domingo, 27 de mayo de 2001

El último héroe


Me sorprende -aunque en el fondo no me sorprenda mucho- que la noticia haya pasado casi inadvertida: un pequeño recuadro en las páginas deportivas de un par de diarios, con foto. Y en la foto se ve a Manolo -Atlético de Madrid B, me parece, aunque no sé mucho de ligas y campeonatos y divisiones- en pleno regate. Manolo es un jugador joven, modesto, con esperanzas, lejos todavía de las cifras millonarias y las páginas de las revistas del corazón y toda esa parafernalia que rodea a los ídolos del fútbol. Y no fue noticia por haber metido un gol, sino por no meterlo. La cosa ocurrió en el minuto ochenta y nueve. Empate a cero. Al equipo de Manolo le faltaban tres puntos para entrar en la liguilla de ascenso. Y en esas el balón llegó a sus pies, y ahí se vio el hombre con el terreno despejado hacia la portería enemiga. Pero cuando se disponía a avanzar y chutar, vio a un rival tendido en el suelo. Entonces se paró en seco, dudó medio segundo y envió la pelota fuera. Sorpresa. Silencio mortal. Fin del partido. Si las miradas matasen, Manolo habría caído asesinado por sus compañeros, su entrenador, los hinchas de su equipo. Pero salió del estadio con la cabeza alta. Entiendo que se enfaden, dijo. Pero hice lo que tenía que hacer.

No sé qué habrá sido de Manolo. Ignoro si en el futuro lo fichará el Barcelona o acabará oscuramente sus días deportivos. Ni siquiera conozco su apellido. Tampoco sé si es un deportista genial o mediocre. Desde mi absoluta ignorancia futbolera -como experto ya tienen a mi vecino el perro inglés- le deseo a Manolo veinte ligas en primera división, y selecciones nacionales, y una pasta gansa, y fotos con la top model más potente que pueda echarse a la cazuela. Pero lo consiga o no, si un día me lo encuentro por la calle y soy capaz de reconocerlo, que no creo, me gustaría decirle que con ese balón que echó fuera consiguió algo más difícil que meter un gol: demostrar que en el tablero todavía hay peones capaces de jugar el juego de la vida con dignidad y con vergüenza. Porque no es lo mismo hacer lo que él hizo cuando eres rico y famoso, en un partido retransmitido por la tele y embolsándote mil kilos al año, que siendo un anónimo tiñalpa, en un modesto encuentro ante unos pocos cientos de espectadores, arriesgándote a que el entrenador te deje en el banquillo o te echen a la calle para el resto de tu puta vida.

En el mundo en que vivimos sobran mitos de jujana. Cuando veo a los analfabetos de Gran Hermano firmando autógrafos, o a Belén Esteban -cielo santo- ocupando portadas de revistas porque se ha ido a Senegal a echar un polvo, comprendo que la chusma en que nos hemos convertido tiene los mitos y los héroes que se merece. Por eso me gustaría agradecerle a Manolo no sus dotes de futbolista, que me importan un carajo, sino que con ese balón que echó fuera demostrara que todavía quedan héroes. Me refiero a héroes de verdad, en el sentido clásico del término: con valores morales cuya observación e imitación pueden hacernos mejores y más nobles. Gente capaz de jugarse el interés inmediato, el lucro fácil, la ocasión, el pelotazo sin escrúpulos que ahora todo cristo busca ciegamente en cualquier estadio de la vida, por mantener algunos principios personales básicos. Por demostrar, aunque sea en un pequeño estadio de fútbol, que aún quedan seres humanos capaces de dar lecciones. De probar que la hidalguía no es un lujo que se permiten a veces los poderosos -a ellos suele salirles gratis-, sino una actitud personal, unas maneras vinculadas a la honradez y a la coherencia: las únicas virtudes admirables que van quedando en este mundo que entre todos, por activa o pasiva, hacemos cada día más infame. Ya he dicho que no sé el futuro que le espera a Manolo. Con ese tipo de gestos dudo que llegue lejos, en esta España envilecida donde a don Quijote lo desterramos o lo acuchillamos en tropel en cuanto anda caído por tierra -mientras cabalga nadie se atreve- y donde quienes de verdad consiguen una ínsula Barataria para recalificar el suelo y llenarla de apartamentos son los ruines sanchopanzas, los eternos supervivientes conchabados con los bancos y las cajas de ahorro, los políticos sin pudor, los alcaldes golfos y los tenderos mafiosos. Pero a pesar de todo eso, o tal vez exactamente por eso, me gustaría decirle a Manolo algo así como oye, chaval, nunca te disminuyas. Porque tú tenías razón, Lo que hiciste en aquel partido no fue una estupidez, ni un gesto inútil, ni una locura. Fue un heroico instante de gloria. Fue -te lo juro- la leche. Así que tómate algo. Estoy seguro de que algunos chicos que sueñan con ser futbolistas, o abogados, o fontaneros, te vieron echar fuera ese balón. Y a lo mejor, en un momento de su vida futura, alguno de ellos imita tu gesto, aunque ya se haya olvidado de ti y ni siquiera recuerde aquel lejano domingo. El último héroe nunca es el último.

27 de mayo de 2001

domingo, 20 de mayo de 2001

Dante e tomanti


Dirán ustedes que últimamente la tengo tomada con la moda y los publicistas y el fashion, y a lo mejor no les falta razón. Aún diría más: tienen razón. Tanta inquina les profeso lo que no está reñido con admirar su talento, porque hay cabroncetes muy inteligentes, que lo mismo que si hubiera un Nuremberg cultural español sentaría en el banquillo a Javier Solana, Maravall, Marchesi ya todos esos padres putativos de la LOGSE, estimo que en caso de proceso judicial a los responsables de la imbecilidad que nos circunda, muchos virtuosos del glamour y las tendencias deberían ser pasados por las armas al amanecer. A fin de cuentas, dice el viejo principio jurídico, quien es causa de la causa, es causa del mal causado. O algo así.

Lo último que se han sacado de la manga es el hombre femenino. Hojeen las revistas y suplementos dominicales, y sabrán a qué me refiero. Salta a la vista que la última estrategia de buena parte de las firmas de moda consiste en proponer una imagen de hombre cada vez más ambigua, más feminizada, que altere los cánones tradicionales. Algo así como cherchez la femme. Y debo confesar que la primera vez que vi un anuncio de esos, me sentí frustradísimo. Uno se pasa la vida intentando parecerse a Rusell Crowe, o a Sean Connery; considerando incluso la posibilidad de afeitarse poco, para raspar, y hacerse un tatuaje en el brazo donde ponga «Cartagena manda huevos» o «Nací para haserte sufrir». Hasta escribes una novela donde el bueno es un rudo marinero de toda la vida. En ésas te dejas la salud dándotelas de macho, procurando marcar paquete de recio bucanero en plan hola, muñeca, qué bueno que viniste, etcétera. Y de pronto, zas, a la hora del colacao y los crispis abres el Hola y te topas con un anuncio de perfume masculino donde sale un marinerito imberbe con camiseta a rayas y gorro blanco, y un corazón tatuado en el brazo, y unos morritos fruncidos, y una cara de guarrindonga que te rilas, que en vez de venir de los Rugientes Cuarenta parece que viene de hacerse una chapa. Y tú dices anda la leche, de qué van aquí, mis primos. Esto es lo que se lleva ahora. Y claro, te desorientas.

No puede ser, concluyes. Es mi mente enferma. Así que vas zumbado al kiosco y te compras todas las revistas. Y compruebas que tu mente enferma nada tiene que ver. Porque Calvete Klin te propone por el morro un efebo con camisa rosa abierto de piernas en una ventana; Ives In Potent, un rubito estrechín con una mano en la cadera y otra acariciándose la melena, y Cesare Cochinottti, un tío desnudo y con barba recostado lánguido en plan aquí te espero Manolo. El resto, lo mismo: Umberto Merino igual pero con jersey; Mosquino que te Fulmino un posturitas con pectorales de los que te pegan y te llaman perra; Dolce Melapela otro rubito con cinta en el pelo sosteniendo una fálica fusta sobre las piernas; Danti e Tomanti un par de ejemplares andróginos de líneas rectas y cabellos lacios que tardas diez minutos en averiguar por dónde dan y por dónde toman. Y así, tutti. Y entre tanta pasta flora, la clave la encuentras por fin en un suplemento dominical, donde se cuenta que los principales consumidores de moda son ahora las mujeres y los homosexuales, que entre varones europeos el consumo medio de los homosexuales es mayor que el de los heterosexuales, y que según sociólogos, psicólogos, e incluso tocólogos, ya no sólo la imagen tradicional del macho viril, sino también la del hombre demasiado masculino se considera políticamente incorrecta; negativa, incluso, en esta demagogia diaria de la que vive tanto especialista del camelo.

Todo eso es inevitable, supongo. Me refiero al camelo ya la teoría social de cada coyuntura. El problema es que tú vayas y te lo creas, seas homosexual o no, y des por sentado que a todos los gays y a todas las señoras les gustan ahora los nenes de mantequitas blandas, tipo Leonardo di Caprio, y además en tonos fucsia. Porque en eso de la moda puede pasar, por ejemplo, que digas vale, me han convencido. Voy a vestirme de maricón para no parecer un cerdo machista. Y entonces dejes de peinarte como Manolo Escobar, tires la camisa modelo El Fary, quemes el traje que luciste en el estreno de Torrente-2, y luego te adereces moderno según el look actualísimo de Fiu Fiu, lo completes con un pantalón de cuero Jilichois, te vayas al bar de Lola, y allí te apoyes con el cigarrillo en alto y un codo en la barra, lánguido como si fueras un modelo de Olivier Nemefrega, y pidas un jumilla para bebértelo en plan sensible, acariciándote el mentón. Y puede ocurrir, claro, que Lola -treintena larga, morena, hembra de bandera- que tiene una foto de Harrison Ford clavada con chinchetas junto a la caja registradora, te mire muy seria, muy despacio, de arriba abajo, y luego te pregunte: «¿Tú te has vuelto gilipollas, o qué?».

20 de mayo de 2001

domingo, 13 de mayo de 2001

Colección de primavera


Pues eso. Que ya se nos instaló el buen tiempo, y las chicas guapas pasean pisando fuerte como si no fueran a envejecer nunca. Y las terrazas de los bares y de los cafés se llenan de mesas, convirtiéndose en atalayas privilegiadas para la gente a la que le gusta sentarse a ver pasar la vida. Ya conocen algunos de ustedes mi debilidad, tan mediterránea ella, por sentarme en las terrazas a mirar. Porque no hay observatorio más exacto. Te sitúas al acecho como un francotirador, con un libro, una re¬vista o los diarios como parapeto, y de vez en cuando levantas la vista a ver qué se te pone delante. Por una terraza desfilan todas y cada una de las facetas de la condición humana: la vanidad, la juventud, la decadencia, el amor, la miseria, la soledad, la locura. Allí, mientras remueves el café con la cucharilla, lo mismo desprecias hasta la náusea al ser humano que te conmueves bien adentro porque algo, un rostro, un gesto, una palabra, hacen que de pronto te sientas solidario y cercano. La vida, he dicho antes. Y a veces me pregunto cómo se las arreglan aquellos a los que nadie, una persona, un libro, su propio instinto, enseñó a mirar.

