domingo, 26 de enero de 2020

Temporal en el puerto

He venido con él detrás, rascándome la popa, y a la altura de las Columbretes creí que me trincaba, pero bien. Eran las tres de la madrugada y las nubes, o más bien el cielo negro como la tinta, se desgarraron un momento iluminando las piedras por el través de babor, con las luces del faro grande –destellos cada 22 segundos– diciéndome mantente lejos, chaval, ni se te ocurra acercarte con este viento y a estas horas; y la milla de mar que mediaba entre ellas y el velero era un hervidero de olas de color negro y plata, precioso para verlo en una película y en fotos pero inquietante con picos de 37 nudos de viento en el anemómetro, trinqueta y dos rizos en la mayor, el mistral aullando en la jarcia y un frío de cojones. 

No llegó a alcanzarme, o no del todo, y le gané por cuatro palmos la carrera de 250 millas, aunque por pasarme de listo con las isobaras a punto estuve de que me agarrara por el pescuezo. Y esta noche, que ya lo tengo encima por fin, me pilla abrigado, sonriente –primera sonrisa en dos días– y en puerto, leyendo en la camareta mientras lo oigo aullar en todo lo suyo, las drizas en los palos de los veleros cercanos campanillean enloquecidas, el barco escora como si todavía estuviese en el mar y las amarras chirrían y crujen como almas en pena. De vez en cuando levanto la vista y miro el anemómetro, que, aunque se trata de un puerto abrigado, llega a superar los 50 nudos, lo que significa temporal duro de fuerza 10. Y cada vez que lo hago siento una enorme congoja, una punzada solidaria de hermano de la costa, por quienes a estas horas, no por placer sino por oficio, se encuentran mar adentro, comiéndose sin pelar esta castaña. Bregando por sus barcos y por sus vidas. 

Y eso, me digo, que los tiempos han cambiado mucho. Que ahora hay tecnología formidable, ropa térmica, equipos de comunicación y salvamento y cosas así. Que hoy un marino navega, salvo los imprevistos naturales del asunto, con una seguridad impensable hace sólo medio siglo, por no decir la de mucho antes. Pero cuando la mar pega fuerte, cuando el viento –que es realmente el malo de la historia– la convierte en una trampa mortal donde no puedes decir paren esto que me bajo, navegar se convierte de nuevo en lo que siempre fue: una prueba continua de coraje, de tenacidad, de pericia marinera, de suerte. Reflexiono sobre eso recordando las viejas fotografías, los relatos de mi tío Antonio y los capitanes amigos de mi padre, las historias leídas sobre temporales y naufragios. Sobre aquellos hombres, marinos de antaño que subían a los palos entre el viento que intentaba arrancarlos de los andariveles y el infierno rugiendo a sus pies, que gritaban su miedo y su coraje aferrando velas con dedos entumecidos de frío, peleando hasta la extenuación. Esos barcos que llegaban a puerto, cuando podían llegar, maltrechos por los golpes de mar, rifadas las velas, cubiertos de sal, con tripulantes exhaustos y capitanes roncos de gritar órdenes y miedo. Esos pescadores que todavía hoy levantan las redes o los palangres mirando encima del hombro hacia el través, por si se aproxima la muerte. 

Una nueva racha, más fuerte que las otras. Hasta 52 nudos marca ahora el anemómetro. Y qué bien se está, pienso, en esta camareta cálida, leyendo mientras esa furia irracional y ciega golpea afuera aunque pasa de largo, sin encogerte el corazón ni obligarte a luchar para seguir vivo. Qué bien se está aquí, por Dios, con una taza de leche caliente y unas gotas de coñac, con un libro que he cogido de la pequeña biblioteca –desde hace 26 años sólo llevo a bordo libros sobre el mar– en busca de una cita concreta que conozco de memoria, pero que ahora necesito leer en las páginas ligeramente moteadas por manchas de humedad después de los muchos años que llevan aquí: El huracán que enloquece las olas, hace naufragar los barcos y arranca los árboles, que derriba murallas y arroja a los pájaros contra el suelo, había encontrado en su camino a este hombre taciturno, y su mayor violencia no había conseguido arrancarle más que unas pocas palabras. Y de ese modo, con un estremecimiento de respeto hacia los que fueron y son marinos de verdad, no como los ilusos que hoy pretendemos serlo, cierro Tifón y lo devuelvo a su estantería junto a los demás libros de Joseph Conrad. Situándolo en su hueco entre Melville, London, Paternain, Forester, Justin Scott, Alexander Kent, O’Brian y los otros. Los que dieron sentido a mi amor por el mar y por los hombres que lo navegan. 

26 de enero de 2020

domingo, 19 de enero de 2020

Mujeres con tacones rotos

Acabo de zamparme una rodaja de bacalao en casa Revuelta y estoy sentado en la terraza del bar Torre del Oro de la Plaza Mayor de Madrid, que es uno de mis apostaderos favoritos, tomándome un vermut con aceitunas mientras leo y contemplo el paisaje y al paisanaje. Es un día de invierno luminoso y frío, de ésos en que se está bien al sol: uno de los momentos mágicos de Madrid que me gustan mucho. A media mañana no hay todavía demasiada gente, y ni siquiera el Spiderman barrigón portugués o la cabra loca multicolor, habituales del sitio, están en su lugar acostumbrado intentando sacarle algo a los turistas. 

De vez en cuando, los camareros del bar, que son viejos amigos y me cuidan, traen una tapita de paella o de callos, invitación de la casa. Dos municipales pasan despacio a caballo, con resonar de cascos sobre el empedrado, viniendo de la calle Mayor en dirección a la plaza de la Provincia; y para verlos pasar levanto la vista del libro que tengo en las manos, Juego de espera, de Michael Powell. De pronto recuerdo que cuando me vaya debo ir a una esquina cercana para comprar un atado de palitos de regaliz a la señora que se sitúa allí por estas fechas, sentada con su bandeja en las rodillas, estampa que siempre me pareció entrañablemente galdosiana. Lo que demuestra, una vez más, que cuando hay referencias adecuadas en tu cabeza, libros y cosas así, lugares y personas cobran sentido y el mundo se ve diferente. 

Estoy en eso, hojeando un libro, mirando la ciudad y feliz de hacerlo, cuando pasan dos mujeres. Parecen extranjeras, pero no podría asegurarlo. Van vestidas adecuadamente para esta hora, ni muy peripuestas ni demasiado cómodas: correctas y como Dios manda. Tal como esperas que vistan dos señoras que caminan por el centro de una ciudad europea a las once de la mañana de un jueves de enero. Una lleva sombrero, y otra, gafas de sol. Esta última calza zapatos de tacón alto, aunque no excesivo. Deben de andar por los cuarenta largos. Caminan, se paran a contemplar la Casa de la Panadería y siguen adelante. Las miro distraído mientras bebo un sorbo de vermut y estoy a punto de volver a mi libro, cuando ocurre algo que justifica el vistazo. Un ligerísimo pero curioso incidente. 

La mujer de las gafas de sol ha metido el tacón de un zapato en una hendidura del empedrado. Y se le rompe. O tal vez ya iba flojo y eso lo remata. El caso es que la veo detenerse, apoyada en su amiga, y mirarse el zapato, contrariada. Comentan entre ellas algo que no alcanzo a escuchar, ríe la amiga, y entonces, en sólo cinco segundos, con una naturalidad asombrosa o que al menos a mí me asombra, sin aspavientos ni visajes, la de las gafas de sol retira el zapato roto, se quita también el otro, y con los dos en la mano sigue su camino, descalza. Y lo que me deja pendiente de ella es justo eso: la manera con que, tras encajar el percance, esa mujer desconocida es capaz de caminar sobre el empedrado de la plaza, que pese al sol invernal estará muy frío, sin perder la compostura. Con una perfecta calma. Y para acentuar mi sorpresa, lo hace moviéndose con una elegancia mayor que cuando caminaba sobre tacones: asentando los pies desnudos con una gracia y firmeza que hacen pensar en una bailarina de ballet cuando abandona el escenario entre los aplausos del público, después de unas maravillosas evoluciones. 

Y es que no es sólo ella, me digo fascinado mientras la veo alejarse. Hay virtudes que no se aprenden ni se enseñan; como mucho, se perfeccionan con educación y talento, cuando se tiene la suerte de poseerlas. Y ellas, en general, las poseen. Algunas, incluso, a pesar suyo. Nada tiene que ver eso con la cultura, el dinero y ni siquiera, en muchos casos, la ropa que visten. Del mismo modo que lo mejor del hombre varón, en su torpeza y grandeza que a veces vienen de la mano, suele aflorar en las circunstancias adecuadas, la mujer, o lo más admirablemente femenino que existe en ella, que nada tiene que ver con tópicos ni clichés idiotas –permítanme suponer que escribo para lectores inteligentes–, se pone de manifiesto de continuo, en las mil situaciones con las que la vida las confronta. En su manera de quitarse con naturalidad los zapatos que esa vida les rompe y caminar descalzas sobre cualquier suelo, por gélido que sea, con semejante aplomo innato; con el desafío tenaz del que sólo ellas son capaces. 

Así que, cuando al fin la pierdo de vista, le doy otro sorbo al vermut y vuelvo a mi libro con una sonrisa admirada en la boca. Hoy he visto caminar a una mujer descalza, pienso. Y lo hacía tranquila, segura de sí. Serena y valiente como una reina. 

19 de enero de 2020 

domingo, 12 de enero de 2020

El hombre junto al que pude morir

Está en casa Paco Custodio, tomando un café. Jubilado hace años, el veterano cámara de TVE sigue igual, aunque con canas en el pelo rizado y el bigote de mosquetero. Llevábamos tiempo sin vernos. Con Márquez, otro de mis compañeros habituales de entonces, a quien dediqué Territorio comanche, tengo más contacto; nos vemos o lo telefoneo a menudo para escuchar su voz de carraca vieja, que tantos recuerdos me suscita. A Paco Custodio, sin embargo, lo he visto menos: tres o cuatro veces desde que dejé la tele. Sin embargo, es parte importante de mi vida. Y casi lo fue de mi muerte. 

