domingo, 3 de marzo de 2002

Cortaúñas y otras armas letales


Me parece hasta cierto punto lógico, oigan, que los gringos de Bush después de su heroica hazaña de Afganistán y las que vienen de camino, anden acojonados con la seguridad y el terrorismo y toda la parafernalia en los aeropuertos. Y que, por precaución, cuando son vuelos suyos requisen todos los objetos inciso-cortantes que sirvan para decirle a la azafata: Salam Aleikum, mi nombre es Med, Moha-Med, y cuéntale al piloto que vamos a aterrizar en la alfombra del Despacho Oval. Si yo anduviera por el mundo como van ellos, de chulitos de barrio y otra vez haciendo amigos como en los tiempos del entrañable Kissinger, premio Nobel de la Paz -el hijoputa-, también me subiría a los aviones con cierta congestión en la garganta. Así que resulta natural que cuando pasas con un sable de caballería bajo el brazo, el aparato haga tirurí, tirurí, y el rambo que masca chicle te confisque el sable. Están en su país y en sus compañías aéreas, de manera que con su pan se lo coman, y son muy dueños de intervenir todo objeto metálico, incluido el Diu de las barbies de las pequeñas Nancys que vuelan con sus papis a Disneylandia, que ahí me las den todas. Cada uno se lo monta como puede.

Lo que ya no me hace puñetera gracia es que contagien su histeria a todo el mundo. Si me subo en la Air Camerún, por ejemplo, o como se llame la Iberia de allí, es poco probable que un terrorista desalmado utilice un clip de sujetar papeles para degollar al piloto y estrellarse contra la estatua de la Libertad. Le pilla un rato lejos. Y es más: si de veras hace eso con un clip, olé sus cojones y la próxima copita se la pago yo, incluso aunque me pille a bordo, que ya sería mala suerte. Y lo que digo de Air Camerún lo digo de cualquier otra compañía. Una cosa es que confisquen cuchillos, navajas, bisturís y cosas así, y otra muy distinta que ya ni te dejen llevar encima los objetos cotidianos, domésticos, que no sólo es dudoso que un terrorista comme il faut utilice para sus homicidios y tal, sino que además necesitas tenerlos a mano. Factúrenlo, te dicen. Pero es que a lo mejor el objeto en cuestión te hace falta precisamente durante el viaje. Un cortaúñas, por ejemplo. A ver cómo te arreglas una uña en un vuelo trasatlántico de Iberia después de partírtela mientras intentas arreglar la luz de lectura del techo que no funciona. Además, ya me contarán ustedes, si sólo viajas con una bolsa de mano, cómo carajo vas a facturar un cortaúñas. Dónde le cuelgas la etiqueta.

La verdad es que ya hacemos el ridículo con tanta confiscación y tanta leche. No hay forma de comer con esos cuchillos de plástico que te dan ahora, que se parten o se doblan y con los que siempre terminas tirándole encima una patata hervida al vecino. En Nueva York me dejaron sin cortaúñas -imagínense un ataque suicida de tres integristas islámicos armados con cortaúñas-, en París sin cuchilla de afeitar, y en Madrid un amable guardia civil me informó de que ya no puedo llevar encima, cuando vuelo, la navaja suiza multiuso que me estuvo acompañando, en las duras y las maduras, durante los últimos treinta años de mi vida. La gota rebosó el vaso el otro día en el aeropuerto de Méjico, cuando la torda de seguridad me confiscó un mechero Bic de la bolsa de mano, después de haberle retirado a una señora que iba delante las pinzas de depilarse las cejas. Lo pintoresco es que además del mechero yo llevaba una caja de cerillas en la bolsa, y ésa no la detectó el aparato; de manera que, pese a tanta seguridad y tanta murga, de haber pretendido inmolarme al grito de Dios es grande, pegándole fuego a la moqueta del avión sobre el cielo de Cuernavaca, yo no habría tenido el menor problema. Manda huevos.

Y es que eso es lo chusco del invento. Lo mucho que toda esta paranoia de inspiración gringa incurre en la gilipollez. Puestos a quitarte unas cosas y dejarte otras -porque es imposible eliminarlas todas salvo que al final nos hagan viajar en pelotas-, ya me dirán ustedes qué diferencia va de unas pinzas de depilar al frasco de vidrio de la colonia que te dan con el neceser en los vuelos largos, un bolígrafo metálico, un tenedor, unos cristales de gafas de sol rotos de la forma adecuada. Recuerdo que, en mis jóvenes tiempos de vida heterodoxa y poco ejemplar, un viejo amigo me enseñó a convertir vulgares objetos cotidianos en armas bastante cabroncetas y letales -nacked kiff, creo que lo llamaba, o algo así-, y eso incluía un cordón de zapatos, un diario enrollado, una tarjeta de crédito, una chapa de cerveza o unas llaves. Así que, ya metidos a confiscar, calculen la lista. Porque siempre puede uno, metido en faena, estrangular a la azafata con el cinturón de Ubrique, degollar al del Sepla con el peine, o secuestrar el Boeing amenazando con la última canción veraniega de Georgie Dan. Con cualquier novela de Alejandro Gandara o Baltasar Parcel o con la lectura en voz alta -metafísica, oye, que te vas de vareta-, de la página de Paulo Coelho.

3 de marzo de 2002

domingo, 24 de febrero de 2002

Dos llaves de oro


Tengo una insignia de solapa con dos llaves doradas. Me la dio el otro día José Cándido Remujo, conserje del hotel Colón de Sevilla, que es allí mi hotel de toda la vida, o casi, desde que hace diez años pasé cierto tiempo pateándome la ciudad para una novela. José Cándido pertenece a esa clase especial que da categoría a los grandes establecimientos hoteleros. Quería agradecerme así, dijo, el homenaje que en El club Dumas dediqué a su oficio en el personaje del conserje Grüber. Y fíjense. Aunque nunca uso insignias -ni siquiera una con dos floretes de oro que me regaló un querido amigo-, agradecí el detalle. Desde hace treinta años, cuando empezaba a ganarme la vida, aspiré siempre a gozar de la benevolencia de esos individuos serios, vestidos de oscuro, imponentes con sus llaves cruzadas en las solapas, que entonces enarcaban una ceja cuando me veían entrar con los tejanos, la camisa descolorida y la mochila al hombro. Después, el trabajo y la vida me convirtieron en cliente habitual. Pasé mucho tiempo tratándolos, observando su forma de trabajar, su actitud al recibir propinas, su modo de dar las llaves o de solucionar un problema. Hice así mi composición de personajes, extraje conclusiones, aprendí a conocerlos. A conseguir su eficacia, su favor. A veces, su amistad.

Sólo quien vive mucho en hoteles sabe hasta qué punto recepcionistas, telefonistas, porteros, camareros y conserjes pueden hacer grata la vida, o fastidiarla. Pero eso no se improvisa. Hacer de la atención al cliente un trabajo honorable, aceptar su dinero y no perder la dignidad sino todo lo contrario, establecer la sutil distancia entre servilismo y profesionalidad, sólo está al alcance de unos pocos. De gente con casta y maneras. Y eso también se estudia, se aprende, se practica. También ahí existen viejos maestros de pelo blanco que se jubilan dejando como sucesores a jóvenes discípulos. Y, en el escalón más exclusivo de ese mundo especial, los conserjes de los grandes hoteles internacionales son raza aparte. La élite. Observar, entre otros, a José Castex en el Ritz de Madrid, a Maurizio en el Danieli de Venecia, a Philippe en el Crillón de París, a José Cándido en el Colón de Sevilla, verlos orientar a los clientes, resolver problemas, telefonear para una reserva de mesa, aceptar una propina espléndida o miserable con la misma amable indiferencia, es una lección de tacto, eficacia y maneras. Pero también eso termina, me comentaban la otra tarde en el mostrador del Colón, cuando lo de la insignia, José Cándido y un par de compañeros, recepcionistas veteranos. Hasta hay grandes hoteles de toda la vida, apuntaban escandalizados, que ahora quitan las llaves de las solapas a los conserjes, como si las llavecitas fuesen un hierro infamante en vez de un signo de tradición, de confianza y de clase. Y el personal de hostelería se improvisa ya de cualquier modo, y los profesionales de los sitios legendarios se jubilan y a veces los sustituye cualquier zascandil que -como algunos clientes- confunde la dignidad con la mala leche y la cortesía con el compadreo. Así, lo mismo valemos todos para un cocido que para un zurcido. Y los hoteles, incluso los mejores, dejan de ser lo que eran.

Me miraban los tres, dignos y serios. Melancólicos. A lo mejor, respondí mientras daba vueltas entre los dedos a la insignia, sí quedan algunas cosas. Satisfacciones reservadas para quienes conocen las reglas no escritas, clientes que todavía saben apreciar matices, guiños a los viejos tiempos. Recompensas especiales, si uno sabe advertirlas: la leve sonrisa cuando uno de ustedes dobla el billete de la propina y se lo mete en el bolsillo agradeciéndolo de veras, el gesto al entregar la llave o hacer éste o aquel servicio, el detalle no exigido por el reglamento, la mirada de inteligencia cómplice cuando a tu lado, en el mostrador, un animal de bellota, cuya única autoridad es tener dinero, ser famoso de papel couché o manejar tarjetas de crédito ajenas, exige esto o lo otro, grosero y prepotente. Y a veces, como privilegio especial, alguno de ustedes se quita la máscara impasible para regalarte una insignia, o una conversación amistosa, recogida y discreta: momentos, experiencias. Sus recuerdos. El día en que siendo mozo de equipajes llevó las maletas de Marlene Dietrich. La borrachera de Orson Welles. La bronca de Onassis y la Callas. Manolete vestido de luces. El champaña de Coco Chanel. Ava Gardner rumbo a su habitación, de madrugada, los pies descalzos sobre la moqueta....

Eso dije, más o menos. Y cuando llegué a lo de Ava Gardner, aquellos tres hombres graves, vestidos de oscuro, se miraban y sonreían. Ava Gardner, suspiró uno, el de más edad. Guapísima. Si yo le contara. Entonces nos acercamos un poquito más unos a otros, allí, en el rincón del mostrador. Y él nos empezó a contar.

24 de febrero de 2002

lunes, 18 de febrero de 2002

La foto del abuelo


Es que ya no respetan ni los bolígrafos. El otro día se acabó la tinta del último rotulador: marca La Pava, modelo Equis Cuatro, azul de punta gruesa. En ciertas cosas soy de piñón fijo, y si algo me gusta o le tomo cariño me paso usándolo el resto de mi vida, si me dejan.

Y ahí surge el problema. Que no me dejan. El Equis Cuatro sirve de muestra. Todas mis agendas y mis cuadernos de notas de los últimos tiempos están anotados con el mismo tipo de rotulador. Antes usaba el Equis Uno, pero en los aviones, con los cambios de presión se salía la tinta y siempre terminaba blasfemando en arameo, los dedos y las camisas hechos una lástima y pidiendo auxilio a las azafatas. Mi compadre y colega Juan Eslava Galán me regaló un Equis Cuatro, que no se sale a nueve mil pies, y me quedó la costumbre. Hasta que el otro día, como digo, cuando fui a la tienda, la dependienta me quiso colocar un modelo diferente. Ni lo sueñes, dije. Quiero Equis Cuatro, como siempre. No hay, dijo la torda; pero éste es mejor. Me importa un huevo de pato que sea mejor, respondí. Quiero mi Equis Cuatro azul de punta gruesa. Pues ya no lo fabrican, respondió con un toquecito borde, como diciendo a ver de qué va el best seller de los huevos. Se ha pasado de moda, y ahora hacen el Superequis Fashion Rotuling, con carcasa anatómico forense y capuchón holográfico fosforito que cambia de color según el ángulo en que lo mires. Que es lo último y mola un mazo. Pero si el otro era estupendo, protesté. Era la hostia en verso. Ya, contestó. Pero la gente se cansa. Quiere innovación. Novedades.

