domingo, 25 de noviembre de 2007

La estupidez también fusiló a Torrijos

Bueno, pues más vale tarde que nunca. Pero cuánto tiempo perdido, mientras tanto, y qué injusto olvido, y qué vergüenza. Con esto último me refiero al palmoteo de algunos charlatanes de la intelectualidad oficial tras la recuperación para el público, gracias a la magnífica ampliación del museo del Prado, de la gran pintura histórica que, durante mucho tiempo, esa misma gente contribuyó a que se mantuviera escamoteada, proscrita, marcada con el hierro infame de lo reaccionario, lo anticuado, lo casposo. Por culpa de la peña de soplacirios que en todo tiempo y época pretende secuestrar en beneficio propio la palabra ‘cultura’, varias generaciones de españoles se han educado lejos de una soberbia colección de obras maestras del siglo XIX, que se mostraban poco o nada y no se recomendaban en absoluto porque estaban mal vistas: menos a causa de su contenido político o histórico –ésa es la excusa de ahora– que por su hiperrealismo y factura clásica, monumental, tan opuestos al canon que las tendencias, los gustos impuestos por los mandarines de lo bello y periculto, dictaban como indiscutible hasta hace dos días. 

Es cierto que el franquismo, como hizo con tantas cosas, contaminó también con su mala índole, cinismo y fanfarria patriotera la pintura romántico-histórica del XIX, animándola además con un cine histórico que todavía hoy sonroja visionar. Aunque no hay mal que por bien no venga: gracias a tanta trompeta y banderazo, mi generación tuvo la oportunidad de familiarizarse con esa pintura en los libros del cole, donde El testamento de Isabel II, Juana la Loca o La campana de Huesca figuraban como ilustraciones. Pero su descrédito social posterior no responde sólo a causas políticas. En tal caso, El fusilamiento de Torrijos y sus compañeros, que como símbolo de la vileza y el cainismo que España lleva en su puerca simiente es, en mi opinión, mucho más conmovedor y terrible que el Guernica de Picasso, no habría permanecido marginado durante treinta años de democracia. El desprecio con que la obra maestra de Antonio Gisbert y la pintura histórica en general han sido fusiladas durante buena parte del siglo XX, la ceja enarcada de tanto campanudo pontífice cultural ante esa clase de lienzos, insultados hasta el escupitajo con sus etiquetas de realistas, románticos o aburridamente clásicos –honor, amor, muerte y demás chorradas–, responden menos a razones ideológicas que a la artificial oposición clasicismo-modernidad mediante la que ciertos cantamañanas con voz y voto prohibían, a quien apreciaba una obra de Juan Gris o de Picasso, manifestar la misma admiración por Madrazo o por Vicente López. Era más un asunto de moda, de tendencia, de cátedra, de parcelita cultural, en suma, que de política. 

Y sin embargo, óiganlos estos días. O léanlos. Ahora que la ampliación del museo del Prado hace al fin justicia a Moreno Carbonero, a Emilio Sala, a Casado del Alisal o a Rosales, hisopándolos de modernidad, los mismos gilipollas que hasta ayer sonreían despectivos ante la simple mención de La expulsión de los judíos, El Cincinato o La rendición de Granada, sosteniendo sin pestañear que de Velázquez a Goya, de Goya sólo a Picasso y tiro porque me toca, se proclaman de pronto expertos entusiastas de una pintura que, por supuesto, conocen de toda la vida y que es –ha sido siempre, afirman impávidos– imprescindible. Y es que, en realidad, para esos charlatanes que nunca pierden ningún tren porque se suben a todos en marcha, capaces incluso, cuando averiguan por dónde irá la vía, de correr delante de la locomotora, no es cuestión de que la pintura histórico-romántica del XIX dignifique el nuevo museo del Prado. Es éste, o más bien su actualidad mediática, que les ofrece suculentos pastos en columnas, tertulias y suplementos culturales, lo que para ellos convierte en obra maestra cualquier cosa que se meta dentro: pintura histórica, grafitis del Metro o maceta con geranios. Y ahora, esos imperdonables oportunistas –los mismos que babean con Clint Eastwood, por ejemplo, después de treinta años llamándolo fascista– aplauden, graves y doctos, La muerte de Lucrecia o La lectura de Zorrilla con el turbio entusiasmo y sapiencia impostada del advenedizo dispuesto, no a hacerse perdonar o admitir, sino a imponerse arrogante, una vez más, sobre los honrados fieles de toda la vida. A los que, por supuesto, vienen dispuestos a dar lecciones. 

25 de noviembre de 2007 

domingo, 18 de noviembre de 2007

20, 15, 750

Veinte años en la calle, celebran hoy quienes desde hace quince me albergan. Y pues de aniversarios estamos, acabo de calcular que éste es mi artículo número setecientos cincuenta. En lo que a mí se refiere voy a ahorrarles a ustedes hacer balance extenso del asunto, porque hace casi un año, con motivo del número 1.000 de XLSemanal, ya dediqué folio y medio a contar por qué sigo aquí dando la brasa: porque me lo paso de muerte dando escopetazos –¿Acaso no se mata a los caballos?, novela de Horace McCoy llevada al cine bajo el título Danzad, danzad, malditos–, porque hay cartas entrañables de lectores que me obligarían a seguir frecuentando mi particular e imaginario bar de Lola aunque se me fueran las ganas, y porque la gente que me publica esta página ha demostrado con creces, durante esos largos y movidos quince años, una lealtad a toda prueba. Y cuando digo a toda prueba quiero decir exactamente eso: libertad en plan tú mismo y ahí está el Código Penal, y lealtad a prueba de damnificados vociferantes, publicitarios o anunciantes sedientos de sangre, políticos de Cómo Permitís Que Ese Cabrón, paletos de campanario, neohistoriadores de pesebre, falangistas de correaje, comisarios de checa de Bellas Artes, meapilas de Camino Verde Que Va a La Ermita, imbéciles de género y génera, y feminatas desaforadas con la pepitilla seca o hecha un lío. No sé si me explico. Ni si olvido algo. 

Lo que me gustaría hoy, ya puestos a dedicar esta página, como me han sugerido, a celebrar el cumpleaños feliz, es dedicar un saludo de agradecimiento a quienes trabajan en el envés de la trama, y también a los compañeros con quienes comparto, o compartí en tiempos pretéritos, el trabajo en esta revista dominical, colorín o como se llame. A estos últimos, los de ahora, los conocen ustedes, pues basta con pasar las páginas para encontrar sus nombres, incluido el del cartero que me sufre. Así que también se los ahorro. Resulta estupendo, gratificante y educativo compartir papel con casi todos, incluido Paulo Coelho, que pese a sus esfuerzos místicos no ha logrado todavía hacerme ver la luz; pero lo mismo cualquier día uno de sus artículos me enciende la bombilla y me voy al Tíbet. Nunca se sabe. Otros colegas ya no teclean aquí, pero con algunos llegué a pasar buenos ratos echando pan a los patos. No puedo olvidar, entre ellos, a Ángeles Caso, a Marina Mayoral, a Antonio Muñoz Molina y sobre todo a Javier Marías, el perro inglés con quien precisamente la vecindad de página fraguó una amistad pintoresca, singular, que perdura aunque cada uno de nosotros curre ahora en diferentes pastos. La mejor prueba de esa amistad reside en el hecho insólito de que, cuando yo escribo aquí un artículo que desagrada a alguien, las hostias se las lleva él. Lo que, dicho sea de paso, me encanta. Los amigos están para eso. Para buscarles la ruina. 

En cuanto al revés de la trama, como les decía, el agradecimiento es obligado. Si aquellos de ustedes a quienes apetece ver con qué se descuelga cada domingo el amigo –o no amigo– Reverte han podido hacerlo durante setecientas cincuenta semanas consecutivas, sin faltar ni una sola pese a viajes, vacaciones y demás, es porque un equipo de gente estupenda, algunos de cuyos nombres nunca aparecen impresos en estas páginas, se ocuparon de que así fuera. Profesionales rigurosos, lo mismo amigos fieles que mercenarios con pundonor profesional, todos ellos se mantuvieron en contacto por fax o internet para facilitarme los envíos, ajustaron textos, los administraron celosamente cuando llegaban cinco o diez de golpe porque yo pensaba desaparecer una temporada, detectaron erratas por mí inadvertidas, las corrigieron in extremis cuando los telefoneaba para decir: oye, acabo de acordarme de que en la línea tal he escrito ‘subnormal’ con uve. Y cosas así. De esa fiel infantería anónima no olvido ni a los que se fueron ni a los que están: Antonio José, Mercedes Baztán, Rufi, Juan José Esteban y los demás. Buenos chicos, magníficos periodistas. Sin ellos, esta página sería imposible. 

Y, bueno. Eso es más o menos lo que quería apuntar hoy: que dos décadas son edad honorable, digna de ser celebrada. En cuanto a la tarta de cumpleaños, decir que ojalá dentro de otros veinte años sigamos viéndonos todos aquí, juntos y con mecheritos en alto, me parece una gilipollez. Así que no lo digo. Yo, desde luego, no tengo la menor intención de acudir a la cita. Ni a ésa, ni a ninguna otra. Eso no es obstáculo, u óbice, para desear que XLSemanal, o como diablos se llame para entonces –ya saben, toda esa murga de la renovación periódica y el diseño–, doble con absoluta felicidad la edad venerable que hoy festeja. Es un honor escribir aquí. Palabra. 

18 de noviembre de 2007 

domingo, 11 de noviembre de 2007

Fantasmas entre páginas

No tengo ex libris, y nunca quise tenerlo. El ex libris, como saben ustedes, es una etiqueta o pegatina impresa que se adhiere a una de las guardas interiores de los libros de una biblioteca, para identificar a su propietario. «Soy de Fulano de Tal», suele decir la leyenda, o recoge algún lema –«Nunca estoy menos solo que cuando estoy solo» por ejemplo– que a menudo viene acompañado de una ilustración, motivo o escudo. Es costumbre bonita y antigua, y algunos ex libris son tan hermosos que hay quien los colecciona. Alguna vez un amigo artista se ofreció a hacerme uno, pero nunca acepté. Tengo mis ideas sobre la propiedad de libros y bibliotecas, y están relacionadas con lo efímero del asunto. He visto muchos libros arder, biblioteca de Sarajevo incluida, y comprado demasiados libros viejos como para hacerme ilusiones al respecto. Si es cierto que todo en esta vida lo poseemos sólo a título de depósito temporal, los libros son un recordatorio constante de esa evidencia. Creo que pretender amarrarlos a la propia existencia, al tiempo limitado de que dispone cada uno de nosotros, es un esfuerzo inútil. Y triste. 

