domingo, 3 de septiembre de 2000

Calle de las personas humanas


La verdad es que no sabía en qué terminó la cosa. Pero un amigo despejó la incógnita al contarme el otro día que la iniciativa de cambiar el nombre de la calle Séneca de Barcelona por el de Ana Frank reposa en el baúl de los recuerdos. Sin duda alguien cayó en la cuenta, a última hora, de que don Lucio Anneo, aunque era de Córdoba, no escribía en castellano sino en latín, y que, bien mirados —pese a las vulgares influencias de Salustio, Cicerón, Fabiano y Eurípides en sus epístolas, tragedias, diálogos y otros escritos—, los méritos literarios y filosóficos del preceptor de Nerón, pese a tratarse de un charnego nacido en la Bética, no estaban muy por debajo del Diario de la joven judía austríaca asesinada por los nazis.

Aún así, no crean que lo tengo muy claro. Hasta que se cortó las venas, Séneca sirvió al poder central de Roma, y por aquello de que no es lo mismo predicar que dar trigo, fue también un poco putero, le hizo la pelota a Mesalina, y durante una buena temporada se pegó la vida padre, pese a que en sus papeles sostenía la necesidad de la moderación, la sencillez y la vida beata. Imagino que los promotores del cambio de nombre para la calle estaban al corriente de todos estos pormenores, y con el aplomo que da el conocimiento de la cultura clásica, consideraron un acto de justicia moral borrar del callejero un nombre sujeto a tales ambigüedades. Este Séneca no era trigo limpio, dijeron. Seguro que iban por ahí los tiros, y el nombre de Ana Frank se les ocurrió igual que se les podía haber ocurrido cualquier otro. Calle de Baltasar Porcel, por ejemplo. O calle del payaso Fofó.

Por eso creo que la iniciativa tiene su puntito y no debe caer en saco roto. No estaría de más que los ayuntamientos aprobaran presupuestos extraordinarios para ese tipo de eventos, y encomendasen al certero criterio de sus concejales (y concejalas) de cultura una revisión exhaustiva de los callejeros locales, a fin de poner las cosas en su sitio. Y a fin, sobre todo —porque la modernidad también es un grado— de adaptar tanta nomenclatura apolillada que campea en los rótulos de las esquinas a los tiempos de esta España moderna que mira hacia el futuro y que, según el presidente del gobierno, va tan de puta madre. Y para que luego no digan ustedes que soy un insolidario y un cabrón, heme aquí, dispuesto a echar una mano.

Verbigracia. Sugiero que a todas las calles con nombres desfasados por la realidad se les actualice el asunto. La plaza de la Marina Española de Madrid, sin ir más lejos, debería llamarse, sin lugar a dudas, plaza de las Marinas Autonómicas. Y las connotaciones sexistas de la calle Caballeros de Valencia —calle Cavallers— deberían paliarse convirtiéndola en calle de las Señoras y Caballeros —de las Dones i Cavallers—. En cuanto a las calles con nombres de resonancias bélicas, que como los juguetes ad hoc sólo sirven para fomentar la violencia y el odio, y además acordarse de ellas no sirve para nada, el nombre se les cambiaría por el de acontecimientos de índole fraterna. En lugar de calle Bailén, o calle Batalla del Salado, podrían llamarse, por ejemplo, calle del Concierto de la isla de Wight, calle de la No Violencia, calle Greenpeace, calle de la Prestación Social Sustitutoria, calle de las Personas Humanas y cosas así. A otras bastaría con aplicarles pequeñas modificaciones que las pusieran a tono la calle de la batalla del Jarama, por ejemplo, podría llamarse calle de los Mansos de Jarama, en bonito homenaje a dos bandas al gran don Pedro Muñoz Seca. O, respetando las connotaciones históricas, la calle Navas de Tolosa pasaría a llamarse calle de los Hermanos Magrebíes. O calle de la Patera, que es más de ahora y no compromete a nadie.

El punto más peliagudo, claro, es el de las calles con nombres propios. Y es ahí donde no debe temblar el pulso de los concejales y concejalas. A estas alturas, a nadie le importa un huevo quienes fueron Avicena, Maimónides, Columela o Nebrija, que además no salen ni en Corazón de Verano ni en Tómbola, ni en el telediario. Así que propongo, para sustituir las calles a las que todavía inexplicablemente dan nombre, los más actualizados de calle Bill Gates, calle Leonardo di Caprio, calle de Lady Di, y calle de los Morancos de Triana, respectivamente. Para las calles Quintiliano y San Isidoro podríamos reservar los nombres de calle Jesulín de Ubrique y calle Georgie Dan, sin olvidar que el fútbol también ofrece inmensas posibilidades. En Aragón —que no se me crezcan mucho ésos— cualquier calle Almogávares pasaría a llamarse obligatoriamente calle de Marianico el Corto. Y en cuanto a los nombres de las calles Miguel de Cervantes y Francisco de Quevedo, se los reservo personalmente a los ex ministros de Educación José María Maragall y Javier Solana, a los que con toda justicia podríamos considerar padres putativos del asunto.

3 de septiembre de 2000

domingo, 27 de agosto de 2000

Sobre patriotas y palomitas


Hay que ver cómo se han mosqueado los súbditos de su majestad británica con la película El Patriota, protagonizada por Mel Gibson. Historiadores, parlamentarios y periodistas han puesto el grito en el cielo, protestando por la imagen cruel y deformada que de ellos da el filme, ambientado en las peripecias de un colono durante la guerra de independencia de los Estados Unidos. Es una manipulación histórica, dicen. Nosotros no éramos tan villanos ni malvados. Como el director es de origen alemán, nos la ha metido doblada, etcétera. Supongo que algunos de ustedes han visto la película. A mí me pareció muy bien hecha y muy entretenida, interesante para un público formado, como se decía antes, que no se llame a engaño con un producto claramente destinado a conmover la fibra patriótica gringa —de eso habla el título precisamente— con mucha bandera y mucha gesta nacional. Quizá se pasa un poquito en eso de que los ingleses esclavizan de nuevo a los pobres negros a quienes los bondadosos y humanitarios colonos habían manumitido por iniciativa propia. Pero, con todo y con eso, El Patriota es, a fin de cuentas, una película clásica de buenos y malos, como hemos visto tantas, con buenos que tienen un envidiable —a mi juicio— amor por su patria, y con malos que son malos que te rilas, Domitila; sobre todo un coronel inglés muy caín y muy perro al que le priva fusilar, matar por la espalda, y achicharrar a gente indefensa en iglesias incendiadas. Y encima se ríe, el hijoputa. Comprendo que se hayan mosqueado los ingleses. El cine norteamericano los tenía mal acostumbrados. Antes los buenos siempre eran ellos: lo mismo cruzaban el paso de Jyber tocando la trompeta que salvaban al hijo del marajá siendo audaces lanceros bengalíes, defendían a la reina Victoria frente a la chusma bóer o zulú, mataban nazis, se hacían piratas por amor al arte, o defendían a Occidente con licencia para matar. Incluso cuando palmaban haciendo el primavera, como en Balaclava, siempre estaba allí Errol Flynn para convertir el evento en gloriosa derrota; de modo que hasta eso parecía, encima, una victoria. Pero los tiempos cambian, y a hora les fastidia que se haya acabado el chollo, y van y se chivan al profe. No están acostumbrados a que Hollywood los saque feos, malos y perdiendo, y se niegan a aceptar que el héroe británico tomando el té en el puente de Arnhem ya no se lleva. Norteamérica necesita a toda leche villanos en cantidad para sus pelis. Y la industria quema velozmente las existencias. El único héroe de cine que de verdad cuenta para Hollywood es el gringo, y para darle cuartelillo los guionistas ya han abusado mucho de los indios, tan exterminados dentro como fuera de la pantalla, y también de los alemanes, de los negros africanos, de los asiáticos, de los árabes, de los hispanos y de los rusos, que son los últimos y han dado mucho juego con eso de las bombas nucleares despistadas, y las mafias, y el vodka de Yeltsin. Pero la cantera se agota, y además se produce el efecto boomerang. Ahora sale un mafioso ruso en una película, con ese acento de doblaje que te descojonas —«yo matar eniemigo amiericano»—, y el público va y se pone de su parte porque le parece conocerlo ya de toda la vida.

Así que lo siento por mi vecino Marías, pero les ha tocado el turno a los perros ingleses. Ya se acostumbrarán. Si les sirve de consuelo, el otro día estaba yo viendo un programa de la televisión británica sobre la Armada y la empresa de Inglaterra, y tuve que tragarme sin pestañear cómo ese país libre y patriota, gobernado por una reina inteligente y moderna, resistió las ambiciones imperiales, la codicia y la rapiña del siniestro imperio español gobernado por un rey inculto, fanático, cruel, oscurantista e inquisidor, y cómo alegres muchachos amantes de la liberté, de la egalité y de la fraternité se echaron a los mares para beneficiar a la humanidad doliente, liberando a los pueblos oprimidos de América del yugo colonial de aquella España que era un peligro público. Lo que en versión Hollywood se tradujo durante muchas décadas en un pirata rubio que se hace pirata por ansias de justicia y por odio a la Inquisición que quemó a su hermano, y que saquea el oro de españoles morenos, sucios, grasientos y cobardes —encarnados siempre por actores mejicanos— no por codicia, sino por darle al tirano donde más le duele. Y además el rubio se liga siempre a la sobrina del gobernador, que es la única española guapa de la película. No te jode.

Así que me parece de perlas que también a ellos les haya llegado el turno de cobrar las suyas y las del pulpo. Y puestos a que me cuenten películas, debo decir que con la de Mel Gibson me lo pasé de cine. Comí palomitas y me encantó aplaudir cuando matan al inglés.

