domingo, 5 de marzo de 2000

Ese bobo del móvil


Mira, Manolo, Paco, María Luisa o como te llames. Me vas a perdonar que te lo diga aquí, por escrito, de modo más o menos público; pero así me ahorro decírtelo a la cara en próximo día que nos encontremos en el aeropuerto, o en el AVE, o en el café. Así evito coger yo el teléfono y decirle a quien sea, a grito pelado, aquí estoy, y te llamo para contarte que tengo al lado a un imbécil que cuenta su vida y no me deja vivir. De esta manera soslayo incidentes. Y la próxima vez, cuando en mitad de tu impúdica cháchara te vuelvas casualmente hacia mí y veas que te estoy mirando, sabrás lo que tengo en la cabeza. Lo que pienso de ti y de tu teléfono parlanchín de los cojones. Que también puede ocurrir que, aparte de mí, haya más gente alrededor que piense lo mismo; lo que pasa es que la mayor parte de esa gente no puede despacharse a gusto cada semana en una página como ésta, y yo tengo la suerte de que sí. Y les brindo el toro.

Estoy hasta la glotis de tropezarme contigo y con tu teléfono. Te lo juro, chaval. O chavala. El otro día te vi por la calle, y al principio creí que estabas majareta, imagínate, un fulano que camina hablando solo en voz muy alta y gesticulando furioso con una mano arriba y abajo. Ése está para los tigres, pensé. Hasta que vi el móvil que llevaba pegado a la oreja, y al pasar por tu lado me enteré, con pelos y señales, de que las piezas de PVC no han llegado esta semana, como tú esperabas, y que el gestor de Ciudad Real es un indeseable. A mí, francamente, el PVC y el gestor de Ciudad Real me importan un carajo; pero conseguiste que, a mis propias preocupaciones, sumara las tuyas. Vaya a cuenta de la solidaridad, me dije. Ningún hombre es una isla. Y seguí camino.

A la media hora te encontré de nuevo en un café. Lo mismo no eras tú, pero te juro que tenías la misma cara de bobo mientras le gritabas al móvil. Yo había comprado un libro maravilloso, un libro viejo que hablaba de costas lejanas y antiguos navegantes, e intentaba leer algunas páginas y sumergirme en su encanto. Pero ahí estabas tú, en la mesa contigua, para tenerme al corriente de que te hallabas en Madrid y en un café —cosa que por otra parte yo sabía perfectamente, porque te estaba viendo— y de que no volverías a Zaragoza hasta el martes por la noche. Por qué por la noche y no por la mañana, me dije, interrogando inútilmente a Alfonso el cerillero, que se encogía de hombros como diciendo: a mí que me registren. Tal vez tiene motivos poderosos o inconfesables, deduje tras cavilar un rato sobre el asunto: una amante, un desfalco, un escaño en el Parlamento. Al fin despejaste la incógnita diciéndole a quien fuera que Ordóñez llegaba de La Coruña a mediodía, y eso me tranquilizó bastante. Estaba claro, tratándose de Ordóñez. Entonces decidí cambiar de mesa.

Al día siguiente estabas en el aeropuerto. Lo sé porque yo era el que se encontraba detrás en la cola de embarque, cuando le decías a tu hijo que la motosierra estaba estropeada. No sé para qué diablos quería tu hijo, a su edad, usar la motosierra; pero durante un rato obtuve de ti una detallada relación del uso de la motosierra y de su aceite lubricante. Me volví un experto en la maldita motosierra, en cipreses y arizónicas. El regreso lo hice en tren a los dos días, y allí estabas tú, claro, un par de asientos más lejos. Te reconocí por la musiquilla del móvil, que es la de Bonanza. Sonó quince veces y te juro que nunca he odiado tanto a la familia Cartwright. Para la ocasión te habías travestido de ejecutiva madura, eficiente y agresiva; pero te reconocí en el acto cuando informabas a todo el vagón sobre pormenores diversos de tu vida profesional. Gritabas mucho, la verdad, tal vez para imponerte a las otras voces y musiquillas de tirurí tirurí —a veces te multiplicas, cabroncete— que pugnaban con la tuya a lo largo y ancho del vagón. Yo intentaba corregir las pruebas de una novela, y no podía concentrarme. Aquí hablabas del partido de fútbol del domingo, allá saludabas a la familia, allá comentabas lo mal que le iba a Olivares en Nueva York. Me sentí rodeado, como checheno en Grozni. Horroroso. Tal vez por eso, cuando me levanté, fui a la plataforma del vagón, encendí el móvil que siempre llevo apagado e hice una llamada, procurando hablar bajito y con una mano cubriendo la voz sobre el auricular, la azafata del vagón me miró de un modo extraño, con sospecha. Si habla así —pensaría—, tan disimulado y clandestino, algo tiene que ocultar este hijoputa.

5 de marzo de 2000

domingo, 27 de febrero de 2000

Esta chusma de aquí


Cómo nos gusta linchar, nos gusta juntarnos en grupitos, darnos valor unos a otros, y apalear gente. Cómo nos entusiasma sentirnos respaldados por la bulla, por el rebaño que es presunta garantía de impunidad, por los compadres y vecinos cuyo tropel disimula el gesto de nuestra navaja cobarde, del puño furtivo, del bate de béisbol esgrimido por Fuente ovejuna. Cómo nos refocilamos con la piara y aullamos nuestra ruin mala leche mientras nos ensañamos con el débil, con el que corre en busca de refugio, con el caído, con el indefenso. Lo mismo nos da una vaquilla en fiesta de pueblo que un moro o un concejal. Hoy, mientras tecleo estas líneas, después de haber visto a un montón de animales con garrotes destrozar a golpes el humilde coche viejo de un infeliz marroquí, oigo que alguien en la radio dice que somos un país de racistas y de xenófobos. Pero eso es mentira. Lo que somos es un país de hijos de puta.

Nos faltan huevos. Nos falta valor para enfrentamos a quienes nos dan por saco desde hace siglos, y toda la frustración acumulada bajo malos gobiernos, en manos de los de siempre, curas, políticos, mercaderes y generales, sazonada por nuestra propia envidia, cainismo y desprecio a cuanto ignoramos, solemos vomitarla a la primera ocasión sobre las espaldas del que cae ante nosotros, a condición de que esté indefenso y solo. Mientras la poca gente honrada da la cara donde debe darla, el resto somos milicianos de cheka y madrugada, falangistas de primero de abril. Fusilamos maestros, rasgamos cuadros, quemamos catedrales porque no hay cojones para quemar cuarteles. Dejamos que la gente decente se pudra en la miseria, y que mueran en el exilio Machado, Goya o Moratín. Golpeamos con saña, sin que nos importen el rostro aterrado de la mujer y los hijos de nuestras víctimas. No vamos a buscar al poderoso en su palacio —suelen tener guardias en la puerta—, sino que la emprendemos a golpes con el pinche de cocina que pasa por ahí, con el que pillamos descuidado en la puerta de su casa. No hay coraje para asaltar comisarías a pecho descubierto, así que preferimos la puñalada en mitad del barullo, el tiro en la nuca cuando la víctima sale a tomarse una caña con su mujer, el coche bomba que puede hacerse estallar desde lejos, a salvo, sin correr ningún riesgo. Nos llamamos a nosotros mismos cruzados, gudaris. Hay que ver cómo defensores de la fe, ultrasures, nacionalistas, demócratas mosqueados, ciudadanos hartos de tal y de cual. Nos llamamos cualquier cosa a modo de coartada, pero en realidad lo único que estamos haciendo es justificar nuestro cerrilismo y nuestra mala fe.

Nos falta cultura. Oyes a los tertulianos, a los analistas de plantilla, a los políticos que tratan de justificar lo injustificable, y compruebas aterrado que no manejan argumentos; que todo es lugar común y demagogia, y que pocos son capaces de explicar lo que realmente está pasando, establecer antecedentes, bucear en la memoria y en las circunstancias históricas, culturales, sociales, que llevan a tal o cual situación. Nos centramos en el agravio ignorando las causas que lo originan, las claves y la memoria histórica que permiten discutirlo, asumirlo, razonarlo. Pretendemos resolver problemas cuyo origen ya ni siquiera se estudia en las escuelas, y aterra ver cómo analfabetos y demagogos hacen análisis y proponen soluciones aberrantes, utopías absurdas que nadie pondrá nunca en práctica.

Nos falta previsión. Todo cuanto pasa se sabe que va a pasar, entre otras cosas porque lleva siglos pasando; pero nadie mira hacia atrás para aprender. También nos faltan escrúpulos. El moro, el negro, el sudaca, son buenos cuando vienen sumisos a limpiar nuestras alcantarillas; pero ni siquiera les ofrecemos recursos para que lo hagan con dignidad. Nos cabrea que también ellos aspiren a un coche blanco, una casa blanca, una mujer blanca. Somos egoístas e irresponsables, gobernados por chusma que sólo se acuerda de Santa Bárbara cuando truena, y cuando a la tal Bárbara la han violado veinte veces; gentuza que ve venir la tragedia y no hace nada porque está ocupada en campañas electorales, o en apoyos parlamentarios, o favoreciendo a su clientela, a sus mierdecillas, a sus lameculos y a sus compadres.

Nos falta caridad, compasión. Tenemos buena memoria para lo que nos interesa, y muy mala cuando nos conviene; y al poco rato ya nos emociona más una telecomedia imbécil de la tele que una chabola incendiada. Y lo que es peor, nos falta remordimiento al mirarnos al espejo.