Quizá sea ésa, la palabra ‘tristeza’, la que mejor define el asunto. Como comprador y poseedor contumaz de libros usados, cazador de ojo adiestrado y dedos polvorientos en librerías de viejo y anticuarios, nunca puedo evitar que, junto al placer feroz de dar con el libro que busco o con la sorpresa inesperada, al goce de pasar las páginas de un viejo libro recién adquirido, lo acompañe una singular melancolía cuando reconozco las huellas, evidentes a veces, leves otras, de manos y vidas por las que ese libro pasó antes de entregarse a las mías. Como un hombre que, incluso contra su voluntad, detecte en la mujer a la que ama el eco de antiguos amantes, nunca puedo evitar –aunque me gustaría evitarlo– que el rastro de esas vidas anteriores llegue hasta mí en forma de huella en un margen, de mancha de tinta o de café, de esquina de página doblada, anotada o intonsa, de objeto que, abandonado a modo de marcador entre las hojas, señala una lectura interrumpida, quizá para siempre. 

Y en efecto, ‘tristeza’ es la palabra. Melancolía absorta en las vidas anteriores a las que el libro que ahora tengo en las manos dio compañía, conocimiento, diversión, lucidez, felicidad, y de las que ya no queda más que ese rastro, unas veces obvio y otras apenas perceptible: un nombre escrito con tinta o la huella de una lágrima. Vidas lejanas a cuyos fantasmas me uniré cuando mis libros, si tienen la suerte de sobrevivir al azar y a los peligros de su frágil naturaleza, salgan de mis manos o de las de mis seres queridos para volver de nuevo a librerías de viejo y anticuarios, para viajar a otras inteligencias y proseguir, de ese modo, su dilatado, mágico, extraordinario vagar. 

Por eso, como digo, no tengo ex libris. Rindo culto a los fantasmas, pero no deseo ser uno de ellos. Las estirpes se acaban, los mundos se extinguen, y tarde o temprano llega siempre el tiempo de los ropavejeros y los bárbaros. No quiero que mi nombre, mi lema, mi frágil vanidad de propietario sean causa de que, pasado el tiempo, alguien abra un libro polvoriento o chamuscado y descubra allí mi nombre como en la lápida de una tumba; donde por cierto, tampoco deseo figurar, jamás: «Soy –fui– de Fulano de Tal». Por eso, del mismo modo que conservo con celo ritual cualquier reliquia de anteriores propietarios, dejando allí donde la encuentro la hoja o el pétalo seco de flor, la carta doblada, el dibujo, la tarjeta postal, en lo que a mí se refiere procuro, como quien borra con cuidado las huellas de un asesinato, eliminar todo rastro. Por desgracia, alguno es indeleble: dedicatorias de amigos, subrayados y cosas así. Pero el resto de evidencias procuro eliminarlas con impecable eficacia. Situándome con paranoia de asesino minucioso ante cada libro que abandono en un estante para cierto tiempo –tal vez para siempre–, reviso antes sus páginas retirando cuanto allí dejé durante la lectura: cartas, tarjetas de embarque, notas, facturas, tarjetas de visita. Sin embargo, cuando tras la última ojeada considero limpia la escena del crimen y estoy a punto de cerrar la puerta a la manera de un Rogelio Ackroyd dispuesto a enfrentarse al detective, no puedo evitar una sonrisa contrariada y cómplice. Sé que, pese a mis esfuerzos, un buen rastreador, un lector adiestrado como Dios manda, cualquiera de los nuestros, como diría el buen y viejo abuelo Conrad, sabrá reconocer en pistas sutiles –una nota escrita a lápiz y borrada luego, una mancha de lluvia o agua salada, una marca de tinta, sangre o vida– la huella de mis manos. El eco de mi existencia anónima en esas páginas que amé, y que me recuerdan. 

11 de noviembre de 2007 

domingo, 4 de noviembre de 2007

La moneda de plata y el Tigre del Norte

Pongo la moneda de plata encima de la mesa y Jorge Hernández la mira sin comprender al principio. «Te la debo desde hace dos siglos y medio», digo. Jorge la agarra y la estudia, aún desconcertado, dándole vueltas entre los dedos. Es una pieza de ocho reales, de plata mejicana, acuñada en 1769. «Ya es hora de que vuelva a su dueño», aclaro. Entonces Jorge, al fin, comprende y sonríe. Híjole. La plata de Tasco, o de por allí. Me da un abrazo. «Será muy valiosa», dice. Yo me encojo de hombros. «De ti depende –respondo–. Vale lo que tú quieras que valga». 

Estamos comiendo en un restaurante de Madrid. A Jorge no se le nota huella ninguna de las cuatro horas que pasó anoche en un escenario de Madrid, con sus hermanos pequeños, los Tigres del Norte: el grupo norteño más famoso del mundo, pionero del narcocorrido y de la canción social de la frontera, cuya inmortal Contrabando y traición –la historia de Camelia la Tejana– empezó un género musical que hoy es cumbre del folklore mejicano, fenómeno cultural capaz de conseguir que Jorge y sus hermanos llenen de público el Estadio Azteca, o congreguen en sus conciertos al aire libre a cien mil personas que corean sus canciones porque las saben de memoria. Yo también las coreé anoche en Madrid. Estuve entre el público, a mis años y con la mili que llevo a cuestas, gritando «Sinaloa» en las pausas musicales, voceando la letra de Pacas de a kilo, de Jefe de Jefes, La reina del Sur, La mesera o Somos americanos, entre los aficionados españoles y la comunidad de México en Madrid, algunos de cuyos miembros vestían, para la ocasión, sombreros y botas de piel de iguana, y agitaban banderas de su país, emocionados hasta la locura cuando Jorge, con su acordeón, sombrero alzado en la mano, cantaba aquello de: «Indios de dos continentes / mezclados con español / somos más americanos / que el hijo de anglosajón»

Me gusta escuchar a Jorge –es muy inteligente y narra como nadie, por eso canta novelas de tres minutos– cuando confirma, con el tono sencillo de la buena gente de su tierra, que pese a treinta años de éxitos y dinero no ha olvidado su infancia de niño pobre en Rosa Morada, Sinaloa, donde empezaba el colegio el 20 de septiembre porque el 15 sólo iban los chamacos que podían pagarse el uniforme. Cuando cuenta cómo aprendió a tocar el acordeón buscando en él las notas que hacía sonar en la guitarra. Cuando recuerda que empezó a cantar con ocho o nueve años por cantinas y burdeles, a veinticinco centavos canción, entre mesas manchadas de mezcal y tequila donde borrachos y putas fueron su primer público –ellas lo escondían bajo sus faldas cuando llegaba la policía–, hasta que una serie de azares y coincidencias lo pusieron en el camino que había de llevarlo al éxito de masas, a vender millones de discos y a ser imitado hasta la exageración por cientos de grupos norteños –algunos también excelentes– que fueron naciendo al socaire de los Tigres cuando éstos se convirtieron en maestros indiscutibles del género. Y mientras observo a Jorge Hernández comer despacio y mojar apenas los labios en la copa de vino, considero lo singular que resulta encontrar a alguien tan leal todavía a lo que en otro tiempo fue, incluido el niño que cantaba en las cantinas, y que aún pueda reconocerse ese niño en el hombre que ahora, en el escenario, bajo los focos, conserva la humilde calidez humana que permite a una superestrella del folklore mejicano convertir su trabajo en espectáculo de comunión con un público enfervorizado, que sube al escenario a hacerse fotos con sus ídolos, mientras éstos recogen, obedientes, cada uno de los papelitos con peticiones que les entregan en pleno concierto, las leen en alto sin dejar de tocar y cantar, y procuran satisfacerlas. «Con mucho gusto, Carga ladeada, cómo no… Para ustedes, con nuestro cariño, La puerta negra, claro que sí… Con mucho gusto, También las mujeres pueden.» 

«Ha sido un largo camino, Jorge.» Se me queda mirando y asiente, dándole vueltas entre los dedos a la moneda de 1769. «Largo y pagándolo todo –responde–. Sin más deuda que con mis amigos.» «Y con el público», apunto yo. «De él hablo –responde, suave– cuando digo mis amigos». Después, los dos echamos un vistazo a los periódicos, que traen fotos a toda página del concierto de anoche, y Jorge pone, sonriente, el dedo sobre unas líneas de un artículo: «Interpretaron la mítica Reina del Sur, inspirada en una narcotraficante real, canción de la que Pérez-Reverte tomó algunas ideas para su novela». «No te molestará, ¿verdad?», comenta. Muevo la cabeza, y sonrío, feliz. «¿Molestarme? Todo lo contrario, amigo. Me encanta. Así es como se construyen las leyendas». 

4 de noviembre de 2007 

domingo, 28 de octubre de 2007

Inocentes, pero menos

Tendemos a confundir inocencia con ignorancia. Pensaba en eso el otro día, viendo en la tele los estragos que cuatrocientos litros de agua por metro cuadrado pueden hacer en la estupidez y el desinterés del ser humano por las realidades físicas del mundo real en el que vive. Creemos que metiendo maquinaria y cemento podemos mover montañas, alterar cauces de ríos y cambiar el paisaje a nuestro antojo, vulnerando impunemente las leyes naturales. Nos consideramos, arrogantes, a salvo de todo, hasta que un día el Universo se despereza, bosteza un poco y pega cuatro zarpazos al azar. Entonces resulta que el coqueto paseo marítimo de Benicapullos de la Marineta, que costó una tela, hay que demolerlo porque corta el paso a las aguas embravecidas que vuelven a correr por donde siempre corrieron desde hace siete millones de años; y que la urbanización de adosados, construida en la orilla misma del río Manolillo, se va a tomar por saco llevándose los coches, los bajos de las casas, a las abuelitas jubiladas y cuanto encuentra por delante. Luego, claro, la culpa la tiene el Pesoe, o el Pepé, o el alcalde, o Protección Civil. Los demás nos manifestamos llorando, o cabreados, pero sin culpa de nada. Exigimos indemnizaciones al Estado para recomponer nuestras vidas, y nos lamentamos porque la razón y el telediario nos asisten. Somos víctimas inocentes. 

Sin embargo, siempre hubo diluvios y volcanes. Las playas de tal o cual sitio son idílicas precisamente porque, segura de que allí cada cierto tiempo el mar pega un sartenazo, la gente se iba a vivir a otra parte, por si acaso. Los maremotos, por tanto, no son culpables de nada. Ni los terremotos. Ni lo que sea. Siempre estuvieron ahí, y hasta los animales salvajes buscaban su guarida en otros pastos. De pronto, en los últimos treinta años, o cien, o los que sean, hemos decidido, porque nos conviene, que una riada, un tsunami o una erupción de lava son fenómenos posibles, pero improbables. Así que, oiga. Ya sería mala suerte. Por una ola gigante cada siglo y medio, por una Nueva Orleáns cada cinco, no vamos a desperdiciar la playa tal o la parcela cual, que piden ladrillo a gritos. Así que llenamos de pisos el Vesubio, reconstruimos San Francisco en el mismo sitio, y situamos quince mil plazas hoteleras en una playa que está a treinta kilómetros en línea recta del volcán submarino más próximo. Y venga vuelos de bajo coste, mojitos de ron y mariachis. Con todos muy felices, claro, y fotos para la familia, y los niños jugando en playas vírgenes de arena blanca, hasta que un día el mar y el azar dicen: hoy toca. Y adiós muy buenas, chaval. Más fiambre para el telediario. O sea. Más víctimas inocentes. 