27 de agosto de 2000

domingo, 20 de agosto de 2000

Piratas chungos


Estoy seguro de que el otro día los huesos de Barbanegra y el Olonés se revolvieron en sus tumbas, y la cofradía de fantasmas de los Hermanos de la Costa sin Dios ni amo, gimió indignada desde la penumbra verde de su cementerio marino, entre votos a Belcebú y al Chápiro Verde. Porque era un atardecer tranquilo y mediterráneo, con el cielo rojo, la mar rizada y el levante campanilleando suave con las drizas contra el mástil de los veleros amarrados en el puerto. Era exactamente eso, y yo estaba a la puerta de un bar, mirando ese mar que fue camino de naves negras, de legiones romanas y de héroes zarandeados por los mezquinos dioses. Era uno de esos momentos en que la vida lo reconcilia a uno con la vida, y en que todo lo que leíste y viviste y soñaste encuentra su lugar en el mundo, encajando en él de modo asombroso. Estaba así, digo, cuando al otro lado del pantalán empezó a oírse una música atronadora e infame, —pumba, pumba, hacía la música—, y vi que acababa de abarloarse al muelle una zodiac con seis o siete individuos que en ese momento saltaban a tierra. La zodiac remolcaba una de esas repugnantes motos de agua que tan famosas ha hecho el intrépido cuñadísimo Marichalar Junior, llevaba una antena alta, y en ella ondeaba una bandera pirata con su calavera y sus dos tibias. Pero no fue el insólito pabellón, prohibido a bordo de embarcaciones en cualquier puerto del mundo, el que más me llamó la atención, sino el aspecto de los recién llegados y su parafernalia general. La música y la bandera se completaban con una colección selecta de tipos veraniegos de los que a mí me hacen tilín: cuarentones, bañadores floridos multiuso, camisetas ad hoc sobre orondas tripas cerveciles, chanclas, riñoneras, gafas de sol de diseño anatómico forense, aretes en las orejas y pañuelos piratescos en las cabezas, tipo Espartaco Santoni que en paz descanse. Y yo me dije: anda, tú. Qué feroces y qué miedo. De dónde habrá salido esta banda de gilipollas. Luego, viéndolos sentarse a mi lado en el bar, pensé hay que ver. Qué dirían ahora el capitán Blood o Pedro Garfio o el Corsario Negro o El Cachorro, o, ya metidos en veras, el capitán Kidd, Edward Thatch, el pelirrojo Morgan, Natty el limpio, las mujeres filibusteras Anne Bonny y Mary Read, el tímido Rackam, o incluso el fraile Caracciolo y el capitán Misson, los piratas buenos del Índico, de este deplorable espectáculo. Sea usted hace tres o cuatro siglos un cabrón como Dios manda, asalte galeones españoles, saquee Maracaibo, cuelgue a capitanes enemigos del palo mayor, pase a los prisioneros por la tabla o por la quilla, viole a la sobrina del gobernador de Jamaica, abandone a tripulantes amotinados en una isla desierta, vuele su barco desarbolado para no caer en manos de los jueces del rey, o termine sus días como digno pirata, ahorcado, y ponga tan amena y edificante biografía bajo la bandera negra de los bucaneros, para que esa misma enseña, cuya vista antes helaba la sangre, termine en número de circo, enarbolada por media docena de Cantinflas de playa.

Qué tiempos éstos, me dije, en que cualquier cagamandurrias puede tirárselas de pirata. No hay derecho a que también metan mano en eso, y ya no se reverencia ni lo más sagrado. A que la bandera más respetable de la Historia, elegida voluntariamente por lo mejor de cada casa, por los salteadores y asesinos y golfos y canallas que en nombre de la libertad, de la codicia o de la aventura se pasaban por la bisectriz todas las otras banderas inventadas por reyes y por curas y por banqueros, termine en la zodiac de unos tiñalpas espantando a las gaviotas con música discotequera. No hay derecho a que los sueños de niños que todavía miran el mar buscando su memoria en viejos libros escritos por Exmerlin y por Defoe, con espeluznantes grabados de abordajes, ejecuciones, saqueos y orgías, sean profanados de éste modo por una panda de retrasados mentales. Y entonces lamenté de veras, voto a tal, que el velero amarrado algo más allá no fuese un bergantín de antaño con la tripulación adecuada y el nombre escrito en la patente de corso auténtica y en blanco que una vez me regaló un amigo. Porque entonces, me dije, esa misma noche mandaría a tierra al contramaestre con un trozo de leva de los gavieros más duros, a fin de que cuando esos capullos de la banderita estuviesen bien mamados en un bar, los reclutasen a hostia limpia como en los viejos tiempos. Y luego despertaran a bordo en mitad del océano, comiéndose por el morro una campaña de quince meses en las Antillas, tirando de las brazas bajo el rebenque, subiendo a las vergas para tomar rizos con vientos de cincuenta nudos, antes de obligarlos a cavar sus propias fosas junto al cofre del tesoro, con el loro Capitán Flint gritándoles guasón en la oreja: «¡Piezas de a ocho!... ¡Piezas de a ocho!».

20 de agosto de 2000

domingo, 13 de agosto de 2000

Caín y Abel


Pues eso. Que Abel trabajaba como un auténtico hijo de puta, dale que te pego, todo el día con el rebaño para arriba y para abajo, esquilando, y ordeñando, y levantándose con el canto del gallo para irse a currar a los campos de su padre. Tenía callos en las manos y agujetas en los ijares, y el sudor le goteaba por la nariz, clup, clup; con aquel solanero que le caía en la espalda como una manta de plomo. Luego, cuando volvía a casa a las tantas, estaba tan hecho polvo que no le quedaban ganas ni de ver Cine de Barrio, ni de cumplir con la parienta ni de nada, y la verdad es que al pobre le importaba un pimiento que el humo de los sacrificios subiera recto al cielo, se desparramara por la tierra, o se pareciera a las señales en morse de los apaches. Pasaba mucho. Era un currante nato, vaya. Un estajanovista.

Caín era todo lo contrario. Tenía una jeta que se la pisaba, había salido más vago que el peluquero de Ronaldo, y no es que el humo de los sacrificios a Yahvé le saliera por la tangente; es que ni humo, ni sacrificios, ni nada de nada. Se pasaba el día tumbado a la bartola y tocándose los huevos. Su parcela ni la pisaba, y estaba toda sin sembrar y hecha un asco de zarzas y matojos, porque además Caín se había hecho enlace sindical —que en España es título vitalicio— y con tanta asamblea y tanto agobio y tanto luchar por los compañeros y compañeras, hacía años que se había olvidado de para qué sirven un legón y un arado.

Total. Que Adán, el padre, estaba encantado con Abel y hasta las narices de Caín, y tenía unas broncas espantosas con Eva, su legítima. Al mayor lo has malcriado con tanto mimo y tanta puñeta, decía. Estoy a punto de jubilarme y ya ves el panorama agropecuario, maldita sea mi estampa: lo de las ovejas va medio bien, pero la cosa hortofrutícola es un desastre, que si no fuera por los moros de las pateras ya me contarás quién cojones iba a ocuparse de los tomates y las lechugas, leñe, que tu Caincito no da palo al agua, y yo estoy a punto de jubilarme, y como en los años del Edén no coticé a la seguridad social, resulta que vamos a quedarnos con lo justo. Eso largaba el paterfamilias, muy mosqueado. Así que para ajustarle las cuentas al viva la virgen del hijo mayor, resolvió ir a un notario y hacer testamento dejándole a Abel, además de las ovejas y los chotos, las mejores tierras, las de adentro; con hierbas para pastar y campos para arar. Y a Caín, para darle por saco, le dejó las secas y áridas que estaban junto al mar, arenales llenos de sal, donde no había llovido nunca, ni llovería aunque cayera un Diluvio. Y luego de testar, Adán fue y se murió, descojonándose de risa. A ése le he jugado la del chino, decía. Ja, ja. La del chino.

Ha pasado el tiempo, y Abel sigue allí, sudando la gota gorda. Se pasa el día encima del tractor. La sequía le ha arruinado seis cosechas, las lluvias torrenciales cuatro, los girasoles que había plantado este año para trincar subvenciones comunitarias se los ha dejado hechos una mierda la plaga de la cochinilla de la pipa, y además, para redondear la temporada, la enfermedad de las ovejas clónicas locas le ha vuelto majara a la mitad del rebaño. Para más inri, su mujer lo obliga a veranear un mes entero en La Manga, y encima le ha salido un hijo neonazi y una hija finalista del concurso Miss top Model 2001 de Almendralejo del Canto.

Pero lo que peor lleva es lo de su hermano. Porque, con aquellas tierras secas y salinas que heredó casi en la orilla del mar, Caín fue a conchabarse con un constructor del Pesoe y con un alcalde del Pepé tan analfabetos como él, pero listos y trincones que te cagas, y las hizo parcelas, y consiguió permisos de construcción masiva y se inventó playas donde no las había, y en poco tiempo lo llenó todo de adosados y de bloques de pisos hasta el horizonte. Y aunque no hay agua, ni cañerías, ni cloacas, ni infraestructura adecuada; y todo cristo bebe agua del mismo tubo y chupa luz del mismo enchufe, aquello, hasta que reviente, parece Manhattan, con manadas de guiris y veraneantes y abueletes jubilados, ingleses con una cerveza en la mano y treinta en el estómago, alemanes que —como honrados alemanes—, denuncian al vecino porque el perro ladra, y subnormales nacionales que conducen con las ventanillas abiertas para que se oiga bien la música de bakalao en diez kilómetros a la redonda. Y de vez en cuando, para restregárselo por el morro, Caín invita a su hermano a comerse una paella en el club náutico del que es presidente fundador, y le enseña el último Mercedes comprado con dinero B que acaba de traerle uno de sus socios de Zurich, y a bordo del yate le pone los videos grabados en la casa que tiene en Miami, justo al lado de la de Julio Iglesias, hey. Y Abel mira a su alrededor; desesperado, preguntándose dónde carajo puede conseguirse a estas alturas una quijada de asno.

13 de agosto de 2000

domingo, 6 de agosto de 2000

Aún puede ser peor


No sé qué será peor, si la enfermedad o el remedio. Me alegra imaginar el debate sobre la enseñanza y las humanidades, cuando se reanude el curso político. No se trata de que unos tengan razón y otros no, porque las cosas nunca son simples. Lo inquietante es que el problema existe desde hace tiempo, y a ningún gobernante ni miembro de la oposición pareció preocupar nunca lo más mínimo hasta que, ale hop, por necesidades tácticas sale ahora a relucir con el daño ya hecho. De cualquier modo, es sospechoso que ese rifirrafe sobre los trileros de pueblo que engañan a los niños en el cole no se haya planteado antes. Porque no pretenderán convencernos, los sucesivos ministros de Educación y Cultura de los últimos quince o veinte años, de que ellos acaban de saber hace dos días de que en algunos libros de texto el Ebro nace en tierra extraña, y Felipe II era un genocida o cosa así. Lo que me preocupa es que, ya en el conflicto planteado a principios de verano con el informe de la Academia de la Historia, a cada perro se le vio la oreja. Quiero decir que, del mismo modo que la cultura ha sido siempre aquí instrumento manipulable por los golfos de turno, en el debate que se avecina florecerá una vez más la semilla de la guerra civil que este país de hijos de puta lleva en el alma. Ya ahora, según el periódico que uno se eche a la cara o la radio que oiga, es posible advertir ajustes de cuentas, maniobras de desmarque o aprovechamiento de los huecos para meter el pasteleo, la larga cambiada y la mala leche de cada cual. En previsión de que se exijan responsabilidades, los que gobernaron durante trece años y se fueron de rositas dejando la educación y la cultura patas arriba, ahora matizan cautos que ojo, mejor analfabetos que afiliados al club de fans del Cid Campeador, como si no existieran las distancias medias. Al otro lado están los que se pasaron esos trece años en la oposición, calladitos mientras Solana y Maragall nos dejaban sin memoria y sin vergüenza; y ahora llevan legislatura y pico gobernando igual de mudos, no vayan a llamarlos fascistas por hablar de Indíbil o de Almanzor o de Blas de Lezo; y sólo cuando tienen holgura parlamentaria osan, tímidamente, hablar de la conveniencia, quizás, que por su parte no quede, por supuesto de modo nunca coactivo —no sé por qué cojones no puede coaccionarse cuando se hacen las cosas con derecho legítimo, consenso general y cordura— de devolver a los libros de texto cuando aquellos irresponsables, ayudados por el silencio cómplice de la propia derecha, o centro derecha, o lo que carajo sea ahora, y de todos los demás, quitaron, o dejaron quitar a cambio de votos para ir tirando de legislatura en legislatura. Mejor gobernar una España desmantelada, se decían, que no gobernar nada de nada. Y ahí quedó eso.