La última vez que trabajamos juntos fue durante una larga temporada en Sarajevo, hasta que Paco echó cuentas y dijo aquí palma un periodista cada equis días y ya nos toca, compañero. Así que quisiera cambiar de aires. Eso me dijo una noche a la luz de una vela –habían matado a nuestra amiga Jasmina un par de días antes– y se me quedó mirando. Me pareció bien. Había cumplido como los buenos; más allá del deber, como suele decirse, jugándosela cada día en la calle bajo las bombas para cubrir telediarios. Era un tipo valiente que, como nos pasa a todos tarde o temprano, rondaba el límite. Así que lo dejé irse como el amigo que era; su ayudante Miguel de la Fuente cogió la cámara y todo siguió su curso natural. Siempre agradecí a Paco aquella larga y dura campaña. Su lealtad profesional y su entereza. Y mi afecto por él se mantuvo intacto. 

El origen de ese afecto, sin embargo, era anterior a Sarajevo. Lo que nos unió para siempre, aunque nos hayamos visto poco en estos veintiséis años, ocurrió en Mozambique en 1990, haciendo un reportaje sobre la guerra civil que se emitió con el título de El expreso de Beira. Fue un viaje sucio y difícil, agotador, con largas marchas por la selva, mosquitos asesinos, el río Shire cruzado en piraguas entre cocodrilos y cosas así. Nos escoltaba media docena de guerrilleros jovencitos; y una noche, cerca de Gorongosa o más bien en mitad de la nada, descansando en la choza de un campamento donde había otros guerrilleros, oímos claramente –hablaban en portugués– al jefe local, un tipo abyecto que estaba borracho como un cerdo, planificar con el jefe de la escolta –lo llamábamos comandante Fernando– nuestro asesinato para quedarse con nuestros relojes, nuestras botas, nuestra cámara y nuestro dinero. Lo haremos por la mañana, decía, cuando abandonen el campamento. Y diremos que los mató el ejército en una emboscada. 

No fue una noche agradable, como pueden suponer. Imaginen la espera. El tercer miembro del equipo, un joven ayudante de sonido que estaba en su primer reportaje, enloqueció de terror, quería salir y suplicar que no nos mataran; así que tuvimos que taparle la boca, y le puse mi navaja en el cuello mientras le susurraba al oído que si gritaba alertándolos, quien le cortaba la garganta era yo. No fue mi noche más tierna ni amable, lo confieso. Paco, por su parte, se comportó con una calma y una resignación profesional extraordinarias. En voz baja discutimos planes para escapar, pero estábamos en una selva desconocida y nuestras posibilidades eran mínimas. Así que resolvimos jugárnosla por la mañana. Al menor indicio de peligro, acordamos, nos liamos a hostias, intentamos quitarles un Kalashnikov, corremos a la selva y que salga el sol por Antequera.

Salimos al amanecer. Antes, Paco y yo nos dimos un fuerte abrazo. Yo dije: «Siento haberos metido en esto» y él respondió muy sereno: «Haremos lo que podamos». Pusimos al ayudante en medio y emprendimos la marcha, tensos, pendientes de cada movimiento de nuestros escoltas. Pero caminábamos y nada ocurría. Se les veía muy relajados, a lo suyo. Entonces me acerqué al comandante Fernando. «¿Tudo bem, comandante?», le pregunté, cauto. Me miró con una amplia sonrisa y puso una mano en mi hombro, tranquilizador. «Tudo bem, amigo», respondió. Entonces comprendí que sólo le había estado siguiendo la corriente al jefe borracho del campamento. Y seguimos caminando. 

Así que ahora, en casa, contemplo el bigotazo de Paco, su cara honrada de buena persona, mientras me cuenta su vida de jubilata, los viajes que hace en caravana y esa clase de cosas. Y casi no lo escucho, porque en realidad estoy recordándolo a oscuras en aquella choza de Mozambique, sereno pese a la situación, abrazándose luego conmigo en la luz sucia del amanecer que nos hizo temblar, y no de frío. Así que, de pronto, lo interrumpo diciendo: «Tudo bem». Y él se detiene, me mira con una gran sonrisa, asiente con la cabeza y responde: «Tudo bem, amigo».

12 de enero de 2020 

domingo, 5 de enero de 2020

La trinchera de un amigo

Aunque lo parezca por el título, hoy no les hablo de guerras ni combates, sino de gabardinas. Todo arranca de un artículo que publiqué hace un año, donde comentaba haber intentado durante mucho tiempo, sin éxito, conseguir una buena gabardina como la que tuve en mi juventud, de ésas largas y protectoras que llegaban casi hasta los tobillos: una prenda clásica hecha para soportar el mal tiempo y no mojarse cuando llueve. Peregriné por tiendas diversas, incluidas las de marcas clásicas conocidas, pero no hubo manera. Todo eran modelitos de temporada tipo tres cuartos, un palmo por encima de las rodillas; y encima, de colores. Una gabardina corta, le dije exasperado a un vendedor, además de ser una mariconada es un oxímoron. Así que tal andaba yo, con mi frustración a cuestas, y escribí el artículo como tantos otros: no para cambiar la realidad, que es lo que es, sino para desahogarme. 

Hace un mes estaba firmando novelas en la librería Arenas de La Coruña (pongo La Coruña porque lo escribo en castellano, del mismo modo que cuando lo haga en gallego escribiré A Coruña), cuando entre la fila se adelantó un señor bastante mayor –luego supe que tenía 89 años– que caminaba con dificultad, apoyado en un bastón y en compañía de su hija. Traía una bolsa en una mano, y para mi sorpresa me la entregó. «Es una gabardina de las de antes –dijo él con extrema cortesía–. De las que usted buscaba. La tengo desde hace muchísimo tiempo, está casi nueva, y me gustaría que la aceptase». Aquello me dejó sin habla. Abrí la bolsa y en efecto: allí dentro, cuidadosamente doblada, había una Burberry’s clásica con cinturón y dos filas de botones, de las antaño llamadas trincheras. Una prenda soberbia de color caqui, larga hasta muy por debajo de las rodillas, de toda la vida. De las que ya ni se hacen ni se encuentran. Una gabardina de verdad. 

Conmovido, incapaz de decir nada a la altura de aquella enormidad, abracé al anciano caballero. «Es fiel lector suyo desde hace treinta años –me dijo la hija–. Y se ha empeñado en que su gabardina la tenga usted». El padre me miraba con mucha fijeza, intensamente, sin despegar ya los labios, y no supe hacer otra cosa que darle ese abrazo fuerte, intentando transmitirle mi emoción y agradecimiento. Entonces, tal vez porque esa gabardina le traía especiales recuerdos, o por cualquier otra cosa que nunca sabré, aquel viejo amigo al que acababa de conocer –he dicho muchas veces que todo lector es un amigo– pareció emocionarse a su vez. Al abrazarnos, noté que sus ojos cansados se humedecían. Y de ese modo, con los ojos enrojecidos, encorvado, apoyado en el bastón y en su hija, volvió la espalda con sencillez y se alejó despacio, en silencio, sin decir nada más. Ni su nombre me dijo. Se marchó, y eso fue todo. 

Volví con la gabardina en el equipaje y la colgué con orgullo en mi armario: clásica, impecable, perfecta. Una trinchera con todas las de la ley; palabra ésa, trinchera, que hoy se ha olvidado pero que los mayores recordarán, llamada así porque en la Primera Guerra Mundial era la única prenda civil que a los oficiales británicos se les permitía usar con el uniforme: la que se manchó de barro en Ypres, el Somme y el Marne, y fue popularizada más tarde por el cine negro norteamericano; por esos detectives encarnados por Robert Mitchum, Humphrey Bogart, Stirling Hayden y tantos otros actores que la vistieron bajo el frío y la lluvia. La misma que usaba mi padre con aquellos sombreros de gabardina que tampoco se fabrican ya. Una trinchera clásica, en efecto, de toda la vida. 

Hace unos días conseguí al fin, y no fue fácil, el nombre y el teléfono del anciano caballero. Se llama Manuel Souto Candal, y ayer llamé por teléfono para contarles a él y a su hija que usé por primera vez su gabardina hace unos días. Llovía a cántaros, y salí a dar un paseo por el campo con mis perros. Caía agua con saña bíblica, y la sentía golpear sobre mis hombros y resbalar a lo largo de los faldones, que me cubrían hasta casi los tobillos. No necesité paraguas. No penetró ni una gota. Lo juro. La prenda que semanas antes me regaló don Manuel me protegía perfectamente; y en su interior cálido, suave, confortable, me sentí bien abrigado del mal tiempo. Olía la tierra húmeda entre las retamas goteantes que mojaban los bajos de la gabardina, oía ladrar a Sherlock y Rumba –protestando, pues a los malditos cabroncetes no les gusta mojarse–, miraba el paisaje velado por la cortina gris de la lluvia y pensaba, con una sonrisa agradecida, que pocas cosas abrigan tanto como la amistad de los seres nobles. 

5 de enero de 2020 

domingo, 29 de diciembre de 2019

El salto del tigre

Estoy en Nueva York, tomando una cerveza en un bar que acabo de convertir en mi favorito: un acogedor antro del Village con una barra en la que a media mañana se alinea una fila de bebedores tempranos con pinta de tipos duros, incluido un guaperas sesentón que se pasa el tiempo mirando en el móvil fotos que le mandan sus novias. El bar tiene pinta de pub irlandés con madera oscura y chimenea, incluida una camarera perfecta para el sitio, simpática, rubia, guapa, grandota y maternal, a la que supongo, porque da el tipo y es el lugar idóneo, diversos tatuajes repartidos de modo estratégico por su abundante anatomía. Cualquier intento de despejar la curiosidad sobre el asunto, dadas las notables dimensiones de la señora, sería agotador a mi edad, y me temo que a la de cualquiera; así que me limito a los cálculos intelectuales distantes mientras estoy en el bar, como digo, trasegando una Heineken después de haberme tomado un Actrón, disfrutando del sitio y de la compañía, y pensando que, aun con todo eso, lo que más me gusta de este bar es el nombre: The Blind Tiger, el tigre ciego. Que es un nombre cojonudo. 

