domingo, 31 de marzo de 1996

El taxista y las dos guiris


Salía el arriba firmante por la puerta de llegadas del aeropuerto de Barajas. Confieso que venía de mal humor, porque la jornada era infame. El avión provenía del aeropuerto De Gaulle de París, uno de los más incómodos y con más mala sombra que conozco. Y por mis numerosos pecados, el vuelo era con retraso y en Iberia, lo que intensificaba la crueldad del castigo. Por cierto, ya que viene a cuento la honorable compañía, tengo ganas de llegar un día a Barajas y conseguir bajar a tierra -hace años que no lo consigo- por uno de esos finger o túneles extensibles que te dejan directamente en el interior del aeropuerto, que siempre veo vacíos y muertos de risa, en vez de verme transportado desde el extremo más lejano de las pistas, entre frenazos, en uno de los habituales autobuses de ganado.

Pero a lo que iba. El caso es que en la puerta de llegadas internacionales había taxis. Caminaba yo delante de unas señoras extranjeras, asiáticas, vestida una de ellas con un sari hindú, que cargaban maletas. Para quien ignore los usos de ciertos taxistas madrileños que frecuentan Barajas, resumiré la situación apuntando que mi careto más o menos familiar y mi única bolsa de mano como equipaje, me convertían en cliente poco apetecible -recorrido corto y conocimiento de las tarifas legales- en comparación con la suculenta perspectiva que, a ojos de un taxista desaprensivo, representan dos guiris despistadas, con maletas, que ni conocen las tarifas vigentes ni hablan español.

De no haber ido yo caliente y con prisas, hasta me habría divertido la maniobra. Los ojos del primer taxista se clavaron en las dos viajeras: y cuando me disponía a abordarlo cual me correspondía, el taxista hizo un gesto negativo, señalando el siguiente. Me giré, disciplinado- daba igual un taxi que otro, y justo en ese momento, al volverme, me percaté de la presencia a mi espalda de las dos señoras; así que, por puro reflejo y al verlas cargadas con las maletas, les cedí mi lugar en el segundo taxi que, al parecer, era el primero. En ese momento, el taxista que inicialmente- me había rechazado proclamándose segundo en la fila, cambió de idea y se precipitó a meter en su taxi a las damas. Dudaron éstas, insistí en mi ofrecimiento, se abalanzó el segundo taxista para hacerse con las maletas, protestó el primer taxista, y yo me cagué en sus muertos más frescos. Tras un poco de barullo, las dos guiris se fueron con el segundo taxista, yo tomé un tercero, y el primero se quedó allí mentándome, para no ser menos, a mi santa madre.

—Si le sientan mal las alturas –concluye- no vuele usted.

Yo, arrancando el taxi, le dije que lo que me sentaban mal eran los taxistas, los malas bestias y los sinvergüenzas. Pero fui injusto en el uso de la conjunción copulativa, y pensaba en ello mientras observaba la nuca cabizbaja y malhumorada del tercer hombre que por fin me condujo al centro de la ciudad. Porque en realidad, a pesar de los mañosos de Barajas, los pelmazos que te amenizan el trayecto hablando por radio con los colegas, te copio Mariano y otros diálogos que maldito lo que te importan, o los que conducen coches sucios y mal ventilados que apestan, o insinúan que no tienen cambio cuando sí que lo tienen, o machacan los tímpanos del viajero con el maldito bakalao o el inevitable partido de fútbol, al arriba firmante le caen bien los taxistas. Simpatizo con su trabajo duro, las horas al volante, el aguantar navajeros, pelmazos y todo tipo de caprichos de gente de variado pelaje. Cuando era periodista en lugares incómodos recurrí a ellos con frecuencia, y a veces se convirtieron en mis amigos. Muchas veces los he visto hacer cosas por sus clientes que van mucho más allá de la miserable cantidad que a menudo pagamos por sus servicios: atender con paciencia e interés, suplir con buena voluntad los despistes del pasajero, llevar medicamentos, atender a enfermos, suspender el contador cuando comprenden que han cometido un error que alarga inútilmente el trayecto.

Por eso este fin de semana, tras darle vueltas al asunto, he querido disculparme por mis palabras. Aquella mañana en el aeropuerto me pasé varios pueblos, y lo lamento. No por aquel estúpido ventajista, el primero de la fila, que pretendía elegir viajeros a los que pudiera estafar; sino por el otro, el que por fin me llevó a Madrid, callado y profesional, a quien debí pedir excusas por generalizar y no lo hice. El que, sin duda para darme una lección, se mantuvo en silencio todo el trayecto y sólo al final, entrando ya en Madrid, se inclinó sobre el radiocasette de su coche e hizo sonar las notas de un Allegro giocoso de Brahms.

31 de marzo de 1996

domingo, 24 de marzo de 1996

Los que siempre ganan


Deben de estar durmiendo fatal por las noches. No es fácil pasarse al vencedor cuando no está claro quién lo es, ni por cuánto tiempo. Por eso han bajado un poco el tono, por si los cuatro años se quedan en dos, o en unos pocos meses. Qué distinto oírlos poco antes de las elecciones, cuando la mayoría aplastante del PP parecía cantada, y por ahí andaban, los tíos, en el bar, en el puesto de trabajo, en el taxi. Vamos a ganar, decían. Algunos, los más optimistas, echaban mano al bolsillo y sacaban el carnet del PP, todavía con la tinta fresca, y te lo enseñaban sin empacho alguno. Eran -son- los mismos que te decían hemos ganado hace trece años, despertándose socialistas de toda la vida tras haber sido palmeros finos de la UCD o de lo que hizo falta. Son los oportunistas del día siguiente, los reconvertidos de la mayoría. Los que se apresuran a sacar tajada adulando al vencedor, y luego se limitan a sonreír, prudentes, por si dura poco. Los mierdas que siempre flotan.

Tengo una vecina que se llama Reme y es muy de derechas, militante del PP desde que la cosa se llamaba Alianza Popular. En los últimos diez o doce años, mientras el marido curraba como un hombre de color para ganar pasta y echarle gasolina de 98 al Bemeuve, ella iba a la peluquería y al aerobic y al bodyshop o como se llamen para estar buenísima, y luego poder marcar cacha con mini-falda, bien ceñidita, en los mítines de Aznar o pegando carteles o echándole unos aplausos a Tejero cuando se lo encuentra en Pryca porque ese hombre, digan lo que digan -dice la tía- es un patriota.

Y mi vecina se quejaba el otro día, hay que ver, Fulano de tal y Chichita, su legítima, con quienes dejé de hablarme hace cuatro años, oye, siempre con Felipe por aquí y Felipe por allá, acusándome a mí de nazi y a mi marido de imbécil, y el otro día estoy en el recuento de las papeletas y aparecen sonriendo de oreja a oreja, hemos ganado, dicen, y luego en la fiesta del partido, como te lo cuento, a la hora del champán, que aparecen de nuevo y nos abrazan, y abrazan al alcalde, y nos dicen otra vez que hemos ganado, y van por ahí abrazando a todo el mundo, y yo alucino en colores, te lo juro, qué vergüenza, toda una vida de centro-derecha honrada como la mía para que ahora te vengan los conversos de última hora, a darte por saco. Y luego me entero que también fueron a la fiesta del Pesoe, por si acaso.

Cómo lo ves.

Y yo le digo que cómo lo voy a ver. Que ya iban de lo mismo los guerrilleros de Viriato que se apuntaron a cursos intensivos de latín en cuanto le dieron matarile a su jefe; los que tras contemporizar con los franceses y mirar a otro lado el 2 de mayo de 1808 corrieron después a uncirse al carruaje de Fernando VII -otro que tal- gritando vivan las caenas; los que se proclamaban liberales o conservadores según la partida armada que se acercaba a su pueblo; los heroicos falangistas de última hora que rapaban a mujeres e hijas de rojos y competían a ver quién levantaba más tieso el brazo; los que se autodenominaban sucesivamente monárquicos de toda la vida, republicanos de toda la vida, derechistas de toda la vida. Me refiero a los cobardes que siempre contemporizan: a los que sonríen humildes mientras reciben las bofetadas, a los que sobreviven poniendo a la señora, y el culo si hace falta, a disposición del vencedor. Me refiero a los hijos de puta de toda la vida.

En este país, como en todos, los hay a millares. Siempre más papistas que el papa, dando voces y puñetazos en la mesa, dispuestos a acuñarse una impecable biografía adecuada a la coyuntura. Denuncian a antiguos amigos, salen en las fotos, escalan peldaños en las filas de los vencedores. Algunos, los más avezados en correr como ratas por las cuatro esquinas de la política, obtienen siempre, gane quien gane, prebendas y beneficios. Otros, la mayor parte, suelen conformarse con seguir tirando; con sobrevivir gracias a la bajada de pantalones, el plus, los gestos conciliadores que la cobarde condición humana, la esperanza de lucro, el instinto de supervivencia, hacen para congraciarse con el poder en momentos de cambio, o de crisis.

Compadezco a las mujeres que los miran revolverse en la almohada, de noche; a los hijos convertidos en cómplices que los oyen justificarse a la hora de la cena. Pero sobre todo compadezco a quienes caen bajo su bota; a las víctimas que eligen para probar en ellas su limpieza de sangre, su pureza de intenciones, su honradez y coherencia política, cuando tienen claro qué coherencia política conviene tener. Nada más cruel, más arrogante ni más miserable, que quien pretende hacer olvidar de golpe diez o veinte años de su pasado.

24 de marzo de 1996

domingo, 17 de marzo de 1996

Roberto, el escritor maldito


Es flaco, chupaillo, con ojeras; y en los días de frío en que va tieso de viruta y no tiene ni para tomarse un cortado, se pone su vieja gabardina y una boina negra, y entra en el café Gijón para quitarse el frío junto a la barra, mirando al personal, que es gratis, mientras Alfonso, el cerillero, le da conversación y algún pitillo suelto. El arriba firmante, a quien distingue con una de esas amistades que no elige uno, pero que te caen encima como cadena perpetua, tiene una foto suya donde sale con barba de dos días, desnudo salvo unos calzoncillos, con una funda sobaquera de pistola bajo la axila derecha, un Camel sin filtro en la boca y mirando a la cámara con la frente arrugada y jeta de chuleta guasón. La misma foto sale en la contraportada de una novela flamenca, violenta y con sexo duro Al sur de tu cintura, que le publicó hace meses una editorial de esas marginales; pero allí, en la contraportada, la foto va silueteada y con dianas de tirar al blanco: una en la frente, otra en el corazón, otra justo en la entrepierna, o sea, en la bisectriz del fulano. De momento ha vendido ciento tres ejemplares -«soy el rey del best-seller para minorías, dice- y todavía no le ha disparado nadie. Mas no pierde la esperanza.

