lunes, 28 de agosto de 1995

La chica que se parecía a Claudia


Se acaba, compadre. El domingo que viene estarás de nuevo en casa, todavía moreno, en la rutina de siempre. Con esa cara de panoli que se nos pone al volver, preguntándote si de verdad merecía la pena el gasto, el follón de la carretera, el atasco de tres horas, Pablito vomitándote en el cuello de la camisa, el suegro dando el coñazo con la incontinencia de la vejiga, y tú sudoroso y malhumorado, preguntándote si no hubiera sido mejor quedaros en casa con la tele y un botijo.

Y encima de eso, que ya fastidia, todos los tertulianos de radio, y los enjundiosos columnistas de tronío que no escriben palabrotas, y los refinados estetas sociales de este país, que viven de aplaudirse unos a otros mientras imparten doctrina con la verdad indiscutible y objetiva sentada en el hombro, se han pasado todo el verano dale que te pego, llamándote hortera y gilipollas porque te has ido a veranear a una playa con otros ochocientos mil seres humanos más, en un apartamento con el suelo lleno de arena y con toallas y bañadores colgados en las ventanas, en vez de pasar tus vacaciones a bordo de una goleta en las Bahamas o en un chalet de la Costa Azul, como por lo visto hacen ellos. Porque lo que pasa es que no tienes criterio, ni independencia, ni clase. Y eres un masificado y un capullo.

Así que, a medida que vas pasando las últimas hojas del calendario de agosto, se te va poniendo tan mala leche, un poco se parecen estas vacaciones a las que te planteaste antes del verano, calcadas de los anuncios de la tele, con playas solitarias, y relax, y los críos jugando felices, y puestas de sol con música del ron Bacardi, y la parienta bronceada y más guapa que nunca, y el Ocio, colega, así con mayúscula. Tumbado junto al mar sin hacer nada, viendo pasar la vida con un periódico, una cerveza y unas gambas a la plancha. Un mes al año, que carajo. A cuenta de todo lo demás.

Pero oye lo que te digo. Es cierto que de lo imaginado a lo vivido -y mira que te ocurre cada año, pringao- suele haber tanta diferencia como, por ejemplo, entre un ministro(a) de Cultura español y un ministro(a) de Cultura a secas. O francés, por ejemplo. Y no es menos verdad que el año que viene tropezarás, suegro, Pablito y ochocientos mil fulanos incluidos, en la misma piedra. O en la misma playa. Pero no dejes que te apabullen, tampoco. Porque por mucho que las píen aquí, los dandies y los refinados líderes de opinión -esos a los que molestas con el patín acuático de pedales donde llevas a los críos, imaginándote por un rato lobo de mar, cuando das vueltas alrededor del yate alquilado donde viajan de gorra-, tú tienes derecho a intentarlo. A ver si me entiendes. Tienes derecho a soñarlo y a jugar a que tú también puedes. A ponerte moreno bajo el mismo sol y a gastarte siete mil duros de golpe en una cena de restaurante caro, corno ellos, con farolillos y orquesta, aunque la alegría te haga polvo el presupuesto del verano. Y si no puedes permitirte otra cosa, bien venidos sean el calor, y las moscas, y el embotellamiento, y la playa hasta los topes. Es lo que te apetece, y punto.

Así que no te cortes. Cuando se termine, piensa en esa chica que tomaba el sol en topless y que se parecía a Claudia Schiffer. Y en lo bonito que estaba Benidorm aquella noche, con la luna en el mar. Y aquellas cigalas que te dejaron tiesa la cartera pero que sabían a gloria. Y en la alegría de los enanos con el puñetero cubo y la arena. Y en aquel matrimonio tan agradable que conocisteis, de Soria. Y en el homenaje glorioso que os disteis la parienta y tú -ella bien morena, con la marca del bikini, ya sabes- recién llegados de la playa, cuando los críos estaban abajo en la piscina, media hora sin daros el coñazo. Igual, ¿verdad, compadre?, hasta llegó a merecer la pena.

Y quién sabe. Lo mismo dentro de once meses llega ese momento mágico que llevas toda la vida buscando. Y las vacaciones se parecen por fin a un anuncio de la tele a cámara lenta. Y la parienta se pone más bronceada y más guapa que nunca. O la moza que se parece a Claudia Schiffer se cruza contigo en el ascensor volviendo de la playa, y hay un corte de luz, como en las películas, y os quedáis allí los dos un rato largo. O te toca la bonoloto, o la quiniela, o la bolita del casino, y le pegas fuego a La Manga. Qué sé yo. Tú sueña con lo que te dé la gana, y no dejes que te tiremos los palos del sombrajo. Y a los aguafiestas de pitiminí, a esos que te llaman hortera porque no has invertido este mes en visitar claustros románicos que ellos tampoco han visitado en su puta vida, a esos, amigo, que les vayan dando.

27 de agosto de 1995

lunes, 21 de agosto de 1995

Mi amigo el ex-espía


No sé si se acordarán ustedes de mi amigo el espía. Hace año y medio, el arriba firmante le dedicó esta página. Mi amigo era un espía español de verdad, de los que se movían en territorio extranjero y a menudo hostil. Curraba ese registro como otros un banco o el taller, y sus móviles eran varios: patriotismo, sentido del deber, afición a esa clase de vida, y también porque era un profesional y para eso le pagaban. De un modo u otro, era un espía honrado y valiente. Nada que ver con los correveidiles y la chusma que en los últimos tiempos sale en los periódicos, no por espiar a los enemigos y a los malos, sino por convertir el CESID en una especie de Mortadelo y Filemón al servicio de gentuza sin escrúpulos y sin vergüenza.

Total. Que por aquellas fechas mi amigo estaba de misión en América, ocupándose de trabajos que podían costarle las uñas de las manos y los pies en un sótano de Cali, o Medellín, si lo trincaban. Una etapa más de un oficio iniciado en sórdidos países ecuatoriales, o fotografiando instalaciones militares y playas norteafricanas durante la Marcha Verde y todo eso (Cuando Marruecos era el adversario potencial, antes de que entrásemos en la OTAN y el adversario potencial fuesen los tanques rusos y las perversas hordas eslavas comunistas, o esos serbios y croatas a los que el ministro Solana tiene acojonaditos vivos).

El caso es que aquella página dedicada a mí amigo el espía terminaba diciendo: «Sé que un día volverá y lo harán general o, lo más probable, lo enviarán a un despacho de chupatintas como suele hacerse en nuestra ingrata tierra para premiar los servicios prestados». Y no es por tirarme pegotes -en España ese tipo de pronósticos está chupado-, pero lo cierto es que así fue. Ahora que nuestra política exterior consiste en hacerse fotos en Bruselas y en dejarnos flagelar las nalgas por la comisaria Emma Bonino en plan estricta gobernanta, para eso no hacen falta ni espías ni nada. De modo que el general Manglano se dedicó en los últimos tiempos a sustituir a los viejos y duros espías profesionales por jóvenes analistas de los que no hacen olas, cuya principal fuente de información es leer titulares de la prensa diaria. Los otros, los correosos agentes que te organizaban un golpe de mano para abrir la caja fuerte de Obiang o se calzaban a la señora del embajador Flanagan para robarle los planos del polvorín, fueron jubilados uno tras otro.

Y es así como mi amigo retornó al hogar; a unos hijos para los que era un extraño, a una ciudad desconocida, a la soledad de veinte años de desarraigo, y a una oscura mesa de despacho donde los jóvenes espías lo miraban, ingenuos ellos, como se mira a una leyenda; y los viejos supervivientes -los que tuvieron tiempo y ocasiones para agarrarse bien y decirle al jefe muy bueno lo suyo, qué bonita corbata lleva hoy, general-, todos esos, digo, lo observaban de reojo, molestos con la presencia de aquel fulano que hablaba idiomas, leía en los diarios algo más que las páginas deportivas, se había jugado la vida y también había levantado señoras estupendas. Y ahora estaba allí, callado, en su inútil mesa del rincón, recordándoles con su presencia que ser espía fue una vez algo más que fabricarle dossieres a Narcis Serra para que éste y su baranda pudieran chantajear a España.

Y un día, hace como unos seis meses, mi amigo el espía los mandó a todos a mamarla a Parla. Después fue a un armario y allí, entre bolas de naftalina, estaba su viejo uniforme, lleno de medallas que nunca pudo lucir, y al que entre tanto le habían salido las estrellas de teniente coronel. Y dijo, bueno, hay que saber irse. Y pidió el reingreso en la cosa normal de la milicia, o sea, volvió al caqui discretamente, sin armar ruido, dispuesto a ser un soldado honrado como toda su vida fue un espía honrado. Y allí anda, en su nueva existencia, tras algún tiempo con su teléfono y el de sus amigos pinchado por si también se le ocurría largar. -idiotas, él no es de esos-, rumiando nostalgias mientras sigue por los periódicos todo el pifostio de su ex jefe, y los ajustes de cuentas y todo lo demás. Y de vez en cuando nos vamos a tomar una copa, recordando viejos tiempos. Y él comenta: hay que ver. Veinte años espiando como Dios manda para mandarles informes a vida o muerte: que si el narcoterrorismo o que si la amenaza integrista. Y resulta que, a éstos, lo que de verdad los ponía cachondos era el color de la lencería de Nati Abascal, o si el Rey prefiere las Hondas a las Yamahas. Cómo lo ves.

Mi amigo el ex espía se llama Charlie. Y le dedico esta página, por segunda vez, porque es de justicia no mezclar las churras con las merinas. O sea.

20 de agosto de 1995

lunes, 14 de agosto de 1995

Ropa cómoda e informal


En invierno, al menos, van con chandal. Y lo cierto es que el arriba firmante empieza a echar en falta esa prenda, con la que tanto me ensañé en esta misma página en otra ocasión. Sostengo y no enmiendo que el chandal para uso extradeportivo, o sea, ir de compras al Hiper el domingo con el BMW, o viajar en Iberia como si fueses directamente y sin ducharte del gimnasio a la clase turista, es una ordinariez y una horterada. Pero reconozco que, comparado con la indumentaria que gastamos en verano, el chandal es el frac de Fred Astaire, pero en moderno.

Antes sólo eran los guiris y uno decía, bueno, qué le vamos a hacer. No creo que este tiñalpa, con la pinta de matao que lleva, las chanclas y la camiseta y el calzón ese de flores, se quede en España más de una semana. Igual se le acaba el dinero para comer hamburguesas y roba una panadería y lo trincan los geos de la policía municipal y lo torturan salvajemente antes de aplicarle la ley de extranjería, para que no vuelva. O a la gorda esa del tanga, la camiseta donde pone Kiss me y la riñonera malva, la asalta un yonqui recién salido de Alcalá Meco con su tatuaje de Amor de madre, y le pincha con una jeringuilla en la teta, y la tía se pira a Illinois a contárselo a su amiga Jennifer y nos pone verdes, y así no vuelven nunca ni ella, ni Jennifer, ni la madre que tas parió.

Total, que uno se consolaba con tan piadosas intenciones porque es un xenófobo y un cabrón que no cree en eso del turismo como fraternidad e intercambio cultural. Más bien lo considera, tal y como se plantea hace tiempo, un molesto fenómeno que relega al individuo en beneficio de la chusma, y deja tras de sí un rastro de botellas de agua mineral vacías, envoltorios de hamburguesas, pintadas en monumentos, y es capaz de arrasar o envilecer, en cinco minutos, lo que generaciones de seres humanos lucharon por conservar durante siglos con amor y con esfuerzo.