Lo malo es que sobre los libros de texto revisados por bandos vencedores ya tuvimos unos cuantos ejemplos en el pasado reciente; y no sabes qué es peor, si esto o aquel folletín excluyente de esencias patrias, reyes buenos, curas santos y conquistadores heroicos y piadosos. Para agravar el panorama, y resueltos a sacar partido del envilecimiento de unos y otros, están los caciques de pueblo con eruditos a sueldo dispuestos a reescribir la historia a su gusto, a ponerles en el catre a su señora, o a lo que se tercie: mierdecillas que plagian una leyenda negra que ni siquiera tuvieron el talento de inventar ellos —quien no pare Césares mal puede tener Plutarcos— y tan mediocres en su fanatismo que, a su lado, fray Prudencio de Sandoval o el padre Mariana eran Tácito y Suetonio. El caso es que, con el hueso de las humanidades disputado por la jauría habitual —imagínense a ciertos diputados (y diputadas), con esa sintaxis y esa fluidez retórica que los caracteriza, defendiendo las Etimologías de San Isidoro—, mucho me temo que quien no tendrá voz ni voto en estos asuntos será la gente decente: los historiadores que exigen una revisión crítica pero rigurosa, que se sienten asqueados con la coexistencia de 17 historias de España diferentes, y que defienden una disciplina educativa que no sólo consiste en fechas, reyes y emperadores, sino que pasa también por los museos, las bibliotecas, los teatros: por la huella que todo el pasado, sin exclusión, dejó en nuestro presente. Por la noble complejidad que nos permite comprender que somos lo que somos porque fuimos lo que fuimos. Pero ya verán como no. Verán como el debate será estéril y ahondará el daño, al pretender contentar a los tres vértices de ese triángulo viciado y miserable: la insolidaria mezquindad y mala fe de los caciques provincianos, el nefasto refranero y el casticismo noventayochista de una derecha elemental y analfabeta, y el bobo psicologismo educativo de los imbéciles que pretenden igualarnos a todos en la cultura de la nada.

6 de agosto de 2000

domingo, 30 de julio de 2000

El hombre de la esquina


La verdad es que no sé cómo se llama. Es tipo menudo, con cara ratonil, bigotito ralo y ojos claros. Tiene en los pies un defecto de nacimiento que le impide caminar bien. Ahora debe de andar por los sesenta y pocos. Durante más de veinte años lo estuve saludando con un buenos días o un buenas tardes cada vez que me lo cruzaba en la cafetería Fuyma, en la plaza del Callao de Madrid. No era camarero, sino una especie de hombre para todo; pero alguna vez sustituyó a los camaretas de verdad cuando se iban de vacaciones. Vendió décimos, hizo de limpia, y la mayor parte del tiempo metía y sacaba cajas, barría el suelo, echaba serrín los días de lluvia, traía tabaco y cosas así. También —y es lo que más me gustaba de él— era amable y respetuoso con la lumis maduras, decrépitas bellezas gloriosas del cercano Pasapoga, que ya en plan de francas marujonas resignadas a los estragos de la vida, aposentaban los restos de su palmito en la cafetería por las tardes, haciendo punto mientras esperaban a improbables clientes. En cuanto al tipo del que les hablo, algunas noches, cuando yo era casi un crío y regresaba del diario Pueblo, o después, al salir tarde de los cines de la Gran Vía y entrar en Fuyma para el último café, me lo encontraba allí recogiendo las sillas o echando las persianas metálicas. Siempre me pareció buena gente, aunque en este perro mundo nunca se sabe. Fuyma lo cerraron hace no sé cuántos años: seis o siete, tal vez más. Una tarde estuve en la barra, trasegando algo antes de meterme en un cine; y al día siguiente había un cartel diciendo que iba a abrirse allí la sucursal de un puto banco, como siempre. Cajanosequé. Ahora —paradojas de la vida— justo al lado del banco, donde antes no había ni cafetería, ni bares ni nada, hay abiertos dos o tres de esos de diseño, de la Compañía de las Indias Tibetanas o algo así, muy agradables y siempre llenos de bote en bote, pero que nada tienen que ver con el ritmo tranquilo del viejo Fuyma, el sol entrando por los ventanales, la clientela antigua, gente pureta que parecía anclada en Celia Gómez y el bayón, y los camareros clásicos: esos fulanos serios, eficientes y con modales, capaces de hacer del suyo un digno oficio. Y entre ellos, siempre trajinando discretamente de aquí para allá, aquel curioso tipo con bigotito y cara de ratón.

Les cuento todo esto porque me lo encontré hace unos meses, en una esquina de la calle de Alcalá, pidiendo limosna. Estaba sentado en un banco que hay allí, con una caja de cartón y unas monedas a los pies. Me quedé tan estupefacto que no pude menos que preguntarle: «Pero hombre, ¿qué hace usted aquí?». Mi cara de sorpresa era tal, y el tono tan crispado, que debió de sonarle a reproche, porque pareció avergonzarse, y levantó las palmas de las manos corno si se excusara porque lo viese de aquella manera. Ya sabe, dijo. Lo de siempre. Le pregunté qué era lo de siempre, y me contó a retazos, en efecto, lo de siempre: una historia confusa de amarguras y mala suerte que nada tenía de original tratándose del país miserable en que vivimos. Una maniobra de un banco, un cierre y la jodía calle. Por suerte, contó, el dueño tuvo el detalle de arriarle alguna viruta, y ponerlo en el paro. Pero el sonante y el paro se habían acabado, y tenía hijos, creo, y una legítima; y a los sesenta años ya me contarán quién le va a dar trabajo a un inválido devuelto al corral. Así que aquí estoy, buscándome la vida en el mismo barrio. Recordando mejores tiempos. De cualquier manera —se reía con mala leche bajo su bigotillo de ratón derrotado— dicen que España va bien. Le di lo más que pude de lo que llevaba encima, y estreché la mano que me ofrecía antes de irme. Más avergonzado yo mismo que él. Desde entonces lo vuelvo a ver siempre que paso por esa esquina, y cada vez me saluda, me detengo, cambiamos unas palabras, le estrecho la mano y deslizo en ella un talego. Pero es una situación incómoda; y me deja tanta desazón dentro, que a veces procuro evitar esa esquina y doy un rodeo para no encontrármelo. Y bien sabe Dios, o quien sepa de esta mierda, que no es por ahorrarme un Hernán Cortés, sino por otra cosa que resulta difícil explicar aquí. Yo sé lo que me digo. Sin embargo, a veces, cuando eludo esa esquina varias veces seguidas, me siento peor aún. Entonces vuelvo a pasar, y a detenerme, y a estrechar su mano. Y mientras charlamos unos segundos, igual que si se tratara de un gesto casual de los viejos tiempos, vuelvo a ponerle en ella un billete. Lo hago casi furtivamente, entre nosotros, igual que hace años le dejaba en los dedos cinco duros al traerme la vuelta del paquete de tabaco. La verdad es que no me atrevo a dejarlo al pasar, en la caja de cartón que hay en el suelo, junto a sus extraños zapatos de cuero deforme. Hacerlo de ese modo sería darle limosna. Y yo a ese hombre no le he dado limosna nunca.

30 de julio de 2000

domingo, 23 de julio de 2000

Las preguntas de Octavio


Ocurrió allá por marzo y en Galicia, así que a muchos de ustedes se les habrá olvidado. A los que seguro que se les ha olvidado de verdad es a los golfos y las golfas, quiero decir a los políticos, que se dejaron caer por el entierro con cara de circunstancias para decirle a los periodistas que la terapia era correcta. Hagan memoria. El hijo era esquizofrénico, el padre era taxista y la madre estaba al límite de los límites. Habían removido cielo y tierra para conseguir un poco de ayuda que les permitiera seguir vivos con dignidad y con decencia. Con la mínima. Sumaban ya años de palabras vacías, de palmaditas en la espalda, de mucha sonrisa y mucha larga cambiada. El diagnóstico era trastorno mental grave, con accesos de violencia. Para el chico, cuanto se movía delante era enemigo. Para hacerle frente al problema, todo lo que la administración de mierda de este país de mierda proporcionaba a esa familia —sin recursos para irse a un sanatorio de Miami—, eran drogas para dormir a un toro de lidia y buenas palabras, y cejas comprensivamente enarcadas de 9,00 a 16,00. El resto del tiempo, amén de las noches, que con un majara en casa se hacen más bien largas, aterriza como puedas. Segunda y última puntada: después de años así, un día la madre se levanta de la cama después de pasar la noche en blanco y pensándolo. Luego le corta el cuello al hijo, escribe una nota para su marido, coge el mismo camino por el que cada día llevaba a su zagal hasta el centro terapéutico o como carajo se llame, va a la playa, se mete en el agua y nada hacia adentro sin preocuparse de volver. Luego, cuando la sacan tiesa, el taxista los entierra a ella y al hijo, y todavía tiene que oír en el funeral cómo la conselleira, o la subsecretaria, o la Bernarda y su chichi, o quien carajo fuera la que estuvo largando allí, le da capotazos a la prensa y se lava las manos en una jofaina del tamaño de una plaza de toros: que si el entorno familiar no era el adecuado —evidentemente no lo era—, que si la terapia —a cualquier cosa la llaman terapia— resultaba indicada en esos casos, etcétera. Y para apuntillar, la tele se descuelga con reportajes presentados por compungidos presentadores, diciendo hay que ver, pero claro, la cosa estaba mal, el chico tenía poca solución. Incluso la madre, insinúa un médico, también necesitaba asistencia psiquiátrica. Nos ha jodido. Y cualquiera. Al final, casi resulta que la culpa fue del taxista. Al hilo de todo este asunto, mi amigo Octavio, el celta irreductible, con quien estuve el otro día tomando copas en Santiago de Compostela, me hacía a la tercera ginebra unas preguntas ingenuas. ¿Es lícito —inquiría, en esencia— que con este panorama, los señores diputados se suban el sueldo cada quince días, para pagarse con la Visa Oro putas que les metan un pepino en la recámara?... ¿Es lícito —seguía preguntando mi amigo, siempre en esencia— que no haya asistencia eficaz para la familia del taxista, y no se construyan centros adecuados porque el dinero hace falta, por ejemplo, para pagar los viajes de Fraga a Cuba?... Octavio es joven, claro. Roza la palabra desesperación, como todo ser humano lúcido; pero aún no llega a asumirla del todo. Algunos, yo mismo, habríamos podido añadirle unos cuantos es lícito más. ¿Es lícito —verbigracia— que después del entierro el taxista coja el hacha de cortar leña o la escopeta de caza y se dé una vuelta por algunas entidades y despachos oficiales para agradecer los servicios prestados?...

