lunes, 19 de mayo de 2003

Judas era un bendito


La verdad es que me están haciendo un lío con tanto revisar el pasado para darle nuevas interpretaciones, y con tanto neohistoriador volviendo patas arriba lo que, en tu ingenuidad ingenua, creías atado y bien atado. En los últimos tiempos se ha puesto de moda destripar la Historia que uno creía probada, o aceptaba por tradición y tenía como referencia, y al final resulta que no te crees las nuevas interpretaciones pero te hacen polvo las viejas; con lo que terminas más despistado que Javier Arzalluz en una democracia. Y es que, según para qué, a veces vale más una vieja y sólida mentira que una nueva verdad coyuntural y dudosa. Al final, casi siempre da lo mismo: salvo honradas y contadísimas excepciones, todo suele reducirse a que el neohistoriador trinca del pesebre de una autonomía, o pretende escribir un libro que escandalice y epate, o un suplemento dominical le ha encargado algo con garra. En el lado opuesto, entre lo respetable, hasta mi admirado Henry Kamen, que además de perro inglés es historiador reconocido, y cuya biografía de Felipe II recomiendo mucho en esta página pecadora, ha dedicado un nuevo libro de setecientas once páginas a demostrar que la creación del imperio español de los siglos XVI y XVII fue un fenómeno de globalización donde el mérito, más que de los de aquí -en realidad sólo miraban-, fue de portugueses, flamencos, italianos, chinos, aztecas y hasta de los mismos ingleses. Lo que no le discuto yo a Kamen, por Dios. Pero acojona.

Otra figura que está sometida a revisión histórica en los últimos tiempos es la de Judas. Como lo oyen. Iscariote, Judas. Nacido en Judea, soltero, zelote, suicida, tesorero de Jesús, por más señas. Y ahora resulta que, según neohistoriadores expertos en la Biblia y en literatura cristiana primitiva, la idea que tenemos del fulano es errónea. Porque mi primo no fue tan malo ni avaro ni traidor como creíamos. Niet. Tras analizar las rigurosas fuentes históricas disponibles -me refiero a los Evangelios-, ciertos estudiosos han llegado a la conclusión de que Judas era buen chico, aunque algo introvertido, y un administrador tan eficiente que Jesús le encomendó la cartera de Hacienda de su gabinete. Además, gestionó tan bien el asunto de los gastos y las dietas que los Doce se patearon Judea con el Maestro sin privarse de nada -los panes y peces iban de gañote- y hasta sobraba para dar limosna. Lo que pasa, y juro por mis muertos que cito conclusiones publicadas por los llamados expertos, es que Judas tenía mucha conciencia política. O sea. Era judío ultranacionalista como los que ahora votan a Sharon, y no le perdonaba al Maestro que fuera tan manso en vez de sublevarse contra los imperialistas yanquis. O romanos. A este respecto, un catedrático de la Complutense afirmaba hace unos días que lo de Judas con Jesús fue, más o menos, como el asesinato de Yoyes por ETA. Aunque no falta quien relaciona semánticamente Iscariote con sicario, y deduce que en realidad era un infiltrado del Sanedrín, o del Pretorio: un topo Gigio. Personalmente, la versión que más me pone es la de un biblista que sostiene que Judas no se suicidó, sino que los otros discípulos, al enterarse de la traición del colega, le dieron las suyas y las de un bombero. Bang, bang. Vendetta.

Y es que parece mentira, ¿no? Tantos siglos sin que nadie se fijara en esos detalles, y ahora en cosa de cinco o seis años, hala. Todo a replanteárselo uno. Me resisto a pensar que se deba a que nos hemos vuelto tan superficiales charlatanes que cualquier gilipollez, por peregrina que sea, la tomamos en serio. Pero no creo. Sin duda lo que pasa es que ahora somos más sabios e imaginativos. Deben de ser las nuevas técnicas, el carbono 14 aplicado a la Informática, o algo así. La cultura como movimiento uniformemente acelerado. Sin excluir, claro, el morro de algunos. Yo mismo tengo varias ideas al respecto. Cuando se me acabe rollo y no se me ocurran más novelas para ganarme la vida, pienso dedicarme a revisar Historia usando como fuente documental los suplementos dominicales, Internet y los tebeos de El jabato. Sacar del armario al Cid y a su íntimo capitán Alvar Fáñez, por ejemplo, es uno de los asuntos que tengo previstos, antes de que me lo pise alguien. Desmontando, por puesto, el patinazo histórico de Menéndez Pi al llamar machote y Cid a Rodrigo Díaz de Vivar -Sidi, en morapio- cuando está documentalmente probado por un cuñado mío que lo que decían los moros y los amigos era Sisí.

18 de mayo de 2003

lunes, 12 de mayo de 2003

Cada domingo, un bosque


Cada domingo, al comprar los periódicos, se me calienta la conciencia ecológica. Y además se me calienta la boca cuando voy de vuelta a casa cargado con kilos de papel engorroso e inútil, que no sé por qué eligen siempre el domingo para trufarlo todo de anuncios y extras; y a poco que me descuide se me cae algo, o todo. Y, como Pulgarcito por el bosque, en vez de migas de pan voy dejando un rastro de suplementos y cuadernillos por la floresta, cargado con papel multicolor, páginas especiales, folletos publicitarios y demás. De ese modo -añadamos dos barras de pan y supongamos que encima llueve- pueden imaginarse el cuadro. Fíjense. Salgo de la tienda con la Biblia en pasta bajo cada brazo, sujetando las barras de pan con la barbilla. Pero a los pocos pasos la curiosidad me pierde, e intento leer los titulares para averiguar, por ejemplo, el último anacoluto del Congreso de los Diputados, o el malestar porque las escolares dedican demasiadas horas a la lengua española, o castellano -que es innecesaria en los mensajes de teléfono móvil, y que a fin de cuentas sólo la usan cuatrocientos millones de fascistas en todo el mundo- en vez de empollarse bien el silbo canario, la historia de la pintura autóctona de Zahara de los Atunes o las obras completas en fabla aragonesa de Marianico el Corto.

Pero cuando intento pasar la página cae al suelo un folleto que dice: Obras maestras del arte bizantino, en emisión numerada, y otro titulado: España, sello a sello. Los recojo, aunque la verdad es que, en ayunas, el arte bizantino y el sello me importan un carajo; y lo de España empieza a importarme lo mismo, pues ya juré el otro día que no me cogerán vivo cuando sea viejo e indefenso. No en este país de cojos Manteca, de Prestiges de los que nadie dimitió ni nadie se acuerda, de becarios de Bush, de cabras tiradas del campanario, de demagogos oportunistas y de monumentos vivos del neolítico. O me exilio antes, si puedo, o me compro una escopeta y una caja de posta lobera del 12. Pero volviendo al papeleo dominical, les decía que se desparrama todo. Así que a los pocos pasos, se me caen una barra de pan y tres colorines de fin de semana rebosantes de palpitante actualidad -Cremalleras a la vista: la moda del nuevo hombre- y de útiles consejos domésticos. Un titular me deja especialmente pensativo, tuteo aparte: ¿Tienes problemas de estreñimiento?

Prosigo mi camino quitándole con el codo la tierra a la barra de pan, y cazo al vuelo, antes de que se me caiga, un suplemento femenino que reza: La moda: consejos para salir a la calle. Qué haría uno en el proceloso mar de la vida, concluyo, sin tales consejos. Pruébala, dice un folleto adjunto: Un año sin cuota anual. Por un momento creo que se refiere a la prójima del folleto, que se parece mucho a Inés Sastre. O es. La pruebo aunque sea con cuota, me digo. Pero luego veo que no; que se trata de una tarjeta de crédito. Sigo adelante, orgulloso de mi habilidad manual parezco un malabarista de platos chinos, con toda la puta masa de papel móvil en equilibrio-, cuando veo mi gozo en un pozo: don José, el párroco, que está fumándose un truja en la puerta de la iglesia, me advierte de que se me ha caído algo. Hijo, añade. Y yo pienso: maldición. Con cireneos así, no necesito romanos. Me vuelvo a mirar y, en efecto, un colorido folleto proclama: Ahorra 107 €. Pisoteamos los precios.

Al volverme se caen ocho kilos de papel. Reprimo un juramento por respeto a don José y al recinto sagrado. Después me agacho, lo recojo todo ¿Cómo perderte este chollo?, proclama un catálogo para el hogar que incluye un eficaz cortacallos-, barajo papel, sigo mi viacrucis. Por fin veo una papelera, y meto las tres cuartas partes de lo que llevo encima. Hala. Medio bosque talado para mí, a tomar por saco. Hogar, dulce hogar. Pese a todo, la prensa vuelve a desparramarse por el suelo cuando busco la llave de la puerta. A estas alturas, las barras de pan se encuentran en tal estado que decido dárselas a Mordaunt, mi perro. Por fin me siento a leer lo que conseguí salvar de la anábasis. Entre el amasijo de papel arrugado aún asoma una hoja naranja fosforito: Decide que tu dinero te dé más. Mientras lo decido, veo que El País habla bien de Aznar, y que El Mundo dice que Zapatero tiene futuro. Luego compruebo que, juntando papeles, he metido los suplementos dominicales en periódicos equivocados. Al reordenarlos, se abre El Semanal por las páginas centrales: El ano del mundo, leo. Oichsss. Qué finos nos hemos vuelto, rediós.

11 de mayo de 2003

lunes, 5 de mayo de 2003

Eso del glamour


A ver si nos aclaramos con el concepto. Cariños. ¿Hotel qué? ¿Glamour?... No me fastidien. Plis. El glamour, diría el buen Terenci Moix que en paz descanse, es una cosa muy seria, que incluso puede crear mitos que cambien tu vida. Glamour es palabra inglesa de Inglaterra, de Shakespeare y de la gente aquella, consagrada luego en la época dorada del cine de Hollywood. Significa literalmente encanto, atractivo. En español, acción o efecto de encantar: someter a poderes mágicos, o así, a través de una persona o cosa que suspende o embelesa. O sea, que él o ella bajan la escalera despacio, o la suben delante de ti, y te dejan hecho literalmente agua de limón. Lo que pasa es que, en este país de trileros, mangantes y borregos, alguien, o varios, equivocaron el concepto y barajaron las páginas del diccionario de la Real, y han terminado atribuyéndole a glamour un significado secundario de la palabra encantar, que proviene del antiguo encante -del catalán en canta en cuanto- y que significa exactamente vender en pública subasta. Eso ya encaja más en el estado actual de las cosas, y explica el equívoco. Pero claro. De decir que te suspenden o embelesan, encerradas en un hotel mientras se rascan el chichi delante de la cámara, un par de mamíferos cánidos de menos de un metro de longitud, incluida la cola, de hocico alargado y orejas empinadas y pelaje pardo rojizo, que abunda en España y caza con gran astucia toda clase de animales, incluso de corral, etcétera, etcétera, a decir que se venden en pública subasta, hay un abismo. O dos.