Entre una cosa y otra, tiene un talento que le sale por los desgarros del alma, un buen humor inquebrantable y desesperado, y las trazas del perdedor que se mira el careto cada día en el espejo y lo sabe, pero no se resigna. Si un día canta bingo editorial, será famoso. Si no envejecerá entre nerviosas chupadas al pitillo, con ese talante resignado, sarcástico, teñido de mala leche, que trae la certeza de hundirse lastrado por la propia inteligencia mientras alrededor tanta mierda flota. Entre tanto, lee, escribe, y -como el conde de Montecristo- espera y confía. Lo de leer no siempre lo tiene fácil, porque ya les he dicho que suele andar tieso como la mojama; pero siempre hay amigos que le prestan un libro, o se lo regalan. O libreros que le fían, de grado o a la fuerza, que es más bonito. Y a veces no sólo los libreros, sino también los grandes almacenes y sitios así. Conservas, un champú, ya saben. Como él mismo suele decir, es dura la vida del artista.

Una de sus páginas empieza con la frase: «Dios mío, no me ayudes pero tampoco me jodas». Y hay días en que eso es lo único que le pide a la vida. Que no lo joda. Su novia, su chica, su mujer, es una belleza de piernas largas que trabaja como modelo, entre otras cosas porque alguien tiene que meter dinero en las buhardillas o pensiones que van recorriendo a modo de casa; y el problema es que a menudo, después de cada sesión de trabajo, Roberto tiene que ir a buscarla, o andar apartando buitres, o liándose a hostias -es chupaillo; pero si no hay más remedio, bravo- con los fulanos que ignoran que Clara está loca por él. Se la cameló hace cuatro años, cuando trabajaba de camarera en un bar de copas caras, la noche que ella le dijo qué vas a tomar, y él, que iba sin un duro, pidió agua del grifo. Con mucho hielo, si no te importa.

Claro que el sistema no siempre funciona. Le han roto la cara un par de veces, como cuando cierta paliza lo tuvo varios días en un hospital, en coma. Y es que su capacidad para verse acosado por matones, acreedores, caseros y cobradores de recibos resulta proverbial, inaudita. Mientras tecleo estas líneas anda mudándose de un sitio para otro, con un ojo en los cajones donde transporta sus libros y el otro en las esquinas, porque alguien que sale retratado con malas tintas en la novela -uno de sus ciento tres lectores, que ya es mala suerte- anda por ahí, tras el, con la intención de darle un par de mojadas en concepto de derechos sobre propiedad intelectual de su propio personaje. Son gajes del oficio, dice él, estoico. Riesgos del noble arte de la Literatura.

De todas formas, lo que no mata, engorda. Y aunque es difícil que a ese tipo flaco y entrañable lo engorde algo, igual sobrevive a la mala ruina patatera y flamenca que se ha echado encima, y termina esa otra novela que está escribiendo entre fugas, esquinazos y sobresaltos. Una historia de las suyas: dura y negra, nerviosa, bronca, con sexo, humor y ritmo de música en la estructura. Una historia de la que, a veces, entre dos cañas, se inclina sobre la mesa y me susurra un párrafo corto y rotundo como un disparo, antes de quedárseme observando el careto para ver el efecto. Yo lo miro impasible, pido otras dos cañas y no digo nada. El hijoputa. Párrafos que a veces dan envidia, porque son de esos que salen cuando Dios o el diablo sonríen y te ponen la mano en el hombro. Líneas que desearía escribir uno mismo.

17 de marzo de 1996

domingo, 10 de marzo de 1996

Morir como un cerdo


Al arriba firmante suelen caerle bien los defensores de los animales, y comparto con buena parte de ellos la idea de que casi todas las bestezuelas son, a menudo más dignas de salvación que muchos de los seres humanos que vamos por ahí marcando paquete. He hecho mío en esta misma página aquello de que cuanto más conozco a la Humanidad más quiero a Sombra, mi perro; y tengo la absoluta certeza de que si la especie humana se extinguiera sobre la Tierra y sólo quedaran animales, ésta seguiría girando sobre sí misma como si tal cosa, con vida a bordo, más feliz y sin problemas, durante una buena porción de siglos.

Me quema la sangre la barbarie pueblerina de los mozos borrachos que torturan a una vaquilla o una cabra, entre vómitos de vino, so pretexto de la tradición y de la fiesta. Mataría con mis propias manos, en caliente, a los miserables que organizan peleas de perros para cruzar apuestas. No me gustan la caza ni la pesca; detesto a quien dispara sobre un animal indefenso por otro motivo que la necesidad urgente de zampárselo, y desprecio sobre todo al imbécil con mala puntería que deja vivo a un animal herido. En las corridas de toros, que -todos tenemos nuestros rinconcitos oscuros y nuestras contradicciones- ésas sí me gustan muchísimo, no veo con malos ojos que el morlaco empitone de vez en cuando a un torero, porque tales son las reglas del juego; y los toros traen muerte en los cuernos pero también gloria, cortijos y fotos en el Diez Minutos. Y si no, de qué.

Lo que pasa es que todo tiene un límite. Uno de ellos es ese punto, no siempre bien definido socialmente, donde empieza a deletrearse la palabra estupidez. Quizá por eso no me quitó mucho el sueño, e incluso -soy cruel, lo confieso- me arrancó una perversa carcajada aquel episodio de hace un par de años, cuando una guiri defensora de los animales, que protestaba contra las corridas en España, se fue a un encierro con una pancarta, se plantó delante del toro y se puso a acariciarlo, bonito, chiquirritín; y el marrajo, tras alucinar unos segundos con la prójima, la puso mirando a Triana de una cornada. Y es que hay que ser gilipollas. O haber visto muchos dibujos animados.

Uno creía que ése era el limite, pero resulta que no. Que el otro día pongo el arradio y me sale la presidenta de una asociación española de defensa de animales -cuyo nombre no cito por no escarnecer en demasía-, protestando, muy seria, sobre el hecho de que a los cerdos se los cuelgue de las patas traseras y se los degüelle en las matanzas tradicionales de los pueblos. Es necesario, afirmaba convencida la antedicha, que se haga algo para frenar esa barbarie y esa crueldad. El cerdo, sostenía, debe anestesiarse previamente o aturdirse mediante electrocución, para ahorrarle la penosa agonía. Y etcétera.

Yo, lo confieso, tuve dos reacciones al oír aquello. La primera, instintiva en un individuo de mi brutal calaña, fue tirarme al suelo y revolearme de risa durante hora y media. Después, más calmado, vi la luz. No todo está podrido en mi interior -las oraciones de mi madre y del obispo de su diócesis, sin duda- y me dije que, después de todo, las morcillas, la longaniza y el mondongo van a saber lo mismo. ¿Por qué no hacer feliz al cerdo, dulcificándole el sacrificio...? Así que he decidido respaldar a la dama. Y aún diría más. No sólo creo que el cerdo debe ser drogado y electrocutado parcialmente para que sufra menos, sino que además propongo se le transporte al lugar de martirio con gafas de sol para que la claridad diurna no hiera su retina, después de haberle hecho pasar la última noche, tras una buena cena a base de bellota selecta, retozando con una cerda de pata negra, que tengo entendido son insaciables y no te dejan ni para un cortado. Ya en el lugar de autos, al guarro se le dará a fumar un canuto de ketama pura, acompañado por un whiskito, un valium y, a ser posible, una trufa. Y cuando esté por fin espatarrado panza arriba, alucinando en colores y más feliz que la leche, el matarife pro-cederá a degollarlo con toda delicadeza. Y mientras, el tío Nicasio, Ceferino el Insumiso y Mariano Cascorro, concejal de Cultura, le cantarán a coro, imitando a Los Del Río, aquello de cuando un amigo se va, cuando un amigo se va, algo se muere en el alma cuando un amigo se va.

Así, todos los cerdos de Europa querrán palmar en España, y nosotros exportaremos tocino ecológico -Ecobacon- mientras comemos morcillas con la conciencia tranquila. No como ahora, que nos ponemos hasta arriba de gorrino y de jumilla, y luego los remordimientos no nos dejan dormir.

10 de marzo de 1996

domingo, 3 de marzo de 1996

El amante de Almudena Jong


El hombre cuya intuición literaria más respeto en el mundo se llama Antonio Robles, tiene cuarenta y cinco años y fuma en pipa. Como él mismo suele decir a menudo, la suya es una trayectoria profesional lenta, pero segura: hace treinta años empezó trabajando de botones en la editorial que publica mis novelas, y ahora es ordenanza de la misma. Si vas muy deprisa, argumenta, derrapas en las curvas. Y él no tiene prisa, ni maldita la falta que le hace.

Antonio es uno de los fulanos más singulares que conozco. Es de La Carolina, Jaén, donde pasó la infancia cuidando cerdos, gallinas y cosas así, hasta que la vida lo trajo al rompeolas de las Españas, a buscársela. Uno se lo tropieza por los pasillos de Alfaguara, cargado con cajones de libros, ocupándose del correo, del mantenimiento y toda la parafernalia. Cualquier autor de la casa, incluidas las estrellas extranjeras, lo conoce y respeta. Vive solo. O, para ser más exactos, vive en la editorial. Llega a las cinco de la madrugada y se abre a las ocho de la tarde, y a esa hora hace exactamente lo mismo todos y cada uno de los días de su vida: cena huevos fritos con patatas en la tasca de Justino, cerca de su casa en la calle de Toledo de Madrid, y luego se toma sus copas, sobre el mármol manchado de vino de viejos mostradores, con sus compadres El Duchas, La Guiri y el camareta Carlitos.

En cuanto dispone de cinco minutos de calma, Antonio se encierra en su reducto -el pequeño cuarto de la fotocopiadora- y allí lee incansable, libro tras libro. Es un lector patológico, insaciable. Atrincherado allí, entre el humo de la pipa, con su pelo negro y rizado, ya canoso, y la barba semítica que le da un aire venerable de sabiduría mediterránea, acentuado por las gafas sobre la punta de la nariz, impone tal respeto que a veces las secretarias jóvenes no se atreven a interrumpirlo para la banalidad de una fotocopia. Parece un ulema musulmán, un rabino hebreo, un sabio griego, un estudioso veneciano inclinado sobre los textos donde están las claves de la vida, de la muerte y de las palabras capaces de desvelar cualquier misterio. Y es que Antonio es la leche. Igual le da por cascarse a Paul Auster que por leerse el Quijote, y un mes de agosto con poco trabajo se calzó a Faulkner de cabo a rabo, con un par.

Y cuando a las nueve de la mañana alguien se entera de que ha aparecido una crítica o un comentario sobre una novela de la casa en un suplemento literario o unas páginas culturales, puede dar por seguro que a esas horas él se la ha leído ya. Es más: es quien la recorta y te la manda para el desayuno.

Pero lo que de verdad te deja hecho polvo es su olfato para los buenos y malos libros, así como para prever con antelación lo que será un éxito de ventas y lo que no. Cómo será la cosa que Juan Cruz, el baranda de la editorial, con todo su golpe de alto ejecutivo de la literatura, a veces le pasa las galeradas de ciertos libros y después va a pedirle opinión. Él se las lee muy serio, emite veredicto sin darle mayor importancia, y no falla ni una sola vez. Amaya Elezcano, mi editora-machaca favorita, dará testimonio de con cuánto respeto y preocupación le sometió el arriba firmante a Antonio el ordenanza el manuscrito de La piel del tambor, y de cómo aquél nos pronosticó, con muy escaso margen de error, el número de ejemplares que íbamos a colocar en un mes. Incluso, su juicio técnico me hizo suprimir dos líneas de un final de capítulo donde se detallaba cierto acto íntimo de un personaje de la novela. «De masturbarse -dijo Antonio, muy serio- sé más que nadie. Y te digo que en esa postura es imposible». Aquello dio lugar a un animado debate en el que intervino media editorial, analizando pormenorizadamente los detalles técnicos del asunto. Al final, por supuesto, le hice caso a Antonio.

