domingo, 29 de abril de 2007

Eran los nuestros

Todavía no he visto 300, la película de Zack Zinder sobre la batalla de las Termópilas. Pero he seguido con atención la polémica sobre la corrección o incorrección social del asunto, los pareceres encontrados sobre el supuesto retrato artero y malévolo de los orientales persas, y los tópicos sobre el honor y la gallardía de los occidentales espartanos. Ha sido interesante asistir a ese contraste de opiniones entre los partidarios de una visión tradicional del acontecimiento, la prohelénica y heroica, frente a la de quienes se expresan desde un enfoque más orientalista o menos eurocéntrico y lamentan que Jerjes y su gente todavía figuren en la Historia como los malos del episodio. 

En el debate no han faltado, naturalmente, las alusiones a la crisis entre los valores de la democracia occidental y los que otras culturas sostienen, las alusiones al islam, etcétera. En el que podríamos llamar sector crítico frente a la versión transmitida por las fuentes clásicas, hay opiniones muy respetables, versiones de historiadores que, con el peso de su autoridad y con más o menos eficacia según el talento de cada cual, revisan tópicos, iluminan rincones oscuros, deshacen o cuestionan interpretaciones tradicionales; pero junto a ese análisis serio, académico, se ha dado también, como era de esperar en los tiempos que corren, una intensa agitación del gallinero mediático, empeñado en aplicar al año 480 antes de Cristo los habituales clichés de lo social o políticamente correcto. De manera que junto a ciertos finos analistas, intelectuales de pasta flora, eruditos cutres, tertulianos charlatanes y políticos analfabetos, sólo ha faltado alguien que denuncie a Leónidas y sus trescientos hoplitas ante el tribunal internacional de La Haya por militaristas y xenófobos. Que casi. De modo que van a permitirme, también, opinar al respecto. Eso sí: con un criterio contaminado por el hecho poco objetivo de haber leído en su momento –cada cual tiene sus taras– a Herodoto, a Diodoro de Sicilia y a Jenofonte. A lo mejor ése es mi problema. No hay nada mejor, lo admito, para la objetividad, la equidistancia y la corrección política que no haber leído nunca un puto libro. 

A ver si lo resumo bien: eran los nuestros, imbéciles. Aunque siempre sea mentira lo de buenos y malos, lo de peones blancos y negros sobre el tablero de la Historia, lo que está claro, películas y paralelismos modernos aparte, es el color de los trescientos lacedemonios y los setecientos tespieos que libraron el último combate contra los doscientos mil persas que los envolvieron y aniquilaron en el paso de las Termópilas. Pese a su militarismo, a las crueles costumbres de su patria, a que los enemigos no eran afeminados o malvados, sino sólo gentes de otras tierras y otros puntos de vista, los soldados profesionales que peinaron con calma sus largos cabellos antes de colocarse encima treinta y cinco kilos de bronce y cerrar filas dispuestos a cenar en el Hades –Leónidas sólo llevó a los que tenían en Esparta hijos que conservaran la estirpe–, riñeron aquel día como fieras, hasta el último hombre, conscientes de que su hazaña era un canto a la libertad: la demostración suprema de lo que el ser humano, seguro de lo que defiende, puede y debe hacer antes que someterse. 

Y claro que eran héroes. Da igual que los historiadores magnificaran su hazaña, o que los enemigos fuesen de una u otra manera. Lo que esos espartanos rudos y valientes defendieron bajo la nube de flechas persas –como bromeó uno de ellos, eso permitía pelear a la sombra–, no era el diálogo de civilizaciones, ni el buen rollito ni el pasteleo para salvar el pellejo poniendo el culo gratis. Enaltecidos por los clásicos o desmitificados por los investigadores modernos, lo indiscutible es que, con su sacrificio, salvaron una idea de la sociedad y del mundo opuesta a cualquier poder ajeno a la solidaridad y la razón. Al morir de pie, espada en mano, hicieron posible que, aun después de incendiada Atenas, en Salamina, Platea y Micala sobrevivieran Grecia, sus instituciones, sus filósofos, sus ideas y la palabra democracia. Con el tiempo, Leónidas y los suyos hicieron posible Europa, la Enciclopedia, la Revolución Francesa, los parlamentos occidentales, que mi hija salga a la calle sin velo y sin que le amputen el clítoris, que yo pueda escribir sin que me encarcelen o quemen, que ningún rey, sátrapa, tirano, imán, dictador, obispo o papa decida –al menos en teoría, que ya es algo– qué debo hacer con mi pensamiento y con mi vida. Por eso opino que, en ese aspecto, aquellos trescientos hombres nos hicieron libres. Eran los nuestros. 

29 de abril de 2007 

domingo, 22 de abril de 2007

La venganza de la Petra

El mundo se hunde y nosotros nos enamoramos. Ni los pantalones vaqueros respetan ya estos hijos de la gran puta. Antes era el color lavado o sin lavar, y ahora, el ancho de pata. Tendrían que ver ustedes la cara, mitad conmiseración profesional y mitad coña marinera, con la que me mira el vendedor. «Pues va a ser que no, señor Reverte –dice–. Esta temporada, todos vienen con dos centímetros más, por lo menos.» No puede ser, balbuceo con cara de panoli. Llevo el mismo ancho de pata, o de pernera, o como se diga, desde que el cabo Finisterre era soldado raso. Y busco los de siempre: normales, de faena. De toda la vida. «Pues es lo que hay –responde mi interlocutor–. La moda es la moda.» Y cuando, hecho polvo, dejo los pantalones y me dispongo a tomar el portante, añade: «Es que es usted un antiguo, señor Reverte». 


Total, que salgo a la calle blasfemando de los vaqueros, de la moda y de quienes la inventaron, mirando para arriba a ver si cae fuego del cielo y nos vamos todos a tomar por saco con las patas anchas de los cojones; pero lo que cae es una manta de agua y todos van con paraguas, y cuando miro para abajo sólo veo tejanos de patas anchas, arrastrados, pisándose el dobladillo o el deshilachado, que ésa es otra. Y como el suelo está mojado, sus propietarios van empapados hasta las rodillas, felices de ir chapoteando, chof, chof, con sus pantalones a la moda de la madre que me parió. Sobre todo las propietarias, porque las perneras acampanadas les encantan sobre todo a ellas, cinturas bajas y pata de elefante, favorecidas y elegantes que echas la pota, amén del companaje para completar figurín. Que parece mentira que haya mujeres capaces de ponerse prendas que les caen como una patada en la bisectriz, sólo porque el modisto de moda necesita trincar cada temporada y Victoria Beckham –esa especie de Ana Obregón vestida de Sissi Emperatriz por el estilista de Barbie, o viceversa– sale en el ¡Hola! 

Pero así funciona el asunto, creo. A Roberto Pastaflori, a Danti y Tomanti, a Rodolfo Langostino o a cualquier otro modisto puntero, o diseñador, o como carajo se llame ahora el antaño honorable gremio de la sastrería, se le ocurre una imbecilidad para epatar en la pasarela de Milán, verbigracia, que los hombres lleven la bragueta abierta con calzoncillo de camuflaje multicolor, que las mujeres usen ropa de minero asturiano y se calcen un pie con zapato de tacón aguja y el otro con sandalias apaches, o lo que sea, y no les quepa duda de que, durante los meses siguientes al desfile correspondiente –páginas de Cultura de los periódicos, ojo–, todo cristo, ellos y ellas, irán, o iremos, por esas calles con la bragueta abierta dos palmos lanzando pantallazos fosforito, los pavos, y las pavas con casco del pozo María Luisa y cojeando a la moda divina de la muerte, tacón, sandalia, tacón, sandalia, encantados de habernos conocido. Y si sólo fuera indumento, todavía. Los arcanos de tales dictaduras, alegremente aceptadas, son muchos e insondables. Pero ahí están, y vienen de antiguo. Todo empezó a fastidiarse, sospecho, el día en que la primera marquesa gilipollas –francesa, supongo, la Pompadour o una de esas zorras– hizo sentarse a su mesa, dándoles conversación, a su modisto, a su peluquero y a su cocinero. 

También albergo otra sospecha tenebrosa, que tiene que ver –usando una perífrasis delicada que no alborote mucho el gallinero– con las distintas aficiones y posturas de cada cual respecto al acto venéreo. Dicho de otro modo: lo que abunda entre los modistos no es el estilo camionero tipo Rusell Crowe, sino más bien el Chica Tú Vales Mucho. Pensaba en eso el otro día, hojeando un reportaje sobre quienes dictan la moda de nuestro tiempo. Las fotos eran reveladoras: Jean Paul Gaultier con botas de piloto intrépido acordonadas hasta las rodillas, jersey malva y pantalón de reflejos violetas, John Galiano con melena rubia y rizada hasta la cintura, sombrero de gánster, fular blanco y camiseta negra de pico, Valentino peliteñido, clásico y sobrio como la vida misma, Karl Lagerfeld –aparte esa pinta simpática que tiene, el jodío– con botas de montar, cuello duro, una sortija en cada dedo, una calavera en la corbata y una cadena de bicicleta a manera de cinturón. También venían un par de fulanos más cuyos nombres no retuve, uno con gomina amarilla y las rótulas depiladas asomándole por agujeros de los vaqueros, y otro vestido de Isadora Duncan que iba montado en patinete. Para mí, deduje tras mucho mirarlos, lo que son estos fulanos son unos cachondos. En el fondo –y en la forma– odian a las tías. Y se están vengando. 

22 de abril de 2007 

domingo, 15 de abril de 2007

La princesa de Clèves y la palabra patriota

Hay un columnista al que leo cada mes en la revista literaria gabacha Lire. Se llama Frédéric Beigbeder y no lo conozco personalmente; pero me agradan su ironía, sus puntos de vista, y sobre todo su forma de entender la cultura. Una forma ilustrada, por supuesto, pero lejos de la pedantería intelectual en la que tantos, franceses o no, incurren a menudo. En cuanto a Beigbeder, no siempre comparto sus opiniones; pero es inteligente, y me interesa lo que dice y cómo lo dice. La última página suya que he leído la dedicaba a comentar un juicio despectivo de Nicolas Sarkozy sobre La princesa de Clèves, de Madame de La Fayette: novela que, en no demasiadas páginas, relata la historia de una mujer hermosa y triste enamorada de un hombre que no es su marido, y al que renuncia para salvaguardar su honor, incluso después de que el marido haya muerto de pena, creyéndose -sin fundamento- engañado por ella. 