Antes, al menos, había excusa. O justificación. No siempre éramos culpables de los efectos letales de nuestra ignorancia, porque la sabiduría no estaba al alcance de todos. Estudiar era difícil, y los cuatro canallas con corona o sotana que manejaban el cotarro eran incultos o procuraban, en bien de su negocio, que la chusma lo fuera. El hombre ignoraba que el mundo es un lugar peligroso y hostil donde al menor descuido te saltas el semáforo; o lo sabía, pero no contaba con medios para evitar el daño. Sin embargo, hace tiempo que esa excusa no vale, al menos en lo que llamamos Occidente. De Pompeya a las playas asiáticas, de Troya a las Torres Gemelas, el imbécil occidental –ustedes y yo– dispone de treinta siglos de memoria escrita que se pasa por el forro de los huevos. Tenemos colegio obligatorio, televisión e Internet, y nunca hubo tanta información circulando. Quien no sabe es porque no quiere saber. Ahora somos deliberadamente ignorantes porque resulta más cómodo y barato mirar hacia otro lado y creer que nunca va a tocarnos a nosotros. Hasta que toca, claro. Hasta que el piso que compramos sin fijarnos en que estaba en el cauce de un río seco se nos llena de agua. Hasta que el viaje basura de quince euros que contratamos con una compañía cutre para sentirnos millonarios tres días bebiendo piña colada mientras nos llaman Buana o Sahib, nos deja tirados en el aeropuerto. Hasta que la hipoteca que nos atamos al cuello sin averiguar antes si cuando todo se vaya al diablo podremos pagarla, nos revienta en la cara y nos deja en la puta calle. Entonces, sí. Entonces somos víctimas inocentes, pedimos compasión, ayuda internacional y soluciones a cargo de los presupuestos del Estado, y exigimos responsabilidades a la compañía aérea, y a la cadena hotelera, y al gobierno, y a Dios, mientras agitamos en alto nuestros inútiles billetes de avión, nuestras letras que no podemos pagar, nuestras casas inundadas y nuestros muertos. 

28 de octubre de 2007 

domingo, 21 de octubre de 2007

Iker y el escote de Lola

Mi amigo Iker –yo no los elijo, que conste– se apoya en la barra del bar de Lola, pide la caña ritual y expone su versión del asunto. A los diecisiete años ha pasado la selectividad y tenido una novia guiri, y todavía le sorprende que, cuando hablaban de política, las cosas estuvieran claras para ella. ¿Rico o de clase media, piel rosa y barrio de Mujeres desesperadas?: partido republicano. ¿Minoría, clase baja, paria de la tierra, abortista o eutanásico?: partido demócrata. O algo así. Aquí es más difícil, se lamenta Iker. Si eres de los que piensan que la Conferencia Episcopal estaría mejor donde el siglo XVIII puso a los jesuitas, no tienes otra que votar a Alicia en el País de las Maravillas y asumir que España es concepto discutido y discutible. Si crees que Educación para la Ciudadanía es un delirio de mentecatos, debes aplaudir la picha hecha un lío que el portavoz Acebes pasea por los telediarios desde el 11-M y tragar ladrillo envuelto en banderas españolas. Y si toca periferia histórica, la cosa consiste en adaptarse a cada versión local de la palabra patriota subtitulada con clientelismo y demagogia, o Rompe el sistema, Hazte rojo y Puta sociedad, en lengua vernácula, claro, para no asustar a los turistas. Mientras, los Corteingleses, las Fenaques, las Zaras y las tiendas de compra y tira, colega, están llenos a rebosar y todo cristo necesita de todo a todas horas. A ver cómo encaja eso con la crisis hipotecaria de la que nadie desea enterarse, con las familias sin un duro para material escolar de sus hijos, aburridos de votar antes de tener edad para hacerlo, y cuya máxima aspiración intelectual es una moto, o escuchar reguetón a tope en su cuarto en vez de leer, o convertir, ellas, su cuarto en la casita de Bratz y decir me he puesto ciega hasta el culo, tía. 

Todo eso larga mi joven amigo entre la primera y la segunda cañas, mientras yo, de codos en la barra –esta vez sin Javier Marías, pero inasequible al desaliento–, le miro el escote a Lola. Que es un escote como los de antes. Entonces Iker se limpia la espuma de la boca y hace la pregunta del millón de mortadelos: ¿Y ahora, qué? ¿Sólo nos queda encerrarnos con nuestros libros, como esos republicanos cultos del 36 o esos alemanes y austriacos que veían llegar la tormenta y negaban con la cabeza diciendo «no es esto, no es esto» ante el jolgorio y el vivalafiesta general?… Es que nos han metido en una trampa, señor Reverte. Sólo te dejan opciones que no deseas, como esos partidos tercera vía que parecen la segunda parte coreana de Titanic. Por una parte me niego a vivir en un mundo gobernado por turistas de Código da Vinci y tontasdelculo del Hay Tomate. Por la otra, quiero seguir votando, y exigiendo. Quiero estar en la calle, leyendo el periódico cada día. Quiero seguir ilusionado, enamorado, ciudadano, con sangre en las venas. ¿Qué han hecho ustedes con nosotros, señor Reverte? Déjeme que se lo diga: nos han jodido vivos. 

Lola, que seca vasos, escucha en silencio. Mi abuelo –prosigue Iker– me ha contado cientos de veces sus historias del 36 al 39. Era como escuchar a Alatriste: honor, tiros, mujeres, traiciones. Hoy, mi abuelo, como muchos otros veteranos de ya sabes qué –lo de Guerra Civil sólo se podía decir en mi instituto si eras rojo demagogo con gafas circulares o facha nostálgico del 23 F– está en una residencia y todo le importa un carajo. Ni lee los diarios. Y no quiero acabar así. Me asusta envejecer en esta imbécil España con tanta tristeza como mi abuelo. Y por cierto –añade Iker apurando el vaso–: eso de que aquí o allá vivimos con miedo, oprimidos por éste o aquel, es mentira. Como lo de los quemafotos, que son cuatro. Los demás vemos Los Serrano, tapeamos en los bares, desprecintamos un condón cuando podemos. Cosas así. La guerra del Pesoe contra el Pepé, lo de Ibarretxe con Madrid nos importa menos que la lucha de Gandalf contra el Balrog. Y quíteselo de la cabeza: en las escuelas vascas, catalanas o gallegas apenas hay adoctrinamiento nacionalista. No hace falta. Esto es España, oiga. Eso ya mata dos pájaros de un tiro. Aparte los cuatro exaltados, nueve de cada diez hablamos como el más chulo de Leganés, vemos Gran hermano, alucinamos con Enrique Iglesias y tenemos de maestros a funcionarios interesados por cobrar a fin de mes y no sufrir daños físicos durante las clases. Todos somos demasiado vagos para que nos adoctrinen. ¿Capisci? Y a mí me toca por primera vez votar en marzo. Por eso, señor Reverte, cuando el islamismo radical, las hipotecas y los mierdas de nuestros políticos nos metan en una movida gorda, si me da tiempo le juro que me voy a reír como un puto enfermo. No sé si me explico. Gracias por esas cervezas, amigo. Y por las tetas de Lola. 

21 de octubre de 2007

domingo, 14 de octubre de 2007

Patriotas de cercanías

Hay una clase de cartas, entre las que me escriben los lunes, cuya virulencia supera, incluso, las de las feministas galopantes de género y génera y las de las pavas con indigencia intelectual, incapaces unas y otras de entender nada que no responda al canon obvio de ese mundo virtual que se han montado y que tanto aplauden, para evitarse problemas, ciertos tontos del haba. Yo tengo un par de ventajas. Por una parte, ese canon artificial me importa un carajo. Por la otra, hace cuatro o cinco años escribí una novela sobre mujeres, machismo y algunas cosas más, y a su contenido –corrido de los Tigres del Norte adjunto– me remito cuando vienen diciendo que les toco la bisectriz. 

En cualquier caso, como digo, ese correo femenil descompuesto de humor, inteligencia y maneras no es lo que más chisporrotea. Lo más plus de lo plus llega cada vez que me introduzco, saltarín, en los jardines nacionalistas. Ahí de verdad que sí. Ahí es donde paletos espumajeantes y tontos de campanario –no siempre son sinónimos, aunque a menudo lo parezcan– sacan lo mejor de sí mismos, y de sus argumentos, para ciscarse en mis muertos. En mis muertos españoles, naturalmente. Eso me pone en situación delicada, pues como saben quienes me leen desde hace tiempo, mi concepto de España y de los españoles, desde Indíbil y Mandonio hasta ayer por la tarde, no puede ser más incómodo y descorazonador. No sé cuántas veces habré escrito en esta página, en los últimos doce o trece años, país de mierda o país de hijos de la gran puta; conceptos estos que, por cierto, también generan su propio correo específico, esta vez del sector Montañas Nevadas. Pero mis astutos corresponsales patriachiqueros no se dejan engañar, porque son muy listos, e incluso bajo tales exabruptos detectan un españolismo de fuego de campamento, brazo en alto y en el cielo las estrellas, de ese que tanto les gusta practicar a ellos en versión propia, o que tanto necesitan en otros para justificar su trinque, su mala fe o su imbecilidad. 

