lunes, 26 de junio de 2006

Un héroe de nuestro tiempo

Ahí sigue, el tío. Aún no se ha vuelto un mercenario de la tiza, de esos que entran en el aula como quien ficha donde ni le va ni le viene. Tal vez porque todavía es joven, o porque es optimista, o porque tuvo un profesor que alentó su amor por las letras y la Historia, cree que siempre hay justos que merecen salvarse aunque llueva pedrisco rojo sobre Sodoma. Por eso, cada día, pese a todo, sigue vistiéndose para ir a sus clases de Geografía e Historia en el instituto con la misma decisión con la que sus admirados héroes, los que descubrió en los libros entre versos de la Ilíada, se ponían la broncínea loriga y el tremolante casco, antes de pelear por una mujer o por una ciudad bajo las murallas de Troya. Dicho en tres palabras: todavía tiene fe. 

Aún no ha llegado a despreciarlos: sabe que la mayor parte son buenos chicos, con ganas de agradar y de jugar. Tienen unas faltas de ortografía y una pobreza de expresión oral y escrita estremecedoras, y también una escalofriante falta de educación familiar. Sin embargo, merecen que se luche por ellos. Está seguro de eso, aunque algunos sean bárbaros rematados, aunque los padres hayan perdido todo respeto a los profesores, a sus hijos y a sí mismos. «Voy a tener que plantearme quitarle de su habitación la play-station y la tele», le comentaba una madre hace pocas semanas. Dispuesta, al fin, tras decirle por enésima vez que lo de su hijo estaba en un callejón sin salida, a plantearse el asunto. La buena señora. Preocupada por su niño, claro. Desasosegada, incluso. Faltaría más. La ejemplar ciudadana. 

Pero, como digo, no los desprecia. Lo conmueven todavía sus expresiones cada vez que les explica algo y comprenden, y se dan con el codo unos a otros, y piden a los alborotadores que dejen al profesor acabar lo que está contando. Lo hacen estremecerse de júbilo las miradas de inteligencia que cambian entre ellos cuando algo, un hecho, un personaje, llama de veras su atención. Entonces se vuelven lo que son todavía: maravillosamente apasionados, generosos, ávidos de saber y de transmitir lo que saben a los demás. 

En ocasiones, claro, se le cae el alma a los pies. El «a ver qué hacemos todo el día con él en casa», como única reacción de unos padres ante la expulsión de su hijo por vandalismo. Por suerte, a él nunca se le ha encarado un chico, ni amenazado con darle un par de hostias, ni se las han dado, el alumno o los padres, como a otros compañeros. Tampoco ha leído todavía el texto de la nueva ley de Educación, pero tiene la certeza de que los alumnos que no abran un libro seguirán siendo tratados exactamente igual que los que se esfuercen, a fin de que las ministras correspondientes, o quien se tercie, puedan afirmar imperturbables que lo del informe Pisa no tiene importancia, y que pese a los alarmistas y a los agoreros, los escolares españoles saben hacer perfectamente la O con un canuto. Mucho mejor, incluso, que los desgraciados de Portugal y Grecia, que están todavía peor. Etcétera. 

Y sin embargo, cuando siente la tentación de presentarse en el ministerio o en la consejería correspondiente con una escopeta y una caja de postas –«Hola, buenas, aquí les traigo una reforma educativa del calibre doce»–, se consuela pensando en lo que sí consigue. Y entonces recuerda la expresión de sus alumnos cuando les explica cómo Howard Carter entró, emocionado, con una vela en la cámara funeraria de la tumba de Tutankhamon; o cómo unos valientes monjes robaron a los chinos el secreto de la seda; o cómo vendieron caras sus vidas los trescientos espartanos de las Termópilas, fieles a su patria y a sus leyes; o cómo un impresor alemán y un juego de letras móviles cambiaron la historia de la Humanidad; o cómo unos baturros testarudos, con una bota de vino y una guitarra, tuvieron en jaque a las puertas de su ciudad, peleando casa por casa, al más grande e inmortal ejército que se paseó por el suelo de Europa. Y así, después de contarles todo eso, de hacer que lo relacionen con las películas que han visto, la música que escuchan y la televisión que ven, considera una victoria cada vez que los oye discutir entre ellos, desarrollar ideas, situaciones que él, con paciente habilidad, como un cazador antiguo que arme su trampa con astucia infinita, ha ido disponiendo a su paso. Entonces se siente bien, orgulloso de su trabajo y de sus alumnos, y se mira en el espejo por la noche, al lavarse los dientes, pensando que tal vez merezca la pena. 

25 de junio de 2006 

lunes, 19 de junio de 2006

La boquita del senador

Si algo me fascina de los políticos españoles es su capacidad de rizar el rizo con tal de no bajarse de los carteles. Y la verdad es que algunos domingos me dan esta página hecha. Hoy se la debo al senador del PNV Javier Maqueda, quien opina, literalmente, que «el que no se sienta nacionalista ni quiera de lo suyo no tiene derecho a vivir». Sí. Eso fue lo que el senador –que viene del latín senatus, senado, consejo de ancianos sabios y venerables– largó hace unos días, durante un acto al que estaba invitado en Mallorca; donde, por cierto, se le jaleó la ocurrencia con aplausos. Faltaría más. En España los aplausos van de oficio. Es, salvando las distancias mínimas, como en los programas bazofia de la tele, donde eructa cualquier pedorra, y el cuerpo de marujas de guardia rompe aguas en aplausos entusiastas, que para eso están allí. Para aplaudir lo que le echen y decir te queremos, bonita. 

Con lo del senador, sin embargo, albergo un par de dudas. Lo de nacionalista es un concepto complejo, pues abarca demasiadas cosas. Todos somos nacionalistas de algo: la lengua, la memoria, la cultura, la infancia. El fútbol. Pero creo que el senador Maqueda hablaba de otro nacionalismo: el que se envuelve en la bandera local, el exclusivo y excluyente, el de nosotros y ellos. El patológico. El que manipula instintos y sentimientos para conseguir perversa rentabilidad política. Y por ahí, no. En ese sentido, algunos no nos sentimos nacionalistas en absoluto. A mí, sin ir más lejos, no se me saltan las lágrimas cuando oigo una minera en La Unión, ni cuando veo saltar un salmonete en la punta de Cabo Palos, ni cuando le cantan –lo siento paisanos, pero ya no– la salve a la Virgen el Lunes Santo por la noche. He visto demasiadas veces cómo lo noble, lo legítimo, termina en manos de gente como el senador Maqueda. Si alguna vez aflojo, será por otras cosas. Por mi infancia perdida, tal vez, y por las sombras entrañables que la acompañan. No porque me emocione el cantón nacional de Cartagena o su independencia de la mardita y opresora Mursia. Por ejemplo. 

Aclarado, pues, que me incluyo en las palabras del senador Maqueda, quisiera que un experto en nacionalismos y en derecho a la vida, como él, aclare un par de cosas. Imaginemos que decido establecerme en Bilbao para pasear por el Guggenheim cada mañana; o en Barcelona, por ir de noche a la calle Tallers y calzarme un martini seco en Boadas; o en Cádiz, puntal indiscutible de la nación andaluza, para ponerme de urta a la sal en El Faro, un día sí y otro no, hasta las trancas. Supongamos, como digo, que opto por alguna de esas alternativas, sin sentir, respecto a Bilbao, Barcelona o Cádiz, más cosquilleo nacionalista que el que proviene de la atenta lectura de los libros de Historia, el aprecio por su gente, y la certeza de compartir una memoria colectiva en la compleja y mestiza plaza pública –llamada Hispania por los mismos que inventaron la institución de la que trinca el senador Maqueda– donde, unas veces por suerte y otras por desgracia, el azar puso a mis antepasados. Entre los que lamento, por cierto, no figuren unos cuantos jacobinos, guillotinadores, con un «todos los ciudadanos son iguales ante la ley» bajo el brazo y con las cabezas de Carlos IV y Fernando VII metidas en un cesto. A lo mejor no estaríamos hablando de estas gilipolleces. 

Y ahora, las preguntas. ¿Cómo se articularía, a juicio del senador Maqueda, mi falta de derecho a vivir? ¿Mediante la prohibición, tal vez, de establecerme donde vivan nacionalistas? ¿Quemándome la ferretería si decidiera hacerme ferretero? ¿Pegándome un tiro en la nuca?… Como ven, las posibilidades que abre la afirmación senatorial son curiosas. Y pueden aderezarse, además, con matices interesantes. ¿Echar la pota –por ejemplo– cada vez que oigo a un cateto cantamañanas manipular la Historia y mi inteligencia haciendo comparaciones con Irlanda o con Montenegro, es un tic franquista? ¿Saber como sé, porque viajo y leo libros, que no hay nada más conservador, inculto y reaccionario que un nacionalista radical, me hace acreedor al epíteto de fascista?… Y ya puestos a preguntar, ¿se ocuparía, llegado el caso, el senador Maqueda de explicarme personalmente mi derecho a vivir? ¿Él y cuántos más? ¿Vendrían de día, o vendrían de noche? ¿Vendrían juntos a explicármelo, o vendrían de uno en uno?… Porque me parece que el senador Maqueda está mal informado. No todos somos Ana Frank. 

18 de junio de 2006

domingo, 11 de junio de 2006

Parejas bonaerenses

El gesto de ternura es natural, sereno. Una mano acariciando la del otro casi con descuido. No furtiva, sino discreta. Los miro con atención y agrado. Es bueno que la gente se quiera, me digo. Son dos treintañeros correctísimos, el aire educado. Uno de ellos –el que acaricia la mano del otro–, muy bien parecido. Visten ropa deportiva pero buena, con un puntito de clase. El cabello lo llevan muy corto. Sobre la mesa, junto a los cafés y las medias lunas, hay un libro cuyo título no alcanzo a distinguir y una guía turística de la ciudad. Hablan bajo, en francés, y observan a la gente que pasea por la Recoleta, entre el café La Biela y la terraza. Es la segunda pareja de homosexuales que veo esta mañana, y la duodécima, o así, en los cinco días que llevo en Buenos Aires. Los he visto paseando por San Telmo, sentados en una taberna de la Boca, siguiendo admirados y atentos, en un local nocturno de Florida, las evoluciones de los tanguistas sobre el escenario. Gente mesurada, observo. Sin estridencias. Y eso me gusta. Una mariquita escandalosa incomoda tanto como un macho brutal y cervecero dando voces en la barra de un bar. Cosa de gustos. Se lo hago notar a Fernando Estévez, mi editor local y mi amigo desde hace diez años. Os estáis homosexualizando mucho por aquí, chaval, le digo. Aunque en plan bien. Cada año veo más parejas así. Gente agradable y guapa. O quizá guapa de puro agradable. 