El caso es que estaba el otro día en Málaga, en plena calle Larios, y tras saludar a mis viejos amigos los camareros del café Central, obligado ritual cuando llego a la esquina, fui a sentarme en una mesa de afuera. El Central es uno de los apostaderos privilegiados de Málaga, y el encanto que le dan matrimonios mayores y parroquianos habituales que toman el aperitivo no consiguen cargárselo ni siquiera los guiris de sandalias con calcetines y bañadores floreados llega la temporada, querido vecino que miran el menú con desconfianza y luego piden una pizza, y a lo mejor es por eso por lo que suelen dirigirse a los camareros remedando un poquito el italiano. De cualquier manera, uno comprende que los del Central tienen que vivir, como todo cristo, y tampoco es cosa de echar a los guiris a hostias para mantener el encanto local del sitio. Un cliente es un cliente. Y el que no quiera guiris que se acerque a Argelia, que allí las terrazas de los bares están, creo, con un color local que da gusto verlas.

Pero a lo que iba. Les contaba que seguía yo en la terraza malagueña, mirando, y los guiris allí. tan panchos, con sus litronas de Lanjarón que ya se traen puestas y el menú y demás. Y en eso empezaron a llegar. Me refiero a esa maravillosa colección de personajes que, si te sientas en una terraza española, empieza a desfilar puntual ante tu mesa. Déme algo. Déme algo. Ocurre un poco por todas partes -Cartagena y Valencia, por ejemplo, están bien surtidas-, pero reconozco que no hay nada como Andalucía para material de primera clase. No vean esa Sevilla. Ese Cádiz. Esa Málaga. Y yo, que colecciono cierta clase de personal -hasta los apunto en pedazos de periódico y servilletas de bar para que no se me olviden-, disfruté como un serbio con un rifle repasando la colección de primavera que desfiló en sólo quince minutos.

Tengo delante de mí media hoja del Diario de Málaga escrita por los márgenes con el catálogo exacto. Primero fue un mendigo normal, de infantería, pidiendo para comer. Veinte duros. Luego una gitana con muy mala leche, que se puso como una fiera porque un guiri gordo con una camiseta de Parque Jurásico no la dejó pronosticarle su fascinante futuro. Tras la gitana vino una rumana jovencita y pelmaza, con esas faldas que llevan hasta los pies, que apenas desapareció de mi vista yo estaba ocupado intentando inútilmente convencer a un limpiabotas de que mis zapatos ya estaban lustrados e impecables- fue relevada por otra gitana guapetona que vendía claveles. A todo esto, un loco, o sea, uno que estaba majareta perdido, se paseaba entre las mesas mirando muy serio a los que allí estábamos y de vez en cuando soltaba largas parrafadas con mal humor, como si tuviera algún problema personal grave e insoluble. Me distrajo del loco un flamenco flaco, con tejanos, camiseta y un peine en el bolsillo trasero del pantalón, que de buenas a primeras apareció y se puso a cantar bandolero, bandolero, con una cuerda menos en la guitarra y un morro que se lo pisaba. Otros veinte duros. Aún pasó una tercera gitana pidiendo para la leche de sus niños. El loco se había sentado en un escalón de la puerta de al lado y le contaba su vida a una familia guiri, padre, madre y tres niños rubios, que estaban tan acojonados que no osaban levantar la cabeza de los platos de hamburguesa. Es inofensivo de toda la vida, les decía el camarero, campechano, sin convencerlos del todo. Pero lo mejor de la serie fue un fulano muy moreno y sin afeitar que llegó a última hora pidiendo de mesa en mesa, con un pantalón remangado hasta el muslo y la pierna absolutamente sana. Sucia que te rilas, eso sí. Pero sana que daba gloria verla. El tío se ponía delante de ti, te enseñaba la pierna por las buenas, y la gente le daba. Yo mismo aflojé mis últimos veinte duros. Y es que, como dicen por allá abajo, ciertas cosas tienen mucho arte.

13 de mayo de 2001

domingo, 6 de mayo de 2001

Eutanasia para todos


Pues eso. Que van los holandeses y aprueban la eutanasia, con lo que Jean Schalekamp, mi traductor hereje afincado en Mallorca -quien por cierto acaba de sacar un libro de reflexiones estupendo titulado Sin tiempo para morir; con un cuadro de Muriel, su mujer, en la portada-, puede regresar a la lejana patria dentro de unos años, cuando esté hasta los huevos de tropezarse con alemanes en la isla, y allí pedir que le arreglen los papeles y si te he visto no me acuerdo. Porque si envejecer se ha puesto chungalay para un abuelete español, para un septuagenario holandés, vivir en España y además rodeado de alemanes -cuando invadieron Holanda, el duque de Alba a su lado fue un benefactor de orfanatos- puede terminar haciéndose muy cuesta arriba.

Precisamente estábamos el otro día comentando el asunto, y mi amigo el holandés errante me explicaba que la decisión tomada en su país es fruto de veinte años de reflexión, y que la eutanasia activa sólo puede ser utilizada de forma voluntaria por enfermos terminales con dolores insoportables sin perspectiva de mejora, que además hayan expresado clara y repetidamente su voluntad de hacer mutis por el foro. Para evitar abusos, añadió. Y yo le dije hombre, pues no sabes cuánto me alegro, va a ser cosa de que, ya que publicáis allí mis libros, a ver si os enrolláis un poquito y me dais la doble nacionalidad por el Sol de Breda, oye, que nunca está de más tener disponible la puerta trasera. No sea que un día necesite yo de verdad, es un suponer, la espada de Catón o la cicuta de Sócrates, y no tenga a mano quien me facilite el trámite si me tiembla el pulso, como esos samurais que al hacerse seppuku tenían detrás a un compadre dispuesto para echar una mano si daban el espectáculo. Que en España, con el Pepé y los obispos y la demagogia de los cojones, y con cómo se ha puesto el patio con las pensiones y los diez millones de abuelos decrépitos que vamos a ser buena parte de los españoles de aquí a nada, nunca sabes dónde, cómo y cuándo van a darte por saco.

Eso le dije, más o menos. Y Jean, que aunque se ha pasado la vida fuera de Holanda -se la ha pasado aquí, que ya son ganas- sigue teniendo los reflejos de un hombre práctico y civilizado, respondió: no, hombre, tranquilo, seguro que al final se impone el buen sentido, mira que Izquierda Unida ha planteado ya el tema en el Parlamento. Y yo, después de atragantarme con la cerveza, me lo quedé mirando y le dije peor me lo pones, camarada, que como tú de joven fuiste comunista y estabas de guardia para defender la sede del partido en Amsterdam aquella noche que los tanques rusos invadieron Checoslovaquia, crees que eso que antes llamabais izquierda tiene algo que ver ahora en España con la palabra izquierda. Mira al PSOE, anda, y que no se te note la risa. O mira a Izquierda Unida cómo hace el chorra, y encima con esa apendicitis batúa que les ha salido, el tal Madrazo, que habría hecho un trío de lujo con los hermanos Tonetti. Además, aquí en España no pasa como en otros sitios, o al menos pasa de forma mucho más descarada; y cuando algún político hace bandera de algo, ése algo puede darse por bien manipulado y bien jodido. Porque a demagogos y a hijos de puta te juro que no nos gana nadie.

Y es que, colega -añadí-, esto no es Holanda, ni Noruega; una vez puestos, haríamos la ley de eutanasia más moderna y avanzada del mundo mundial, para que no se diga. Eutanasia para todos, obligatoria, incluidos los inmigrantes y los patos del coto Doñana, por eso de las oenegés. A ver por qué no va a haber una ley puntera sobre eutanasia en un país que tuvo la ley de fugas y tuvo la LOGSE. Y me juego ahora mismo la mierda de pensión que me van a pagar cuando me corresponda, si es que me corresponde, que a los tres días cada comunidad autonómica y cada particular estarían rizando el rizo para su provecho, con las familias todo el día dando la barrila, ande, papá, que ya le toca descansar, hombre, y tiene a la pobre mamá aburrida de esperarlo en el cielo. Y esos ancianetes soltando caguendiez y cagüentodo mientras se los llevan en la camilla, llenos de tubos, diciendo oiga, que yo no quiero, que son mis hijos y mis yernos, esos cacho cabrones que me han hecho firmar no sé qué poderes y el testamento. O imagina las listas de espera de la Seguridad Social para obtener la pastilla que te libre del cáncer terminal que te hace blasfemar en arameo; tal como van las cosas por aquí, cuando llegue tu turno habrán pasado por lo menos seis meses desde que, chof, te tiraste del sexto piso y no veas ese primer día de vacaciones de Semana Santa o de verano, con el coche cargado con las hamacas, la sombrilla y los zagales en el aparcamiento del eutanatorio, y la madre diciendo: niños, esperad aquí un momento y sed buenos, comeos el bocadillo mientras llevamos al abuelito a que le den matarile.

6 de mayo de 2001

lunes, 30 de abril de 2001

Mil millones de rayos


Las cosas que tiene la vida. Estoy en París de la Frans de entrevistas y cosas así por mi última novela traducida al gabacho, y sentado muy serio en el hotel respondo a las preguntas de éste o aquel periodista sobre esto y lo otro, ya saben, el impulso creativo y todo eso que te pregunta la gente para poner de manifiesto que no se ha leído el libro ni falta que le hace; y encima te miran raro cuando dices oiga, yo escribo porque contando historias me lo paso de puta madre. Para angustias creativas y recherches de I'inspiration perdú vaya y pregúntele a Vicente Molina Patedefuá o a uno de ésos que viven de los suplementos literarios y del cuento sobre la obra maestra que en realidad, criaturitas, no escriben porque no quieren. Yo sólo le doy a la tecla: sujeto, verbo, predicado, planteamiento. Nudo y desenlace. Una vulgaridad. Un simple Tusitala de infantería, sin columna en las páginas de cultura de El País. El caso es que en esas te pasas el día. Larga que te larga. Y luego llega una fotógrafa que es clavada a Elizabeth Sue pero en franchute, y a ti se te cae el café en el pantalón mirando adivinen qué. Y sales en las fotos con cara de gilipollas. Que esa es otra. Pero lo peor de todo es que te ha pasado el día mirando el reloj en busca de un rato libre, de un hueco para saltar a un taxi y escaparte a la plaza del Trocadero, casi encima de la torre Eiffel. Porque allí, en el museo de la Marina, está la exposición temporal Mille sabords! -mil portas de cañón, o mejor mil rayos, en traducción libre-, subtitulada Tintin, Haddock y los barcos. Y eso, con novela o sin novela mía de por medio, no estoy dispuesto a perdérmelo por nada del mundo.