Entre otros sentimientos, la mención a La princesa de Clèves me despierta recuerdos gratos. La leí a los quince o dieciséis años, en la biblioteca de mi abuela materna; y desde sus primeras líneas -«Nunca brillaron tanto en Francia la magnificiencia y la galantería como en los últimos años del reinado de Enrique II...»- me conmovió por su elegancia y delicadeza. Virtudes estas que, según apunta Frédéric Beigbeder con ácida coña, no sirven, a juicio de Sarkozy, para reformar la economía nacional, ni para evitar el desempleo juvenil, ni para mejorar las estructuras del Estado francés. Frente a tan elemental enfoque de la cuestión, Beigbeder subraya en su artículo la grandeza de La princesa de Clèves. Se trata, dice, de una bella historia sobre el amor imposible, sobre el deseo y la virtud, escrita con profunda psicología y con prosa de absoluta y eterna belleza. Luego cita el siguiente párrafo: «Os adoro, os odio; os ofendo, os pido perdón; os admiro, me avergüenzo de admiraros», y concluye: «¡Leer este libro lo vuelve a uno patriota! Sólo nuestro país, riguroso y apasionado, podía alumbrar semejante obra maestra. Escuchar esta lengua es escuchar la lengua de la inteligencia». 

Y, bueno. Aparte de que don Nicolás Sarkozy quede como un soplagaitas y un bocazas, del artículo de Beigbeder retengo una frase contenida en el párrafo que acabo de citar: Leer este libro lo vuelve a uno patriota. Con pregunta inevitable a continuación: ¿cuáles serían los floridos comentarios del personal si alguien en España tuviera las santas agallas de afirmar, de palabra o por escrito, que tal o cual libro lo vuelve a uno patriota? ¿Imaginan a don Gaspar Llamazares, con su talento para cantar por las mañanas, apostillando la cosa? ¿O al ministro de Asuntos Exteriores de Cataluña, señor Carod-Rovira, diferenciando entre patriotas buenos y patriotas malos? ¿Al apolillado señor Acebes explicándonos qué libros y oraciones pías lo hacen a uno patriota y cuáles no? ¿A don José Blanco, simpático secretario de organización de los que ahora medran y legislan, ilustrándonos sobre lo que él y su peña entienden por patriota? 

En contra de lo que pueden pensar algunos cuando lean esto -entre los lectores de XLSemanal también hay tontos del ciruelo, como en todas partes-, Frédéric Beigbeder no es de derechas, aunque eso sorprenda a quienes creen que la palabra patria sólo sirve para llevar bien el paso de la oca. Matizado eso, ¿son capaces de imaginar ustedes, en España, a un intelectual de cualquier signo, a un escritor, a un político, a un fulano para cuya actividad sea imprescindible poseer unos conocimientos básicos y un sentido razonable de las conexiones de la palabra cultura con la palabra patria, afirmando con la boca abierta y sin despeinarse que leer tal o cual libro lo vuelve a uno patriota? ¿Que escuchar la lengua española es escuchar la lengua de la inteligencia? ¿Que la lectura de El Quijote, o de La Regenta, o del Buscón, o de Pepita Jiménez, o de El sí de las niñas, o de Fortunata y Jacinta, o de La tierra de Alvargonzález, o de El ruedo ibérico, o de La familia de Pascual Duarte, o de Los santos inocentes, o de Vientos del pueblo, o de La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, aumenta el número de quienes, según el diccionario de la Real Academia, «tienen amor a su patria y procuran todo su bien»? 

Pues eso. Que hay días, como hoy, en que le pediría prestados a Frédéric Beigbeder, si se dejara, el nombre, la página y la patria, princesa de Clèves incluida. Hasta a Sarkozy o a Ségolène Royal, fíjense, los cambiaría por cualquiera de aquí. A ciegas. 

15 de abril de 2007 

domingo, 8 de abril de 2007

El comercial Jesús Quesada y los colegas

Veo muy poco la tele. Los Lunnis, fragmentos de Aquí hay tomate, Canal Historia y poco más. Desde hace diez o doce años tengo la sana costumbre de calzarme cada noche, después de cenar, una película en deuvedé o en vídeo. En realidad lo de una película por noche es inexacto, pues a veces despacho dos y hasta tres, cuando se trata de capítulos de series televisivas a las que soy adicto, como Los Soprano, El ala oeste de la Casa Blanca, o un reciente descubrimiento que todavía me tiene turulato tras zumbarme íntegras, en sólo semana y media, sus dos primeras temporadas: la serie sobre el nacimiento y avatares de un pueblo minero del Oeste americano titulada Deadwood; que es, después de Sin perdón de Clint Eastwood, lo mejor que he visto sobre el género desde que, de pequeño, tuve el privilegio –ya no hay privilegios así– de ver en el cine, comiendo pipas, Río Bravo, El hombre que mató a Liberty Valance y las otras obras maestras del abuelo John Ford. Sin olvidar un maravilloso hallazgo reciente, que debo a Javier Marías: la miniserie –o película larga, que tanto da– Los protectores: tres horas dirigidas por Walter Hill, con un impresionante Robert Duvall haciendo de viejo y duro vaquero, en un western de los de antes, de leyenda. 

Pero no todo son series guiris. Si de adicciones televisivas se trata, sería injusto no mencionar la única que puntualmente –siempre la veo durante su emisión– me clava frente al televisor: Cámera café. La sigo con interés casi fanático, mientras me arranca carcajadas la chispeante gracia de sus guiones espléndidos, y admiración el sólido trabajo de cuantos en ella participan. El desánimo profundo en que cualquier telespectador razonable puede caer tras un zapeo por las series y programas de más audiencia, lo cutre de buena parte de las situaciones y la escasez lamentable de actores –en España creemos que para serlo basta con ponerse ante una cámara y ser natural como la vida misma– se disipan en el acto con las peripecias de esa oficina extraordinaria dirigida por Luis Varela, alias Gregorio Antúnez, uno de los grandes cómicos españoles, inexplicablemente marginado hasta ahora, a quien admiro desde los lejanos tiempos de Escala en Hi-Fi y Estudio Uno; incluso desde que tocaba la batería detrás de Concha –entonces Conchita– Velasco en Historias de la televisión

Todos están perfectos en Cámera café: desde el ratonil representante sindical con jeta de cemento Julián Palacios, encarnado por Carlos Chamarro, hasta el vigilante nocturno Benito Avendaño, construido, poniendo acento de su tierra y la mía, por Daniel Albaladejo; sin olvidar a los otros, a las chicas, a la entrañable marujona semipija Mari Mar –Esperanza Elipe– y al chulesco chófer Arturo Cañas Cañas, a quien presta cuerpo y voz Alex O’Dogherty; y al que, como padre del joven Íñigo Balboa, vimos morir en Flandes en brazos del capitán Viggo Alatriste. Pero mis iconos personales de la serie, sin menoscabo de sus compañeros, son el ingenuo Bernardo Marín –ese magnífico César Sarachu–, la maravillosa secretaria Mari Carmen Cañizares –Esperanza Pedreño– con su buen corazón y sus ropas imposibles, y el vendedor Jesús Quesada. A Bernardo y la Cañi, aparte de admirar el talento de los actores que les dan vida, he llegado a quererlos con sincero afecto; pero mi gran descubrimiento, el crack de la serie, es Jesús Quesada. Con absoluto desparpajo, Arturo Valls –de quien hasta ahora yo ignoraba esa estupenda condición de actor– consigue una creación perfecta, más allá de su papel concreto y del guión que lo determina. Que levante la mano quien no tenga al menos un compañero de trabajo, un amigo, un pariente, que encaje punto por punto en el arquetipo psicológico y el estereotipo social representado por ese individuo simpático, caradura, golfo, vago, oportunista, putero y con los escrúpulos reducidos a lo imprescindible. Algo tan nítidamente nuestro, tan de aquí, como el pincho de tortilla y la cerveza a media mañana o el toro de Osborne en la carretera. Por eso el comercial Jesús Quesada es más que un personaje de la tele: resulta un tipo al que conozco de toda la vida; y que, como sus compañeros de oficina, me arrima cada noche la caricatura magistral de una España en la que con humor blanco y amable, sin ofensa ninguna al buen gusto, puedo reconocerlo, y reconocernos. Ése es, a mi juicio, el gran mérito de Cámera café. La explicación de su éxito. Ojalá dure mucho, y que ustedes lo vean. 

8 de abril de 2007 

domingo, 1 de abril de 2007

Bandoleros de cuatro patas

Salió el otro día en la tele: un aprisco de ovejas tras la incursión nocturna de una jauría de perros asilvestrados. Impresionaba el desconcierto desolado de los pastores junto a los pobres animales muertos o moribundos, acurrucados con el cuello deshecho, la carne viva y ensangrentada, aún palpitante, al descubierto. Como si en vez de perros se hubiera colado en el corral, por la noche, un grupo de carniceros serbios. Llegaron en la oscuridad, contaba uno de los pastores, excavando con astucia bajo la valla metálica, y se lanzaron a la matanza con evidentes ganas de hacer daño. Por las huellas eran siete u ocho, y dos de ellos fueron acorralados y capturados por la Guardia Civil en el monte cercano, todavía con sangre en el hocico. La cámara los mostraba atados y encerrados en un patio. Uno era grande, amastinado, de mandíbulas poderosas, y alzaba la cabeza con firmeza y desafío, como diciendo «lo haría otra vez en cuanto me soltarais». El otro era un tiñalpilla menudo, paticorto, de ojos grandes y oscuros, que miraba a la cámara con el aire arrepentido y lastimero de un Lute de cuatro patas; al estilo de esos delincuentes que, al pillarlos con las manos en la masa, dicen que roban o matan porque tienen hambre y la sociedad los hizo como son. El destino de ambos reclusos estaba claro: pruebas veterinarias y sacrificio. No pude evitar asociarlos con una pareja de presidiarios convictos en el corredor de la muerte, el duro que mantiene el tipo, y el tímido y asustado que, hasta el final, intenta convencernos de que es inocente. Supongo que a la hora de teclear estas líneas ya estarán muertos. 