En realidad, lo que nos falta es vergüenza.

27 de febrero de 2000

domingo, 20 de febrero de 2000

Campanarios y latín


Detesto subir a los sitios, y las vistas panorámicas me importan un huevo de pato. Puedo vanagloriarme de no haber estado nunca en la torre Eiffel, pese al poderoso argumento de que ése es el único sitio de París desde donde no puede verse la torre Eiffel. He visto la Giralda exclusivamente desde la terraza del hotel Doña María; el campanile y las alturas de San Marcos sentado al sol del invierno en la terraza del café Quadri; y las pirámides de Teotihuacán a la sombra de las piedras de abajo, observando las hileras de osados escaladores que, como hormigas laboriosas, desfallecían cargados con sus videocámaras. Sólo una vez, en Beirut, durante la batalla de los hoteles de 1976, subí a pie veinte pisos del Sheraton para hacer unas fotos desde arriba; y me sacudieron tantos cebollazos por el camino que se me quitaron para siempre las ganas de panorámicas. Quiero decir con todo esto que no tengo nada contra esa digna afición ascendente, que practican gentes a las que quiero mucho. Pero yo prefiero quedarme abajo, mirando. Siempre tuve la impresión de que así se ven mejor ciertos paisajes. A eso añadamos el placer de estar cómodamente sentado bajo un toldo, con un café turco, mientras centenares de individuos disfrazados de coronel Tapioca echan los higadillos por la glotis y fallecen congestionados en la pirámide de Keops, en su obsesión de hacerse arriba una foto.

Hace unos días, paseando por una hermosa ciudad andaluza donde la gente hacía cola para subir al campanario de turno, encontré en la pared de un antiguo edificio, grabada por mano espontánea sobre la piedra venerable, una inscripción en latín. Ya he dicho alguna vez que soy enemigo acérrimo de las manos anónimas que dejan huella de su paso —generalmente abyecto— en paredes y monumentos públicos; pero confieso que esta vez me quedé con la copla. Quiero decir que me interesó lo que allí estaba escrito, y lo anoté para conservarlo. La frase estaba en latín: Non pudet obsidione teneri. Creía que me era familiar, remitiéndome a los tiempos en que aprendí a desconfiar de los aqueos incluso cuando traen regalos. Cicerón, me dije. Tenía tono de una catilinaria. ¿No os avergüenza estar asediados?, traduje después más o menos libremente, tirando del cajón de la memoria y del viejo diccionario Vox. Días más tarde, cuando le comenté el asunto, mi amigo Pepe Perona, el maestro de Gramática, me sacó del error. Virgilio, apuntó. Eneida, 9, 598.

Aquellas palabras, comprendía, tenían el valor de una pintada en la pared en tiempos de resistencia. En pleno cruce de cuatro culturas —en esa plaza hay un subsuelo romano, una catedral cristiana y una antigua sinagoga—, en un país despojado de su identidad y de su historia por una pandilla de ágrafos y de delincuentes centrales y autonómicos sentados en bancos del gobierno y de la oposición, alguien nos recuerda el expolio en latín. La elección de esa lengua no es casual: sin ella no es posible entender la historia de España, que es la historia de Roma y la historia de Europa, ni las catedrales, ni el derecho, ni la astronomía, ni la medicina, ni los sufijos y los prefijos, ni a Séneca, ni a Quintiliano, ni a Alfonso X, ni a Gracián, ni a Cervantes. Por eso, en pleno corazón de una ciudad milenaria, alguien recurre a Virgilio para decir que somos unos impresentables sin vergüenza y que esto, culturalmente hablando, es una puñetera mierda. Que subimos a las giraldas y a las torres inclinadas de Pisa y a las pirámides y viajamos a Bangkok y Nueva York sin conocer la historia de nuestra propia plaza o calle. Sin saber ni siquiera dónde estamos, ignorando cuanto vemos, desconociendo lo que significan las piedras que tocamos. Nos hacemos fotos y vídeos con los tópicos de un pasado del que cada vez sabemos menos. Consumimos Velázquez o Goya sólo cuanto toca: cuando el ministerio de turno decide gastarse quinientos kilos en celebrar el absurdo centenario de alguien a quien cualquier puede visitar a diario en su correspondiente museo; pero preferimos hacerlo con espectáculo de diseño, luminotecnia incluida y colas de seis horas. Somos tan idiotas que nos paseamos boquiabiertos por bibliotecas cuyos libros no abrimos, nos fotografiamos junto a cuadros cuya historia, autor y motivo ignoramos, y contemplamos desde los campanarios paisajes que sólo asociamos con películas de americanos en Europa que vemos en la tela. Non pudet obsidione teneri. Estamos asediados por nuestra propia estupidez e ignorancia. Y lo que es peor: no nos avergüenza en absoluto.

20 de febrero de 2000

domingo, 13 de febrero de 2000

Camareros italianos


En Italia me encantan los restaurantes pequeños, de toda la vida. Los elijo según la edad de los camareros: si son viejos y el sitio tiene apariencia modesta, casera, acaban de ganar un cliente. La pasta será estupenda y el lugar confortable. Es importante que ellos tengan cumplidos los cincuenta, y que el local lleve abierto otros tantos; o sea, que hayan envejecido juntos. Además, son los únicos restaurantes de Europa donde puedes oír a los camareros discutir en voz alta entre plato y plato, con el cocinero asomando la cabeza por la puerta del comedor para intervenir en la conversación. Se cuentan su vida y opinan de todo sin rebozo; y a veces aparece una señora gorda, que es la dueña, y les dice que los fetuchinis se enfrían y que espabilen. Y Mario, Bruno, Paolo, agachan las orejas, se ajustan la pajarita o la corbata negra, y vuelven al tajo. Profesionales.

Hoy se cumplen todos esos requisitos, con el añadido de que disfruto además del acento de los camareros, entreverado de dialecto véneto con sus cantarinas entonaciones al final de cada frase, mientras liquido unos raviolis en Alle Zattere, a cinco metros del canal de la Giudecca. Se trata de una minúscula trattoria que, por no tener, no tiene ni rótulo en la cochambrosa fachada, que en los días grises bate la humedad del canal y la laguna cercana, pero que en días invernales despejados, cuando el sol inunda de luz las fachadas del Dorsoduro hasta la punta de la Aduana del Mar —una noche encontré allí al Judío Errante, pero ésa es otra historia—, se vuelve el lugar más acogedor de Venecia. Por eso como y ceno aquí cuando vengo a esta ciudad.

En la mesa contigua hay tres guiris. Soy de la opinión de que en determinados lugares europeos habría que practicar la xenofobia selectiva y prohibir la entrada a cierto tipo de turistas —y también a cierto tipo de nativos— con una criba que nada tiene que ver con capacidad adquisitiva, sino con aspecto, gustos o maneras. Más que nada porque se cargan el encanto. Éstas son norteamericanas, rubias, hembras y tres. Madre y vástagas. Comen spaghetti carbonara con patatas fritas y cocacola, y tendrían que ver a las tordas, con esa gracia natural que tienen los de Nebraska, intentando enganchar los fideos largos con cuchillo y tenedor, y cayéndoseles todo por las partes. Apetece ayudarlas a hacer la digestión con un plomo calibre 44 magnum para cada una. Bang, bang, bang. Vete a un MacBurguer, hijaputa.

Pero lo mejor del asunto es la cortés, educadísima y refinada guasa con que los camareros se chotean de las guiris, so pretexto de mostrarse solícitos y ayudar. Y el tronco de yeguas normandas dice oh, yes, wonderful, y suelta risotadas condescendientes, con esa simpatía falsa que usan los anglosajones cuando pretenden hacerse los tolerantes y los integrados entre las razas inferiores latinas. Todo analfabeto desprecia cuanto ignora: me refiero a esos que dicen "gracie tante" en Córdoba y se creen que han quedado como Dios. Pero lo mejor del asunto veneciano es la cara de Mario, o de Paolo, o como se llame el camarero, cuando se aburre de las tres focas y se da la vuelta, y mira a sus compañeros diciendo: menudas gilipollettis. Y observándolo, sobrio, discreto, erguido en su digna chaqueta blanca, volver junto a sus compañeros que lo miran con idéntica guasa en los ojos, tú vas y piensas que no cabe duda de cuál es la verdadera casta. Que ese camarero pertenece a una raza superior, antigua y sabia, que atiende bien al cliente mitad por las formas y mitad por la propina y el sueldo del que vive; pero tiene más claro que nadie quién es el mierdecilla del asunto. A ese camarero italiano le sobra aristocracia moral para saber dónde está cada cual; y cuando se ríe con los ojos del cliente del restaurante, está riéndose de todos los invasores que, con uniforme de la Wehrmacht, tanque americano o cámara de vídeo, nunca pudieron invadirle tres mil años de cultura y de historia.

En España, me digo mirándolo, sería difícil servir a una gringa imbécil con esa discreción, y ese sentido práctico de la vida que no renuncia al señorío. Tenemos demasiada mala leche para reír con los ojos, como estos tres camareros venecianos viejos y sabios. En España, a ésas de la cocacola y las patatas fritas a las que se les caen los spaghetti del tenedor, se las adularía abyectamente, del modo más bajo, o se les arrojaría a la cara la comida con nuestra proverbial ordinariez hostelera. No sin el inevitable compadreo del "qué vais a tomar" previo. O sea, de tú a tú. De grosero a analfabeto. O viceversa.

