domingo, 25 de julio de 1999

Una caza sin cuartel


La vela enemiga se ve mejor ahora que, el sol está alto. Es fácil reconocerla: el aparejo de un queche que el viento, levante de ocho o diez nudos, permite llevar con todo el trapo arriba, amurado a babor. La marejada fuerte y molesta del amanecer ha disminuido, y ahora podemos ver su casco. Con los prismáticos alcanzo a distinguir la bandera: roja, la Union Jack en un ángulo. Un inglés. El corazón me late aprisa, pues desde que descubrimos la vela al alba, cuando se deslizaba sigilosamente por el freu de Tabarca y nosotros aguardábamos al acecho, fondeados en tres brazas de agua, sin luces, las velas aferradas, y camuflados ante la línea oscura de la isla, intuí que podía ser inglés. En esas fechas y entre semana, la mayor parte de los veleros que bajan para doblar hacia el sur la punta de Palos y navegan de noche sin resguardarse en los puertos o fondeaderos próximos, son extranjeros: holandeses, algún francés. E ingleses. Y a mi tripulación y a mí nos encanta cazar ingleses.

Nuestro velero es rápido. No es un regatero nervioso, ni lleva velas de competición, y la vela spinakker está prohibida a bordo con pena de pasar por la quilla a quien la mencione, porque es presuntuosa, incómoda y asesina. El nuestro es un sólido crucero de altura con casco de líneas muy rápidas, un sloop, aparejado de cúter con trinquete afilada como un cuchillo, y en vez de una mayor enrollable arbola una buena y clásica vela grande con tres fajas de rizos. Tampoco mi dotación viste calzado náutico de diseño, pantalones hasta la rodilla ni polos de marca con emblemas publicitarios: son chicas duras que llevan tejanos descoloridos, con navajas en un bolsillo de atrás, y tienen los nudillos y las rodillas llenos de cicatrices, y los bíceps endurecidos por los winches. Tipas peligrosas en tierra, vengativas en las cacerías, crueles y duras en los abordajes.

Y así, poco a poco, cable a cable vamos dando caza a la presa. El viento ha refrescado un poco cerrándose quince grados hacia la proa, y ahora es un estesureste que pone seis nudos y medio en la corredera. Mando cazar el génova y largar un poco la escota de la mayor, y ganamos medio nudo más. El barco navega ahora a un descuartelar, con el agua espumeando a lo largo de la banda de estribor, y la presa está cada vez más cerca. La tensión se siente de proa a popa, y una voz dice: «Es nuestro».

Pero no es tan fácil, voto a Dios. El perro inglés es algo más ceñidor y gana barlovento, y nuestro rumbo nos lleva más cerca de tierra que él. Miro con preocupación la sonda, que disminuye. Once, nueve, ocho brazas. La presa está ahora a un cable por la amura de babor, pero ante nuestra proa se agranda la punta rojiza del cabo Roig. Seis brazas. Temo verme obligado a dar un bordo mar adentro y perder distancia, o que el inglés pase la punta y luego meta todo a sotavento, arribe cortando nuestra proa, nos largue una, andanada con las baterías de estribor mientras estamos en plena maniobra de virar por avante, y después busque impunemente resguardo en el puertecito que hay detrás. Pero de pronto el viento refresca, orzamos cinco grados, y cabo Roig queda en franquía, por los pelos, con tres brazas en la sonda y siete nudos y medio en la corredera mientras volamos de bolina sobre el mar, dejando una estela blanca y recta por la popa. Ahora sí que ese cabrón es nuestro, me digo. Lo tenemos por el través de babor, a medio cable, yéndose hacia la aleta. Espero un poco, y luego ordeno preparar la batería de estribor. Ya puede ir encomendándose a Nelson y a la madre que lo parió.

«A virar», grito mientras desconecto el piloto y cojo el timón. Con la tripulación bien entrenada en drizas, pólvora y ron, el génova se amura a la otra banda cuando meto la proa en el viento y me acerco recto a la presa, ciñendo. Casi puedo oler las mechas encendidas y verlo acercarse a mis portas abiertas. Magic carpet, leo en su espejo. London. Y entonces arrío mi falsa bandera francesa e izo la española —treta legítima—, le corto la estela por la popa, bien cerrado y en ángulo recto, y cuando está perpendicular a mi través, a menos de quince metros, le largo al inglés una andanada mental que arrasa su cubierta, derriba el mesana entre astillazos y hace picadillo a los dos respetables ancianos de piel rojiza que me miran boquiabiertos desde la bañera, ella con un libro en las manos y él fumándose una pacífica pipa. Preguntándose, supongo, qué diablos hace ese majara. Ignorando, los pobres infelices, que llevo seis horas dándoles caza y que acabo de mandarlos al fondo del mar.

25 de julio de 1999

domingo, 18 de julio de 1999

El gorila y el ratón


No sé en qué diablos ha metido la gamba el fulano del coche blanco, pero el otro energúmeno acaba de bajarse de la furgoneta y le atiza unos golpes tremendos en el capó. Idiota, le dice. Que eres un desgraciao y un idiota. El de la furgoneta es una mala bestia cuatro por cuatro, brazos como jamones y un careto de animal, de esos que te pica la curiosidad saber quién fue el abogado que consiguió lo soltaran del zoológico. Idiota, sigue voceando. La gente se para a mirar, y en el coche blanco el receptor de la borrasca está paralizado de miedo, con las manos crispadas en el volante. Es un tipo escuchimizado, de aspecto inofensivo, con gafas que le dan cara de ratón asustado. No le calculas media hostia ni aunque saque una recortada de la guantera; así que el pobre hombre sigue allí, encogido, mientras el jaque atruena la calle con los insultos y las bravatas. Lo malo es que en el coche blanco también están la mujer y los hijos del tiñalpa. La mujer con más susto aún que el marido. En cuanto a los críos, son tres. Los dos pequeños parecen aterrados. La hija, quinceañera, tiene las manos en la cara y llora. Y el gorila de la furgoneta, crecido, poderoso, recreándose en la suerte, amaga con el puño junto a la ventanilla abierta, amenazador y macho. Que te daba asín y asín, y no sé cómo no te rompo la cara, desgraciao. Que eres un pobre desgraciao.

Por fin, desahogado, el cenutrio vuelve a su furgoneta y se quita de en medio, y el infeliz del coche blanco arranca con la cabeza baja. Y tú te quedas en la acera, viéndolo irse, mientras le das vueltas al caletre. No puede ser, piensas. A un hombre no puede hacérsele eso delante de su familia. Quizá el de la cara de ratón sea un perfecto mierda, y tal vez haya hecho con el coche una pirula de juzgado de guardia. Pero lo del gorila no puede ser. Estaba esa mujer, estaban los zagales. Por muy perros que seamos todos, por muchas faenas que te hagan al volante o a lo largo de la vida, hay cosas que nadie, por fuerte que sea o se sienta, puede hacerles a otros. Cosas que nadie debería permitirse. Puestos en los extremos, rediós, a un hombre se le mata, quizás. Se le vuela la cabeza si la cosa es proporcionada y no hay más remedio. Pero no se le humilla, y menos delante de los suyos. Esa sí que es una canallada y es una bajeza.

Y allí, de pie en la acera, te pones de pronto a recordar cosas que no te apetece recordar en absoluto. Fotos de ese álbum confuso que llevas contigo: caras, imágenes, veintiún años en la isla de los piratas que en los momentos más inesperados o inoportunos dicen aquí estoy, échame un vistazo, amigo, a ver si recuerdas. Y claro que recuerdas. Recuerdas perfectamente al miliciano maronita que se llamaba Georges Karame —batalla de los hoteles, Beirut 1976— apaleando a aquel aterrorizado padre de familia musulmán mientras otro kataeb registraba a la mujer y a la hija sobándoles las tetas. O la mirada que la campesina nicaragüense de Estelí, mayo del 79, dirigió a su marido arrodillado ante los somocistas que lo empujaban con los cañones de sus Galil, y cómo el pobre hombre intentaba mantenerse digno, y la patada que uno de ellos, pelirrojo, pecoso, alias Gringo, terminó por darle en la cabeza, y el modo en que el hombre se incorporó luego, despacio, ya mucho más avergonzado que temeroso, mirando de reojo a su mujer. O el serbio joven de Kukunjevac, verano del 91, interrogado por tropas especiales croatas, encapuchados que le daban bofetadas, una detrás de otra, mientras la mujer con un crío pequeño en brazos miraba paralizada de terror ante la casa incendiada —botella de butano abierta y una granada—, otro guantazo y otro guantazo más, y cómo cada bofetada le volvía a un lado y a otro la cabeza, zaca, zaca, resonando como el parche de un tambor. Y cómo el infeliz se orinaba encima de miedo y de vergüenza, y una mancha húmeda y oscura se le extendía por la pernera del pantalón.

Y tú recuerdas todo eso y algunas cosas más mientras se alejan la furgoneta y el coche blanco. Y parece que nada tenga que ver. Pero sabes que sí tiene mucho que ver. Te dices una vez más que el género humano es el peor de los géneros que conoces, y que no hay apenas diferencia de unos fulanos a otros. Sólo el hecho accidental de que unas veces te los encuentras en una ciudad entre semáforos y escaparates, y otras llevan escopeta en sitios donde la gente se arranca los huevos con la mayor naturalidad del mundo. Pero siempre se trata de los mismos hombres, colega. Siempre se trata de la misma infamia.

18 de julio de 1999

domingo, 11 de julio de 1999

Una tarde con Carmen


Pues no hay mal que por bien no venga, piensa Antonio. La foca y la niña y la abuela están sentadas cada una en su sitio, con la sopa y las albóndigas, y nadie dice baja la voz que no oigo el telediario, ni espera un momento a ver qué ponen en Telecinco, o pásame el mando. Aunque parezca mentira, están hablando. Y es que al repetidor de televisión de la provincia le han puesto una bomba, zaca, y la tele se ha ido al carajo. Así que, gracias a eso, Antonio se entera de que su hija tiene novio, y la niña aprende un poco de su propia historia cuando la abuela cuenta los tres años que el abuelo, que en paz descanse, pasó con fusil y manta al hombro, justo antes de Franco; y también se entera de que el propio Antonio y su legítima se conocieron en un tranvía, circunstancia que le sirve para saber cómo eran los tranvías, y para descojonarse de risa cuando Antonio le cuenta que estuvieron tres años de novios y su madre se casó virgen.

Antonio no se lo puede creer: una tarde en familia. Pero su gozo dura poco; porque, como no hay telenovela, ni teleserie gringa con la que echar la pata, la mujer y la hija deciden irse al híper con la abuela. Antonio se niega a acompañarlas. Púdrete en tu reserva india, dicen las tordas. Y se abren. Y Antonio, cercano al éxtasis, se dispone a pasar la tarde enfrentado a los horrores de la soledad, en esa reserva india compuesta por dos millares de libros y medio millar de discos.

Antonio está que no se lo cree. Tres horas en el sofá, frente al televisor apagado, disfrutando de don José, Carmen y la compañía, mientras repasa aquel capitulo semiolvidado en que don Quijote alojóse en la venta que imaginaba ser castillo. Tres horas sólo interrumpidas por el acto de elevar más el volumen para fastidiar al vecinito de al lado, que ha puesto bakalao a toda mecha (pero te vas a joder, cretino, porque mi equipo tiene cien vatios más que el tuyo, y hoy te tragas esto como que hay Dios), o para reventar a la tontalpijo del quinto, que ha subido a decir que no le gustan los gorgoritos y que el volumen está muy alto (pero te van a ir dando, capulla, porque esta tarde te estás jalando Carmen, La Traviata y el Bolero de Ravel, como yo me trago la basura diaria de tus concursos y tus culebrones televisados), o para putear a los enanos raperos del piso de al lado, que por una tarde no tienen dibujos japoneses para subnormales voluntarios, de esos a base de mangas, terminators y la madre que los parió, y vagan por la escalera como zombies.

