domingo, 21 de junio de 2020

Las chicas Bond a las que amé


Ahora queda feo hablar de ellas. Hay que tocarlas con pinzas y mucho cuidado para no pisar una mina. Hasta llamarlas chicas Bond te echa encima a la jauría de neomoralistas de siempre, mismos perros con otro collar, obstinados en controlar vidas, lenguaje y pensamiento ajenos. Cómo estará la cosa que, lo juro por Santa Moneypenny, en la última película de James Bond le han puesto a Daniel Craig –el mejor Bond desde Sean Connery– un asesor de intimidad: un vigilante de la playa para que en las escenas de sexo todo transcurra como Dios, o quien ahora controle esas cosas, manda. Para que no haya dimes y diretes como los de esa actriz que hace poco, en una serie de televisión sobre un texto mío, quiso denunciar judicialmente al actor porque, en una escena de cama y desnudos ambos, el canalla desaprensivo tuvo una erección. Acoso laboral, era la queja. 
 
Lo de chicas Bond, volviendo al asunto, tiene hoy mala prensa. Uno menciona el término y todos saben de qué está hablando, pues para eso sirve el lenguaje. Sin embargo, algunas de las actrices que últimamente encarnaron a esos personajes femeninos reniegan del término, mientras que otras, las clásicas del género, Ursula Andress, Britt Ekland y también la Monica Bellucci de la reciente Spectra, lo reivindican orgullosas, asumiendo que formar parte de un mito hecho a mediados del siglo pasado con reglas más o menos canónicas incluye encarnar con naturalidad, incluso con sentido del humor, a los personajes convencionales del juego. Un actor o una actriz hacen precisamente eso, actuar. Interpretan a personajes concebidos por otros, que el público al que van destinados desea reconocer y disfrutar. Y más cuando el papel de chica Bond, en contra de lo que creen los indocumentados, no siempre trata de señoras atractivas y estúpidas propensas a abrirse de piernas. En las novelas de Ian Fleming y en las películas basadas en ellas, las mujeres son a menudo liberales, independientes, eficaces e incluso peligrosas. Y guapas, faltaría más. A ver, de Connery a Craig, cuándo han visto ustedes en la pantalla a un James Bond feo. 
 
Quizá les parezca sensible con el asunto; pero es que soy bondófilo, o bondiano, como se diga, de la vieja escuela. Como el presidente Kennedy, también mi padre tenía novelas de James Bond en la mesilla de noche; y de ahí las cogía yo con doce o trece años y me las llevaba al cole para leerlas a escondidas. Las películas no podía verlas porque eran para mayores –la primera fue Goldfinger, colándome en el cine– pero los catorce libros me los zampé enteros y algunos influyeron en mi vida. Por ejemplo, hasta que dejé de fumar, mis cigarrillos favoritos fueron siempre los Player’s sin filtro –los mismos que fuma Lorenzo Falcó–, porque uno de mis primeros amores bondescos, la Domino Vitali de Operación Trueno, se confiesa enamorada del marinero que ilustraba la cajetilla cuando el tabaco aún no era un pecado social. Y fíjense hasta qué punto sigo siendo adicto al comandante Bond que, además de ver de vez en cuando el ciclo entero de películas –nadie como Connery, lo siento, ni siquiera el magnífico Craig–, dediqué estos meses de confinamiento a buscar por Internet los cinco títulos que me faltaban de la primera edición en español de las novelas publicadas en los años 60 por la editorial Albon, y que ahora se alinean todas en mi biblioteca junto a Goldfinger, Desde Rusia con amor y las otras que aún conservo de mi padre. 
 
Si James Bond, guste o no a los moralistas, es uno de los grandes e indiscutibles iconos del siglo XX, las chicas Bond, exactamente con esa denominación, forman parte del mito. Y hasta de mis propios mitos. Con la Milady de Los Tres Mosqueteros y la Ava Gardner de Mogambo, esas mujeres bellas y peligrosas de las novelas y la pantalla conformaron algunos de mis gustos y decisiones personales de adulto. Honey Rider, Tatiana Romanova, Pussy Galore, Vesper Lynd y las demás son parte de mis primeros amores: espías a las que amé y espías que me amaron, y no hay asesor de intimidad que pueda estropearme la memoria. Y no soy el único. Los bondianos –y conozco a unos cuantos– podemos reconocerlas cuando las vemos, ignorarlas cuando no las reconocemos y desdeñarlas cuando, tras figurar en él, reniegan del canon que las convierte en mito. No es culpa nuestra si el mundo se ha vuelto tan idiota que mezcla churras y merinas sin conocimiento y sin matices. Como me dijo Viggo Mortensen cuando encarnaba a Alatriste para el cine, «lo importante es llevar al espectador inteligente al juego inteligente y contar bien el cuento que sabe le estás contando». Y lo demás son milongas. 
 
21 de junio de 2020 
 

domingo, 14 de junio de 2020

La tercera Alejandra


Era la travesti –entonces se llamaban así– más guapa que vi nunca: morena, alta. Alejandra, se llamaba. Y según como la mirases podía parecerse a Candice Bergen y a Julia Roberts. Sólo cuando te fijabas mucho, sobre todo en las manos y la nuez del cuello, intuías que aquello tenía gato encerrado. Y realmente lo había; pues aunque ella ejercía la prostitución, o precisamente la ejercía por ese motivo, en realidad ahorraba para operarse lo que la naturaleza, que a veces es tan hermosa como malvada, le había puesto de sobra. 
 
La conocí a finales de los años ochenta, haciendo unos reportajes para televisión sobre el lado más duro de las noches de Madrid. Ese mundo estaba entonces menos visto que ahora y era más noticia, pero mover una cámara en esos ambientes no era fácil. Durante un tiempo anduve entre putas, chulos de putas, drogadictos, camellos, atracadores y policías. A veces, los infiernos rondaban cerca. Era como ir en taxi a la guerra; a otra guerra no tan espectacular, pero casi tan cruda como las habituales. Me movía bien, respetaba las reglas, sabía escuchar y cómo hacer que la gente hablara. Mi oficio era hacerme aceptar, y lo conseguía con labia y pagando copas o lo que hubiera que pagar. Y fue así como me hice aceptar por Alejandra. 
 
Decir que éramos amigos sería excesivo. Tenía información que yo necesitaba, sobre ella misma y sobre el ambiente en que vivía. Al principio la compensaba por su tiempo. Tomábamos copas en el Madrid peligroso o paseábamos conversando. Apareció en algunos reportajes de forma discreta, sin comprometerse y sin comprometerla. También fue a La ley de la calle, aquel programa de radio nocturno que tenía con mis compadres Juan el yonqui, Ruth la puta, Manolo el policía y Ángel Ejarque, ex boxeador, pícaro profesional y rey del trile callejero. Nos íbamos de copas todos juntos y Alejandra lo pasaba bien. Creo que me tenía afecto. Yo, desde luego, se lo tenía. Era buena persona. Conocí con detalle su vida desgraciada y terrible, despreciada por un mundo en el que tenía difícil encaje. Recuerdo una coletilla suya que surgía a menudo en la conversación: lo máximo a que aspiraba. Un buen hombre que me quiera, repetía. Un buen hombre que me quiera. 
 
Lo pasábamos bien en aquellas noches de copas, cigarrillos y bares canallas. Se reía con mis chistes malos, y yo con ella. Una vez tuvimos bronca seria con mala gente de la que, en buena parte gracias a su temple, salimos bastante bien parados. A su lado aprendí la eficacia de un tacón de aguja como arma defensiva. Era ingeniosa, sarcástica, divertida y valiente, y muchas veces me pregunté cuánto de bueno podía haber habido en su vida de discurrir ésta por otros cauces. Sin este destino cabrón que tanto nos marca, nos enreda y a veces nos condena. 
 
Dejé la radio, dejé la tele, dejé las guerras, escribí novelas y a Alejandra la perdí de vista. La encontré catorce años después, teñida de rubio, en la esquina de la calle de la Bolsa. Ya no era tan guapa. Seguía ejerciendo el oficio. Nos metimos en un bar como en los viejos tiempos y me contó aquellos años sin suerte: una operación de cambio de sexo que no salió como esperaba, un hombre no tan bueno que no la quiso tanto como soñó que la quisieran. Aun así, el viejo orgullo la mantenía erguida frente a mí, sin perder la compostura: digna como la señora que siempre fue, o siempre quiso ser. Nos despedimos tristes, y con sólo dos palabras detuvo mi ademán de sacar la cartera y dejarle algo en el bolso para ayudarla. 
 
Transcurrieron otros doce años sin que volviese a verla. Y poco antes de la pasada Navidad la encontré en los soportales de la Plaza Mayor, donde se sitúan los vendedores de abetos. O más bien creí que era ella. Estaba sentada en una sillita ante una lona sobre la que había trozos de corcho de los que se venden para ambientar los belenes. De nuevo morena, avejentada, gorda, con arrugas en la cara y calentándose las manos en los bolsillos de un anorak sucio. Pensé que era Alejandra, y para comprobarlo me puse delante, contemplando los trozos de corcho. Pero no dio muestras de reconocerme. Me miró a los ojos y su mirada resbaló al vacío, perdiéndose en la plaza. Eso me hizo dudar, así que me agaché y cogí un trozo de corcho. «¿Qué vale?», pregunté. Me miró de nuevo como se mira a un desconocido. «Cinco euros», repuso seca. Le entregué un billete de 50 y movió la cabeza. «No tengo cambio», dijo. Respondí que daba igual, que el trozo bien podía valer esa cantidad. Sin manifestar sorpresa ni dar las gracias, se metió el billete en el bolsillo y volvió a mirar hacia la plaza. Entonces di media vuelta y me alejé con mi trozo de corcho en la mano. Sabiendo que me había reconocido y que era ella. 
 
14 de junio de 2020 
 

domingo, 7 de junio de 2020

El hombre al que pude matar


Ocurrió hace años. Estaba sentado en la terraza de un bar cuando se me acercaron dos jovencitos quinceañeros. «Tú quisiste matar a mi padre», dijo uno de ellos a quemarropa. Los miré, desconcertado. «¿Quién es vuestro padre?», pregunté. Me lo dijeron. Estuve un momento callado y luego pregunté quién les había contado eso. «Nos lo ha contado él», respondieron. Me gustó su aplomo, su decisión de críos dispuestos a ajustar cuentas. «¿Y vuestro padre me guarda rencor?», inquirí. Fue el mayor quien respondió. «No, porque dice que él habría hecho lo mismo». Entonces les pedí que se sentaran. Lo hicieron, recelosos. No quisieron tomar nada y se quedaron en el borde de la silla, muy tensos. Eran chicos duros y me gustó que lo fueran. Entonces les conté mi versión de la historia. 
 
