lunes, 18 de octubre de 1999

Tango


Llevo mucho tiempo acostándome temprano; pero esta noche vuelvo tarde a mi hotel de Buenos Aires. Mi editor argentino, Fernando Estévez, de quien me hice amigo hace años, en Montevideo, el día que fuimos al lugar exacto donde se hundió el Graf Spee, me ha tenido hasta las tantas de sobremesa en un restaurante; y el asado de tira y el vino tinto me salen por las orejas. Así que decido dar un paseo por esta ciudad que, a veces, según se la mire, aún se parece a la de siempre: la que descubrí en Blasco Ibáñez y después en los libros de Borges y Bioy Casares; la que conocí hace veintidós años cuando vine por primera vez camino de Tierra de Fuego, del cabo de Hornos, de las ballenas azules y de la Antártida, y que luego viví larga e intensamente durante la guerra de las Malvinas. Emilio Attili, el pianista melancólico, ya no toca en el bar del Sheraton, y el Bahía Buen Suceso, según me cuentan, lo hundieron los Harrier británicos en el canal de San Carlos. Por fortuna ya no hay siniestros Ford Falcon con faros apagados junto a las aceras, oliendo a Escuela de Mecánica de la Armada y a picana; pero siguen abiertos buenos bares en las esquinas adecuadas, la calle Corrientes no ha cambiado de nombre, y la pizzería Palermo y la librería anticuaria de Víctor Eizenman siguen en su sitio.

Al cruzar el vestíbulo del hotel me sorprende la música de un tango. Así que voy hasta la rotonda y allí, frente al bar, un pianista y un acompañante tocan "Sus ojos se cerraron", mientras una pareja de bailarines profesionales baila con esa perfección sublime que sólo dos argentinos son capaces de lograr. Él es joven, apuesto, de perfil latino, y viste de guapo porteño, con chaqueta estrecha, pañuelo blanco al cuello y sombrero ladeado. Sonríe todo el tiempo, mostrando una dentadura perfecta, resplandeciente, a lo canalla. Ella, delgada, más interesante que atractiva, con la falda del vestido abierta hasta el arranque del muslo, evoluciona precisa, impecable, alrededor de esa sonrisa.

Me siento a mirarlos y pido una ginebra con tónica. En las otras mesas hay gente: un par de turistas gringos, tipo Arkansas, que muestran su felicidad por presenciar, al fin, un genuino espectáculo flamenco; también algunos clientes del hotel y algunas parejas, matrimonios de cierta edad que parecen argentinos. Uno de esos matrimonios está sentado cerca de mí. Él, sesentón, tiene el pelo gris, va enchaquetado y encorbatado con mucha corrección; y ella lleva un vestido negro, discreto, que le sienta muy bien a sus cincuenta y tantos años muy largos. En ese momento termina la melodía y empieza otra nueva: "Por una cabeza". Y la pareja de bailarines se desenlaza; y ella por un lado y él por otro, se acercan a mis vecinos y los sacan a la pista. El hombre se mueve con elegancia, grave y serio, en brazos de la bailarina. Se nota que en sus tiempos tuvo, y retuvo. Pero lo que me llama la atención es la mujer: El bailarín se ha quitado el sombrero chulesco y mantiene la sonrisa blanca bajo el pelo negro, reluciente y engominado, mientras evoluciona con ella por la pista, al compás del tango, con una sincronía maravillosa. Es la primera vez que bailan juntos en su vida, por supuesto. Y resulta asombroso el modo en que la señora del vestido negro se adapta a la música y al movimiento de su acompañante; se pega a él y oscila de un lado a otro, manteniendo siempre una dignidad, un señorío admirable. Consciente de eso, el bailarín se ciñe a ella, respetando su manera de estar. Es alta, todavía hermosa de aspecto, y se nota que fue muy guapa y que aún lo sabe ser. Pero su atractivo proviene del modo de bailar, de la gracia madura e insinuante con que se mueve por la pista; con que evoluciona al compás de la música, lenta y majestuosa, segura de sí. Desafiante sin estridencias, ni necesidad de pregonarlo a los cuatro vientos. He aquí, dice toda ella, una señora y una hembra.

Al fin cesa la música, y el público aplaude. Y mientras el caballero se despide muy correcto de la bailarina y enciende un cigarrillo, el bailarín, con su pelo engominado y la sonrisa canalla, acompaña a la señora hasta su silla e, inclinándose, le besa la mano. Y ella sonríe calladamente, sin mirarnos a ninguno de los que tenemos los ojos fijos en ella, y que en ese instante daríamos el alma por ser capaces de bailar un tango con sus cincuenta y tantos años largos de clase y de silencio. Un silencio viejo y sabio, de mujer eterna. Uno de esos silencios que poseen la clave de todo cuanto el hombre ignora.

17 de octubre de 1999

lunes, 11 de octubre de 1999

Oye chaval


Oye, chaval. Me dice tu hermana que estás cada vez más para allá, y que has perdido el curso, cacho cabrón. Y que encima te estás metiendo de todo. Y digo todo, colega. Alcohol y pastillas, y pastillas y alcohol, y dos paquetes diarios de tabaco a tus diecinueve tacos. Y que has dejado a tu novia, o en realidad es ella la que te ha dejado porque no te aguanta. Y que vuelves a las tantas saltándote semáforos en rojo con una castaña que te cagas, y que las broncas con tu viejo son de órdago, y que pasas de todo. Que pasas de verdad, con ojos de estar allí lejos sin la menor intención de darte de nuevo una vuelta por aquí en el resto de tu puta vida. Suponiendo, dice tu hermana, que te quede mucha puta vida por delante. Dice que te diga algo, que me lees los domingos y me haces caso. No sé en qué carajo podrías hacerme caso tú a mí; pero si lo dice ella, que es la Bambi de la familia, sus motivos tendrá. En fin. Que te diga algo, escribe la pava, como si yo fuera la virgen de Lourdes. Y no sé qué decirte, la verdad. De finales felices me creo lo justo, y la última varita mágica que vi la tenía clavada en el coño un hada a la que violaron en Sarajevo. No sé si me explico.

Pero en fin. Me sentiría raro si hoy no te dedicara esta página. No por ti, que no te conozco, sino por la Bambi. Se quedaría decepcionada, y a lo mejor ya no se leía más novelas mías, ni soñaba con ligarse al padre Quart o a Lucas Corso. Así que mira, voy a decirte algo. Voy a decirte que acabo de apuntar que no te conozco, pero es mentira. No es difícil conocerte si uno mira alrededor, y se fija en el país en el que vives, y la tele que ves, y los perros que planifican tu vida y tu futuro, y los políticos a los que votan tu padre y tu madre. No es difícil si uno piensa en esa empresa donde estuviste trabajando este verano, y en el trabajo donde explotan a tu ex novia, y en la desesperación de tus amigos. No es difícil y me hago cargo, te lo juro. Esto es una mierda, y la palabra futuro es como para colgársela de los huevos. ¿Ves como en realidad si te conozco?

Hay, sin embargo, algo que puedo decirte. Estás aquí, en el mundo que te ha tocado. Sería estupendo que hubiera revoluciones por hacer y sueños por alcanzar, cosas que te pusieran caliente y con ganas de echarte a la calle. Pero sabes, o lo intuyes, que todas las revoluciones se hicieron, y una vez hechas se las apropiaron los de siempre. Que los buenos se quedan afuera, bajo la lluvia, y que esta película la ganan siempre los malos. Sé todo eso porque lo he visto, tío. Lo he visto en todas las lenguas y colores. Lo he visto allí y lo veo aquí. Y sé que las grandes aventuras colectivas, la solidaridad, los mecheritos, yupi, yupi, todo eso se fue a tomar por saco hace mucho tiempo.

Pero quedan cosas, te doy mi palabra. Cuando ya no son posibles los héroes solidarios, llega la vez de los héroes solitarios. A lo mejor, ahora que han muerto los dioses y los héroes con mayúscula, la salvación está en el heroísmo con minúscula. En el peón de ajedrez olvidado en un rincón del tablero que mira alrededor y ve al rey corrupto, a la reina hecha una zorra, al caballo de cartón y a la torre inmóvil, haciendo dinero. Pero el peón está allí de pie, en su frágil casilla. Y esa casilla se convierte de pronto en una razón para luchar, en una trinchera para resistir y abrigarse del frío que hace afuera. Esta es mi casilla, aquí estoy, aquí lucho. Aquí muero. Las armas dependen de cada uno. Amigos fieles, una mujer a la que amas, un sueño personal, y una causa, un libro. Cómo reconforta, colega, mirar a un lado y ver en otra casilla a otro peón tan solo y asqueado como tú, pero que se mantiene erguido y, tal vez, tiene un libro en las manos. Hay aventuras maravillosas, vidas riquísimas, sueños increíbles que empezaron de la forma más tonta, con sólo pasar la primera página de un libro.

Ya sé que no es gran cosa, colega. No soluciona nada, y lo único que te permite es comprender. Pero eso no está nada mal. Me refiero a comprender que nacemos, vivimos y morimos en un mundo absurdo, que a lo más que podemos aspirar es a asumirlo mirándolo de frente, con el orgullo de quien se sabe peleando solo, hasta el final, solidario con aquellos otros peones que, como tú, libran su pequeña y pobre batalla en casillas olvidadas. Y al final descubres que no es tan grave. Los hombres vagan perdidos hace miles de años, y siempre fue la misma historia. Lo único que los diferencia es cómo viven y cómo mueren.

10 de octubre de 1999

lunes, 4 de octubre de 1999

Evoluciona defectuosamente


Me cuenta un amigo que en algunos colegios sustituyen el progresa adecuadamente de las notas escolares por un evoluciona progresivamente. Que además de no significar nada, se contrapone a evoluciona defectuosamente. Mi amigo está indignado, aunque le digo que busque la parte positiva. Sólo es un paso más, apunto, para evitar traumas a las criaturas y a sus papis. Supongo que los espectros de los ex, ministros Solana y Maravall, los que decidieron con toda su peña de psicólogos, psicopedagogos, psicoterapeutas y psicópatas que todos somos iguales y que los jóvenes deben ser educados según ese principio, sonreirán felices en su tumba. A eso se llama reinar después de morir. Pero me van a perdonar que disienta. O no me van a perdonar, pero me importa un bledo... Los seres humanos somos distintos en gustos, en inteligencia, en vocación y en aptitudes. También hay lumbreras y hay tarugos, y lo justo y lo igualitario debe consistir en la libre oportunidad de acceso a la educación; no en que una vez dentro de ella todo el mundo sea tratado igual, lo merezca o no, y reciba un título universitario tan de trámite como el carnet de identidad o el libro de familia. Un sistema educativo así es un barrizal donde se enfangan lo mismo la mediocridad que el talento. Y no tiene más fin que tranquilizar a padres estúpidos, a alumnos perezosos o incapaces, a profesores con pocas ganas de merecerse el jornal, y a políticos acostumbrados a humillar las palabras educación y cultura hasta los niveles miserables de su propio analfabetismo y su propia incompetencia.

Y resulta que es para echarse a temblar, lo cojas por donde lo cojas. Un sistema que sólo crea alumnos desorientados y aplaza sus problemas hasta un final donde ya no hay remedio. Pérdida continúa de tiempo en chorradas descomunales, trabajos de equipo, esfuerzos inútiles que encima no sirven para nada. Porque ahora todo debe ser interactivo e interdisciplinario, igualitario y no competitivo; y la nota clave es si el niño trabaja de forma solidaria, evoluciona en un contexto escolar sin traumas, o si por el contrario es un ser asocial y negativo que pretende estudiar y leer solo, a su aire. Ahora está mal visto aprenderse la lección y recitarla. Lo ideal, sostienen los que han organizado este despropósito, es que la memoria sea lo de menos. Así que los nombres de los ríos, y los reyes, y las fechas y acontecimientos de la Historia, la ortografía, la lengua, todo aquella que provoca la curiosidad de un chico, abre sus horizontes y al mismo tiempo crea la base para el resto de su vida, todo eso, dicen, no tiene la menor importancia.