Y así ha echado la tarde Antonio, bebiéndose un coñac de vez en cuando, preguntándose qué haría toda la peña si de pronto el tiempo diera un salto de cincuenta o setenta años atrás. Preguntándose si les bastaría con Pipo y Pipa y con 20.000 leguas de viaje submarino, si el Guerrero del Antifaz compensaría la falta de Expediente X, si serían capaces de vivir sin gorras de béisbol y sin telepizzas. Si serían capaces de seguir por la radio, emocionados, la muerte de un papa, reír con un Gila sin rostro, disfrutar con Boby Deglané, vibrar con Alberto Oliveras o amar en la voz de Juana Ginzo a la novia de Diego Valor... Antonio tiene cincuenta tacos de calendario y sabe que cualquier tiempo pasado no fue mejor. Que hay tiempos y tiempos. Pero también sabe que, puestos a elegir, prefiere las canicas y el caballo de cartón, con sus inmensas limitaciones, a convertirse en un exterminador de extraterrestres. Que prefiere los reyes godos, la historia del Cid, la geografía y las cartillas de caligrafía a la mierda de la ESO. Que se queda con Gilda, Capra, Cecil B. de Mille, John Ford y Tony Leblanc antes que con las telebazofias norteamericanas a base de barbies con tetas de silicona. Por supuesto, no hay una lógica en ese tipo de preferencias; sabe que tal vez ni siquiera resistan un análisis lúcido, moderno y actual. Pero también sabe que él tiene razón, y que son los otros los que no la tienen.

A las siete regresan las señoras. La hija, como sigue sin haber tele, pide —milagro— un libro, y Antonio le da a elegir entre Bomarzo, de Mújica Laínez, que es largo, y El gran Gatsby, de Scott Fitzgerald, que es corto. La niña prefiere el corto, y ahora lee en su cuarto mientras la abuela escucha la radio en el suyo. En cuanto a la legítima, como sigue sin haber tele, acaba de sugerir irse un rato a la cama. Y Antonio, que no la veía tan marchosa desde hace años, apura el coñac y la sigue por el pasillo, canturreando bajito lo de Escamillo. Con una sonrisa feliz de oreja a oreja.

11 de julio

domingo, 4 de julio de 1999

Chotos, pollos y ministros


Es que es la leche. Uno no sabe si revolcarse de risa o blasfemar en arameo cuando imagina el cuadro. Ese despacho de ministerio, con su bandera. Ese ministro abnegado e intachable. Esos subsecretarios, asesores y correveidiles en plan tormenta de cerebros. Qué pasa con la cocacola, pregunta el ministro. Y con los pollos. Y con las criadillas de choto. Y con la colonia Tufy nº 5. Y con los panchitos y las gominolas. Porque me la estoy jugando, rediós. Me la estoy jugando y vosotros no os ganáis el jornal, y esta mañana me han sacado los colores en Moncloa. Que esto se nos va de vareta. Y los del elenco, muy dinámicos y en mangas de camisa y pidiendo café a la secretaria, como aprendieron en sus masters de Harvard y de Berkeley, diciendo: tranquilo, ministro, todo está bajo control. Que no cunda el pánico. Y el ministro contesta: eso, que no cunda el pánico, porque como cunda estamos bien jodidos. Y los asesores replican que no es para tanto. Cuéntaselo tú, Borja Luis.

Y Borja Luis se alisa la gomina, tira de bloc y le cuenta al ministro que no pasa nada. Que las cocacolas eran sólo dos cajas de doce, y en la etiqueta pone contamination made in Belgium, así que hasta Steve Wonder podría identificarlas. Y que los pollos ni se han acercado a la frontera. Y que las criadillas de choto chungas son las de choto MacPherson, que es una variedad de choto escocés que sólo se consume en algunos barrios de Glasgow, según se entra a mano derecha. Y que la colonia Tufy está limpia, y hasta la usa Ana Botella. Y que lo de los panchitos y las gominolas es un infundio de los fabricantes de palomitas para reventar a la competencia en el estreno de la Guerra de las Galaxias. Así que tú tranquilo, ministro. No te disminuyas. Sal y da la cara, que en ésta no te pillan.

Y el ministro sale y lo cuenta. Garantizo personalmente, etcétera. Cordón sanitario, cinturón de hierro, permanente vigilia. Aquí no pasa nada, y las criadillas son cojonudas porque tienen mucho potasio. En cuanto a los pollos, trajimos cuatro para verlos, pero no convencieron y se los mandamos a los de Kosovo, que a esos, total, les da lo mismo. Al final de la rueda de prensa sacan al ministro en el telediario bebiéndose a morro una cocacola. La chispa de la vida, dice el muy capullo.

Luego se va a su ministerio y se fuma un puro. Enciende la radio para ver cómo quedó la cosa, y oye a un camionero de Cuenca explicando que ignora la suerte de los cuatro pollos que fueron a Kosovo, pero que él personalmente hizo diez viajes a Bélgica y se trajo doscientas toneladas de pollos de ésos, que vio venderlos en un montón de pollerías y que los conoció por el acento. En cuanto a la cocacola, resulta que además de las dos cajas localizadas, que pone made in Belgium, hay otras trescientas mil cajas sin localizar donde no pone nada, que vienen del mismo sitio y se han repartido hasta en Chafarinas, y que el responsable de distribución para España acaba de pegarse un tiro gritando «no me cogeréis vivo» cuando iba a buscarlo la Guardia Civil. Y en cuanto al choto MacPherson, no sólo las criadillas tienen índices de plomo como para fabricar posta lobera del 12, sino que además esa variedad de choto está como una cabra y transmite la enfermedad de los chotos locos, que entre otras perversiones hace que los madrileños, a estas alturas, sigan votando a Álvarez del Manzano. Y que la colonia Tufy nº 5 tiene dioxinas sulfurosas, y a Ana Botella le han salido en el pescuezo unas ronchas que te cagas. Y que no sólo las gominolas y los panchitos, sino también las palomitas, contienen metacrilato clorhídrico espasmódico. Y además, en cada bolsita hay un rótulo que dice: Envasado en Doñana, Spain.

Entonces el ministro coge el teléfono y llama a su homónimo de Transportes y Aeropuertos, o como carajo se diga eso de lo que se ocupa el fulano. Cuéntame cómo haces para no dimitir, tronco, le dice. Cuéntamelo despacio, que tomo nota. Y el otro contesta: pues nada, tío. Esto es como lo de don Tancredo. Tú ni parpadeas hasta que pasa el toro. De momento échale la culpa a alguien: al bipartidismo mediático, al efecto 2000 o a Milosevic. Después te callas unos días, te vuelves invisible, y cuando aparezcas otra vez sales como si nada, hablando de otra cosa. De aquí a entonces ya verás cómo surge alguna historia diferente, y los periódicos titulan con los Balcanes, Gil y Gil, el pacto de Estella o el nuevo abonado a la bisectriz de Mar Flores. Lo bueno de gobernar aquí, colega, es que este país tiene muy mala memoria.

4 de julio de 1999

domingo, 27 de junio de 1999

Los dos abuelotes


Tengo unos vecinos que se llaman Luisa y Pepe. Son unos viejecitos encantadores, sin hijos, cerca ya de los ochenta. Luisa es una castellana de pelo blanco, menuda, siempre sonriente, educadísima, a la que uno se encuentra por el campo paseando a su perra —una salchicha de pelo duro andarina y apacible—, o muy precavida al volante del coche, yendo a hacer la compra o a buscar los periódicos. Porque Pepe, el marido, no conduce. Está hecho polvo, y los años se le notan. Es un gallego muy flaco, alto, de cabello abundante y canoso, que sale con zuecos de madera a tomar el sol. Como pareja, es una de las más insólitas que conozco. Porque Luisa es catedrática jubilada de Filología, y Pepe es teniente jubilado de la Guardia Civil.

Se conocieron en una residencia de abueletes. Pepe, viudo, quedó fascinado por los ojos azules, la vivacidad y la ternura de aquella simpática viejecita soltera, que había dedicado su vida a las lenguas clásicas y seguía desayunándose con Jenofonte y cenando con Apolonio de Rodas. Pepe no era demasiado instruido, pero a Luisa la sedujo su elegante delgadez, la bondad de su honrado corazón celta, la sencillez con que contaba fragmentos de su vida de hombre de acción: La guerra civil de marinero en el Canarias, la difícil postguerra, la larga carrera desde abajo, como picoleto chusquero, hasta retirarse como jefe de puesto, con el grado de teniente. Se quedaban charlando hasta las tantas, iban siempre juntos a todas partes, y ocurrió lo que tenía que ocurrir: se enamoraron como zagales. Así que, tras darle vueltas al asunto, decidieron casarse, dejar la residencia y buscar una casa en la sierra de Madrid.

Y aquí siguen. Ella con sus trabajos filológicos, sus monografías y sus libros: Amor omnibus idem y todo lo demás. Él cultiva el jardín y da cortos paseos al sol cuando se lo permite su salud, que ahora es muy mala. No soy nada inclinado a la vida social, y hay vecinos que saludo desde hace quince años sin saber todavía cómo se llaman. Ni falta que me hace. Pero Luisa y Pepe me caen tan bien que siempre charlo un rato, me intereso por los trabajos de ella o le pregunto a él por los años de juventud, aquel bombardeo atrapado en un pañol del Canarias, o cuando andaba por la sierra con zamarra, boina y naranjero, combatiendo al maquis. Fue la época más dura de su vida: monte, nieve, escaramuzas y peligro, donde a veces el cazador se convertía en cazado. Como quienes los han vivido de verdad, Pepe sabe hablar del miedo y del sufrimiento con naturalidad, sin darles más importancia que la que tienen como parte de la vida. Lo del maquis fue su gesta personal; le gusta recordar, y siempre detecto en su voz admiración por el coraje de los hombres y mujeres contra los que combatió. Cuando encuentro libros sobre esa época se los regalo, y él los lee —aunque cada vez le cuesta y tarda más— y luego me los comenta: La sierra en llamas, de Ángel Ruiz Ayúcar. Luna de lobos, de Julio Llamazares. Maquis, de Alfonso Cervera.

Los dos viejecitos viven solos, y todo el mundo los conoce y aprecia en un lugar donde la gente hace vida a su aire y se ocupa poco de los otros. Tal vez por eso me gusta este sitio: porque hay silencio, hay árboles, y, si no das confianza, nadie viene a pedirte sal ni a invitarte a una barbacoa. Aquí te puedes morir tranquilo, sin pelmazos y sin visitas. Hasta don José, el páter, a quien a veces encuentro comprando el pan y charlamos sobre escribas y fariseos, sólo acude a darte los óleos si los pides con mucha urgencia. Sin embargo, la otra noche ocurrió algo especial: estaba leyendo en el jardín cuando oí la sirena de una ambulancia, que al parecer se había detenido frente a la casa de los dos ancianos. Salí a toda prisa, pensando en la mala salud de él, en la soledad de ella. Y, para mi sorpresa, comprobé que todos los vecinos, absolutamente todos, se habían congregado allí dispuestos a echar una mano. Por suerte no era Pepe; la ambulancia estaba detenida en la casa de al lado. Entonces nos miramos unos a otros, sorprendidos, confusos, arrancados de pronto a nuestro egoísmo natural, a nuestra reserva. Por un instante nos vimos bajo un aspecto mejor, o diferente. Esforzados, tal vez. Solidarios en una inesperada causa común. Casi buena gente. Luego, un poco avergonzados, nos saludamos en voz baja y regresamos despacio cada mochuelo a su olivo. La luz de la ambulancia seguía lanzando destellos ante la casa de más allá. Pero Pepe y Luisa estaban bien, y esa era ya otra historia.