Me batí en retirada, hecho polvo. Porca miseria. Otra crucecita más en la lista de bajas. Mi padre, pensaba, palmó usando siempre la misma marca de loción de afeitar, idénticos zapatos, las mismas corbatas. Mi abuelo estuvo comprando el mismo tipo de sombrero panamá durante toda su vida. Y resulta que yo no puedo escribir seis meses seguidos con el mismo boli.

Ni tampoco usar los mismos pantalones ni las mismas camisas. Basta, por ejemplo, que me acostumbre a las de cuadritos azules, para que a alguien se le ocurra que lo que se llevará el año que viene serán los cuadros rosa de a palmo. Entonces vas a la tienda, y absolutamente todas las putas camisas son de color rosa con cuadros de a palmo; y encima, cuando el dependiente oye que te ciscas, por orden alfabético en toda la promoción del lago de Tiberíades, piensa que eres un reaccionario y un carcamal. Antiguo, te dice. Que es usted un poquito antiguo, señor Reverte. Y así con todo: los zapatos, los calcetines, las corbatas. Porque no vean lo de las corbatas, yo que las usaba -por suerte conservo alguna- oscuras, de punto, lisas. O lo de los calzoncillos; porque según en qué tiendas, encontrar unos de algodón blanco normales, sin corazoncitos ni rayas fucsia ni pintas malva, se ha convertido en Misión Imposible IV. En cuanto hay algo que usas de toda la vida o algo nuevo con lo que te sientes cómodo, de pronto un diseñador imaginativo y la madre que lo parió deciden cambiar la línea del asunto, y te dan por saco, pero bien. Todo, por supuesto, independiente de la calidad o la utilidad del objeto. La gente se cansa, dicen. O más bien la hacen cansarse porque lo conocido ya no es tan rentable y lo nuevo sí; y otra vez vuelta a empezar, y cada temporada una línea diferente, un producto o un envase distinto, pata ancha, pata estrecha, caja baja, caja alta, colores tal o cual. Y entonces tropecientos millones de soplapollas y soplapollos arrinconan alegremente lo que han estado usando hasta ahora con enloquecido entusiasmo, y se instalan con el mismo entusiasmo en la nueva onda. Gastándose, por cierto, una tela. Lo malo es que también me obligan a gastarla a mí; porque ahora, cuando veo algo parecido a lo que siempre usé, me abalanzo, aparto a los otros clientes echando espumarajos por la boca, y arrebato cuantas existencias puedo, alejándome con mis paquetes entre lunáticas carcajadas. Juá, juá. Resistiré, mascullo mientras calculo cuánto aguantará mi reserva logística. Resistiré y no podréis conmigo, hijos de la gran puta. Entre todos esos manipuladores de la moda y el diseño me han vuelto un paranoico, o un psicópata, o como carajo se diga; y en mi armario, como en la bodega de Ciudadano Kane, se amontonan camisas idénticas todavía dobladas y sin usar -quince azul claro y dieciocho de cuadritos-, calcetines azul marino, tejanos de los de toda la vida, frascos de jabón líquido Multidermol, colonia Nenuco, cepillos de dientes Phb super-ocho azules, tres pares de zapatos de reserva, siete Fluocariles en tubo pequeño, catorce cajas de Actrón, ochocientas treinta y cinco maquinillas de afeitar Wilkinson... El armario parece una sucursal de Pryca -o como se llame eso ahora-, y yo allí como un idiota, contando y volviendo a contar con aire tacaño, angustiado por el futuro. Rediós. Parezco el tío Gilito por culpa de todos esos cabrones.

17 de febrero de 2002

domingo, 10 de febrero de 2002

Corbatas y don de lenguas


Reconocerán que fue un bonito espectáculo. Una de esas cosas plurales y modernas, para que luego digan que no atamos los perros de la diversidad con longanizas. Fue uno de esos momentos brillantes de la cosa nacional, o de lo que carajo sea esto, que luego, cuando viajas, hacen que intentes pasar inadvertido cuando la gente pregunta de dónde eres. Apátrida, dices. Yo soy apátrida. Primero por vergüenza, y luego por ignorancia. O sea, que realmente hay días en que me levanto y no sé de dónde coño soy. Y es que observen el cuadro. Estrasburgo. Parlamento europeo. Solemne apertura. España, es decir, nosotros -aunque lo de nosotros sea un anacronismo- estrenando presidencia. Todo cristo mirando. El presidente Aznar muy repeinado. Los ministros con la cara lavada y las uñas limpias, luciendo esas espantosas corbatas verde o rosa fosforito que ahora usan todos los políticos y que son, hay que joderse, el non plus de la elegancia. Todo, en fin, a punto de caramelo para que Europa se entere de que, pese a que nuestra política exterior y nuestra defensa las lleva el Pentágono, y de que nuestra política cultural la lleva Carmen Ordóñez con la bisectriz de su ángulo obtuso, en cuestiones europeas no hay quien nos moje la oreja, y que desde Carlomagno no hubo paladín de la cosa como la España que viste y calza. Todo en ese registro, les digo, con los telediarios y sus enviadas especiales en plan burbujas de Freixenet. Y entonces empieza el espectáculo.

En francés. Les juro por mis muertos que el representante de Esquerra Republicana de Cataluña habló en francés, que aunque le da cierto aire al catalán no es lo mismo ni de coña, y tiene la ventaja de que lo habla más gente. j'ai perdu ma plume dans lejardin de ma tante, dijo, para expresar el deseo de que la República Catalana acabe figurando en la Unión Europea, y luego, resumiendo, visca Catalunya Iliure dins una Europa Unida, apuntilló al final, y tengo mucho gusto en invitar a estos señores a una copita. Tomaban aplicadamente nota de todo los parlamentarios europeos, cuando el representante de Batasuna hizo uso de la palabra para pronunciar su discurso, no en euskera -que tal vez no sea una lengua lo bastante extendida todavía en el ámbito comunitario como para que los parlamentarios europeos capten matices y sutilezas-, sino en fluido inglés de Shakespeare, ladys and gentlemans, my taylor is rich y todo eso. No sé cómo siguió la cabalgata, la verdad, porque a tales alturas del asunto fui a echar una carrera por el monte para que mis carcajadas no despertaran al vecino, un chaval que curra por las noches; así que me perdí las otras intervenciones de representantes de las naciones salvajemente oprimidas por la España Que Nunca Existió. Imagino, conociendo el percal, que después algún gallego se expresaría en italiano, porca miseria y todo eso, la recita quotidiana del Rosario era finita y el príncipe Salina etcétera, algún canario en alemán, donner und blitzen o como se diga, y algún extremeño en el bonito dialecto occidental de las islas Fidji: Alolúa Ula-Ula manguti. Lo que, en traducción libre, viene a significar que aquí cada perro se lame su cipote.

De modo que, tras ese descenso del Espíritu Santo en forma de don de lenguas sobre Estrasburgo, preveo una inolvidable presidencia española de la Unión Europea. Pintoresca y apasionante, pasmo de propios y extraños. Como para firmar autógrafos. Y así, amén de probar a Europa y al mundo que ni puta falta hace ir por ahí con esa otra lengua cutre, abyecta, utilizada por Miguel de Cervantes y Francisco de Quevedo entre otros notorios escritores franquistas -que diría el fino crítico y/o analista literario Ignacio Echevarría-, lo que va a quedar muy claro en Europa durante los próximos meses es que España, o como llamen ustedes a esto que tenemos aquí, y después de un cuarto de siglo de generosa respuesta a todo tipo de reivindicaciones regionales, ya no es sino lo que la dinámica impuesta por los nacionalismos aldeanos le permite ser: un concepto difuso, vergonzoso e intrínsecamente perverso, donde las únicas identidades históricas y culturales respetables son las que esos nacionalismos poseen, o se inventan. Incluido -que tiene huevos en boca de paletos expertos en acojonar al vecino, clientela comprada y garrotazo en la mesa-, el certificado de calidad de lo que es democrático y lo que no. Y lo más insólito es que a la palabra España, que lleva circulando veinte siglos, la hayan vaciado de contenido con tan pasmosa facilidad y sin esfuerzo, gracias a una eficaz combinación de astucia y estupidez: astucia para rentabilizar fanatismo propio y estupidez ajena. Todo eso, cociéndose entre una clase política a menudo inculta, acomplejada, bajuna, tan miserable cuando gobierna como cuando rumia revanchas de tuertos y ciegos en la oposición. Y que encima, por si fuera poco, tiene el mal gusto de ponerse esas corbatas.

10 de febrero de 2002

domingo, 3 de febrero de 2002

Las carcajadas del ministro


Pues resulta que tengo delante una foto de prensa, con el ministro de Exteriores español de visita donde Ariel Sharon, en Jerusalén por más señas. Y lo chocante de la foto es que el titular de la noticia dice que Sharon niega a Josep Piqué las peticiones de la Unión Europea para que suavice la presión sobre Palestina. O sea, traducido del hebreo, que a Piqué y a la Europa que representa acaban de ponerlos mirando a Triana pero bien, en plan puedes meterte la mediación, chaval, donde te quepa. Y resulta que, en la foto, la cara del ministro europeo-español parece todo lo contrario, porque Sharon tiene cara de cabrón con pintas y mucha guasa, y el jefe de la diplomacia española está en plena carcajada, juas, juas, encantado, o eso parece, de estar allí ante los flashes para decir que Israel no le hace ni puto caso, qué risa Basilisa, este don Ariel que nos sale con que verdes las han segado y que Tsahal, o sea, sus tanques Merkava y compañía, van a seguir dándole a los infames y prepotentes terroristas palestinos -recordemos que todos los terrorismos son clavaditos unos a otros, según José María Aznar- hasta en el cielo de la boca durante todo el tiempo que les salga de los huevos. O más.