Pero me desvío del tema. Estábamos con la murga de la indumentaria; y les decía, pues eso, que al principio uno se consolaba diciendo que las chanclas, y él calzoncillo de flores, y la camiseta para salir a cenar arreglao pero informal, eran la inevitable escoria que arrastra el turismo estival en su modalidad cutre. Como mucho, algo extensivo a aborígenes locales en territorio playero o aledaños. Pero hete que no. Resulta que el asunto se ha convertido en uso urbano nacional. Detenerse a tomar algo en un bar de carretera español, por ejemplo, supone un descenso automático a los infiernos. Familias enteras bajan de los automóviles exhibiendo sudorosas vergüenzas, matojos asomando por los tirantes de la camiseta, michelines mal embutidos entre minicamiseta y minipantalón, y pantorrillas peludas. Enanos raperos, horteras básicos de bermudas hawaianas y riñonera, o de más nivel, Maribel, con pantalón de dobladillo en la rodilla, zapatos náuticos y lacoste molón. Sólo algunos abuelos -camino del asilo, supongo, donde van a dejarlos de paso- mantienen la dignidad, aún con sus vestidos estampados y abanicos, ellas, o con sus zapatos de rejilla, sus pantalones ligeros y sus entrañables camisas blancas, ellos. Especies amenazadas, listas de papeles, extinguiéndose como el oso pirenaico, o las focas.

Pero lo delictivo del asunto es que ya no hace falta irse a los bares de carretera, o a Marbella, Benidorm o Torrevieja. Uno se sienta, por ejemplo, en la Plaza Mayor de Madrid, o en la calle Sierpes de Sevilla, o en la Gran Vía de Bilbao, y asiste a un desfile fascinante de sobacos y pantorrillas, de chancletas, zapatillas y camisetas mugrientas, lucidas con desparpajo sandunguero por fulanos que se llaman Eufrasio, Maripili, Manolo, Jordi, Vanessa. So pretexto del calor, con la pasión que en este país dedicamos a todo cuanto se nos pone entre ceja y ceja, los españoles nos hemos lanzado a una carrera desaforada de horterez indumentaria que ya quisieran para sí los concursos de la tele, la gente sale así, tan campante, a comprar el periódico, al banco, al cine, a ver a su abogado, a cenar. Con dos cojones.

Hay que ver. Cuando era tierno y jovencito abominaba de los veranos siempre tan apacibles, tan aburridos y formales, porque los mayores eran unos carcas y unos puñeteros y unos fachas que nos obligaban a vestirnos de forma decente al volver de la playa. Y ahora resulta que añoro como un ceporro aquellos atardeceres de camisas blancas, y señores con calcetines que se quitaban el sombrero de paja al entrar a un restaurante o para saludar a otra gente, y señoras a las que uno podía llamar señoras sin tener que aguantarse la risa. A veces soy tan antiguo que me doy asco.

13 de agosto de 1995

lunes, 7 de agosto de 1995

El Dragón y la Polar


Es una noche de esas mediterráneas y tranquilas, sin tierra a la vista, con el rumor del agua fosforescente en la estela del barco y la silueta oscura del palo y las velas arriba, balanceándose despacio en el cielo lleno de miles de estrellas. Una de esas noches en que uno lamenta no Rimar, porque apetece encender un cigarrillo recostado en la brazola, junto al timón, con tres horas por delante hasta que termine la guardia, el resplandor del compás iluminando débilmente Este-Sudeste y, a lo lejos, las luces de un mercante cuyo rumbo te ha tenido un rato pegado al radar y que, por fin, se aleja dejándote libre de peligro y con todo el mar, el cielo y las estrellas para ti solo.

Es una noche de ésas; cuando llevas embarcado cuatro egoístas días que parecen veinte y las cosas de tierra parecen quedar tan lejos que te importan un carajo de la vela, y te das cuenta de que hace un siglo que no oyes tertulias radiofónicas, ni lees un periódico, ni ves la tele, ni te hablan del GAL ni de la corrupción ni de González, ni te dicen mireusté, y la vida continúa su curso y no pasa absolutamente nada y te preguntas, qué remedio, en qué diablos se equivocó la Humanidad, en qué maldita trampa caímos todos, o nos hicieron caer, y quién fue el primer hijo de la gran puta que cobró por ello.

Es una noche de ésas, y bajas y te haces un café, y después subes a la bañera con la taza de metal caliente entre las manos, y entre sorbo y sorbo miras hacia popa y ves, por la aleta, la Osa Mayor; así que por instinto trazas una línea imaginaria de Merak a Dubhé y allá arriba encuentras la Osa Menor y la Polar, inmutable desde hace tres mil años. Y casi crees en Dios, o tal vez incluso crees, cuando observas todas aquellas luces, y planetas, y soles girando lentamente allá arriba, en la bóveda oscura y luminosa que se despliega sobre el lento balanceo de tu mástil. El gigante Orion persigue al Toro, con Betelgeuse brillando en el hombro del Cazador. Aún puedes observar hacia el oeste la cabellera de Berenice, y Altair brilla en la constelación del Águila, que en esta época del año vuela hacia arriba. Si fuerzas la vista, hasta puedes distinguir junto a ella al Cisne volando a la derecha mientras, debajo, nada la figura pequeña y hermosa del Delfín. Y entre las dos Osas, el Dragón, que hace cinco mil años era la estrella polar que adoraban los egipcios y que -su ciclo es de 25.800 años- dentro de 22,800 sustituirá otra vez a la Polar y señalará el norte geográfico.

Y es así, en tu cuarto de guardia, mirando ese cielo en apariencia impasible que parece burlarse de tantas cosas de aquí abajo, cuando recuerdas que la luz recorre 300.000 kilómetros por segundo y que Altair, por ejemplo, a la que miras en este momento, es una luz que salió de ella hace dieciséis años, y que tal vez a estas horas haya estallado en el espacio y ya no exista, y sin embargo aún seguirás viéndola allá arriba durante unos cuantos años más. Y vuelves los ojos a tu estrella maestra, la Polar, cuya distancia es de 470 años luz, y caes en la cuenta de que estás calculando tu rumbo y posición por la luz que salió de una estrella a principios del siglo XVI, y que ha tardado casi cinco siglos en llegar hasta ti, como un fantasma que saliera de la tumba para guiarte en la noche.

Entonces sientes un vértigo singular, pues comprendes que nada garantiza que cuanto ves allá arriba exista todavía, y que tal vez en este momento infinidad de cosas, de soles y planetas hayan cambiado, estén muertos o hayan nacido otros nuevos. Y en ese vasto Universo te parecen ridículos esos 150 cochambrosos millones de kilómetros que separan la Tierra del Sol -Plutón, sin ir más lejos, está a 5.900- en nuestro mezquino sistemita solar. Y piensas que, a lo mejor, cuando dentro de esos 22.800 años que faltan para el relevo, el Dragón sustituya a la Polar en el Norte, es muy posible que esa estrella marque la latitud cero sobre un planeta muerto que siga girando silenciosamente, ya desprovisto de vida, en la soledad del espacio infinito.

Y bebes otro sorbo de café y te dices; hay que ver. Tantos siglos, tantos miles de millones de años, colega, con todo ese tinglado girando allá arriba, y aquí nos creemos alguien porque hemos conseguido pudrir y llenar de tumbas prematuras, y de plástico, y de mierda, nuestro minúsculo trocito de firmamento en unas pocas centurias de nada. Y a todo esto, pendientes de que un tal González dimita o no dimita, de que se nos lleve el coche la grúa, o de que alguien le ponga las pilas a Ana Obregón. Ignoro si habrá vida inteligente allá arriba; pero como la haya y nos miren por un telescopio, tienen que estar partiéndose de risa.

6 de agosto de 1995

lunes, 31 de julio de 1995

Clanes, tribus y paranoicos


En el ejercicio de la Sanidad, como en todos los oficios del mundo, hay artistas y chapuceros, gente de bien y cagamandurrias. Y pasa con ellos lo que con los pimientos de Padrón; si te toca el picante, vas hecho polvo. Esto viene a cuento porque a la hija de unos amigos le ha tocado el picante. María, se llama la enana, tuvo un esguince por el que le escayolaron la pierna. Pero se lo hicieron mal, inmovilizándole el pie en posición incorrecta, y ahora lo lleva como una pata de hipopótamo, y tendrá problemas circulatorios -tiene once años- el resto de su vida.

Costó un poco convencer al padre de María de que no le rompiera los cuernos al responsable del desaguisado. Por fin optó el hombre por la más razonable vía legal. Empezó a llevar a su hija a diversos médicos, a fin de que certificaran la desgracia; mas, para su sorpresa, aunque todos se indignaron con la chapuza, cuando se les pidió un dictamen médico por escrito, ninguno accedió a proporcionarlo. Hasta hubo quien llegó a decir que no podía, moralmente, desautorizar a un compañero de profesión. El caso es que la chiquilla seguirá con su pie fastidiado de por vida, el matasanos que se lo desgració continúa ejerciendo como si nada, el padre de María está ahorrando para comprarse una escopeta del doce con cartuchos de posta lobera, y cualquier día salen todos en los periódicos, como en Puerto Hurraco.

Esta especie de ley del silencio, de arropamiento mutuo en plan gremial, no tiene nada de nuevo, ni de extraño. En este país, como en la mayor parte de los países, ciertos colectivos -casualmente los que gozan de estructuras cerradas con determinados códigos o privilegios inherentes a su profesión- tienen la costumbre de enrocarse en sí mismos cuando alguien cuestiona una parte del todo. Es algo muy frecuente entre las putas, los jueces, los políticos y los periodistas, por citar unos cuantos ejemplos más o menos respetables.

Pero no sólo ellos. En las ciento seis semanas que llevo tecleando esta página dominical, por ejemplo, buena parte de las cartas de lectores que escriben para cagarse en mis muertos pertenecen a miembros de colectivos que se sienten agraviados por extensión solidaria. Voy y cuento, verbigracia, que un guardia municipal de Villatomillar del Rebollo (Cáceres) es una mula de varas, y acto seguido un ertzaina de Bilbao, es un suponer, se da por aludido y te dice que acabas de insultar a los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, y otro lector asegura que has ofendido a Extremadura. Si dices que un fontanero te cobra cuatro mil duros por ponerte un grifo que no funciona, el presidente del gremio de Fontaneros Asociados te escribirá una grave misiva, lamentando que hayas puesto la honra de la fontanería en la picota. Hace un año, cuando el arriba firmante mencionó un incidente tontorrón protagonizado por un marino en aguas del Mediterráneo, cierto almirante pidió poco menos que mi fusilamiento al amanecer, por haber puesto en entredicho el honor militar y de la Armada -me lo chivaron los subordinados del émulo de Nelson, que son amiguetes-. Y si uno dice que esas X con las que los fulanos del spray tachan las jotas de los indicadores de carreteras en Lugo son burdas -lógico, pues el aerosol no permite buena caligrafía- resulta que estás insultando la noble ortografía de la lengua gallega. Venga ya.

