domingo, 26 de noviembre de 1995

El Semanal


Los amigos y compañeros de El Semanal tienen el detalle de darme cuartel, haciéndose eco de la aparición de mi nuevo tocho sevillano. Ya pueden imaginar ustedes que, con el millón y medio de ejemplares que tira esta revista cada semana, eso me viene de perlas. De modo que he decidido corresponder en la medida de mis posibilidades, tirándoles unas cuantas flores. Porque, como decía mi abuelo -que sabía de estas cosas-, quien no es agradecido es un mal nacido. Y a uno le gusta pagar sus deudas al contado. Quien paga sus deudas es libre, y así todos estamos en paz.

Durante veintiún años fui reportero, y el ejercicio de mi profesión me llevó a conocer periódicos de todos los colores y talantes. Desde La Verdad, donde mi maestro Pepe Monerri me enseñó a perderle el respeto a los poderosos -«Ellos son quienes tienen que temernos a nosotros», decía el veterano zorro-, hasta aquel Pueblo donde en doce años pasé de pipiolo total a vieja puta del oficio, gracias al ejemplo de una pandilla de golfos y de bullangas sin escrúpulos que eran -y algunos continúan siéndolo, como Raúl del Pozo, Tico Medina y algún otro- los mejores periodistas del mundo. Después hubo nueve años de televisión y radio estatales, y entre unas y otras épocas traté con empresas y directores/as de todo tipo y pelaje: cobardes y valientes, abyectos y magníficos, corazones de oro y ratas de alcantarilla. Y lo cierto es que de todos ellos, de una u otra forma y sin ninguna excepción, hube de soportar en algún momento reservas, presiones o intentos de orientar mi trabajo. Eso nada tiene de extraño, pues este oficio incluye, entre otras cosas, ese tipo de situaciones por activa o pasiva, y el periodista que se proclame virgen es un cínico o es un imbécil. Con eso quiero decir que ni se me pasa por la cabeza que El Semanal esté hecho por hermanitas de la Caridad. Pero hay un par de cosas que son verdad y que puedo afirmar hoy sin el menor reparo.

Haciendo cuentas, llevo ciento veintitrés semanas dando aquí la barrila, desde el día en que me dijeron: «Dos folios, tú mismo y a tu aire». Al oír aquello pensé que iba a durar menos en esta página que el buen nombre de una institución del Estado en manos del presidente González. Pero me equivocaba, y me alegro. En estos dos años y medio me he venido despachando a gusto, y -como dice por estas fechas mi compadre Sancho Gracia en el Teatro Español de Madrid- ni reconocí sagrado, ni en distinguir me he parado al clérigo del seglar. Por eso, mis ajustes de cuentas semanales pueden calificarse de cualquier cosa menos de cómodos para quien los alberga, entre otras cosas porque, al no responder a un plan o una idea determinada, y salir según el talante o la mala leche de que el arriba firmante disponga en el momento de darle a la tecla, son tan viscerales e imprevisibles como los actos de un mono hasta arriba de jumilla y con una navaja de afeitar. Pues oigan. Ni una sola vez -ni una- en estos dos años y medio alguien de El Semanal me ha dicho ojos negros tienes, córtate un poco, o te has pasado varios pueblos. Ni siquiera cuando llegan cartas indignadas mentándome a la madre, o mis artículos -nunca me lo dicen, pero yo lo sé porque cada vez me lo cuentan los pajaritos- ponen en peligro importantes campañas de publicidad de las que dejan mucha pasta, me dirigen reproches ni dicen ay.

Ésa es la cuestión. Escribo con tan absoluta libertad que a veces me asombro de que me dejen. Disparo contra todo lo que se mueve, no paro de comerme el tarro a ver si doy con algo que los mosquee conmigo y por fin me echan, y ni por ésas. Y cuando nos vamos a comer algunas veces por ahí y anuncio, para fastidiar: «Pues la semana que viene va de tal o cual cosa», Juan Fernando Dorrego se bebe tres orujos seguidos sin respirar y luego, como un samurai silencioso, agarra el cuchillo del postre e intenta abrirse las venas en silencio, sobre el mantel, pero no dice esta boca es mía. Y eso tiene mucho mérito. Y me gusta.

Hacer una revista semanal que concilie a un millón y medio de compradores de una veintena de periódicos distintos, en este país donde no hay tres fulanos que pidan el café de la misma forma, es una tarea sabia, diplomática, casi florentina. Y algo tendrá el agua cuando ustedes la bendicen. Por eso sigo la evolución de este entrañable chisme con curiosidad, y me encanta estar aquí adentro. A eso añádanle una redacción joven, profesional y eficaz, algunos buenos amigos, y una empresa seria que paga religiosamente a fin de mes. Además, reseñan mis novelas. Ya me dirán ustedes que más se puede pedir, en este oficio y en estos tiempos.

26 de noviembre de 1995

domingo, 19 de noviembre de 1995

Un par de zapatos


No sé si a ustedes les interesan los zapatos de la gente, pero el arriba firmante cree que lo dicen casi todo de sus propiciarios. Estoy seguro de que es posible establecer una zapatología científica basada en elementos como limpieza, modelo y tipo de calcetines que los acompañan. En España, por ejemplo, las mujeres van mejor calzadas que los hombres, y hay una relación directa entre la marca de automóvil que uno se compra y el tipo de zapatos que usa. Pero ésa es otra historia.

Lo que quiero contarles ocurrió hace un par de semanas, cuando me hallaba en la terraza del café Central de Málaga, viendo pasar gente. Como mediterráneo que soy, mi afición a ver pasar la vida desde las terrazas de los cafés y los bares roza lo patológico. Y allí estaba yo, haciendo prácticas de zapatología comparada. El asunto consiste en no levantar la vista y mirar sólo los pies que pasan por delante, hasta que un par de zapatos atraen la atención. Entonces, tras estudiarlos rápida y minuciosamente, uno efectúa un retrato robot mental del propietario/a, y acto seguido levanta con rapidez la vista para mirarle el careto antes que desaparezca. Después se puntúa del uno al tres y se establecen reglas.

Identificar los dos pares de calcetines blancos con zapatos mocasín y uno con zapatillas de deporte que caminaban juntos no tuvo mucho mérito: soldados de paisano. Tampoco hubo dificultad en identificar al jubilado en los zapatos de lona gris, cómodos, con elásticos a los lados del empeine, que avanzaban despacio calle arriba. Un par cosido a mano, con calcetines ejecutivo, me hizo aventurar que el propietario llevaba corbata y se peinaría con brillantina. Sólo me equivoqué en la brillantina. En realidad, sobre un muestreo de treinta y tres personas, obtuve cincuenta y dos puntos; lo que no estaba mal, y me permitió establecer que, al menos en Málaga, quien mejor se calza son los matrimonios mayores de cincuenta años que se pasean a la hora del aperitivo. Dirán ustedes que la cosa no tiene rigor científico, e incluso que es una gilipollez. Pero todos los días estamos oyendo en la radio y leyendo en los periódicos sondeos, encuestas y gilipolleces con un rigor científico parecido, y nadie dice nada.

El caso es que en ello estaba cuando vi venir calle arriba, lentos, indecisos, dos zapatos viejos, muy castigados. Habían sido marrones y ahora tenían un tono mate, de cuero gastado por el uso. Eran zapatos de derrota total, absoluta, y ese carácter venía acentuado por los bajos de los pantalones que caían sobre ellos. Unos pantalones tan descoloridos como los zapatos, muy rozados y sucios en los dobladillos, cayendo con arrugas como si fueran excesivamente largos. Alcé la vista sabiendo lo que iba a encontrar: cuarenta y tantos años, tal vez más. Un rostro cansado, como el de los soldados que pegan el último tiro y levantan las manos, vencidos, hartos, indiferentes a que los fusilen o no. Tenía el pelo gris, despeinado, y llevaba dos o tres días sin afeitar. Contra la chaqueta, tan ajada como el pantalón y los zapatos, sostenía una bolsa de plástico llena de espárragos trigueros, de los que llevaba un manojo en la mano.

Titubeaba, buscando algo con la mirada. Entró en el café con sus espárragos y al minuto lo vi salir despacio, todavía con el manojo y la bolsa, aún más indeciso. Que, supongo, el profundo suspiro que exhaló a mi lado el que me hizo seguirlo con la vista. Lo observé mirar alrededor, caminar de nuevo calle arriba, pararse y volver sobre sus pasos, vuelta la cara con desesperanza a uno y otro lado. Por fin se paró en la acera, torpe, como si hubiese agotado todas las posibilidades de algo y ya no supiera qué hacer. Parecía muy perdido, y me pregunté cuántas cosas que yo ignoraba dependerían de aquellos miserables espárragos. Puse unas monedas sobre la mesa y anduve hasta el.

- ¿Qué pide por eso, jefe?

Parpadeó, desconcertado. Como si despertara de algo.

-Mil pesetas -dijo por fin.

Qué injusto es todo, pensé. Yo había dejado sobre la mesa del café, de propina, la décima parte de esa cantidad. Sin más palabras, le di el billete y me fui con el manojo.

-Son agua -añadió de pronto, de lejos, como creyéndose en la obligación de justificar algo-. Tiernos y recién cortados.

Asentí sin volverme y me fui de allí. Me importaba un huevo lo tiernos que fueran, porque nunca me gustaron los espárragos. Al cabo de un rato, harto de ir por Málaga con ellos en la mano, los puse en una papelera. Perra vida, pensé. Se me habían ido las ganas de mirar zapatos.

19 de noviembre de 1995

domingo, 12 de noviembre de 1995

Las lágrimas de Maripili Sánchez


Andaba de compras el arriba firmante, en inútil búsqueda de un polo azul marino que no llevara estampados, ni logotipos, ni colorines, ni emblemas náuticos o de golf, ni la marca con letras de un palmo en mitad del pecho. Un polo normal, sobrio, de andar por la calle sin que te confundan con esos chirimbolos que el alcalde Álvarez del Manzano plantó en el centro de Madrid para dar soporte a la cultura -decía el digno edil-, y que han terminado, como era de prever, anunciando marcas de tabaco, bebidas, coches, telefonía móvil y lencería fina.

Andaba, repito, a la caza indumentaria, cuando en unos grandes almacenes encontré a una señorita dependienta que lloraba intentando ocultar las lágrimas. Aparté la vista y seguí mi camino. Quizá, pensé, el jefe del departamento acaba de echarle una bronca, o su contrato temporal no será renovado, o vete a saber. El caso es que estuve dándole vueltas a la cabera, incluso después de abrirme sin encontrar el maldito polo. Y me dije: cada uno es un mundo, colega. Hasta en estos templos de la eficacia y la temporada otoño-invierno, en cuanto rascas un poco te sale el polvo bajo la alfombra, el cadáver en el anuario, el lado oscuro de tanto escaparate y tanta felicidad postiza.