A lo mejor es porque todos los terrorismos son iguales por lo que Josep Piqué se ríe tanto en la foto. Porque si no lo fueran, si hubiera aunque fuese la más mínima diferencia entre un heroico gudari que pone coches bomba junto al Corte Inglés y un cobarde rastrero palestina que con unas granadas y un Kalashnikov va a suicidarse vilmente a un puesto militar israelí, o hubiera alguna diferencia entre un kaleborroka hasta arriba de cerveza que quema un cajero automático y un niño palestino de ocho años que, descalzo, la emprende a pedradas contra soldados armados con fusiles de asalto y balas de verdad, entonces el ministro español, u otro ministro de Exteriores o representante europeo cualquiera, en vez de reírse tanto en plan qué simpático es el gordo este, cagüendiela con el Arielito, qué grasia y qué arte tiene el jodío judío, estaría serio como un ciprés a la hora de hacerse la dichosa foto. Estaría, digo yo, con cara digna y de mala hostia, para que quede bien claro que al animal que tiene al lado se la traen floja las mediaciones y está dispuesto a seguir, desde su posición de fuerza, machacando impunemente a quienes la cobardía internacional, la complicidad de Estados Unidos y las risitas blandas de ministros y mediadores, entrega a diario, maniatados, a sus opresores y verdugos. Y que éstos, con Piqué y sin Piqué, con Europa o sin ella, seguirán pasándose por el ojete todas y cada una de las resoluciones de Naciones Unidas. Pero la verdad, no sé de qué me extraño. La risa del representante de la Unión Europea junto a Sharon me recuerda aquella otra risa que en circunstancias parecidas le salía a mi mediador favorito, Javier Solana, entonces también ministro de Exteriores español, y luego secretario general de la OTAN -no sé qué carajo será ahora mi primo, pero seguro que sigue siendo algo-, cuando se fotografiaba junto a Milosevic, Karadzic y sus generales chetniks, al principio de la guerra de Yugoslavia, con lo de Croacia y Bosnia y todo aquello de lo que ya casi nadie se acuerda. También entonces, mientras las tropas serbias saqueaban y asesinaban, y Sarajevo era un matadero, y los únicos que lo denunciaban eran los reporteros que allí trabajaban y morían, Javier Solana se rió un huevo y parte del otro estrechando la mano a todos aquellos cerdos carniceros. Y mientras sus correveidiles del Ministerio español de Asuntos Exteriores pedían a los responsables de TVE que presionaran a sus reporteros para que no entorpecieran el compadreo y fuesen objetivos y equidistantes entre las mujeres violadas y quienes les cortaban el cuello, el ministro Solana multiplicaba conferencias de prensa para decir, siempre con bonitos plurales, estamos en ello, tenemos perspectivas, llevamos la negociación por buen camino, tenemos que escuchar a las partes. Todo con mucho apretón de manos y mucho pasar la mano por el lomo y muchas fotos tronchándose de risa, ji, ji, en vez de poner los cojones de Europa sobre la mesa y parar los pies a todos aquellos psicópatas asesinos que, envalentonados, aún iban a seguir varios años metiendo las manos en el barreño de vísceras, hasta los codos. Así estuvo la miserable Europa, mareando la perdiz hasta que se desbordó el río de sangre y Estados Unidos tomó cartas en el asunto. Pero con lo de Israel y Palestina, y sobre todo después del 11 de septiembre y Afganistán y toda la parafernalia, Estados Unidos lo tiene clarísimo, y a Sharon y a quienes a lo votaron se los ve encantados de la vida: Osama Ben Laden es su milagro de Lourdes particular. Así que a la diplomacia europeo-española no le queda otra, como de costumbre, que llevar el botijo y reír los chistes cuando se hace fotos con los hijos de puta.

3 de febrero de 2002

domingo, 27 de enero de 2002

Lejos de los aplausos


El bar de Lola está tranquilo esta noche. Música suave y las luces del puerto tras la ventana, al extremo de la calle. Tararí tarará, suena la minicadena colocada entre dos botellas de Fundador, en un estante. Es la hora de los amigos que saben estar callados. El Piloto, Octavio Pernas, el gallego irreductible, y Pepe Sánchez, el malagueño de Cuevas del Becerro, beben a mi lado, apoyados en la barra, sin abrir la boca. Lola seca vasos al otro lado, o se entretiene haciendo cuentas de pesetas a euros. De vez en cuando le miramos el escote y seguimos bebiendo en silencio. Se está bien aquí, así. Callados, mirando. Pensando.

Y qué pasa, dice de pronto Pepe Sánchez, cuando a Manolo, el último héroe, se le acaba el partido. Dice eso y los otros nos quedamos inmóviles sobre nuestras ginebras azules, y hasta Lola se para con un vaso en alto, a medio secar. Pero Pepe no se corta. Qué pasa, insiste, cuando el artículo que escribiste sobre el futbolista Manolo, ¿te acuerdas?, se convierte en un viejo recorte amarillo. Cuando pasa el tiempo y la gente se olvida de él, y sus compañeros de equipo y su entrenador sólo recuerdan que pudo meter el gol y no quiso, por tirárselas de hidalgo. Y entonces, al cabo de unos días, van y lo echan a la puta calle. El Piloto me mira, leal como siempre, seguro de que tengo una respuesta adecuada para eso. Y Octavio se ríe por lo bajini. Pasa, comenta el gallego, que Manolo no es el último héroe sino el último gilipollas. Pasa que le dan por saco bien dado. Que, como premio a su noble, termina en el paro y ya no le ficha ningún club. Que al final la vida demuestra que quienes tenían razón eran aquellos a quienes nunca importó cómo ganar el partido. Que los que juegan sucio pero ganan son halagados y agasajados en todas partes, y que a estas horas el pobre Manolo estará tirado en una esquina, sin que nadie se acuerde de él. Algunos lo sabemos por experiencia.

El Piloto sigue observándome sin abrir la boca. Dí algo, apremian sus ojos grises. Seguro que puedes cerrarles la boca a estos colegas. Pero yo no estoy tan seguro. Acabo de leer la historia de Santos González Roncal, el trompeta aragonés de Baler, otro último héroe, precisamente uno de los últimos de Filipinas, que estuvo sepultado durante mucho tiempo en una tumba sin cruz ni nombre después de que, ya anciano, un grupo de falangistas y guardias civiles lo fusilaran en el 36 mientras pedía en vano que antes le permitieran ponerse su vieja casaca con sus medallas. También acabo de oír la historia de los honorables jueces que el otro día excarcelaron a un par de narcotraficantes en vísperas del juicio. Acabo de leer y de oír y de mirar como cada día. Y tal vez, Piloto, tengan razón estos dos aguafiestas, concluyo hundiendo la nariz en mi vaso. Los dos aguafiestas ni se inmutan. Lola me mira muy fijo. Te encuentro bajo de moral esta noche, comenta. Es que, respondo, vivo en España, y a veces me doy demasiada cuenta.

Y sin embargo, dice el Piloto. Lo miramos esperando que siga, pero ya no sigue. Ha dicho cuanto tenía que decir, así que enciende un cigarrillo y mira por la ventana hacia las luces del puerto. Pero yo sé lo que dice sin decirlo. Sin embargo, recuerda su mirada silenciosa a veces te pega el levante duro allá afuera y estás solo y no hay público que aplauda ni cristo bendito que te ayude, y puedes elegir entre echarte a llorar o apretar los dientes y pelearte con la mar y con Dios. O estás solo en casa, o perdido en mitad de una calle o de la vida, o cavando tu propia fosa con un fusil en el cogote sin que te dejen ponerte las viejas medallas, y te dices bueno, claro, la verdad es que con claque y aplausos puede ser héroe cualquier tonto del culo a poco que lo animen. La cuestión es cuando estás perdido igual que Pulgarcito, solo como un perro, y ves las cosas como son, y no te haces ilusiones sobre el momento en la plaza de tu pueblo, y a fin de cuentas el asunto se dirime entre tú y tú mismo. Con mucha suerte, en el mejor de los casos puede haber una mujer, un hombre, tal vez un hijo que te miran. Que comprenden, o no. Que saben por qué haces lo que haces y no lo que no haces, o que un día, rebobinando la escena, quizás lo sepan. Y si no pues oye. Qué cojones. Tampoco tiene tanta importancia. Todo eso dice el Piloto en el bar de Lola sin abrir la boca. Y Octavio y Pepe Sánchez lo escuchan como yo; y a regañadientes inclinan la cabeza y asienten al fin, porque saben que el Piloto tiene razón. Entonces Lola cambia el cedé en la minicadena, y entre las botellas polvorientas de Fundador suena Yo te diré. Por los héroes, comenta alguien, levantando la copa azulo tal vez no lo comenta nadie, sino que viene en las palabras de la canción. Entonces todos levantamos la copa, despacio, y Lola nos mira y dice: a ésta os invito yo.

27 de enero de 2002

domingo, 20 de enero de 2002

Una de Tebeo


Acabo de enterarme de que José Sanchís Grau, el gran Sanchís de mi infancia, ha recuperado los derechos sobre su gato Pumby, el personaje cuya propiedad intelectual le fue arrebatada por un editor desaprensivo y listillo, y no saben lo que me alegro. He sabido así, además, que Pumby nació en 1952, sólo unos meses más tarde que el arriba firmante y que el vecino de las almas tan blancas y la negra espalda. Los tres tenemos, por tanto, los mismos tacos de almanaque en la ejecutoria; e ignoro si el perro inglés leía Pumby o se dedicaba a Shakespeare desde su más tierna infancia, aunque me consta que ambos coincidíamos, en torno a los ocho o nueve años, en profesar la regla de los Proscritos junto a Guillermo, Pelirrojo, Douglas y Enrique. En lo que a mí se refiere, reconozco públicamente que antes de eso y de los Mosqueteros, y de los tripulantes del Pequod y Scaramouche y el capitán Blood, antes incluso de Tintín y el capitán Haddock, el primer personaje de ficción y aventura que adopté como amigo, guardándole lealtad inquebrantable, fue el gato Pumby, y lo recuerdo como si fuera ayer. Yo acababa de salir de mi primer desengaño amoroso con Beba la Enfermera, a la que imaginaba novia del urbano Ramón, que con su pito para la circulación. Era un lector ávido de cuatro o cinco años, en busca de amigos con los que viajar lejos y multiplicar mi vida por cientos de vidas ajenas y maravillosas, apropiándomelas. Y entonces descubrí los tebeos, y en ellos conocí a Pumby, ese gato negro de sangre fría y valor acreditado, con su cascabel y su pantalón rojo corto. Con él amé castamente a la gata Blanquita -fue Sigrid, reina de Thule, quien después barrió esa castidad de mi joven corazón- y seguí los sabios consejos del profesor Chivete; que por aquella época, junto al profesor Franz de Copenhague, simbolizaba para mí el colmo de la sapiencia. Y cada vez, al llegar a la última página, me daba una vuelta por Varsoniova -creo que se escribía así- en compañía del entrañable Soldadito Pepe.

Ahí empezó todo. En ese tiempo, igual que en la edad adulta pasa con los libros, tebeos eran como las cerezas: tirabas de uno, y éste arrastraba otros. Comprando Pumby cada semana descubrí en el quiosco al pato Donald, al primo Narciso Bello y al tío Gilito, a Goofy y al buen Pluto. Y junto a ellos, a Mendoza Colt, El capitán Trueno, Roberto Alcázar y Pedrín, El Guerrero del Antifaz, El Jabato, y El Cachorro. Todos ellos se apilaban en el armario de mi dormitorio, y los leí tanto que mi madre los hacía encuadernar para que durasen un poco. Una de las más claras imágenes que conservo de entonces es la de mis amigos -Antoñito Rafael, Paco Cordobés, Jorge Cortina, los Ruscalleda- tirados en el suelo o en el jardín, leyendo -les dejaba los tebeos a cambio de sus bicis-, pues acudían a mi casa como a una biblioteca. Hasta los ocho o nueve años, que es cuando los libros de la colección Historias, y los de Cadete, y Guillermo Brown y los viejos volúmenes de la biblioteca de mis abuelos empezaron a arrinconar tebeos, el género alcanzó su máximo esplendor entre mis lecturas con el descubrimiento de un nuevo filón: las traducciones americanas de Superman, Batman, RoyRogers, Gene Autry, Red Rider, el Llanero Solitario, y mi favorito gringo, el enlutado sheriff Hopalong Cassidy, y la guinda, el canto del cisne del tebeo antes de abandonarlo para siempre -Tintín era otra cosa, como más tarde Corto Maltés-, fue la colección Hazañas Bélicas, donde conocí a alguien que sería decisivo en mi vida: Donald, el reportero de guerra, y más tarde, casi al final, Johnny Comando y el cabo Gorila. Todos esos tebeos, leídos y releídos hasta que se deshicieron entre mis manos -tuve la suerte, hoy inconcebible, de no conocer la tele hasta los doce años-, desbrozaron caminos, prepararon el terreno para que los libros que llegaron después se instalaran sólida y definitivamente. Aguzaron mis sentidos como lector, dotándome de ese instinto de cazador que caracteriza al devorador de relatos: el que sabe reconocerlos, disfrutarlos y apropiárselos sin vacilación y sin complejos, haciendo que formen parte de su vida para siempre.