13 de febrero de 2000

domingo, 6 de febrero de 2000

Limpia, fija y da esplendor


Acabo de recibir un e-mail de Pepe Perona, el maestro de Gramática, reproduciendo otro que le ha enviado no se sabe quién. Desconocemos el nombre del autor original; así que, en esta versión postmoderna del manuscrito encontrado, me limito a seguir el juego iniciado por mano genial y anónima. El maravilloso texto se refiere a una supuesta reforma ortográfica que va a aplicar la real Academia, a fin de hacer más asequible el español como lengua universal de los hispanohablantes y de las soberanías soberanistas. Y lo reproduzco con escasas modificaciones.

Según el plan de los señores académicos —expertos en lanzada a moro muerto— la reforma se llevará a cabo empezando por la supresión de las diferencias entre c, q y k. Komo komienzo todo sonido parecido al de la k será asumido por esta letra. En adelante se eskribirá kasa, keso, Kijote. También se simplifikará el sonido de la c y la z para igualarnos a nuestros hermanos hispanoamerikanos: "El sapato ke kalsa Sesilia es asul". Y desapareserá la doble c, reemplazándola la x: "Mi koche tuvo un axidente". Grasias a esta modifikasión los españoles no tendrán ventajas ortográfikas frente a los hermanos hispanoparlantes por su estraña pronunsiasión de siertas letras.

Se funde la b kon la v, ya ke no existe diferensia entre el sonido de la b larga y la v chikita. Por lo kual desapareserá la v y beremos kómo obbiamente basta con la b para ke bibamos felises y kontentos. Lo mismo pasará kon la elle y la ye. Todo se eskribirá kon y: "Yébame de biaje a Sebiya, donde la yubia es una marabiya". Esta integrasión probocará agradesimiento general de kienes hablan kasteyano, desde Balensia hasta Bolibia.

La hache, kuya presensia es fantasma en nuestra lengua, kedará suprimida por kompleto: así, ablaremos de abichuelas o alkool. Se akabarán esas komplikadas y umiyantes distinsiones entre echo y hecho, y no tendremos ke rompernos la kabesa pensando kómo se eskribe sanaoria. Así ya no abrá ke desperdisiar más oras de estudio en semejante kuestión ke nos tenía artos.

Para mayor konsistensia, todo sonido de erre se eskribirá kon doble r: "El rrufián de Rroberto me rregaló una rradio". Asimismo, para ebitar otros problemas ortográfikos se fusionan la g y la j, para que así jitano se escriba como jirafa y jeranio como jefe. Ahora todo ba con jota de cojer. Por ejemplo: "El jeneral corrijió los correajes". No ay duda de ke estas sensiyas modifikaciones arán ke ablemos y eskribamos todos kon jenial rregularidad y más rrápido ritmo.

Orrible kalamidad del kasteyano, jeneralmente, son las tildes o asentos. Esta sankadiya kotidiana desaparese con la rreforma; aremos komo el ingles ke a triunfado unibersalmente sin tildes. Kedaran ellas kanseladas en el akto, y abran de ser el sentido komun y la intelijensia kayejera los ke digan a ke se rrefiere kada bokablo: "Obserba komo komo la paeya".

Las konsonantes st, ps, bs o pt juntas kedaran komo simples t o s, kon el fin de aprosimarnos a la pronunsiasion de ispanoamerikanos y para mejorar ete etado konfuso de la lengua. Tambien seran proibidas siertas asurdas konsonantes finales ke inkomodan y poko ayudan al siudadano: "¿Ke ora da tu rrelo?", "As un ueco en la pare", y "Erneto jetiona lo ahorro de Aguti". Por supueto, entre ellas se suprimiran las eses de los plurales: "La mujere y lo ombre tienen la mima atitude y fakultade inteletuale". Yegamo trite e inebitablemente a la eliminasion de la d del partisipio pasao y kanselasion de lo artikulo, impueta por el uso: "E bebio te erbio y con eso me abio". Kabibajo asetaremo eta kotumbre bulgar, ya ke el pueblo yano manda, kedando surpimia esa de interbokalika ke la jente no pronunsia.

Adema, y konsiderando ke el latin no tenia artikulo y nosotro no debemo imbentar kosa que Birjilio, Tasito y lo otro autore latino rrechasaban, kateyano karesera de artikulo. Sera poco enrredao en prinsipio, y abalaremo komo fubolita yugolabo en ikatola, pero depue todo etranjero beran ke tarea de aprender nuebo idioma rresulta ma fasile. Profesore terminaran benerando akademiko de la lengua epañola ke an desidio aser rreforma klabe para ke nasione ispanoablante gosemo berdaderamente del idioma de Servante y Kebedo.

Eso si: nunka asetaremo ke potensia etranjera token kabeyo de letra eñe. Ata ai podiamo yega. Eñe rrepresenta balore ma elebado de tradision ipanika y primero kaeremo mueto ante ke asetar bejasione a simbolo ke a sio y e korason bibifikante de lengua epañola unibersa.

6 de febrero de 2000

domingo, 30 de enero de 2000

Idioteces telefónicas


Con esta proliferación de los teléfonos móviles, y los mensajes de Telefónica y de Airtel y los contestadores automáticos, de cada diez llamadas consigo hablar con la gente una, o ninguna. Ya ni siquiera es la voz del otro lo que sale por el canuto diciendo hola, no estoy en casa. Lo normal es que salga una de esas barbies enlatadas a las que terminas odiando con toda tu alma, y diga "el teléfono está apagado o fuera de servicio" cuando es un móvil, u oigas el "no estoy en casa" del contestador normal que uno mismo graba, o eso otro de "en este momento no lo puedo atender; si lo desea puede dejar un mensaje" que pone Telefónica porque, dice, es servicio gratuito de contestador. Aunque lo de gratuito puede contárselo a su tía, porque en realidad es el colmo de la caradura y el atraco a mano armada; un truco infame para que, dejes mensaje o no lo dejes, puedan cobrarte esa llamada por el morro, como hecha y completa, pues el contador funciona a partir del momento en que se interrumpe la señal de llamada y el usuario, grabado o de viva voz, responde al teléfono.

Dicho de otra manera: que tú estás llamando, por ejemplo, a tu Concha, y ella está ocupándose con el del butano, y suena el teléfono diez veces y las diez te sale tu propia voz en el contestador, o la de la Robotina de Telefónica, y no hablas con tu mujer en toda la mañana y el del butano se va feliz de la vida y tu legítima se queda con una sonrisa de oreja a oreja, y encima Telefónica te cobra diez llamadas en tres minutos, como si las hubieras hecho. Lo que significa en términos pecuniarios que has estado treinta minutos hablando por teléfono como un gilipollas mientras tu respectiva decía así, Mariano, más, más. Con lo que se cumple el viejo refrán de que el español, además de cornudo, apaleado.

Aparte de eso hay otros mensajes oficiales o semi con los que alucinas, vecina. Textos enlatados sin el menor sentido de la sintaxis, la prosodia o la estética. Frases paridas por analfabetos o tontos del haba que estiman que un mensaje es más impresionante y más de diseño cuanto más alambicado sea el planteamiento. Para decir que alguien no está en su mesa de trabajo —cosa normal en toda oficina o despacho español entre once de la mañana y una del mediodía—, "La extensión personal que solicita no está disponible en este momento". Pero de todos ellos, el mejor, mi favorito indiscutible, mi ojito derecho, es el que aparece al llamar a muchos teléfonos móviles: "El número al que usted llama tiene restringidas las llamadas entrantes".

Ese mensaje me fascina tanto que le he dedicado horas de minucioso análisis, en inútil intento por desentrañar su secreto. A veces sospecho que significa que el teléfono al que llamo está comunicando; pero es imposible que nadie convierta una respuesta tan simple en semejante imbecilidad. Así que será otra cosa. Restringir, si no me fallan los diccionarios, significa ceñir, circunscribir, reducir a menores límites, o bien apretar, constreñir, restriñir. "El teléfono al que llama tiene apretadas las llamadas entrantes", reconozcámoslo, suena fatal. En cuanto a "restriñir las llamadas entrantes", para qué les voy a contar. Respecto a otras posibilidades, no veo cómo un teléfono puede circunscribir llamadas, sobre todo porque no alcanzo con relación a qué. "El teléfono tiene reducidas a menores límites las llamadas" también me desorienta un poco, pues desconozco esos límites, y el único que tengo a la vista es que el fulano a quien llamo no se pone al teléfono. Por otra parte, se me escapa la diferencia entre menores y mayores límites, tal vez porque soy un poco limitado. Me aferro, por tanto, a la esperanza de que la acepción "ceñir" solvente la papeleta. Pero ceñir significa apretar el cuerpo o la cintura, o rodear una cosa con otra, así que no me vale. También abreviar; pero "abreviar las llamadas entrantes" tampoco puede ser, porque el mensaje no las abrevia, sino que las descarta. Y la acepción náutica "navegar de bolina" aunque me place, es poco aplicable al teléfono. Hay una posibilidad: "Amoldarse a una ocupación, trabajo o asunto". Pero ¿cuál es el asunto que nos restringe o restriñe telefónicamente hablando? ¿Quién lo decide y con qué criterios? Misterio.

De cualquier modo, vale, de acuerdo. No se hable más. Concluyamos que acepto el hecho consumado. Que me rindo ante la evidencia y doy por restringidas las llamadas entrantes. Y ahora digo yo: ¿qué pasa con las llamadas salientes?