27 de junio de 1999

domingo, 20 de junio de 1999

La estocada de Nevers


Pues sucede que paso por la puerta de un cine y miro el cartel. Anda tú, me digo. Una de espadachines. Y además francesa, que las hacen estupendas, y son ahora al buen cine histórico y de aventuras europeo lo que Hollywood era a mediados de siglo. Total, que miro las carteleras y el titulo. ¡En guardia!, se llama. Hay algo más pequeño escrito debajo, entre paréntesis, pero estoy lejos y no alcanzo a leerlo bien. Así que me acerco, y mientras lo hago compruebo que los actores son Daniel Auteuil, aquel formidable Enrique el Bearnés de La reina Margot, y Vincent Pérez, el caballero de La Móle que se liga a Margarita de Valois en esa misma película, y que también hace, por cierto, del Cristian rival de Depardieu en Cyrano. Ésta no sé de qué va, me digo. Eso de En garde! no me suena en gabacho para nada: ni a película, ni a novela. Pero da igual. Tiene buena pinta, y se me hace la boca agua. Lo mismo encima la peli es de Chereau, o de Tavernier, y me compro una bolsa de palomitas y me pongo hasta arriba de estocadas. Seguro que al menos éstos no tienen la intención de contármelo todo sobre su madre.

Entonces llego por fin más cerca del cartel, y miro los fotogramas de la película y compruebo, algo mosqueado, que me traen un aire familiar. Y luego alcanzo lo que pone entre paréntesis debajo de ¡En guardia! y entonces sí que me quedo patedefuá. Le Bossu, leo, mirando hacia arriba con la boca abierta y cara de lelo. Le Bossu, tal cual, en francés. Y al que no parle, que le den. Eso es lo que se habrán dicho los distribuidores españoles, capaces de todo menos de llamar a una cosa por su buen y viejo nombre de toda la vida. Qué más da. Al fin y al cabo la historia original sólo es un puñetero libro. Aunque, conociendo como conozco en persona a algunos distribuidores locales de cinematógrafo, dudo que muchos hayan oído hablar nunca de la historia original. Ni de ésa ni de ninguna otra que venga en letra impresa. Así que, bueno. Allí, en la puerta del cine, reacciono y alzo un puño indignado clamando al cielo. Después blasfemo en arameo. Imbéciles, farfullo. Hay que ser imbéciles y cantamañanas para estrenar en España El Jorobado, y no llamarlo por su nombre.

Cualquier lector de pata negra sabe a qué me refiero. O cualquier cinéfilo que recuerde a Pierre Blanchard, a Jorge Negrete o a Jean Marais —mi favorito era este último— interpretando en la pantalla al intrépido Enrique de Lagardére, el Parisién, el antiguo alumno de los maestros de armas Cocardasse y Passepoil oculto bajo la deforme apariencia de El Jorobado, el espadachín que rescata del pasado la famosa estocada de Felipe de Nevers —«yo soy, yo soy»—, su amigo de una trágica noche en los fosos del castillo de Caylus, para proteger a la huérfana Aurora de las maquinaciones del malvado Gonzaga. Cualquier lector que haya disfrutado con el soberbio folletín de Paul Feval —hay una edición estupenda en la editorial Anaya— no puede menos que sentirse personal y directamente agraviado al descubrir, bajo el camuflaje del título ¡En guardia!, una de las raras y felices conexiones que a veces se dan entre cine y literatura, donde obra literaria y resultado cinematográfico se encuentran a la altura una de otra. Donde el espectador o el lector avisados pueden buscar el complemento en el libro o en la pantalla, enriqueciendo así más su percepción de la historia que leen, o que escuchan y miran. Es una lástima que la estupidez, la ignorancia, la moda, la dictadura del mercado norteamericano, facilitada por una Administración española analfabeta y servil, hagan imposible todo eso. Si la historia original es un libro —dicen aquí— por famoso que sea, no merece la pena indicar el título. A fin de cuentas los libros no los lee nadie; así que mejor un titulo de acción. Algo espectacular, que suene a Hollywood. Y eso de El Jorobado suena fatal. Un jorobado no tiene cuerpo danone, ni se viste de rapero. Además, la palabra joroba es políticamente incorrecta, en estos tiempos de gente guapa. A ver qué quinceañero irá al cine si le hablas de tipos encogidos y de pepinillos en vinagre. Si fuera de terror, todavía. Pero ni siquiera salen Freddy Krüger o el muñequito Chucky. Así que no jorobes: el subtítulo en francés, para que no se entienda. Y en cuanto al Lagardére ese, puede irse dando con un canto en los dientes. Porque, en vez de ¡En guardia!, podíamos haberla titulado Estocator IV.

20 de junio de 1999

domingo, 13 de junio de 1999

El pequeño serbio


Pues eso. Que estaba el arriba firmante sentado el otro día en una terraza de la plaza de San Francisco de Cádiz, mirando la vida. Y en la mesa contigua había un matrimonio joven con dos zagales, dos enanos rubios de entre siete y nueve años, y el mapa desplegado, y la cámara de fotos. Y yo, que tenía más hambre que un caracol en la vela de un barco, desayunaba un mollete untado de aceite; y entre mordisco y mordisco al pan caliente miraba la plaza, y las palomas revoloteando frente a la puerta de la iglesia. También miraba a los dos niños, a quienes sus papis acababan de comprar dos tirachinas de esos que antes los críos fabricábamos en plan artesanal, con un trozo de madera en V, tiras de neumáticos, un retal de cuero y un palmo de alambre, y que ahora se venden en las tiendas y en las jugueterías, y valen una pasta. Que por cierto tiene tela, tanta capullez sobre los juguetes bélicos y las armas y las navajas de Albacete, y resulta que cualquier parvulito puede comprar un tirachinas de precisión para saltarle un ojo al vecino, o un huelguista de la Bazán ponerle un tornillo dentro y perforarle la visera del casco a un antidisturbios. Que no tengo yo nada contra el hecho en sí, y cada cual perfora lo que cree conveniente; pero extraña que por un lado el personal se lleve las manos a la cabeza, y por el otro ponga las cosas tan a huevo.

En fin. El caso es que allí, imagínense, están los dos niños con sus tirachinas recién comprados, y yo sigo con mi desayuno mirando cómo se pasean las palomas, y cómo un palomo muy seguro de sí y muy flamenco hincha el buche sacando pecho y se contonea entre las marujillas plumíferas, que hacen corros y lo miran de reojo, bucheando, o zureando, lo que sea que hacen las palomas en voz baja cuando el cuerpo les pide marcha. Y estoy en ésas, pendiente de a cuál se liga el Travolta del palomo, cuando de pronto se me atraganta medio mollete porque oigo al niño rubio mayor decirle a su hermano rubio menor: “Vamos a espantar palomas”. Miro al padre, suponiendo que ha oído lo mismo que yo, y compruebo que el padre sigue leyendo con mucha calma el periódico. Miro a la madre, rubia, muy bien vestida, y compruebo que desliza su mirada lánguida por la plaza, apática e impasible, mientras sus dos criaturas se ponen en pie y, lanzando gozosos gritos de guerra, cogen guijarros de las jardineras municipales y empiezan a sacudir chinazos a diestro y siniestro. A Travolta lo pillan descuidado, metiendo barriga y sacando pecho, y de una pedrada le cortan el rollo y la digestión de las miguitas que acababa de jalarse al pie de mi mesa. Luego los tiernos infantes se ponen al dispararles a las palomas con precisión letal de francotiradores serbios, y la plaza se vuelve revoloteo de palomas acojonadas y plumas que flotan en el aire. Alucino. Miro al padre, que sigue pendiente de su periódico. Miro a la madre, que observa silenciosa la almogavaría de sus pequeños gamberros. Miro las dos cabecitas rubias que van y vienen gozosas desde hace cinco minutos largos, disfrutando del momento inolvidable que sin duda, dentro de cuarenta años, cuando se reúnan a cenar por Navidad, ambos evocarán con lágrimas en los ojos, por aquello de que la infancia es el paraíso perdido, etcétera. La madre me mira. Ha debido leerme el pensamiento, porque desvía los ojos hacia sus niños y luego vuelve a mirarme. Entonces, saliendo de su apatía con un esfuerzo casi físico, llama al mayor. Paquito, le dice. Paquito, ven inmediatamente y trae a tu hermano. Paquito no le hace ni puto caso y sigue a lo suyo. La madre deja transcurrir otro minuto, me mira de nuevo e insiste. Paquito. A esas horas, la paloma más cercana está en lo alto del campanario, y Paquito regresa con su hermano, sudoroso, vencedor cual César tras darse una vuelta por las Galias. Con los tirachinas traen, como trofeo, sendas plumas blancas de la cola del pobre Travolta, que a estas horas debe volar a ciento ochenta por hora camino de Ciudad El Cabo. Con mucho alarde, la madre les confisca por fin el armamento. Paquito me mira con ojos de odio, intuyéndome culpable. Se parece, me digo, a aquel soldado que quiso matar a un prisionero en KuKunjevac, Croacia, septiembre del 91, y no lo hizo porque la cámara de Márquez lo estaba filmando. Y es que algunos hijos de puta ya prometen desde su más tierna infancia. Uno se los tropieza lo mismo en Cádiz que en Kosovo, con tirachinas o con fusil de asalto Kalashnikov, y sospecha que no siempre Herodes o Javier Solana degollaron inocentes.

13 de junio de 1999

domingo, 6 de junio de 1999

Elogio del mercenario


Ocurrió hace poco, cuando una periodista me entrevistaba con motivo de un reciente trabajo. “Fue un trabajo mercenario y divertido", dije, y observé que mi interlocutora daba un respingo, escandalizada. “¿Puedo decir eso exactamente: mercenario?”, preguntó. “Claro —respondí—. ¿Qué tiene de malo un trabajo mercenario?... Usted misma lo es. Viene a entrevistarme porque le pagan un sueldo”. No pareció muy convencida, e ignoro cuál fue el tratamiento final que dio al asunto. Por la cara que puso, prefiero no saberlo. Pero aquello me hizo reflexionar. He advertido con frecuencia, en conversaciones con periodistas o con lectores, incomodidad cuando pronuncio la palabra mercenario para definir etapas de mi vida como reportero, o esos trabajos que uno realiza simplemente porque le apetece y le pagan. Supongo que no es un término políticamente correcto. Suena mejor voluntario entusiasta, claro. O apasionado vocacional. Hemos llegado al punto de soplapollez en que si dices que haces un trabajo lo mejor que puedes, porque lo cobras y porque eso incluye cumplir con eficacia, la gente te mira raro. Por lo visto esperan que vayas a la guerra y te vuelen los huevos y escribas libros o toques la flauta por amor al arte y por altruismo. Y que además seas humanitario, honesto, solidario, guapo y finalista del Planeta. Como Mendiluce.