Esta clase de cartas llegan, indefectiblemente, cada vez que menciono asuntos históricos, a los que tengo cierta afición. Y no deja de tener su gracia. Uno puede desayunarse cada mañana viendo en los periódicos y la tele cómo gudaris y otros paladines catalaúnicos, celtas, euskaldunes, andalusíes o de donde sean, incluso cretinos bocazas peinados de través como el coqueto y casposo Iñaki Anasagasti, meten el dedo, removiéndolo, en cuanto ojo encuentran a mano, con tal de joder un poquito más, o se limpian las babas con cualquier bandera que no sea la de su parcelita. Pero que a los demás no se nos ocurra, por Dios, hablar de Historia, ni de España, ni de nada, ni siquiera en términos generales, que no coincida exactamente con lo expuesto en el escaparate de su negocio. Hasta ahí podíamos llegar. Algunos, incluso, son inteligentes. O lo parecen. Ésos, más allá del rebote elemental, suelen descolgarse con una contundencia, una seriedad pseudocientífica y unos aires de autoridad tales que hasta al cartero de XLSemanal, que es un pedazo de pan, lo hacen picar de vez en cuando. Son capaces de desmentir, sin empacho, cuanto se ponga por delante. Veinticinco siglos de memoria documentada, bibliotecas, viejas piedras y paisajes no tienen la menor importancia frente a la historia local reescrita por mercenarios de pesebre, que es la única que les importa. Mal acostumbrados por gobernantes expertos en succionar entrepiernas a cambio de votos –desde el amigo Ansar al pacífico Sapatero–, a los patriotas de cercanías les sienta fatal que alguien les lleve la contraria a estas alturas del desmadre, cuando gracias a la cobardía, la incultura y la estupidez de la infame clase política española todo parece estar, por fin, al alcance de su mano. Quisieran esos pseudohistoriadores de tebeo que, cada vez que llega una de sus cartas refutando con argumentos de hace tres días lo que gente docta e inteligente tardó siglos en acumular, probar y fijar, yo me levante de la mesa, vaya a mi biblioteca, y ante los veinte mil libros que hay en ella, ante las catedrales, los castillos, los acueductos romanos, las iglesias visigodas y los museos, ante los documentos históricos conservados en los archivos de toda España y de medio mundo, diga: «Mentís como bellacos. Acaba de poneros patas arriba mi primo Astérix con dos recortes de periódico, cuatro cañonazos de Felipe V y las obras completas de Sabino Arana». 

Encima, oigan, algunos amenazan con no leerme nunca más, o juran que no volverán a hacerlo en el futuro. Para castigarme por españolista, por facha y por cabrón. Y qué quieren que les diga. Que sin lectores así puedo pasarme perfectamente. Que vayan y lean a su puta madre. 

14 de octubre de 2007 

domingo, 7 de octubre de 2007

La sombra del vampiro

A menudo llegan cartas pidiendo que recomiende un libro para jóvenes. Algo que los anime a leer. En literatura, la palabra jóvenes resulta ambigua y peligrosa, de modo que no suelo meterme en ese tipo de jardines. Cada cabeza es un mundo aparte. Por lo demás, creo que, salvo contadas excepciones, lo que establece la diferencia entre un libro para jóvenes y otro para adultos es la edad de quien lo lee. Unos textos encuentran a su lector en el momento adecuado, y otros no. El conde de Montecristo, por ejemplo, puede fascinar lo mismo a un joven de quince años que a un abuelo de setenta. Y no sabría decir cuándo es más placentero y provechoso leer La línea de sombra, El guardián entre el centeno, La cartuja de Parma, Moby Dick o La montaña mágica

Hay una novela, sin embargo, con la que tengo la certeza de ir sobre seguro, pues no conozco a ninguno de sus lectores, jóvenes o adultos, que no hable de ella con entusiasmo. Con su título ocurre como con tantas obras maestras: el cine lo hizo todavía más popular, devorándolo, y al fijarlo en el imaginario colectivo desvinculó el mito de la fuente original. Pero ese libro extraordinario sigue ahí, en librerías y bibliotecas, en buen y sólido papel impreso, esperando que manos afortunadas lo abran y se estremezcan con su invención perfecta, su belleza y su trama sobrecogedora. La novela se llama Drácula y fue escrita –a máquina, innovación técnica absoluta en aquel momento– por su autor, Bram Stoker, hace ciento diez años. 

Drácula es de una modernidad que apabulla. Para construirla, Stoker se zambulló en leyendas medievales, supersticiones y brumas balcánicas, vampirismo y hombres lobo, sin que nada de eso entorpeciese con erudiciones inoportunas, a la hora de escribir, la limpia eficacia de su historia, a la que aplica una factura técnica complicada, impecablemente resuelta, que ya quisieran para sí muchos de los que, a estas alturas del tiempo y la literatura, pretenden romper o reinventar las reglas del juego. La historia, que empieza cuando el joven inglés Jonathan Harker viaja a Transilvania para negociar una venta con un aristócrata local, se fragmenta en cartas, diarios íntimos, recortes de prensa, grabaciones fonográficas e incluso el espeluznante diario de a bordo –pieza maestra dentro de la obra maestra– del capitán de un navío, el Démeter, que con su perro negro ocupa por mérito propio un lugar en la nomenclatura de barcos legendarios y misteriosos de la gran literatura de todos los tiempos. 

Además, están los personajes. Complejos, humanos hasta el dolor, inhumanos hasta la crueldad objetiva y fría, los seres que pueblan Drácula mantienen al lector pegado a sus páginas: las dos amigas atrapadas por una atracción fatal, la desnudez fetichista de sus pies –¡cómo insiste en eso el autor!– cuando se entregan al terrible seductor, la violación-vampirización de Lucy, la impotente lucidez de Van Helsing, el sacrificio del compañero generoso, la dramática empresa de los tres amigos y su estaca en el corazón, la fanática fe del miserable y leal loco Renfield en su maestro-mesías, a prueba de manicomios… Y, por encima de todos, desde que una mano fuerte, fría como la nieve, estrecha la del joven Harker en el castillo de los Cárpatos, la extraordinaria e implacable sombra que planea sobre la novela: ese espléndido conde Drácula, cuya engañosa ancianidad y bigote blanquecino quedaron borrados para siempre, en la iconografía clásica del mito –160 adaptaciones cinematográficas–, por la magnífica palidez engominada de Bela Lugosi, la elegancia aristocrática de Christopher Lee, la escalofriante cortesía de Frank Langella y todas las derivaciones, variantes o sucedáneos generados en torno; desde bodrios infames para la tele hasta obras maestras como el mítico, genial, Vampiros del maestro John Carpenter. 

Y es que, por encima de todo eso, Drácula es una novela magnífica que a ningún lector deja indiferente. «La mejor del siglo», afirmaba de ella Oscar Wilde en 1897; y con Don Juan y Fausto, según André Malraux, «los únicos mitos creados por los tiempos modernos». Un pedazo de libro, vamos. De los que enganchan –literalmente– por el pescuezo. Así que, señora, caballero, profesor de literatura o quien diablos sea usted, permítame una sugerencia: si esa lastimosa criatura suya no abre nunca un libro, cómprele Drácula, o hágaselo leer y comentar en clase. A usted, de paso, tampoco le vendría mal. Échele un vistazo, y ya me contará. Tan seguro estoy de eso que, si no funciona, yo mismo le devuelvo su dinero. 

7 de octubre de 2007 

domingo, 30 de septiembre de 2007

Esa alfombra roja y desierta

Tengo un par de amigos que hacen películas con mis novelas, y eso me mantiene en contacto con el mundo del cine. Me refiero al cine por dentro, claro, no como espectador. Para ver pelis no necesito ni amigos ni gaitas: me compro una entrada y una bolsa de palomitas –de pequeño eran pipas– o un deuvedé, y punto. Hasta ahora han hecho siete u ocho sobre historias mías, y algo más hay de camino. Unas fueron bien, y otras no. De las dos últimas, mis compadres no se quejan. A mí, en realidad, lo de la taquilla no me afecta; excepto porque, ya que son amigos quienes se la juegan, deseo que les vaya bien y ganen pasta. Lo personal ya es otra cosa. Algunas de esas películas me gustaron mucho, otras me gustaron menos, y alguna hubo sobre cuya palabra Fin juré romperle las piernas a su director si alguna vez me topaba con su careto. Quiero decir con todo esto que lo del cine me suena. Que llevo tiempo en contacto y conozco el paño. Por eso me parto de risa cuando oigo a alguien del gremio hablar de industria cinematográfica española, solidaridad de actores, directores y productores, la nueva ley sobre el asunto y otros camelos. 

Recuérdenme un día de éstos que cuente con detalle cómo se hacen las películas en España, de dónde sale la pasta, y cómo es posible que películas infames, que ni llegan a estrenarse, hayan metido viruta en el bolsillo de algunos productores espabilados, de los que se hacen fotos en la toma de posesión de todos y cada uno de los titulares de Cultura, sean del Pepé o del Pesoe. Recuérdenme también que refiera algunas anécdotas sabrosas sobre las palabras beneficio industrial, sobre cómo se repartió en los últimos años la tarta de las televisiones, sobre los dos o tres listos que mataron la gallina de los huevos de oro, y sobre cómo algunos golfos apandadores, combinando la candidez de ministros y ministras que no tenían ni puta idea de cine con la complicidad amistosa o engrasada de algún crítico cantamañanas, presentaron como obras maestras bodrios infumables, haciendo desertar al público de las pantallas españolas. Recuérdenme, también, que refiera algunas bonitas historias sobre las palabras envidia y poca vergüenza en torno al rodaje de cualquier película ambiciosa de alto presupuesto que apunte a la taquilla, invariablemente torpedeada por el habitual grupillo de tiburones de la industria, con el argumento de oiga, y qué hay de lo mío. O dicho de otro modo: si la pasta de las ayudas va a una sola película importante, quién financiará las chorraditas infumables de las que yo vivo, y con las que trinco pasta antes de rodar un solo plano, con lo que luego me da igual estrenarlas o no. 

Recuérdenme también, ya puesto a hacer amigos, que les cuente algo sobre la conmovedora solidaridad de la gente del cine, directores y actores incluidos. Que les detalle por qué, mientras que en Cannes, Toronto, Venecia o Hollywood los guiris acuden en masa a arropar no sólo sus películas, sino las de otros, a hacer bulto y dar glamour a algo que es negocio para todos, a los estrenos en España sólo van los actores de la película y el director –y no siempre–, y resulta imposible un desfile de alfombra roja como los espectadores y el público esperan, de esos que tanto contribuyen a que el cine siga siendo fábrica de imaginación e ilusiones. En vez de los deslumbrantes vestidos y elegancia de mujeres bellas, hombres apuestos en smoking, caras conocidas que dan magia y prestigio a una película y a la industria en general, animando al público y la taquilla, aquí sólo van a un estreno los cuatro gatos de la peli con algún familiar y amigo; vestidos, por supuesto, como viste el cine español para sus cosas: de trapillo cutre y tejanos rotos, porque una chaqueta o una corbata son prendas fascistas. El caso es que en España nadie va a ver la película de otro, ni apoya con su presencia lo que, hoy por ti y mañana por mí, debería ser esfuerzo común y mutuo beneficio. Ni siquiera para eso se ponen de acuerdo. Para comprobarlo, fíjense en las pocas caras conocidas que acuden a cada estreno. Observen la fiesta de los Goya, o el festival de San Sebastián. Quiénes salen en las fotos y quiénes ni asoman por allí. En España, el glamour colectivo del cine murió hace tiempo. Aquí cada perro se lame su cipote, la mayor parte de actores y directores se ignora, desprecia u odia entre sí –eso, cuando no se desprecia, ignora y odia al mismo tiempo–, y lo único que importa a los productores es comprobar, el lunes siguiente a cada estreno, que su película ha ido bien y que las de los otros se han pegado un cebollazo de muerte. 