No, hijas. No. O hijos. Glamour es otra cosa. No es, desde luego, el majarón de Pocholo Martínez Bordiú -hay que tener huevos, por cierto, para llamarte Pocholo con cuarenta tacos- corriendo por el escenario como en el chiste del conejo que se tragó un tripi, o Aramis Fuster acomodándose las tetas donde puede, o la respetable señora Seisdedos entronizada madre Coraje de las Españas, o Dinio, garañón de las Antillas, fundiéndose los propios plomos a la hora de establecer, sin liarse, sujeto, verbo y predicado. O, no se los pierdan tampoco, esos mensajes telefónicos que envían telespectadores de fina hondura intelectual; con cuyos textos, los dignos realizatas del programa intensifican la sensación glamourosa subtitulando todo el rato, en plan Tamara te kremos por wapa y umilde, o Yola, ke vuena sts. Te komerya el cono. Ni siquiera los esfuerzos de Jesús Vázquez, que lo hace muy bien, da guapo en la tele y es un simpático fulano digno de mejores causas, repitiendo una y otra vez que están en el hotel Glamour, o Glam, o lo que sea, bastan para justificar el palabro. Usarlo en semejante contexto infame es insultar a los cinéfilos de toda la vida. El glamour es otra cosa, niños y niñas, señoras y señores. A ver si nos enteramos de una puta vez.

Glamour, tomen nota, es Audrey Hepburn elegantísima, descalza y con los zapatos en la mano, delante del escaparate de Tiffany's en Desayuno con diamantes. Glamour es Rita Hayworth llevándose a los labios entreabiertos, con mano temblorosa, el cigarrillo que le enciende Orson Welles en La dama de Shangai, o quitándose un guante frente a Glenn Ford en Gilda. Glamour es Debra Paget bailando frente a la serpiente de La tumba india. John Wayne recortado en la puerta del rancho de Centauros del desierto, o con la camisa mojada, besando a Maureen O'Hara en El hombre tranquilo. Lauren Bacall contoneándose con la música del piano al ir al encuentro de Bogart en la última secuencia de Tener o no tener. Gary Grant en Charada. Gregory Peck en El mundo en sus manos. Silvana Mangano con las medias rotas en Arroz amargo. Gary Cooper en Solo ante el peligro. Shirley MacLaine en El apartamento. Gloria Swanson bajando por la escalera ayudada por Erich Von Stroheim en El crepúsculo de los dioses. Sophia Loren en La sirena y el delfín. Marlene Dietrich usando como espejo para maquillarse el sable del oficial que manda su piquete de ejecución en Fatalidad. Robert Mitchum en Retorno al pasado. Ava Gardner yéndose del casino del brazo de Rosanno Brazzi en La condesa descalza, o bailando en la playa con los criados mejicanos en La noche de la iguana. Greta Garbo dejándose robar las perlas por John Barrymore en Gran Hotel. Kim Novak en Picnic. Burt Lancaster caminando con la sombra de la muerte del príncipe Salina pegada a los pies en las últimas escenas de El gatopardo. Etcétera. Eso es glamour, y lo otro es Hotel Caspa. A ver si nos enteramos. Imbéciles.

4 de mayo de 2003

domingo, 27 de abril de 2003

Una ventana a la guerra


Murieron en Iraq hace unas semanas. No sé si cuando esto se publique habrá alguno más. En cualquier caso, españoles o no, seguirán muriendo; en ésta o en la siguiente guerra. Eso nada tiene que ver con la ingenuidad de quienes sueñan con un mundo perfecto, ni con la obscena demagogia de quienes convierten en votos cada niño quemado y cada muerte. Ninguna guerra es la última, porque el ser humano es un perfecto canalla. Y para contar lo más brutal de esa infame condición humana, seguirán muriendo periodistas.

No conocía a Julio Anguita Parrado ni a José Couso. Eran jóvenes, y yo me jubilé después de los Balcanes; donde, por cierto, enterramos a cincuenta y seis colegas. No sé qué llevó a Julio y José hasta el misil o la granada que los mató, aunque puedo imaginarlo. En cuanto a por qué murieron, debo decir lo que creo: que murieron porque querían estar allí. Fueron voluntarios a un lugar peligroso, y el padre de Julio Anguita lo resumió con una entereza admirable: "Mi hijo murió cumpliendo con su deber". Punto. Hacían un trabajo duro, y salió su número. En la lotería donde se combinan el azar y las leyes de la balística, les tocó a ellos. Suma y sigue. El resto es demagogia y literatura.

Por qué estaban allí, supongo que es la pregunta. Por qué cerca de la línea de fuego, como Julio, o filmando asomado a una ventana en plena batalla, como José. No por dinero, desde luego. Ni por amor desaforado a la información y a la verdad. Tampoco, como he oído decir estos días, por amor a la humanidad, para detener con su testimonio las guerras. La milonga del periodista buen samaritano es una tontería. Ni siquiera Miguel Gil Moreno, a quien han estado a punto de beatificar desde que cascó en Sierra Leona, iba por eso. Uno ayuda, claro. Lo hace cuando puede. Incluso a veces piensa que su trabajo puede cambiar algo. Pero de ahí a que un reportero sea un filántropo media un abismo. En veintiún años de oficio no encontré ninguno así. Al contrario. Nunca conocí a un reportero que al sonar el primer cañonazo no sintiera la excitación, el hormigueo, de quien empieza una aventura peligrosa y fascinante. Luego vienen los años, la reflexión y la experiencia. Te asustas y no vuelves; lo sigues, y te matan o te haces una reputación. Mientras, en tu corazón cambian algunas cosas. Descubres responsabilidades y remordimientos. Pero eso ocurre después. Digan lo que digan quienes no tienen ni idea del asunto, lo que lleva a un periodista a sus primeros campos de batalla es poder decir: estuve allí. Pasé la más dura reválida de mi perro oficio.

Hablar de asesinatos particulares en una guerra donde mueren miles de personas es una incongruencia. Montar el número de la cabra en torno a la muerte de un reportero -aparte el respetable dolor de familia y amigos-, es insultar la memoria de un profesional valiente que ha hecho su oficio con impecable dignidad, pagándolo con su pellejo. Por supuesto, cuando un tanque lo mata hay que procurar reventar al cabrón del tanque, si se puede. Pero con realismo, no con retórica idiota. Un combate, una batalla, son un caos de miedo, incertidumbre y bombazos, y nadie puede esperar que la gente se comporte con humanidad o cordura. Quien se asoma a una ventana a filmar, lo sabe. Y si no lo sabe, no debería estar allí. El problema con toda esta demagogia es que al final la gente termina creyéndose eso de la guerra limitada y las bombas inteligentes, y de tanto oír tonterías a los políticos y a la prensa del corazón -que esa es otra, el periodismo basura hablando de compañeros muertos-, al final existe el riesgo de que los periodistas crean que los ejércitos son oenegés y la guerra un juego virtual con reglas y principios, y se metan allí creyendo que alguien va a garantizarles la piel o la vida, que cuando se vaya todo al carajo detendrán los combates para evacuarlos, o se pedirán responsabilidades morales y económicas al marine con fatiga de combate y gatillo fácil, o al negro que te rebane los huevos con un machete. Por eso me inquietó que el otro día un telediario anunciase que el Ministerio de Defensa español comunicaba que no garantizaba la seguridad de los periodistas españoles en Bagdad. Naturalmente. Ni el español, ni el norteamericano, ni nadie. Claro que no. Ni en Bagdad, ni en Sarajevo, ni en Saigón, ni en el saco de Roma, ni saliendo del caballo de madera, en Troya. Las guerras son, a ver si nos enteramos, peligrosas y putas guerras. Nos ha vuelto tan estúpidos que de semejante obviedad hacemos una noticia.

27 de abril de 2003

domingo, 20 de abril de 2003

No me cogeréis vivo


Lo apuntaba el otro día: no estoy dispuesto a caer vivo en manos de los españoles, cuando sea anciano e indefenso. Porque vaya país peligroso, rediós. Cómo nos odiamos. He vuelto a comprobarlo estos días, con lo de Iraq. Observando a unos y a otros. Porque aquí, al final, todo acaba planteándose en términos de unos y otros. Pero es mentira eso de las dos Españas, la derecha y la izquierda. No hay dos, sino infinitas Españas; cada una de su padre y de su madre, egoístas, envidiosas, violentas, destilando bilis y cuyo programa político es el exterminio del adversario. Que me salten un ojo, es la única ideología cierta, si le saltan los dos a mi vecino. A mi enemigo. Pues quien no está conmigo, incluso quien no está con nadie, está contra mí. Y cogida en medio, entre múltiples fuegos, está la pobre y buena gente -buena hasta que deja de serlo- que sólo quiere trabajar y vivir. Que sale a la calle con la mejor voluntad, dispuesta a defender con mesura y dignidad aquello en lo que cree; y que a los cuatro pasos ve -aunque nunca lo ve a tiempo- cómo una panda de oportunistas demagogos se apropia del grito y la pancarta. Cómo salta el ansia de degüello en cuanto hay oportunidad, y más si el tumulto facilita la impunidad, el navajazo sin riesgo, la agresión cobarde, el linchamiento. Dudo que otro país europeo albergue tanta rabia y tanta violencia. Tal cantidad de hijos de puta por metro cuadrado.

Qué cosas. Aquí nadie gana elecciones por su programa político ni por la bondad de sus líderes, sino que quien gobierna, al cabo, cae en la arrogancia del caudillismo, pierde el sentido de la realidad y se destruye a sí mismo. Entonces el otro partido emergente y el resto de la oposición se suman con entusiasmo a la tarea de apuntillarlo, en una pedrea donde vale todo; incluso ensuciar y destrozar, no sólo el respeto a este viejo y desgraciado lugar llamado España, sino también, con irresponsabilidad suicida, los mecanismos que hacen posible la esencia misma del juego democrático. Así ocurrió durante el desmoronamiento de aquel Pesoe víctima de su corrupción, de la soberbia y cobardía de un gerifalte y del silencio abyecto de las cabezas lúcidas que no osaron discrepar, renovar, adecentar. Y en la agonía de ese partido, del que tantos esperábamos que a España no la conociera ni la madre que la parió, entraron gozosos, a saco y con maneras bajunas que hicieron escuela, todos los buitres de la oposición, encabezados por quienes hoy gobiernan: a la degollina fácil, y maricón el último. Poniendo las instituciones, las reglas del juego y el sentido común en el cubo de la basura; dispuestos a llevárselo todo por delante con tal de derribar al enemigo, e infligiéndole a España incluso a la idea que de España tiene la derecha un daño irreparable del que todavía cojea, y cuyo precio paga ahora el Pepé en sus carnes morenas.

No puede extrañar que hoy se hayan invertido los papeles. En un lugar donde no hace falta programa político para ganar elecciones, sino que basta con esperar el suicidio del contrincante -o dejar que te lo acosen y maten otros, como hace el Peneuve-, la guerra de Iraq le ha venido al Pesoe de perlas para ajustar viejas cuentas y prepararse el futuro; y también a otras agrupaciones políticas, que habían perdido crédito por el signo de los tiempos o por su incompetencia o estupidez, y ahora disfrutan como un cochino en un maizal saliendo otra vez en los telediarios. Sin olvidar, por supuesto, la mala fe histórica de varios partidos periféricos, encantados de que les dinamiten gratis y por la cara esa España que no es la suya. Pero los comprendo. Ya me dirán ustedes de quién cojones van a proclamarse solidarios, en este paisaje. Recuerden aquella siniestra broma de cuando el franquismo: España, una; porque si hubiera dos, todos nos iríamos a la otra.