Ocurrió a finales de 1975 en un lugar del Sáhara llamado El Farsía; que era como estar en mitad de la nada, con la diferencia de que esa nada estaba llena de soldados marroquíes que tenían cercada a una diezmada katiba de guerrilleros saharauis. Y había un problema adicional: había allí dos periodistas españoles de veintipocos años, con la mala suerte de no estar con los marroquíes sino con los otros, los guerrilleros. Y tanto éstos como los periodistas lo estaban pasando muy mal. No había forma de salir de allí, al que se movía lo achicharraban, y para colmo no quedaba agua para beber, el sol pegaba vertical con unos 45º a la sombra –si hubiera habido sombra, que no era el caso–, y la inmovilidad, el sudor, los tiros, el tormento de las moscas, el miedo, ponían los nervios al límite de su resistencia. 
 
Todo ser humano, por templado que sea, tiene unos límites. Son las circunstancias las que te acercan o alejan de ellos. Aquel día de tortura insoportable, los nervios de uno de los reporteros tocaron el límite antes que los del otro. Salió primero su número. Así que, tras haber aguantado durante días y sobre todo durante las últimas horas, agotado por la tensión, perdió la compostura. Hay que rendirse, dijo. Gritemos que somos periodistas, levantemos los brazos y salgamos de aquí. Su compañero, sin embargo, no lo veía así de fácil. Nadie sabía que estaban allí, opuso con cierto sentido, y a los de enfrente les daban igual dos vidas más o menos. Tampoco les iba a gustar que hubiera testigos de aquello, ni que dos reporteros fueran en plan coleguillas con sus enemigos. Y si los cogían vivos, añadió, quizá fuera peor, porque les iban a ir dando por el culo hasta Tarfaya. Esa fue exactamente la frase, concreta, inolvidable: «Nos van a ir dando por el culo hasta Tarfaya». 
 
El plan, había dicho el jefe de los saharauis, era esperar la noche para infiltrarse entre los marroquíes y escapar. Pero para eso había que estar tranquilos y callados. Sin embargo, el otro periodista no se dejaba convencer. Empezó a ofuscarse y a gritar, todo eso tirados cuerpo a tierra, parapetados entre las piedras desnudas, roncos de sed y con el sol asesino sobre sus cabezas. Y cuando hizo ademán de levantarse para ir hacia los marroquíes, su compañero le sacó a uno de los que estaban tumbados junto a ellos una pistola que el guerrillero llevaba en una funda colgada al cinto: una vieja Astra del 9 largo. El caso es que cogió la pistola, le quitó el seguro, se la puso al colega en la cabeza y señaló a los saharauis. «Nos pones en peligro a todos –dijo con toda la firmeza de que fue capaz–. Si te pego un tiro, éstos no van a decir nada a nadie». Y los saharauis miraban, callados y aprobadores. 
 
Esa misma noche, en absoluto silencio los guerrilleros y los periodistas consiguieron infiltrarse entre los marroquíes –todavía hoy parece un milagro al recordarlo– y escapar de allí. Excepto aquellos diez minutos de crisis, el comportamiento del periodista que había perdido un momento los nervios fue impecable. Arrastrándose en la oscuridad se condujo con un valor tranquilo, y hasta se arriesgó un par de veces para esperar y ayudar al compañero. Publicados en España, los reportajes y fotografías fueron una gran exclusiva: éxito total. Ninguno volvió a comentar el incidente hasta una semana más tarde, cuando tomaban juntos una copa con las chicas del cabaret de Pepe el Bolígrafo, en El Aaiún. En un momento determinado, de improviso, uno de ellos sonrió y le dijo al otro: «Supongo que yo habría hecho lo mismo que tú». Ésa fue su absolución de hermanos, y no hubo nada más. Después se miraron a los ojos en silencio y encargaron a Chocolate, el camarero negro, la botella de champaña que Silvia y la Franchute llevaban mucho rato pidiendo. 
 
7 de junio de 2020 
 

domingo, 31 de mayo de 2020

Sobre héroes y/o asesinos

Cada vez me gusta menos cierto tipo de español que nuestra infame clase política y la gozosa incultura general están fabricando. Si fuera más joven, a lo mejor me iba a otro sitio; pero me da pereza mover la biblioteca. Además, tengo curiosidad por ver en qué termina esto: si se cumplen los viejos ciclos históricos, o si este país fascinante, tan prolífico en hijos de puta, sacará la cabeza del agujero. Lo amo por desgraciado, tal vez. O, como figura en un monumento a los marinos muertos en el desastre del 98, por lo mucho que sufre y ha llorado. Y va a llorar. 

Esto viene al hilo de un cuadro de mi amigo Ferrer-Dalmau, nuestro pintor de batallas. Augusto no es hombre de izquierdas, pero sí de historia militar; y ejerciendo su oficio pintó hace días un maquis, un guerrillero comunista junto a una fogata, fumándose un cigarrillo. Lo colgué en Twitter, como suelo hacer con sus trabajos. Confieso que lo hice sin inocencia, sabiendo lo que iba a ocurrir. Y ocurrió. Aquello se convirtió de inmediato en el habitual conmigo o contra mí. Tuiteros de buena fe, la mayoría, que alababan el talento del maestro; pero también zafarrancho de partidarios, enemigos, agraviados y ofendidos. Cualquiera habría dicho que los maquis fueron hace dos días y las heridas siguen frescas: valientes, cobardes, idealistas, héroes, bandoleros, asesinos… Hasta hubo quien reprochó a Augusto pintar un maquis y no un guardia civil; cuando, entre otras muchas cosas, el gran Augusto lleva pintando guardias civiles toda su vida. 

Lo grave de todo esto es que esa minoría que no sale del cliché elemental, que cuando tiene una ideología determinada es incapaz de ver nada negativo en la propia ni nada positivo en la del adversario, ya no es tanta minoría, pues crece en los últimos tiempos, contagiada del disparate que la superficialidad de las redes sociales y la televisión, la ignorancia, el sectarismo y la mala fe imponen a los jóvenes. Es en momentos como éste cuando más falta hacen personas como mi amigo y vecino Paco –olvidé su apellido, o prefiero olvidarlo hoy–. Pero Paco murió hace veinte años, y el testimonio de quienes escriben con ecuanimidad sobre él y sus antiguos enemigos resulta poco frecuentado en librerías y bibliotecas. 

Paco fue mi vecino, como digo. Su casa lindaba con la mía. Un jubilado tranquilo y amable, de pelo blanco. Había sido capitán de la Guardia Civil; y al ganar confianza, supe cosas de su vida. En su juventud había estado en las contrapartidas antimaquis, combatiéndolos en las montañas. No era muy lector, aunque su mujer había sido maestra, y le regalé un libro que no conocía: La sierra en llamas, de Ruiz Ayúcar. Al final me contaba episodios interesantes de cuando él y otros guardias se disfrazaban con ropas civiles y libraban una dura guerra contra el maquis bajo el frío, la lluvia y la nieve, cazándose unos a otros como alimañas con emboscadas, golpes de mano, secuestros, asesinatos mutuos, en aquella sucia guerra rural silenciada por el franquismo. Hablaba Paco de sus enemigos de entonces con una curiosa mezcla de rencor y admiración. De sus tropelías y asesinatos, y también de su valor y entereza. «Eran hombres de verdad –me dijo una vez– que sabían vestirse por los pies. Luchaban como fieras. Y había con ellos mujeres que tenían incluso más cojones que muchos». Cuando hablaba de eso, a Paco se le enturbiaba la mirada y sonreía triste: «Era gente brava que había tenido un ideal y tuvo mala suerte. Ellos cumplieron con el que creían era su deber y nosotros con el nuestro». 

Nadie me lo explicó nunca tan bien como Paco, que había sido su enemigo. Entre 1939 y 1952, los maquis asesinaron a casi un millar de campesinos, a 257 guardias civiles y a 50 militares y policías. Pagaron por ello un precio sangriento y acabaron aniquilados. Pero esos hombres acosados como alimañas, que terminaron siendo bandoleros fugitivos por los montes, habían combatido tres años en la Guerra Civil; y luego, exiliados en Francia, luchado en la Resistencia, liberado París y peleado en Alemania. Y después, creyendo que había llegado su hora, volvieron a España a hacer lucha de guerrillas contra el franquismo (cuando alguien los compara con las ratas criminales de ETA, de bomba fácil y tiro en la nuca, dan ganas de reír, o de vomitar). Los maquis españoles fracasaron, quedaron traidoramente abandonados por el Partido Comunista y acabaron librando una lucha desesperada y cruel, vagando por los montes como lobos peligrosos, cayendo uno tras otro hasta que acabó todo. Fueron heroicos y criminales, como muchos de quienes los persiguieron. Y si Paco, que era guardia civil y los mataba, hablaba de ellos con lucidez crítica y con respeto, no sé quién puede creerse con derecho a hacerlo de otra manera. 

31 de mayo de 2020 

domingo, 24 de mayo de 2020

La actriz de aquella noche

«Yo a los amigos no les cuento las penas; que los divierta su puta madre». El actor Antonio Gamero, copa en mano, acababa de pronunciar su frase inmortal apoyado en la barra del Bataplán, cuyos ventanales y terraza se abrían a la playa de la Concha de San Sebastián. Era septiembre, a finales de los 90, en pleno festival, y el mundo del cine de entonces se congregaba allí cada noche después de asistir a las proyecciones y cenar, los que podían permitírselo, en Aldanondo o en Ganbara, donde Amaia, la expeditiva y acogedora dueña, te trataba como a uno de su familia. 