30 de enero de 2000

domingo, 23 de enero de 2000

El pelmazo de Gerva


Gervasio Sánchez me ha mandado su último libro de fotos, cuarenta imágenes sobre la tragedia de Kosovo. Ustedes a lo mejor ya no se acuerdan de Kosovo, porque fue antes de Chechenia y de Timor, e igual la confunden con Bosnia; pero Bosnia fue antes de Ruanda y justo después de Croacia, de la que ya no me acuerdo ni yo mismo. Ahora que lo pienso, no es mala lista en sólo ocho años: Croacia, Bosnia, Ruanda, Kosovo, Timor, Chechenia. Eso sin contar las otras guerras de segunda, sin derecho a abrir telediario. Y seguro que todavía olvido alguna. Al fin y al cabo se parecen mucho unas a otras, las guerras; y al final Gervasio, Gerva, las resume siempre en la misma foto. Un tipo muerto, una mujer aterrada, un niño que llora, un cabrón con metralleta. A veces cambian los factores, y el muerto es el niño, la aterrada es la mujer y quien llora es el tipo, o viceversa. Pero el cabrón de la metralleta siempre sigue ahí. Ése no falla nunca.

El caso es que Gerva, gran fotógrafo, buena persona y además amigo mío, acaba de reventar la paz de mi jubilación postbélica con su envío envenenado. En otros tiempos —lo cuento en Territorio comanche—, Gerva y el arriba firmante compartimos guerras ajenas, ilusiones perdidas y amigos muertos. Yo me salí, y él sigue. Ahora, por no tener, uno no tiene en su casa apenas nada que le recuerde aquellos tiempos del cuplé, y vive entre un velero y una biblioteca diciéndose que veintiún años dentro de las fotos de Gerva, poniendo nombres y apellidos y voces y lágrimas a todos esos rostros que ahora aparecen en las páginas en blanco y negro de su libro sobre Kosovo, son ración suficiente para una vida. Uno se alegra de no tener que vivir ya entre dos aviones, cruzando fronteras a base de sobornar aduaneros, pisando cristales rotos en amaneceres grises, peleando por una conexión vía satélite, puesto contra una pared con un Kalashnikov apoyado en la espina dorsal o echando carrerillas por Sniper Alley mientras se siente como un pichón en el tiro de pichón y Márquez, Betacam al hombro, protesta porque te metes en cuadro. Ahora puedo mentarle la madre al Javier Solana de turno sin que mis jefes amenacen con ponerme de patitas en la calle, entre otras cosas, porque ya no tengo jefes. Estoy fuera. Tuve la suerte de poder salirme a tiempo, y ya no arriesgo los huevos para que doña Lola y Borja Luis hagan zapping entre Corazón Corazón y Al salir de clase. Y sin embargo…

Ése es el problema. Al recibir el libro de Gerva, me he sentido mal. Me he sentido extraño. Pasaba las páginas y el horror volvía una y otra vez. Yo me jubilé en 1994 y ya no hice Kosovo; y sin embargo reconocía cada cara, cada escena, cada cadáver. El rostro de mujer angustiada que huye con su hijo dormido a la espalda en la contratapa del libro lo había visto tantas veces que, apenas lo tuve delante, pude reconstruir sin esfuerzo la situación. Aún conserva a su hijo —pensé— y va en grupo con otras mujeres y niños. Su marido quedó atrás, y a estas horas está luchando o abona una fosa común. Ella tiene suerte, porque no la han violado. Lo sé porque está en la frontera pese a ser guapa y joven, y en los Balcanes a las guapas y jóvenes casi nunca las violan una sola vez, sino que las llevan a burdeles para soldados y las violan cada día y cada noche, y al final las matan cuando quedan preñadas. He visto esa historia en el acto, como he visto otras historias igual de corrientes y conocidas de sobra en las fotos buscadas entre casquillos de bala, en el reparto de pan a los refugiados, en los cadáveres devorados por los perros. Creía estar ya a salvo y lejos de todo eso, y mira. De pronto llega Gerva y me recuerda que ése es el único mundo real verdaderamente real que existe, y que esto otro de aquí sólo es un camelo, una tregua, y que mañana el muerto de la foto puedo ser yo, o la que corre con el niño a la espalda puede ser mi hija. Una noche de 1991, bajo las bombas serbias en Vukovar, Gerva me dijo: "Si me matan por tu culpa, no te lo perdonaré nunca". No lo mataron esa noche, pero por lo visto me la guarda. Así que ahora el muy aguafiestas ha venido a irrumpir en mi conciencia con recuerdos y con fantasmas que nadie le ha pedido que me trajera. Se cree que porque él siga teniendo fe en el ser humano, y no se resigne a envejecer, y continúe pateando el mundo con sus abolladas Nikon y su deshilachado chaleco antibalas de segunda mano, tiene derecho a quitarnos el sueño a los demás con sus putas fotos. Pero Gerva siempre fue así. Un Pepito Grillo insoportable. Un maldito pelmazo.

23 de enero de 2000

domingo, 16 de enero de 2000

El francotirador y la cabra


Conozco a una niña, pequeña y despiadada guerrera del arco iris, que, viendo en la tele una película donde un francotirador apuntaba a un pastor que caminaba con una cabra, preguntó alarmada “¿No irán a matar a la cabra?". Y debo confesar que comprendo perfectamente a la niña. A mí me pasa lo mismo, aunque me gusten las corridas de toros, el chuletón de ternera y el mero a la plancha. Pese a lo cual, si hace falta, puedo pasarme sin corridas, sin chuletón y sin mero. Y en cuanto al francotirador, si no es posible volarle los huevos a él antes de que apriete el gatillo, puesto a elegir —y me incluyo en el sitio del pastor—, la mayor parte de las veces prefiero que viva la cabra. Una vez dije en esta misma página que la humanidad entera podría desaparecer y no tendría más que lo que merece, pero a cambio el planeta ganaría en tranquilidad y en futuro. Sin embargo, cada vez que muere un bosque o un mar, cada vez que desaparece un animal o se extingue una especie amenazada, el mundo se hace más sombrío y más siniestro. A fin de cuentas al animal nadie le pregunta su opinión. No vota ni dispara en la nuca. Nosotros, en cambio, tenemos el mundo de mierda que nos ganamos a pulso.

Todo este prólogo algo melodramático viene a cuento porque acabo de enterarme de que un grupo de gente joven acaba de crear una cosa que se llama SEC, o sea, Sociedad Española de Cetáceos. Que, como su propio nombre indica, pretende coordinar los esfuerzos para el estudio y la protección de ballenas, delfines y otras especies marinas de nuestras aguas. Tienen su página web en Internet, y por sus futuras obras los conoceremos. De momento ahí están; y es bueno que estén, porque hacen falta moscas cojoneras que libren desde el lado no gubernamental la batalla que la Administración, lenta, insensible y viciada —líbreme Dios de decir también a veces sobornada—, no quiere encarar.

Les juro a ustedes que hay pocos espectáculos tan hermosos como un rorcual de veinte metros que nada majestuoso junto a su cría; o una manada de delfines en la noche del mar de Alborán, cientos de ejemplares cazando a la luz de la luna, o nadando de día bajo una proa en las aguas limpias de Baleares mientras se vuelven boca arriba para mirarte. Deseo de todo corazón que sigan existiendo esos bichos inteligentes de enigmática sonrisa; tan inteligentes que se trata de los únicos mamíferos, aparte del ser humano, que mantienen jugueteos y relaciones sexuales sólo por pasárselo bien, sin tener siempre la piadosa intención de procrear. De momento, la SEC que acaba de advertir que de las veintisiete especies de cetáceos que todavía nadan en aguas españolas, dos de ellas, los delfines común y mular, corren gravísimo peligro de extinción, igual que las ballenas rorcuales y las marsopas; que la contaminación incontrolada los está liquidando, y que flotas piratas de pesqueros con palangres y redes ilegales van y vienen fuera de las doce millas como Pedro por su casa o, si lo prefieren, como ruso por Chechenia. Por eso, la SEC propone la creación de cinco enclaves marítimos protegidos que los preserven, y pide colaboración para una red de control y vigilancia. Yo añadiría a la propuesta una flotilla de lanchas torpederas para hundir a tanto cabrón impune que va por ahí llevándose hasta las lapas de las piedras, incluso convirtiendo delfines en harina para perros. Pero algo es algo.

No es una mala guerra, ésa. Quizá es una de las pocas que de verdad merecen la pena, a librar contra unos despachos y una burocracia pasiva —a veces muy sospechosamente pasiva— frente a los desmanes de los canallas que devastan los mares. Y no se trata sólo de cetáceos. Si yo les contara lo que están haciendo con el atún rojo en aguas españolas, donde empresas supuestamente ejemplares y aplaudidas por la Administración, con el concurso de pesqueros franceses, exterminan sin escrúpulos esa especie para que los japoneses coman sushi fresco en Osaka, y encima sin que los pescadores españoles vean un cochino duro, se les abrirían las carnes. Es más: igual un día me levanto con ganas de pajarraca y voy y les aclaro a ustedes el misterio de cómo un atleta de aguas libres como el atún rojo, ale hop, resulta que ahora se cría supuestamente, dicen, en supuestos viveros; y de paso les explico la diferencia entre un vivero y un campo de concentración a modo de despensa fresca. Algo que sabe cualquier marino o pescador, pese a lo cual las autoridades marítimas y pesqueras —que se lo cuente a su tía— dicen estar en la inopia. Venga ya, señor ministro. No me joda Su Excelencia.

