domingo, 30 de mayo de 1999

Corsarios uruguayos


Oído al parche los hermanos de la costa que, como el arriba firmante, han viajado en la Hispaniola a la isla de los piratas, arponeado ballenas a bordo del Pequod o combatido penol a penol en la Surprise, entre cañoneos y astillazos, junto al amigo Jack Aubrey y el doctor Maturin. Esto es un aviso exclusivo para navegantes, o para quienes consideran que abrir las tapas de un libro es franquear una puerta hacia la vida y la aventura; así que quienes no conozcan los signos masónicos pertinentes, pueden pasar la página y dejarnos tranquilos entre colegas, con los esqueletos en el cofre del muerto y nuestra botella de ron.

Una advertencia: no suelo utilizar los domingos para recomendar libros más que de uvas a peras, y cuando lo hago especifico que le estoy rindiendo homenaje a un amiguete y que me ciega la pasión, de modo que mi juicio puede ser cualquier cosa menos objetivo. Esta vez, sin embargo, voy a hablarles de una novela escrita por alguien a quien no conozco, y cuya publicación en España constituye para mí una excelente noticia y un acto de justicia. El título es La cacería. Y su autor, un uruguayo de sesenta y seis años llamado Alejandro Paternain.

Cayó en mis manos por casualidad, en 1996. Yo estaba en Montevideo, buscando el hotel desde donde el espía británico ve al Graf Spee hacerse a la mar en La batalla del Río de la Plata, cuando la casualidad puso en mis manos La cacería. La novela y el autor me eran desconocidos, pues Paternain nunca había sido publicado en España; pero el asunto me fascinó desde el principio: primer tercio del siglo XIX, corsarios, una persecución clásica en el mar. Aventura, historia, navegación, se daban feliz cita en aquellas páginas, que además estaban extraordinariamente bien escritas. Así que localicé al autor —supe entonces que era profesor de Literatura y que tenía otras tres novelas—, hablé con él por teléfono y le dije olé sus huevos, abuelo. Ya no se escriben novelas como ésa, y me habría gustado firmarla a mí. Luego compré cinco o seis ejemplares, se los regalé a los amigos, y me desentendí del asunto.

Uno de aquellos ejemplares cayó en buenas manos, y Amaya Elezcano, que es mi editora y mi amiga, se empeñó en publicarla. La cacería acaba de salir, por tanto, y anda por las librerías con una goleta preciosa pintada al óleo por Carlos Puerta en la tapa, navegando a todo trapo entre cañonazos, ante un cielo y un mar azules. Dentro hay —se lo juro a ustedes por la bala que le saca Matthew Modine a Geena Davis en La isla de las cabezas cortadas— una novela singular, bellísima, insólita en la literatura actual en lengua española. Relata las peripecias y combates de una goleta corsaria artiguista entre 1819 y 1821, durante la campaña naval que abarca el período de las invasiones portuguesas. A bordo de embarcaciones ligeras y audaces como ésa, marinos norteamericanos y de otras nacionalidades pelearon bajo el pabellón tricolor por la independencia de Uruguay, constituyendo la primera marina de guerra de ese país. No es casual, por tanto, que el día 15 de noviembre se celebre el nacimiento de la armada nacional uruguaya: en esa misma fecha, año de 1817, Artigas, jefe de los orientales, firmó la patente oficial de presas para John Murphy, capitán de La Fortuna.

Como verán —y vivirán— en La cacería, el escenario de esa dura campaña naval contra los portugueses no se redujo a las aguas cercanas. Se extendió por mares y océanos hasta el Mediterráneo, con atrevidas singladuras y combates en que uno y otro bando tuvieron variada suerte. Y esta novela cuenta uno de esos dramáticos episodios: una persecución prolongada, implacable, bajo la forma de un apasionante duelo en el mar entre el capitán Brito, al mando del brick portugués Espíritu Santo y la goleta corsaria Intrépida, mandada por el capitán Blackbourne.

Sigo sin conocer personalmente a Alejandro Paternain, que ya más cerca de los setenta que de los sesenta es un clásico vivo. Pero quiero agradecerle con estas líneas algo más que permitirme disfrutar una hermosa novela sobre el mar. Su gran logro es trasladar al lector a la cubierta de esas embarcaciones, con todo el trapo arriba, el viento en la jarcia, y en la boca el sabor de la sal y el aroma del peligro. Digna de figurar junto a los mejores relatos navales de Patrick O'Brian, C. S. Forester y Alexander Kent, La cacería es una epopeya ruda e inolvidable. Nos devuelve al tiempo en que una raza especial de hombres aún surcaba los mares en busca de gloria o de fortuna.

30 de mayo de 1999

domingo, 23 de mayo de 1999

Leo y el Teniente Castillo


Leo me ha dado un disgusto. Leo es tranquilo, de modales impecables. Las clientas maduras y las que no lo son tanto suelen mirarlo de reojo, y le sonríen al dejar propina. Leo vino la otra noche a traerme una Bols con hielo y un poco de tónica, y luego se demoró un poco junto a mí, bajo la cúpula del bar de mi hotel de Buenos Aires. Siempre charlamos un poco: le regalo libros y él se niega a cobrarme el último café. Tal vez la próxima vez que usted venga yo no siga aquí, dijo. Después se encogió de hombros. Quizá intente otra cosa, añadió. Otro trabajo. No quiero ser camarero toda la vida. Respondí que nada tiene de malo ser camarero cuando eres un buen camarero. Sonrió. A mi edad todavía puedo intentar algo mejor y equivocarme, dijo. Nunca le había preguntado su edad, y esta vez lo hice. Veinticuatro años. Le deseé buena suerte, tripliqué la propina habitual y le di la mano. El bar no será el mismo, dije.

Bares y camareros. Resulta curioso, pensaba al despedirme de Leo, hasta qué punto uno asocia los unos con los otros, al extremo de que nada es lo mismo cuando faltan. En la vida nómada que llevé durante años, cuando los bares se convertían en refugio, oficina y vivienda, eran los camareros quienes terminaban decidiéndome a adoptar éste o aquel. O quizás eran ellos, los camareros, quienes decidían adoptarme a mí. No conocí nunca a un camarero profesional que no estableciera sutiles lazos y barreras con unos clientes y otros, o que no practicase un silencioso juego crítico con la fauna variopinta que desfila al otro lado de la barra; sacando conclusiones que sólo se confían, a veces, a unos pocos iniciados tras larga y rigurosa selección. A veces, con una simple palabra dicha en voz baja, con la imperturbabilidad de un croupier flemático.

De cualquier modo, ni los lugares ni los recuerdos serian los mismos sin ellos. Sin Mustafá, el bar del Holiday Inn de Sarajevo sólo habría sido un bar más de una ciudad en guerra más; y dudo encontrar nunca a otro capaz de quitarle el polvo a una botella, después de que una bomba estalle encima del hotel llenándolo todo de tierra y escombros, para servir una copa con la misma elegancia y sangre fría que él. Sin Silvia, mi bar favorito de contrabandistas de Gibraltar sería más aburrido que un chiste de leperos contado por Abel Matutes. Sin Pepe Bárcena, el camarero poeta contagiado del virus de la literatura, el Café Gijón seria infinitamente menos literario de lo que todavía es. Sin Claudio, el tiro que pegó Pancho Villa en el techo de la cantina de la Ópera el día que entró a caballo y borracho, pasaría inadvertido para quien entra a beber un tequila en el corazón de Méjico D.F. Incluso bares o cafés que ya no existen, como el Fuyma de Callao o el Mastia de Cartagena, quedaron en mi memoria vinculados a camareros como Antonio, alto, bigotudo, solemne con su chaqueta blanca y su pajarita, que convertía el acto de servir un café en algo trascendente por lo que valía la pena pagar, y disfrutarlo. En Beirut, en Luanda, en Sevilla, siempre deseé tenerlos de mi parte. Quería leer en sus ojos su aprobación, y escuchar sus confidencias. Intuía que tras su calma profesional, tras su mirada atenta a los deseos y caprichos de los clientes, latía a veces una especial lucidez; un conocimiento profundo de los hombres y de la vida. Recuerdo al teniente Castillo —no era su nombre auténtico, por supuesto, sino un apodo que yo le puse—, camarero de cierto club náutico mediterráneo, que albergaba un profundo rencor social hacia sus clientes: un odio republicano, profundo, brutal, absolutamente revolucionario, que sólo dejaba traslucir en nuestras conversaciones en voz baja, acodados en la barra. Para el teniente Castillo, el lugar natural donde había que conducir a todos aquellos propietarios de yates y a todas aquellas damas del pijerío local, era el paredón del cementerio, al amanecer, ante los faros de un camión y con un piquete de buenos máuser apuntando. Luego lo veía servir un coñac, una cocacola, y mirar a sus clientes en silencio, con ojos de venganza; como si estuviera contando para sus adentros el tiempo que le quedaba a cada uno. Disfruta, mala zorra —debía de pensar— que te quedan tres días. Un día desapareció, y supongo que lo echaron, porque la verdad es que al final se le notaba mucho. Lo imagino en alguna parte, con su pitillo humeante en la boca, afilando un machete en una piedra mientras cuenta impaciente los días del calendario. Espero que, llegado el momento, todavía me reconozca.

23 de mayo de 1999

domingo, 16 de mayo de 1999

La viejecita de San Telmo


Cuando estoy en Buenos Aires me gusta pasar alguna mañana en el rastro de San Telmo, entre los tenderetes de objetos viejos y las tiendas de anticuarios. Siempre hay músicos que milonguean entre corros de gente, y una señora que pasea con boa y sombrero, vestida como aquellas Margot a las que, según cantaba mi padre al afeitarse, uno solía encontrar de madrugada, solas y marchitas, saliendo de un cabaret. En una de las bocacalles que dan a la plaza suele apostarse un anciano de pelo teñido, que se viste como Carlos Gardel, pone una cinta con La cumparsita y la canta con voz cascada, seca, que en otro tiempo debió de ser grave y sonora, imitando el gesto chulesco, bacán, de aquellos guapos de Boca y Palermo con cuchillo en la sisa del chaleco, cuyas andanzas nos cuentan Borges y Bioy Casares. El abuelete canta mirando lejos, muy digno, ensimismado en otros tiempos en que era joven y gallardo, y tal vez arrancaba con sus canciones suspiros de hermosas mujeres. Siempre me acerco a dejarle unos pesos; y él, sin dejar de cantar, impasible el rostro, se toca el ala del sombrero. Cada vez pienso que no estará allí la siguiente, pero siempre vuelvo a encontrarlo, año tras año. El fantasma de Carlos Gardel, me digo. O tal vez un tiardel que hubiera sobrevivido a la calda de aquel avión y ahora vagase por Buenos Aires de incógnito, sombra de sí mismo.

Me gusta mucho la plaza de San Telmo, con sus bares y sus restaurantes en los balcones de los pisos, y las tiendas donde se amontona el barroco recuerdo de un pasado opulento. El paseo por allí resulta muy agradable, si uno consigue olvidar los rebaños de gringos rubios, ruidosos, que mascan chicle, graznan en anglosajón y deambulan en torpes grupos haciéndose fotos sin saber en dónde están y maldito lo que les importa. A veces compro libros viejos, o curioseo entre los tenderetes revisando mazos de antiguas postales, fotos de Perón, llamadores de bronce, mohosas Kodak de los años veinte, destrozados juguetes de hojalata, muñecas de pelo natural. En sitios así, cuando tiendes la oreja y miras del modo adecuado, y afinas las yemas de los dedos al acariciar los antiguos objetos, puedes captar el rumor del tiempo transcurrido. Entonces cada calle, cada rostro, cada rincón, cobran sentido. Y uno conoce, y comprende. Y ama.