Como ven, en todas partes cuecen habas. Y paranoicos tontos del haba. Y es una lástima que tanta solidaridad y tanta defensa automática del compadre con razón o sin ella, y tanto darse por aludido y tanta leche, no se ponga de manifiesto en otras cosas. Resulta que, en este país que hemos convertido en el más insolidario del mundo -sí, lo he dicho, ciclos, qué horrible afrenta a la patria y a Iberoamérica- aquí todos estamos unidos en plan yupi-yupi wiardepipol con mecheritos Bic encendidos o en plan mafia cuando nos interesa; cuando está en el alero el privilegio, el sustento, la supervivencia de nuestro clan, nuestra tribu, nuestras aguas para regadío, nuestro RH o nuestras putas pésetes. Pero muy verdes las han segado, siempre, cuando de lo que se trata es de mirar alrededor y decir, rediez, no me gusta el careto de mi vecino pero es el que tengo, echémosle una mano que ya la echará él cuando vengan las putas, que siempre vienen. O de animar el hombro junto a los otros, dar un puñetazo en la mesa y decir hasta aquí hemos llegado, carajo, aquí nos salvamos todos juntos o no se salva ni Dios.

Eso molaría un mazo, la verdad. Pero para ello hace falta ser lúcido y ser generoso; algo que se aprende en las escuelas, y en las familias, y en los libros, y en la Historia. De modo que vamos listos.

30 de julio de 1995

lunes, 24 de julio de 1995

Pepe el carpintero


Conozco a un carpintero que se llama Pepe y hace unos días estuvo trabajando en mi casa. El asunto consistía en instalar un enorme mueble-estantería para darle un poco de desahogo a algunos de los libros que andan por todas partes. Lo habíamos diseñado a medias, póngame aquí esto y lo otro, y en la mitad una urna de cristal para el Derflinger, un galeón del siglo XVI de casi un metro de eslora que construí hace años, cuando aún tenía tiempo y paciencia para hacer maquetas de barcos. El caso es que Pepe captó perfectamente la intención del asunto, y durante tres días anduvo por casa con dos jóvenes ayudantes, poniéndolo todo perdido de tablones, serrín y barnices.

Por aquello de que había libros y un barco de por medio, lo vigilé de cerca. Ponía un punto y aparte en el ordenador y me iba a verlo trabajar ajustando tablones, atornillando estantes. Y hubo varias cosas que me llamaron la atención. De una parte, la seriedad y rigor con que Pepe y sus aprendices realizaban el trabajo: madera bien ajustada, puertas encajadas a la perfección, acabados pulidos y ni una sola astilla. Eso, en este país donde menudean los chapuceros y los mangantes a domicilio, me pareció insólito. Tampoco, a pesar de que Pepe y sus ayudantes fuman, los vi hacerlo mientras estuvieron dentro de mi casa. Y en cuanto a las bebidas que les ofrecí, hasta que terminó su tarea pidieron siempre sólo agua.

Pero lo que me impresionó de Pepe fue su actitud profesional. De vez en cuando lo veía detenerse y retroceder para comprobar los progresos. Asentía como para sí mismo, y después iba a tal o cual parte del mueble -que yo encontraba perfecta a simple vista- y le daba los retoques necesarios. Al aparecer yo por allí me miraba de soslayo, cual si acechase mi aprobación. Era evidente que disfrutaba con su tarea, con la obra bien hecha y con mi satisfacción tanto como con la suya propia. En un momento de confidencia me dijo que la noche anterior, en su casa, había calculado, por curiosidad, que a tres centímetros por cada uno me cabrían en las estanterías unos dos mil libros. Aquello tenía su mérito; pues, según propia confesión, Pepe no ha leído un libro en su vida. Yo le dije que no, que el Espasa, por ejemplo, tiene ciento once tomos con una media de siete centímetros cada uno, y que como mucho allí cabria un millar. Entonces, muy serio y como decepcionado, sacó papel y lápiz y se puso a ingeniar modos de ganarme un poco más de espacio. Parecía que el asunto se hubiera convertido en algo personal.

Por fin, un día, terminó el trabajo. Había barrido el suelo y la habitación olía a cola fresca, a madera y a barniz. Saqué una cerveza y entonces Pepe se la bebió conmigo, sentados el uno junto al otro en un peldaño de la escalera, frente al mueble. Miraba su obra y me miraba a mí, tranquilo, satisfecho, disfrutando el momento de la culminación del largo esfuerzo. Aún se levantó un par de veces para pasar el dedo por lo que le parecía una marca en la madera, un defecto del barniz, y volvió a sentarse junto a mí, tranquilizado.

-Buen trabajo -dije.

Y qué privilegio, pensaba, encontrar a alguien para quien un trabajo aún es algo más que cuatro martillazos cutres como trámite previo a una factura. El carpintero sonrió un poco, bebió un sorbo de cerveza y volvió a sonreír. Miraba el mueble como puede mirarse a una mujer hermosa, a un amigo, o a un hijo, Y comprendí que en realidad era parte de él; su obra y su orgullo. Y en ese momento, sentado en el peldaño de la escalera y con su cerveza en la mano, Pepe me pareció la viva estampa de la honestidad y el pundonor ante la obra bien hecha. Aquélla era su dignidad; lo que le daba derecho a sentarse junto a quien lo empleaba y aceptarle una cerveza, de tú a tú. Un respeto que no se da por supuesto, ni se regala, sino que se gana a pulso. Con profesionalidad y con vergüenza.

Después nos dimos la mano, y entonces me preguntó si no me importaba que viniera a ver el mueble cuando ya estuviesen puestos los libros. Le dije que en absoluto, que viniera cuando le apeteciese, Y el otro día lo hizo. Apareció en el umbral, tímido, sin atreverse a entrar después de haber pasado varios días entrando y saliendo como Pedro por su casa. Por fin dio unos pasos y se detuvo ante el mueble, impresionado. Relucían los dorados en los lomos de las encuadernaciones y el viejo Derflinger en su urna.

-Caben mil doscientos -dije. El movía despacio la cabeza, sonriendo orgulloso. Entonces fui al frigorífico y le traje otra cerveza con muchísimo respeto.

23 de julio de 1995

lunes, 17 de julio de 1995

El palito de la E


El otro día le regalaron al arriba firmante una camiseta horrorosa, de juzgado de guardia. En los últimos tiempos, la proliferación de esta prenda como indumento de calle y de diario -incluso como ropa de postín- ha dado lugar a que, en lo que se refiere a ilustración, colores y modelos, uno pueda encontrar en ese registro hasta las cosas más peregrinas: referencias cultas (Serbian Umvemty), turísticas (GB: cerveza y chusma), eróticas (Follow me), políticas [Felipe, ahueca), etcétera. De todas días, mi favorita es aquella [Cono sin ñ es geometría) que le vi una vez puesta a Almudena Grandes -que rellena como nadie ese tipo de prendas-, cuando firmaba en una Feria del Libro ejemplares de su Malena es un nombre de tango.

Y justamente del palito de la Ñ y de camisetas quería hablarles. Porque la camiseta que alguien -organismo oficial, para más oprobio- ha tenido la insensatez de regalarme, lleva un círculo de estrellas como el de la Comunidad Europea y, en el centro, una E de España ornada con la tilde de la Ñ encima, supongo que saben a qué me refiero, presidencia española de la UE y demás. El ministro Solana -de cuyo club de fans soy, como saben, secretario general-presentaba hace un par de semanas la camiseta todo orgulloso, el hombre, ponderando la originalidad y la enjundia del logotipo. Dirán ustedes quizá, como el arriba firmante, que ponerle una tilde a la E de España es una gilipollez importante; y que buena está Europa para sutilezas con lo nuestro, ya trátese del palito de la Ñ o de la bisectriz de la Bernarda. Esas cosas se defienden mejor con sanciones a los bancos que siguen sustituyendo la Ñ de sus ordenadores por otros signos, o perjudicando a los fabricantes, importadores o qué sé yo, que no respeten la normativa española. Lo que pasa es que el verbo compuesto hacerse respetar se conjuga fatal en España. Por falta de práctica, supongo, y por ser incompatible con tanto tiñalpa dispuesto a llevar el botijo a quien sea, con tal de seguir amorrado al pilón.

Y es que tiene tela. Nos están dando leña hasta en el carnet de identidad. La UE y la OTAN y el lucero del alba son capaces de apoyar a Papúa Guinea antes que a España en cualquier contencioso planteado o por plantear. Aquí tenemos el patio como lo tenemos. Y todo lo que les ocurre a estos cantamañanas mireusté vestidos por Armani es hacer camisetas para promocionar la E de España con un palito. en la esperanza de que los hooligans de Manchester o los cerveceros de Hamburgo -o viceversa- tengan la agudeza de captar el doble sentido, y los impresione nuestra sutil y gallarda manera de defender lo nacional. Y es que es mucho nivel, Maribel.

En cuanto al logotipo concreto de la camiseta, que ésa es otra, me parece horroroso así, a palo seco (no sé si captan mi astuto juego de palabras, pero no voy a ser menos que el ministro Solana y sus magos del diseño). Y no sé cuánto les habrán pagado por el copyright a los creadores del asunto, pero no creo que los talentudos genios se lo hayan gastado íntegro en bragueros. Y es que bajo la cobertura oficial del diseño creativo y la estética sociata y la cultura oficial subvencionada con generosas aportaciones de dinero estatal, en este país hemos asistido durante años a un delirio de la estupidez elevada al cubo. Y uno está hasta aquí de tropezarse con analfabetos de teléfono móvil -pinchado, por supuesto- y Visa oro aplaudiendo los engendros infumables de estafadores, paniaguados y cuñados varios con más morro que un oso hormiguero, que han inundado el país, el deporte, las vallas publicitarias, las pantallas de cine, la moda, el arte, la cultura en general, con un mal gusto y una ordinariez que tiran de espaldas. O a mí, por lo menos, me tiran.

El diseño como tal no es malo, sino todo lo contrario. Pero lo que en principio es una legítima y necesaria envoltura de productos o ideas para hacerlos más atractivos -¿qué es la encuadernación de libros o la carrocería de un coche sino diseño?- ha llegado a enquistarse en sí mismo, convertido en negocio vacío de contenidos. En una especie de prisionero de Zenda secuestrado en la espiral de lo gratuito y lo absurdo, Porque, tal y como se han puesto las cosas, no importa qué mediocre mula de varas con un par de lápices de colores y un compadre en el comité, o la concejalía, o la dirección general correspondiente, puede abrumar nuestra vida con logotipos y brochazos infames que cualquier crío de diez años, con el juego de acuarelas de la señorita Pepis, habría ejecutado con más imaginación y más talento. Y además, gratis.

16 de julio de 1995

lunes, 10 de julio de 1995

Señor Presidente


Esta no es una carta constructiva, ni mesurada, y si la pretendiera respetuosa vendría encabezada: Excelentísimo Señor. Supongo que lo que el arriba firmante pueda decir le importa a usted un carajo; tanto como parece importarle, a tenor de su talante y maneras, la opinión del resto de mis compatriotas; que por cierto son los suyos. Pero usted se desahoga paseando por Doñana, dando escopetazos en las fincas de los compadres o probándose ante el espejo la púrpura imperial, y yo me desahogo dándole cada domingo a la tecla. Cada uno se lo hace como puede.