Industria, la llaman todavía. No te fastidia. 

30 de septiembre de 2007 

domingo, 23 de septiembre de 2007

La compañera de Barbate

Una vez, hace ya algunos años, estuve a punto de darme de hostias con un periodista de la prensa guarra porque me llamó compañero. Salía de cenar con una supermodelo francesa –absolutamente tonta del culo, por cierto– que estaba a punto de rodar una película sobre una historia mía, y un fotógrafo al acecho en la puerta del restaurante quiso inmortalizar el momento, no porque yo fuese carne de ¡Hola!, sino porque la pava lo era, y mucho. Que me sacaran a su lado no me hacía feliz, pero tampoco cortaba mi digestión. Son gajes del oficio. Lo que me quemó el fusible fue que, ante mi mala cara y poca disposición a colaborar, el paparazzo me dijese: «Parece mentira, tú que has sido compañero». Ahí me tocó, como digo, la fibra. Y siguió un pequeño incidente que podríamos resumir en mi comentario final: «Yo era un buitre cabrón como tú, pero un buitre cabrón honrado. Nunca anduve fisgando coños, y a ti nunca te vi en Beirut o en Sarajevo. Así que no hemos sido compañeros en la puta vida»

Me acordé el otro día de eso, viendo la tele. Un temporal de levante había tumbado un pesquero a quince millas de Barbate, llevándose a siete u ocho tripulantes, y las familias aguardaban en el puerto para averiguar los nombres de los supervivientes. Había allí un centenar de personas angustiadas e inmóviles, mujeres, hijos, hermanos, padres y compañeros, esperando noticias con la entereza resignada y silenciosa de la gente de mar. Entre ellos se movía en directo una reportera de televisión, y las palabras se movía son exactas. No es que esa reportera se limitara, como se espera de su oficio, a informar sobre la tragedia con aquellas atribuladas familias como fondo, o muy cerca. A fin de cuentas, tal es el canon: una cosa sobria, elocuente, respetuosa, a tono con las trágicas circunstancias y el ambiente. Pero ocurría todo lo contrario. De acuerdo con las actuales costumbres de la frívola telebasura, la reporteriz bailaba, casi literalmente, entre aquella pobre gente, yendo de un lado a otro con saltarín entusiasmo. En vez de informar sobre la desaparición de unos marineros arrastrados por el mar, parecía hallarse, muy suelta y a gusto, en un plató de sobremesa, en el estreno de una película o en una pantojada cualquiera del Qué Me Cuentas o el Corazón De Entretiempo. 

Les juro a ustedes que yo no daba crédito. No es ya que la torda fuese vestida y maquillada como quien sale de la redacción dispuesta a darle el canutazo a Jesulín de Ubrique, a Carmen Martínez-Bordiú o a Rappel en tanga de leopardo. No es, tampoco, que el tono de su información, en vez de contenido y respetuoso como exigía el drama de esa gente –entre la que había una docena de viudas y huérfanos–, fuese chillón, superficial y marchoso en plan yupi, coleguis, como para darle vidilla al directo y animar a los telespectadores a enviar mensajes para ganar un viaje a Cancún. Es que, además, aquella prometedora joya del periodismo a pie de obra iba metiendo la alcachofa de corro en corro sin el menor pudor. Mas no crean ustedes que la desanimaban silencios o negativas expresas, ni se echaba atrás ante quienes le volvían la espalda negándose a hablar, como ocurrió con un tripulante que había tenido la suerte de no embarcar en el pesquero perdido: hasta tres veces tuvo que decir, el hombre, que no quería comentar nada de nada. Porque, fiel a las maneras impuestas en los últimos tiempos por el infame callejeo de la telemierda, la periodista no se desanimaba ante silencios o negativas expresas, sino todo lo contrario: parecía dispuesta a que esa tarde la ficharan, a toda costa, para el Cuate qué Tomate. Crecida en la adversidad, inasequible al desaliento, seguía moviéndose de acá para allá en busca de testimonios vivos para justificar el directo, como si en vez de en un velatorio marino se encontrase acosando a cualquier pedorra y a su macró en el aeropuerto de Málaga. Y el momento culminante llegó cuando, tras localizar a alguien dispuesto a decir ante la cámara que su hermano estaba vivo y a salvo, la reportera casi dio saltitos de alegría, compartiendo a voces la felicidad de aquella familia como si acabara de tocarles el gordo de Navidad. Todo eso, a dos palmos de las caras hoscas de todas aquellas viudas, huérfanos y parientes cuyo décimo salía sin premio. 

Pero, la verdad. Lo que más me sorprendió fue que nadie le arrancara a aquella reportera dicharachera de Barrio Sésamo la alcachofa de la mano, y se la encajara en la bisectriz. Será que la tele impone mucho, o que la gente humilde es muy sufrida. Sí. Debe de ser eso. 

23 de septiembre de 2007 

domingo, 16 de septiembre de 2007

El hispanista de la No Hispania

Henry Kamen regresa al ruedo ibérico. Y, como cada vez que saca algo del horno, el historiador inglés afincado en Cataluña, donde algunos le aplauden y ríen mucho los chistes, aplica bálsamo Bebé al culito del nacionalismo paleto que tanto lo estima. En el último libro, Kamen detalla sus últimos descubrimientos sobre la inexistente realidad nacional de España; que, como todo el mundo sabe, fue inventada a medias por Felipe V y el general Franco. Esta vez, don Henry sostiene que hasta el siglo XX no hubo cultura nacional española, que ésta floreció en los exilios, fue tardía y cutre, y que lo que hubo desde Séneca, Quintiliano, Pomponio Mela o Marco Valerio Marcial hasta hoy, incluidos Isidoro de Sevilla, Berceo, Cervantes, Gracián, Velázquez, Quevedo, Goya, Moratín, Galdós o Machado, ni fue nacional, ni fue cultura, ni fue nada. Sólo verduras de las eras. 

Se preguntarán ustedes por qué no le tira un viaje a Henry Kamen algún historiador profesional, en lugar de un simple novelista aficionado a leer libros. También me lo pregunto yo. Sorprende el silencio de los corderos, en esta España Que Nunca Existió donde, sin embargo, abundan quienes le pondrían a Kamen los pavos a la sombra. Pero allá cada cual. Yo me bato por motivos personales: de vez en cuando, en entrevistas y artículos, Kamen menciona mi nombre. Me halaga, pero tengo una reputación que mantener. Empiezas dejando que un inglés te toque los huevos, y nunca se sabe. Y más tratándose de mi compadre Diego Alatriste, a quien alude don Henry cuando afirma: «Tengo una singular batalla con Pérez-Reverte, que obedece a que él escribe en torno a la glorificación legendaria de una España que nunca existió». 

Pero Kamen patina. No se trata de gloria, sino de épica: materia no exclusiva de la delgada línea roja, fusileros irlandeses, mercenarios gurjas, lanceros bengalíes o la madre que los parió, cuyo patriotismo o carácter nacional nunca cuestiona Kamen, tan aficionado a desmontar los de otras naciones. Como historiador, don Henry conoce nombres y fechas: 1492, Las Navas de Tolosa, Pavía, Otumba, Trafalgar, Bailén o Cavite; incluidos Tolón, Tenerife, Cartagena de Indias, Buenos Aires y otros lugares donde los ingleses, pese a su motivación patriótica indiscutible y a su brillante cultura nacional anterior al siglo XX, se llevaron una enorme mano de hostias. Y en lo que a glorificación se refiere, precisemos que en las historias de Alatriste no se trata de eso, sino de todo lo contrario. A lo mejor es que el artista habla de oídas, pues lo desafío a demostrar que su España es más sórdida o descarnada que la que ven los ojos de Diego Alatriste. La palabra gloria no cuadra a esta nación, no por antigua menos infeliz, ingrata y miserable, ni a tanta bandera manipulada por tenderos sin escrúpulos e historiadores a sueldo. Sólo un imbécil puede confundir glorificación pomposa o patriotería barata con el acto de narrar desde la Historia y la memoria, como si en las bibliotecas españolas sólo figurase la colección del Guerrero del Antifaz. Henry Kamen no es un imbécil, pero vive en España –él diría en Cataluña– de dar coba a los que sí lo son. Por eso no huele a honrado el pan que come. Decir que España no existe como nación secular ni como cultura nacional es imitar a Jacques de Thou, quien el mismo año en que se publicaba la segunda parte del Quijote, negaba que en España hubiese cultura, fuera de Nebrija y el Pinciano. Así, negar lo innegable es ignorar, por la cara, la Ispania de Estrabón, la Spania de Artemidoro y la Hispania de Tito Livio; y más allá del simple –o no tanto– concepto geográfico, también es negar la monarquía hispano-visigoda, el concilio de Toledo, el «Yo són I chomte d’Espanya que apela hom lo chomte de Barcelona» de la Crónica de Bernat Desclot, los «Quatre reis que ell nomená d’Espanya, qui son una carn e una sang» de Ramón Muntaner, los privilegios otorgados a «la nación española» en Brujas, la Pragmática de Guadalupe, las referencias a España en los textos hostiles de Guicciardini y Maquiavelo, el Salón de Reinos del Buen Retiro de Madrid, la pugna del tomismo con el luteranismo, el padre Mariana, la Pepa del año 12, los cuernos del toro de Osborne y cuanto colguemos en ellos por delante y por detrás. 

Otra cosa es que España sea un putiferio lleno de envidia, incompetencia y mala fe, donde en vez de Estado –ahí tiene razón don Henry– tenemos un infame bebedero de patos. Pero eso lo sabemos de sobra. No hace falta que nos lo diga un hispanista inglés, instalado bajo ubérrima sombra mientras sus agradecidos patrocinadores le trastean con entusiasmo la entrepierna. Y viceversa. 

16 de septiembre de 2007 

domingo, 9 de septiembre de 2007

Ava Gardner Nunca Mais

Se han cabreado ciertas erizas por mi artículo del otro día, quejándome de que apenas se ven señoras como las de antes: mozas de bandera a cuyo paso temblaba el suelo y se cortaban las respiraciones masculinas. Decía yo que, en vez de Sophías Lorenes, Graces Kellys y otras espléndidas hembras homologadas como tales, lo habitual hoy es toparse con adefesios patosos, lorzas sudorosas y fulanas ordinarias, espatarradas y con chanclas. Y a mis primas les ha sentado mal, sobre todo lo de las lorzas. Además de llamarme machista, neonazi, cabrón con pintas y ciscarse en mis muertos, alguna pregunta qué tengo contra las gordas. Etcétera. Eso me lleva a la conclusión de que no han captado el fondo del asunto, así que voy a explicarlo más claro, por si catorce años de perífrasis y circunloquios impiden entenderme cuando cuento algo. Más que nada, por mi lenguaje oscuro. Además, Javier Marías, a quien mencionaba en el artículo, cuenta que a él también lo están inflando a hostias, sin comerlo ni beberlo. Y pide una rectificación: está de acuerdo con toda la nómina de señoras citadas, incluidas Kim Novak, Donna Reed y Rhonda Fleming; pero él nunca habló de Jane Rusell. 