La otra cosa que más le gusta en el mundo, libros aparte, son las mujeres. Es enamoradizo, pero sin suerte, y eso lo convirtió hace tiempo en un solitario que mira los toros desde la barrera, con la leve sonrisa tranquila del que sabe y comprende. Hace algún tiempo ya que dejó de irse de putas porque se aburre: «Las de ahora suelen tener poca conversación -me dice mientras pasa una página de Cuando fui mortal, de aquí mi vecino Marías, el gentleman que tenía todas las almas tan blancas-. Retirado de las lumis, Antonio prefiere, entre el humo de su pipa, recorrer páginas de libros donde puede vivir historias maravillosas con mujeres de bandera como esa que tiene en la cabeza: su mujer ideal. Una hembra, confiesa, con el cuerpo de Almudena Grandes y el coco de Erica Jong.

3 de marzo de 1996

lunes, 26 de febrero de 1996

Nefertari va lista


Acabo de leer no sé dónde que la tumba de Nefertari, consorte que fue del faraón Ramsés II, ha sufrido más daños a causa de las visitas turísticas en poco más de medio siglo que durante los tres mil tacos de calendario que permaneció oculta. Siete millones de visitantes son muchos, y desde la humedad de la respiración hasta las manos que tocan las paredes, y el polvo, y el Te amo Jennifer, y la lata de Coca Cola que se derrama encima del mural de treinta siglos, aquello está hecho una lástima. Ni siquiera las restricciones impuestas tras la última restauración solucionan el problema. Así que la tal Nefertari va lista de papeles a corto plazo.

Pero no se trata sólo de la chica egipcia esa. Podemos citar los frescos del Vaticano acribillados por nombres y mensajes de turistas, las botellas vacías que llenan las calles y canales de Venecia, los azulejos arrancados de Lisboa, los bellísimos rincones, muros o pinturas machacados por gentuza sin conciencia en Sevilla, Paris, Córdoba, Santiago, Florencia o Viena, para comprender que algo se está yendo de vareta en esto del turismo popular, de masas o cómo diablos queramos llamarlo. De hecho, uno hasta se pregunta si las palabras turismo y masas son compatibles. O si el término popular es hoy combinable con la palabra cultura. O para ser más exactos, si todos los turistas tienen el mismo derecho a acceder a todas partes. Y la desoladora respuesta es que sí. Que, para bien o para mal, nadie puede negarles, negarnos ese derecho. Esa espeluznante conquista social. Y en el futuro ya siempre será así, o será peor.

Irse al carajo destruyendo los restos de nuestra memoria, supongo, forma parte inevitable del tiempo y de la vida. Incluso en lo que se refiere a la memoria de la Humanidad. Somos demasiados los que hemos adquirido el derecho a invadir, degradar y arrasar impunemente lugares que costaron muchos siglos y esfuerzos conservar. Pero además, como éstos son tiempos en que lo malo y lo estúpido suele ir vinculado a la ordinariez, resulta que lo hacemos alfombrando esa memoria con latas vacías y mondas de naranja, marcando piedras, muros o pinturas con nuestras iniciales y declaraciones de principios, sin el menor interés por enterarnos de la historia y circunstancias de las reliquias que destruimos. Con el único objeto de hacernos una puta foto.

Mirémonos despacio, por el amor de Dios. Pasamos por los sitios a centenares y en tropel, detrás del guía, a toda prisa y sin enterarnos de nada, con el gesto bovino de quien únicamente espera la vista conocida, el cuadro famoso, la torre inclinada, para inmortalizarse a sí mismo con vídeo o fotografía en un escenario que sólo interesa porque sale en las postales y en las películas. El resto nos importa una puñetera mierda. Recorremos el mundo sin saber siquiera dónde hemos estado; sin cambiar una sola palabra con los habitantes del lugar, sin entrar en un café, sin pisar una calle que no esté programada en los malditos itinerarios turísticos oficiales. Somos zombies boquiabiertos y grotescos, incapaces de registrar en la retina sino lo que de antemano estamos programados para ver. Y así, después, cuando en el cine sale la torre Eiffel, puede oírsenos decir a la legítima, en tono viajado y cosmopolita: "Mira, Paris".

Si fuéramos inofensivos, todo eso sería asunto de cada cual. Pero no somos inofensivos: ocupamos espacio, hacemos ruido, dejamos sucias huellas, fastidiamos a los turistas individuos de verdad, esos que si andan por el mundo a la búsqueda de una explicación, un recuerdo, un matiz. Los que viajan para conseguir cultura y conocimiento. Esos que, agazapados en un rincón del museo o de la iglesia, esperan pacientemente a que desfile la infame tropa para quedarse de nuevo cara a cara con el cuadro, el retablo, el misterio de sí mismos que intentan desvelar merced a esas reliquias de la memoria. En otro tiempo, sólo quienes tenían dinero, o quienes no lo tenían pero estaban dispuestos a hacer el esfuerzo necesario, accedían a ese tipo de lugares. Y el que no, pues no. Eso era injusto, por supuesto; pero favorecía una especie de selectividad práctica: uno valora más aquello que consigue con dinero, dificultad o sacrificio. Además, entonces la gente aspiraba a parecer culta y educada, aunque no lo fuera. Se guardaban las maneras, y al final ya no era tanto cuestión de pasta, sino de actitudes acordes con el lugar a visitar: éste ejercía una influencia benéfica sobre el turista. Ahora ocurre justo lo contrario. Quizás, porque a cualquier animal borracho de cerveza, echar una meada en una esquina oscura del Duomo de Florencia le sale por cuatro duros si lo hace con desayuno incluido, en días azules y en compañía de otros cinco mil.

25 de febrero de 1996

lunes, 19 de febrero de 1996

Duelo en O.K. Corral


Estoy seguro de que John Ford habría disfrutado con la película. La imagino en blanco y negro, por supuesto, y un amanecer -4 de marzo de 1996- con el viento llevándose las nubes hacia el oeste y trayendo papeletas de voto arrugadas hasta las botas de Alfonso Guerra apoyado en la cerca del O.K. Corral, revólver al cinto, liando un cigarrillo con los ojos clavados en la puerta del Saloon. Y dentro del local, al otro lado de la calle, rodeado de cadáveres de ciudadanos a quienes los pistoleros de su banda han ido matando por la espalda para que él tenga siempre poker de ases, Felipe González, vestido de tahúr, recoge precipitadamente las fichas de la mesa, con las cartas marcadas cayéndosele de las mangas donde esconde, nervioso, una pequeña Derringer cromada y con cachas de nácar.

Afuera suena Degüello, esa música de trompeta que los mejicanos le tocaban a los téjanos en el Álamo, y los malos a John Wayne, Dean Martin y Walter Brennan en Río Bravo. Al oírla, a Felipe se le atraganta el vaso de whisky. Se seca la boca con un pañuelo, igual que Víctor Mature en Pasión de los fuertes, o Kirk Douglas en Duelo de titanes. La chica del saloon -que ha puesto el local con los beneficios obtenidos como directora general del B.O.E. de Tombstone- levanta los visillos para echar un vistazo por la ventana. -Viene a por ti- dice.
Felipe termina de guardarse las fichas y comprueba que la Derringer está cargada.

- Constato que no me afecta.
- Dejaste que ahorcaran a su hermano -insiste la otra-, Y que casi lo lincharan a él.
- Yo no sabía nada. Me enteré por los periódicos.
- Eres un hijo de perra.

Felipe enarca una ceja y, en flash back, recuerda a todos sus amigos y pistoleros a los que ha ido sacrificando para salvar el pellejo. -Sí -dice-. Pero soy un hijo de perra vivo.

En la calle no se ve ni un alma. Los habitantes del pueblo andan encerrados en sus casas mirando por las rendijas de los postigos, y los sicarios de Felipe que no están muertos o en la cárcel de Yuma -Algarrobo, el sheriff Barry y unos doscientos más- han puesto tierra de por medio o se han ido al rancho del otro a pedir cuartelillo: nosotros no queríamos, nos engañó, etcétera. Lo de siempre. Apoyado en la cerca, Alfonso le da una última chupada al cigarrillo, comprueba el Colt, coge el rifle y echa a andar con ruido de espuelas por el centro de la calle. Ahora lo que suena es la canción de El árbol del ahorcado.

En la puerta del Saloon, Felipe se asoma cauteloso. Primer plano de las ojeras, la papada y la cara de fulano bien cebado que se le ha puesto de tanto mangonear en el pueblo. La chica le echa los brazos al cuello, pero él la aparta, pendiente de la calle.

-Miénteme como en estos últimos trece años le has mentido a todo Tombstone -suplica ella-, Dime que no puedes vivir sin mí.
-No puedo vivir sin ti. -Sigue mintiendo. Di que me necesitas. -Te necesito. -Di que me amas. -Que sí, cono. Que te amo.

Felipe empuja los batientes de la puerta y sale a la calle. Plano general de los dos hombres acercándose el uno al otro. Plano de las botas caminando. Plano de los caretos: crispado y sudoroso, Felipe; hosco y vengador, Alfonso. Sendos planos de la mano de Felipe sacando la Derringer con disimulo, y de las manos de Alfonso, una cerca del revólver y otra con el dedo en el gatillo del Winchester. Se paran a diez metros. Se para la música. Se para todo. -Aún podemos arreglarlo -dice Felipe. -¿Arreglarlo?.. Mataste a mienmano. Me entregaste a mí. Te vendiste al ferrocarril.

Levantando una mano, conciliador, fingiendo que busca el pañuelo para secarse el sudor, Felipe saca la Derringer y dispara a cámara lenta, como James Coburn en Pat Garrett y Billy the Kid. Pero falla, porque la munición proviene de una partida defectuosa que compró Roldan en Camerún para la Guardia Civil. Entonces Alfonso apunta el rifle. -Sin acritú -dice. Y le vuela los huevos.

18 de febrero de 1996

lunes, 12 de febrero de 1996

Auto de fe en Sevilla


Hay que fastidiarse. Me pregunto si se habrían rasgado tantas y tan sonoras vestiduras en este país de fariseos, demagogos e hipócritas contumaces, si la red de prostitución de menores de Sevilla se hubiera estado ocupando con clientes heterosexuales en vez de con homos. O sea, que las tiernas criaturas -que eso de tiernas, permitan que me descuajeringue de risa- fuesen jovencitas en vez de jovencitos. Porque mucho se teme el arriba firmante que lo que de verdad le ha estado dando candela al personal en este episodio es realmente con la tan hispánica, tradicional y entrañable perspectiva del auto de fe: la posibilidad de ver desfilar con el capirote, camino de la hoguera, a personajes de la vida pública -el judío al que debíamos dinero, el morisco cuya mujer no conseguimos, el juez, el político o el cantante que nos hicieron la puñeta o a quienes envidiamos esto o lo otro- al grito de maricón, maricón. Que aquí es lo que de verdad disfrutamos llamándole a la gente.