Después del ritual de costumbre, fui a sentarme en uno de los bares de la plaza. Y estando allí se acercó una señora mayor: iba moviéndose de mesa en mesa con extrema cortesía y una sonrisa educadísima. Cuando llegó a mí comprobé que vendía un humilde libro escrito por ella. Miré el título: Aires de tango. Un guiri estúpido que ocupaba la mesa de al lado lo había rechazado con malos modos, así que eso me hizo exagerar el interés, e incluso intenté volcarle con el codo la cerveza al guiri cuando me incliné hacia la señora, sin conseguirlo. Se llamaba Rosa Ruiz de Dugour, me dijo. Era profesora de música, viuda, tenía ochenta y tantos años y vendía aquel librito para ganarse unos pesos. La sonrisa pareció rejuvenecería cuando me contó que en su juventud había formado pareja artística con el marido: la Orquesta Típica Dugour. Aires de tango era un homenaje a los tangos que cantaron juntos. Había letras suyas y de su difunto esposo en el librito, me contó mientras yo lo hojeaba. Ya no existe aquel farol alumbrando a querosén... leí en el mal papel. El precio eran ocho pesos: mil pesetas, más o menos. Le di un billete de diez. La señora tenía unos ojos inteligentes y dulces, y de pronto pensé que debía haber sido muy guapa y que todavía lo era. «¿Dónde va a ir el libro?», preguntó, sacando una libretita y un lápiz. Luego me dijo que siempre apuntaba el lugar a donde iban sus compradores extranjeros. La hacía feliz, añadió, saber que sus modestos libritos iban a conocer mundo. Apenas dudé. «A San Petersburgo», dije improvisando. «Primero a Madrid, y luego a San Petersburgo». Abrió mucho los ojos y le temblaba la mano, emocionada, cuando lo anotó en su libretita: «San Petersburgo —repitió, evocadora—... ¡Otra vez se llama así!».

Después se alejó entre la gente, con su bolso lleno de libros apretado contra el pecho, y yo me quedé con mi ejemplar dedicado entre las manos. Al lado, el gringo de la cerveza seguía mirando la calle con la mirada inteligente de un buey paciendo en Arkansas. Intenté tirarle otra vez con el codo la cerveza, disimuladamente, pero fallé por segunda vez, y me miró un poco mosqueado. Se le veía incómodo entre tanta cosa vieja. Sin duda echaba de menos un televisor y una hamburguesa.

16 de mayo de 1999

domingo, 9 de mayo de 1999

La peineta de Maimónides


Pues no. Lo siento, pero no trago. Cuando tiene usted, caballero, la osadía de hablar de la cultura española como "el castellano aderezado con unas gotas de gracejo andaluz" e insinúa que el resto ha funcionado cada cual por su cuenta, me temo que olvida o ignora demasiado. Aquí, tiene usted razón, se ha hablado y se ha escrito además, efectivamente, en gallego, en vasco y en catalán. Pero pongo en su conocimiento —sorpresa, sorpresa— que también, y a veces mucho más, en antiguo aragonés, en leonés y en asturiano. Y también en hebreo, y en griego, y en latín, y en árabe. Así que cuando algunos hablamos de Cultura con mayúscula, y de España como lugar donde se manifestó esa cultura, nos referimos a eso. Verbigracia: que aparte y además de las muy respetables lenguas autonómicas, en hebreo escribieron, por ejemplo, el filósofo Maimónides y el poeta medieval Ben Gabirol. Y en árabe se expresaron otros españoles llamados Averroes, o Avempace. Y aquí se escribió en latín hasta el siglo pasado; lengua en la que trabajaron Ramón Llull, que era mallorquín, y san Isidoro, que era de Cartagena, y Luis Vives, que era valenciano. Y el Zohar, que es el más importante tratado de cábala hebraica, lo escribió, cosas de la vida, un rabino de León.

Hay más. La primera versión de la historia de Tristán, por ejemplo, y las novelas del ciclo artúrico medieval, fueron vertidas al castellano a través de traducciones al leonés. Y en Aragón, a Juan Fernández de Heredia, que fue maestre del Hospital —hoy orden de Malta—, se le adeuda la primera traducción a una lengua occidental, latín incluido, de Tucídides y Plutarco. Y permítame recordarle que la introducción de la poesía renacentista y el metro italiano en España se debe a dos amigos íntimos, toledano el uno y barcelonés el otro, llamados Garcilaso de la Vega y Juan Boscán. Y que muchos autores españoles fueron y siguen siendo bilingües, empezando por Alfonso X el Sabio, que escribió su prosa en castellano y su poesía en gallego. Y que en la Cancillería aragonesa se parló aragonés y catalán hasta que en el siglo XV el aragonés se fue castellanizando. Y, ya que hablamos de esto, permítame decirle que el leonés y el aragonés, aunque dejaron de utilizarse a partir de esa época salvo en algunas manifestaciones de poesía dialectal, tuvieron un enorme peso cultural en la Edad Media. Más, por ejemplo, que el vasco, o vascuence, que no produjo manifestaciones literarias de importancia —corríjame si me equivoco— hasta muy entrado el siglo XVI.

Así que haga el favor de no tocarme los cojones con la peineta andaluza y con el victimismo cultural periférico excluido y excluyente. El hecho de que todo eso haya sido escrito en lenguas que no son el castellano no quita un ápice a que se produjera en un contexto cultural español, donde nunca hubo cámaras estancas, sino interacción e influencias mutuas muy importantes y enriquecedoras. Aquí no hay —como usted parece afirmar confundiendo lengua, cultura y política— culturas independientes, sino imbricadas en un espacio al que llamamos, porque de algún modo hay que llamarlo y así lo hacían ya los romanos, España. Y eso lo entiendo en el sentido noble del término: la plaza pública, el ágora que es la única y generosa patria. Un lugar amplio, mestizo, donde se mezclan sangres y no se excluye a nadie, y donde todos son bien recibidos. Y donde Esteban de Garibai y Pedro de Axular, aunque no lo escribieran todo en castellano, son tan españoles, culturalmente hablando como Unamuno o Baroja son —y lo son del todo— vascos hasta la médula.

En toda esa variedad de manifestaciones, todas muy respetables aunque unas más decisivas cualitativa o cuantitativamente que otras —en materia cultural no siempre es posible aplicar cuotas ni baremos políticamente correctos—, el azar y la Historia decidieron que hubiese una lengua común, una calle por donde todo el mundo, hable lo que hable y sienta lo que sienta, pueda transitar a la vez, y entenderse, y comunicarse. Y esa lengua pudo tal vez ser el batúa o el tarteso, pero resultó ser el castellano. Que por cierto es una lengua muy hermosa y práctica, feliz mestizaje de todas las otras, que ahora hablan cientos de millones de seres humanos, y de la que han nacido varias claves de la cultura universal, libertades incluidas. Lo avala el hecho de que aquel cura fanático y vasco, citado no recuerdo si por Unamuno o Baroja, predicara en el sermón: «No habléis castellano, que es la lengua del demonio y de los liberales».

9 de mayo de 1999

domingo, 2 de mayo de 1999

Los padres de la patria


Pues eso. Que en un libro recientemente aparecido, Manda Huevos, alguien ha tenido la escalofriante idea de reunir las frases notorias de esa chusma infame que en España responde al nombre colectivo de clase política. El libro, construido a base de anécdotas y personajes, empieza a leerse con un gesto divertido y una sonrisa en los labios, pero luego la sonrisa se transforma en mueca de angustia. Cielo santo, se dice uno. En manos de quiénes estamos.

Hay ingenio, por supuesto. En este país la mala leche no siempre va pareja con la estupidez, y algunas citas de Alfonso Guerra son ya espléndidamente históricas, como aquellas definiciones de Adolfo Suárez —«tahúr del Missisipi con chaleco floreado»— o de Margaret Thatcher —«en vez de desodorante se echa Tres en Uno»—. Sin embargo, no es precisamente el ingenio lo que abunda. Lo que salta a la cara es una desabrida colección de ordinarieces y de ignorancia extrema. Una radiografía estremecedora de los incultos demagogos que mangonean este desgraciado lugar llamado España: mulas de varas, navajeros de taberna, guarros de bellota que no sólo no se avergüenzan de su pobreza intelectual y su manifiesta incapacidad de articular sujeto, verbo y predicado, sino que encima nos regalan finezas ideológicas como la atribuida al ex presidente cántabro Juan Hormaechea: «Me encantan los animales, y si son hembras y con dos patas, mejor». O lo de un tal Armando Querol, a quien no tengo el gusto: «A los socialistas les vamos a cortar las orejas y el rabo para que dejen de joder».

Dirán mi madre, y el obispo de mi diócesis, y mi primo el notario de Pamplona, que a buenas horas me pongo estrecho y finolis en esta página. Así que antes de que mi progenitora me tire de las orejas, y el obispo diga vade retro, y el notario escriba indignadas cartas para que me quiten de El Semanal y me echen a la puta calle, me adelantaré apuntando que yo no pido que me vote nadie, ni vivo del morro, ni de un partido; y voy por la vida de francotirador cabroncete, no de padre de la patria. Así que me reservo el derecho a escribir como me salga de los cojones. Derecho del que, sin embargo, carece toda esa tropa que bebe Vega Sicilia a costa del contribuyente. Toda esa pandilla a menudo analfabeta, que hasta cuando paga la cuenta del restaurante con la Visa oro firma con faltas de ortografía. Impresentables que sólo podrían hacer carrera política en un país como éste; tiñalpas capaces de hacer que cualquier ciudadano normal se ruborice cuando se ponen de pie ante su escaño asegurando representar a alguien, prueban el micro diciendo: «¿me se oye, me se escucha?», y a continuación balbucean torpes discursos sin el menor conocimiento de la sintaxis, sin la menor preparación cultural, con una ignorancia flagrante de la Historia, y la memoria, y la realidad del país en el que trampean y medran. Discursos de los que brilla por su ausencia el más elemental vislumbre de talla política, y que suelen consistir en la sistemática descalificación del contrario, bajo el principio del tú eres aún más golfo que yo. Ni siquiera esos tontos del culo saben insultar como Dios manda, o al menos como insultaban los parlamentarios decimonónicos y del primer tercio de este siglo; que siendo muchos igual de golfos y zoquetes, procuraban aparentar argumentos y estilo para no hacer el ridículo. Pero ahora el personal se lo traga todo, y da igual, y los diarios no titulan con ideas, ni las exigen, pues nadie las tiene, sino con la última gilipollez o la última calumnia. En vez de programas y soluciones, la clase política se pasa las noches rumiando el insulto o la supuesta agudeza que va a soltar al día siguiente. Y así, de ser un simple argumento o refuerzo táctico, el insulto ha pasado a convertirse en argumento central; y único, de todo discurso político. Porque en este país —o como queramos llamar a esta piltrafa de sitio—, los programas de gobierno y los argumentos políticos hace tiempo que fueron sustituidos por reyertas tabernarias y peleas de gañanes, donde se hace difícil sentir simpatía por uno o por otro, pues casi todos se mueven en idéntico nivel de bajeza y de bazofia.

Y no se trata ya de que aprendan Historia, o Retórica, o modales. A buena parte de ellos habría que empezar por enseñarles a leer y a escribir. Y a deletrear. Por ejemplo, la Uve con la e y con la r: Ver. Que es la primera sílaba, damas y caballeros, señorías, de la palabra ver–güen-za.