16 de enero de 2000

domingo, 9 de enero de 2000

Sobre iglesias, museos e ingleses


Pocos podrán tachar esta página de proclive a la perífrasis, ni tampoco a la ambigüedad. Sin embargo, siempre llega la carta de quien lee las cosas a su manera. Frecuentes son las de tipo gremial, que confunden la parte con el todo; o las carentes de sentido del humor, que acusan de decir lo contrario de lo que has dicho. O las que Iberia encarga a sus 150 espontáneos —no me tiren de la lengua— cuando los responsables no se atreven a dar la cara. Otras son más serias; y en ese sentido, en cuanto tocas nacionalismos o agua bendita, la jiñaste, Burlancaster. Cosa, por demás, muy esclarecedora sobre los graves asuntos que preocupan a la gente. Por lo general uno va y pasa de esas cartas, después de haberlas leído con atención. Pero resulta que a veces vienen escritas por lectores inteligentes, respetuosos y doloridos. Y si gente de bien discrepa, o no entiende, cabe la posibilidad de que uno mismo esté equivocado o se haya explicado mal. En cualquier caso, merecen una respuesta.

Es el caso de don Gonzalo, mi amigo de La Coruña, y de Doloritas, la amable pensionista de Valencia, entre otros. El primero me tira de las orejas con cristiana y amable generosidad; y la segunda, que me escribe hace años pese a que no contesto casi nunca, me pregunta —es como una de mis viejas tías— por qué soy tan gamberro, y un día hablo bien del cura de mi pueblo y de los misioneros, y otro me meto con el papa de Roma, con lo bueno y viejecito que es. Así que a ellos me gustaría decirles que una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa. Que a mí, de la iglesia católica y del resto de iglesias me interesan dos aspectos concretos: la lucha del humilde, la del peón que libra su batalla con dignidad y con vergüenza torera, y también mi propia pertenencia a un hecho histórico llamado civilización occidental, donde la Biblia, el cristianismo y la iglesia católica tuvieron papel decisivo. Pero el reconocimiento de esa realidad, de esa memoria incuestionable, no implica la aprobación de cómo ésta se ha desarrollado, o estancado, a lo largo de los siglos. Tampoco supone aprobación el que yo sostenga la necesidad de estudiar Religión en el cole y conocer todo eso a fondo. Dicho en corto: el arriba firmante defiende una iglesia gótica o una Purísima de Murillo no por su carácter sagrado, que me importa un carajo, sino por su carácter histórico y porque son parte de mi patrimonio cultural. En cuanto al cura de mi pueblo y los misioneros y demás elementos de infantería —permítanme recordar que escribí una novela bien gorda sobre eso—, los respeto sinceramente porque, entre otras cosas, la vieja y sufrida piel del tambor sobre la que redobla la gloria de otros, siempre gozó de las simpatías de alguien que, como el arriba firmante, detesta a los generales sin excepción, lleven estrellas, sable, escaño parlamentario, sotana filetata, anillo piscatorio o lo que sea. Tal vez porque pasé toda mi juventud viviendo las consecuencias de lo que hicieron papas, obispos, políticos y generales cuyos polvos todavía hoy traen ensangrentados Iodos. Así que por lo que a mí respecta pueden irse todos a tomar por saco.

De cualquier modo, espero que esta puntualización le sirva también a mi viejo amigo Octavio Pernas Sueiras, o al mallorquín Albert, o a los otros que me honran con su correspondencia a veces sorprendida y nunca correspondida. Cómo es compatible, me pregunta Albert, atacar los nacionalismos y los militarismos, y al mismo tiempo escribir novelas sobre los tercios o defender un museo naval, o hablar del cabo Vladimiro o bromear matando ingleses. Y la respuesta sigue siendo igual de simple: la Historia es el más precioso patrimonio, porque está construida con nuestro pasado y con la sangre de nuestros abuelos; y nos hizo como somos, independientemente de que esa memoria sea hermosa o sea terrible. Pero una cosa es conocer y conservar la memoria para comprender nuestro presente, y otra cosa es manipularla para ganar votos, hacer con ella banderas anacrónicas sin sentido, o cruzar esa línea sutil que en demasiados imbéciles separa la memoria legítima de la estupidez y el fanatismo. Y en cuanto a las contradicciones, por supuesto que las hay. Un vuelo agradable en lberia, por ejemplo, es compatible con otros vuelos infames, y viceversa. También existen otras contradicciones internas mucho más complejas. Odi et amo. A ver quién medianamente lúcido no las tiene. En cuanto a eso, lo que nos salva es el humor —aunque sea negro—, como bien sabe mi vecino Marías. Ese maldito perro inglés.

9 de enero de 2000

domingo, 2 de enero de 2000

Libros viejos


No sé si a ustedes les gustan los libros viejos y antiguos. A mí me gustan más que los nuevos, tal vez porque a su forma y contenido se añade la impronta de los años; la historia conocida o imaginaria de cada ejemplar. Las manos que lo tocaron y los ojos que lo leyeron. Recuerdo cuando era jovencito y estaba tieso de viruta, cómo husmeaba en las librerías de viejo con mi mochila al hombro y maneras de cazador; la alegría salvaje con que, ante las narices de otro fulano más lento de reflejos que yo, me adueñé de los Cuadros de viaje de Heine, en su modesta edición rústica de la colección Universal de Calpe; o la despiadada firmeza con que, al cascar mi abuela, me batí contra mi familia por la preciosa, herencia de la primera y muy usada edición de obras completas de Galdós en Aguilar, donde yo había leído por primera vez los Episodios nacionales.

Siempre sostuve que no hay ningún libro inútil. Hasta el más deleznable en apariencia, hasta el libro estúpido que ni siquiera aprende nada de quien lo lee, tiene en algún rincón, en media línea, algo útil para alguien. En realidad los libros no se equivocan nunca, sino que son los lectores quienes yerran al elegir libros inadecuados; cualquier libro es objetivamente noble. Los más antiguos entre ellos nacieron en prensas artesanas, fueron compuestos a mano, las tintas se mezclaron cuidadosamente, el papel se eligió con esmero: buen papel hecho para durar. Muchos fueron orgullo de impresores, encuadernadores y libreros. Los echaron al mundo como a uno lo arrojan a la vida al nacer; y, como los seres humanos, sufrieron el azar, los desastres, las guerras. Pasó el tiempo, y los que habían nacido juntos de la misma prensa y la misma resma de papel, fueron alejándose unos de otros. Igual que los hombres mismos, vivieron suertes diversas; y en la historia de cada uno hubo gloria, fracaso, derrota, tristeza o soledad. Conocieron bibliotecas confortables e inhóspitos tenderetes de traperos. Conocieron manos dulces y manos homicidas, o bibliócidas. También, como los seres humanos, tuvieron sus héroes y sus mártires: unos cayeron en los cumplimientos de su deber, mutilados, desgastados y rotos de tanto ser leídos, como soldados exhaustos que sucumbieran peleando hasta la última página; otros fallecieron estúpida y oscuramente, intonsos, quemados, rotos, asesinados en la flor de su vida. Sin dar nada ni dejar rastro. Estériles.

Pero hubo algunos, los afortunados, que sí cayeron en las manos adecuadas: esos fueron leídos y conservados, y fertilizaron nuevos libros que son sus descendientes. Esos libros antiguos o simplemente viejos, raros, curiosos, vulgares, fascinantes, soporíferos, bellos o feos, caros o baratos, todavía andan por acá y por ahí afuera, maravillosamente mezclados y revueltos, y siguen generando ideas, historias, conocimientos y sueños. Son los supervivientes: los que escaparon al fuego, al agua, a los bichos y a los roedores, y sobre todo escaparon al fanatismo, la ignorancia, la estupidez y la maldad de los seres humanos. Esos libros han sufrido desarraigos, expolios, peligros sin cuento para llegar hasta hoy. Los salvaron manos afectuosas, o manos casuales, o manos mercenarias. Da lo mismo. En cualquier caso, manos amigas. Y ahí siguen, dispuestos a abrirse de páginas sin remilgos ante el primero que les diga ojos negros tienes.

No se corten, pardiez. Vayan a las librerías de viejo, o a los anticuarios si tienen la suerte de poder permitírselo: se encuentran joyas tanto en traperías como en los más selectos catálogos internacionales, porque el valor real de un libro se lo da quien lo lee. Y no me vengan con la milonga de siempre, que el libro nuevo o viejo es caro; porque también es caro beberse diez cañas, ir al cine a ver una gilipollez gringa, o echar gasolina. Además, existen las bibliotecas públicas. En cualquier caso, cuando lo hagan, acérquense a ellos con el afecto y el respeto de quien se acerca a un digno y noble veterano. Ya he dicho que son supervivientes: unos pocos afortunados entre miles de libros lamentable e irremediablemente perdidos. Por desgracia, el tiempo, la ignorancia y la imbecilidad seguirán mermando las ya menguadas filas de los mejores. Gocen, por tanto, del privilegio de acceder a ellos, ahora que todavía siguen ahí. Y si saben hablar su lenguaje, si saben merecerlos, tal vez una noche tranquila, en un sillón confortable, en la paz de un estudio, en cualquier sitio adecuado, ellos aceptarán contarles en voz baja su fascinante, y vieja, y noble historia.