Porque vamos a ver. Si de corrupción de menores se trata, no hacía falta irse a Sevilla. Ahora mismo salimos a la calle, y entre las mujeres que se dedican al ejercicio de la prostitución en cualquier ciudad -ejercicio tolerado y nunca reconocido, lo que deja a estas mujeres indefensas en manos de cualquiera- resultará que cuatro de cada diez son menores de edad. Y seis de esas diez lo hacen para pagarse la droga. Y la misma España a la que ellas se la maman por quinientos duros, les revende luego esa droga adulterada y llena de mierda, y así queda lo comido por lo servido. Pero eso o los chaperos que también son menores de edad y se lo buscan a la vista del público en cualquier esquina, a menudo con jueces, artistas, políticos, periodistas y ciudadanos varios, carece de la espectacularidad y el morbazo de un bar de copas sevillano con clientela tipo duque de Feria, pero esta vez amariconada y supuestamente VIP, jaleada por la prensa con titulares de primera y palmeros finos; que es lo que de verdad -dejémonos de leches- queríamos todos ver en el telediario. Porque no me digan que en esto de la corrupción y el estupor, calzarse a un menor en un bar de Sevilla va a resultar más grave que hacerlo en un hotel de Vigo o en un coche aparcado en un solar de Cáceres o que el hecho de ser homosexual -y conocido, o famoso- lo consideremos un agravante en este país de cantamañanas. Que mucho me temo que sí.

Al arriba firmante nunca le produjeron especiales humedades sensibles los jovencitos ni las jovencitas. Por el contrario, siempre me atrajo más una señora cuajada, densa, de bandera, que una lolita tonta del haba. Y, tal vez por esa incapacidad para paladear supuestos matices nabokovianos, nunca pude compartir el babeo de ciertos adultos ante la cosa impúber. Los menoreros me caen fatal, y lo siento. Así que, desde mi parcialidad habitual, espero de todo corazón que a los implicados en la movida sevillana, una vez debidamente documentada la cosa por la única vía competente, que es la judicial y no la de Nieves Herrero o similares, les den las suyas y las de un bombero, enviándolos unos cuantos años y un día a otros establecimientos donde también es habitual romperle el culo a la gente aunque, eso sí, con menos delicadeza que en el reservado de un club. Pero de ahí a aplaudir sus linchamientos público a manos de una sociedad que está muy lejos de tener las manos limpias para tirarle piedras a nadie, median varias parasangas, que diría Sócrates -ése sí que entendía, y ahí está- entre Efebo y Efebo.

Porque no me vengan con cuentos chinos. Ahora va a resultar que la juez de Sevilla ha descubierto esa red de golfos y bujarrones quinceañeros por inspiración del espíritu santo, y que hasta entonces nadie sabía nada de nada. Que los jueces y los policías nunca se han tomado una copa en bares de alterne, con ambiente o sin él, ni han mirado alrededor con el cubalibre en la mano, ni van -si son abstemios- por la calle de noche mirando las luces de neón ni el personal que entra, sale o se lo hace. Y va a resultar también que los periodistas que tanto empeño han puesto estas últimas semanas en esclarecer la verdad y nada más que la verdad, en pro de la noble causa del derecho a la información de los ciudadanos, nunca le echaron antes un vistazo a las páginas de anuncios breves de sus propios diarios donde menores y mayores de todos los sexos, razas y colores -Jovencísimos. Jovencísimas. Nos gusta por delante y por detrás. Teléfono tal, etcétera-, se vienen anunciando con profusión de detalles desde que Franco era cabo. O sea. Que ya me está a mi fastidiando tanto defensor de la infancia, tanto virtuoso y tanto gilipollas.

11 de febrero de 1996

lunes, 5 de febrero de 1996

La guerrera del arco iris


Conozco a una niña, o jovencita, de doce años, muy sensibilizada con la cosa ecológica. Aire libre, deporte, piel morena, piernas largas: muy prometedora en todos los sentidos. Lee mucho, ve buenas películas en el cine y en la tele, y poco a poco ha adquirido la convicción de que el planeta ya no sólo nunca volverá a ser azul sino que se está yendo a tomar por saco a toda prisa y de muy mala manera. Eso la pone en pie de guerra, y dice que los mayores estamos haciendo con la naturaleza lo que esos tutores malvados de las novelas de Dickens: gastarse la herencia del huerfanito. Así que mi joven amiga, relampagueando en sus hermosos ojos oscuros la cólera de Dios, pone el grito en el cielo cada vez que asiste a nuestros desmanes de adultos.

Es inteligente, dulce y pacífica. Tímida, a veces. Pero la he visto saltar con la decisión de un kamikaze, indignada y valerosa, cuando alguien maltrata a un animal delante de ella. No hay chucho callejero, gato sarnoso, urraca ladrona, molesta lagartija o bestezuela indeterminada para la que no tenga una caricia, una palabra de ternura, un pensamiento. Ya con sólo cuatro años, ante un enorme mastín al que nadie se atrevía a acercarse, fue hasta él con absoluta naturalidad y le metió el brazo en la boca, hasta el codo, dándole besos, y el pobre animal tuvo que quedarse allí mirándola, avergonzado, sin saber qué hacer, con cara de panoli, con su reputación de perro adusto y feroz completamente por los suelos. Y la única vez en su vida que la han visto permanecer inmóvil ante la pantalla de un televisor durante una corrida de toros fue el año pasado, en los últimos tres minutos de la inmensa faena de Enrique Ponce en la plaza de Quito, porque su abuelo le dijo que acababan de indultar al toro.

En cuanto a los abrigos de pieles y ese tipo de cosas, su desprecio por las usuarias raya en lo homicida. Daría su propia vida por un bebé foca. Y sobre las ballenas, para qué les voy a contar. Lee mucho, desde Stevenson a London, pasando por Salgan, Dumas, Marryat o Ballantyne, pero sus padres nunca imaginaron que fuera capaz de calzarse la versión completa de Moby Dick, como hizo a finales del año pasado, y además manifestándose todo el tiempo contra el capitán Achab y los tripulantes del Pequod -ante cuyo naufragio y óbito colectivo no pestañeó- y en favor del blanco y resabiado cetáceo. Que no asesina, matizó, sino que se defiende.

Podría contarles más cosas, pero no me caben. Resumiremos diciendo que cada planta, árbol o maceta que se seca, es para ella una batalla perdida; que la contaminación de las playas la pone furiosa; que se recicla sus sobres y papel de cartas con un raro artilugio de la señorita Pepis y luego lo pone a secar por toda la casa; que se niega a usar ropa de etiquetas famosas y pide que sean marca La Pava; y que los chicos de su colé -Séptimo de EGB- se enamoran de ella como becerros porque es al mismo tiempo dura y tierna, y lo tiene todo muy claro. Es mucha persona.

Pero lucha sola, precoz y a su manera, en un mundo donde la solidaridad resulta escasa, y necesaria. Así que un día, hace poco, sus padres le sugirieron que se pusiera en contacto con una organización ecologista, como por ejemplo su admirada Greenpeace, a fin de que aprendiese más cosas, que ensanchara el horizonte en contacto con otra gente que sigue el mismo camino y tiene más experiencia. Acogió con entusiasmo la propuesta, y escribió una larga, hermosa y lúcida carta llena de ilusión, ofreciéndose para cualquier cosa, pidiendo consejo, información sobre aquello en lo que podía ser útil. Durante un mes acechó cada día el correo. Y por fin llegó la respuesta: un sobre con impresos para la domiciliación bancaria de una cuota anual entre 5.000 y 10.000 pesetas, y otro impreso pidiéndole que buscara más socios entre sus amigos. Nada más. Ni siquiera una explicación, una carta personal, o una palabra de aliento.

Las reflexiones morales y económicas del asunto, sobre cómo un genuino movimiento de resistencia ecologista puede degenerar en frío mecanismo burocrático a la búsqueda de pasta, incapaz de calibrar los sentimientos y la ilusión de una admiradora de doce años, las dejo para cada cual. Me cuentan que el padre de la jovencita ha escrito una breve carta a Greenpeace, sugiriéndoles lo que pueden hacer con el boletín de suscripción, una vez lo hayan enrollado bien hasta convertirlo en un canuto de dimensiones apropiadas. En cuanto a la pequeña guerrera del arco iris, según mis noticias, sigue luchando sola. No se rinde, pero acaba de aprender una lección: más vale solo que mal acompañado.

4 de febrero de 1996

domingo, 28 de enero de 1996

Mucho sondeo y mucho morro


No sé ustedes, pero en este país fértil en dema¬gogos y gentuza que vive del cuento, el arri¬ba firmante está de encuestas y de sondeos pre-electorales hasta la línea de flotación. Con esto de las elecciones de marzo, y las listas, y, la posibilidad de que unos vengan y otros se va-yan, todo Cristo lleva semanas machacándonos con porcen¬tajes, tendencias, intenciones de voto y pérdida de puntos. Además, como cada cual barre para su casa o la de sus compadres, pues resulta que no hay dos datos que coinci¬dan, y la cosa va de aquí a Lima según el periódico que leas, la radio que oigas o la tele que veas. Eso lo hace todo más variado y divertido, ¿verdad? Más ameno.

Imagino que a quienes viven del elector, o sea, a los maestros de escuela, a los abogados o a los ajusta¬dores de primera, por citar tres ejemplos al tuntún, que hayan pasado estos últimos trece años de ministros o de subsecretarios tirándose el pegote del coche oficial, y el traje de Armani, y esos cien años de honradez que última¬mente mencionan poco, les interesarán mucho las probabi¬lidades que tienen -numerosas, me temo- de verse dentro de mes y medio ganándose otra vez la vida honradamente, como letrados de oficio o lidiando en el colegio con treinta pequeños hijos de puta a los que tendrán que enseñar mate¬máticas de nueve a dos, como antes. En cuanto a los ajusta¬dores de primera, ésos ya no podrán volver a su antiguo lugar de trabajo, porque ellos mismos se lo cargaron desde el despacho cuando oficiaban de palmeros finos en la re¬conversión de su primo Solchaga, así que tendrán tiempo para meditar sobre las encuestas, y la política, y la madre que los parió, en la cola del paro. Lugar que no le deseo a nadie, pero que algunos llevan tiempo ganándose a pulso. Más que nada para que comprueben cómo se siente el per¬sonal mano sobre mano, o viviendo en el mundo irreal de las ayudas, las subvenciones y las limosnas comunitarias que en España sustituyen a los salarios, y que son pan para hoy y hambre para mañana.

En su recelo político-electoral, el arriba firmante sospe¬cha que esa murga de las encuestas sobre intenciones de voto no sirve más que para darle cuartelillo a los prohom¬bres de la patria, que así tienen algo de qué hablar cuando les ponen delante las alcachofas de colorines del telediario.

O para que la llamada oposición eche cuentas sobre cuántos votos va a reportarle su táctica de: oiga, por Dios, la puntita nada más, en unas elecciones que no ha hecho nada por ganar y que tendría mucha guasa que, encima, no ganara. O para calibrar las repercusiones del ejercicio de cinismo que supone la presencia de Narcís Serra y otros beneméritos en las listas, largando por la tele con un cuajo, una impavidez y una soberbia impresionantes, como si aquí no hubiera pasado nada.