Fernando, que es heterosexual y bellísima persona, me mira inquieto, sin comprender. Por fin observa a la pareja, me ve sonreír, y sonríe a su vez, bonachón. Es lindo verlos así, tranquilos, ¿no?, dice. Le respondo que sí, que es lindo y tranquilizador. Además, de ese modo se despejan un poco las calles de Venecia, añado. Que ya están muy concurridas. Así que celebro que también aquí se apechugue con el asunto. Entonces Fernando me cuenta lo que sabe, poniéndome al día. En los últimos tiempos, Buenos Aires, esta ciudad bella y asombrosa –eso sí, a doce malditas horas de avión de Madrid–, se ha convertido en destino grato para parejas homosexuales con poder adquisitivo razonable. La guía GayBA 2006 señala centenar y medio de lugares amistosos, incluidos restaurantes, bares, salas de baile, milongas y una emisora de radio. También acaba de salir Guapo, una revista con ambiciones –en Argentina, la palabra guapo todavía define al bien plantado, animoso y valiente–, y aunque aquí no hay un barrio gay concreto como en Nueva York, París o Madrid, está prevista la construcción de un hotel de cinco estrellas especializado –el grupo es español, por cierto– en San Telmo, barrio popular lleno de tradición y vinculadísimo al tango: baile que, por historia y por estética, fue siempre uno de los grandes mitos del público homosexual. Además, ésta es una ciudad de precios adecuados para los visitantes, con oferta cultural abrumadora –librerías, bibliotecas, exposiciones, música, museos– y una vida nocturna llena de posibilidades y entretenimiento. Sin contar el hecho incuestionable de que en ningún lugar de América se ven tantos hombres y mujeres atractivos por metro cuadrado, y de que los argentinos son buena gente, parlanchines, amables y hospitalarios, excepto –ni siquiera los porteños son perfectos– cuando hablan de fútbol o de política. Por eso el número de turistas homosexuales en Buenos Aires se ha triplicado, dicen, en los últimos años; y ahora supone el veinte por ciento del turismo total. En su mayor parte son norteamericanos y europeos. ¿Y las mujeres?, pregunto. ¿Qué hay de ellas? Fernando encoge los hombros. También vienen mucho, responde; pero ésas arrastran más complejos que los hombres. Procuran pasar inadvertidas, quizá porque todavía les cuesta mostrar su homosexualidad. El machismo social, o el temor a éste, hacen que a dos señoras se les haga más cuesta arriba pedir, en un hotel, una cama de matrimonio. ¿Comprendes? Aunque todo se andará. 

Mientras Fernando Estévez me cuenta todo eso, sigo observando a los dos hombres sentados en la mesa cercana. Al fin, cuando uno de ellos me mira, le sostengo la mirada porque no parezca rechazo descortés, y al cabo de un instante la aparto, para que tampoco piense –cada cual tiene sus opciones– que tocamos la misma tecla. Y me gustaría poder decirle de algún modo que, pese a todo, está bien. Que me alegra infinito que él y su compañero estén hoy aquí, juntos, serenos y afortunados. Haciendo, en la parte que les toca, más hermosa esta mañana de sol en la querida Buenos Aires. 

11 de junio de 2006

domingo, 4 de junio de 2006

Los calamares del niño

Hay criaturas por las que no lloraré cuando suenen las trompetas del Juicio. Niños que anuncian desde muy temprano lo que serán de mayores. A veces uno está paseando, o sentado en una terraza, y los ve pasar apuntando en agraz maneras inequívocas. Adivinados en ellos la inevitable maruja de sobremesa televisiva –ayer vi reconciliarse a dos hermanas en directo y eché literalmente la pota– o la viril mala bestia correspondiente. Dirán ustedes que ellos no tienen la culpa, etcétera. Que los padres, la sociedad y todo eso los malean, y tal. Pero qué quieren que diga. En cuestiones de culpa, denle tiempo a un niño y también él tendrá su cuota propia, como la tenemos todos. Sólo es cuestión de plazos. De que se cumplan los pasos y rituales que se tienen que cumplir. 

El zagal que veo en el restaurante tiene nueve o diez años, que ya va siendo edad, y se parece al padre, sentado a su vera: moreno, grandote y vulgar de modos y maneras. La madre pertenece al mismo registro. Todos visten ropa cara, por cierto. Colorida y vistosa. Sobre todo la madre, una especie de Raquel Mosquera vestida de Paulina Rubio y con toquecitos de Belén Esteban en el maquillaje y en la parla. La familia ocupa una mesa contigua a la mía, junto al gran ventanal de un restaurante popular de Calpe, situado junto al puerto. Y al niño acaban de traerle calamares a la romana. De no ser porque su cháchara maleducada, chillona e interminable, a la que asisto impotente desde hace veinte minutos, ya me tiene sobre aviso, la manera en que ahora maneja el tenedor me dejaría boquiabierto. El pequeño cabrón –nueve o diez años, insisto– agarra el cubierto al revés, con toda la mano cerrada, y clava los calamares a golpes sonoros sobre el plato, como si los apuñalara. Observo discretamente al padre: mastica impasible, bovino, observando satisfecho el buen apetito de su hijo. Luego observo a la madre: tiene la nariz hundida en el plato, perdida en sus pensamientos. Tampoco sería difícil, me digo, con la edad que tiene ya su puto vástago, enseñarle a manejar cuchara, cuchillo y tenedor. Pero, tras un vistazo detenido al careto del progenitor, comprendo que, para hacer que un hijo maneje correctamente los cubiertos, primero es necesario creer en la necesidad de manejar correctamente los cubiertos. Y por la expresión cenutria del fulano, por su manera de estar, de mirar alrededor y de dirigirse a su mujer cuando le habla, tal afán no debe de hallarse entre las prioridades urgentes de su vida. En cuanto a la madre, cómo maneje el crío los cubiertos, o cómo los manejen el padre o el vecino de la mesa de al lado, parece importarle literalmente un huevo. 

Tras un eructo infantil jaleado con suma hilaridad por el conjunto familiar –después de reír, eso sí, el papi parece amonestarlo en voz baja, a lo que la criatura responde sacando la lengua y poniendo ojos bizcos– llega la paella. Y, tras deleitar al respetable con el uso del tenedor, el indeseable enano exhibe ahora su virtuosismo en el manejo de la cuchara agarrada con toda la mano exactamente junto a la cazoleta, alternando la cosa con tragos sonoros del vaso de cocacola sujeto con ambas manos y vuelto a dejar sobre la mesa con los correspondientes granos de arroz adheridos al vidrio. Tan maleducado, tan grosero como el padre y la madre que lo parieron. Y así continúa el dulce infante, a lo suyo, camino de los postres, en esa deliciosa escena española de fin de semana, una familia más, media, entrañable, con su hipoteca, y su tele, y su coche aparcado en la puerta, como todo el mundo. Y yo, que gracias a Dios he terminado, pido mi cuenta, la pago y me levanto mientras pienso que ojalá caiga un rayo y los parta a los tres, y les socarre la paella. Y ustedes dirán: vaya con el gruñón del Reverte, a ver qué le importará a él que el niño se coma los calamares así o asá, peazo malaje. A él qué le va ni le viene. Pero es que no estoy pensando en la paella, ni en el restaurante, ni en los golpes del tenedor sobre los calamares. Aunque también. Lo que pienso, lo que me temo, es que dentro de unos años ese pequeño hijo de puta será funcionario de Ayuntamiento, o guardia civil de Tráfico, o general del Ejército, o empleado de El Corte Inglés, o juez, o fontanero, o político, o ministro de Cultura, o redactor del estatuto de la nación murciana; y con las mismas maneras con las que ahora se comporta en la mesa, cuando yo caiga en sus manos me va a joder vivo. Por eso hoy me cisco en sus muertos más frescos. ¿Comprenden? En defensa propia. 

4 de junio de 2006 

domingo, 28 de mayo de 2006

Sobre gallegos y diccionarios

Resulta que el Bloque Nacionalista gallego presentó una proposición, de las llamadas no de ley, para que el Gobierno inste a la Real Academia Española a eliminar del diccionario dos significados percibidos como insultantes. En la quinta y sexta acepciones de la palabra gallego, una con marca de Costa Rica y otra de El Salvador, se precisa que ese gentilicio es utilizado allí con el significado de tonto (falto de entendimiento o de razón) y de tartamudo. Y como el partido político gallego estima que eso es un oprobio para Galicia, quiere que se obligue a la RAE a retirarlo. Esto demuestra que nadie en el Benegá reflexiona sobre la misión de los diccionarios. Descuido, diríamos. O quizá no es que no reflexionen, sino que no saben. Ignorancia, sería entonces la palabra. Aunque tal vez sepan, pero no les importe, o no entiendan. Se trataría, en tal caso, de demagogia y torpeza. Y cuando descuido, ignorancia, demagogia y torpeza se combinan en política, sucede que en ésta, como en la cárcel del pobre don Miguel de Cervantes, toda imbecilidad tiene su asiento. 