Nadie llama a las cosas por su nombre. Nadie se atreve a decir que la educación de verdad, la auténtica, siempre ha sido férrea y medieval; teniendo como muy honorable alternativa, para el incapaz o para el que encontraba excesivo el esfuerzo, la de aprender un digno oficio. Pero ahora, lo que cuenta es que te digan que tu Luisito o tu Vanessa trabaja en equipo, que es muy sociable y será un ciudadano ejemplar que no insultará a los negros de color ni a los moros magrebíes, ni fumará en los restaurantes, y votará cada cuatro años. Y te vas tan contento, con el culito hecho agua de limón, olvidando que eso no se llama educación escolar, sino urbanidad y sensatez social: algo que antes se aprendía en la casa de cada uno. Y que con ese sistema, que favorece al lerdo más que la afanado y voluntarioso, a su vástago y a ella les están dando el timo de la estampita.

Pero la culpa no es de los críos. Ni siquiera de los delincuentes que desmantelaron la cultura. Esa filosofía educativa, como dijo aquel ministro..., no es más que un reflejo hipócrita de la demagogia en que vivimos, proclive a convertir el medio en materia de culto y olvidar el objetivo. La mayor parte de los padres no quiere que le digan que sus hijos no están preparados para ser ingenieros aeronáuticos, biólogos o catedráticos de Filosofía. Así que oyen lo que quieren oír, y punto. Es el maldito virus llamado universitis. Si no fuera así, la gente estudiaría cosas que le van más, o no estudiaría sino lo que quiere y puede. A cambio tendríamos magníficos fontaneros, e impresores, y carpinteros, y electricistas, y afinadores de plano, y qué sé yo. Es la perra obsesión de la Universidad la que, paradójicamente, fabrica legiones de frustrados y analfabetos. La que nos envilece el país, la juventud y la vida.

3 de octubre de 1999

domingo, 26 de septiembre de 1999

Sed de champán


“Dios mío, no me ayudes pero tampoco me jodas". Así empezaba una página de Al sur de tu cintura, de mi amigo Roberto, el escritor maldito, de quien les hablé una vez. Roberto, contaba entonces, es un tipo flaco, chupaíllo, con ojeras, siempre con un Camel sin filtro en la boca, que me distingue con una de esas amistades que se vuelven condenas de cadena perpetua. Rey del best-seller para minorías, vendió ciento tres ejemplares de su opera prima, y consiguió que algunos de sus ciento tres lectores todavía anden buscándolo para partirle la cara. Aquello no lo sacó de pobre, y sigue tieso como la mojama; pero cada día de mi cumpleaños me regala un libro que se las ingenia para tomar prestado no sé dónde. Supongo que en el Corte Inglés.

Roberto tiene un morro que se lo pisa. Lleva años acosado por acreedores y matones, buscándose la vida sin más recursos que su ingenio y su talento. A su mujer, Clara, se la ligó el día que fue a la terraza donde ella curraba, y cuando dijo qué vas a tomar él pidió un vaso de agua. «No servimos agua sola», respondió ella. «Pues entonces pónmela con cubitos de hielo». Le trajo un whisky que pagó ella, y quedaron para luego. Y durante todo este tiempo, Clara ha estado trabajando para traer dinero mientras él, con empalmes clandestinos a la luz, y el teléfono cortado, y una manta por encima cuando hacía un frío de cojones, leía libros de dudosa procedencia, mezclando Poe con Faulkner y Cervantes con Dumas y Kafka, y escribía febril, dispuesto a parir la obra maestra que les permitiera de una vez comer caliente.

Ahora, Roberto ha terminado esa novela. Me lo dijo el otro día por uno de esos teléfonos móviles que usa hasta que se los anulan por falta de pago; por eso cambia de número a menudo, lo mismo que de vez en cuando cambia de identidad. Roberto del Sur, que en realidad se llama Roberto Montero, firma ahora como Montero Glez., así, con el segundo apellido en abreviatura —y como lo haga para despistar a sus acreedores, lo acabo de joder—. EI caso es que he terminado la novela y te la mando, me dijo, resumiendo así cuatro años de parto doloroso, trabajo continuo de limar, corregir, cortar, reescribir. Tormento chino de escritor de verdad, de pata negra. No uno de esos niñatos de diseño, de esos duros de pastel, de esos cagatintas que se toman tres cañas con los amigos en un bar y luego sale su primo diciendo: «muy bueno lo tuyo, colega. Muy vivido». Y el primo contesta «pues lo tuyo más». Nada de eso. Roberto se ha dejado las pestañas trabajando como un cabrón. Pero además, cuando escribe está contándonos su vida. Una vida bohemia de verdad, miseria y navajazo y bolsillo sin un duro, entre peña bajuna y peligrosa, de pistola fácil, de pinchazo en vena. Esa España en la que nunca se hará una foto el presidente Aznar, como tampoco se la hizo aquel otro sinvergüenza cuyo nombre no recuerdo.

La de Montero Glez. es una novela sombría, negra de narices, que se pasea por el filo del infierno porque él mismo se ha paseado allí durante toda su perra vida. Lo que cuenta no se lo ha contado nadie, y se nota. No en vano esa novela que acaba de salir a la calle se llama Sed de champán. Tenía quinientas páginas y se ha quedado en la mitad, y yo creo que mejora. En mi editorial no le hicieron ni puto caso, pero a Edhasa les cayó bien y decidieron jugársela. No me gusta el título, el formato ni la portada -unos cuernos de un toro y una luna- porque Roberto y lo que cuenta son mucho más negros e intensos que todo eso. Tampoco me gusta lo que dice la contraportada: cruce casi bastardo entre Martin Santos y Juan Marsé. Con todos los respetos para el querido Marsé, Roberto es un hijo bastardo de Valle Inclán, y también de Gálvez, y Buscarini, y Pedro de Répide, y de toda la siniestra y genial bohemia de la literatura española de principios de siglo, aderezada por Pynchon y por Bukowski, y proyectada sobre la más cutre y marginal España de ahora mismo.

El caso es que me gusta cómo escribe ese tío. Me encanta esa diferencia entre tanto pichafría, marginales de jujana con ropa de marca y foto en suplemento literario, y un tío del arroyo que tiene miseria en la memoria, tinta en las venas, y la sangre la utiliza para escribir. De cualquier modo, para que ustedes no se llamen a engaño si pretenden leerlo, y sepan en qué se meten, les adelanto la primera frase del libro, que es toda una selecta declaración filosófica: «El Charolito sólo se fiaba de su polla. Era la única que nunca le daría por el culo».

Y ahora vayan y léanselo, si tienen huevos.

26 de septiembre de 1999

domingo, 19 de septiembre de 1999

Abuelos roqueros


Parece mentira la cantidad de tertulianos y especialistas radiofónicos que tenemos en este país. Cada vez que se me ocurre enchufar la radio sale uno empeñado en arreglarme la vida. Algunos, además, son polivalentes y polifacéticos y polimórficos, pues lo mismo te asesoran sobre lo que debes votar, que te dan una magistral sobre terrorismo, valoran el año económico, u opinan a fondo sobre la crisis agropecuaria de Mongolia interior. Debe de ser por eso que, en este país de navajas, analfabetos y mangantes, ciertos elementos pasan de unas radios a otras y se perpetúan desde hace años y años, apuntando siempre aquello de ya lo decía yo, aunque hayan dicho exactamente lo contrario. En otro lugar se les llamaría supervivientes. Incluso, hilando fino, oportunistas. Pero aquí son expertos. Expertos de cojones.

El otro día, sin ir más lejos, me calzaron un debate sobre la tercera edad, o sea, los abueletes. Me estaba afeitando y me lo calcé íntegro, incluida la opinión de un eminente psicólogo, o psiquiatra, o yo qué diablos sé. Un fulano que decía saber de viejos. Y el pájaro y sus contertulios me tuvieron allí en suspenso, con la maquinilla en alto y media cara enjabonada, alucinando en colores mientras duró el asunto. Y es que no hay como unos cuantos especialistas para poner las cosas en su sitio.

El planteamiento era como sigue: lo que más envejece y machaca es asumir la vejez. Por eso resulta imprescindible mantener actitudes juveniles y ganas de marcha. Es un error resignarse a ser viejo. Hay que ser joven de espíritu. Y, para conseguirlo, los tertulianos expertos, la conductora del programa y el eminente psicoterapeuta, o lo que fuera, daban al personal una serie de consejos. La actitud ejemplar, señalaba uno, era la de aquella abuela que, en el cumpleaños de su nieto, se vistió de rockera a base de cuero y guitarra, y le dedicó una actuación a él y a sus amiguetes. El ejemplo, traído a colación por uno de la tertulia, levantó un coro de aprobación en el resto. Qué entrañable, vinieron a decir. Ése es el camino. Acto seguido, el psicosomático invitado animó a los radioyentes de edad avanzada a no resignarse a su abyecto papel de jubilados, sino a salir a la calle con desafío que afirme su existencia individual e inalienable. Por ejemplo, subrayó, con el uso de prendas atrevidas.

Nada de grises y tonos oscuros, sino colores alegres, vivos, que plasmen la voluntad de vivir. La ropa deportiva no es patrimonio exclusivo de los jovenzuelos, declaró. Hay que vestirse de forma divertida, imaginativa. A ver por qué, puntualizaba con agudeza, un caballero de la tercera edad no va a poder lucir una gorra con el gato Silvestre o una camiseta de la Guerra de las Galaxias.

Pero lo mejor fue lo del humor. Lo mejor fue cuando el psicodélico invitado precisó que la mejor terapia contra el envejecimiento es el sentido del humor. Hay que hacer el payaso, dijo literalmente. Hay que hacer el payaso cuanto se pueda, salir a bailar moderno, reírse de sí mismo y provocar la risa de los demás, porque la risa es el mejor antídoto contra las canas y las arrugas. Y la conductora del programa y todos los otros imbéciles dijeron que sí, que naturalmente. Que antes la muerte que las canas y las arrugas. Que hay que negarse a envejecer a toda costa, y que cualquier recurso es bueno, y que lo de hacer el payaso era una idea estupenda, porque no hay nada más encantador que un viejecito bromista que se olvida de que es viejecito y confraterniza con los jóvenes sin importarle el qué dirán. Y todo eso, se lo juro a ustedes por mis muertos más frescos, el psicoanalista especialista, y la conductora del espacio, y los expertos tertulianos, y algunos oyentes que llamaban para mostrarse de acuerdo, o sea, toda esa panda de subnormales, iba soltándolo en la radio a una hora de gran audiencia, con absoluta impavidez. Tan satisfechos de sí mismos.

Hay otra forma de mantenerse joven, pensaba yo al terminar de afeitarme. Por ejemplo, utilizando la pensión mensual de 38.000 pesetas para ir a la armería de la esquina y comprar una caja de cartuchos del doce, descolgar la escopeta de caza de la pared, y luego darse una vuelta por el estudio de radio para intervenir en directo. Hola, buenas, soy el pensionista Mariano López. Pumba, pumba, pumba. Y una camiseta que ponga: Souvenir from Puerto Urraco. Veréis qué juvenil y qué risa. Así, más sentido del humor, imposible. Y que la gorra del gato Silvestre se la ponga vuestra puta madre.