Los sondeos también son panal de rica miel para algunos tertulianos radiofónicos polivalentes de los que viven, sin dar golpe, a base de mover la húmeda comentando titulares de periódicos. Y también para financiar algunas empresas que medran -conozco señoras y chaperas que se dedican a tareas parecidas- practicando sexo oral con políticos y par¬tidos. Y también sirven los sondeos para dar de comer a una pandilla de sociólogos cantamañanas -no todos los so¬ciólogos lo son, pero algunos cantamañanas que conozco son sociólogos- que después salen en los arradios y en las televisiones, entre Jesús Puente y San Lobatón, a explicar muy serios, con un rigor científico que te vas de vareta, Mariano, por qué la expectativa de voto en Tomelloso de la Sierra sube medio punto del índice Nikei, o Dow-Jones, o como se llame.

En cuanto a la gente de la calle, al votan¬te de a pie, estoy seguro de que esas encuestas no le repor¬tan ninguna utilidad. Pueden confundirlo, desorientarlo, y ése es, mucho me temo, uno de los objetivos del invento. Pueden incluso, si se trata de un ciudadano lúcido, cabrear¬lo considerablemente al pensar que intentan marearle la perdiz como si fuera tonto. Pero la intención de voto de sus compatriotas, aunque respetable, tiene que importarle un carajo. Lo que cuenta es su intención de voto. La suya pro¬pia. Y el español que a estas alturas de la romería no tenga claro lo que debe votar -si es que va y vota-, ese ya no lo ten¬drá nunca, por más encuestas que le calcen unos y otros. Es lo que faltaba, que fuésemos a las urnas mirándonos unos a otros la papeleta, a tono para no quedar mal con los veci¬nos, pendientes del qué dirán, como si las legislativas fue¬sen una moda o un concurso de la tele. Hasta eso pretenden manchamos de mierda.

28 de enero de 1996

domingo, 21 de enero de 1996

La galera de Lepanto


Pues ocurrió que el otro día, en Barcelona, el arriba firmante acababa de releer las últimas páginas de El buen soldado, de Ford Madox Ford. No tenía más libros a mano -estúpida imprevisión la mía-, así que, hecho polvo, huyendo del aburrimiento y la melancolía como el Ismael de Moby Dick, decidí buscar refugio en el mar y me fui Rambla abajo hasta las Atarazanas, para echarle un vistazo al Museo Naval.

No sé si conocen ustedes el museo de las Atarazanas. La Historia -creo haberlo escrito alguna vez- es la única clave que nos permite interpretar como hombres libres el presente, y cuando todo anda confuso alrededor, uno encuentra fuerzas, ánimo, aplomo para resistir, en sitios con viejas piedras y paisajes inmutables, en recintos como los museos y las bibliotecas. Lugares que no son simples estampas para fomentar el turismo y que las fotografíen ochocientos mil japoneses, sino memoria de los padres y de los abuelos, y de todas las generaciones que nos conformaron la memoria. Con esto quiero decir que cuando entro a un museo, sea español, francés, inglés o austríaco, no voy de visita, sino a mi casa. A buscar mis propias huellas en los objetos que han logrado salvarse del naufragio de los siglos. Soy europeo y mediterráneo, y eso hace que mi estirpe sea dilatada y rica, y que ninguno de los hechos que esas venerables salas albergan me sea ajeno. Nadie, por tanto, tiene derecho a pretender que me sienta extranjero; y mucho menos en un museo naval, cuando el mar es precisamente la más abierta y generosa de las patrias, la más solidaria, la que más une a los hombres de todas cuantas conozco.

Y sin embargo, los responsables de las Atarazanas de Barcelona han hecho todo lo posible por organizar un museo provinciano, paleto, exclusivo y excluyente, donde más que una generosa exposición de esa historia colectiva de que las piezas reunidas en ese museo forman parte -una historia, con lo bueno y con lo malo, que se llama historia de España- lo que hay es una oportunista y calculada selección de objetos ordenados con arreglo a un fin: el de convencer al visitante de la existencia de una historia naval catalana. Cuestión indiscutible, por otra parte, si la enmarcamos debidamente en una historia naval del reino de Aragón y su expansión mediterránea, y en la otra, la más amplia historia naval española, que incluye honorables minucias como la circunnavegación del globo, la empresa de Inglaterra, el descubrimiento de América, el comercio con las Indias, Trafalgar, la lucha contra el turco y la batalla de Lepanto.

Pero resulta que no. Que a las autoridades de quienes depende el museo que, por instalaciones y fondos materiales, podría ser el más importante de España, lo que de verdad les interesa es que los visitantes puedan leer sólo en lengua catalana los rótulos explicativos de cada pieza expuesta. O que cuando se hable de la hazaña almogávar en Bizancio se aluda a ésta como empresa catalana. O que las tres cuartas partes del espacio histórico consistan en una plúmbea exposición a base de fotografías y antiguos registros comerciales sobre temas tan apasionantes como la exportación de los paños de Tarrasa en el delta del Po, el viaje que hizo Jordi Borafull comerciante del Bajo Llobregat, a Túnez para comprar una tonelada de dátiles, o cuántas sardinas pescaban al mes los llaúdes catalanes construidos en Mallorca o Valencia. Todo eso rotulado como: La apoteosis comercial catalana en el Mediterráneo, o La gesta ultramarina catalana en su clímax naval, y cosas así. Y en un museo marítimo que forma parte de un país que tuvo a Juan Sebastián Elcano, los Pinzones, Churruca, Gravina, Juan de Austria, Malaspina y unos cuantos más, el único personaje del que recuerdo haber visto objetos personales, es el general Prim. Que no fue marino, pero era de Reus. Sin embargo, lo más insufrible es ver la pieza maestra del museo: la Galera Real que mandó don Juan de Austria en Lepanto, privada de su contexto, huérfana de todas las connotaciones históricas que podrían enriquecer su presencia impresionante, que tantos recuerdos suscita. Entre muchos otros, el de un pobre y oscuro soldado que se llamaba Miguel de Cervantes Saavedra, que navegó junto a ella y peleó a su vista, perdiendo un brazo, en la más alta ocasión que vieron los siglos.

¿Saben lo que les digo? Si del arriba firmante dependiera, con mucho gusto cambiaría los disputados archivos de Salamanca por la vieja y querida Galera Real, para llevármela a otro sitio. A cualquier lugar donde ni a ella ni a mí, ni al mar que navegó y que también era el mío, nos deshonren la memoria.

21 de enero de 1996

domingo, 14 de enero de 1996

A comerse el marrón


Me pregunto qué habrá sido de aquel profesor de Religión, a quien el obispado de Cartagena decidió no renovarle el contrato por haber contraído matrimonio civil, con una mujer divorciada. Ignoro cómo pudo terminar la cosa, aunque espero de corazón que mi paisano haya encontrado a estas alturas un trabajo mejor y más remunerado. Y, ya metidos en gastos, deseo también que el asunto matrimonial que le costó el puesto laboral vaya, al menos, sobre ruedas. Que ella sea la mujer de su vida y todo eso. Porque si encima resulta que no, es para ponerse ante un espejo y averiguar cómo se dice gilipollas en arameo. Pero estoy seguro de que todo va bien. Cuando un profesor de Religión da semejante paso y se juega los garbanzos, es como cuando un páter cuelga la sotana o una lumi decide hacerse honesta: lo tienen muy claro.

En cuanto a la decisión episcopal, reconozco que es una faena como el sombrero de un picador. Pero -y que me perdone el profesor- si al César damos lo que es del César, a la Iglesia no puede negársele, en este caso, una estricta y justa lógica. Después de todo, el Obispado en cuestión se abstuvo de formular juicios morales o éticos sobre la decisión de matrimoniar con una dama divorciada; pero matizó que el acto incapacitaba al profesor para seguir impartiendo enseñanza específica de Religión y Moral Católicas, que hasta entonces daba en nombre de la Iglesia y de acuerdo con su doctrina. Me dirán ustedes que sí, que vale, que me alegro, pero que Rocío Jurado, sin ir más lejos, se casó por segunda vez y de blanco, y no precisamente virgen, y ahí la tienen, comulgando cada domingo y de tú a tú con la Blanca Paloma que no se puede aguantar -o ésa es Isabel Pantoja, que igual me estoy liando-. Lo que pretendo decirles es que la Santa Madre Iglesia, cuando se la pone en suerte y hay oportuna viruta de por medio, no tiene el menor empacho en mirar hacia otra parte y sacarse de la manga hímenes sin estrenar, y justificaciones y anulaciones a punta de pala. Y que si la flamante consorte del profesor de Religión hubiera disuelto el vínculo previo pagándole la mordida correspondiente al tribunal de la Rota, o al de las Aguas, o cómo se llame el que se ocupa de recomponer inmaculaciones católicas, aquí no habría pasado nada y el marido seguiría explicándoles a sus alumnos cuáles son las virtudes teologales como si tal cosa.

Ahora bien, igual que digo lo uno digo lo otro. Una vez chafado el pastel, el profesor de Religión tiene que comerse su marrón como un hombre que se viste por los pies. Cada uno debe apechugar con lo que hace; y precisamente un especialista en cuestiones religiosas y eclesiales, como se supone es quien se dedica al oficio, debe conocer mejor que nadie los riesgos y contradicciones del asunto. A fin de cuentas, que un profesor de Religión y Moral Católicas se case por lo civil con una divorciada es, salvando las distancias y desde un punto de vista estrictamente canónico, como si Javier de la Rosa diera lecciones de Ética Financiera, mi ex ministro favorito Javier Solana las diese de Coraje Diplomático-Militar, o el presidente González pretendiera jubilarse en el año 2024 como catedrático de Moral Política en la Universidad de Navarra. Que igual sí.

De modo que no tengo más remedio que pedirle excusas al defenestrado profesor, pero en el hipotético caso de que el arriba firmante fuese arzobispo (coyuntura harto improbable por otra parte, pese a los esfuerzos, oraciones y novenas de mi madre, que es una optimista nata y aún espera una vocación tardía o algo así), mucho me temo que, no sin extremo dolor pastoral, habría obrado como el titular de la sede cartaginense. No están los tiempos para ir a vela y a vapor en la nave de Pedro, y menos en esta época de tanto sí, pero no, pero todo lo contrario; cuando todo el mundo milita en la más descarada ambigüedad, y ni los curas se visten de curas, ni las furcias de furcias, o viceversa, ni los políticos se mojan el culo, y ahora resulta que lo del GAL sólo lo sabía el Gobierno y los demás estaban en la higuera, y resulta que antiguamente hubo -con un par de huevos- reyes de Cataluña, y que todos los opresores hijos de puta vivimos al sur del Ebro. Y que lo primero que en este país te dice cualquiera es yo no quería, que me obligaron, o no vayan ustedes a pensar que, o vale, que sí, eres maravilloso, tío, igualito que Kevin Costner; pero hazme el favor de ponerte un condón.