Vaya por delante que, entre las dependientas de los almacenes grandes, unas gozan de mis simpatías y otras no. Admiro a la que intenta ir más allá de teclear en una caja registradora y se preocupa de saber qué está vendiendo, y detesto a la frígido-robotizada que despacha igual un wonderbra que un bolso de Ubrique -los dos le importan un carajo- y que cuando pides lo último de Susan Sontag pregunta si lo quieres en compact o en casete. Sin embargo, cada vez que veo campañas promocionales de tal o cual cadena de tiendas o almacenes, y se habla de la eficaz gestión de unos y otros, se me ocurre pensar en los grandes olvidados de todo eso, ellos y ellas. Gente que se levanta a las seis de la mañana para coger el metro, o el autobús, que se pasa el día atendiendo las impertinencias de cualquiera y bajo la vigilancia del ojo implacable del Gran Hermano, y que, como la chica del otro día, que a lo mejor se llama, no sé, Maripili Sánchez, tiene que sorberse las lágrimas con discreción para no amargarles el feliz acto de la compra a los clientes.

Maripili Sánchez, por llamarla de algún modo, es cualquiera de esas señoritas forjadas en los principios de amabilidad, cortesía, orden, pulcritud, disciplina y corrección con el cliente. Pero posiblemente ustedes no sepan que la antedicha Maripili tiene la espalda hecha polvo por cuatro o cinco años detrás de una caja registradora. O varices y problemas circulatorios de patearse día tras día la sección. También una capacidad auditiva disminuida a causa del ruido constante o la música ambiental, faringitis crónica por el aire acondicionado y la calefacción, estrés y otras lindezas secundarias. Pero gracias a eso, ella y su marido, que a lo mejor también trabaja en la sección de electrodomésticos, han logrado comprarse, tras muchos años, una casa de cincuenta metros cuadrados y un coche.

De todas formas, estoy seguro de que la tal Maripili se considera a menudo una mujer afortunada. Tiene un trabajo en este país de parados, y a lo mejor hasta incluso entró en la empresa antes de los contratos basura y los festivos sin paga extra. En cuanto a indumentaria laboral, si mis noticias no fallan recibe gratis dos faldas y dos blusas -biestacionales: calor en verano y frío en invierno- para todo el año, de un material que, desde luego, nada tiene que ver con la calidad de los productos que vende la casa. A diferencia de los clientes, ni ella ni su legítimo reciben nunca una felicitación de cumpleaños u onomástica, ni una tableta de turrón por Navidad. Si meten la pata en algo, tienen que pagarlo de su bolsillo. Y, por supuesto, en caso de problemas, es siempre el cliente quien tiene razón.

Si Maripili fuera hombre y tuviera capacidad y suerte -lo de la suerte no es el caso de su marido, que vende ventiladores y batidoras hace quince años-, o quizás si fuera hombre y además se arrastrara de modo conveniente ante determinados jefes, igual llegaba a un puesto más chachi. Pero es mujer; así que aunque sea capaz de atender a clientes extranjeros en inglés, en parsi o en griego clásico, siempre será un culo y un par de tetas decorativas, que sus barandas masculinos irán relegando de los lugares más vistosos a medida que avancen los años y las arrugas, con mínimas posibilidades de promoción y escasa esperanza, hasta que se jubile o la reconviertan.

Ahí tienen el retrato robot de Maripili Sánchez. Igual lloraba por eso.

12 de noviembre de 1995

domingo, 5 de noviembre de 1995

La bomba del gabacho


Ahora que ya ha pasado la fiebre, y el presidente de los galos de las Galias ha hecho estallar cuatrocientas bombas en Mururoa como tenía previsto, y a los estrategas de Greenpeace les han hecho la limpieza étnica interna por -como dicen en los pueblos- escapárseles el cerdo mal capado, al arriba firmante le mola matizar un par de cosas sobre el evento.

Vaya por delante que el suprascrito considera que el mejor destino de la bomba nuclear franchute es dejarla caer exactamente sobre la vertical del Elíseo, para que el presidente Chirac y sus expertos puedan apreciar sin necesidad de irse a Mururoa, que está en el quinto carajo y cuesta una pasta en billetes de Air France y dietas, los efectos del invento. Lo mismo deberían hacer los respectivos con la bomba norteamericana, la rusa, la israelí, la pakistaní, la china, la andorrana y la que el profesor Franz de Copenhague le pueda estar fabricando a la policía municipal de Villaberzas del Llobregat. Lo que pasa es que eso no va a ocurrir nunca, y las bombas seguirán ahí, y Chirac y el alcalde de Villaberzas pasarán mucho. Y el que no tenga fors de frape, que decía De Gaulle, que se espabile o que se fastidie.

Dicho lo cual, voy a lo que iba. Porque si el arriba firmante fuera ciudadano de la Francia, a lo mejor se lo pensaba dos veces antes de criticar la decisión de Chirac de ir a lo suyo. A estas alturas, una cosa son las intenciones maravillosas, y otras las realidades. Y está claro que por muchas florecitas y mucho verde y mucho yupi-yupi hermanos que le echemos al asunto, el mundo conserva un elevadísimo porcentaje de hijos de puta por metro cuadrado que no muestra tendencia a disminuir en los próximos tiempos, sino todo lo contrario. Quien tal y como está el patio crea de verdad que van a reconvertir el átomo en guarderías infantiles y en capas de ozono, no sabe con quién se juega los cuartos. La bomba nuclear es una baza diplomática impresionante. Eso es un hecho espantoso, triste, infame, ruin. Pero es un hecho. Y Chirac lo sabe.

Si yo fuera gabacho, que es un suponer, a lo mejor consideraba poco tranquilizador para mis nervios el futuro de una Europa en la que Javier Solana, verbigracia, puede llegar a presidir durante seis meses la diplomacia exterior comunitaria. Una Europa dividida y cobarde en los Balcanes, camino del IV Reich en su parte central, amenazada en su flanco mediterráneo por un integrismo islámico que de aquí a veinte años habrá sumergido todo el norte de África y frente al que la línea más avanzada -que se dé Europa por jodida- será esa España que nos están dejando aquí mis primos de los cien años de honradez y trece de limpia ejecutoria (a la que habrá que añadir, para entonces, la ejecutoria de los mienteusté que vienen de relevo). Una Europa incapaz de tomar decisiones colectivas, y que se verá obligada, como en la crisis bosnia tras mucho marear la perdiz, a ponerse en manos de Clinton para que, como de costumbre, sus Schwarzkopf -cielo santo- saquen las castañas del fuego,

Si yo fuera franchute, digo, me quitaría mucho el sueño pensar en el futuro de esa Europa entre san Juan y san Pedro, o sea, en manos de los Estados Unidos mamá pupa -y también rehén de esa tutela-, y al otro lado con el peligro de que a Yeltsin se le vaya la mano con el vodka en el desayuno y le dé por apretar botones, o que a cualquiera de los mañosos que ahora mandan en aquella merienda de negros en que se ha convertido la extinta URSS le dé por defender su cadena de burdeles, o de restaurantes blanqueadores de narcotráfico, o de lo que sea, quitándole el óxido con Tres-en-Unoski a cualquiera de las muchas bombas nucleares ex soviéticas que andan de aquí para allá, en manos de quién sabe quién, o quién sabe dónde, Lobatón.

Así que ustedes me van a perdonar: odio las bombas nucleares y a quienes las trajinan, pero comprendo perfectamente que a Chirac se la refanfinflen las protestas. El quiere que Francia sea respetada y tenga peso internacional; así que va a lo suyo, y el que venga detrás, que arree. Al menos es consecuente. ¿Se imaginan, si hubiera intentado España pruebas nucleares, no sé, en las Chafarinas, a Felipe González y su elenco soportando impávidos toda esa presión internacional? Venga ya. Aquí se la habría envainado todo cristo, los barcos de Greenpeace bloquearían hasta el bidé de Carmen Romero, el Gobierno estaría yéndose de vareta por la pata abajo, y la bomba nuclear se la habríamos regalado a Marruecos, para congraciarnos, a ver si en vez de descargar en puertos marroquíes el doscientos por ciento de capturas, nuestros pescadores descargaban sólo el cien por ciento.

Hay veces que dan ganas de ser francés.

5 de noviembre de 1995

domingo, 29 de octubre de 1995

No quiero ser jurado


Discúlpame, Celedonio, pero ni hasta arriba de jumilla. Alegaré objeción de conciencia, insumisión o lo que haga falta. Pagaré la multa correspondiente si tengo viruta; y si no, iré al talego. Eso, salvo que decida echarme al monte con una escopeta del doce y una canana de postas, que también puede ser. Pero puedo asegurarte que el arriba firmante nunca estará en el jurado que te juzgue, aunque salga mi nombre en esa bonoloto judicial que se avecina. Te lo juro por mis muertos más frescos.

A ver si nos entendemos, Cele, colega. Lo del jurado está muy bien, entre otras cosas porque la aplicación de la Dura Lex sed Lex en España mediante el sistema de un juez en plan Juan Palomo se parece bastante al cara o cruz. Es decir: yo consigo asesinar al novio de Claudia Schiffer e irme con ella un mes a Corfú, por ejemplo, en plan crimen perfecto y sin una sola prueba en mi contra, y según se le ponga al magistrado pueden caerme treinta años, o, en cambio, salir a hombros de la sala. Tú dirás que lo mismo ocurre con el jurado; pero en tal caso, arguyo, no dependes del capricho, antipatía, senilidad o mala digestión de un solo fulano, sino de doce. Y la cosa se equilibra.

Con esto quiero decirte que nada tengo contra el invento. Así que no confundas mis escrúpulos con el plantel de capullos en flor que se rasgan la toga propia o ajena alegando que los ciudadanos carecen de conocimientos técnicos. Y tampoco quiero verme incluido entre quienes sostienen que doce fulanos presuntamente justos son el bálsamo de Fierabrás. Ni considero la figura del Su Señoría como socialmente de derechas y la del jurado de izquierdas -importante gilipollez que he leído hace poco no sé dónde-, o viceversa. Pasa, Celedonio, que a uno no le apetece mezclarse en ciertos números de circo. Y, tal como está el patio, ser jurado en España lleva todas las papeletas.

Imagínate el panorama; tú, Celedonio Sánchez Machuca, te levantas mañana con los cables cruzados y le das matarile con un hacha a tu foca, a tu suegra, a tres vecinos y a un cobrador de la ORA que pasaba por la calle, y luego vas y te fumas un puro. La justicia procede con su celeridad habitual, y para cuando por fin llega el juicio, tu caso ha sido ya juzgado, condenado y/o absuelto doscientas veces en los diversos medios de comunicación, radios, periódicos y televisiones varias. Nieves Herrero, San Lobatón, Isabel Gemio, las Virtudes, Farmacia de Guardia, Al Filo de lo Imposible, amén de todos los telediarios y los informativos locales por cable, han sacado a tus vecinos diciendo que a Celedonio se le veía venir y que la culpa la tiene el PSOE. Por su parte, las tertulias radiofónicas habrán analizado profunda y pormenorizadamente tus mecanismos psicológicos presuntos, emitiendo inapelable veredicto los sociólogos habituales, los eximios juristas de plantilla y el Pato Lucas. Incluso las implicaciones políticas (el vigilante de la ORA estaba sindicado en CCOO), étnicas (tu suegra era de Oyarzun) y lingüísticas (un vecino se llamaba Jordi) habrán sido planteadas con el rigor habitual en estos casos. Y por supuesto, el jurado no tendrá necesidad de la vista oral para enterarse de los hechos, pues todas las diligencias y declaraciones de los testigos habrán sido previamente publicadas en los periódicos pese al secreto del sumario, filtradas por tu abogado, por la acusación particular, por el secretario del juzgado o por la madre que te parió. Con lo que convendrás conmigo, Celedonio, el trabajo del jurado -el juicio, incluso- se simplifica un huevo.