Al hacerse a sí misma y evolucionar durante siglos, cualquier lengua maneja valoraciones –a menudo simples prejuicios– compartidas por amplios grupos sociales. Eso incluye, por acumulación histórica, el sentido despectivo de ciertas palabras, habitual en todas las lenguas y presente en diccionarios que recogen el significado que esas palabras tienen en el mundo real. Por ello es tan importante el DRAE: porque se trata del instrumento de consulta –imperfecto como toda obra en evolución y revisión constantes– que mantiene común, comprensible, el español para quinientos millones de hispanohablantes. Quienes acuden a él buscan una guía viva de la lengua española en cualquier lugar donde ésta se hable. Refiriéndonos a gallego, si el DRAE escamoteara uno de sus usos habituales –por muy perverso que éste sea–, el diccionario no cumpliría la función para la que fue creado. Sería menos universal y más imperfecto. El prestigio de que goza el DRAE en el mundo hispánico no es capricho de un grupo de académicos que se reúnen los jueves. Veintidós academias hermanas lo mejoran y enriquecen con propuestas y debates –a veces enconados y apasionantes– a lo que se añaden millones de consultas y sugerencias recibidas por internet. En el caso de gallego, esas dos acepciones vinieron de las academias costarricense y salvadoreña. Y no podía ser de otro modo, pues el diccionario, al ser panhispánico, está obligado a dejar constancia de los usos generales, tanto españoles como americanos. Ni crea la lengua, ni puede ocultar la realidad que la lengua representa. Y desde luego, no está concebido para manipularla según los intereses políticos o socialmente correctos del momento, aunque ciertos partidos o colectivos se empeñen en ello. El DRAE realiza un esfuerzo constante por detectar y corregir las definiciones que, por razones históricas o de prejuicios sociales, resultan inútilmente ofensivas. Pero no puede borrar de un plumazo la memoria y la vida de las palabras. Retorcerlas fuera de sentido o de lógica, eliminar merienda de negros, gitanear, hacer el indio, judiada, punto filipino, mal francés, andaluzada, moro, charnego, etcétera, satisfaría a mucha gente de buena fe y a varios notorios cantamañanas; pero privaría de sentido a usos que, desde Cervantes hasta hoy, forman parte de nuestras herramientas léxicas habituales, por desafortunadas que sean. Por supuesto, el día que dejen de utilizarse, la RAE tendrá sumo placer, no en borrarlas del diccionario –los textos que las incluyen seguirán existiendo–, sino en añadirles la feliz abreviatura Desus.: Desusado. 

Una última precisión. Con leyes o sin ellas, el Gobierno español no tiene autoridad para cambiar ni una letra del DRAE. La Academia es una institución independiente, no sometida a la demagogia barata y la desvergüenza de los políticos de turno. Eso quedó demostrado –creo que ya lo mencioné alguna vez– cuando se negó a acatar el decreto franquista de privar de sus plazas a los académicos republicanos en el exilio, manteniéndolas hasta que sus titulares fallecieron o regresaron, muchos años después. Y aunque el dictador, como venganza, dejó a la institución en la miseria, retirándole toda ayuda económica, la RAE –incluso con académicos franquistas dentro– no se doblegó nunca. Así que ya puede calcular el Bloque Nacionalista gallego lo que afecta a la Real Academia Española su proposición al Gobierno. 

28 de mayo de 2006 

domingo, 21 de mayo de 2006

Despídanse del fuagrás

Si a usted le gusta el foie-gras –fuagrás para los amigos–, ya puede irse dando por jodido. Le aconsejo que, si tiene con qué pagarlo, se ponga hasta las trancas del producto, porque dentro de poco no podrá ni olerlo. En Chicago acaban de prohibirlo, gracias a un movimiento de defensa animal que aprieta mucho en Estados Unidos para que ese producto desaparezca de restaurantes y tiendas, bajo el argumento de que los grasientos y deliciosos hígados de patos, ocas y gansos se obtienen mediante el cruel engorde artificial de esos animales. El hecho es indiscutible, por otra parte. Cualquiera que sepa cómo se trinca por el gaznate a los bichos correspondientes y se les ceba, ahora además mediante cadenas de alimentación y procedimientos mecánicos, comprende que las pobres aves viven un mal rato. O un mal trago. Lo que pasa es que luego uno se sienta con una botella de vino, un bloque de foie-gras y unas tostadas, y qué quieren que les diga. Váyase una cosa por la otra. A fin de cuentas, nadie les dijo a los patos, ocas y gansos que la vida no fuese un valle de lágrimas. Aquí cada uno carga su cruz. 

De todas formas, se me ocurre que, antes que el foie-gras, lo que deberían prohibir en Chicago es fabricar automóviles que alcancen los doscientos cincuenta kilómetros por hora, por ejemplo. O que se incumpla el protocolo internacional contra la contaminación industrial. O que se cebe con bazofia a las pequeñas morsas bípedas que entran temblándoles las grasas en los restaurantes de comida basura. Aparte que, puestos a argumentar, tampoco los pollos, ni las terneras, ni los conejos, ni los cerdos de granja llevan una vida como para tirar cohetes. Como dicen en Mursia: o semos, o no semos. Pero en fin. A mí, la verdad, que prohíban el foie-gras en Chicago, en los Estados Unidos o en donde viva la progenitora B de los prohibidores, me importa un carajillo de anís del Mono. Allá cada cual con lo que come y lo que cría. Lo que pasa es que, en un mundo donde gracias a internet, y a la tele, y a la globalización, está científicamente probado que la soplapollez no conoce límites, tengo la certeza absoluta de que, muy pronto, graves voces se alzarán aquí argumentando que, atención, pregunta, cómo si los gringos prohíben el asunto, Europa tiene la poca vergüenza de permitir esa lacra gastronómica y social. Hasta creo que hay alguna organización que ya se dedica a eso: Higadillos de Ave Sin Fronteras, se llama. O algo así. No sea que otras materias nos hagan perder de vista lo importante: el foie-gras. Resulta intolerable eso del foie-gras. Lo de Iraq y lo del foie-gras es la hostia. 

Y en España, no les digo. Tiemble después de haber reído. Aquí no hay gobierno, ni ministro o ministra del ramo o la rama correspondiente, capaz de resistirse a las rentas y delicias de una buena, bonita y barata campaña de demagogia. Imagínense, dirán los estrategas de la cosa. Otra minoría feliz que llevarse a la urna por cuatro duros, con dos discursos y una ley. Imagino que a estas alturas ya andarán relamiéndose con la perspectiva de esos titulares de periódicos, de esos telediarios, de esas fotos y declaraciones. Siempre y cuando, claro, no madrugue la oposición, y el portavoz Acebes, para que esta vez no se lo pisen como lo del fumeteo, salga argumentando que ellos lo vieron antes, con el hígado de la gaviota del Pepé. Rediós. Ya imagino a esos portavoces y portavozas del gobierno, a esos titulares y titularas de Agricultura, manifestando con firmeza que tolerancia cero respecto al hígado de los patos. Y cada autonomía, a ver quién llega antes. Lo que ya no sé es cuánto tardaremos. Depende de nuestra fina clase política, de nuestra confederación de naciones nacionales y todo eso; pero les aseguro que, en cuanto se tercie, nos despediremos del foie-gras, tan fijo como yo de mis abuelas. El asunto, además, dará mucha vidilla política. Esos debates sobre foie-gras en el parlamento. Esos ciudadanos preguntándose unos a otros por la calle, ansiosos, qué pasa con las ocas y los gansos. Ese Gaspar Llamazares –adalid permanente de lo obvio y lo facilón– y esa Izquierda Unida Verde Manzana de Barrio Sésamo apuntándose, cómo no, a la causa avícola. Y así, después de tener a cincuenta millones de gilipollas durante unos cuantos meses pendientes del hígado de los patos, luego podremos seguir con el rabo de toro, con el lacón gallego, con el jamón ibérico, con la torteta de Huesca, con el conejo al ajillo y con la puta que nos parió. 

21 de mayo de 2006 

domingo, 14 de mayo de 2006

Aquí nadie sabe nada

Vaya por Dios. Ahora resulta que nadie sabía nada. Que todos estaban en la inopia, mirando hacia otro lado. Hacia cualquier lado, claro, que no fuera aquel donde no convenía mirar. Ahora van y dicen, mis primos, esos centenares y miles de primos que moran, trabajan y votan en los pueblos y ciudades de esa Costa del Sol, de esa Costa Blanca o de tantos y tantos lugares con o sin costa, que mientras toda esa peña de notorios sinvergüenzas robaba a mansalva sin distinción de ideología, lengua o bandera, se repartía cada ladrillo y cada metro cuadrado urbanizable o por urbanizar y se zampaba mariscadas maquinando cómo llevárselo muerto por la patilla, todo eso, cada chanchullo, cada chantaje, cada mordida, ocurría –y sigue ocurriendo– bajo sus napias sin que nadie, nunca, se percatara de ello. Sin que nadie se extrañase porque camareros o fulanos en el paro estuviesen, al cabo de pocos años, conduciendo cochazos de quince kilos y construyéndose casas de película entre campos de golf. Sin que a ninguno de tantos miles de ciudadanos honrados y honorables le pusiera la mosca tras la oreja el hecho probado de que, en cualquier ayuntamiento español, la concejalía de Cultura te cae sin que la pidas, mientras que por la de urbanismo, que es donde se mueve la mortadela, hay bofetadas y navajazos sin piedad. 

Vayan y pregúntenles. Me refiero a ellos, a los ciudadanos ejemplares que ahora mueven la cabeza y dicen hay que ver. Asombra lo poco que advertían el estado real de las cosas. Lo despistados que andaban con su buena fe entre tanto hijo de puta de ambos sexos. Me recuerdan, salvando las distancias –que en el fondo tampoco son muchas–, a todos esos buenos ciudadanos alemanes que, después de haber sacudido cada mañana, durante años, la ceniza de la ropa que tenían colgada a secar en el balcón, pusieron ojos como platos al enterarse, perdida la guerra, de que en las afueras de su puto pueblo había hornos crematorios. Me recuerdan también –salvando igualmente las distancias, faltaría más– a todos esos buenos ciudadanos vascos y vascas que después de tantos años tomándose los chiquitos a gusto, paseando el domingo con la familia y murmurando «algo habrá hecho» cuando se cruzaban con un fiambre o con alguien que hacía las maletas, mueven ahora la cabeza comentado «ya decía yo que las cosas terminarían arreglándose solas». Me recuerdan, en resumen, a toda esa buena y honrada gente que, como don Tancredo, nunca se entera de nada, nunca mueve un músculo, hasta que pasa el toro. Y luego, por supuesto, se indigna un huevo. Faltaría más. O se es persona o no se es. 