Así que lo siento por mi paisano, pero yo también lo hubiera puesto de patitas en la calle, aunque sólo fuese por cuestión de coherencia. Ya hay demasiada gente en misa y repicando.

14 de enero de 1996

domingo, 7 de enero de 1996

El chinorri de Juan


Estos primeros días de enero, con todo el venid y vamos todos, y los Reyes Magos, y los escaparates de los grandes almacenes y las jugueterías las pocas que van quedando atiborradas con esa mala zorra de la Barbie y demás artilugios engañainfantes, el arriba firmante se ha estado acordando mucho del hijo de su ex amigo Juan. Algunos de ustedes, los que durante cinco años escucharon La ley de la calle en RNE, recordarán a Juan y su peculiar modo de contar las noticias, con aquella jerga y maneras de tipo bronco, taleguero, junto a Manolo el pasma marchoso y Ángel, el choro arrepentido.

Juan era mi amigo, y era un tipo especial. Había estado enganchado a la heroína, y en la cárcel; y dispuesto a regenerarse se comía el mono yéndose al monte a cortar árboles con las brigadas de ICONA, o como se llame ahora. Llegaba al programa inmaculadamente limpio, con la camisa y los pantalones recién planchados por su vieja, que era una santa. A pesar del pasado reciente, Juan era un tipo cabal y cumplidor, fiel a sus amigos y a sus compromisos. Rubito, menudo y con una mirada azul que parecía agua helada, peligrosa. Era un duro de verdad. Tenía en el costado una cicatriz de un palmo -la mojada que una vez le dieron en el talego- y ese andar rápido y oscilante que se adquiere pateando arriba y abajo muchos patios de prisión. Era inquieto, nervioso, susceptible, auténtico, bravo. También tenía un corazón de oro, pero el jaco le habla dejado algún muelle suelto, un punto agresivo que saltaba de vez en cuando y lo hacía liar unas pajarracas terribles. Por alguna extraña razón, en el programa no respetaba a nadie más que a mí; y sólo yo conseguía templarlo cuando se enzarzaba con algún oyente malintencionado, o con un tolai, o con un pelmazo. Nos queríamos mucho.

Los viernes por la noche, después del micrófono, íbamos por ahí de birras y conversación, y él se liaba esos canutos que yo nunca le dejaba fumar mientras estábamos en antena. Supe así de su vida, de sus esfuerzos por mantenerse lejos del caballo, de la soledad y de aquella retorcida dignidad personal, hecha de orgullo desesperado y de respeto a la palabra dada, que él mantenía en alto como una bandera, tal vez porque no tenía otra cosa a la que agarrarse. Había estado casado con una merchera sometida a los códigos estrictos de su clan, y me contaba que ella habla vuelto con su familia, con el hijo que habían tenido, y que ahora no le dejaban ver. Cuando iba a visitarlo, la familia de su mujer se cerraba en banda, le impedían ver al enano, e incluso hubo algún incidente que desbordó las palabras. A veces Juan no podía más y se iba de viaje a ese pueblo de Valencia, o Castellón no recuerdo bien el sitio para, escondido tras una esquina, ver de lejos a su mujer y a su hijo. No tenía un duro, y cuando reunía lo que le pagaban por dos o tres programas, le compraba un juguete al crio e intentaba hacérselo llegar de alguna manera. Recuerdo que un año, por estas mismas fechas, Juan estuvo ahorrando para comprarle un camión con mando a distancia que era decía para rilarse, colega, con todas las sirenas, y las luces, y la hostia. Y yo ofrecí echarle una mano, no sé, dos o tres talegos; y él me miró muy serio y me dijo: mi chinorri es cosa mía, colega, cómo lo ves.

Juan es uno de mis remordimientos. Porque una noche que venía quemado y se le cruzaron los cables en directo y empezó a cagarse en los muertos de un oyente, tuvimos allí, en el estudio, unas palabras. Y ya con el micro cerrado él me agarró por el cuello de la camisa y yo, que también estaba caliente, le dije que me soltara o lo rajaba allí mismo. Y me miró como no me habla mirado nunca muy fijo y muy triste, y me soltó la camisa. Y yo, que seguía caliente, en plan doble, le dije que aquello no era el patio del talego, sino una emisora de radio, y que estaba despedido. Y él se fue, y ya no volvió nunca más, y yo perdí para siempre aquella noche, porque soy un perfecto gilipollas, a uno de los más fieles amigos que tuve nunca. Y sólo mucho después supe, por un tercero, que ese día Juan habla vuelto de Castellón, o de Valencia, con su camión de sirenas y luces que era la hostia bajo el brazo, porque la familia de su ex no le habla dejado dárselo al chinorri. Y por eso iba como iba. Son cosas que pasan.

De aquello han transcurrido dos años y no sé qué fue de Juan. Pero siempre lo imagino con su pelo rubio recién lavado y aquellos pantalones y camisas impecablemente limpios, planchados por su vieja, tras una esquina, viendo pasar al chinorri a lo lejos, de la mano de su madre y los abuelos. Ojalá este día de Reyes haya podido darle el camión.

7 de enero de 1996

domingo, 31 de diciembre de 1995

Un brindis por ellos dos


Este domingo 31, esté donde esté, sea cual sea el reloj que marque las doce, brindaré -si tengo con qué- por ellos dos. No voy a escribir aquí sus nombres porque no me fío de ustedes -me fío de algunos, de muchos, pero no de todos ustedes-, y no quiero que mencionarlos en esta página signifique señalarlos con el dedo para toda la vida que les quede por vivir, que igual es mucha. Que deseo con toda mi alma que sea mucha.

Voy a brindar por ella -la llamaré María- porque hace cinco años, apenas cumplidos los veinte, trastornada por los golpes de su marido, loca, desconfiada, triste, encontró la sonrisa perdida, la abnegación y el respeto. Por esas bromas que tiene la vida, todo lo halló en un hombre ensimismado en su soledad, con treinta años como treinta navajazos, con el regusto de la droga todavía en las venas y paseándose del brazo del diablo por el filo del abismo.

Tenían frío -ahí afuera hace un frío del carajo- y se acercaron el uno al otro para darse calor. Al poco estaban viviendo juntos, y cada uno aportó su singular dote: ella, una cría pequeña y la ternura que no habían podido romperle las humillaciones y las palizas. Él, su mirada vacía, una soledad infinita y un perro de dos años. Háganse cargo del capital social: una desequilibrada con una hija y un yonqui con un chucho. Como para no jugarse un duro por ellos.

Y sin embargo, funcionó. El aprendizaje fue lento y duro, pero perfecto. María y su hombre habían sacado el número correcto en esa tómbola que tiene tan mala leche pero que a veces, cuando se le entra con ganas, es capaz de deslumbrar con el más hermoso premio del mundo. Sufrieron, soportaron problemas de dinero, de trabajo, de salud, de vivienda. Tropezaron con muchos miserables en el camino, pero también con gente honrada que les echó una mano cuando la necesitaban, que les dio comida cuando tuvieron hambre, que les devolvió poco a poco la fe en sí mismos y en los demás. Tuvieron algo de trabajo, compenetración, amor. Complicidad. Y un día se miraron y él dijo: «soy feliz», y ella respondió: «soy feliz». Y no era una de esas frases que repites para creerte un sueño o para convencerte de algo, sino que era de verdad. Esa especie de rayito de sol, de calor que te alegra el alma aunque sea un poco, y aleja el frío, y te hace pensar que después de todo, bueno, aquí vamos a estar sólo un rato pero igual si nos abrazamos fuerte resulta que hasta vale la pena.

Pero la vida se lo cobra todo. Y un día, hace pocas semanas, él tuvo un accidente, y fue al médico, y le contó sus antecedentes, y el médico le preguntó si quería hacerse los análisis del Sida. Y él se acordó de casi todos sus amigos, muertos de eso, enganchados o en el talego. Y se acordó de María y de las chiquillas y del chucho, y dijo que sí, que vale, que venga el análisis de los cojones. Y no fue un análisis sino tres, con resultados confusos o contradictorios. Y vino el miedo. Y la incertidumbre. Y hace unos días él llegó tarde del trabajo, cansado, distinto, y le confió a María que había ido a la iglesia, a la parte vieja de esa ciudad del sur, cerca del lugar donde nació. Y le dijo que había ido a pedir por ellos dos, y por la niña. En realidad -añadió- a pedir por la niña y por ella, porque después de todo él se lo había buscado y ella no.

María es calor, y tibieza, y consuelo. Y él es aire fresco, con unos ojos claros que se parecen al mar, o al cielo, o a ambas cosas a la vez. Y durante estas últimas semanas han vivido con la esperanza puesta en el último pétalo de la margarita deshojada día tras día, sin abandonarse al miedo, o a la desesperación, en atroz espera. Y de ese modo, si alguna vez dudaron de su capacidad de amarse, ya no les queda duda alguna, Y cuando escribo estas líneas el perro está inmóvil enroscado a sus pies, y la chiquilla duerme con ese olor a fiebre y sudor suave de niño que tienen los críos cuando descansan. Y ellos siguen mirándose el uno al otro callados, esperando el papel del laboratorio que les traiga la liberación, o la sentencia.

Pensaré en ellos esta noche, cuando irresponsables y asesinos cargados de alcohol se rompan el alma en las carreteras, malgastando una vida que otros han aprendido, con tanto amor y sufrimiento, a valorar en lo que cuesta. Por esos fiambres anunciados del matasuegras y el dieciséis válvulas no enarcaré ni una ceja. Pero brindaré de corazón por María y por su hombre, por la cría y por el chucho. Por esa vida que ellos sí merecen vivir. Sea cual sea el resultado del análisis. Lo sepan ya o no lo sepan.

En realidad, ¿quién de nosotros lo sabe?

31 de diciembre de 1995

domingo, 24 de diciembre de 1995

Aquella Navidad del 75


Estaba el arriba firmante el otro día en Sevilla, presentando un libro, cuando en mitad del trajín se acercó a la mesa un tipo grande, cincuentón largo, con una portada de ABC vieja de veinte años.

-¿Sabes quiénes son éstos?

Miré la foto. Un Land Rover en el desierto, junto a una alambrada. Soldados con turbantes y cetmes. Un militar fornido, en quien reconocí a mi interlocutor. A su lado, un joven flaco con el pelo muy corto, gafas siroqueras, ropa civil y cámaras fotográficas colgadas al cuello. El titular decía: «Tropas españolas patrullan la frontera del Sahara Occidental». Cuando terminó el acto y fui en busca de mi visitante, éste se había ido. Lamenté no poder darle un abraco. No sé qué graduación tendrá ahora, pero en aquella foto era capitán. Se llamaba Diego Gil Galindo, y durante casi un año compartimos tabaco, arena del desierto y copas en el cabaret de Pepe el Bolígrafo, en El Aaiún, cuando éramos jóvenes y él creía en la bandera y en el honor de las armas, y yo creía en los Reyes Magos y en la virginidad de las madres, Y tal día como hoy, víspera de Navidad, hace exactamente veinte años, a Diego Gil Galindo lo vi llorar.