Mas no para ahí la cosa. En cuanto a las pruebas periciales, por ejemplo, y para mostrar su eficacia, la Policía habrá difundido en rueda de prensa cómo recurrió a técnicas alemanas para probar tu autoría evaluando el grado de afilamiento, o como se diga, del hacha; de modo que la próxima vez descartas el hacha y te cargas a la prójima con el rodillo de amasar, que es menos evaluable. A todo eso añádele cámaras de televisión retransmitiendo el juicio en directo, tu careto en Lo que necesitas es Amor, el telediario, los nombres, apellidos y domicilios de los jurados publicándose en la prensa, los flashes de las fotos, el mogollón de periodistas a cada entrada y salida. Y las declaraciones de cada jurado pormenorizando qué es lo que votan los otros once, en este país donde la justicia se ha convertido en un cachondeo moruno, en un descontrol informativo, radiofónico y audiovisual con más agujeros que la ventana de un bosnio.

Así que lo siento, Celedonio, pero no cuentes conmigo. Me declaro objetor de conciencia judicial para los restos. Y que te sea leve.

29 de octubre de 1995

domingo, 22 de octubre de 1995

Los riñones de Miss Marple


Estos días andan hechos polvo en la Pérfida Albión porque les acaban de poner patas arriba todo el sistema de pesos y medidas de la Rule Britannia para sustituirlo por el métrico decimal. Los telediarios de allí van trufados de miss Marples que acuden a la charcutería a comprar riñones para el pastel de riñones del desayuno de su Harry, y se quejan de que eso de los kilos y los gramos es un lío espantoso. Su Harry también sale en las gasolineras, lamentando que entre los galones y los litros se monta un cirio importante a la hora de llenarle el depósito al Rover. No es para eso para lo que derrotamos a Hitler, proclaman. Y unos y otros echan de menos sus libras, pies, onzas y cosas así, y dicen que esto de cambiar las costumbres de toda la vida no puede ser bueno, y que esa murga extranjera de Europa no la ven muy clara. Que el precio es demasiado alto.

La verdad es que no sé de qué se quejan, porque si alguien va a salir beneficiado de la homologación métrico decimal van a ser los súbditos de Su Graciosa. El arriba firmante está de acuerdo en que las tradiciones, el cumpleaños de la Reina, los soldados gurjas y demás, son cosas muy bonitas y muy emotivas, y que no hay nada más conmovedor que Lady Di dándole la sopa a un abuelito jubilado que lleva la gorra de los Fusileros Reales del Lago Ness, con su Cruz Victoria ganada liquidando argentinos de dieciocho años en las Malvinas. Pero el abandono de ciertas tradiciones también trae ventajas. A partir de ahora, sin ir más lejos, el joven Tom, hijo de miss Marple y de su esposo Harry, podrá saber exactamente cuántos litros de cerveza se bebe con sus amigos hooligans mientras destroza la plaza mayor de Bruselas en vísperas de que juegue el Manchester, o en cada noche de esas vacaciones Sun and Sex que pasa rompiendo bares y apaleando guardias municipales en Benidorm, en vez de hacer el arduo esfuerzo mental que hasta ahora le suponía transformar los hectolitros a pintas y galones.

Tampoco a los jubilados les irá mal, pues a los ingleses que compran casas y terrenos en la Costa del Sol a través de sociedades de Gibraltar para no pagar impuestos al fisco español, les resultará más fácil redactar los contratos en metros cuadrados que en acres o en yardas; que luego se lía uno y tiene que andar gastándose el dinero en traductores jurados, en vez de utilizarlo para pagar la cuota mensual del campo de golf o el club náutico de Sotogrande para coincidir con Andrés y Fergie. Sobre este particular pueden preguntarle a los llanitos del Peñón, que llevan tiempo sacándole viruta al asunto, y la cuestión no es ya que se nieguen a ser españoles, sino que los españoles de la zona y aledaños empiezan a exigir ser gibraltareños. Y yo también, si me dejan.

Se me ocurre un mazo más de ventajas homologatorias. Ahora, por ejemplo, cada vez que Harry y miss Marple viajen en automóvil al continente, cuando vayan por la carretera con él al volante por el lado de la cuneta, con menos visibilidad que un topo con orejeras, y ella sacando el cuello por la ventanilla de la izquierda para ver si pueden adelantar al camión sin romperse los cuernos, la legítima podrá decir: «Oh, querido, hay una gasolinera a un kilómetro», que es más conciso, en lugar de decir: «Oh, querido, hay una gasolinera a media milla, doscientas trece yardas, dos pies y cero coma cero seis pulgadas, o inches». Que me parece una gilipollez, y además cuando haya terminado de decirlo seguro que se han pasado la gasolinera y varios pueblos.

No es grave que durante una temporada los súbditos de la Invicta se espabilen un poco y anden por ahí contando con los dedos o recurriendo a la calculadora de bolsillo. A fin de cuentas, no se puede ser europeo cuando conviene, e insular numantino cuando a uno le sale del morro. Y quienes estos días se andan quejando del duro precio que supone estar en la comunidad europea, y cómo eso erosiona las rancias tradiciones británicas, pueden consolarse echándole un vistazo a España. No te fastidia. Allí se quejan de que la mermelada tienen que comprarla ahora por gramos y no por onzas, y aquí llevamos una década matando vacas, cerrando altos hornos y astilleros, arrancando vides, quemando trigales, pudriendo pesqueros, importando el aceite de oliva, con el país viviendo de los fondos de caridad -o como se llamen- de la UE. Esos que cada vez que nos los conceden, los sacan en los telediarios a bombo y platillo, que parece que el ministro Solana y sus tigres negociadores los consigan cada vez tras dura pugna. Que encima, igual sí.

De modo que, por mí, le pueden ir dando morcilla a miss Marple. Y que se la den en kilos y gramos, para que se joda.

22 de octubre de 1995

domingo, 15 de octubre de 1995

Campos de batalla


Cada vez que el trabajo o lo que sea me llevan a Bruselas, el arriba firmante aprovecha para darse una vuelta por el cercano campo de batalla de Waterloo, donde los días 16, 17 y 18 de junio de 1815 un soldado de diecisiete años llamado Jean Gall, que luego sería abuelo de mi bisabuela, combatió contra ingleses y prusianos. Los belgas han tenido el buen gusto de conservar intacto el campo de batalla donde él y 300.000 hombres más se acuchillaron concienzudamente, de modo que hoy es posible visitarlo con un libro de Historia en la mano, paso a paso. Así, cada vez, puedo acompañar al fantasma del abuelo desde Hougoumont al asalto de las alturas de la Haie Sainte, y seguirlo después en su terrible retirada por la misma carretera de Quatre Bras y Charlcroi, perseguido por la caballería inglesa y los húsares prusianos que, exasperados por la carnicería, negaban cuartel y no hacían prisioneros. A veces llueve, y camino con el abuelo bajo la lluvia, empapado como él, pasando junto al monumento del águila herida donde, ya al anochecer, la Vieja Guardia formó el último cuadro.

Con frecuencia, visitando el museo y las placas conmemorativas repartidas por el campo de batalla, encuentro grupos de colegiales franceses, belgas, alemanes e ingleses, a quienes sus profesores explican, sobre el terreno, las circunstancias de la última batalla del Emperador. Y no es el único lugar. En Normandía, Poitiers, Solferino, Crecy, Verdun, las Termopilas y muchos otros sitios marcados en los atlas históricos, he visto grupos de estudiantes cuya formación y planes de estudio incluyen, también, este tipo de visitas.

En todos los países, salvo en España. Resulta curioso que un lugar cuya geografía cuenta con nombres como Calatañazor, Sagrajas, las Navas de Tolosa, Belchite, El Jarama, los Arapites o el cabo Trafalgar, apenas conserve referencias locales de esos acontecimientos. Uno pasa por los desfiladeros a cuyos pies se abre Bailen, por ejemplo, y no encuentra constancia de que, en ese mismo lugar, veinte mil soldados imperiales muertos de sed y acosados por partidas de guerrilleros se rindieran a las tropas españolas cuando Napoleón era amo de Europa, Quizá se deba al pseudopatriótico uso que de tales asuntos se ha hecho siempre aquí para tapar los agujeros de la alfombra; pero lo cierto es que España parece avergonzarse de sus campos de batalla. Como si nos dieran mala conciencia, o nos importase un bledo que miles de seres humanos mataran o se hicieran matar sobre ese suelo.

Y creo que es un error, porque un campo de batalla no resulta malo ni bueno. Sólo es el lugar donde rodaron los dados que utiliza la Historia. Un campo de batalla es la barbarie y la sangre y la locura; pero también la abnegación, el coraje y todo aquello de que es capaz el contradictorio corazón humano. Si olvidamos la demagogia patriotera y ultranacionalista que manipula hasta la sangre honrada de los muertos, y también la otra demagogia estúpida que se niega a aceptar los ángulos de sombra que existen en la Historia y en la condición del hombre, un campo de batalla puede convertirse en una extraordinaria escuela de lucidez, de solidaridad, y de tolerancia.

Que me perdonen los que tanto se la cogen con papel de fumar; pero al arriba firmante le parece de perlas que jóvenes en edad de formarse revivan lo que otros jóvenes tuvieron que afrontar, juguetes de los poderosos, de las banderas y de las fanfarrias, o peleando honrosamente -una cosa no excluye la otra- por una fe o una idea. Que aprendan lo que otros dejaron de bueno y de malo, y a menudo de ambas cosas a la vez. Que pisen los inmensos cementerios que hay al final de caminos alegremente abiertos por bocazas y miserables, dispuestos a abrir la caja de Pandora en su propio beneficio mientras se llenan el morro con palabras como patria, nación, idea, lengua, raza, dios o rey. Pero también que aprendan que los estados, y las naciones, y el ser humano, se han hecho con lucha y con sangre. Que el acontecer de los siglos y sus sobresaltos desataron unos lazos y anudaron otros. Que no somos islas ni pueblos extraños, sino gentes cuyos abuelos, y bisabuelos, y architatarabuelos, compartieron sueños, miedos, lluvias y sequías, amores y batallas; acuchillándose unas veces sin piedad, y enamorándose otras de lado a lado del río que algunos pretendían consagrar frontera. Y que de toda esa terrible y maravillosa saga de semen y sangre nacimos siendo lo que somos, fruto de una Historia de la que a veces debemos horrorizarnos y otras sentirnos orgullosos. Pero que es la nuestra.

La visita a un campo de batalla puede ser mala, o puede ser buena. Depende de quién te guíe por él.

15 de octubre de 1995

domingo, 8 de octubre de 1995

A bofetada limpia


Últimamente tenemos la mano muy larga. Con el menor pretexto nos liamos a guantazos en un semáforo, en las fiestas del pueblo, en los directos de la tele. No hay acto público o privado que no termine a hostias. Un encierro, un trasvase, la procesión de la Patrona: todo vale para repartir estiba. El paisaje se nos está llenando de fulanos que se zarandean unos a otros mentándose a los muertos más frescos, de gente desencajada procediendo a linchamientos sumarios. Lo mismo le abren la cabeza con un botijo a un concejal ante el trono de la Virgen, que un encierro de la sierra madrileña se convierte en motín callejero y, de paso, inflan a las abuelitas y a los periodistas que pasaban por allí.