Quería contarle que estaba el otro día hojeando papeles, cuando encontré un recorte de prensa, viejo de doce años, con su foto y la firma del arriba firmante. Era un reportaje publicado en PUEBLO bajo el título Noche de esperanza. Sólo unas horas antes usted y el PSOE acababan de ganar las elecciones, y yo acababa de regresar de una de esas guerras donde me ganaba la vida. La victoria del PSOE en las urnas era un acontecimiento histórico, así que Chema Pérez Castro, mi redactor jefe, movilizó a toda la tropa para cubrir el asunto. A mí me tocó el ambiente de la calle, por si había follón. No lo hubo. Por el contrario, mi crónica fue un largo relato de explosiones de alegría, de confianza en el futuro, Y terminaba citando las palabras de una joven pareja; «Es una buena noche para tener un hijo».

El hijo, señor presidente, sí lo hubo, tendrá ahora casi doce años. En ese tiempo, los votos que a usted le dieron el poder lograron que por las ventanas de este país entrase aire fresco, y que entre otras cosas se modernizara la infraestructura de obras y servicios, que las mujeres ya no vayan a la cárcel por abortar, y que algunas clases menos favorecidas y los pensionistas lleguen mejor a fin de mes. Todo eso está muy bien y me alegro, porque es exactamente para lo que se le votó. Pero lo que ya no me gusta tanto es el precio que usted nos ha cobrado por ello. Como factura es muy alta, y afecta a nuestros sentimientos y nuestra dignidad. Y eso tiene mucho delito.

¿Sabe una cosa? La Historia y la política tienen comprensibles altibajos. España es un país muy atravesado y muy difícil, y uno hasta sería capaz quizás, de resignarse o perdonar los errores y las bajezas. Perdonar, por ejemplo, como el periodista que fui, que me cerrase PUEBLO a traición apenas se hizo con las riendas del cotarro, y que envileciera la radio y la televisión estatales hasta la indignidad y la desvergüenza. Podría perdonarle también las reconversiones salvajes y las canalladas fiscales de sus sicarios; esos que después de haber puesto el país patas arriba y contra las cuerdas so pretexto de Europa y de la madre que la parió, se fueron de rositas como al final se irá usted, dejando la lista de daños y reclamaciones a cargo del maestro armero. Y podría, puestos a ello, perdonar también todo el compadreo de la gentuza más o menos guapa que, al socaire de la impunidad que su poder absoluto les brindaba, señor presidente, amasaron miles de millones manejando información confidencial y chanchullos varios mientras usted garantizaba su honorabilidad con la suya propia. Gente que una vez pase la tormenta vivirá tan campante con sus cónyuges y sus ahorros y sus porcelanosas, supongo que eternamente agradecidos.

Podría perdonarle también todo lo demás. La sonrisa y los plurales de su ministro Solana, verbigracia. O la abyecta chapuza del GAL. Luis Roldan. Carmen Salanueva. Los fondos reservados, el descrédito de las instituciones. Tirar por la borda, por imprevisión y descontrol, todos los logros antiterroristas de la última década. Podría perdonarle lo de Manglano y Narcís Serra -si eso no es perdonar, que baje Dios y lo vea-. O por hacer que Europa y el mundo nos sodomicen reiteradamente, tanto cuando no tenemos razón como cuando la tenemos. Podría perdonarle estar dispuesto a todo, incluso a salpicar al rey -único salvavidas sin agujerear que nos queda-, comportándose como un conductor irresponsable, borracho, dispuesto a llevarse la monarquía parlamentaria por delante con tal de seguir en la carretera. Podría perdonarle cualquier cosa, ya lo ve. Hasta que mi madre vote ahora al PP.

Hasta que la peseta sea una mierda, y que yo vuelva a avergonzarme, gracias a usted, de ser español cuando salgo por ahí. Hasta podría perdonarle esa cara que se le ha puesto, abotargada de poder y de soberbia. Pero lo que nunca podré perdonarle es incapacitarme para escribir otra crónica como la de aquella lejana noche de esperanza. Porque en estos doce años usted nos ha robado la inocencia.

Hágame un favor. Váyase a hacer puñetas, señor presidente.

9 de julio de 1995

lunes, 3 de julio de 1995

Él nunca lo haría


Un perro ovejero pequeño, feo y valiente, nos tuvo detenidos una vez a varios automóviles durante un rato, porque una oveja de su rebaño estaba rezagada, mordisqueando hierba en la cuneta. Y el chucho seguía quieto en medio de la carretera como un impasible don Tancredo, con un ojo en los automóviles y otro en la mala pécora, sin moverse hasta que la tipa cruzó por fin. Entonces le tiró una rutinaria dentellada a los cuartos traseros y se fue detrás, con un trotecillo chulito y la satisfacción del deber cumplido. Fueron dos o tres minutos en que no se oyó ni un solo bocinazo. impresionados a pesar nuestro, arrancados por un momento a la prisa y la impaciencia, ninguno de los diez o doce conductores detenidos pudo evitar rendir ese pequeño homenaje al valor concienzudo del animal. Aquel chucho era un profesional.

Hay muchas historias propias y ajenas con perros como protagonistas. En un hospital de Lugo, por ejemplo, uno cuyo dueño murió hace siete meses sigue viviendo en la puerta, después de recorrer varios kilómetros persiguiendo la ambulancia en la que su amo agonizaba, llegó exhausto, con las patas heridas por la carrera, y allí continúa, esperando verlo salir. Las enfermeras y los vigilantes del hospital, que ahora le dan comida y lo cuidan, ignoran su nombre y lo llaman Calcetines. Esa es una historia con final feliz, pero otras no lo son tanto. En Borovo Naselje, en la antigua Yugoslavia, una mujer que fue violada por los chetniks serbios ante la pasividad de sus vecinos me contaba que el único defensor que tuvo al escuchar sus gritos fue su perro, un pastor alemán que estuvo peleando en la puerta de su casa y en el vestíbulo y en la escalera hasta que los agresores lo mataron de un tiro.

El mío es un labrador negro, macho, y se llama Sombra. Durante mucho tiempo, cuando el arriba firmante volvía de noche más ñaco y sin afeitar, con una mochila al hombro, de uno de esos territorios comanches donde se ganaba el pan, Sombra salía al jardín enloquecido de entusiasmo, moviendo el rabo y gimiendo complacido, a frotarse contra mis piernas y a tumbarse en el suelo, patas arriba, para que lo acariciase. Nunca tuvo un ladrido a destiempo, un gruñido ni un mal gesto. Se queda ahí, quieto y silencioso, mirándome con sus ojos oscuros y fieles, pendiente de una voz o una caricia. Incluso cuando alguna perra en celo o su instinto de libertad lo llaman lejos y se escapa, y vuelve al cabo de varias horas sucio, sediento y fatigado, con el rabo entre las piernas porque sabe que le espera una buena bronca o una zurra por golfo y por putero, lo hace humildemente, dispuesto a llevarse lo suyo, mirándome con esos ojos leales que te desarman. Ya es viejo -tiene doce años- y morirá pronto, supongo. Es un buen perro y lo echaré de menos. Y estoy seguro de que a mí, que no tengo precisamente una lágrima fácil, ese chucho puñetero me hará llorar.

En fin. Humedades sensibles aparte, todo esto viene a cuento porque hoy es el primer domingo de las primeras vacaciones de verano. Y porque a estas horas, estoy seguro, por las carreteras de este país vagan cientos de perros desconcertados, exhaustos, siguiendo la línea de asfalto por la que se fueron los dueños que los abandonaron. Pues el perro supone un incordio para las vacaciones. Una cosa es el cachorro gracioso para los niños, que se mete en cualquier parte, y otra el grandullón al que hay que vacunar, alimentar, albergar, y que te fastidia, con su presencia incómoda, el viaje en automóvil a la costa, o al pueblo. Así que al abuelo se le mete en un asilo -ya escribí de eso hace un par de años-, y al perro se le lleva a un paraje lejano, se abre la puerta y se le dice, sal, Tobi, juega un poco. Después, el propietario acelera y se larga, sin mirar siquiera por el retrovisor, libre del jodío chucho.

Se acuerdan de aquel anuncio estremecedor, un perro abandonado en mitad de una carretera, bajo la lluvia, sus ojos cansados y tristes, bajo el rótulo: Él nunca lo haría...? Es cierto. Él nunca lo haría, pero buena parte de nosotros sí. Igual usted mismo, respetable lector, que hojea El Semanal en este momento, acaba de hacerlo. ¿Y sabe lo que le digo? Pues que, de ser así, ojalá se le indigeste esa paella por la que van a clavarle veinte mil pesetas en el chiringuito, o se le pinche el flotador del pato y se ahogue, cacho cabrón. Porque ya quisiéramos los humanos tener un ápice de la lealtad y el coraje de esos chuchos de limpio corazón. No recuerdo quién dijo aquello de que cuanto más conozco a los hombres más quiero a mi perro; pero es cierto. Al suyo, al mío. A cualquier perro.

2 de julio de 1995

domingo, 25 de junio de 1995

Cuestiones de honor


Hace un par de semanas puse la tele y me encontré al ex presidente Suárez acudiendo a un juzgado, porque alguien dijo que trincó trescientos kilos de Banesto, cuando Mario Conde y todo eso. Suárez llegó, dijo que eso era una bola como el sombrero de un picador, miró al soslayo, fuese y no hubo nada. Supongo que a estas alturas todo habrá quedado en eso. Algo de lo que el arriba firmante se alegraría infinito; pues la persona de Adolfo Suárez, Ucedés aparte, me cae bastante bien. Tanto por esa pinta que tiene, con su perfil de torero grave y veterano, como por los morlacos que lidió, como por ese silencio magnífico en el que ha sabido atrincherar, cual muy pocos en este país, su digna salida del Gobierno y su decoro como político jubilado.

Y pensaba yo: ojalá que no. Deseo que éste de verdad no tenga nada que ver, y que en tal caso no me lo llenen de mierda como a los demás, porque no sé qué carajo iba a quedar entonces como referencia política decente de los últimos veinte años. Y en ésas me decía: hay que fastidiarse. En un país donde los partidos de oposición ganan esgrimiendo titulares de periódicos en vez de programas de gobierno, donde tantos jueces se acojonan o se muestran implacables según el tipo de repercusión social del asunto, donde todo el mundo tiene una piedra en la mano para el linchamiento previo, cualquiera puede permitirse acusar a otro de cualquier cosa, mentarle la madre o llamarlo maricón de playa, así, por el morro, y si cuela cuela. Y si no, oye, pues vale, pues me alegro. Pero empuerca, que algo queda.

Insisto en que ignoro si Adolfo Suárez fue más o menos honrado que otras joyas del oficio. Pero, aparte la simpatía personal -que es asunto mío porque me da la gana que su careto me sea simpático-, mucho me guardaría de cuestionar su honorabilidad si no tuviera un buen legajo de papeles con todo allí, incluidos los afotos del antedicho en el momento de trincar. Y aún así, averiguaría antes en qué condiciones, y para qué. A fin de cuentas, con todos sus errores y todos sus defectos, que los tuvo, incluida la cuerda de mercachifles, correveidiles y meapilas que nutrió parte de sus huestes, don Adolfo Suárez hizo una transición que le salió bordada. Faena que remató levantándose a defender la democracia, encarnada en un anciano general a quien un torpe teniente coronel intentaba zancadillear y tirar al suelo. Y eso merece un respeto.