2 de enero de 2000

domingo, 26 de diciembre de 1999

Dejen que me defienda solo


Todavía me estoy revolcando de risa. Resulta que, en este año que finiquita, la proporción de aspirantes por plaza a ingresar en las Fuerzas Armadas españolas ha bajado del 3,1 al 1,2. Dicho de otra manera, que la peña pasa. Y el Ministerio de Defensa —por llamarlo de alguna manera— no sabe cómo diablos cubrir la plantilla mínima para echarle gasoil al tanque y traerle cafés al coronel. Entonces resulta que, para cubrir agujeros, los estrategas del ministerio han eliminado la exigencia de graduado escolar para los aspirantes, y están aprobando a sujetos que en los exámenes obtienen notas de 0,5, 1,3 y 1,5 sobre 10. Uno de cada tres admitidos en la última convocatoria —300 de un total de 1000— tenía nota inferior a 5. Y eso, ojo, en un examen que, según el propio Ministerio de Autodefensa, sirve para determinar «las aptitudes verbales y numéricas y el grado de inteligencia». De manera que, si tenemos en cuenta los niveles universalmente exigidos por las Fuerzas Armadas en general, imagínense el panorama intelectual si encima en España se rebajan hasta el 0,5 sobre 10. Eso significa que en la última convocatoria, el ministerio admitió, para manejar bombas y escopetas, a individuos que pueden rozar la oligofrenia. Lo que permite establecer el perfil medio exigido para el soldado español del futuro: un retrasado mental que sepa decir a sus órdenes mi sargento y contar hasta diez.

Por otra parte me parece lógico, con la mierda de paga que dan y lo que exigen a cambio. Tampoco van a esperar licenciados en Deusto a cambio de cuatro duros y un bocata de chorizo a media mañana, para que el presidente Aznar pueda ponerse la boina de miles gloriosus —que con su corte de pelo le sienta como una patada en los cojones— y hacerse fotos en Kosovo con el ministro de Defensa cuando va por allí de visita. Para salir en los periódicos ya tienen ahora a las soldadas, que van de cine vestidas con el uniforme de camuflaje y la goma en la coleta y el Cetme, como mi amiga Loreto, que es la soldado más guapa y con más clase que conozco. Que están por todas partes, por cierto, lo mismo de picoletas y guardias de la porra que de marineras y de rambas feroces, porque donde hay oposiciones de por medio se las sacan ellas por el morro, pues se lo toman todo más en serio que nadie. Seguro que en ese examen del que hablábamos, los nueves y los dieces eran casi todo tías. Y eso, por lo menos, es algo que ganan las Fuerzas Armadas. Lo ganan en sensatez y en pares de huevos; porque las tordas, cuando se ponen a ello, son de armas tomar. No como otros que yo me sé, que cuando les pinchan un dedo llaman a su mamá. Las gachís nunca llaman a su mamá: ellas son su mamá.

El otro aspecto que me encanta de la fiesta bélica nacional es la idea que acaricia Defensa — perdonen que me ría, pero cada vez que escribo Defensa me atraganto— de abrir el ingreso en las Fuerzas Armadas a los emigrantes, a ver si cubren plazas. Los patriotas de piñón fijo ponen el grito en el cielo, pero a mí me gusta. A fin de cuentas, hay antecedentes. Aquí ya tuvimos la Legión y los regulares y los moros que trajo Franco, y toda la parafernalia africano—guiri. Y yéndonos algo más lejos, en la última etapa del imperio romano los legionarios del limes se reclutaban entre las mismas tribus bárbaras a las que combatían. A mí me parece estupendo que los inmigrantes puedan integrarse, y sobre todo comer, gracias a la milicia; no todos van a ser putas y traficantes y mano de obra barata. De ese modo tendrían más utilidad pública; como la tiene, por ejemplo, el Ejército norteamericano, que está lleno de negros y de hispanos porque esa es la única manera de salir de la marginación y la miseria. Además, las guerras ya no son como antes, y los ejércitos rara vez se matan entre sí. Ahora se usan mucho para matar civiles. Es la última moda, y para esa función operativa es mejor un ejército mercenario de negros y de moros de afuera; que mientras se integran o se dejan de integrar les importará un carajo a quién matan y a quién no. Así los jefes y oficiales blancos podrán sentirse otra vez como Alfredo Mayo en Harka, que es lo que a todo milico le hace tilín. Y puestos a elegir entre el cenutrio del 0,5 de coeficiente y un moro listo que se busca la vida, y además va y preña si puede a la sargento Sánchez, yo me quedo con el moro. Y la sargento Sánchez también. Porque ya está bien de errehaches endogámicos y de razas puras, rubias o con una sola ceja. Este país de imbéciles necesita que nos renueven la sangre.

26 de diciembre de 1999

domingo, 19 de diciembre de 1999

Fuego de invierno


Ocurrió hace un par de días, de la forma más tonta. Era muy temprano, una de estas mañanas en que el frío parte las piedras en la sierra de Madrid, con el suelo cubierto de una costra de escarcha helada. Me había puesto un chaquetón y una bufanda e iba a comprar el pan y los periódicos a la tienda, que es la única que hay cerca y tiene un poco de todo, desde pan Bimbo hasta el Diez Minutos o tabaco. Está junto a la iglesia, que es pequeña y de granito. Don José, el párroco, pasa por la tienda cada mañana después de misa de ocho, a comprar el ABC. Siempre charlamos un poco sobre la vida, sobre las ovejas de su rebaño, y sobre la mies, que es mucha y cada vez más perra. Por lo general la gente llega a la tienda, compra lo suyo y se va; yo mismo suelo quedarme el tiempo justo para pedir lo mío y pagar. Pero el otro día era tanto el frío, que el tendero había hecho una hoguera en la calle con algunos troncos y ramas, y estaba allí el hombre, calentándose. También estaban don José con su boina puesta y un par de viejos albañiles que trabajan en una obra cercana. Y los pocos clientes que íbamos llegando a esa hora nos demorábamos junto a las llamas, extendiendo las manos ateridas. Y se estaba en la gloria.

Parece mentira lo que hace un buen fuego. Nadie tenía prisa en irse. Algún cliente de los que aparecen a llevarse el pan y no dicen ni buenos días, se quedaba por allí, charlando. El páter se puso a evocar los tiempos en que él era cura jovencito y rural en un pueblo perdido de Navarra, cuando tenía que ir en mula por caminos nevados y daba los óleos junto a la chimenea de la cocina. Por mi parte, hablé de la mesa camilla de mi abuela, el brasero y el picón que me mandaban a comprar a la carbonería, y del día en que oí por radio la muerte de Pío XII. Uno de los albañiles rememoró su infancia en el monte como pastor, y detalló cómo, sin saber contar más que hasta cinco, llevaba un minucioso registro de ovejas a base de pasar grupos de cinco piedrecitas de un bolsillo a otro. El caso es que todo aquello desató un torrente de confidencias, y al cabo de un rato estábamos allí charlando en una deliciosa tertulia improvisada en torno al fuego, gente que llevábamos cruzándonos con un escueto buenos días y sin conocernos, y sabíamos de pronto más de unos y otros, en cinco minutos, de lo que habíamos sabido nunca.

Hogar viene de fuego, recordé. Del latín focus y de lar, dios familiar, fuego de familia, la cocina en torno a la que se ordenaba la convivencia. Para el ser humano, enfrentado al miedo y al frío de un mundo exterior que siempre fue mucho más difícil que ahora, el fuego significó tradicionalmente seguridad, compañía, supervivencia. En buena parte de las sociedades modernas ese concepto ha desaparecido; e incluso en fechas como éstas, inconcebibles ya sin la palabrería falsa y el cinismo mercachifle de los grandes almacenes, la gente no se agrupa en torno a la cocina o a la chimenea, ni siquiera en torno a una mesa de camilla mirándose unos a otros a la cara, conversando, sino que guarda silencio en sofás y sillones mirando al frente, todos en la misma dirección: la del televisor. Y sin embargo, los viejos mecanismos, los reflejos atávicos, siguen ahí todavía. Y a veces, de pronto, en mitad de toda esta narcotizante parafernalia de la electrónica y el confort, basta un día de frío, un fuego casual que aviva la memoria genética de otros tiempos y otra forma de vida, para que los hombres vuelvan a sentirse humanos, solidarios. Para que se acerquen unos a otros, observen alrededor con curiosidad y de nuevo se miren a la cara. Para que evoquen juntos y descubran que esos fulanos que pasan sin apenas saludarse tienen una larga y azarosa historia en común, que los une mucho más que todas las cosas que los separan. Seguía llegando gente, y todos se acercaban a calentarse al fuego. Un tipo con BMW ostentoso y chaqueta de caza, que siempre me ha parecido un perfecto gilipollas, contaba emocionado cómo su madre le calentaba la sopa cuando tenía gripe y se quedaba en la cama en vez de ir al cole. Es simpático este imbécil, terminé pensando para mi coleto. El albañil que había sido pastor de pequeño ofrecía tabaco, y la gente lo encendía con rescoldos de la hoguera. Ni siquiera el tendero tenía prisa por cobrar.

"Ojalá hubiera más hogueras, páter", le comenté a don José mientras extendía mis manos hacia el fuego, cerca de las manos de los otros. Y el viejo párroco se reía: "A mí me lo vas a contar, hijo. A mí me lo vas a contar".

19 de diciembre de 1999

domingo, 12 de diciembre de 1999

Nos siguen hundiendo barcos


Tengo en una vitrina, entre un hueso de ballena de Isla Decepción y el clavo de bronce de la tablazón de un navío de línea que combatió en Trafalgar, una maqueta del Galatea. Es un bonito velero que construí hace treinta años con su casco pintado de verde y blanco, la jarcia de hilo encerado y las velas oscurecidas con agua de té, para darles pátina. Después hice otros más complicados, como el Lawrence, el Derflinger o los cascos del Gjoa y el María Candelaria; pero a ninguno, ni siquiera a la Bounty que presidió mi infancia desde una vitrina familiar, le tengo tanto cariño como al Galatea. Tal vez porque fue mi primera maqueta, y porque trabajar en la lenta y minuciosa construcción de un barco a escala equivale a navegar en él.

