
Tengo en una vitrina, entre un hueso de ballena de Isla Decepción y el clavo de bronce de la tablazón de un navío de línea que combatió en Trafalgar, una maqueta del Galatea. Es un bonito velero que construí hace treinta años con su casco pintado de verde y blanco, la jarcia de hilo encerado y las velas oscurecidas con agua de té, para darles pátina. Después hice otros más complicados, como el Lawrence, el Derflinger o los cascos del Gjoa y el María Candelaria; pero a ninguno, ni siquiera a la Bounty que presidió mi infancia desde una vitrina familiar, le tengo tanto cariño como al Galatea. Tal vez porque fue mi primera maqueta, y porque trabajar en la lenta y minuciosa construcción de un barco a escala equivale a navegar en él.
Ahora cuenta mi amigo Francisco Peregil que el otro Galatea, el auténtico, que primero fue cliper inglés en la ruta del té, luego arboló pabellón italiano, y al fin fue buque escuela de la Armada española antes de ser relevado por el Juan Sebastián Elcano, ha sido comprado y rehabilitado por una fundación. Y que con ciento tres años de vida en sus cuadernas venerables, vuelve a estar a flote convertido en museo, lugar de conferencias y centro de recreo para niños. Cuando lo supe, no daba crédito. La noticia era extraordinaria. Un barco español rescatado del desguace, y de la herrumbre, y de la muerte infame que aquí destinamos a todo cuanto tiene que ver con la memoria. Algún ministro estaría borracho, dije, y se le olvidaría venderlo como chatarra. Pero al fin me enfrenté a la realidad habitual: la fundación es escocesa, y el lugar, Glasgow. La rehabilitación del Galatea se hizo mediante colectas entre los ciudadanos de allí, después de que el barco, que se pudría en un muelle abandonado de Sevilla, fuera vendido por el Ministerio de Defensa español en once millones de pesetas. Y es que, háganse cargo. El Galatea sólo es un trozo de Historia y una reliquia; y los trozos y las reliquias no le iban a servir para nada a Javier Solana —que no sé qué es ahora, pero sigue enganchado por ahí como una garrapata—, cuando estaba de secretario general de la OTAN, ni pueden llevárselos los ministros ni los presidentes del Gobierno a Kosovo o a sitios así, para hacerse fotos y que los saquen en los telediarios y en la CNN; y no en las páginas culturales de los periódicos, que no las lee nadie, y en ellas no quiere salir ni siquiera el ministro de Cultura.
Confieso que me revienta reconocerlo, sobre todo porque mi vecino Marías, que vuelve a honrarme con su anglofílica vecindad, va a tener materia de choteo. Pero hay semanas que lamento no ser británico. En especial cuando me entero, por ejemplo, de la suerte que puede correr otra reliquia: el antiguo cuartel de Instrucción de Cartagena; un magnifico edificio del siglo XVIII con muelle al mar, que todavía es propiedad de la Armada y podría ser un extraordinario recinto para el museo local de Marina, incluyendo algún barco de esos que la Armada desguaza y que podría ser conservado allí, con salas magnificas y una buena biblioteca náutica. Eso, al menos, es lo que desearíamos algunos. Pero dedicar un recinto en condiciones a hablar de Trafalgar y de Sarmiento de Gamboa y de los fuertes del Callao o de los jabeques de Barceló es algo que harían los ingleses. Incluso los franceses. Aquí, salvo en el caso del excelente Museo Naval de Madrid —cuya visita les recomiendo—, se hace lo de las Atarazanas de Barcelona: reconvertirse a narrar las indiscutibles gestas universales de la marina catalana y esconder en el sótano todo lo demás. Así que mucho me temo que el destino de ese antiguo y noble edificio sea caer en manos del ayuntamiento para convertirse en dependencia municipal a base de metacrilato y rehabilitación de diseño, o —lo más probable— pasar a manos privadas como centro comercial con multicines y hamburgueserías. Que es más práctico y da más pasta.