Pero es que, como digo, ellos no sabían nada. En un país de golfos donde quienes mandan de verdad no son los políticos –que ya sería una desgracia por sí misma–, sino los capitostes de la mafia del ladrillo con sus políticos a sueldo, todo cristo estaba en lo alto de un guindo. Y sigue estando, claro. De los escándalos ya conocidos o los cientos por conocer, nunca supo ni sabe nada el vendedor de coches de lujo que se frota las manos cada vez que don Fulano o don Mengano –antes del pelotazo, Fulanillo y Menganillo a secas– se dejan caer por el concesionario con los bolsillos abultados de fajos de billetes de quinientos euros, de esos que las autoridades económicas acaban de saber –los ciudadanos normales lo sabíamos desde hace mucho– que uno de cada cuatro, o más, circulan en España. No sabe nada el honrado comerciante que les vende los televisores y el deuvedé, ni el que les amuebla la casa, ni el que les instala los cuartos de baño con grifería de oro. No sabe nada el del vivero que les pone el césped, ni el tendero que les vende el caviar, ni quien consigue que, gracias a tal o cual favor o sumisión, su hijo, su cuñado o su nuera consigan curro en tal o cual sitio. Tampoco sabe nada el notario que se ocupa de sus contratos, ni el dueño del restaurante en cuyo reservado, a setecientos euros cada botella de gran reserva, se reúnen a comer con los socios y los amigos para recalificar esto o aquello. No sabe nada el empleado de la agencia que prepara los billetes para el safari, ni el del hotel que dispone la suite de costumbre. No saben nada el electricista, ni el fontanero, ni el panadero, ni la florista, ni el del kiosco que les vende el Marca, ni yo, ni usted, ni el vecino. Nada, oigan. En absoluto. Ninguno sabemos una puñetera mierda. Todos somos asquerosamente inocentes. 

14 de mayo de 2006 

domingo, 7 de mayo de 2006

Olor de guerra y otras gilipolleces

Lo malo que tiene eso de largar en entrevistas y cosas así, salvo que respondas con monosílabos o frases muy cortitas, es que, digas lo que digas, lo que se publicará depende de la capacidad del periodista que tienes enfrente para sintetizar respuestas. Raro es el que, a la hora de redactar su entrevista, utiliza una frase larga absolutamente literal. Y resulta lógico. Pocos entrevistados aportan un texto breve y contundente que resuma, en pocas líneas, la intensidad de la respuesta posible. Así que el periodista intenta condensar, resumir, ajustarse en lo posible al espíritu de lo que le dicen. Eso, naturalmente, requiere una cultura previa que permita comprender lo que se escucha, un talento para el oficio y una ética profesional. Por eso mismo, nadie en su sano juicio que tenga algo importante o delicado que decir, acepta una entrevista con alguien que maneje, como únicas herramientas, un bloc y un bolígrafo. En lo que a mí se refiere, sólo cuando conozco mucho al entrevistador accedo a entrevistas serias sin magnetófono de por medio. Fui meretriz antes que monja, a ver si me entienden. Conozco el percal. 

Aun así, por muchas precauciones que adoptes, siempre te la endiña alguien. Es inevitable, y alguna vez me referí a eso, en esta misma página, como daños colaterales. Hablar en público es ponerte en boca de otros: o callas, o te la juegas. Pero hay casos estremecedores. Sé de mucha gente en apuros al figurar, en titulares de prensa, cosas que nada tenían que ver con lo que dijeron. Y no siempre el culpable es el redactor. Un entrevistador riguroso, que suda tinta para ser fiel a lo que le confía su entrevistado, tiene un jefe de sección, un redactor jefe o un director que, por mil razones –prisas, sensacionalismo, descuido, mala leche– pueden titular de un modo u otro, alterando la verdad o cepillándosela para darle más garra al asunto. Conozco a escritores, actores, políticos y deportistas enemistados para siempre con compañeros de profesión o en graves aprietos por un titular infiel. Hay simplificaciones que son letales, y yo mismo fui objeto de ellas alguna vez, como todos. Mi favorita es la de cuando, tras una conferencia en la que dije que a veces era más reprobable moralmente el político infame que se beneficiaba del terrorismo que el terrorista propiamente dicho, ya que este último corría riesgos y el otro ninguno, un diario tituló, en primera página: «Pérez-Reverte prefiere un terrorista a un político». 

Con mi última novela tuve oportunidad de ampliar la hemeroteca. Una revista publicó una entrevista en la que, entre otras cosas, yo decía que la guerra tiene un olor que se queda en la nariz y en la ropa y que tarda mucho en disiparse. Tanto debió de gustarle la idea al redactor jefe o al director, que, en un exceso de celo melodramático, decidieron titular en primera: «Llevo el olor de la guerra pegado a mi piel». Con lo cual, supongo que con toda la buena voluntad del mundo, me dejaron como un perfecto gilipollas. También hubo alguna carta al director –católicos ofendidos en lo más vivo– por una descontextualización de otro entrevistador, resumida en la frase «el humanismo cristiano ha hecho mucho daño», a palo seco, sin especificar que, innumerables bienes aparte, me refería al daño de persuadirnos de que los hombres tendemos a la perfección, al amor y a la bondad, dejándonos como corderos indefensos en manos de tanto lobo y tanto hijo de puta. 

De todos modos, la perla de mi última presentación novelera es de las que costarían la amistad de amigos y colegas, de no ser porque los amigos y colegas saben, por experiencia propia, con quién nos jugamos los cuartos. Durante una conferencia de prensa, un periodista preguntó si, en mi opinión, Marsé, Vargas Llosa o Javier Marías podrían haber escrito El pintor de batallas, mi última novela. Mi respuesta fue la única posible: con el mismo asunto, mis colegas –amigos, además– habrían escrito magníficas novelas, pero no ésta. Para escribirla así, añadí, necesitarían mi biografía, y cada cual tiene la suya. 

El comentario, recogido por una agencia de prensa, fue difundido correcta y literalmente; pero al día siguiente, un diario puso en mi boca, en titulares gordos: «Ni Marsé ni Vargas Llosa tienen mi biografía», otro precisó: «Vargas Llosa o Marías no habrían podido escribir esta novela», y un tercero, el premio Reverte me Alegro de Verte al tonto del culo de este año, tituló: «Vargas Llosa es incapaz de escribir esta novela». 

7 de mayo de 2006 

lunes, 1 de mayo de 2006

Frailes de armar tomar

De vez en cuando me doy una vuelta por los viejos avisos y relaciones del siglo XVII, aquellas cartas u hojas impresas que, en la época, hacían las veces de periódicos, contando sucesos, hechos bélicos, noticias de la corte y cosas así. Con el tiempo he tenido la suerte de reunir una buena provisión en diversos formatos, y algunas tardes, sobre todo cuando tengo un episodio de Alatriste en perspectiva, suelo darles un repaso para coger tono y ambiente. Su lectura es sugestiva, a veces también desoladora –comprendes que ciertas cosas no han cambiado en cuatro siglos–, y en ocasiones muy divertida. Ése es el caso de una relación con la que di ayer. Está fechada en 1634, y se refiere a la peripecia de tres frailes mercedarios españoles que viajaban frente a la costa de Cerdeña. Me van a permitir que lo cuente, porque no tiene desperdicio. 

El barco era pequeño y franchute, llevaba rumbo a Villafranca de Nizo, y a bordo, además de los tres frailes españoles –Miguel de Ramasa, Andrés Coria y Eufemio Melis–, iban el patrón, cuatro marineros y cinco pasajeros. A pocas millas de la costa se les echó encima un bergantín turco –en aquel tiempo se llamaba así a todo corsario musulmán, berberiscos incluidos– haciendo señales de que amainasen vela. El patrón se dispuso a obedecer, argumentando que, siendo francés el barco, podrían negociar con los corsarios y seguir viaje a salvo. Pero los tres frailes, súbditos del rey de España, no veían las cosas con tanto optimismo. Ustedes se escapan de rositas, protestaron, pero nosotros vamos a pagar el pato. Por religiosos y por españoles, pasaremos el resto de nuestras vidas apaleando sardinas al remo de una galera, o cautivos en Argel o Turquía. Así que, de perdidos al río, resolvieron cenar con Cristo antes que en Constantinopla. Que el diálogo de civilizaciones, apuntaron, lo dialogue la madre que los parió. De manera que se remangaron las sotanas, se armaron como pudieron con cuatro chuzos, tres escopetas y tres espadas sin guarnición que había a bordo, y amotinándose contra los tripulantes del barco, los metieron con los cinco pasajeros encerrados bajo cubierta. Después pusieron trapos en torno a las espigas de las espadas para que sirvieran de empuñaduras, y se hicieron una especie de rodelas amarradas al brazo izquierdo con almohadas y cuerdas. Luego se arrodillaron en cubierta y rezaron cuanto sabían. Salve, regina, mater misericordiae. Etcétera. 

Ahora, háganme el favor y consideren despacio la escena, que tiene su puntito. Imaginen ese bergantín corsario de doce bancos que se acerca por barlovento. Imaginen a esos feroces turcos, o berberiscos, o lo que fueran –veintisiete, según detalla la relación–, amontonados en la proa y en la regala, blandiendo alfanjes y relamiéndose con la perspectiva, en plan tripulación del capitán Garfio. Imaginen la sonora rechifla del personal cuando se percata de que en la cubierta de la presa no hay más que tres frailes arrodillados y dándose golpes de pecho. Y en ésas, cuando los dos barcos están abarloados y los turcos se disponen a saltar al abordaje, los tres frailes –los supongo jóvenes, o cuajados y correosos, duros, muy de su tiempo– se levantan, largan una escopetada a quemarropa que pone a tres malos mirando a Triana, y luego, gritando como locos Santiago y cierra España, Jesucristo y María Santísima, o sea, llamando en su auxilio al santoral completo y al copón de Bullas, tras embrazar las almohadas como rodelas, se meten en la nave corsaria a mandoble limpio, acuchillando como fieras, dejando a los turcos con la boca abierta, perdón, oiga, vamos a ver, aquí hay un error, los que teníamos que abordar éramos nosotros. Con la cara del Coyote tras caerle encima la caja de caudales que tenía preparada para aplastar al Correcaminos. Y así, en ese plan, dejando la mansedumbre cristiana para días más adecuados, los frailes escabechan en tres minutos a doce malos, que se dice pronto, y otros cinco se tiran al agua, chof, chof, chof, chof, chof, y el resto, con varios heridos, pide cuartel y se rinde después de que fray Miguel Ramasa le atraviese el pecho con un chuzo al arráez corsario, «juntándose los dos tanto, que le alcançó el turco a morder en una mano, y acudiendo fray Andrés Coria le acabó de matar». Con dos cojones. 

Ocurrió el 21 de octubre de 1634, día de santa Úrsula y de las Once Mil –una más, una menos– Vírgenes. Y qué quieren que les diga. Me encantan esos tres frailes. 