No importa que las pancartas o las banderas tengan razón o carezcan de ella. Aquí, razón, cultura, instituciones, no cuentan. Lo que importa es que llega el degüello, suena el clarín, y lo mismo que nadie se atreve solo con el toro de la Vega, y es la chusma enloquecida y cobarde que, armada con lanzas y hierros acuchilla mientras grita adivina quién te dio, ahora todo cristo empalma la chaira al olor de la sangre; díspuesto, una vez más, a llevarse por delante lo que sea, con tal de enterrar al enemigo. Todo vale, todo es presa legítima. Y el día que al fin esto se vaya a lápida grabarán tomar por saco, sobre nuestra: akí, tio, murio Sansón con tos los finisteos. Suponiendo -ésa es otra- que a quien le toque poner esa lápida todavía sepa quién era Sansón. Y que sepa escribir.

20 de abril de 2003

domingo, 13 de abril de 2003

Pendientes de un hilo


Pues eso. Que en menudo berenjenal nos estamos metiendo, a cambio de calentar un vaso de leche en el microondas. Me refiero a que cada día dependemos más de la informática y del satélite de turno. Y como resulta verdad probada que el ser humano es capaz de superar su magnífica inteligencia con su propia y desaforada estupidez, cada paso hacia el bienestar nos acerca también a nuestra ruina. Resolver la vida apretando un botón es algo estupendo, pero sólo mientras ese botón no se vaya al carajo. Y más cuando somos tan imbéciles y tan suicidas que eliminamos, por creerlas innecesarias, todas las alternativas. Verbigracia. El arriba firmante vive en una casa dotada de las comodidades habituales. Y todo funciona, o casi, hasta que se ponen negras las montañas y las tormentas hacen saltar, indefectiblemente, la central eléctrica cercana. Entonces todo se va al carajo, los vídeos se desprograman, la cocina no funciona, la calefacción de gasóleo se apaga, el teléfono borra los mensajes, y durante horas, a la luz de linternas y de velas encendidas, el lugar se convierte en una perfecta casa de lenocinio.

Otro ejemplo. A ver qué calle con dispositivo de alumbrado fotoelectrónico, o como se diga, no se queda con frecuencia más a oscuras que José Feliciano porque fallan los sensores correspondientes. O que levante la mano quien no pase de vez en cuando media hora larga en la cola de la caja del súper porque hay sobrecarga y la tarjeta de crédito no pirula; o en la ventanilla del banco, sin cobrar el cheque porque «se ha caído el sistema». Por no mencionar cuando, pese a la certeza de tener al menos mil mortadelos en Cajamurcia, ves impotente cómo el aparato de la tienda dice nones -«tarjeta rechazada», clama el artilugio con todo el cinismo del mundo- mientras el dependiente te mira con cara de sospecha y tú farfullas excusas como un gilipollas.

Yo mismo acabo de tener jornada de confort a tutiplén. Para empezar, me llama un amigo, cuyo número queda registrado en mi teléfono. Marco el número para responderle, y una voz enlatada me dice que el número marcado no existe. Llamo a información de Telefónica, donde una joven amabilísima hace gestiones y me comunica, caballero, que ese número no figura en el ordenador central de no sé dónde, luego no existe. Pero es que me acaban de llamar de él, arguyo. Nuevas gestiones, y lo mismo. El número no consta. Cuelgo el teléfono, lo descuelgo, llamo otra vez a información, digo el nombre de mi amigo y me dan ese mismo número. Pego dos cabezazos contra la pared para desahogarme, vuelvo al teléfono, marco y sale la misma voz: «El número marcado no existe».

Segunda puntata. Oficina de Correos de mi pueblo. Buenos días, deme un sello para esta carta. Pues no puede ser, me informan. Se ha roto el ordenador, y no salen los sellos autoadhesivos de la máquina. Bueno, digo. Démelo de los del rey que se pegan con un lengüetazo. No hay, es la respuesta. Como estamos informatizados, sólo tenemos los de la máquina informática. ¿Y qué pasa cuando se rompe?, inquiero. Entonces el funcionario de Correos se encoge de hombros y dice: «Vaya usted a comprar un sello a un estanco que ésos no están informatizados todavía».

Tercer acto. Nocturno. Se dispara la alarma de mi coche. Salgo, le doy con la llave electrónica, pero sigue sonando. Meto la llave en la cerradura para ver si abriendo deja de aullar; pero no sólo no deja, sino que el panel dice: «Error electrónico, programar llave». Miro el manual, programo la llave, dos a la derecha uno a la izquierda, y el panel responde: «Operación errónea, motor inmovilizado», y no se jiña en mis muertos de milagro. La alarma, dale que te pego. Abro, cierro, programo, y al fin el panel dice algo así como «fallo general, desconexión general, todo a tomar por saco», el motor arranque deja de responder y el coche se queda muerto, excepto la alarma, que sigue a lo suyo. Desesperado, abro el capó y le quito los cables a la batería, ignorando que las alarmas tienen alimentación autónoma. Y así sigue, el coche fiambre y la alarma berreando toda la noche; y yo, al lado, la llave inglesa en una mano y la linterna en la otra, blasfemando del copón de Bullas en arameo. A oscuras, porque esta noche el sensor las farolas de la calle no sensa. Y al día siguiente, además de la grúa y lo demás, el taller me cobra una pasta: al desconectar la batería desprogramé toda la electrónica del coche, y han tenido que programarla de nuevo.

13 de abril de 2003

domingo, 6 de abril de 2003

Mis daños colaterales


Pues a mí, fíjense, la guerra de Iraq me ha dejado daños colaterales. Y mientras escribo esto, aún no sé cómo va a terminar la cosa. Lo mismo los malvados terroristas de Saddam Hussein han volado ya el Big Ben, o un piloto suicida le ha hecho la mastectomía a la estatua de la Libertad, o han metido el virus de las vacas locas en el metro de Madrid y se están forrando los taxistas. Pero esos daños podrían considerarse de interés general. Egoísta que es uno, me preocupan más los daños colaterales personales. Y de esos llevo ya unos cuantos. El primero es que ahora, cuando me miro el careto en el espejo, veo a un aliado de Estados Unidos y de Gran Bretaña. Y en fin. Se me ocurren ocupaciones más dignas para un individuo de mi nacionalidad y aficiones. Lo malo de la educación reaccionaria de antes es que en el colegio nos hacían estudiar Historia; y entonces uno se enteraba de que, precisamente, Norteamérica y la Pérfida Albión fueron quienes más nos reventaron en el pasado. Y claro, comprobar que ahora llevas el botijo de esos cabrones, traumatiza. Por lo menos a mí, que siempre preferí Stendhal a Faulkner.

El segundo efecto colateral es que toda esta jarana me prueba, otra vez, que los gobiernos de aquí, sean los que sean, gustan de colocárnosla doblada, sin explicaciones, con una arrogancia que, desde Viriato o así, no entiende de ideologías. A lo mejor es que este país de mierda da caudillos en vez de presidentes. Me sentí igual cuando la Ucedé me metió en la OTAN, cuando el Pesoe no me sacó, y, encima, mis amigos Maravall y Solana, sin preguntarle a nadie, nos encasquetaron la LOGSE y convirtieron esto en un yermo de huérfanos analfabetos, poniéndoselo todo a punto de nieve a Bush Junior y a la madre que lo parió.

Tercer daño: me ha salido una úlcera de escuchar a tanto tertuliano de radio y tele barriendo para su pesebre. Y en especial a ciertos paniaguados del Pepé algunos de ellos también fueron succionadores de plantilla con el Pesoe y con la Ucedé -y con quien haga falta- que, a propósito de si los del Washington Post y la CNN hacen bien al apoyar a su gobierno y por enseñar imágenes de la guerra o no enseñarlas, han tenido los santos huevos de pasarse días debatiendo entre ellos mismos sobre ética periodística. Tomándonos a todos por idiotas, y olvidando lo difícil que resulta justificarse cuando hablas con la boca llena.

Otro daño colateral notorio es la impresión de repugnancia que me deja la infame clase política española; que, aunque a veces se apropiara de las pancartas, no estuvo ni de refilón a la altura de la ciudadanía que protestaba en la calle. Apenas he oído argumentos a favor o en contra de la guerra que no sean lugares comunes, sacudidas de caspa o simplezas; y más a esos fulanos del Pepé -Gustavo de Arístegui es una rara y digna excepción en el putiferio- cuya incultura los hace incapaces no ya de debatir sobre una guerra, sino de articular sujeto, verbo y predicado, acojonadísimos por las próximas elecciones, cerrando filas sin que nadie les explique en torno a qué las cierran, mientras el jefe pasa lista. O esos otros grupos parlamentarios de idéntica chatura intelectual, demagogos, ignorantes y sin argumentos excepto lo de que la guerra es mala; cosa que se le ocurre a cualquier imbécil. O, como guinda del pastel, este Pesoe oportunista, repeinado y sin cafeína: «Exigimos enérgicamente esto y lo otro». Qué miedo. Esos argumentos definitivos. Esos razonamientos geoestratégicos de Bambi Zapatero, experto el afirmar lo obvio; como el otro día, cuando dijo que su posición era «no a la guerra, no, no, no y no», y se quedó encantado de su propia finura política. Rediós. Tiemblo de imaginar una España gobernada por esos mantequitas blandas.

Menos mal que hubo una parte jocosa, que me alivia un poco las pesadumbres. Ibarretxe chivándose a la ONU me encantó. Y qué me dicen de Llamazares y su dialéctica. Lo mismo que cuando yo era niño y en el circo esperaba que salieran los hermanos Tonetti, estos días esperaba siempre que apareciera el líder de Izquierda Unida en el telediario. Me encantaba sobre todo cuando se ponía a hacer comparaciones con Milosevic y con Hitler, o así, amenazando con acudir al Supremo, o al tribunal de la Haya, o alga por el estilo. Recuerdo que el día que atacaron los gringos a Iraq, su elaborado y realista argumento político fue: «Señor Aznar, pida a Estados Unidos que pare inmediatamente esa guerra». Joder, qué país. Qué tropa.

6 de abril de 2003

domingo, 30 de marzo de 2003

Matando periodistas


Qué país. Abrir la boca es moverte por un campo de minas. El otro día fui a Córdoba y a Huelva a hablar del capitán Alatriste con chicos de colegios de allí; y de paso planteé un asunto que me preocupa, con lo de Iraq y toda la parafernalia bélica: la manipulación infame a que están siendo sometidos los medios de comunicación en todo el mundo. En un tiempo como éste -dije- en que la gente es cada vez más vulnerable, por menos culta, el poder recurre cada vez más al periodista y al periodismo como arma de manipulación y arma de guerra. Eso ocurrió siempre; pero nunca tan descarada e intensamente como ahora. Han contaminado la profesión y han convertido al reportero en un soldado más de la guerra moderna. Ahora hasta el combatiente más analfabeto sabe que una cámara de televisión puede ser usada en su contra. Que el periodista puede trabajar para su enemigo. Por eso, si yo fuera soldado -añadí- ahora mataría periodistas. Y eso es terrible, porque de informadores objetivos han convertido ahora a los periodistas en soldados forzosos. En víctimas potenciales de guerras que no son suyas.