19 de septiembre de 1999

lunes, 13 de septiembre de 1999

Seguimos siendo feos


Les aseguro que he pasado el verano intentándolo. Por primera vez desde que tecleo este panfleto semanal me he hecho una violencia inaudita. Titánica. Este año no, pensaba cada semana. Este verano voy a romper la tradición, ya hablar de cualquier otra cosa. Aprovechando que Javier Marías se había quitado de en medio, el perro inglés, yéndose a descansar a la pérfida Albión —en agosto recibí una provocadora postal suya con el careto de Nelson—, y que tampoco él iba a mencionar el tema que en nuestras respectivas páginas era materia de cada verano, decidí mantenerme firme. Nada de artículos sobre la vestimenta playera, me dije; como aquel, tal vez lo recuerden, que un año titulé Somos feos. Esta vez no, decidí. Los colorines y las gorras de béisbol al revés, como si no los viera. No más insultos a la moda decontracté. Así me ahorraré cartas de lectores descontentos. Benevolencia, Arturín. Caridad y benevolencia. Acuérdate de la viga en el propio, etcétera. No te metas, y que se pongan lo que les salga de las partes contratantes de la primera parte.

Pero no puedo. Lo he intentado, y no hay manera. Les juro por el cetro de Ottokar que todos y cada uno de los días que pisé la calle este pasado verano lo hice con la mejor intención, animado por fraternales deseos de buscar el lado positivo. De pasear por un mercadillo de localidad playera e ir besando a la gente en la boca, smuac, smuac, alabando la camiseta de éste, los calzones floridos de aquel, el bodi fosforito de la tal otra. Pongo a Dios por testigo de que anduve con la mejor intención del mundo y una sonrisa solidaria en la boca, tal que así, como la de Sergio y Estibaliz, pese a que a mí esa sonrisa me daba una expresión de absoluta imbecilidad; pero dispuesto a quererlos a todos. Pragmático y bien dispuesto hasta la náusea. Asco me daba de lo tolerante que iba. Pero no pude. Lo intenté, pero no pude.

Y es que hubo un tiempo en que la gente se vestía de acuerdo con su físico y personalidad; según gustos, educación y cosas así. Ahora, la educación, los gustos, la personalidad y hasta el aspecto físico, vienen dictados por la moda comercial y las revistas y las series de televisión. La ordinariez es la norma, no existe el menor criterio selectivo, y todo en principio vale para todos. Es como si la ropa la arrojasen a voleo sobre la gente, pito, pito, gorgorito; y lo triste del fenómeno es que dista mucho de ser casual, pues cada uno de esos horrores que vemos por la calle ha sido probado y remirado muchas veces ante un espejo. De modo que, hasta esta presunta desinhibición e informalidad son artificiales, más falsas que la sonrisa de mi primo Solana. Por eso el verano es el gran pretexto, y el personal se atreve a cosas inauditas. Este verano he visto, como le diría Kurtz a Harrison Ford en un híbrido surrealista de Blade Runner y El corazón de las tinieblas, horrores que creí no ver jamás. He visto combinaciones de prendas y colores alucinantes. He visto clónicos del conde Lecquio con polo de la Copa América y zapatos náuticos y pantalón de raya corto hasta la rodilla y pantorrilla peluda que me han quitado de golpe las ganas de cenar. He visto a una tía en bañador, y pareo cortito por la calle principal de una ciudad cuya playa más cercana estaba a cincuenta kilómetros. He visto enanos raperos con zapatillas de luces rojas intermitentes, que pedían a gritos encontrarse con un neonazi majareta de Illinois armado con un AK-47. He visto venerables ancianos con piernecillas blancas y pelo gris, gente que hizo guerras civiles y trabajó honradamente y tuvo hijos y nietos, vestidos para el paseo vespertino con bermudas de colores y una camiseta de Expediente X. He visto impúberes parvulitas con suelas de palmo y medio y tatuajes hasta en el chichi. He visto maridos que paseaban, orgullosos, a legítimas vestidas de diez mil y la cama aparte. He visto morsas de noventa kilos con pantalones de lycra ceñidos por abajo y bodis ceñidos por arriba, derramando pliegues de grasa que habrían hecho la fortuna de un barco ballenero. He visto injertos de Andrés Pajares y el Fary propios de la isla del Doctor Moreau.

Así que un año más, me veo en la obligación de confirmarles que no es sólo que seamos feos. Lo nuestro no es un simple presente de subjuntivo plural que podría interpretarse como veraniego y casual. Lo nuestro es que seguimos siendo feos con contumacia, a ver si me entienden. Feos y ordinarios con premeditación y alevosía. Feos sin remedio. Y además —eso es lo más grotesco del asunto— previo pago de su importe.

12 de septiembre de 1999

domingo, 5 de septiembre de 1999

Olor de septiembre


Pues resulta que vas dando un paseo por calles de un barrio viejo, a esa hora en que gotean las macetas de geranios, y hay pescaderías abiertas, y tiendas de ultramarinos, y marujas charlando en las aceras, y una furgoneta con un gitano que vende melones. Te encantan esas calles y esas tiendas y esas señoras con carritos de la compra y vestidos estampados de verano, y la manera con que el gitano empalma la churi y pega dos tajos, chis, chas, para que caten el producto. Te gustan esas cosas, las voces en el aire, los olores, la luz en lo alto de las fachadas de las casas, el jubilado en pijama que mira desde el balcón. Uno casi quiere a la gente así, en abstracto, en mañanas como ésta.

Ése es tu estado de ánimo cuando, al pasar por una callecita estrecha, hueles a papel. No a papel cualquiera, ni a bastardas hojas de periódicos, ni a celulosas ni nada de eso. Huele a buen y maravilloso papel recién impreso, encuadernado. A limpias resmas blancas, cosidas, encoladas. Huele a libro nuevo, y parece mentira lo que puede desencadenar un olor y su recuerdo. Entonces, con la cabeza llena de imágenes, tan asombrado como si acabaras de dar un salto de casi cuarenta años en el tiempo, te detienes frente a una puerta abierta y ves una antigua prensa, y pilas de libros que están siendo empaquetados. No necesitas acercarte más para saber que se trata de libros de texto. Ese olor inconfundible sigue perfectamente claro en tu memoria, y casi puedes sentir entre los dedos el tacto de las tapas, ver las ilustraciones de las portadas, aspirar el aroma de esos libros de septiembre que en otro tiempo contemplaste con una mezcla de expectación y recelo, como quien mira por primera vez un terreno desconocido por el que deberá aventurarse de un momento a otro.

Y en ésas, zaca, das un salto hacia atrás, o es el tiempo quien lo da; y te ves de nuevo allí, en el almacén de la librería colegial, entre las grandes pilas de libros de la editorial Luis Vives, tapas de cartón y lomos de tela, clasificados por cursos y asignaturas: Historia de España, Gramática, Aritmética. Libros todavía medio envueltos en grandes paquetes de papel de estraza que olían a nuevo, a papel noble, a tinta virgen, a ese momento de la vida en que todo era posible porque todo estaba por leer, por estudiar y por vivir. Recuerdas tu fascinación al comienzo de cada curso; aquella forma en que tocabas por primera vez el lote de libros, abrías sus páginas, mirabas textos e ilustraciones. Hasta los que luego se tornarían odiosos campos de concentración o tormento chino —Matemáticas, Geometría, Física y Química—, en ese momento inicial, intactos, como una mujer hermosa y llena de enigmas, se dejaban acariciar envueltos en aquel aroma de papel mágico que olía a promesas y a misterio.

Ahora, con más años por detrás que por delante, los misterios se desvelaron, e hiciste buena parte de ese camino del que tales libros eran puertas. Sin embargo, aquí junto al almacén, el olor reencontrado te permite por un instante regresar a la casilla número uno del juego de la Oca, al punto de partida, al comienzo de casi todo. Hasta te concede recobrar el roce, el tacto de la mano masculina y segura que te conducía entre aquellas pilas de libros recién desempaquetados mientras iba entregándotelos, uno a uno. Una mano delgada, noble, hace tiempo perdida, pero que revives ahora gracias a este olor, asiéndote otra vez a ella porque te sientes impresionado, conmovido, tímido ante las pilas de libros aún no abiertos, cuyos secretos, pobre de ti, tienes sólo un curso para trasladar de su papel a tu cabeza.

Y así, en la estrecha callecita, inmóvil frente al almacén y traspasado de nostalgia, mueves silenciosamente los labios mientras recitas frases, latiguillos, fragmentos vinculados a ese olor, que luego te acompañarían toda la vida: Triste suerte de las hijas de Ariovisto. Fé —así, con acento—, esperanza y caridad. Todo cuerpo sumergido en un líquido. El ciego sol, la sed y la fatiga. Blanca, negra, amarilla, cobriza y aceitunada. Oigo, patria, tu aflicción. La del alba sería. Almanzor agoniza y muere a las puertas de Medinaceli. Ese O Cuatro Hache Dos. Puesto ya el pie en el estribo… Y de pronto sonríes, porque tienes la certeza de que, si alguna vez llegas a viejo, en el momento en que lo reciente se difumina y son los años lejanos los que se recuerdan, cuando también tú estés pie en el estribo y a punto de irte como todo se va en esta vida, seguirás recordando ese olor y esas palabras con la misma intensidad del primer día.

5 de septiembre de 1999

domingo, 29 de agosto de 1999

La España virtual


El otro día, en la radio, oí rizar el rizo. Un cargo oficial, citando los antecedentes históricos del régimen fiscal vasco, mencionaba "el reino de Euskadi". No el de Navarra, ni nada por el estilo, con relación a otros reinos medievales como el de Aragón o de Castilla. No. El reino de Euskadi, con un par. De modo que, oído al parche, ha nacido o está a punto de ser alumbrada una nueva entidad histórica indiscutible de toda la vida, del mismo modo que el reino de Aragón desapareció en las brumas del pasado para iluminar el nacimiento, oh prodigio, del reino de Cataluña de Jaume I el Conqueridor. Para que vean lo bonito y plurinacional y de diseño que se nos está poniendo el paisaje. Porque la verdad es que nos estamos fabricando un pasado apasionante. Tan apasionante, que vamos a tener que reescribir de nuevo todos los libros de Historia que no hemos reescrito todavía, y reesculpir las piedras de las catedrales, y repintar los cuadros, para que todo ajuste. Pero no les quepa duda de que en ese menester, necesario si queremos construir una Comunidad de Estados verdaderamente plural y no la falsa democracia españolista en que vivimos, podrá seguirse contando con la entusiasta colaboración de las autoridades administrativas y culturales, siempre dispuestas a facilitar las cosas. Porque aquí todo el que no traga es un reaccionario y un cabrón, y además se juega los apoyos parlamentarios. Tragó el Pesoe, que tanto las pía ahora en unos sitios y se calla en otros. Y traga el Pepé, que, para que no se le note lo de Onésimo, se pone flamenco con la puntita nada más. Así que pronto tendremos a ministros de Cultura y presidentes de Gobierno hablando en el telediario del reino de Euskadi y del reino de Cataluña, y del reino de Matalascañas según bajas a mano derecha, si se tercia.