Me quedó algo de esos perros, sin embargo. Una sensación extraña, incómoda, que me lleva a hablar hoy de ellos. En primer lugar, porque la muerte de ciertos seres humanos me tiene a veces sin cuidado; pero la de un perro no me deja nunca indiferente. Siempre sostuve que esos animales son mejores que las personas, y que cuando uno de nosotros desaparece del mapa, el mundo no pierde gran cosa; a veces, incluso, se libera de un verdugo o de un imbécil. Pero cada vez que muere un buen perro, todo se vuelve más desleal y sombrío. Lo de buenos o malos perros también es relativo. La mayor parte de las veces, lo que separa a uno heroico y bondadoso de otro majara, o asesino, no es más que la confusa y compleja línea que separa a un amo normal de un hijo de la gran puta. Porque los perros son, casi siempre, como los humanos los hacemos. 

En eso pienso ahora, con el mastín tipo duro y el chusquelillo de ojos melancólicos nítidos en el recuerdo. No es la primera vez que perros asilvestrados salen en los periódicos o en el telediario. Y siempre me quedo pensando mucho rato en esas jaurías espontáneas, formadas por chuchos supervivientes de las cunetas y las autopistas, que tras verse abandonados por sus amos sobreviven al calor, a la sed, al hambre, a la soledad; y lamiendo sus llagas terminan juntándose, para su fortuna, con otros hermanos de exilio, con otros proscritos que, igual que ellos, pasaron de ser cachorrillos mimados un día de Reyes a presencia molesta en casa de amos irresponsables, para terminar siendo abandonados a su suerte en un mundo difícil para el que nadie los había preparado. Un territorio hostil que ni conocían ni imaginaban. 

Por eso, para calmar la tristeza que me produce ese pensamiento y no conmoverme demasiado, prefiero creer que esos perros que, precisos y letales, atacaron el aprisco con objeto de comer un poco y matar mucho, poseen inteligencia suficiente para saber lo que hacían. No quiero pensar en accidente, o azar. Prefiero imaginarlo todo como venganza de un grupo salvaje, de una jauría asesina formada por los que en otro tiempo fueron tiernos cachorros, y ahora, maltratados, abandonados, proscritos por dueños que les dieron un cruel amago de felicidad antes de sumirlos en el estupor y la soledad, atacan y matan sin piedad, por ansia de revancha, por simple sed de sangre, aunque el precio sea acabar luego como los dos colegas del telediario, el mastín y el paticorto, en manos de la Guardia Civil. Que tampoco es mal final, por cierto, después de haber visto arder naves más allá de Orión y todo eso, corriendo libres por los campos, cazando, matando y lo que se tercie –supongo que también habrá perras guapas en esas jaurías–. Ajustando cuentas, en fin, como una partida de bandoleros sin ley ni amo, devueltos a la barbarie, echados al monte por la injusticia y la estúpida maldad de los hombres. 

1 de abril de 2007 

domingo, 25 de marzo de 2007

"El Chaquetas" y compañía

No tengo ni puta idea de si ese concejal de Alhendín, Granada, al que la Policía enchiqueró hace unos días es culpable o no de habérselo llevado crudo. Ni lo sé ni me importa, porque en Alhendín o en San Cebollo de Villaseca, si no es él, habrá sido otro. A algunos concejales, o políticos, o gente en general dedicada a tan bajuno oficio –bajuno sobre todo en España, precisemos la cosa– basta con mirarles la cara, o la foto, o el currículum, o el apodo, para hacerse idea de en manos de quién estamos. Acuérdense, por recurrir a un careto conocido, de El Cachuli, verbigracia, a quien Marbella en pleno estuvo orgullosa de tener durante largo y provechoso tiempo como alcalde, hasta que, oh prodigio, las vendas cayeron de los ojos, cesaron los aplausos y besos callejeros, y resultó que el tal Cachuli era un punto filipino que había abusado de la ingenuidad de tan despistado y honorable vecindario. Etcétera. 

Quiero decir, ciñéndome al asunto, que, a efectos de la página que hoy tecleo, el hecho de que ese concejal presuntamente pillado en Alhendín con las manos en el ladrillo pueda ser ladrón por activa, por pasiva, probado, recalcitrante, supuesto o en grado de tentativa, no altera el producto. Una golondrina no hace verano en un país repleto de esos y otros pajarracos. Lo valioso, lo educativo, es la biografía del individuo, que yo diría espléndida, paradigmática, interesantísima para advertir la catadura moral, no de un trincón aislado, sino de toda una clase política criada a la sombra de los ayuntamientos y del lucrativo sistema nacional –lucrativo, claro, para quienes llevan décadas enquistados en él– de que cada perro se lama por su cuenta el ciruelo autonómico: una casta golfa, oportunista, atenta sólo a mantener caliente el negocio, engordada al socaire de la impunidad y la desvergüenza, sin distinción de signos ideológicos, partidos o militancias. Con el matiz de que lo que algunos, elementales y primitivos como somos, esperábamos de la derecha era precisamente eso: mucho trincar y mucho mear agua bendita. Pero de la izquierda –y cuando pienso en el Pesoe digo izquierda por llamarla de alguna manera– esperábamos algunas otras cosas. 

Por eso no menciono aquí el nombre del presunto de Alhendín, que da igual porque sólo es uno más, gotita en el océano y todo eso, y además el nombre es de cada uno y del padre y la madre que lo parieron. Lo que interesa, lo significativo, es el apodo. Que es glorioso, perfecto, definitorio, como digo, de un talante político tan español y castizo como los encierros de Pamplona, el jamón ibérico, la hipoteca, o los llaveros con el toro de Osborne, el cedé de El Fary y las botas de vino Tres Zetas que se venden en las gasolineras: El Chaquetas. Con ese mote situándonos al personaje, no hay más que entornar los ojos para imaginar, con escaso margen de error, una fisonomía, una forma de vestir, un modelo de coche, una casa, una mariscada con los compadres mientras circulan sobres bajo la mesa, unos hábitos. Que levante la mano quien no tenga en su pueblo, en su ciudad, en su ayuntamiento, en su gobierno autonómico, un fulano –o fulana, seamos paritarios– a quien cuadre el apodo. Alguien a quien aplicar el encaje de bolillos biográfico que nuestro amigo de Alhendín ha tejido, tacita a tacita, desde su más tierna juventud: de simpatizante del Partido Comunista a ir a las elecciones con el Centro Democrático y Social, que luego abandonó por un grupo independiente donde obtuvo en 1987 su primera concejalía; de ahí llegó a ser alcalde durante unos meses, hasta que tras serle retirada la confianza por su propia gente se pasó al Pepé, con el que volvió a ser concejal en 1999 de un ayuntamiento en el que, hasta el momento de su problemilla con la Justicia, era nada menos que edil de Urbanismo, teniente de alcalde y concejal de Economía, Hacienda, Personal y Contratación, además de tener –eso afirman los periódicos que se han ocupado del asunto– una asesoría urbanística, y ser consejero de una promotora inmobiliaria en sociedad con la mujer y dos cuñadas del alcalde. Lo único que en su larga, variada y rentable carrera política no ha sido hasta ahora mi primo es militante del Pesoe, aunque también eso hay que matizarlo: trabajó como recaudador del ayuntamiento de Granada durante el mandato del socialista José Moratalla. 

Así que lo dicho, oigan. El Chaquetas. A mucha honra. Hay apodos que definen no a un individuo, sino a toda una casta miserable: la que manda en esta cochina España. Con nuestro aplauso, o nuestro silencio. 

25 de marzo de 2007 

domingo, 18 de marzo de 2007

Esos barcos criminales, etcétera

La peripecia del Ostjedik –el holandés que anduvo de Camariñas a Vivero con su carga echando humo– terminó bien. Hubo suerte: soplaba viento sur. Con norte o noroeste duro, el final no habría sido tan feliz ni barato. Aunque barato no sea el término adecuado para los armadores, que irán a los tribunales para averiguar por qué deben pagar ellos cuatro remolcadores que no pidieron, así como el espectáculo taurino musical que se montó en torno a lo que no era sino incidente menor, de los que ocurren todos los días en el mar; pero que, tratándose de costa gallega y española, se convirtió automáticamente en alarma general, pasto de bocazas indocumentados y apertura de telediarios. 

Conclusión: seguimos sin aprender, sobre siniestros marítimos, una puñetera mierda. Ni siquiera lo elemental: que no es el alcalde o el ecologista de turno quien debe explicar en la tele lo que ocurre, sino que son Marina Mercante y Salvamento Marítimo, y sobre todo un ministro de Fomento informado y responsable –ni aquel nefasto Álvarez Cascos de antaño ni la malencarada y desagradable Magdalena Álvarez de ahora– quienes tienen la obligación de dar la cara, en vez de torear a la gente según la música electoral de cada momento. Para eso, claro, hace falta que la ministra y el director de la Marina Mercante se asesoren con quienes conocen el asunto. El problema es que Marina Mercante no está en manos de marinos: los tienen ahí para coger el teléfono, y no para opinar. Y cuando opinan, es para decir lo que su director general o la ministra quieren oír. 

Se trata de cobardía política, como de costumbre. Eso convierte cada incidente naval en un espectáculo y un disparate: nadie cuenta las cosas como son. Nadie dice que el tráfico mercante en la costa gallega pasa a 40 millas de ésta, pero que los mismos barcos navegan frente a Ouessant, en Francia, a 15 o 20 millas, y por el Canal de la Mancha a menos de una milla del cabo Gris Nez. Nadie dice tampoco que en España, pese a recibir por mar, como el resto del mundo, el noventa por ciento de los productos necesarios para la vida diaria, los intereses marítimos no existen, los armadores han sido criminalizados hasta el insulto, todo barco mercante se asocia con la palabra pirata, y al menor incidente, los políticos y la prensa entran a saco. Eso no ocurre sólo aquí, por supuesto; pero en este paraíso de la demagogia y la estupidez, los efectos son más graves. 

Un ejemplo de nuestra hipocresía son los petroleros. Las grandes compañías controlan la extracción y poseen refinerías y gasolineras, pero del transporte se lavan las manos. Sus flotas han desaparecido por tener mala prensa, y ahora es el armador griego Kútrides Tiñálpides, o como se llame, quien se come el marrón. Y así, cada buque, petrolero o no, arrastra una leyenda siniestra, abucheado por quienes se benefician pero no quieren saber nada. Un caso elocuente es el del Sierra Nava. Ese barco pertenece a la Marítima del Norte, naviera seria que siempre luchó por mantener el pabellón español en sus barcos, hasta que por falta de apoyo no tuvo más remedio que abanderarlos en Panamá, como todo cristo. Y resulta que el Sierra Nava, fondeando en Algeciras donde le indicó la autoridad portuaria, garreó con temporal de Levante –cosa que les pasa a los barcos de vez en cuando–, yéndose a la costa con un vertido de gasóleo ni de lejos equiparable al crudo del Prestige. En cualquier caso, para establecer responsabilidades están los tribunales. Sin embargo, antes de investigarse nada, cuando llegó allí la ministra Álvarez –que de barcos no tiene ni puta idea, pero iba rodeada de periodistas–, lo primero que dijo fue que a los armadores del Sierra Nava les caían 600.000 mortadelos de multa y otros tantos de fianza, por la patilla. Eso antes de que nadie investigara lo ocurrido, para tapar la boca al personal, y por si acaso. Porque en España, todo barco, sin distinguir entre un armador honorable o cualquier desaprensivo que mueva chatarra flotante, es sospechoso sólo por estar a flote. Su capitán, culpable fácil. Y su armador, pirata malvado o primo que paga. 