Eso fue lo que dije; y después de veintiún años de oficio y de haber enterrado a unos cuantos amigos, nadie puede decir que no sé de qué carajo estoy hablando. O sea, que lo dije y lo sostengo. El comentario fue recogido por muy pocos periódicos y agencias -tampoco era noticia relevante, ni mucho menos-, y en casi todos los casos salió bastante ajustado a su sentido. Excepto en ABC. Allí, esa noche, un redactor de guardia, o un redactor jefe, o quien fuera, decidió ser fiel al viejo principio periodístico de que nunca hay que permitir que la verdad estricta estropee un buen titular. Así que en la sección de las frases del día, figuró a palo seco: «Pérez-Reverte: Si fuera soldado, mataría periodistas». Sin nada más. Sin contexto ni más información. Pero eso sí, con un breve comentario editorial anónimo -opinión del diario, según los usos y costumbres del oficio- diciendo que, claro, como ahora el fulano es académico y ya no va a la guerra, y la ve desde el café Gijón, pues se ha olvidado de los sufrimientos y penalidades de cuando era reportero, y le da igual que maten a sus antiguos camaradas, el hijoputa.

Y luego, lo de siempre. Esos tertulianos de radio que viven de comentar titulares de periódicos y de todo saben y todo lo captan. Esa lectura de la prensa de la mañana. Esa frase del cabrón del Reverte. Esa glosa del asunto, sin que nadie se moleste en averiguar, mirando un teletipo, qué más ha dicho, aparte de la frase a palo seco., Yo iba oyendo la radio, de vuelta del viaje, y alucinaba en colores. Algo más habrá dicho, decía uno, con cierta sensatez. Igual está fuera de contexto. Nada, nada, decía otro. Como ahora ya no va a la guerra, le da lo mismo que maten periodistas o no. Los odia. Parece mentira, apuntaba un tercero. Qué aburguesado y qué traidor. Cómo se le ha subido la Real Academia a la cabeza. Yo siempre pensé, apostillaba un cuarto, que ese tío nunca fue trigo limpio.

Me cabreé, lo confieso. No demasiado, porque son muchos años y mucha mili, y conozco a mis clásicos. Al principio pensé en llamar a alguien de ABC, para ciscarme en su puta madre. Pero qué más da, dije. En dos días no se acuerda nadie. Se olvidan cosas peores en España -ahí sigue Álvarez Chapapote Cascos, por ejemplo: de ministro de Fomento, con dos cojones-. Sin embargo, fastidia que, pese a que cuando abres la boca lo haces con mucho tiento, porque sabes dónde te la juegas, toda esa cautela se vaya al carajo porque a un imbécil le apetece un titular con garra. Así que me dije: qué diablos. Yo también tengo dónde poner cosas en su sitio. Y del mismo modo que ocurrió hace exactamente ciento siete patentes de corso -cómo pasa el tiempo, rediós-, cuando dije que, a veces, puedes terminar respetando más a un terrorista que mata que al político tramposo y sin escrúpulos que se aprovecha de ello, y un cretino gallego tituló: «Pérez-Reverte prefiere a un terrorista que a un político» (El Semanal, 18-2-01), decidí dedicar la patente de hoy a este pequeño ajuste privado de cuentas. Dos veces en diez años no es mucho, así que confío en que me disculpen. Además, hasta puede ser útil como referencia. No se fíen siempre -y si pueden, no se fíen nunca- de los titulares de los periódicos, de las radios o de los telediarios. Aparte la estupidez, la torpeza o la ignorancia del redactor o tertuliano de turnó, también a ustedes -como a los periodistas en general, como a mí mismo- nos utilizan de soldados en guerras ajenas.

30 de marzo de 2003

domingo, 23 de marzo de 2003

Devastados por el tiempo


Estaba el otro día en Roma, por asuntos de trabajo. Como hacía buen tiempo, fui a dar una vuelta por los foros imperiales, que tienen su cosita. Estaban llenos de españoles, lo que me parece bien; pues al fin y al cabo, para un español, ir a Roma no es otra cosa que tomarse un café con los parientes. Algo así como ir de visita -esas visitas que se hacían antes- a casa de las tías abuelas de uno, o de las primas de la familia, solteronas, viudas y a menudo enlutadas y vetustas, y ver en las paredes fotos de tu padre y de tu abuelo vestidos de marinerito o muy apuestos y juveniles, bailando un tango. Quiero decir que en Roma uno reconoce su propia historia. A lo mejor por eso ningún español que se haya metido dos libros en el cuerpo y tenga un poco de sentido común se siente extranjero en Italia, como tampoco en Grecia, ni en Portugal. Algunos ni siquiera se sienten del todo extranjeros en Marruecos. Por lo menos yo no me siento.

Pero a lo que iba. Les contaba que estaba en el foro, justo bajo el arco de Tito, mirando el bajorrelieve donde los romanos trincan el candelabro de los siete brazos de Jerusalén. Me acordaba de mi compadre Daniel Sherr, que es judío, alérgico y vegetariano -«ya sólo me falta ser negro», dice él con mucha guasa-, y el pobre desgraciado no puede comer más que fruta y arroz hervido. En ésas estaba, pensando en Dani, y en lo que hacen ahora sus socios del candelabro con los filisteos, y en cómo cambia el mundo aunque sea siempre la misma murga, cuando se me para al lado un grupo de españoles; y uno de ellos, el que parece llevar la voz cantante, mira despacio alrededor. Luego, muy serio, abarca con un docto ademán las ruinas que nos rodean, y suelta la siguiente gilipollez: «Se nota que es una ciudad devastada por el paso del tiempo».

Me vuelvo, interesado por el concepto. Éste, me digo, no necesita guías, ni textos, ni Salustios, ni grabados de Piranesi, ni Goethes en adobo. Y compruebo que, al escucharlo, sus secuaces miran alrededor, los restos de los templos, las columnas que sostienen el cielo, los capiteles caídos por tierra, los trozos de mármol con inscripciones latinas, y asienten con la cabeza, impresionados y convencidos. Vaya si se nota la devastación, supongo que piensan mientras se hacen afotos. Nadie habría podido definirlo mejor. Devastado por el paso de tiempo. Se nota que el cicerone es de los que tienen estudios y mundo. De los que, cuando en una película sale la torre Eiffel, dicen en voz alta: «París». Podía haber sido peor, reflexiono. Como aquella anécdota -apócrifa, supongo- del general norteamericano Clark, al ver los foros cuando la liberación aliada de Roma: «Nuestros bombarderos han hecho un buen trabajo». Pero nada de eso. El fulano a quien acabo de escuchar no es un gringo analfabeto. En tal caso habría dicho que es una ciudad con muchas ruinas. Pero él no carece de un toque culto. Devastada está bien. Tiene su puntito. Suena a ostrogodos borrachos derribando templos y violando a respetables matronas de la familia Julia. Y lo del paso del tiempo lo redondea: hilando fino, remite a dignos sucesores de Pedro llevándose los mármoles de los templos para hacer fuentes con su Benedictus fecit en letras de cuatro palmos, o para construir ese cenobio franciscano -pura imitación de Cristo- que se llama San Pedro de Roma. Quiero decir que, tal y como está el patio, podría haber sido peor. Imagínense que el pájaro hubiera dicho: «Se nota que es una ciudad vieja que te cagas».

Casualmente -o no tanto, después de todo- esa misma tarde abro un diario español, y leo que un artista y un dirigente asturiano de Izquierda Unida pasan unos días en el talego por pintar en edificios públicos: Globalización = lladronociu + represión. En su descargo, ambos reos argumentan que las pintadas, hechas en el paseo marítimo de Gijón durante una manifa antiglobalización, no pueden considerarse tales, sino «acciones artísticas de intervención en espacio público», y que su objeto era establecer «un itinerario situacionista basado en la deriva urbana del arte». Rematando mis primos, imperturbables: «Si el arte está preso, toda la sociedad está presa». Así que, en fin. Qué quieren que les diga. Me parece que el fulano del foro no andaba descaminado. Para qué complicar la vida metiéndonos en honduras. En este mundo de comida rápida y de cultura rápida -se nota que vivimos en una casa de putas devastada por el paso del tiempo-, treinta siglos de arte o de historia pueden resumirse perfectamente con cualquier imbecilidad.

23 de marzo de 2003

domingo, 16 de marzo de 2003

El Piloto largó amarras


Se ha muerto Paco el Piloto, y yo no estaba. No pude ir. No pude verlo. No lo sabía. Me telefonearon lejos, a Italia, para contarme que estaba listo de papeles. «Muy malico», resumió la hija. Cáncer. Cuando los médicos le abrieron el asunto, se lo volvieron a cerrar y se fumaron un pitillo. Nada que rascar, Paco. Así que lo metieron en un hospital de Cartagena, a esperar. Entonces lo supe. Estaba en Milán mientras el Piloto agonizaba, y no podía volver hasta una semana más tarde. «No me llama ni se acuerda de mí», fueron sus palabras. Y se murió creyéndolo. Cuando telefoneé y pude hablar con su mujer, él estaba en la cama con la mascarilla de oxígeno, y ya no se enteró de nada. Se fue al desguace pensando que no me acordaba de él. Al enterarme, llamé a Paco Escudero, de la tele local, que es un periodista respetado y mi hermano de toda la vida, desde que traducíamos juntos Arma virumque cano. Está palmando el Piloto, dije. No tiene remedio y no sé si aguantará hasta que yo vuelva; pero quiero que la gente sepa que ha muerto un tío como Dios manda. Un hombre de bien, un marino y una leyenda. Y a él le habría gustado saber que no casca ignorado como un perro. Que lo recuerdo y que lo recordamos. Tranquilo, dijo Paco, que es un señor. Yo me encargo.

Ahora Telecartagena me ha mandado la cinta que emitió en el informativo, y en ella veo al Piloto con su piel atezada, los ojos azules y el pelo rizado y blanco, algo más gordo que en los años de mi adolescencia, pasear conmigo por el puerto, beber cerveza en el bar Sol, en la Obrera y en el Valencia, o pararse ante el gran bar de la calle Mayor cuando acababa de salir La carta esférica, aquella novela sobre el mar y sobre los marinos donde al Piloto lo llamé Pedro en vez de Paco, pero donde todo Cristo pudo reconocerlo en los gestos, palabras y silencios. Aunque eso de los silencios ya era relativo; porque en los últimos tiempos el Piloto se había vuelto más hablador que de costumbre. Los años, quizá: saber que te vas poco a poco, y hay cosas que no has soltado nunca y quisieras no llevártelas dentro. El Piloto era uno de los últimos supervivientes de otra época: cuando los hombres se ganaban la vida en los puertos trabajando en lo que podían, trampeando, contrabandeando un poquito si era preciso, viviendo siempre, además de sobre una movediza cubierta de barco, en el foso margen exterior de la legalidad vigente.

No tenía estudios, pero sí la profunda sabiduría del Mediterráneo cuyo sol y salitre le habían impreso miles de arrugas en torno a los ojos. Sabía de mar y de la vida; que, como él decía, son iguales uno que otra. Quizá en los últimos años se había vuelto más hablador para echar afuera los diablos que le dejaron dentro las autoridades portuarias, y el ayuntamiento, y las normas legales la madre que parió a todos quienes lo obligaron malvender el barco con el que se ganaba la vida dejándolo a él en tierra, jubilado forzoso a veinticuatro mil cochinas pesetas de pensión al puto mes. Ahí reconozco a cierta gente de mi tierra. Hace un par de años propuse a las personas adecuadas comprar yo mismo el barco del Piloto y restaurarlo -costaba sólo cuatro duros- y que ellos lo colocaran en algún sitio, con el compromiso de conservarlo para que no se perdiera ese modesto trocito de la historia portuaria de Cartagena. Pero les importó un carajo, y pasaron del barco igual que habían pasado de su patrón; y El Piloto, que así se llamaba en realidad el otro barco que aparece con el nombre de Carpanta en mi novela -el Piloto era hijo de un marinero también apodado Piloto y nieto de Paca la Pilota- se pudrió al sol varado en el muelle comercial, y nunca más de él se supo.

