se trata de más tiempo libre, como dicen algunos simples, sino de menos egocentrismo: curiosidad por el mundo exterior. La mujer posee mucha información global, porque ve más televisión, más cine. Lee más. Cualquier librero sabe que el setenta por ciento de sus clientes son jóvenes y mujeres. Los hombres estamos demasiado ocupados haciendo números, tomando decisiones fundamentales, endureciendo el gesto ante el espejo, pobres desgraciados, alardeando de un temple que se derrumba en cuanto nos tocan la nómina o el estatus, mientras ellas parecen poseer una reserva secreta de entereza para sobreponerse, aunque caigan chuzos de punta.

Échenle un vistazo a las estadísticas. Además de su presencia en otros sectores, las mujeres copan las carreras de humanidades, o al menos lo que va quedando de éstas. Así, en este final de siglo que termina de tan mala manera, en la confusión que caracteriza a esta especie de noche que se nos viene encima, tan fría como esos ordenadores que engendran los hombres con microchips en lugar de espermatozoides, las mujeres pueden terminar siendo para la cultura lo que los monjes medievales fueron en la trinchera de sus monasterios mientras el mundo se desplomaba alrededor. Y ésa será su venganza, su revancha histórica sobre nuestra estupidez y nuestra injustificada autocomplacencia.

Virtudes masculinas, decía aquél. Permita que me ría, respondí. Ya quisiéramos nosotros, los hombres, poseer ciertas virtudes.

12 de junio de 1994

domingo, 5 de junio de 1994

Los del dieciseisavo


No recuerdo, o quizá no lo supe nunca, quién fue el ministro que, con la complicidad de sus colegas y su presidente de gobierno, puso en marcha la reforma educativa que en este país llamamos LOGSE. Ni sé quién fue ni conozco su paradero; y eso es lo grave de este tipo de asuntos: que los ministros, y los gobiernos, y los presidentes de gobierno, llegan, te lo ponen todo patas arriba y luego se jubilan sin que nadie les exija responsabilidades por dejarte el patio hecho un erial. Y claro, con impunidades como ésas se embaldosan los suelos de las casas de putas.

¿Recuerdan aquel poema de Bertolt Brecht o de no sé quién, sobre el fulano al que le van trincando vecinos mientras él pasa de todo, y después, cuando le llega el turno, ya no tiene a nadie que lo ayude?. Pues eso ocurre en este país: que nos estamos quedando solos en la escalera mientras los chicos del brazalete -los brazaletes cambian según la época, pero los chicos no- se pasean por nuestras vidas y por nuestro futuro como Pedro por su casa. Y no me refiero en exclusiva a los cien años de honradez; ciertos polvos y lodos vienen de antes, y los personajes cambian de ideología, pero no de métodos ni de talante. Recuerden, si no, la gracia de aquel ministro -la sonrisa del Régimen- al que los amigos llamaban Pepito Solís Ruiz: Más deporte y menos Latín.

Pero vamos al grano, que llevo ya un folio en prolegómenos. Les estaba hablando de la LOGSE, y resulta que ahora uno echa cuentas -el arriba firmante tampoco se asomaba al oír gritos en la escalera- y cae en el detalle de que, con la actual política educativa respecto a las Humanidades, un alumno puede perfectamente terminar su carrera sin haber estudiado nunca. -insisto: nunca- ni Historia de la Literatura, ni Filosofía, ni Latín, ni por supuesto, Griego. Dicho en corto: sin saber quién fue Cervantes, ni Platón, ni de dónde vienen la mayor parte de las palabras y conceptos que maneja a diario y conforman su mente y sus actos. Salvo que tenga la suerte de tropezar con profesoras o profesores que posean iniciativa, redaños y vergüenza torera, cualquiera de nuestros hijos puede salir al mundo convertido en un bastardo cultural, en un huérfano analfabeto, en una calculadora ambulante sin espíritu crítico, sin corazón y sin memoria, clavadito a muchos de quienes nos gobernaron, nos gobiernan y nos gobernarán.

Vivimos, en este siglo XX, a merced de quienes controlan los medios de comunicación de masas, los profetas y los cruzados de salón, los que diseñan banderas, himnos nacionales, ideologías, narcóticos, o simplemente diseñan. Náufragos de nuestro fracaso espiritual, somos cada vez más corchos a merced del primero que llega con labia o con recursos suficientes para llevarnos al huerto. Frente a eso, la Cultura con mayúscula, la Literatura, la Historia, las humanidades en general, son la única arma defensiva. De ellas obtenemos aplomo, ideas, intuiciones y certezas, coraje para defendernos y sobrevivir. Las humanidades nos cuentan de dónde venimos y cómo hemos llegado a ser lo que somos; hacen que nos comprendamos a nosotros mismos y a los demás. Nos sitúan, confortan y fortalecen, permitiéndonos asumir nuestra condición de eslabones en una cadena interminable, trágica y maravillosa al mismo tiempo. Nos hacen más fuertes, más sabios. Más libres.

No comparto la infantil teoría, sostenida por algunos, de la conspiración. En realidad, los responsables de todo esto son demasiado mediocres como para actuar de acuerdo a consignas o a un plan establecido. También ellos son víctimas de sí mismos, de sus propias limitaciones, de su estrecha visión del mundo. En el indocumentado con cartera de ministro que pretende convertir las mentes de sus futuros conciudadanos en mecanismos de piñón fijo hay, incluso, buena voluntad: proporcionar a los jóvenes una especializaron que les permita abrirse paso en un mundo técnico donde la palabra humanidades suena a sarcasmo. Pero ni el antedicho fulano ni sus alegres cacheteros -los del dieciseisavo- caen en la cuenta de que tan absoluta claudicación no hace sino ahondar el foso donde se entierra el espíritu del hombre y donde se nos entrega, maniatados, a los tiburones y a los mercachifles.

Asuntos como el de la reforma educativa no traslucen maldad, sino estupidez. De buena fe, supongo, unos cuantos compadres decidieron bajar el listón para colocar el futuro a su nivel. Y han hecho un pan con unas hostias.

5 de junio de 1994