Y ahí seguimos. Con la ministra de Fomento arreglando el mar a la medida de su competencia e intelecto. Dentro de poco, frente a la costa gallega o cualquier otra, un capitán en apuros pedirá de nuevo refugio para su barco, y otra vez empezará el vergonzoso espectáculo. No quisiera verme en los zapatos de ese capitán. Cualquier político español prefiere un barco hundido, lejos, a verlo a flote cerca de un pueblo donde se vota. Hasta son capaces de hundirlo ellos, como al Prestige. 

18 de marzo de 2007 

domingo, 11 de marzo de 2007

Reciclaje, ayuntamientos y ratas de basurero

Voy a ganarme a pulso una bronca ecológica, incluida mi guerrera del arco iris particular; pero uno está curtido en broncas, adversidades y otros etcéteras, así que asumo las consecuencias sin complejos. Y es ello que acabo de enterarme de que, en la Comunidad de Madrid –supongo que como en otras comunidades, más o menos–, cuatro de cada diez ciudadanos sacan la basura sin separar los materiales orgánicos de los reciclables. O sea: que para buena parte de los madrileños, y supongo, tirando por elevación, de los españoles en general, la variedad de colores que adorna los cubos de basura –envases, papel, materia orgánica y todo eso– no sirve más que para darle variedad cromática al asunto. 62.532 fotografías de contenedores frente a 13.000 edificios capitalinos, en una inspección que ha costado la respetable cifra de 390.000 mortadelos, permiten llegar a la conclusión de que así están las cosas. Y de que los ciudadanos somos unos desaprensivos que nos pasamos por la bisectriz la ecología y las ordenanzas municipales y de la CEE. 

Esto último es muy probable. Sin necesidad de inspecciones y conociendo el percal, esa cifra de que sólo no reciclan cuatro de cada diez pavos y pavas me parece demasiado optimista. Y sorprendente, habida cuenta de dónde estamos, y con quién nos las tenemos, en este bebedero de patos donde todo cristo, desde los ministerios de Sanidad o Fomento hasta la concejalía de ruidos y basuras de San Crescencio del Rebollo, con tal de salir en el telediario, vomitan leyes, normativas, disposiciones y ordenanzas hasta aburrir a las ovejas, sin poner luego, por supuesto, los medios adecuados ni hacer el menor esfuerzo para aplicarlas, o para asegurarse de que se aplican sin picaresca ni golferías. Como dice un compadre mío que es medio franchute y medio alemán: «En Espania tenéis más leies que en toda Eugopa gunta, pego nadie las cumple». Así que permitan que les cuente un caso particular, casi íntimo, después de hacer una confesión melodramática y casi chulesca: yo no reciclo. O, para ser más exactos, llevo algún tiempo sin hacerlo. Y voy a contarles por qué. 

Desde hace la tira, en mi casa hay cuatrocientos ochenta y seis cubos de basura con colores distintos, en los que siempre se hizo una minuciosa selección de materiales: envases, plásticos, papel, etc., incluso antes de que el ayuntamiento responsable dispusiera en las proximidades el equivalente en contenedores apropiados. De papel, sobre todo, entre correspondencia, folios y borradores descartados, envoltorios de paquetes de libros, revistas, periódicos, folletos y cosas así, se despachaban cada día muchos kilos debidamente apartados, limpios y listos para reciclar. Y todo ocurrió así, con exactitud prusiana y ejemplar ciudadanía, hasta que hace poco llegó a mi conocimiento que un par de miserables traperos que se dicen libreros o intermediarios tienen puesto a la venta parte de todo eso que, en mi virginal inocencia, envié al reciclaje: páginas de textos con correcciones manuscritas, correspondencia privada y hasta invitaciones a tal o cual acto presidencial, real, ministerial, social o literario; de los que, por cierto, debe de haber tarjetones a cientos, pues nunca voy a ninguno. Al principio, cuando logré cerrar la boca abierta por el asombro y después de estar un rato mirándome en el espejo la cara de gilipollas, pensé echarles encima a los responsables todo el peso de la dura lex, sed lex, ya saben. El juez Garzón y todo eso. Pero luego consideré que en España no merece la pena, de momento, legar pleitos a tus nietos. Así que, hechas mis averiguaciones para reconstruir el proceso, y como a fin de cuentas todo aquel papelorio no era sino basura sin importancia, decidí tomarlo con calma y a la expectativa, cual francotirador paciente detrás de la escopeta, en espera de que se presente la ocasión personal de toparme a una de esas ratas de cloaca e incrustarle los borradores de mis obras completas, previamente bien enrollados y a hostias, en el esófago. En cuanto al ayuntamiento de donde vivo y a la empresa contratada responsable, que defraudando mi buena fe –imagino que no sólo hurgarán en mis papeles, sino también en los de otros vecinos–, son incapaces de garantizar el buen uso de mis desechos domésticos, y con su complicidad pasiva –o activa, cualquiera sabe– permiten que mi vida privada sea puesta en pública almoneda, lo que hago ahora es meter toda la basura bien mezcladita, papeles, fideos, aceite de latas de sardinas, tomates pochos y demás, con las siglas QLRVPM pintadas en las bolsas con rotulador: Que Lo Recicle Vuestra Puta Madre. 

11 de marzo de 2011 

domingo, 4 de marzo de 2007

1490: Comandos en Granada

Hoy toca episodio histórico. Es bueno mirar atrás de vez en cuando, en esta España con poca vergüenza y peor memoria, y comprobar que aquí han sucedido muchas cosas interesantes: sucesos que gente normal, segura de sí, convertiría en series de televisión, en películas, en referencia indispensable y signo de identidad para escolares y público en general, en vez de ocultarlas por desidia e ignorancia, por no encajar en lo social y políticamente correcto, o por desmentir el negocio de recalificación nacional de todo a cien que han montado a nuestra costa, atentos sólo a su pesebre, unos cuantos hijos de la gran puta. 

Estoy releyendo con inmenso placer, después de muchos años, una biografía de Hernán Pérez del Pulgar, el guerrero sin tacha. Y al llegar al capítulo de su legendaria incursión nocturna del 17 de diciembre de 1490, en Granada, no he podido evitar que el niño asombrado que hace casi medio siglo escuchaba referir esa hazaña se estremeciera en mi interior, como cuando oía recitar a mi padre unos viejos versos de los que nunca supe el autor, pues los aprendí de memoria: «Amparados en la noche / quince jinetes cabalgan / y Hernán Pérez del Pulgar / es el que primero avanza». Menuda historia, y menudo elemento. Curtido en la dura campaña de Granada, última de la Reconquista, caballero apuesto, famoso en la corte de los Reyes Católicos, Hernán Pérez del Pulgar tenía treinta y nueve años y una impecable reputación, consecuente con el lema de su escudo familiar: «Tal debe el hombre ser, como quiere parecer»

En aquel tiempo difícil, cuando el diálogo de civilizaciones se hacía al filo de una espada, Pérez del Pulgar era bravo entre los bravos, hasta el punto de que se decía que sus escuderos, gente rústica y fiel hasta la muerte, llevaban «la cabeza sujeta sólo con alfileres». Quince de ellos lo probaron acompañándolo en la más audaz y espectacular incursión bélica –hoy diríamos acción de comandos– que registra la historia de España. 

Observemos la escena: cerco de Granada, noche sin luna. Unas sombras silenciosas moviéndose bajo la muralla. Tras planificarlo hasta el último detalle, Pérez del Pulgar y sus escuderos, equipados con ropas negras y armas ligeras, se acercan a la ciudad. Y mientras nueve se quedan guardando los caballos y cubriendo la retirada, su jefe y otros seis se cuelan por el cauce del Darro, acero en mano y el agua por la cintura. Después, guiados por uno de ellos –Pedro Pulgar, moro converso–, callejean a oscuras hasta la mezquita mayor, hoy catedral de Granada. Y allí, en la puerta y con su propia daga, Pérez del Pulgar clava un cartel donde, junto a las palabras «Ave María», dice tomar posesión de ese lugar para la religión católica, en nombre de sus reyes, y por sus cojones. Tras semejante chulería, los incursores encienden un hacha de cera; y, clavándola en el suelo a fin de que ilumine bien el cartel, rezan de rodillas antes de buscar la Alcaicería para incendiarla. Pero Tristán de Montemayor, el encargado de la cuerda alquitranada para el fuego, la ha olvidado en la mezquita. Cabreadísimo, Pérez del Pulgar lamenta que le haya «turbado el mayor hecho que se hubiera oído», y sacude a Montemayor una cuchillada en la cabeza, mortal si no se interponen los compañeros. Uno de ellos, Diego de Baena, se ofrece a regresar en busca de la mecha, y Pérez del Pulgar le promete, si salen vivos de allí, una yunta de dos bueyes por echarle esos huevos. Pero la suerte se acaba: de vuelta con la lumbre, Baena se da de boca con un centinela moro, al que endiña unas puñaladas antes de poner pies en polvorosa. Entonces se lía el pifostio: gritos del centinela, luces en las ventanas, alarma, alarma. Etcétera. Con toda Granada despierta, el grupo corre a oscuras hacia la muralla. Junto al río, uno de ellos, Jerónimo de Aguilera, cae atrapado en un foso. El compromiso es «no dejar atrás prenda viva», y todos son profesionales: Aguilera pide a sus compañeros que lo maten, pues no quiere caer en manos de los moros. Pérez del Pulgar le tira una lanzada, pero yerra el blanco en la oscuridad. Al fin, como en las películas, con los enemigos encima, logran liberarlo y salir todos por el río, subir a los caballos y largarse al galope, mientras en la ciudad se monta un carajal del demonio y al rey Boabdil, despierto con el escándalo, le dan la noche. 