Daban las tantas y habíamos estado trasegando alcohol de diversa procedencia, entre humo de cigarrillos –qué tiempos– y rumor de conversaciones, el grupo de amigos y conocidos que cada año nos congregábamos en la mesa de la esquina del bar del hotel María Cristina: mi casi hermano el productor Antonio Cardenal –acababa de rodar con Polanski La novena puerta, basada en una novela mía–, Pedro Masó, Pepe Vicuña, Ana Belén, Imanol Uribe, María Barranco, Sancho Gracia y otros del oficio. La noche anterior había sido mágica, pues al regreso al hotel, con Fito Páez sentado al piano, Ana Belén se había puesto a cantar como el ángel que era y supongo sigue siendo. Andábamos un poco resacosos, así que, tras cumplir con el ritual nocturno de Bataplán, casi todos se iban largando ya. En el bar quedábamos cuatro gatos: Gamero atornillado a la barra, Cardenal atornillado al White Label y yo contándole a Carmelo Gómez el chiste del oso maricón. Entonces, una agente de actores, chica simpática a la que yo apreciaba mucho, me cogió aparte. Acabo de llegar con ella, dijo señalando a una señora delgada y elegante que estaba de pie junto a la puerta. Y no conoce a nadie. ¿Me harías el favor de hacerle un poco de compañía? 

Es difícil decir no a esa petición si estás en Bataplán a las dos de la madrugada y compruebas que la compañía que te proponen rodó una película con Visconti. Acompañé a mi amiga, me presentó a la actriz y nos dejó solos. La actriz iba muy bien vestida y yo me felicité de estar a tono con una americana azul oscuro. Le llevé la copa que me pidió, y con un gintonic de Bombay azul en la mano procuré darle conversación. Mi inglés es infame, más adecuado para hablar con taxistas nigerianos o marines americanos que para hacer vida social; pero en francés nos manejamos muy bien. Nunca hasta esa noche había visto a esa mujer en persona, y me sorprendieron dos cosas: era más delgada de lo que parecía en la pantalla, y sus ojos claros eran muy luminosos y melancólicos. Debía de tener, calculé, cinco o seis años más que yo. Pequeñas arrugas se marcaban en torno a sus ojos y las comisuras de la boca. Ya no era tan bella, pero conservaba el encanto ambiguo, casi andrógino, que la había llevado a la pantalla. 

Intenté ser original no hablando de sus películas, de las que supuse le hablaría todo el mundo. Tampoco, por simples buenas maneras, hablé de mí. Su agente me había presentado como novelista y ex reportero, y no creí necesario más. Hablé del festival, de la gente pintoresca del cine español, de galanes de antaño como Rafael Durán y Alfredo Mayo, de Conchita Montenegro, que sedujo a Leslie Howard y protagonizó la extraordinaria Rojo y negro. Y cuando agoté la conversación sobre cine y aledaños, salimos a la terraza a contemplar la bahía bajo la luna y eso me dio pie para contarle que en esa playa aterrizó un avión con fugitivos nazis al final de la Segunda Guerra Mundial. Hablé luego del monte Igueldo, del casino de Biarritz, de Arzak y hasta de los chipirones encebollados. Y cuando ya no supe qué más decir, miré el reloj, dije que era muy tarde y se la devolví a su representante con la satisfacción del deber cumplido. 

A la mañana siguiente, desayunando en un café frente al María Cristina –siempre que puedo, evito los desayunos de hotel–, vi a la representante de la actriz. Me dio las gracias muy cariñosa y añadió: «Eso sí, no te imaginas lo enfadada que la tienes». Me quedé inmóvil, con la tostada a medio camino, pregunté por qué y respondió: «Dice que durante la hora larga que estuvisteis juntos no le hablaste ni una sola vez de sus películas». 

Como podrán ustedes comprender, desde entonces, cada vez que me encuentro con un director de cine, un actor o una actriz, y por si acaso también con un escritor o escritora, les hablo de sus películas. O de sus libros. O de lo bien que envejecen o rejuvenecen. Esa es, sin duda, la razón de que entre directores, actores y escritores se haya corrido la voz de que tengo una conversación interesante. 

24 de mayo de 2020 

domingo, 17 de mayo de 2020

El sastre, el traje y la madre que los parió

Durante estos días de estado de alarma y confinamiento según y cómo pero todo lo contrario, es posible que recuerden ustedes aquel chiste del sastre chapucero y el traje mal cortado. Por alguna razón que no establezco –tal vez mi natural ingenuidad–, yo mismo pienso en él a menudo, mientras oigo la radio o veo la tele. Y como hoy no se me ocurre otra cosa mejor que contarles, y el mencionado chiste contiene aspectos que podrían tener una lectura en clave política y social del tiempo y la España en que vivimos, y también de quienes la administran, me van a permitir ustedes que se lo refresque. Así que procedo a ello. 

Un cliente acude a la sastrería a probarse un traje hecho a medida, que ya está listo, dicen, para que se lo lleve. Situado frente al espejo de cuerpo entero, mientras el cliente se estudia detenidamente, el sastre dice: «La verdad es que le queda a usted de puta madre». Poco convencido, el cliente comenta que ve el cuello de la chaqueta ligeramente holgado hacia la derecha. «Eso se le adaptará por sí solo en cuanto lo use un poco», responde el sastre. «Podría retocárselo –añade–, pero sería una pena porque, como le digo, el traje le queda de puta madre. Le recomiendo que durante un par de días tuerza usted un poco el cuello y lo incline hacia ese lado, ¿ve? Hasta que se asiente la hechura. ¿A que tengo razón? ¿Ve cómo ahora le queda de puta madre?». 

Obedece el cliente, comprobando que el sastre tiene razón y que, con el cuello torcido a la derecha, la chaqueta le cae ahora impecable. Pero de pronto observa que, en esa postura, una manga queda más corta que la otra. Y se lo hace notar al sastre. «Eso también se asentará en cuanto lo use usted un par de días –responde el tijerillas con mucho aplomo–. Bastará, de momento, con que encoja usted un poquito ese brazo, así, mire, y la manga tendrá la longitud perfecta. Y no es por no retocárselo, se lo aseguro; pero sería una lástima tocar los hilvanes porque, desde luego, el traje le queda a usted de puta madre». 

Convencido por el argumento técnico, el cliente –que es un bendito de Dios– encoge el brazo y comprueba que, en efecto, si tuerce el cuello hacia la derecha encogiendo al mismo tiempo el brazo izquierdo, esa manga muestra exactamente un centímetro de puño de camisa, como debe ser. Pero también repara en que el pantalón hace una bolsa bajo la cintura, sobre la pinza de la izquierda, y se lo indica al sastre. «Es que estamos hablando todo el tiempo de lo mismo –responde sin inmutarse el otro–. El traje le sienta de puta madre, pero la lana fría de oveja virgen de Cornualles, como producto que es de altísima calidad, siempre necesita unos días para adaptarse de forma natural al cuerpo que la lleva. Esto no es tergal, caballero». Entonces el cliente, casi avergonzado por preguntar, reclama una solución para el asunto. Y el sastre, magnánimo, responde: «Muy fácil, fíjese. Durante ese par de días que le aconsejo, procure usted caminar con la cadera así, un poco echada para el lado izquierdo. ¿Ve lo que le digo? De ese modo no se nota bolsa ni nada. Y así, también el pantalón le queda de puta madre». 

Levanta un dedo el cliente, tímido pero inquieto. Permítame una observación, dice. Observo que si echo a un lado la cadera, la bolsa del pantalón desaparece; pero entonces queda una pernera más corta que la otra. Fruncido el ceño, cinta métrica en mano, el artista se agacha, toma la medida y se incorpora, displicente. «Sólo dos centímetros –sentencia–. No merece la pena retocarlo porque, como digo, la lana inglesa Chaste Sheep de cuatro hilos tejida en crudo se adapta muy bien con el uso. Bastará con que flexione usted esa rodilla y tuerza la pierna al andar. Sería una pena descoser y coser de nuevo, el tejido perdería su apresto. Y como le repito, y usted mismo puede comprobar, mírese bien ahora, el traje le queda de puta madre». 

Convencido, adoptando simultáneamente todas las posturas sugeridas por el sastre, el cliente sale a la calle a lucir el traje nuevo. Atento a recordar cada uno de los consejos sartoriales, camina con el cuello inclinado a la derecha, el brazo izquierdo encogido, la cadera a un lado y una pierna torcida. Pasa así, orgulloso de su indumento, por delante de un bar en cuya puerta hay dos parroquianos que se lo quedan mirando. «Oye, compadre –comenta uno–. Ese tío tan raro que pasa, fíjate en lo mal hecho que está». A lo que responde el otro: «Raro es, desde luego. Pero debe de tener un sastre estupendo, porque el traje le sienta de puta madre». 

Y, bueno. Supongo a muchos de ustedes les sonará el chiste. Y el sastre. 

17 de mayo de 2020 

domingo, 10 de mayo de 2020

Confinado con un sable

Tengo en las manos un sable de caballería, de húsar francés. Procede de las guerras napoleónicas y es un modelo que la Historia conoce como An IV, fabricado entre 1795 y 1796 en la factoría de Klingenthal. Se trata de una hermosa pieza con hoja ancha ligeramente curva y empuñadura de estribo a la húngara: el arma más prestigiosa y clásica de las guerras del Consulado y el Imperio, hasta el punto de que muchos húsares veteranos se negaron a cambiarla por los nuevos modelos y llegó hasta 1815 y Waterloo. 

He limpiado esa pieza como hago periódicamente con otras de mi modesta colección: paño suave y una cera que protege el metal y el cuero de la vaina. Alguno de estos días de confinamiento y calma lo he dedicado a ellos; a repasarlos uno por uno y poner sus fichas al día, averiguando más de cada ejemplar por las pistas que ofrece: punzones y marcas que indican dónde y por quién fue fabricado y utilizado, investigando en catálogos de armas, libros técnicos y de Historia que permiten reconstruir sus fascinantes biografías. Porque un sable, como todo objeto coleccionable, habla a quien lo escucha. Sobre todo, del tiempo que vió y las manos que lo empuñaron. Como sabe cualquier aficionado a coleccionar algo, un objeto no es sólo codiciable por su valor material, que puede ser escaso, sino también, o sobre todo, por su historia y la de quienes antes lo poseyeron. Es una puerta de las muchas que se abren al conocimiento y la memoria. 