Ahora, con esto de la Transición, y el Centinela de Occidente dos décadas criando malvas, y la peña en plan nostalgia, voy y caigo en la cuenta de que me perdí todo eso. De la muerte del Invicto me enteré tres días después, cuando el grupo de guerrilleros polisarios a quienes acompañaba atacó un convoy marroquí cerca de Mahbes, y entre los efectos personales de los muertos -también les quité el tabaco, y dátiles- había una radio de pilas. Y luego vine aquí una semana, y me fui a Argel el 3 de enero del 76, y de allí al Líbano, que empezaba entonces. Y cuando entre unas cosas y otras regresé a España, resulta que esto era una monarquía y a la gallina de la bandera le habían retorcido el pescuezo. Quizá por eso siempre me sentí un poco al margen de la película.

En realidad, mi transición personal tuvo lugar en el Sahara aquella víspera de Navidad de 1975, cuando el todavía gobierno Arias Navarro entregó a los saharauis atados de pies y manos a las fuerzas reales marroquíes. Cuando el ejército español abandonó el territorio de puntillas y con la cabeza baja, mientras los soldados indígenas de Territoriales y Nómadas, desarmados y traicionados, vistiendo todavía nuestro uniforme, huían por el desierto hacia Tinduf, para seguir luchando (ese mismo Tinduf al que iría después Felipe González a hacerse fotos polisarias, hasta que fue presidente y le dio el ataque de amnesia).

Esa última noche, víspera de Navidad, cuando el director de mi periódico -Pueblo- cedió a la presión de Presidencia del Gobierno y me ordenó salir del Sahara con las tropas españolas, la pasé en el bar de oficiales de un cuartel desmantelado, mientras los archivos ardían en el patín y los soldados del general Dlími se apoderaban de El Aaiún. Algunos de los militares que me acompañaban ya están muertos. Pero guardo su amistad bronca y generosa, hecha de cielos limpios llenos de estrellas, nomadeando bajo la Cruz del Sur: viento siroco, combates en la frontera, agua de fuego, chicas de cabaret, infiltraciones nocturnas en Marruecos... Sin embargo, lo que en este momento veo son sus ojos tristes aquella última noche, su amargura de soldados vencidos sin pegar un tiro. Atormentados por su palabra de honor incumplida, por sus tropas indígenas engañadas y por aquella inmensa vergüenza de cómplices pasivos que les hacía inclinar la cabeza. Y también recuerdo la concienzuda borrachera en que nos fuimos sumiendo uno tras otro, y mi desilusión al verlos de pronto tan humanos como yo, infelices peones de la política, víctimas de sus sueños rotos. Compréndanlo: yo tenía veintipocos años y ellos habían sido mis héroes.

También me acuerdo de que aquella noche llovió sobre El Aaiún. A veces se oía un tiro aislado hacia Jatarrambia, o los motores de las patrullas marroquíes que llevaban saharauis detenidos. Veo el llanto infantil del teniente coronel López Huerta, la fría y oscura cólera del comandante Labajos, la sombría resignación del capitán Yoyo Sandino. Y recuerdo a Diego Gil Galindo, la enorme espalda contra la pared de la que colgaban trofeos de combates olvidados que ya a nadie importaban, con lágrimas en la cara, mirándome mientras murmuraba: «Qué vergüenza, niño. Qué vergüenza».

Así fue mi última Navidad en el Sahara, hace veinte años. La noche que murieron mis héroes, y me hice adulto.

24 de diciembre de 1995

domingo, 17 de diciembre de 1995

La gola y la espada


Hace poco, por razones profesionales, el arriba firmante anduvo a vueltas con unos cuantos viajes foráneos que dejaron constancia por escrito de sus impresiones sobre España en el siglo XVII. Aparte lo divertido e instructivo que supone vernos hace doscientos y pico años a través de los ojos de los demás, el asunto me deparó un interés añadido: comprobar lo poco que, en materia de pintarla y de presumir, hemos cambiado en este país. Madame d'Aulnoy, Hérauld, James Howell y otros plumíferos guiris, coinciden en admirarse de lo mucho que a nuestros abuelos les gustaba marcar paquete a base de apariencias, el modo en que aquí todo el mundo presumía de hidalgo y de cristiano viejo, y de qué manera, aunque anduviese tieso de reales, hasta el último desgraciado se pavoneaba con aire de marqués. Y además como el trabajo era de villanos, nadie daba ni golpe. «Pasan la mayor parte del tiempo -escribía Jouvin- paseándose en las plazas, vestidos lo mejor que pueden mientras se mueren de hambre en sus casas».

Hay joyas antológicas en esos textos. Y todos los viajeros gabachos, hijos de la Pérfida Albión y otros, coinciden en describir un país hecho polvo por las guerras exteriores, la corrupción interior y el mal gobierno de privados y validos, con los reyes cazando en El Pardo y yendo a misa como si nada fuera con ellos, y el personal, hasta el más andrajoso, paseándose con gola, sombrero y arma al cinto. Muret cuenta que la espada, que en otros países distingue al noble y al caballero, aquí la llevan todos: el cochero en el pescante, el zapatero cosiendo sus zapatos, el boticario en su botica y el barbero cuando afeita. «Ni uno solo de los que entraron -escribe por su parte Richard Wynn- aunque fuese un recadero, iba sin espada» Y Mérauld confirma que «todos llevan una espada colgada con una cuerda, hasta cuando van al trabajo».

En lo demás, tres cuartos de lo mismo. Bartolomé Joly señala que los españoles son capaces de ayunar con tal de comprarse un traje para tirarse el folio y presumir en las fiestas. A Howell le llama la atención que, aunque no tenga un maravedí para comprarse una camisa, cada vecino se empeñe en llevar una golilla en torno al cuello, prenda cuyo almidonado cuesta una fortuna. Como el uso de anteojos se atribuye a gente culta, las calles están llenas de individuos/as que no han leído un libro en su vida pero que, eso sí, llevan un par de anteojos bien sujetos con una cinta sobre la nariz, Y en cuanto al orgullo, nos cuenta Anroine de bruñel, hasta los mendigos exigen que se les niegue la limosna con un «excúseme Vuesa Merced, que no tengo dineros-. Y a todo esto, el país paralizado, los campos sin cultivar, los funcionarios corruptos atrincherados en la Administración, todo el mundo endeudado hasta las cejas, y una envidia insaciable, enfermiza, rayana en el odio africano, respecto a lo que dice, hace, tiene o deja de tener el vecino.

No sé si todo eso les sonará de algo. Pero a medida que el suprascrito iba adentrándose en esos textos, el inicial regocijo daba paso a un vivo malestar. Hay que fastidiarse, me decía entre página y página. Cambias la espada y la gola y los lentes por el Audi o el Bemeuve, y el traje de Armani, y el Hola o el Diez Minutos, y el fin de semana en el chalet, y la barbacoa, y el Rolex, y los anuncios de la tele, y cómo nos entrenamos para millonarios por si nos toca la Once o la Doce, y el profesor de física cuántica, y el decorado de pastel del que todos somos cómplices, y la Expo, y el AVE y el campo de golf y la madre que los parió, y resulta que en estos casi tres siglos han cambiado muchas cosas pero nosotros, los españoles, seguimos siendo los mismos: siempre pendientes de las apariencias y el qué dirán, del aspecto que tendremos pavoneándonos en la Plaza Mayor el día que toca quema de herejes, o en el hipermercado el fin de semana con el Mercedes y el carrito de la compra y el chándal de Valentino y las Ribuk de los cojones. Y de noche, como en las calles de la Corte de la época, tiramos la mierda por la ventana. Y así están las calles y así nos paseamos por ellas henchidos de soberbia, con la gota almidonada y sin camisa que ponernos debajo.

Poco ha cambiado la cosa, en el fondo, desde que aquellos ilustres viajeros nos calaron con tan buen ojo. Y cuando su contemporáneo Francisco de Quevedo escribía: «Toda España está en un tris / y a pique de dar un tras; / ya monta a caballo más / que monta a maravedís», el cojo lúcido, gruñón e inmortal -y ése sí era de aquí- no podía imaginar hasta qué punto nos retrataba para los siguientes tres siglos.

Parece mentira lo iguales que somos a nosotros mismos.

17 de diciembre de 1995

domingo, 10 de diciembre de 1995

Cazadores del mar


Ocurrió hace nueve años. Anochecía frente a la embocadura de la ría de Vigo, y la turbolancha del Servicio de Vigilancia Aduanera aguardaba inmóvil, motores parados, en el agua tranquila y roja. Bebíamos café, esperando, y en el puente el patrón -gorro de lana, rostro tallado de arrugas- fumaba inmóvil junto a la radio. Como nosotros, otras cuatro lanchas aguardaban el comienzo de la cacería. Fuera de las aguas jurisdiccionales españolas, doce planeadoras contrabandistas que acababan de abarloarse a un barco nodriza cargado de tabaco aguardaban la llegada de la noche para meterse en la ría.

Llegó la oscuridad y permanecimos inmóviles, sin luces, en absoluto silencio. De pronto se oyó como un proyectil de cañón que pasa, algo cruzó a nuestro lado igual que una exhalación, el patrón dijo: "Ahí están", y la noche se rasgó de parte a parte con reflectores, motores arrancando a toda potencia, y un súbito griterío en la radio, muy parecido al excitado diálogo de los pilotos durante los combates aéreos, la caza duró dos horas largas, en persecuciones a cincuenta nudos entre las peligrosas bateas mejilloneras y la costa, con los contrabandistas encendiendo bruscamente focos para deslumbrar a las turbolanchas y que éstas se estrellaran en los obstáculos. Aquella noche, el Servicio de Vigilancia Aduanera capturó cuatro planeadoras y tuvo dos hombres heridos. Y yo me enamoré del SVA para toda la vida.

Salí a la mar con ellos muchas veces -también lo hice con los del otro bando, y entonces fui cazado en vez de cazador-, acompañado por magníficos cámaras de televisión; tipos duros que se llamaban Márquez, Valentín, o Josemi, capaces de filmar planeando de noche a toda leche, dando pantocazos sobre las olas con una Betacam al hombro. Compartimos así con los aduaneros del SVA mucho tabaco y muchas noches de buena o mala fortuna, bebimos litros de café y coñacs al saltar a tierra, hicimos amigos para toda la vida, llenándonos de recuerdos, de momentos difíciles o extraordinarios. Una vez, encelados tras una planeadora gibraltareña, nos metimos tanto en la playa de la Atunara que la turbina se tragó una piedra del fondo. Y en otra ocasión, cuando mi compadre Javier C, el mejor piloto de helicóptero del mundo, nos llevó de noche a un metro sobre el agua tras una lancha cargada de hachís -a la que rompió con el patín la antena de radio para incomunicarla del Peñón-, el aguaje de la planeadora entraba por las puertas abiertas del helicóptero, empapándonos, hasta que tocamos una ola y casi nos fuimos todos al carajo.