2 de mayo de 1999

domingo, 25 de abril de 1999

El gramola


He tardado casi cuarenta años en desvelar el enigma, pero al fin lo conseguí. Ocurrió el otro día, cuando amarré en Cartagena con lebeche suave y buena mar, y me fui con Paco el Piloto a beber unas cañas para hablar de barcos, y de la vida. Y estando sentados frente al puerto, en la terraza del bar Valencia, empezamos a charlar de los viejos tiempos, y de cuando yo era un crío que curioseaba entre los barcos amarrados y los tinglados y grúas de los muelles. Y salieron personajes de entonces, resaca de la vida que cualquier puerto hacía numerosa en aquellos tiempos. Tipos pintorescos, graciosos, singulares, que permanecen anclados en mi infancia. Unos porque los conocí, y otros porque oí hablar de ellos. Muchos eran infelices, pobre gente objeto de las burlas de las tertulias y los bares del puerto y la calle Mayor. Se llamaban Popeye, Antoñico, el Curiana, o aquellos legendarios Pichi, el Negro del Muelle, el Jaqueta —que toreaba a los automóviles con periódicos y saludaba luego a un tendido imaginario—, y don Ginés, que durante la guerra mundial se había creído Hitler, y pasó el resto de su vida escuchando a los guasones locales preguntarle, muy serios, qué tal iban las cosas por el Tercer Reich. También estaba aquel cochero de la funeraria al que los chiquillos le decían, en choteo: «¿Nos das una vuelta?», y él contestaba: «Cuando se muera tu madre la voy a llevar por todos los baches».

El Piloto los había conocido a todos, y yo recordaba a la mayor parte. Incluido el Ratón, que pescaba gatos con un anzuelo y una sardina y luego se los guisaba con arroz. Eran otros tiempos: finales de los años cincuenta, y los niños mirábamos a tales personajes con una mezcla de temor y admiración. Éramos crueles como puede serlo la naturaleza de un crío acicateada por la maldad o la falta de caridad de los adultos. Algunos eran objeto de nuestras burlas; y ahora no puedo evitar, al recordarlo, una incómoda sensación. Supongo que el nombre es remordimiento. Y ese remordimiento es hoy más intenso por el recuerdo del Gramola.

Federico Trillo, que ahora manda huevos, o mis amigos Elías Madrid Corredera y Miguel Cebrián Pazos lo recordarán bien, pues nos lo encontrábamos vendiendo lotería a la salida de los Maristas. El Gramola lucía despareja dentadura y gafas muy gruesas. Tenía muy poca vista, y se veía obligado a acercarse mucho los décimos a los ojos para verles el número. Su voz cascada, chirriante, sonaba por las esquinas anunciando el siguiente sorteo. Los graciosos de los bares —un cartagenero sentado a la puerta de un bar muerde hasta con la boca cerrada— nos decían a los niños, por lo bajini, que le preguntáramos por la Vieja. Nosotros no sabíamos quién era aquella vieja, pero nos fascinaba el efecto de mencionarla. Bastaba con acercarnos y decir: «Gramola, ¿y la Vieja?», y de pronto el pobre hombre se volvía un basilisco, nos buscaba con sus ojos miopes y blandía las tiras de décimos fulminándonos con aquella maldición suya que nosotros, asustados y emocionados, esperábamos a quemarropa: «Ojalá le salga a tu padre un cáncer negro en la punta del pijo».

Nunca supe quién era aquella Vieja, y en esa ignorancia permanecí hasta que, entre caña y caña, Paco el Piloto sacó a relucir al Gramola. Yo le comenté lo de la Vieja, y el Piloto me miró con sus veteranos ojos azules descoloridos de sol, mar y viento. Me miró un rato callado y luego dijo que la Vieja no era sino una pobre mujer que había sustituido a la verdadera madre del Gramola, que en su juventud, decían, había sido puta. La llamaban la Valenciana, añadió. Y el Gramola, que era un hombre pacífico y un infeliz, se ponía fuera de sí cada vez que le recordaban su presunto origen.

Luego el Piloto se encogió de hombros y pidió otra caña, y yo me quedé dándole vueltas a aquello. Pensando: hay que ver, y qué perra es la vida. Uno la vive, y camina mientras lo hace, y nunca sabe con exactitud cuántos cadáveres va dejando atrás en el camino. Gente a la que matas por descuido, por indiferencia, por estupidez. Por simple ignorancia. Y a veces, muy de vez en cuando, uno de esos fantasmas aparece de pronto en la espuma de un vaso de cerveza, y te das cuenta de que es demasiado tarde para volver atrás y remediar lo que ya no tiene remedio. Demasiado tarde para correr a la esquina de la calle Mayor, balbucear "Gramola, lo siento" o qué sé yo. Para comprarle, tal vez, hasta el último de aquellos humildes, entrañables, décimos de lotería.

25 de abril de 1999

domingo, 18 de abril de 1999

El último cartucho


Ya sé que va a ser jodido, amigo mío. Sé que presentarse a una entrevista de trabajo, a competir con otros más jóvenes y preparados, cuando tienes medio siglo de almanaque y canas en la cabeza, no será el momento más feliz de tu vida. Probablemente los fulanos de quienes depende tu destino sean niñatos de diseño, de esos que se creen que siempre van a ser jóvenes, y listos, e incombustibles, y desprecian a la gente sin adivinar que un día ellos mismos estarán con el cuello en el tajo. Tu experiencia les importa una mierda, eso ya lo sabes. Quieren jóvenes de veinte años sin cargas familiares, que hablen inglés y que parezca que no van a envejecer ni a morirse nunca.

Por eso te asusta pensar en lo de mañana. Miras a tu mujer, que plancha tu mejor camisa, y sientes que el miedo te agarrota el estómago. El día que dejó los estudios para casarse y seguirte en lo bueno y en lo malo, no imaginaste que ibas a terminar pagándole así. Mañana te pondrás esa camisa que ella plancha. Te la pondrás con una corbata y saldrás una vez más a probar suerte, con poca esperanza. Y es que tiene huevos. Has trabajado toda tu vida como una mala bestia, y verte en el paro a los cincuenta y cuatro, con hijos y con mujer a los que darles de comer, es como caer de pronto en el fondo de un pozo oscuro. Sé todo eso porque tu hijo, que es amigo mío, escribe de vez en cuando. O tal vez no es tu hijo quien escribe, sino que es otro hijo hablando de otro padre; pero en realidad se traba siempre de la misma historia. Y tu hijo me cuenta que la última vez estuviste un mes con la cabeza gacha, los ojos enrojecidos de haber llorado, sentado en el sofá como ausente, con la cara entre las manos, sin atreverse ni a salir a la calle de pura vergüenza.

Te preocupa sobre todo lo que piensen tus hijos. Una mujer comprende, conoce y perdona. Los hijos, sin embargo, son crueles porque son jóvenes y todavía no saben lo que siempre se termina por saber. Los ves mirarte en silencio y crees que te desprecian por los años y por el fracaso. Por no salir nunca en el telediario. Por ser la estampa de la impotencia, la confirmación de que esta vida y este país son una piltrafa. Así que supongo que los hijos son lo peor. La mujer luego, al acostaros, te aprieta una mano antes de dormirse. Sabe cómo has peleado siempre, conoce lo que vales. Quizá sea la única que de veras lo sabe. Con ella la humillación es compartida. Es soportable.

Y sin embargo, amigo, deberías leer la carta que me escribe tu hijo. Deberías comprobar con qué ternura y respeto habla de ti. Cómo sufre al saberse demasiado joven para serte útil, al no encontrar las palabras o los gestos adecuados. Porque ya sabes cómo es: torpe, desmañado, con esos pelos largos y siempre con la puñetera música a todo trapo. Con esas broncas que tenéis, y esa forma de vida suya tan diferente a la de tus tiempos, que te parece la de un marciano. Lo que no sabes es que cuando te ve derrotado en el sofá con la cabeza entre las manos, le quema la boca y le laten las venas porque desearía tener labia, ser capaz de ir hasta ti, tocarte, decirte lo que de veras piensa. Y lo que de veras piensa es que tengas ánimo, viejo, que no eres tan viejo, maldita sea, aunque él mismo te lo diga a veces. Que él no es tan crío ni tan bobo como parece, que sabe fijarse en las cosas que ve, y que te ha visto trabajar, e intentarlo una y otra vez, y querer a su madre y a él y a sus hermanos. Y sabe que eres el mejor, rediós, que eres la mejor persona, el hombre más decente y trabajador que ha conocido en su puta vida. Que eres su padre y lo serás siempre, tengas curro o no lo tengas. Que las mejores lecciones de su vida se las diste siempre no con lo que decías, haz esto o no hagas lo otro, sino con lo que él te vio hacer. Y que cuando, tarde o temprano, tenga que cerrarte los ojos —y ojalá te los cierre él— sin duda podrá decir en voz alta: “Era un buen padre y era un hombre honrado”.

Así que, como dicen mis paisanos de Cartagena, no te disminuyas, amigo. Mañana te pones esa camisa planchada por tu mujer y te vas a la entrevista de trabajo con la cabeza muy alta. Y si no le gustas al niñato de turno, pues él se lo pierde y que le vayan dando. Y si fracasas otra vez, síguelo intentando mientras puedas. Y cuando ya no puedas más —que casi siempre se puede—, pues bueno, pues hasta ahí llegaste, compañero. No hay nada deshonroso en el soldado que enciende un pitillo y levanta las manos, si antes ha peleado bien a la vista de los suyos. Si antes ha disparado su último cartucho.

18 de abril de 1999

domingo, 11 de abril de 1999

El nieto del fusilado


Compuso y cantó María la portuguesa, y eso vale más que todas las novelas que pueda llegar a escribir uno. A su abuelo, que era militar y andaluz, lo fusilaron los nacionales y su abuela, que tenía un par de huevos, lo enseño desde chinorri a ser rojo y a no achantarse. Lo llevaba de la mano y le hablaba del abuelo, de la guerra y de la República. Supo lo que es pasarlas canutas y así aprendió a ser rojo de verdad, sin pasteleos ni pepinillos en vinagre.

Por eso cuando era jovencito cantaba coplas o lo que fuera con la policía en la puerta, la oreja atenta. Y por eso cuando quienes antes le hacían palmas, los señoritos del pesoe que luego se tiraron al barro con la Expo y con los 100 años de honradez y con la madre que los parió a casi todos, descubrieron los trajes de Armani, y el Vega Sicilia, y el trinque con la mano tonta, no le perdonaron que siguiera cantando lo que había cantado toda la vida. Nos ha jodido aquí el pepito grillo, decían. Y se volvió un testigo molesto, una presencia incomoda. Una voz que les recordaba su claudicación y su poca vergüenza. A mí me gusta Carlos Cano. Me gusta ese tío, aunque no sé si llamarlo exactamente amigo. No sé si los cafés y las cervezas que me he tomado con él bastaran para conocerlo a fondo o no, pero lo que conozco me parece bien. Me gusta esa voz de hombre de verdad que tiene cuando canta, el tono cansado y lento conque dice las letras de las coplas. Me gusta que se acuerde como yo me acuerdo de Emilio el Moro, y que le haga homenajes. Me gusta cómo se presento el día que nos conocimos, y el modo en que me hablo de su corazón recién remendado en el guiri, del trabajo y de la vida. Y sobre todo tengo con él una deuda de la que apenas le he hablado nunca; pero, yo las deudas, hable o no de ellas, nunca las olvido. Ni las buenas ni las malas. Y una de sus canciones, Habaneras de Sevilla, tiene mucho que ver con el arranque de una novela mía, tal vez porque un día, durante un largo viaje, escuche su voz cantando: Aún recuerdo el piano / de aquella niña / que había en Sevilla, y ya no pude desprenderme durante el resto del viaje, ni en los días siguientes, de la sensación, agridulce, melancólica, que aquella bellísima canción me había dejado. La Carlota Bruner de “La piel del tambor” tiene mucho que ver con ese momento, con esa canción decadente y nostálgica que, aunque la letra fue escrita por otro, es para mí lo que es, precisamente gracias a la voz del hombre al que hoy me refiero. Imposible imaginarla en otra voz.