A lo mejor es el efecto combinado del ácido acetilsalicílico con el paracetamol y la cerveza, o la rotunda camarera, o la pinta de los parroquianos alineados hombro con hombro en la barra –una especie de Village People en versión macho–, pero empiezo a reírme por dentro porque el nombre del sitio y la concurrencia me traen a la memoria una de las más sobadas leyendas urbanas de mi juventud hispana: el salto del tigre. Ciego o con buena vista, lo del tigre, desaparecido hace tiempo del habla coloquial, fue un punto recurrente en otra época, cuando las conversaciones entre varones giraban en torno al sexo y su práctica, en aquel tiempo escasa, cuyas heterodoxias se conocían más de oídas que de otra cosa. Alguien llegaba al bar, y mientras daba un sorbo al vermut y pinchaba una aceituna decía, solemne: «Anoche le hice a mi señora –o a quien fuera– el salto del tigre». Y los amigos o compadres lo miraban expectantes, ansiando pormenores. 

Qué tiempos, oigan. Y no precisamente maravillosos. El salto del tigre era como el unicornio: todos hablaban de él pero nadie lo había visto. En esos grises años era el mito sexual por excelencia, la proeza de la que un varón ibérico debía alardear en el bar o el casino. Equivalía, más o menos, al también clásico «tres sin sacarla» que con «a la madre y a la hija» era el triple arsenal de proezas eróticas que todo fantasma imbécil manejaba de boquilla para tirarse pegotes sobre la materia. Técnicamente y sin detallar demasiado, lo del salto del tigre consistía en situarse la parte actuante a una distancia razonable –dos o tres metros como mínimo– de la parte recipiendaria, y tras tomar impulso arrojarse desde esa distancia, para con puntería infalible acertar en plena bisectriz de la dama. «Te voy a hacer el salto del tigre», anunciaba uno, sobrado y seguro de sí. Y la cosa mejoraba, en lo espectacular, si se situaba antes de pie sobre la cómoda, o sobre el armario, para lanzarse desde allí con el poderoso impulso de una fiera, en plan híbrido de Tarzán y Alfredo Landa. Por supuesto, en la posterior narración de la hazaña todas las mujeres objeto del salto quedaban satisfechas y agradecidas, y algunas incluso pedían un bis extra, o varios, antes de la ovación final y vuelta al ruedo. Luego, naturalmente, tres sin sacarla. Y etcétera. 

Por fortuna los tiempos cambiaron hace mucho. Los bocazas de bar son personajes anticuados y ridículos, y la vida íntima ya no se controla desde ministerios, cuarteles, comisarías, púlpitos y confesonarios. El sexo no es ahora algo que el personal suela conocer de oídas, y el salto del tigre, o lo rancio que representa, quedó relegado al baúl de aquella España casposa y gris de la que tanto nos costó salir y a la que algunos –sin distinción de ideologías, cada cual a su estúpida e inquisitorial manera– pretenden hoy devolvernos por otros e indirectos caminos. Si un cretino dice a los amigos «Ayer le hice a Concha el salto del tigre» pueden ocurrir tres cosas: que los oyentes ignoren de qué puñetas les habla, que es lo más probable; que lo miren como si fuera –y en este caso efectivamente es– completamente gilipollas, o que se lo tomen a coña marinera. «¿Y no se te engancharon los huevos en la lámpara del techo?», pueden preguntarle con mucha y natural guasa. Y pensando en todo eso, con una sonrisa interior, sigo suponiendo tatuajes ocultos en la voluminosa y guapa camarera del Blind Tiger mientras le pido otra cerveza y el Actrón empieza a hacer su benéfico efecto. 

29 de diciembre de 2019 

domingo, 22 de diciembre de 2019

Imperioapología y otros disparates

«Con la Ilustración, el extranjerismo y las malsanas doctrinas se infiltraron en nuestra patria»… Esa frase, leída en 1958 en mi libro escolar de Historia de España, figura con palabras casi idénticas en Fracasología, de María Elvira Roca Barea, que acabo de leer con más estupor que indignación. En su anterior libro Imperiofobia y leyenda negra, donde reivindicaba lo mejor de nuestra historia a costa de ocultar estragos y sombras, Roca Barea dedicó una mención poco simpática a las novelas del capitán Alatriste: criticar a la Inquisición le parecía antipatriótico. En su momento no le di importancia, pues novelistas como Pérez Galdós, Baroja y Blasco Ibáñez, de más talla que la mía, hacen innecesario rebatir esa estupidez. Pero en su nuevo libro, furibundo ataque contra la Enciclopedia y la Ilustración española del XVIII, Roca Barea vuelve a darme un pellizquito de monja, esta vez con Hombres buenos: precisamente una novela que escribí sobre el difícil empeño de los ilustrados en España, con el resultado de un siglo XIX infame y un XX trágico. 

Así que, en vista de su insistencia y confiando en que me dé nuevos motivos, voy a ocuparme de Roca Barea; cuyo argumento en ambos libros, aplaudidos por lectores respetables –cada cual es muy dueño, y ahí no me meto– pero sobre todo por una derecha política necesitada de vitaminas para su anemia intelectual, es que nuestros males no provienen de gobernantes ni súbditos, sino de la conjura de otros imperios –judeomasónica, falta decir– que nos tenían envidia cochina. Montesquieu, Voltaire son culpables, y la España de los Austrias fue más moderna que la Francia ilustrada. En su doble, caprichosa y desordenada obra, donde mezcla hechos irrefutables con turbios escamoteos y desvergonzados autoelogios, Roca Barea llama «catetos» a los afrancesados, se chotea de Jovellanos, se pasa por la bisectriz o ignora el pesimismo de Galdós, la trágica dualidad de Goya («Dibuja lo que nunca ha visto»), la triste suerte de Moratín, la mirada de Larra, los juicios a fray Luis de Granada y fray Luis de León, el vitriolo de Quevedo, la melancolía de Cervantes, el Índice de libros prohibidos, el drama de los liberales perseguidos, el proceso Olavide, las universidades que, mientras la Ilustración cambiaba Europa, discutían si el purgatorio era sólido, líquido o gaseoso y forzaban a Jorge Juan, que trajo el cálculo infinitesimal de Newton, a escribir en sus libros: «Esto, que parece probado científicamente, no debe creerse por contrario a la doctrina de la Iglesia»

Y así, todo. Cuando afirma «la resistencia que el desarrollo científico encontró en España fue la misma que en todas partes», Roca Barea niega la tenaza de oligarcas y obispos que nos mantuvo analfabetos y atrasados durante siglos. Y al criticar el «cientifismo» con torpes argumentos («Cristina de Suecia era ilustrada pero insoportable») prescinde de lo escrito por historiadores serios, culpa de la independencia de América a las reformas ilustradas, menosprecia a Las Casas, olvida las revueltas indias aplastadas, sostiene que expulsar a los judíos no fue para tanto, atribuye la decadencia a conspiraciones francesas, inglesas y protestantes, descalifica a los intelectuales españoles, perdona la vida a Ganivet, Unamuno y Ortega, afirma que el problema de España son los autores que no la aplauden, y, lo que ya es el colmo, acusa a Menéndez Pelayo de dar munición al enemigo con su Historia de los heterodoxos españoles. Para rematar con algo inaudito: «España no ha sabido aceptar su posición subsidiaria en el imperio hegemónico que es EE.UU.». 

Si Imperiofobia y Fracasología no fuesen monumento sincero al antieuropeísmo y la vanidad sin complejos de la autora («¿Alguien ha leído despacio a Max Weber?»), podrían atribuirse a mala fe. Para quien conoce las fuentes documentales que utiliza o esconde, su lectura produce vergüenza ajena: ninguna culpa tienen el gobernante corrupto ni el vulgo analfabeto. Los suyos son libros exculpatorios, no para mejorar lo que podríamos ser, sino para justificar lo que somos. Detalle clave es que pase de puntillas por algo fundamental: el Estado español nunca fue capaz de oponer un relato alternativo al de sus enemigos, pero no por causa de éstos, sino por incompetencia y dejación propias. Eso hizo que nuestra imagen exterior la modelasen quienes la autora llama «cotarro intelectual protestante». Y qué triste casualidad: ya no existen Isabel de Inglaterra ni Luis XIV, pero lo mismo ocurre hoy con la imagen de España que el separatismo catalán impone en Europa. Y si lo que podemos oponer a tal desafío es el relato reaccionario, ajeno a la ética y a la historia real, que Roca Barea propone, culpando de nuestro mal no a los españoles sino a Lutero, a Voltaire o a una conspiración de marcianos venidos en platillos volantes, que el Dios imperial y católico que tanto le gusta nos coja confesados. 

22 de diciembre de 2019 

domingo, 15 de diciembre de 2019

El guardián del paraíso

Era un hombre sabio, honrado y bueno. Y además era todo un caballero. Uno de esos seres humanos, raros pero no infrecuentes, que al desaparecer del mundo hacen éste peor, más triste y oscuro. Se llamaba Luis Bardón Mesa, tenía 86 años y era librero anticuario, quizá el más conocido de España y notable entre los mejores y famosos. Además, era mi amigo. Murió hace un par de semanas, yo estaba entre viaje y viaje, y no pude asistir ni a su entierro ni a su funeral. Así que le adeudo esta página. Sobre todo, porque a él debo muchos momentos de felicidad y un enorme reconocimiento. En mi biblioteca hay –mientras tecleo estas líneas lo tengo a la vista– abundantes pruebas de ello. 

Conocí a Luis a finales de 1990, cuando, entre viaje y viaje profesional –todavía era yo entonces un reportero de la tele–, andaba huroneando entre París, Lisboa y Madrid tras libreros y bibliófilos para escribir El Club Dumas, que se publicaría dos años después. Fui a verlo a su hermosa librería de la plaza de las Descalzas Reales de Madrid, en busca de información, y con generosidad y paciencia me ayudó a profundizar, desde un punto de vista profesional, en el mundo fascinante por el que se acabarían moviendo Lucas Corso, Boris Balkan, Liana Taillefer y los demás personajes de la novela. Y si aquel texto pasó con éxito los filtros críticos de bibliófilos y especialistas en medio centenar de países, buena parte de ello se debió a sus conocimientos, anécdotas y consejos. Desde entonces, junto a nombres de libreros anticuarios como Guillermo Blázquez, Porrúa y Berrocal, Luis Bardón formó parte de mi personal mitología bibliófila. Y para mí fue príncipe entre todos ellos, pues en los años siguientes y hasta su muerte nuestra relación se afianzó más allá de la relación librero-cliente, en lazos estrechos de amistad y respeto. 