El error básico está en considerar que, cuando describo a una morsa con pantalón pirata ceñido, lorzas relucientes de grasa y camiseta sudada, me refiero al contenido, y no al continente. Quien deduzca burla o desprecio hacia las individuas abundantes es, literalmente, tonto del haba. De entrada, se equivocan las mujeres seguras de que a los hombres nos gustan las churris esmirriadas, tipo Calista Floja o Paulina Rubio. A ver si no confundimos las cosas. Ésas le gustan a Galiano –que se viste de torero–, al simpático muchacho Lagerfeld y a alguno más, hipócritas aparte. En materia carnal –lo intelectual y lo afectivo son otra cosa–, la mayor parte de los varones normalmente constituidos, por mucha literatura y mucho alpiste que echen al canario, prefiere una señora de rompe y rasga, en cuyas gloriosas caderas no se ponga el sol. Y es lógico. También, a fin de cuentas, lo que de verdad hace que a una hembra le tiemblen las piernas –se pongan las feministas como se pongan– no son los quesitos desnatados que van de malotes, ni los charlatanes lánguidos, sino los hombres cuajados con resabios del cazador y el guerrero que fueron hace siglos. Los que dejan las sábanas arrugadas debajo de una. 

No se trata, por tanto, de gordas y flacas. Como afirma el título de una película, las mujeres de verdad tienen curvas. La cuestión reside en el empaquetado. Lo que no puede pretender una pava metida en kilos –y conozco a algunas que son señoras espléndidas– es meterse en una camiseta tres tallas más pequeña, ponerse un pantalón pirata que deje la raja del tanga al descubierto y rebose chicha por los flancos, no ducharse en dos días, y que encima la llamen guapa. Y si a eso añadimos la ordinariez que tanto abunda, la mala educación, la ausencia absoluta de maneras y la imitación de cuanta retrasada mental aparece en la tele dándoselas de señora, el resultado es inevitable: desagradables tocinos sin fronteras que se creen divinas de la muerte, marmotas domingueras que no saben ponerse tacones cuando lo intentan, y tías vestidas, los días de boda, con vestido largo a las diez de la mañana, como si vinieran de cerrar un puticlub de los de antes. 

Para acabar, otro argumento: el de la eriza que escribe preguntando por qué diablos, si pasa el día en el curro, vuelve hecha polvo y trae a los niños del cole, tiene que vestirse de Ava Gardner en vez de ir cómoda. Aparte de la dudosa comodidad de vestir embutida como una morcilla, la respuesta es simple: no tiene por qué. Nadie la obliga, y lo de doña Ava es sólo una forma de hablar. Pero que no me exija respeto con su camiseta ceñida y sucia, su tripa al aire, su impúdico mal gusto y su desvergüenza, como tampoco me gusta el fulano de axilas sudadas, piernas peludas y chanclas que encuentro en la calle. Vestidos para matar o para ver la tele en casa, se trata de buenas maneras, nada más. En varones o hembras, esas maneras sólo pueden darse por tres motivos: genética, educación o esfuerzo personal. La plataforma Ava Gardner Nunca Mais permitirá, al menos, que quienes conocemos a mujeres capaces de combinar trabajo, casa y cole de los niños con saber cruzar las piernas, usar tacones cuando se tercia, llevar un vestido, o quitárselo, las prefiramos al resto. A una señora digna de ese tratamiento debería bastarle una tarjeta de boda como la que una amiga mía envió este verano a sus invitados: «Caballeros, sin corbata. Señoras, como Dios manda». 

9 de septiembre de 2007

domingo, 2 de septiembre de 2007

Entrámpate tío

Acabo de toparme en el correo con una publicidad bancaria que me ha puesto de una mala leche espantosa. Muchos de ustedes la conocerán, supongo. Se trata de un folleto destinado a los usuarios de una de esas tarjetas de crédito jóvenes, o como se llamen, Bluecard, o Greentarjeta, o Yellowsubmarine, que ahí no me he fijado mucho. Pero la tarjeta es lo de menos. De lo que se trata es de que el banco en cuestión, que para la cosa de recaudar viruta tiene tan poca vergüenza como el resto de los bancos y bancas que en el mundo han sido, plantea a sus jóvenes clientes una oferta de crédito tan descaradamente abyecta que, si no fuera porque el tal Solitario de los huevos no es más que un miserable sin escrúpulos y un payaso, casi aplaudiría uno que siguiera reventando ventanillas a alguna de tales entidades. No sé si me explico. 

«Domicilia tu nómina y vete de viaje», es el reclamo inicial que encabeza el folleto, junto a la foto de una parejita jovencísima y feliz. Nada que oponer a eso, naturalmente. Aunque no exista, desde mi punto de vista, relación directa entre el hecho de domiciliar la nómina y subirse acto seguido a un tren, barco o un avión, uno podría seguir el consejo sin grandes objeciones. El mosqueo viene líneas más abajo, cuando el folleto añade «Londres, Roma, Berlín, París... Llévate un bono de 300 euros para viajar a esa ciudad que siempre has soñado conocer». Y aquí, la verdad, el asunto se enturbia un poco. En estos tiempos de educación para la ciudadanía –permitan que me tronche– y teniendo en cuenta que los destinatarios del folleto son gente muy joven, resulta poco edificante que la primera sugerencia a quien domicilia su primera nómina, lejos de aconsejarle ahorrar para un futuro más o menos próximo, consista en cepillarse alegremente esta nómina y las siguientes, en viajes alentados por el cebo del bono de marras, aunque éste financie parte del periplo. 

Pero ésa es sólo la introducción, o proemio. Lo bonito viene luego. «Hasta 30.000 euros –pone con letras gordas– para lo que tú quieras.» Y suena tentador, me digo al leerlo. Si yo fuera joven imberbe y domiciliara mi nómina en tan rumbosa entidad bancaria, tendría asegurado un creditillo que, bien mirado, no deja de ser una pasta. Tal como está el patio, 30.000 mortadelos dan para que una parejita tierna, necesitada y con sentido común –30.000 x 2 = 60.000– pueda organizarse un poco mejor en la línea de salida. Lo malo es que, algo más abajo, cae mi gozo en un pozo. Porque «lo que tú quieras», o sea, lo que un joven de hoy necesita con más urgencia, a juicio del departamento de créditos del banco en cuestión, es «¿Un coche nuevo, una moto, un ordenador, el viaje de tu vida?». Dicho de otra manera: lo bueno de domiciliar la nómina para un joven de veintipocos años, o para una pareja de esa edad que decida plantearse una vida en común, no reside en que así puede uno amueblar la casa, comprar un coche para el trabajo –el folleto habla de «coche nuevo», no de uno a secas– o adquirir lo necesario para encarar la perra vida. Niet. Lo verdaderamente bonito del invento es que, entregándole la nómina a un banco, puedes entramparte como un gilipollas para los próximos diez años de tu existencia, a fin de comprarte una moto o irte a beber piña colada las próximas navidades al Caribe, como Leonardo di Caprio. Guau. Pero no todo queda ahí, colega. Faltaría más. Porque encima, si domicilias tu nómina y te echas encima el pufo –el primero de muchos, qué ilusión– del crédito a diez años para el imprescindible coche nuevo, tu banco, que es generoso que te rilas, permite que además trinques nada menos que una Wii –«Con su revolucionario mando inalámbrico descubrirás una forma diferente de jugar», puntualiza el folleto– casi sin enterarte. Sólo al pequeño costo de otro pufillo adicional: un año pagando una cantidad mensual que ni siquiera llega a 20 euros, tío. Pagando sólo, fíjate, la ridícula cantidad de 19,50 euros al mes. El non plus. Y claro. A ver quién va a ser tan idiota como para no embarcarse en el chollo: vacaciones, coche nuevo, moto, ordenador, y encima poder matar zombis con la Wii casi gratis, o sea. ¿Hay quien dé más? Con eso y un bizcocho, la vida resuelta hasta mañana a las ocho. Por la cara. 

Hace mucho tiempo que no llamaba hijo de puta a nadie en esta página. Se lo prometí a mi madre, a mi confesor y a una señora de Pamplona que me paró por la calle para darme la bronca. Pero hay días en que el impulso resulta más poderoso que las buenas intenciones. 

Hijos de puta. Hijos de la grandísima puta. 

2 de septiembre de 2007 

domingo, 26 de agosto de 2007

Sombras en la noche

Pasada la medianoche, la costa se reduce a una línea oscura, cercana. La noche es cerrada, sin luna, y el viento muy fuerte tensa la cadena del ancla. En el curso de un pequeño incidente de los que abundan en el mar, el patrón de un velero que se encuentra cerca amarra su neumática al mío, pide ayuda, sube a bordo y permanece allí mientras intentamos solucionar su problema. Al cabo de una hora embarca de nuevo, desaparece en la noche y se marcha sin que durante el rato que hemos permanecido juntos nos hayamos visto la cara el uno al otro, pues todo se ha llevado a cabo sin luz, en una oscuridad casi absoluta. Ni siquiera hemos dicho nuestros nombres. Durante todo ese tiempo hemos sido, el uno para el otro, sólo una voz y una sombra. 

Me quedo reflexionando sobre eso sentado en cubierta mientras, sobre mi cabeza y la pequeña luz de fondeo encendida en lo alto del palo, las estrellas, increíblemente nítidas y numerosas para quien sólo acostumbre a observarlas en el cielo de las ciudades, giran muy despacio del este al oeste, cumpliendo su ritual nocturno alrededor del eje de la Polar. En otro tiempo, me digo, cuanto acaba de ocurrir no tenía nada de extraño, pues los hombres estaban acostumbrados a relacionarse en la oscuridad. Las ciudades carecían de alumbrado público o éste era mínimo: no existía la luz eléctrica, quinqués, velas, candiles, antorchas y fuegos diversos tenían una duración limitada y no siempre estaban disponibles, y tras la puesta del sol era muy pequeña la porción iluminada de vida que el ser humano podía permitirse. Casi todo ocurría entre tinieblas o dependía de la claridad de la luna, como en las magníficas primeras líneas de la novela ejemplar cervantina La fuerza de la sangre. A menudo, viajeros, campesinos, ciudadanos, amigos y enemigos, se relacionaban sin verse el rostro: sombras, siluetas negras que entraban y salían en las vidas de los otros sin otra consistencia que una voz, el roce de una ropa, ruido de pasos, la risa o el llanto, el contacto amigo u hostil de una mano, un cuerpo, un arma, el tintineo metálico de una moneda. La visión del mundo y de los semejantes tenía que ser, por fuerza, muy diferente a la que hoy proporcionan la luz, los continuos focos puestos sobre todo, el frecuente exceso de información, destellos y colores que nos rodea. Y muy distinta la huella dejada en cada cual por aquellas sombras y voces anónimas que se movían en la oscuridad. 