De cualquier modo, y volviendo al Galatea, tampoco vayan ustedes a creer que toda la dignidad se ha perdido en este asunto. Nada de eso. Porque cuentan los escoceses que, después de gastarse otros 650 kilos en rehabilitar el barco, cuando quisieron completarlo comprando también el mascarón de proa, que está en una base naval de El Ferrol, la patriótica respuesta española fue: «Se lo llevarán ustedes cuando el Reino Unido nos devuelva Gibraltar». Con un par de huevos. Y es que ya se sabe. En el Ministerio de Defensa y en la Armada, más valen mascarones sin barcos, que barcos sin honra.
12 de diciembre de 1999
Ahora cuenta mi amigo Francisco Peregil que el otro Galatea, el auténtico, que primero fue cliper inglés en la ruta del té, luego arboló pabellón italiano, y al fin fue buque escuela de la Armada española antes de ser relevado por el Juan Sebastián Elcano, ha sido comprado y rehabilitado por una fundación. Y que con ciento tres años de vida en sus cuadernas venerables, vuelve a estar a flote convertido en museo, lugar de conferencias y centro de recreo para niños. Cuando lo supe, no daba crédito. La noticia era extraordinaria. Un barco español rescatado del desguace, y de la herrumbre, y de la muerte infame que aquí destinamos a todo cuanto tiene que ver con la memoria. Algún ministro estaría borracho, dije, y se le olvidaría venderlo como chatarra. Pero al fin me enfrenté a la realidad habitual: la fundación es escocesa, y el lugar, Glasgow. La rehabilitación del Galatea se hizo mediante colectas entre los ciudadanos de allí, después de que el barco, que se pudría en un muelle abandonado de Sevilla, fuera vendido por el Ministerio de Defensa español en once millones de pesetas. Y es que, háganse cargo. El Galatea sólo es un trozo de Historia y una reliquia; y los trozos y las reliquias no le iban a servir para nada a Javier Solana —que no sé qué es ahora, pero sigue enganchado por ahí como una garrapata—, cuando estaba de secretario general de la OTAN, ni pueden llevárselos los ministros ni los presidentes del Gobierno a Kosovo o a sitios así, para hacerse fotos y que los saquen en los telediarios y en la CNN; y no en las páginas culturales de los periódicos, que no las lee nadie, y en ellas no quiere salir ni siquiera el ministro de Cultura.
Confieso que me revienta reconocerlo, sobre todo porque mi vecino Marías, que vuelve a honrarme con su anglofílica vecindad, va a tener materia de choteo. Pero hay semanas que lamento no ser británico. En especial cuando me entero, por ejemplo, de la suerte que puede correr otra reliquia: el antiguo cuartel de Instrucción de Cartagena; un magnifico edificio del siglo XVIII con muelle al mar, que todavía es propiedad de la Armada y podría ser un extraordinario recinto para el museo local de Marina, incluyendo algún barco de esos que la Armada desguaza y que podría ser conservado allí, con salas magnificas y una buena biblioteca náutica. Eso, al menos, es lo que desearíamos algunos. Pero dedicar un recinto en condiciones a hablar de Trafalgar y de Sarmiento de Gamboa y de los fuertes del Callao o de los jabeques de Barceló es algo que harían los ingleses. Incluso los franceses. Aquí, salvo en el caso del excelente Museo Naval de Madrid —cuya visita les recomiendo—, se hace lo de las Atarazanas de Barcelona: reconvertirse a narrar las indiscutibles gestas universales de la marina catalana y esconder en el sótano todo lo demás. Así que mucho me temo que el destino de ese antiguo y noble edificio sea caer en manos del ayuntamiento para convertirse en dependencia municipal a base de metacrilato y rehabilitación de diseño, o —lo más probable— pasar a manos privadas como centro comercial con multicines y hamburgueserías. Que es más práctico y da más pasta.
De cualquier modo, y volviendo al Galatea, tampoco vayan ustedes a creer que toda la dignidad se ha perdido en este asunto. Nada de eso. Porque cuentan los escoceses que, después de gastarse otros 650 kilos en rehabilitar el barco, cuando quisieron completarlo comprando también el mascarón de proa, que está en una base naval de El Ferrol, la patriótica respuesta española fue: «Se lo llevarán ustedes cuando el Reino Unido nos devuelva Gibraltar». Con un par de huevos. Y es que ya se sabe. En el Ministerio de Defensa y en la Armada, más valen mascarones sin barcos, que barcos sin honra.
12 de diciembre de 1999


