He pensado en eso estos días. En los coleccionistas de sellos, cromos, juguetes, relojes, libros, pastilleros, dedales de coser, automóviles, ceniceros, botellas de vino, cajas de cerillas o las innumerables variantes posibles. Creo que en estos tiempos de reclusión, que el privilegio de una buena biblioteca y lugares cómodos hacen llevaderos, pero que a otros menos afortunados condenan al aislamiento y la desesperación, los coleccionistas de algo, quienes amueblan su mundo personal con esas vías de escape que permiten ir más allá del objeto para disfrutar de cuanto suscita en la imaginación, encajarán con más sosiego lo difícil y amargo. Revisar sus colecciones, ponerlas al día, ampliar el conocimiento sobre tal o cual pieza –y más cuando se dispone de la formidable herramienta de Internet– habrá aliviado, sin duda, momentos que en otros casos habrían sido de hastío, ocio estéril o desesperación. 

Pero no se trata sólo de coleccionistas. Cualquier afición, un móvil cualquiera que libere al ser humano de lo inmediato, si así lo desea, para llevarlo a otras regiones de placer y gratos ensueños, desde la simple contemplación de lo bello, útil o interesante hasta la penetración intelectual en cuanto ese objeto hace posible, ha salvado y salva, desde hace siglos, al ser humano de sus pozos oscuros y sus peores abismos. Entramos aquí en el ámbito de las aficiones, de los gustos alimentados por la iniciativa. En poseer, porque uno mismo lo construye, una tabla de salvación, un burladero confortable, una trinchera donde refugiarse –mirando al exterior o negándose a hacerlo, ya es cosa de cada cual– para abrigarse del frío que a veces hace ahí afuera. Del mismo modo que, cuando en otra etapa de mi vida, el regreso con malas imágenes en la retina a un hotel de paredes agujereadas y ventanas rotas me sumergía en un libro en cuyas páginas encontraba evasión, pero también explicaciones y consuelo, tengo la certeza de que quienes tienen una retaguardia amueblada con objetos que aman por su belleza o utilidad, gozan de más herramientas para que su cabeza, y como consecuencia su cuerpo, sobrevivan a los tiempos duros. 

Por eso hace un rato, cuando limpiaba el sable de húsar antes de devolverlo a su vaina, pensaba con una pequeña sonrisa cómplice en todos ellos. En los hermanos de la costa a los que nos une, no la misma afición ni los mismos gustos, pero sí algo común y por encima de eso: la conciencia, o la intuición, o la experiencia, de que hay actividades, mundos propios que nos salvan; que alivian esas soledades que todos tenemos, incluso, o tal vez precisamente por ello, encerrados en un piso de 60 metros con niños, marido, esposa y suegra, o suegro. En quien con minuciosa paciencia construye barcos de madera para navegar con la imaginación, pinta soldados de plomo, recupera películas amadas de la videoteca, alinea vitolas de puros en un álbum, mata marcianos en la videoconsola, acaricia un libro como si fuera la piel de un amante o un amigo. Dichoso es, por tanto, quien tiene un sable en casa. No como arma, que eso es lo de menos, sino como compañía, evasión y consuelo. 

10 de mayo de 2020 

domingo, 3 de mayo de 2020

El hombre al que mató el miedo

Era un judío austríaco, culto, rico, elegante y cobarde, y se había suicidado en Brasil veinticuatro años atrás. Todo eso lo ignoraba yo cuando lo descubrí en la biblioteca de mi abuela María Cristina. Mi abuela y mi tía Pura eran muy aficionadas a la literatura contemporánea, y Stefan Zweig era de su agrado. Carta de una desconocida, Veinticuatro horas de la vida de una mujer y la biografía María Antonieta me gustaron mucho; pero yo leía de todo, compulsivamente, y ese autor quedó atrás, como quedan tantos libros y autores cuando un joven lector piensa más en engullir con voracidad que en digerir despacio. 

Lo redescubrí más tarde, cuando José Ramón Zabala, un amigo al que debí importantes hallazgos literarios, me aconsejó Novela de ajedrez. Con ella, Zweig volvió a mi vida. Adquirí sus obras completas en editorial Juventud y luego en La Pléiade, y me lo zampé varias veces. Sus extraordinarias biografías –ese magistral Fouché–, con las de Ludwig y Maurois, amueblan buena parte de mi percepción del mundo. También me fascinó su inteligente forma de penetrar en personajes femeninos. Por eso me sorprendía que los críticos literarios españoles catalogaran a Zweig como simple autor de novelas de éxito, cuando a mí me parecía un escritor inmenso, a la altura de mis adorados Mann, Stendhal y, sobre todo, Conrad, también despreciado entonces por nuestros mandarines de la literatura. Pero en los años 80, debido a su reconocimiento intelectual en Francia, aquellos idiotas dejaron de enarcar la ceja, pasaron al aplauso, y hoy nadie discute lo indiscutible. 

Nunca he olvidado a Stefan Zweig –releo algo suyo de vez en cuando–, pero lo recuerdo mucho en estos días difíciles para Europa y el mundo: famoso, rico, la llegada de los nazis lo empujó al exilio haciéndole perder patria, casa, biblioteca, idioma, amigos y esperanzas. También las ganas de vivir. A diferencia de otros intelectuales de habla alemana como los Mann o Joseph Roth –autor de la extraordinaria La marcha Radetzky–, Zweig quiso mantenerse al margen. Creyó al principio que la tormenta totalitaria sobre Europa era pasajera y que pronto volvería todo a la normalidad. A su normalidad cómoda, educada y elegante. Por eso eludía comprometerse. La polémica no es la forma de expresar mis convicciones, escribió. Su voz ni siquiera se alzó para denunciar los crímenes nazis ni defender a los otros judíos que iban a los campos de exterminio. Se quitó de en medio, huyó a Inglaterra, de donde también puso pies en polvorosa cuando la guerra llegó allí. Y mientras otros escribían artículos o daban conferencias denunciando el horror en el que Europa se sumía, él pretendió mirar desde lejos, creyendo que el dandi mundano que había sido sobreviviría, mano sobre mano, a la tragedia en marcha. 

Esa irrealidad de emboscado, de pacifista naif, le duró poco. La entrada de Estados Unidos en guerra, la caída de Singapur en manos japonesas, le hicieron comprender que en ningún lugar estaría a salvo. Y ya era tarde para unirse a los intelectuales antinazis que llevaban tiempo batallando en el exilio. Sus libros estaban prohibidos en la Europa ocupada, su paraíso confortable no existía, y creyó que un futuro mejor, si llegaba, tardaría en manifestarse. Lo dijo en una carta a sus amigos: Cuanto hice se reduce a la nada. Europa, nuestra patria, está devastada para un tiempo que se extenderá más allá de nuestras vidas. Así que en 1942, junto a su joven esposa, tomó una sobredosis de Veronal y salió de escena para siempre. Fue Thomas Mann, el autor de La montaña mágica, quien le dedicó este duro epitafio: No tenía conciencia de su deber hacia sus compañeros de infortunio en el mundo entero, para quienes el exilio fue mucho más duro que para él, famoso, adulado y libre de toda preocupación material.  

Nos quedan sus libros, por fortuna. Uno de ellos, el último, es el extraordinario El mundo de ayer, adiós melancólico a una Europa deshecha ante sus ojos asustados e impotentes. Y es de aconsejable lectura por muchas razones: una es la gran calidad literaria; otra, su dolorido adiós a una geografía histórica y cultural, vieja república de las artes y las letras, humanidad kantiana reconciliada en el amor de lo bello y lo justo. El testamento de un hombre de extraordinario talento derrotado por sí mismo, para quien la vida fue un privilegio; y ese mismo privilegio, unido a un carácter débil, lo incapacitó para gritar y luchar. Por eso El mundo de ayer de Stefan Zweig no es realmente el final de un mundo. Es el final de su mundo. El testamento conmovedor, pese a todo, de un hombre que murió sin pelear mientras otros sí lo hacían. 

 3 de mayo de 2020 

domingo, 26 de abril de 2020

La estrella moribunda

Durante cierto tiempo, las estrellas fueron importantes en mi vida. Crecí junto al mar cuando la costa no era todavía un continuo paisaje de cemento y luz artificial, y las noches en la playa, junto a fogatas hechas con madera de deriva, transcurrían bajo una hermosa bóveda celeste que giraba despacio alrededor de la Polar. Fue con Paco el piloto, en las noches en que salíamos al mar para que él se buscara la vida con los barcos extranjeros fondeados, con quien aprendí a tomar la distancia desde la Osa Mayor para encontrar la estrella maestra. Más tarde, cuando navegué en mi propio velero, algunas noches apagaba –aún lo hago– todos los instrumentos de a bordo para, sentado junto al timón, sentir el placer de navegar un rato con sólo las referencias del cielo. Y cuanto tengo alguna duda, todavía consulto el Starfinder, el disco localizador de estrellas que me regaló, hace ya muchos años, el capitán de la marina mercante don Carlos de la Rocha. 

También, cuando trabajé en lugares donde la luz no sólo no era posible sino que podía ser peligrosa, muchas noches transcurrieron en la oscuridad, a cielo abierto, y a menudo dormí o esperé tumbado sobre la arena o en el saco de dormir, mirando estrellas hasta aprenderme varias constelaciones de memoria: El Cisne, La Cruz del Sur, Las Pléyades, Cefeo, Orión… De todas ellas, Orión es la que más vinculada está a mi vida, y no sólo por ser la más hermosa. Desde niño me fascinó su leyenda, la del cazador con la espada y el escudo, que vigila el cielo; el que guió a Ulises en su visita al Hades y tiene dos estrellas en los hombros, Betelgeuse y Bellatrix, tres en el cinturón y dos en los pies, una de las cuales se llama Rigel. A Orión debo tal vez la vida, como se la debe mi entonces compañero el fotógrafo Claude Glüntz; porque una noche de febrero de 1976, cuando recorríamos con un Land Rover y un conductor del Polisario una pista cercana a Mahbes, en el Sáhara, fue la posición de Orión, que estaba donde no debía estar –o más bien éramos nosotros los que no estábamos– la que nos hizo descubrir que nuestro conductor saharaui se había despistado y rodábamos por una pista minada que, además, nos llevaba directamente a las posiciones marroquíes. 

Anoche, cuando pensé en escribir hoy este artículo, me asomé a ver con prismáticos el firmamento, que desde donde vivo se ve nítido y limpio. Y allí estaba el impasible y fiel Cazador, muy próximo al horizonte. Me detuve un rato en el punto rojizo de Betelgeuse, la estrella más hermosa de esa constelación, el Uluriajuak de los esquimales, Basn de los persas e Ib al-Jauza de los árabes, que en las tablas astronómicas de Alfonso X el Sabio aparece ya como Beldengeuze. Y mientras la observaba recordé que estaba mirando una estrella condenada a muerte. Todo el Universo y cuanto contiene lo está, tarde o temprano; pero Betelgeuse tiene, incluso, fecha de caducidad conocida. 