Algunos de ustedes comprenden lo que quiero decir. Quienes, como el arriba firmante, jugaron al ajedrez con el general Alcázar, resolvieron el enigma de los tres Unicornios -«Tres hermanos juntos navegando al sol del mediodía...»- o se enfrentaron con el submarino pirata del capitán Kurt al timón del Ramona en aguas del mar Rojo mientras Haddock rompía a martillazos al telégrafo de órdenes, sabrán a qué me refiero. Compartirán lo que sentí cuando, al fin, liberado por un rato de compromisos editoriales, crucé la puerta del museo entre una nube de escolares pequeñajos y ruidosos que caminaban de dos en dos, cogidos de la mano. Y al fondo, en las últimas salas del museo gabacho -bastante menos dotado, por cierto, que el magnífico museo naval de Madrid-, caminé despacio, como quien recorre una catedral, por las escenas expuestas, por lugares que eran tan familiares a mi memoria que los habría reconocido sin necesidad de rótulos ni láminas explicativas. Allí estaba la historia de una amistad legendaria: el vínculo establecido entre un joven reportero de mechón rubio y un borrachín capitán de la marina mercante, que habría de llevarlos a través de los mares y desiertos, a las heladas cumbres del Tíbet ya los silenciosos cráteres de la Luna. Ese largo camino yo también lo había hecho con ellos, página a página, sueño a sueño, y su historia también era mi historia. Tintin, Haddock, Milú, yo mismo. Por eso al recorrer aquellas salas me sentía recorriendo mi propio pasado. Todo empezó con una lata de cangrejo, naturalmente. Luego, el Karaboudjan en el muelle. La camareta del Aurora durante una tormenta. La estrella misteriosa. El libro de memorias del caballero Francisco de Hado que, comandante del navío real Unicornio. El Sirius alquilado al capitán Chester. La sala de marina del castillo de Moulinsart... Era mi infancia la que pasaba ante mis ojos, y de nuevo sentía erizárseme la piel como cada vez que abría una de aquellos álbums -me niego a escribir álbumes- que todavía conservo y hojeo con devoción y más cuidado que si manejara un Quijote de Ibarra. Otra vez me sentía frente a la aventura apasionante del viaje, la observación, la deducción y la resolución de un enigma a cuyo término ya no eres el mismo, pues tu vida se ha modificado en alguna de las múltiples direcciones que ofrecen el azar o el destino. Y todo eso junto a un perro fiel, y junto a un amigo duro y bronco -¿qué más se puede pedir?-: un marino barbudo, alcohólico, más furibundo que el pélida Aquiles, aficionado a encadenar insultos y juramentos:

Bachibuzuc, bebe-sin-sed, zuavo, negrero, tecnócrata, sajú, pirómano, Fátima de baratillo, anacoluto, coloquinto, ecto- plasma, paranoico, imbécil. O ese definitivo e inolvidable: iMil millones de rayos!

Así que si ustedes son de los que conocen el whisky Loch Lomond y el significado de la enigmática frase ametrallador con babero, y resulta que van a París a presentar una novela o a lo que sea, dejen esta vez el Louvre para los japoneses; la Gioconda Va a seguir allí, esperándolos igual que las furcias de la rue Saint Denis. En vez de eso, ya saben: plaza del Trocadero -tiene estación de metro-, museo de la Marina, exposición Mille sabords!, abierta hasta el 21 de noviembre. No todos los días puede uno tocar con sus propias manos el submarino del profesor Tornasol.

29 de abril de 2001

lunes, 23 de abril de 2001

Esas nuevas marujas


Marujas, o Maripilis, o como se llamen. Salía yo del bar de Lola y de pronto vi pasar un meteorito, zuaaaaas, y salté a la acera como quien busca el burladero delante de un Victorino. La muy perra, me dije. Estoy vivo de milagro Y hay que ver cómo cambian los tiempos y cambia la gente, y cambian ellas. Las miras y no las conoces, colega. Hasta hace nada, ayer mismo, enternecía verlas al volante de su Ibiza o su R-5 con la L de novata en el cristal trasero, a su marcha y ojo avizor, prudentes y por el carril correcto, dándole al intermitente cada vez que iban a realizar una maniobra. Hasta ponían ese mismo intermitente a la izquierda cuando adelantaban a un ciclista -algo, por cierto, que antes hacía todo cristo, y que ahora no hacen ni los picoletos de la Guardia Civil-. Por lo general, ellas solían ser más seguras y prudentes conduciendo que la mayor parte de los masculinos animales de bellota que las miraban con infame choteo, o que tocaban innecesaria e injustamente el claxon para que dejaran libre el paso, faltaría más, a los reyes de la carretera. A la cocina, decían. Hembra tenías que ser. Etcétera. Y daba cargo de conciencia verlas zaheridas por analfabetos cenutrios, por groseros tiñalpas que no les llegaban ni al tacón del zapato. Cretinos que ojalá hubieran tenido la mitad de seguridad, de educación y de prudencia al volante de la que esas mujeres mostraban en la carretera.

Qué tiempos aquellos, oigan. Las Marilolis del Seat Panda me ponían blandito por dentro, lo juro, cuando entre los bocinazos, las frenadas y las maniobras agresivas de los varones, las veías conducir acoquinadas, las manos en el volante y los dientes apretados, intentando mantener el tipo con dignidad o salir del embrollo donde la viril agresividad que las rodeaba, tan sobrada ella, las metía cada vez más. O te causaba admiración la firmeza con que otras veces, seguras de sí, persistían firmes en sus trece, respetando la limitación de velocidad, culminando impertérritas la maniobra que las impacientes bestias que consideran suya la carretera procuraban entorpecer con ráfagas de luz y clarinazos. Esa es La Mujer, querido Guatson, decía yo para mis adentros. Mi eriza favorita. Con dos cojones. Les habría pedido que pararan para darles un par de besos, smuac, smuac, de no temer que me interpretaran mal.

Pero de eso hace la tira. Ahora muchas parecen convencidas de que para igualarse a un hombre basta con imitar sus vicios. O tal vez lo que ocurre sea que en el fondo todos, hombres y mujeres, tenemos dentro las mismas taras de agresividad y estupidez, y ahora la vida permite a la mujer exhibirlas con la misma impunidad social que al hombre. En fin. Sea lo que sea, la causa me importa un huevo de palmípedo. El resultado es lo que cuenta. Y el resultado es que ahora ves pasar a doña Marujilla a toda mecha, puuumba, rompiendo la barrera del sonido como si llegara tarde a una cita con Rusell Crowe -que desengáñate, amigo y vecino Marías, es al que de verdad se quieren calzar todas ellas-. O lo que es peor, miras por el retrovisor y te la encuentras allí de sopetón, cielo santo, pegada a tu parachoques como una garrapata y dándote ráfagas de luces o toques de bocina, mec, mec, en plan Correcaminos, para que dejes de tocarle los ovarios y cedas en el acto paso franco, arrojándote a la cuneta si es preciso. Por lo general, esa nueva Maripepa, azote de las carreteras nacionales, tiene entre veintitantos y cuarenta años y muy mala leche. Ya es frecuente verla al volante de coches de gran cilindrada, aunque también se da la variedad de las que arrean con cochecillos pequeñajos e incluso casposos; pero, eso sí, a toda pastilla, o sea, al límite de lo que dan, roooooar, y que en la primera curva, lógicamente, se van a tomar por saco. Esas últimas suelen ser estudiantes o jóvenes de poder adquisitivo medio-bajo, o esposas a las que el legítimo les deja el coche viejo para que no den la barrila, en vez de venderlo cuando se compra el nuevo que sólo toca él. También abunda mucho, en niveles económicos desahogados, la variedad conductora del 4X4: Toyotas, Cherokes y cosas así. Esta clase de torda económicamente solvente acostumbra a llevar niños y/o perros en los asientos traseros; y cuando se pega la hostia, aparte de matar a los niños y/o al perro -ella suele sobrevivir con nariz nueva y collarín, como Rociíto- suele matar a otros, porque esa masa de hierro a ciento ochenta por hora es mucha masa. En cualquier caso, en la carretera, con casi toda clase de coches, la tipa estándar que te tropiezas acostumbra a llevar puestas unas gafas de sol, un cigarrillo en la mano izquierda y un teléfono móvil en la derecha, y de vez en cuando mueve el retrovisor para retocarse el maquillaje, aunque vaya a toda pastilla. Por lo que siempre terminas sospechando, tras lógica deducción eliminatoria, que esas pavas manejan el volante a ciegas, y con los implantes de silicona.

22 de abril de 2010

lunes, 16 de abril de 2001

Ritmo marcial


Yo no sé si es que nos hemos vuelto idiotas con eso de la moda y el diseño, o como se diga. Pero lo que está pasando no es normal. Enciendes la tele, y en mitad del telediario, entre los diez mil muertos del terremoto y lo último sobre Milosevic -con quien, por cierto, nuestro incombustible Javier Solana se hacía fotos, muy sonriente y pelotillero, hace siete u ocho años-, repito, en mitad de todo aparecen unas topmodels con esos andares que ahora por lo visto son inevitables en la profesión, clic, clac, golpe de cadera a la derecha, golpe de cadera a la izquierda, naturales que te vas de vareta, mientras el reportero o reportera te cuentan, sin que les tiemble la voz lo más mínimo, lo imprescindible que es la nueva colección de Chichita Goicoechevarrieta O'Shea para la cultura moderna. Y no se crean que lo de la cultura moderna lo digo a lo tonto; porque al día siguiente, nunca falla, vemos las fotos de ese desfile en las páginas de Cultura -antes iba en las de Sociedad, pero eso era antes- de los más acreditados diarios nacionales. Incluso las revistas y suplementos dominicales -incluido éste- nos obsequian a menudo con veinte o treinta apasionantes páginas de señoras y señores guapos y flacos mirando el horizonte, con pies de foto explicando que la corbata es de Luchino y Cochetti, que las gafas son diseño aerodinámico de Calvin Ramoni, y que las bragas son de algodón strecht de Tommy Gilipollifiger. No quiero ni pensar la de pasta y la de soplapollez que tiene que estarse meneando por ahí, al fisty-fisty -que como todos saben significa cuarto y mitad-. Pero esa es otra historia.

Lo que yo quería contarles es que el pasado fin de semana me topé con un amplio reportaje sobre lo que se lleva esta temporada, que es lo militar. A los mangantes que ya no saben que inventarse para que la gente sea un poquitín más frívola y tonta del culo cada día, se les ha ocurrido que lo que debe vestirse ahora son los colores caqui y verde, y los estampados de camuflaje típicos de la indumentaria castrense, con cinturones de los que sirven para llevar pistolas y granadas y cosas así. Y para animar a la gente sobre lo moderno y lo elegante que es ir por la calle disfrazados de Rambo, a los diseñadores o a los fotógrafos o a no sé quién coño se les ocurrió hacer y publicar a doble página una foto en la que hay siete u ocho modelos y modelas -me extraña que las feministas chorras, los políticos y los cretinos de plantilla no utilicen ese brillante neologismo- agazapados en un bosquecillo de pinos, vestidos la mitad de militares y la otra mitad de civiles. Los militares, que son tres modelas hembras y un modelo macho, tienen expresión dura e intrépida, miran a la cámara como Chuck Norris y visten una mezcolanza de indumentos que más que una colección de moda parece fruto de una incursión de albañiles por el Rastro. Los civiles, dos mujeres y un hombre, visten ropa normal -es un decir porque lo más barato vale 80.000 calas-, tienen la cara maquillada con manchas para expresar angustia, sufrimiento y cosas así, y una de las mozas se tapa los oídos con gesto que se autosupone aterrado. Para completar el cuadro todos miran hacia arriba, como esperando de un momento a otro la bomba malvada que los mandará a tomar por saco. Ritmo marcial dice el titular. La ropa de inspiración militar marca el paso de la temporada.