Por eso hoy escribo estas líneas para recordar a mi amigo. Al navegante de piel atezada y ojos azules que parecía recién desembarcado del Argo, que me llamaba zagal y que me guió por el mar color de vino. El hombre con quien saqué ánforas romanas que llevaban dos mil años abajo. El zorro mediterráneo que me enseñó a pescar calamares al atardecer, frente a la Podadera, con la misma naturalidad que a contrabandear tabaco rubio y whisky. El marinero que en el Cementerio de los Barcos sin Nombre me dio el primer cigarrillo y dijo que los hombres y los barcos deberían hundirse en el mar antes que verse desguazados en tierra. Hoy escribo para atenuar el remordimiento de no haber estado allí para ayudarlo a largar amarras en su último viaje y gritarle mientras se alejaba del muelle, lo que nunca le dije: que era el amigo leal, valiente y silencioso que todo niño desea tener mientras pasa las páginas de libros del mar y de la aventura.

16 de marzo de 2003

domingo, 9 de marzo de 2003

El oso maricón


No es precisamente una fábula de Esopo, pero puede valer. Y es la cosa que estos días, con el ambiente prebélico, o bélico, o el que sea a la hora de publicarse esto, he recordado la bonita historia del cazador y el oso. Cada uno asocia las cosas a su modo, claro. Y a mí me da por ahí cuando considero el papel del Gobierno español en la crisis de Irak, su alineamiento con Estados Unidos y con Gran Bretaña -esa amiga y aliada nuestra de toda la vida-, y demás parafernalia. Total. Que, como les decía, la historia del cazador y el oso me ronda la testa. Así que se la cuento:

Va un cazador por el bosque proceloso, armado con su escopeta de un solo tiro. Viste en plan Rambo: camuflaje, gorro verde y demás. Nacido para matar, como dicen los lejías. Avanza así por la foresta, cauto, el arma dispuesta, cuando ve a un oso que está al pie de un árbol, roncando la siesta: un oso adulto, normal, pardo. De infantería. Al verlo, nuestro cazador se acerca de puntillas como el gato Silvestre, apunta el chopo y desde tres o cuatro metros de distancia le arrea un escopetazo. Y le falla. Al oír el tiro, el plantígrado abre un ojo, mira al cazador, abre el otro ojo, se levanta sacudiéndose las ramitas de pino y las hojas secas de la pelambre, y le dice: «Chaval, has tenido mala suerte. Soy un oso gay, o sea, maricón. Y no me gusta que me disparen a la hora de la siesta. Así que, para escarmentarte, ven aquí, que te voy a poner los pavos a la sombra». Y dicho y hecho; el oso agarra al cazador, y zaca. Lo sodomiza.

El cazador se toma el asunto con muy poca deportividad. «¡Venganza!», grita cuando corre al pueblo más cercano, que casualmente es Eibar. Llega, entra en una armería y pide un fusil mataosos de cinco tiros. Echa atrás el cerrojo y con mano airada mete los cartuchos. Clac, clac, clac, clac, clac. Se va a enterar, piensa tomando de nuevo el camino del bosque. Se va enterar. Avanza así nuestro intrépido y vengativo cazador entre los árboles, el fusil dispuesto para la sarracina, los ojos inyectados en sangre. Y al fin divisa al oso maricón que está de espaldas, entretenido con un panal de rica miel al que da golosos lengüetazos, ajeno a la tragedia que se cierne sobre su vida, y a lo peligroso que se ha vuelto el planeta azul. El caso es que se aproxima con sumo tiento el cazador, apuntando a la osuna cabeza. No quiere fallar, así que se acerca más, y más más. Está a un metro, y el oso sigue a lo suyo. Entonces, con una risa locuela, resuelto al escabeche, el cazador grita de nuevo «¡Venganza!» aprieta cinco veces el gatillo. Bang, bang, bang, bang, bang. Le pega cinco tiros como cinco sartenazos al oso. Y el muy gilipollas falla los cinco. Entonces el oso se vuelve despacio, con mucha flema, y se lo queda mirando. «Hombre -dice- pero si es mi amigo el escopetero». Luego se le acerca, sonriente. «Pues ya sabes, chaval -dice-. Yo Tarzán, tú Jane. Cinco tiros son cinco ñaca-ñacas. Ven, mi vida». El cazador intenta largarse, pero el oso, que es muy ágil aunque no lo parezca, da una especie de salto de ballet y lo trinca. Luego se lo calza cinco veces, una detrás de otra. Cling, cling, cling, cling, cling.

Imagínense ahora a ese cazador volviendo al pueblo -esta vez camina ya con cierta dificultad camino de la armería. Ese cazador que entra en la tienda gritando «venganza» como un descosido. Esa ametralladora que compra. “¿Cuántos tiros le pongo?”, pregunta el armero. «Doscientos», responde. Imagínense luego a ese cazador camino del bosque con la ametralladora colgada, poniéndose alrededor de los hombros y del cuello, con manos temblorosas por la cólera, las cintas de reluciente munición. «¡Venganza!». Y ahora imagínense ese bosque donde canta el mirlo, o lo que cante, y donde las ardillas, asustadas y tímidas en sus ramas, ven pasar al cazador con cara de jinete del Apocalipsis. «¡Venganza!», grita de nuevo el Rambo. Llega así hasta el oso; que es un oso maricón, sí, pero culto, y en ese preciso instante se encuentra leyendo una autobiografía de José María Mendiluce. Y sin más, a un palmo de su cabeza, le dispara la cinta entera. Ratatatatatat. Doscientos tiros uno detrás de otro, sin respirar. Y le falla los doscientos. Entonces el oso lo mira chasquea la lengua, cierra el libro y se levanta despacio, como con desgana. Luego se acerca un poco más al cazador, que se ha quedado de pasta de boniato, le pasa un brazo peludo por los hombros y le pregunta, en tono de confidencia: «Venga, colega. Sé sincero... ¿Tú aquí no has venido cazar, ¿verdad?».

9 de marzo de 2003

domingo, 2 de marzo de 2003

Vieja Europa, joven América


Como esta página hay que escribirla con un par de semanas de antelación, es posible que, cuando se publique, los Estados Unidos de América se encuentren en plena tarea de salvar la civilización occidental con el apoyo palanganero de España, la pérfida Albión y otros guitarristas finos, incluidos los que se hacen los estrechos al principio para quedar bien, luego se suben al carro, y al final parece que estuvieron ahí toda la vida; mientras las marmotas de plantilla quedan -quedamos- como putas baratas. En cualquier caso, con o sin guerra, la carta manifiesto que acabo de recibir seguirá teniendo vigencia. Así que la transcribo tal cual. La firman algunos nombres que, pese a no salir en Gran Hermano ni en Crónicas Marcianas, también tienen su puntito:

«Nosotros, los abajo firmantes, vieja Europa ante la vigorosa y joven Norteamérica, tenemos la certeza de que este decrépito y caduco continente orillado al Mediterráneo, donde durante treinta siglos se hicieron con inteligencia y con sangre los derechos y libertades del hombre, sigue en la obligación de ser referencia moral del mundo. Por desgracia, tal y como está el patio, eso es imposible. Las venerables ideas que forjaron al hombre moderno se han vuelto un obstáculo para la libre circulación del dinero y el comercio. Los listos lo advierten, y se espabilan: Al diablo las ideas: mejor ser rabo espantamoscas de león que cabeza de ratón. Europa ya no es más que un asilo de ancianos egoístas e insolidarios, incapaz de ofrecer alternativas ante una Norteamérica poderosa, paranoica, autista y arrogante en su ignorancia, convertida, sin oposición, en paradigma irrevocable de la lúgubre juventud que se avecina. Así que hemos decidido quedarnos al margen de toda esta mierda, refugiados en nuestras bibliotecas, en nuestros museos y en nuestras viejas piedras (Recibimos de lunes a domingo, veinticuatro horas al día, sin cita previa). Les deseamos a todos ustedes un feliz siglo XXI. Y que lo disfruten como merecen.

Firman: Homero (rapsoda), Arrigo Beyle (milanés), Platón (filósofo de anchas espaldas), Beethoven (músico), Herodoto (historiador), Bernini (arquitecto), Jorge Manrique (huérfano), Sófocles (dramaturgo), Virgilio (poeta), Vivaldi (profesor de música), Tofiño (cartógrafo), Séneca (preceptor), Leonardo (inventor), Aristóteles (filósofo), Diego Velázquez (aposentador real), Avempace (filósofo más bien solitario), Juan (evangelista apocaliptico), Baltasar Gracián (jesuita), Averroes (moro aristotélico), Sócrates (preceptor), Diderot (enciclopedista), Verdi (músico), Darwin (naturalista), Abentofail (médico), Goethe (olímpico), Eurípides (escritor), Alfonso X (rey con inquietudes), Plutarco (biógrafo), Shakespeare (dramaturgo), Pascal (matemático), Petrarca (poeta), Ramón Llull (artista magno), Eratóstenes (sabio), Abén Ezra (neplatónico), Ibn Jaldún (historiador), Luis de Góngora (garitero), René Descartes (dualista), Baruch Spinoza (monista), Miguel de Cervantes (soldado), Bellini (veneciano), Horacio (poeta), Voltaire (filósofo), Haendel (compositor), Francisco de Goya (pintor sordo), Vasari (arquitecto), Euclides (matemático): Ausias March (poeta), Moratín (exiliado), Galileo Galilei (astrónomo), Marco Aurelio (emperador culto), Jenofonte (mercenario), Gibbon (historiador), Jorge Juan (marino), Fidias (escultor), Saint-Simon (aristócrata), Erasmo de Rotterdam (humanista), Lope de Vega (pecador), Schubert (compositor), Antonio de Nebrija (gramático), Suetonio (historiador), Alberto Durero (grabador), Schopenhauer (filósofo), Antonio Stradivarius (violero), Miguel Servet (carbonilla suiza), Bartolomé de la Casas (fraile escrupuloso), Maimónides (guía de indecisos), Francisco de Quevedo (espadachín), Soren Kierkegaard (existencialista), Nicolás Maquiavelo (maquiavélico), Rembrandt (pintor), Thomas Malthus (perspicaz), Gustavo Doré (dibujante), Mozart (niño prodigio), Charles Louis de Secondat (ilustrado), Luis de Camoens (poeta), Fiodor Mijailovich (novelista), Moliére (actor), Joseph Perónides (maestro de gramática), Martín Lutero (ex cura), Rodin escultor), Dickens (novelista), Tiziano (pintor), Sebastián de Covarrubias (lexicógrafo), Vincen Van Gogh (suicida), Sem Tob (poeta), Tocqueville (politólogo), Ramón Muntaner (almogávar), Nietzsche (pensador), Tolomeo (geógrafo), Tomás Moro (utópico), León Tolstoi (novelista), Bernal Díaz de tillo (conquistador), Robert Louis Stevenson (tísico), Cayo Salustio (historiador), Montaigne (ensayista), Tácito (historiador), Dante Alighieri (poeta), Giordano Bruno (hereje), Benvenuto Cellini (orfrebe con arcabuz), Enrique Schliemann (troyano), Paul Cezanne (pintor), Ludovico Ariosto (poeta), Palladio (arquitecto), Miguel Angel Buonarotti (artista gay), Cayo Valerio Catulo (poeta)...».