Hace unos meses, Carlos y el arriba firmante se tomaron unas cervezas en Madrid, él me contó el proyecto que tenía entre manos: la copla. Pero no la copla en peineta y sangría y turista contaminada, como tantas otras cosas de la memoria de España, por la apropiación indebida del franquismo que la hizo a menudo grotesca y falsa. Él quería recobrar a la copla de verdad, la del café de la puñalá de mis bisabuelos, las de sangre y vino y navajazo, y también la de tragedia y de campo y de guardia civil caminera con almas de charol y calaveras de plomo, y de gitanas bien pagás, y para tus manos tumbagas, y niñas de Puerta Oscura y vaquerillos enamorados a los que abandonan mujeres cegadas por el brillo de los dineros. La copla de peones sudorosos de señoritos hijos de puta, y de hombres cabales que el domingo se ponían si traje negro de pana. De jornaleros hambrientos, desesperados, que un día se tiznaron la cara con picón para liarse a tiros en Casas Viejas.

Ahora estas canciones están grabadas y listas. El otro día me telefoneo, y fui al estudio de Madrid donde terminaba de ajustar su trabajo. Estuve allí con él, donde el control, escuchando, conmovido a veces. Eran las hermosas canciones de siempre, devueltas a su contexto. ”María de la O”, “Chiclanera”, “Los mimbrales”, ”Ojos verdes”... Sin folclore de guardarropía, clásicas y actualizadas al mismo tiempo, incluso con algún guiño de humor —Tani— en ciertos arreglos. En cualquier caso bellísimas. Al terminar me volví a él y le dije: “Es como devolverle a la copla su dignidad”. Sonrió y me puso una mano en el hombro. Este domingo 11 de abril, Carlos estrena ese disco, o ese CD, o como carajo se diga ahora, en el teatro Romea de Murcia. Va a cantar esas coplas todas juntas en público por primera vez, y yo no sé si podré estar allí para escucharlo, como le prometí una vez. Por eso escribo hoy esta página. Porque le di mi palabra, y porque escribirla es como si estuviera.

11 de abril de 1999

domingo, 4 de abril de 1999

El viaducto y el alcalde


Me gusta el Viaducto de Madrid. O más bien me gustaba. En otro tiempo vivía a diez minutos de él, y mis veintipocos años amanecieron más de una vez fumándose un Ducados, que era lo que fumaba entonces, de codos en la barandilla de ese paso elevado, meditando sobre el pasado reciente y el futuro más o menos inminente. Me gustaba tener los tejados y las casas del viejo Madrid al alcance de la mano, y las Vistillas a tiro de piedra. Y al otro lado, más allá de la Cuesta de la Vega y el Manzanares, la mancha oscura de la Casa de Campo templaba mis nostalgias, pues solía imaginar que era agua en vez de árboles, y que me hallaba ante un puerto de mar y no en mitad de las Españas…

Nunca vi suicidarse a nadie, al menos allí. Una noche se detuvo cerca una mujer. En una novela o una película supongo que el testigo, o sea, yo, habría ido hasta ella para darle conversación y disuadirla de algo. Pero siempre fui partidario de que cada cual resuelva sus propios asuntos, así que me estuve quieto donde estaba, observando, hasta que la señora, que a lo mejor había salido sólo a dar un paseo, siguió camino rumbo a sus cosas y ni se tiró, ni nada. Recuerdo que me miró un momento igual que yo la miraba a ella, y a lo mejor hasta se dijo mira, ese chico debe de estar pensando en tirarse abajo. El caso es que esa vez fue la que más cerca estuve, o lo estuvo mi imaginación, de comprobar la utilidad siniestra del viaducto madrileño.

Pero el otro día pasé por allí, dándome con una desagradable sorpresa en forma de enormes y horrendos paneles de metacrilato atornillados a la acera, que dejan las barandillas al otro lado. Unos chismes presuntamente protectores colocados por el ayuntamiento, que impiden no sólo que la gente se tire viaducto abajo, sino también que los transeúntes puedan detenerse a fumar un cigarrillo, o a mirar el paisaje. Unos paneles que pronto se verán, como ocurre siempre, decorados con pintadas y grafitis y eso que ciertos soplapollas de diseño llaman arte urbano. Unos paneles, imagino, por los que alguien, como ocurre siempre en estos casos, habrá trincado una pasta.

No sé cómo serán los alcaldes de los respectivos pueblos de todos ustedes. Sobre el de Madrid, mi amigo y vecino el inglés de la espalda negra y el corazón tan blanco, que es presidente del CFAM (Club de Fans de Álvarez del Manzano), ya los ha ilustrado en otras ocasiones con shakesperiana y certera prosa, de modo que poco tengo que añadir al respecto. Salvo, tal vez, que observando su gestión, sus obras públicas, su pésimo gusto, los rincones turbios de su entorno y las inexplicables —o más bien repugnantemente explicables— cosas que pasan en esta Villa y Corte de la que pese a todo sigue siendo alcalde, uno comprende que Madrid sea la inhabitable y vergonzosa mierda de ciudad que es. Con ese tío me pasa lo que con el secretario general de la OTAN: por no gustarme no me gusta ni la cara que tiene. Pero, después de todo, sigue ahí porque hay gente que lo vota. Y a fin de cuentas, ya saben, cada uno tiene la capital, y el alcalde, y el secretario de la OTAN y el viaducto que se merece. Porque a eso iba. Uno, en última instancia, que tiene intención de jubilarse en el mar y a quien a largo plazo Madrid le importa un testículo de pato, puede pasar mucho de que un alcalde al que todo desmán se le consiente —y eso lo tiene acostumbrado a sodomizar urbanística y reiteradamente a sus vecinos con absoluta impunidad y pingües beneficios, como mínimo políticos— se calle como una puta cuando, sus compadres del Pepé, con el silencio cómplice del Pesoe, se llevan al Alcázar de Toledo el centenario museo del Ejército de Madrid, o tenga media ciudad en sospechoso estado de obras permanente, o ponga macetones horrorosos, y chirimbolos publicitarios de juzgado de guardia y paneles de metacrilato donde le plazca y lo dejen. Pero en cuanto al viaducto y los presuntos suicidas y todo eso, alto ahí. Aparte las cuestiones estéticas y la barandilla y el paisaje y toda la parafernalia, e incluso aparte la gilipollez de suicidarse mientras no cumplas ochenta o andes listo de papeles, lo que resulta intolerable es tanta tutela hipócrita y meapilas y tanto rollo macabeo municipal. Así que, en lo que a mí se refiere, mi primo puede meterse el metacrilato donde le cabe. Reivindico el derecho a tirarme por el viaducto, o por donde me salga de los huevos. Porque ya es el colmo que después de convertir la vida de los madrileños en un calvario, este alcalde —o lo que sea— pretenda encima impedirnos escapar de ella.

4 de abril de 1999

domingo, 28 de marzo de 1999

Una historia vulgar


Pues sí. Es una historia más de esta España que va bien, donde los políticos y los empresarios, suponiendo que haya mucha diferencia de unos a otros, se frotan las manos y dicen que nunca nos hemos visto como ahora, con tanto florecimiento económico y tanta pujanza y tanto negocio. La que voy a contarles es peripecia laboral gris, de andar por casa. Ni siquiera es dramática, o espectacular. En este país miserable hay historias laborales atroces, indignantes, despiadadas, y ésta es normalita. Pero acabo de oír a un ministro diciendo que nunca hemos estado como ahora, y que somos el pasmo de Europa, etcétera. Y me han dado ganas de contarles a ustedes la historia de Aurora.

Aurora, que es gallega de Galicia, acabó el COU y aprobó el acceso a la universidad; pero en su casa hacía falta viruta, así que cambió los sueños por un trabajo en una cadena de supermercados. Su situación laboral —37.000 al mes y sin contrato— incluía doce horas diarias. A los dos años fue fija y estuvo trabajando sin mayores problemas durante doce años más. O sea, catorce trabajando de cajera, dale que te pego y cliente tras cliente, y los errores con cargo al propio bolsillo. Y al terminar la jornada, limpieza del local fuera de contrato y sin cobrar. En fin. Una vida laboral como otra cualquiera. En España.

Luego, hace como tres o cuatro años, vino la crisis y las cosas se enrarecieron. Los encargados empezaron a apretar, llegaron los nervios y los miedos, las amenazas en el horizonte. Cuando hay malos vientos, los pelotas y los trepas se mueven que da gusto, como si olieran la escabechina antes que nadie. De ese modo, cuando llega el degüello los encuentra a todos bien situados, de confidente del jefe y cosas así. Y como ocurre siempre, a quienes la cosa cogió desprevenidos, cuando empezaron los problemas, fue a los que no se dedicaban más que a trabajar, en la ingenua creencia de que la gente debe ser valorada por la calidad de su trabajo, no por los chistes que le cuenta al jefe de servicio ni por decirle a la encargada qué bien te sienta hoy la blusa, Mariloli.

En fin. Pasaron los días y vino la huelga general aquella, no sé si se acuerdan; y el delegado sindical, que como buena parte de los delegados sindicales no ha trabajado en su puta vida, y si lo hizo ya se le ha olvidado, dijo a los compañeros (y compañeras) que de trabajar, nada de nada. Aquí solidarios como una piña, y maricón el que no baile. Así que aguantad, compañeros (y compañeras), porque si hay represalias de la empresa, aquí está el comité para defender hasta la última gota de sangre la dignidad proletaria, en esta empresa y en las que haga falta. Así que Aurora se lo creyó y no fue ese día a trabajar. Y luego, cuando al día siguiente la encargada llamó al personal uno por uno con un bloc en la mano, y la gente se acojonó, y entraba llorando con aquello de yo no quería, me obligaron, el delegado sindical, por supuesto, estaba tan ocupado defendiendo los intereses de la mayoría de los compañeros (y compañeras) en la máquina de café, que Aurora y quienes no habían querido trabajar el día de la huelga y se reafirmaron en su derecho a no hacerlo, fueron debidamente marcados por la empresa para los restos. Luego -consecuencia clásica- vino otro encargado con modales de Terminator carnicero, y empezó la caña: presiones de todo tipo, más limpiezas fuera de horarios sin cobrar horas extras, etcétera. Cuando Aurora abortó, lo único que le preguntaron fue cuánto tiempo pensaba tomarse de baja. Al final, a ella y a otra compañera, las dos casadas y con hijos, les cambiaron la jornada continua de mañana o tarde que llevaban desde hacía diez años, a horarios de 9 a 14 y de 18 a 21.30, con limpieza extra y por el morro fuera de horas de trabajo. Total. Que Aurora fue a juicio -el comité sindical, por supuesto, guardó una exquisita neutralidad en el asunto-, el juez dio un plazo para que la empresa le devolviese el horario anterior, y la empresa se pasó toda la sentencia por los huevos. Y Aurora, harta, asustada, después de catorce años de cajera, se fue a la calle con cuarenta y cinco días de indemnización por año trabajado. Y colorín colorado, esta vida laboral ha terminado.