Pues no. A mí me van a disculpar ustedes, pero la palabra mercenario me pareció siempre de lo más honrosa. En realidad desconfío automáticamente, por experiencia y por instinto, de los voluntarios entusiastas teóricamente movidos por una fe, un libro o una idea. Cuando la vida los pone en situaciones extremas, suelen ser crueles e imprevisibles. Nada hay más turbio y peligroso que tener a Dios o una causa justa de tu parte. Sin embargo, que un fulano o una fulana hagan un trabajo por la debida soldada, y a cambio den lo mejor de su experiencia profesional, ya sea para sostener algo en lo que creen o para realizar cosas que les importan un carajo, incluido hacerle al prójimo un francés, me parece de perlas. Ahí nadie se llama a engaño. Por supuesto, hay mercenarios honestos y mercenarios deshonestos, y eso ocurre entre los que degüellan y entre los que aprietan tornillos en la Renault, entre los albañiles y entre los francotiradores. Los límites éticos ya son otra cuestión, —y cada cual decide los suyos—. Pero, en términos generales, mi ideal profesional ha sido siempre quien hace su curro de la forma más eficaz posible; el que se bate hasta el límite de sus fuerzas, porque en el trabajo bien hecho está su dignidad personal. No hay otro estipendio digno que el que ganas con tu resuello y con tu sangre. Y lo demás son milongas.

Y aún diré más. Durante veintiún años como reportero en lugares donde la moral ortodoxa no vale una puñetera mierda, siempre preferí trabajar con mercenarios eficaces antes que con voluntarios aficionados. Estos últimos me dejaron tirado muchas veces con variados pretextos. De pronto recordaban que tenían que ir a ocuparse de su anciana madre, o a hacer pipí, o a poner un telegrama. Sin embargo, cuanto más podrido o peligroso era el lugar, individuos de muy dudosa catadura moral, a quienes pagué puntualmente sus servicios tras seleccionarlos con sumo esmero entre lo mejor de cada casa —traficantes, proxenetas, lumis, taxistas, asesinos, torturadores, intérpretes, policías— fueron, en su mayor parte, eficaces colaboradores que corrieron riesgos inauditos por cien dólares diarios y que se ganaron de sobra esa pasta dejándose el pellejo, alguno para siempre, en el asunto. E incluso ahora que me busco la vida por derroteros apacibles, sigo prefiriendo a un punto filipino que sea buenísimo en su trabajo, y cobre por ello, antes que a un aficionado voluntarioso, un simpático tiñalpa al que a la hora de la verdad le tiembla el pulso y no sabe hacer la o con un canuto. Así que lo siento. No tengo el menor complejo a la hora de utilizar la palabra mercenario, que para mí sólo es sinónimo de profesional. Al contrario, lamento que no haya más. Y que, entre los que hay, no todos sean pundonorosos y sin complejos, ya se trate de fontaneros, soldados, curas, putas o políticos. Además, si un día alguien me pone una cuchilla en el gaznate, espero que sea un profesional capaz de hacer las cosas con limpieza y eficacia, rápido y como Dios manda, en vez de montárselo en plan chapuza, quiero y no puedo, y dejarme tirado de mala manera, imagínense, media hora desangrándome como un cerdo.

6 de junio de 1999

domingo, 30 de mayo de 1999

Corsarios uruguayos


Oído al parche los hermanos de la costa que, como el arriba firmante, han viajado en la Hispaniola a la isla de los piratas, arponeado ballenas a bordo del Pequod o combatido penol a penol en la Surprise, entre cañoneos y astillazos, junto al amigo Jack Aubrey y el doctor Maturin. Esto es un aviso exclusivo para navegantes, o para quienes consideran que abrir las tapas de un libro es franquear una puerta hacia la vida y la aventura; así que quienes no conozcan los signos masónicos pertinentes, pueden pasar la página y dejarnos tranquilos entre colegas, con los esqueletos en el cofre del muerto y nuestra botella de ron.

Una advertencia: no suelo utilizar los domingos para recomendar libros más que de uvas a peras, y cuando lo hago especifico que le estoy rindiendo homenaje a un amiguete y que me ciega la pasión, de modo que mi juicio puede ser cualquier cosa menos objetivo. Esta vez, sin embargo, voy a hablarles de una novela escrita por alguien a quien no conozco, y cuya publicación en España constituye para mí una excelente noticia y un acto de justicia. El título es La cacería. Y su autor, un uruguayo de sesenta y seis años llamado Alejandro Paternain.

Cayó en mis manos por casualidad, en 1996. Yo estaba en Montevideo, buscando el hotel desde donde el espía británico ve al Graf Spee hacerse a la mar en La batalla del Río de la Plata, cuando la casualidad puso en mis manos La cacería. La novela y el autor me eran desconocidos, pues Paternain nunca había sido publicado en España; pero el asunto me fascinó desde el principio: primer tercio del siglo XIX, corsarios, una persecución clásica en el mar. Aventura, historia, navegación, se daban feliz cita en aquellas páginas, que además estaban extraordinariamente bien escritas. Así que localicé al autor —supe entonces que era profesor de Literatura y que tenía otras tres novelas—, hablé con él por teléfono y le dije olé sus huevos, abuelo. Ya no se escriben novelas como ésa, y me habría gustado firmarla a mí. Luego compré cinco o seis ejemplares, se los regalé a los amigos, y me desentendí del asunto.

Uno de aquellos ejemplares cayó en buenas manos, y Amaya Elezcano, que es mi editora y mi amiga, se empeñó en publicarla. La cacería acaba de salir, por tanto, y anda por las librerías con una goleta preciosa pintada al óleo por Carlos Puerta en la tapa, navegando a todo trapo entre cañonazos, ante un cielo y un mar azules. Dentro hay —se lo juro a ustedes por la bala que le saca Matthew Modine a Geena Davis en La isla de las cabezas cortadas— una novela singular, bellísima, insólita en la literatura actual en lengua española. Relata las peripecias y combates de una goleta corsaria artiguista entre 1819 y 1821, durante la campaña naval que abarca el período de las invasiones portuguesas. A bordo de embarcaciones ligeras y audaces como ésa, marinos norteamericanos y de otras nacionalidades pelearon bajo el pabellón tricolor por la independencia de Uruguay, constituyendo la primera marina de guerra de ese país. No es casual, por tanto, que el día 15 de noviembre se celebre el nacimiento de la armada nacional uruguaya: en esa misma fecha, año de 1817, Artigas, jefe de los orientales, firmó la patente oficial de presas para John Murphy, capitán de La Fortuna.

Como verán —y vivirán— en La cacería, el escenario de esa dura campaña naval contra los portugueses no se redujo a las aguas cercanas. Se extendió por mares y océanos hasta el Mediterráneo, con atrevidas singladuras y combates en que uno y otro bando tuvieron variada suerte. Y esta novela cuenta uno de esos dramáticos episodios: una persecución prolongada, implacable, bajo la forma de un apasionante duelo en el mar entre el capitán Brito, al mando del brick portugués Espíritu Santo y la goleta corsaria Intrépida, mandada por el capitán Blackbourne.

Sigo sin conocer personalmente a Alejandro Paternain, que ya más cerca de los setenta que de los sesenta es un clásico vivo. Pero quiero agradecerle con estas líneas algo más que permitirme disfrutar una hermosa novela sobre el mar. Su gran logro es trasladar al lector a la cubierta de esas embarcaciones, con todo el trapo arriba, el viento en la jarcia, y en la boca el sabor de la sal y el aroma del peligro. Digna de figurar junto a los mejores relatos navales de Patrick O'Brian, C. S. Forester y Alexander Kent, La cacería es una epopeya ruda e inolvidable. Nos devuelve al tiempo en que una raza especial de hombres aún surcaba los mares en busca de gloria o de fortuna.

30 de mayo de 1999

domingo, 23 de mayo de 1999

Leo y el Teniente Castillo


Leo me ha dado un disgusto. Leo es tranquilo, de modales impecables. Las clientas maduras y las que no lo son tanto suelen mirarlo de reojo, y le sonríen al dejar propina. Leo vino la otra noche a traerme una Bols con hielo y un poco de tónica, y luego se demoró un poco junto a mí, bajo la cúpula del bar de mi hotel de Buenos Aires. Siempre charlamos un poco: le regalo libros y él se niega a cobrarme el último café. Tal vez la próxima vez que usted venga yo no siga aquí, dijo. Después se encogió de hombros. Quizá intente otra cosa, añadió. Otro trabajo. No quiero ser camarero toda la vida. Respondí que nada tiene de malo ser camarero cuando eres un buen camarero. Sonrió. A mi edad todavía puedo intentar algo mejor y equivocarme, dijo. Nunca le había preguntado su edad, y esta vez lo hice. Veinticuatro años. Le deseé buena suerte, tripliqué la propina habitual y le di la mano. El bar no será el mismo, dije.

Bares y camareros. Resulta curioso, pensaba al despedirme de Leo, hasta qué punto uno asocia los unos con los otros, al extremo de que nada es lo mismo cuando faltan. En la vida nómada que llevé durante años, cuando los bares se convertían en refugio, oficina y vivienda, eran los camareros quienes terminaban decidiéndome a adoptar éste o aquel. O quizás eran ellos, los camareros, quienes decidían adoptarme a mí. No conocí nunca a un camarero profesional que no estableciera sutiles lazos y barreras con unos clientes y otros, o que no practicase un silencioso juego crítico con la fauna variopinta que desfila al otro lado de la barra; sacando conclusiones que sólo se confían, a veces, a unos pocos iniciados tras larga y rigurosa selección. A veces, con una simple palabra dicha en voz baja, con la imperturbabilidad de un croupier flemático.

De cualquier modo, ni los lugares ni los recuerdos serian los mismos sin ellos. Sin Mustafá, el bar del Holiday Inn de Sarajevo sólo habría sido un bar más de una ciudad en guerra más; y dudo encontrar nunca a otro capaz de quitarle el polvo a una botella, después de que una bomba estalle encima del hotel llenándolo todo de tierra y escombros, para servir una copa con la misma elegancia y sangre fría que él. Sin Silvia, mi bar favorito de contrabandistas de Gibraltar sería más aburrido que un chiste de leperos contado por Abel Matutes. Sin Pepe Bárcena, el camarero poeta contagiado del virus de la literatura, el Café Gijón seria infinitamente menos literario de lo que todavía es. Sin Claudio, el tiro que pegó Pancho Villa en el techo de la cantina de la Ópera el día que entró a caballo y borracho, pasaría inadvertido para quien entra a beber un tequila en el corazón de Méjico D.F. Incluso bares o cafés que ya no existen, como el Fuyma de Callao o el Mastia de Cartagena, quedaron en mi memoria vinculados a camareros como Antonio, alto, bigotudo, solemne con su chaqueta blanca y su pajarita, que convertía el acto de servir un café en algo trascendente por lo que valía la pena pagar, y disfrutarlo. En Beirut, en Luanda, en Sevilla, siempre deseé tenerlos de mi parte. Quería leer en sus ojos su aprobación, y escuchar sus confidencias. Intuía que tras su calma profesional, tras su mirada atenta a los deseos y caprichos de los clientes, latía a veces una especial lucidez; un conocimiento profundo de los hombres y de la vida. Recuerdo al teniente Castillo —no era su nombre auténtico, por supuesto, sino un apodo que yo le puse—, camarero de cierto club náutico mediterráneo, que albergaba un profundo rencor social hacia sus clientes: un odio republicano, profundo, brutal, absolutamente revolucionario, que sólo dejaba traslucir en nuestras conversaciones en voz baja, acodados en la barra. Para el teniente Castillo, el lugar natural donde había que conducir a todos aquellos propietarios de yates y a todas aquellas damas del pijerío local, era el paredón del cementerio, al amanecer, ante los faros de un camión y con un piquete de buenos máuser apuntando. Luego lo veía servir un coñac, una cocacola, y mirar a sus clientes en silencio, con ojos de venganza; como si estuviera contando para sus adentros el tiempo que le quedaba a cada uno. Disfruta, mala zorra —debía de pensar— que te quedan tres días. Un día desapareció, y supongo que lo echaron, porque la verdad es que al final se le notaba mucho. Lo imagino en alguna parte, con su pitillo humeante en la boca, afilando un machete en una piedra mientras cuenta impaciente los días del calendario. Espero que, llegado el momento, todavía me reconozca.