Lo malo de esa violencia desmedida es que no resulta difícil de comprender. Amén de las crispaciones sociales modernas, la influencia de la televisión y la pérdida constante de referencias culturales, en España disfrutamos de doce años de gobierno basado en la estafa sistemática de las esperanzas de los ciudadanos. Con una oposición que sólo es capaz de repetir «Vayasesonizala» mientras espera a que el aludido se muera de viejo, y un país lleno de paro y desesperación, donde en vez de con nuestros recursos vivimos de los fondos de ayudas de la Comunidad Europea, donde se mantiene el IPC porque suben los precios de la comida pero bajan los televisores y los automóviles, donde ahora resulta que tenemos que importar los cereales y las patatas, y donde el aceite de oliva -vendido a los italianos- se trae de fuera a casi mil pesetas el litro, no es extraño que den ganas de pegarle fuego al sursum corda y que el personal ande por ahi caliente, pidiendo sangre. La de quien sea.

El resultado es que aquí no se respeta a nadie, y sales a la calle listo para arder como la pólvora. Y cuando no son los regantes murcianos, son los cretinos de las esvásticas, los mohicanos de las botas, los jarrais de los cojones o los hueveros cátala únicos, que se autoerigen en chulos de la vía pública azuzados por sus mayores, como aquellos prendas de Munich a sus nazis o las señoras de Serrano a sus fachas jovencitos de los 70. Todo eso gracias a la irresponsabilidad de tenderos sin escrúpulos, nacionalistas analfabetos y curas trabucaires, y a la ambigua pasividad de las variopintas policías y autoridades locales. Y como aquí cuando éramos pocos siempre pare la abuela, España se ha convertido en poco tiempo en una algarada de retrasados mentales, de gañanes y de gentuza.

No sé a qué cantamañanas oí el otro día en la radio -me parece que era directora general o delegada de algo- anunciando una campaña audiovisual con anuncios y videoclips y musiquitas para frenar a los violentos y convertirlos en JASP. Algo del tipo: nene, pupita, malo. O sea, ya se pueden imaginar. Y claro, apenas pasen el anuncio entre lo de Isabel Gemio y Chuck Norris, los rapadines y los etarrillas y los pujolectes junior y toda la basca, van a ver la luz y a abrazar entre sollozos a sus semejantes con mecheritos encendidos y cantando eso de wiardechildren wiardepipol, o como se diga. Venga ya. Ignoro lo que entenderán algunos por violencia, pero el arriba firmante pasó la mitad exacta de su vida viendo violencia de la de verdad, de pata negra, y tiene la certeza histórica de que a los violentos sólo se les frena impidiendo que lo sean al hacerles justicia oportunamente; y cuando carecen de razón, metiéndoles el miedo de Dios en el cuerpo con un riguroso, puntual y oportuno ejercicio de la Ley. El único problema es que para eso hay que tener el coraje de hacer respetar la ley, en lugar de usarla como bidé para el chichi de la Bernarda.

Quiero decir con eso que el presidente Clinton, verbigracia, puede bombardear a los serbios de Bosnia sin complejos, ni miedo a que nadie lo tache de totalitario; porque hay leyes internacionales que respaldan su actuación, y además fue elegido democráticamente para cosas así, entre otras. El problema surge cuando los caciques y aprendices de brujo locales juegan con la demagogia más reaccionaria y más canalla, o carecen, por su propia condición miserable, su inseguridad democrática y su escasa talla política, de la conciencia tranquila y la confianza suficiente en sí mismos y en su razón para defender a los ciudadanos a quienes pretenden tutelar, ejerciendo la autoridad que es su obligación, y es su derecho.

En España estamos empezando a admitir la pajarraca callejera, y el pasteleo de quienes la rentabilizan, como algo normal. Se trata de algo triste y peligroso, porque, ¿recuerdan?, habíamos pagado un precio muy alto -más cuarenta años de IVA- para salir de todo eso.

8 de octubre de 1995

domingo, 1 de octubre de 1995

Voces electrónicas


La autovía es más aburrida que la doctora Quinn, de esas en las que no hay ni un maldito bar donde uno pueda pararse a beber café. Y la gasolinera parece la Estación Espacial Zetna o algo así, muy ultramoderna, con luces verdes y toda la parafernalia. Por supuesto, no hay gasolinero de turno, sino un fulano a lo lejos, tras una mampara de cristal blindado, y tú descuelgas la manguera y pegas un salto porque del techo ha salido una voz que te dice: «Ha elegido usted gasolina sin plomo». Miras a un lado, miras a otro, no ves a nadie, murmuras «me alegro» por si acaso, y llenas el depósito. Al terminar, la misma voz dice «Gracias por elegir gasolina sin plomo» y tú, un poco mosqueado, murmuras «de nada» mientras vas a pagar. De camino a la caja, pasas junto a un lorito metido en un artilugio expendedor de bolas de plástico para estafar a críos y papas incautos, a veinte duros la bola con chucherías dentro, y el loro te dice «Hola, soy Paco. ¿Quieres jugar conmigo?», con voz del Coche Fantástico. Respondes que no, gracias, y entregas tu tarjeta de crédito al fulano que lee el Penthouse al otro lado de la mampara.

A través del intercomunicador, la voz metálica del empleado te dice que no aceptan esa tarjeta y que si tienes otra u otras. Tú dices que sí, vuelves al coche, el loro -que parece un chapero en su esquina- vuelve a hacerte proposiciones indecentes tanto a la ida como a la vuelta, tú le das la tarjeta al del Penthouse, la pasa por la máquina, y de la máquina sale otra voz electrónica masculina que dice: «Tarjeta denegada» en tono conminatorio, de te vas a enterar cuánto vale un peine, como si tuviera un guardia civil enano escondido dentro igual que los aparatos esos de los Picapiedra. ¿Cómo que denegada, te preguntas, si El Semanal acaba de pagarte los cuatro Sangrefrías del mes? Ya que el asunto se debate entre la máquina y tú, el empleado se encoge de hombros, a lo suyo, atento a las tetas de Miss América 95. Lo convences de que se frote la banda magnética en la manga y lo intente de nuevo, y la voz del picolete electrónico dice ahora: «Tarjeta aceptada» como si en el fondo le fastidiara admitirlo. Suspiras aliviado, firmas el recibo ante la indiferencia del gasolinero, y como necesitas cambio para unas llamadas telefónicas vas a la máquina de chocolatinas y metes una moneda de quinientas.

Ahora es una voz femenina, seca y desabrida como la de un robot, la que te dice: «En este momento no disponemos de cambio».

Vuelves con el gasolinero. Le juras que tu madre agoniza en la UCI. Consigues cambio, vas al teléfono, y te ha descompuesto todo tanto que debes de haber marcado mal, porque otra voz de mujer, con muy mala leche enlatada, te dice: «El número marcado no existe», y no añade «imbécil» por un pelo, Tú cuelgas, respiras hondo y marcas de nuevo con mucho cuidado. Ahora es la V02 de una nueva señorita Rottenmeyer la que te dice: «Por sobrecarga, llame pasados unos minutos». Los minutos los empleas en darte una carrera hacia el centro de la explanada y maldecir en arameo de las gasolineras, la Telefónica y ¡a madre que las parió. Después, más desahogado, vuelves al teléfono y, bajo la atenta mirada del loro, que está esperando a que te descuides para insinuarse de nuevo, marcas otra vez el número.

La primera respuesta es: «Hola, no estoy. Deja tu mensaje al oír la señal». Contrariado, marcas el segundo número de tu lista, y ahora es una voz infantil la que te dice: «Mizpapaitoz no eztán en cazita... Deja tu nombre y tu menzajito cuando oigaz la zeñalita». Cuelgas el auricular, das un par de vueltas alrededor del poste de gasolina más cercano, golpeas once veces la frente contra el canto de la puerta -«Soy Paco», insiste el loro mientras tanto- y apelando a toda tu sangre fría marcas otro teléfono. «El número marcado no existe», te informa la misma tipa de antes, pero esta vez andas bien de reflejos y te da tiempo a decirle: «Tú eres la que no existe, cacho zorra», antes de que la voz electrónica se despida con un chasquido. Como sólo te queda para una última llamada, marcas el número de Javier Marías para preguntarle si esta semana piensa escribir algo al respecto, para no coincidir, y la voz enlatada de tu vecino de página informa: "Éste es un mensaje que responde inicialmente a su demanda. Deje el suyo al oír la señal o calle para siempre».

Llevas media hora discutiendo con todo cristo, y aún no has conseguido hablar con nadie. Así que te vas camino del coche, dispuesto a suicidarte poniendo la cinta de El vals de los locos de Nacho Cano -es mano de santo- hasta que la muerte se apiade de ti. Al pasarle por delante, el loro vuelve a poner en tu conocimiento que se llama Paco.

1 de octubre de 1995

domingo, 24 de septiembre de 1995

La aventura equinoccial de Bernardo Atxaga


Además de buen escritor y buena persona, Bernardo Atxaga es un tipo tan entrañable que si yo fuera mujer podría pasarme el día dándole besos. Aunque bajito, es muy chicarrón del Norte, muy sano él, muy vasco, como se decía en el resto de España antes de que el término adquiriese otras desgraciadas connotaciones. Bernardo es una especie de osito de peluche de caserío, euskaldún como la madre que lo parió, que hace más por su país con diez líneas escritas a máquina o un poema que todos esos heroicos gudaris de las capuchas con sus coches bomba y sus tiros por la espalda y sus viejecitas apaleadas en contramanifestaciones, que hasta escriben con faltas de ortografía. El caso es que un día, a principios del verano, coincidimos en Ámsterdam Bernardo y yo, y me lo lleve a visitar el barrio de putas, que no lo conocía, y disfruté viendo a Bernardo alucinar, bonachón, ante los escaparates tan pulcros y organizados desde los que las damas le decían hola chato en neerlandés. Terminamos hasta arriba de cerveza a orillas de un canal, en un bar lleno de ingleses e inglesas y cantando con ellos la cancioncilla esa de la Cruzcampo. Ya saben: larí, larilolá. Y hablando de La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, de Ramón J. Sender.

Sender es el premio Nobel que debió ser y no fue. El gran novelista español de nuestra mitad de siglo, que retrató como nadie el alma bronca y dura de esta España a la que comprendió tan bien como amó. Intelectual de izquierdas, encarcelado por Primo de Rivera, luchó en el bando republicano y vivió el exilio. Llevaba todas las papeletas para ser elevado a los altares del muy bueno lo tuyo, pero ni los unos ni los otros ni los de siempre le perdonaron nunca su independencia, su testarudez oscense, su anticomunismo, sus universidades norteamericanas. Si hubiera sido paniaguado de moros o cristianos, esgrimible como bandera, cofrade de morro y trinque o compañero de cama, habríamos tenido Ramón J. Sender hasta en la sopa. Pero ya ven. En la España que nos ocupa, los alumnos de Literatura no saben ni quién es. Y sin embargo, ese hombre cuya obra resulta casi imposible encontrar hoy en las librerías escribió La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, Míster Witt en el cantón, Rizando, Crónica del alba. Literatura de verdad, no ejercicios de caradura para que se los jalee a uno la claque de los compadres. Obras maestras que retratan España y a los españoles, nuestra historia hermosa y desgraciada, nuestra soberbia y nuestra cainita condición humana.