Resumiendo: que esto, además de una mierda, es una estafa. Esto se ha convertido en un país virtual improvisado sobre la marcha, al ritmo infame de porcentajes electorales, de ideologías entres y símbolos manipulados, sin ni siquiera creer en ellos, por ayatollás de leche rancia, por curas trabucaires e hipócritas, por fascistas que se escudan tras la palabra nación, y por oportunistas que se apuntan a lo que sea. España se ha convertido en una casa de putas de 17 comunidades y 8.000 ayuntamientos que van por libre, cada uno ingeniando algo original, y maricón el último. Que lo mismo deciden dinamitar el acueducto de Segovia porque a un concejal se le ocurre que es un monumento al imperialismo romano, que declarar persona non grata a Cervantes por facilitar la opresión lingüística, o aprovechar el cumpleaños del alcalde para subir pensiones de jubilados que terminan convirtiéndose en un certamen nacional de demagogia barata. Con carreras de trotones que ahora resulta que no sólo son signo de identidad nacional, sino que de aquí a poco los niños de las escuelas baleares recitarán: "La patria es una unidad de destino que trota en lo insular". Por no hablar de esos funcionarios públicos cuyo número iba a reducirse descentralizando, y resulta que en siete años ha crecido en un cuarto de millón; lo que significa que por cada puesto de trabajo en la Administración central, las autonómicas han creado quince.

Y es que esto es como una carrera, a ver quién llega antes. Un concurso de despropósitos donde los participantes hubieran perdido el sentido de la realidad y el sentido del ridículo. Hemos llegado al punto en que, no ya un político de foto en primera y mando en plaza, sino cualquier cacique de pueblo, cualquier sátrapa de chichinabo, cualquier alcaldillo con boina y garrota, cualquier concejal desaprensivo y analfabeto, se carga lo que sea con tal de apuntarse un tanto. Desmantelando un poco más lo que queda de este putiferio, entre los aplausos y el embobado qué me dice usted del respetable, y el silencio cómplice de las ratas de cloaca especialistas en vender a su madre por un voto. Y los líderes de sus partidos, cuando los tienen, por aquello de que no vayan a llamarlos centralistas, o españolistas, o autoritarios, o por la más simple razón de que una alcaldía es una alcaldía y un pacto es un pacto, tragan, consienten, autorizan, rubrican y bendicen barbaridad tras barbaridad. Y de ese modo uno ya no sabe si se encuentra en manos de una panda de sinvergüenzas o de imbéciles; aunque en esta piltrafa a la que ya casi nadie se atreve a llamar España, una cosa no quita la otra. Aquí, ser al mismo tiempo un sinvergüenza y un imbécil es algo perfectamente compatible. Es lo más natural del mundo.

29 de agosto de 1999

domingo, 22 de agosto de 1999

Morir como bobos


Anda tú. Ahora resulta que, en eso que se ha dado por llamar deportes de riesgo, a la gente que los practica le molesta morirse de vez en cuando. Pretenden tirarse por un barranco, o ir al Polo Norte, o hacer el pino en el asiento de una moto a doscientos por hora, y luego, pasado el subidón de adrenalina, contárselo a los amiguetes, tan campantes, y aquí no ha pasado nada. Luego, cuando por casualidad sale su número, ponen mala cara. No fastidies, hombre, dicen. Que esto es un deporte de alto riesgo, pero un deporte. Que para eso me visto de lycra y uso cuerdas con naylon poliesterilizado, y llevo chichonera de PVC y chaleco antibalas, y además me grabo en vídeo. Los fulanos y fulanas que practican el asunto quieren aventuras espantosas pero que transcurran, ojo, dentro de un orden. Arriesgar la vida con seguridad de que no la van a perder. Que una cosa es ser aventurero, dicen, y otra ser lelo.

Lo que pasa es que no. Que a veces fallan la cuerda o el mosquetón, o por el barranco viene una crecida de agua de la que no avisó Maldonado en el Telediario, o al barril con el que te tiran rodando por el monte se le sale una duela, y entonces vas y te mueres o te quedas tetrapléjico; y pides, si te queda con qué pedirlo, que te devuelvan el dinero. Que por lo general se le pide a una agencia, porque ahora estas capulleces se hacen con agencias y con organizaciones y con presuntos especialistas, que lo mismo te llevan a hacer footing a Kosovo que cobran por colgarte de los huevos en una encina manchega mientras la novia hace fotos. Porque, y ésa es otra, sin fotos no hay aventura que valga. Uno hace eso para contárselo a los amigos y para poner cara de aventurero intrépido mientras les pasa el vídeo y les pone unas cervezas, sintiéndose Indiana Jones.

En otro tiempo había hombres y mujeres que se preparaban a conciencia, años y años, antes de enfrentarse a la aventura con la que soñaban. Viajeros que durante toda una vida estudiaban, investigaban, se aprendían de memoria los mapas del desafío en el que alguna vez se adentrarían. Gente silenciosa que pasaba meses observando la cara norte del pico donde tal vez iba a perder la vida. En todo ese periodo de estudio, de reflexión, de preparación intensa, esa gente tenía tiempo de calcular y asumir los azares y los riesgos, el dolor y la muerte. Eso formaba parte de un todo armónico, valiente, razonable, que iba en el mismo paquete. De algo consustancial al ser humano, que desde que existe memoria ha estado yéndose a la caza de la ballena, como en el primer capítulo de Moby Dick, cuando no tiene dinero en el bolsillo o cuando su corazón es un húmedo y goteante noviembre.

Pero eso era antes. Ahora, cualquier retrasado mental está viendo Expediente X y decide que él también quiere emociones fuertes y adrenalina, y coge un folleto publicitario, y al día siguiente, previo pago de su importe, se encuentra con un arnés oscilando a cinco mil metros de altura, o nadando entre pirañas con una cocacola fría en la mano, sin tener ni remota idea de lo que está haciendo allí. A veces hasta ignora geográficamente en dónde está. Y lo que es peor, sin asumir ni por el forro su propia responsabilidad. Exigiendo por contrato que no le pase nada. Que lo metan y lo saquen intacto de las cataratas del Niágara. Y luego, cuando se rompe la crisma, porque en esos sitios lo normal es romperse la crisma, monta un cirio, o lo montan sus familiares enlutados, argumentando que a él le habían garantizado que hacer tiburoning en los cayos de Florida con un calamar en el culo era como una película de Walt Disney.

Así que por mí, como si se despeñan todos. Prefiero reservar mis lágrimas para otras cosas que merezcan la pena. No para quienes convierten el riesgo en un espectáculo estúpido e irresponsable, olvidando que la vida real no es como las películas de la tele. La vida real es muy perra y mata de verdad; y cuando uno está muerto o tiene la columna vertebral hecha un sonajero, cling, cling, ya no hay modo de darle al mando a distancia y ver qué ponen en otra cadena. Y además, el mundo está lleno de gente que palma cada día en aventuras obligatorias que maldita la gana tienen de protagonizar. Profesionales del riesgo voluntarios o forzosos. Gente que muere entre enfermedades, guerras y barbarie. Mujeres violadas y hombres macheteados como filetes, que con mucho gusto cederían su puesto en el espectáculo a toda esa panda de gilipollas que buscan adrenalina, arriesgando estúpidamente una vida preciosa cuyo manual de uso ignoran.

22 de agosto de 1999


domingo, 15 de agosto de 1999

Esa murga del tabaco


Lo siento por mi añorado ex vecino Marías, que se fuma hasta los filtros pero los fumadores en España tienen el futuro más negro que una loncha de jabugo en el plato de un guiri. Después de las últimas disposiciones oficiales restringiendo el consumo de tabaco en los transportes públicos, y con esto de que en verano hay menos asuntos para editoriales de periódicos y tertulias de radio, el coro habitual de asesores imprescindibles y analistas de plantilla empieza a apuntarse, cielo santo, a la campaña del tabaco políticamente correcto, o sea, hay que respetar los derechos del fumador pasivo, acotar más la cosa, extender la prohibición a nuevos ámbitos, desterrarle de los espacios públicos, etcétera. Y como aquí siempre resultamos más papistas que el papa y más radicales que nadie a la hora de apuntarnos a cualquier gilipollez, mucho me temo que, como de costumbre, aún sin creer de verdad en ello, dentro de nada todo cristo va a estar dando la barrila con la murga tabaquil, y los capullos de la Administración, o las administraciones, o lo que sean, que van improvisando programas de gobierno según lo que leen en los periódicos cada mañana con el desayuno, obrarán en consecuencia. O sea, que para que nadie diga que ellos van por detrás de nadie y no son de centroizquierda y de centroderecha y de centrocentro, se descolgarán de un momento a otro con nuevas disposiciones de salud pública y extenderán la prohibición de fumar a los restaurantes y a los bares y a los cafés. Que eso, a fin de cuentas, está más chupado de prohibir que los vertidos tóxicos, la extinción de los peces en las costas, los gases criminales que las industrias dejan escapar al amparo de la noche, la incontrolada contaminación de los automóviles en las ciudades, o los problemas de higiene pública que la edificación salvaje en zonas turísticas nos va a echar encima de aquí a nada.

Vaya por delante que no fumo, o lo hago de uvas a peras con algún cigarrillo ocasional cuando se tercia. Y que estoy por completo de acuerdo con eso de que en trenes, autobuses, aviones y barcos al fumador se le haga la puñeta, obligándolo a aguantarse las ganas. Lo que pasa es que una cosa es una cosa, y otra caer, como aquí terminamos cayendo siempre, en el fanatismo estúpido y la ultranza y el no vayan a pensar que yo, etcétera. Una cosa es que, como ya ocurre en algunos países, uno vaya por la calle y vea a los dependientes de las tiendas asomados a la puerta para echar un cigarro, cosa que me parece chachi; y otra que aquí se empiece a decir, como acabo de oír por la radio, que hay que prohibir el tabaco hasta en los cafés, como hace buena parte de los norteamericanos. En primer lugar, porque los gringos, con esa moral anglosajona a medida y con esa peligrosa conciencia, ciudadana que los caracteriza, son más hipócritas que la madre que los parió, al arriba firmante le parecen marcianos, y, salvo honrosas y destacadas excepciones, no me los trago como ejemplo, ni en moral, ni en tabaco, ni en gustos, ni en series de televisión ni en muchas otras malditas cosas. Y en segundo lugar, porque comprendo que a uno, después de comer en un restaurante, le apetezca un cigarrillo, o un puro, o un canuto, si los gasta. O que acompañe con humo la copa de un bar. Y en cuanto a los cafés, qué les voy a decir. Precisamente se inventaron para eso: para tomar café y para fumar, leyendo o charlando con los amigos, o viendo pasar la vida. A ver qué cojones va a hacer uno en un café donde la gente no fuma. Eso sería como si en los bares prohibieran el alcohol, en los fumaderos de opio, el opio, o en las casas de putas, las putas.

Así que todos esos ultracelosos y verborreicos cantamañanas que se autoerigen en guardianes de mis pulmones pueden irse a tutelar a su padre. En lo que a mí respecta, seguiré sin fumar, y pidiendo cortésmente a mi vecino de mesa, si el humo me incomoda mucho, que aparte un poco el cigarrillo, por favor, gracias. Pero me reservo el derecho a entrar en el café que sea, en el Gijón sin ir más lejos, saludar en su mesa al maestro Vicent, o a Raúl del Pozo, o al pintor Pepe Díaz, o a Cervino, Coll y el Algarrobo, sentarme en mi rincón, pedir un cortado con leche fría, y luego aceptar, si se tercia, un pitillo de los que fuma Alfonso el cerillero, que además vive de eso, apostado apaciblemente en su tenderete de tabaco junto a la puerta. Y luego inclinar la cabeza para que me dé fuego, mirándome con sus ojos guasones de viejo anarquista, mientras me comunica que tampoco esta semana nos ha tocado la lotería.