23 de mayo de 1999

domingo, 16 de mayo de 1999

La viejecita de San Telmo


Cuando estoy en Buenos Aires me gusta pasar alguna mañana en el rastro de San Telmo, entre los tenderetes de objetos viejos y las tiendas de anticuarios. Siempre hay músicos que milonguean entre corros de gente, y una señora que pasea con boa y sombrero, vestida como aquellas Margot a las que, según cantaba mi padre al afeitarse, uno solía encontrar de madrugada, solas y marchitas, saliendo de un cabaret. En una de las bocacalles que dan a la plaza suele apostarse un anciano de pelo teñido, que se viste como Carlos Gardel, pone una cinta con La cumparsita y la canta con voz cascada, seca, que en otro tiempo debió de ser grave y sonora, imitando el gesto chulesco, bacán, de aquellos guapos de Boca y Palermo con cuchillo en la sisa del chaleco, cuyas andanzas nos cuentan Borges y Bioy Casares. El abuelete canta mirando lejos, muy digno, ensimismado en otros tiempos en que era joven y gallardo, y tal vez arrancaba con sus canciones suspiros de hermosas mujeres. Siempre me acerco a dejarle unos pesos; y él, sin dejar de cantar, impasible el rostro, se toca el ala del sombrero. Cada vez pienso que no estará allí la siguiente, pero siempre vuelvo a encontrarlo, año tras año. El fantasma de Carlos Gardel, me digo. O tal vez un tiardel que hubiera sobrevivido a la calda de aquel avión y ahora vagase por Buenos Aires de incógnito, sombra de sí mismo.

Me gusta mucho la plaza de San Telmo, con sus bares y sus restaurantes en los balcones de los pisos, y las tiendas donde se amontona el barroco recuerdo de un pasado opulento. El paseo por allí resulta muy agradable, si uno consigue olvidar los rebaños de gringos rubios, ruidosos, que mascan chicle, graznan en anglosajón y deambulan en torpes grupos haciéndose fotos sin saber en dónde están y maldito lo que les importa. A veces compro libros viejos, o curioseo entre los tenderetes revisando mazos de antiguas postales, fotos de Perón, llamadores de bronce, mohosas Kodak de los años veinte, destrozados juguetes de hojalata, muñecas de pelo natural. En sitios así, cuando tiendes la oreja y miras del modo adecuado, y afinas las yemas de los dedos al acariciar los antiguos objetos, puedes captar el rumor del tiempo transcurrido. Entonces cada calle, cada rostro, cada rincón, cobran sentido. Y uno conoce, y comprende. Y ama.

Después del ritual de costumbre, fui a sentarme en uno de los bares de la plaza. Y estando allí se acercó una señora mayor: iba moviéndose de mesa en mesa con extrema cortesía y una sonrisa educadísima. Cuando llegó a mí comprobé que vendía un humilde libro escrito por ella. Miré el título: Aires de tango. Un guiri estúpido que ocupaba la mesa de al lado lo había rechazado con malos modos, así que eso me hizo exagerar el interés, e incluso intenté volcarle con el codo la cerveza al guiri cuando me incliné hacia la señora, sin conseguirlo. Se llamaba Rosa Ruiz de Dugour, me dijo. Era profesora de música, viuda, tenía ochenta y tantos años y vendía aquel librito para ganarse unos pesos. La sonrisa pareció rejuvenecería cuando me contó que en su juventud había formado pareja artística con el marido: la Orquesta Típica Dugour. Aires de tango era un homenaje a los tangos que cantaron juntos. Había letras suyas y de su difunto esposo en el librito, me contó mientras yo lo hojeaba. Ya no existe aquel farol alumbrando a querosén... leí en el mal papel. El precio eran ocho pesos: mil pesetas, más o menos. Le di un billete de diez. La señora tenía unos ojos inteligentes y dulces, y de pronto pensé que debía haber sido muy guapa y que todavía lo era. «¿Dónde va a ir el libro?», preguntó, sacando una libretita y un lápiz. Luego me dijo que siempre apuntaba el lugar a donde iban sus compradores extranjeros. La hacía feliz, añadió, saber que sus modestos libritos iban a conocer mundo. Apenas dudé. «A San Petersburgo», dije improvisando. «Primero a Madrid, y luego a San Petersburgo». Abrió mucho los ojos y le temblaba la mano, emocionada, cuando lo anotó en su libretita: «San Petersburgo —repitió, evocadora—... ¡Otra vez se llama así!».

Después se alejó entre la gente, con su bolso lleno de libros apretado contra el pecho, y yo me quedé con mi ejemplar dedicado entre las manos. Al lado, el gringo de la cerveza seguía mirando la calle con la mirada inteligente de un buey paciendo en Arkansas. Intenté tirarle otra vez con el codo la cerveza, disimuladamente, pero fallé por segunda vez, y me miró un poco mosqueado. Se le veía incómodo entre tanta cosa vieja. Sin duda echaba de menos un televisor y una hamburguesa.

16 de mayo de 1999

domingo, 9 de mayo de 1999

La peineta de Maimónides


Pues no. Lo siento, pero no trago. Cuando tiene usted, caballero, la osadía de hablar de la cultura española como "el castellano aderezado con unas gotas de gracejo andaluz" e insinúa que el resto ha funcionado cada cual por su cuenta, me temo que olvida o ignora demasiado. Aquí, tiene usted razón, se ha hablado y se ha escrito además, efectivamente, en gallego, en vasco y en catalán. Pero pongo en su conocimiento —sorpresa, sorpresa— que también, y a veces mucho más, en antiguo aragonés, en leonés y en asturiano. Y también en hebreo, y en griego, y en latín, y en árabe. Así que cuando algunos hablamos de Cultura con mayúscula, y de España como lugar donde se manifestó esa cultura, nos referimos a eso. Verbigracia: que aparte y además de las muy respetables lenguas autonómicas, en hebreo escribieron, por ejemplo, el filósofo Maimónides y el poeta medieval Ben Gabirol. Y en árabe se expresaron otros españoles llamados Averroes, o Avempace. Y aquí se escribió en latín hasta el siglo pasado; lengua en la que trabajaron Ramón Llull, que era mallorquín, y san Isidoro, que era de Cartagena, y Luis Vives, que era valenciano. Y el Zohar, que es el más importante tratado de cábala hebraica, lo escribió, cosas de la vida, un rabino de León.

Hay más. La primera versión de la historia de Tristán, por ejemplo, y las novelas del ciclo artúrico medieval, fueron vertidas al castellano a través de traducciones al leonés. Y en Aragón, a Juan Fernández de Heredia, que fue maestre del Hospital —hoy orden de Malta—, se le adeuda la primera traducción a una lengua occidental, latín incluido, de Tucídides y Plutarco. Y permítame recordarle que la introducción de la poesía renacentista y el metro italiano en España se debe a dos amigos íntimos, toledano el uno y barcelonés el otro, llamados Garcilaso de la Vega y Juan Boscán. Y que muchos autores españoles fueron y siguen siendo bilingües, empezando por Alfonso X el Sabio, que escribió su prosa en castellano y su poesía en gallego. Y que en la Cancillería aragonesa se parló aragonés y catalán hasta que en el siglo XV el aragonés se fue castellanizando. Y, ya que hablamos de esto, permítame decirle que el leonés y el aragonés, aunque dejaron de utilizarse a partir de esa época salvo en algunas manifestaciones de poesía dialectal, tuvieron un enorme peso cultural en la Edad Media. Más, por ejemplo, que el vasco, o vascuence, que no produjo manifestaciones literarias de importancia —corríjame si me equivoco— hasta muy entrado el siglo XVI.

Así que haga el favor de no tocarme los cojones con la peineta andaluza y con el victimismo cultural periférico excluido y excluyente. El hecho de que todo eso haya sido escrito en lenguas que no son el castellano no quita un ápice a que se produjera en un contexto cultural español, donde nunca hubo cámaras estancas, sino interacción e influencias mutuas muy importantes y enriquecedoras. Aquí no hay —como usted parece afirmar confundiendo lengua, cultura y política— culturas independientes, sino imbricadas en un espacio al que llamamos, porque de algún modo hay que llamarlo y así lo hacían ya los romanos, España. Y eso lo entiendo en el sentido noble del término: la plaza pública, el ágora que es la única y generosa patria. Un lugar amplio, mestizo, donde se mezclan sangres y no se excluye a nadie, y donde todos son bien recibidos. Y donde Esteban de Garibai y Pedro de Axular, aunque no lo escribieran todo en castellano, son tan españoles, culturalmente hablando como Unamuno o Baroja son —y lo son del todo— vascos hasta la médula.

En toda esa variedad de manifestaciones, todas muy respetables aunque unas más decisivas cualitativa o cuantitativamente que otras —en materia cultural no siempre es posible aplicar cuotas ni baremos políticamente correctos—, el azar y la Historia decidieron que hubiese una lengua común, una calle por donde todo el mundo, hable lo que hable y sienta lo que sienta, pueda transitar a la vez, y entenderse, y comunicarse. Y esa lengua pudo tal vez ser el batúa o el tarteso, pero resultó ser el castellano. Que por cierto es una lengua muy hermosa y práctica, feliz mestizaje de todas las otras, que ahora hablan cientos de millones de seres humanos, y de la que han nacido varias claves de la cultura universal, libertades incluidas. Lo avala el hecho de que aquel cura fanático y vasco, citado no recuerdo si por Unamuno o Baroja, predicara en el sermón: «No habléis castellano, que es la lengua del demonio y de los liberales».

9 de mayo de 1999

domingo, 2 de mayo de 1999

Los padres de la patria


Pues eso. Que en un libro recientemente aparecido, Manda Huevos, alguien ha tenido la escalofriante idea de reunir las frases notorias de esa chusma infame que en España responde al nombre colectivo de clase política. El libro, construido a base de anécdotas y personajes, empieza a leerse con un gesto divertido y una sonrisa en los labios, pero luego la sonrisa se transforma en mueca de angustia. Cielo santo, se dice uno. En manos de quiénes estamos.

Hay ingenio, por supuesto. En este país la mala leche no siempre va pareja con la estupidez, y algunas citas de Alfonso Guerra son ya espléndidamente históricas, como aquellas definiciones de Adolfo Suárez —«tahúr del Missisipi con chaleco floreado»— o de Margaret Thatcher —«en vez de desodorante se echa Tres en Uno»—. Sin embargo, no es precisamente el ingenio lo que abunda. Lo que salta a la cara es una desabrida colección de ordinarieces y de ignorancia extrema. Una radiografía estremecedora de los incultos demagogos que mangonean este desgraciado lugar llamado España: mulas de varas, navajeros de taberna, guarros de bellota que no sólo no se avergüenzan de su pobreza intelectual y su manifiesta incapacidad de articular sujeto, verbo y predicado, sino que encima nos regalan finezas ideológicas como la atribuida al ex presidente cántabro Juan Hormaechea: «Me encantan los animales, y si son hembras y con dos patas, mejor». O lo de un tal Armando Querol, a quien no tengo el gusto: «A los socialistas les vamos a cortar las orejas y el rabo para que dejen de joder».