Por eso escribo hoy sobre Pumby, y por eso sonrío mientras tecleo estas líneas. Hace cuarenta y cinco años contraje una deuda con él y con el hombre que lo creó. Y al enterarme de que José Sanchís ha recuperado sus legítimos derechos sobre el personaje, y también, con ese motivo, de que su felino cumple los mismos años que yo, he querido dedicarles esta página a los dos. Siempre desprecié a quien olvida sus deudas; por eso procuro recordar y saldar, si puedo, las mías. Celebro que el camino que en cierto modo empecé con Pumby me conceda ahora el privilegio de rendir este homenaje a tan viejo amigo, compañero de los primeros pasos por la lectura, por la aventura y por la vida. Así que gracias por ese gato, maestro.

20 de enero de 2002

domingo, 13 de enero de 2002

El beso de Cinthia


La noche es de música, humo de cigarrillos, cerveza Pacifico y tequila en el Don Quijote de Culiacán, Sinaloa. Mis amigos celebran un negocio reciente, y además, como cada día, el hecho milagroso de seguir vivos. Son cinco, de esos que llevan las chamarras puestas como si tuvieran frío en todas partes: bultos sospechosos en la cintura, botas de piel de serpiente, tejanas cien equis, gorras de béisbol de los Tomateras de Culiacán, mucho oro grueso encima. A la entrada, el portero que maneja el detector de metales se apartó con una sonrisa, sin cachearlos. Quihubo, señores. Qué onda. De siete a doce el Don Quijote es territorio narco, y de once en adelante es territorio gay; de forma que, durante una hora, ambas parroquias coexisten sin problemas, reinonas teñidas de rubio y caras morenas y rasgos duros, bigotazos y evidente peligro. Las cervezas caen de veinticuatro en veinticuatro, mientras en el escenario alguien canta «Lo que sembré allá en la sierra», coreado por el público.

- ¿También vas a sacar esto en tu novela, compa?
- A lo mejor.
- Pos me gustaría saber leer, para leerla. Se parten de risa.

Luego la seguimos en el Lord Black. Un téibol. Música discotequera. Hembras de infarto bailando desnudas en la pista mientras caen botellas de Remy Martín. Cada vez que insisto en pagar una ronda y logro que me dejen, la banda magnética de la American Express salta hecha confetti. Estos pinches cabrones, digo en voz alta, se gastan en una noche lo que yo gano en un mes. Pos ganas bien poco, güey, dice uno. Y otra vez se descojonan de risa.

Aparece Cinthia. Llevamos viniendo al Lord Black cinco noches seguidas, y Cinthia es como de la familia. Alta, rubia, un cuerpazo que quita el hipo, en su esplendor absoluto sin trampa ni cartón. Nos baila en la pista, a un metro. Al terminar su número, previo pago de cien pesos, las chicas bajan y le bailan a uno encima, sentadas en sus rodillas o donde se tercie. Por treinta pesos más, el baile es en un reservado. Sólo eso, baile. Desnuditas y en requetecorto, pero baile. Los cuates se invitan unos a otros. Báilale a mi compa, chavita. Y ella te baila durante cinco minutos exactos, que en el reservado son diez. Mis amigos se lo pasan de a madre mandándose chicas unos a otros, y me incluyen en las rondas. Yo hago lo mismo, claro. Báilale al Batman, guapa. O a ese del bigote que se llama Lupe Garza. Cuando llega mi turno, pongo cara de tipo duro y bebo mi coñac sin pestañear, como quien no se da por enterado, mientras las chichotas de la morra se balancean contra mi nariz.

Cinthia se nos para delante, espléndida, los brazos en jarras. Díganle al pinche español que o esta vez me invita a los reservados o le monto un escándalo. En medio del jolgorio general, el Batman saca un fajo de billetes. Pos ándele nomás, mi güera. Que yo invito al señor. Protesto, pero Cinthia me agarra de la mano y todos me empujan y me meten en el reservado y se quedan afuera cantándome «saben que soy sinaloense, p'a qué se meten conmigo». Así que me siento, y Cinthia se sienta en mis rodillas, me pone una teta casi encima de cada hombro y me dice que le cuente cosas de España y si es verdad que escribo libros, y yo le digo vale, te cuento, pero no te muevas, que me vale así, quietecita, sin baile. Que tampoco soy de piedra. Y hablamos un rato como personas, y le pregunto cosas que me interesa saber, y Cinthia me dice que el trabajo allí es sólo provisional, que está ganando mucho dinero mientras estudia para actriz, y que dentro de unos días se irá a Los Ángeles porque tiene un visado para hacer una película. Luego me pregunta si es que no me gustan sus chichis, y le digo que me gustan mucho, que son unas chichis estupendas, y que a lo mejor otro día se las toco un poquito. Luego me pregunta si todos los españoles son tan tímidos y correctos como yo, y le contesto que sí, cantidad, Cinthia. Incluso mucho más. Y me mira raro y sonríe como calculando hasta qué punto le estoy tomando el pelo; y como han pasado los diez minutos me da un beso en la mejilla, un beso estupendo, de verdad de la buena, y salimos afuera, y se va a bailar a otra mesa.

Buena chica, Cinthia, le comento a mis amigos más tarde, cuando vamos en el Grand Marquis rumbo al hotel. Y el Batman, que conduce, se ríe y dice: lástima de todo lo que se mete, con ese cuerpo. Porque esa güera no va a durar mucho ni va a salir de aquí nunca, compa. Se gasta todo lo que gana en pericazos, o que no viste cómo moqueaba la morra, y cuando esté hecha una mierda se la traspasarán a otro tugurio de menos categoría y terminará de cualquier manera, cada vez más bajo, cogiéndose a cualquiera por cuatro pinches pesos. Y yo me digo, recordando el beso de Cinthia, que prefería la historia del visado y la película en Los Ángeles. Y que a veces uno sabe más cosas de las que quisiera saber en esta puta vida.

13 de enero de 2002

lunes, 7 de enero de 2002

Pingüinos y parafina


El otro día dejó de funcionarme la caldera de gasóleo. Doce bajo cero. Un frío de cojones. Ni agua caliente, ni calefacción, ni nada. Siberia en versión doméstica, y yo clavadito al doctor Zhivago, con carámbanos en las pestañas. Así que llamé a Ramón, el fontanero. Ramón es un amigo, y acudió presto con su caja de herramientas y su mono azul Ramón -es un clásico- dispuesto a rescatarme del Gulag. ¿Hay gasóleo en el depósito?, preguntó al llegar. Mil litros, respondí. Pues va a ser el filtro, diagnosticó mientras aflojaba tuercas y juntas. Después me enseñó el filtro, lleno de una substancia gelatinosa. Parafina, sentenció. El gasóleo tiene parafina, el frío la espesa, el filtro se obstruye y la caldera se para. ¿Y qué hacen en Finlandia?, pregunté. Ramón recogía sus bártulos. Esto no es Finlandia, comentó. Aquello es un sitio serio. Telefoneo al distribuidor local de gasóleo. Qué pasa con la parafina, digo, tirándome el pegote en plan experto en hidrocarburos. Que tengo media docena de pingüinos jugando al mus en el tresillo. Pues mire, me informa una señora o señorita. Nosotros somos agentes y servimos el gasóleo tal y como viene. ¿Seguro?, pregunto. Palabrita del niño Jesús, responde. La cantidad de parafina no es cosa nuestra. Información de Telefónica. Ring, ring. Distribuidor nacional. Atención al cliente. Ring, ring. No, me dicen. Aquí es para el butano. Llame a tal. Más ring, ring. Contestan en tal. No, mire, aquí atendemos a los del propano. Llame al teléfono cual. Ring, ring. Teléfono cual.

¿Es usuario colectivo o particular? Ring, ring. ¿De Madrid o de la sierra? Por fin, tras gastarme una pasta en llamadas, consigo hablar con una señora o señorita encantadora de Atención al Cliente de Gasóleo Particular de Personas Particulares que viven en la Sierra. Le cuento mi drama siberiano. La parafina se congela en un gasóleo que necesito justo para no congelarme. Tomo nota, dice. Lo Ilamaremos. ¿Cuándo?, pregunto angustiado. ¿Dentro de un rato? ¿Dentro de un mes? No sabría decirle, es la respuesta. Hay que pasar los datos a Asistencia Técnica. Empiezo a blasfemar. La señora o señorita aguanta impertérrita hasta que empiezo a cuestionar la virginidad de la Virgen. Entonces me da el teléfono de Asistencia Técnica. Ring, ring. Durante dos días telefoneo cada media hora, y siempre sale un contestador diciendo que deje un mensaje. Por fin dejo el mensaje: «Tienen ustedes muy poca vergüenza».

Sigo helándome. Los pingüinos cogen confianza. Se han comido media nevera y ahora se dedican a leer a Javier Marías en la biblioteca. Vuelvo a telefonear al distribuidor local. Hola, soy el del otro día. De momento, el distribuidor nacional no me hace ni puto caso. Así que no sé si mentarles los muertos a ellos o a ustedes. Mire, caballero, dice la misma señora o señorita de la otra vez. El gasóleo que nos sirven lleva parafina que en tuberías exteriores se espesa por debajo de seis grados bajo cero, y obstruye los filtros. Pero mi depósito es exterior, argumento, porque la ley me obliga a eso. ¿No será que le añaden alguna guarrería?, pregunto. Nada de nada, contesta. ¿Y a nadie se le ha ocurrido que cuando más falta hace la calefacción es precisamente por debajo de menos seis grados? Ya, responde. Pero la temperatura estándar calculada no baja hasta ahí. ¿Y quién calculó esa temperatura estándar?, demando. No sé, dice la torda. Pero en cuanto suba no tendrá problemas. Es un consuelo, respondo. Me alivia saber que cuanto más calor haga, más calefacción tendré; y que en agosto podré poner los radiadores funcionando a toda hostia. Para el invierno, ¿se le ocurre algo? Hay un truco, dice por fin. ¿Cuánto carga su depósito? Mil litros, respondo. Pues échele doscientos cincuenta de gasolina para descongelar la parafina. Oiga, le digo. Si meto doscientos cincuenta litros de gasolina en el depósito, cuando encienda la caldera volará la casa, y los pingüinos y todo cristo nos iremos a tomar por saco. ¿Cuántos me dijo que caben?, pregunta la señora o señorita. ¿Mil?.. Ah, bueno. Había entendido diez mil. Entonces póngale veinticinco litros de gasolina a ver qué pasa. Ayer, a los pingüinos les sentó fatal verme aparecer con mi lata de gasolina. Se daban con el codo y ponían mala cara. De qué va éste, murmuraban por lo bajini. Pero no hizo falta echar nada, porque a última hora subió el termómetro y la calefacción volvió a funcionar. Por fin, esta mañana me ha telefoneado un caballero amabilísimo de Asistencia Técnica del distribuidor nacional, confirmándome que, en efecto, la temperatura de congelación prevista para el gasóleo en España es de -6º para la calefacción y de -10º para los automóviles, Y que ellos se limitan a cumplir la norma publicada en el BOE. Le di las gracias y me cisqué en el puto BOE. Luego, cuando bajé a desayunar, comprobé que los pingüinos ya no estaban. Se habían llevado negra espalda del tiempo, una chaqueta de ante y las llaves del coche. Ya no puedes fiarte ni de los pingüinos.