Yo, entre nosotros, a lo de Gutiérrez Mellado no le doy mucho mérito. Sospecho que más que impulso democrático, lo que lo cabreó y puso tan flamenco fue que allí entró un teniente coronel con escopeta y no se le cuadró. O sea, que al abuelo le saltó el automático. El mérito de verdad se lo adjudico al de Ávila. Y cuando los sesientencoño empezaron a agujerear el techo, don Adolfo se quedó erguido, chuleta, de perfil ante España y ante la Historia y ante los anales de la vergüenza torera, mientras todo el personal, incluido el actual presidente del Gobierno y numerosos prohombres de su partido y la actual oposición -salvo Carrillo, que fumaba allá al fondo, a lo suyo-, se lanzaba a bucear bajo la moqueta en plena cagalera. Y a mí, que soy muy primitivo, pues qué quieren que les diga. Esas cosas me impresionan.

Pues eso, dejando ya la anécdota de Suárez aparte, a veces uno lamenta que ciertas antiguas costumbres, como el duelo, hayan caído en desuso. Antes, alguien te miraba mal y podías mandarle los padrinos, y la cosa se solventaba a pistoletazos o sable, y al menos tenías una oportunidad real de volarle al otro los cuernos. Ahora, un fulano afirma, es un suponer, que lo que a ti te gusta es tocarles el culito a los nenes en las guarderías, y tú demuestras que es mentira, que lo que te gusta de verdad, por ejemplo, es ir los jueves a un meublé con la señora de ese fulano, y aquí no pasa absolutamente nada, ni nadie rectifica, y todo queda como así, en el aire. Si por una parte vas y planteas demanda judicial para recuperar tu honor, resulta que el honor anda muy devaluado -hasta los políticos juran por su honor, háganse idea- y el juez te toma a pitorreo. O, como en este país la Dura Lex Sed Lex (Duralex) a menudo se parece a la bonoloto, depende de qué juez te toque en suerte para que te restituyan la honra o, por el contrario, quedes como pedófilo para los restos. Y tampoco es cosa de que vayas y le des una estiba al otro fulano, pues no puedes andar a bofetadas, como los gañanes. Además, puedes romperle algo, y entonces sí que los jueces te empapelan vivo. O rompértelo él a ti. Con lo que, además de la fama, te llevas un par de hostias.

25 de junio de 1995

domingo, 18 de junio de 1995

JASG


Me gusta ver los anuncios de la tele. A menudo hay en ellos más talento que en la mayor parte de los programas, o en las comedias de situación, o en lo que sea. Al fin y al cabo, tras la publicidad se adivina a un montón de inteligentes hijos de puta calentándose la cabeza para hacerte comprar tal o cual cosa, y si mantienes cierto distanciamiento crítico siempre terminas aprendiendo cantidad de trucos útiles. No sobre lo que anuncian, que eso es lo de menos, sino sobre por qué lo anuncian, cómo lo hacen y a quién se dirige el intento de comerle el tarro.

Hay, sin embargo, una variedad publicitaria que al arriba firmante le quema la sangre. Me refiero a esos anuncios que, como muchos de los políticos de este país, se empeñan en venderte una España irreal, ficticia, que sólo existe en su manipulación canalla de los hechos, y que nada tiene que ver con la otra, la de la calle, la realmente real. Existen perlas legendarias en este registro. Desde la taimada infiltración de marcas de tabaco en anuncios deportivos hasta la felicidad cifrada en bonolotos, cupones, cuerpos danone, compresas que ni se notan ni traspasan, Lulú semuá, o ese putón verbenero que iba por las carreteras en descapotable, buscando a Jack's. Pero mi Oscar del cinismo galopante se lo llevan las campañas destinadas a convencer a los jóvenes de la necesidad absoluta, vital, que tienen de comprarse tal o cual marca de automóvil. Eso es que ya es la leche.

Lo que más me fascina de tales anuncios es la verosimilitud con que sus creadores trazan el retrato, clavadito, del joven español medio. Llevo doce años trabajando como un hombre de color, dice el apuesto guaperas. Curro veintitrés horas diarias en el periódico sin cobrar. Estudio Económicas e Historia de la Filosofía. En los ratos libres hago ala delta en los Alpes, windsurfing en Florida, y toco el clarinete en un club de jazz de Manhattan. Además he escrito Historias del Kronen II, y leo a Heidegger, Peter Handke y Adorno. Soy un JASG -Joven Aunque Sobradamente Gilipollas- preparado para la vida moderna, y usted va y me dice que aún estoy verde para hacer un programa como el de Isabel Gemio. Como dijo Kant, hay que joderse. Y por cierto, la cita no es de Kant. Es de Marcial Lafuente Estefanía.

Otro ejemplo. Bella joven, elegante, con clase, prototipo de la veinteañera española media, reflexiona sobre un hecho terrible: llega un momento en la vida en que tienes que elegir entre trabajar en la empresa de papá o hacer un máster en Harvard. Usar vaqueros Liberto o minifalda de Versace. Vivir con tus padres en el chalet de la Moraleja o mudarte sola a un apartamento del Barrio Latino de París. Salir en el Hola como candidata al príncipe Felipe, o en el Diez Minutos jugando al golf con Alessandro Lecquio, Lo único que tienes claro es que te acabas de comprar un GTI de 16 válvulas. Que mola un pegote.

La verdad es que echo en falta una tercera versión en ese tipo de anuncios. Cualquier joven de cualquier sexo que llega a casa a las tantas de la noche, hecho polvo después de haber estado ocho o doce horas de pie tras el mostrador, o en la gasolinera, o la moto de mensaca, o en la cola del paro, y pone un rato la tele, y zapea, y se encuentra a San Lobatón, o a Nieves Herrero, o a Jesús Puente ganándose el dinero más vergonzoso que ha ganado en su vida, o a Felipe González con esa cara que se le ha puesto -a cierta edad todos tienen la cara que se ganan a pulso-, o al otro mienteusté prometiendo atar los perros con longaniza con su programa, programa, programa. Y de pronto llega la publicidad y a nuestro exhausto joven se le llena la pantalla de JASG sobradamente preparados, vestidos como él tiene que vestirse, con las maneras y aficiones que él, o ella, tienen que tener. Con unos coches que te cagas, como el que él o ella tienen que comprarse pero ya mismo, si no quieren ser unos mierdecillas y unos matados y tipos desgraciados de la vida.

Entonces, él, o ella, miran a la cámara, y dicen: Hay un momento en la vida en que tienes que elegir entre el desempleo o trabajar diez horas diarias en el mostrador de una charcutería. Entre salir a bailar el sábado por la noche o quedarte en casa estudiando hasta las cuatro de la madrugada. Entre despreciar a tus padres o compadecerlos. Entre ayudar a tu hermano yonqui o pasar mucho de él. Entre dejar que el jefe te mire las tetas o irte a la cola del paro. Entre maldecirlo todo y pegarle fuego a la vida, o apretar los dientes y luchar por salir adelante y tener una casa, y una familia... Y por cierto: ¿Cómo se las habrán arreglado los del anuncio para que sus padres les firmen el aval y las letras del puto coche?

18 de junio de 1995

domingo, 11 de junio de 1995

El hombre que salvó a Jorge Negrete


Antonio tiene sesenta y cinco años, y entre caña y caña cuenta que sus padres lo engendraron en la cabina de proyección de un cine, mientras en la pantalla John Barrymore le tiraba los tejos a Greta Garbo en Gran Hotel. Y si los orígenes marcan destinos, el de Antonio estaba cantado. Proyeccionista desde que tuvo uso de razón, por sus manos han pasado, en su mágico estado original de celuloide y luz, todas las películas importantes que en el mundo han sido. También los ratos libres los dedicó al cine, y fue portero, acomodador, y extra en un montón de películas americanas de los sesenta. Incluso, de cuando las salas aún se usaban como teatros, conserva recuerdos que lo hacen sonreír a medias, evocador, torciendo el bigotillo por encima del vaso de cerveza. La elegancia de Amparito Rivelles. Las piernas de Celia Gámez. O la paliza que una vez le dio a Manolo Caracol con un garrote, porque el maestro estaba mamado y llamó ladrón al empresario.

Pero es el cine, la materia de que están hechos los sueños, lo que llena la vida de Antonio. A veces, cuando te toma confianza, imita a Cantinflas de un modo tan asombroso que si cierras los ojos imaginas al fulano allí, contigo. Y no sólo eso. Tantas veces ha visto las películas, dos o tres sesiones diarias semana tras semana, que es capaz de recitar diálogos enteros de sus secuencias favoritas. Tú estás, es un suponer, pelando una gamba, y de pronto Antonio te mira a los ojos y te suelta un parlamento de cinco minutos en el que Ben-Hur le menta la madre al malvado Mésala. O te habla como si fueras Grace Kelly -una estrecha, apostilla interrumpiéndose un momento- y él Clark Cable en Malambo. O te sacude a palo seco la secuencia final de Los siete magníficos, tiros incluidos, empalmándola sin transición con el diálogo entre Burt Lancaster y Jack Palance en Los profesionales. Aunque mi momento favorito es cuando Antonio levanta el vaso de cerveza como si fueran los Diez Mandamientos, e imita la voz de Charlton Heston en lo del becerro de oro, con el Sinaí echando chispas y aquel terremoto que, calcula, al Cecilbedemille tuvo que costarle una pasta, de mujeres, claro. Antonio entiende más que nadie; no en balde ha pasado su vida entre las más hermosas del mundo, Y lo cierto es que ninguna tiene secretos .para él, pues las poseyó a todas una y otra vez, en la intimidad de su cabina de proyección. Greta Garbo era elegante, sin más. Kim Novak una especie de ternera guapa, con buenas tetas. María Félix, bellísima pero frígida -Antonio se detiene un momento, medita- o fría, que en cine viene a ser lo mismo. Ava Gardner sí era toda una hembra, de ésas como los Victorinos, que hasta dan miedo. Pero mujer, lo que se dice mujer, la Marilyn Monroe de La tentación vive arriba, o de Niágara. Aquélla -Antonio moja el bigotillo en la espuma de cerveza y suspira, absorto en sus recuerdos- era la leche.

Cuando le preguntas por la censura, te cuenta de los años cincuenta y sesenta, cuando le proyectaba las películas al arcipreste, y éste marcaba con tiras de papel los planos a eliminar. Después él obedecía o no, porque cargarse algunas secuencias -el baile de Kim Novak y William Holden en Picnic, por ejemplo- era una atrocidad. Así que luego el arcipreste le echaba unas broncas espantosas:

-«Te voy a descomulgar, Antonio», me decía el jodío.

Sin embargo, después era el propio Antonio quien practicaba la censura por su cuenta. Mesas separadas resultaba muy larga para su gusto, así que la aligeró sin consultar con nadie, acercando un poco las mesas. En cuanto a Guerra y Paz, la retirada de Rusia se le hacía interminable, de modo que le pegó un tijeretazo, haciendo que Napoleón pasara directamente de Moscú a París, ahorrándole el paso del Beresina y 300.000 muertos. Pero su obra maestra fue El peñón de las ánimas. Cuando Antonio vio que aquella película no tenía final feliz, se llevó un disgusto. Jorge Negrete y María Félix no podían morir, porque el público iba a salir del cine hecho polvo. Así que metió cuchilla, eliminando la última escena, cuando el abuelo les dispara, y dejó a la pareja cabalgando hacia el horizonte antes de la palabra Fin.