2 de marzo de 2003

domingo, 23 de febrero de 2003

Una de taxistas


Me gustan los taxis. Buenos días, lléveme a tal sitio, etcétera. En cuanto me acomodo en el asiento trasero, me dispongo a disfrutar de esos momentos en que todo se suspende, cuando lo inmediato no depende de ti, y te hallas en manos de otro que toma las decisiones. Lo bueno de ir en un taxi es que ya no estás en el sitio de antes y todavía no has llegado al otro. Un espacio para descansar, o reflexionar. Para cerrar los ojos, o mirar el mundo por la ventanilla mientras te mueves impunemente a través de él, en espera del siguiente episodio. Del próximo combate. Para quienes no soportamos conducir un automóvil por el territorio hostil de las ciudades, el taxi es como el cigarrillo del soldado, el café del funcionario o el carajillo del albañil. Una tregua. También me gusta observar a los taxistas, porque suelen ser gente interesante. Por lo general. Al moverse por el corazón de una ciudad se mueven también por el corazón de quienes la habitan. La suya es una magnifica atalaya de la vida humana, y en ellos intuyes el rastro de quienes han pasado por el asiento que ocupas. Muchos son lo que sus clientes han hecho de ellos, para bien o para mal. Y hay diversos tipos.

Ustedes tendrán su clasificación; yo tengo la mía: el Cliniswood, el Hincha, el Makoki, el Abuelo, el Fitipaldi, el Melómano, el Resentido, el Pelmazo... El Cliniswood, como su nombre indica, no abre la boca ni al final de trayecto para decir cuánto le debes -se limita a señalar el taxímetro- y acojona por lo serio, hasta el punto de que en los atascos no te atreves a decir que llegaríamos antes por la calle Leganitos. El Hincha pertenece al género futbolero: va escuchando a Gaspar Rosety, y frena de pronto para gritar gol, gooool, el hijoputa. El Makoki, por su parte, es joven, gasta chupa de cuero y patillas, siempre te tutea, y en versión femenina lleva a Luz Casal en el radiocasete y un espray antivioladores en la guantera. Quien siempre te habla de usted y conduce despacio es el Abuelo, veterano con el pelo blanco y una foto de los nietos en el salpicadero, diciéndole: yayo, no corras. Al Fitipaldi se le queda pequeña la ciudad entre frenazos y acelerones, cambia de carril y pasa semáforos en ámbar, jugándose su vida y de paso la tuya; y en cuanto coge la carretera de La Coruña pone el cascajo a ciento ochenta, con vibraciones que te hacen sentir como si tuvieras Parkinson. El Melómano suele ser callado, para en cada Stop y siempre lleva puesto a Mozart. En cuanto al Resentido, odia a la humanidad: insulta a los guardias, a las mujeres conductores, a las señoras con el carrito de la compra y a los niños que salen del cole, amenaza a los rumanos de los semáforos, y cuando un motorista le roza el espejo retrovisor de afuera, sale del coche muy cabreado empuñando un destornillador de dos palmos.

El Pelmazo es la única variedad que no soporto. El otro día me tocó uno, y casi echo las muelas. Vas en tu asiento sin meterte con nadie, viniendo de enterrar a tu madre, por ejemplo, o hecho polvo porque la legítima ha pedido el divorcio y se queda con la casa, el coche y el perro, o a lo mejor estás calculando mentalmente el tercio del cociente agregable a la división de un peso por el cuadernal móvil del que se suspende, y en ésas el taxista se pone a explicar por qué vota al Pepé o al Pesoe, a solucionar el problema vasco, o a hablar de fútbol. Ese fue el caso. El que me tocó en desgracia llevaba la radio con Bustamante a toda pastilla. Que ya tiene delito. Y cuando le pedí que bajara el sonido, hágame el favor, porque ya sólo me quedaba medio tímpano sano, lo hizo a regañadientes. Para vengarse, empezó a hablar de fútbol. Todo el rato en inexplicable plural -hemos ganado, jugamos el domingo en casa-, volviéndose de vez en cuando a asegurarme que ya era hora de que a Van Gaal lo echaran a la calle. Mi táctica de responder con vagos gruñidos y monosílabos poco alentadores, eficaz en tales casos, se estrelló en su verborrea liguera. Y el Aleti, me decía de pronto. Qué le parece a usted lo del Aleti. ¿Ein? Y se volvía a mirarme indignado, como si yo tuviera la culpa. Luego le tocó a Joan Gaspar. Al fin, a la desesperada, pregunté con perfecta cara de idiota quiénes eran esos Cásper y Vandal. Y oigan. Mano de santo. El fulano cerró la boca poquito a poco, mirándome por el retrovisor como si yo fuera gilipollas. Ya no dijo nada hasta el final del trayecto, limitándose a subir otra vez el volumen de la música. Después, cuando llegamos a mi destino y mientras me bajaba del taxi, comentó, sarcástico: “Usted sale en la tele, ¿verdad?...” Hay que joderse.

23 de febrero de 2003

domingo, 16 de febrero de 2003

Poco cine y mucho morro


Pues claro que el cine español ha perdido espectadores. Y más que va a perder, antes de que la última película se titule Cerrado por defunción. Hay menos rodajes, menos inversiones y menos ventas. Los de la industria nacional -digo industria por llamarla de algún modo- se quejan de que el celuloide se va al carajo, y de que las productoras norteamericanas se nos comen. Es verdad. Los gringos controlan televisiones y salas de cine; y, aparte de imponer modelos ideológicos y culturales, asfixian el cine europeo y español, hasta el punto de que los exhibidores se bajan los calzones y encima pagan el cafelito. Por eso la cinematografía hispana reclama medidas urgentes. Y yo me sumo. Pero la risa locuela me viene cuando oigo que esas medidas permitirían «competir en igualdad de condiciones con el cine estadounidense», y cuando productores y directores culpan a las televisiones de no invertir más en sus apasionantes proyectos cinematográficos.

Menudo morro, el de mis primos. Sobre todo el de algún productor que conozco. Hay nobilísimas excepciones, por supuesto. Muchas. Gente que se rompe los cuernos para sacar adelante proyectos dignos, y a veces lo consigue. Pero otros tienen un hocico que lo arrastran. El cine se muere, dicen quienes ayer aún voceaban eufóricos el gran momento del negocio. Ahora no hay viruta, lloran. Todos al paro, etcétera. Y los periodistas del ramo, y algunos medios oficiales corean con palmas flamencas. Nada que objetar a eso. Pero lo que nadie dice es que algunos de esos productores que tanto sufren por la agonía del cine, a los que hace ocho o diez años conocimos tiesos como la mojama, se han hecho millonarios en poco tiempo gracias a esa industria que ahora agoniza. ¿El truco? Chupado. No se trata de hacer películas buenas, sino sólo de hacer películas. Lo mismo da que sean malas y baratas, aunque si son caras, mejor. También da igual que se estrenen o no, y que recauden filfa. No imaginan ustedes la cantidad de películas que en España se han rodado en los últimos años, y luego ni siquiera se estrenaron.

Pero a pocos les importa, porque con el sistema de producción basado en financiación de televisiones y respaldo oficial, casi nadie puso en ellas un duro propio. Una película significa beneficio industrial para el productor espabilado que maneja dinero fácil: a veces, con sólo rodarla ya gana dinero. Y cuanto más se ahorre en guión, en actores, en dirección artística, en semanas de rodaje, mejor. Si luego va bien en los cines, chachi. Si no, Santa Rita y la culpa a los espectadores, que Hollywood les come el tarro y no apoyan el cine nacional. Y ese sistema, conocido y amparado por todo Cristo con la complicidad inevitable de quienes necesitan películas para trabajar, es el que funciona en el cine español. Así se explica que se ruede tanta caspa: unos cuantos listos extorsionando al estado y a las televisiones para forrarse sin que nadie proteste ni lo denuncie, mientras la gente que se juega con dinero propio las habichuelas y el futuro se pega leñazos de muerte y tiene que hipotecar la casa.

Pero la culpa no es sólo de esa clase de productores que lloran por un cine que han matado ellos. Salvo honrosas y singularísimas excepciones, que el público agradece en taquilla, el perfil de la película española media es la historia anodina de un fulano y/o fulana que pasan hora y media diciendo obviedades entre planos larguísimos y gratuitos que aburren a las ovejas. Y encima pretenden que la gente pague por verlo. Eso, o la nonagésimoquinta plasta maniquea sobre la guerra civil, que no se cree nadie, nacionales malvados y republicanos bondadosos, con actores que no saben ni decir hola, en este país donde el guionista no existe o no le pagan, y donde cualquier tiñalpa de la tele se convierte, gracias a críticos de pesebre, en la revelación artística del año; mientras los pocos actores de verdad que van quedando tienen que buscarse la vida como pueden. Queremos cine como el francés, claman los de la presunta industria. Allí el público hace cola apoyando el suyo, mientras que el nuestro pasa mucho. Pero claro. Los gabachos, además de trincar, hacen Nikita, El Gran Azul, Capitán Conan, Chocota, Cyrano, La reina Margot, Los ríos de color púrpura, La cena de los idiotas, Doberman, Vidocq o El pacto de los Lobos, con actores como Juliette Binoche, Cassel hijo, Isabelle Huppert, Depardieu, Rochefort y Jean Reno. No te fastidia. Dale El puente sobre el río Kwai y toda la pasta del mundo a un productor de aquí. Que busque director, y luego te haga un guión y un casting.

16 de febrero de 2003

domingo, 9 de febrero de 2003

La mochila y el currículum


Llueve a ratos, y Madrid está frío y desapacible. Pasan paraguas al otro lado del escaparate de la librería de mi amigo Antonio Méndez, el librero de la calle Mayor. Estamos allí de charla, fumando un pitillo rodeados de libros mientras Alberto, el empleado flaco, alto y tranquilo, que no ha leído una novela mía en su vida ni piensa hacerlo -«ni falta que me hace», suele gruñirme el cabrón- ordena las últimas novedades. En ésas entra un chico joven con una mochila a la espalda, y se queda un poco aparte, el aire tímido, esperando a que Antonio y yo hagamos una pausa en la conversación. Al fin, en voz muy baja, le pregunta a Antonio si puede dejarle un currículum. Claro, responde el librero. Déjamelo. Y entonces el chico saca de la mochila un mazo de folios, cada uno con su foto de carnet grapada, y le entrega uno. Muchas gracias, murmura, con la misma timidez de antes. Si alguna vez tiene trabajo para mí, empieza a decir. Luego se calla. Sonríe un poco, lo mete todo de nuevo en la mochila y sale a la calle, bajo la lluvia. Antonio me mira, grave. Vienen por docenas, dice. Chicos y chicas jóvenes. Cada uno con su currículum. Y no puedes imaginarte de qué nivel. Licenciados en esto y aquello, cursos en el extranjero, idiomas. Y ya ves. Hay que joderse.