Hoy me va quedando ya poca página, así que dejaremos que las respuestas las decida cada quisque. En cualquier caso, déjenme meter la mano al azar en el correo y sacar una carta, una cualquiera de esos cientos que no contesto nunca, y anticiparles una nueva función para que la conselleira, o el subsecretario, o quien carajo sea el bocazas de turno, pueda salir en un próximo telediario. Ella, cincuenta años, Alzheimer grave, encamada, que vive sola con su marido. Él, más o menos de su edad, lleva meses sin dormir más de cinco minutos seguidos, porque ella no para de noche ni de día entre gritos, terrores que le van y le vienen, días que come y días que no. A ella no la quieren en una residencia privada —que además habría que pagar a tocateja—, y no puede ir a una pública porque es demasiado joven. A él, cada vez que peregrina en busca de una solución, lo único que le dan son sonrisas comprensivas para su tragedia. Resignación, ya sabe. La vida es dura. Nosotros tenemos normas, bla, bla. Ojalá pudiéramos ayudarle. Etcétera. Todo tan clásico y previsible que da náuseas por anticipado. Y luego, ya saben: después del entierro, o de la foto del furgón policial, ustedes, yo, todos nosotros, tendremos quince segundos de telediario para horrorizarnos como es debido, antes de zapear de nuevo entre la liga de campeones y el Gran Hermano y la puta que nos parió.

23 de julio de 2000

domingo, 16 de julio de 2000

Una de moda y glamour


Les juro a ustedes por mis muertos más frescos que este año no quería. Por una vez, ya en plena temporada, había hecho firme propósito de enmienda, dispuesto a no tocar, ni siquiera de refilón, el tema tradicional en esta página de la indumentaria veraniega. Estaba dispuesto a escribir sobre cualquier otra cosa: a darle un puntazo al clero integrista y ultramontano, por ejemplo, para amargarle las vacaciones a mi santa madre, so pretexto de los obispos brasileños y el preservativo; o a pedir formalmente el exterminio sistemático de los hinchas de fútbol ingleses, los hooligans o como se llamen, mediante la puesta en el mercado oportuno de hectólitros de cerveza fermentada en ácido prúsico. Incluso tenía previsto, por aquello del rifirrafe del otro día entre mi vecino el rey de Redonda y el beligerante académico euskaldún que lo acusaba de ser nostálgico del duque de Alba, coger las Décadas de la guerra de Flandes del padre jesuita Famiano y dedicar un rato a contar los innumerables apellidos vascos que figuran entre los capitanes y soldados españoles que con el de Alba participaron en esa guerra, como en todas las demás, en un tiempo en que la mili —aunque lo mismo ahora resulta que los libros de texto de esa comunidad autónoma afirman lo contrario—, era cualquier cosa menos obligatoria.

Estaba dispuesto a abordar uno de esos temas, repito, eludiendo piadosamente la serpiente multicolor veraniega. Pero hete aquí que acabo de darme de boca con uno de los miles de apasionantes reportajes que publican los suplementos dominicales —ahora que caigo, puede que fuera éste— dando consejos especializados sobre el indumento que deben adoptar quienes deseen ser tenidos por sofisticados y glamurosos a la hora de pasear por el mercadillo de la playa o tomarse copas en el lugar idóneo. Y, claro, me ha saltado el automático, incluyendo abundante goteo del colmillo. Si usted quiere estar a la moda estos meses de calor y no ser un tiñalpa de mierda, aconseja el texto glosado, póngase un smoking fucsia de Vagina Schmeisser si es hembra, y estará genial. Y hágalo en el acto, porque una mujer con smoking —se afirma literalmente— sigue siendo lo más ultrafemenino y sexy. En cuanto a los hombres, que no se les ocurra bajo ningún concepto ponerse tejanos de Izaskun Sánchez que no lleven la vuelta doblada tres palmos; ni, si viste formal, otros zapatos que no sean los de color caramelo que valen treinta mil pesetas, siempre y cuando, naturalmente, se acompañen con un chino claro y calcetines de colores. Salvo, oído al parche, que usted utilice un traje oscuro de Chochino y Vicentini, en cuyo caso usará, so pena de que lo miren mal en Puerto Banús, mocasines de vivos colores, ora rojos, ora verdes, o de piel de serpiente o cebra por los que habrá abonado otras treinta mil. Mucho ojito ahí con ponerse calcetines, que no se llevan. Y en caso de que se decida por el traje claro, entérese de una puta vez de que los mocasines no valen, ni la camisa tampoco. Imprescindible usar una camiseta de Armancio Sopla Poglia, azul celeste por más señas, y sandalias que podrá adquirir en No Te Jode's Shoes por veinte billetes de a mil. Y es que tiene cojones, oigan. Si uno, o una, acepta la dictadura del diseño y el fashion, o corno se diga —hasta hay canales de tv por cable que sólo pasan a tíos y tías desfilando, y ahora los diarios incluyen la moda en las páginas de cultura—, y quiere quedar bien y que los gorilas de la puerta lo dejen entrar en los bares de copas, está condenado a vestir como un perfecto tonto del culo, y encima gastarse una pasta. La otra presunta alternativa, la de la liberté, la egalité y la fraternité, que tampoco la regalan, no deja otra opción que la camiseta de colorines, el calzón-bañador multiuso y las chanclas, adobado con los michelines tatuados, el ombligo en rodajas a la vista, y el arito de oro haciendo piercing en una teta. En cuanto a la vía normal, la del vestido corriente, y la blusa o la honesta camisa, y el pantalón y las zapatillas de tenis o los zapatos con calcetines, acompañados de noche con una chaqueta, una rebeca o un suéter, eso queda para los abuelos puretas y los antiguos, y según los cánones al uso —nuevo barroco, se llama la moda esta temporada, con permiso de Quevedo y Velázquez y Valdés Leal y Alonso Cano— vestido así no hay quien se coma una rosca ni se gane el respeto de los camareros ni de los Charlies que te venden abalorios en los tenderetes. De ese modo vivimos, un verano más, entre el glamour de la gilipollez galopante y el museo de los horrores peludos; y así van los abuelos como van, despendolados por Benidorm, con camisetas de Pokémon y enseñando las varices. Y es que —como decía no recuerdo si un ministro de Cultura o un presidente de club de fútbol, que es lo mismo— en este país siempre terminan poniéndote entre la espalda y la pared.

16 de julio de 2000

domingo, 9 de julio de 2000

Sostiene Marías


No te disminuyas, vecino. No dejes que las academias vascongadas, catalaúnicas o galaicas, las ligas antitabaco, los hinchas del Athletic o las erizas en pie de guerra te desmoralicen con sus cartas, iras y fobias, ni que los cretinos que confunden la parte con el todo, lo particular con lo general, la memoria con la reacción, te alteren el pulso, ni piensen que porque eres un chico educado, casi británico, puedan venir a tocarte las narices, criticando que opines con libertad lo que te salga de los huevos. Porque no sé cómo te las arreglas, colega, pero cuando te pones justiciero te metes en unos jardines de testículo de pato, y esto parece Aterriza como puedas, con el personal haciendo cola en el pasillo para darte de hostias. Y es que no se puede ser bueno, hermano. No se puede ir por la vida de correcto y pase usted primero, porque no sólo pasan primero, sino que encima se beben el jerez y te soban a la señora. Cuando uno desenvaina la toledana o abre la cachicuerna -algunos miserables merecen navajazos y no francas estocadas- uno debe hacerlo para matar, ris ras, a fondo y del todo. Sin cuartel. De lo contrario, si pinchas con la puntita nada más, el adversario se revuelve en un palmo de terreno y siempre le queda resuello para escribirle cartas al director, y luego siempre hay un redactor jefe o un subdirector como Fernando Rayón, que te odia porque las redactoras te sonríen más que a él -leen Todas las almas y Corazón tan blanco, y no quieren saber, pero han sabido-, dispuesto a destacar las cartas en recuadro para darte por saco y vengarse, el hijoputa.

En cuanto a ti y a mí, compadre, no conozco a dos fulanos más diferentes en gustos, en talante y hasta en manera de juntar letras. Pero somos vecinos y hermanos de armas, hemos servido en el mismo Cuerpo, y practicamos una serie de rituales de lealtad que se basan en un par de películas, algún personaje y algunos libros que amamos. Además, tuviste el detalle de hacerme fencing master de tu isla de Redonda, y eso me pone a tu disposición cuando peleas, con razón o sin ella, aunque la causa me importe un carajo o yo piense exactamente lo contrario. Lo que esta vez, por cierto, no es el caso. Por eso, cuando alguien se declara preocupado por tu talante preconstitucional y te acusa de falta de tolerancia porque escribes, por ejemplo, Guetaria con «u», en vez de Getaria, que en castellano -español lo llaman dignamente por ahí afuera- sonaría Jetaria, yo no puedo menos que animarte, solidario, a que escribas Guetaria y La Coruña como te salga de los cojones. Que es exactamente lo que, por mi parte, procuro hacer yo. Porque si los cagamandurrias de los reales académicos de la Lengua Agonizante y los autores del libro de estilo de los diarios postmodernos, y los ministros de Kultura, o como se escriba eso ahora, tragan todo lo que les echen, ni a ti ni a mí nos llena nadie el pesebre ni nos pagan por dedicar sonrisas a los mangantes y a los capullos en flor que hacen de animadores en esta España grotesca, virtual, convertida en el país europeo con mayor índice de gilipollas por metro cuadrado. Y respecto a lo del otro día en la Feria del Libro, colega, lamento que te hayas comido mis marrones y tenido que dar explicaciones sobre mi ausencia, mis ediciones, mis artículos de El Semanal e incluso sobre mis excesos lingüísticos y personales. Pero no te lo pienso agradecer ni harto de jumilla, porque para eso están los compañeros de tercio, digo de páginas; que eso une más que la amistad, y a fin de cuentas tú y yo nos hemos encontrado personalmente seis o siete veces en nuestra vida. Tu obligación es atender a mis lectores y darles minuciosas y casi familiares explicaciones, del mismo modo que a mí me caen encima los tuyos. A ver si crees que yo me voy de rositas, chaval. Con esta murga de la vecindad y el inglés y el fencing master, la gente piensa que somos responsables el uno del otro, es cierto, pero eso va en las dos direcciones. Y tendrías que ver cómo me entran a mí en el café Gijón, o por la calle, o en cualquier sitio, preguntándome por qué te dejas fotografiar con un pitillo en la mano, o por qué te gusta más Shakespeare que Cervantes, o por tu traducción del Tristam Shandy, o si tienes muchas novias o si tienes pocas, o me piden que te convenza para que escribas más novelas y que mañana en la batalla vuelvas a pensar en mí, o en ella, etcétera. Además tengo que soportar que me digan que usas menos palabrotas que yo y que eres más simpático y más educado y más caballeroso y más correcto en la indumentaria, y que no sales en la foto con unos tejanos hechos polvo y las botas de Sarajevo. Y en cuanto a las lectoras, para qué contarte. El otro día, en Bogotá, una señora espectacular, tremenda, no paraba de preguntarme cuándo ibas. Y acuérdate del famoso anuncio del escote. En esos momentos, perro inglés, te juro que te odio.