Dirán mi madre, y el obispo de mi diócesis, y mi primo el notario de Pamplona, que a buenas horas me pongo estrecho y finolis en esta página. Así que antes de que mi progenitora me tire de las orejas, y el obispo diga vade retro, y el notario escriba indignadas cartas para que me quiten de El Semanal y me echen a la puta calle, me adelantaré apuntando que yo no pido que me vote nadie, ni vivo del morro, ni de un partido; y voy por la vida de francotirador cabroncete, no de padre de la patria. Así que me reservo el derecho a escribir como me salga de los cojones. Derecho del que, sin embargo, carece toda esa tropa que bebe Vega Sicilia a costa del contribuyente. Toda esa pandilla a menudo analfabeta, que hasta cuando paga la cuenta del restaurante con la Visa oro firma con faltas de ortografía. Impresentables que sólo podrían hacer carrera política en un país como éste; tiñalpas capaces de hacer que cualquier ciudadano normal se ruborice cuando se ponen de pie ante su escaño asegurando representar a alguien, prueban el micro diciendo: «¿me se oye, me se escucha?», y a continuación balbucean torpes discursos sin el menor conocimiento de la sintaxis, sin la menor preparación cultural, con una ignorancia flagrante de la Historia, y la memoria, y la realidad del país en el que trampean y medran. Discursos de los que brilla por su ausencia el más elemental vislumbre de talla política, y que suelen consistir en la sistemática descalificación del contrario, bajo el principio del tú eres aún más golfo que yo. Ni siquiera esos tontos del culo saben insultar como Dios manda, o al menos como insultaban los parlamentarios decimonónicos y del primer tercio de este siglo; que siendo muchos igual de golfos y zoquetes, procuraban aparentar argumentos y estilo para no hacer el ridículo. Pero ahora el personal se lo traga todo, y da igual, y los diarios no titulan con ideas, ni las exigen, pues nadie las tiene, sino con la última gilipollez o la última calumnia. En vez de programas y soluciones, la clase política se pasa las noches rumiando el insulto o la supuesta agudeza que va a soltar al día siguiente. Y así, de ser un simple argumento o refuerzo táctico, el insulto ha pasado a convertirse en argumento central; y único, de todo discurso político. Porque en este país —o como queramos llamar a esta piltrafa de sitio—, los programas de gobierno y los argumentos políticos hace tiempo que fueron sustituidos por reyertas tabernarias y peleas de gañanes, donde se hace difícil sentir simpatía por uno o por otro, pues casi todos se mueven en idéntico nivel de bajeza y de bazofia.

Y no se trata ya de que aprendan Historia, o Retórica, o modales. A buena parte de ellos habría que empezar por enseñarles a leer y a escribir. Y a deletrear. Por ejemplo, la Uve con la e y con la r: Ver. Que es la primera sílaba, damas y caballeros, señorías, de la palabra ver–güen-za.

2 de mayo de 1999

domingo, 25 de abril de 1999

El gramola


He tardado casi cuarenta años en desvelar el enigma, pero al fin lo conseguí. Ocurrió el otro día, cuando amarré en Cartagena con lebeche suave y buena mar, y me fui con Paco el Piloto a beber unas cañas para hablar de barcos, y de la vida. Y estando sentados frente al puerto, en la terraza del bar Valencia, empezamos a charlar de los viejos tiempos, y de cuando yo era un crío que curioseaba entre los barcos amarrados y los tinglados y grúas de los muelles. Y salieron personajes de entonces, resaca de la vida que cualquier puerto hacía numerosa en aquellos tiempos. Tipos pintorescos, graciosos, singulares, que permanecen anclados en mi infancia. Unos porque los conocí, y otros porque oí hablar de ellos. Muchos eran infelices, pobre gente objeto de las burlas de las tertulias y los bares del puerto y la calle Mayor. Se llamaban Popeye, Antoñico, el Curiana, o aquellos legendarios Pichi, el Negro del Muelle, el Jaqueta —que toreaba a los automóviles con periódicos y saludaba luego a un tendido imaginario—, y don Ginés, que durante la guerra mundial se había creído Hitler, y pasó el resto de su vida escuchando a los guasones locales preguntarle, muy serios, qué tal iban las cosas por el Tercer Reich. También estaba aquel cochero de la funeraria al que los chiquillos le decían, en choteo: «¿Nos das una vuelta?», y él contestaba: «Cuando se muera tu madre la voy a llevar por todos los baches».

El Piloto los había conocido a todos, y yo recordaba a la mayor parte. Incluido el Ratón, que pescaba gatos con un anzuelo y una sardina y luego se los guisaba con arroz. Eran otros tiempos: finales de los años cincuenta, y los niños mirábamos a tales personajes con una mezcla de temor y admiración. Éramos crueles como puede serlo la naturaleza de un crío acicateada por la maldad o la falta de caridad de los adultos. Algunos eran objeto de nuestras burlas; y ahora no puedo evitar, al recordarlo, una incómoda sensación. Supongo que el nombre es remordimiento. Y ese remordimiento es hoy más intenso por el recuerdo del Gramola.

Federico Trillo, que ahora manda huevos, o mis amigos Elías Madrid Corredera y Miguel Cebrián Pazos lo recordarán bien, pues nos lo encontrábamos vendiendo lotería a la salida de los Maristas. El Gramola lucía despareja dentadura y gafas muy gruesas. Tenía muy poca vista, y se veía obligado a acercarse mucho los décimos a los ojos para verles el número. Su voz cascada, chirriante, sonaba por las esquinas anunciando el siguiente sorteo. Los graciosos de los bares —un cartagenero sentado a la puerta de un bar muerde hasta con la boca cerrada— nos decían a los niños, por lo bajini, que le preguntáramos por la Vieja. Nosotros no sabíamos quién era aquella vieja, pero nos fascinaba el efecto de mencionarla. Bastaba con acercarnos y decir: «Gramola, ¿y la Vieja?», y de pronto el pobre hombre se volvía un basilisco, nos buscaba con sus ojos miopes y blandía las tiras de décimos fulminándonos con aquella maldición suya que nosotros, asustados y emocionados, esperábamos a quemarropa: «Ojalá le salga a tu padre un cáncer negro en la punta del pijo».

Nunca supe quién era aquella Vieja, y en esa ignorancia permanecí hasta que, entre caña y caña, Paco el Piloto sacó a relucir al Gramola. Yo le comenté lo de la Vieja, y el Piloto me miró con sus veteranos ojos azules descoloridos de sol, mar y viento. Me miró un rato callado y luego dijo que la Vieja no era sino una pobre mujer que había sustituido a la verdadera madre del Gramola, que en su juventud, decían, había sido puta. La llamaban la Valenciana, añadió. Y el Gramola, que era un hombre pacífico y un infeliz, se ponía fuera de sí cada vez que le recordaban su presunto origen.

Luego el Piloto se encogió de hombros y pidió otra caña, y yo me quedé dándole vueltas a aquello. Pensando: hay que ver, y qué perra es la vida. Uno la vive, y camina mientras lo hace, y nunca sabe con exactitud cuántos cadáveres va dejando atrás en el camino. Gente a la que matas por descuido, por indiferencia, por estupidez. Por simple ignorancia. Y a veces, muy de vez en cuando, uno de esos fantasmas aparece de pronto en la espuma de un vaso de cerveza, y te das cuenta de que es demasiado tarde para volver atrás y remediar lo que ya no tiene remedio. Demasiado tarde para correr a la esquina de la calle Mayor, balbucear "Gramola, lo siento" o qué sé yo. Para comprarle, tal vez, hasta el último de aquellos humildes, entrañables, décimos de lotería.

25 de abril de 1999

domingo, 18 de abril de 1999

El último cartucho


Ya sé que va a ser jodido, amigo mío. Sé que presentarse a una entrevista de trabajo, a competir con otros más jóvenes y preparados, cuando tienes medio siglo de almanaque y canas en la cabeza, no será el momento más feliz de tu vida. Probablemente los fulanos de quienes depende tu destino sean niñatos de diseño, de esos que se creen que siempre van a ser jóvenes, y listos, e incombustibles, y desprecian a la gente sin adivinar que un día ellos mismos estarán con el cuello en el tajo. Tu experiencia les importa una mierda, eso ya lo sabes. Quieren jóvenes de veinte años sin cargas familiares, que hablen inglés y que parezca que no van a envejecer ni a morirse nunca.

Por eso te asusta pensar en lo de mañana. Miras a tu mujer, que plancha tu mejor camisa, y sientes que el miedo te agarrota el estómago. El día que dejó los estudios para casarse y seguirte en lo bueno y en lo malo, no imaginaste que ibas a terminar pagándole así. Mañana te pondrás esa camisa que ella plancha. Te la pondrás con una corbata y saldrás una vez más a probar suerte, con poca esperanza. Y es que tiene huevos. Has trabajado toda tu vida como una mala bestia, y verte en el paro a los cincuenta y cuatro, con hijos y con mujer a los que darles de comer, es como caer de pronto en el fondo de un pozo oscuro. Sé todo eso porque tu hijo, que es amigo mío, escribe de vez en cuando. O tal vez no es tu hijo quien escribe, sino que es otro hijo hablando de otro padre; pero en realidad se traba siempre de la misma historia. Y tu hijo me cuenta que la última vez estuviste un mes con la cabeza gacha, los ojos enrojecidos de haber llorado, sentado en el sofá como ausente, con la cara entre las manos, sin atreverse ni a salir a la calle de pura vergüenza.

Te preocupa sobre todo lo que piensen tus hijos. Una mujer comprende, conoce y perdona. Los hijos, sin embargo, son crueles porque son jóvenes y todavía no saben lo que siempre se termina por saber. Los ves mirarte en silencio y crees que te desprecian por los años y por el fracaso. Por no salir nunca en el telediario. Por ser la estampa de la impotencia, la confirmación de que esta vida y este país son una piltrafa. Así que supongo que los hijos son lo peor. La mujer luego, al acostaros, te aprieta una mano antes de dormirse. Sabe cómo has peleado siempre, conoce lo que vales. Quizá sea la única que de veras lo sabe. Con ella la humillación es compartida. Es soportable.

Y sin embargo, amigo, deberías leer la carta que me escribe tu hijo. Deberías comprobar con qué ternura y respeto habla de ti. Cómo sufre al saberse demasiado joven para serte útil, al no encontrar las palabras o los gestos adecuados. Porque ya sabes cómo es: torpe, desmañado, con esos pelos largos y siempre con la puñetera música a todo trapo. Con esas broncas que tenéis, y esa forma de vida suya tan diferente a la de tus tiempos, que te parece la de un marciano. Lo que no sabes es que cuando te ve derrotado en el sofá con la cabeza entre las manos, le quema la boca y le laten las venas porque desearía tener labia, ser capaz de ir hasta ti, tocarte, decirte lo que de veras piensa. Y lo que de veras piensa es que tengas ánimo, viejo, que no eres tan viejo, maldita sea, aunque él mismo te lo diga a veces. Que él no es tan crío ni tan bobo como parece, que sabe fijarse en las cosas que ve, y que te ha visto trabajar, e intentarlo una y otra vez, y querer a su madre y a él y a sus hermanos. Y sabe que eres el mejor, rediós, que eres la mejor persona, el hombre más decente y trabajador que ha conocido en su puta vida. Que eres su padre y lo serás siempre, tengas curro o no lo tengas. Que las mejores lecciones de su vida se las diste siempre no con lo que decías, haz esto o no hagas lo otro, sino con lo que él te vio hacer. Y que cuando, tarde o temprano, tenga que cerrarte los ojos —y ojalá te los cierre él— sin duda podrá decir en voz alta: “Era un buen padre y era un hombre honrado”.

Así que, como dicen mis paisanos de Cartagena, no te disminuyas, amigo. Mañana te pones esa camisa planchada por tu mujer y te vas a la entrevista de trabajo con la cabeza muy alta. Y si no le gustas al niñato de turno, pues él se lo pierde y que le vayan dando. Y si fracasas otra vez, síguelo intentando mientras puedas. Y cuando ya no puedas más —que casi siempre se puede—, pues bueno, pues hasta ahí llegaste, compañero. No hay nada deshonroso en el soldado que enciende un pitillo y levanta las manos, si antes ha peleado bien a la vista de los suyos. Si antes ha disparado su último cartucho.