Así las cosas, no me extraña que la España que algunos se están montando -o lo que quede de ella cuando terminen de montársela- vaya de puta madre. Como dice mi amigo Octavio Pernas Sueiras, que también es de allí arriba: «Mexan por un, e hay que decir que chove».

28 de marzo de 1999

domingo, 21 de marzo de 1999

Temblad llanitos


Qué miedo. El ministro don Abel Matutes ha decidido que a Gibraltar le vamos a poner los pavos a la sombra. Cuando hace unas semanas Peter Caruana le jugó a don Abel la del chino, dejándolo con el culo al aire, el palacio de Santa Cruz clamó venganza, cielos, venganza. La venganza de don Mendo. Así que nuestra diplomacia quiere apretar las tuercas a ese nido de piratas que se chotea del señor Matutes y de sus antecesores desde que Franco era cabo. Incluso desde antes. El Gobierno de las Españas, que cuando se enfada es terrible, ha decidido chivarse a la CEE de lo malos y lo tramposos que son los de La Roca. Porque ésa es otra: la palabra Peñón tiene connotaciones poco de centro, y Roca, traducción del inglés rock —como rock and roll—, es más políticamente correcto, más moderno, y así no piensan que Matutes y su ministerio son de derechas, por Dios.

Mis amigos gibraltareños, Silvia la morenaza guapa del bar, y el gran Eddie Campello, y el rubio Parodi, y los otros de allí, incluyendo los que iban y venían al moro en las Phantom con el helicóptero de mi compadre Javier Collado en la chepa, deben de estar acojonados. Imagino el diálogo: oye, qué preocupación, colega, que el ministro Matutes dice que nos va a poner a marcar el paso, pisha. A ver si la CEE, que no tiene otra cosa que hacer, se toma en serio esa lista de las treinta mil normativas que incumplimos y las cincuenta sociedades fantasma, o a lo mejor es al revés, shosho; y la OTAN nos bombardea, y nos viste a los monos de cascos azules. Ohú. Qué pánico.

Incluso yo mismo estoy preocupado. Igual un día paso por allí con el curricán en el agua, y me sale una patrullera llanita a decirme oiga usté. Y yo, sabiéndome respaldado por un Gobierno bravo y con casta, me subo a la cruceta y les digo iros a hacer puñetas y esto para la reina, y ellos se ponen flamencos y me piden los papeles, y yo me abalanzo a la radio y digo mayday, mayday, a mí la Legión, y el ministro Matutes en persona manda a la corbeta Vencedora, que para eso están las corbetas, a defender mi derecho a echar el curricán donde me salga de los cojones. Pero entonces lord Flanagan y su puta madre piden en el Parlamento que manden la HMS Surprise y toda la flota de Su Majestad, y liamos la de Trafalgar en postmoderno. Así que ojo. Cuando se tienen jabatos como el ministro Matutes, estas cosas se sabe cómo empiezan, pero no cómo acaban.

Uno, en su modestia, recomendaría a Exteriores que, si de verdad quiere fastidiar a Caruana y su panda de golfos, en vez de registrarles los coches a los turistas y montar numeritos con los picoletos de la aduana y seguir haciendo públicamente el payaso, les diera un toque a los intereses británicos que, en suelo español y con la complicidad y el compadreo de empresarios españoles, controlan la Costa del Sol con urbanizaciones de lujo, campos de golf, puertos deportivos y demás: auténtico sistema neocolonial con oficina en Gibraltar y la vivienda y todas las ventajas y todo el lujazo en España, donde invierten su pasta, y tienen sus Casas, y pasan el fin de semana los ministros y gobernantes gibraltareños, por el morro. Ésos sí que son intereses británicos de verdad, vulnerables porque donde está el dinero es donde duele. Apretar las tuercas ahí, y no a los infelices que cruzan la verja, sí que fastidiaría a mis primos del Peñón, y a los de Londres. Pero en ese puchero no sólo mojan ingleses, así que cuidadín. Casa cosa es cada cosa.

En cuanto a los intereses generales, a los que el ministro se refería para justificar las colas en la frontera y la pérdida de empleo de los trabajadores españoles, alguien debería recordar que los sucesivos gobiernos de España se han venido pasando los intereses de los habitantes de la zona por el forro de los huevos, convirtiendo La Línea y el campo de Gibraltar, después de mucha mojarra y mucho cinismo, en un lugar de abandono y miseria donde la gente ha tenido que montárselo como Dios o el contrabando le han dado a entender. Y que ahora la colonia británica, el turismo que genera, su actividad comercial y picaresca pirata y desprovista de vergüenza, son el único recurso económico solvente. Los españoles de allí no tienen otro remedio que vivir de Gibraltar, haciéndoles de camareros y de albañiles y de tenderos a los llanitos y a los ingleses. Así que van listos, si son el ministro Matutes y su Gobierno los que ahora se comprometen a darles de comer. Como decía el chiste: Virgencita, Virgencita, que me quede como estoy.

21 de marzo de 1999

domingo, 14 de marzo de 1999

3000 años no es nada


He tardado un poco en reaccionar, porque todavía estoy patedefuá. Me froto los ojos, me echo agua fría en el careto, y sigo atónito. No sé si recuerdan ustedes que, hace unas semanas, tres tenores del nacionalismo auténtico y periférico, único homologado, pidieron la abolición del Ministerio de Cultura, basándose en la afirmación, literal como la letra misma, de que «España no tiene una cultura». Eso lo dijeron asín, o sea, sin temblarles el pulso ni la voz ni nada. Y luego se hicieron una foto.

Unos se lo han tomado a coña marinera, limitándose a situar la cosa en el contexto de la provocación de cada día, o de la mala fe insolidaria y borde que todo el mundo conoce con nombres y apellidos, y a sonreír diciendo: hay que ser capullos. Otros, los tertulianos radiofónicos y analistas de plantilla, han considerado el asunto con mucha seriedad, analizando si procede o no procede; porque aquí cualquier gilipollez plantea debate nacional. Otros, en fin, más impulsivos, se han ciscado en la puta madre de los imbéciles que andan por ahí sembrando mierda y cizaña. Las opiniones son libres, y cada quien es cada cual.

En cuanto al arriba firmante, pues eso. De pasta de boniato me hallo todavía ante el descubrimiento, algo tardío, de que la nación, o el país, o lo que carajo sea esto —a ver si alguna vez se pronuncia el presidente del Gobierno al respecto— que sostuvo el esplendor de las letras latinas cuando ya decaían en Roma, que hizo renacer la cultura en Sevilla cuando todo en Europa era barbarie, que transmitió a Occidente la ciencia de Oriente, que navegó y exploró el mundo e imprimió su huella en las de tantos otros pueblos, ahora resulta que no, que no tiene una cultura propiamente dicha. Que las cuevas de Altamira, la lengua que se habla en La Habana, la Bicha de Balazote, la imprenta en Méjico, la catedral de Burgos, El entierro del conde de Orgaz, los almogávares hablando catalán y castellano en Bizancio, el Guernica —que lo pintó un maketo malagueño de mierda—, la Biblioteca Nacional, la Escuela de Traductores de Toledo, el acueducto de Segovia, La rendición de Breda, la mezquita de Córdoba, las misiones de California y la Universidad de Salamanca, por ejemplo, resulta que fueron inventos franquistas. Que Séneca, andaluz y preceptor de un emperador romano, o Isidoro de Sevilla, que nació en una ciudad llamada Nueva Cartago y escribió en latín, y Averroes, y Gonzalo de Berceo, y Avicena, y Ramón Lull, y Nebrija, y los 4.000 nombres catalanes, aragoneses, gallegos, vascos, valencianos, navarros, asturianos, cántabros, leoneses, andaluces, extremeños, etc., que figuran en la Biblioteca Hispana y que Nicolás Antonio tardó treinta y cinco años en recopilar y poner juntos hace ya tres siglos, no fueron más que morralla, un revuelto de ajetes sin ton ni son, flatus vocis de una ficción inexplicablemente mantenida durante tres mil años. Que Dalí, Valle-Inclán, Unamuno o Baroja eran unos españolistas, unos vendidos y unos cabrones. Y que los únicos que siempre lo han tenido claro, los únicos con verdadera conciencia nacional y con cultura diferenciada en todo esto, han sido Canigó y las otras obras maestras universales de la literatura catalana, Gaudí, los castros celtas, Castelao, el frontón de Anoeta y el pensamiento intelectual profundo, decisivo para Occidente, de don Sabino Arana. Tócate los cojones.

Algunos creemos, desde luego, que la Cultura no puede estar en manos de ministros analfabetos y/o incompetentes que desde hace décadas y legislaturas se vienen dejando romper el ojete con una sonrisa, no vayan a llamarlos, por Dios, intransigentes y fascistas. Pero una cosa es detestarlos por sus obras o por la ausencia de ellas, y otra desguazar lo que queda en beneficio de cuatro sinvergüenzas; de cuatro golfos apandadores que pretenden ahora vender la moto —y no les quepa duda de que la venderán— de que la combinación de las palabras cultura y nación aplicadas al conjunto de España constituye un concepto reaccionario, perverso, que como tal debe ser fusilado al amanecer. Porque ya no se trata de que a una cuerda de paletos neonazis, Astérix iluminados o tenderos sin escrúpulos les impone un carajo Séneca o el Código de las Siete Partidas. Lo que pretenden ahora es que nadie, ni siquiera el resto de españoles —o de lo que pretendan que seamos— los conozca. Que se nieguen, se desacrediten y se olviden, para extender el mantel y repartirse la merienda sobre su requiescat in pace.

14 de marzo de 1999

domingo, 7 de marzo de 1999

Sobre hombres y damas


Llevo desde la semana pasada dándole vueltas a la cabeza con el asunto de los hombres como Dios manda; de los tíos que, como decía mi abuela, se visten por los pies. El caso, no sé si recuerdan, era que el Comité de Erizas en Pie de Guerra se lamentaba, y con razón, de que salvo Harrison Ford ya no quedan en el cine tíos de verdad, y que a las niñas yogurcitos frescos, ya las otras que ya no lo son tanto, les hace el asunto agua de limón la presencia de fulanos insustanciales, duritos de pastel que andan en la pantalla marcando paquete, pero que en cuanto miras o te acercas, se convierten en mierdecillas de diseño y en la calle y en la vida real ocurre tres cuartos de lo mismo.

Conozco a una señora rubia, guapa, con cuarenta y dos espléndidos tacos y capaz de llevar unos tejanos como no los lleva ninguna guapita de teleserie, que ha pasado la vida tomándose cafés en los bares; entre otras cosas porque un café de bar y un cigarrillo son, dice, una de las pocas cosas que merecen la pena en esta vida perra. La dama en cuestión, que es lo bastante inteligente como para que cualquier varón adulto se sienta una auténtica cagarruta a los cinco minutos de conversación con ella, tiene auténtica predilección por los bares cutres, de esos con calendarios de garaje con fulana, y fotos de equipos de fútbol, y mostrador de zinc y mesas de formica, y albañiles comiendo judías con fideos a mediodía, sobre manteles de papel con vino y gaseosa. Cada día, cuando sale del taller de encuadernación del viejo Madrid donde le pone tapas de piel y guardas de papel veneciano a la Poética de Aristóteles o a la Vida de Benvenuto Cellini, ella evita cuidadosamente los bares elegantes del barrio y callejea en busca de una tasca chusmosa y auténtica. Y allí, entre el emigrante negrata que vende baratijas, el borrachín de la casa de enfrente y los empleados del taller de chapa y pintura que hacen descanso para una cerveza, enciende un cigarrillo, a su aire y sin dirigirle a nadie la palabra, y se siente la mujer más a gusto de la tierra.