También mi memoria está llena de esas sombras, me digo. El incidente de esta noche remueve otro tiempo de mi propia vida: campos, selvas, desiertos, ciudades devastadas, lugares donde la oscuridad era consecuencia de situaciones extremas o regla obligada para conservar la salud; y allí, al caer la noche, lo más que podían permitirse quienes me rodeaban era el fugaz destello de una linterna, a escondidas, o la brasa de un cigarrillo oculta en el hueco de la mano. Mirando hacia atrás, caigo esta noche en la cuenta – nunca antes había pensado en eso– de que durante aquellos años fueron muchos los seres humanos con los que me relacioné de ese modo. Gente que de una forma u otra resultó decisiva en mi vida, en mi trabajo, en mi supervivencia, y de la que sin embargo sólo retuve un sonido, unas palabras, un olor, una advertencia, una presencia amistosa u hostil, el chasquido metálico de un arma, el breve haz de una linterna en mi cara, la punta roja de un cigarrillo iluminando unos dedos o la parte inferior de un rostro, bultos negros en agujeros y refugios, llantos de niños, gemidos de mujeres, lamentos o maldiciones de hombres, formas oscuras o siluetas recortadas sobre un estallido o un incendio, sombras que sólo dejaron su trazo en mi recuerdo, amigos ocasionales cuyo rostro nunca vi, como los jóvenes milicianos que me gritaron «¡Corre!» una noche del año 1976, en Beirut, mientras retrocedían entre fogonazos, disparando para cuidar de mí; o la voz y las manos del soldado bosnio que ayudó a taponar dos venas de mi muñeca izquierda –yo sentía manar la sangre tibia, dedos abajo– seccionadas en la Navidad de 1993 por un vidrio en Mostar, sobre cuyas pequeñas cicatrices paso ahora los dedos, recordando. 

Sopla el viento en la jarcia, bajo las estrellas. Recortada sobre la línea de costa adivino la silueta del otro velero, que bornea fondeado cerca, y pienso que su patrón me recordará como yo a él: un barco sin luz en el mar, una sombra negra y algunas palabras. Entonces sonrío en la oscuridad. No es una mala forma, concluyo, de que lo recuerden a uno. 

26 de agosto de 2007 

domingo, 19 de agosto de 2007

Cortos de razones, largos de espada

Eres joven y guipuzcoano, según deduzco por tu carta y el remite. Escribes como lector reciente de la última aventura de nuestro amigo Alatriste, contándome que es el primer libro de la serie que cae en tus manos. Te ha gustado mucho, dices, excepto el hecho «poco riguroso» y «poco creíble» de que una galera española estuviera tripulada por soldados vizcaínos que combatían al grito de Cierra, España; en referencia a la Caridad Negra, que en los últimos capítulos combate a los turcos, en las bocas de Escanderlu, llevando a bordo a la compañía del capitán Machín de Gorostiola. Y añades, joven amigo –lo de joven es importante– , que eso no disminuye tu entusiasmo por la historia que has leído; pero que el episodio de los vizcaínos te chirría, pues parece forzado. «Metido con calzador –son tus palabras– para demostrar que los vascos (y no los vascongados, don Arturo) estábamos perfectamente integrados en las fuerzas armadas españolas, lo que no era del todo cierto.» 

Son las siete últimas palabras del párrafo anterior las que me hacen, hoy, escribir sobre esto; la triste certeza de que realmente crees en lo que dices. Te gusta la novela, pero lamentas que el autor haga trampas con la Historia real; la auténtica Historia que –eso no lo cuentas, pero se deduce– te enseñaron en el colegio. Así que, con buena voluntad y con el deseo de que yo no cometa errores en futuras entregas, me corriges. Debería, a cambio, escribirte una carta con mi versión del asunto. El problema es que nunca contesto el correo. No tengo tiempo, y lo siento. Esta página, sin embargo, no es mala solución. La lee gente, y así quizá evite otras cartas como la tuya. De paso, extiendo mi respuesta a la cuadrilla de embusteros y sinvergüenzas de los sucesivos ministerios de Educación, de la consejería autonómica correspondiente, de los colegios o de donde sea, que son los verdaderos culpables de que a los diecisiete años, honrado lector, tengas –si me permites una expresión clásica– la picha histórica hecha un lío. 

Machín de Gorostiola es un personaje ficticio, como su compañía de infantería vizcaína. En efecto. Pero uno y otros deben mucho al capitán Machín de Munguía y a los soldados de su compañía, «la mayor parte vascongados», que, según una relación del siglo XVI conservada en el Museo Naval de Madrid, pelearon como fieras durante todo un día contra tres galeras turcas, en La Prevesa. En cuanto a lo de Cierra, España, ni es consigna franquista ni del Capitán Trueno. Quien conoce los textos de la época sabe que, durante siglos, ése fue usual grito de ataque de la infantería española –en su tiempo la más fiel, sufrida y temible de Europa–, que en gran número, además de soldados castellanos y de otras regiones, estaba formada por vizcaínos; pues así, vizcaínos, solía llamarse entonces a los vascos en general, «a veces cortos de razones pero siempre largos de bolsa y espada». Y guste o no a quien manipuló tus libros escolares, amigo mío, con sus nombres están hechas las viejas relaciones militares, de Flandes a Berbería, de las Indias a la costa turca. Los oprimidos vascos fuisteis –extraño síndrome de Estocolmo, el vuestro– protagonistas de todas las empresas españolas por tierra y mar desde el siglo XV en adelante. Ése fue, entre otros muchos, el caso de los capitanes de galeras Iñigo de Urquiza, Juan Lezcano y Felipe Martínez de Echevarría, del almirante Antonio de Oquendo, su padre y su hijo Miguel, o de tantos otros embarcados en las galeras del Mediterráneo o en la empresa de Inglaterra. Las relaciones de Ibarra, Bentivoglio, Benavides, Villalobos o Coloma sobre las guerras del Palatinado y Flandes, los asedios, los asaltos con el agua por la cintura, las matanzas y las hazañas, las victorias y las derrotas, hasta Rocroi y más allá incluso, están salpicadas de tales apellidos, sin olvidar las guerras de Italia: en Pavía, por ejemplo, un rey francés fue capturado por un humilde soldado de Hernani, en el curso de una acción sostenida por tenaces arcabuceros vascos. Y te doy mi palabra de honor de que aquel día todos gritaron, hasta enronquecer, Cierra, España: voz que, en realidad, no tenía significado ideológico alguno. Sólo era un modo de animarse unos a otros –eran tiempos duros– diciéndole al enemigo de entonces, fuera el que fuera: Cuidado, que ataca España

Así que ya ves, amigo mío. No inventé nada. El único invento es el negocio perverso de quienes te niegan y escamotean la verdadera Historia: la de tu patria vasca –«La gente más antigua, noble y limpia de toda España», escribía en 1606 el malagueño Bernardo de Alderete– y la de la otra, la grande y vieja. La común. La tuya y la mía. 

19 de agosto de 2007 

domingo, 12 de agosto de 2007

Sobre borrachos y picoletos

Tengo un amigo que es picoleto de los de toda la vida. Guardia Civil caminera o como se diga ahora, si es que se dice. Rural, me parece. En Extremadura. Quiero decir que no va en moto, ni es de los que Tráfico relega a la pasiva e indigna tarea de esconderse tras una curva a ver si le hacen una foto a alguien; y si ese alguien paga una multa tres meses después –da lo mismo a quién atropelle o desgracie hoy– el Estado trinca su viruta y respira satisfecho. Precisamente de eso, tomando una caña hace unos días, se quejaba mi amigo. Mucho radar en autovía y autopista, mucha campaña recaudatoria de Tráfico, mucho anuncio en la tele y mucho marear la perdiz, decía. Pero eficacia y medios reales que eviten tragedias concretas, un carajo. Por ejemplo: si vamos de servicio y observamos a un conductor que lleva una tajada de campeonato, no tenemos ni medios ni autoridad para comprobarlo. Sólo podemos decirle quieto ahí, y llamar al equipo de Atestados de Tráfico. Ellos vienen, realizan la prueba de alcoholemia, se sanciona si corresponde, y si el fulano va muy para allá, se lleva al juez y ya está. ¿Me sigues, colega? Bueno, pues no. Esto no es lo que ocurre realmente. Y te voy a decir por qué. 

En ese momento –supongo que para darle suspense, porque es lector de novelas policíacas, y les ha cogido el tranquillo–, mi amigo el cigüeño pide otras dos cañas y espera a que las pongan sobre el mostrador. Entonces bebe un sorbo, me mira al fin, y sigue. El porqué, añade, es muy simple. En mi zona no hay más que un equipo de Atestados, que no da abasto. Puedes creértelo. Y como siempre hay cosas más gordas que un conductor pasado de copas, imagínate. La pareja dos o tres horas con el prójimo, esperando, mientras a éste se le pasa la jumera y se cabrea poquito a poco; los hay que hasta piden un abogado. Y nosotros allí, parados sin poder atender otras incidencias, con los colegas mentándonos a la madre por el walki; y, encima, aguantando impertinencias del trompa. Que, según como la lleve, puede quemarte la sangre no imaginas cómo. Conclusión: vas por ahí rezando para no encontrarte con esa clase de conductores, aunque suene triste. Y si no tienes más remedio que parar a uno, al fin terminas recurriendo a alguna argucia legal para depositarle el vehículo y apartarlo un rato de la circulación, sancionándolo por algo que le quite puntos del carnet. Para entendernos: jugándote el culo con maniobras orquestales en la oscuridad, a veces eficaces pero nunca deontológicas. 

Conclusión –prosigue el guardia, con el labio superior manchado de espuma cervecera–: o eludes tu deber, o te la juegas. Con lo fácil que sería dotar a las patrullas de etilómetros sencillos, sin tanta parafernalia ni trámite, y que una simple comprobación de síntomas, estilo norteamericano, fuera suficiente para levantar a uno de esos asesinos en potencia dos palmos del suelo y cantarle las cuarenta. Si hay alcohol, el que sea, pues para adelante, en vez de tanta gilipollez de etilómetros de precisión, análisis de sangre y garantías que no sé qué carajo garantizan, excepto la impunidad del borracho. Como si no se le fuera a uno el coche por miligramo más o miligramo menos, ni se viera con claridad cuándo un tipo echa el aliento y te funde la visera de la teresiana. Y luego está lo de las sanciones, que es de risa. Con lo simple que sería una legislación más realista y dura: al que conduce sin carnet, trena. Al que atropella a otro estando mamado, trena. Pero de verdad, de larga duración. Y si el infractor es emigrante, expulsión automática del país una vez cumplida la condena. Porque ésa es otra: de cómo van algunos de colocados al volante, con lo que les gusta soplar a ciertos americanos, no tiene huevos de hablar nadie en público. Con el resultado de que aquí todos somos muy tolerantes y muy propensos a garantizar el derecho de cualquiera a ponerse ciego, muy demagogos y muy tontos del culo, hasta que uno se salta la mediana y nos mata a nuestra mujer embarazada y a nuestros niños. Entonces sí. Entonces pedimos mano dura. 