18 de abril de 1999

domingo, 11 de abril de 1999

El nieto del fusilado


Compuso y cantó María la portuguesa, y eso vale más que todas las novelas que pueda llegar a escribir uno. A su abuelo, que era militar y andaluz, lo fusilaron los nacionales y su abuela, que tenía un par de huevos, lo enseño desde chinorri a ser rojo y a no achantarse. Lo llevaba de la mano y le hablaba del abuelo, de la guerra y de la República. Supo lo que es pasarlas canutas y así aprendió a ser rojo de verdad, sin pasteleos ni pepinillos en vinagre.

Por eso cuando era jovencito cantaba coplas o lo que fuera con la policía en la puerta, la oreja atenta. Y por eso cuando quienes antes le hacían palmas, los señoritos del pesoe que luego se tiraron al barro con la Expo y con los 100 años de honradez y con la madre que los parió a casi todos, descubrieron los trajes de Armani, y el Vega Sicilia, y el trinque con la mano tonta, no le perdonaron que siguiera cantando lo que había cantado toda la vida. Nos ha jodido aquí el pepito grillo, decían. Y se volvió un testigo molesto, una presencia incomoda. Una voz que les recordaba su claudicación y su poca vergüenza. A mí me gusta Carlos Cano. Me gusta ese tío, aunque no sé si llamarlo exactamente amigo. No sé si los cafés y las cervezas que me he tomado con él bastaran para conocerlo a fondo o no, pero lo que conozco me parece bien. Me gusta esa voz de hombre de verdad que tiene cuando canta, el tono cansado y lento conque dice las letras de las coplas. Me gusta que se acuerde como yo me acuerdo de Emilio el Moro, y que le haga homenajes. Me gusta cómo se presento el día que nos conocimos, y el modo en que me hablo de su corazón recién remendado en el guiri, del trabajo y de la vida. Y sobre todo tengo con él una deuda de la que apenas le he hablado nunca; pero, yo las deudas, hable o no de ellas, nunca las olvido. Ni las buenas ni las malas. Y una de sus canciones, Habaneras de Sevilla, tiene mucho que ver con el arranque de una novela mía, tal vez porque un día, durante un largo viaje, escuche su voz cantando: Aún recuerdo el piano / de aquella niña / que había en Sevilla, y ya no pude desprenderme durante el resto del viaje, ni en los días siguientes, de la sensación, agridulce, melancólica, que aquella bellísima canción me había dejado. La Carlota Bruner de “La piel del tambor” tiene mucho que ver con ese momento, con esa canción decadente y nostálgica que, aunque la letra fue escrita por otro, es para mí lo que es, precisamente gracias a la voz del hombre al que hoy me refiero. Imposible imaginarla en otra voz.

Hace unos meses, Carlos y el arriba firmante se tomaron unas cervezas en Madrid, él me contó el proyecto que tenía entre manos: la copla. Pero no la copla en peineta y sangría y turista contaminada, como tantas otras cosas de la memoria de España, por la apropiación indebida del franquismo que la hizo a menudo grotesca y falsa. Él quería recobrar a la copla de verdad, la del café de la puñalá de mis bisabuelos, las de sangre y vino y navajazo, y también la de tragedia y de campo y de guardia civil caminera con almas de charol y calaveras de plomo, y de gitanas bien pagás, y para tus manos tumbagas, y niñas de Puerta Oscura y vaquerillos enamorados a los que abandonan mujeres cegadas por el brillo de los dineros. La copla de peones sudorosos de señoritos hijos de puta, y de hombres cabales que el domingo se ponían si traje negro de pana. De jornaleros hambrientos, desesperados, que un día se tiznaron la cara con picón para liarse a tiros en Casas Viejas.

Ahora estas canciones están grabadas y listas. El otro día me telefoneo, y fui al estudio de Madrid donde terminaba de ajustar su trabajo. Estuve allí con él, donde el control, escuchando, conmovido a veces. Eran las hermosas canciones de siempre, devueltas a su contexto. ”María de la O”, “Chiclanera”, “Los mimbrales”, ”Ojos verdes”... Sin folclore de guardarropía, clásicas y actualizadas al mismo tiempo, incluso con algún guiño de humor —Tani— en ciertos arreglos. En cualquier caso bellísimas. Al terminar me volví a él y le dije: “Es como devolverle a la copla su dignidad”. Sonrió y me puso una mano en el hombro. Este domingo 11 de abril, Carlos estrena ese disco, o ese CD, o como carajo se diga ahora, en el teatro Romea de Murcia. Va a cantar esas coplas todas juntas en público por primera vez, y yo no sé si podré estar allí para escucharlo, como le prometí una vez. Por eso escribo hoy esta página. Porque le di mi palabra, y porque escribirla es como si estuviera.

11 de abril de 1999

domingo, 4 de abril de 1999

El viaducto y el alcalde


Me gusta el Viaducto de Madrid. O más bien me gustaba. En otro tiempo vivía a diez minutos de él, y mis veintipocos años amanecieron más de una vez fumándose un Ducados, que era lo que fumaba entonces, de codos en la barandilla de ese paso elevado, meditando sobre el pasado reciente y el futuro más o menos inminente. Me gustaba tener los tejados y las casas del viejo Madrid al alcance de la mano, y las Vistillas a tiro de piedra. Y al otro lado, más allá de la Cuesta de la Vega y el Manzanares, la mancha oscura de la Casa de Campo templaba mis nostalgias, pues solía imaginar que era agua en vez de árboles, y que me hallaba ante un puerto de mar y no en mitad de las Españas…

Nunca vi suicidarse a nadie, al menos allí. Una noche se detuvo cerca una mujer. En una novela o una película supongo que el testigo, o sea, yo, habría ido hasta ella para darle conversación y disuadirla de algo. Pero siempre fui partidario de que cada cual resuelva sus propios asuntos, así que me estuve quieto donde estaba, observando, hasta que la señora, que a lo mejor había salido sólo a dar un paseo, siguió camino rumbo a sus cosas y ni se tiró, ni nada. Recuerdo que me miró un momento igual que yo la miraba a ella, y a lo mejor hasta se dijo mira, ese chico debe de estar pensando en tirarse abajo. El caso es que esa vez fue la que más cerca estuve, o lo estuvo mi imaginación, de comprobar la utilidad siniestra del viaducto madrileño.

Pero el otro día pasé por allí, dándome con una desagradable sorpresa en forma de enormes y horrendos paneles de metacrilato atornillados a la acera, que dejan las barandillas al otro lado. Unos chismes presuntamente protectores colocados por el ayuntamiento, que impiden no sólo que la gente se tire viaducto abajo, sino también que los transeúntes puedan detenerse a fumar un cigarrillo, o a mirar el paisaje. Unos paneles que pronto se verán, como ocurre siempre, decorados con pintadas y grafitis y eso que ciertos soplapollas de diseño llaman arte urbano. Unos paneles, imagino, por los que alguien, como ocurre siempre en estos casos, habrá trincado una pasta.

No sé cómo serán los alcaldes de los respectivos pueblos de todos ustedes. Sobre el de Madrid, mi amigo y vecino el inglés de la espalda negra y el corazón tan blanco, que es presidente del CFAM (Club de Fans de Álvarez del Manzano), ya los ha ilustrado en otras ocasiones con shakesperiana y certera prosa, de modo que poco tengo que añadir al respecto. Salvo, tal vez, que observando su gestión, sus obras públicas, su pésimo gusto, los rincones turbios de su entorno y las inexplicables —o más bien repugnantemente explicables— cosas que pasan en esta Villa y Corte de la que pese a todo sigue siendo alcalde, uno comprende que Madrid sea la inhabitable y vergonzosa mierda de ciudad que es. Con ese tío me pasa lo que con el secretario general de la OTAN: por no gustarme no me gusta ni la cara que tiene. Pero, después de todo, sigue ahí porque hay gente que lo vota. Y a fin de cuentas, ya saben, cada uno tiene la capital, y el alcalde, y el secretario de la OTAN y el viaducto que se merece. Porque a eso iba. Uno, en última instancia, que tiene intención de jubilarse en el mar y a quien a largo plazo Madrid le importa un testículo de pato, puede pasar mucho de que un alcalde al que todo desmán se le consiente —y eso lo tiene acostumbrado a sodomizar urbanística y reiteradamente a sus vecinos con absoluta impunidad y pingües beneficios, como mínimo políticos— se calle como una puta cuando, sus compadres del Pepé, con el silencio cómplice del Pesoe, se llevan al Alcázar de Toledo el centenario museo del Ejército de Madrid, o tenga media ciudad en sospechoso estado de obras permanente, o ponga macetones horrorosos, y chirimbolos publicitarios de juzgado de guardia y paneles de metacrilato donde le plazca y lo dejen. Pero en cuanto al viaducto y los presuntos suicidas y todo eso, alto ahí. Aparte las cuestiones estéticas y la barandilla y el paisaje y toda la parafernalia, e incluso aparte la gilipollez de suicidarse mientras no cumplas ochenta o andes listo de papeles, lo que resulta intolerable es tanta tutela hipócrita y meapilas y tanto rollo macabeo municipal. Así que, en lo que a mí se refiere, mi primo puede meterse el metacrilato donde le cabe. Reivindico el derecho a tirarme por el viaducto, o por donde me salga de los huevos. Porque ya es el colmo que después de convertir la vida de los madrileños en un calvario, este alcalde —o lo que sea— pretenda encima impedirnos escapar de ella.

4 de abril de 1999

domingo, 28 de marzo de 1999

Una historia vulgar


Pues sí. Es una historia más de esta España que va bien, donde los políticos y los empresarios, suponiendo que haya mucha diferencia de unos a otros, se frotan las manos y dicen que nunca nos hemos visto como ahora, con tanto florecimiento económico y tanta pujanza y tanto negocio. La que voy a contarles es peripecia laboral gris, de andar por casa. Ni siquiera es dramática, o espectacular. En este país miserable hay historias laborales atroces, indignantes, despiadadas, y ésta es normalita. Pero acabo de oír a un ministro diciendo que nunca hemos estado como ahora, y que somos el pasmo de Europa, etcétera. Y me han dado ganas de contarles a ustedes la historia de Aurora.

Aurora, que es gallega de Galicia, acabó el COU y aprobó el acceso a la universidad; pero en su casa hacía falta viruta, así que cambió los sueños por un trabajo en una cadena de supermercados. Su situación laboral —37.000 al mes y sin contrato— incluía doce horas diarias. A los dos años fue fija y estuvo trabajando sin mayores problemas durante doce años más. O sea, catorce trabajando de cajera, dale que te pego y cliente tras cliente, y los errores con cargo al propio bolsillo. Y al terminar la jornada, limpieza del local fuera de contrato y sin cobrar. En fin. Una vida laboral como otra cualquiera. En España.

Luego, hace como tres o cuatro años, vino la crisis y las cosas se enrarecieron. Los encargados empezaron a apretar, llegaron los nervios y los miedos, las amenazas en el horizonte. Cuando hay malos vientos, los pelotas y los trepas se mueven que da gusto, como si olieran la escabechina antes que nadie. De ese modo, cuando llega el degüello los encuentra a todos bien situados, de confidente del jefe y cosas así. Y como ocurre siempre, a quienes la cosa cogió desprevenidos, cuando empezaron los problemas, fue a los que no se dedicaban más que a trabajar, en la ingenua creencia de que la gente debe ser valorada por la calidad de su trabajo, no por los chistes que le cuenta al jefe de servicio ni por decirle a la encargada qué bien te sienta hoy la blusa, Mariloli.