¿Y saben lo qué les digo?... Pues que mirando esa foto con mucho detenimiento, mientras recordaba escenas que nadie me contó ni vi en la tele, pensé: pero qué inaudita irresponsabilidad. Además de frívolos, qué estúpidos y qué miserables. Ojalá les tocara a ellos verse así alguna vez, y que unos cuantos serbios o croatas le arreglaran el cuerpo. Tal vez les cambiara la perspectiva encontrarse mirando de verdad hacia arriba agazapados entre los matorrales, esperando la bomba, el tiro, los soldados que te arrancaran de los brazos de tus padres o de tu marido para llevarte a un burdel y violarte durante semanas y meses. Correr por la nieve con tu hijo en brazos, como perros acosados. Verte mutilado sin ni siquiera una aspirina. Acabar en las fosas comunes apestando a sangre y a moscas. Pero con qué derecho, pensé, una panda de cabrones que sólo piensa en lucrarse a toda costa, que se exprime la olla temporada tras temporada en busca del más difícil todavía y no se detienen ante nada con tal de facturar una pasta, se ponen a manipular ciertas imágenes, ciertas situaciones, ciertos horrores que para miles de infelices son realidad diaria, pesadilla, cementerios. Y todo eso porque a un fotógrafo de moda se le ocurre una foto impactante -doble página- y los diseñadores de la campaña publicitaria se frotan las manos. Cojonudo, oyes. Tan original y eficaz lo tuyo. Enhorabuena porque vamos a vender un huevo. Pero qué mundo de mierda y qué moda de mierda, concluí. Pero cómo se atreven. Pero qué hijos de la gran puta.

15 de abril de 2001

domingo, 8 de abril de 2001

El comandante Labajos


El otro día encontré su nombre por casualidad, en un reportaje sobre el intento de volar el parador nacional de El Aaiún, en 1975, cuando los marroquíes entraron en el Sáhara. A un militar español se le fue la olla y quiso cepillarse al estado mayor del general Dlimi -un importante hijo de puta, dicho sea de paso-, y otro militar español, un comandante de la Territorial, fue al parador, desmontó la bomba y le dijo al dinamitero que como volviera a jugar a terroristas le daba de hostias. Ese comandante de la Territorial se llamaba Fernando Labajos, había pasado la vida en África con la Legión y con tropas indígenas, y era duro de verdad. Flaco, moreno, la cara llena de cicatrices y mostacho negro. No de esos duros de discoteca que van por ahí marcando cuero y posturitas, sino duro de cojones. Además era mi amigo. Lo era tanto que cuando escribí aquella gamberrada histórica titulada La sombra del águila, lo reencarné en el concienzudo capitán García, del 326 de Línea. Y le dediqué el librito, a él y a un saharaui que estuvo bajo sus órdenes antes de unirse al Polisario y morir peleando en Uad Ashram: el cabo Relali uld Marahbi. Ahora también Fernando Labajos está muerto. Y aunque tenía los tres huevos fritos de coronel en la bocamanga cuando dejó de fumar, yo siempre me refiero a él como el comandante Labajos. Así lo conocí, y así lo recuerdo.

Hay cosas de mi larga relación sahariana con el comandante Labajos que no contaré nunca, ni siquiera ahora que a él ya le da lo mismo. Resumiré diciendo que era de esos tipos testarudos y valientes que lo mismo aparecen en los libros de Historia con monumentos en la plaza de su pueblo, que se enfrentan a un consejo de guerra, se comen una cadena perpetua o son fusilados en los fosos de un castillo. También tenía sus lados oscuros, como todo el mundo. Y el hígado hecho polvo, porque era capaz de echarse al cuerpo cualquier matarratas. Muchos de sus subordinados no lo querían, pero todos lo respetaban. Yo lo quería y lo respetaba, entre otras cosas porque me cobijó en su cuartel cuando llegué al Sáhara de corresponsal con veintitrés años y cara de crío, porque me hizo favores que le devolví cuando se jugó la piel y la carrera, y sobre todo porque una noche que los marroquíes atacaron Tah, en la frontera norte, y el general gobernador prohibió ir en socorro de los doce territoriales nativos de la guarnición para no irritar a Rabat -ya saben: esa digna firmeza española de toda la vida-, Fernando Labajos desobedeció las órdenes y organizó un contraataque. Para que quedase constancia de sus motivos si algo salía mal, me llevó con él en su Land Rover, a modo de testigo; y nunca olvidé aquellos setenta y cinco kilómetros rodando de noche hacia la frontera, los territoriales españoles y nativos embozados en sus turbantes en los coches, entre nubes de polvo, con el general histérico por la radio ordenando que la columna se volviese y Fernando Labajos respondiendo sólo con lacónicos «sin novedad», hasta que se hartó y apagó la puta radio, y a la vuelta no lo encerraron para toda la vida en un castillo de puro milagro, o tal vez porque había un periodista de testigo.

Ya he dicho que está muerto. De coronel, pues no quisieron ascenderlo a general. Muerto como lo está el cabo Belali, que aquella noche era uno de los doce nativos cercados en Tah. Como lo están el teniente coronel López Huerta, el teniente de nómadas Rex Regúlez y algunos otros que marcaron mi juventud y mis recuerdos. Muertos como el joven y apuesto Sergio Zamorano, el reportero Miguel Gil Moreno, el guerrillero Kibreab, el croata Grúber y algunos más -parece mentira la de amigos que llevo enterrados ya-. Qué cosas. Uno lleva todo eso consigo sin elegir llevarlo. Simplemente porque forma parte de su vida; y a veces se encuentra, sin proponérselo, dialogando con sus fantasmas ante una foto, una botella de algo, un recuerdo inesperado. Nostalgia, supongo. A fin de cuentas, somos lo que recordamos. Siempre hay uno que sobrevive para contarlo, decía el torero Luis Miguel Dominguín. Y un día, callado o ante otros, recuerdas. Lo cierto es que, aunque han transcurrido por lo menos quince años, el comandante Labajos es una de esas sombras más queridas. No sé si en los cuatrocientos cuatro artículos que llevo tecleados en esta página lo mencioné alguna vez. Pero al ver su nombre en el periódico, con la firma de otro, me he sentido extraño. Incómodo. Como si alguien hurgara en algo que me pertenece.

La última vez que lo vi acababa de casarse su hija. Él era el padrino. La boda era en Málaga, y yo fui a verlo al banquete de boda. Estaba con uniforme de gala y todas sus medallas, dejó plantados a los novios y los invitados y nos fuimos al bar a emborracharnos, hasta que vinieron a buscarlo. Ya les he dicho antes que era mi amigo.

8 de abril de 2001

domingo, 1 de abril de 2001

La forja de un gudari


Pues la verdad es que no sé de qué carajo se sorprenden. Parece que los haya pillado de sorpresa el hecho de que los gudaris tengan ahora veinte años y sean analfabetos y fanáticos. Parece mentira, dicen. Todos esos jóvenes descarriados y manipulados, etcétera. Los oyes y parece que todo haya sido un descubrimiento reciente, un fenómeno espontáneo del que nadie se hace responsable. Cada vez que veo al lehendakari Ibarretxe llorando en público -el político más valorado del País Vasco, ojo- sobre lo malos que son los malos y cómo se niegan a portarse bien cuando se les piden las cosas por favor, y veo a Anasagasti, que toma distancias desde que a su señora madre quisieron hacerla carbonilla en un autobús, o veo a Arzalluz irritado porque los chicos de la gasolina se han vuelto chicos de la pistola y chicos del mando a distancia y lo están fastidiando más a él y al PNV que a los ocupantes españoles, que es a quienes tendrían que fastidiar -por lo menos-si tuvieran las ideas claras, sigo preguntándome si alguien se siente culpable de algo en este país de caraduras y primaveras en el que tengo la desgracia de vivir. Si alguien conoce el significado de las palabras responsabilidad y remordimiento.

A estas alturas no es ningún secreto que el retrato robot del etarra de nueva generación es el de un individuo muy joven, fanático, educado en el odio y a violencia, de bajísimo nivel cultural e intelecto no demasiado vigoroso. Y cada vez que aparece en la tele una foto, los datos biográficos confirman ese perfil. El detalle en el que nadie entra es que esos jóvenes suelen tener exactamente el mismo número de años que el PNV gobierna en Euskadi con amplísimas atribuciones que han convertido el País Vasco en una de las dos autonomías -la otra es Cataluña- más avanzadas e independientes de Europa. Porque allí no son los malvados españoles centralistas los que forman a la juventud, ni quienes traen el ambiente político adecuado para que estos jóvenes anhelen liberar su patria oprimida. Es el PNV el que lleva dos décadas formando a la juventud como le sale literalmente de los cojones. Los planes de estudio, los libros de texto, el corro de la patata en las ikastolas cantando contra lo español y la chusma inmigrante invasora, funcionan hace mucho, no sólo con impunidad, sino con el aliento de los que controlan Ajuria Enea, y de la numerosa clientela que de la teta nacionalista mama y vive. Y con tales antecedentes, oh prodigio, resulta que ahora se sorprenden, mecachis en la mar, de que esos chicos violentos y fanáticos hagan lo que hacen.

De dónde coño, se preguntan, habrán salido. Pero no se trata de ellos solos. Porque en esta peña de fariseos, los otros, españolistas, o hispanovasquistas, o de izquierdas o de derechas, o como se llamen, parece que acaban de despertarse ayer. Hay que ver qué malos y qué falsos son los del Peneuve, dicen. Cómo han consentido y consienten. Pero ellos también han estado la mayor parte de esos veinte años que tienen Asier, o Edurne, o Mikel, dejando hacer y tocándose los huevos. Sabiendo adónde llevaba todo eso, pero bien calladitos para que no fueran a decir de ellos, por Dios, que entorpecían la libertad o el progreso de los pueblos. O para gobernar. Nadie dijo ni pío cuando aparecieron hace quince o veinte años -el Pesoe gobernaba, por cierto, con los votos del PNV, y viceversa- los primeros libros de texto que hablaban de la opresión hispana y de la diferencia racial, en una España donde gracias a la reforma educativa de Maravall y Solana cada perro se lamió su órgano. Todos se callaron como putas, atentos cada cual a lo suyo, y sólo las han piado cuando los que estudiaron -poco, encima- en aquel ambiente y con aquellos libros de texto han empezado a pegarles, como era de esperar, tiros en la nuca. La derecha, porque no se notase mucho que era derecha; y encima va y se despierta no en la primera, sino en la segunda legislatura, y entonces se le ocurre condecorar a Melitón Manzanas. El Pesoe, ya ven. Y la presunta izquierda -que tiene huevos llamarse izquierda con el payaso Fofó dirigiendo Ezker Batúa-, sin reconocer todavía su gran pecado: el gravísimo error histórico, no asumido oficialmente por nadie, de ser boba compañera de viaje del nacionalismo paleto y excluyente, olvidando el hecho de que la izquierda es solidaria e internacionalista, que nunca ha habido un nacionalismo de izquierdas en la puta vida, y que los caciques de pueblo son siempre aliados objetivos de los curas y de la derecha más reaccionaria y cerril. Y no me vengan ahora con eso de que este Reverte qué anticlerical y qué cabrón es, porque ya me sé la copla. Acuérdense de monseñor Setién y del obispo de Solsona. Y cito otra vez, por si se les olvidó, aquello del cura en el púlpito, no recuerdo ahora si mencionado por Unamuno o por Baroja: "No habléis español, que es la lengua de los liberales y del demonio". Así que guárdense las demagogias. Aquí la culpa la tenemos todos. Y en especial los golfos, los cobardes y los imbéciles.