30 de abril de 2006 

lunes, 24 de abril de 2006

El polvete ucraniano

Hace muchos años que no entraba en un puticlub. En mis tiempos de reportero dicharachero de barrio Sésamo, esos antros eran lugares idóneos para que la tribu montase cuartel general de lo que fuera, sitio donde recalar tras una jornada dura, abrevaderos donde podías tomar una copa a palo seco, mirando las botellas de los estantes, o en compañía de quien no exigía conversación inteligente, o ni siquiera exigía conversación. Por supuesto, los puticlubs de entonces –como los de ahora– eran lugares suciamente machistas, y tal. Pero diré, en descargo mío y de mis colegas de antaño, que tampoco los reporteros de mi generación éramos espejo de virtudes, pues teníamos asuntos más urgentes de que ocuparnos. Mandar una crónica, por ejemplo. Una exclusiva del copón titulando en primera. Ahora es distinto, claro. Los reporteros van a las guerras y a las paces –dicen– por razones exclusivamente humanitarias, en plan Paulo Coelho. Y cuando entran en un puticlub lo hacen siempre con espíritu redentor y de denuncia, dispuestos a obtener un testimonio que termine, ya mismo, con todas las guerras y con todos los puticlubs y con todos los males del mundo. Cuando menos. Por eso me fui hace doce años. Yo sólo era un hijo de puta profesional. A ver si me entienden. Un testigo con una cámara. 

El otro día, como digo, entré en un puticlub del sur –en realidad anduve por media docena larga– después de muchísimo tiempo, con un productor de cine gringo que sigue los pasos de Teresa Mendoza, vieja amiga que algunos de ustedes recordarán de cuando ella cruzaba el Estrecho con el pájaro de Vigilancia Aduanera pegado a la chepa. Y confieso que el ambiente me pilló desentrenado. En vez de señoras con vestido largo, luz roja y camareros canallas –lo que recordaba de toda la vida– encontré un discobar iluminado a tope, música chunda-chunda y doscientas jóvenes más o menos rubias de escueta vestimenta y visibles encantos. Espectaculares, dicho sea de paso. Y estando en ésas, aún de pie junto a la entrada, se acercó una jovenzuela de tetas libérrimas que, con un descaro y una naturalidad escalofriantes, me soltó, con fuerte acento eslavo: «¿Qué, tío, echamos un polvete?». Lo juro. Ni buenas noches, dijo la pava. Ni hola qué tal, ni me llamo Ana Karenina, ni invítame a una copa, ni pepinillos en vinagre. Niet de niet. Así, recién cruzada la puerta. Tío. Un polvete. Ni siquiera un polvo, o un polvazo, o un revolcón antológico que te vas a caer de la cama, chaval. Y encima, sin tratamiento adicional: simpático, caballero, guapo, por ejemplo. Calculen la diferencia entre «¿Qué, tío, echamos un polvete?» y, por ejemplo, «Hola, guapo, ¿crees que este cuerpazo merece que lo invites a una copa?». Porque eso es fundamental. Cualquier paquidermo, cualquier tiñalpa, cualquier cuasimodo, entran en un puticlub sobre todo para que alguien les diga guapo, aunque sea con pago de su importe. 

Así que háganse cargo. Yo allí, con cincuenta y cuatro años y la mili que llevo a cuestas, y enfrente, Nietochka Nezvanova y su polvete. Hay que ser natural y directa, supongo que le habría explicado su macarra, o su explotador, o su traficante de blancas. Quien fuera. Que los españoles son así. Y entonces me entró una melancolía muy grande, la verdad. En esta ocasión –me van a disculpar las buenas conciencias– no fue por las connotaciones dramáticas del asunto, que también, ni por la triste realidad de las chicas explotadas, etcétera, aspectos todos muy dignos de consideración y de remedio, pero que hoy no son objeto de esta página. La cosa fue por la certeza de que, incluso si yo hubiera entrado en el local con intención de echar algo, lo que fuese, a alguna de las atractivas individuas que deambulaban por el cazadero, cualquier posible encanto del evento, cualquier espíritu jacarandoso por mi parte, cualquier lujuria manifiesta o predisposición al intercambio carnal mercenario, se habría visto enfriada en el acto por la torpe apertura de la moza. Por su qué, tío, y su polvete a quemarropa. Pero es que seguramente, deduje, esto es lo que ahora funciona. Lo que demanda el mercado. La distinguida clientela de los puticlubs ya no exige señoras lumis como las antes: esas que sabían escuchar durante horas en la penumbra de una barra americana, pacientes y profesionales, y al final, comprensivas, decían «muy guapos» cuando sacabas la foto de tu mujer y tus cinco hijos. Entonces todavía eran más eficaces, y necesarias, las putas que los psiquiatras. 

23 de abril de 2006 

lunes, 17 de abril de 2006

El juez que durmió tranquilo

Alguna vez les he hablado de mi amigo Daniel Sherr, judío, alérgico y vegetariano, que además de tener un corazón de oro y ser un ecologista excéntrico y pelmazo, es el mejor intérprete del mundo. Trabaja para Naciones Unidas, diplomáticos y gente así, habla más lenguas que un apóstol en Pentecostés –su amistad soportará esa hipérbole poco ortodoxa en lo mosaico–, y asiste a inmigrantes hispanos en los juzgados gringos. A veces, mientras saca un plátano del bolsillo y se pone a pelarlo sin complejos en la mesa de un restaurante de varios tenedores –«Tiene mucho potasio», le dice al incómodo camarero–, Daniel me cuenta historias judiciales tristes, recuerdos que lo dejan hecho cisco durante días y noches. Para alguien que, como él, cree que la compasión hacia los desgraciados es obligación principal del ser humano, los juzgados suponen, a menudo, una nube oscura sobre su corazón y su memoria. Pero hay que ganarse la vida, dice con sonrisa triste. Además, cuando se trata de pobre gente, siempre puedes echar una mano. Ayudar. 

Ayer, mi amigo me contó, al fin, una historia reciente que no es triste. Hablábamos de jueces y de injusticias; de cómo, a veces, quien administra la ley, con tal de no complicarse la vida, pone la letra de ésta por encima del sentido común y de la humanidad. Fue entonces cuando Daniel me contó el último asunto en el que había intervenido como traductor, en un juzgado de familia de Nueva Jersey. De una parte, una mujer con una niña de dos años, cuya custodia pedía. De la otra, un funcionario de la división de Juventud y Familia del Estado. En medio, un juez. La mujer, ecuatoriana, solicitaba seguir con la niña, de origen mejicano, cuya madre se la había confiado hacía año y medio y no había vuelto nunca más. La señora pedía la custodia legal de la niña, pues las vacunas para la criatura costaban ochenta dólares la inyección, ella tenía un trabajo humilde y escasos recursos, y con la custodia legal tendría derecho a que por lo menos las vacunas las pagase el Estado. Pero había un problema: la ecuatoriana era inmigrante ilegal. Su situación, ley en mano, obligaba al juez no sólo a acceder a la petición del funcionario del Estado para que le quitasen a la niña, sino, llevado el caso al extremo, a expulsar a la mujer de los Estados Unidos. 

Según me contó Daniel, el juez inició así su interrogatorio: «Señora Espinosa, usted no está en este país legalmente, ¿verdad?». La respuesta fue: «No, señoría». El juez miró a la niña, que correteaba entre los bancos de la sala. «¿Sabe usted que el funcionario del Estado alega que Nueva Jersey no puede ofrecer prestaciones a un trabajador indocumentado?» La señora parpadeó, tragó saliva y miró al juez a los ojos: «Sí, señoría». El juez guardó silencio un momento. «Señora Espinosa –dijo al fin–, lleve esta hoja con mi membrete y mi firma a los Servicios Católicos de ayuda. Mi ayudante le dará la dirección. Dígales que va de mi parte y que quiere regularizar su situación.» Dicho eso, el juez se dirigió al funcionario del Estado: «Como ve, la señora Espinosa está tratando de regularizar su situación. ¿Es suficiente?». Pero el funcionario no parecía convencido. Para él, la ecuatoriana era un número más en los expedientes, y sus jefes le exigían eficacia. «Señoría…», empezó a decir. El juez levantó una mano: «Escuche, señor X. Como juez tengo que aplicar la ley, pero también necesito poder dormir con la conciencia tranquila. Es evidente que esta señora es una madre concienzuda y que realmente ha ayudado a la niña. Mírela. A esa niña la quieren, y donde mejor va a estar es con esta mujer». El funcionario seguía aferrado a sus papeles: «Señoría, la ley…». El juez arrugó el entrecejo y se inclinó un poco sobre la mesa hacia el funcionario: «Mi trabajo consiste en aplicar la ley, pero administrándola e interpretándola con humanidad. Además, esta mujer ha demostrado cierto valor al venir aquí, a un tribunal, siendo ilegal. Podría haber sido detenida y expulsada, y aun así ha venido. Y lo ha hecho por la niña. Así que dígaselo a sus supervisores. Y usted, señora, haga lo que le he dicho. Y vuelva a verme dentro de treinta días». 

Cuando, mascando un tallo de apio, Daniel terminó de contarme la historia, sonreía con aire bobalicón. «¿Y tú qué hiciste?», le pregunté. «¿Yo? –respondió–. Pues, ¿qué iba a hacer? Traducir escrupulosamente cada palabra.» Luego me miró acentuando la sonrisa, con un trocito de apio en el labio inferior. «Pero esa noche yo también dormí tranquilo.» 

16 de abril de 2006 

lunes, 10 de abril de 2006

Librería del Exilio

Ya tengo la solución, me temo. Y me lo temo porque sospecho que no hay otra. Se nos ocurrió el otro día a Antonio Méndez y a mí –igual llevábamos dos copas encima, que todo puede ser– cuando charlábamos en su librería de la calle Mayor de Madrid, ese pequeño reducto que resiste al invasor a modo de alcaldía de Móstoles, pueblecito de Astérix, Numancia de libros y decencia: algo insólito en los tiempos que corren. Antonio y yo acabábamos de leer en los periódicos la última gilipollez infraculta –ahora no recuerdo cuál era, porque es imposible recordarlas todas– en boca de un ministro, o ministra, o alguien así. Ministra, creo. 