Le cojo el folio de la mano. Fulano de Tal, nacido en 1976. Licenciado en Historia, cursos de esto y lo otro en París y en Italia. Tres idiomas. Lugares, empresas, fechas. Cuento hasta siete trabajos basura, de ésos de tres o seis meses y luego a la calle. Miro la foto de carnet: un apunte de sonrisa, mirada confiada, tal vez de esperanza. Luego echo un vistazo al otro lado del escaparate, pero el joven ha desaparecido ya entre los paraguas, bajo la lluvia. Estará, supongo, entrando en otras tiendas, en otras librerías o en donde sea, sacando su conmovedor currículum de la mochila. Le devuelvo el papel a Antonio, que se encoge de hombros, impotente, y lo guarda en un cajón. Él mismo tuvo que despedir hace poco a un empleado, incapaz de pagar dos sueldos tal y como está el patio. Antes de que cierre el cajón, alcanzo a ver más fotos de carnet grapadas a folios: chicos y chicas jóvenes con la misma mirada y la misma sonrisa a punto de borrárseles de la boca.

España va bien y todo eso, me digo. La puta España. De pronto la tristeza se me desliza dentro como gotas frías, y el día se vuelve más desapacible y gris. Qué estamos haciendo con ellos, maldita sea. Con estos chicos. Antonio me mira y enciende otro cigarrillo. Sé que piensa lo mismo. En qué estamos convirtiendo a todos esos jóvenes de la mochila, que tras la ilusión de unos estudios y una carrera, tras los sueños y el esfuerzo, se ven recorriendo la calle repartiendo currículum en los que dejan los últimos restos de esperanza. Licenciados en Historia o en lo que sea, ocho, años de EGB, cinco de formación profesional, cursos, sacrificios personales y familiares para aprender idiomas en academias que quiebran y te dejan tirado tras pagar la matrícula. Indefensión, trampas, ratoneras sin salida, empresarios sin escrúpulos que te exprimen antes de devolverte a la calle, políticos que miran hacia otro lado o lo adornan de bonito, sindicatos con más demagogia y apoltronamiento que vergüenza. Trabajos basura, desempleos basura, currículums basura.

Y cuando el milagro se produce, es con la exigencia de que estés dispuesto a todo: puta de taller, puta de empresa, boca cerrada para sobrevivir hasta que te echen; y si tienes buen culo, a ser posible, deja que el jefe te lo sobe. Aún así, chaval, chavala, tienes que dar las gracias por los cambios de turno arbitrarios, los fines de semana trabajados, las seiscientas horas extras al año de las que sólo ochenta figuran como tales en la nómina. Y si encima pretendes mantener una familia y pagar un piso date con un canto en los dientes de que no te sodomicen gratis. Flexibilidad laboral, lo llaman. Y gracias a la flexibilidad de los cojones se han generado, dice el portavoz gubernamental de turno tropecientos mil empleos más, y somos luz y fan de Europa. Guau. Gracias a eso, también, un chaval de veintipocos años puede disfrutar de la excitante experiencia de conocer ocho empleos de chichinabo en tres o cuatro años, y al cabo verse en la calle con la mochila, buscándose la vida bajo la lluvia. Partiendo una y otra vez de cero. Flexibilidad laboral. Rediós. Cuánto eufemismo y cuánta mierda. A ver qué pasa cuando, de tanto flexionarlo, se rompa el tinglado y se vaya todo al carajo, y en vez de currículums lo que ese chico lleve en la mochila sean cócteles molotov.

9 de febrero de 2003

domingo, 2 de febrero de 2003

Gallegos


Tengo en casa un antiguo álbum de Castelao: cuarenta y nueve láminas en folio, cada una con su leyenda. Nos, se llama. Nosotros. Los dibujos son de hace casi un siglo: viñetas de la vida gallega campesina y marinera, nacidas como consecuencia de las huelgas de la época, las matanzas de labriegos y el caciquismo. Imágenes y textos tan pesimistas y terribles que, en palabras del autor, queman como un rayo de sol a través de una lupa. De vez en cuando le echo un vistazo a ese álbum, por la belleza de sus estampas y por el conmovedor sentido de sus textos. La lámina número 9 muestra a una pobre aldeana que carga un ataúd rotulado Ley mientras dice: ¡Canto pesa e como fede! («Cuánto pesa, y cómo apesta»). En la número 16, un niño pobre le dice a otro: O que sinto eu é que algún que maltratou a miña naí morra denantes de que eu chegue a hombre («Lo que siento es que alguno que maltrató a mi madre muera antes de que yo llegue a hombre»). Y en la 37, un campesino comenta, hablando de sus rapaces: Téñoche un tan listo que ten quince anos e xa non cre en Deus («Tengo uno tan listo que tiene quince años y ya no cree en Dios»). Hay otras láminas irónicas y terribles, incluida una que me remueve por dentro cada vez que la miro: Eu non quería morrer alá. ¿Sabe, miña naí? En ella, ante una pobre mujer resignada, bajo un crucifijo y una mesa con medicinas, un demacrado emigrante agoniza diciendo: «Yo no quería morirme allá. ¿Sabe, madre mía?».

Gallegos. Ahora, con la historia del Prestige, he vuelto a sentarme a pasar las páginas de Nos. Ya no es, por supuesto, aquella Galicia donde el pobre anciano daba su hijo para Cuba y su nieto para Melilla, y luego perdía la mísera choza por no poder pagar los impuestos. Sin embargo, quedan ecos. Aunque ese ángulo de España es moderno y mira al futuro, aún conserva desdichados aires de lo que, habiendo cambiado, nunca llegó a cambiar del todo: el lastre del caciquismo, la injusticia y el olvido. Pensé mucho en eso estos días, viendo a los gallegos en la tele, oyéndolos hablar en la radio con la amarga y sabia gravedad de quien lo tiene todo muy claro. Conscientes, desde los tiempos de Castelao y desde mucho antes, de que as sardiñas volverían se os Gobernos quixesen; pero los Gobiernos, o no quieren, o hasta ahora les importaron las sardinas un carajo. Por eso, cuando el enemigo asomó frente a la Costa de la Muerte en forma de mancha de fuel los gallegos, en vez de mirar a Madrid y llorar cruzados de brazos esperando soluciones o milagros, salieron a pelear, estoicos, que no resignados -sólo algunos políticos idiotas confunden una cosa y otra-, sabiendo desde el principio que iban a hacerlo, como siempre, solos. Con silencios, dignidad y coraje. A reñirle a la vid ese duro combate en el que son expertos desde hace siglos, dejándose la piel en las playas y en el mar. Luego vino la hermosa solidaridad de otros lugares y gentes de España; y al cabo, la lenta y torpe reacción oficial. Pero eso fue después. Al principio, cuando se lanzaron a la lucha, los gallegos ni pedían, ni esperaban. Sólo contaban con sus pobres medios. Y con sus cojones.

Es la lección admirable de esta tragedia: la extrema dignidad gallega incluso en el caos de principio, cuando la incompetencia oficial y la desesperanza. No queremos limosnas, sino ayuda, repetían. Que las marquesas del Rastrillo se metan los juguetes de reyes donde les quepan que quede claro que la pasta recaudada por ésto o aquéllos es para pagarse sus banderitas, y no cosa nuestra. Aquí no hace falta caridad, porque tenemos manos y cabeza. Lo que necesitamos son medios técnicos y vergüenza por parte de la Xunta, del Gobierno y de la puta que los parió. Y oyéndolos, viéndolos organizarse y actuar con sus barcos y los artilugios fruto de su ingenio, encima irse a Francia a explicar a los gabacho que la marea negra no había que esperarla en la costa, sino ir a su encuentro con decisión y combatirla en alta mar, me estremecí de admiración, y orgullo confirmando en sus palabras, en sus rostros curtidos y duros, en la firmeza de las mujeres que chapoteaban entre el fango de las playas, que habrían peleado igual aunque hubiesen estado solos, porque lo estuvieron siempre, y tienen costumbre. Así que, a partir de ahora, más vale que los Gobiernos se espabilen con las sardinas. Las cosas han cambiado desde aquel En Galiza non se pide nada. Emígrase, de Castelao. Mucho ojo. La nueva leyenda se la han ganado pulso dando ejemplo a toda España, y es otra: “En Galicia no se pide nada. Se lucha”.

2 de febrero de 2003

domingo, 26 de enero de 2003

La última aventura de Pepe el Muelas


Me cuentan que se murió mi paisano El Muelas. Un par de veces, al referirme aquí a él, lo llamé Paco, por aquello de ‘serrar' un poquillo camuflando pistas. En realidad se llamaba Pepe Muela, con el apellido en singular. Jubilado. Dejó de fumar y de todo lo demás hace casi dos años, pero yo acabo de enterarme. Palmó, según cuentan, con genio y figura hasta las últimas. He telefoneado a mis compadres Ángel Ejarque y Antonio Carnera, viejos colegas de oficio, que lo conocían y respetaban. Un clásico, ha dicho Ángel. Era un maestro y un clásico. Y Carnera, de profesional a profesional -quizá recuerden su famoso timo del abrigo de visón y la torda del Pasapoga- lo ha definido como un genio y un aristócrata de la calle. El inventor del timo del telémetro. El hombre que pasó a la historia de la delincuencia por la venta legendaria, en los años cuarenta, del tranvía 1001: una estafa que, si en España hubiera escuela oficial de timadores, figuraría en el prólogo de todos los libros de texto.

Era de Cartagena, he dicho. A lo mejor porque nació en una ciudad trimilenaria, vieja, mediterránea y sabia, Pepe Muela tuvo siempre una filosofía vital singular. Vivió a su aire, tangando por naturaleza y por oficio. Nunca ejerció la violencia en el curro: todo era a base de talento y mojarra. Estaba dotado para el timo y para trajinar pringados lo mismo que otros lo están para la música, las matemáticas o la política. Fue fiel a sí mismo: un estafador de cuerpo entero hasta el final, cuando con ochenta y dos tacos de calendario, que ya son años, aún tenía arte y labia para engañar al médico que le expedía el certificado del carnet de conducir, o se llevaba al huerto a los contertulios de toda la vida, jubilados como él, ganándoles con trampas al dominó los cupones de la ONCE. Al principio, su nuera se enfadaba cuando Pepe se ponía a contarles peripecias a los nietos. No le hagáis caso al abuelito, decía. Son chistes e inventos. Pero los enanos no tenían un pelo de tontos. Sabían de qué iba el asunto y escuchaban aquellas aventuras sin escandalizarse, como se escucha a los abuelos que saben contar las cosas: con interés, benevolencia y cierto cariñoso escepticismo.