He dicho más arriba que Luis era un caballero, y no se trata de simple elogio a un amigo muerto. Lo era de verdad. Hijo del fundador de la librería, crecido entre ediciones raras e incunables, tenía la tranquila autoridad, el aplomo elegante de quien conoce su oficio y a sus clientes. Es el único librero anticuario del mundo con el que he discutido –a veces con amistosa dureza–, porque se empeñaba en hacerme, en algunos libros, rebajas que yo consideraba excesivas. «El librero soy yo, y tú el amigo. Así que les pongo el precio que quiero», decía. Y cuando me negaba y me iba, él me los mandaba a casa. Algunos de mis más queridos Cervantes, Quevedos, tratados de náutica, se los debo a él, que siempre me atendió con deferencia y tacto exquisitos. Me ofrecía los mejores ejemplares disponibles y siempre encontraba lo que yo andaba buscando, que me mostraba con orgullo de viejo cazador. El momento culminante de nuestra relación ocurrió en 2004: apasionado de Cervantes, compuso tres maravillosos catálogos de las obras de don Miguel que pasaron por sus manos; y el primero de ellos –con 155 ediciones distintas de El Quijote– lo editó con un prólogo mío. Pero aún me hizo otro honor mayor: «Acabo de conseguir un manuscrito original de Alejandro Dumas –me dijo un día–. Y te lo voy a dar al mismo precio que pagué por él, porque quien debe tenerlo eres tú». Y así lo hizo. 

En los últimos tiempos lo vi con menos frecuencia. Demasiados viajes por mi parte; mientras que él, gastado por la edad y los achaques, seguía yendo cuanto podía, aunque ya de forma intermitente, a la librería, cuya responsabilidad principal había pasado a sus hijas Alicia y Belén –otra hija, Susana, se independizó hace mucho, también como librera anticuaria–. La penúltima vez que entré en su paraíso para bibliófilos de la plaza de las Descalzas lo encontré sentado en el despacho del interior de la tienda, tenaz guardián del sagrario más íntimo de aquel formidable laberinto libresco; consecuente hasta el fin con su vocación, su trabajo, su vida y su leyenda; fiel a sus clientes y a sus amigos, que a menudo fueron, o fuimos, una y otra cosa a la vez: los que aún seguimos vivos y los que lo precedieron en la despedida. Murió, me cuentan sus hijas, con mi última novela a medio leer en su mesita de noche. Supo extinguirse despacio, sereno, como el señor que siempre fue; con la certeza lúcida y melancólica de que también cierta clase de mundo desaparecía con él: un mundo que huele a piel con lomos dorados, a noble papel de hilo resistente al tiempo, a pecios de mil naufragios rescatados y puestos de nuevo a flote por hombres y mujeres como él. Sin Luis Bardón, sin todos ellos, el mundo que viene tendrá lo que sin duda desea y merece: libros de plástico, aún durante cierto tiempo, para acabar en un tiempo sin libros. Y después, que el diablo nos lleve a todos. 

15 de diciembre de 2019 

domingo, 8 de diciembre de 2019

Un selfi en Venecia

Desde hace mucho tiempo, en la cruceta de babor del velero en el que navego llevo la bandera de Venecia. No ondea ahí porque sea bonita, que lo es, sino porque durante dos décadas, por razones familiares, pasé la última semana de cada fin de año en esa ciudad. La conozco bien y algunas veces he hablado de ella en esta página; incluso aparece en mis novelas El pintor de batallas y El puente de los asesinos. Mi relación con Venecia, sin embargo, no es de amor ciego, pues hay muchas cosas de ella que no me gustan. Pero el tiempo, la costumbre y otras razones acabaron convirtiéndola en parte de mi biografía personal y sentimental: recuerdos, sensaciones, imágenes. Ya saben. Momentos de una vida. 

Todo eso me da cierta idea de la ciudad y sus problemas. La visité por primera vez a finales de los años 70 y estuve por última vez hace unos meses, así que conozco las diversas etapas de la degradación sufrida en medio siglo. Y creo que la culpa de su destrucción lenta e inevitable no la tienen sólo las inundaciones, ni la invasión de los millones de turistas que a ella viajamos, ni la corrupción italiana que chupa y dispersa recursos necesarios. Todo eso me parece grave; pero lo peor es que en realidad Venecia ya no pertenece a Italia ni a los venecianos, sino a las corporaciones internacionales, cadenas hoteleras, grandes empresas y fondos de inversión que lo han comprado todo, se llevan los beneficios y practican allí una devastadora política de cuanto más mejor, dándoles igual que el pan que hoy come la ciudad sea hambre para mañana: exprimir la ubre lo más fuerte y rápido posible, y luego, cuando todo sea una simple carcasa vacía, que se vaya a hacer puñetas. 

Por supuesto, nada de eso sería posible sin nuestra complicidad. Sin nuestra estólida facilidad para comprar estupidez y gato por liebre. Desembarcamos por millares de los cruceros que destruyen los pilotes sobre los que se asienta la ciudad, saturamos sin el menor criterio personal sus calles y monumentos, pasamos por sus canales sin mirarlos más que a través de la pantallita del teléfono móvil. Y lo que es peor, sin enterarnos apenas de lo que pisamos y vemos. Sin preocuparnos por su historia y la de quienes la protagonizaron. Las tiendas de recuerdos y de chorradas están llenas, pero a menudo los museos se ven a media bandera y las librerías –las pocas que sobreviven–, desoladoramente vacías. Sólo hay una que siempre está a tope, Acqua Alta, pero porque figura en las guías turísticas como lugar pintoresco. Y cuando vas y te fijas, compruebas que quienes entran no suelen hacerlo para comprar libros, sino para hacerse una foto. 

En los últimos años he adquirido la certeza de que lo que está acabando con la cultura en Europa no es la inmigración ilegal, ni las crisis económicas, sino las fotos: los putos selfis. Las imágenes de las inundaciones de hace unas semanas en Venecia han vuelto a convencerme de ello. Mientras la laguna lo anegaba todo y el barro destruía ese palimpsesto cultural de quince siglos, centenares de gilipollas saturaban las redes sociales con fotos haciendo el gamba, chapoteando felices en los estragos, guiñando un ojo, poniendo morritos y caras para Twitter e Instagram, adoptando posturas divertidas para mandar las imágenes a sus amigos de Tokio, Los Ángeles, Londres o Madrid, metidos hasta media pierna en el agua que arrasaba la ciudad, su cultura y su historia. Pero no sólo eso. Porque tecleando esos días en Internet encontré el colmo de los colmos: una de las páginas más visitadas fue, lo juro por la gorra de Corto Maltés, una guía que aconseja lugares –no los explica, sólo los recomienda– para hacerse selfis. Con acqua alta la ciudad se inunda y su belleza se duplica, dice. Y lo mejor: No dejes de agacharte y colocar la cámara casi sobre el agua. Los reflejos serán todavía más bonitos

Así que, en vista del éxito, y como también yo conozco Venecia y escribo cosas, estoy pensando hacer mi propia guía para que los turistas se hagan fotos con acqua alta, a ver si por fin triunfo. En realidad ya la tengo medio planeada, y el primer párrafo sería éste: 

El mejor selfi lo puedes hacer si metes la cabeza dentro del agua en la plaza de San Marcos y la mantienes allí diez o quince minutos mientras tus amigos te la sujetan, para divertiros mucho todos. O subirte al Campanile y andar hacia atrás sonriéndole a la cámara, a ser posible abrazada a tu novio, y ya verás qué risa mientras caéis. O hacerte un selfi colgado con una mano del puente de Rialto, con las piernas abiertas mientras los ferros de las góndolas que pasan te van dando en los cojones… Grandísimo imbécil. 

8 de diciembre de 2019 

domingo, 1 de diciembre de 2019

Déjennos escribir, idiotas

Vuelven siempre, instalados en su estupidez. Alentados por un coro de oportunistas de ambos sexos que, incapaces de ser ellos mismos, buscan contemporizar para sobrevivir. Vuelven sin irse jamás porque, carentes de brillantez o talento creador, necesitan hacerse visibles con titulares que los justifiquen. Son parásitos que no viven de su trabajo sino de juzgar el de otros. De erigirse en verdugos de textos y costumbres: inquisidores, perdonavidas puritanos, esbirros que toda dictadura de la clase que sea —hay muchas para elegir—, encuentra siempre para hacer, con entusiasmo de conversos, el trabajo sucio. 

Acabo de escuchar a una autodenominada escritora española asegurar que un novelista debe comprometerse con los valores éticos y no escribir lo que pueda interpretarse —ojo al pueda interpretarse— como apología de la violencia, machismo y otros perversos mecanismos. «Hay que exigir responsabilidad a los creadores», afirma, citando como autoridad a una crítica literaria que hace un año metió la gamba hasta el corvejón afirmando que Lolita de Nabokov es una apología de la violación pedófila, y que los escritores deben tener cuidado con lo que escriben. Pero como ya la pusieron en su sitio algunos escritores españoles, llamándola de todo menos inteligente, no voy a detenerme en ella ni en la otra. Lo que importa es subrayar que sigue la murga, y que va a más la cacería de quienes no crean, pintan, componen o escriben cosas al dictado de los nuevos tiempos. 

Porque vamos a ver, mojigatos de pastel. Hablando de contar historias, que es mi oficio y el de otros, hay autores que asumen compromisos éticos, políticos o de lo que sea, y los sostienen con dignidad y consecuencia; como José Saramago, por ejemplo, que fue mi amigo y siempre mantuvo, dentro y fuera de sus novelas, un compromiso moral. Pero ésa no es obligación, sino elección libre. Un novelista puede elegir la postura opuesta, o ninguna: enfocar cada trama y personaje como le dé la gana. ¿Por qué no un protagonista violador o asesino? ¿Por qué renunciar a caracteres inmorales, perversos, viciosos? ¿Acaso somos tan imbéciles como para creer que lo que piensa o hace un personaje de ficción es trasunto del autor? 