6 de enero de 2002

domingo, 30 de diciembre de 2001

Feliz año nuevo


Era guapísima, pensó. La mujer más guapa del mundo. Un vestido negro, escotado por detrás, el pelo recogido en la nuca. Unos ojos grandes e inteligentes que lo miraron de esa manera singular con que miran algunas mujeres, como si se pasearan por dentro de ti, escudriñándote cada rincón, y esa certeza te erizara la piel. No sabía cómo se llamaba, ni quién era. Ni siquiera si estaba con otro. Pero comprendió que era ella. Así que venció el nudo que se le había hecho en la garganta y dijo aquí te la juegas, chaval, te juegas el resto de tu vida, y a lo mejor haces el ridículo más espantoso; pero sería peor no intentarlo. Así que se fue derecho hacia ella, recorriendo esos cinco últimos metros que ningún hombre inteligente franquea si no son los ojos de la mujer los que invitan a recorrerlos. Hola, me llamo tal, dijo, y no me perdonaría nunca dejarte salir de mi vida sin intentarlo. Ella lo miró despacio, evaluando su sonrisa algo tímida, la manera sencilla que tenía de estar de pie ante ella, encogiendo un poco los hombros como diciéndole ya sé que lo hemos visto muchas veces en el cine y por ahí, pero no puedo evitarlo. Te pareces a esas cosas que uno sueña cuando es niño.

Lo consiguió. La felicidad le estallaba dentro y el mundo y la vida eran una aventura maravillosa. Bailaron, rieron. Compartieron sus mundos e hicieron que éstos empezaran a fundirse el uno con el otro. Música, cine, viajes, libros. Tiene cosas que yo necesito, pensó. Cosas que a mí me faltan. A veces se quedaban callados, mirándose un rato largo, y ella sonreía un poco, casi enigmática. Quizá se sienta como yo me siento, pensó él. Tocó su piel, rozándola con precaución al principio. Acercaron los rostros para conversar entre la música, acarició su cabello, respiró su aroma, asimiló cada registro de su voz. Algo hice para merecerla, pensó de pronto. Los años de colegio, la facultad, el trabajo, la lucha por la vida. Sentía que era un premio especial; que una mujer así no caía del cielo a cambio de nada. Eso lo hizo sentirse más seguro, más cuajado y adulto. Y en sólo unas horas, maduró. Se hizo lúcido y se dispuso a merecerla.

Llegaron las campanadas. Ding, dang. Todos bailaban y reían, brindaban, chocaban las copas salpicándose de champaña. Feliz 2001. Feliz año nuevo. Él nunca había sido muy sociable; tenía sus ideas sobre las fiestas de año nuevo en general y sobre la Humanidad en particular, y no eran ingenuas en absoluto. Sin embargo, aquella vez amó a sus semejantes. Los habría abrazado a todos. Con la última campanada ella se quedó mirándolo en silencio, la copa en la mano, la boca entreabierta, y él se inclinó sobre sus labios. Sabían a champaña y a carne tibia, ya futuro. Alrededor los amigos aplaudían y bromeaban sobre el flechazo. Ellos seguían mirándose a los ojos y se besaron de nuevo, ajenos a todo. Y más tarde, rozando el alba, la acompañó a su casa. Se besaron de nuevo en el portal, mucho rato, y él regresó a casa caminando en la luz gris del amanecer, las manos en los bolsillos, sintiendo deseos de dar pasos de baile, como en las películas. Estaba enamorado.

Pasaron los meses y se amaron con locura. Ella estaba en el último año de carrera; él, a punto de conseguir el trabajo soñado durante muchos años. Viajaron juntos y hubo un verano maravilloso, el mar, los paseos por la playa, las noches cálidas. Cuando estaban juntos apenas necesitaban otra cosa. Ella se le aferraba, jadeante, sus ojos muy abiertos cerquísima de los suyos, abrazándolo como si pretendiera hundírselo para siempre en las entrañas. Te amaré toda mi vida, dijo él. Me parece que deseo un hijo dijo ella. Que se parezca a ti. Que se nos parezca. El mundo era una trampa hostil, pero podía ser habitable después de todo. Era posible, descubrieron sorprendidos, construir un lugar donde abrigarse del frío que hacía allá afuera: un refugio de piel cálida, de besos y de palabras. A veces se imaginaban de viejos, con nietos, libros, un pequeño velero con el que navegar juntos por un mar de atardeceres rojos y de memoria serena.

Aquel año consiguió el trabajo por el que había luchado toda su vida. Un puesto de responsabilidad en una multinacional importante. El primer día que fue al despacho, al llegar a su mesa situada junto a la ventana con una vista maravillosa de la ciudad, pensó que había llegado a algún sitio importante, y que el triunfo también era de ella. Tenía que compartir ese momento, así que descolgó el teléfono y marcó el número de la casa donde ahora vivían juntos. Estoy aquí, lo he conseguido. Estoy en la cima del mundo, dijo, y te quiero. Mientras hablaba sus ojos se posaron, distraídos, en el calendario que estaba sobre la mesa: martes 11 de septiembre. Luego se volvió a mirar por la ventana. El día era hermoso, los cristales de la otra torre gemela reflejaban el sol de la mañana, y un avión enorme se acercaba volando muy bajo.

30 de diciembre de 2001

domingo, 23 de diciembre de 2001

Ding, dong señores clientes


Pues no sé si es cosa temporal, a causa de la Navidad de los cojones, o norma fija de la casa; pero lo del otro día en el Talgo Cádiz-Madrid estuvo a punto de hacer que me abalanzara sobre el freno de emergencia, tirase de él y dijera oigan, paren esto, pardiez, que necesito bajarme a echar la pota. El caso es que, fiel a mi táctica de supervivencia psíquica de evitar los aeropuertos españoles siempre que pueda -hasta la barba me ha encanecido volando con Iberia-, el arriba firmante iba tranquilamente sentado en su tren y sin meterse con nadie, leyendo Isla África, que es una novela sobre reporteros de mi colega y amigo Ramón Lobo, cuando de pronto suena la megafonía, ding, dong, o como se diga eso que suena en los trenes y en los aviones antes de contarte algo, y una voz femenina espeta: «Seeeñores clieeentes, eeestamos Ileeegando a Jeeerez». No puede ser, me digo. Clientes. Acabo de subir al tren y esto es un viaje de los de toda la vida; y si me hubiera equivocado y en vez de subirme en el Talgo hubiera entrado en unos grandes almacenes me habría dado cuenta, supongo, porque habría en la puerta un papá Noel diciéndome felicidades, el hijoputa, y sonarían villancicos animándome a querer a todo cristo y a ser dichoso acarreando paquetes y machacando la tarjeta de crédito por amor al prójimo, y una chica Revlon o Estée Lauder, o como se llamen esas top models maquilladísimas que acechan en los pasillos, me habría fumigado al pasar con esas muestras de perfume que luego, a los maridos, les cuestan un disgusto cuando llegan a casa y tienen que explicarle a la legítima por qué hueles a torda fresca, so cabrón, de dónde vienes, y el otro jurando por sus muertos te juro que fue la dependienta, Maruja, y yo sólo pasaba por ahí, etcétera.

El caso, como decía, es que oigo eso de señores clientes y pienso: no puede ser. He oído mal, seguro, porque esto es un tren y viajo en la Renfe, que dentro de lo que cabe es una cosa muy eficaz y correcta, de las que mejor funcionan en España, y aquí no hay clientes como en las tiendas y en los prostíbulos, sino viajeros, o sea, pasajeros de toda la vida. Lo mismo la chica de quiere usted café o té, caballero, es nueva y ha metido la gamba, me digo; o igual trabajó antes en la sección de charcutería de un supermercado y se le quedó el latiguillo. Así que sigo leyendo, y de vez en cuando miro el paisaje y pienso menos mal, desde que se pide a los pasajeros que no usen el teléfono móvil más que en las plataformas de los vagones, la gente, aunque no hace ni puto caso, por lo menos se corta un poquito y baja la voz cuando dice estoy en el tren, Manoli, y Ilego a Atocha a las nueve, en vez de contar su vida a gritos, aunque todavía quede algún subnormal recalcitrante. Algo es algo. Estoy en eso, como digo, a mi rollo, cuando de pronto el altavoz hace otra vez ding, dong, y la misma pava suelta: «Seeeñores clieeentes, eeestamos Ileeegando a Seeevilla». Y entonces empiezo a mosquearme un poquito más, y pienso que alguien, no sé, el revisor o quien mande algo, debería decirle a la chica que no, oye, que en los trenes y en los aviones y en los barcos no viajan clientes sino pasajeros, que es una palabra muy respetable y muy antigua, y nada tiene que ver con el que entra en una tienda o en un restaurante o pide un crédito en un banco. Pero en fin, concluyo. De un momento a otro la pobre chica se dará cuenta y rectificará, que es cosa de sabios y sabias.

Pero no. Al rato, la megafonía vuelve a la carga. «Seeeñores clieeentes, eeestamos Ileeegando a Córdoba». Y entonces pienso no puede ser. Aquí no hay error. Como le decía Auric Goldfinger a James Bond, una vez es casualidad, dos coincidencia, y tres enemigo en acción. Así que empiezo a mosquearme, porque está claro que lo de señores clientes va por mí y por el resto de la peña que ocupamos el vagón, y que algún tonto del culo del departamento de relaciones públicas de la Renfe confunde las churras con las merinas. Así que, cuando pasa el revisor, le pregunto oiga, jefe, eso de clientes ¿va por mí? y el buen hombre me mira primero con recelo y luego cae en la cuenta de lo que digo, y entonces encoge los hombros y suspira, avergonzado y solidario, como diciendo si yo le contara, amigo. Y se va el hombre a lo suyo, sin decir ni pío porque, supongo, no quiere arriesgar el pan de sus hijos. Y yo me quedo pensando.

Hay que joderse: ahora ya no somos pasajeros, ni viajeros, ni votantes, ni nada, sino que todos nos hemos convertido en eso, en clientes; y así se nos trata y se nos menciona sin el menor empacho. Sin ningún respeto. Ya verán cómo, de aquí a nada, en vez de dirigirse a nosotros como ciudadanos, empezarán a Ilamarnos clientes. Clientes españoles, dirá José María Aznar en sus discursos. Clientes y clientas vascos y vascas, matizará el lehendakari Ibarretxe. Porque en eso nos han -nos hemos- convertido: en clientela políticamente correcta, salida de la mesa de diseño de cuatro soplapollas que confunden la modernidad con el mercado y con la estupidez. Y en Renfe, por lo visto, de esos imbéciles también hay unos cuantos.

23 de diciembre de 2001

domingo, 16 de diciembre de 2001

Esa verborrea policial


Tiene huevos. La madera, los picoletos y las fuerzas políticas correspondientes se pasan la vida pidiendo colaboración ciudadana en la cosa del terrorismo y la delincuencia, denuncie, oiga, persiga, telefonee, no se corte y eche una mano, y después, cuando uno va y lo hace, los primeros que se derrotan del asunto son ellos mismos, los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, que cuando salen bien las cosas tienen la lengua demasiado larga. Y el abnegado colaborador ciudadano termina, a menudo, apareciendo en los periódicos. Uno, verbigracia, va por la calle y ve a unos etarras o a unos atracadores, y coge su coche y los persigue telefoneando a la policía -la ventaja es que nadie te multa por conducir con el teléfono en la oreja, algo es algo-, y al cabo trincan a los malos, y para agradecértelo te sacan en los periódicos y en la tele durante tres o cuatro días, a fin de que la sociedad, incluidos aquellos cuya detención facilitaste, pueda agradecértelo. Casi nunca ponen tu nombre y apellidos, claro; pero dan pistas suficientes: vecino de la calle Fulano a bordo de su coche modelo tal, mediana edad, empresario, socio del Athletic. El otro día, sin ir más lejos, un pastor le contó a la guardia civil que se había encontrado a un etarra fugitivo por el monte, etcétera. Y a la media hora al pobre pastor lo conocía toda España y parte del extranjero, con lo que, de encontrarme en el pellejo del infeliz, yo ahora estaría considerando seriamente la posibilidad de cuidar ovejas en Australia.