En sus tiempos de señorío y magisterio callejero, Pepe Muela hizo cientos de timos que no fueron tan sonados como el del tranvía o el de la Cibeles -que estuvo a punto de vender pieza por pieza a un turista millonario norteamericano-, jugando casi siempre con la avaricia, la estupidez o la ambición de los pringados. «Sin la complicidad de otro sinvergüenza, que es la víctima -solfa decir-, rara vez funciona esto». Hacía una estampita, un nazareno o un tocomocho con la misma naturalidad con que otros se anudan la corbata; pero eso era para las cañas. Lo suyo eran las estafas complicadas, a varias bandas, que requerían imaginación y logística. Toda su vida fue una inmensa estafa, de cabo a rabo. Nunca dio palo al agua, ni trabajó, ni cumplió otras leyes que las de la calle y las de sus colegas, ni en su vida aforó un arbitrio o una tasa, excepto el IVA, que se le clavaba en el alma porque venía con los precios, y ahí no encontró manera de endiñarla. Tampoco tuvo remordimientos. Sostenía que los mayores estafadores son los políticos, desde cualquier presidente de gobierno hasta el último concejal de pueblo. “El que ni roba ni folla – solía decir- es porque no tiene dónde». Haber sido militar, en sus tiempos, le daba un barniz de señorío y autoridad muy útil profesionalmente: lo que él llamaba el don. «Para todo hay que tener don en esta vida», era otra de sus frases. Había luchado en la guerra civil española -en los dos bandos, por supuesto-, y cerca de la junquera se le escapó por los pelos el tesoro republicano; de modo que, tal vez para probar con el oro de Moscú, se fue a Rusia con la División Azul y se las arregló para volver de teniente. Usó hasta el final sombrero, traje, corbata y zapatos de tafilete. Tuvo suerte: su hijo, nuera y nietos no comulgaban con sus ideas ni su carácter, pero lo adoraban y lo cuidaron en la vejez. Siempre quiso volver a su tierra, así que llevaron sus cenizas a Cala Cortina y las echaron al mar. En la esquela, cuyo texto fue elegido al azar por la empresa funeraria, puede leerse: «Dulce es morir cuando se ha sabido vivir bien. Busqué reposo en el cielo. Allí os espero». De saberlo, se habría tronchado de risa. Quienes lo conocieron podrían pensar que lo dejó escrito. Y hasta lo del cielo es posible. Quizás, apenas llegado al Purgatorio con miles de años de condena por delante, El Muelas se las arregló para estafarle a alguien unas indulgencias plenarias.

26 de enero de 2003

domingo, 19 de enero de 2003

Bajo el ala del sombrero


No cualquiera puede llevar sombrero. Me refiero a sombrero de verdad, canónico, de fieltro en invierno y de panamá en verano. Y a los fulanos, o sea, a los hombres. Porque a la mayor parte nos sienta como un escopetazo. Lo pensaba el otro día en una ciudad antigua, invernal y adriática, viendo pasar a la gente. Que no sé por qué, en invierno y en ciudades con presunto caché mundano, a tíos que en su vida se han puesto nada en la cabeza les da por encasquetarse un sombrero. Pero no se trata de vestir correctamente o no, concluí tras mucho mirar, o de tener un careto así o asá. Se trata de hábito, supongo. De maneras que vienen de ciertos hábitos. En cualquier película norteamericana de los años 40, el sombrero sentaba de cine. Hasta a los malos. Por no hablar de cómo lo llevaba aquí Alfredo Mayo. O Carlos Gardel. Decía mi abuelo, con cinismo republicano y elegante, que en sus tiempos la boina se llevaba para que los obreros se la quitaran delante del patrón, y el sombrero para que los caballeros se lo quitaran delante de las señoras. Y supongo que se trata de eso. No lo de quitarse la boina y el sombrero, sino lo otro. Lo de sus tiempos. Desplazado por Jamiroquai, por las puñeteras gorras de béisbol o por la falta de costumbre, el sombrero de toda la vida ha pasado de moda, y la gente ya no tiene práctica. Se lleva mal, o con torpeza. Postizo. Sienta como a un Cristo un Kalashnikov AK-47. Pasa como con los sombreros blandos que ahora se usan para la lluvia o para acompañar camisetas de oenegés. Los viejos reporteros, Alfonso Rojo, el abuelo Leguineche y yo mismo, los usábamos hace veinte o treinta años, cuando eran del ejército británico y de lona, y se llamaban sombreros de jungla -no Panama Jack, o Rain Barbour o como carajo ponga en la etiqueta- porque eran para eso: para usarlos en la jungla o en el desierto. Antes era rarísimo encontrarlos. Y lo que son las cosas. Este invierno se han puesto de moda. Sales a la calle y, en vez de paraguas, todo el mundo lleva uno arrugado en la cabeza. Como si fueran de pesca por la Gran Vía.

En fin. Volviendo a lo de la boina y el sombrero de toda la vida, la verdad es que lo de cubrirse la testa no se improvisa. Lo haces como parte de tu educación, profesión o costumbre, o no hay nada que rascar. Sólo recuerdo a dos fulanos capaces de lucir boina o sombrero como si tal cosa. El sombrero lo usa con mucha dignidad mi amigo Sealtiel Alatriste. En cuanto a la boina, hay un hombre joven que la porta con naturalidad: Montero Glez, antes Roberto del Sur. Todo chupaillo y flaco, sin perder la cara de hambre aunque ahora coma caliente, cuando se pone la boina, la gabardina y lleva la colilla de un truja en la boca, el autor de Sed de champán sigue siendo la viva estampa del escritor maldito al que Alfonso le fiaba el tabaco en el café Gijón. Y es que hasta para la boina hay que tener casta. Pasa como con las gorras marineras. Tengo una de marino mercante -la de comandante de submarino alemán, como la llamo pero sólo la uso mar adentro, cuando pega el sol y no me ve nadie. Porque llevarla bien, lo que se dice llevarla como Dios manda, quien la llevaba era John Wayne en El zorro de los océanos. Y, en la vida real y en mis recuerdos, don Daniel Reina en el puente del Puertollano, don Carlos de la Rocha en el Escatrón, o don Antonio Pérez-Reverte en el viejo candrai Viera y Clavijo. Igual que sus colegas, esos capitanes llevaban la gorra como lo de más: en su sitio y bien puesta. Aunque eran otros tiempos, claro. Otros barcos y otros hombres.

En cuanto al sombrero de fieltro tradicional, y a quienes se lo ponen, supongo que el problema no es que encaje fatal con la ropa o el aspecto que tenemos ahora, sino el hecho evidente de que no sabemos qué hacer con él. La legítima, que tampoco tiene ni pajolera idea, dice: te ves muy guapo y elegante, Pepe. Pareces el caballero que no has sido en tu puta vida. Y Pepe, tras probárselo veinte veces ante el espejo, sale a la calle sintiéndose caballero y cosmopolita. Y así ves a Pepe con el sombrero encasquetado en un café, en el vestíbulo del hotel, visitando una catedral o paseándose entre las mesas de un restaurante. Tan satisfecho, el soplapollas. Ignorando que al entrar bajo un techo, lo mismo que en presencia de una señora o de alguien mayor o respetable, lo primero que hace un hombre educado es destocarse. Lleve lo que lleve. Aparte la pinta de cada cual, cuando de veras se nota si alguien sabe usar sombrero o no, es cuando se tiene en las manos, y no en la cabeza. Ahí está el detalle, que decía Cantinflas. La diferencia entre un caballero y un payaso.

19 de enero de 2003

domingo, 12 de enero de 2003

El picoleto


En la sierra de Madrid anochece gris, brumoso y sucio. Llevo todo el día dándole a la tecla y me apetece estirar las piernas, así que me enfundo la cazadora de piloto del Güero Dávila y salgo a dar un paseo. Cae una llovizna fría, y el agua en la cara me espabila un poco cuando bajo hasta el bar de Saturnino, que está junto a la carretera, en busca de un café. El camino pasa por la iglesia, en cuyo porche me entretengo un rato con don José, el párroco, que está allí con su eterna boina, como un centinela en su garita. Qué te parece lo de ese pobre chico, dice. Y me cuenta. Hace sólo unas horas, muy cerca de aquí, dos heroicos gudaris han asesinado a un joven guardia civil cuando éste se llevaba la mano a la visera de la teresiana para decir buenas tardes. Hablamos un rato del asunto, el páter me cuenta los detalles que ha oído en la radio, y luego me despido y sigo mi camino bajo la lluvia.

Cuando llego al bar, llueve a cántaros. Digo buenas tardes, me apoyo en la barra sacudiéndome como un perro mojado, y pido un cortado con leche fría. Saturnino, que es grande y tripón, deja la partida de mus y pasa al otro lado del mostrador mientras sus contertulios aguardan, pacientes. En la tele, sin sonido, hay un concurso idiota; y en la radio Rocío Jurado canta como una ola, tu amor llegó a mi vida, como una ola. Enciendo un cigarrillo. Junto a mí, en la barra, están cinco albañiles de las obras cercanas; son tipos duros, de manos rudas, manchados de cemento y yeso. Fuman y beben cubatas y carajillos de Magno mientras comentan lo del picoleto muerto, a su estilo: nada que ver con las tertulias políticamente correctas que uno escucha en el arradio ni con los circunloquios del Pepé y el Pesoe. Por lo menos, comenta uno de ellos, un etarrata se llevó lo suyo. Y lástima, añade el otro, que no le dieran un palmo más arriba, al hijoputa. En los sesos. Ése es el tono de la charla, así que tiendo la oreja. Otro cuenta cómo el segundo guardia, herido en el brazo derecho, aún tuvo el cuajo de seguir disparando con la izquierda. Y el del paraguas, añade otro. Ése que pasaba de paisano y corrió a ayudarlos con el paraguas de su mujer como arma. Compañerismo, opina un tercero. Y huevos, apunta otro. Sabe Dios cuántos guardias civiles han muerto ya con esto de ETA, dice alguien. La tira, confirman. Ha muerto la tira. Y ahí siguen, los tíos. Aguantando mecha sin decir esta boca es mía. ¿Os acordáis de sus hijos muertos en las casas cuartel?

Me quedo oyéndolos un rato mientras doy unos tientos al café infame de Saturnino. A veces son como son, comenta un albañil. Tarugos de piñón fijo. Pero hay que reconocer que siempre están donde tienen que estar. ¿No? Martínez, les dicen, ponte ahí hasta que te releven. Y Martínez no se mueve de ahí aunque se hunda el mundo o lo maten. Por ciento ochenta mil pelas al mes que cobran. Y sin sindicatos, que tiene guasa la cosa. Eso vale algo, dice otro. O mucho. La prueba es que la gente dice que tal, cual; pero cuando tienes un problema, ni Gobierno ni rey, ni leches. De los únicos que de verdad te fías en España es de la Guardia Civil. Los cinco siguen un rato comentando el asunto. Y en ésas, como si estuviera preparado, se para afuera un coche verde blanco con pirulos azules. Por la ventana veo como salen dos guardias; otro empuja la puerta y entra. Es un guardia joven y alto. Tal vez se parece al que acaban de matar. Hasta es posible que pertenezca al mismo puesto Villalba, o al vecino de Galapagar. El guardia dice buenas tardes, se quita la teresiana y viene hasta la barra. Un café, por favor, le pide a Saturnino. Solo. Al entrar se ha hecho un silencio. Los albañiles lo miran y hasta los del mus se olvidan de los duples y del órdago. Cuando tiene delante el café, el picoleto saca del bolsillo dos aspirinas, y se las traga con unos sorbos. Qué le debo, pregunta, echándose la mano bolsillo. Saturnino va a abrir la boca, cuando desde el grupo de los albañiles le hacen un gesto negativo. Está invitado, rectifica Saturnino. Por los caballeros.

El guardia se vuelve hacia el grupo y mira un instante sus monos y ropas manchadas. Sus caretos masculinos y honrados, solemnes, sin afeitar, fatigados de todo el día en el tajo. Los cinco lo observan muy serios. Gracias, dice. Algún albañil inclina un poco la cabeza. Nadie sonríe ni dice una palabra. El picoleto se pone la teresiana y se va. Y yo me digo: me han ganado por la mano estos cabrones. Tenía que habérseme ocurrido. Ese café habría debido pagarlo yo.

12 de enero de 2003