El caso es que, como cada vez que abrimos un periódico o ponemos la radio o la tele, los dos estábamos calientes. Estos cantamañanas indocumentados, concluía yo, nos van a endiñar otra vez a la derecha. Por pringados, frívolos, torpes y torpas. Y así vamos, colega. De oca a oca y tiro porque me toca. De Guatemala a Guatepeor. Fue entonces cuando le conté a Antonio la anécdota de mi abuelo, que era un señor con biblioteca y cosas así. Un caballero de cuando los había, con maneras, que usaba sombrero para poder quitárselo delante de las señoras y de los curas, aunque era republicano y a estos últimos los despreciaba; porque una cosa no impide la otra, y a fin de cuentas, tras acompañar a mi abuela cada domingo y fiesta de guardar hasta la puerta de la iglesia, se quedaba allí a fumarse un truja hasta que su legítima salía tras el ite misa est. Cuando entraba en su biblioteca y me veía inclinado sobre los grabados de uno de los muchos libros de historia, geografía o literatura que tenía allí –mi favorito entonces era La leyenda del Cid, de Zorrilla–, mi abuelo solía decir: «Aprende francés, Arturín, que es muy triste irse al exilio sin conocer el idioma. Acuérdate del pobre Goya». Tenía la teoría, nunca desmentida por los hechos, de que, voluntariamente o a la fuerza –para buscarse la vida o para salvar el pellejo–, una de cada dos o tres generaciones de españoles termina siempre haciendo las maletas. Y para él, europeo formado en lo clásico, Francia era el país decente que pillaba más cerca. 

El caso, terminé de contarle a mi amigo el librero, es que hice caso a mi abuelo: hablo un francés de puta madre. Y te juro por mis muertos, insistí, que a mí no me trincan vivo estos analfabetos cuando sea ancianete y esté indefenso. Quiero envejecer sereno, y no blasfemando en arameo cada vez que enchufe la tele; ni maltratado de palabra, obra u omisión por semejante gentuza. Y creo que la cosa tiene mal arreglo. A fin de cuentas, un político no es sino reflejo de la sociedad que lo alumbra y tolera. En democracia, cada colectividad tiene lo que se busca y merece. Y sin democracia, también. Así que a ver si a ti y a mí nos toca la bonoloto y ahorramos para un ático al otro lado de la muga. París no está nada mal, fíjate. Me refiero al París del centro, claro. Nos ha jodido. Allí todavía quedan, por lo menos para veinte o treinta años más, cafés venerables y cómodos, librerías en cada esquina, y la gente se habla de usted, dice por favor, pase primero silvuplé, y cosas por el estilo. Así que no es mala solución. Como Quevedo, ya sabes, pero desayunando croissants en la Torre de Juan Abad. Con pocos pero doctos libros juntos, etcétera. Y esto de aquí, que lo disfrute quien lo soporte. ¿Imaginas? ¿Meses y años sin oír hablar de estatutos ni derechos históricos, ni de La Coruña con ele o sin ele, ni de diputados y diputadas electos y electas? 

Fue entonces cuando a Antonio se le ocurrió la idea. Una librería, dijo. A medias. Podríamos llamarla Librería del Exilio, puesta en una buena calle de allí. La rue Bonaparte, por ejemplo, que a ti te gusta el nombre y sale en el Club Dumas. La cosa era tan tentadora, que en cinco minutos hicimos el plan: una librería con café enfrente, para cruzar la calle y desayunar mirando el escaparate. Y dentro, en las estanterías, autores españoles, para que el personal harto de tanto cuento y tanta murga pueda refugiarse en ellos y sobrevivir: Séneca, Jorge Manrique, Cervantes, Quevedo, Clarín, Ortega, Unamuno, Valle-Inclán, Miguel Hernández, Baroja. Nombres que hoy apenas encuentras en las librerías. Con muchas fotos colgadas en las paredes, de quienes en su día tomaron las de Villadiego: Goya, Moratín, Sender, Machado… Iban a faltar paredes. Podríamos, además, conmemorar innumerables centenarios. En España, cada día es aniversario de una barbaridad, o de una estupidez. 

9 de abril de 2006 

lunes, 3 de abril de 2006

Esas malditas corbatas anchas

Nunca fui en exceso corbatero. Quiero decir que procuraba usar la corbata a modo de ultima ratio regis, cuando no quedaba otro remedio. En mis primeros tiempos reporteriles sólo tenía una corbata marrón oscuro y otra azul marino, ambas estrechas y de punto, que me ponía en ocasiones rigurosas. La marrón era la que llevaba en los viajes, pues el tejido de punto se arrugaba menos en la mochila. Te la ponías con una camisa o una cazadora y quedabas presentable. Con esa corbata de punto marrón entrevisté a Gaddafi, a Sadam Husein, a Assad, a Obiang, a Somoza, a Galtieri –que estaba, por cierto, con una tajada enorme– y a unos cuantos más. Era, como digo, mi corbata de protocolo; y cuando estaba muy vieja buscaba otra idéntica: siempre fui de piñón fijo. Solía comprarlas durante las escalas que hacía en Roma cuando iba y venía de Oriente Medio, en una camisería del Corso que todavía las vende, aunque ya no son las mismas. Demasiado anchas y gruesas, ahora. La única vez que estuve a punto de viajar con una corbata distinta fue durante la revolución de Rumanía, cuando entramos en el palacio abandonado del dictador y había una en el dormitorio. Pero se me adelantó Hermann Tersch, y me quedé sin ella. La corbata de Ceaucescu. 

Ahora, con esto de la Real Academia, me pongo corbata al menos una vez por semana. Los jueves. Y como uso a menudo pantalones de pana, esas corbatas de punto me siguen valiendo. Conservo dos de los viejos tiempos. También tengo tres o cuatro más, discretas, estrechas, de toda la vida, donde predominan los tonos marrones o azules, según. Ya he dicho antes que soy de piñón fijo. El problema es que del excesivo uso van ajándose poco a poco, y eso me plantea un grave problema indumentario: no tengo con qué sustituirlas. Las tiendas, por supuesto, están llenas de corbatas; pero todas son a la moda. Y de la moda, en cuanto a colores y anchura, qué les voy a contar. Trincar una corbata estrecha y discreta de rayas azules y grises, por ejemplo, o una marrón con motitas suaves color burdeos, es más difícil que una referencia culta en boca de un político español. Todo viene a base de colores butanos y fosforitos, explosiones amarillas o arco iris cegadores. A mala leche. Y como además la moda sólo acepta ahora corbatas anchas, de nudo gordo, circulan por ahí auténticos espectáculos ambulantes, fulanos con una especie de servilleta multicolor desplegada desde el pescuezo, que van por la vida impávidos y como si tal cosa, felices de haberse conocido. Por no hablar de esos enormes nudos que parecen despedir destellos fluorescentes mientras atenazan el gaznate de algunos ilustres padres de la patria o ciertos presidentes de clubs de fútbol –a veces me lío y los confundo unos con otros, por la soltura retórica–, a medio telediario. Aunque cada cual es muy dueño. Faltaría más. 

Resumiendo. Ando loco por encontrar una maldita corbata estrecha de toda la vida. Cuando creo ver una en un escaparate, en cualquier ciudad del mundo, me abalanzo al interior con cara de loco, agarro por el cogote al dependiente o dependienta –como ven, la presión feminista empieza a minar mis baluartes– y lo conmino o conmina a que me entregue el botín o botina en el acto, antes de que otro carcamal reaccionario como yo me la sople en las narices. Pero mi gozo va a parar al pozo. Lo mismo en Nueva York que en Sangonera la Verde, se trata siempre de una corbata de las anchas que, colocada así y asá, parecía más estrecha de lo que en realidad era, y que al mostrármela desplegada se revela en su cruda realidad. Y además, para mayor recochineo, con el logotipo de la puta marca en el piquito. Que ésa es otra. 

Así que debo decirlo: odio a los diseñadores y fabricantes de corbatas anchas. Pero arrieritos somos. No lloraré por ellos cuando la capa de ozono, la gripe aviar o lo que sea nos mande a todos a tomar por saco. Y mi odio se aviva cada vez que abro el armario y rechino los dientes contemplando las menguadas filas de mis últimas de Filipinas. Hay que ser desalmado, me digo, para condenar al sexo masculino –no al género, imbécilas: al sexo– a pasear por la vida con un babero de un palmo de ancho sobre el pecho. Colorines aparte. Porque aún no he olvidado una pieza que, durante dos horas y media, tuve desplegada ante los ojos en el tren de Madrid a Sevilla: para colgarla en una pared sólo le faltaba el marco. Rediós. Tardaron varios días en borrárseme las manchas de la retina. 

2 de abril de 2006

lunes, 27 de marzo de 2006

El vendedor de libros

El primer día que lo vi –a principios de los años setenta– me quedé asombrado por su mercancía y su aspecto: un fulano cargado de libros, deambulando como un buhonero por la enloquecida redacción de Pueblo, entre redactores apresurados, jefes de sección al borde del infarto, correctores, linotipistas, fotógrafos, enviados especiales regresando de Oriente Medio, reporteros de sucesos con la foto –robada con el marco a la viuda– del sereno muerto la noche anterior, actores de cine buscándose la vida, flamencas, toreros, putas, alcohólicos relativamente anónimos, burlangas que palmaban la nómina en una noche, y toda, en fin, la fauna estrafalaria que en aquellos tiempos se movía por el legendario edificio de la calle Huertas de Madrid. 

El librero ambulante se llamaba José Bustillo, y se ganaba la vida por las redacciones de los diarios, las radios y la televisión. Era un tipo sesentón, simpático y vivaz, que tenía el pelo blanco ligeramente rizado, usaba lentes y vestía muy correcto, con chaqueta y corbata. Aparecía por el periódico el día de cobro, con montones de libros que subía desde su coche, aparcado en la puerta. El coche era una verdadera librería móvil que incluía desde las últimas novedades a clásicos, colecciones de lujo e incluso libros de texto. Y su sistema de venta era arriesgado, pero funcionaba. Vendía a crédito, bajo palabra, y cada mes se le satisfacía, según las posibilidades de cada cual, la cuota adecuada. Apenas le puse la vista encima, me apunté al sistema. Tras un breve análisis de mi limitada economía veinteañera, acordamos tres mil pesetas al mes: la novena parte de mis ingresos de entonces. Y durante catorce o quince años, hasta su muerte, cumplimos como caballeros. Yo aboné mis deudas mensuales puntualmente, y él, a cambio, fue llenando los estantes de mi casa y mi mochila de reportero con libros maravillosos. 