1 de abril de 2001

domingo, 25 de marzo de 2001

Rule Britannia


Si es que no puede ser. Por más que uno lo intenta y le pone buena voluntad, las cosas son lo que son. Mira que ya me tenía casi convencido mi vecino el rey de Redonda de que en materia de ingleses y de perros soy un ultrameridional de lo más abyecto, o sea, que lo mío es pura xenofobia pero mirando para arriba: quiero decir que un moro o un negrata o un sudaca me caen de maravilla, pero veo a un rubio tomando cerveza y diciendo gudmornin y se me pone un vello rojo y me vuelvo Doctorjeckyll -el conocido autor de Crimen y castigo-, o mister Hyde, o Frankenstein; o como se llame ese personaje al que cuando salía la luna llena se le ponía una mala leche espantosa. Que a mi lado el obispo de Solsona, su colega Setién, Marta Ferrusola, Heribert Barrera y el Dúo Sacapuntas Arzalluz y Egíbar, con sus catilinarias continuas contra maketos, charnegos y emigrantes con el RH cambiado, o sea, contra toda esa chusma advenediza que no habla lo que se debe hablar ni reza donde se debe rezar, pero al final exige derecho a comer, y derecho a opinar y derecho al voto si los dejas, y está jodiendo de mala manera las esencias de las madres patrias respectivas, son tacitas de tila y valeriana comparados con el arriba firmante. Estaba ya casi convencido de todo eso, o sea, de que soy tan intransigente, tan reaccionario y tan cabroncete como ellos, o aún más si cabe. Que cabe poco. De manera que, para combatir esa perversa tendencia mía, había decidido dedicar una temporada a hacer ejercicios espirituales con el Tristam Shandy y las hermanas Bronte, comprarme todas las películas de Kenneth Branagh y James Ivory, mandarle un libro dedicado al Orejas -inconsolable viudo de lady Di- y pasar mis próximas vacaciones tomando té en Oxford. Les aseguro a ustedes que en ese propósito de enmienda estaba, cuando hete aquí que el otro día todos mis buenos propósitos se fueron al carajo.

Les cuento. Iba yo por la calle Mayor de Madrid, dando un paseo camino de Las Vistillas. Un paseo que me prometía apacible, hojeando el catálogo de la librería náutica de Tarragona Cal Matías. Iba tan campante, decía, cuando de pronto caí en la cuenta de que había elegido un día nefasto para pasear, pues no paraba de cruzarme con energúmenos auIlantes en grupos de seis o siete, todos varones, con el pelo muy corto, claros síntomas de intoxicación etílica y extrañas camisetas amarillas. Les juro a ustedes por la cobertura de mi móvil –ahora llevo uno, a veces- que no tenía ni idea de quién era aquella peña. Así que me acerqué a un guardia. «¿y todos estos hijoputas?», pregunté. «Es que hoy juegan el Leeds y el Madrid», respondió, mirándome como si yo fuera gilipollas. Di las gracias y seguí adelante sin entender muy bien la relación directa, y por lo visto obvia, entre el hecho de que esa tarde jugaran el Leeds y el Madrid, y que las calles estuvieran llenas de animales borrachos que gritaban en jerga bárbara, molestando impunemente a la gente y haciendo gestos obscenos. Qué cosas, pensé. Qué cosas.

Delante de mí, calle Mayor abajo, caminaba un rebaño de esas malas bestias. Y les doy mi palabra de honor de que nunca he visto, en cosa de cuatrocientos metros y en el espacio de diez minutos, tantas barbaridades juntas. Allí no había rastro de James Ivory: todo era puro Ken Loach. Iban mamados hasta la madre que los parió, por supuesto; y en ese trayecto tuvieron tiempo para molestar a cuantas mujeres se cruzaron con ellos, amenazar a dos operarios de Telefónica que estaban sentados comiéndose sus bocadillos en la acera, quitarle el casco a un albañil que trabajaba en una obra un poco más allá, cambiar alaridos en la lengua de Shakespeare con otro grupo similar de cerdos borrachos que vomitaba al otro lado de la calle, orinar en un portal y caerse dos al suelo al llegar al semáforo de la calle Bailén. Hubo un momento en que coincidí con ellos allí, junto al semáforo, cavilando: ahora estos agropecuarios hijos de la gran puta también la toman conmigo, y si se pasan mucho no tendré más remedio, por la negra honrilla, hay que joderse, que coger las llaves del coche que llevo en el bolsillo y abrirle la cara a uno, al más bajito si puede ser, que a ese le llego, antes de que me den de hostias hasta en el cielo de la boca; que guapo me van a poner aquí, mis primos, y el puente que llevo en las dos últimas muelas me lo van a incrustar en el esófago. Pero hubo suerte y siguieron camino hacia el Viaducto, ignorándome. Y yo pensé: en mala hora se le ocurrió al alcalde poner paneles de metacrilato, porque con un poco de suerte se inclinaban a mirar, y con la castaña que llevan igual se caía alguno, aaaaaah, chof. Y angelitos al cielo.

Pero no cayó esa breva. Mi único consuelo fue que por el camino, la meadilla se la echaron casi en la esquina de la casa de Javier Marías, al que además le gusta mucho el fúmbol. Ya eso, colega, se le llama justicia poética.

25 de marzo de 2001

domingo, 18 de marzo de 2001

Se van a enterar


Ay, qué risa, tía Felisa. Resulta, según los expertos que saben de estas cosas, que a medida que avance el siglo, y hacia el 2050, España se irá convirtiendo en un país con ocho millones y pico de habitantes menos y la población más pureta del mundo: pocos yogurcitos y la tira de vejestorios decrépitos. Para que se hagan una idea: si esto tenía en 1951, cuando yo nací, el triple de habitantes que Marruecos, dentro de otro medio siglo los vecinos de abajo tendrán el 60% más de tropa. Y también un porcentaje similar añadido de ganas de comer caliente. En cuanto al panorama que para esas fechas tendremos aquí arriba, no saben lo que me alegro de no estar para verlo, entre otras cosas porque la sola idea de durar tanto me da una pereza enorme. Además, prefiero hacer mutis a tiempo, ahorrándome las incómodas vivencias que experimentarán los españoles cuando aquí no trabaje ni produzca ni cristo bendito, y no haya quien pague las pensiones, y la sanidad pública se haya convertido en una perfecta casa de lenocinio, y los concursos y programas musicales de la tele estén llenos de abuelos bailando los pajaritos, y los asilos no den abasto, y nueve de cada diez ciudadanos vayan por ahí con la próstata hecha una mierda y la sonda puesta, sin otros temas de conversación en la cola del autobús que el reúma y la artrosis y el Parkinson y el hijoputa de mi hijo, oyes, que hay que ver cómo pasa de mi, el canalla.

Lo malo, como siempre, es que los responsables de todo eso tampoco estarán aquí para que alguien les parta la cara. A unos, a los ciudadanos de a pie, por permitir con nuestro silencio cómplice y nuestros votos mal aprovechados que la improvisación, la imprevisión y la poca vergüenza de gobiernos, patronales y sindicatos desparramen impunemente los polvos que traerán tales lodos. A otros, a los mentados, por ser incapaces de adelantar medidas inteligentes, políticas sociales activas que reduzcan el vía crucis en que se ha convertido la vida profesional-familiar, y den a la gente cuartelillo para el futuro. Porque calculen cuántos hijos van a atreverse a tener quienes viven en la precariedad de contratos basura, rehenes en manos de empresarios cuya impunidad avala el Estado, con bancos sin escrúpulos que chupan hasta la última gota de sangre, con absurdas universidades que vomitan miles de parados sin trabajo estable ni perspectiva de tenerlo, en este país de insolidarios, chapuceros y mangantes donde para recoger tomates hay que contratar a abogados ecuatorianos, para encontrar un fontanero hay que llamar a un ingeniero polaco, y donde todos nos quejamos del desempleo, pero sale una convocatoria de puestos de trabajo para subir ladrillos a una obra y no se presenta nadie, porque las palabras europeo y albañil resulta que ahora son incompatibles, cosa de negros, y de moros; y lo que todos queremos, no te fastidia, es trabajar tres días a la semana, a ser posible tocándonos los huevos como representantes sindicales, y que nos paguen una pasta.

Así que en realidad no me da mucha pena que todo se vaya al carajo, porque nos lo hemos ganado a pulso. Y si nuestros hijos se ciscan en la madre que nos parió cuando se den cuenta del panorama que les dejamos como herencia, que se fastidien o que se espabilen. Y una forma de espabilarse será abrir las puertas de una vez, con criterio pero sin reservas y sin tanto la puntita nada más, a esa inmigración que para entonces ya no sólo será útil, sino imprescindible. A nuestros nietos nos les quedará otra que acoger a todos esos africanos, magrebíes, hispanoamericanos y ucranianos que vendrán en oleadas cada vez mayores a buscarse la vida, dándole marcha de una repajolera vez a este apolillado, reaccionario y miserable lugar. Y se mezclarán con nuestros nietos y nietas, y habrá, como en otros países, policías negros y ejecutivos sudacas y militares moros, y perderemos unas cosas y ganaremos otras, porque así es la vida y la historia de los pueblos. Y España, que pese a lo que sostienen cuatro fanáticos y cuatro tontos del culo fue siempre tierra común y de mestizaje, lo seguirá siendo con mayor intensidad aún. Y tendremos unos nietos cruzados de mandinga y de tuareg que estarán como quesos, y unas biznietas mulatas con ojos eslavos y cuerpazo colombiano que van a hacer que cada vez que un turista inglés vuelva a Manchester le pegue una paliza a su Jennifer, como revancha. Y todos esos Heribertos, Egíbares, Ferrusolas y demás paletos imbéciles que andan obsesionados por la pureza racial de su parroquia y las costumbres ancestrales del pueblo de Astérix y de la fiesta patronal de Villacenutrios del Canto, se van a joder pero bien jodidos, cuando sea un moro maketo de Tánger el que les cambie los dodotis en el asilo, o cuando a su Ainhoa le altere el RH su novio peruano al preñaría, o su Jaume Lluis tenga una nieta que se llame Montserrat Mustafá Ndongo. Vayan y háganles una inmersión lingüística a ésos. A ver si se dejan.

18 de marzo de 2001

domingo, 11 de marzo de 2001

Damas y bucaneros


Llevo un par de semanas partiéndome de risa. Tal vez recuerden que hace tiempo mencioné la página de internet que Corso, un amigo a quien no tengo el gusto de conocer, montó en la red sin pedirme permiso. Esa página ha crecido de forma espectacular, con treinta y tantos mil visitantes y un foro donde salteadores informáticos como el pirata Pepe y sus colegas del ciberespacio se congregaron cuando lo de El oro del rey en internet. De allí se independizó un asiduo, alias Decadix, con otra página llamada Callejón de los Piratas, especializada en rescatar viejos artículos míos. El caso es que a veces me doy una vuelta por una y otra sin decir ni pío, para cotillear. Lo más concurrido es el foro de Corso donde la gente mantiene una antigua y pintoresca relación, con habituales como Filemón, Jetulio Pencas, Balkan, Juan Gaudí, El Arponero Juan, Sorel, Haddock, Ciberpuma, Starbuck, T.S., Chimista. — imposible citarlos a todos—, convertidos en respetados veteranos. Hasta hay Uno Que Dice Ser Yo. Y que por supuesto no soy yo.