En fin. Pasaron los días y vino la huelga general aquella, no sé si se acuerdan; y el delegado sindical, que como buena parte de los delegados sindicales no ha trabajado en su puta vida, y si lo hizo ya se le ha olvidado, dijo a los compañeros (y compañeras) que de trabajar, nada de nada. Aquí solidarios como una piña, y maricón el que no baile. Así que aguantad, compañeros (y compañeras), porque si hay represalias de la empresa, aquí está el comité para defender hasta la última gota de sangre la dignidad proletaria, en esta empresa y en las que haga falta. Así que Aurora se lo creyó y no fue ese día a trabajar. Y luego, cuando al día siguiente la encargada llamó al personal uno por uno con un bloc en la mano, y la gente se acojonó, y entraba llorando con aquello de yo no quería, me obligaron, el delegado sindical, por supuesto, estaba tan ocupado defendiendo los intereses de la mayoría de los compañeros (y compañeras) en la máquina de café, que Aurora y quienes no habían querido trabajar el día de la huelga y se reafirmaron en su derecho a no hacerlo, fueron debidamente marcados por la empresa para los restos. Luego -consecuencia clásica- vino otro encargado con modales de Terminator carnicero, y empezó la caña: presiones de todo tipo, más limpiezas fuera de horarios sin cobrar horas extras, etcétera. Cuando Aurora abortó, lo único que le preguntaron fue cuánto tiempo pensaba tomarse de baja. Al final, a ella y a otra compañera, las dos casadas y con hijos, les cambiaron la jornada continua de mañana o tarde que llevaban desde hacía diez años, a horarios de 9 a 14 y de 18 a 21.30, con limpieza extra y por el morro fuera de horas de trabajo. Total. Que Aurora fue a juicio -el comité sindical, por supuesto, guardó una exquisita neutralidad en el asunto-, el juez dio un plazo para que la empresa le devolviese el horario anterior, y la empresa se pasó toda la sentencia por los huevos. Y Aurora, harta, asustada, después de catorce años de cajera, se fue a la calle con cuarenta y cinco días de indemnización por año trabajado. Y colorín colorado, esta vida laboral ha terminado.

Así las cosas, no me extraña que la España que algunos se están montando -o lo que quede de ella cuando terminen de montársela- vaya de puta madre. Como dice mi amigo Octavio Pernas Sueiras, que también es de allí arriba: «Mexan por un, e hay que decir que chove».

28 de marzo de 1999

domingo, 21 de marzo de 1999

Temblad llanitos


Qué miedo. El ministro don Abel Matutes ha decidido que a Gibraltar le vamos a poner los pavos a la sombra. Cuando hace unas semanas Peter Caruana le jugó a don Abel la del chino, dejándolo con el culo al aire, el palacio de Santa Cruz clamó venganza, cielos, venganza. La venganza de don Mendo. Así que nuestra diplomacia quiere apretar las tuercas a ese nido de piratas que se chotea del señor Matutes y de sus antecesores desde que Franco era cabo. Incluso desde antes. El Gobierno de las Españas, que cuando se enfada es terrible, ha decidido chivarse a la CEE de lo malos y lo tramposos que son los de La Roca. Porque ésa es otra: la palabra Peñón tiene connotaciones poco de centro, y Roca, traducción del inglés rock —como rock and roll—, es más políticamente correcto, más moderno, y así no piensan que Matutes y su ministerio son de derechas, por Dios.

Mis amigos gibraltareños, Silvia la morenaza guapa del bar, y el gran Eddie Campello, y el rubio Parodi, y los otros de allí, incluyendo los que iban y venían al moro en las Phantom con el helicóptero de mi compadre Javier Collado en la chepa, deben de estar acojonados. Imagino el diálogo: oye, qué preocupación, colega, que el ministro Matutes dice que nos va a poner a marcar el paso, pisha. A ver si la CEE, que no tiene otra cosa que hacer, se toma en serio esa lista de las treinta mil normativas que incumplimos y las cincuenta sociedades fantasma, o a lo mejor es al revés, shosho; y la OTAN nos bombardea, y nos viste a los monos de cascos azules. Ohú. Qué pánico.

Incluso yo mismo estoy preocupado. Igual un día paso por allí con el curricán en el agua, y me sale una patrullera llanita a decirme oiga usté. Y yo, sabiéndome respaldado por un Gobierno bravo y con casta, me subo a la cruceta y les digo iros a hacer puñetas y esto para la reina, y ellos se ponen flamencos y me piden los papeles, y yo me abalanzo a la radio y digo mayday, mayday, a mí la Legión, y el ministro Matutes en persona manda a la corbeta Vencedora, que para eso están las corbetas, a defender mi derecho a echar el curricán donde me salga de los cojones. Pero entonces lord Flanagan y su puta madre piden en el Parlamento que manden la HMS Surprise y toda la flota de Su Majestad, y liamos la de Trafalgar en postmoderno. Así que ojo. Cuando se tienen jabatos como el ministro Matutes, estas cosas se sabe cómo empiezan, pero no cómo acaban.

Uno, en su modestia, recomendaría a Exteriores que, si de verdad quiere fastidiar a Caruana y su panda de golfos, en vez de registrarles los coches a los turistas y montar numeritos con los picoletos de la aduana y seguir haciendo públicamente el payaso, les diera un toque a los intereses británicos que, en suelo español y con la complicidad y el compadreo de empresarios españoles, controlan la Costa del Sol con urbanizaciones de lujo, campos de golf, puertos deportivos y demás: auténtico sistema neocolonial con oficina en Gibraltar y la vivienda y todas las ventajas y todo el lujazo en España, donde invierten su pasta, y tienen sus Casas, y pasan el fin de semana los ministros y gobernantes gibraltareños, por el morro. Ésos sí que son intereses británicos de verdad, vulnerables porque donde está el dinero es donde duele. Apretar las tuercas ahí, y no a los infelices que cruzan la verja, sí que fastidiaría a mis primos del Peñón, y a los de Londres. Pero en ese puchero no sólo mojan ingleses, así que cuidadín. Casa cosa es cada cosa.

En cuanto a los intereses generales, a los que el ministro se refería para justificar las colas en la frontera y la pérdida de empleo de los trabajadores españoles, alguien debería recordar que los sucesivos gobiernos de España se han venido pasando los intereses de los habitantes de la zona por el forro de los huevos, convirtiendo La Línea y el campo de Gibraltar, después de mucha mojarra y mucho cinismo, en un lugar de abandono y miseria donde la gente ha tenido que montárselo como Dios o el contrabando le han dado a entender. Y que ahora la colonia británica, el turismo que genera, su actividad comercial y picaresca pirata y desprovista de vergüenza, son el único recurso económico solvente. Los españoles de allí no tienen otro remedio que vivir de Gibraltar, haciéndoles de camareros y de albañiles y de tenderos a los llanitos y a los ingleses. Así que van listos, si son el ministro Matutes y su Gobierno los que ahora se comprometen a darles de comer. Como decía el chiste: Virgencita, Virgencita, que me quede como estoy.

21 de marzo de 1999

domingo, 14 de marzo de 1999

3000 años no es nada


He tardado un poco en reaccionar, porque todavía estoy patedefuá. Me froto los ojos, me echo agua fría en el careto, y sigo atónito. No sé si recuerdan ustedes que, hace unas semanas, tres tenores del nacionalismo auténtico y periférico, único homologado, pidieron la abolición del Ministerio de Cultura, basándose en la afirmación, literal como la letra misma, de que «España no tiene una cultura». Eso lo dijeron asín, o sea, sin temblarles el pulso ni la voz ni nada. Y luego se hicieron una foto.

Unos se lo han tomado a coña marinera, limitándose a situar la cosa en el contexto de la provocación de cada día, o de la mala fe insolidaria y borde que todo el mundo conoce con nombres y apellidos, y a sonreír diciendo: hay que ser capullos. Otros, los tertulianos radiofónicos y analistas de plantilla, han considerado el asunto con mucha seriedad, analizando si procede o no procede; porque aquí cualquier gilipollez plantea debate nacional. Otros, en fin, más impulsivos, se han ciscado en la puta madre de los imbéciles que andan por ahí sembrando mierda y cizaña. Las opiniones son libres, y cada quien es cada cual.

En cuanto al arriba firmante, pues eso. De pasta de boniato me hallo todavía ante el descubrimiento, algo tardío, de que la nación, o el país, o lo que carajo sea esto —a ver si alguna vez se pronuncia el presidente del Gobierno al respecto— que sostuvo el esplendor de las letras latinas cuando ya decaían en Roma, que hizo renacer la cultura en Sevilla cuando todo en Europa era barbarie, que transmitió a Occidente la ciencia de Oriente, que navegó y exploró el mundo e imprimió su huella en las de tantos otros pueblos, ahora resulta que no, que no tiene una cultura propiamente dicha. Que las cuevas de Altamira, la lengua que se habla en La Habana, la Bicha de Balazote, la imprenta en Méjico, la catedral de Burgos, El entierro del conde de Orgaz, los almogávares hablando catalán y castellano en Bizancio, el Guernica —que lo pintó un maketo malagueño de mierda—, la Biblioteca Nacional, la Escuela de Traductores de Toledo, el acueducto de Segovia, La rendición de Breda, la mezquita de Córdoba, las misiones de California y la Universidad de Salamanca, por ejemplo, resulta que fueron inventos franquistas. Que Séneca, andaluz y preceptor de un emperador romano, o Isidoro de Sevilla, que nació en una ciudad llamada Nueva Cartago y escribió en latín, y Averroes, y Gonzalo de Berceo, y Avicena, y Ramón Lull, y Nebrija, y los 4.000 nombres catalanes, aragoneses, gallegos, vascos, valencianos, navarros, asturianos, cántabros, leoneses, andaluces, extremeños, etc., que figuran en la Biblioteca Hispana y que Nicolás Antonio tardó treinta y cinco años en recopilar y poner juntos hace ya tres siglos, no fueron más que morralla, un revuelto de ajetes sin ton ni son, flatus vocis de una ficción inexplicablemente mantenida durante tres mil años. Que Dalí, Valle-Inclán, Unamuno o Baroja eran unos españolistas, unos vendidos y unos cabrones. Y que los únicos que siempre lo han tenido claro, los únicos con verdadera conciencia nacional y con cultura diferenciada en todo esto, han sido Canigó y las otras obras maestras universales de la literatura catalana, Gaudí, los castros celtas, Castelao, el frontón de Anoeta y el pensamiento intelectual profundo, decisivo para Occidente, de don Sabino Arana. Tócate los cojones.

Algunos creemos, desde luego, que la Cultura no puede estar en manos de ministros analfabetos y/o incompetentes que desde hace décadas y legislaturas se vienen dejando romper el ojete con una sonrisa, no vayan a llamarlos, por Dios, intransigentes y fascistas. Pero una cosa es detestarlos por sus obras o por la ausencia de ellas, y otra desguazar lo que queda en beneficio de cuatro sinvergüenzas; de cuatro golfos apandadores que pretenden ahora vender la moto —y no les quepa duda de que la venderán— de que la combinación de las palabras cultura y nación aplicadas al conjunto de España constituye un concepto reaccionario, perverso, que como tal debe ser fusilado al amanecer. Porque ya no se trata de que a una cuerda de paletos neonazis, Astérix iluminados o tenderos sin escrúpulos les impone un carajo Séneca o el Código de las Siete Partidas. Lo que pretenden ahora es que nadie, ni siquiera el resto de españoles —o de lo que pretendan que seamos— los conozca. Que se nieguen, se desacrediten y se olviden, para extender el mantel y repartirse la merienda sobre su requiescat in pace.

14 de marzo de 1999