En ese aspecto, como en otros, las autoridades y la mayor parte de los medios informativos españoles hacen gala de una irresponsabilidad abrumadora. Hay que ser muy torpe y muy bocazas para, pretendiendo alentar la colaboración ciudadana, disuadirla de ese modo en el mismo envite. A ver con qué ánimo para colaborar se siente uno si sabe que arriesga verse al día siguiente en los periódicos, después de que el director general de la policía o el ministro del Interior lo elogien calurosamente en rueda de prensa, o el gabinete de tal comisaría o comandancia filtre a los medios, sobre el héroe anónimo, detalles que al héroe anónimo maldita la puta gracia que le hacen. Aunque la verdad es que en eso de filtrar, en España hay solera. Hasta hace nada, semanarios y diarios de aquí se descolgaban con interesantes reportajes en los que salían, con apellidos y fotos incluidas, los topos que la policía infiltraba en ETA, o los agentes del CESID que andaban por el extranjero espiando como buenamente podían. Y luego se quejan los responsables del asunto de que cada vez resulta más difícil infiltrar bueno en las organizaciones de los malos. Nos ha jodido. A ver quién se va a infiltrar, jugándose el pellejo para que un día, mientras desayunas croissants con los colegas en Francia, te encuentres en Le Monde o en Sud-Ouest tu foto de la primera comunión. O para que te llamen de Madrid a las cuatro de la mañana -caso real- y te digan: chaval, ábrete de ahí cagando leches que mañana sales en portada.

Y claro. Uno se explica que casi todos los etarras se derroten en cuanto les dicen estás servido -también es pasmosa la locuacidad de esos mendas, que cuentan hasta lo que no se les pregunta-, por aquello de que van muy mental izados con eso de las salvajes torturas y toda la parafernalia franquista con la que les comen el tarro sus jefes; y aunque lo más eléctrico que tengan cerca sea la linterna del policía que les apunta con el fusko, se van por la pata abajo y largan nombres, direcciones, y hasta dicen quienes les ayudaron a escaparse o los escondieron. Hay casos en los que, sin tocarles un pelo de la ropa, los gudaris empiezan a largar a los cinco minutos, y ya no paran. Derrumbe psicológico, me parece que lo llaman; que una cosa es dar tiros en la nuca y poner coches bomba, y otra verse esposado y con una ruina encima que te cagas. Pero oigan, el acojono es libre, y cada cual se cuida y se desmorona psicológicamente como puede. Lo que ya no me cabe en la cabeza es que también la policía, a la que nadie alumbra con linternas ni amenaza con dar de hostias, largue por esa boquita con tanta alegría y tanta incontinencia. Porque ya me dirán ustedes qué utilidad pública tiene, en vez de decir que se ha cogido a siete terroristas y punto, explicar con todo detalle cómo se ha hecho el seguimiento de Fulano o la captura de Mengana, que ésta cometió tal error, o aquel fue seguido de aquí para allá pegándole en el guardabarros o en el culo una chicharra de modelo japonés. Todo eso, aparte de la presuntuosa memez de demostrar lo eficaz y lo lista que es la madera, sólo sirve para que los malos, que también leen periódicos y ven la tele, tomen buena nota de todo, a fin de no repetir más tarde los mismos errores. La próxima vez, se dicen, os vais a enterar. Y claro. Nos enteramos. Aterra pensar que nos protegen semejantes gilipollas.

16 de diciembre de 2001

domingo, 9 de diciembre de 2001

Esos refugiados promiscuos


Es que tienen razón. Vaya si la tienen, porque las cosas ya están pasando de castaño oscuro. La jerarquía vaticana acaba de echarle un chorreo de padre y muy señor mío a las Naciones Unidas, y en concreto al Alto Comisionado para los Refugiados, alias ACNUR, por promover la confusión moral, el sida y el aborto químico. Fíjense ustedes cómo estará el patio que, en estos tiempos de inmoralidad y libertinaje galopante, a los canallas del ACNUR no se les ocurre, para rematar el gorrino, otra cosa que distribuir un folleto en los campos de refugiados, que son unos cuantos y los que te rondaré morena, recomendando el preservativo, la píldora del día siguiente para quien la tenga, y distinguiendo muy clarito entre sexo y procreación. Tela. Todo eso, cuidadín, en vez de plantear valerosamente el indisoluble y sagrado vínculo entre sexo y preñez. O sea: nunca pólvora en salvas, sino ponerla bala donde se pone el ojo, e ir a la legítima -nunca a la zorra que no lo es- no con torpes ganas de arreglarle el cuerpo con un selecto homenaje, sino dispuestos a incrementar los índices de natalidad, asumiendo con responsabilidad y alegría -du, duá, fondo de guitarras de amigas Catalinas y Josefinas, qué alegría cuando me dijeron- la paternidad consciente e inevitable, a razón de una criaturita por cada disparo, y que sea lo que dios quiera. Condición sine qua non, según el magisterio de la Santa Madre, para que la humanidad progrese y luego, además, vaya directamente al cielo. Ese es el verdadero amor. La verdadera entrega de templo a templo, etcétera.

“Por eso son del todo inaceptables -reza el texto eclesiástico que gloso y aplaudo- los medios de control de natalidad que indica el manual de ACNUR. En vez de ser educados en el verdadero amor, en la perspectiva del matrimonio y en el porvenir de una familia, los refugiados son introducidos en un mundo de placer sexual”... Y es que ahí está la madre del agnus. El quid de la cuestión. Porque imagínense ustedes ese caos social, ese marasmo promiscuo de los campos de refugiados, con todos esos hombres y mujeres disfrutando sueltos por el monte o durmiendo juntos en tiendas de campaña con el pretexto de que huyen de algo. Esos hacinamientos humanos tan proclives a las bajas pasiones y a los sucios instintos, hala, todos revueltos, sin freno, sin control, sin pudor. Esas mujeres haciendo sus necesidades de cualquier manera, a la vista de todos. Esas copulaciones incontroladas. Esas viudas, trasuntos de Jezabel, a las que ya dan igual ocho que ochenta. Y para poner coto a las espantosas consecuencias que tal paisaje facilita, en vez de una vigilancia rigurosa que preserve el orden moral, de un control férreo y un adoctrinamiento cristiano que los mantenga a todos alejados de la tentación, obligándolos a emplear sus meses, años y vidas de ocio a estéril en fortalecer el alma disciplinando el cuerpo, a ACNUR no le ocurre otra cosa que atizar las bajas pasiones repartiendo preservativos, esterilizando, facilitando -me tiembla la tecla solo de escribirlo- el aborto no ya sólo a mujeres violadas, que ya es perverso de suyo, y algo habrán hecho esas individuas para verse en tal coyuntura, sino al aborto en general. Con medidas que atentan contra la ley divina en dos órdenes, o categorías: primero, porque “impiden la procreación y facilitan el sexo irresponsable”; y segundo porque ese reclamo del placer, vía desenfreno carnal, “aumenta el riesgo de que se extienda el sida”. Con dos cojones. Por eso la Iglesia -Dios aprieta, pero no ahoga- propone, apurando mucho la casuística y como máximo, “los métodos naturales que respetan el cuerpo y la relación de la pareja, así como favorecen el diálogo y el comportamiento responsable de los cónyuges”. Como debe ser. Es decir: que una refugiada afgana, kosovar o mozambiqueña sea analfabeta y viva hambrienta y en la miseria no debe ser obstáculo, u óbice, para que, in extremis, consulte las tablas de Ogino -que eso sí puede bajo especiales condiciones- o, lo que es más hermoso, en caso de duda se abstenga de conocer varón, incluido el suyo; todo en el marco del diálogo y el comportamiento responsable con su legítimo cónyuge Ibrahim, o Bongo, o Marianoski. Y si su legítimo cónyuge u otros la violan sin animus procreandi, que aplique entonces el infalible método anticonceptivo natural de Santa María Goretti: antes morir que pecar. Eso incluye, supongo, a las monjas negras violadas por sacerdotes africanos, que luego, claro, cuando las echan del convento con su vergonzosa panza a cuestas, tienen que meterse a putas. Por puro vicio.

Me tranquiliza mucho, como ven, que el Vaticano restablezca el orden de prioridades, incluso en medio del la pobreza, el hambre y la vorágine bélica. Ni siquiera en tiempo de guerras y catástrofes es tolerable que cada hoyo se convierta en trinchera. Ojito. De alegrías, las justas. El orden moral, que emana del natural, no puede vulnerarse bajo ningún pretexto. Y a los refugiados, amén de jodidos, los quieren castos.

9 de diciembre de 2001

domingo, 2 de diciembre de 2001

La leyenda de Julio Fuentes


Se habría partido de risa, el muy cabrón, si hubiera sabido de antemano lo que se iba a decir y a escribir sobre su fiambre. Hasta los tertulianos de radio y los periodistas del corazón estuvieron, los días que siguieron a su muerte, llamándolo compañero -nuestro compañero Julio Fuentes, decían sin el menor rubor- y glosando con toda la demagogia del mundo su compromiso moral con la información y su sacrificio casi apostólico en aras de la humanidad, la libertad, la igualdad y la fraternidad. De haber estado al loro sobre tanto panegírico -me lo imagino, como siempre, revisando las pilas del sonotone y acercando la oreja para oír mejor-, Julio se habría carcajeado hasta echar la pota. Ni puñetera idea, habría dicho. Esos cantamañanas no tienen ni puñetera idea. Pero déjalos. A estas alturas me da lo mismo. Y además, qué coño. Suena bonito.

Los de la Tribu, los que siguen en activo y los jubilados como yo, le hemos hecho nuestro propio funeral entre nosotros, más íntimo, a base de llamadas telefónicas, conversaciones en voz baja, miradas y silencios, juntándonos como los soldados veteranos que cuentan los huecos que el tiempo va dejando en las filas: tantos hasta tal fecha, Miguel Gil hace un año, Julio ahora. Suma y sigue. Y lo hemos hecho sonriendo pese a las lágrimas y a las blasfemias -Alfonso Rojo, Gerva Sánchez y Ramón Lobo lloraban y Márquez blasfemaba, cada uno es como es-, porque recordar a Julio, incluso muerto, te obliga tarde o temprano a sonreír: su ternura, su sordera, su camaradería, su absoluta falta de sentido del humor, el miedo que siempre sabía convertir en extrema valentía, su ingenuidad adobada con el cinismo del oficio. Su concepto personal de la vida como leyenda que uno se forja, construyendo un personaje y siéndole fiel hasta las últimas consecuencias. Al día siguiente de su muerte, en el periódico donde había publicado su última crónica, escribí -repetí- que Julio sabía mejor que nadie que a un reportero de guerra no lo asesinan nunca, sino que lo matan trabajando. Decir que te asesinan es insultarte. Son las reglas, y sólo los ignorantes o los idiotas creen seriamente que un guerrillero afgano analfabeto, un majara liberiano o un francotirador serbio van a comportarse según las exquisitas normas de la Convención de Ginebra, en un mundo donde Dios es un canalla emboscado. Julio era un profesional de la guerra. Un mercenario en el más honesto sentido del término. Un reportero de élite para quien aquello, en lo personal, era -o al menos lo fue durante mucho tiempo- una solución: un extraño hogar donde el horror puede asumirse como realidad cotidiana, y de esa forma deja de ser sorpresa o trampa. Una escuela de lucidez donde uno mismo está siempre dispuesto a pagar el precio. Un mundo fascinador y terrible donde, a diferencia de la puerca retaguardia, de las ciudades presuntamente civilizadas y razonables, todo es maravillosamente simple y funciona según normas elementales y precisas: el malo es el que te dispara y el bueno es aquel cuya sangre te salpica. Y cuando no tenía a mano guerras que meterse en vena, Julio vagaba por las ciudades y las redacciones como un alma en pena, colgado, autista, igual qué un marino sin barco o un cura sin fe. Como todos, después de tantos años de oficio, en los últimos tiempos empezaba a pensar en cambiar de vida: una mujer a la que amaba, una casa, tal vez hijos. Pero ya nunca sabremos cómo habría sido. En aquella carretera de Afganistán salió su número. No tuvo suerte. O tal vez sí la tuvo, porque de ese modo se convirtió, por fin, en la leyenda en que siempre quiso convertir su vida. Quizá aquel día se limitó a pagar el precio.