Otros inquisidores van más allá. No exigen relatos, sino propaganda de sus ideas. Y si no, que se retiren los libros. Que los quemen y desaparezcan. En unos casos, porque juzgan inconveniente el contenido. En otros, fuera de la obra —que ni siquiera conocen—, porque consideran al autor antipático, inmoral o malvado, y creen que eso invalida una obra. Hace poco, una concejal de Avilés pidió prohibir los libros de Vargas Llosa y los míos porque nos considera «machistas y misóginos» (lo que demuestra que esa criatura no ha leído una novela de Mario ni mía en su puta vida). Pero lo peor no es la gentuza ignorante, sino quienes amedrentados por ella se pliegan a su dictadura. Hace poco, tras un asesinato cometido en Rusia por el historiador Oleg Sokolov —lo conozco y está como una cabra, pero su obra es interesante— hubo libreros que anunciaron públicamente que retiraban sus títulos de los estantes. Hay que ser gilipollas. 

Un autor sólo tiene una responsabilidad: contar bien sus historias para que luego el público apruebe o condene su resultado, no al autor. Imaginen, de ser así, qué sobreviviría en literatura. Curiosamente, basura moral como Sartre, el Neruda admirador de Stalin o gente con la sucia vida privada de Carlos Marx —iconos de la izquierda— escapan siempre de la quema; pero ¿qué pasaría con la Biblia, con ese Yahvé vengativo y hasta criminal? ¿O con Rousseau, pésimo padre y misógino sin complejos? ¿Y con Cèline, D’Annunzio, el Barón Corvo, Curzio Malaparte, Casanova, Ian Fleming, Bukowsky, el Bram Stoker de Drácula o la Emily Bronte de Cumbres borracosas? ¿O con el espantadizo y poco comprometido Stefan Zweig? 

Salvando la distancia con todos esos autores, puedo afirmar que desde hace treinta años escribo novelas, no para mejorar el mundo ni redimir a la Humanidad, sino porque me gusta imaginar historias y contarlas. Lo mismo me manejo con un torturador y asesino que con una buena persona o un perfecto caballero. Lo que busco es limpieza y eficacia narrativas; y según las necesidades de la trama, me reservo el derecho a representar el bien y el mal como crea conveniente. Y a quien no le guste, que lea a Paulo Coelho. Escribo con la libertad que me dan mis lectores. Y no serán una pedorra analfabeta ni un sectario cantamañanas quienes me controlen la tecla. Les aseguro que no. 

1 de diciembre de 2019 

domingo, 24 de noviembre de 2019

Villanos de cine y otros malvados

A veces esta página se convierte en ejercicio de nostalgia. Eso no es malo, pues a unos puede traerles recuerdos agradables y apuntar a otros cosas que tal vez no conocieron. Pensaba en eso hace unos días, cuando al hilo de la espléndida edición de El prisionero de Zenda que acaba de publicar la editorial Zenda Aventuras –título ineludible en ese contexto– pasé una tarde en el bar de Lola de Twitter charlando con los interesados en el asunto, que fueron muchos. Todo acabó derivando hacia los personajes malvados de la literatura y el cine: los villanos clásicos. Empezamos hablando del extraordinario Rupert de Hentzau zendiano, encarnado en tres versiones cinematográficas por Ramón Novarro, Douglas Fairbanks Jr. y James Mason, y nos fuimos enredando con duelos a espada o pistola y enfrentamientos entre el bueno y el malo de cada historia. La mayor parte eran villanos de cine de aventuras, aunque al fin acabaron saliendo desde el Bela Lugosi de Drácula hasta el último Joker, pasando por el Harvey Keitel de Los duelistas o ese inmortal Me llamo Íñigo Montoya. Tú mataste a mi padre. Prepárate a morir.  

Fue una tarde agradable, y mientras conversábamos acabé por darme cuenta de algo que hasta ese momento me había pasado inadvertido: para la mayor parte de los jóvenes, hablar de villanos del cine, hombres o mujeres, supone hacerlo de personajes de reciente factura. A menos que estén reactivados por remakes o mantenidos vivos por aficionados de culto, como ocurre con Moriarty, Darth Vader, Freddy Krueger o los Skeksis de Cristal Oscuro, hasta malvados míticos de hace veinte o treinta años se apagan en el recuerdo. Muchos jóvenes desconocen ya a la Annie Wilkes de Misery, al Jack Torrance de El resplandor, a la Alex Forrest de Atracción fatal e incluso al Roy Batty de Blade Runner o al mismísimo e impresionante Hannibal Lecter. Y para qué hablar del Large de La naranja mecánica, el Frank Booth de Terciopelo azul, o incluso el capitán Garfio de Peter Pan, la Cruella de Vil de 101 dálmatas o el gran Pierre Nodoyuna de Los autos locos

En ese panorama, los villanos clásicos de toda la vida, los que solían tenernos toda la película esperando que el protagonista los despachase de un disparo o una estocada, son cada vez más lejanos y desconocidos. Ahora los malos se mueven en zonas ambiguas que hasta acaban poniendo al espectador de su parte. Es una visión acorde con los tiempos y tal vez más real: pero también una pena, porque pocos malvados modernos tienen la personalidad y prestancia de sus malignos abuelos. Era gente de la que incluso se podía aprender. Fue Raymond Chandler quien dijo que en la ficción los buenos modales debían dejarse a cargo del villano, y eso fue muy cierto cuando la ficción alumbraba malos estupendos, canallas ejemplares, hombres y mujeres que, encarnados por actores extraordinarios, salpimentaban esas historias de modo fascinante, pues nada era tan eficaz como un buen malo de toda la vida: Fantomas, Fumanchú, el malvado Zaroff… Actores enormes como Robert Mitchum, Joan Crawford, Boris Karlof, Edward G. Robinson, James Cagney, Wallace Beery, Lee Marvin, Peter Lorre y muchos otros lograron creaciones perfectas que hoy jalonan la gran historia del cine. 

Naturalmente, sean clásicos, antiguos o modernos, cada cual tiene sus villanos predilectos. En lo que a mí se refiere, cuando me preguntan qué malos recomiendo entre los mejores de la historia del cine, de una muy larga lista menciono al menos una docena: el capitán Bligh de Rebelión a bordo (Charles Laughton), el despiadado seductor de Foolish wives (Erich von Stroheim), la Phyllis Dietrichson de Perdición (Barbara Stanwyck), el Noel de Maynes de Scaramouche (Mel Ferrer), el ambiguo Portugués de El mundo en sus manos (Anthony Quinn), el Rupert de Hentzau de El prisionero de Zenda (Douglas Fairbanks Jr.), el Auric Goldfinger de Goldfinger o el asesino de niñas de El cebo (Gert Froebe), el siniestro pistolero de Raíces profundas (Jack Palance), el Bois-Gilbert de Ivanhoe (George Sanders), el Nerón de Quo Vadis (Peter Ustinov), el Harry Lime de El tercer hombre (Orson Welles), el Jamesy MacArdle de Mares de China (Wallace Beery), el Chauvelin de La Pimpinela Escarlata (Raymond Massey) y, naturalmente, el mejor espadachín de la pantalla, mi malo favorito entre todos los malos que en el cine han sido: el gran Basil Rathbone cuando no hace de Sherlock Holmes sino todo lo contrario: Levasseur en El capitán Blood, capitán Pasquale en El signo del Zorro o sir Guy de Gisbourne en Robin de los bosques… Villanos legendarios, todos ellos, de cuando el cine era cine de verdad porque sólo pretendía ser mentira. 

24 de noviembre de 2019 

domingo, 17 de noviembre de 2019

Trenes que pasan en la noche

Mi amor por los trenes empezó, como la mayor parte de las cosas que recuerdo, en un libro que leí con ocho o nueve años: lo escribió Julio Verne, se llama Claudio Bombarnac, y cuenta la historia de un periodista francés que en 1892 viaja de Bakú a Pekín en un imaginario ferrocarril Transasiático, en cuya ruta le ocurren innumerables peripecias, incluido el conocimiento de interesantes y misteriosos compañeros de viaje. Añadan a eso otros libros leídos muy pronto, como los relatos viajeros de Paul Morand, las novelas de crímenes en trenes de Agatha Christie y Orient Express de Graham Greene, y comprenderán fácilmente hasta qué punto la imaginación de un niño y más tarde un muchacho lector quedó fascinada por ese ambiente. Y a eso hay que añadir, por supuesto, el cine: Alarma en el expreso, de Hitchcock, por ejemplo. También Berlin Express, Desde Rusia con amor y, sobre todo, El expreso de Shanghai, donde en mi juventud –y juro que no sólo entonces– habría dado cualquier cosa por ser durante cinco minutos Clive Brook fumando junto a Marlene Dietrich («Hicieron falta muchos hombres para llamarme Shanghai Lily») en la plataforma trasera del vagón que cruza la turbulenta China. 

Por el tiempo que me ha tocado vivir llegué tarde a muchas cosas; pero algunas pude conocerlas cuando estaba a punto de apagarse la luz y todavía sonaba la música. Eso incluye esa clase de trenes, aquellas paradas nocturnas en andenes cubiertos de niebla a los que bajabas a estirar las piernas o a tomar un café en la cantina de la estación. Nunca viajé en el Orient Express como tal; pero a finales de los años 70 fui de Viena a Belgrado y Estambul por la misma vía por donde poco antes aún circulaba ese tren mítico, y me alojé en el Pera Palace y en otros hoteles vinculados a su centenaria historia y a los viajeros que la protagonizaron. También viajé siempre de Madrid a París en coche cama (Cie. Internationale des Wagons-Lits et des Grands Express Europeens), hasta que RENFE –golpe bajo que jamás perdoné– suprimió el servicio y me obligó a tomar el maldito avión. Lo mismo hice hasta hace poco en los viajes Madrid-Lisboa, postrer reducto de los entrañables coches cama españoles y portugueses, aunque en los últimos tiempos con un servicio decaído, rancio y miserable, que a la hora de teclear esta página ignoro si sigue funcionando o falleció de muerte natural. 