Aquella noche, apoyados en la barra del bar guiri, Bernardo Atxaga y el arriba firmante coincidimos en que leer La aventura equinoccial de Lope de Aguirre es entender no sólo el problema del País Vasco, sino el problema de todos los países que forman las Españas de nuestra España. Nadie como Ramón J. Sender ha sabido clavar el retrato de ese fulano menudo, duro, reseco, con mala leche, que anda cojeando de viejas heridas, con la cota de malla y las armas encima a pesar del calor, porque no se fía ni de su sombra. Que degüella por si acaso, que alberga viejos resentimientos que no olvida, atormentado por su orgullo, siempre en el difuso límite donde el azar te convierte en héroe, como a Cortés, o en villano criminal como al propio Aguirre: todo depende del naipe. Un Lope de Aguirre soberbio, peligroso, violento, suspicaz, presto a la degollina como sus primos almogávares de Bizancio -«disperta ferro, que huele a cordobán»-. Y está esa carta tremenda que Aguirre le escribe a su rey, al lejano rey Felipe de la lejana España: rey ingrato, te serví y mira el pago, y oye, rey, tú matas más que yo, pero yo me mancho de sangre y tú empleas alguaciles, escribanos y jueces para tener las manos limpias, Aguirre reniega de España y su monarca y eso lo hace aún más español, en ese rasgo genial que consiste precisamente en no querer serlo. Gesta heroica que degenera en locura de sangre y de soberbia, tan de aquí, donde basta un quítame esas pajas, una asonada, un trasvase, para acuchillarse en calles y plazas; donde hombres desesperados, engañados durante siglos por reyes y por validos, persiguen el sueño de un Dorado que los haga libres y calme la sed de justicia, el ansia de venganza que llevan en los ojos y en la sangre.

Hay libros mágicos que ayudan a reconocerse y, por tanto, a comprender. La aventura equinoccial de Lope de Aguirre es uno de ellos. Y espero no palmarla sin haber visto esa novela traducida al euskera por Bernardo Atxaga. Me lo juró allá en Ámsterdam, entre gentes rubias que parecían marcianos y que nunca podrían escribir un libro como ése.

24 de septiembre de 1995

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domingo, 17 de septiembre de 1995

Y al sur, con el moro


Esto de que, por razones técnicas, la página haya que escribirla dos semanas antes de su publicación, lo descoloca a uno. El arriba firmante ignora, verbigracia, si cuando esto aparezca se habrán reanudado las conversaciones pesqueras con Marruecos, o si la infantería de marina del reino alauita habrá desembarcado ya en las playas de Tarifa mientras el ministro Atienza -he averiguado el apellido, por fin- se pega un tiro en el bunker del Ministerio y su colega Solana asegura en Bruselas, para el Telediario, que todo está bajo control, como en Bosnia.

Para España, Marruecos ha sido siempre una puñalada en la ingle que, a menudo, interesa de pronóstico grave la femoral. La cuestión norteafricana, el Gurugú, el Barranco del Lobo, Annual, Monte Armit, Ifni, la incompetencia de generales analfabetos y políticos sin escrúpulos, o viceversa, nos marcaron a base de bien. En contra de lo que en los últimos veinte años tanto demagogo y tanto cantamañanas se ha empeñado en hacernos creer, el espacio natural español no era esa Europa de individuos rubios a los que ahora llevamos sonrientes el botijo tras matar nuestras vacas y arrancar nuestras vides; sino Hispanoamérica, de una parte, y el norte de África, de la otra. Aunque, a estas alturas, al asunto pueda aplicársele el zorrilleseo lamento de don Luis Mejías, que en paz descanse: «Donjuán, yo la amaba, sí/ mas con lo que habéis osado/ imposible la hais dejado/ para vos, y para mí».

Respecto a Marruecos, echarle un vistazo a los libros de Historia produce depresión aguda. Es increíble cómo, sometidos a un régimen feudal, privados de buen número de libertades, teóricamente inferiores en cuanto a capacidad económica, militar, e influencia internacional, los marroquíes han ido venciendo en todos y cada uno de sus conflictos con España (el último pulso que les ganamos fue la expulsión de los moriscos). Son duros de pelar, valientes, apuestan fuerte dejándose la piel en todo, tienen una de las más exquisitas diplomacias del mundo, y Hassan II posee una tenacidad, una astucia y un coraje fuera de lo común. A todo eso, España se limitó siempre a oponer mulas de varas que nos costalean cinco mil soldaditos muertos cada vez, o negociadores pasteleros, mangantes y flojos de vareta que se ponían a tartamudear, y lo siguen haciendo, en cuanto un negociador marroquí los mira a los ojos y dice: tres con las que tú llevas.

La diplomacia marroquí no es como la nuestra, convertida en un coro de palmeros finos con corbata, capaces de vender la virginidad de sus hermanas por una son risita de Helmut Kohl, que se pasan el día pidiendo perdón y dando las gracias porque les dejan llamarse europeos en una Europa, hay que fastidiarse, que nació precisamente contra España cuando ésta los tenía a todos agarrados por salva sea la parte. Los fulanos de Rabat saben cuál es su espacio natural, y llevan siglos estudiando a aquel con quien se juegan los cuartos. Conocen nuestras debilidades y flaquezas, y en qué momento apretar. Son arrogantes cuando hay que serlo, flexibles cuando les conviene. Saben que España tiene relativa capacidad para hacerles la puñeta, pero intereses en Marruecos y gobernantes con mala conciencia, timoratos y mierdecillas incapaces de sostener un órdago hasta el final. Así que nos llevan de culo. El Sahara se lo autoadjudicaron por las bravas cuando agonizaba Franco. Se hicieron con Guinea Ecuatorial -la guardia personal de Obiang es marroquí- mientras los tiñalpas de la UCD se la cogían con papel de fumar. Ahora, el caos de González y sus euromariachis los envalentona para llevar al desguace la flota pesquera española. Y Sebta y Mililia siguen llamándose de otra manera porque ésa es una jugada a largo plazo, y también porque allí aún nos queda gente como mi viejo compadre Manolo Céspedes, el último virrey español, que es un pirata beréber más moro que el kifi, y torea como nadie en un palmo de terreno.

Personalmente, el arriba firmante ya ha escrito que le gusta el aceite de oliva y se encuentra más cerca de un marroquí que de un austríaco, y si me apuran, de un francés. Así que excúsenme los pescadores españoles, pero no puedo reprocharle al moro Muza que crea en su país y luche por él. Ojalá (expresión árabe, por cierto) aquí hiciéramos lo mismo. La culpa no es de Marruecos, sino de nuestros mantecas blandas incapaces de jugar bien sus cartas, y dar puñetazos sobre la mesa cuando pueden y deben darse. Por eso, en vez de tanto máster en Bruselas o en Washington, tanta murga comunitaria y tanta leche, lo que uno recomendaría a la diplomacia española son unos humildes cursillos de formación profesional en Marruecos. A ver si allí aprendíamos a tener dignidad, a tener coraje y a tener vergüenza.

17 de septiembre de 1995

domingo, 10 de septiembre de 1995

La profesora de inglés


Esta semana me toca hacer de Celestino, pero B. tiene dieciséis años, es un lector y por tanto es un amigo. El caso es que su profesora de inglés, me cuenta B. en la carta, tiene treinta años, es morena y está tremenda. Y vive enamorado de ella como un becerro, hasta el punto de que, la última vez que la profesora lo llamó a su despacho para echarle un chorreo porque anda fatal en la anglosajona parla, él ni siquiera oyó la bronca porque no hacía más que mirarle los labios, que los tiene -asegura- como las cerezas picotas. Cuando me escribió, hace casi cuatro meses, B. estaba seguro de que iba a catear la asignatura. «Cosa que no me importa -matizaba- porque así al año que viene volveré a verla». El caso es que me pedía ayuda, porque, apuntaba: «Los hombres tenemos que ayudarnos. Yo no sé qué pensará usted de las mujeres, pero yo creo que nos tienen cogidos por los huevos (sic), y que si entre nosotros no nos echamos una mano, ya me contará».

Ante tan demoledor argumento, el arriba firmante -que una vez tuvo dieciséis años y, en su caso, una profesora de Griego que también lo llevaba por la calle de la amargura- no puede hacer otra cosa que ponerse a disposición del joven corresponsal con armas y bagajes. Vaya por delante que estas cosas casi nunca resultan; pero no se sabe. Además, como apunta B. en su misiva, una vez, después de echarle la bronca por vago y por inútil, ella le dijo que cuando sonríe está muy guapo. Y B., que salió flotando del despacho, sostiene con cierta lógica que si yo escribo este artículo él sonreirá más y ella lo verá más guapo aún. Además, en septiembre -fíjense cómo afina a medio plazo, el tío- «estaré más moreno, y seguro que hasta crezco un poco, así que le pareceré mayor».

Así que aquí me tienen, en septiembre, cumpliendo de hombre a hombre, y dispuesto a decirle a la profesora que, bueno, pues eso, lo que B. quiere que le diga. Que la diferencia de edad en la cosa del hola que tal es una milonga, y que a fin de cuentas vamos a vivir cuatro días. Y que en el juramento hipocrático, o presocrático, como se llame el que hagan los profesores, estará, supongo -supone B.- el de enseñar al que no sabe. Y a él hay cantidad de cosas que le gustaría aprender. Como, por ejemplo, de qué color se le ponen a ella los ojos con poca luz. O cómo suena su voz cuando habla en un susurro. O a qué saben las cerezas picotas que tiene en la boca y que a B. -y por el entusiasmo casi contagioso de su carta, a este paso, hasta a mí mismo- le gustaría comerse despacito.

Eso es lo que hay, B., colega. Y yo he cumplido, como ves; y ya no me queda sino desearte suerte, buen viento y buena caza. De todas formas, de ti para mí, tampoco te vayas a hacer muchas ilusiones sobre el efecto que esta página que tú y yo llevamos hoy a medias pueda hacer en su ánimo. Las profesoras, cuando como la tuya son treintañeras jóvenes y guapísimas, suelen tener bicho. Quiero decir novio, amigo o marido. Y cuando no, pues resultan menos receptivas a la sonrisa de un alumno que al maduro aplomo de un jefe de estudios cuarentón o a los armónicos dorsales de un profesor de Gimnasia (la mía de Griego, lo que es la vida, se casó con el de Gimnasia; y los once que estábamos en su grupo de Letras estuvimos una semana borrachos de desesperación y de vino de Jumilla, hechos polvo, tirados por todos los bares de Cartagena, buscando una espada amiga que nos diera piadosa muerte a los once).

En fin. Tú dale caña, compadre. Dásela dentro de un orden. Lo bueno que tienen tus dieciséis tacos es que en ese tipo de cosas puedes equivocarte o meter la pata ochocientas mil veces y no pasa nada. A fin de cuentas, lo peor en la vida no es decir: «aquella vez hice el panoli», sino: «si yo me hubiera atrevido». Así que haz el panoli, atrévete a decírselo -hoy o te lo he desgraciado o te lo he puesto a punto, colega- y que luego salga el sol por Antequera. Pero no dejes que ese pedazo de mujer se te escape viva por cortao. Eso sí que no se lo perdona uno nunca. Porque a veces pasan, te lo juro, esas cosas. Una señora estupenda rodeada de musculitos y cuarentones apuestos y chulos de discoteca, y de pronto ves que llega un tiñalpa escuchimizado que le dice hola, buenas.