Me acordaba de eso el otro día, en un bar de gasolinera y polígono industrial, con fútbol en el televisor, camareros con tatuaje en el dorso de la mano, fulanos en mono de mecánico y camioneros calzándose un coñac. Uno de esos bares que te gustan a ti, le dije luego y ella respondió algo que viene muy al hilo de esta historia: «ya sólo ves hombres que parecen hombres en sitios como ése». Lo dijo y encendió otro cigarrillo y, por supuesto, se bebió otro café. Y después me contó que lleva años frecuentando bares de ésos, bares proletarios como ella dice, con tíos que vienen de currar de verdad, oliendo a sudor bajo el mono azul o la camiseta, fulanos de manos encallecidas y ásperas, uñas negras de grasa, coñac y anís y tabaco y fútbol y conversaciones en voz alta, y machismo elemental. Tan elemental, matiza ella, que no molesta. Al contrario. Entras, dice, y notas cómo se callan de pronto todas las conversaciones, pero nunca te sientes insegura ni incómoda. Ni una grosería, ni un mal gesto, ni te molesta nadie. Al contrario, todos son siempre de una cortesía extrema, con esa amabilidad ingenua y ruda, algo torpe, que todavía se encuentra, a menudo, en ese tipo de hombres cuando creen hallarse delante de una señora. Si en tal momento alguien quisiera molestarme, estoy segura de que más de uno intervendría para defenderme. Se esfuerzan por ser buenos chicos; y eso, en los tiempos que corren, resulta enternecedor.

Luego para marcar la diferencia, mi amiga me cuenta sus visitas a otros lugares, a bares y restaurantes de más presunto nivel social, donde ejecutivos engominados y soplagaitas de diseño, todos con camisas y corbatas impecables, un teléfono móvil en el bolsillo y el aire de estar solventando vitales operaciones financieras internacionales, le clavan los ojos desde que aparece en la puerta y ponen ojitos, y posturitas, y se dan pisto de cazadores irresistibles, dedicándole sonrisas que son muchísimo más insultantes que el piropo rudo de un camionero. Si tuviera un problema allí, comenta, iba lista: se los ve crueles, blandos y cobardes. Encima se creen Keanu Reeves o Tom Cruise. E incluso nunca falta un imbécil que se acerca sin que nadie lo llame y dice oye, te conozco de algo, o pretende invitarla a una copa, o se queda dando la barrila. Hasta que ella se vuelve despacio, lo mira a los ojos, y con ese desprecio helado y sabio que sólo una mujer es capaz de manifestar, le dice, con palabras o sin ellas: vete a babear a tu madre, so gilipollas.

7 de marzo de 1999

domingo, 28 de febrero de 1999

Pijolandios de diseño


La verdad es que tienen razón. Cuando hace unas semanas escribí aquello de las mujeres de bandera, de las jacas de rompe y. rasga por las que un hombre, antes, era capaz de buscarse la ruina, empalmar la chaira y comerse veinte años en el Puerto de Santa María, me lamentaba de que uno ya no se tropiece con hembras así en el celuloide. En vez de señoras de tronío –decía- como María Félix, Ava Gardner o Kim Novak, ahora sólo hay pijoniñas de teleserie y chochitos desnatados. Y como se venía de venir, que dice mi amigo Ángel Ejarque, algunas damas se me han tirado a la yugular. Unas se han ciscado directamente en mis muertos, y otras coinciden en decir que bueno, que vale, que de acuerdo. Que es verdad que el ganado flojea mucho de trapío, y que ahora a cualquier quinceañera anoréxica, con menos gracia que un chiste de Chiquito de la Calzada contado por Iñaki Anasagasti, la convierte Hollywood en sex-symbol por el morro. Eso me lo concede la mayor parte de mis amables comunicantes. Pero algunas argumentan que tampoco los tordos son como para ponerse a tirar cohetes. Y que a ver qué pasa con los gachós.

Eso, las cosas como son, es poner el dedo en la llaga. Porque, como el arriba firmante decía, si Sandra Bullock o Wynona Ryder son el non plus ultra de la tentación carnal y entonces apaga y vámonos, a ver dónde carajo -me preguntan estas señoras-, están los tíos de antaño. A ver dónde, quitando a Harrison Ford, encuentra una ahora un Humphrey Bogart, un Clark Gable, un Kirk Douglas, un Sean Connery, un Gary Cooper o un Burt Lancaster. A ver dónde se echa una al cuerpo, en blanco y negro o en color, con palomitas o sin ellas, a un jambo como Dios manda, un fulano de esos de los de antes, machote, duro, de casta, que hacían que te temblaran las piernas cuando los veías en la pantalla decir adiós, muñeca. Ahora a lo máximo que se puede aspirar es a sucedáneos tipo Kevin Costner o Mel Gibson, que no están mal pero que ya no son lo mismo. Se trata de duros de pastel con fecha de caducidad, guapitos de cara tipo Paul Newman y Robert Redford, de los que por cierto ya no se acuerda ni su padre. Morralla coyuntural que es pan para hoy, y hambre para mañana. Y es que, como dice una amiga mía, con Robert Redford se jodió el invento.

Por eso digo que tienen razón. Háganme un ramillete, si no, con los tiñalpas que ahora las histerizan. Keanu Reeves, Brad Pitt, Tom Cruise y los otros pijolandios de diseño que pegan taquillazos en el cine serán todo lo yogurcitos que ustedes quieran, pero no hay color. Y Leonardo di Caprio, que sí, de acuerdo, sale en Titanic tan guapo que a las prójimas les produce escalofríos, y con razón, no es más que un mantequillas blandas al que la cámara -porque las cámaras de cine son muy suyas- ama con locura. Es un magnífico actor, como también lo es Johnny Depp, y ellos dos y algunos otros llenan la pantalla de un modo que apabulla. Pero aunque uno los vea en camiseta y con pistola, a puñetazos, haciendo de camioneros, o de policías, o de terroristas, o de mineros, o de capitanes de submarino alemán, salta a la vista que todos son duritos de jujana. Luego te los encuentras en el Diez Minutos, en la playa con los michelines fofos, o con esas pedorras que algunos se echan de novias, o al natural en chándal y con una gorra puesta del revés, y dices hay que joderse, colega. Ninguno tiene ni media hostia.

Así que no tengo más remedio que estar de acuerdo con el Comité de Erizas en Pie de Guerra. Ya no hay jacas como aquéllas, pero tampoco maromos de toma pan y moja. Quizá los que tenemos ahora son simples reflejos a la medida de una sociedad descafeinada, desnicotinizada y mierdecilla a la que ya no imprimen carácter, sino que emanan de ella. O a lo mejor, o también, es que la proximidad que nos proporcionan la tele, y las revistas, y todo el tinglado de ahora, les quita encanto. Lo mismo pasa con ellas. Porque es muy posible que aquellos fulanos que sólo por su manera de moverse o encender un cigarrillo acojonaban, aquellas jacas gloriosas que daba miedo mirarlas y te cortaban la respiración con un susurro, basaran su misterio y su fuerza en un alejamiento que ahora el exceso de información hace imposible. Hoy los conocemos demasiado bien. Los fabricamos nosotros mismos, con nuestra propia levedad y estupidez —también la estupidez puede ser democrática—. Y los grandes mitos, como los sueños y los dioses, sólo sobreviven en la distancia.

28 de febrero de 1999

domingo, 21 de febrero de 1999

Pajinas culturales


Tengo delante la fotografía de un periódico, en la que hay un cadáver desnudo de tamaño natural, modelado en gelatina, con nueces, melocotón en almíbar y fruta dentro. La cosa ha aparecido en las páginas de cultura de varios diarios de tirada nacional; porque, según el pie de foto, no se trata de un pastel, ojo, sino de una obra de arte. Para rubricarlo, el artista, de nacionalidad mejicana, aparece junto a su obra también desnudo y con un delantal de cocina, cubierto el rostro con un pasamontañas modelo subcomandante Marcos y un micrófono autónomo como aquéllos que puso en circulación Madonna. Sostiene en la mano un cuchillo, y se dedica a trinchar el fiambre de pastel, sirviendo raciones en platos de plástico a una multitud de imbéciles que se agolpan alrededor, todos con su plato en la mano, sonrientes y con cara de estar encantados de encontrarse allí, ansiosos por participar en el suculento ritual antropofágico. Hay fotógrafos, faltaría más, y jóvenes con pinta de intelectuales precoces de esos que cuando piden la palabra hablan dos horas y te cuentan su vida, y damas de aspecto teóricamente respetable con collares de perlas, y damiselas tiernas, y marujonas con un pretendido toque snob, y la peña habitual en este tipo de eventos. Y se empujan unos a otros junto a las axilas peludas del artista, levantando los platos en alto, impacientes por no perderse el bocado inolvidable, el momento histórico. En realidad, dicen sus expresiones felices, uno frecuenta presentaciones de libros y exposiciones y conciertos y cosas así para que un fulano en pelotas y con pasamontañas te haga comprender que el arte es comestible. Para que te toque en suerte el cojón de gelatina con frutas y comértelo extasiado en un plato de plástico. Para vivir orgasmos culturales como éste.

No había ningún ministro cerca -por esas fechas se celebraba el congreso del Pepé- pero no me cabe la menor duda de que, de haber tenido un ratito, alguno se habría dejado caer por allí, apuntándose al bombardeo de turno ante las cámaras de la tele y los fotógrafos, con su plato en la mano y la boca manchada de nata, diciendo está riquísimo y es cojonudo esto de desacralizar el arte, darle un toque informal, comérselo, etc. Cuanto más analfabetos son los políticos -en España esas dos palabras casi siempre son sinónimos- más les gusta salir en las páginas de cultura de los periódicos. Páginas en las que, por otra parte, cabe cualquier cosa. Porque ahora, señoras y señores, todo es cultura. Lejos ya de aquella arcaica división entre sociedad, cultura y espectáculos de la prensa de antaño, la eficaz gestión realizada durante décadas por iletrados de diseño da variopintos frutos, y ese concepto fascista, apolilladísimo, de la cultura en términos clásicos -las nueve musas, ya saben, y toda la parafernalia- ha perdido su razón de ser. El que no trague es un reaccionario y un cabrón; y buena parte de los jefes de sección y los redactores jefes y los directores de los diarios y los informativos de la radio y la tele, incluido El Semanal, lo van entendiendo como se debe. Ahora el mejicano del pasamontañas y un desfile de moda con Naomi Campbell en la pasarela Cibeles, y la última receta de bacalao al pil-pil de Arguiñano, y el vino de la ribera del Duero, y hasta el último hijo de Rociíto son, ¿por qué no?, cultura oficial. Tan respetable, o más, que los frescos de Piero della Francesca, un concierto de Albéniz o la última novela de Miguel Delibes. Y el otro día vi, en un diario de gran tirada, lo que me faltaba por ver: una corrida de toros en las páginas de cultura. Con Jezulin. De ahí a que pronto se incluya el fútbol -incuestionable cultura de masas- sólo media el canto de un duro.

La palabra cultura sigue en boca de los de siempre. Y los de siempre, pocamierdas iletrados que lo mismo valen para Industria que para Exteriores o Educación y Cultura, o para secretarios generales de la OTAN, marcan el tono. Y el tono lo registra, con admirable sintonía, toda la cuerda de oportunistas, y retrasados mentales, y caraduras que viven del morro. Y el entorno, y los medios, y la madre que los parió a todos, por no verse descolgados de la moda, por no quedar fuera de lo políticamente correcto en relación con la cultura o con lo que sea, aplauden y jalean el asunto con la fe exaltada del converso. El resultado está a la vista: una multitud de analfabetos de diseño, de sinvergüenzas y de tontosdelculo aplaudiendo, como en aquel viejo cuento, el admirable traje nuevo del rey desnudo.