Aún siguen junto a mí cuando escribo estas líneas, treinta años después: el Casares y el María Moliner, los tres volúmenes del vocabulario de Lope de Vega editados por la Academia, el valioso caudal biográfico de Emil Ludwig y de André Maurois, las obras completas de Stendhal, Goethe, Tolstoi y Dostoievsky en Aguilar, y las de Thomas Mann y Proust en Plaza y Janés, e innumerables libros de Austral, Alianza o la Biblioteca de Autores Españoles. También fue él quien me proporcionó los primeros volúmenes –Herodoto, Jenofonte, Eurípides– de la Biblioteca Clásica Gredos, de la que, tres décadas después, otro librero amigo, Antonio Méndez, acaba de enviarme el número 345: volumen VI de los discursos de Cicerón. A José Bustillo debo también la primera pieza de la que, con el tiempo, se convertiría en densa bibliografía histórica del siglo XVII, base documental de las aventuras del capitán Alatriste: los siete amenísimos volúmenes de Deleyto y Piñuela sobre la España de Felipe IV. Sin olvidar la deuda que tengo a medias con Bustillo y con un querido compañero de entonces, el periodista José Ramón Zabala, quienes, durante una charla nocturna en torno a tres tazas de café, a la hora de cierre de la edición de provincias, me descubrieron, vía El jugador de ajedrez, a un novelista y biógrafo para mí desconocido, pero que sería decisivo en mi vida y mi biblioteca: el Stefan Zweig de las obras completas encuadernadas en cuero verde por la editorial Juventud; autor entonces ninguneado por la crítica literaria española, y al que, tras la espléndida rehabilitación hecha por la editorial Acantilado, los mismos que entonces lo despreciaban –la única literatura seria eran Faulkner y Joyce, sostenía esa panda de gilipollas– ensalzan ahora sin ningún rubor, como si Zweig y ellos se tutearan de toda la vida. 

No recuerdo el año en que murió el vendedor de libros. Fue a finales de los ochenta. Lo que sí recuerdo es que su viuda llamó por teléfono para decirme que en las notas de su marido quedaba pendiente un pago mío, el último, de cinco mil pesetas. Acudí de inmediato a la pequeña tienda familiar que tenían junto a la plaza del Callao, y satisfice mi deuda económica. La otra, a la que intento hacer justicia tecleando estas líneas, no podré satisfacerla nunca. Los libros que he escrito existen, en parte, también gracias a José Bustillo. Y me gusta pensar que tal vez se habría sentido orgulloso llevándolos en el abollado maletero de su coche, paseándolos por las redacciones de los periódicos donde con tanta nobleza se ganaba la vida. 

26 de marzo de 2006 

lunes, 20 de marzo de 2006

La osadía de la ignorancia

Una comisión del parlamento andaluz a la que se encomendó revisar el «lenguaje sexista» de los documentos de allí, se ha dirigido a la Real Academia Española solicitando un informe sobre la corrección de los desdoblamientos tipo «diputados y diputadas, padres y madres, niños y niñas, funcionarios y funcionarias», etcétera. Como suele –recibe cinco mil consultas mensuales de todo el mundo–, la RAE respondió puntualizando que tales piruetas lingüísticas son innecesarias; y que, pese al deseo de ciertos colectivos de presentar la lengua como rehén histórico del machismo social, el uso genérico del masculino gramatical tiene que ver con el criterio básico de cualquier lengua: economía y simplificación. O sea, obtener la máxima comunicación con el menor esfuerzo posible, no diciendo con cuatro palabras lo que puede resumirse en dos. Ésa es la razón de que, en los sustantivos que designan seres animados, el uso masculino designe también a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexos. Si decimos los hombres prehistóricos se vestían con pieles de animales o en mi barrio hay muchos gatos, de las referencias no quedan excluidas, obviamente, ni las mujeres prehistóricas ni las gatas. 

Aún se detalló más en la respuesta de la RAE: que precisamente la oposición de sexos, cuando se utiliza, permite destacar diferencias concretas. Usarla de forma indiscriminada, como proponen las feministas radicales, quitaría sentido a esa variante cuando de verdad hace falta. Por ejemplo, para dejar claro que la proporción de alumnos y alumnas se ha invertido, o que en una actividad deportiva deben participar por igual los alumnos y las alumnas. La pérdida de tales matices por causa de factores sociopolíticos y no lingüísticos, y el empleo de circunloquios y sustituciones inadecuadas, resulta empobrecedor, artificioso y ridículo: diputados y diputadas electos y electas en vez de diputados electos, o llevaré a los niños y niñas al colegio o llevaré a nuestra descendencia al colegio en vez de llevaré a los putos niños al colegio. Por ejemplo. 

Pero todo eso, que es razonable y figura en la respuesta de la Real Academia, no coincide con los deseos e intenciones de la directora del Instituto Andaluz de la Mujer, doña Soledad Ruiz. Al conocer el informe, la señora Ruiz se quejó amarga y públicamente. Lo que hace la RAE, dijo, es «invisibilizar a las mujeres, en un lenguaje tan rico como el español, que tiene masculino y femenino». Luego no se fumó un puro, supongo, porque lo de fumar no es políticamente correcto. Pero da igual. Aparte de subrayar la simpleza del argumento, y también la osada creación, por cuenta y riesgo de la señora Ruiz, del verbo «invisibilizar» –la estupidez aliada con la ignorancia tienen huevos para todo, y valga la metáfora machista–, creo que la cosa merece una puntualización. O varias. 

Alguien debería decirles a ciertas feministas contumaces, incluso a las que hay en el Gobierno de la Nación o en la Junta de Andalucía, que están mal acostumbradas. La Real Academia no es una institución improvisada en dos días, que necesite los votos de las minorías y la demagogia fácil para aguantar una legislatura. La RAE tampoco es La Moncloa, donde bastan unos chillidos histéricos en el momento oportuno para que el presidente del Gobierno y el ministro de Justicia cambien, en alarde de demagogia oportunista, el título de una ley de violencia contra la mujer o de violencia doméstica por esa idiotez de violencia de género sin que se les caiga la cara de vergüenza. La lengua española, desde Homero, Séneca o Ben Cuzmán hasta Cela y Delibes, pasando por Berceo, Cervantes, Quevedo o Valle Inclán, no es algo que se improvise o se cambie en cuatro años, sino un largo proceso cultural cuajado durante siglos, donde ningún imbécil analfabeto –o analfabeta– tiene nada que decir al hilo de intereses políticos coyunturales. La RAE, concertada con otras veintiuna academias hermanas, es una institución independiente, nobilísima y respetada en todo el mundo: gestiona y mantiene viva, eficaz y común, una lengua extraordinaria, culta, hablada por cuatrocientos millones de personas. Esa tarea dura ya casi trescientos años, y nunca estuvo sometida a la estrategia política del capullo de turno; ni siquiera durante el franquismo, cuando los académicos se negaron a privar de sus sillones a los compañeros republicanos en el exilio. Así que por una vez, sin que sirva de precedente, permitan que este artículo lo firme hoy Arturo Pérez-Reverte. De la Real Academia Española. 

19 de marzo de 2006 

lunes, 13 de marzo de 2006

Resulta que nos salvaron ellos

Han pasado un par de semanas, pero no lo olvido. Memoriae duplex virtus, etcétera, como decía uno de aquellos fascistas –nacido en Calahorra, por cierto– que en el siglo I, antes de tanto derecho pseudohistórico y tanta cutrez provinciana, llamaban ya Hispania a esta casa de putas. Me refiero a la pintoresca declaración institucional con la que, en el aniversario del 23-F, nos obsequió el Congreso. Es digno de recuerdo el párrafo donde nuestros hombres públicos, en un ejercicio de fastuoso onanismo político, atribuyen el fracaso del golpe de Estado, por este orden, al comportamiento responsable de los partidos políticos y los sindicatos, en primer lugar, y luego a la Corona y a las instituciones gubernamentales, parlamentarias y municipales. Como saben ustedes, el párrafo resultó de una modificación del texto original, donde se reconocía el papel decisivo del rey como jefe de las fuerzas armadas, al ponerlas del lado de la democracia con su discurso por la tele. Pero por presiones de dos partidos minoritarios, uno catalán y otro vasco, el Congreso decidió rebajar el papel monárquico y meter a todo cristo en el baile, afirmando que el mérito no fue del rey, sino del conjunto. O sea. De los políticos españoles, valerosos demócratas aquel día, unidos como un solo hombre y –hoy no me llamarán machista esas perras– como una sola mujer. 

Habría sido precioso, de ser cierto. Comprendo que nuestra infame clase política, acostumbrada a reinventar España según cada coyuntura de su oportunismo y su desfachatez, quiera pasar a la Historia con esa tierna milonga de la liberté, la egalité y la fraternité defendida el 23-F como gato panza arriba. Pero están mal acostumbrados. Esto no es tan fácil como inventarse reinos y naciones que nunca existieron, o independencias ancestrales de ayer por la tarde, ocultando por otra parte realidades ciertas como la España romana, o la visigoda. Cuando deformas la memoria histórica, el truco puede funcionar con los tontos, los ignorantes y los que no quieren problemas. La gente ya no se acuerda, o no sabe. Pero otra cosa es manipular hechos que todos hemos vivido y recordamos perfectamente. Y eso es lo insultante. Que sólo veinticinco años después, esta gentuza nos considere tan olvidadizos y tan estúpidos. 