Interesante historia, ¿verdad? Reveladora sobre unos hombres y una época. Y ahora imaginen con qué adjetivos figurarían Pérez del Pulgar y sus quince colegas –si alguien los recordase– en un texto escolar de 2007. 

4 de marzo de 2007 

domingo, 25 de febrero de 2007

Oliendo a ajo

Rara vez tiro un libro, pero el otro día hice una excepción. Navegaba con brisa de poniente, todo el trapo arriba: uno de esos días soleados y tranquilos en los que es innecesario andar con un ojo en el cielo y otro en el anemómetro, y puedes sentarte, relajado, con un libro en las manos. Éste era el último de Dudley Pope, un escritor de novelas sobre la marina británica en tiempos de Nelson, género del que soy veterano lector. No en vano, a dos palmos sobre mi cabeza, en el lugar donde ahora tecleo estas líneas, está enmarcada una de mis más valiosas posesiones: una foto del maestro Patrick O’Brian, con una carta autógrafa en la que me hace el honor de mencionar mi nombre con afecto. 

O’Brian, con su capitán Aubrey, es el clásico de los clásicos; y en mi biblioteca de novelistas navales –serie española sólo tenemos la de Luis Delgado, director del museo naval de Cartagena– brilla por encima del Hornblower de Forester y del Bolitho de Alexander Kent. En último lugar tengo a Dudley Pope, con su personaje Ramage, que antes traducía mi amigo Miguel Antón, experto en náutica del XVIII. Por eso, aunque Pope –fallecido en 1997– es el más torpe de todos, lo he ido leyendo también, pese a la poca calidad de su prosa y personajes, y al arrogante desdén que muestra hacia todo lo que no sea inglés. En sus novelas, los franceses son despreciables y los españoles cobardes y mugrientos, hasta el punto de que los valerosos ingleses, en los abordajes, llegan a percibir, entre sablazo y sablazo, el aliento con olor a ajo de los sucios spaniards. Por ejemplo. 

Pero son novelas marítimas. Al barco, por tradición y costumbre, sólo llevo libros sobre el mar. Y estaba leyendo uno, como digo. Pese a que admito sin complejos –escribí una novela sobre eso– que la marina española de la época no estaba en su mejor momento, esta vez ese tal Ramage empezaba a mosquearme en serio. Era la octava entrega de la serie, inspirada en un caso real: la deserción y entrega a los españoles de la fragata Hermione y su audaz recuperación por cien hombres de la Suprise. Pero aquella hazaña inglesa, arriesgada y heroica, se convertía, en las páginas de Pope, en camelo de superhombres patriotas frente a chusma latina repugnante, cobarde e incapaz: los marinos españoles no sabían orientar las velas o virar por avante, y sus barcos «estaban llenos de bichos, pulgas y piojos». También eran ladrones –dicho por un inglés tiene su guasa–, no sabían nadar y se pasaban el tiempo rezando, quemando incienso a los santos y tocando la guitarra. «Por eso siempre derrotamos a los españolitos, porque ellos no tienen disciplina», apuntaba un personaje. Por supuesto, cualquier centinela español podía ser degollado fácilmente porque estaba dormido, todos los capitanes españoles eran bajitos y morenos, y frente a un inglés «se les aflojaban las rodillas y les temblaban los labios». Para colmo, los españoles pasaban el tiempo ociosos, diciendo caramba, y escupiendo por la borda; y encima «ni tenían café de calidad ni tampoco sabían tostarlo», en opinión de los marinos ingleses: expertos de toda la vida, como se sabe, en tostar café. 

En ésas estaba, digo, página tras página, y de vez en cuando me ciscaba en los muertos de Dudley Pope, recordando el brazo que Nelson dejó en Tenerife, lo que a sus compatriotas les costó Trafalgar, Cádiz, Buenos Aires, o las muchas veces que les salió el cochino mal capado. Entonces, a punto de abandonar la lectura, mientras juraba que ése era el último libro de Pope que entraba en mi barco, leí: «Al español debía de resultarle difícil comunicarse en la mar: Su libro de señales sólo recogía cincuenta combinaciones». Afirmación hecha por el imbécil del autor sobre una época en la que ya, desde 1776, circulaba la Táctica Naval de Mazarredo –el mejor tratado de su tiempo–, y estaba a punto de publicarse el extraordinario Señales e Hipótesis sobre Ataques y Defensas, sin contar los reputados textos científicos de Jorge Juan, Ulloa, Mendoza y Ríos, Churruca y otros, o los espectaculares trabajos hidrográficos de Tofiño. Así que le van a dar al inglés, resolví. A él, a sus personajes y a la perra que los parió. Y entonces hice algo que nunca había hecho antes: bajé a la camareta, cogí de los estantes los otros siete volúmenes de la serie que allí tenía, y los tiré todos, uno tras otro, por la borda. Chof, hicieron. Gesto poco ecológico, cierto; pero de un alivio extremo. Demasiado honroso, pensé luego: el mar, tumba de tan infame prosa. Pero compréndanlo. No cabían ocho libros en el cubo de la basura. 

25 de febrero de 2007 

domingo, 18 de febrero de 2007

Tiempo de emperadores desnudos

Es una lástima que a los niños de ahora no les demos a leer con más frecuencia aquellos viejos y extraordinarios cuentos clásicos de Andersen, Perrault o los hermanos Grimm, en vez de tanta imbecilidad cibertelevisiva o de esos relatos políticamente correctos, insultos descarados a la inteligencia infantil, del tipo el pirata Chapapata y la gallina Cucufata, Wolfi el lobo bueno y generoso, la habichuela Noelia y cosas así, con los que algunos profesores y padres se tragan el camelo de que los niños leen y lo que leen les aprovecha. 

Frente a tanta chorrada vacía de contenido, historias de toda la vida, hermosas y duras al mismo tiempo como pueden serlo El patito feo o La niña de las cerillas, y sobre todo El soldadito de plomo con su trágico relato de amor, envidia, heroísmo, dignidad y muerte –el cuento que a algunos más nos hizo llorar de niños–, son extraordinarias introducciones para que las criaturas se vayan familiarizando con la vida y sus circunstancias. Para que se vacunen, vaya. O empiecen a hacerlo. Y me refiero a la vida de verdad: la vida real. 

Uno de esos cuentos, por ejemplo, El traje nuevo del emperador, es una extraordinaria lección para interpretar el presente y prevenir el futuro; una herramienta de lo más eficaz para que nuestras criaturas, por lo menos las más espabiladas, adviertan lo que tenemos, y se preparen ante lo que les viene encima; que en vista del panorama va a ser de agárrate que vienen curvas. En realidad, el cuento del genial Andersen es para niños sólo en apariencia, pues contiene la mejor parábola sobre lo políticamente correcto que he leído nunca: el mejor y más afinado diagnóstico sobre la estupidez, la mentira y la infamia gregaria del mundo cobarde en que vivimos. La ilustre veteranía del relato prueba que la cosa no es de ahora; lo que ocurre es que, nunca como hoy, tantos millones de imbéciles estuvimos de acuerdo en mostrarnos de acuerdo en aquello en lo que ni siquiera creemos, o vemos. Ése es el aire de nuestro tiempo. Por no hablar de la España de cada día. De cada telediario. 

Supongo que recuerdan el asunto. Dos pícaros redomados convencen al emperador de que pueden tejerle un traje con una tela maravillosa, que sólo verán los inteligentes, pero que para los tontos será absolutamente invisible. Durante la confección, los ministros y personalidades que asisten al evento no ven la tela, por supuesto, pues tal tela no existe; pero para que nadie los tome por tontos fingen admirarla como algo exquisito y de confección soberbia. El propio emperador, que tampoco es capaz de ver tela ninguna ni por el forro –«¿Seré idiota, o es que no sirvo para emperador?», se pregunta–, permite que le hagan pruebas con toda candidez; y mientras los dos estafadores hacen el paripé de probarle esto y coserle aquello, el muy hipócrita admira ante el espejo las supuestas vestiduras, alabándolas con entusiasmo, y recompensa generosamente a los sastres chungos. Por fin, el día del estreno del traje nuevo, el emperata sale a la calle en solemne procesión, llevándole la cola los cortesanos y pelotilleros de plantilla; y todos los súbditos, faltaría más, por aquello de qué dirán y el no vayan a creer que yo, etcétera, se deshacen en elogios y alabanzas del traje, poniéndolo de sublime para arriba, sin que nadie se atreva a reconocer que no ve un carajo. Hasta que, por fin, un niño inocente –en ese tiempo aún quedaban algunos– se parte de risa y grita que el emperador va desnudo. Entonces todo cristo cae en la cuenta de la superchería, y los mismos que alababan con descaro el traje se lanzan a la rechifla general: juas, juas, juas. Cosa que por otra parte es muy propia de la infame condición humana, siempre dispuesta a arrastrarte por la calle, como al Chipé, con el mismo entusiasmo con el que diez minutos antes te jaleaba y sacaba a hombros por la puerta grande. Pero lo más ilustrativo del cuento viene luego: cuando el emperador, que cae en la cuenta, al fin, de que ha estado haciendo el panoli, y que su estupidez de juzgado de guardia no se manifiesta en no ver el traje, sino precisamente en pretender verlo, decide que ya no puede volverse atrás, así que piensa: «Pase lo que pase, hay que aguantar hasta el fin». E, impertérrito, sigue su camino con paso majestuoso, aún más altivo que antes, tieso como un don Tancredo y desnudo como la madre que lo parió. O más. Y mientras, a su espalda, los ministros, chambelanes y cortesanos, fieles a su puerco oficio, siguen detrás, obedientes, sosteniéndole con todo respeto una cola que no existe. 

18 de febrero de 2007 

domingo, 11 de febrero de 2007

Conjeturas sobre un sable

Soy de los que no encuentran raro el comportamiento disparatado de un niño pequeño. Creo que los ademanes y muecas, las carreras sin objeto aparente, los ruidos y movimientos, volteretas, extrañas miradas y actitudes de esos infatigables locos cariocos no son casuales, sino que responden a impulsos concretos y a razonamientos impecables. Cada vez que asisto a la conversación de un mocoso me asombran la firmeza de sus convicciones, la honradez intelectual y la lógica insobornable que articula su mundo. Un mundo coherente que tiene sus reglas propias. Los incoherentes, los dispersos, los confusos, somos nosotros: los adultos embrollados en turbias inconsecuencias; y que, por haberlos olvidado, desconocemos los códigos tan rectos, tan intachables, que rigen el universo de nuestros cachorros. 