Y ella le mira el careto y piensa: anda tú. Este sonríe como sonreía mi papi.

Y se va con él, y viven una loca pasión de años. O de un par de horas, que dura menos, eso sí, pero también tiene su intríngulis.

Ah. Y a ver si estudias un poco más el inglés. Porque lo cortés no quita lo caliente. O viceversa.

10 de septiembre de 1995

lunes, 28 de agosto de 1995

La chica que se parecía a Claudia


Se acaba, compadre. El domingo que viene estarás de nuevo en casa, todavía moreno, en la rutina de siempre. Con esa cara de panoli que se nos pone al volver, preguntándote si de verdad merecía la pena el gasto, el follón de la carretera, el atasco de tres horas, Pablito vomitándote en el cuello de la camisa, el suegro dando el coñazo con la incontinencia de la vejiga, y tú sudoroso y malhumorado, preguntándote si no hubiera sido mejor quedaros en casa con la tele y un botijo.

Y encima de eso, que ya fastidia, todos los tertulianos de radio, y los enjundiosos columnistas de tronío que no escriben palabrotas, y los refinados estetas sociales de este país, que viven de aplaudirse unos a otros mientras imparten doctrina con la verdad indiscutible y objetiva sentada en el hombro, se han pasado todo el verano dale que te pego, llamándote hortera y gilipollas porque te has ido a veranear a una playa con otros ochocientos mil seres humanos más, en un apartamento con el suelo lleno de arena y con toallas y bañadores colgados en las ventanas, en vez de pasar tus vacaciones a bordo de una goleta en las Bahamas o en un chalet de la Costa Azul, como por lo visto hacen ellos. Porque lo que pasa es que no tienes criterio, ni independencia, ni clase. Y eres un masificado y un capullo.

Así que, a medida que vas pasando las últimas hojas del calendario de agosto, se te va poniendo tan mala leche, un poco se parecen estas vacaciones a las que te planteaste antes del verano, calcadas de los anuncios de la tele, con playas solitarias, y relax, y los críos jugando felices, y puestas de sol con música del ron Bacardi, y la parienta bronceada y más guapa que nunca, y el Ocio, colega, así con mayúscula. Tumbado junto al mar sin hacer nada, viendo pasar la vida con un periódico, una cerveza y unas gambas a la plancha. Un mes al año, que carajo. A cuenta de todo lo demás.

Pero oye lo que te digo. Es cierto que de lo imaginado a lo vivido -y mira que te ocurre cada año, pringao- suele haber tanta diferencia como, por ejemplo, entre un ministro(a) de Cultura español y un ministro(a) de Cultura a secas. O francés, por ejemplo. Y no es menos verdad que el año que viene tropezarás, suegro, Pablito y ochocientos mil fulanos incluidos, en la misma piedra. O en la misma playa. Pero no dejes que te apabullen, tampoco. Porque por mucho que las píen aquí, los dandies y los refinados líderes de opinión -esos a los que molestas con el patín acuático de pedales donde llevas a los críos, imaginándote por un rato lobo de mar, cuando das vueltas alrededor del yate alquilado donde viajan de gorra-, tú tienes derecho a intentarlo. A ver si me entiendes. Tienes derecho a soñarlo y a jugar a que tú también puedes. A ponerte moreno bajo el mismo sol y a gastarte siete mil duros de golpe en una cena de restaurante caro, corno ellos, con farolillos y orquesta, aunque la alegría te haga polvo el presupuesto del verano. Y si no puedes permitirte otra cosa, bien venidos sean el calor, y las moscas, y el embotellamiento, y la playa hasta los topes. Es lo que te apetece, y punto.

Así que no te cortes. Cuando se termine, piensa en esa chica que tomaba el sol en topless y que se parecía a Claudia Schiffer. Y en lo bonito que estaba Benidorm aquella noche, con la luna en el mar. Y aquellas cigalas que te dejaron tiesa la cartera pero que sabían a gloria. Y en la alegría de los enanos con el puñetero cubo y la arena. Y en aquel matrimonio tan agradable que conocisteis, de Soria. Y en el homenaje glorioso que os disteis la parienta y tú -ella bien morena, con la marca del bikini, ya sabes- recién llegados de la playa, cuando los críos estaban abajo en la piscina, media hora sin daros el coñazo. Igual, ¿verdad, compadre?, hasta llegó a merecer la pena.

Y quién sabe. Lo mismo dentro de once meses llega ese momento mágico que llevas toda la vida buscando. Y las vacaciones se parecen por fin a un anuncio de la tele a cámara lenta. Y la parienta se pone más bronceada y más guapa que nunca. O la moza que se parece a Claudia Schiffer se cruza contigo en el ascensor volviendo de la playa, y hay un corte de luz, como en las películas, y os quedáis allí los dos un rato largo. O te toca la bonoloto, o la quiniela, o la bolita del casino, y le pegas fuego a La Manga. Qué sé yo. Tú sueña con lo que te dé la gana, y no dejes que te tiremos los palos del sombrajo. Y a los aguafiestas de pitiminí, a esos que te llaman hortera porque no has invertido este mes en visitar claustros románicos que ellos tampoco han visitado en su puta vida, a esos, amigo, que les vayan dando.

27 de agosto de 1995

lunes, 21 de agosto de 1995

Mi amigo el ex-espía


No sé si se acordarán ustedes de mi amigo el espía. Hace año y medio, el arriba firmante le dedicó esta página. Mi amigo era un espía español de verdad, de los que se movían en territorio extranjero y a menudo hostil. Curraba ese registro como otros un banco o el taller, y sus móviles eran varios: patriotismo, sentido del deber, afición a esa clase de vida, y también porque era un profesional y para eso le pagaban. De un modo u otro, era un espía honrado y valiente. Nada que ver con los correveidiles y la chusma que en los últimos tiempos sale en los periódicos, no por espiar a los enemigos y a los malos, sino por convertir el CESID en una especie de Mortadelo y Filemón al servicio de gentuza sin escrúpulos y sin vergüenza.

Total. Que por aquellas fechas mi amigo estaba de misión en América, ocupándose de trabajos que podían costarle las uñas de las manos y los pies en un sótano de Cali, o Medellín, si lo trincaban. Una etapa más de un oficio iniciado en sórdidos países ecuatoriales, o fotografiando instalaciones militares y playas norteafricanas durante la Marcha Verde y todo eso (Cuando Marruecos era el adversario potencial, antes de que entrásemos en la OTAN y el adversario potencial fuesen los tanques rusos y las perversas hordas eslavas comunistas, o esos serbios y croatas a los que el ministro Solana tiene acojonaditos vivos).

El caso es que aquella página dedicada a mí amigo el espía terminaba diciendo: «Sé que un día volverá y lo harán general o, lo más probable, lo enviarán a un despacho de chupatintas como suele hacerse en nuestra ingrata tierra para premiar los servicios prestados». Y no es por tirarme pegotes -en España ese tipo de pronósticos está chupado-, pero lo cierto es que así fue. Ahora que nuestra política exterior consiste en hacerse fotos en Bruselas y en dejarnos flagelar las nalgas por la comisaria Emma Bonino en plan estricta gobernanta, para eso no hacen falta ni espías ni nada. De modo que el general Manglano se dedicó en los últimos tiempos a sustituir a los viejos y duros espías profesionales por jóvenes analistas de los que no hacen olas, cuya principal fuente de información es leer titulares de la prensa diaria. Los otros, los correosos agentes que te organizaban un golpe de mano para abrir la caja fuerte de Obiang o se calzaban a la señora del embajador Flanagan para robarle los planos del polvorín, fueron jubilados uno tras otro.

Y es así como mi amigo retornó al hogar; a unos hijos para los que era un extraño, a una ciudad desconocida, a la soledad de veinte años de desarraigo, y a una oscura mesa de despacho donde los jóvenes espías lo miraban, ingenuos ellos, como se mira a una leyenda; y los viejos supervivientes -los que tuvieron tiempo y ocasiones para agarrarse bien y decirle al jefe muy bueno lo suyo, qué bonita corbata lleva hoy, general-, todos esos, digo, lo observaban de reojo, molestos con la presencia de aquel fulano que hablaba idiomas, leía en los diarios algo más que las páginas deportivas, se había jugado la vida y también había levantado señoras estupendas. Y ahora estaba allí, callado, en su inútil mesa del rincón, recordándoles con su presencia que ser espía fue una vez algo más que fabricarle dossieres a Narcis Serra para que éste y su baranda pudieran chantajear a España.

Y un día, hace como unos seis meses, mi amigo el espía los mandó a todos a mamarla a Parla. Después fue a un armario y allí, entre bolas de naftalina, estaba su viejo uniforme, lleno de medallas que nunca pudo lucir, y al que entre tanto le habían salido las estrellas de teniente coronel. Y dijo, bueno, hay que saber irse. Y pidió el reingreso en la cosa normal de la milicia, o sea, volvió al caqui discretamente, sin armar ruido, dispuesto a ser un soldado honrado como toda su vida fue un espía honrado. Y allí anda, en su nueva existencia, tras algún tiempo con su teléfono y el de sus amigos pinchado por si también se le ocurría largar. -idiotas, él no es de esos-, rumiando nostalgias mientras sigue por los periódicos todo el pifostio de su ex jefe, y los ajustes de cuentas y todo lo demás. Y de vez en cuando nos vamos a tomar una copa, recordando viejos tiempos. Y él comenta: hay que ver. Veinte años espiando como Dios manda para mandarles informes a vida o muerte: que si el narcoterrorismo o que si la amenaza integrista. Y resulta que, a éstos, lo que de verdad los ponía cachondos era el color de la lencería de Nati Abascal, o si el Rey prefiere las Hondas a las Yamahas. Cómo lo ves.

Mi amigo el ex espía se llama Charlie. Y le dedico esta página, por segunda vez, porque es de justicia no mezclar las churras con las merinas. O sea.

20 de agosto de 1995

lunes, 14 de agosto de 1995

Ropa cómoda e informal


En invierno, al menos, van con chandal. Y lo cierto es que el arriba firmante empieza a echar en falta esa prenda, con la que tanto me ensañé en esta misma página en otra ocasión. Sostengo y no enmiendo que el chandal para uso extradeportivo, o sea, ir de compras al Hiper el domingo con el BMW, o viajar en Iberia como si fueses directamente y sin ducharte del gimnasio a la clase turista, es una ordinariez y una horterada. Pero reconozco que, comparado con la indumentaria que gastamos en verano, el chandal es el frac de Fred Astaire, pero en moderno.

Antes sólo eran los guiris y uno decía, bueno, qué le vamos a hacer. No creo que este tiñalpa, con la pinta de matao que lleva, las chanclas y la camiseta y el calzón ese de flores, se quede en España más de una semana. Igual se le acaba el dinero para comer hamburguesas y roba una panadería y lo trincan los geos de la policía municipal y lo torturan salvajemente antes de aplicarle la ley de extranjería, para que no vuelva. O a la gorda esa del tanga, la camiseta donde pone Kiss me y la riñonera malva, la asalta un yonqui recién salido de Alcalá Meco con su tatuaje de Amor de madre, y le pincha con una jeringuilla en la teta, y la tía se pira a Illinois a contárselo a su amiga Jennifer y nos pone verdes, y así no vuelven nunca ni ella, ni Jennifer, ni la madre que tas parió.