 Y, bueno. El tiempo pasa y las cosas cambian. Ya no puedo dar una propina al encargado para que me atienda bien durante la noche, ni abrazar a una mujer en la estrecha litera mecido por el sonido de los bogies, ni fumar un Players apoyado en una ventanilla del pasillo, ni sentarme sin prisas, correctamente vestido, en la mesa de un vagón restaurante y disfrutar de un buen vino mientras observo el paisaje o a los pasajeros; aunque me desquito procurando que ahora lo hagan los personajes de algunas de mis novelas, como Lucas Corso en El club Dumas o Lorenzo Falcó en Sabotaje. Hoy los trayectos duran pocas horas, pues todo exige –lo exigimos, con afán a veces innecesario– un transporte más veloz y más práctico. Obligados, además, a soportar la charla impertinente de los imbéciles que vocean su vida e intimidades mediante teléfonos móviles. Pero aun así, viajar en tren me sigue produciendo una felicidad singular: una especie de estado de gracia sereno y expectante. En Francia, Italia, España, Europa, los trenes rápidos son excelentes y los lentos dejan tiempo para pensar. Es otro mundo. Todavía se aprecian maravillosas vistas desde la ventanilla de un vagón de ferrocarril, sobre todo cuando lo haces levantando la mirada del libro que tienes en las manos. Esos libros que cuentan cómo era viajar en tren en otro tiempo, y te enseñan a disfrutarlo ahora. 

17 de noviembre de 2019 

domingo, 10 de noviembre de 2019

Los hijos del taxista

A menudo, cuando a uno se le sube la pólvora al campanario y mira en torno deseando que caiga el meteorito, encuentra analgésicos que hacen a España soportable y devuelven las cosas a su sitio. Hay días en los que tras ver la tele, mirar los periódicos o escuchar la radio, cualquiera que pueda hacerlo se pregunta qué hace aquí en vez de estar viviendo en otro sitio. Y cuando eso ocurre, como supongo que les pasa a otros, hay un truco que no me falla casi nunca: voy a un bar de barrio, me apoyo en el mostrador, pido una cerveza y un pincho de tortilla, tiendo la oreja y a los cinco minutos una sonrisa me despeja el horizonte. Los españoles, acabo diciéndome, somos unos hijos de la gran puta pero somos nuestros hijos de la gran puta. Y aunque a veces deseas que nos lleve el diablo, hay momentos gloriosos en que no nos cambiarías por nadie. 

Me pasó ayer con un taxista. Había estado oyendo por la radio a un político embustero, analfabeto y sin complejos, especie cada vez más abundante. Luego me subí al taxi con la nube negra ofuscándomelo todo, pero me tocó un conductor locuaz –a veces son un martirio y otras una bendición–, y al poco estaba yo fascinado por un monólogo que para sí lo habría querido el gran Leo Harlem. Tenía dos hijos adolescentes, dijo: hija mayor, de 16 años, e hijo menor, de 14. Acababa de hablar con ellos por teléfono y estaba tan desesperado como si estuviera echando las muelas. Y el relato que me hizo entre Atocha y Diego de León fue una antología de hijos y padres; un retrato sociológico perfecto en el que cualquiera que haya tenido o tenga vástagos de esa edad puede reconocerse y reconocerlos. 

La hija, aseguraba el taxista, es clásica de manual: de las que tecleas en Google hija adolescente y sale su foto: «Digo por ejemplo que algo es rojo, y sin ni siquiera mirarlo me dice que no tengo ni idea de colores. Luego argumenta como una catedrática, hasta volverme loco, por qué lo que yo veo rojo no es rojo. Y después de ponerme la cabeza hecha un bombo, acaba diciendo que tal vez sea de color burdeos». En cuanto al hijo quinceañero, también es otro clásico, pero en estilo muchacho: «Le digo que esto es rojo, se lo queda mirando y me pregunta qué gana él con eso. Le respondo que es importante diferenciar los colores, y el tío me mira como si yo fuera gilipollas y comenta ‘si tú lo dices…’ antes de seguir dándole al mando de la Play». 

En cuanto a los amigos de una y otro, no fallan. Ella tiene dos o tres amigas muy amigas y siempre están mandándose mensajitos y enfadadas entre ellas: «Le habla a ésta y no le habla a aquélla, se pelea y se reconcilia con una u otra». Con el chico, sin embargo, ocurre lo contrario: «Todos los amigos, hasta los más cabroncetes, le caen bien. Es majo, dice todo el rato de todos. Fulano le ha dado un navajazo a un profesor, pero es un tío majo». 

Uno de los pulsos más difíciles, sigue contando el taxista, se lo echan sus hijos cuando les pide que bajen a comprar algo al súper de la esquina: «Si se lo digo a ella, inevitablemente escucharé una de estas tres preguntas: ¿Cómo voy a ir si he quedado con una amiga? ¿Qué me pongo para bajar? o ¿Cómo voy a ir si no tengo ropa?… Pero si se lo digo al chico, el diálogo será el siguiente: 

 -Baja al súper, hijo. 
-Vale. 
-¿Así vas a ir a la calle? 
-Sí, ¿qué pasa? 
-Arréglate un poco, ¿no? 
-Paso, papá. 

Y cuando ya creo –continúa el taxista– que se ha ido al súper, vuelve y me dice que su hermana le ha quitado la camiseta. 

Otro de los momentos estelares, sigue contando, es cuando se atreve a entrar en sus cuartos: «Si ella se dispone a salir estará encerrada con pestillo, tendrá veinte prendas de ropa distintas sobre la cama y se las estará probando todas. En cuanto al chico, lo normal es que se le haya olvidado cerrar bien la puerta, tenga el ordenador encendido y se esté haciendo una paja… Le juro a usted que si no los mato es porque no tengo tiempo». 

«La vida del taxista es dura», intento consolarlo mientras le pago la carrera, pues hemos llegado al fin del trayecto. Y entonces él me dirige por el retrovisor una mirada de resignación, suelta una risita sardónica y responde: «¿Dura, dice usted?… Para duro lo que tengo yo en casa». 

10 de noviembre de 2019 

domingo, 3 de noviembre de 2019

El torero que creía en Dios

Paseo por Sevilla, sin prisa, en uno de esos anocheceres tibios y tranquilos que ni siquiera las hordas de turistas en calzoncillos, que todo lo arrasan como plaga de langosta, logran desgraciar. Vengo de tapear en Las Teresas, camino del hotel Colón, que es mi casa aquí de toda la vida, y en un semáforo me encuentro con un fulano rubio que está hablando por teléfono y que, al verme, se lo mete en un bolsillo y los dos nos fundimos en un abrazo muy fuerte. Una de las razones de ese abrazo es que hace demasiados años que no nos veíamos. La otra es que, sin ser amigos, nos queremos mucho. Hace tiempo pasamos juntos dos semanas, cuando yo aún hacía reportajes. Se llama Juan Ruiz Espartaco, y fue torero. Suponiendo que un torero deje de serlo alguna vez. 

Ya no me gusta ir a los toros. En mi juventud fui razonablemente aficionado, pero a los 68 tacos de almanaque la vida ha dado muchas vueltas y altera ciertos puntos de vista. Supongo que el vivir con perros cambia la mirada que uno tiene sobre los animales. No sé. Conmigo lo hizo. El caso es que, aunque respeto a quien lo hace, llevo años sin pisar una plaza, ni volveré a pisarla. Lo que siempre tuve y conservo, sin embargo, es un profundo interés por la gente valiente. Por los hombres y mujeres que se juegan la vida. Y en ese punto fríamente objetivo, por decirlo de algún modo, estuvieron y siguen estando los toreros. Esto fue lo que me llevó hace dos décadas y media a acompañar a Espartaco y su cuadrilla durante dos semanas de carreteras, ventas, hoteles y corridas, para luego contar su vida en un reportaje que se publicó aquí, en XLSemanal, y que titulé Los toreros creen en Dios porque, como él me dijo, «en cualquier corrida ocurren milagros. El público no se da cuenta, pero tú estás a un palmo del toro, lo ves y dices: huy»

Fue una experiencia fascinante: penetrar en los motivos, los miedos, la entereza, el pundonor, del hombre de origen humilde, flaco, rubio, con cara, sonrisa y ojos de crío, con doce cicatrices de cornadas en el cuerpo, que una de aquellas noches de confidencias me dijo: «Soy el más medroso del mundo y habría preferido ser futbolista; pero éramos seis hermanos y yo pensaba: Juan, hay mucha gente que depende de ti». Y que otro día de viento y malos toros, antes de una corrida que iba a ser peligrosa, señalando a su padre, antiguo torero, que estaba con la cuadrilla y no probaba bocado por la preocupación, comentó: «Míralo. Toda la vida luchando por comer, y ahora que puede comer, no come»

Durante aquel tiempo juntos aprendí muchas cosas de él: lecciones de sencillez, de naturalidad, de valor, de dignidad profesional, útiles tanto para los toreros como para la vida: «Hay cosas que cuando eres más joven e ignorante no las ves. Ahora le miras la cara al toro y sabes lo que antes no sabías. Y por el conocimiento se te cuela el miedo»… De todo eso me quedó, como digo, un profundo respeto. Una especie de amistad lejana que, siempre honrado y cumplidor, Juan mantuvo viva mediante alguna llamada telefónica, o asistiendo puntual a varios actos públicos que la ciudad de Sevilla tuvo a bien dedicarme por la novela La piel del tambor. Por eso me dio tanta alegría encontrarme con él en la calle y darnos un abrazo, y conversar durante cinco minutos antes de seguir de nuevo cada cual su camino. Seguros, ambos, de que el antiguo afecto, esa vieja y singular relación fraguada en las dos intensas semanas que pasamos juntos, sigue vivo e intacto. 