Hoy pienso de nuevo en eso, pues camino por la acera observando a un niño que va delante, agarrado a la mano de su madre. Tendrá unos tres años y aún camina con esos andares torpes, en apariencia aleatorios y ensimismados de los críos pequeños: sigue un ritmo de pasos propio y de cadencia indescifrable, pisa esta baldosa, evita aquélla, se aparta tirando de la mano de la madre o hace un quiebro y se coloca detrás. También emite sonidos ininteligibles hinchando los mofletes. Parece, en fin, como todos los malditos enanos, majareta total: unas maracas de Machín dentro de un anorak con los Lunnis estampados. Para rematar la pinta de jenares, camina con un sable de plástico metido entre la cremallera del anorak. El sable lo lleva con absoluta naturalidad, sin darle importancia, como sólo un niño pequeño o un espadachín profesional pueden llevarlo. Nada incongruente en su aspecto: un crío con sable, de los de toda la vida, antes de que los soplapollas y las soplapollos políticamente correctos nos convencieran de que la igualdad de sexos y el pacifismo se logran haciendo que futuros albañiles, sargentos de la Legión o percebeiros gallegos jueguen a cocinillas con la Nancy Barriguitas. 

El caso es que durante un trecho veo caminar al niño con la cabeza baja, mirándose muy atento los pies. Y de pronto, en una especie de arrebato homicida, extrae el sable del anorak y, esgrimiéndolo con denuedo, empieza a asestar mandobles terribles al aire, con tal entusiasmo que al cabo tropieza, trabándose con el arma, sostenido por tirones impacientes de la madre. Inasequible al desaliento, en cuanto recobra el equilibrio vuelve a sacudir sablazos a diestro y siniestro, dirigidos a cuanto transeúnte se pone a tiro. La madre lo reconviene, zarandeándolo un poco, y ahora el tiñalpilla camina un trecho cabizbajo, el aire enfurruñado, arrastrando la punta del sable por la acera. Pero un cartero se acerca de frente, arrastrando su carrito amarillo, y la tentación es irresistible. Así que el enano mortífero alza de nuevo el sable, hace una parada como si se pusiera en guardia, y le tira un viaje al cartero, que da un respingo. El segundo mandoble intenta atizárselo a un chico joven de mochila que viene detrás, pero el otro, con una sonrisa divertida, se aparta de improviso, el sablazo se pierde en el vacío, y el niño, todavía agarrado por la otra mano a su madre, gira en redondo sobre sí mismo y cae medio sentado al suelo. Bronca y confiscación del arma letal. Ahora madre e hijo reanudan camino, mientras éste, lloroso, cautivo y desarmado, mira a los transeúntes con evidente rencor social. 

 – Quizá su hijo tenga razón –le digo a la señora al ponerme a su altura. 

Me mira sorprendida. Suspicaz. Así que sonrío, señalo al enano, que me estudia desde abajo como diciéndose «no sé quién será éste, pero cuando recupere el sable se va a enterar», y añado: 

– A lo mejor sólo intenta defenderla. 

La madre me observa un instante, aún confusa. Al fin, sonríe a su vez. 

– Puede ser –responde. 
– Tal como se presenta el futuro, yo le devolvería el sable. 

Saludo con una inclinación de cabeza y sigo camino, adelantándome. Al rato, cuando hago alto en un semáforo, me alcanzan de nuevo. Los miro de soslayo y compruebo que el diminuto duelista lleva otra vez el sable de plástico metido en el anorak. Entonces el semáforo se pone en verde y cruzo la calle, riendo entre dientes. A fin de cuentas, concluyo, un sable puede ser tan educativo como un libro. Según quién te lo ponga en las manos. 

11 de febrero de 2007 

domingo, 4 de febrero de 2007

El gudari de Alsasua

Tengo delante un mural callejero en plan épico, al estilo de los del IRA: un aguerrido combatiente por la libertad y la independencia, remangado y viril, puño en alto y Kalashnikov en la otra mano, con las palabras Euskal herría dugu irabazteko –tenemos que ganar Euskalerría– pintadas al lado. Y qué bonito y alentador sería todo eso, me digo al echarle un vistazo, como ejemplo para jóvenes y demás, si la patria a la que se refiere el mural hubiera sido invadida por los ingleses en el siglo XII, y luego hubiese sufrido guerras de exterminio y represiones cruentas, con miles de deportados a las colonias –véanse las guías telefónicas de Estados Unidos y Australia–, y en 1916 hubiera vivido una insurrección general con combates callejeros y muchos fusilados, y luego independencia con amputación territorial, domingos sangrientos con soldados asesinando a manifestantes, y junto a las ratas pistoleras de coche bomba o tiro en la nuca y salir corriendo, que las hubo y no pocas, hubiese habido también, que nunca faltaron, cojones suficientes para asaltar a tiro limpio cuarteles y comisarías, jugándosela de verdad, mientras en las calles los niños se enfrentaban con piedras al Ejército británico. Etcétera. 

Pero resulta que no. Que de Irlanda, nada. Que el mural al que me refiero está en una calle de Alsasua, Navarra, y que la patria a la que se refiere, integrada con el resto de los pueblos de España, partícipe y protagonista de su destino común desde los siglos XIII y XIV, goza hoy de un nivel de autonomía y autogobierno desconocido en ningún lugar de Europa, incluida la parte de Irlanda que aún es británica. O sea, que no es lo mismo; por mucho que se busquen paralelismos con lo que ni es ni nunca fue, y por mucho que ciertos cantamañanas que no tienen ni pajolera idea de las historias irlandesa y vasca sigan el juego idiota de la patria oprimida. Aquí, ahora, los oprimidos son otros. Por ejemplo, los dos pobres ecuatorianos de la T-4, oprimidos por toneladas de escombros. 

Y ahora, la pregunta del millón de mortadelos: si faltan cojones y fundamento histórico, si los heroicos gudaris del mural de Alsasua no son, aquí y ahora –basta ver sus fotos y leer su correspondencia cuando los trincan–, sino doscientos tiñalpas incultos y descerebrados, sin otra ideología que la violencia irracional al servicio de quimeras difusas e imposibles, ¿cómo es posible que esos fulanos, sin otra inquietud intelectual que averiguar cuáles son los polos positivo y negativo de las pilas que harán estallar la bomba o el lado de la pistola por donde sale la bala, hayan conseguido que toda España esté pendiente de ellos, que la política nacional sea tan crispada y sucia que hasta los emigrantes terminen dividiéndose, y que, como en los viejos tiempos, periodistas de Telemadrid sean atacados por ultrafachas y lectores con El País bajo el brazo se vean perseguidos al grito de rojos e hijos de la gran puta? 

En mi opinión –que comparto conmigo mismo–, tanto disparate prueba que ETA no es el problema. Que en realidad es sólo un pretexto para que nuestra ruindad cainita, nuestra miserable naturaleza, se manifieste de nuevo. Ni siquiera la perversa imbecilidad de los partidos políticos, incluida la permanente mala fe de los nacionalistas, justifica la situación. ETA y sus consecuencias son sólo un indicio más de nuestra incapacidad para obrar con rectitud. Síntomas de la sucia España de toda la vida, enferma de sí misma; la del rencor y la envidia cobarde; la del por qué él y yo no; la que desprecia cuanto ignora y odia cuanto envidia; la que retorna pidiendo cerillas y haces de leña, exigiendo cunetas y paredones donde ajustar cuentas; la que sólo se calma cuando le meten dinero en el bolsillo o ve pasar el cadáver del vecino de quien codicia la casa, el coche, la mujer, la hacienda. Al observar el comedero de cerdos en que, con la complicidad ciudadana, nuestra infame clase política ha convertido treinta años de democracia bien establecida, se comprenden muchos momentos terribles de nuestra historia. ETA es sólo una variante analfabeta, una degeneración psicópata más. Sin ETA, con Franco o sin él, con Felipe V o el archiduque Carlos, sin los Reyes Católicos o con la madre que los parió, seguiríamos siendo gentuza que si no extermina al adversario es porque no puede; porque ahora está mal visto y queda feo en el telediario. Pero si retrocediéramos en el tiempo y nos dieran un Máuser, un despacho de Gobernación, una toga de juez en juicio sumarísimo, llenaríamos de nuevo los cementerios. 

El problema no es ETA. Ni siquiera nuestros miserables políticos lo son. El problema somos nosotros: la vieja, triste y ruin España. 

4 de febrero de 2007 

domingo, 28 de enero de 2007

Sobre mezquitas y acueductos

Sé, sin que saberlo tenga mérito alguno, cómo acabará la polémica sobre el uso islámico de la catedral de Córdoba. Estando como estamos en España, y por muchas pegas que se pongan al asunto, todo será, tarde o temprano, como suele. Aquí es cosa de tener paciencia y dar la murga. Por eso apuesto una primera edición de El Guerrero del Antifaz a que, en día no lejano, veremos a musulmanes orando en la antigua mezquita árabe. Tan seguro como que me quedé sin abuela. Estamos aquí, señoras y caballeros. En la España pluricultural y polimorfa marca ACME. Donde todo disparate y estupidez tienen su asiento. 

A ver si me explico. Si yo fuera musulmán –cosa imposible, porque me gustan el vino, los escotes de señora, el jamón de pata negra y blasfemar cuando me cabreo– pediría eso y más. Como acaba de hacer, por ejemplo, la federación de asociaciones islámicas, exigiendo que la Iglesia católica devuelva el patrimonio musulmán; o los descendientes de moriscos –échenle huevos y háganme un censo–, obtener la nacionalidad española. En un mahometano que se tome a sí mismo en serio, o le convenga parecer que se toma, todo eso sería normal, pues los deseos son libres. El problema no está en los que piden, que están en su derecho, sino en los que dan. O en la manera de dar. O en la manera cobarde, acomplejada, en la que cualquiera que tenga algo público que sostener en España se muestra siempre dispuesto a dar, o a regalar, con tal de que no le pongan la temida etiqueta maléfica: reaccionario, conservador o antiguo. En un país tan gilipollas que hasta los niños de las escuelas tendrán una asignatura que los adiestre para el talante y la negociación, donde en boca del presidente del Gobierno un terrorista asesino que desea salir del talego es un hombre de paz, donde hasta un tertuliano de radio puede decir, sin que nadie entre sus colegas lo llame imbécil, que a los españoles les sobra testosterona y ya va siendo hora de reivindicar la cobardía, lo absurdo sería no ponerse a la cola y pedir por esa boca pecadora. Faltaría más. La mezquita de Córdoba, o el acueducto de Segovia por parte del alcalde de Roma. Y si cuela, cuela. 