9 de julio de 2000

domingo, 2 de julio de 2000

La historia de Barbie


Juan Carlos Botero, escritor, amigo, hijo del pintor y escultor colombiano, se detiene en el umbral del hotel Casa Medina de Bogotá y retrocede, instintivo, al ver pasar a dos sujetos con mala catadura. «Joder —murmura—. Creí que eran sicarios». Y es que hay barrios de esta ciudad que de noche recuerdan ciudades en guerra, con las calles desiertas, alguna sombra que se mueve furtiva, los coches que circulan con los seguros de las puertas puestos, y los bares cerrados por la ley Zanahoria. El objetivo de esa ley es evitar que la gente, con alcohol y coches y artillería, beba y se mate entre sí a partir de la una de la madrugada. Ahora bebe y se mata antes de la una.

Hemos estado bebiendo ginebra azul mientras hablábamos de barcos perdidos, de piezas de a ocho, de cazadores de tesoros y de libros. Y también hemos estado hablando de Barbie Quintero. Barbie tiene veintiocho años, y se parece a lo más sombrío de esta Colombia descompuesta por el narcotráfico, la corrupción, la guerrilla y la miseria. Barbie es guapísima, pese a su escasa estatura, y resulta fácil imaginar la muñeca que era a los trece, cuando aún se llamaba Adriana Alzate y su madre la metió a puta en los bares de Medellín. Su madre había tenido diecisiete hijos, uno por año, casi todos con hombres diferentes, y desde los siete le daba a fumar bazuco. El padre era de cuchillo fácil, y todavía andará por ahí, alcoholizado y soplando droga, si es que no lo han matado ya. Salió de extra en la película La vendedora de rosas, y quiso violar a Barbie cuando ésta tenía once años. En la vida real lo llamaban El Rata.

Eran los tiempos en que Pablo Escobar pagaba dos millones de pesos por cada policía muerto. Barbie se acostumbró a los tipos duros: le gustaban. Hacía striptease para Los Calvos, Los Nachos, Los Priscos. Fumó marihuana, metió pepas y tuvo abortos, antes de tener documento nacional de identidad. Con su aire de muñequita rubia, los prójimos se la rifaban. Se espabiló rápido: cuando una banda visitaba el club donde ella abría las piernas, siempre elegía al más bravo y peligroso de todos; de esa forma sólo se la cepillaba uno y se ahorraba a todos los demás haciendo cola. Oyó decir muchas veces: «Tumben a ese hijueputa faltón», y luego, bang, bang. Allí los palmados se celebraban con tragos, droga, mujeres y canciones. Como los goles del Nacional, dice. Igualito que los goles del Nacional.

Un día, jugando a la ruleta rusa con uno de sus novios, al fulano se le fue un tiro de refilón que le dejó a Barbie una cicatriz en la sien izquierda. A los de Los Nachos los acompañaba en los asaltos y robos, recargándoles los fierros en las balaceras. Dice que ella nunca mató a nadie, sólo chuzó una vez a un taxista; aunque, eso sí, a veces pedía a sus amigos gatilleros que bajaran a algún faltón que se pasaba varios pueblos con ella. En esas anduvo cuando una noche llegaron doce de otra banda —los Calvos, precisa desapasionadamente— y les dieron plomazos y matarile a todos los hombres de la suya, abrasándolos de rey a sota. «A mi hombre le tocó perder. A mí me llevaron a un solar y me violaron. Los doce».

De allí, Barbie pasó a hacerse novia de los tombos, que es como aquí llaman a los policías, sin dejar de ser al mismo tiempo soplona de las bandas; y de esa forma, infiltrada, ayudó a hacerles emboscadas a unos y otros. «Les picaba arrastre —cuenta— y los llevaba hasta donde los bajaban a tiros». Luego se hizo mujer de El Ñatas, un sicario de medio pelo y pistola fácil, pero la estrella de éste se fue apagando y liaron el petate de Medellín; y cuando —El Ñatas tuvo el segundo hijo con su propia hermana, Barbie lo dejó y se puso a putear de nuevo en las zonas rojas de Muzo y Puerto Boyacá. Luego anduvo de cárceles por historias confusas que cuenta muy por encima, una de un robo de un millón de pesos y otra por el robo de un fusil y una granada a un policía. Terminó en el parche de la carrera 18, con una hijita a su cargo, otra con su madrina, y dos más grandes que le quitó el Bienestar Familiar para que los adoptara Dios sabe quién. La plata se la gastaba en ropa, maquillaje y drogas. La vida de Barbie cambió cuando conoció a Nohra Cruz, la presidenta de la fundación colombiana Nueva Vida, que intenta rehabilitar a chicas perdidas. «Para qué vender el cuerpo cuando hay talento, me dijo. Y yo lo tenía». Barbie dejó la calle por un trabajo en la fundación. También ha dejado la droga y a los hombres: ”Conocí a Dios y me alegro, porque no creía en él”. También entendió, dice, que es bueno perdonar a la gente. Que no siempre es necesario matarla por lo que te hace. Y cuando le preguntas por qué cuenta todo esto en público, sin miedo a que se lo cobren, te clava muy fijos los ojos azules y dice: «Porque todos los sicarios que eran amigos míos están muertos».

2 de julio de 2000

domingo, 25 de junio de 2000

Marinos ilustrados


Hace años, a causa de un artículo publicado en esta misma página pecadora, cierto almirante y capitán general prohibió a la fuerza bajo su mando asistir a cualquier acto donde yo estuviera, e incluso dirigirme la palabra. Y si no me hizo fusilar no fue por falta de ganas, sino porque ese tipo de cosas ahora quedan feas, y hay que dar muchas explicaciones, y además Defensa tiene pocas balas y hay que irlas contando y justificar en qué se gastan, y no están los tiempos para alegremente, hala, fusilar a tontas y a locas. Quiero decir con esto que en mi vida he conocido a almirantes y generales y gente así que eran auténticas mulas de varas, entre otras cosas porque no es el uniforme lo que hace a la gente, sino la gente la que hace al uniforme. Y en ese contexto, debo añadir que también he conocido a mucha gente que honra el suyo. Mi amigo Charlie el ex espía, por ejemplo, que ahora es coronel de un regimiento. O el páter Paco Nistal, que es capitán y capellán de los cascos azules en los Balcanes. O la soldado Loreto, y tantos otros.

Pensaba en eso el otro día, cuando asistí a una amena conferencia de José Ignacio González-Aller sobre la marina española en la época de los Austrias y el desastre de la empresa de Inglaterra. González-Aller es historiador, almirante, y hasta hace nada director del museo naval de Madrid, y lo acompañaba otro marino y escritor, Álvaro Delgado Cal, capitán de navío, responsable del museo naval de Cartagena. Y allí, sentado entre el público, compartiendo las desgracias de Medina-Sidonia frente a sus adversarios Howard, Drake y Hawkins, y naufragando mentalmente con los infelices buques españoles en las costas de Irlanda, viendo el reflejo de lo que ahora somos en lo que en otro tiempo fuimos, o viceversa, me dije una vez más que en efecto, que hay militares y marinos que leen, y que escriben, y que saben, y que estudian, y que justamente por todo eso honran el uniforme que visten. Hombres a quienes la palabra cultura no les hace echar mano a la pistola, sino a un libro, y que resultan dignos sucesores de aquellos que esta infeliz España tuvo en otro tiempo: los grandes marinos ilustrados del XVIII, por ejemplo, cuando en un siglo donde el hombre todavía acariciaba la esperanza del progreso y de la libertad, navegaban, descubrían, estudiaban y escribían. Hombres de mar y guerra, pero también de ciencia y de cultura, que se llamaban Jorge Juan, Ulloa, Tofiño, Mazarredo. Gente honrada por las academias inglesas y francesas de la época; respetada hasta por los enemigos, que cuando los capturaban o mataban los trataban como a iguales. Marinos ilustres corno Churruca, Alcalá-Galiano, Valdés, en un siglo en el que España, una vez más, estuvo a punto de levantar cabeza y abrir la ventana para que entrase el aire limpio, y también, otra vez más, la rueda de nuestra maldición giró cabeza abajo, y llegaron el sinvergüenza de Godoy, y el fanático cura Merino, y el imperdonable, abyecto canalla que se llamó Fernando VII; y todo se fue una vez más al diablo. Y aquellos hombres de ciencia, aquellas cabezas ilustradas, pensantes, tan necesarias, murieron con su siglo, peleando en Trafalgar tras haber vivido a media paga en este país miserable, o fueron luego sospechosos y marginados justamente por cultos y liberales, y se extinguieron en el olvido y la pobreza, o tuvieron que exiliarse, paradójicamente —ventajas de saber quien fue Temístocles—, en la Francia y la Inglaterra contra las que habían combatido. Enemigos que, una vez más, resultaron ser más nobles, acogedores y generosos que la propia e ingrata patria. Por eso consuela comprobar que aún hay hombres que ponen el pie sobre la huella de aquellos otros. Que la vieja estirpe de los marinos ilustrados españoles, hombres de mar y ciencia, no ha desaparecido del todo bajo la estupidez y la ignorancia, bajo las banderas, del color que sean, enarboladas por tantos cerriles analfabetos que ignoran, incluso, lo que dicen defender. Consuela comprobar que esos libros cuyos viejos lomos acaricio en la biblioteca, las Observaciones de Jorge Juan y Ulloa, la Historia de la marina real, la Táctica naval, la Relación del último viaje, la Biblioteca marítima, no son restos muertos de un naufragio, una tradición o una época, sino eslabones de una cadena larga y digna que hombres cultos, que viven su tiempo y también sueñan, que libran la más noble de las batallas peleando a bordo de museos y bibliotecas, y saben mirar hacia atrás con lucidez y esperanza, aún mantienen engrasada y viva. Ojalá esta pobre España ágrafa y brutal, patio navajero, ruin, de toque de corneta, sable y paredón, a la que ni siquiera el diseño moderno logra barnizar el alma negra, hubiera tenido miles de hombres como ésos en los palacios, en los castillos y en los cuarteles, en las capitanías generales y en los puentes de los barcos.