Ya ven lo que son las cosas. Vas y lo atribuyes todo a la censura franquista, por ejemplo, o al arcipreste de guardia, y resulta que al proyeccionista no le gustaba que mataran a Jorge Negrete. Así se escribe la Historia. De todas formas -le digo siempre a Antonio-, qué suerte, compadre, poder escoger final. Y que todos los recuerdos de uno sean hermosos.

11 de junio de 1995

domingo, 4 de junio de 1995

La puntita nada más


A eso se le llama vestir a un santo y desnudar a dos. Resulta que en la primera edición del nuevo mapa de España, elaborado por el Ministerio de Administraciones Públicas para que los españoles sepamos por fin que las islas Canarias están en el Atlántico y no en el Zaire, a alguien se le olvidó incluir Ceuta y Melilla como parte del territorio nacional, dejándolas como simples municipios del norte de África. O sea, Marruecos. Así que, como era de esperar, ceutíes y melillenses han puesto el grito en el cielo, denunciando lo anticonstitucional de la chapuza y exigiendo que se repare el olvido o el error. Pero el arriba firmante tiene sus ideas al respecto, y cree que en este caso no procede hablar de error. En vista del paño que se corta en el patio de Monipodio, uno juraría por sus muertos que no se trata de olvido, sino de prudencia. Porque sí algo hay que reconocer a quienes empuñan el timón de la nave, o de lo que de ella va quedando, es una prudencia inmensa, compacta, sin poros. Una prudencia inasequible al desaliento.

Lo que, por otra parte, resulta lógico. Vivimos en un país donde la ambigüedad es siempre, y más en estos tiempos, una virtud política rentable cuando se ejerce el poder, o a él se aspira. Aquí, y a la vista está, las únicas alegrías de palmeros finos vienen cuando uno se cree impune, a la hora de meterle mano a la viruta de los fondos reservados y a la información confidencial de los compadres de la biutiful. En todo lo demás, la pumita nada más. Qué van a decir en las municipales. O en las otras. O en Washington, Bruselas, Rabat, si se nos ve el plumero, por Dios. Lo más seguro es no ir hasta el final de nada, por si las moscas. Uno llega, amaga, gallea, se hace la foto, y después se quita de en medio e intenta pasar inadvertido para los restos.

Pero las cosas como son. También es verdad que el sistema no lo inventaron los de ahora, y que en este país constan ilustres precedentes. En 1975, Arias Navarro, Pepito Solís Rute y sus compadres le regalaron el Sahara, bien atado de manos y por la cara, a Hassan II y al Departamento de Estado norteamericano. Y cuando Teodoro Obiang le dio matarile a papá Maclas y pidió una compañía de la Legión para reforzar lazos con España y de paso asegurarse la supervivencia, los diplomáticos de UCD llenaron de cagaditas el arroz diciendo, oig, cielo santo, antes morir que pecar. Que pueden llamarnos neocolonialistas en la Osnu. Y entonces los franceses, que son demócratas de aquí a Lima pero tienen sin complejos aviones y legionarios y paracaidistas en toda África, mandaron a sus primos marroquíes y se hicieron amos del cotarro. Y así nos va ahora con el amigo Teodoro, ex cadete de Zaragoza y presidente de nuestro club local de fans.

Lo demás, para qué les voy a contar. La estrategia del qué dirán, y del cómo pretendes que yo haga eso, cariño, y del no vayan a irritarse Francia, o Inglaterra, o Alemania, o Marruecos, o los sherpas himalayos, ha terminado por convertir nuestra diplomacia en el chichi de la Bernarda, capaz de tragar de todo con tal de seguir llevando el botijo en el afoto. Me juego un labio incorrupto de Ava Gardner a que, es un suponer, si en uno de esos viajes altamente operativos del grupo de contacto, los serbios nos secuestraran y estupraran, no sé, a un ministro de Exteriores, por ejemplo, siempre habría alguien capaz de ofrecer una explicación apropiada en el telediario. Lo malo es que cuando los serbios, o los canadienses, o los marroquíes, o los ingleses, o el lucero del alba, nos estupran -o como se diga- a alguien, nunca es al ministro de Exteriores, sino a pobre gente indefensa que en este país nuestro acostumbramos, demasiado a menudo, a abandonar a su suerte con una larga cambiada, Y después, cuando descubre el engaño y se cabrea, le mandan los antidisturbios a repartir estiba.

Así va a terminar corno va a terminar, barrunta uno, lo de Ceuta y Melilla; que sí no las liquidan como si se tratara de un lote en oferta de Pryca será porque la diplomacia marroquí no plantea en serio el problema o porque aquí, a mis primos, no les va a dar tiempo a vender todo el solar antes de irse. Antes se recurría al quijotismo o al interés nacional corno coartada, pero ya no quedan ni esas excusas. Por no atreverse, los hileros que desde hace doce años nos marean con los cubiletes y la borrega, ni se atrevieron a asumir el GAL ni se atrevieron a indultar a Amedo y Domínguez cuando aún podía esgrimirse la razón de Estado, que entonces aún igual colaba. Ahora, descubierto el trinque y los parneses, el argumento ya no vale, y se les ha hecho tarde. En eso, como en casi todo, son víctimas de su propia jindama.

4 de junio de 1995

domingo, 28 de mayo de 1995

A despecho del inglés


Históricamente me caen muy gordos los ingleses. Sé que tras esta afirmación no tendré más remedio que batirme en duelo con Javier Marías, pero un caballero debe sostener sus palabras en el campo del honor. Aunque después la vida lo lleve a uno por otros derroteros, y lo convierta más bien en caballero de fortuna, el arriba firmante fue educado, cuando jovencito, para caballero a secas. Así que tendré que tirar de florete, o de sable -la pistola es una vulgaridad- cuando mi vecino de página, que es anglófilo hasta el tuétano, me envíe los padrinos. Como ambos tenemos más o menos la misma graduación y hemos servido en el mismo Cuerpo de Ejército, no habrá impedimentos técnicos, espero. Aún no sé quién hará de teniente Candy y quién de teniente Kretschmar, pero eso lo iremos viendo sobre la marcha. A primera sangre.

Me desvío del tema. Les contaba que, para quienes somos mediterráneos y de Cartagena, por aquello del mar y de la Historia el inglés siempre ha sido el enemigo. Ya saben: Mahón, San Vicente, Gibraltar y todo eso. Tampoco me gusta cómo escriben sus libros, cuando van y te cuentan que en Trafalgar lucharon contra la escuadra francesa y contra algún barco español que también pasaba por allí; o que durante la guerra peninsular fueron ellos quienes se comieron sin pelar a los franchutes, mientras las guerrillas españolas se limitaban a llevarles el botijo. Tampoco me gustan sus películas de piratas, ésas que les hacían los mamporreros de Hollywood, con mucho filibustero elegante y patriota, y los españoles siempre de gobernadores malos con sobrina guapa y pinta de mexicanos.

Eso sí, reconozco una cosa: saben ser soldados y pelear. Lo que no es bueno ni malo, sino un hecho objetivo. Y no sé cómo se las arreglan los generales y los políticos y Su Majestad la Queen, pero cada guerra la toman todos a modo de asunto personal, como el fútbol. Crueles e implacables, denunciando el juego sucio cuando no son ellos quienes lo practican, con las novias agitando los sostenes a modo de despedida cuando se van a las Malvinas, o al Golfo, o a defender a la madre que los parió. Supongo que la cuestión estriba en que saben hacerse respetar. Cuando cubría la guerra de los Balcanes, los únicos cascos azules que se la jugaban por mi acreditación de Naciones Unidas eran los británicos, que me llevaron a través de Vitez y Gorni Vakuf pegando cebollazos a diestro y siniestro, mientras los españoles se disculpaban diciendo que en Madrid les habían ordenado que no se mojaran ni por periodistas ni por nadie.

Todo esto viene a cuento para que las cosas queden claras, ya que voy a recomendarles un libro. En realidad no es uno, sino varios, de cuya lectura he obtenido -y espero seguir haciéndolo mucho tiempo- un placer inmenso. Se trata de una serie sobre las aventuras de la Armada inglesa, escrita por el irlandés Patrick O'Brian, que en Gran Bretaña y Estados Unidos, creo, lleva una docena de títulos de los que en España, hasta ahora, hay publicados dos: Capitán de mar y guerra y Capitán de navío. Y se los voy a recomendar por varias razones. La primera es que siempre he considerado el mejor regalo descubrir a otros un libro hermoso que no conocen. La segunda, porque son novelas escritas a la manera de antes, como siempre se escribieron, con batallas navales y el Mediterráneo en tiempos de Nelson, y temporales y abordajes, y astillas que saltan por cubierta, y buques corsarios, honor y brutalidad, con el capitán Jack Aubrey y su amigo, el doctor Maturin, convirtiéndose, página a página, en personajes entrañables e inolvidables. En amigos eternos para lectores de limpio corazón, como d'Artagnan, Ned Land, Emilio de lioccanera, Ojo de Halcón, Jim Hawkins, Sherlock Holmes y el doctor Watson o los Pardellanes. Nombres e historias que son puertas abiertas a la aventura más accesible del mundo: la que se alcanza con sólo pasar las páginas de un buen libro.

Hay una tercera razón, más personal. Descubrí esas historias hace poco, y en ellas reencontré un placer que creía agotado: sumergirme en la pasión de una historia fascinante y que aún no me había contado nadie. He sido muy feliz con las dos novelas del capitán Jack Aubrey, y deseo seguir siéndolo. Y como leo fatal en inglés, quiero que tengan éxito, y las compre mucha gente, y la editorial haga que se traduzcan y publiquen aquí todas. Y que yo pueda, durante mucho tiempo aún, amanecer tiritando de frío en el puente la Sophie, dando caza a una vela enemiga que corre bajo un chubasco, en el horizonte, mientras el viento silba en la jarcia y los artilleros destrincan los cañones para el combate.

28 de mayo de 1995

domingo, 21 de mayo de 1995

De color (negro)


Estaba el arriba firmante sentado en Recoletos, cuando pasó un negro. Era un negro normal, con buena pinta, que iba con su bolsa del Corte Inglés en la mano. Cerca de mí jugaba un niño de seis o siete años, con una pistola y una enorme placa de sheriff. Y cuando pasó por delante el fulano, el zagal se fue detrás pegándole tiros. Pum. Pum. El negro se partió de risa y siguió camino, a lo suyo. Entonces, la madre del crio, que estaba cerca, le dijo al enano: «Álvaro, no molestes a ese señor de color».

No dijo a ese negro, ni tampoco a ese señor. El pequeño pistolero obedeció, no sin antes dedicarle al paseante un último tiro, el de gracia, y yo me quedé mirando al niño y a la madre mientras pensaba: ahí la tienes, compadre, una madre responsable, o sea, nada racista en absoluto. Irreprochable, educada. Moderna, con sus matices y todo. Seguro que además es de las que se indignan cuando matan a Lucrecia y compadece a los ilegales que sacan en la tele con su patera, como conejos asustados. Una buena mujer y una limpia conciencia.