Tras decir todo eso, mi amigo el picolo se queda pensativo, apoyado en la barra. Le propongo otra birra pero dice que no, que ya vale. Y mueve la cabeza –lo de la mujer embarazada sé que lo ha dicho porque tiene a la suya preñada de cuatro meses–. De pronto me mira y añade: «¿Sabes cómo se combate de verdad el alcohol en la carretera?… Haciendo que cada vez que un cabrón mamado ve a la Guardia Civil, se cague vivo. Pero vete a decirle eso a un político». 

12 de agosto de 2007 

lunes, 6 de agosto de 2007

La librera del Sena

Cada cual tiene su París, naturalmente. El mío incluye algunos museos, restaurantes y cafés, los soportales del Palais Royal, la casa de Víctor Hugo en la plaza de los Vosgos, la estatua del mariscal Ney – bravo entre los bravos– junto a la Closerie des Lilas, el león junto al que pasaron los republicanos españoles de la División Leclerc, el Pont des Arts, la rue Jacob –allí están mis editores gabachos–, algún anticuario al que soy fiel desde hace casi cuarenta años, una veintena de librerías y los buquinistas del Sena. Esos puestos de libros viejos son mi recuerdo más remoto, la primera e inolvidable certeza que tuve, siendo un chiquillo, de que al fin estaba en el París de Dumas, Stendhal, Balzac, Sue, Feval, Chateaubriand, Hugo y Maupassant. Las orillas del Sena ya no son lo que fueron, por supuesto. Los añejos libros, revistas y grabados han cedido el sitio a reproducciones burdas, postales y recuerdos para turistas; aunque, con tiempo y paciencia, puede desenterrarse a veces algo pintoresco. Hace años que no compro nada allí, pero siempre dedico un rato a pasear entre Nôtre Dame y el Louvre, observando los puestos y a la gente detenida ante ellos. En ocasiones creo reconocerme, al otro lado del tiempo, en algún jovencito flaco de mochila al hombro al que veo husmear, con emoción de cazador inexperto, vocacional, en alguno de los puestos que ofrecen algo a quienes todavía buscan y sueñan. 

También ella sigue allí, donde siempre. Ahora debe de rondar los cincuenta y ocho, o los sesenta. La he visto envejecer en cada una de mis visitas a esta ciudad, en cada paseo junto al Sena. La primera vez que la vi era yo un muchacho casi imberbe, y ella una atractiva muchacha de cabello rojizo que, a la hora de comer, sustituía a su padre en el puesto de libros. Me parecía tan guapa e interesante que siempre me quedaba por allí, observándola de lejos, fascinado por el aplomo con que se movía, su seguridad en la forma de ordenar los cajones, de atender a los clientes. A veces pasaba muy cerca, junto al puesto, y me detenía a mirar tal o cual libro, sintiendo fijos en mí sus ojos, que eran de un singular color gris azulado. Se me pegaba la lengua al paladar. No me atrevía a cambiar con ella más que algún saludo formal, a preguntar el precio de tal o cual libro, a pagarlo y decir gracias mientras me alejaba. Me parecía inalcanzable, sacerdotisa de un mundo que yo veneraba. Hija de un buquinista, calculen. Guardiana de los fantasmas de mis viejos clásicos, cuyos nombres relucían en letras doradas alineados en el cajón. En París, nada menos. Y tan guapa. 

Pasó el tiempo. Entre viaje y viaje la vi crecer, y yo también lo hice. Leí, anduve, adquirí aplomo, conocí otras orillas del Sena. Cada vez que volvía a esa ciudad la encontraba allí, atendiendo a los clientes o sentada en una silla, leyendo, ante el tenderete. Por supuesto, ni se fijaba en mí. Un día el padre murió, o se jubiló, pues no volví a verlo. Ahora era siempre ella la que abría los cajones sobre las once de la mañana y los cerraba al atardecer. Ni siquiera me reconocía de una vez a otra. Bonjour, bonsoir. Así pasaron unos quince años. Y al fin, cierto atardecer, después de comprar un libro y sin pretenderlo –así ocurren estas cosas–, me quedé conversando con ella. Algo sobre la edición Garnier de Dumas, que yo buscaba. Cerró el puesto, cogió su bicicleta, caminamos por la orilla del río y nos detuvimos algo más lejos. Se mostró locuaz. Demasiado. Y sentados en la mesita de una terraza frente al Louvre, mientras ella hablaba sin parar, comprendí que no tenía nada que ver con la muchacha grave y silenciosa que yo había imaginado durante años. Me pareció esquinada, superficial. Y no demasiado inteligente. Hablaba de dinero y clientes con una frivolidad asombrosa. También me contó algo de su vida, divorcio incluido. Y cuando llegó el momento de pausa incómoda en que los ojos preguntan «y ahora, qué», sonreí cortés, miré el reloj, pagué los cafés y la acompañé hasta el semáforo. Después caminé por la orilla del Sena, junto a los puestos cerrados, sintiendo desvanecerse una vieja sombra de juventud. 

De aquella tarde han pasado más de veinte años. Ella sigue junto al Sena: unas veces el tenderete está cerrado, y otras la veo de lejos, desde la acera opuesta. Ya nunca me paro allí. La última vez estuve un momento frente al escaparate de un anticuario, en cuyo cristal podía ver su reflejo. Era una tarde gris y de pocos clientes. Leía, sentada. Imposible reconocer en ella a la muchacha de cabello rojizo. Tampoco reconocí al hombre que la miraba desde el cristal. 

5 de agosto de 2007 

domingo, 29 de julio de 2007

El espejismo del mar

Hace muchos años que leo revistas náuticas, sobre todo inglesas y francesas. No hablo de revistas de yates de lujo para millonetis, sino de publicaciones para marinos: Yatching, Bateaux, Voiles, o las especializadas en asuntos profesionales, historia y arqueología, como la espléndida Le Chasse Marée, entre otras. También leo las españolas, por supuesto. Aunque éstas, más que leerlas, las hojeo. La diferencia entre leer y hojear se explica con el comentario que me hizo el director de una de esas revistas cuando coincidimos en un puerto. Por qué tanto barco nuevo y obviedades de pantalán, pregunté, y tan poca información útil para quienes navegan. Mi interlocutor se encogió de hombros. Una revista también es un negocio, dijo. Necesita la publicidad. Y a los anunciantes españoles no les gusta ver sus productos entre zozobras y tragedias. ¿Y a los lectores?, pregunté. A ellos, respondió, tampoco. El mar se vende como un lugar placentero, idílico, donde todo cuanto ocurre es agradable. El mar auténtico no interesa en España. Aquí fastidian los aguafiestas. 

Y así seguimos, un verano más. No es que me parezca mal que haya revistas cuya función consista en ser catálogos publicitarios de marcas náuticas y registros de competiciones deportivas. Todo es necesario e interesante. Pero hay un aspecto del mar, a mi juicio el más auténtico, que no tiene que ver con las gafas de diseño, el calzado de moda, la vela de carbono sulfatado y la moto náutica del año, sino con las experiencias y realidades a las que deben enfrentarse los navegantes si las cosas vienen torcidas. Me refiero a todo aquello que, cuando toca tomar el tercer rizo, achicar una vía de agua o verse de noche sin motor y a barlovento de una costa peligrosa, ayuda a mantener el barco a flote. A salvar el pellejo propio y el de la tripulación que está a tu cargo. 

Todo eso suele estar ausente en las revistas náuticas españolas. Casi todas sus páginas las dedican éstas a publicidad abierta o encubierta: nuevas embarcaciones, electrónica, regatas domésticas, ropa y utensilios náuticos que a veces poco tienen que ver con el mar de verdad, que es más duro y simple que todo eso. En cuanto a la parte práctica, cada año se repiten hasta la saciedad los mismos asuntos obvios: cómo arranchar para la invernada, usar el radar, reducir la mayor, encender una bengala o inflar el anexo. Respecto a rutas y experiencias marineras, éstas se limitan a enumerar, con fotos maravillosas, los restaurantes y las caletas de ensueño de una costa turística, o a contarnos cómo Mari Pepa y Paco viajaron por el Caribe haciéndose fotos y pescando langostas enormes. Y cuando excepcionalmente figura en portada un reportaje titulado: ¡Temporal de mar y viento, peligro!, y lo buscas con interés, esperando aprender algo útil sobre temporales, resulta que se trata de los gráficos y mapas de siempre, explicando cómo se forma una borrasca y los efectos meteorológicos de ésta. Y claro. Tienes eso delante, y al lado el Voiles o el Yachting del mismo mes, cuyos sumarios –donde tampoco faltan boutiques náuticas, regatas, veleros y motoras de moda– incluyen documentadísimos artículos, nada teóricos, sobre el uso del radar en el canal de la Mancha o cómo localizar y obstruir una vía de agua, detallados derroteros con los bajos y puntos peligrosos de tal y cual costa, o extensos relatos náuticos: desde cuadernos de bitácora hasta Ochocientas millas sin timón, Helisalvamento en un temporal, Vía de agua nocturna en el golfo de Vizcaya o Hundidos por un ferry. Asuntos de los que cualquier marino lúcido extrae consecuencias valiosas, enseñanzas que, cuando llegue el momento –y en el mar ese momento siempre llega–, servirán para salir adelante, prever o solucionar problemas. 

Pero, bueno. Cada cual tiene las revistas náuticas que desea. Y las que merece. Para comprobar lo que respecto al mar deseamos y merecemos los españoles, basta comparar las portadas de nuestras revistas con las guiris. En las francesas y anglosajonas suelen figurar veleros, de regatas o crucero, cuyos tripulantes –y ahora díganme que es por el clima– van metidos en trajes de agua o navegando con aspecto serio, con titulares como El barco se hundió bajo mis pies o Arribada nocturna: evitemos las trampas. Entre las revistas españolas –sobre las italianas ya ni les cuento– lo común es la foto de una motora a toda leche por un mar azul, con una pava en bikini tomando el sol, orlada por los nombres de los diez nuevos barcos – todos maravillosos, claro– que se promocionan en el interior, y por titulares como Preparando las vacaciones, Televisión a bordo y Fondeos en Ibiza. Y claro. Así está Ibiza. 

29 de julio de 2007