15 de agosto de 1999

domingo, 8 de agosto de 1999

El diablo sobre ruedas


Vas por la autovía a tu aire, a ciento veinte o ciento treinta, con poco tráfico, y como todavía te quedan tres horas largas de viaje, y las autovías son un muermo, y a veces no hay siquiera un bar donde beber un café, canturreas coplas para no quedarte torrado. Acabas de terminar Capote de grano y oro y empiezas Cariño de legionario —ese Príncipe Gitano—, y cuando estés con aquello de: le di a una monta mora, monta mora, monta de mi alma, te encuentras en una cuesta arriba de tres carriles una furgoneta que va por el de la izquierda, tan campante. Es una Transit algo decrépita, y sube la cuesta asmática, cortándote la maniobra natural de adelantamiento por babor. Te pones detrás un poco, a ver si el fulano te ve y se aparta; pero el fulano, aunque te ve, no se aparta sino que acelera, o lo intenta, y del tubo de escape sale una humareda negra que salpica tu parabrisas. Así que das un destello con los faros, pero el otro ni se inmuta. Le gusta ese carril. Entonces caes a estribor, buscando el carril central; pero en ese momento el triple se convierte en doble, y la Transit vuelve a cortarte el paso, obligándote de pronto a adelantar por la única vía que queda libre, la derecha. Lo apurado de la maniobra no deja tiempo para verle la cara al conductor, pero mentalmente le deseas una úlcera de duodeno. Sigues tu ruta.

Vas cuesta abajo. Carril derecho de un doble carril. Estés con La Lola se va a los puertos cuando inicias el adelantamiento a una roulotte guiri. Como el guiri pega unos bandazos espantosos, lo adelantas con cuidado. En ese momento, unos destellos de faros te sorprenden en el retrovisor. Miras, y ahí tienes la furgoneta de antes a un palmo, pidiendo impaciente paso libre. Como tenga que frenar, te dices, vamos listos el guiri, yo, y ese cabrón de la Transit. Así que aceleras, vas a tu derecha, y la furgoneta pasa a toda leche, al límite de su velocidad y aprovechando la cuesta abajo. Ciento sesenta, calculas, preguntándote si el tío que va al volante puede controlar lo que lleva entre manos. La respuesta debe de ser sí, porque algo más adelante hay una pareja de la guardia civil con sus motos y sus cascos, y ven pasar al hijoputa y siguen hablando de sus cosas. Te encoges de hombros y empiezas Sombrero, imitando el tono chulillo de Pepe Pinto. Ay, mi sombrero.

Nueva subida, y ahí está, santo cielo, la Transit otra vez, renqueante en la cuesta arriba y, por supuesto, por el carril izquierdo. Te pones detrás, compruebas que ni se inmuta, así que de nuevo te ves obligado a adelantarla por donde no se debe. La maniobra obtiene un furioso rafagazo del luces del conductor, que a estas alturas considera lo vuestro algo personal. Tú, desde luego, empiezas a considerarlo; hasta el punto de que en lugar de la úlcera de duodeno, lo que le deseas ya es un fin de trayecto empotrado contra un trailer. Como mínimo.

El caso es que metes la quinta y te alejas por una cuesta abajo con curvas sinuosas, inicias el adelantamiento a un camión, y de pronto, honor de los honores, como en aquella película de Spielberg, te encuentras de nuevo a la Transit pegada al parachoques, dando unos vaivenes escalofriantes en las curvas. Miras por el retrovisor y por fin puedes ver la cara del conductor: flaquito, escuchimizado. Te da ráfagas con los faros, exigiendo que le cedas el paso o te arrojes a la cuneta para que él no pierda la carrerilla. Pruebas a tocar el pedal del freno sin apretar, sólo para que el otro se aparte un poco y sea prudente, pero ni por esas. Lo llevas como para un chotis. Y lo que te pide el cuerpo es hacerle una pirula en plan kamikaze, para intentar que se salga de la carretera y se casque los cuernos, él y todos los mastuerzos que toman una furgoneta por un coche de carreras, y también todos los guardias que los ven pasar y pasan. Eso es lo que de verdad te apetece, y estás a pique de intentarlo. Pero observas otra vez por el retrovisor el careto del cenutrio y piensas: míralo bien, colega. Fíjate en esa cara y comprenderás que no vale la pena picarse. No compensa romperse el alma por esa mierdecilla de tío. Por ese tiñalpa.

El caso es que aparece por fin un área de servicio con gasolinera y bar, y tú entras a la derecha y empiezas Chiclanera mientras ves a la Transit perderse de vista, a todo lo que da. Ojalá te la pegues, chaval, le deseas de todo corazón. O si no, con tanta prisa, ojalá llegues antes de tiempo y te la encuentres en la cama con el del butano.

8 de agosto de 1999

domingo, 1 de agosto de 1999

La chica de Rodeo Drive


El restaurante está casi en la esquina de Rodeo Drive. Es una pizzería en plan bien, frecuentada por gente del cine y de las lujosas tiendas y galerías que llenan el Triángulo de Oro. Raquel y Howard, mis agentes, han organizado un encuentro con fulanos de Hollywood, tiburones y tiburonas de sonrisa tan fácil como la de los escualos hambrientos, ya se pueden imaginar, contratos sobre la mesa y llámame Mike, y mucho jijí jajá, pero si no te lees con cuidado hasta la última coma de la letra pequeña vas listo: te roban hasta la camisa, y además puedes encontrarte un cuchillo entre los omoplatos. El caso es que allí estamos, sonrientes y corteses y campechanos y pensando tras la sonrisa: a mí me la vas a pegar tú, hijoputa. De vez en cuando bebo un sorbo de vino de California. «Vaya una mierda, o sea, shit, de vinos tenéis aquí», he dicho hace un rato, más que nada por fastidiar, y todos se han reído mucho, ja, ja, hay que ver qué gracioso ha salido este cabrón. Lo mismo se habrían reído si llego a decir que el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos. Ellos cobran por reírse en los momentos oportunos mientras te llevan al huerto.

El caso es que yo bebo el vino, que por cierto es estupendo, y de vez en cuando bajo la guardia y miro a la chica que está en el atril de la entrada. Se llama Elena Trujillo, según su chapita de identificación, y es gringo-mejicana. Hace un rato, cuando le hablé del pueblo del que procede su apellido, me pidió que se lo describiera y estuvimos charlando unos minutos. No es guapa ni fea. Tiene la nariz inflamada y los cercos morados bajo los ojos que delatan una recientísima operación de cirugía plástica; y cuando yo bromeé cortésmente sobre eso, aventurando que le quedaría una bonita nariz, ella suspiró un momento, miró a las mesas donde se sentaban productores y actores, y dijo: «ojalá».

Ahora desmenuzo esa palabra mientras la observo sonreír a los clientes y acompañarlos hasta sus mesas, y pienso en su enternecedora nariz operada, y en el modo en que habla y sonríe y camina, y en cómo debe de cruzar los dedos por dentro cada vez, cada día, diciéndose que sí, que quizás ese escritor español que habla inglés como los indios de John Ford y charla con los gringos rubios, o el actor sentado al fondo, o el agente cazatalentos que mira alrededor olfateando rostros y nombres, se fijen hoy en ella y le den, por fin, ese empujoncito que la llevará a la pantalla y a los sueños y a la fama y a la gloria. Y pienso en ella y en todas las chicas que he visto otras veces, apostadas en la esquina de la vida esperando el golpe de suerte; seguras de que en ellas se cumplirá la ambición donde otras fracasaron, y un día serán cartelera junto a Hugh Grant; y de todas las humillaciones, de todas las desilusiones, no quedará sino un mal recuerdo que habrá valido la pena, como el costo de esa nariz operada que tal vez allane por fin el camino. Eso es lo que pienso mientras miro a Elena Trujillo esperando como Penélope, sentada en su banco del andén, a que Richard Gere le diga tú eres Pretty Woman, y se besen, y suene la música.

Y sigo pensando en ella y en las otras chicas que me he tropezado estos días, soñando con ser actrices en Beverly Hills, o la semana pasada queriendo ser modelos en el hotel Delano de Miami, vestidas para matar, botín de marrajos sin conciencia al término de cada fiesta. Pienso en aquella lumi cansada y elegante con la que estuve charlando en el bar del hotel, otra hispana todavía guapa, ajada lo justo, y los ojos sarcásticos con que miraba a las jovencitas que iban y venían, bellas y arregladísimas, como diciendo: así empecé yo. Y se me va la olla hasta Madrid, o hasta donde sea, y pienso en todas esas chicas altas y delgadas hasta la anorexia que, en vez de estar luchando por ganarse la vida de un modo normal, te las encuentras camino de un casting, con sus bolsas en la mano, su artificioso caminar y sus expresiones prematuras de top model de vía estrecha, con los ojos velados por el sueño de ser un día —hay que joderse con el sueño— como Mar Flores y salir en Tómbola.

Eso es lo que pienso allí sentado, en el restaurante italiano de Rodeo Drive, con los fettuccini enrollados en el tenedor, y frente a la sonrisa artificial, más falsa que judas, de la directora de marketing de los estudios Mortimer & Flanagan. Y por eso me remuevo incómodo en mi silla, cuando, desde su atril de recepción, con su pobrecita nariz operada, Elena Trujillo mira por enésima vez hacia nuestra mesa y sonríe.

1 de agosto de 1999

domingo, 25 de julio de 1999

Una caza sin cuartel


La vela enemiga se ve mejor ahora que, el sol está alto. Es fácil reconocerla: el aparejo de un queche que el viento, levante de ocho o diez nudos, permite llevar con todo el trapo arriba, amurado a babor. La marejada fuerte y molesta del amanecer ha disminuido, y ahora podemos ver su casco. Con los prismáticos alcanzo a distinguir la bandera: roja, la Union Jack en un ángulo. Un inglés. El corazón me late aprisa, pues desde que descubrimos la vela al alba, cuando se deslizaba sigilosamente por el freu de Tabarca y nosotros aguardábamos al acecho, fondeados en tres brazas de agua, sin luces, las velas aferradas, y camuflados ante la línea oscura de la isla, intuí que podía ser inglés. En esas fechas y entre semana, la mayor parte de los veleros que bajan para doblar hacia el sur la punta de Palos y navegan de noche sin resguardarse en los puertos o fondeaderos próximos, son extranjeros: holandeses, algún francés. E ingleses. Y a mi tripulación y a mí nos encanta cazar ingleses.

Nuestro velero es rápido. No es un regatero nervioso, ni lleva velas de competición, y la vela spinakker está prohibida a bordo con pena de pasar por la quilla a quien la mencione, porque es presuntuosa, incómoda y asesina. El nuestro es un sólido crucero de altura con casco de líneas muy rápidas, un sloop, aparejado de cúter con trinquete afilada como un cuchillo, y en vez de una mayor enrollable arbola una buena y clásica vela grande con tres fajas de rizos. Tampoco mi dotación viste calzado náutico de diseño, pantalones hasta la rodilla ni polos de marca con emblemas publicitarios: son chicas duras que llevan tejanos descoloridos, con navajas en un bolsillo de atrás, y tienen los nudillos y las rodillas llenos de cicatrices, y los bíceps endurecidos por los winches. Tipas peligrosas en tierra, vengativas en las cacerías, crueles y duras en los abordajes.

Y así, poco a poco, cable a cable vamos dando caza a la presa. El viento ha refrescado un poco cerrándose quince grados hacia la proa, y ahora es un estesureste que pone seis nudos y medio en la corredera. Mando cazar el génova y largar un poco la escota de la mayor, y ganamos medio nudo más. El barco navega ahora a un descuartelar, con el agua espumeando a lo largo de la banda de estribor, y la presa está cada vez más cerca. La tensión se siente de proa a popa, y una voz dice: «Es nuestro».