Ahora, como de costumbre, los vivos recordamos. Y lo hacemos con esa sonrisa de la que hablaba antes, al pensar en los iraquíes que se le rendían a Julio durante la guerra del Golfo, porque en su ansia por entrar el primero en Kuwait llegó a adelantarse a las tropas norteamericanas. O en cómo fue la envidia de la Tribu ligándose a Bianca Jagger en El Salvador -«eso llevo ganado para cuando palme», decía-. O aquel bombardeo en Osijek, cuando empezaron a caer cebollazos y todos bajamos al refugio, y él se quedó durmiendo arriba sin enterarse de nada, tan tranquilo, porque se había quitado el sonotone de la oreja para dormir. O cuando en Sarajevo unos periodistas jovencitos le preguntaron cómo se llamaba y respondió. «Soy Julio Fuentes, chavales. Una leyenda.» Ahora el muy perro nos ha hecho a sus amigos la faena de convertirse, por fin, en esa leyenda. Era el hombre más tierno del mundo, y vivió obsesionado por ser un tipo duro. Lo fue, y pagó el precio allí donde se envejece pronto, y donde a veces no se envejece nunca. Muriendo de pie. Y ahora está con Juantxu, Luis, Jordi, Miguel y los otros, con su sonotone y su chaleco antibalas, en el recuerdo de quienes tanto lo quisimos. En ese lugar a donde van, cuando los matan, los viejos reporteros valientes.

2 de diciembre de 2001

domingo, 25 de noviembre de 2001

El afgano, el ránger y la cabra


Primeros de noviembre. Estoy tomándome una copa en el bar de un hotel de Los Ángeles, California, mientras miro alrededor y pienso: tiene huevos la guerra esta que se han montado los gringos. Porque la verdad es que uno esperaba que, después del hostiazo que encajaron el 11 de septiembre, fueran a despertarse un poco. A espabilarse lo suficiente para comprender que las cosas ya no ocurren sólo en las fronteras del imperio, que el horror ha estado ahí afuera desde hace muchísimo tiempo, que los Estados Unidos de América tuvieron parte -y no poca- de responsabilidad en la existencia de ese horror, y que ahora, con esto de la globalización y la tecnología y toda la parafernalia, a la hora de repartir leña hay de sobra para todos, con el cobrador del frac diciendo de pronto hola, buenas, gudmorning, mientras pasa de golpe la factura con los intereses. Pumba.

Pero me temo que no. Que los cinco mil palmados de las torres, y la guerra, y todo lo demás, no han servido para hacer a mis primos más solidarios con nadie ni conscientes de nada; sino que, aparte las banderas y los ramitos de flores y las velitas de homenaje al bombero -nuevo héroe americano- y recordar Pearl Harbor y fabricar papel higiénico con el careto de Bin Laden, todo sigue como estaba. Dentro, con la gente mirándose el ombligo sin el menor esfuerzo por entender ni razonar nada de lo que ha pasado. Fuera, sembrando más horror y más mierda para la siguiente cosecha, mientras emplean la tecnología más avanzada del mundo en la venganza de don Mendo. En convertir a infelices con babuchas -pero ojo: con dos cojones- en nuevas generaciones de kamikazes que, en su momento, agradecerán cumplidamente el servicio. Y, como de costumbre, que Dios bendiga a América. God bless, dicen aquí. Me parece.

Menuda guerra. Se empeñan en presentársela a sí mismos desnatada y descafeinada, como si se tratara de un ejercicio aséptico de los que no se notan, ni se mueven, ni traspasan. Una guerra políticamente correcta, en la misma línea del no fumar y del que los niños no se toquen en las guarderías por lo del acoso sexual, y de que las guerras americanas deban ser ahora limpias e higiénicas. Y para conseguirlo se difumina tanto la cosa que a todos, al final, les importa un huevo de pato. Tendrían ustedes que echar un vistazo al bar de mi hotel: hay una convención anual de jefes de policía, y en todas las mesas hay cenutrios tripones y grandes como armarios, con gorras y camisetas y brazos como jamones, y unas caras de intelectuales que te vas de vareta, cada uno con su cerveza en la mano. En la sala hay dos pantallas de televisión: una gigante, al fondo, que es la que miran todos, con la liga de béisbol; la otra, que sólo miramos el camarero, que se llama Custodio y es mejicano, y yo, tiene puesto el telediario, donde una Barbie y un fulano con peluquín, después de veinte minutos hablando del ántrax -cualquiera diría que es la peste negra, con lo a pecho que se lo toman aquí-, se aplican ahora a la difícil tarea de informar sobre una guerra que deben contar como si no lo fuera, virtual, sin muertos, sin sangre y sin nada, satisfaciendo el orgullo patrio pero sin acojonar, con la justificación detallada de cada arañazo que sufre el enemigo y cada tropezón con las piedras que da un marine. De manera que mientras la Barbie cuenta que en el eficacísimo bombardeo masivo de ayer sobre Kabul sólo resultó muerta una cabra y herido un afgano que pasaba inoportunamente por allí -lo del afgano lo dice en tono de daño colateral, como disculpándose-, el del peluquín explica que un ranger que se hizo pupa en el dedito fue evacuado sin novedad; y que, pese a lo que afirma la malvada propaganda talibana, en el leñazo que se pegó el último helicóptero no hubo víctimas norteamericanas, entre otras cosas porque las tropas norteamericanas tienen terminantemente prohibido sufrir bajas bajo ningún concepto, no sea que empiece a pronunciarse la palabra Vietnam y otra vez la jodamos. Y todo así, en ese plan de guerra sin guerra, con las televisiones mostrando cosas de lejos en verde y a un fulano con turbante que señala agujeros en el suelo -Uaja Bismillah, dice el tiñalpa, sin que lo traduzcan ni puta falta que hace, y lo mismo está contando que por las tardes le gusta ver Betty la Fea-. De manera que, como aquello ni parece guerra ni parece nada, resulta lógico que a los telediarios les importe más el ántrax, que perturba el correo e impide que llegue puntual la suscripción de la revista de la Asociación del Rifle. Y así se explica que con esa guerra aburridísima, hecha y contada cogiéndosela con papel de fumar, donde pese a las toneladas de machaca no muere ningún bueno y al parecer casi ninguno de los malos, los jefes de policía de la convención que llenan el bar del hotel prefieran mirar el béisbol. Y uno -o sea, yo- llega a la conclusión de que ni siquiera la cruel infamia del 11 de septiembre logró despertar a este país de su egoísmo, su ignorancia y su letargo. Ni con torres, ni sin torres.

25 de noviembre de 2001

domingo, 18 de noviembre de 2001

El timo de las prácticas


Protagonista: mi amigo Paco. Edad: 27. Situación: sin curro, por lo que decide apuntarse a un curso de técnico de distribución comercial, subvencionado por la Junta de Andalucía, más que nada porque incluye dos meses de prácticas. Termina el curso y Paco acude con otro compañero a una empresa asignada por la Conferencia de Empresarios. A practicar. Vais a empezar por ferretería les dicen. Para que cojáis el tranquillo. Cuando llegan, el jefe del departamento –nadie lo ha informado de nada- pregunta qué coño quieren. Paco y el otro se lo explican. Ah dice el tordo. Y los pone a cargar cajas y herramientas subiéndolas y bajándolas de las estanterías de tres metros de altura, con lo que Paco y su amigo adquieren rápidamente practica en no caerse desde arriba y romperse la crisma. Algo es algo, deciden. Esto promete.

A los cuatro días empiezan a mosquearse. Oiga, le dicen al jefe de departamento. Ya hemos aprendido a no descojonarnos desde lo alto de la escalera con una segadora encima. ¿Qué otras prácticas vienen ahora? El jefe del departamento los mira y sin decir palabra se va a hablar con el hijo del dueño de la empresa. Llama al despacho. Bronca. Estoy harto de niños pijos dice el jefe Junio. A ver si queréis ser directivos en cuatro días. Volved el lunes. Paco y el colega vuelven el lunes, y el jefe de ferretería les dice que se han acabado las prácticas porque después de su protesta hay mal rollito. Puerta. Cuatro días por la cara. Ni un duro, claro. Son prácticas. Los dos proscritos se van a la Confederación de Empresarios. Otra bronca. A ver que se han creído estos chulitos, dice alguien. Van a echarlos a la calle -ya habéis practicado, dice uno- cuando alguien cae en la cuenta de que al no haber firmado Paco y su amigo el convenio de prácticas, no consta en ningún sitio lo de la ferretería. Y como las prácticas son obligadas, hay que buscarles a regañadientes otro sitio. Ahora es un potente supermercado. Esta vez Paco está solo ante el peligro. Hola, buenas, saluda al jefe de la tienda donde ha sido asignado. Tú qué quieres, etcétera. Por supuesto, el jefe de tienda no tiene ni puta idea de quién es Paco. Vuelve mañana chaval. Paco vuelve mañana, y lo mandan a practicar cuatro días a un mostrador, despachando fruta, hasta que alguien recuerda que no puede tratar directamente con el público. Así que, como faltan reponedores, quien mejor para reponer cosas que un técnico de distribución comercial en prácticas. Durante los siguientes 8 días. Paco adquiere una práctica del copón en reponer en los estantes licores, vinos, refrescos y derivados lácteos. En los ratos libres ayuda con los productos de camping. Por supuesto, todos los otros reponedores odian a Paco, porque está allí por gusto y no cobra.

Los cinco días siguientes los pasa en la carnicería, mirando cómo se cortan las chuletas. Aprende algo sobre envasado y reposición, y pregunta cuando le van a enseñar lo suyo, ordenador, papeleo. Le dicen que ya habrá tiempo, y luego lo mandan a la charcutería. Los primeros seis los pasa inventariando los embutidos y quesos del mostrador: pesa todos los jamones y cuenta minuciosamente las rodajas de chorizo, una por una. La única práctica útil la hace cuando anuncian la visita del inspector de sanidad: en solo medio minuto los empleados arreglan los productos, quitan los que no deben verse, barren limpian y lo dejan todo como una patena. Paco toma nota. Los siguientes dos días Paco no da golpe. El jefe de tienda le sugiere que se tome uno libre, pero el declina el ofrecimiento porque no se fía del jefe de tienda. Tampoco se fía de una cajera que le sonríe. Ve trampas por todos los sitios. Se ha vuelto un paranoico.