Total, que uno se consolaba con tan piadosas intenciones porque es un xenófobo y un cabrón que no cree en eso del turismo como fraternidad e intercambio cultural. Más bien lo considera, tal y como se plantea hace tiempo, un molesto fenómeno que relega al individuo en beneficio de la chusma, y deja tras de sí un rastro de botellas de agua mineral vacías, envoltorios de hamburguesas, pintadas en monumentos, y es capaz de arrasar o envilecer, en cinco minutos, lo que generaciones de seres humanos lucharon por conservar durante siglos con amor y con esfuerzo.

Pero me desvío del tema. Estábamos con la murga de la indumentaria; y les decía, pues eso, que al principio uno se consolaba diciendo que las chanclas, y él calzoncillo de flores, y la camiseta para salir a cenar arreglao pero informal, eran la inevitable escoria que arrastra el turismo estival en su modalidad cutre. Como mucho, algo extensivo a aborígenes locales en territorio playero o aledaños. Pero hete que no. Resulta que el asunto se ha convertido en uso urbano nacional. Detenerse a tomar algo en un bar de carretera español, por ejemplo, supone un descenso automático a los infiernos. Familias enteras bajan de los automóviles exhibiendo sudorosas vergüenzas, matojos asomando por los tirantes de la camiseta, michelines mal embutidos entre minicamiseta y minipantalón, y pantorrillas peludas. Enanos raperos, horteras básicos de bermudas hawaianas y riñonera, o de más nivel, Maribel, con pantalón de dobladillo en la rodilla, zapatos náuticos y lacoste molón. Sólo algunos abuelos -camino del asilo, supongo, donde van a dejarlos de paso- mantienen la dignidad, aún con sus vestidos estampados y abanicos, ellas, o con sus zapatos de rejilla, sus pantalones ligeros y sus entrañables camisas blancas, ellos. Especies amenazadas, listas de papeles, extinguiéndose como el oso pirenaico, o las focas.

Pero lo delictivo del asunto es que ya no hace falta irse a los bares de carretera, o a Marbella, Benidorm o Torrevieja. Uno se sienta, por ejemplo, en la Plaza Mayor de Madrid, o en la calle Sierpes de Sevilla, o en la Gran Vía de Bilbao, y asiste a un desfile fascinante de sobacos y pantorrillas, de chancletas, zapatillas y camisetas mugrientas, lucidas con desparpajo sandunguero por fulanos que se llaman Eufrasio, Maripili, Manolo, Jordi, Vanessa. So pretexto del calor, con la pasión que en este país dedicamos a todo cuanto se nos pone entre ceja y ceja, los españoles nos hemos lanzado a una carrera desaforada de horterez indumentaria que ya quisieran para sí los concursos de la tele, la gente sale así, tan campante, a comprar el periódico, al banco, al cine, a ver a su abogado, a cenar. Con dos cojones.

Hay que ver. Cuando era tierno y jovencito abominaba de los veranos siempre tan apacibles, tan aburridos y formales, porque los mayores eran unos carcas y unos puñeteros y unos fachas que nos obligaban a vestirnos de forma decente al volver de la playa. Y ahora resulta que añoro como un ceporro aquellos atardeceres de camisas blancas, y señores con calcetines que se quitaban el sombrero de paja al entrar a un restaurante o para saludar a otra gente, y señoras a las que uno podía llamar señoras sin tener que aguantarse la risa. A veces soy tan antiguo que me doy asco.

13 de agosto de 1995

lunes, 7 de agosto de 1995

El Dragón y la Polar


Es una noche de esas mediterráneas y tranquilas, sin tierra a la vista, con el rumor del agua fosforescente en la estela del barco y la silueta oscura del palo y las velas arriba, balanceándose despacio en el cielo lleno de miles de estrellas. Una de esas noches en que uno lamenta no Rimar, porque apetece encender un cigarrillo recostado en la brazola, junto al timón, con tres horas por delante hasta que termine la guardia, el resplandor del compás iluminando débilmente Este-Sudeste y, a lo lejos, las luces de un mercante cuyo rumbo te ha tenido un rato pegado al radar y que, por fin, se aleja dejándote libre de peligro y con todo el mar, el cielo y las estrellas para ti solo.

Es una noche de ésas; cuando llevas embarcado cuatro egoístas días que parecen veinte y las cosas de tierra parecen quedar tan lejos que te importan un carajo de la vela, y te das cuenta de que hace un siglo que no oyes tertulias radiofónicas, ni lees un periódico, ni ves la tele, ni te hablan del GAL ni de la corrupción ni de González, ni te dicen mireusté, y la vida continúa su curso y no pasa absolutamente nada y te preguntas, qué remedio, en qué diablos se equivocó la Humanidad, en qué maldita trampa caímos todos, o nos hicieron caer, y quién fue el primer hijo de la gran puta que cobró por ello.

Es una noche de ésas, y bajas y te haces un café, y después subes a la bañera con la taza de metal caliente entre las manos, y entre sorbo y sorbo miras hacia popa y ves, por la aleta, la Osa Mayor; así que por instinto trazas una línea imaginaria de Merak a Dubhé y allá arriba encuentras la Osa Menor y la Polar, inmutable desde hace tres mil años. Y casi crees en Dios, o tal vez incluso crees, cuando observas todas aquellas luces, y planetas, y soles girando lentamente allá arriba, en la bóveda oscura y luminosa que se despliega sobre el lento balanceo de tu mástil. El gigante Orion persigue al Toro, con Betelgeuse brillando en el hombro del Cazador. Aún puedes observar hacia el oeste la cabellera de Berenice, y Altair brilla en la constelación del Águila, que en esta época del año vuela hacia arriba. Si fuerzas la vista, hasta puedes distinguir junto a ella al Cisne volando a la derecha mientras, debajo, nada la figura pequeña y hermosa del Delfín. Y entre las dos Osas, el Dragón, que hace cinco mil años era la estrella polar que adoraban los egipcios y que -su ciclo es de 25.800 años- dentro de 22,800 sustituirá otra vez a la Polar y señalará el norte geográfico.

Y es así, en tu cuarto de guardia, mirando ese cielo en apariencia impasible que parece burlarse de tantas cosas de aquí abajo, cuando recuerdas que la luz recorre 300.000 kilómetros por segundo y que Altair, por ejemplo, a la que miras en este momento, es una luz que salió de ella hace dieciséis años, y que tal vez a estas horas haya estallado en el espacio y ya no exista, y sin embargo aún seguirás viéndola allá arriba durante unos cuantos años más. Y vuelves los ojos a tu estrella maestra, la Polar, cuya distancia es de 470 años luz, y caes en la cuenta de que estás calculando tu rumbo y posición por la luz que salió de una estrella a principios del siglo XVI, y que ha tardado casi cinco siglos en llegar hasta ti, como un fantasma que saliera de la tumba para guiarte en la noche.

Entonces sientes un vértigo singular, pues comprendes que nada garantiza que cuanto ves allá arriba exista todavía, y que tal vez en este momento infinidad de cosas, de soles y planetas hayan cambiado, estén muertos o hayan nacido otros nuevos. Y en ese vasto Universo te parecen ridículos esos 150 cochambrosos millones de kilómetros que separan la Tierra del Sol -Plutón, sin ir más lejos, está a 5.900- en nuestro mezquino sistemita solar. Y piensas que, a lo mejor, cuando dentro de esos 22.800 años que faltan para el relevo, el Dragón sustituya a la Polar en el Norte, es muy posible que esa estrella marque la latitud cero sobre un planeta muerto que siga girando silenciosamente, ya desprovisto de vida, en la soledad del espacio infinito.

Y bebes otro sorbo de café y te dices; hay que ver. Tantos siglos, tantos miles de millones de años, colega, con todo ese tinglado girando allá arriba, y aquí nos creemos alguien porque hemos conseguido pudrir y llenar de tumbas prematuras, y de plástico, y de mierda, nuestro minúsculo trocito de firmamento en unas pocas centurias de nada. Y a todo esto, pendientes de que un tal González dimita o no dimita, de que se nos lleve el coche la grúa, o de que alguien le ponga las pilas a Ana Obregón. Ignoro si habrá vida inteligente allá arriba; pero como la haya y nos miren por un telescopio, tienen que estar partiéndose de risa.

6 de agosto de 1995

lunes, 31 de julio de 1995

Clanes, tribus y paranoicos


En el ejercicio de la Sanidad, como en todos los oficios del mundo, hay artistas y chapuceros, gente de bien y cagamandurrias. Y pasa con ellos lo que con los pimientos de Padrón; si te toca el picante, vas hecho polvo. Esto viene a cuento porque a la hija de unos amigos le ha tocado el picante. María, se llama la enana, tuvo un esguince por el que le escayolaron la pierna. Pero se lo hicieron mal, inmovilizándole el pie en posición incorrecta, y ahora lo lleva como una pata de hipopótamo, y tendrá problemas circulatorios -tiene once años- el resto de su vida.

Costó un poco convencer al padre de María de que no le rompiera los cuernos al responsable del desaguisado. Por fin optó el hombre por la más razonable vía legal. Empezó a llevar a su hija a diversos médicos, a fin de que certificaran la desgracia; mas, para su sorpresa, aunque todos se indignaron con la chapuza, cuando se les pidió un dictamen médico por escrito, ninguno accedió a proporcionarlo. Hasta hubo quien llegó a decir que no podía, moralmente, desautorizar a un compañero de profesión. El caso es que la chiquilla seguirá con su pie fastidiado de por vida, el matasanos que se lo desgració continúa ejerciendo como si nada, el padre de María está ahorrando para comprarse una escopeta del doce con cartuchos de posta lobera, y cualquier día salen todos en los periódicos, como en Puerto Hurraco.

Esta especie de ley del silencio, de arropamiento mutuo en plan gremial, no tiene nada de nuevo, ni de extraño. En este país, como en la mayor parte de los países, ciertos colectivos -casualmente los que gozan de estructuras cerradas con determinados códigos o privilegios inherentes a su profesión- tienen la costumbre de enrocarse en sí mismos cuando alguien cuestiona una parte del todo. Es algo muy frecuente entre las putas, los jueces, los políticos y los periodistas, por citar unos cuantos ejemplos más o menos respetables.

Pero no sólo ellos. En las ciento seis semanas que llevo tecleando esta página dominical, por ejemplo, buena parte de las cartas de lectores que escriben para cagarse en mis muertos pertenecen a miembros de colectivos que se sienten agraviados por extensión solidaria. Voy y cuento, verbigracia, que un guardia municipal de Villatomillar del Rebollo (Cáceres) es una mula de varas, y acto seguido un ertzaina de Bilbao, es un suponer, se da por aludido y te dice que acabas de insultar a los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, y otro lector asegura que has ofendido a Extremadura. Si dices que un fontanero te cobra cuatro mil duros por ponerte un grifo que no funciona, el presidente del gremio de Fontaneros Asociados te escribirá una grave misiva, lamentando que hayas puesto la honra de la fontanería en la picota. Hace un año, cuando el arriba firmante mencionó un incidente tontorrón protagonizado por un marino en aguas del Mediterráneo, cierto almirante pidió poco menos que mi fusilamiento al amanecer, por haber puesto en entredicho el honor militar y de la Armada -me lo chivaron los subordinados del émulo de Nelson, que son amiguetes-. Y si uno dice que esas X con las que los fulanos del spray tachan las jotas de los indicadores de carreteras en Lugo son burdas -lógico, pues el aerosol no permite buena caligrafía- resulta que estás insultando la noble ortografía de la lengua gallega. Venga ya.