Ahí donde se la ve, tan hermosa desde que nació como gigante azul hace ocho millones de años, Betelgeuse agoniza sin remedio. Se desvanece. En sólo un año su brillo ha perdido casi dos tercios de intensidad; y no porque sea una estrella de resplandor variable, que lo es, sino porque está consumiendo su combustible interno y eso la conduce, inevitablemente, al colapso que la hará estallar en lo que los astrónomos llaman supernova: una explosión que durante tres meses iluminará de noche la tierra, que hará el hombro del Cazador tan brillante como la luna llena, y que se irá apagando hasta desaparecer para siempre en uno o dos años. Según los astrónomos, para que eso ocurra quedan, como mucho, menos de 100.000 años. Y de ahí para abajo. O sea, mil cortos siglos. Cifra que si a los estúpidos humanos que estamos aquí nos parece enorme, para el impasible cosmos y sus reglas es un aperitivo de nada. Un simple suspiro entre dos aparentes eternidades. 

Recuerdo que una noche, cuando estábamos mojados por el relente a bordo de su barco, esperando cartones de Winston junto a la isla de las Palomas –habíamos pescado calamares con potera mientras anochecía, para matar el rato–, el Piloto encendió un pitillo con su chisquero, miró la bóveda celeste que recortaba las alturas negras de la costa, y refiriéndose a las estrellas me dijo: «Qué pequeño y qué analfabeto se siente uno aquí debajo. ¿A que sí, zagal?». Y era cierto, y lo sigue siendo. Más de medio siglo después, pese a todo lo visto y leído desde entonces, mientras anoche observaba Orión mirando el hombro rojo y sentenciado a muerte del Cazador, volví a sentirme tan pequeño y analfabeto como aquella noche lejana junto al Piloto, en el barquito que se mecía despacio bajo las estrellas. 

26 de abril de 2020 

domingo, 19 de abril de 2020

El abuelo de la mochila

Me he acordado de él, y no hace falta que explique por qué. También recuerdo el lugar como si aún estuviera allí: avenida Marsala Tito, cerca del puente donde Gavrilo Princip mató al archiduque Fernando y a su esposa. Y como tomé notas en un cuaderno que conservo, recuerdo también la fecha: 11 de agosto de 1993. Era la época dura en Sarajevo, y lo contábamos en los telediarios. Una directora de Informativos fanática y sectaria, como nunca tuve otra, exigía que no mandásemos tanta carne sangrante, porque el mostrador chorreaba y a Javier Solana, jefe de la diplomacia europea, que se besaba en la boca con los carniceros serbios diciendo que así los aplacaba, nuestras crónicas le estropeaban la sonrisa. Pero a nosotros nos importaba eso un cojón de pato, y gracias a Miguel Ángel Sacaluga, nuestro jefe inmediato, que era mi amigo y nos cubría las espaldas, contábamos lo que nos parecía oportuno. Ahí tienen ustedes el archivo de la tele, como prueba. 

El caso es que estábamos en aquella esquina junto al río, haciendo shopping. Llamábamos así a salir cada día de caza con los chalecos, los cascos y toda la parafernalia, apalancarnos donde ese día cayeran más bombas, y en cuanto pegaba un cebollazo cerca, correr a grabar en caliente el asunto y sus consecuencias. Pero también había francotiradores, y eso complicaba las cosas: si asomabas mucho la gaita o te descuidabas al cruzar, te la endiñaban. Estábamos, por eso, pegados a una esquina el arriba firmante, Paco Custodio, que era el cámara, Miguel de la Fuente, segundo cámara y ayudante de sonido, y Slobodanka, nuestra intérprete bosnia. Sentados los cuatro en el suelo y con la espalda contra la pared. Había una mujer muerta acera arriba, lo cual era recomendación suficiente para no pasar de allí, o hacerlo con cuidado. Por eso, cuando llegó el vejete flaco de la mochila y la garrafa de plástico y quiso cruzar, le dijimos que no se la jugara. Pazi Snaiperisti, abuelo. Te van a pegar un tiro. Entonces nos pidió un cigarrillo y se quedó a fumárselo con nosotros. Y mientras lo hacía, nos contó su vida. 

La guerra, o las desgracias de la humanidad, tienen muchas formas; y por ese tiempo yo conocía varias. Pero aquélla me pareció especialmente triste. El anciano, leo en mis notas, tenía setenta y nueve años y se llamaba Stefan Bozuri –creo que es una zeta, pero no estoy seguro–. No tenía otra familia que una esposa también anciana, inválida, con la que vivía en un edificio batido por las bombas y los disparos. Habían pasado el invierno sin luz ni calefacción; y ahora, en verano, el agua había que ir a buscarla a unas cañerías rotas donde la gente hacía cola y donde, a veces, un bombazo hacía una escabechina. Stefan, antiguo funcionario del Estado, nos contó que durante un tiempo él y su mujer habían podido vivir de algunos ahorros, pagando a una joven que los atendía. Pero los ahorros se terminaron y además el dinero dejó de valer, y la joven no volvió; así que se desprendieron poco a poco de cuanto de valor tenían, libros incluidos. Al final se quedaron sin nada, y como la mujer no podía moverse de la cama, era él quien salía cada día a la calle desafiando los cañonazos y a los francotiradores, con su mochila vacía y su garrafa de plástico, a buscar agua y a ver si encontraba algo de comida. Siempre había quien se apiadaba de él, nos dijo: los cascos azules, algún conocido, alguna buena mujer que guisaba algo en un improvisado fogón en la calle. 

Nos sorprendió su entereza. La naturalidad con que narraba la historia de dos pobres vidas solitarias abandonadas por todos, y la diaria odisea de un anciano que corría con pasitos cortos por las calles desiertas de Sarajevo, con su mochila y su garrafa, buscando algo para llevar a su mujer. Una historia entre miles, gota perdida en el océano de las tragedias del mundo, que su protagonista nos contaba sin dramatismos, con la estoica sencillez de quien asume, por edad y experiencia, que las reglas de la vida deben encajarse igual cuando ganas que cuando pierdes, cuando empiezas o cuando terminas. «Solo me niego a aceptar –fue su única queja– que puedan matarme y ella se quede allí sola, esperando». 

Le dimos lo que teníamos: un paquete de Camel, aspirinas, una tableta de chocolate, medio frasco de Multidermol y las últimas barritas energéticas que le quedaban a Custodio. Después cayó una bomba cerca y nos fuimos corriendo a grabarlo todo, a ver si llegábamos a tiempo al telediario. Y lo último que recuerdo de Stefan Bozuri es la lágrima que le cayó al mencionar a su mujer sola y abandonada: una gota solitaria, sólo una, que le corrió por la mejilla y quedó suspendida en el mentón, en los pelillos blancos del rostro sin afeitar del abuelo. 

19 de abril de 2020 

domingo, 12 de abril de 2020

Decepcionando al personal

Llevo 27 años escribiendo esta página, sin faltar un domingo, y eso hace un total de 1.397 artículos publicados aquí. Escribiendo novelas llevo algo más: 37 años. Y antes de eso, o solapándose con ello, anduve 21 años como reportero de prensa y televisión. Convendrán conmigo en que habría que ser muy embustero, maquiavélico e incluso inteligente –punto que estoy lejos de rozar, me temo– para que, con semejante exposición pública, un lector lúcido no advirtiese mis puntos de vista: mi forma de mirar el mundo. Como dijo no recuerdo quién, se puede engañar a alguien mucho tiempo, se puede engañar a muchos durante algún tiempo, pero es imposible engañar a todos durante todo el tiempo. 

Esta introducción viene al hilo de lo que ocurrió hace dos semanas, pero en realidad ha ocurrido otras veces. Estaba en Twitter con algo que me pareció divertido para pasar el rato: llamar por teléfono a amigos o conocidos para que me contaran lo que en ese momento les pasaba por la cabeza: qué leían, qué hacían, qué pensaban del confinamiento en que estamos. Lo hice sin que nada tuviera que ver con eso su filiación política, el que la tuviera o tuviese. Preguntando a todos cuyos teléfonos tenía a mano. La respuesta fue masiva y generosa, y mis seguidores tuiteros y yo mismo pasamos buenos ratos enterándonos de cómo Álex de la Iglesia recomendaba series de televisión, José María García largaba de los políticos, Juan Eslava se las ingeniaba con la parienta, Mario Vargas Llosa hablaba de Galdós y Begoña Villacís cambiaba los pañales de su hija. Cosas así. 

Fue simpático. Tres tardes agradables y medio centenar de testimonios. Pero incluso en ese espacio relajado, diverso, donde lo mismo Juan Carlos Monedero, izquierdista extremo, contaba su tabla de gimnasia que Santiago Abascal, líder de Vox, relataba sus inquietudes de estos días, asomó, como no podía ser de otro modo en este envenenado lugar llamado España, el sectarismo y la mala leche. Y no de los interrogados, pues todos estuvieron impecables, sino de algunos tuiteros que, al verlos aparecer allí, se lanzaron a controlar con quién podía yo hablar por teléfono y con quién no. Fue interesante, aunque no inesperada, la visceralidad sectaria con que algunos comunicantes me reprocharon que diese voz, incluso para decir qué película estaban viendo, a alguien de derechas, a alguien de izquierdas, a alguien cuya catadura moral o intelectual cuestionaban. A un rojo, un fascista, cualquiera que no encajara en gustos o ideas. Hasta a José María García le reprocharon tener pasta y ser bajito. 