El caso es que mi vecino el rey de Redonda también tiene su página, creada por una lectora fiel. Una y otra coexistían pacíficamente, con estilos parecidos a sus titulares: más bronca la del foro revertiano, con un sector marinero, otro sector pirata, un grupo de espadachines fanáticos de Dumas, Feval y Sabatini, poetas quevedianos, anarquistas que van por libre, y un par de hijos de puta que suelen ponerme a parir firmando Carabel y Mayúsculo. En cuanto a la página de mi vecino Marías, el tono resulta más pacífico, marcado sobre todo por lectoras educadas que firman Cordelia, Ofelia, Morgana, y hablan de Jane Austen, de las hermanas Bronté, de Shakespeare y de cosas así. El caso es que, el otro día, una de las chicas de Marías se dio una vuelta por el foro piratesco; y, escandalizada, dejó un mensaje comentando lo zafios que eran sus habituales. La primera respuesta le vino de Sebas el Maño, rudo hermano de la costa del foro revertiano, que desembarcó en la isla redondina con las del turco, llenándola de mensajes donde lo más suave eran palabras como «internado de monjas» o «chochitos». Ofendidas, las Ofelias y Cordelias respondieron en la página enemiga, calificando a sus habituales de groseros y maleducados, y aconsejándoles leer a Marías para refinarse un poco. Y ahí fue Amberes. Porque el tal Sebas el Maño volvió a la carga; y también el gran Filemón —un histórico del foro, que sabe de mí más que yo mismo— tomó cartas en el asunto, choteándose de las presuntas chochitos por pretender ponerles a los piratas cortinas de cretona malva y un lazo rosa en la cola del ratón del ordenador. Y entonces, en zafarrancho general, toda la fiel chusma bucanera sin dios ni amo acudió al abordaje —¿Estamos en guerra?, preguntaba Surama desde Méjico—, invadiendo la página mariana dispuesta a saquear y a violar sin freno a las Ofelias y Morganas, cual milicianos en convento de monjas, y todo fue un rifirrafe de ataques y contraataques, llevados a cabo, eso sí, con una guasa y un ingenio desternillantes por ambas partes.

Por fin, tras la polvareda, en ambas páginas quedó un rastro de botellas de ron vacías, alguna falda rota, y la bandera negra de la calavera tiene ahora amarrado al mástil un sujetador de la talla 95. Como resumió el —o la que— usa el nick Oberon contemplando el paisaje tras la batalla, las embestidas e incursiones de las hordas piratas en el oasis cibernético del foro mariano, entre gritos y rasgar de bragas, insultos, puñetazos, mordiscos y besos, han sido dignos de figurar en los anales de argonautas y aventureros, sección expedicionarios rudos y damiselas receptivas. Con una grata conclusión: el mundo es ancho, en él cabemos todos, y nunca puede decirse con este filibustero no beberé o esta doncella no me asombrará en la cama. Porque ahora la relación entre ambos foros es de lo más singular, con tipos duros como Haddock y Jetulio y otros frecuentando amistosamente el foro de las perras inglesas —que han descubierto las emociones y humedades propias de un asalto de los viejos tercios—, y con animalotes como Sebas el Maño poniéndose colorados y reconociendo la casta de damas como Cordelia, que ya alterna sus tes de las cinco en Oxford con visitas cargadas de morbazo al foro de los corsarios; y además ha conseguido que el rudo Sebas, convertido de tigre bucanero en tímido tigretón de crema, coma en su mano como un corderillo, mientras reconoce a regañadientes que, cagüendiela, también en el foro mariano hay tías con un par de huevos. Lo que demuestra, una vez más, que las viejas y buenas historias siguen siendo posibles en el cine y en los libros, y hasta en internet y en la más próxima realidad, porque son eso: buenas y hermosas historias. Y porque hay gente con sueños, humor e imaginación, capaz de revivirlas siempre.

11 de marzo de 2001

domingo, 4 de marzo de 2001

Sobre imbéciles y champaña


Supongo que se habrán fijado, como yo, en la manía que le ha dado a la gente que gana premios y carreras y cosas así de coger una botella de champaña, agitarla bien para que coja fuerza, splash, splash, y luego regar a la concurrencia con el chorro de espuma, poniendo perdido a todo cristo. Ahora ya no hay Gordo de lotería, ni fiesta de cumpleaños, ni carrera de motos, de coches o de lo que sea, que no termine con espuma de champaña a diestro y siniestro mientras el personal parece encantado de que lo chorreen, yupi, yupi, y todavía pide más, dispuesto a gastarse lo que haga falta en lavandería con tal de participar en la fiesta. Uno, es un suponer, recorre cinco mil kilómetros haciendo el niñato gilipollas en un coche que vale una pasta, y después de atropellar a un dromedario, dos perros y siete negros, llega el primero de vuelta a Madrid o a Dakar o a donde le salga de la punta del clarinete, y entonces, para expresar su alegría, al muy imbécil no se le ocurre otra cosa que agarrar un mágnum de cinco litros y poner perdidos a los fotógrafos y a las cámaras de la tele, y a las topmodel pedorras esas que suben al podio para dar el premio y dos besos y siempre sonríen caiga lo que caiga, a la espera de poder contar en Tómbola cómo se lo hicieron con Jesulín, trámite imprescindible para hacerse famosas y enseñar el felpudo en Interviú.

Aunque peor es lo de los premios. Porque el del Gordo que acaba de embolsarse trescientos kilos, para dejarlo claro y que sepan lo contento que está y la marcha que lleva en el cuerpo, entra en el bar de la esquina, invita a los amigos, agarra el Codorniz o el Gaitero, según haya cobrado ya o todavía deba pasar por el banco, y a todos los que no han tenido premio ni han tenido nada y andan por allí cerca blasfemando para su coleto, los salpica con el chorro de espuma para que compartan su alegría, el muy soplapollas. Y si hay cámaras delante y posibilidad de verse en el telediario, entonces, en vez de agarrar al de la botella e inflarlo a hostias, que es lo natural y lo que antes solía hacerse en tales casos, la gente se ríe, y baila, y se abraza y aplaude al borde del mismo orgasmo, y dice suerte, suerte, que esta espumita trae suerte, y hasta saca a la suegra con un vasito de plástico en la mano para que salga con la permanente chorreando en lo de María Teresa Campos. Los subnormales.

Decía el otro día el gran Manolo Vicent, que es amigo y es marino y es mediterráneo, algo que no me resisto a transcribir literalmente: “No creo que haya existido una época en que los cretinos hayan sido tan apabullantes, ni los tontos hayan mandado más, ni la idiotez haya tratado de meterse como la humedad por todas las ventanas de las casas y los poros del cuerpo”. Y eso es algo rigurosamente cierto. Nunca en la historia de la Humanidad hubo un tiempo como éste, en el que gracias a ese multiplicador perverso de conductas que es la puta tele y sus consecuencias, gracias al mimetismo social que imita hasta el infinito la propia imbecibilidad y nos la devuelve bien gorda y lustrosa, alimentada de sí misma, el ser humano ha alcanzado cotas en apariencia insuperables, pero que demuestra ser capaz de superar día a día.

Hubo otros tiempos, claro, de memez y fanatismo, porque eso va ligado a lo irracional de la condición humana. Hubo, naturalmente, histerias colectivas, epidemias mentales, modas ridículas y todas esas murgas. Pero nunca hasta ahora fue tan rápido el contagio ni tan devastadores sus efectos. Cualquier gilipollez, la más tonta frase, canción, gesto, moda, difundida por la televisión a una hora de máxima audiencia, es adoptada en el acto por millones de personas a quienes uno supone en su sano juicio; y luego te la tropiezas aquí y allá, en todas partes, imitada, superada, desorbitada hasta límites increíbles, machacona y definitiva, cantada, bailada, repetida en el metro, en el autobús, en boca incluso de quienes por su posición o criterio deberían precisamente mantenerse al margen de todo eso. Y así terminas viendo a Clinton bailar Macarena en vísperas de que la OTAN bombardee Kosovo, a un ministro justificando su gestión política con una frase de Gran hermano, a presuntos respetables abuelos de ochenta años bailando los pajaritos en Benidorm, a irresponsables cretinos conduciendo cual si llevasen de copiloto a Carlos Sainz, o a un gilipollas con un décimo de lotería en el bolsillo salpicando a los transeúntes como si estuviera en el podio del Roland Garros, con los salpicados mostrándose felices con la cosa, y locos por que les llegue el turno para hacer lo mismo. Y comprendes que unos y otros no son sino manifestaciones del mismo fenómeno y de la misma estupidez colectiva, que nos tiene a todos bien agarrados por las pelotas. Y miras todo eso y te preguntas, si tú lo ves tan claro, cómo es que no lo ven claro los demás. Hasta que un día, como el padre Damián en Molokai, te miras al espejo y dices: maldita sea mi estampa. También yo he trincado la misma lepra.

4 de marzo de 2001

domingo, 25 de febrero de 2001

El gusano de la manzana


Les hablaba hace dos semanas del chuletón de ternera y de que de algo hay que morir; y hoy sigo con la misma murga, porque un amigo me comentaba hace un par de días que, tal y como se ha puesto el patio de Monipodio, al final habrá que comer sólo pescado y verdura. Después mi amigo se quedó pensando y añadió que eso, claro, hasta que descubran que el pescado se engorda con harina de avestruz loca, y la verdura es transgénica, berrenda en negro y escobillada del pitón izquierdo por parte de padre. Que todo se andará, apunté yo. Que todo se andará.

Y la verdad es que mi amigo tiene razón. El ser humano es tan desalmado y tan perro cuando de conseguir beneficios inmediatos se trata, que le da lo mismo dos que veinte, y el que venga detrás, que arree. Hace poco le oí comentar a un inversionista en bolsa, con toda la razón del mundo, que no comprendía por qué cuando él arriesgaba una inversión y perdía, su desastre financiero se lo tenía que comer él solito con patatas; y sin embargo, cuando un ganadero golfo llena a sus vacas de hormonas y harinas sospechosas para triplicar la producción y luego le sale la vaca majara o el marrano mal capado, es el Estado, o sea, los contribuyentes, quienes tenemos que reembolsarle las pérdidas. La verdad es que yo tampoco veo eso muy claro, y me gustaría que alguien me lo explicara un día de estos. Si no es molestia. Porfa.

De cualquier manera, y volviendo a lo del pescado y la verdura, dudo mucho que vaya por ahí la solución. Me juego lo que quieran a que a estas alturas ya hay algún hijo de puta ingeniándoselas para multiplicar en pocos meses los beneficios que el aumento en el consumo de pescado puede producirle si se espabila a tiempo. Yo en eso ando con la mosca tras la oreja desde que las doradas y las lubinas y otros peces antaño de lujo, que en mi mocedad costaban un huevo de la cara, bajaron su precio casi hasta el de las sardinas; y eso, casual y sospechosamente, en tiempos en que el mar se parece cada vez más a un campo de exterminio nazi, y los delfines y las ballenas y los salmonetes que quedan salen a las playas a suicidarse porque están hasta las pelotas de nadar entre basura. Es que son de criadero, te dice ahora el dueño. Y cuando oigo eso del criadero me dan escalofríos, porque vete a saber la quimioterapia, o como se diga, que los bichos esos, como todos los demás, tienen que estarse tragando para lucir tan gordos y con tan poco sabor dentro. Así que, bueno. A los que somos muy de pescado a la plancha y pescadilla frita, más nos vale tragar, glubs, con estoicismo senequista de algo hay que palmar, como decía aquél, sin cavilar demasiado en lo que engulles.