Pero no es tan fácil, voto a Dios. El perro inglés es algo más ceñidor y gana barlovento, y nuestro rumbo nos lleva más cerca de tierra que él. Miro con preocupación la sonda, que disminuye. Once, nueve, ocho brazas. La presa está ahora a un cable por la amura de babor, pero ante nuestra proa se agranda la punta rojiza del cabo Roig. Seis brazas. Temo verme obligado a dar un bordo mar adentro y perder distancia, o que el inglés pase la punta y luego meta todo a sotavento, arribe cortando nuestra proa, nos largue una, andanada con las baterías de estribor mientras estamos en plena maniobra de virar por avante, y después busque impunemente resguardo en el puertecito que hay detrás. Pero de pronto el viento refresca, orzamos cinco grados, y cabo Roig queda en franquía, por los pelos, con tres brazas en la sonda y siete nudos y medio en la corredera mientras volamos de bolina sobre el mar, dejando una estela blanca y recta por la popa. Ahora sí que ese cabrón es nuestro, me digo. Lo tenemos por el través de babor, a medio cable, yéndose hacia la aleta. Espero un poco, y luego ordeno preparar la batería de estribor. Ya puede ir encomendándose a Nelson y a la madre que lo parió.

«A virar», grito mientras desconecto el piloto y cojo el timón. Con la tripulación bien entrenada en drizas, pólvora y ron, el génova se amura a la otra banda cuando meto la proa en el viento y me acerco recto a la presa, ciñendo. Casi puedo oler las mechas encendidas y verlo acercarse a mis portas abiertas. Magic carpet, leo en su espejo. London. Y entonces arrío mi falsa bandera francesa e izo la española —treta legítima—, le corto la estela por la popa, bien cerrado y en ángulo recto, y cuando está perpendicular a mi través, a menos de quince metros, le largo al inglés una andanada mental que arrasa su cubierta, derriba el mesana entre astillazos y hace picadillo a los dos respetables ancianos de piel rojiza que me miran boquiabiertos desde la bañera, ella con un libro en las manos y él fumándose una pacífica pipa. Preguntándose, supongo, qué diablos hace ese majara. Ignorando, los pobres infelices, que llevo seis horas dándoles caza y que acabo de mandarlos al fondo del mar.

25 de julio de 1999

domingo, 18 de julio de 1999

El gorila y el ratón


No sé en qué diablos ha metido la gamba el fulano del coche blanco, pero el otro energúmeno acaba de bajarse de la furgoneta y le atiza unos golpes tremendos en el capó. Idiota, le dice. Que eres un desgraciao y un idiota. El de la furgoneta es una mala bestia cuatro por cuatro, brazos como jamones y un careto de animal, de esos que te pica la curiosidad saber quién fue el abogado que consiguió lo soltaran del zoológico. Idiota, sigue voceando. La gente se para a mirar, y en el coche blanco el receptor de la borrasca está paralizado de miedo, con las manos crispadas en el volante. Es un tipo escuchimizado, de aspecto inofensivo, con gafas que le dan cara de ratón asustado. No le calculas media hostia ni aunque saque una recortada de la guantera; así que el pobre hombre sigue allí, encogido, mientras el jaque atruena la calle con los insultos y las bravatas. Lo malo es que en el coche blanco también están la mujer y los hijos del tiñalpa. La mujer con más susto aún que el marido. En cuanto a los críos, son tres. Los dos pequeños parecen aterrados. La hija, quinceañera, tiene las manos en la cara y llora. Y el gorila de la furgoneta, crecido, poderoso, recreándose en la suerte, amaga con el puño junto a la ventanilla abierta, amenazador y macho. Que te daba asín y asín, y no sé cómo no te rompo la cara, desgraciao. Que eres un pobre desgraciao.

Por fin, desahogado, el cenutrio vuelve a su furgoneta y se quita de en medio, y el infeliz del coche blanco arranca con la cabeza baja. Y tú te quedas en la acera, viéndolo irse, mientras le das vueltas al caletre. No puede ser, piensas. A un hombre no puede hacérsele eso delante de su familia. Quizá el de la cara de ratón sea un perfecto mierda, y tal vez haya hecho con el coche una pirula de juzgado de guardia. Pero lo del gorila no puede ser. Estaba esa mujer, estaban los zagales. Por muy perros que seamos todos, por muchas faenas que te hagan al volante o a lo largo de la vida, hay cosas que nadie, por fuerte que sea o se sienta, puede hacerles a otros. Cosas que nadie debería permitirse. Puestos en los extremos, rediós, a un hombre se le mata, quizás. Se le vuela la cabeza si la cosa es proporcionada y no hay más remedio. Pero no se le humilla, y menos delante de los suyos. Esa sí que es una canallada y es una bajeza.

Y allí, de pie en la acera, te pones de pronto a recordar cosas que no te apetece recordar en absoluto. Fotos de ese álbum confuso que llevas contigo: caras, imágenes, veintiún años en la isla de los piratas que en los momentos más inesperados o inoportunos dicen aquí estoy, échame un vistazo, amigo, a ver si recuerdas. Y claro que recuerdas. Recuerdas perfectamente al miliciano maronita que se llamaba Georges Karame —batalla de los hoteles, Beirut 1976— apaleando a aquel aterrorizado padre de familia musulmán mientras otro kataeb registraba a la mujer y a la hija sobándoles las tetas. O la mirada que la campesina nicaragüense de Estelí, mayo del 79, dirigió a su marido arrodillado ante los somocistas que lo empujaban con los cañones de sus Galil, y cómo el pobre hombre intentaba mantenerse digno, y la patada que uno de ellos, pelirrojo, pecoso, alias Gringo, terminó por darle en la cabeza, y el modo en que el hombre se incorporó luego, despacio, ya mucho más avergonzado que temeroso, mirando de reojo a su mujer. O el serbio joven de Kukunjevac, verano del 91, interrogado por tropas especiales croatas, encapuchados que le daban bofetadas, una detrás de otra, mientras la mujer con un crío pequeño en brazos miraba paralizada de terror ante la casa incendiada —botella de butano abierta y una granada—, otro guantazo y otro guantazo más, y cómo cada bofetada le volvía a un lado y a otro la cabeza, zaca, zaca, resonando como el parche de un tambor. Y cómo el infeliz se orinaba encima de miedo y de vergüenza, y una mancha húmeda y oscura se le extendía por la pernera del pantalón.

Y tú recuerdas todo eso y algunas cosas más mientras se alejan la furgoneta y el coche blanco. Y parece que nada tenga que ver. Pero sabes que sí tiene mucho que ver. Te dices una vez más que el género humano es el peor de los géneros que conoces, y que no hay apenas diferencia de unos fulanos a otros. Sólo el hecho accidental de que unas veces te los encuentras en una ciudad entre semáforos y escaparates, y otras llevan escopeta en sitios donde la gente se arranca los huevos con la mayor naturalidad del mundo. Pero siempre se trata de los mismos hombres, colega. Siempre se trata de la misma infamia.

18 de julio de 1999

domingo, 11 de julio de 1999

Una tarde con Carmen


Pues no hay mal que por bien no venga, piensa Antonio. La foca y la niña y la abuela están sentadas cada una en su sitio, con la sopa y las albóndigas, y nadie dice baja la voz que no oigo el telediario, ni espera un momento a ver qué ponen en Telecinco, o pásame el mando. Aunque parezca mentira, están hablando. Y es que al repetidor de televisión de la provincia le han puesto una bomba, zaca, y la tele se ha ido al carajo. Así que, gracias a eso, Antonio se entera de que su hija tiene novio, y la niña aprende un poco de su propia historia cuando la abuela cuenta los tres años que el abuelo, que en paz descanse, pasó con fusil y manta al hombro, justo antes de Franco; y también se entera de que el propio Antonio y su legítima se conocieron en un tranvía, circunstancia que le sirve para saber cómo eran los tranvías, y para descojonarse de risa cuando Antonio le cuenta que estuvieron tres años de novios y su madre se casó virgen.

Antonio no se lo puede creer: una tarde en familia. Pero su gozo dura poco; porque, como no hay telenovela, ni teleserie gringa con la que echar la pata, la mujer y la hija deciden irse al híper con la abuela. Antonio se niega a acompañarlas. Púdrete en tu reserva india, dicen las tordas. Y se abren. Y Antonio, cercano al éxtasis, se dispone a pasar la tarde enfrentado a los horrores de la soledad, en esa reserva india compuesta por dos millares de libros y medio millar de discos.

Antonio está que no se lo cree. Tres horas en el sofá, frente al televisor apagado, disfrutando de don José, Carmen y la compañía, mientras repasa aquel capitulo semiolvidado en que don Quijote alojóse en la venta que imaginaba ser castillo. Tres horas sólo interrumpidas por el acto de elevar más el volumen para fastidiar al vecinito de al lado, que ha puesto bakalao a toda mecha (pero te vas a joder, cretino, porque mi equipo tiene cien vatios más que el tuyo, y hoy te tragas esto como que hay Dios), o para reventar a la tontalpijo del quinto, que ha subido a decir que no le gustan los gorgoritos y que el volumen está muy alto (pero te van a ir dando, capulla, porque esta tarde te estás jalando Carmen, La Traviata y el Bolero de Ravel, como yo me trago la basura diaria de tus concursos y tus culebrones televisados), o para putear a los enanos raperos del piso de al lado, que por una tarde no tienen dibujos japoneses para subnormales voluntarios, de esos a base de mangas, terminators y la madre que los parió, y vagan por la escalera como zombies.

Y así ha echado la tarde Antonio, bebiéndose un coñac de vez en cuando, preguntándose qué haría toda la peña si de pronto el tiempo diera un salto de cincuenta o setenta años atrás. Preguntándose si les bastaría con Pipo y Pipa y con 20.000 leguas de viaje submarino, si el Guerrero del Antifaz compensaría la falta de Expediente X, si serían capaces de vivir sin gorras de béisbol y sin telepizzas. Si serían capaces de seguir por la radio, emocionados, la muerte de un papa, reír con un Gila sin rostro, disfrutar con Boby Deglané, vibrar con Alberto Oliveras o amar en la voz de Juana Ginzo a la novia de Diego Valor... Antonio tiene cincuenta tacos de calendario y sabe que cualquier tiempo pasado no fue mejor. Que hay tiempos y tiempos. Pero también sabe que, puestos a elegir, prefiere las canicas y el caballo de cartón, con sus inmensas limitaciones, a convertirse en un exterminador de extraterrestres. Que prefiere los reyes godos, la historia del Cid, la geografía y las cartillas de caligrafía a la mierda de la ESO. Que se queda con Gilda, Capra, Cecil B. de Mille, John Ford y Tony Leblanc antes que con las telebazofias norteamericanas a base de barbies con tetas de silicona. Por supuesto, no hay una lógica en ese tipo de preferencias; sabe que tal vez ni siquiera resistan un análisis lúcido, moderno y actual. Pero también sabe que él tiene razón, y que son los otros los que no la tienen.

A las siete regresan las señoras. La hija, como sigue sin haber tele, pide —milagro— un libro, y Antonio le da a elegir entre Bomarzo, de Mújica Laínez, que es largo, y El gran Gatsby, de Scott Fitzgerald, que es corto. La niña prefiere el corto, y ahora lee en su cuarto mientras la abuela escucha la radio en el suyo. En cuanto a la legítima, como sigue sin haber tele, acaba de sugerir irse un rato a la cama. Y Antonio, que no la veía tan marchosa desde hace años, apura el coñac y la sigue por el pasillo, canturreando bajito lo de Escamillo. Con una sonrisa feliz de oreja a oreja.