Y mientras me alejaba, todavía con una sonrisa en la boca, rememoré unas palabras suyas que nunca he olvidado: «A veces te la juegas por vergüenza mientras la gente te grita y te insulta, porque los toros son así y el público tiene derecho a no saber». Me las dijo una noche casi a oscuras, sentados en el porche de una venta de carretera, un día antes de que a un banderillero de su cuadrilla, Rafael Sobrino, un toro le diera once cornadas en Segovia. Me estaba contando algo que me pidió no incluyera en el reportaje, pero que ahora no tengo reparo en contar: cómo días atrás, en una corrida desastrosa en la que después de varios pinchazos no lograba matar al toro, con el público gritándole de todo, sinvergüenza, cobarde y estafador, al ir a cambiar el estoque, que se había doblado, oyó la voz de su hija Alejandra, de cuatro o cinco años, que estaba en la barrera con Patricia, su madre, gritarle angustiada: «¡Vámonos a casa, papá!». Y entonces, con los ojos tan llenos de lágrimas que no veía al toro, levantó el estoque mientras pensaba «o me mata, o lo mato». Y se lanzó a fondo, casi a ciegas, para acabar con aquello. 

3 de noviembre de 2019 

domingo, 27 de octubre de 2019

“No es no, machirulo”

Me lo cuenta mi amigo Dani, que aún no se ha repuesto de la impresión. Le da un sorbo a la cerveza, me mira con cara de panoli, pasea la vista por el bar y me mira otra vez. Es que todavía no me lo creo, dice. Lo que me pasó la otra noche. Estoy en una discoteca, y en la pista hay una chavala que baila, me sonríe y sigue bailando. Y yo, pues bueno. Lo normal. Me voy acercando a ella, bailoteo por aquí y por allá. Y como me sigue sonriendo y se mueve que da gusto, pues me sitúo a distancia de combate, o sea, a un metro, y nos seguimos el ritmo de puta madre. ¿Comprendes? Y al rato largo, como me sigue sonriendo y las contorsiones son ya de ponerme más caliente que el pico de una plancha, y ella está de espaldas meneándose a medio palmo de mi bisectriz, intento meter cuello, vamos, nada irrespetuoso, un poquito de cara por si se anima al roce. En plan bien y probando. Y entonces la tía aparta de pronto el bullate que me está restregando en plena cebolleta, se da la vuelta, me pega un empujón que me echa cuatro pasos atrás y grita: «¡No es no, machirulo!». Y se va con sus amigas mientras me quedo con cara de idiota. 

Y al llegar a ese punto, a lo de la cara de idiota, Dani le da otro sorbo a la Cruzcampo. A ver si me lo explicas, dice. Que yo no le he faltado a una tía en mi vida, ya me conoces. De qué iba la chavalita. Y como Dani tiene treinta años y yo sesenta y ocho, y hoy me pilla de buenas, me apoyo en la barra y se lo explico. Son daños colaterales, le digo. Reajustes inevitables de un mundo secularmente injusto que, más para bien que para mal, cruje hoy por las costuras. Y a veces se nos va de las manos. Sin embargo, como siempre digo, lo nuevo es lo olvidado. Así que tómalo por su lado bueno, que tiene su pimienta histórica. Su puntito educativo. 

Pues a mí no me educa un carajo, masculla Dani. Entonces lo miro a los ojos, le clavo un dedo en la clavícula y le digo te equivocas, compadre. Ya verás como de ésas no te pasa otra. Porque la próxima vez que te arrimes a una contorsionista que sonría en la discoteca, lo harás sobre seguro. O más que sobre seguro, con la saludable precaución del marino que tiene una costa peligrosa a sotavento; sabiendo que los tiempos han cambiado –aunque como te dije antes nada cambia nunca del todo–, y ese viejo ajuste de cuentas que la mujer tiene pendiente con el hombre, resultado de siglos de ser rehén y víctima suya, tiene ahora nuevos cauces. Nuevos escenarios donde pasar factura. Y toca zampárselos sin pelar. 

Así que no te deprimas, chaval –prosigo–, porque tampoco es eso. Sólo estás pagando peaje. Eres un tío normal, simpático. Buena gente. Te gustan las tías como a ellas los tíos, aunque a ellas (que pueden ser tan torpes o idiotas como tú) la propaganda y la demagogia fácil de estos tiempos también las tenga hechas un lío, trastornadas por la nueva Sección Femenina de la eterna Inquisición oportunista y fanática: esa misma que antes censuraba escotes y longitud de falda con un rosario incrustado en los ovarios, y que ahora, en versión laica pero también disparatada, pone aparte a las gallinas para que no las violen los gallos, prohíbe beber leche de vacas explotadas, equipara sexo con violación y te llama machista, incluso fascista, si te niegas a decir en plan inclusivo les niñes me toquen los cojones y las cojonas. Alentada, claro, por no pocos cantamañanas varones que jalean a las nuevas inquisidoras; la mayoría no porque se lo crea un carajo, sino para congraciarse con ellas, para medrar donde ellas mandan, o creyendo que así van a conseguir más votos, e incluso mojar más, los muy gilipollas. 

Así que, como se decía cuando Alatriste, cuidado que asan carne. Y recuerda, además, que tu masculina simpleza –cuando tú vas, ellas han vuelto veinte veces– está a años luz de cómo les funciona el coco a tus prójimas. Porque no es que la de la discoteca fuese a por ti en concreto. A lo mejor, compañero del metal, es que tu partenaire del bullate móvil estaba esa noche harta de babosos, que abundan, y pensó: al primero que se arrime con babas o sin ellas lo voy a crujir vivo. O igual lo que pasó fue que estaba deseando decirle no es no a alguien y contárselo a sus amigas, no os lo vais a creer, etcétera, antes de colgarlo en Twitter o Facebook o Instagram acompañado de un selfi. Y buscaba un pringao. Uno cualquiera, vamos. Uno de infantería. Y allí apareciste tú haciendo el gamba. En cualquier caso, colega, no lo tomes como algo personal. No te disminuyas, que peor lo tiene Plácido Domingo. Pero siempre que estés ante una mujer, tenga ésta la edad que tenga, recuerda que si miras alrededor y no ves a ningún pringao, es que el pringao eres tú. Y esa noche te tocó serlo. 

27 de octubre de 2019 

domingo, 20 de octubre de 2019

La maldita cola de cigala

La verdad es que no soy gran aficionado a la comida, pero me gusta despacharla a solas: hacerme un plato de pasta en casa, o una tortilla francesa, o lo que sea, y comerlo sin protocolos mientras echo un vistazo al Hola o a los periódicos del día. Sin estar pendiente de nadie. Y eso incluye los restaurantes: sentarte a una mesa tranquila, abrir un libro y comer a tu aire mientras lees El diamante de Moonfleet, por ejemplo. O El prisionero de Zenda, que se acaba de reeditar en una edición estupenda. Incluso, si el sitio y la clientela son adecuados, pedir un aguamanil con una rodaja de limón dentro y unas chuletillas de cordero levemente churruscadas y zampártelas cogiéndolas con los dedos, como debe ser, para disfrutarlas de verdad. Sin protocolos y sin darle conversación a nadie. Comer sin Dios ni amo. 

La excepción es la familia, claro. Y los amigos. Eso es otra cosa, y las comidas con ellos son agradables. Aunque tampoco es bueno abusar de los afectos. Sobre todo cuando, como en mi caso, no eres aficionado a sobremesas largas excepto en casos singulares. Ahí, la ventaja de cuando algunos compadres vienen a cenar a casa (recuérdenme que un día cuente lo de Jabois con la botella de ginebra Plymouth de mi frigorífico, o cómo Antonio Lucas me vacía sin escrúpulos las botellas de vodka Beluga) es que cuando a las dos de la madrugada me entra sueño, hay confianza de sobra para decir «a la calle, cabrones, que os llamo un taxi», y todos, con Edu, Gistau, Raúl, Juan Eslava y las legítimas, cuando vienen, se levantan y se largan sin protestar ni enfadarse. 

Con todo y con eso, lo que no soporto, ni en los amigos, ni en los enemigos, ni en los que me dan lo mismo, es lo de compartir platos. Sobre todo en los restaurantes. Ahí me llevan los diablos. Eso de llegar, sentarnos varios y que cuando se acercan el maître o el camarero alguien proponga «algo en el centro para compartir, ¿no?», me repatea los higadillos. Lo del jamón ibérico o unas gambas tiene su pase, pero alto ahí. Poco más. Del resto, prefiero meter cuchara o tenedor en mi propio plato. Así que cuando alguien sugiere el picoteo común –el pintor de batallas Ferrer Dalmau es muy de eso–, me pongo en plan Scrooge gruñón y digo «yo no comparto nada, lo mío lo pido para mí». Entonces siempre hay alguien que me mira extrañado y pregunta: «¿Y los demás?». A lo que suelo responder: «Los demás podéis iros a hacer puñetas». 

Pero el colmo de los colmos, lo que altera mis sentimientos gastronómicos hasta convertirlos en impulsos homicidas, llega cuando estás sentado a la mesa con más gente y alguien que come a tu lado, hembra o varón, dice esa enorme chorrada de «prueba de lo mío, que está buenísimo», ofreciéndote meter el tenedor en su plato. Y da igual que digas que no con toda cortesía, porque algunos pelmazos insisten en el asunto. «No, en serio, prueba», dicen, e incluso pinchan algo y lo ponen en el borde de tu plato para obligarte a catarlo, te apetezca o no. Sin contar los que, no contentos con eso, y sin que los disuadan tus negativas reiteradas, tu reticencia manifiesta ni tus miradas entre furibundas y criminales, tienen los santos huevos de meter el tenedor en tu plato y pinchar algo. «A ver, déjame ver qué tal está lo tuyo», dicen. Los grandísimos cantamañanas. 