No voy a ser tan idiota como para pretender explicar lo obvio: las iglesias tardorromanas o visigodas anteriores a las mezquitas árabes, los ocho siglos de afirmación nacional, etcétera. Sólo argumentarlo es dar cuartel a quienes utilizan nuestra bobería como arma. Lo que quiero destacar es el hecho invariable del método. En España, basta que alguien plantee una estupidez de grueso calibre, sea la que sea, para que, en vez de soltar una carcajada y pasar a otra cosa, siempre haya gente que entre al trapo, debatiéndola con mucha seriedad constructiva, con el concurso natural de los malintencionados y de los tontos. En eso vamos a peor. Hasta hace poco sólo soportábamos a los paletos de campanario de pueblo empeñados en reducir el mundo al tamaño del rabito de su boina. Pero en vista del éxito, todo cristo acude ahora a mojar en la salsa. A qué pasar hambre, si es de noche y hay higueras. 

Por eso digo que acabarán orando en Córdoba. Tienen fe, poseen el rencor histórico y social adecuado, y han tomado el pulso a nuestra estupidez y nuestra cobardía. Tampoco merece conservar catedrales quien no sabe defenderlas: no por motivos religiosos –dudoso argumento de tanto notable chupacirios–, sino porque esas catedrales construidas sobre mezquitas o sinagogas, que a su vez lo fueron sobre iglesias visigodas asentadas sobre templos romanos o lugares sagrados celtas, son libros de piedra, memoria viva de lo que algunos todavía llamamos cultura occidental. Un Occidente mestizo, por supuesto, como siempre lo fue; pero con cada uno en su sitio y las cosas claras. Como ya escribí alguna vez, hicieron falta nueve mil años de memoria documentada desde Homero, dos siglos transcurridos desde la Revolución francesa llenos de sufrimiento y barricadas, y unos cuantos obispos llevados a la guillotina o al paredón, para que una mujer goce hoy en Europa de los mismos derechos y obligaciones que cualquier hombre. O para que yo mismo tenga derecho –lo ejerza o no– a escribir «me cago en Dios» sin que me metan en la cárcel, me persigan o me asesinen por blasfemo. Quien olvida eso y se la deja endiñar en nombre del qué dirán y el buen rollito, merece que le recen en Córdoba o lo pongan mirando a La Meca. Y que cuando su legítima pase con falda corta frente a la mezquita-catedral, símbolo de la multicultura, del todos somos iguales y del diálogo de civilizaciones, otra vez la llamen puta. 

28 de enero de 2007 

lunes, 22 de enero de 2007

Nadie dijo que fuera fácil

Todo el mérito es tuyo; tienes mi palabra de honor. Quizá el botín de tan larga campaña –y lo que te queda todavía– no sea lo dorado y brillante que uno espera cuando la inicia, a los doce o trece años, con los ojos fascinados de quien se dispone a la aventura. Pero es un botín, es tuyo, es lo que hay, y es, te lo aseguro, mucho más de lo que la mayor parte de quienes te rodean obtendrán en su miserable y satisfecha vida. Tú has abordado naves más allá de Orión, recuerda. Tienes la mirada de los cien metros, esa que siempre te hará diferente hasta el final. Fuiste, vas, irás, esos cien metros más lejos que los otros; y durante la carrera, hasta que suene el disparo que le ponga fin, habrás sido tú y habrás sido libre, en vez de quedarte de rodillas, cómoda y estúpida, aguardando. 

Ahora sabes que todo merece la pena. La larga travesía por ese mundo de méritos numéricos y ausencia de reconocimiento, donde te viste obligada a arrastrar contigo al niño de papá, al tonto del haba, al inútil carne de matadero, con tal de llevar a buen término el trabajo para el que te bastabas en solitario. Has crecido y sabes que las oportunidades no estaban en los otros, sino en ti. Que no había nada malo en aquella chica tímida que se llevaba libros a las horas libres de tutoría; que buscaba la mirada de los profesores inteligentes, no para hacerles la pelota, sino por sentirse cómplice y no estar sola. La jovencita que sobrecargaba la mochila con El guardián entre el centeno o El señor de los anillos, que en la excursión del cole a Madrid prefería ver el Planetario, el Prado o el Reina Sofía a dejarse la garganta en el parque de atracciones. Que se enfrentaba a la hostilidad de compañeros cretinos porque era la única que había leído las Sonatas de Valle-Inclán o sabía quién era Wilkie Collins. Ahora que miras hacia atrás con madurez, comprendes que cada vez que alguien ninguneó tu forma de ser, te insultó, te miró por encima del hombro, no hizo sino precipitar tu aprendizaje y tu lucidez. Tu certeza de ser mejor, más despierta y diferente. 

Mírate ahora. Qué lejos estás de tanto borrego y tanto buey. Entras en la edad adulta sin que nadie pueda imponerte una sonrisa falsa cuando el mundo y su estupidez, su envidia, su mezquindad, te hagan fruncir el ceño. Ahora tienes la certeza de que no te equivocaste, y de que la niña callada en el banco del fondo puede ser vengada por la mujer que hoy la recuerda. Sabes ya que puedes ser feliz a tu manera y no a la de otros, con tus libros, con tus películas, con tu familia, con esos amigos que no sabes cuánto tiempo van a durar y por eso aprecias tanto, con la mirada serena que ahora posas a tu alrededor, en la calle, en el trabajo, en la vida. En la muerte. Ahora sabes que la virtud, en el más hondo sentido de la palabra, está en ese aguante de tantos años, cuando cerca estuvieron de convertirte en otra. Comprendes al fin que los malos profesores son un accidente sin demasiada importancia, pues eres tú quien aprende; y la vida, incluso con sus insultos, con sus malvados, con sus tragedias, con sus reglas implacables, la que te enseña. Nadie dijo que fuera fácil. 

El otro día fuiste a ver Salvador y saliste del cine asombrada, llorando. No por la película, ni por la suerte del protagonista, sino por la certeza de que los ideales de aquel muchacho ya no tienen sentido, porque ninguno los sustituye ahora, porque la gente de tu edad se divide en dos grandes grupos: una minoría de analfabetos desorientados, pasto de demagogia barata en manos de políticos sin escrúpulos, y una masa inerte cuya única aspiración es salir en Gran Hermano o ponerse hasta arriba el sábado por la noche; jóvenes con garganta y sin nada que gritar, que se irían por la pata abajo puestos en la piel de Salvador Puig Antich, o a los que, viendo El crimen de Cuenca, la sola visión del garrote vil haría cerrar los ojos con escalofríos en la nuca. Pero tus lágrimas, amiga, demuestran que tienes razón. Que no te equivocaste al amar al conde de Montecristo y al Gabriel Araceli de Galdós, al buscar el secreto genial de un soneto de Borges o Quevedo, al transitar, jugándotela, por los senderos sin carteles luminosos en los pasillos oscuros de la Historia. Al hacer de cada esfuerzo, de cada miedo, de cada desengaño, de cada ilusión y de cada libro, un martillo con el que picar los muros espesos que te rodean. 

Y si algún día tienes hijos, intenta que sean como tú. Como esos tipos flacos de los que hablaba Julio César, a la manera de Casio: gente de dormir inquieto, peligrosa y viva. La que quita el sueño a los apoltronados y a los imbéciles. 

21 de enero de 2007 

domingo, 14 de enero de 2007

El síndrome de Lord Jim

Paris de la Francia, a media tarde. Café con espejos artdecó y graves camareros vestidos de negro con largos delantales blancos, de esos que hablan de usted a clientes que usan con ellos el mismo tratamiento. Estás allí sentado, un café en la mesa y un libro en las manos, entre gente que se trata con respeto y dice buenos días y por favor aunque no se conozca. Estás, como digo, relajado y feliz por hallarte a centenares de kilómetros del proceso de paz sin vencedores ni vencidos, del último pelotazo ladrillero, del diálogo de civilizaciones, del sexismo lingüístico, de la nación plurinacional marca ACME, de la demagogia galopante y de la maleducada puta que nos parió. Y de pronto, a tu espalda, suena una voz de idioma y tono de grosería inconfundible, dirigiéndose al camarero: «Oye, ¿hablas español?». Y mientras por el rabillo del ojo ves al camarero pasar de largo, despectivo, sin hacer caso al interpelador, cierras el libro y te dices, amargo, que como al Lord Jim de Conrad –Peter O’Toole en versión cinematográfica, con James Mason y Eli Walach haciendo de malos– los fantasmas del pasado te persiguen hasta cualquier puerto donde recales, por lejos que vayas. Y que la ordinariez maldita de ciertos compatriotas, o como se llamen ahora, no se borra ni con lejía. 

Hay momentos de tan abrumadora evidencia que una desesperación negra te corta el resuello. Es verdad que el mundo cambia, y que la buena educación se rinde ante la uniforme marea de malos modos internacionales. Eso aporta, al simplificar las cosas, ventajas indudables en ciertos aspectos de la vida; pero entre quienes nacimos hace algún tiempo, leímos libros donde la gente todavía era capaz de matarse tratándose de usted, y fuimos criados por quienes aún conservaban maneras del siglo anterior, ciertas cosas son difíciles de encajar. Aquella tarde parisina de la que hablo, tras el café, entré en un estanco; y por el simple hecho de comprar una cajetilla de tabaco y un mechero tuve derecho a intercambiar dos «buenos días», un «por favor», un «señor», un «señora» y dos «gracias» con la estanquera, que me despidió con un rutinario «que tenga usted buen día». Y a ver cuándo, me dije al salir, iba yo a mantener ese diálogo en un estanco, o en una tienda, o en un banco, o en una oficina de la administración nacional –disculpen la anacrónica gilipollez– o autonómica de esta zafia España compadre de «oye, tú» que nos hemos fabricado, entre todos, a nuestra imagen y semejanza. Donde, a diferencia de otros lugares, si cedes el paso a una señora en una puerta, en una escalera o bajo el andamio de una calle, la presunta, en vez de dedicarte una sonrisa encantadora y decir «gracias», pasará mirándote con desconfianza, y hasta te empujará si hace falta, asegurándose de que a última hora no le estorbas el paso. 