Y no crean, cacho pardillos, que con las frutas y las verduras se van a ir ustedes de rositas. Porque ésa es otra. A ver si no les parece sospechoso como a mí, por poner un ejemplo, que ahora todas las manzanas sean redondas, limpias y perfectas, sin una sola mácula en la piel, todas con los mismos colores amarillentos o reflejos rojizos, que hasta el mismo número de manchas tienen cuéntenselas e incluso el rabito de todas y cada una mide exactamente los mismos milímetros. Y lo que me acojona más que nada es que no tengan gusanos. Ni uno, nunca. Antes mordías una manzana y te sabía a manzana, y a veces descubrías que había medio gusano moviéndose en el agujero del mordisco, y después de blasfemar un rato te consolabas con el pensamiento de que lo que no mata, engorda; y que si la manzana era buena para el cabrón del gusano también era buena para ti. Con lo que separabas con el cuchillo el cachito del bicho y te comías el resto tan campante. Ahora fíjense cómo será la cosa, que una de dos: o a los gusanos ya no les apetecen las manzanas y a mí tampoco, porque casi todas saben a pepino, o a las manzanas les ponen algo para que no tengan gusanos. Y a ver quién me demuestra que lo que es malo para el gusano no es malo para el hombre, habida cuenta de la escasa diferencia que uno aprecia a menudo entre ciertos hombres y ciertos gusanos.

Pero es que ni lo del gusano prueba nada. Porque no les quepa duda de que el ingenio, el ansia de enriquecerse y la poca vergüenza, que a menudo hacen letal triunvirato, resolverían también esa cuestión. En el preciso momento en que la gente empezara a reclamar gusanos en las manzanas como prueba de comestibilidad, o como se diga, las manzanas saldrían al mercado cada una con su correspondiente gusano: ya fuera un gusano auténtico de pata negra, inyectado con modernas técnicas japonesas, ya fuera un gusano sintético, de plástico o de vaya usted a saber qué, capaz incluso de decir buenos días o bailar la Bomba. Un gusano simpático del que se harían dibujos animados y camisetas, y que al final saldría hasta en los crispis para que los niños lo conservaran como mascota. Puag.

25 de febrero de 2001

domingo, 18 de febrero de 2001

"El Ideal Gallego" me toca las narices


Hoy vengo caliente, porque es de esos días en que me avergüenza haber sido del oficio; aunque cuando lo pienso llego a la conclusión de que el oficio que desempeñé durante veintiún años –alguna vez dije que yo era un mercenario honrado- nada tiene que ver con lo que hoy comento. El caso es que hace unos días estuve en La Coruña, con los alumnos de varios colegios. Hace tiempo que no doy conferencias ni charlas, salvo en caso de que me líen los amigos a quienes no puedes mandar a hacer puñetas; pero con los colegios es diferente. Algunos leen tus libros y trabajan con ellos, y no puedes negarte a dar la cara ante los chicos, si dispones de tiempo. Además, te hacen la tentadora oferta económica de un bocata y una coca-cola; y ya me contarán quién se resiste a eso. El caso es que varios colegios de La Coruña habían estado trabajando con las aventuras de Alatriste; y como estoy algo mayor para andar de colegio en colegio, decidieron juntarse todos los alumnos en un mismo sitio, y someterse a un tercer grado sobre el asunto. Acudí, charlamos hora y media, y yo aprendí más que ellos. Lo de siempre.

Hablé de libros y de lectores, claro. Respondí a sus preguntas lo mejor que pude, e insistí en lo que insisto a menudo: en la cultura como antídoto frente a la estupidez y el fanatismo. Una cuestión delicada la planteó un jovencito al preguntar cuáles son los valores que más admiro. Tengan en cuenta que el problema cuando hablas con chicos es que el más tonto navega por internet, y con ellos no puedes pasarte ni quedarte corto. Así que dije la verdad. Tras advertirles de que podía estar tan equivocado como cualquiera, hablé un rato sobre el valor, la dignidad y la consecuencia del que lucha por aquello en lo que cree. El problema con eso, dije, es que a veces te lleva a contradicciones y terrenos peligrosos; porque al final, según ese razonamiento, puedes terminar respetando más a un terrorista que mata que a un político tramposo y sin escrúpulos. Y dicho aquello, siendo obvio que no pueden dejarse así las cosas ante chicos de quince a diecisiete años, añadí que, naturalmente, hasta la coherencia personal tiene una frontera que no se puede traspasar: “Por eso quiero dejar claro que hay un límite: el fanatismo y la estupidez. La consecuencia debe llevar hasta el límite que te da el sentido común. Por eso, para evitar el fanatismo y la estupidez es tan necesaria la Cultura”.

Todo parecía estar claro, pero había periodistas en la sala. O para ser precisos, había algunos que recogieron con exactitud lo que allí se dijo. Y también había un redactor de El Ideal Gallego. Su información, según comprobé con el fax que un amigo me hizo llegar al día siguiente, era razonable. Pero en los periódicos, ya se sabe. El redactor resume y a veces titula, el jefe de sección corrige el título, y al final el redactor jefe o el director, según los casos, sacan a portada tal o cual titular, modificándolo si lo creen conveniente. De ese modo, pese a que mis palabras estaban recogidas en cinta magnetofónica –de ahí las acabo de reproducir- y pese a que el texto de la información reflejaba más o menos lo dicho, el titular que salió en páginas interiores era una peligrosa simplificación: Pérez-Reverte: “Prefiero a un terrorista convencido que a un político tramposo”. Lo que, convendrán ustedes conmigo, es una forma subjetiva y sobre todo incompleta de plantear el asunto. Sin embargo, el redactor jefe, subdirector o tonto del haba cualquiera que estuviese de guardia esa noche en el Ideal, decidido a honrar mi visita a los colegios coruñeses con honores de portada, la cosa debió de parecerle excesivamente larga, o con poca garra; pues, fiel al viejo principio periodístico de que la realidad nunca debe estropearnos un titular, decidió anunciar en primera página: “Pérez-Reverte dice que prefiere a un terrorista que a un político” Con dos cojones. Y con lo cual, supongo, si yo fuera padre de un joven gallego o de cualquier otra variante de joven, lo primero que haría sería pedir que se prohíban, no ya los textos, sino la entrada del mentado Pérez-Reverte en cualquier centro escolar decente, amén de exigir que quienes llevaron a sus alumnos para que el antedicho les soltara tamañas barbaridades fueran expulsados para siempre de la enseñanza y, a ser posible, fusilados por la espalda y al amanecer.

No hay moraleja, o que la ponga cada cual. He sido del gremio y sé cómo se cuecen estas cosas, y también sé lo que pasa cuando intervienen la irresponsabilidad o la mala fe. Son gajes del oficio; lances a los que está expuesto quien abre la boca en público. Pero resulta que a veces las cosas llegan demasiado lejos, y entonces tú vas y te dices, pardiez, por qué voy a dejar que estos tíos se vayan de rositas, si puedo responder, o matizar. Así que ustedes dispensarán si utilizo –creo que por primera vez en ocho años- esta página para esa clase de asuntos tan particulares. Pero hoy necesitaba decir que en El Ideal Gallego trabajan dos o tres soplapollas.

18 de febrero de 2001

lunes, 12 de febrero de 2001

De algo hay que morir


Me encantan la foto y la frase. La foto es de hace unos pocos días, la tengo recortada de un periódico y sujeta con chinchetas junto al ordenador, y en ella se ve a un paisano cincuentón, o sea, uno corriente, de infantería, con la boca abierta, tenedor en una mano y cuchillo en otra, mientras se calza un chuletón de ternera que da gloria verlo, de dos por dos palmos, tostado por fuera y poco hecho por dentro, como debe ser, canónico, con su correspondiente botella de vino. Pero lo mejor es el titular que recoge las palabras del gachó: «De algo hay que morir», dice mientras engulle. Tan campante. Con un par.

Confieso que cuando miro esa foto no puedo evitar un calorcillo de simpatía. El del chuletón, según cuenta el texto, ha estado comiendo carne toda su puta vida, y no está dispuesto a cambiar de costumbres, a sus años, ni por las vacas locas, ni por la ministro de Sanidad ni por la madre que la parió. En eso me recuerda al autor de mis días, un caballero que palmó a los setenta y tantos largos, y cuando en las últimas de Filipinas lo trincábamos fumándose un cigarrillo en plan clandestino decía: «A mi edad, más vale morir de pie que vivir de rodillas». y por lo visto, el del chuletón opina lo mismo. Espongiforme o no, estuvo comiéndoselo con mucho gusto y provecho toda su vida, cada vez que se lo permitía el bolsillo; ya estas alturas no va a cambiar de costumbres porque a una peña de gobernantes golfos y ministros sinvergüenzas europeos, españoles incluidos, con su imprevisión, su táctica del avestruz y su miedo a afrontar la realidad, hayan puesto patas arriba la confianza de los consumidores. Ya lo mejor no es mal modo de encarar el asunto. Uno sigue comiendo chuletones como si tal cosa, zampa que te zampa, y cuando dentro de unos años le diagnostiquen que el cerebro se le está deshaciendo a miguitas por las orejas, se come el último chuletón, se fuma un puro, pasa por El Corte Inglés para comprar un bate de béisbol o un buen garrote de nudos, y luego se da una vuelta por los ministerios de Agricultura y de Sanidad; y si puede, también por la presidencia del Gobierno. La ventaja en España es que no hay riesgo de equivocarse, porque como aquí nunca cesan a nadie, todos los responsables seguirán sentados en sus despachos como si tal cosa, o como mucho habrán cambiado de ministerio, o estarán en algún sitio oficial, enganchados a la teta de la otra vaca la vaca que siempre ríe, como Rómulo y Remo a su loba. Así que será fácil topar con ellos y darles, zaca, zaca, las gracias.