Ahora cuenta mi amigo Francisco Peregil que el otro Galatea, el auténtico, que primero fue cliper inglés en la ruta del té, luego arboló pabellón italiano, y al fin fue buque escuela de la Armada española antes de ser relevado por el Juan Sebastián Elcano, ha sido comprado y rehabilitado por una fundación. Y que con ciento tres años de vida en sus cuadernas venerables, vuelve a estar a flote convertido en museo, lugar de conferencias y centro de recreo para niños. Cuando lo supe, no daba crédito. La noticia era extraordinaria. Un barco español rescatado del desguace, y de la herrumbre, y de la muerte infame que aquí destinamos a todo cuanto tiene que ver con la memoria. Algún ministro estaría borracho, dije, y se le olvidaría venderlo como chatarra. Pero al fin me enfrenté a la realidad habitual: la fundación es escocesa, y el lugar, Glasgow. La rehabilitación del Galatea se hizo mediante colectas entre los ciudadanos de allí, después de que el barco, que se pudría en un muelle abandonado de Sevilla, fuera vendido por el Ministerio de Defensa español en once millones de pesetas. Y es que, háganse cargo. El Galatea sólo es un trozo de Historia y una reliquia; y los trozos y las reliquias no le iban a servir para nada a Javier Solana —que no sé qué es ahora, pero sigue enganchado por ahí como una garrapata—, cuando estaba de secretario general de la OTAN, ni pueden llevárselos los ministros ni los presidentes del Gobierno a Kosovo o a sitios así, para hacerse fotos y que los saquen en los telediarios y en la CNN; y no en las páginas culturales de los periódicos, que no las lee nadie, y en ellas no quiere salir ni siquiera el ministro de Cultura.

Confieso que me revienta reconocerlo, sobre todo porque mi vecino Marías, que vuelve a honrarme con su anglofílica vecindad, va a tener materia de choteo. Pero hay semanas que lamento no ser británico. En especial cuando me entero, por ejemplo, de la suerte que puede correr otra reliquia: el antiguo cuartel de Instrucción de Cartagena; un magnifico edificio del siglo XVIII con muelle al mar, que todavía es propiedad de la Armada y podría ser un extraordinario recinto para el museo local de Marina, incluyendo algún barco de esos que la Armada desguaza y que podría ser conservado allí, con salas magnificas y una buena biblioteca náutica. Eso, al menos, es lo que desearíamos algunos. Pero dedicar un recinto en condiciones a hablar de Trafalgar y de Sarmiento de Gamboa y de los fuertes del Callao o de los jabeques de Barceló es algo que harían los ingleses. Incluso los franceses. Aquí, salvo en el caso del excelente Museo Naval de Madrid —cuya visita les recomiendo—, se hace lo de las Atarazanas de Barcelona: reconvertirse a narrar las indiscutibles gestas universales de la marina catalana y esconder en el sótano todo lo demás. Así que mucho me temo que el destino de ese antiguo y noble edificio sea caer en manos del ayuntamiento para convertirse en dependencia municipal a base de metacrilato y rehabilitación de diseño, o —lo más probable— pasar a manos privadas como centro comercial con multicines y hamburgueserías. Que es más práctico y da más pasta.

De cualquier modo, y volviendo al Galatea, tampoco vayan ustedes a creer que toda la dignidad se ha perdido en este asunto. Nada de eso. Porque cuentan los escoceses que, después de gastarse otros 650 kilos en rehabilitar el barco, cuando quisieron completarlo comprando también el mascarón de proa, que está en una base naval de El Ferrol, la patriótica respuesta española fue: «Se lo llevarán ustedes cuando el Reino Unido nos devuelva Gibraltar». Con un par de huevos. Y es que ya se sabe. En el Ministerio de Defensa y en la Armada, más valen mascarones sin barcos, que barcos sin honra.

12 de diciembre de 1999

domingo, 5 de diciembre de 1999

Tómbola


Pues los siento por los fariseos y los sepulcros blanqueados que juran ver sólo la Dos de TVE, las entrevistas de Pedro Ruiz y la vida íntima de la tórtola pirenaica. Pero yo a veces veo Tómbola. Y aunque ya lo he dicho alguna vez, vuelvo —que diría cualquier ministro o político semianalfabeto— a reiterarme en la reiterada reiteración de lo dicho. Ese programa es representativo y esclarecedor. La exacta, rigurosa radiografía de nuestra esencia. La prueba palpable, continuada y semanal, de que somos un país de soplapollas.

Técnicamente la cosa es correctísima en plan sota, caballo y rey. En cuanto a Chimo Rovira, me parece uno de los mejores fulanos que he visto comportarse ante una cámara. Hace falta mucho cuajo y naturalidad para torear eso sin perder los papeles, manteniendo la sonrisa lo justo, convirtiendo un rol que por definición es de perfecto cabroncete, encargado de azuzar y controlar el cotarro, en el personaje de chaval simpático que ha logrado imponer. Chimo es el yerno perfecto, el buen chico que sólo pasaba por allí. Y en tal putiferio, salir con la camisa limpia tiene un mérito im–prezionante. En cuanto al elenco habitual, o juzgado de guardia donde nunca faltan la pedorra ordinaria y el tonto del haba que ejerce de presunto gracioso, hacen con eficacia su papel de tribunal sumarísimo, pese a su tendencia a creerse Tom Wolfe o a quitarse la palabra cuando el colega no ha terminado de insultar al imbécil o a la chocholoco invitado de turno; eso crea a veces un poco de barullo. De cualquier modo, resulta fascinante el aplomo y la prepotencia con que imparten justicia o conceden gracia a los mierdecillas de enfrente. La cosa, todo hay que decirlo, sería un guirigay bajuno, un chismorreo tiñalpa y de muy poco talla, de no mediar la presencia casi patriarcal, la autoridad profesional por todos acatada, de Jesús Mariñas. Jesús, que es una veterana puta del oficio y tiene más recursos que el inspector Gadget, se ha ido convirtiendo con el tiempo en presidente del tribunal, y a su veredicto final se vuelven los ojos del espectador después de cada tercer grado, en espera de que apague el teléfono móvil y dicte sentencia. Es la autoridad indiscutida; se le respeta porque —algo natural en este país de arribistas y cobardes— se le teme. Y todos los invitados, incluso los que pone como hoja de perejil, le echan sonrisitas y le dicen Jesús, qué malo eres, pero ya sabes que yo te quiero mucho. Y Jesús, claro, pone cara de guasa y se descojona. El muy víbora.

Pero lo bonito y lo selecto es lo que desfila por los asientos de enfrente. La gentuza que, por cobrar cuatro duros o sólo por salir en la tele, se somete al tratamiento infame que le aplica el personal. Ahí es donde de veras me quedo enganchado al televisor, cuando compruebo de qué materia están hechos los sueños que llevan a tanto cretino y tanto golfo a perseguir cierto tipo de fama, o conozco a los personajes y los asuntos que tienen en vilo a este país y ocupan las portadas y acaparan los minutos previos a los telediarios. Cuando veo, por ejemplo, a una guarra de lujo contar por dinero cómo se lo hizo a Fulano o por qué se divorcia de Mengano; y a su lado a otra guarra de menos lujo —de momento sólo se pretende top model, acaba de empezar la carrera y aún no ha dado el braguetazo— explicando sus quimeras de gloria o quién le ha operado las tetas. Cuando veo a un payaso de Marbella decir gilipolleces sentado entre un cabrón notorio —en el sentido literal del término— y un chuloputas italiano. O cuando veo a una torda, que no ha hecho nada en su vida, comportarse como una rutilante estrella de Hollywood mientras su marido, o su ex marido, que a lo mejor también es ex picoleto, desfila como modelo, que manda huevos, y se pasea en Mercedes por el morro. Y toda ese abyección de diseño, toda esa España morbosa de decorado y de mierda, que nada tiene que ver con la España real, pero que la suplanta, ocupa los momentos estelares de máxima audiencia. Porque es exactamente eso, y no otro cosa, lo que los españoles queremos ver. Lo que a doña Maruja y a mí nos tiene enganchados —a veces por los mismos motivos, y a veces no—, ante la pantalla de la tele: una basura admirablemente empaquetada. Pero ninguna basura, por muy bien presentada que venga, cuela sin la avidez cómplice del consumidor. Ustedes y yo tenemos la Tómbola que cada semana nos ganamos a pulso.

5 de diciembre de 1999

domingo, 28 de noviembre de 1999

Colegas del cole, o sea


Hace un par de semanas puse la tele. En realidad me pilló a traición; pues lo único que hago con ella, aparte de ver un rato de Tómbola algunos viernes, es grabar películas para verlas por la noche. Y estaba programando el vídeo —Lee Marvin, Clu Gulager y Angie Dickinson en Código del hampa, de Don Siegel— cuando me di de boca con una de esas series de estudiantes, y de jóvenes en su misma mismidad. Una serie con diálogos cotidianos, reales como la vida. Y me dije: toma ya. Y me quedé allí, el mando en la mano y la boca abierta, con cara de gilipollas.