Pero lo que más me llamó la atención no fue eso, sino el latiguillo que a veces surge cuando en un artículo o tuiteo hago referencia a lo que un indignado no comparte: me ha decepcionado usted, o –aquí se pasa mucho al tuteo– me has decepcionado, Reverte. Llevo leyéndote toda la vida, tengo todos tus libros, pero al mencionar a ese rojo, a ese fascista, a esa tortillera, a ese corrupto, a ése cuyo mundo no comparto, se me ha caído un mito. Veo que quieres congraciarte, que has cambiado, que te arrimas tal y cual. Qué decepción, tú antes molabas. Nada importa que el día anterior la mención a alguien de su gusto, que aplaudió, fuera criticada por quienes piensan lo contrario. Nada importa, tampoco, que a estas alturas de la vida uno se haya ganado el derecho a telefonear, aludir, elogiar o criticar a quien le dé la gana, con una agenda que desde hace medio siglo –también con eso escribo novelas– concita a toda clase de gente respetable o infame, lo que incluye a políticos, periodistas, asesinos, mercenarios, prostitutas, proxenetas, traficantes… Con ellos tuve y tengo contacto, conversaciones y en algún caso amistad. He conocido a narcos y torturadores, policías y ladrones, misioneros y héroes, y todos ellos me ayudaron a enfocar con más nitidez la vida, como debe ser. Escuchar, dar voz, interesarse por todos, buenos o malos según se mire, no significa aprobar ni compartir. Les aseguro que si tuviera los teléfonos de Hitler, Stalin, Nerón o la mujer de Putifar también los llamaría de vez en cuando –sobre todo a la mujer de Putifar– para ver qué opinan del coronavirus o el lucero del alba. Incluso me tomaría una copa para tirarles de la lengua, como hice en mi vida con tanta gente noble y también con tanto hijo de puta. Sólo se trata de mirar más allá de lo que las orejeras de la estupidez y el sectarismo limitan; ver que hay otro mundo, aunque no sea el propio –aunque también lo es de alguna forma–, al otro lado de la colina. Y si después de medio siglo contándolo a alguien se le cae un mito por un tuit de 280 caracteres, lo tengo claro: que enrolle cuidadosamente el mito, se lo introduzca en el ojete y se vaya a hacer puñetas. 

12 de abril de 2020 


domingo, 5 de abril de 2020

El tatuaje que no me hice

Presidiarios, marinos, putas y legionarios: ésos eran hace mucho tiempo –en mi infancia y juventud lo seguían siendo– quienes llevaban tatuajes. Hasta muy avanzado el siglo XX, la piel tatuada fue seña de identidad casi exclusiva de grupos sociales definidos y marginales, situados fuera del ámbito de la llamada sociedad respetable. Ningún caballero, ninguna señora, nadie entre las entonces llamadas personas de bien, independientemente de su fortuna o posición social, se tatuaba nada. Ésa era una práctica exclusiva de aventureros o de gentuza. Si en una bronca de bar veías a un fulano con un emblema del Tercio en el antebrazo, un Madre, nací para hacerte sufrir en el pecho o unos puntos azules en el dorso de una mano, más valía mantenerte a distancia cuando llegara el navajazo. El tatuaje era aviso de peligro en unos usuarios y misterio aventurero en otros. En mi niñez entre marinos escuché muchas historias contadas por hombres con tatuajes; y Paco el Piloto, que tanto influyó en mi juventud, tenía uno en un antebrazo: azul, casi emborronado por el Mediterráneo y la vida. Una mujer empuñando el timón de un barco. 

Los tatuajes de hoy nada tienen que ver: hombres, mujeres, jóvenes o maduros, ancianos incluso, cualquiera puede lucirlos sin que lo miren mal; o, al menos, sin que todos lo miren mal. Tal vez por la vieja educación recibida, a mí no me agradan los tatuajes a la vista en profesiones que impliquen responsabilidad en trato directo con el público: empleados de líneas aéreas, médicos, policías, guardias civiles y gente así. Se me hace raro confiar el dinero en mi banco a un señor al que asoma una serpiente por el cuello de la camisa o a una señora con el careto de Brad Pitt tatuado en el arranque de una teta. Pero se trata, sin duda, de prejuicios propios de mi generación, que tal vez los más jóvenes no compartan. Así que en general me parece bien. Nihil obstat. Tres de mis más fieles amigos, los grafiteros Jeosm –fotógrafo extraordinario, además–, Lose y Rise, van tatuados hasta el prepucio, o casi, y me encanta porque eso encaja a la perfección con ellos, su personalidad y su forma de entender la vida. Y así, muchos otros. Como una amiga, también grafitera, que lleva un faro tatuado en un hombro, o los dos queridos lectores que se grabaron, respectivamente, la primera frase y la efigie del capitán Alatriste. El tatuaje forma parte indiscutible de los usos sociales actuales y como tal debe asumirse, guste o no. Y más en ciertos ambientes, lugares y países. Como dice un amigo cubano muy aficionado a los intercambios de microbios: «Te juro que hace años no me singo a una jeva que no tenga tatuajes en algún lado. Cuando por casualidad encuentro una que no lleve, se me hace raro y entonces ni se me para, mi hermano». 

Lo curioso es que yo mismo estuve a punto de tener uno a los 22 años, aunque es verdad que mi forma de vida podría haberlo justificado entonces. Ocurrió en Beirut en el verano de 1974. Estaba en la ciudad, y por aquel tiempo tenía una amiga millonetis cuyo padre era el dueño de todas las granjas de pollos del Cercano Oriente. Aglae Massini, que era corresponsal de Pueblo y entonces me quería mucho, me animaba a casarme con la millonetis, vivir del morro y retirarnos los dos a disfrutar con la pasta de la moza y su padre. A mi amiga libanesa le gustaban los antros bajunos y golfos; y una noche, en el barrio viejo de la ciudad, discutimos, se largó muy enfadada en su Mercedes rojo tras llamarme ibn charmuta y me dejó tirado en un ambiente poco recomendable, aunque según para qué y para quién. La verdad es que me las arreglé bastante bien tomando copas –y pagándolas yo, naturalmente– con fulanos bigotudos y peligrosos que dos años después, al empezar la guerra, me fueron útiles como contactos locales. Y uno de ellos –no olvido su nombre, Marwan Haddad–, un fulano que llevaba los brazos llenos de tatuajes, me convenció para que me hiciera uno. Acabé con media tajada de arak y remangado ante un tatuador local, dispuesto a grabarme en la cara interior del antebrazo izquierdo una bonita serpiente alada en rojo y azul; pero cuando el de la aguja estaba a punto de empezar la faena, pensé que eso me marcaría para toda la vida; y a saber si luego, en algún momento, esa obvia identificación no iba a hacerme la puñeta. Así que le di cinco libras al fulano y me largué de allí. Tambaleante, pero me fui, conservando además el reloj y la cartera. Que tuvo su mérito. Y esa es, en fin, la historia de lo que no ocurrió. Ahora, 46 años después, miro mi brazo sin tatuar, recuerdo a la millonetis, a Marwan y al tatuador, y pienso que también los tatuajes que nunca llegas a tener pueden dejar marcas para toda la vida. 

5 de abril de 2020 

domingo, 29 de marzo de 2020

Recuerda que eres mortal

Tal vez este tiempo difícil que estamos viviendo nos sirva de lección, aunque no estoy seguro. Tarde o temprano, por duras que sean las clases magistrales que la vida ofrece, o impone, el ser humano acaba teniendo mala memoria. Deseando, incluso, que acabe la pesadilla para hacer de nuevo lo que, a menudo, fue causa de ésta. Ha ocurrido y seguirá ocurriendo. A veces sucede en un plazo breve y otras en años, o generaciones. No soy optimista en eso, sobre todo porque además de leerlo en libros lo he visto yo mismo. Cuando vives lo suficiente y en los lugares adecuados, hay cosas que no necesitas que nadie te cuente. Las tienes de primera mano, porque forman parte de tu biografía. Las posees y las recuerdas. 

Hay una pequeña tienda en el Madrid viejo en la que de vez en cuando compro una pequeña semiesfera de cristal, de ésas que al agitarlas producen un efecto de nieve, que tiene en su interior un iceberg y un Titanic a medio hundirse. Suelo regalárselo a los amigos a quienes la vida coloca en situaciones de privilegio, o de éxito. A los que viven un momento dulce personal o profesional. Era un prodigio de la técnica moderna, digo al entregarlo. Era un buque insumergible, o las 2.228 personas embarcadas en él creían que lo era. Y creer eso, a bordo de un monstruo de acero de 45.000 toneladas lanzado a 22 nudos de velocidad por un mar lleno de icebergs, costó la vida de 1.513 pasajeros. Ocurrió hace 108 años, pero el principio básico sigue siendo el mismo. Acuérdate de eso por muy bien que te vayan las cosas, o en especial cuando vayan bien las cosas. Ten presente, siempre, que cuando un general romano obtenía una gran victoria y desfilaba en triunfo por la capital, en la cuadriga, tras él, iba un esclavo público que sostenía sobre su cabeza una corona de oro, repitiéndole una y otra vez al oído: «Recuerda que sólo eres un hombre». Recuerda que eres mortal. 

También yo tengo cerca uno de esos Titanic, en el lugar de la biblioteca donde trabajo. Puedo verlo mientras tecleo. Y más de una vez, en los casi treinta años que llevo escribiendo esta página, he recordado aquí ese barco y lo que, en mi opinión, simboliza. Y no es sólo que cada progreso técnico, cada paso hacia lo nuevo, lleve incluida su propia disfunción, su fallo particular, su accidente específico. Es que también, y sobre todo, nuestro olvido de ese principio elemental aumenta el peligro. Intensifica los riesgos, pues cuando el fallo minuciosamente reglamentado por el azar del cosmos –hay azares que, paradójicamente, son reglas inmutables– sitúa el iceberg correspondiente en el lugar exacto de la carta náutica por la que nuestro alegre barco navega, se cumplen de modo inexorable las viejas y eternas leyes. 