11 de julio

domingo, 4 de julio de 1999

Chotos, pollos y ministros


Es que es la leche. Uno no sabe si revolcarse de risa o blasfemar en arameo cuando imagina el cuadro. Ese despacho de ministerio, con su bandera. Ese ministro abnegado e intachable. Esos subsecretarios, asesores y correveidiles en plan tormenta de cerebros. Qué pasa con la cocacola, pregunta el ministro. Y con los pollos. Y con las criadillas de choto. Y con la colonia Tufy nº 5. Y con los panchitos y las gominolas. Porque me la estoy jugando, rediós. Me la estoy jugando y vosotros no os ganáis el jornal, y esta mañana me han sacado los colores en Moncloa. Que esto se nos va de vareta. Y los del elenco, muy dinámicos y en mangas de camisa y pidiendo café a la secretaria, como aprendieron en sus masters de Harvard y de Berkeley, diciendo: tranquilo, ministro, todo está bajo control. Que no cunda el pánico. Y el ministro contesta: eso, que no cunda el pánico, porque como cunda estamos bien jodidos. Y los asesores replican que no es para tanto. Cuéntaselo tú, Borja Luis.

Y Borja Luis se alisa la gomina, tira de bloc y le cuenta al ministro que no pasa nada. Que las cocacolas eran sólo dos cajas de doce, y en la etiqueta pone contamination made in Belgium, así que hasta Steve Wonder podría identificarlas. Y que los pollos ni se han acercado a la frontera. Y que las criadillas de choto chungas son las de choto MacPherson, que es una variedad de choto escocés que sólo se consume en algunos barrios de Glasgow, según se entra a mano derecha. Y que la colonia Tufy está limpia, y hasta la usa Ana Botella. Y que lo de los panchitos y las gominolas es un infundio de los fabricantes de palomitas para reventar a la competencia en el estreno de la Guerra de las Galaxias. Así que tú tranquilo, ministro. No te disminuyas. Sal y da la cara, que en ésta no te pillan.

Y el ministro sale y lo cuenta. Garantizo personalmente, etcétera. Cordón sanitario, cinturón de hierro, permanente vigilia. Aquí no pasa nada, y las criadillas son cojonudas porque tienen mucho potasio. En cuanto a los pollos, trajimos cuatro para verlos, pero no convencieron y se los mandamos a los de Kosovo, que a esos, total, les da lo mismo. Al final de la rueda de prensa sacan al ministro en el telediario bebiéndose a morro una cocacola. La chispa de la vida, dice el muy capullo.

Luego se va a su ministerio y se fuma un puro. Enciende la radio para ver cómo quedó la cosa, y oye a un camionero de Cuenca explicando que ignora la suerte de los cuatro pollos que fueron a Kosovo, pero que él personalmente hizo diez viajes a Bélgica y se trajo doscientas toneladas de pollos de ésos, que vio venderlos en un montón de pollerías y que los conoció por el acento. En cuanto a la cocacola, resulta que además de las dos cajas localizadas, que pone made in Belgium, hay otras trescientas mil cajas sin localizar donde no pone nada, que vienen del mismo sitio y se han repartido hasta en Chafarinas, y que el responsable de distribución para España acaba de pegarse un tiro gritando «no me cogeréis vivo» cuando iba a buscarlo la Guardia Civil. Y en cuanto al choto MacPherson, no sólo las criadillas tienen índices de plomo como para fabricar posta lobera del 12, sino que además esa variedad de choto está como una cabra y transmite la enfermedad de los chotos locos, que entre otras perversiones hace que los madrileños, a estas alturas, sigan votando a Álvarez del Manzano. Y que la colonia Tufy nº 5 tiene dioxinas sulfurosas, y a Ana Botella le han salido en el pescuezo unas ronchas que te cagas. Y que no sólo las gominolas y los panchitos, sino también las palomitas, contienen metacrilato clorhídrico espasmódico. Y además, en cada bolsita hay un rótulo que dice: Envasado en Doñana, Spain.

Entonces el ministro coge el teléfono y llama a su homónimo de Transportes y Aeropuertos, o como carajo se diga eso de lo que se ocupa el fulano. Cuéntame cómo haces para no dimitir, tronco, le dice. Cuéntamelo despacio, que tomo nota. Y el otro contesta: pues nada, tío. Esto es como lo de don Tancredo. Tú ni parpadeas hasta que pasa el toro. De momento échale la culpa a alguien: al bipartidismo mediático, al efecto 2000 o a Milosevic. Después te callas unos días, te vuelves invisible, y cuando aparezcas otra vez sales como si nada, hablando de otra cosa. De aquí a entonces ya verás cómo surge alguna historia diferente, y los periódicos titulan con los Balcanes, Gil y Gil, el pacto de Estella o el nuevo abonado a la bisectriz de Mar Flores. Lo bueno de gobernar aquí, colega, es que este país tiene muy mala memoria.

4 de julio de 1999

domingo, 27 de junio de 1999

Los dos abuelotes


Tengo unos vecinos que se llaman Luisa y Pepe. Son unos viejecitos encantadores, sin hijos, cerca ya de los ochenta. Luisa es una castellana de pelo blanco, menuda, siempre sonriente, educadísima, a la que uno se encuentra por el campo paseando a su perra —una salchicha de pelo duro andarina y apacible—, o muy precavida al volante del coche, yendo a hacer la compra o a buscar los periódicos. Porque Pepe, el marido, no conduce. Está hecho polvo, y los años se le notan. Es un gallego muy flaco, alto, de cabello abundante y canoso, que sale con zuecos de madera a tomar el sol. Como pareja, es una de las más insólitas que conozco. Porque Luisa es catedrática jubilada de Filología, y Pepe es teniente jubilado de la Guardia Civil.

Se conocieron en una residencia de abueletes. Pepe, viudo, quedó fascinado por los ojos azules, la vivacidad y la ternura de aquella simpática viejecita soltera, que había dedicado su vida a las lenguas clásicas y seguía desayunándose con Jenofonte y cenando con Apolonio de Rodas. Pepe no era demasiado instruido, pero a Luisa la sedujo su elegante delgadez, la bondad de su honrado corazón celta, la sencillez con que contaba fragmentos de su vida de hombre de acción: La guerra civil de marinero en el Canarias, la difícil postguerra, la larga carrera desde abajo, como picoleto chusquero, hasta retirarse como jefe de puesto, con el grado de teniente. Se quedaban charlando hasta las tantas, iban siempre juntos a todas partes, y ocurrió lo que tenía que ocurrir: se enamoraron como zagales. Así que, tras darle vueltas al asunto, decidieron casarse, dejar la residencia y buscar una casa en la sierra de Madrid.

Y aquí siguen. Ella con sus trabajos filológicos, sus monografías y sus libros: Amor omnibus idem y todo lo demás. Él cultiva el jardín y da cortos paseos al sol cuando se lo permite su salud, que ahora es muy mala. No soy nada inclinado a la vida social, y hay vecinos que saludo desde hace quince años sin saber todavía cómo se llaman. Ni falta que me hace. Pero Luisa y Pepe me caen tan bien que siempre charlo un rato, me intereso por los trabajos de ella o le pregunto a él por los años de juventud, aquel bombardeo atrapado en un pañol del Canarias, o cuando andaba por la sierra con zamarra, boina y naranjero, combatiendo al maquis. Fue la época más dura de su vida: monte, nieve, escaramuzas y peligro, donde a veces el cazador se convertía en cazado. Como quienes los han vivido de verdad, Pepe sabe hablar del miedo y del sufrimiento con naturalidad, sin darles más importancia que la que tienen como parte de la vida. Lo del maquis fue su gesta personal; le gusta recordar, y siempre detecto en su voz admiración por el coraje de los hombres y mujeres contra los que combatió. Cuando encuentro libros sobre esa época se los regalo, y él los lee —aunque cada vez le cuesta y tarda más— y luego me los comenta: La sierra en llamas, de Ángel Ruiz Ayúcar. Luna de lobos, de Julio Llamazares. Maquis, de Alfonso Cervera.

Los dos viejecitos viven solos, y todo el mundo los conoce y aprecia en un lugar donde la gente hace vida a su aire y se ocupa poco de los otros. Tal vez por eso me gusta este sitio: porque hay silencio, hay árboles, y, si no das confianza, nadie viene a pedirte sal ni a invitarte a una barbacoa. Aquí te puedes morir tranquilo, sin pelmazos y sin visitas. Hasta don José, el páter, a quien a veces encuentro comprando el pan y charlamos sobre escribas y fariseos, sólo acude a darte los óleos si los pides con mucha urgencia. Sin embargo, la otra noche ocurrió algo especial: estaba leyendo en el jardín cuando oí la sirena de una ambulancia, que al parecer se había detenido frente a la casa de los dos ancianos. Salí a toda prisa, pensando en la mala salud de él, en la soledad de ella. Y, para mi sorpresa, comprobé que todos los vecinos, absolutamente todos, se habían congregado allí dispuestos a echar una mano. Por suerte no era Pepe; la ambulancia estaba detenida en la casa de al lado. Entonces nos miramos unos a otros, sorprendidos, confusos, arrancados de pronto a nuestro egoísmo natural, a nuestra reserva. Por un instante nos vimos bajo un aspecto mejor, o diferente. Esforzados, tal vez. Solidarios en una inesperada causa común. Casi buena gente. Luego, un poco avergonzados, nos saludamos en voz baja y regresamos despacio cada mochuelo a su olivo. La luz de la ambulancia seguía lanzando destellos ante la casa de más allá. Pero Pepe y Luisa estaban bien, y esa era ya otra historia.

27 de junio de 1999

domingo, 20 de junio de 1999

La estocada de Nevers


Pues sucede que paso por la puerta de un cine y miro el cartel. Anda tú, me digo. Una de espadachines. Y además francesa, que las hacen estupendas, y son ahora al buen cine histórico y de aventuras europeo lo que Hollywood era a mediados de siglo. Total, que miro las carteleras y el titulo. ¡En guardia!, se llama. Hay algo más pequeño escrito debajo, entre paréntesis, pero estoy lejos y no alcanzo a leerlo bien. Así que me acerco, y mientras lo hago compruebo que los actores son Daniel Auteuil, aquel formidable Enrique el Bearnés de La reina Margot, y Vincent Pérez, el caballero de La Móle que se liga a Margarita de Valois en esa misma película, y que también hace, por cierto, del Cristian rival de Depardieu en Cyrano. Ésta no sé de qué va, me digo. Eso de En garde! no me suena en gabacho para nada: ni a película, ni a novela. Pero da igual. Tiene buena pinta, y se me hace la boca agua. Lo mismo encima la peli es de Chereau, o de Tavernier, y me compro una bolsa de palomitas y me pongo hasta arriba de estocadas. Seguro que al menos éstos no tienen la intención de contármelo todo sobre su madre.

Entonces llego por fin más cerca del cartel, y miro los fotogramas de la película y compruebo, algo mosqueado, que me traen un aire familiar. Y luego alcanzo lo que pone entre paréntesis debajo de ¡En guardia! y entonces sí que me quedo patedefuá. Le Bossu, leo, mirando hacia arriba con la boca abierta y cara de lelo. Le Bossu, tal cual, en francés. Y al que no parle, que le den. Eso es lo que se habrán dicho los distribuidores españoles, capaces de todo menos de llamar a una cosa por su buen y viejo nombre de toda la vida. Qué más da. Al fin y al cabo la historia original sólo es un puñetero libro. Aunque, conociendo como conozco en persona a algunos distribuidores locales de cinematógrafo, dudo que muchos hayan oído hablar nunca de la historia original. Ni de ésa ni de ninguna otra que venga en letra impresa. Así que, bueno. Allí, en la puerta del cine, reacciono y alzo un puño indignado clamando al cielo. Después blasfemo en arameo. Imbéciles, farfullo. Hay que ser imbéciles y cantamañanas para estrenar en España El Jorobado, y no llamarlo por su nombre.