Otras sospechas rondan la cabeza de Paco. Por ejemplo, que la Confederación de Empresarios utiliza las prácticas como cebo para captar alumnos y subvenciones, y que a todos les importa una mierda que Paco haga prácticas o no. El caso es que, a dos semanas de acabar las presuntas prácticas Paco sigue sin saber nada de oficina, ordenador IBM -papeleo- lo llaman para decirle que se irá antes de lo previsto, porque el seguro médico que le hicieron no coincide con las fechas. A Paco le da la risa floja. De perdidos al río, queda con la cajera y se la tira. Por lo menos, se consuela, eso saco en limpio. La última semana la pasa reponiendo yogures. Treinta y dos días. El penúltimo, el jefe de tienda jura que al día siguiente le enseñara la oficina, el ordenador y el papeleo. Pero cuando Paco se presenta, le dicen que el jefe de tienda ha salido un momento, y que se entretenga reponiendo quesos y leche. Por la tarde el jefe de tienda sigue sin aparecer. Sugieren a Paco que reponga yogures. Paco se quita el delantal y dice que los yogures los va a reponer la puta que los parió. Se va. Ahora quiere apuntarse a un curso de prácticas de tiro al blanco. No me imagino con qué objeto.

18 de noviembre de 2001

domingo, 11 de noviembre de 2001

La España ininteligible


Pues eso. Que hojeo el catálogo de un librero de Barcelona, y en la primera página me ofrecen un manuscrito firmado por «la reina catalana» en 1406. Así que me digo hosti, tú, esa reina catalana a secas no la tenía censada. Y más abajo leo que esa reina era esposa «del rey Joan I de Catalunya-Aragó». Eso ya me suena un poco más, así que tiro de biblioteca, y caigo en la cuenta de que se refieren a la reina Violante, o Violant, sobrina del rey Carlos V de Francia, casada con Juan I -hijo de Pedro IV de Aragón-, II como rey de Valencia y III como conde de Barcelona-, a quien durante toda mi vida lectora había creído, de absoluta buena fe, rey del Reino de Aragón, de la Casa de Aragón -única casa real que figura en los anales y relaciones históricas de la época- y soberano de la Corona Aragonesa -conjunto de estados sobre los que gobernaba-, que incluía Cataluña, Aragón, Valencia, Sicilia y toda la parafernalia. Así que voy y me digo fíjate, chaval, uno se pasa la vida a vueltas con Zurita, Montaner, Moneada, Desciot y Pérez del Pulgar, entre otros, juntando libros para saber de qué va esta murga y no meter la gamba, y resulta que al fin hay un librero de Barcelona que aclara las cosas, sin duda documentándolas en alguna Historia de las que se escriben ahora, gracias a Dios, para refutar las viejas falacias históricas que justifican una palabra, España, pronunciada y escrita a tontas y a locas durante cinco siglos. Falacias a las que no son ajenos historiadores catalanes vendidos al centralismo como el ampurdanés Muntaner, que en su relación histórica sobre los almogávares en Oriente llama «senyal real de Aragón» a la bandera de las cuatro barras, en vez de «escut de Catalunya» que por lo visto es lo correcto; y menciona también, creo recordar, esa tontería de apellidar «Aragón» como grito de batalla. Todo eso, pese a que el tal Muntaner estuvo en Oriente con los almogávares catalanes -algún aragonés también fue, creo- y debería saber mejor que nadie de qué iba el asunto. U otros abyectos manipuladores de la época que nunca utilizaron, quizás porque no existía, la expresión «confederación catalanoaragonesa» acuñada en el XIX ni llamaron «condes-reyes» a nadie, seguramente porque ningún soberano medieval habría tolerado semejante chorrada. Pero ya se sabe -sabemos ahora, merced a ciertos historiadores modernos que ponen las cosas en su sitio- que los soberanos medievales eran ideológicamente fascistas.

Eso me recuerda, por cierto, que Julián Marías -el padre de mi vecino el perro inglés- también manipuló lo suyo en su interesantísima aunque obviamente sesgada España inteligible, cuando, citando a Pérez del Pulgar, cuya única credibilidad es que vivió lo que cuenta, recordaba la expedición de 1.481 para conservar Sicilia frente a los revoltosos y los turcos. Una expedición que Julián Marías llama española -no sé a santo de qué- sólo porque la componían, fíjense qué gilipollez, setenta naves de Vizcaya, Guipúzcoa, Galicia y Andalucía, movilizadas en socorro del reino de Sicilia, perteneciente a lo que el indocumentado Del Pulgar llamó Corona de Aragón, defendido por tropas catalanas y aragonesas y socorrido por esa armada gallega y andaluza -reino de Castilla- con la colaboración de los vascos -incorporados al reino de Castilla desde el siglo XIV- que formaron el contingente principal. Supongo que obligados a culatazos por la Guardia Civil, como los miles de vascos que luego fueron a Italia, a las Indias y a los tercios de Flandes. Se aprecia, al mencionar esa irrelevante anécdota, la pérfida intención del señor Marías padre de plantear una España coherente y a veces solidaria; lo mismo que cuando otros hablan de la participación conjunta en la guerra de Granada, o recuerdan que la defensa del reino de Nápoles, de la Corona Aragonesa, se hizo con tropas mayoritariamente castellanas mandadas por Gonzalo Fernández de Córdoba, a quien Franco -se ha demostrado que fue él- bautizó como el Gran Capitán.

Y en esas andamos. Después de que el régimen franquista le pusiera camisa azul al Cid y a Hernán Cortés y se apropiara -ahora sí que hablo muy en serio- de la Historia para adecuarla a sus imbéciles rutas imperiales, y de que, por reacción, el postfranquismo lo relegara todo al desván de la infamia, los eruditos a sueldo, esos formadores del espíritu nacional aldeano que convierten los hechos en tebeos de Astérix, han convertido una Historia común en diecisiete historias diferentes, eliminando todo lo que no encaja en la norma autonómica. Como diría Caro Baroja, conviene distinguir entre un Herodoto o un Bernal Díaz del Castillo, que cuentan con veracidad, y un moralista como Tácito o un cura patriotero y facilón corno el padre Mariana; y lo cierto es que, comparado con algunos de los engañaniños que ahora nos reescriben la memoria, el padre Mariana parece Suetonio y Herodoto juntos. O algo así.

11 de noviembre de 2001

domingo, 4 de noviembre de 2001

La foto del abuelo


Date prisa, Elenita -sé que él te llama Elenita-, porque mañana o pasado ya no estará ahí. Ahora lo miras y te da pena, y a veces te cabrea, o te es indiferente, o qué sé yo. Cada cual es cada cual. Hay días en los que estás harta de ese viejo coñazo que se queda dormido y ronca durante el videoclip de Madonna, o se lo hace fuera de la taza porque le tiembla el pulso, o fuma a escondidas cigarrillos que roba del paquete que tienes en un cajón de tu cuarto. A lo mejor te preguntas por qué sigue en casa y no lo han llevado a una residencia, donde los ancianitos, dicen, están estupendamente. Y la verdad es que a veces se pone pesado, o no se entera, o se le va la olla como si estuviera en otro siglo y en otro mundo. Y a ti te parece un zombi. Sí. Eso es lo que parece tu abuelo. No voy a decirte cómo sé todas esas cosas de ti, aunque a lo mejor te lo imaginas. Yo nunca me berreo, como dice mi colega Ángel Ejarque, alias -sé lo que me digo- El Potro del Mantelete, que por cierto acaba de ser abuelo por segunda vez. El caso es que lo sé; y estaba la otra noche comentándoselo en el bar de Lola a mi amigo Octavio Pernas Sueiras, el gallego irreductible, que a estas alturas -cómo pasa el tiempo- aprobó lo que le quedaba y ya es veterinario. Y Octavio apartó un momento los ojos del espléndido escote de la dueña del bar, le pegó otro viaje al gintonic de ginebra azul y me dijo pues cuéntaselo a esa hijaputa, oye. A tu manera. Y ya ves. Aquí me tienes, Elenita. Contándotelo.

Ese viejo estorbo que tienes sentado en el salón está ahí porque sobrevivió a una terrible epidemia de gripe que asoló España cuando él nacía. Creció oyendo los nombres de Joselito y de Belmonte, y lo sobrecogieron las palabras Annual y Monte Aruit. Después, con diecipocos años, formaba parte de la dotación del destructor Lepanto cuando el Gobierno de la República mandó a ese barco a combatir a las tropas rebeldes que cruzaban el Estrecho. Vivió así los bombardeos de los Junkers de la legión Cóndor, estuvo en el hundimiento del crucero Baleares, y en la sublevación de Cartagena fue de los que aquella mañana lograron incorporarse a sus buques esquivando a las patrullas sublevadas del cuartel de Artillería. Luego, con la derrota, se refugió en Túnez, donde fue internado. De allí pasó a Francia justo a tiempo para darse de boca con la Segunda Guerra Mundial, cuando miles de exiliados españoles no tenían otro camino que dejarse exterminar o pelear por su pellejo, el fue de los que pelearon. Apresado por los alemanes, enviado a un campo de exterminio en Austria, se fugó, regresó a Francia y -de perdidos al río- pudo enrolarse en el maquis. Mató alemanes y enterró a camaradas españoles muy lejos de la tierra en que habían nacido. Liberó ciudades que le eran ajenas con banderas que no eran la suya. Cruzó el Rhin bajo el fuego, y en las montañas del Tirol, en el Nido del Águila de Adolfo Hitler, se calzó una botella de vino blanco en memoria de todos los que se fueron quedando en el camino. Luego trabajó para ganarse el pan, y al cabo de veinte años de exilio regresó a España. Hubo mujeres que lo amaron, hombres que le confiaron la vida, amigos que apreciaron su amistad. Tuvo momentos de gloria y de fracaso, como todos. Humillaciones y victorias. Se equivocó y acertó miles de veces. Tuvo hijos y nietos. Fue como somos todos: ni completamente bueno, ni completamente malo. Ahora, cuando ve a una pareja que se besa en la puerta de un bar, o un hombre joven que camina dispuesto a comerse el mundo, piensa: yo también fui así. Y a veces, cuando te escucha, o te observa él sabe y tú no, y daría lo que fuera por poder enseñártelas y que te sirvieran de algo, y evitarte aunque fuera una mínima parte del dolor, del error, de la soledad, de los muchos finales inevitables que tarde o temprano, en mayor o menor medida, a todos nos aguardan agazapados en el camino. A veces, cuando va clandestinamente, de puntillas, en busca del tabaco que los médicos y tus padres le niegan, se queda un rato registrándote los cajones. No por curiosidad entrometida, sino porque allí, tocando tus cosas, te comprende y te reconoce. Se reconoce a sí mismo. Y se recuerda. Hay una foto que te dio hace tiempo y que tú relegaste al fondo de un cajón, y que tal vez le gustaría encontrar en un marco, en algún lugar visible de ese cuarto: él en blanco y negro, con veinticinco años -era guapo tu abuelo entonces-, un fusil al hombro y uniforme militar, junto a un camión oruga norteamericano, en un bosque que estaba lleno de minas y en el que peleó durante tres días y cinco noches.

Ese viejo inútil que se queda dormido frente al televisor en el salón de tu casa. O a lo mejor no es exactamente él, sino otro cualquiera; y aunque su historia sea distinta, en realidad se trata de la misma historia, que también es y será la tuya. Quién sabe Elenita. Quién sabe.

4 de noviembre de 2001