El caso es que aprendí a respetar a esos hombres viéndolos trabajar; compartiendo sus peligrosas cacerías, sus éxitos y sus fracasos. Y ahora abro un periódico y me entero de que una ley a punto de aprobarse pone en manos de la Guardia Civil las competencias operativas de la lucha contra el contrabando. Eso significa, si he leído bien el texto, que la gente del SVA, esos hombres callados, profesionales y eficaces, perderán toda iniciativa y quedarán como simples funcionarios bajo la supervisión de Picolandia. Lo que me entristece. No cabe duda -entendámonos- de que los cigüeños de las Heineken harán bien su trabajo. Es gente concienzuda y dominará ese registro cada vez mejor, a medida que sus dotaciones se fogueen con horas de mar y la experiencia de años que poseen los hombres del SVA. Sobre el papel se trata de una unificación y coordinación, y eso siempre es bueno. Pero conociendo el percal, o sea, los piques y las competencias de los consabidos cuerpos y fuerzas, mucho me temo que lo que de veras implica la ley es el desmantelamiento de un Servicio de Vigilancia Aduanera al que debemos -al César lo que es del César- los más brillantes servicios en el acoso de los narcotraficantes y contrabandistas. Un cuerpo de élite que ya quisieran para sí muchas administraciones. Y la nuestra, en vez de sacarle partido en lo que vale, va y me lo capa.

Porque ya me contarán. En eso de apuntarse a los servicios más difíciles y brillantes, los picoletos no se casan con nadie, y es lógico. Así que mucho me temo que, colocándolo bajo la supervisión de la Benemérita, al SVA van a darle sentencia de cruz. Un pago ingrato y miserable para gente que se ha jugado el pellejo por hacer su trabajo a conciencia, con humildad y eficacia, y cuyos impresionantes servicios prestados permitieron a más de un juez hacerse famoso en los telediarios. Pero no sé de qué me extraño, a estas alturas. El nuestro es el país de los buenos vasallos siempre fieles, siempre traicionados, que nunca encuentran buen señor.

10 de diciembre de 1995

domingo, 3 de diciembre de 1995

Niños de quita y pon


España. Programa de una cadena de televisión. Hora de máxima audiencia. Presentadora de esas que se conmueven y viven como propio el dolor y los sentimientos ajenos. Silencios significativos y miradas llenas de humanidad convenientemente captadas por las cámaras número uno y número dos. Acongojado público en los graderíos. Y bajo los focos del estudio, una niña colombiana, de siete años, adoptada (por un año) por una familia española. Una niña procedente de una zona pobre, asolada por la narcoguerrilla y la miseria.

-¿Qué es lo que más echas de menos, bonita?

-A mi mamá y a mi hermana.

Acto seguido, la presentadora va y se congratula de que la niña, a pesar de echar de menos a su madre y a su hermana, pase un año viviendo como los rostros pálidos. Luego interroga a los padres adoptivos sobre lo que ocurrirá pasado ese plazo. La madre adoptiva responde que cada mochuelo a su olivo, y que la niña regresará a su casa, en Colombia, pero sabiendo ya lo que significa vivir en paz. Para que la niña sepa todavía mucho mejor lo que es vivir en paz y prosperidad y no en un país de indios de mierda, la presentadora anuncia una sorpresa maravillosa, y acto seguido se adelanta la Navidad, y caen copitos de nieve, y aparece Papá Noel cargado de regalos para la pequeña aborigen, y un grupo típico toca una cumbia sabrosona. Y todo es tan entrañable y tan emotivo que la niña rompe a llorar, y lloran los padres adoptivos temporeros, y llora el público, y llora, faltaría más, la presentadora in person. Porque aunque el mundo es una porquería, todavía queda gente maravillosa, dispuesta, antes de la publicidad, a hacer feliz por un rato a una niña de siete años. Así que, limpiándose las lágrimas, la presentadora se vuelve a la cámara número uno y dice: «Ahora esta niña volverá a su país y enseñará a los demás lo que es vivir en paz». Con dos cojones. Y luego todos lloran un poco más, entra el anuncio de un coche que vale ocho millones y medio de pesetas y el arriba firmante -no sé ustedes- se toma a toda prisa un zumo de limón para no vomitar.

El mundo es cruel. Éste es un siglo cruel. La televisión es cruel. Pero hay crueldades estúpidas, gratuitas. Crueldades causadas no por la maldad, sino por la estupidez y por la demagogia. Y siempre hace más daño un estúpido o un demagogo que un malvado. AI malo, según los sitios y los usos sociales, se le vuelan los huevos y santas pascuas, o se le reinserta, o se le compra. Pero al estúpido y al demagogo no hay manera de quitárselos de encima: te salen hasta en la sopa, te chulean el tabaco, le dan la paliza y te gangrenan la vida con su buena voluntad y su torpeza, y encima no puedes darles, por su propia ambigüedad, el sartenazo definitivo que los borre del mapa. Por eso el arriba firmante está, y ustedes disculpen, hasta arriba de los cantamañanas que tienen más peligro con su buena voluntad que un majara con un Kalashnikov y doscientos cartuchos en el bolsillo. Y en esa categoría de sopladores de vidrio incluyo, con perdón, a los hombres y mujeres llenos de buena voluntad que jalean lo de traerse a niños saharauis, bosnios, colombianos, bantúes, lapones o lo que sean, para tenerlos una temporada a cuerpo de rey en un contexto familiar y social que no es el suyo, y luego, hala, catapultarlos otra vez a la sangre y a la miseria, llenos de frustración y añoranza, cuando ya saben perfectamente lo que se están perdiendo por tercermundistas y por gilipollas. Como si el vivir en la guerra y la pobreza fuera algo que hubieran escogido o estuviera en su humilde mano cambiar.

Aunque, bien mirado, tal vez sí esté en su mano. A fin de cuentas, esos niños a los que traemos para hacer la buena acción de la semana, y los paseamos por la tele como las marquesas de Serafín paseaban a sus pobres, aprenden aquí hasta qué punto lo material reemplaza valores, sentimientos y cultura. Y de ese modo regresan a su tierra conscientes de la injusticia y de la gran mentira que arbolamos por bandera. Hechos unos auténticos desgraciados, porque su bosque de la Amazonia, su desierto, la calle donde juegan en el suburbio de Medellín, nunca volverán a ser los mismos. Y yo prefiero creer que, gracias a esa dolorosa lucidez, algunos de esos niños llegarán a envidiarnos tanto, o a odiamos tanto, que de mayores cogerán la escopeta y la goma-2 dispuestos a no resignarse al bonito recuerdo de Papá Noel y los copos de nieve. Decididos a pegarle niego a su maldito mundo y a este otro, el de los benefactores que los sacaban en la tele. Y a poner a la presentadora lacrimógena mirando para Triana. Los pobres suelen ser gente poco agradecida.

3 de diciembre de 1995

domingo, 26 de noviembre de 1995

El Semanal


Los amigos y compañeros de El Semanal tienen el detalle de darme cuartel, haciéndose eco de la aparición de mi nuevo tocho sevillano. Ya pueden imaginar ustedes que, con el millón y medio de ejemplares que tira esta revista cada semana, eso me viene de perlas. De modo que he decidido corresponder en la medida de mis posibilidades, tirándoles unas cuantas flores. Porque, como decía mi abuelo -que sabía de estas cosas-, quien no es agradecido es un mal nacido. Y a uno le gusta pagar sus deudas al contado. Quien paga sus deudas es libre, y así todos estamos en paz.

Durante veintiún años fui reportero, y el ejercicio de mi profesión me llevó a conocer periódicos de todos los colores y talantes. Desde La Verdad, donde mi maestro Pepe Monerri me enseñó a perderle el respeto a los poderosos -«Ellos son quienes tienen que temernos a nosotros», decía el veterano zorro-, hasta aquel Pueblo donde en doce años pasé de pipiolo total a vieja puta del oficio, gracias al ejemplo de una pandilla de golfos y de bullangas sin escrúpulos que eran -y algunos continúan siéndolo, como Raúl del Pozo, Tico Medina y algún otro- los mejores periodistas del mundo. Después hubo nueve años de televisión y radio estatales, y entre unas y otras épocas traté con empresas y directores/as de todo tipo y pelaje: cobardes y valientes, abyectos y magníficos, corazones de oro y ratas de alcantarilla. Y lo cierto es que de todos ellos, de una u otra forma y sin ninguna excepción, hube de soportar en algún momento reservas, presiones o intentos de orientar mi trabajo. Eso nada tiene de extraño, pues este oficio incluye, entre otras cosas, ese tipo de situaciones por activa o pasiva, y el periodista que se proclame virgen es un cínico o es un imbécil. Con eso quiero decir que ni se me pasa por la cabeza que El Semanal esté hecho por hermanitas de la Caridad. Pero hay un par de cosas que son verdad y que puedo afirmar hoy sin el menor reparo.

Haciendo cuentas, llevo ciento veintitrés semanas dando aquí la barrila, desde el día en que me dijeron: «Dos folios, tú mismo y a tu aire». Al oír aquello pensé que iba a durar menos en esta página que el buen nombre de una institución del Estado en manos del presidente González. Pero me equivocaba, y me alegro. En estos dos años y medio me he venido despachando a gusto, y -como dice por estas fechas mi compadre Sancho Gracia en el Teatro Español de Madrid- ni reconocí sagrado, ni en distinguir me he parado al clérigo del seglar. Por eso, mis ajustes de cuentas semanales pueden calificarse de cualquier cosa menos de cómodos para quien los alberga, entre otras cosas porque, al no responder a un plan o una idea determinada, y salir según el talante o la mala leche de que el arriba firmante disponga en el momento de darle a la tecla, son tan viscerales e imprevisibles como los actos de un mono hasta arriba de jumilla y con una navaja de afeitar. Pues oigan. Ni una sola vez -ni una- en estos dos años y medio alguien de El Semanal me ha dicho ojos negros tienes, córtate un poco, o te has pasado varios pueblos. Ni siquiera cuando llegan cartas indignadas mentándome a la madre, o mis artículos -nunca me lo dicen, pero yo lo sé porque cada vez me lo cuentan los pajaritos- ponen en peligro importantes campañas de publicidad de las que dejan mucha pasta, me dirigen reproches ni dicen ay.

Ésa es la cuestión. Escribo con tan absoluta libertad que a veces me asombro de que me dejen. Disparo contra todo lo que se mueve, no paro de comerme el tarro a ver si doy con algo que los mosquee conmigo y por fin me echan, y ni por ésas. Y cuando nos vamos a comer algunas veces por ahí y anuncio, para fastidiar: «Pues la semana que viene va de tal o cual cosa», Juan Fernando Dorrego se bebe tres orujos seguidos sin respirar y luego, como un samurai silencioso, agarra el cuchillo del postre e intenta abrirse las venas en silencio, sobre el mantel, pero no dice esta boca es mía. Y eso tiene mucho mérito. Y me gusta.

Hacer una revista semanal que concilie a un millón y medio de compradores de una veintena de periódicos distintos, en este país donde no hay tres fulanos que pidan el café de la misma forma, es una tarea sabia, diplomática, casi florentina. Y algo tendrá el agua cuando ustedes la bendicen. Por eso sigo la evolución de este entrañable chisme con curiosidad, y me encanta estar aquí adentro. A eso añádanle una redacción joven, profesional y eficaz, algunos buenos amigos, y una empresa seria que paga religiosamente a fin de mes. Además, reseñan mis novelas. Ya me dirán ustedes que más se puede pedir, en este oficio y en estos tiempos.

26 de noviembre de 1995