Como ven, en todas partes cuecen habas. Y paranoicos tontos del haba. Y es una lástima que tanta solidaridad y tanta defensa automática del compadre con razón o sin ella, y tanto darse por aludido y tanta leche, no se ponga de manifiesto en otras cosas. Resulta que, en este país que hemos convertido en el más insolidario del mundo -sí, lo he dicho, ciclos, qué horrible afrenta a la patria y a Iberoamérica- aquí todos estamos unidos en plan yupi-yupi wiardepipol con mecheritos Bic encendidos o en plan mafia cuando nos interesa; cuando está en el alero el privilegio, el sustento, la supervivencia de nuestro clan, nuestra tribu, nuestras aguas para regadío, nuestro RH o nuestras putas pésetes. Pero muy verdes las han segado, siempre, cuando de lo que se trata es de mirar alrededor y decir, rediez, no me gusta el careto de mi vecino pero es el que tengo, echémosle una mano que ya la echará él cuando vengan las putas, que siempre vienen. O de animar el hombro junto a los otros, dar un puñetazo en la mesa y decir hasta aquí hemos llegado, carajo, aquí nos salvamos todos juntos o no se salva ni Dios.

Eso molaría un mazo, la verdad. Pero para ello hace falta ser lúcido y ser generoso; algo que se aprende en las escuelas, y en las familias, y en los libros, y en la Historia. De modo que vamos listos.

30 de julio de 1995

lunes, 24 de julio de 1995

Pepe el carpintero


Conozco a un carpintero que se llama Pepe y hace unos días estuvo trabajando en mi casa. El asunto consistía en instalar un enorme mueble-estantería para darle un poco de desahogo a algunos de los libros que andan por todas partes. Lo habíamos diseñado a medias, póngame aquí esto y lo otro, y en la mitad una urna de cristal para el Derflinger, un galeón del siglo XVI de casi un metro de eslora que construí hace años, cuando aún tenía tiempo y paciencia para hacer maquetas de barcos. El caso es que Pepe captó perfectamente la intención del asunto, y durante tres días anduvo por casa con dos jóvenes ayudantes, poniéndolo todo perdido de tablones, serrín y barnices.

Por aquello de que había libros y un barco de por medio, lo vigilé de cerca. Ponía un punto y aparte en el ordenador y me iba a verlo trabajar ajustando tablones, atornillando estantes. Y hubo varias cosas que me llamaron la atención. De una parte, la seriedad y rigor con que Pepe y sus aprendices realizaban el trabajo: madera bien ajustada, puertas encajadas a la perfección, acabados pulidos y ni una sola astilla. Eso, en este país donde menudean los chapuceros y los mangantes a domicilio, me pareció insólito. Tampoco, a pesar de que Pepe y sus ayudantes fuman, los vi hacerlo mientras estuvieron dentro de mi casa. Y en cuanto a las bebidas que les ofrecí, hasta que terminó su tarea pidieron siempre sólo agua.

Pero lo que me impresionó de Pepe fue su actitud profesional. De vez en cuando lo veía detenerse y retroceder para comprobar los progresos. Asentía como para sí mismo, y después iba a tal o cual parte del mueble -que yo encontraba perfecta a simple vista- y le daba los retoques necesarios. Al aparecer yo por allí me miraba de soslayo, cual si acechase mi aprobación. Era evidente que disfrutaba con su tarea, con la obra bien hecha y con mi satisfacción tanto como con la suya propia. En un momento de confidencia me dijo que la noche anterior, en su casa, había calculado, por curiosidad, que a tres centímetros por cada uno me cabrían en las estanterías unos dos mil libros. Aquello tenía su mérito; pues, según propia confesión, Pepe no ha leído un libro en su vida. Yo le dije que no, que el Espasa, por ejemplo, tiene ciento once tomos con una media de siete centímetros cada uno, y que como mucho allí cabria un millar. Entonces, muy serio y como decepcionado, sacó papel y lápiz y se puso a ingeniar modos de ganarme un poco más de espacio. Parecía que el asunto se hubiera convertido en algo personal.

Por fin, un día, terminó el trabajo. Había barrido el suelo y la habitación olía a cola fresca, a madera y a barniz. Saqué una cerveza y entonces Pepe se la bebió conmigo, sentados el uno junto al otro en un peldaño de la escalera, frente al mueble. Miraba su obra y me miraba a mí, tranquilo, satisfecho, disfrutando el momento de la culminación del largo esfuerzo. Aún se levantó un par de veces para pasar el dedo por lo que le parecía una marca en la madera, un defecto del barniz, y volvió a sentarse junto a mí, tranquilizado.

-Buen trabajo -dije.

Y qué privilegio, pensaba, encontrar a alguien para quien un trabajo aún es algo más que cuatro martillazos cutres como trámite previo a una factura. El carpintero sonrió un poco, bebió un sorbo de cerveza y volvió a sonreír. Miraba el mueble como puede mirarse a una mujer hermosa, a un amigo, o a un hijo, Y comprendí que en realidad era parte de él; su obra y su orgullo. Y en ese momento, sentado en el peldaño de la escalera y con su cerveza en la mano, Pepe me pareció la viva estampa de la honestidad y el pundonor ante la obra bien hecha. Aquélla era su dignidad; lo que le daba derecho a sentarse junto a quien lo empleaba y aceptarle una cerveza, de tú a tú. Un respeto que no se da por supuesto, ni se regala, sino que se gana a pulso. Con profesionalidad y con vergüenza.

Después nos dimos la mano, y entonces me preguntó si no me importaba que viniera a ver el mueble cuando ya estuviesen puestos los libros. Le dije que en absoluto, que viniera cuando le apeteciese, Y el otro día lo hizo. Apareció en el umbral, tímido, sin atreverse a entrar después de haber pasado varios días entrando y saliendo como Pedro por su casa. Por fin dio unos pasos y se detuvo ante el mueble, impresionado. Relucían los dorados en los lomos de las encuadernaciones y el viejo Derflinger en su urna.

-Caben mil doscientos -dije. El movía despacio la cabeza, sonriendo orgulloso. Entonces fui al frigorífico y le traje otra cerveza con muchísimo respeto.

23 de julio de 1995

lunes, 17 de julio de 1995

El palito de la E


El otro día le regalaron al arriba firmante una camiseta horrorosa, de juzgado de guardia. En los últimos tiempos, la proliferación de esta prenda como indumento de calle y de diario -incluso como ropa de postín- ha dado lugar a que, en lo que se refiere a ilustración, colores y modelos, uno pueda encontrar en ese registro hasta las cosas más peregrinas: referencias cultas (Serbian Umvemty), turísticas (GB: cerveza y chusma), eróticas (Follow me), políticas [Felipe, ahueca), etcétera. De todas días, mi favorita es aquella [Cono sin ñ es geometría) que le vi una vez puesta a Almudena Grandes -que rellena como nadie ese tipo de prendas-, cuando firmaba en una Feria del Libro ejemplares de su Malena es un nombre de tango.

Y justamente del palito de la Ñ y de camisetas quería hablarles. Porque la camiseta que alguien -organismo oficial, para más oprobio- ha tenido la insensatez de regalarme, lleva un círculo de estrellas como el de la Comunidad Europea y, en el centro, una E de España ornada con la tilde de la Ñ encima, supongo que saben a qué me refiero, presidencia española de la UE y demás. El ministro Solana -de cuyo club de fans soy, como saben, secretario general-presentaba hace un par de semanas la camiseta todo orgulloso, el hombre, ponderando la originalidad y la enjundia del logotipo. Dirán ustedes quizá, como el arriba firmante, que ponerle una tilde a la E de España es una gilipollez importante; y que buena está Europa para sutilezas con lo nuestro, ya trátese del palito de la Ñ o de la bisectriz de la Bernarda. Esas cosas se defienden mejor con sanciones a los bancos que siguen sustituyendo la Ñ de sus ordenadores por otros signos, o perjudicando a los fabricantes, importadores o qué sé yo, que no respeten la normativa española. Lo que pasa es que el verbo compuesto hacerse respetar se conjuga fatal en España. Por falta de práctica, supongo, y por ser incompatible con tanto tiñalpa dispuesto a llevar el botijo a quien sea, con tal de seguir amorrado al pilón.

Y es que tiene tela. Nos están dando leña hasta en el carnet de identidad. La UE y la OTAN y el lucero del alba son capaces de apoyar a Papúa Guinea antes que a España en cualquier contencioso planteado o por plantear. Aquí tenemos el patio como lo tenemos. Y todo lo que les ocurre a estos cantamañanas mireusté vestidos por Armani es hacer camisetas para promocionar la E de España con un palito. en la esperanza de que los hooligans de Manchester o los cerveceros de Hamburgo -o viceversa- tengan la agudeza de captar el doble sentido, y los impresione nuestra sutil y gallarda manera de defender lo nacional. Y es que es mucho nivel, Maribel.

En cuanto al logotipo concreto de la camiseta, que ésa es otra, me parece horroroso así, a palo seco (no sé si captan mi astuto juego de palabras, pero no voy a ser menos que el ministro Solana y sus magos del diseño). Y no sé cuánto les habrán pagado por el copyright a los creadores del asunto, pero no creo que los talentudos genios se lo hayan gastado íntegro en bragueros. Y es que bajo la cobertura oficial del diseño creativo y la estética sociata y la cultura oficial subvencionada con generosas aportaciones de dinero estatal, en este país hemos asistido durante años a un delirio de la estupidez elevada al cubo. Y uno está hasta aquí de tropezarse con analfabetos de teléfono móvil -pinchado, por supuesto- y Visa oro aplaudiendo los engendros infumables de estafadores, paniaguados y cuñados varios con más morro que un oso hormiguero, que han inundado el país, el deporte, las vallas publicitarias, las pantallas de cine, la moda, el arte, la cultura en general, con un mal gusto y una ordinariez que tiran de espaldas. O a mí, por lo menos, me tiran.

El diseño como tal no es malo, sino todo lo contrario. Pero lo que en principio es una legítima y necesaria envoltura de productos o ideas para hacerlos más atractivos -¿qué es la encuadernación de libros o la carrocería de un coche sino diseño?- ha llegado a enquistarse en sí mismo, convertido en negocio vacío de contenidos. En una especie de prisionero de Zenda secuestrado en la espiral de lo gratuito y lo absurdo, Porque, tal y como se han puesto las cosas, no importa qué mediocre mula de varas con un par de lápices de colores y un compadre en el comité, o la concejalía, o la dirección general correspondiente, puede abrumar nuestra vida con logotipos y brochazos infames que cualquier crío de diez años, con el juego de acuarelas de la señorita Pepis, habría ejecutado con más imaginación y más talento. Y además, gratis.

16 de julio de 1995