Y es que vivimos en el tiempo del eterno marear la perdiz y no llamar a las cosas por su nombre. Del mismo modo que procuramos desterrar el dolor y lo feo de nuestras vidas, inventando un mundo artificial donde no vamos a morir nunca y donde todos seremos eternamente guapos y jóvenes, andamos por ahí soslayando cuanto no encaja en el esquema, o pintando las motos de verde. Supongo que todo radica en que ésta es una sociedad que mira continuamente su ombligo y el del vecino, y donde todo cristo anda pendiente del qué dirán, del vete tú a saber, y del no vayan a pensar que yo, etcétera.

Pero lo grave es que, con tanto abusar de ello, incluso los eufemismos y los circunloquios terminan gastándose, pierden sentido o se devalúan, y hay que buscar otros nuevos, Es así como nos pasamos la vida rizando el rizo de lo idiota. Un maestro, título hermoso y absolutamente digno, se convierte en un docente o un enseñante, término del que algunos cantamañanas del gremio estarán orgullosísimos, pero que al arriba firmante le parece una solemne soplapollez. Las chachas de toda la vida son empleadas de hogar -lo que no impide que sigan sirviendo la sopa o barriendo la salita de doña Trini-, y menos mal que no cuajó la propuesta de llamarlas colaboradoras domésticas. Sin olvidar aquel inefable productores con el que el régimen del Generalísimo quiso elevar el paripé a la categoría de arte, esterilizando las enjundiosas palabras trabajador y obrero. O el más reciente personas especiales para los minusválidos -llamarlos inválidos suena ya casi a insulto-, o ese niños diferentes con el que ahora nos ha dado por bautizar a los chiquillos subnormales, como si la deficiencia mental, que no es un término peyorativo sino una circunstancia desgraciada, fuese algo vergonzoso, o la única diferencia a señalar.

Ustedes me van a perdonar, pero el arriba firmante tiene la impresión de que ese miedo a las palabras en el fondo esconde muy mala conciencia. A mí, sin ir más lejos, todo el mundo me ha llamado blanco en África, a veces como insulto y a veces como mera definición de mi apariencia física, porque en África, como en todas partes, también hay de todo: gente normal sin complejos y perfectos hijos de puta. Resulta muy significativo que los que menos importancia dan al carácter socialmente negativo de tal o cual color de piel sean precisamente los niños. Ningún renacuajo se apartará de otro o dejará de jugar con él porque su raza sea distinta, sino al contrario; la curiosidad natural lo empuja siempre a acercarse, y tocarlo, y estar en contacto. Sólo a medida que nos hacemos mayores, y perdemos la inocencia, la sociedad correspondiente nos impone sus filias y sus fobias, que asumimos para congraciarnos con nuestra tribu. O -estadio más sofisticado- ejercemos su misma demagogia barata, cuando lo que está bien visto no es la xenofobia, sino todo lo contrario.

Lo malo no es admitir que hay otras razas, sino creerse superior a ellas. Por eso me queman la sangre todos los mingafrías que no se atreven a pronunciar la palabra negro por culpa de su mala conciencia, y la disfrazan con la jujana del color, como si así le suavizaran el tinte. En color negro, evidentemente, porque por muchas vueltas que le des, ninguna piel negra es color rosa. O llaman, que ésa es otra, con el estúpido paternalismo que no sé de dónde diablos sacan ciertas mulas de varas y comentaristas deportivos varios, morenito a un licenciado en Filosofía o Química Nuclear. O a un fulano de dos metros que juega al baloncesto y cuando sonríe parece el teclado de un piano.

21 de mayo de 1995

domingo, 14 de mayo de 1995

Los artistas del spray


Un día palmaré en la carretera. Esta vez no pienso echarle la culpa a nadie, porque tenemos unas carreteras y unas autovías excelentes. Lo malo es que lo que ganas en seguridad lo pierdes en aburrimiento. O por lo menos a mí me pasa. Será cosa de los años y el metabolismo, pero la facilidad en la conducción implica menos necesidad de maniobra, la atención se relaja y entra el sueño, y ya ni soy capaz de advertir los coches de afotos de Picolandia que hace unos días, por fin, me cazaron de marrón total (20 km/h de exceso, a un talego el km= 20.000). Así que para retrasar el fatal desenlace, el arriba fimante recurre a dos tácticas de supervivencia: paro a echar un sueño y/o tomar un café, o me distraigo leyendo las chorradas escritas en los carteles indicadores del MOPT.

No me refiero al texto oficial, por supuesto. Nada tengo que objetar a que se me advierta de que estoy a ciento veinte kilómetros de San Roque o entrando en Las Pedroñeras, capital del ajo manchego y universal. Todo eso es útil y necesario. Lo que me revienta son los rotulistas espontáneos, empeñados en utilizar esa señalización rutera para reivindicaciones y mensajes propios. Porque viajar en automóvil por España es hacer un recorrido increíble por un museo nacional de la estupidez a base de spray, pintura y rotulador.

Echen un vistazo, si no. Uno lleva cincuenta kilómetros, verbigracia, preguntándose cuánto le queda para, no sé, San Serenín de la Sierra, y cuando por fin pasa ante un cartel indicador, la cosa es ilegible porque un capullo partidario de la inmersión lingüística del andaluz ha pintado encima Zan Zerenín de la Zierra. O en vez de kilómetros ha puesto la distancia en leguas, o millas náuticas. O ha escrito que don Cosme es un ladrón y un corrupto, cosa que puede ser muy cierta en el pueblo del tal don Cosme; pero que a mí, que voy de Madrid a Reus, me importa un carajo.

Muchas de esas reivindicaciones o consignas resultan, no lo dudo, legítimas. E imagino que, planteadas en los lugares apropiados, despertarían sin duda mi solidaridad, en vez del estado de cabreo en que me sumen cada vez que me saltan a la cara. Una pintada en un monumento, en un edificio o en un lugar de utilidad pública siempre es detestable porque afea las cosas, y se borra mal, y da una impresión de desaliño y suciedad muy poco agradable. Y además -esto ya es opinión más personal, pero la comparto conmigo mismo- creo que no sirve para nada. Pero si además destruye el servicio original del soporte sobre el que se escribe, carteles indicadores de carreteras nacionales que utilizan los ciudadanos tras haberlas pagado, y muy caras, con el dinero de sus impuestos, la cosa ya entra en el terreno de la agresión directa. Así que los del spray podrían guardárselo donde les quepa, Y creo sospechar exactamente dónde les cabe.

El otro día, sin ir más lejos, viajé de Cartagena a Orense, por carretera. Y el viaje se convirtió en una sucesión alucinante de tachones, pintadas, burdas modificaciones y hasta insultos en los carteles indicadores. Un tal FRC, o algo así, pretende declararle la guerra a Murcia. Por La Mancha hay de todo, incluidos mensajes de los quintos del 93 y la abyecta afirmación de que una tal Isabel es ligera de cascos. En otro tramo, los vecinos de un pueblecito cercano deciden incorporar el nombre de su localidad al cartel de la autovía bajo los de Valladolid y La Coruña, a la que por otra parte un integrista riguroso convierte en A Coruña tachando la L con un borrón negro enorme, aunque el cartel está en Arévalo. En el límite entre Castilla y León, grandes chorreones de pintura roja sobre la palabra Castilla. Más arriba, áspera división de opiniones entre Bierzo gallego o Bierzo leonés. Un poco más lejos han sustituido con enormes y burdas X todas las jotas de un cartel que informa al turista (que no suele ser nativo de Galicia) sobre el carácter monumental de Monforte. Y de postre, durante ciento y pico kilómetros, alguien parece muy interesado en nacionalizar lingüísticamente los avisos de peligro por hielo; con objeto, imagino, de que todos los que no leemos gallego nos rompamos los cuernos al tomar las curvas.

Hay gente que se pasa mucho, tanto en A Coruña, como en Gasteiz, Truxillo, Garnata y Lleida. Uno comprende que, en los tiempos que corren, y con tanto cacique local sacando partido del río revuelto y subiéndose a los trenes baratos, el tenue paso que va del honesto nacionalismo a la gilipollez galopante resulta difuso, y fácil de franquear. Pero no hay que mezclar las ovejas churras con las merinas. A mí déjenme conducir tranquilo.

14 de mayo de 1995

domingo, 7 de mayo de 1995

Vergüenza torera


Estaba el arriba firmante viendo pasar la vida en una terraza de la esquina de la calle Sierpes de Sevilla, frente a la Peña Bética y el puesto de periódicos de Curro. El limpiabotas que había enfrente era flaco, agitanado, pasada ya la cincuentena larga. Un fulano de esos muy patanegra, con brazos chupaillos y morenos llenos de tatuajes, un laucados en la oreja y rizos de caracol bajo un sombrero cordobés donde lucía una insólita insignia metálica de la Legión. Ya se pueden imaginar la firma: ceceo cerrado y voz rota de aguardiente, todo el día arriba y abajo por la calle, el banco de betunes y cepillos bajo el brazo, con parada y fonda puntual en todos y cada uno de los bares del barrio. Que si una coñás aquí, que si vaya una caló que base, que si un sigarrito allá, maeztro, O sea. Hecho polvo total.

EI caso es que estaba yo tomándome un café en La Campana sin quitarle ojo al personaje. En ese momento, el limpia se secaba con el dorso de la mano manchada de betún el sudor que le caía por la nariz mientras lustraba los zapatos de unos guiris, ingleses me parece que eran, que estaban allí, todos rubios y eso, abrevando en grupo y con la mesa llena de botellines de cerveza vacíos. Para ser exactos le limpiaba los zapatos a dos de ellos, porque los otros tres llevaban zapatillas de tenis y uno iba en bañador, detalle simpático e informal que aprovechaba para rascarse cómodamente la entrepierna. La cosa no dejaba de tener su aquel simbólico, pues precisamente en el periódico que yo tenía sobre la mesa había una foto del ministro Solana, ese tigre de Bruselas, bajándose los calzones en lo del fletan negro (bueno, los calzones no se veían porque la foto era un primer plano; pero la sonrisa y el gesto eran de bajárselos). Y uno pensaba hay que ver, para eso nos van a dejar aquí, mis primos, antes de irse. Para limpiarle los zapatos a los holligan de Manchester o de donde sean, a toda la chusma de Europa cuando vengan a ponerse ciegos de cerveza, a romper bares y discotecas, a jalear a sus equipos de fútbol, o a rascarse. Y nosotros, reconvertidos en putas, limpiabotas y camareros. (Dicho sea con todo el respeto que me merecen los camareros, los limpiabotas y las putas, a quienes he tratado mucho en el ejercicio de su actividad profesional y de la mía).

El caso es que me ocupaba yo, como ven, en tan alegres reflexiones, cuando los ingleses, o lo que fueran, le pagaron al limpia sus cuarenta u ochenta duros, y después les dio por hacerse unas fotos limpiándose unos a otros los calcos con los utensilios del betunero. Debía de parecerles muy turístico fotografiar el paripé para luego enseñarle, supongo, las fotos a sus madres cuando éstas volvieran a casa de madrugada, tras la dura jornada laboral en las calles de Birmingham, o de Hamburgo, o de donde resultasen naturales las dignas señoras. Uno -el del bañador- hasta había cogido el cepillo y, mientras sus compañeros colocaban los pies en el banco del limpia, hacía ademán de arrodillarse para el afoto. Pero el limpiabotas dijo que ni hablar, y que verdes las habían segado. Que con sus chismes no se fotografiaba nadie. Le ofrecieron entonces un billete de mil, y el hombre se los quedó mirando tieso, erguido, torero, con sus brazos flacos llenos de tatuajes y su pinta de hecho polvo, y les dijo, alto y claro:

- Ezto e un trabajo mu zerio, míster. Y tiene zu dignidá.