25 de junio de 2000

domingo, 18 de junio de 2000

Aragón también existe


Que sí, hombre, que ya era hora. Que en toda esta lista de los más vendidos, en este concurso inaudito de ignorancia, manipulación y mala fe a la hora de reinventar la Historia, uno está hasta la línea de flotación de oír siempre a los mismos, como si el resto hubiera oficiado de comparsas en la murga. Y hete aquí por fin que alguien reacciona como es debido, y dice venga ya, y decide que ya es hora de poner en su sitio a unos cuantos timadores y mangantes, de esos que les pagan pesebres a sus historiadores de plantilla para que descosan y vuelvan a coser la historia a medida, y luego la meten en los libros de texto y se montan unas películas que ya las hubiera querido Samuel Bronston. Eso mientras los que saben se callan, porque son unos mierdecillas, o por el qué dirán, o porque les interesa. Y de ese modo terminamos viviendo en una España virtual, que no la conoce ni la madre que la parió. Así que olé los huevos de Aragón, o de quien decidiera montar la exposición Aragón, reino y corona, que no sé si andará por alguna parte ahora, pero que durante el mes de mayo estuvo abierta en Madrid. En toda esa mentecatez de la que hablaba antes —ahora resulta que existió un imperio catalán que hasta hace cuatro días pasó inexplicablemente inadvertido a los historiadores, o que los irreductibles vascos nunca se mezclaron en las empresas militares ni comerciales españolas— Aragón había estado mucho tiempo callado, pese a tener muchas cosas que decir; o que matizar, desde aquel lejano siglo once en que Ramiro I, contemporáneo del Cid, sentaba las bases de un reino que abarcaría Aragón, Valencia, las Mallorcas, Barcelona, Sicilia, Cerdeña, Nápoles, Atenas, Neopatria, el Rosellón y la Cerdeña, y terminó formando la actual España en 1469, gracias al enlace entre su rey Fernando II de Aragón e Isabel, reina de Castilla. Ése es el hecho cierto, y no lo cambian ni el mucho morro ni el reescribir la Historia; incluido el manejo exclusivista y fraudulento de las famosas barras que eran Senyal real no de un reino o territorio, sino de una familia o casa reinante que, como matizó Pedro IV en el siglo XIV, tiene Aragón como título y nombre principal. Casa reinante que absorbió a la casa de Barcelona, extinguida en 1150 por mutua conveniencia y deseo del titular de esta última, el conde Ramón Berenguer; que al casarse con Petronila, hija de Ramiro el Monje, rey de Aragón, adquirió como propio un linaje superior, pero renunciando al suyo, no titulándose más que príncipes junto a su esposa regina; de modo que el hijo de ambos, ya con Barcelona incorporada a la corona, se tituló rex de Aragón, y nunca de Cataluña. Por suerte no todos los archivos han caído en manos de quien yo me sé —tiemblo al pensar qué será de ellos—, y aún quedan documentos donde comprobar lo evidente. Que por cierto, en cuanto a la propiedad histórica de las famosas barras, no está de más recordar que en 1285 la crónica de Bernard Deslot precisaba aquello de: «No pienso que galera o bajel o barco alguno intente navegar por el mar sin salvoconducto del rey de Aragón, sino que tampoco creo que pez alguno pueda surcar las aguas marinas si no lleva en su cola un escudo con la enseña del rey de Aragón».

Así que cómo me alegro, oigan, de que aquél digno y viejo Aragón olvidado, marginado, asfixiado por la perra política de esté perro país, aún sea capaz de decir aquí estoy, desmintiendo a tanto oportunista y a tanto manipulador y a tanto mercachifle. Recordando que existió una corona aragonesa que constituyó el imperio más extenso del Occidente medieval, donde, bajo su nombre y sus barras, Aragón, Cataluña y Valencia compartieron aventuras, comercio, guerras e historia, enriquecieron sangres y lenguas con el latín, el catalán y el castellano, cartografiaron el mundo, construyeron naves, pasearon mercenarios almogávares y dominaron territorios que luego aportaron a lo que ahora llamamos España, con la manifestación de los fueros y libertades propios en aquella fórmula tremenda, maravillosa y solemne: el «si non, non» heredado de los antiguos godos, mediante el cual los nobles aragoneses — «que somos tanto como vos, y juntos más que vos»—, acataban la autoridad del rey de tú a tú, reconociéndolo sólo como «el principal entre los iguales».

Por eso son buenas estas iniciativas y estas exposiciones y estas cosas. Son muy buenas, incluso higiénicas; y me sorprende que, como antídoto contra la manipulación y la desmemoria que están convirtiendo este lugar llamado España en una piltrafa y en una casa de putas insolidaria y estulta, no se les dediquen más esfuerzos, ocasiones y dinero. Por ejemplo, el que se ha utilizado en la imprescindible urgencia de sustituir La Coruña por A Coruña en los rótulos de las carreteras y autovías de toda España. Incluida, supongo, la N-340 a la altura de Chiclana.

18 de junio de 2000

domingo, 11 de junio de 2000

El muyahidín


Son las siete y pico de la mañana y Márquez me llama desde Israel, tío, acaban de cargarse a Miguel en Sierra Leona. Le digo que sí, que ya lo sé, que acaba de decirlo la radio. Una emboscada. Iban él y Kurt Schork —Holiday Inn de Sarajevo, agencia Reuter, dos puertas más allá en el mismo pasillo—, buscando lo que buscas siempre en ese oficio: una historia, una imagen. Todo eso, en África y en plena merienda de negros. Ni un ruido, ni un alma, y Miguel y el otro intentando llegar a alguna parte mientras se ganan el jornal. Y de pronto, tacatacatá. Achicharrados los dos sin decir esta boca es mía. Por suerte, apunta Márquez, los pillaron así y no vivos. Se tarda mucho más en morir macheteado. Ya sabes: chas, chas, y mientras tanto dices muchas veces ay. Luego Márquez se despide y yo me quedo pensando que Márquez sólo es duro por fuera, y que se le nota muy jodido por Miguel. Por nuestro Miguelito. Han rescatado el cuerpo, dice antes de colgar. Así que cuando lo devuelvan a Barcelona, mándale una corona tuya y mía. O mejor ve al entierro. He contestado sí, claro que iré. Pero la verdad es que no pienso ir. No tengo cojones para ponerme delante de su madre.

Luego me he quedado muy callado y muy quieto, recordando al tipo alto, muy educado, que se nos acercó una noche en un bar de Split pidiendo que lo dejáramos acompañarnos en su moto a la guerra porque estaba harto de coger el autobús para ir a trabajar como abogado en Barcelona. Un tipo que tres días más tarde había tenido su bautismo de fuego y era nuestro ahijado y nuestro amigo, y a quien —él llegó cuando yo casi me iba— describí así en Territorio comanche, pocos meses más tarde: «Era su primer conflicto bélico y se lo tomaba todo muy a pecho porque aún vivía esa edad en que un periodista cree en buenos y malos y se enamora de las causas perdidas, las mujeres y las guerras. Era valiente, orgulloso y cortés. Mientras otros periodistas contaban la guerra desde hoteles, él vivía casi todo el tiempo en Mostar, y cada vez salía y regresaba con medicinas para los niños. Se lo encontraban entre los escombros, con un pañuelo verde en torno a la frente, alto, flaco y sin afeitar, con los ojos enrojecidos y esa mirada inconfundible que se les pone a quienes recorren los mil metros más largos de su vida: mil metros que ya siempre los mantendrán lejos de aquellos a quienes nunca les ha disparado nadie».

Ahora releo esas líneas y me quedo absorto, con una incómoda congoja dentro, y pienso que ya han pasado siete años desde que Miguel Gil Moreno se presentó aquella noche en Split, y que su carrera fue como él quiso que fuera: dura, rápida, brillante y peligrosa. Empezó buscándose la vida como chófer de periodistas, luego cogió una cámara para ir a sitios donde nadie se atrevía a ir, y al fin se hizo una reputación asumiendo riesgos enormes en zonas muy difíciles, trabajando por cuatro duros para las televisiones inglesas. Reportero de guerra de la Associated Press TV, le gustaba trabajar solo, le dieron un premio Rory Peck por sus imágenes de Kosovo, le rompieron dos costillas y le abrieron la cabeza en el Congo, y dejó boquiabierta a la tribu de zánganos que transmitía desde los campos de refugiados cuando fue el único periodista que, al cuarto o quinto intento, logró meterse en Grozni a base de perseverancia y de huevos. Y hay algo que casi nadie sabe, salvo Márquez y yo, y también Paco Nistal, el páter, capellán de los cascos azules: era católico creyente, y siempre que podía se confesaba antes de entrar en combate. Estuvo siete años debiéndome cien marcos que le presté un día que andaba tieso, y siempre bromeábamos sobre esa eterna deuda, que me negaba a cobrarle si no era en forma de bayoneta de Kalashnikov, que él siempre juraba traerme en el siguiente viaje. Sólo tengo dos fotos suyas: una con Carmelo Gómez e Imanol Arias, el día que estuvimos juntos por última vez en zona de guerra, cuando a punto de rodar aquella película comanche lo acompañamos a filmar a los serbios incendiando las afueras de Sarajevo al retirarse. La otra es en Mostar, en una trinchera, con su chaleco de reportero y el pañuelo en la cabeza que daba aire de muyahidín islámico a su perfil de halcón flaco. Hablé con él hace tres semanas, cuando me llamó desde Londres para que le diese una entrevista a una periodista amiga suya. Me dijo que ya tenía treinta y dos, y que a veces estaba cansado. Poco dinero y mucho riesgo, añadió. Será malo envejecer así, y quizá deba buscarme algo por ahí. Ahora recuerdo esa conversación, y me parece verlo reírse por el agujero del diente que le faltaba. También lo veo cruzando con su moto a través de la guerra y de la vida, veloz, impasible y valiente, del mismo modo que entró en Sarajevo cruzando el monte Ingman. Y sé que me he quedado sin la bayoneta de Kalashnikov, y que cada vez tengo menos amigos y más canas. Unas canas que Miguel no tendrá nunca.

11 de junio de 2000

domingo, 4 de junio de 2000

Manual de la perfecta zorra II


Recordarás, querida chocholoco, mis consejos desinteresados de la semana pasada, sobre cómo triunfar en el difícil mundo de las top models de cercanías, tan animado y abundante en España. Quedamos en que tienes facultades y preparación, amén de ser un poco tonta del culo, y lo bastante analfabeta para mantener el tipo cuando los periodistas especializados —que por suerte no siempre gozan de una densidad intelectual superior a la tuya—, te hagan preguntas de doble sentido que tú responderás con sincero candor en sólo uno, apuntando que lo tuyo con Carlos Orellana o con Rafi Camino, por ejemplo, fue una amistad muy limpia y muy bonita. En ese contexto, hoy voy a darte alguna pista más para que de aquí a nada conozcas la fama y la gloria, y en los premios Capullo 2001, patrocinados por el mercachifle de turno, puedas desfilar de top model a tope, y luego entregarle a David Flores el título de Español Universal del Milenio, amadrinada por Carmen Ordóñez, a quien para entonces ya podrás llamar Carmina. Y con suerte —en la vida casi todo es cuestión de colocar la vagina justa en el lugar y momento adecuado— a lo mejor hasta te codeas con Isabel Preysler, que ya es el tope fashion, o con Carmen Martínez-Bordiú; siempre y cuando, tratándose de estas últimas, el acto tenga la base intelectual idónea, a su nivel, y alguien haya soltado muchísima pasta. Partimos de la base, petisuis de mis mollejas, que ya conseguiste, gracias a lo de la semana pasada, dar el primer paso en tu carrera, y la revista guarrindonga No me Digas ha comunicado al mundo que el martes compartiste habitación de hotel con un futbolista famoso por haber sido ex novio de una sedicente modelo famosa que a su vez, cuando no la conocía nadie, fue desecho de tienta del hijo o del padre de alguien relacionado —es un suponer— con el indiscutible famoso Pajares. Si has sido lo bastante lista para repartir el número de tu teléfono móvil un poco por acá y por acullá, a estas alturas tendrás por lo menos un mánager para guiarte por el proceloso mar de la vida pública, dándote un porcentaje de lo que él trinque porque tú vayas a la tele o a una revista de gran tirada, a largar por esa boca pecadora. Para entonces, prenda, ya te habrás siliconado de modo conveniente la antedicha boca y el torso, si es que procede; trámite barato si tienes la habilidad de trincar entre Pinto y Valdemoro a un cirujano plástico. Así, la confesión pública podrá oscilar entre el apasionante tema de si te has operado las tetas —cosa que negarás siempre—, y el no menos apasionante de que si Jesulín tiene un huevo o tiene dos: prueba del algodón a que tarde o temprano se ve sometida cualquier aspirante a la fama nacional y a la portada del Diez Minutos, y que antes equivalía a que el comandante de un destructor enseñara la gorra del capitán del submarino alemán que decía haber hundido.