Cualquier lector de pata negra sabe a qué me refiero. O cualquier cinéfilo que recuerde a Pierre Blanchard, a Jorge Negrete o a Jean Marais —mi favorito era este último— interpretando en la pantalla al intrépido Enrique de Lagardére, el Parisién, el antiguo alumno de los maestros de armas Cocardasse y Passepoil oculto bajo la deforme apariencia de El Jorobado, el espadachín que rescata del pasado la famosa estocada de Felipe de Nevers —«yo soy, yo soy»—, su amigo de una trágica noche en los fosos del castillo de Caylus, para proteger a la huérfana Aurora de las maquinaciones del malvado Gonzaga. Cualquier lector que haya disfrutado con el soberbio folletín de Paul Feval —hay una edición estupenda en la editorial Anaya— no puede menos que sentirse personal y directamente agraviado al descubrir, bajo el camuflaje del título ¡En guardia!, una de las raras y felices conexiones que a veces se dan entre cine y literatura, donde obra literaria y resultado cinematográfico se encuentran a la altura una de otra. Donde el espectador o el lector avisados pueden buscar el complemento en el libro o en la pantalla, enriqueciendo así más su percepción de la historia que leen, o que escuchan y miran. Es una lástima que la estupidez, la ignorancia, la moda, la dictadura del mercado norteamericano, facilitada por una Administración española analfabeta y servil, hagan imposible todo eso. Si la historia original es un libro —dicen aquí— por famoso que sea, no merece la pena indicar el título. A fin de cuentas los libros no los lee nadie; así que mejor un titulo de acción. Algo espectacular, que suene a Hollywood. Y eso de El Jorobado suena fatal. Un jorobado no tiene cuerpo danone, ni se viste de rapero. Además, la palabra joroba es políticamente incorrecta, en estos tiempos de gente guapa. A ver qué quinceañero irá al cine si le hablas de tipos encogidos y de pepinillos en vinagre. Si fuera de terror, todavía. Pero ni siquiera salen Freddy Krüger o el muñequito Chucky. Así que no jorobes: el subtítulo en francés, para que no se entienda. Y en cuanto al Lagardére ese, puede irse dando con un canto en los dientes. Porque, en vez de ¡En guardia!, podíamos haberla titulado Estocator IV.

20 de junio de 1999

domingo, 13 de junio de 1999

El pequeño serbio


Pues eso. Que estaba el arriba firmante sentado el otro día en una terraza de la plaza de San Francisco de Cádiz, mirando la vida. Y en la mesa contigua había un matrimonio joven con dos zagales, dos enanos rubios de entre siete y nueve años, y el mapa desplegado, y la cámara de fotos. Y yo, que tenía más hambre que un caracol en la vela de un barco, desayunaba un mollete untado de aceite; y entre mordisco y mordisco al pan caliente miraba la plaza, y las palomas revoloteando frente a la puerta de la iglesia. También miraba a los dos niños, a quienes sus papis acababan de comprar dos tirachinas de esos que antes los críos fabricábamos en plan artesanal, con un trozo de madera en V, tiras de neumáticos, un retal de cuero y un palmo de alambre, y que ahora se venden en las tiendas y en las jugueterías, y valen una pasta. Que por cierto tiene tela, tanta capullez sobre los juguetes bélicos y las armas y las navajas de Albacete, y resulta que cualquier parvulito puede comprar un tirachinas de precisión para saltarle un ojo al vecino, o un huelguista de la Bazán ponerle un tornillo dentro y perforarle la visera del casco a un antidisturbios. Que no tengo yo nada contra el hecho en sí, y cada cual perfora lo que cree conveniente; pero extraña que por un lado el personal se lleve las manos a la cabeza, y por el otro ponga las cosas tan a huevo.

En fin. El caso es que allí, imagínense, están los dos niños con sus tirachinas recién comprados, y yo sigo con mi desayuno mirando cómo se pasean las palomas, y cómo un palomo muy seguro de sí y muy flamenco hincha el buche sacando pecho y se contonea entre las marujillas plumíferas, que hacen corros y lo miran de reojo, bucheando, o zureando, lo que sea que hacen las palomas en voz baja cuando el cuerpo les pide marcha. Y estoy en ésas, pendiente de a cuál se liga el Travolta del palomo, cuando de pronto se me atraganta medio mollete porque oigo al niño rubio mayor decirle a su hermano rubio menor: “Vamos a espantar palomas”. Miro al padre, suponiendo que ha oído lo mismo que yo, y compruebo que el padre sigue leyendo con mucha calma el periódico. Miro a la madre, rubia, muy bien vestida, y compruebo que desliza su mirada lánguida por la plaza, apática e impasible, mientras sus dos criaturas se ponen en pie y, lanzando gozosos gritos de guerra, cogen guijarros de las jardineras municipales y empiezan a sacudir chinazos a diestro y siniestro. A Travolta lo pillan descuidado, metiendo barriga y sacando pecho, y de una pedrada le cortan el rollo y la digestión de las miguitas que acababa de jalarse al pie de mi mesa. Luego los tiernos infantes se ponen al dispararles a las palomas con precisión letal de francotiradores serbios, y la plaza se vuelve revoloteo de palomas acojonadas y plumas que flotan en el aire. Alucino. Miro al padre, que sigue pendiente de su periódico. Miro a la madre, que observa silenciosa la almogavaría de sus pequeños gamberros. Miro las dos cabecitas rubias que van y vienen gozosas desde hace cinco minutos largos, disfrutando del momento inolvidable que sin duda, dentro de cuarenta años, cuando se reúnan a cenar por Navidad, ambos evocarán con lágrimas en los ojos, por aquello de que la infancia es el paraíso perdido, etcétera. La madre me mira. Ha debido leerme el pensamiento, porque desvía los ojos hacia sus niños y luego vuelve a mirarme. Entonces, saliendo de su apatía con un esfuerzo casi físico, llama al mayor. Paquito, le dice. Paquito, ven inmediatamente y trae a tu hermano. Paquito no le hace ni puto caso y sigue a lo suyo. La madre deja transcurrir otro minuto, me mira de nuevo e insiste. Paquito. A esas horas, la paloma más cercana está en lo alto del campanario, y Paquito regresa con su hermano, sudoroso, vencedor cual César tras darse una vuelta por las Galias. Con los tirachinas traen, como trofeo, sendas plumas blancas de la cola del pobre Travolta, que a estas horas debe volar a ciento ochenta por hora camino de Ciudad El Cabo. Con mucho alarde, la madre les confisca por fin el armamento. Paquito me mira con ojos de odio, intuyéndome culpable. Se parece, me digo, a aquel soldado que quiso matar a un prisionero en KuKunjevac, Croacia, septiembre del 91, y no lo hizo porque la cámara de Márquez lo estaba filmando. Y es que algunos hijos de puta ya prometen desde su más tierna infancia. Uno se los tropieza lo mismo en Cádiz que en Kosovo, con tirachinas o con fusil de asalto Kalashnikov, y sospecha que no siempre Herodes o Javier Solana degollaron inocentes.

13 de junio de 1999

domingo, 6 de junio de 1999

Elogio del mercenario


Ocurrió hace poco, cuando una periodista me entrevistaba con motivo de un reciente trabajo. “Fue un trabajo mercenario y divertido", dije, y observé que mi interlocutora daba un respingo, escandalizada. “¿Puedo decir eso exactamente: mercenario?”, preguntó. “Claro —respondí—. ¿Qué tiene de malo un trabajo mercenario?... Usted misma lo es. Viene a entrevistarme porque le pagan un sueldo”. No pareció muy convencida, e ignoro cuál fue el tratamiento final que dio al asunto. Por la cara que puso, prefiero no saberlo. Pero aquello me hizo reflexionar. He advertido con frecuencia, en conversaciones con periodistas o con lectores, incomodidad cuando pronuncio la palabra mercenario para definir etapas de mi vida como reportero, o esos trabajos que uno realiza simplemente porque le apetece y le pagan. Supongo que no es un término políticamente correcto. Suena mejor voluntario entusiasta, claro. O apasionado vocacional. Hemos llegado al punto de soplapollez en que si dices que haces un trabajo lo mejor que puedes, porque lo cobras y porque eso incluye cumplir con eficacia, la gente te mira raro. Por lo visto esperan que vayas a la guerra y te vuelen los huevos y escribas libros o toques la flauta por amor al arte y por altruismo. Y que además seas humanitario, honesto, solidario, guapo y finalista del Planeta. Como Mendiluce.

Pues no. A mí me van a disculpar ustedes, pero la palabra mercenario me pareció siempre de lo más honrosa. En realidad desconfío automáticamente, por experiencia y por instinto, de los voluntarios entusiastas teóricamente movidos por una fe, un libro o una idea. Cuando la vida los pone en situaciones extremas, suelen ser crueles e imprevisibles. Nada hay más turbio y peligroso que tener a Dios o una causa justa de tu parte. Sin embargo, que un fulano o una fulana hagan un trabajo por la debida soldada, y a cambio den lo mejor de su experiencia profesional, ya sea para sostener algo en lo que creen o para realizar cosas que les importan un carajo, incluido hacerle al prójimo un francés, me parece de perlas. Ahí nadie se llama a engaño. Por supuesto, hay mercenarios honestos y mercenarios deshonestos, y eso ocurre entre los que degüellan y entre los que aprietan tornillos en la Renault, entre los albañiles y entre los francotiradores. Los límites éticos ya son otra cuestión, —y cada cual decide los suyos—. Pero, en términos generales, mi ideal profesional ha sido siempre quien hace su curro de la forma más eficaz posible; el que se bate hasta el límite de sus fuerzas, porque en el trabajo bien hecho está su dignidad personal. No hay otro estipendio digno que el que ganas con tu resuello y con tu sangre. Y lo demás son milongas.

Y aún diré más. Durante veintiún años como reportero en lugares donde la moral ortodoxa no vale una puñetera mierda, siempre preferí trabajar con mercenarios eficaces antes que con voluntarios aficionados. Estos últimos me dejaron tirado muchas veces con variados pretextos. De pronto recordaban que tenían que ir a ocuparse de su anciana madre, o a hacer pipí, o a poner un telegrama. Sin embargo, cuanto más podrido o peligroso era el lugar, individuos de muy dudosa catadura moral, a quienes pagué puntualmente sus servicios tras seleccionarlos con sumo esmero entre lo mejor de cada casa —traficantes, proxenetas, lumis, taxistas, asesinos, torturadores, intérpretes, policías— fueron, en su mayor parte, eficaces colaboradores que corrieron riesgos inauditos por cien dólares diarios y que se ganaron de sobra esa pasta dejándose el pellejo, alguno para siempre, en el asunto. E incluso ahora que me busco la vida por derroteros apacibles, sigo prefiriendo a un punto filipino que sea buenísimo en su trabajo, y cobre por ello, antes que a un aficionado voluntarioso, un simpático tiñalpa al que a la hora de la verdad le tiembla el pulso y no sabe hacer la o con un canuto. Así que lo siento. No tengo el menor complejo a la hora de utilizar la palabra mercenario, que para mí sólo es sinónimo de profesional. Al contrario, lamento que no haya más. Y que, entre los que hay, no todos sean pundonorosos y sin complejos, ya se trate de fontaneros, soldados, curas, putas o políticos. Además, si un día alguien me pone una cuchilla en el gaznate, espero que sea un profesional capaz de hacer las cosas con limpieza y eficacia, rápido y como Dios manda, en vez de montárselo en plan chapuza, quiero y no puedo, y dejarme tirado de mala manera, imagínense, media hora desangrándome como un cerdo.

6 de junio de 1999