21 de febrero de 1999

domingo, 14 de febrero de 1999

El último del siglo


Pues lo siento, pero no trago. Lamento muchísimo ir de aguafiestas, pero el arriba firmante se niega a sumarse al folklore milenarista que se nos viene encima. Ya pueden cantar misa poniéndose de acuerdo los grandes almacenes, y las cadenas hoteleras, y las agencias de viajes, y las televisiones y los periódicos, pero no me sale literalmente de los cojones celebrar en la Nochevieja de 1999 la despedida del siglo XX y el advenimiento del XXI. Entre otras cosas, porque eso es mentira.

Se diría, pardiez, que todo el mundo se ha vuelto idiota. Uno comprende que en estos tiempos de consumo y jarana, la gente ande loca por una conmemoración, un centenario o la celebración de un nuevo siglo. El deseo es comprensible, a falta de cosas mejores que celebrar. También me hago cargo de que los vendedores de motos pintadas de verde, o sea, los que viven de la memez ajena, necesitan argumentos para vender más cosas, y fabricar tartas de cumpleaños y cumplesiglos, y organizar eventos por cuya comisión se embolsen una pasta. Y si se festeja el nuevo siglo un año antes, y luego resulta que no, Manolo, que no está claro, que vamos a celebrarlo también este año por si las moscas, ocurre que te facturan dos minutas con el pretexto de una. Todo eso lo entiendo, porque de bobos y de tenderos sin escrúpulos está el mundo lleno. Lo que no me cabe en el coco es la estupidez colectiva, ni el silencio, ignoro si cómplice o desalentado, de quienes saben de qué va el asunto. A lo mejor es que les consta que la estupidez siempre gana, y se dicen para qué vamos a dar la brasa, colega. Total, aquí no quedará nadie para celebrar el siguiente milenio. Déjalos que ganen un año y que disfruten.

Y en realidad todo es tan sencillo como irse a cualquier biblioteca, propia o ajena, y abrir un par de libros (del latín liber, libri: conjunto de muchas hojas de papel ordinariamente impresas donde se explican cosas). Porque resulta que todo está allí, y que este absurdo empeño de convertir en fin del siglo el último día de 1999 no tiene otro fundamento que la cretinez sin fronteras y el encefalograma plano universal, convertidos en norma gracias a la puta tele y a su colonización por parte del país más poderoso y analfabeto de la Tierra.

El tercer milenio, según esos libros al alcance de cualquiera, no empieza el 1 de enero del año 2000, sino doce meses después, o sea, el 1 de enero del año 2001. El diccionario Espasa, en la página 911 del tomo 5, cita los años terminados en 00 como anal de siglo, no como comienzo de siglo. Y hasta un desastre para las matemáticas como lo soy yo puede, si quiere, echar cuentas: del mismo modo que la decena termina en el 10, y lo incluye, y el 11 corresponde a la segunda decena, la centena termina en el 100, y lo incluye, y el 101 corresponde a la segunda centena. Y del mismo modo, un millar, o un milenio, termina en 1000, y lo incluye, y el 1001, el 2001 y los equivalentes corresponden ya al siguiente millar, o milenio; y así es, por períodos completos de 10, 100 y 1000, como se cuenta en cronología.

Además, el diccionario de la RAE define el siglo como espacio de cien años, no de noventa y nueve. Y el calendario occidental, por el que se rige nuestro cotarro, empezó a contar con el año 1 del siglo I de Jesucristo, y no con el año 0; entre otras cosas porque ese año 0 no existe en cronología, aunque si en astronomía. Fue un monje llamado Dionisio Exiguo quien propuso contar los años ab incarnatione Domini, a partir de la encarnación de Cristo, que calculaba un 25 de marzo. Y de ese modo, el año 754 del calendario juliano, que era el romano reformado por Julio César, se convirtió en año 1 -que no año 0- del nuevo calendario cristiano. Posteriormente, la fecha en que debía comenzar el año se trasladó al 25 de diciembre, para terminar en el 1 de enero. Después vino Kepler y dijo que el amigo Dionisio erró en 5 años; pero la convención ya estaba establecida, y así quedó. En cuanto a la histeria milenarista medieval de 999, nunca tuvo fundamento cronológico ni astronómico serio, sino que fue un movimiento supersticioso–religioso de incultura y terror frente a la cifra redonda del año 1000.

Ahora, superstición y religión pesan menos, gracias a Dios, pero la histeria sigue. Y pese a todo, no les quepa a ustedes la menor duda de que la próxima noche de San Silvestre todo el mundo despedirá el siglo con champaña y matasuegras, yupi, yupi, brindando por el asunto un año antes de tiempo. Y es que han pasado mil años —ó 999—, pero seguimos igual de gilipollas.

14 de febrero de 1999

domingo, 7 de febrero de 1999

Matata Mingui


Nadie sabe de verdad lo que es África hasta que no ha vivido —si es que vive para contarlo— una matata mingui, que es como se dice jaleo del carajo en lingala, o sea, en una de las lenguas locales que hablan allí. Cuando eso ocurre, lo que sale en la tele no sirve ni remotamente para hacerse idea. Cuando de verdad se monta un pifostio africano, o sea, una merienda de negros de color, y mis primos se ponen hasta arriba de cerveza, o de banga, o de lo que tengan a mano, y luego echan mano de la escopeta y del machete —les encantan esos machetes grandes y afilados que sirven para chapear la selva y para amputar al prójimo—, esas escenas que vemos de niños agonizando de hambre con los buitres preguntando quién da la vez son un paraíso de buenas maneras comparado con la que se lía. Aquello es, para que se hagan idea, como si cinco mil hooligans ingleses desesperados de la vida confundieran un bar de Benidorm con una carnicería, y cada uno estuviera dispuesto a cortarse su propio filete.

Les juro por mis muertos más frescos que el arriba firmante ha tenido miedo muchas veces a lo largo de su puta vida, sobre todo cuando se ganaba el pan a tanto el fiambre para el telediario; pero en pocas ocasiones conocí tan de cerca el canguelo como cuando en África tuve enfrente a unos cuantos fulanos dando traspiés con el casco al revés, el blanco de los ojos amarillo, una botella de cerveza en una mano y un Kalashnikov en la otra, preguntándome qué se te ha perdido por aquí, blanco cabrón. Allí, la kale borroka que se montan los jarrais de doce años con lanzagranadas —en África también se lleva mucho eso de las tribus, y las chiquilladas, y lo de ellos y nosotros— es la leche. Todavía siento sudores fríos cuando recuerdo algunos ratos: aquel fulano con un viejo subfusil Sten y unas ray-ban puestas, que tenían la etiqueta del precio todavía pegada en mitad del cristal, cuando dijo que me quitara los zapatos y me volviera de espaldas, por ejemplo; o el grupo de mozambiqueños fumados hasta el tuétano, discutiendo entre ellos en portugués cómo iban a machetearnos a mi cámara Paco Custodio y a mí, reservándose vivo a Nacho, el técnico de sonido, porque era jovencito, y tenía los ojos azules y el culito tierno. En África, resumiendo, aprendí un par de cosas. Entre ellas, que allí la vida humana no vale una mierda, y que las mujeres, monjas incluidas, cuando las violan diez o quince tíos uno detrás de otro, primero gritan y luego se resignan.

Y hoy resulta que, con toda esa información previa que con mucho gusto quisiera no tener, leo en un periódico que de nuevo hay pajarraca en África, y que en mitad de ese zipizape sigue habiendo, como siempre hubo, un puñado de curas y de monjas con dos cojones que siguen a pie de obra, y que se niegan a ser evacuados, y que desaparecen, y vuelven a aparecer, y desaparecen de nuevo en las zonas más peligrosas de la movida, haciendo aquello para lo que fueron allí: ayudar a otros seres humanos aunque sepan que eso no va a cambiar nada; dejarse la salud, la piel y la vida por aquello en lo que creen, sea una fe o sea una idea. Y leo esas informaciones y no puedo evitar ponerles rostros de gente a la que conocí, que a lo mejor en algún caso es la misma. Curas y monjas que a veces ni lo parecen, con los pelos largos, y las barbas, y las camisetas de heavy metal, que se la juegan un día sí y otro también en sus misiones y en sus hospitales, ayudando a nacer, ayudando a vivir, ayudando a morir a su gente, a sus hermanos, sin abandonarlos ni cuando amenaza el más horrible final. Ayudando, en resumen, al hombre a salvarse no en el hipotético reino de los cielos —que eso viene luego— sino aquí, en el jodido valle de lágrimas, en la tierra. Cogiendo en sus manos otras manos escuálidas o ensangrentadas, inclinando la cabeza para murmurar unas palabras de consuelo; o si se tercia, después y por ese orden, una oración, por eso, cuando a veces leo o escucho las mezquinas gilipolleces de monseñor Setién, monseñor Carles, el arzobispo de las Chimbambas, o el papa Wojtila y su enfermiza obsesión porque no forniquemos ni abortemos, siempre me digo: tranquilo, Arturín, no te cabrees, no blasfemes, piensa en los otros. Piensa en todos los que viste erguidos y serenos en mitad de la sangre y la locura. Piensa en los curas y monjas que siguen dispuestos a dejarse hacer pedazos, ellos y ellas, por dar testimonio de que también son posibles la dignidad y la vergüenza bajo el signo de la cruz.

7 de febrero de 1999

domingo, 31 de enero de 1999

Esas zorritas


Pues resulta que no. Resulta que si el padre de Mariloli, que tiene doce años, llega a casa y tiene el día tonto y la viola, y luego sigue haciéndolo repetidamente durante los próximos meses y años, y la muy zorra no opone resistencia que no se doblegue con algunas amenazas y bofetadas, resulta que la cosa no es grave. O sea, que no es delito como para llevarse las manos a la cabeza, y siempre habrá un juez comprensivo y ecuánime, por ejemplo en la Audiencia de Barcelona, o en la de Ciudad Real, o en donde sea, que ponga las cosas en su sitio. Eso ha ocurrido en un par de casos recientes: el penúltimo, el de un fulano al que la dura Lex sed Lex, duralex, tras probarse que durante ocho años abusó sexualmente de sus dos hijas, rebajó la condena de catorce brejes de talego pedida por el fiscal a sólo cuatro años de cárcel. Lo que significa que el virtuoso cabeza de familia se verá en la calle poco antes o después de cumplir uno, siempre y cuando se lo monte como es debido, ponga el culo donde deba ponerlo, le haga la pelota a los boqueras del trullo, y luego salgan los de tratamiento diciendo: no, si parece buen chaval. Si un día raro lo tiene cualquiera.

Y es que según el código penal, o como se llame eso que tenemos vigente, y de cuya reforma aquí sólo se habla en serio cuando a un político lo encaloman por chorizo, resulta que la ley, en casos de violación, admite la posibilidad atenuante de que la menor haya dado su consentimiento, cuando la violada tiene más de doce años. O sea que basta que la torda tenga trece primaveras para que el señor juez, de cuyo criterio personal sigue dependiendo la interpretación de los matices de la ley, decida que no ha habido violencia o intimidación in estricto sensu o como carajo se diga, y absuelva al individuo. O como en el caso del fulano que citaba antes, que hizo doblete, le coloque cuatro años por la primera hija y veinte mil duros de multa por la segunda. Dos al precio de una.