Cuida también las dosis, guapita de cara. Salvo en casos flagrantes como el inaudito morro de Yola Berrocal, que se maquilla con cemento, tan pernicioso es quedarse corta como pasarse varios pueblos. Que te beneficie ser una chica analfabeta y sencilla, o parecerlo, a la hora de airear las apasionantes experiencias de tu bisectriz, no está reñido con la astucia y la habilidad —zorra: persona astuta y solapada (Diccionario de la R. A. E.)— que permiten prosperar en la vida. Así que gotea tus aportaciones al paisaje cultural español con sabia medida, poquito a poco, en función de la viruta que vayas cobrando —cada cual vende lo que tiene— como si se tratara del aceite de las vírgenes prudentes. Lo de vírgenes lo cito sin segundas. O sea, que al principio no entrarás en el detalle de la cosa, negando como antes sugerí, y limitándote a eso de la amistad tan bonita, etcétera, y sosteniendo sin pestañear que saliste de casa de Dado o de la rana Gustavo a las seis de la mañana porque el suprascrito te llamó para consultarte unas dudas sobre el yambo y el dáctilo en la épica griega. Después, en fases sucesivas y programas diversos, y según trincas más pasta, podrás desvelar nuevos detalles, hasta el número apoteósico, tatatachán, en programa televisado de gran audiencia, donde contarás por fin, con escrupulosidad de notario (y de notaria) que, en efecto, el susodicho tenía un huevo, o tenía dos, o tenía tres.

Hay más consejos, chochito mío; pero se acaba la página, y si te dedicara un tercer capítulo, El Semanal iba a ponerme con toda la razón del mundo en la puta calle, y mi vecino el rey de Redonda, al que me debo, se quedaría sin fencing master que lo llamara perro inglés. Así que tú misma. Estoy seguro de que llegarás lejos, porque vales. Y luego, figúrate. La fama: un desnudo artístico en Interviú, un desfile de modelos en Sangonera la Seca, una foto con Daniel Ducruet cuando venga a presentar su nuevo disco. Guau. Qué suerte, tía. Harás realidad lo que tantas otras pedorras sueñan.

4 de junio de 2000

domingo, 28 de mayo de 2000

Manual de la perfecta zorra I


Tranquila, chochito. Lo tienes fácil. Para ser top model, que es tu vocación más prístina y el sueño intelectual de tu vida, ojo, no model secas, que eso es del montón, sino top —que como sabes significa modelo a tope guay—, y triunfar, que a las amigas y a las de la peluquería y a las del gimnasio se les atragante el biomanán, el camino es fácil. Chupado, y te lo digo sin dobles sentidos Y mira por dónde te lo voy a contar, para tí sola. O sea. Exclusivas Reverte. El camino del éxito. No hagas caso a quienes dicen que una top model es una señora seria y disciplinada, que nace con ciertas condiciones favorables y además trabaja como una burra y estudia habla idiomas y no sale en Qué Me Cuentas sino en la portada de Vogue, o de Mari Claire, y además esto lo consigue una de cada cien mil. Porque eso sólo es en el extranjero. Aquí una top model es otra cosa. Ahí tienes a Mar Flores. O a Jesulina Janeiro, verbigracia, que el otro día se autodefinía como top model profesional. O a Rocío Carrasco, que ya tenía secretaria con catorce añitos, e incluso cuando estaba como una morsa desfilaba entre flashes por las pasarelas. O a Yola Berrocal, que con un par de escalas intermedias en Crónicas marcianas y en Tómbola pasó directamente de los brazos del padre Apeles —otro día escribiré el Manual del perfecto sinvergüenza— a sugerir medio chichi, que ahora por lo visto se le cotiza mucho, en la portada de Interviú. Toma nota, anda. Lo primero de todo es ser analfabeta. Cuanto más mejor, porque así te ampara la osadía del ignorante; y además luego, cuando en la tele alguien te llame guarra en directo con los adecuados circunloquios y perífrasis, tú podrás seguir sonriendo tan campante y ordinaria, subirte el tirante, echarte el pelo atrás y decir qué malo eres, Mariñas, etcétera, sin que te enteres de nada. Pero antes de llegar a ese momento culminante, clímax de tu carrera —esa madre emocionada en casa viendo famosa a la niña— te queda, querido yogurcito, un pequeño y fácil trámite. Seguramente no tendrás la suerte de ser hermana de famoso, ni hija de famosa; y ese es un handicap que habrás de superar con decisión y talento. Así que depílate las axilas y déjate caer vestida para matar por esas discotecas madrileñas o marbellíes frecuentadas por top models de las de aquí, y por futbolistas, que ahora se han convertido en estrellas de la cosa frívola, y por periodistas del corazón, y por fulanos que antes salían en Irma la dulce y tenían nombre francés, y ahora les da por llamarse mánagers, aunque hay quien prefiere el más antiguo y castizo nombre de chulos de putas.

En fin, mi alma. Que te dejes caer por los pastos de moda y procures: A) Calzarte a un famoso y que te hagan una foto antes o después, o incluso durante. B) Calzarte a un famoso, y aunque nadie te haga la foto, que ya es mala suerte, contárselo luego a todo cristo. C) No calzarte a ningún famoso, porque no te entran al curricán, pero pegarte a ellos como una lapa para que te vean, y luego decir que bueno, que tal vez —aquí una risita oportuna—, que hay ciertas intimidades de Dado o de Jesús que no estás dispuesta a contar. A contar todavía, claro. O a contar gratis. Como ves, lo tienes sencillito, loba mía. Así que te deseo suerte y beneficios. De cualquier modo, si tienes prisa, recuerda que también existe la variante de emergencia D, más asequible, y tal vez por eso la que ahora se usa mucho para alcanzar el laurel de la fama: consiste no ya en fumigarse a un famoso o famosa de relativa pata negra, sino al ex novio o ex novia de un famoso o famosa, e incluso al ex novio o ex novia de otro ex novio o ex novia de famoso o famosa, cuya guinda del asunto suele consistir en que el presunto personaje inicial de la murga no es tal. O sea, que tampoco ése es famoso por su propio currículum, ni de coña, sino que, como Lequio, Ernesto Neyra, David Flores —esa gloria del Cuerpo— o tantos otros y otras, lo es por haber sido en su momento novio, o marido, o simple circunstancia de gente famosa cuya fama tampoco termina uno por explicarse del todo; aunque, eso sí, todos acaban invariablemente desfilando en pasarelas con colecciones de Idoya Jarraiticoechea o de Ludmillo y Chuminetti; porque España, según el Guinness de los récords, es el país de Occidente que más modelos, modelas y tontos del haba tiene por metro cuadrado. Así la cadena puede prolongarse hasta el infinito, renovándose de continuo con la incorporación de nuevos y brillantes personajes en plan el huevo y la gallina, e incluso con la periódica llegada de cubanos, venezolanos y otros representantes de los países hermanos de Hispanoamérica —hay argentinos que dan mucho juego—, lo que contribuye a internacionalizar el culebrón. Con la ventaja de que todos se instalan aquí para siempre, en esta gran familia de top models de papel couché tan simpática y entrañable.

28 de mayo de 2000

domingo, 21 de mayo de 2000

Le tiré cuando se iba


“Al otro le tiré cuando se iba”... Ninguno de los cagatintas que escribimos en los papeles y que nos tiramos el folio con Cervantes y con Proust habríamos podido expresarle mejor que mi paisano Joaquín Heredia Noguera, el Macarrón, 31 tacos de almanaque y dos palmaos frescos en un zipizape de Lo Campano, Cartagena. Ésa es mi tierra, o lo que queda de ella. Y el Macarrón, al que los amigos y otro personal de la hoja abrevian como el Maca, no es sino un producto más de ese sureste costero atenazado por la corrupción y el paro, donde la gente se vuelve chusma para vivir. Donde los colombianos y sus primos los gallegos, con las derivaciones adecuadas, proveen una fórmula espectacular, rápida y peligrosa —lo que no mata engorda— de buscarse la vida y manejar viruta y montárselo jander, siempre y cuando tengas suerte, y talento, y los cojones en su sitio. Y aunque casi siempre, tarde o temprano, terminas en el talego, o lo que es peor, en un descampado con las manos atadas con alambre, el cuerpo lleno de quemaduras de cigarrillos y un plomo del 38 en el cráneo, mientras llega el momento de que la vida te pase la factura, colega, que te quiten lo bailao. Total, son dos días.

El Maca no es más que un producto tan típico de esa tierra como antes los eran los pimientos de Murcia o los cordiales de Torre-Pacheco. Allí los paletos con tierras de secano todavía no se han hecho millonarios construyendo adosados como en Alicante, ni los esclavos de invernadero han levantado la economía como en el sur almeriense. Por allí el desmantelamiento industrial y la poca vergüenza pasaron como el caballo de Atila, y sólo dejaron cuatro caciques especuladores que se reparten la mojama con los políticos, además de paro y de miseria. Así que a esa tierra donde a la madera y a las autoridades y al mismísimo copón de Bullas se les ha ido la cosa de las manos, o miran hacia otro lado o mojan en la salsa, la gente del bisnes ha derivado lo que antes entraba por las rías o por La Línea, y ahora hay chusma y escoria manejando viruta y farlopa por un tubo asín de gordo. Ya hasta hay más pescadores en la cárcel que en el mar; porque cuando estás tieso y vas a la parte con cero patatero de beneficio, y tienes cinco hijos pidiendo pan y Tómbola, es difícil no recoger un fardo atado a una boya a cinco millas de la costa, si eso te avía la pesquera de un mes. Nos ha jodido.

El Maca, como tantos otros, sale de ahí. Del contexto, que diría uno de esos sociólogos chorras que rajan en el arradio. Es un jambo flaco y duro, muy fumador, y tiene esa economía de gestos y palabras de la gente del bronce que se reserva porque no se fía, ni de los picoletos que lo acompañan hoy, uno a cada lado, ni de los colegas que lo esperan en el talego, ni de nadie. Tampoco se fiaba del Chiva ni del Pelote, los dos competidores que fueron a preguntarle a domicilio por qué carajo vendía más barato que ellos. A eso le llaman dumping los guiris, chaval, vinieron a decirle. La coca tiene precio fijo y nos estás jodiendo el mercado. Empezaron con buenas maneras, pero el Maca ya tenía la mosca en la oreja, y además de la mosca un fusko debajo de la chupa. Un fusko con menos papeles que un conejo de monte, pero recién engrasado y listo para hacer pumba, pumba. De manera que cuando los dos julandras fueron a su queli a dar por culo, y tras tener unas palabras más altas que las otras, el gitano, o sea, el Pelote, se puso bravo y dijo que lo iba a sirlar. Entonces se lió la pajarraca: Joaquín, o sea, el Maca, tiró de fusko y le pegó al gitano unos buchantes que lo pusieron mirando a Triana pero ya mismo. Y luego —cuenta entre pitillo y pitillo, frío, tranquilo, entornando los ojos al darle caladas al Winston— se volvió hacia el otro, Antonio Fernández Amador, el Chiva, que se abría a toda leche después de que le dejaran tieso al consorte. Y es ahora cuando el Maca resume lo ocurrido, el último acto, en esa frase magistral, perfecta, que condensa y cierra toda una historia: «Al otro le tiré cuando se iba».