Con lo que recogió sus trastos y se fue muy flamenco, la cabeza alta, con su paso inseguro de vino tinto y carajillo, mientras Curro el de los periódicos y los camareros de La Campana lo jaleaban con palmas medio en guasa medio en serio. Y todavía, antes de alejarse, se detuvo un segundo ante mi mesa y, vuelto a medias hacia los guiris, de perfil, añadió, entre dientes:

- Hihosdelagranputa.

Sin duda le dolía lo del billete de mil, pero ya no era cosa de echarse atrás. Así que se tocó el ala del sombrero cordobés con la insignia del Tercio, y se perdió calle Sierpes abajo, tarareando una copla. Y yo volví a mí periódico y a lo del fletan y el bacalao inglés, y la sardina moruna, y lo que aún esté por venir. Y a la foto del ministro Solana y del otro que no sé cómo carajo se llama, el de la pesca; los que gracias a Europa y a la madre que la parió iban a comerse a las patrulleras canadienses sin pelar y a ponemos un piso en Terranova o en los caladeros de Rodolfo Langostino. Y me dije: hay que joderse con el patio, Arturín. Un país condenado de por vida a ser el buen vasallo que fuera si tuviese buen señor. Una tierra donde tienen más dignidad y más vergüenza los limpiabotas que los ministros.

7 de mayo de 1995

domingo, 30 de abril de 1995

La bandera de Annecy


Hay un lugar en Francia, en el valle de la Lozere, con una placa que contiene los nombres de noventa y tres maquisard franceses y veintitrés guerrilleros españoles que murieron el 28 de mayo de 1944 combatiendo contra tropas de élite alemanas. Como ese lugar hay cientos repartidos un poco por aquí y por allá, con placa o sin ella, en la Europa que ardió de punta a punta hace cincuenta años, A estas alturas, el bando en el que lucharon me da lo mismo. Hubo aragoneses defensores de Stalingrado con el Ejército Rojo, andaluces de la División Azul peleando en las orillas heladas del lago limen, legionarios gallegos y asturianos que murieron en los fiordos de Narvik o entre los pedregales de Bir Hakeim, anónimos voluntarios de las Waffen SS entre los últimos defensores de Berlín, guerrilleros catalanes y valencianos exterminados en el maquis, vascos asesinados en Mathausen. No hubo vencedores en los combates que libraron al morir, porque en cualquier guerra los muertos son siempre los vencidos. Y sobre sus huesos indiferentes pasan ahora carreteras, crecen campos y ciudades, languidecen viejos cementerios de una Europa siempre egoísta, desmemoriada e ingrata.

De todos ellos, que eran compatriotas, paisanos o parientes, tal vez sean nuestros republicanos los que más me conmueven, pues son los que más sufrieron. Pelearon tres años por sus ideas o porque no les quedaba más remedio y luego, derrotados y exhaustos, cojeando de sus heridas, temblando bajo mantas raídas y a veces llevando con ellos a sus viejos, sus mujeres y sus zagales, se internaron en Francia con un poco de tierra española en el puño que llevaban en alto hasta que los gendarmes de los campos de concentración les obligaron a soltarla a culatazos. Pasaron miseria en Argeles, construyeron fortificaciones o se alistaron en la Legión Extranjera y los batallones de marcha. Luego vinieron los alemanes y toda Francia se fue a tomar por saco y se encontraron fugitivos, entre dos fuegos, sin otra salida que echar mano a los fusiles que tiraban los soldados en retirada y vender cara su piel. Lucharon en el maquis, escaparon a Inglaterra cuando Dunker que, fueron detenidos por los alemanes o entregados por los mismos franceses, murieron en los campos de exterminio nazis, liberaron Francia y combatieron en suelo alemán, y algunos, una pequeña parte de los que cruzaron los Pirineos en 1939, aún quedaron para contarlo.

Tengo delante, en el momento de escribir estas líneas, un mazo de viejas fotografías. El cadáver del jefe de la 15ª brigada de guerrilleros franceses, el español Miguel López, fusilado en Baradoux. Los vehículos blindados Madrid, Teruel, Belchite, Guadalajara y Don Quijote de la División Leclerc entrando en París. José Crespillo, piloto de la aviación soviética, derribado sobre Rusia en agosto de 1944. El capitán Dronne con dos oficiales españoles. Granell y Bernal, preparando el asalto a una central telefónica ocupada por los alemanes. Los legionarios Salvador Gutiérrez y Manuel Sánchez, que sonríen a la cámara horas antes de morir en la toma de Colmar. Tres guerrilleros, dos soviéticos y uno español, del destacamento Medvédev. Américo Brizuela y Facundo López, partisanos españoles muertos en el combate del río Drave, en Yugoslavia. Y dos anónimos guerrilleros españoles con armas capturadas a los alemanes, arrastrando una bandera nazi por las calles de Annecy.

No hay nada glorioso en la guerra. Sólo dolor, sangre y mierda. Los monumentos y los homenajes y las banderas y las fanfarrias los barajan aquellos hijos de puta que nunca estuvieron en un agujero lleno de barro, con el miedo en los ojos y la boca seca, ni jamás tuvieron que salir de allí para correr ladera arriba en nombre de vaya usted a saber qué, con la metralla zumbando por todas partes, cuando no te importa ni el lugar de dónde vienes ni el lugar adonde vas, y sólo ansias correr, y correr, y correr hasta que todo termine de una puñetera vez. Pero, incluso sabiendo todo esto, cuando repaso las fotos de esos fulanos bajitos, morenos, mal afeitados, que me miran desde el papel amarillento y la distancia de cincuenta años, no puedo evitar un estremecimiento, y que me venga a la boca una sonrisa agridulce, quizá tierna. Una sonrisa instintiva, de orgullo solidario. A fin de cuentas eran mis paisanos, y no se dejaron degollar por ahí afuera como borregos. Estaban solos, abandonados, fugitivos, nadie daba un duro por ellos, y España y el resto del mundo miraban hacia otro lado. Ya no tenían ningún sitio adonde ir, así que se quedaron de pie y pelearon. Con la colilla en la boca y un par de cojones.

30 de abril de 1995

domingo, 23 de abril de 1995

Patatas


Total. Que el otro día fui a hacer la compra, y me cobraron cuatrocientas y pico por tres kilos de patatas. Y entonces recordé, hace un par de años, a grupos de agricultores españoles regalando tubérculos en las carreteras porque a ellos se las pagaban a duro el kilo, Naturalmente, dejaron de plantar patatas y cultivaron coles de Bruselas, marihuana en macetas o se fueron a las oficinas del INEM. El caso es que ahora no hay patatas. Y las que hay cuestan un ojo de la cara, porque son raras como pepitas de oro o las traen, yo qué sé, de la Mongolia Citerior.

Vaya por delante que no tengo la más remota idea de agricultura o de economía, salvo que las plantas crecen hacia arriba (no todas, creo) y que un fantasma recorrió Europa hasta que el fantasma se volvió tan canalla como los demás, o le pegaron dos tiros. Pero en su indigencia técnica, el arriba firmante cree que durante toda la vida (me refiero a los últimos quince o veinte siglos) el agricultor siempre anduvo plantando lo que estimó conveniente. Después se equivocaba o no, y pagaba el precio de su error unido al ya terrible precio de la sequía, el pedrisco, los recaudadores del rey y demás gajes del oficio. Pero era él quien se equivocaba. Ahora resulta que quien siembra tomates en Mazarrón, por ejemplo, tiene que sembrar exactamente treinta y siete matas un año sí y dos no, aunque sus hijos tengan que ir al cole y comer caliente, porque a unos fulanos en Bruselas les sale esa cuota del disco duro.

Insisto en que toda mi ciencia económica se queda en las tres reglas -hay otra, la de multiplicar, pero ésa los españoles la usamos poco-. Así que en esto resulto muy analfabeto, casi primitivo flamenco. Por eso agradecería que alguien experto en macroeconomía y en parámetros, o como se diga, me lo explicara despacito. Porque habrá sin duda muy poderosas razones para que yo haya pasado media vida oyendo que los españoles teníamos que matar vacas, cerrar los altos hornos tal y las factorías cual, arrancar nuestras vides, desguazar los pesqueros, renunciar a los contratos de trabajo estables, costearnos pensiones de jubilación, seguros de enfermedad alternativos, y pagar unos impuestos de la madre que los parió. Una vez hecho todo eso, los alemanes nos iban a invitar a cerveza gratis, los franceses dejarían de quemarnos camiones y los ingleses nos darían besos a tornillo poniéndose esos ligueros negros de encaje con los que, de vez en cuando, encuentra Scotland Yard asesinados a sus ministros y jueces y gente respetable de Oxford.

Y ahora resulta que no. Que hemos matado las vacas, arrancado las vides y todo lo demás (también hemos plantado girasoles en todas partes; que no sé si tendrá que ver, pero ya aborrezco hasta los de Van Gogh) y ahora comemos filetes de ternera normanda, freímos huevos peruanos importados por Bélgica, conducimos coches franceses con piezas fabricadas en Taiwan, exportamos caballa moruna pescada por Greda, y hasta echamos una cana al aire, quien la echa, con lumis ucranianas que traen proxenetas alemanes, Además estamos en Schengen, sin fronteras interiores, y eso facilita la movilidad de las personas y las mercancías facilita, por ejemplo, que las mafias húngaras que sobornan a aduaneros austríacos puedan traernos heroína en los camiones TIR sin más problemas, y que los traficantes de arte puedan llevarse a Londres o Rotterdam ese retablo barroco o ese Goya al que tienen sentenciado hace años. Pero ojo. Que a mi vecina no se le ocurra plantar una hierbecita de albahaca más de la cuenta en la terraza de su casa, porque entonces cualquier mamporrero comunitario, o cualquier canadiense con redaños y mala leche, le dirá oiga usted, señora, que se está pasando. Y la CEU, y la OTAN, y su puta madre, mirando mientras hacia otro lado ante la sonrisa inalterable del ministro Solana, siempre dispuesto a defendernos con el coraje de un tigre de Bengala.

No me cabe duda de que todo eso tiene una explicación, porque es imposible que nuestra vida haya estado en manos de imbéciles y/o cobardes durante tanto tiempo. Lo que creo es que están tan ocupados luchando contra la corrupción y afianzando la democracia con firme pulso e impasible el ademán, que no tienen tiempo para explicar nada. Y lo comprendo. Pero que ellos también comprendan que me impaciento. Veo que se van a ir de un momento a otro, con prisas y de mala manera, y me preocupa quedarme con tantas dudas; sobre todo porque tampoco lo tengo claro con ese gachó (¡mienteustésornzález!) que viene de relevo. Quizá el último, el que se quede a apagar la luz. Si es que alguien apaga la luz.

23 de abril de 1995