Aquel día, la democracia y la libertad sólo las defendieron una cámara de televisión encendida, los periodistas que cumplieron con su obligación –fueron tan torpes los malos que sólo silenciaron TVE y Radio Nacional–, unos pocos representantes gubernamentales que estaban fuera del Parlamento, y sobre todo el rey de España, que, por razones que a mí no me corresponde establecer, se negó a encabezar el golpe de Estado que se le ofrecía, ordenó a los militares someterse al orden constitucional y devolvió los tanques a sus cuarteles. El resto de fuerzas políticas y sindicales, autonómicas y municipales, salvo singulares y extraordinarias excepciones, se metieron en un agujero, cagadas hasta las trancas, y no asomaron la cabeza hasta que pasó el nublado. Quienes velamos esa noche ante el palacio de las Cortes sabemos que, aparte de ciudadanos anónimos, negociadores gubernamentales y periodistas que cumplían con su obligación, nadie se echó a la calle para defender nada hasta el día siguiente, cuando ya había pasado todo –lanzada a moro muerto, se llama eso–. Y respecto a los sindicatos, su único papel fue el de los carnets rotos con que atrancaron los retretes de toda España. En cuanto a la digna integridad constitucional que ahora se atribuye el Congreso, lo que pudo ver todo el mundo por la tele, y eso no hay chanchullo que lo borre, fue a los ministros y diputados tirándose en plancha debajo de sus escaños para quedarse allí hasta que se les permitió levantarse de nuevo –aún entonces siguieron mudos y aterrados–, con tres magníficas excepciones: Santiago Carrillo, que fumaba cada pitillo creyendo que era el último, el presidente Suárez y el anciano general Gutiérrez Mellado. Y cuando éste, fiel a lo que era, se enfrentó forcejeando a los guardias civiles, y el miserable Tejero, pistola en mano, intentó, sin éxito, tirarlo al suelo con una zancadilla, el único hombre valiente entre todos aquellos cobardes que se levantó para socorrerlo, fue Adolfo Suárez. A quien, por supuesto, España pagó y paga como suele. 

Así que menos flores, caperucitas. En lo que a mí se refiere, nuestra heroica clase política puede meterse la poco elegante declaración institucional del otro día donde le quepa. Que imagino dónde le cabe. 

12 de marzo de 2006 

lunes, 6 de marzo de 2006

Cartas náuticas y cabezas de moro

Desde hace tiempo, las cartas electrónicas sustituyen, a bordo de muchos barcos de recreo, a las viejas cartas náuticas de toda la vida. El espacio reducido de un velero o una embarcación a motor plantea dificultades a la hora de manejar los grandes pliegos de papel donde figuran los detalles de la costa, las profundidades, las luces de los faros y otras informaciones necesarias para la navegación. Ahora, la instalación de un plóter con la cartografía conectada a un GPS permite al navegante conocer en todo momento su posición, punto en el que se basa toda la ciencia de la navegación: saber dónde está el barco, establecer la ruta y prever los peligros. Tan cómodo y fácil de manejar es el sistema, que cada vez son más los aficionados que prescinden de las cartas clásicas y se guían sólo por las indicaciones de la carta electrónica, desechando papel, compás de puntas, lápices y transportador: un vistazo a la pantalla y tira millas, sobre todo si uno va a motor y con prisa para tomarse una copa en Ibiza. El sueño de cualquier dominguero. 

Sin embargo, el mar es muy perro y siempre te la guarda. Además de los errores que contienen hasta las mejores cartas electrónicas –un estudio reciente de la revista francesa Voiles pone los pelos de punta–, una de las peores combinaciones náuticas es la de un GPS, un plóter, un piloto automático y un patrón estúpido que no asoma la cabeza por el tambucho para mirar alrededor al menos cada quince minutos: tiempo suficiente para que, por ejemplo, un mercante y una lancha que navegan a quince nudos con rumbos opuestos franqueen ocho millas de mar y se encuentren exactamente en el mismo lugar, o que una punta de tierra con restinga peligrosa en marea baja, que apenas se distinguía en la distancia, se encuentre de pronto bajo la quilla. Además, la electrónica falla, los pilotos automáticos se vuelven majaretas, los GPS están sujetos a averías o a errores de lectura. Y así, cada vez con más frecuencia, marinos de pastel, seguros de que para gobernar una embarcación basta con apretar botones, pasan apuros serios. Mientras que una carta de papel de toda la vida, una aguja magnética y cuatro reglas básicas, te llevan a cualquier sitio. Y si el barco es de vela, más. 

Pensaba en eso esta mañana, a causa de un asunto que, tal vez, algún simple creerá que nada tiene que ver con las cartas náuticas: aquella idiotez propuesta por algunos políticos aragoneses de que al escudo de Aragón se le quiten las cuatro cabezas de moros que ostenta desde la Edad Media. Afortunadamente la cosa no prosperó del todo, o de momento, pues creo que ese escudo deja de presidir el salón de plenos de las cortes regionales, sustituido por un grupo escultórico –del magnífico y llorado Pablo Serrano– hecho de círculos concéntricos que no llegan a cerrarse, que simbolizará, puesto allí, el espíritu del debate libre y democrático, etcétera. Dejo a juicio de cada cual aceptar que haya relación entre una cosa y otra: escudo de Aragón y cartas náuticas. Yo la estimo evidente. Cuando uno se sitúa ante una carta marina clásica –hace tiempo dediqué una novela al asunto y lo tengo muy claro–, resulta imposible sustraerse a la magia del papel impreso, a las líneas trazadas y a todas las fascinantes referencias que contiene. Durante siglos, hombres sabios y valerosos, conscientes de que los barcos se pierden menos en el mar que en la tierra, midieron, sondaron, dibujaron cada braza, cada perfil de costa. Nos advirtieron de los peligros, sumando sobre el papel la experiencia, el sufrimiento, la incertidumbre y la lucha de quienes navegaron aquellos lugares difíciles y vivieron para contarlo. Una carta náutica de buen papel impreso, además de ser la referencia más segura, no se apaga con los fallos electrónicos, ni está sujeta a la moda o los caprichos aleatorios de la técnica moderna. No depende más que de la interpretación inteligente de su rico contenido: está ahí como estuvo siempre. Hace posible que el navegante no se limite a ir de un sitio a otro con prisas e irresponsabilidad, sino que recorra antes el camino con la imaginación; y después, mientras navega, que registre cada momento con la precisión y el gozo de quien transita derrotas que otros trazaron. Que navegue sobre su propia memoria, y de ella obtenga, heredado de quienes lo precedieron, el orgullo de sentirse marino. Se ha escrito que las cartas náuticas no son simples pliegos de papel, sino libros de Historia y novelas de aventuras. Hay que ser en extremo imbécil para renunciar a ellas. 

5 de marzo de 2006 

lunes, 27 de febrero de 2006

La venganza del Coyote

Como saben ustedes, gazapo, además de conejo, significa mentira o embuste; y también error que, a menudo no por ignorancia sino por inadvertencia, deja escapar quien escribe o habla. Cualquiera que trabaje con palabras impresas sabe a qué me refiero. En la oratoria pública las metidas de gamba se disimulan más; y como en España suelen darse en boca de nuestra infame clase política, llaman menos la atención. Sabemos a qué atenernos. Entre gente culta, sin embargo, la cosa es diferente. Suele haber más pundonor. El gazapo es la pesadilla constante de periodistas y escritores, y ni los grandes maestros están a salvo de un texto revisado con descuido o de una galerada corregida entre prisas. 

Por lo general, todo gazapo como Dios manda permanece al acecho en un texto, no importa cuánto se revise y corrija, y sólo salta el día que, impresa la obra, el autor abre una página al azar y allí está el gazapo gordo y lustroso, arteramente camuflado durante meses o años de trabajo. Otras veces se debe a ignorancia del autor, a error de documentación o a generalizaciones rápidas y peligrosas. En todo caso, puede tenerse la certeza de que, publicada la obra, siempre habrá un lector que, incluso en las materias más extrañas, sea autoridad en el asunto. Y ese lector, por supuesto, escribirá una carta apuntando el detalle. Hay auténticos monstruos en eso, sabios implacables a quienes no se les escapa una. Gente para todo. Les aseguro que si un escritor afirma que en 1947 el tren correo salió de Sangonera la Seca a las 8,15 o que el barco pirata se hundió en ocho metros de agua junto a Trincabotijas, siempre habrá un fanático de los ferrocarriles para puntualizar que ese año los trenes correo salían de Sangonera a las 8,50; o que un experto en cartografía náutica señale que la sonda exacta frente a Trincabotijas en el XVIII era de cuatro brazas, o sea, de 6,68 metros. 

Lo he vivido en mis carnes, y acojona. Empecé a enterarme con mi primera novela, cuando situé a un húsar junto a unos eucaliptos, y apenas publicado el libro recibí una amable carta de un lector experto en botánica, comunicándome que mi novela transcurría en 1808, y que esos árboles no fueron traídos a España desde Australia hasta cincuenta y siete años después. En otro libro, con dos personajes conversando sobre las estrellas, puse en boca de uno de ellos que hace 5.000 años el Dragón señalaba el norte en vez de la Polar; y en el acto recibí la carta de un lector que, tras precisar que la cifra exacta eran 4.800 años, me animaba a ser más riguroso en las afirmaciones científicas. Todo esto es de agradecer, naturalmente. Ayuda a corregir o a precisar en ediciones posteriores, y supone además una doble lección: de humildad para el autor –nunca puede conocerse todo sobre todo– y de respeto sobre la categoría de los lectores y la seriedad con que abordan el texto. 

Otras van con mala leche, claro. O se pasan de agudos. Con la serie del capitán Alatriste, aparte de la correspondencia que matiza o discute detalles con buena voluntad, me llegan también precisiones de especialistas –alguno, incluso, historiador de tronío– cuyos patinazos colecciono con simpático interés. La palabra luterano, por ejemplo, aplicada por extensión a los holandeses del XVII como en los textos de Lope y de Calderón –que por cierto estuvo allí– me ha dado mucho juego con algún listillo. Pero, salvo contadísimas excepciones, el tono de los que apuntan gazapos reales o supuestos suele ser amable y nada pedante. Al contrario: un experto valora el esfuerzo de quien se aventura con rigor y esfuerzo en su terreno. Eso no obsta para que, en justo revés, algunos escritores cedamos también a la tentación guasona de incluir emboscadas en el texto, por aquello de que donde las dan, las toman. En ese registro, el gazapo-trampa del que estoy más satisfecho es Dizzie Gillespie tocando el piano en La carta esférica. No imaginan la cantidad de cartas recibidas –bienintencionadas y amables todas– precisándome que Dizzie Gillespie era trompetista de jazz y no pianista. A eso suelo responder con una breve carta que tenía lista desde el principio: Gillespie era, en efecto, trompetista; pero el 26 de noviembre de 1945, cuando Charlie Parker grabó Koko para el sello Savoy, el pianista no acudió al estudio y fue Gillespie quien, además de la trompeta, tuvo que ocuparse del piano. Y es que la literatura, y el juego que implica, incluye también esa clase de cosas. La venganza del Coyote. 

26 de febrero de 2006