De cualquier modo, en algo va encaminado el del chuletón. Tal y como está el patio, uno no puede ir por la vida obsesionado con todo lo que come, porque entonces el acto de jalar se convertiría en absoluta paranoia, e íbamos a pasar más hambre que un divorciado sin abrelatas. Además, si uno lo piensa, resulta que de toda la vida hubo epidemias, peste, cólera, viruela, infecciones, triquinosis, envenenamientos por setas y cosas así, y la gente no armaba tanto escándalo con eso de morirse. De vez en cuando venía la mala racha, uno palmaba solo, por docenas o por millares, y punto. Lo único que ha cambiado es que antes el óbito individual o colectivo era por azares naturales y por causas más o menos primitivas que corrían a cuenta de los designios divinos; y cuando había mediación humana o se atribuía a alguien, con razón o sin ella, cogían al presunto responsable y lo asaban en la plaza pública o lo descuartizaban entre cuatro caballos. Ahora las causas suelen ser la irresponsabilidad y la codicia de golfos, comerciantes y políticos sin escrúpulos, a los que lamentablemente ya no se descuartiza, sino que se ampara con subvenciones estatales o se los confirma en sus cargos para evitar crisis gubernamentales que dan mala prensa en Europa. En lo demás, las cosas no son tan diferentes de lo que eran. Lo que pasa es que nos hemos amariconado mucho, y ahora nadie quiere trabajar duro, ni que le duela nada, ni morirse ni harto de vino, y no fumamos ni bebemos, y andamos mirando las etiquetas para que todo sea aséptico, incoloro, inodoro e insípido, y vivamos lo suficiente para que entre los hijos y los yernos nos lleven al asilo a hostias y allí sigamos viviendo veinte años más, por lo menos, tan felices con nuestra sonda y nuestro marcapasos y nuestro braguero, viendo al chófer de Rociíto en Tómbola y pellizcándole el culo a las enfermeras cuando nos traigan el puré de guisantes. Y olvidamos, como bien nos recuerda el paisano del chuletón, que una cosa es cuidarse y otra obsesionarse; y que a fin de cuentas de algo hay que morir. Que a cada generación le toca bailar con la más fea que le deparan el azar o la época. Y que durante siglos los seres humanos han vivido los azares de la existencia y luego se han muerto como al fin, con chuletón o sin él, nos moriremos todos. Pero sin darle tanta importancia y sin armar tanto escándalo. A ver quién cojones nos hemos creído que somos.

11 de febrero de 2001

lunes, 5 de febrero de 2001

Menuda tropa


De todo este tinglado de las vacas locas y de la madre que las parió -luego dirán que me obsesiono, pero ya es casualidad que también la madre que las parió sea una vaca inglesa-, la conclusión principal que he sacado confirma algo que en los siete u ocho años que llevo tecleando este libelo semanal repetí alguna vez: España, o lo que sea esto, es un reino de taifas dividido e insolidario, donde cada cual se lo monta a su aire. Y por cierto: a los imbéciles que creen que utilizar la palabra España es indicio de centralismo patriotero, como uno que escribió el otro día acusándome de reaccionario y de facha por decir España y no Estado español, que según él es lo adecuado, lo progresista y lo moderno, diré que en algo tiene razón ese fulano; porque lo de Estado español es, en efecto, un término relativamente moderno -fue adoptado por el franquismo y luego usado igual por los cantamañanas del Pesoe que por los pichatibias del Pepé-, mientras que la palabra España -Hispania- ya la escribían los historiadores latinos, a quienes importaba un carajo que veinte siglos después Xavier Arzalluz se dedicara a la política.

En cualquier caso; algún nombre colectivo hará falta, digo yo, para aludir a esa amalgama indefinible de caínes, analfabetos y navajeros que vivimos entre los Pirineos y el estrecho de Gibraltar, y que en momentos de crisis solemos manifestarnos en todo nuestro esplendor. Porque, volviendo a las vacas locas, no sé como andará el manicomio vacuno a la hora de publicarse esta página; pero en el momento de parirla llevamos mes y medio de pajarraca, y si algo queda patente es, primero, la descoordinación, el egoísmo y la mala fe existentes entre las diversas autonomías; y segundo, la flojera operativa de un Gobierno incapaz de coordinar decisiones, prevenciones y soluciones, con la ley y con esa Constitución, de la que tanto pía, en la mano. Las fotos de vacas patas arriba en una Galicia caciquil que sigue en manos de la derecha más cutre, las chorradas ministeriales con los huesitos de caldo, la falta de rigor y el alarde de imprevisión, irresponsabilidad e incompetencia, la arrogante ignorancia y el servilismo abyecto de algunos tertulianos de radio, han dado pié a un espectáculo bochornoso, infame, vil, hasta el punto de que ya no te fías ni de un simple vaso de leche. Y si, como sostienen algunos, los gobiernos centrales son malos que te rilas, los múltiples gobiernos locales, virreyes y reyezuelos que nos manipulan, nos mienten, nos corrompen y nos enfrentan, no hacen sino agravar el daño y marranear la cosa. Entre unos y otros han conseguido dejar claro lo fácil que es que esto se vaya al carajo.

Imaginen ustedes, si eso pasa con una crisis más o menos lógica en un mundo que enloquece con la ambición y la falta de escrúpulos, lo que podría ocurrir con una tragedia de verdad, de las que realmente cambian la sociedad y la historia de un país. No quiero pensar, aquí donde todo el mundo barre para casa y el vecino que se las apañe, lo que veríamos si una epidemia seria o una contaminación grave -que el Tíreles hiciera pumba yéndose de verdad a tomar por saco, por ejemplo, o cualquier vertido tóxico de Mariano e Hijos a la alcantarilla o a la acequia más próxima esparramara el agua que usamos para beber y para la higiene. El agua no es un capricho para la barbacoa del domingo, sino algo imprescindible; y precisamente por eso, me juego lo que quieran a que asistiríamos a una guerra a muerte no ya sólo de autonomías, sino de pueblo con pueblo y vecino con vecino, cortando unos el agua, desviando tal río o tal cañería, negándole o volcándole los camiones cisterna al otro, matándonos a escopetazos de lado a lado de las cercas, cortando el tráfico en las autopistas y descarrilando trenes, con los obispos esperando a ver quien gana para pronunciarse, y los bomberos, protección civil, los mozos de escuadra, los ertzainas, la policía, los picoletos y hasta los vigilantes de Prosegur cada uno por su lado, zancadilleándose unos a otros -eso ocurre ya, sin crisis de por medio- según instrucciones precisas de sus respectivos consejeros y ministros de Interior. Y, por supuesto, todos y cada uno de los golfos y caciques y los demagogos que presiden cada respectivo feudo, poniéndose a la cabeza, faltaría más, de cada asedio y cada bloqueo y cada linchamiento, mientras aquí no dimitía ni Cristo bendito, y el ministro de Economía aseguraba en el telediario, después de que lo maquillaran con cemento, que bueno, que no todo es negativo, y que España sigue yendo bien porque la industria de agua embotellada ha centuplicado sus ventas y sus precios y sus beneficios, y eso siempre ayuda a crear puestos de, ejem, trabajo. Alarma social, dicen. Yo sí que estoy alarmado socialmente. Estoy acojonado con la cantidad de hijos de puta que pueblan el país en el que vivo. Y de eso la culpa no la tienen las vacas.

4 de febrero de 2001

domingo, 28 de enero de 2001

Mordidas de chocolate


Ya les he contado alguna vez que me gusta Méjico. Me gustan el paisaje, la comida, el tequila y la gente. Allí te atracan, por ejemplo, y, con la Colt 45 apuntándote al entrecejo, un fulano con bigotazos va y te dice, muy suavecito: "Amigo, deme el reloj las tarjetas de crédito o se muere ahorita". No dice lo mato, o le pego un tiro, no. Dice se muere. O sea, que te mueres tú solo, y él no se hace responsable de nada. Incluso esos peligrosos policías que te dan el sablazo en un callejón oscuro con la cazadora cerrada hasta el cuello para que no veas el número de la placa-por ahí dice usté no mas cómo quiere salir del problemas-, y no aflojan hasta que sueltas de mordida el diez por ciento de la multa que nunca se propusieron ponerte, pueden llegar a tener su relativa gracia si lo cuentas luego ante una botella. La otra noche, en la esquina de Paquita la del Barrio, Antonio -el chofer que mi compadre Sealtiel Alatriste me presta a veces para callejear el DF sin que me atraque un taxista- pidió al estacionar el coche "veinte pesos, patrón, para la policía". Se los di, resignado a contribuir a las necesidades particulares de la madera capitalina. Y a la salida, cuando cinco tequilas más tarde regresé haciendo eses y canturreando Mujeres divinas seguido por dos fulanos que me pisaban la huella con evidentes intenciones, comprobé que la mentada policía no era el cuerpo de policía local, sino una policía concreta, o sea, una uniformada gorda con pistola enorme al cinto, que me sonrió y detuvo el tráfico para que nuestro coche pudiera salir, tras dirigir una mirada disuasoria a mis dos sombras, diciéndoles: busquen a otro, cuates, que este gachupín rumboso ya dio el cachuchazo y está en regla.

Quiero decir con todo eso que Méjico, si uno tiene el aplomo razonable y tiene suerte, es una aventura apasionante. Porque como dice otro amigo mío, el escritor y periodista Xavier Velasco -empedernido noctámbulo y golfo de cojones-, “comparado con esto, Kafka era un costumbrista provinciano”. Que se lo pregunten al fotógrafo de Reforma al que encañonó un atracador, y al decirle que trabajaba para ese diario, el otro lo pensó y dijo " pues tírame una foto, no más". Y entonces, en mitad de la calle y con la gente pasando por allí, el caco posó tranquilamente con la 44 magnum en alto y una pose chulesca, la otra mano en la cadera y sonrisa de oreja a oreja. "Si no la publican, te bajo a plomazos" advirtió antes de irse. La foto se publicó, por supuesto. Yo la he visto. En primera. Y a estas horas, el de la 44 es la estrella de su barrio. Méjico también es otras cosas. Es, sobre todo, la forma singular en que coexisten la crueldad la pobreza y el orgullo, a menudo en la misma gente.

Me encanta el relámpago que encabrita los ojos del camarero cuando un gringo imbécil -y no siempre los imbéciles son gringos- confunde su cortesía con sumisión. O como cambia el ambiente cuando, en un tugurio, unos tipos hasta arriba de pulque, y con más peligro que un sicario majara, meten mano a las navajas a los fierros para abrirte ojales suplementarios: "usted dijo o no dijo, señor, y en estas mismas lo trueno", etcétera. Y en ésas les ponen una botella de tequila sobre la mesa después que tú, con mucha mili mejicana en las conchas, pronuncies la fórmula que aquí nunca falla "soy extranjero y no conozco las costumbres, pero tengo mucho gusto en invitar a una copa a los señores". Y al final sales de allí vivo y a las tantas, con una castaña de órdago y media docena de nombres más -alias incluidos- en tu vieja agenda de viaje.

Fascina, sobre todo, la dignidad de los humildes, que de pronto surge incluso entre la violencia y la miseria. Hace unos días estaba a la puerta de una cantina de la plaza de Santo Domingo, mirando lo más infame y lo más noble que España trajo a América: el palacio de la Inquisición y las imprentas que ya funcionaban en el siglo XVII. En ésas se acercó una pobre mujer con una cesta. Vendía chocolate, y antes de que abriera la boca le di cinco pesos. Me miró muy seria "no estoy pidiendo, señor. Yo vendo mi chocolate". Me disculpé en el acto. Claro, respondí. Y con mucho agrado se lo compro. Pero ahora me incomoda llevarlo, así que guárdemelo para luego. Eso la convenció, y se fue toda digna con sus cinco pesos. Y me quedé pensando que quizá, de tener ocasión, esa mujer me habría robado la cartera a la vuelta de la esquina. Pero en Méjico, cada momento tiene su momento, y cada cosa es cada cosa. Y es bueno que así sea. A veces hay que cruzar un océano, sentarse a la puerta de una cantina en invertir la módica suma de cinco pesos para recobrar palabras y actitudes que en la madre patria -también los hijos de puta tienen madre; y las putas, hijos- parecen haberse esfumado hace mucho tiempo.

28 de enero de 2001