A veces, alguno llega a casos extremos. De entre todas las experiencias penosas que recuerdo sobre ese particular, hay una que sigue royéndome la memoria. Me encontraba en una comida razonablemente formal, con la desgracia de que a mi derecha se hallaba una señora de buenas intenciones pero más pesada y plasta que una novela de Belén Gopegui. Y la señora se empeñaba en que probase las colas de cigala al curry de su plato. «Están maravillosas», decía la prójima. Yo me negaba, defendiendo mi territorio. «No me apetece –le repetía–. Gracias, pero no me apetece». Sin embargo, inasequible al desaliento, ella insistía. Y como al final yo, desesperado, ponía los brazos en torno a mi territorio para protegerlo de su empeño, a la buena mujer no se le ocurrió otra cosa que, con un movimiento rápido, pinchar una de sus cigalas y echármela en el plato por encima del brazo, de manera que al caer en la salsa de mi estofado me salpicó la camisa. «Huy, perdón», dijo la tía. Y acto seguido, con su servilleta, queriendo limpiarme, acabó de restregar las manchas por toda mi pechera mientras yo, paralizado por el asombro, dudaba entre darle un puñetazo a ella –violencia machista, ruina absoluta– o al marido, que estaba sentado enfrente y sonreía bobalicón y aprobador. El muy gilipollas. 

20 de octubre de 2019

domingo, 13 de octubre de 2019

Menos Camboyas, Caperucita

Hay artículos que se escriben en defensa propia, como éste: para alejar, o intentarlo, el zumbido de ciertos enjambres que, aunque no te pican ni estropean la vida, irritan y exasperan. O al menos, cuando no se consigue ponerles límites, para desahogarse uno mismo. Para llamar tontos a los tontos, con sus seis letras exactas, y luego seguir ocupándose de otras cosas. 

Hace tiempo que se repite en las redes sociales y en ciertos medios informativos esta absurda afirmación: Sólo Camboya tiene más fosas comunes que España; refiriéndose, naturalmente, a los enterramientos de la represión franquista durante la Guerra Civil. Y en estos tiempos en que 280 caracteres de Twitter se consideran información completa y contrastada, resulta asombrosa la cantidad de gente que se hace eco y lo repite una y otra vez, sin más contenido ni análisis. Como si fuese una verdad histórica incontestable. 

Así que me van a permitir que también yo opine sobre fosas comunes, porque alguna he visto; y no cuando las vaciaban, sino mientras las llenaban. Por eso sé que las hay de muchas y de pocas personas, y que el número de fosas no importa tanto como lo que tienen dentro. También hay gente a la que matan y queda sin enterrar, y otra que, tras su asesinato, es situada e identificada. Tampoco son lo mismo asesinados que desaparecidos o ejecutados. En España, donde según historiadores solventes el número de víctimas en represión, combates, hambre y enfermedades se situó en algo más de medio millón, hubo unas 150.000 víctimas de las matanzas franquistas y otras 50.000 de las republicanas –esto incluye ajustes de cuentas internos entre comunistas, trotskistas, socialistas y anarquistas–. O sea, que dos de cada cinco muertos de la guerra habrían sido asesinados por rojos o por nacionales. La mayor parte de los asesinados en zona republicana fueron desenterrados por los vencedores; pero se dice que los desaparecidos y enterrados por los franquistas, que aún quedan por encontrar e identificar, son unos 115.000. 

Ésas, con la lógica poca fiabilidad de tales casos, son las cifras del horror español durante los tres años de guerra civil –las ejecuciones posteriores se documentaron con nombres y apellidos–. Y convendrán conmigo, aunque yo sea torpe en matemáticas, que situar a un país con 115.000 supuestos desaparecidos en fosas comunes en segundo lugar detrás de Camboya, donde los jemeres rojos exterminaron a 1.700.000 personas –el 33 por ciento de los hombres y el 15 por ciento de las mujeres– resulta un poco forzado y síntoma de poca memoria o mucha ignorancia; sobre todo si consideramos que, entre 1921 y 1953, la Unión Soviética metió en fosas comunes con toda naturalidad a tres millones de personas, asesinadas directamente, sin contar a las víctimas de las grandes hambrunas, que entre 1932 y 1937 fueron diez millones. Pero si las fosas de Stalin –700.000 rusos y 200.000 polacos por lo menos, entre otros– fueron gigantescas, tampoco quedó atrás un país hoy miembro de la Unión Europea, Alemania, que aparte del holocausto de seis millones de judíos en campos de exterminio y matanzas diversas, horadó de tumbas su suelo y el de Europa, metiendo en ellas a tres millones de prisioneros soviéticos, millón y medio de polacos y diez o doce millones más de víctimas de asesinatos directos. 

Y no acaba ahí la cosa. Porque puestos a situar fosas comunes, calculen cuántas habrá en Turquía y aledaños, donde tuvieron lugar las matanzas de griegos y armenios de principios del siglo pasado. O en China, donde el maoísmo pasó por la picadora a más de 10 millones de personas, y los japoneses, sólo entre 1942 y 1945 y en esa misma China, a otros tres millones. O en las ex colonias alemanas, belgas y británicas de África. O en las fosas comunes de apaches y otros indios en los EE.UU. Y, más cerca ya en el tiempo y el espacio, podemos también echar un vistazo a la ex Yugoslavia, donde hace sólo 25 años fueron asesinados y enterrados en fosas comunes 200.000 musulmanes bosnios, a buena parte de los cuales aún están buscando. O intentar el imposible cálculo de cuántas de tales fosas habrá dejado el yihadismo islámico en Iraq y Siria en los últimos años. Por ejemplo. 

Así que se lo ruego a quien corresponda: hágame el favor. No ofenda la historia ni la inteligencia del prójimo. No vuelva a decir, se lo suplico, que España es el país con más fosas comunes después de Camboya, etcétera. Tenemos demasiadas, en efecto. Nadie lo niega. Pero, evíteme, como decía Chiquito de la Calzada, el natural impulso de decirle a usted trigo por no llamarlo Rodrigo. Pedazo de idiota. 

13 de octubre de 2019 

domingo, 6 de octubre de 2019

Amenábar, en el club de los fusilables

Hace unos días vi Mientras dure la guerra, la película de Alejandro Amenábar sobre Miguel de Unamuno y la Salamanca de 1936. Y debo decir que me gustó mucho, sobre todo porque me parece un intento irreprochablemente honrado de ser ecuánime al abordar un asunto como ése. No digo equidistante, ojo, pues Amenábar sabe muy bien dónde están él y cada cual, sino ecuánime: palabra que define a quien tiene, o procura tener, imparcialidad de juicio. A la hora de teclear esta página la película aún no está en salas comerciales, y no sé cómo será recibida. Me temo que no dejará satisfechos, ya que de Unamuno hablamos, a los hunos ni a los hotros. La noble y benéfica influencia de Manuel Chaves Nogales (ese prólogo de A sangre y fuego que debería estudiarse en los colegios) sitúa el relato por encima de las convenciones habituales del género. O, por decirlo en plan chavesnogalesco, hace ingresar a Alejandro Amenábar, con todos los honores, en el club de los españoles perfectamente fusilables por un bando y por el otro. 

Después de ver la película, pasando revista a lo que de cine sobre la Guerra Civil conoce uno, me quedé pensando en lo mucho que el tiempo cambia las cosas: Raza, El santuario no se rinde, Sin novedad en el Alcázar –italiana pero en sintonía con el ambiente de la época– y algunas otras encajan en un cine franquista, maniqueo, donde el combatiente nacional solía ser guapo, honrado y elegante, y sus adversarios rojos, groseros, sucios, desalmados y criminales. Excepto en una obra maestra –maldita para el Régimen– como la extraordinaria Rojo y negro de Carlos Arévalo, todas esas películas pintaban con trazo grueso; y los únicos límites consistían en que, al tratarse de algo que los espectadores conocían por haberlo vivido, ciertos detalles eran imposibles de falsear o manipular. 

Hoy, aunque no falta quien parece lamentarlo, estamos lejos de todo aquello. Y quizá precisamente por eso, con la excepción de Amenábar y de algún otro director solvente, el cine sobre la Guerra Civil y el primer franquismo incurre en los mismos vicios que el de entonces, sólo que con un punto de vista opuesto. Desde hace ya décadas, los varones republicanos en el cine y la televisión casi siempre son intelectuales educados o proletarios de nobles sentimientos, valientes, guapos o agradables, afeitados o con barba de tres días, de habla grave y mesurada, mientras que los nacionales, casi todos con bigote y peinados con gomina, incapaces de articular un razonamiento inteligente, hablan a gritos y se pasan el día diciendo Viva España. Lo que precisamente, dicho sea de paso, hace tan singular y formidable la interpretación llena de matices del general Millán Astray que logra el gran Eduard Fernández en la película de Amenábar. 

Pero es que, además, la injustificable ignorancia de algunos directores, guionistas y directores artísticos o de vestuario sobre nuestra Guerra Civil suele empeorar las cosas: actores con el pelo increíblemente largo para la época, a los que sientan la gorra y el uniforme como una patada en los huevos; guardias civiles que en el año 40 se llamaban Jordi y Aitor; ropa limpia recién planchada en vez de caqui arrugado o monos azules; botas en lugar de alpargatas; curas sudorosos que bendicen a pelotones de fusilamiento mientras que nunca se alude a los miles de religiosos ejecutados por los otros… Entre los falangistas y carlistas hay cuadrillas de asesinos, naturalmente, como así fue en la realidad; pero raro es que se muestre a milicianos rojos de retaguardia dándole el paseo a nadie, o matándose entre ellos cuando comunistas, trotskistas y anarquistas ajustaban cuentas. Por no hablar de la palabra cheka, que parece proscrita del cine como si esas cárceles y centros de tortura republicanos no hubieran existido jamás. En cuanto a las mujeres, las fieles a la República suelen ser sobrias, sensatas y hablan con grave conciencia de clase; mientras que las del otro lado son aristócratas o burguesas enjoyadas, frívolas, piadosas y tratan mal a las sirvientas. Y tampoco perdamos de vista a esas milicianas politizadas y heroicas, siempre fusil al hombro, siempre dispuestas a combatir en las trincheras y en las calles, siempre respetadísimas y valoradísimas por los compañeros de lucha. Tanto, que le hacen lamentar a uno que su madre o su abuela, incluso su hermana o su propia hija, no fueran una de ellas. 

Amenábar, como digo. Créanme. Lo ha intentado con mucha dignidad y mucho atrevimiento. Su Unamuno ambiguo, contradictorio, asustado por rojos y nacionales, desbordado por la tragedia –extraordinario Karra Elejalde– merece que le echen un vistazo. Y después, como debe ser, que cada cual saque sus propias conclusiones. 

6 de octubre de 2019