Y es que, aunque parezca residuo superfluo de tiempos rancios, hablar de usted a la gente, saludar al entrar en los sitios y despedirse al salir, dar las gracias y pedir las cosas por favor, obliga al interlocutor, o facilita otras cosas más profundas y complejas, que no voy a detallar ahora porque ni tengo espacio ni maldita la gana. Del mismo modo, la pérdida de todas esas fórmulas convencionales, automáticas, nos vuelve a todos, también automáticamente, más insolidarios, burdos, mezquinos y egoístas. Y no vale ampararse en lo de que en todas partes cuecen habas. Hay habas y habas, y las que cocemos en España son tan ásperas que irritan el gaznate. ¿Imaginan a un periodista norteamericano, o a un francés, diciéndole a Bush, o a Chirac, «oye, presidente», en lugar de «señor presidente»? Lo echarían a patadas. 

Lo malo no es sólo eso, sino que hasta la gente educada que viene de fuera pierde las maneras en contacto con nuestra grosera realidad nacional. Hace cosa de medio año me llamaba mucho la atención una cajera de Carrefour, inmigrante hispanoamericana, que era de una amabilidad extrema, y todo lo decía trufado de «por favor» y «gracias», incluido un delicioso «¿me regala su firma?» al entregar la factura, o te despedía diciendo «que usted lo pase bien». Me pregunté, al observarla, cuánto iba a durar aquello. Y les juro por el cetro de Ottokar que sólo seis meses después –harta, supongo, de hacer la panoli–, no dice ya ni buenos días, trata a los clientes como a perros y entrega la factura como si se contuviera para no arrojártela a la cara. Es, al fin –enhorabuena–, una española más. Una inmigrante perfectamente integrada. 

14 de enero de 2007 

lunes, 8 de enero de 2007

El pitillo sin filtro

Ocurrió hace demasiado tiempo. Cuarenta y dos o cuarenta y tres años, por lo menos. Para un mozalbete fascinado por el mar y los barcos, Cartagena era territorio propicio. A veces me escapaba de clase en los maristas aprovechando la hora del recreo, e iba al puerto, respirando el olor característico de todo aquello –brea, hierro, estachas húmedas, viento salino– mientras escuchaba el campanilleo de drizas y el flamear de gallardetes y banderas. A veces pasaba así el resto de la mañana, entre los hombres quietos y silenciosos que miraban el horizonte tras los faros de la bocana, o aguardaban con una caña, los ojos fijos en el corcho que flotaba en el agua al extremo del sedal. Siempre me fascinó la inmovilidad de esa gente que miraba el mar; y yo, dispuesto a creer que todos eran viejos marinos que rumiaban sus nostalgias de puertos exóticos y temporales, me quedaba junto a ellos, sentado en un noray oxidado y poniendo cara de tipo duro, sintiéndome uno más. Soñando con irme un día. 

Fue por entonces cuando conocí a Paco el Piloto, luego amigo fiel y personaje literario de La carta esférica, cuya noble camaradería tanto influyó en mi vida marinera. Y con él, a muchos otros personajes portuarios, típicos de una época desaparecida en este siglo de contenedores y puertos informatizados, fríos y geométricos; habituales del lugar que se buscaban la vida entre los tinglados del muelle y los barcos que iban y venían, recalando a todas horas en las tabernas cercanas. Fue allí donde, aún casi criatura y con el poco dinero que mis padres me asignaban los domingos, fumé mis primeros Celtas y Bisontes y pagué las primeras cañas de mi vida, a gente que, apoyada en un mostrador de mármol, contaba historias que yo consideraba formidables: trapicheos portuarios, contrabandos, barcos, naufragios, viajes inventados o reales. Ya no hay puertos así, como digo, ni gente como aquélla, capaz de enseñarte a robar un plátano de los tinglados, a entalingar sedal y anzuelo o a ganar la voluntad del aduanero al que le vas a meter, bajo las narices, tres botellas de whisky y seis cartones de rubio americano. 

Uno de mis recuerdos más vivos corresponde a un episodio concreto, e ignoro por qué se me fijó en la memoria. Los barcos mercantes amarraban en el muelle comercial, y los de guerra frente al monumento a los héroes de Cavite. Y allí, junto a los habituales destructores y minadores españoles, se situaban también los visitantes extranjeros: norteamericanos de la VI flota, franceses, ingleses e italianos. Gente que hablaba lenguas aún extrañas para mí, y que bajaba a tierra con sus uniformes azules o blancos, ruidosos, inquisitivos y simpáticos; pues no había nada más simpático –o eso me parecía entonces– que un grupo de marineros uniformados bajando por la escala y dispersándose, alborozados, por tierra firme. Otros se quedaban a bordo: los que estaban de guardia o no tenían permiso. Y quienes rondábamos por el puerto nos acercábamos a los barcos para observarlos o charlar con ellos. 

Aquel día había un destructor norteamericano abarloado al muelle, y yo contemplaba sus modernas superestructuras y cañones. Cerca había tres o cuatro individuos de esos que nunca sabías qué hacían por allí: flacos, morenos, el aire curtido. Fumaban y se entendían desde tierra, por señas, con los marineros yanquis apoyados en la batayola del destructor. En ésas, uno de los españoles sacó un paquete de tabaco negro, sin filtro, y ofreció uno al marinero que estaba más cerca. Lo encendió éste, hizo remedo de toser, y tras darse golpecitos en el pecho agitó una mano, admirado del áspero sabor de aquel humo. Después, sonriendo, ofreció al hombre de tierra uno de los suyos, que era rubio emboquillado, como entonces se decía. Entonces, el español –típico fulano portuario, chaqueta raída, muy moreno de piel y con un tatuaje en el dorso de la mano– cogió el cigarrillo e hizo algo que lo grabó para siempre en mis recuerdos: antes de encenderlo, con ademán despectivo, muy masculino y superior, arrancó el filtro del pitillo. Luego se lo llevó a los labios, la cabeza algo inclinada y el fósforo protegido en el hueco de las manos, y aspiró profundamente el humo mientras miraba impasible al norteamericano. «Para señoritas», dijo. Y yo, admirado, con toda la inocencia de los doce o trece años, el pantalón corto, el bocadillo del cole a medio comer, pensé que en ese momento quedaban vengados, ante mis ojos, Santiago de Cuba, Cavite y Trafalgar. 

7 de enero de 2007 

lunes, 1 de enero de 2007

Miguel Hernández era un falócrata

Mi viejo amigo Barlés, intrépido navegante cibernético, acaba de felicitarme las fiestas con un excepcional documento de creación propia, donde demuestra que el poeta Miguel Hernández, fascista notorio, sucio machista donde los haya, hombre reaccionario y partidario del lenguaje falócrata, sexista y casposo –de no haber muerto a tiempo en una cárcel sería hoy, supongo, académico de la RAE–, habría mejorado mucho su Vientos del pueblo si hubiera tenido la decencia lingüística de escribirlo según lo que exigen el Instituto de la Mujer, las feministas galopantes, el Gobierno español, la Junta de Andalucía entre otras muchas juntas, y sus brillantes asesores filólogos y filólogas. Quod erat demostrandum: «Vientos del pueblo me llevan, / vientos del pueblo me arrastran, / me esparcen el corazón / y me aventan la garganta. Los bueyes y las bueyas doblan la frente, / impotentemente mansa, / delante de los castigos: / los leones y las leonas la levantan / y al mismo tiempo castigan / con su clamorosa zarpa. No soy de un pueblo de bueyes y bueyas, / que soy de un pueblo que embargan / yacimientos de leones y leonas, / desfiladeros de águilas y águilos / y cordilleras de toros y vacas / con el orgullo en el asta. / Nunca medraron los bueyes y bueyas / en los páramos de España. ¿Quién habló de echar un yugo / sobre el cuello de esta raza? / ¿Quién ha puesto al huracán / jamás ni yugos ni trabas, / ni quién al rayo detuvo / prisionero en una jaula? Asturianos y asturianas de braveza, / vascos y vascas de piedra blindada, / valencianos y valencianas de alegría / y castellanos y castellanas de alma, / labrados y labradas como la tierra / y airosos y airosas como las alas; / andaluces y andaluzas de relámpagos, / nacidos y nacidas entre guitarras / y forjados y forjadas en los yunques / torrenciales de las lágrimas; / extremeños y extremeñas de centeno, / gallegos y gallegas de lluvia y calma, / catalanes y catalanas de firmeza, / aragoneses y aragonesas de casta, / murcianos y murcianas de dinamita / frutalmente propagada, / leoneses, leonesas, navarros, navarras, dueños y dueñas / del hambre, el sudor y el hacha, / reyes y reinas de la minería, / señores y señoras de la labranza. / Hombres y mujeres que entre las raíces, / como raíces gallardas, / vais de la vida a la muerte, / vais de la nada a la nada: / yugos os quieren poner / gentes y gentas de la hierba mala, / yugos que habéis de dejar / rotos sobre sus espaldas. / Crepúsculo de los bueyes y bueyas / está despuntando el alba. Los bueyes y bueyas mueren vestidos y vestidas / de humildad y olor de cuadra: / las águilas y los águilos, los leones y leonas / y los toros y las vacas de arrogancia, / y detrás de ellos, el cielo / ni se enturbia ni se acaba. / La agonía de los bueyes y bueyas / tiene pequeña la cara, / la del animal varón, hembra u homosexual / toda la creación agranda. Si me muero, que me muera / con la cabeza muy alta. / Muerto o muerta y veinte veces muerto o muerta, / la boca contra la grama, / tendré apretados los dientes / y decidida la barba y las cejas depiladas o sin depilar. Cantando espero a la muerte, / que hay ruiseñores y ruiseñoras que cantan / encima de los fusiles / y en medio de las batallas»

Y sí, la verdad. Una vez matizado que las bueyas no existen, pero si hace falta se inventan como tantas otras cosas y santas pascuas, hay que reconocer que esta versión del poema, pasada por el filtro de la España de 2007 que tenemos en puertas, desfalocratiza mucho al tal Hernández. Tanto es así, que va siendo hora de plantearse, también, una revisión del Quijote –para machista y antiguo, Cervantes– adecuada a la cosa: «En un lugar de la nación de Castilla-La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo vivía un hidalgo, aunque lo mismo podía haberse tratado de una hidalga, de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín o rocina flaco o flaca y galgo o galga corredor o corredora. Una olla de algo más vaca o toro que carnero o carnera (véase bueyas), salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino o palomina de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda...»

31 de diciembre de 2006