Olvidamos con frecuencia que el mundo es un lugar peligroso: un paisaje hostil. Y por cada olvido, cuando llega el inevitable recordatorio a corto, medio o largo plazo, pagamos precios muy altos. Cada despertar de nuestra modorra irresponsable, del engaño en que preferimos vivir, nos cuesta los mil y pico muertos de un transatlántico, los cinco mil de unas Torres Gemelas, los cincuenta mil de una Pompeya, los cien mil de un tsunami, los millones de una gran epidemia o una guerra mundial. Nuestros bisabuelos o tatarabuelos, que estaban más acostumbrados a lo real, lo sabían perfectamente. Conocían la fragilidad de sus vidas y actuaban, o intentaban hacerlo, con arreglo a esa lucidez. Las lecciones que extraían de cada golpe, de cada burla malvada del cosmos o de los dioses, eran más firmes y duraderas. Vivían sabiendo que iban a morir y que ese camino tenía innumerables atajos. Hoy, sin embargo, hemos decidido vivir como si no fuéramos a morir nunca. Cual si estuviéramos a salvo, vamos por el mundo fingiendo ser inmortales, y eso nos hace imprevisores; incluso tacaños a la hora de llevar en el bolsillo la moneda que tarde o temprano nos exigirá Caronte, el que transporta a los muertos a la otra orilla del río Estigia. Nos sorprendemos y protestamos, indignados, a la hora de pagar la factura del barquero; y creo que es un error. No se trata de vivir angustiados viendo la existencia como un drama, sino de caminar con naturalidad por un paisaje lleno de cosas hermosas y también de lugares turbios y peligrosos. Moverse entre los icebergs con la saludable incertidumbre del buen marino, preparados para ocupar los botes salvavidas o incluso para cederlos a quienes más los merecen. Se trata, en resumen, de asumir con sencillez las reglas. De escuchar atentos, serenos, lúcidos, conscientes, las palabras del esclavo que nos susurra al oído que somos mortales. Y sólo esa certeza nos hará mejores de lo que somos. 

29 de marzo de 2020

domingo, 22 de marzo de 2020

Teoría de la lentitud

Hasta no hace mucho, ser lento era una virtud. No hablo de ser perezoso o indolente, sino de hacer las cosas despacio, con eficacia pero concediéndoles el tiempo necesario. Moverse, caminar, despedirse con lentitud cortés, remarcaba la dignidad de las personas. Confería un aire respetable. Incluso, elegante. Por eso los antiguos monarcas, los filósofos, los aristócratas, se movían despacio. La razón era el respeto que entonces inspiraban los ancianos y la gente mayor, experimentada, libre ya de las prisas e impulsos de la juventud. Eran ésas unas referencias que se procuraba imitar. La literatura española del Siglo de Oro abunda en tales situaciones, con la figura del hidalgo pobre que, cuando salía a la calle fingiendo haber comido, caminaba con digna lentitud. Con altiva y sosegada calma. 

Pero no hace falta ir tan lejos. Todos recordamos ejemplos recientes, familiares o no, de quienes hacían las cosas despacio. De quienes se movían, no ansiosos por hacerlo todo cuanto antes, sino empleando el tiempo adecuado. Sin demora, pero sin prisa. Fijándose en lo que hacían y planeaban hacer, daban autoridad a sus actos y decisiones. Y la vida les era más provechosa. Más rentable. Invertían tiempo en percibir matices, circunstancias, caracteres. Nuestros abuelos no pretendían hacerlo o tenerlo todo en el acto. Al moverse y vivir despacio, hacían su existencia más rica y plena. También la de quienes los rodeaban. 

Un tigre, un gato que caza, son lentos hasta el salto final. Creo que nos equivocamos renunciando a la lentitud en favor de una engañosa rapidez que a menudo anula cierta clase de eficacia. Antes, viajar no era sólo ir de un lugar a otro, sino un modo de vivir mientras viajabas: paisajes vinculados a reflexión y tiempo para ésta. Ahora nos movemos deprisa por autopistas sin nada que mirar, saltamos de aeropuerto en aeropuerto y hasta el turismo es itinerario fijo e ineludible, visita aquí y allá, comida a las dos y selfi a las cinco. Nueva York en dos días, China en cuatro. Cruzamos océanos en once horas y recorremos continentes de punta a punta en la mitad de ese tiempo, renunciando a los trenes que en sí mismos suponían una aventura; a los transatlánticos que dejaban espacio a las relaciones, a la reflexión y a la vida. Queremos en casa lo deseado al día siguiente de adquirirlo en Amazon; nos entregamos sin reservas al producto industrial y renunciamos al trabajo minucioso del artesano; buscamos el significado de una palabra pulsando en un teléfono móvil, renunciando al placer de hojear despacio un libro o un diccionario; privándonos así, también, de las sorpresas inesperadas, los descubrimientos colaterales que ese hojear de páginas puede depararnos. 

Por supuesto, vivir con lentitud sin parecer torpe o indolente, o serlo, es arte de unos pocos. Hay que trabajarlo y pagar el precio. Pero quien sabe ser lento acaba siendo rico; y el apresurado suele caer, además, en el ridículo. Aunque tampoco el ejercicio de la lentitud sea una garantía contra la ridiculez. Hay una especie de movimiento social, el Slow –nacido en 1986 cuando el periodista Carlo Petrini se indignó por la apertura de un McDonald’s en el centro de Roma–, que defiende ciudades lentas, comida lenta, moda lenta. Como todos los movimientos de los que se apropia el mundo actual, mezcla principios muy razonables con demagogias varias y alguna tontería. Pero, en mi opinión, las ventajas de una inteligente lentitud no necesitan adscribirse a movimiento alguno; entre otras cosas porque las tendencias sociales suelen acabar en manos de agencias publicitarias. La lentitud positiva es un asunto individual, de cómo cada ser humano desea vivir y relacionarse con el entorno. Viajar, comer, leer… Incluso, vestir. La obsesión por comprar ropa continuamente, por renovar el vestuario cada cinco minutos, llega a lo enfermizo en las sociedades acomodadas. En oposición, y al menos en lo que a ropa masculina se refiere, nada me parece más adecuadamente lento que pocas prendas de buena calidad, ligeramente usadas, clásicas y pasadas de moda: es decir, de las que no pasan de moda nunca. Y hasta el insulto, puestos a ello, queda maravillosamente resaltado por la digna lentitud de quien lo emite. Los niños de Cartagena adorábamos a Pinares, el cochero fúnebre, al que cuando pasaba solemne y vestido de negro en el pescante de su coche de caballos decíamos, para provocarlo: «Pinares, ¿nos das una vuelta?». Y él, volviendo despacio el rostro, nos miraba muy serio. Y luego, sosegado, tranquilo, respondía: «Cuando se muera vuestra madre la voy a llevar por todos los baches –aquí hacía una lenta y digna pausa–. Hijos de la gran puta». 

22 de marzo de 2020 

domingo, 15 de marzo de 2020

Todavía soy francés

A menudo, mientras cenamos juntos y cambiamos cromos de cine y libros, Javier Marías y yo coincidimos en que los años nos acercan a Italia más que cuando éramos jóvenes. La formación de Javier en aquel tiempo, británica en buena parte, hizo de Inglaterra una importante referencia cultural y casi un hogar para él. Fuera de España siempre estuvo a gusto allí; del mismo modo que, por parecidas razones, yo me incliné más hacia Francia y lo francés: París era capital cultural de mi mundo. Sin embargo, con el paso del tiempo ambos aflojamos tales vínculos, y ahora es Italia, por razones diversas, el país al que con más agrado viajamos; donde solemos hallarnos más relajados y felices. En mi caso, a eso se añade la convicción, asentada en los últimos treinta años, de que mi verdadera patria, la principal de todas, es ese Mediterráneo por el que vinieron el alfabeto, las legiones romanas, el aceite, el vino, los héroes y los dioses. 

Los antiguos amores son difíciles de olvidar. Pienso en eso sentado en Le Départ, el café que está en la esquina del bulevar Saint Michel con el Sena, mientras releo La promesa del alba, de Romain Gary, esta vez en la bella edición francesa de La Pléiade. El café contiguo –he olvidado su nombre– desapareció hace meses, seguramente para convertirse en otra tienda de ropa; y la librería Gibert Jeune cerró también sus puertas, supongo que con idéntico destino, del mismo modo que en la cercana Saint André des Arts no queda ni una sola de las muchas librerías de viejo que yo solía frecuentar en otro tiempo. Mi viejo París parece desvanecerse como en una vieja foto de Eugène Atget: la ciudad de D’Artagnan y sus amigos, pero también de Lucas Corso e Irene Adler; las calles y muelles donde aún puedo advertir, si presto atención, el fantasma del jovencito que recorría sus calles mochila al hombro, llenándola de lugares, imaginación y libros. 

Esta mañana, tras un rato en la librería L’Ecume des Pages y otro en la Gibert Joseph, por simple y añeja rutina paseé hasta la Closerie des Lilas para saludar al mariscal Ney, bravo entre los bravos; bajé luego por la rue de l’Odeon hasta la calle que en otro tiempo se llamó des Cordeliers, y tras darle los buenos días a los bronces de Dantón y Diderot pisé las dieciochescas piedras contiguas al café Procope pensando en el almirante Zárate, el bibliotecario don Hermógenes, el abate Bringas, madame Dancenis y la lectura íntima de Thérèse philosophe. Y ahora, cerca del lugar donde a María Antonieta le cortaron el pelo antes de llevársela en carreta a seguir cambiando la historia moderna de la Humanidad –«guillotina, guillotina, guillotina», diría Agapito Cárceles–, miro a los graves camareros; al gendarme que es capaz de fastidiarte con impecable cortesía; a la elegante parisina de cabello gris, vestida de negro, que camina como si Gainsbourg, Brassens o Brel aún pusieran letra y música a sus pasos; al matrimonio de setentones que todavía se hablan de vous cuando están ante terceros. 

Observo eso y lo demás y concluyo que no es cierto, o que no lo es del todo. Que Italia, en verdad, es donde estoy más a gusto; que los 415 volúmenes de la biblioteca clásica Gredos alineados en mi biblioteca –algún día hablaremos de los imbéciles que dejaron de publicarla– siguen siendo cuna y refugio; que el Mediterráneo, sus islas y orillas son, sin duda, el lugar del que procedo y en el que querría desaparecer mientras fumo ese último cigarrillo que no me llevo a la boca desde hace veinte años. Pero que mi pasaporte cultural, mi identidad europea, la mirada sobre el mundo actual, la dolorida conciencia de la infeliz España en la que vivo, deben mucho a esta ciudad. A paseos, reflexiones y lecturas que sólo eran posibles aquí. A Michelet, Thiers y Lamartine; al barón Holbach, Diderot, Voltaire y la Encyclopédie; a Montaigne, La Rochefoucauld, Montesquieu, Condorcet, Saint-Simon, Chateaubriand y todos aquellos que me enseñaron a mirar intelectualmente, o al menos intentarlo, la historia, la sociedad, el mundo y la vida. Entre todos ellos, educándome la lucidez, me vacunaron contra patrioterismos nocivos y demagogias infames; me enseñaron a asumir con ecuanimidad luces y sombras, admirando a los pueblos en sus grandezas y despreciándolos en sus bajezas. A no tener miedo a nada cuando sabes de dónde vienes y a dónde vas. Por eso hoy, pese a Italia, al Mediterráneo y a todo lo que también llevo en la piel y la memoria, sentado en el café du Départ mientras leo a un judío polaco que decidió, convencido por su madre, que Francia sería una patria perfecta, no puedo evitar el orgullo, la grata certeza, de que todavía, y también, sigo siendo francés. 