Dicho de otra forma: que son todas unas putas y que no se puede ir por la casa de esa forma, provocando al padre que ve tranquilamente el fútbol. No se puede, con lo desarrolladas que ahora están las niñas de trece años, y las modas modernas, y las teleseries y toda la parafernalia, pretender que un padre de familia, que tiene sus necesidades como todo hijo de vecino, no se alivie de vez en cuando. Y si las muy lagartas no quieren, que lo digan. Pero no con la boca pequeña, o sea, no, papi, porfa, ni con ambigüedades que rápidamente disipan un par de bofetadas, sino oponiendo verdadera resistencia: agarrando un cuchillo de cocina —pero sólo para intimidar, porque si lo matan, van listas—, o arrojándose si es preciso por la ventana desde el cuarto piso, llevando en los virginales labios el antes morir que pecar, según el incuestionable ejemplo de santa María Goretti. Todo ello, a ser posible, ante testigos. Pero claro, eso es lo difícil. Lo fácil para esas pequeñas guarras es poner mala cara y protestar de boquilla, y en seguida consentir mientras el padre te quita las bragas; y luego decir es que yo no quería, es que me da miedo, es que me tiene atemorizada desde niña. Es que ustedes no conocen a ese hijoputa. Por suerte aún hay jueces capaces de desafiar lo políticamente correcto y poner las cosas y los atenuantes en su sitio. Jueces que, gracias al cielo, todavía conservan el sentido patriarcal de la sociedad y la familia —la Biblia proporciona incluso ilustres referencias, como el caso de Lot, al que sus dos viborillas emborracharon, y zaca— y son capaces de interpretar la ley como debe interpretarse: “A ver, niña, ¿te resististe?... ¿Pataleaste durante cuánto tiempo, reloj en mano?... ¿Hubo testigos del pataleo?... ¿Por qué sólo aguantaste seis bofetadas, y no más?... ¿Probaste a hacer un hatillo y escapar de casa?... Porque al fin y al cabo, con trece años y con esas tetas ya puede una buscarse la vida, ¿no?... Veo que callas, pequeña Salomé. Pues te comunico que, según el código de Hamurabi, quien calla, otorga.”

Confieso que tengo curiosidad por saber en qué para el juicio de ese otro individuo, a quién a primeros de mes detuvieron en Segovia por violar, según parece desprenderse de la denuncia de la madre y del parte médico, a su hija de 22 meses. Me juego un huevo de pato a que la pequeña zorra —algunas ya apuntan maneras desde la cuna— tampoco opuso demasiada resistencia.

Y ahora, disculpen. Tengo que ir a vomitar.

31 de enero de 1999

domingo, 24 de enero de 1999

Mujeres en blanco y negro


Tengo un amigo al que le he hecho una faena de las gordas. Se llama Sealtiel Alatriste, y cada vez que viene a España y le preguntan cómo se llama, y él lo dice, y se fijan en su apellido, la gente contesta: «No, en serio, dígame su auténtico apellido». Nunca imaginamos Sealtiel y yo, aquella noche de farra y mariachis en la que luego nos pusimos hasta las patas de tequila donde Paquita la del Barrio, en pleno corazón de la colonia Guerrero, que la promesa que le hice de bautizar con su nombre a un personaje de novela iba a traer semejante cola. Pero ya ven. El caso es que, además de ser uno de mis mejores amigos y padrino putativo, o como se diga, de mi espadachín del siglo XVII, Sealtiel es también un prestigioso editor mejicano, amén de excelente escritor con media docena de títulos publicados, que allí suelen figurar honrosamente en las listas de más vendidos. Ahora, sus editores españoles me han mandado Verdad de amor, que ya leí en su primera edición mejicana. Y al repasarla, con el placer que uno reserva a los libros bien escritos cuando además están escritos por los amigos, me he encontrado de nuevo, en la historia del barman de París, y de Chema, el cinéfilo fascinado por la famosa actriz a la que una vez vio desnudarse despacio, la presencia de un mito cinematográfico espectacular que Sealtiel y yo –la amistad está hecha de ese tipo de cosas— compartimos desde hace tiempo: María Félix. María del alma. La Doña. La hembra soberbia, dura y fría. La soldadera de lujo que, entre bolero y bolero, hizo escupir el corazón a cachos al flaco Agustín Lara que escribió para ella María Bonita. La mujer de rompe y rasga por antonomasia.

Puestos a consumir productos fabricados, por Hollywood o por quien sea, uno no puede menos que añorar ciertos espléndidos envases. En un mundo hecho ahora de telecolorín, donde el non plus ultra de la fascinación femenina lo encarna Sandra Bullock —hay que joderse—, los viejos granaderos de la Guardia que todavía somos capaces de recordar en blanco y negro formamos una especie de cofradía silenciosa, que se reconoce y se entiende por guiños y miradas y títulos de antiguas películas dichos a medias. Y que sólo a veces, cuando estamos seguros de que todos los televisores de mierda están apagados, y de que el tabernero lava los vasos en un rincón, y de que las Silkes, y las Wynonas, y las Silverstones y todas las otras mantequitas blandas y pijoniñas de teleserie, chochitos desnatados y otras soserías se han ido a dormir o carretean por la cubierta inclinada del Titanic a punto de ahogarse entre grititos y besos a Leonardo di Caprio, sólo entonces, digo, descorchamos la botella y le hacemos un hueco en la mesa a la Mujer con mayúscula, a la Mujer de verdad, querido Watson, en la que se dan cita todas las mujeres del mundo. La que toca, cura, besa, mata, y en cuyas caderas no se pone el sol. La hembra cruel y magnifica, que pisa fuerte. La femme fatale por la que antes los hombres se liaban a plomazos, o se batían en duelo tras cruzarse la cara con un guante, o empalmaban navajas en reyertas de humo y vino y se acuchillaban sin piedad, haciendo posibles boleros, tangos, corridos, coplas, películas inolvidables que todavía nos estremecen en su inigualable celuloide rancio.

Ya no hay señoras de ese calibre, y se nota. El perro mundo se resiente de ello. Ava Gardner ya no baila de noche en ninguna playa de Acapulco, ni Kim Novak se va de picnic, ni Sofía Loren se quita las medias mientras aúlla Mastroianni, ni Marlene Dietrich es Shangai Lily, ni Rita Hayworth tiembla ante Orson Welles al ponerse un cigarrillo en la boca, ni María Félix cabalga con Jorge Negrete junto al Peñón de las Ánimas, ni a Greta Garbo le roba las joyas John Barrymore en ningún maldito gran hotel del mundo. Por eso, cuando como ocurre con Sealtiel, uno encuentra el guiño de un camarada de secta, el gesto masónico de quien sabe y calla o apenas insinúa lo insinuable, esboza siempre una sonrisa cómplice y solidaria. Qué sabrán estos cagamandurrias, hermano, lo que eran hembras como Dios manda, en blanco y negro, con el adecuado fondo de chascar de pipas y crujir de palomitas. Qué sabrán lo que era María Félix en Enamorada, aquella niña bien yéndose a la guerra de soldadera, caminando orgullosa, con la mano apoyada en la silla de montar de Pedro Armendáriz. Qué sabrán estos tiñalpas lo que ella, lo que es, una jaca de bandera.

24 de enero de 1999

domingo, 17 de enero de 1999

Los cráneos de Zultepec


No todo fue oro y gloria, ni de coña. Hay un lugar en Méjico que se llama Zultepec. Allí, hace cosa de un año, los arqueólogos descubrieron, escondidos al pie de un antiguo templo, restos de cuatro conquistadores españoles y de algunos guerreros tlaxcaltecas, los indios oprimidos por los aztecas que fueron fieles aliados de Cortés y pelearon a su lado incluso en la Noche Triste y en la carnicería de Otumba. Los cráneos de los españoles habían sido tratados según el exquisito ritual del tzomplantli: desollados tras arrancarles el corazón, comidas algunas vísceras y empalados los cráneos para su exhibición en las gradas del templo. Así que pueden imaginarse el cuadro. Medio escondido entre la vegetación que lo invadió durante largos años, el templo de Zultepec no es ahora más que un montón circular de piedras negras bajo un sol implacable. Hace cuatro siglos los indios acolhuas de Tesalco, aliados de los aztecas, rendían allí culto a Ehecalt, dios del viento, y los arqueólogos —algunos españoles entre ellos— trabajan en rescatar su pasado. Tesalco tiene siniestras connotaciones históricas porque en esa región, durante los primeros días de junio de 1520, cincuenta españoles y trescientos aliados tlaxcaltecas de Hernán Cortés que avanzaban, rezagados, entre Veracruz y Tenochtitlán cayeron en una emboscada de las de sálvese quien pueda. Los que no tuvieron la potra de morir peleando en la barranca fueron arrastrados a los templos, y sacrificados para después embadurnar con su sangre los altares y los muros de los templos. Porque los aztecas también eran como para echarles de comer aparte. Poco más se supo de aquellos infelices, salvo que luego, según cuenta Hernán Cortés en su tercera Carta, se encontraron los cueros de sus caballos, restos de ropas y armas, y el propio Cortés vio, escrita con carbón en la pared de un recinto que albergó a los últimos prisioneros antes del sacrificio, la frase: "Aquí estuvo preso el sin ventura de Juan Yuste".

Supongo que lo políticamente correcto sería decir que donde las dan las toman, y que cuando uno va a por lana, o por oro, corre el riesgo de salir empalado. A estas alturas, el horror de la conquista de Méjico, la crueldad de unos y otros, la ambición sin tasa, la esclavitud de los indios y la tragedia que se prolonga hasta nuestros días, son de sobra conocidas. Todo eso lo sé, y lo he seguido allí mismo, en Méjico, sobre el terreno, con la compañía de los amigos y los libros. Y sin embargo, oyendo al dios del viento silbar entre las piedras de Zultepec, por mucho que la lucidez permita separar las churras de las merinas, uno no puede menos que sentir un estremecimiento singular cuando piensa en aquel Juan Yuste y sus compañeros. No porque nos apiademos de su suerte; al fin y al cabo la suerte en ese contexto histórico es una lotería en la que ganas o pierdes, una aventura desesperada en la que matas o mueres, dejas atrás la miseria y el hambre de una España ruin e ingrata, acogotada por curas, reyes y mangantes, y conquistas Méjico o Perú y te forras para toda la vida, o palmas comido por las fiebres, cubierto de hierro, rebozado en sangre y barro, asestando estocadas a la turba de indios valerosos que te cae encima, ven aquí, chaval, que te vamos a dar oro, y te arrastra hasta el altar donde espera el sacerdote con el cuchillo de sílex en alto.

Quiero decir con todo esto que, ante las gradas de aquel templo, pese a no sentirme para nada solidario con lo que el tal Juan Yuste y sus camaradas habían ido a hacer allí, no pude evitar un contradictorio sentimiento de comprensión; un guiño cómplice hacia todos esos valientes animales que a lo mejor nacieron en mi pueblo, y en el de ustedes, y que en vez de resignarse a lamer las botas del señorito de turno, languideciendo en una tierra miserable y sin futuro, decidieron jugarse el todo por el todo y embarcarse rumbo a la aventura, al oro y también a la muerte atroz que era su precio, llenando los libros de Historia de páginas terribles y —lo que no es en absoluto incompatible— también inolvidables y magníficas.

Léanse las relaciones de Cortés, o las memorias del soldado honrado que se llamó Bernal Díaz del Castillo, y comprenderán lo que quiero decir. El sin ventura Juan Yuste y todos los otros extraordinarios hijos de puta, empalados o sin empalar, se jugaban el pellejo por conquistar el Dorado. Hoy, los nietos de sus nietos vemos Lo que necesitas es amor, y nos vendemos por un miserable café con leche.

17 de enero de 1999