Lástima que un fulano con esa capacidad descriptiva y de síntesis, amén la obvia capacidad ejecutiva, malgaste los próximos años de su vida —un tercio de lo que le caiga— paseándose por un patio carcelario o redimiendo en el economato del talego. A veces me pregunto qué sería de él, y de otros muchos como él, en otro tiempo y en otro país más decente, donde alguien hubiera podido sacar honesto partido de su talento y sus redaños. Lástima que esa gente esté tan ocupada buscándose la vida en las páginas de sucesos de los periódicos, que no se hayan enterado todavía de que, en las páginas económicas, España va bien. O como matizaría el Maca, van bien los de siempre. Los que nunca se mojan ni tienen que buscarse la vida a bellotazos. Ellos y la perra que los parió.

21 de mayo de 2000

domingo, 14 de mayo de 2000

El fantasma del Temple


Ha sido como volver atrás en el tiempo, regresando a la biblioteca del abuelo: el día de lluvia, la luz gris, los viejos volúmenes alineados en sus anaqueles. Un niño de diez años lee sentado junto a la ventana. El libro se titula El caballero de Casarroja y tiene las tapas encuadernadas en tela, con el nombre de Alejandro Dumas en la portada. Y el niño pasa absorto las páginas, sobrecogido por el drama que allí se relata: la historia de amor y amistad, la guillotina ensangrentada en los días tumultuosos de la revolución francesa, la fallida conspiración para liberar a María Antonieta, la triste suerte del pequeño Capeto, Luis XVII, hijo del monarca ejecutado. Ha pasado mucho tiempo, pero no olvido al niño que leía la historia de otro niño, el delfín de Francia arrancado a sus padres y por fin huérfano, su oscura suerte y su desaparición en el marasmo revolucionario. Yo tenía su misma edad, y como lector apasionado me proyectaba en cuanto leía: en cierto modo su suerte era mi suerte. Transitar por aquella novela, mediocre comparada con Los tres Mosqueteros, o El conde de Montecristo, me dejó sin embargo en el corazón cierto singular escalofrío. Hasta que el tiempo pasa, nunca sabes qué te echa la vida en la mochila. Y la imagen del pequeño Capeto, el misterio de sus años oscuros o su posible muerte, permanecieron en mí como permanecen los buenos enigmas de la vida, de la literatura y de la Historia, y más tarde se fueron completando con otros libros, Historia de dos ciudades, La Pimpinela Escarlata, algo leído en Balzac o en Feval o en Sue, la Historia de la revolución francesa de Thiers, la biografía María Antonieta de Stefan Zweig, y cosas así. Y es que a veces una lectura en apariencia intrascendente, cualquier página leída al azar en el momento adecuado, inicia una cadena imprevisible que lleva a páginas insospechadas, o a mundos complejos, apasionantes. Por eso me causan tanta hilaridad los estúpidos que desprecian un libro, cualquiera que sea; aún el peor escrito. Porque un libro es un libro pese a que en apariencia no tenga nada dentro, y nadie sabe nunca dónde puede saltar la chispa que abre tantos caminos mágicos. Que se lo pregunten si no a un par de amigos: uno empezó devorando El Coyote y ahora es un experto mundial en misiones franciscanas de California y en la huella cultural hispana en Norteamérica. Otro empezó con Los tres mosqueteros y El prisionero de Zenda, y ahora dirige la Biblioteca Nacional.

El caso, les decía, es que casi cuarenta años después de que yo leyese El caballero de Casarroja, una investigación realizada en las universidades de Lovaina y de Munster ha puesto punto final al misterio. Ha escrito el epílogo de esa historia a la que me asomé fascinado una mañana de lluvia en la biblioteca del abuelo. Muchas veces desde entonces reflexioné sobre la suerte del pobre crío inteligente y enfermizo, nacido para ser rey, que fue arrancado a su madre —drama escalofriante, háganse cargo, para un lector de diez años— y después entregado para su reeducación republicana a un brutal individuo, el zapatero Simón, que lo sometió a vejaciones y malos tratos, antes de perderse en las sombras sin que nadie pudiera esclarecer su suerte. Pero la vida imita a veces a las novelas: uno de los médicos que en 1795 hicieron la autopsia a un niño de diez años muerto de tuberculosis en la prisión del Temple, se había llevado el corazón del pequeño cadáver escondido en un pañuelo. Ese corazón, conservado primero en alcohol y luego momificado, anduvo en diversas peripecias durante dos siglos; hasta que hace unos días el análisis comparativo de su ADN con el de los cabellos de María Antonieta desveló el misterio: el niño muerto en el Temple el 8 de junio de aquel año era el hijo de los reyes de Francia; y su pobre cadáver terminó en una fosa común de París, cubierto con cal viva, Caso cerrado. Y ahora, por fin, casi cuarenta años después de mirarnos él y yo por primera vez a los ojos, el pequeño fantasma que tanto me impresionó al descubrirlo entre las páginas mágicas de El caballero de Casarroja ha respondido por fin a todas las preguntas y descansa en paz en mi memoria. En cuanto al viejo sentimiento de compasión, la verdad es que a estas alturas no sé qué decirles. El tiempo pasa, y cambia nuestro corazón, y aquel niño que leía en la biblioteca del abuelo pudo ver después, y no precisamente en novelas de Dumas, demasiados cadáveres de otros niños que también tenían diez años y estaban en fosas comunes. Y me pregunto, por ejemplo, cómo sería ahora España si aquí hubiéramos tenido la lúcida previsión de guillotinar a Carlos IV y a María Luisa, y a ese pérfido hijo de puta que luego reinó como Fernando VII alguien le hubiera hecho a tiempo una buena autopsia.

14 de mayo de 2000

domingo, 7 de mayo de 2000

Fumar y trincar


Vaya por delante que a Tabacalera y las otras multinacionales del gremio, por mí, les pueden ir dando. Quiero decir que las considero una mafia de golfos apandadores con número y antifaz, como los que salían en los tebeos del pato Donald junto a Narciso Bello, Daisy y el Tío Gilito. Si del arriba firmante dependiera, obligaría a las tabaqueras, a fuerza de ley o mediante la estricta aplicación del artículo 14 — por todo el morro y sin rechistar—, a jiñar las plumas, subiéndoles los impuestos hasta el 99,9 % y obligándolas a financiar programas de salud e higiene pública, y a añadir a cada anuncio tabaquil otro, forzoso y complementario, en el que se viera el aspecto que tienen los pulmones de un fumador cuando el forense, ris, ras, les pega un par de tajos de bisturí al hacer la autopsia. O sea, por un lado esos chicos jóvenes y con ganas de vivir y ganas de marcha que muestra el anuncio dando por supuesto que llevan un paquete de Fortuna o de Winston o de Ducados, o de lo que sea, en el bolsillo de los dockers, y por el otro unas asaduras frescas recién diseccionadas, en su palanganita blanca, chof, con los bronquios carbonizados bien a la vista. Más que nada, por aquello de que validiora sunt exempla quam verba, como dijo no sé quién. Si me permiten la gilipollez.

Digo todo esto, a modo de introducción o proemio, para evitarme doscientas cartas de soplapollos y soplapollas maniqueos que tornan la parte por el todo, y creen que si uno desdeña a una pava es un machista, o si se queja de un cartero insulta al gremio, o si habla de España es de derechas, o si desprecia a Arzalluz desprecia a los vascos, o si pone a parir al Pepé es del Pesoe, o viceversa. Así que ahórrense los sellos. Porque hoy inspiran mi tecleo las tres mil denuncias contra Tabacalera planteadas con motivo del Día Internacional Sin Tabaco, y la primera sentencia, reciente de un par de semanas, en que la empresa tabaquera resultó absuelta en su primera batalla contra los que exigen la devolución del rosario de su madre.

A ver si nos aclaramos. Uno entiende que a todos esos sinvergüenzas que se lucran con el humo que mata a otros, a sabiendas de que el tabaco puede causar cáncer y de que la nicotina es muy adictiva, se les retuerza desde las instancias oficiales el gaznate que más duele, que es el bolsillo, y se les haga solidarizarse con el remedio de los males que tanto facilitan. Nada que objetar a eso. Lo que me produce choteo personal es la pretensión de los damnificados por sacar. Desde hace la tira de tiempo, los consumidores de cigarrillos saben lo que hacen y las enfermedades a que se exponen, y cada paquete que compran indica el riesgo para la salud. Ya no hay fumadores inocentes. Y cuando después —con todos mis respetos y condolencias personales— a uno le extirpan la laringe o le diagnostican un cáncer de pulmón, no le queda otra que joderse como Dios manda; porque el tabaco no es Chernobil ni una mina de cinabrio, ni el tabaquismo es la silicosis, ni uno pasaba por allí, sino que cada pitillo lo saca, lo lleva a la boca, lo enciende y lo aspira con deliberación y disfrute, en acto responsable o irresponsable según cada cual, pero inequívocamente voluntario. Así que eso de las demandas y las indemnizaciones, por mucho que cuenten que se destinará a obras sociales y pías, me suena a lo de siempre: a buscar viruta por la cara. Es, imagínense, como si yo voy a la esquina del Banco de España y empiezo a pegarme cabezazos contra el canto de la pared, pumba, pumba, hasta que me descojono la frente bien descojonada y me quedo hecho un ecce-homo, y luego le pongo una demanda al banco por tener en la calle una esquina que me incita irresistiblemente a golpearme con ella, matizando que es sin ánimo de lucro, y que la pasta que le saque voy a destinarla a atención médica de todos los gilipollas que, como yo, nos paramos en esa esquina a sacudirnos contra el canto.

Así que lo siento, pero no me solidarizo con eso. Aplaudiré de corazón cuando todos los directivos tabaqueros sean ajusticiados en la farola más próxima, pero me niego a aplaudir esa capullada políticamente correcta que, cómo no, también hemos importado de los EEUU. Donde, por cierto, hay una importante diferencia: los punitive damages, como dicen allí, son sumas que se pagan a los perjudicados; pero no con objeto de indemnizar a las víctimas, sino de castigar ejemplarmente al responsable. Aquí, sin embargo, todo lo reducirnos a trincar. Y ya que hoy se me ha puesto el cuerpo plurilingüe, voy a regalarles otra bonita frase: Sua quisque exempla debet aequo animo pati. O sea: cada uno debe sufrir con ánimo tranquilo los ejemplos que él mismo dio. Eso para que luego digan que el latín es una lengua muerta.

7 de mayo de 2000