15 de marzo de 2020 

domingo, 8 de marzo de 2020

Qué hay de lo mío

Gruñones, malhumorados, protestones, viejunos, rancios…
Desde hace tiempo, algunos veteranos escritores, periodistas y políticos españoles que por su biografía, ideas y trabajo podríamos situar, simplificando mucho, en la izquierda (Javier Marías, Iñaki Gabilondo, Alfonso Guerra, Raúl del Pozo, entre otros), están siendo adjetivados con aquellos términos. Hasta algún facha o fascista les cae de vez en cuando, según el grado de ignorancia o estupidez del emisor. Y eso va a más. El parasitismo que algunas televisiones, prensa en papel y digital, y por supuesto las redes sociales, practican comentando declaraciones o artículos ajenos, incluye a menudo esos ataques. Que no vienen de lo que –también simplificando mucho– podríamos llamar derecha, sino de la izquierda. O de lo que en esta España desmemoriada y ágrafa algunos creen que es, o debería ser, la izquierda. 

Llevo tiempo dándole vueltas, y no me gusta. Puedo estar equivocado, pero el paisaje no es alentador. Según los cánones que se consolidan no sólo en España sino en lo que antes llamábamos Occidente, ser de izquierdas no exige ya un posicionamiento ideológico definido, como fue en el pasado. Ahora, para ser de izquierdas o que te consideren como tal, basta con un par de circunstancias o actitudes que a veces ni siquiera dependen de uno mismo: respeto a los emigrantes, ser feminista, antihomófobo, proabortista, antitaurino, cobrar poco, estar en paro, no tener futuro o preocuparte por la salud del planeta; mientras que no se acepta bajo ningún concepto –complicaría la simpleza del esquema–, que alguien de derechas pueda compartir alguna de esas ideas o circunstancias. 

Según datos frescos, 32 de cada 100 españoles nunca leen libros. Por otra parte, sean de izquierdas o derechas, la mayoría recibe información a través de redes sociales o no la recibe en absoluto. Y tal vez está ahí la clave: no existe inquietud intelectual. Ni lecturas, ni análisis. El mundo se simplifica de modo equivocado y peligroso en buenos y malos, ricos y pobres. En rencor del que no tiene hacia el que tiene, y en miedo del que tiene a perderlo. Y se extiende peligrosamente la falsa creencia de que quien reivindica, protesta, pelea, siempre es de izquierdas. 

Como a principios del siglo XX, igual que la derecha española es otra vez analfabeta, vuelve a haber una izquierda que también lo es, manejada por los pocos que sí han leído –aunque sus lecturas sean a veces limitadas– y conocen los mecanismos. No se siente ya la necesidad de leer. Hace medio siglo, el acto podía ser arriesgado: se buscaban libros para saber, para comprender, y a veces poseerlos implicaba multas y cárcel. La izquierda era culta, o quería serlo. Sabía que no bastaba con querer cambiar el sistema, porque un sistema se cambia si lo estudias, contextualizas y conoces. Cuando en pleno franquismo Javier Marías era opositor clandestino y el director de cine Agustín Díaz-Yanes jefe de célula comunista, arriesgando ambos ir a prisión, lo eran porque al mirar alrededor no les gustaba lo que veían; porque tenían conciencia de la injusticia, aunque ellos particularmente estuviesen bien. Así que leían, discutían, actuaban. Querían comprender el mundo para hacerlo mejor. Era el suyo un impulso generoso, arriesgado y solidario. Ahora, sin embargo, buena parte de quienes los llaman rancios y gruñones se reivindican ellos mismos, y ni siquiera a todos. El todos suele ser una excusa que se desvanece en cuanto el interés particular queda a salvo. 

Era entonces muy distinto ser de izquierdas, como digo. Había una conciencia intelectual que hoy usurpan lugares comunes, emociones e intereses particulares, con reivindicaciones que se atemperan según le va a cada cual. En su mayor parte, la gente sale a la calle a gritar qué hay de lo mío, y antes no era así. La izquierda que yo conocí pretendía cambiar el mundo con independencia de su posición social o privilegios. Era solidaria y miraba lejos, quizás porque aún no conocía los miedos de ahora; conseguir trabajo era más fácil, y lo que buscaba era una mejora colectiva. Por eso leía en busca de una solvencia intelectual que hiciese de palanca. Hoy no es así: el aparato que maneja la autodenominada izquierda única es simple y desolador: tuiteos de algún iletrado, tertulias de la tele, monólogo de un humorista. Cualquier indocumentado, cualquier ingenuo, pueden apuntarse a eso. Por ello no es extraño que los veteranos izquierdistas, que lo fueron a su verdad y riesgo, se choteen de tanto asaltador de cielos de vía estrecha. O de tanto oportunista analfabeto sentado en las Cortes, cuyo único riesgo es que el maître del restaurante o el taxista que los lleva de copas no acepten la tarjeta Visa del Parlamento. 

8 de marzo de 2020 

domingo, 1 de marzo de 2020

La chica del pasillo

Sucedió hace veintiún años, en marzo de 1999, pero no lo he olvidado. Y la verdad es que no sé por qué, pues nada tiene esta historia de especial. Pero así son las cosas de la memoria. Lo que no recuerdo es el nombre del hotel. Quizá en ese viaje fuera el Algonquin, pero no figura en mis notas y no puedo asegurarlo. Estaba en Nueva York para presentar la traducción al inglés de mi entonces última novela, que era La piel del tambor. La ciudad no me gustaba demasiado, y aún tardaría muchos años y viajes en cogerle el punto. Solía acostarme temprano, pero aquella noche volví tarde de cenar: Howard Morhaim, mi agente literario norteamericano –que sigue siéndolo–, me había llevado a un restaurante japonés y luego habíamos estado bebiendo y fumando por los bares de Manhattan –yo todavía fumaba entonces, sobre todo cuando en un aeropuerto encontraba Players sin filtro– mientras Howard hablaba de su divorcio, de su hija a la que adoraba, y de que sólo era capaz de enamorarse de mujeres que lo hacían sufrir. 

Era cerca de la una de la madrugada. Estaba en mangas de camisa, a punto de tomar una ducha antes de meterme en la cama, cuando oí llanto en el pasillo. Era largo y quejumbroso, con hondos hipidos. No parecía dolor, sino tristeza. Alguien tiene problemas, pensé. O motivos para estar desolado. El llanto no cesaba, y me pareció que era una mujer. Al cabo de un rato, como seguía oyéndolo, me asomé al pasillo. Nueva York no es lugar para que un español busque problemas, recuerdo que pensé. Pero tampoco podía quedarme como si tal cosa. 

Había una joven sentada en el suelo, apoyada la espalda en la pared. Era rubia, muy anglosajona de aspecto. Recuerdo su ropa como si la hubiera visto ayer: jersey gris de cuello holgado y falda negra, arrugada, que le cubría hasta la mitad de los muslos. Tenía las piernas extendidas sobre la moqueta y los pies desnudos. El rostro estaba cubierto de lágrimas; y los ojos, rojos como dos tomates, hinchados de llorar. No era guapa ni fea; aunque, con ese aspecto, aunque hubiera sido guapa no se le habría notado. No salía nadie a mirar ni a buscarla: estábamos solos en el pasillo. Me miró desde abajo entre hipidos, como ausente, mientras yo le preguntaba en mi atroz inglés –siempre lo hablé casi como los indios de las películas de John Ford– si tenía algún problema serio y si podía ayudarla en algo. Se me quedó mirando sin responder mientras sollozaba a intervalos, y al cabo de un minuto de estar así, ella llorando y yo de pie sin saber qué hacer ni decir, decidí sentarme a su lado. No sé por qué, pero fue lo que hice, quizá porque con el llanto y los pies descalzos parecía vulnerable y muy sola. El caso es que me senté junto a ella, manteniendo una distancia adecuada para que no hubiese malas interpretaciones. Y me quedé allí sin despegar los labios mientras la joven seguía llorando. Esto valdría para comienzo de una novela, pensé. Tal vez algún día lo escriba. Pero yo sabía de sobra que la vida no es una novela. 

No sé cuánto tiempo estuvimos sentados y quietos. Cinco o diez minutos. De pronto alargó una mano y cogió la mía; o más que cogerla, lo que hizo fue aferrarse a ella como si estuviera a punto de caer por un precipicio, una ventana o algo parecido. Agarró mi mano y se mantuvo así un buen rato, sin mirarme, mientras los sollozos que la hacían temblar se calmaban despacio. Ninguno dijo una palabra. Yo, porque estaba acojonado con la situación. Ella, seguramente, porque en realidad no había nada que decir. Al fin se volvió hacia mí. Lo hizo unos pocos segundos, sin que su rostro mojado de lágrimas cambiase de expresión. Después hizo un ademán inconcluso, cual si se llevara mi mano a los labios para besarla, pero lo detuvo a medio camino. Liberó mi mano, se puso en pie, dobló la esquina del pasillo y desapareció de mi vista. Y yo volví a mi habitación, fumé un cigarrillo apoyado en la ventana, me di la ducha y me fui a dormir. 

La vi bajar al desayuno a la mañana siguiente. La acompañaba un fulano flaco de pómulos hundidos y cara sin afeitar. Pasaron por mi lado camino de su mesa, y vi cómo la mirada de la joven se fijaba un instante en mí y luego resbalaba desde mi rostro al vacío, como si no me hubiera visto nunca. Quizá, concluí, porque realmente no me había visto nunca. Luego, ya sentados, él se inclinó a decirle algo y ella sonrió sin hacerle mucho caso, pensativa, mirando su taza de café. Las mujeres son animales extraños, pensé. Y observé de nuevo al fulano: realmente no tenía ni media hostia. Por un momento sentí deseos de ponerme en pie, ir hasta él y romperle una botella en la cabeza. Pero no lo hice, claro. Estaba en Nueva York y aquélla no era mi guerra. O tal vez sí lo era. 

1 de marzo de 2020