Desde entonces he repetido alguna vez. No sé si controlo bien el argumento, porque me faltan antecedentes y contexto. Todavía ignoro si Paco es primo de Pochola o sólo se la está trajinando, y si Javier es drogodependiente o se lo hace para fastidiar al profesor de química. Pero el asunto es que hay un colegio donde van chicos y chicas que son buenos, o que son malos porque la sociedad los traumatizó cuando se divorciaron sus padres. Y se relacionan entre ellos con la naturalidad de los jóvenes, o sea, contándose sus problemas y ayudándose porque en el fondo, a pesar de las tensiones normales en la convivencia, se quieren y se respetan y se sienten solidarios. La prueba es que se van a hacer puenting todos juntos, y cuando el rata de la clase se acojona, los líderes viriles lo abrazan y le dicen vale, colega, puedes hacerlo, sabemos que puedes. Y el rata de mierda respira hondo y dice gracias a vosotros podré, compañeros, y mira de reojo a la chica que no le hace ni puñetero caso porque se la está cepillando el cachas de Jaime, o como se llame, y entonces va el rata y se tira por el puente, el imbécil, y todos aplauden y esa noche se beben unos calimochos para celebrarlo.

También hay un guapo que era drogata porque era huérfano pero se salió a tiempo, me parece, y vive en casa de otro que tiene un trauma porque su hermano se murió y sus padres no lo comprenden. Y varias chicas en la clase que se cuentan unas a otras los graves problemas de la existencia, como el hecho de que Mariano no las mire o de que Lucas esté muy raro últimamente o que la ropa de Zara sea genial. También sale una tal Sonia, creo, que es un putón desorejado, y se mete por medio en la relación angelical que mantienen Luis y Pepa sólo para fastidiar a Pepa porque una vez no la dejó copiar los apuntes. Y Luli, que está colgada de Manolo pero a quien ama es a Héctor; lo que pasa es que Héctor es gay y lo ha dicho públicamente en clase, tras pensárselo mucho, y los compañeros que al principio se descojonaban de él y lo llamaban maricón, ahora, avergonzados, lo respetan por su gallardo gesto. No falta la profesora que quiere ayudar a los chicos, y que en realidad lucha con las ganas que tiene de tirarse a uno de los alumnos, un tal Pepe, y de suspender a su novia Marcela para vengarse de ella, porque Marcela es tonta del culo y se pasa el tiempo hablando de Ricky Martin. Pero con todo y con eso, la cosa se va arreglando poco a poco gracias a la buena voluntad y al compañerismo. Y el drogata se hace monitor de ski, el gay encuentra su media naranja en otro chico gay que resulta ser hijo del conserje, la profesora comprende que en realidad quien la pone a cien es el profe de Religión, la chocholoco se queda preñada pero decide no abortar gracias al apoyo de toda la clase, etcétera.

Y yo, con el mando a distancia en la mano, pensaba: tiene huevos. Vaya mundo de jujana se están marcando los astutos guionistas. El truco es leer el periódico cada día y meterlo en la serie, con la diferencia de que ahí adentro todo tiene arreglo y la vida puede ser asumida y resuelta con dos frivolidades y un lugar común. Lo malo es que todo eso rebota afuera, y en vez de ser la serie la que refleja la realidad de los jóvenes, al final resultan los jóvenes de afuera los que terminan adaptando sus conversaciones, sus ideas, su vida, a lo que la serie muestra. Ese es el círculo infernal que garantiza el éxito: un discurso plano y vacío, facilón, asumible sin esfuerzo. Los diálogos, elementales, como el mecanismo de un sonajero, pero revestidos de grave trascendencia. .Toda esa moralina idiota y superficialidad inaudita. Y me aterra que semejantes personajes irreales, embusteros en su pretendida naturalidad, tan planos como el público que los reclama e imita, se consagren como referencias y ejemplos. Pero ésa es la maldición de esta absurda España virtual y protésica de silicona, más falsa que un duro de plomo, tiranizada por la puta tele.

28 de noviembre de 1999

domingo, 21 de noviembre de 1999

A buenas horas


Vaya, hombre. Resulta que se habían equivocado. Resulta que todo fue un error de lo más tonto, y que ahora la Iglesia católica y el papa de Roma le piden disculpas a Lutero. Metimos la gamba, dicen. Gambetta metita, excusatio petita. Reconocemos que se nos fue un poco la mano, Lute, chaval. Unas hogueritas de más, o sea. Tampoco la cosa fue para tanto, comparada con la que tú nos liaste, colega, con las tesis de Wittenberg y la Liga de Smalcalda y el cisma y la madre que te parió. Total, unos cuantos chicharrones por aquí y por allá, leña al hereje hasta que hable inglés y todo eso. Cosa de los tiempos y las costumbres. Al fin y al cabo, nosotros mandábamos quemar los cuerpos para salvar las almas. Y conste que siempre torturamos con cuerda, agua y fuego para no derramar sangre, y que la última pena siempre la aplicaba el brazo secular. Además, cuando un perro luterano, perdón, un hereje, un hermano de Cristo desorientado, abjuraba a pie de quemadero, teníamos el detalle de hacerlo estrangular antes de que ardiese la pira, y así iba al cielo sin decir palabrotas al sentir luego las llamas, y condenarse. Además, como dice el tango, cuatro siglos no es nada. ¿Qué suponen tropecientos mil encarcelados y torturados y degollados y quemados en comparación con la inmensidad del océano y el tictac de la eternidad? Nada. Un charquito, un momento de je ne sais pas quoi. Así que perdona y olvida, tío. Pelillos a la mar.

Es curioso esto de la Iglesia católica y el perdón. Siempre lo pide tarde. Y no hay que remontarse al XVI o a los calabozos de la Inquisición. El sistema sigue vigente, con las actualizaciones obligadas. Que se lo pregunten a los teólogos disidentes, a Boff, a Castillo, a Toni de Melo, a Curran, a los obispos alemanes y sus centros de asesoramiento sobre el aborto, a los de la Iglesia de la Liberación, a los curas guerrilleros, a los que no tragaron ni tragan con el cerrojazo de la mafia polaca. Ya no te queman, claro; pero son capaces de aplastarte en vida, si estás en el engranaje y gastas alzacuello, o amargarte y manipularte la existencia si andas en la periferia. La base del sistema es la misma: primero se plantea el tragas, o palmas: la intransigencia, y el dogma, la infalibilidad del papa y la revelación de san Apapucio bendito, que tiene hilo directo con la zarza ardiente. Luego, cuando se caen los palos del sombrajo y la propia naturaleza de las cosas y de la Historia pone las cosas en su sitio, y todo resulta tan evidente que no hay más hilo que darle a la cometa, entonces vienen el acto de reparación y pública, y el donde dije Digo digo Diego. Y el hablar de reconciliación y tolerancia. Y a todos aquellos a quienes les arruinaron la vida, a Galileo, a los judíos, a los moriscos, a los herejes, a los disidentes, a los quemados y los desterrados y los degollados, a las supuestas brujas de catorce años, a las víctimas del fanatismo y del Dios lo quiere, a ésos que les vayan dando.

A mí, francamente, que cuatro siglos después de Trento la Iglesia católica le pida perdón a Lutero, me importa un carajo. Lo que me pregunto es, a ese ritmo de contrición, cuánto tiempo tendrá que transcurrir todavía para que tal perdón les sea pedido a todos los curas y teólogos arrojados a las tinieblas exteriores por sus posturas sobre la actividad social de su ministerio, o sobre el celibato. O para que se deploren tantas ejecuciones ante fusiles rociados con agua bendita, torturados y arrojados al mar drogados y desnudos, desde aviones donde un pater impartía la absolución sub conditione. O para que Roma pida perdón a los homosexuales por tantas pobre vidas arruinadas en los siglos de represión, marginación y desprecio, o lamente tantos matrimonios guiados hacia la frustración desde ciertos cerriles confesionarios. A ver cuándo se disculpa alguien por las niñas obligadas a ser madres porque todo embrión es sagrado. O por las víctimas del fanatismo, la ignorancia, el odio étnico y el tiro en la nuca fraguados en sacristías. Por las infelices mujeres que se desangran en abortos clandestinos. Por tantos matrimonios atados en el cielo e indisolubles en la tierra, pero disueltos por tribunales eclesiásticos previo pago de su importe. O por los millones de africanos que en los próximos años morirán de Sida, porque resulta que el preservativo impide la procreación; y todo acto sexual que no se encamina a la procreación es condenable.

Ya ven. Toda esa bagatela pendiente, y Roma nos sale ahora con Lutero. Menuda prisa se dan mis primos. Así no me extraña que les escasee la clientela.

21 de noviembre de 1999

lunes, 15 de noviembre de 1999

La desgracia de nacer aquí


Ando a navajazos con los últimos capítulos de una novela, en esa fase final donde, saturado, llegas a detestar el trabajo y te acuchillas con tu propia sombra. De modo que ahora, al contrario de lo que hice durante año y medio, busco momentos de fuga, lecturas que nada tengan que ver con lo que llevo entre manos. Y una de esas lecturas ha sido un librito que contiene el Epistolario, la correspondencia de Leandro Fernández de Moratín.

Siempre me cayó bien don Leandro, desde que en el colegio leí un poco de El sí de las niñas. Luego, con el tiempo, reuní su producción teatral y cuantos libros hallé sobre la vida y obra de aquel hombre inteligente y lúcido que tuvo la desgracia de nacer en España; de vivir cuando las ideas de renovación y modernidad que empezaban a imponerse en Europa iban a ser barridas aquí por la reacción negra que siguió a la guerra contra los franceses. Desgarra la conciencia ver cómo Moratín, tal vez la más elegante y racional cabeza de la escena y la literatura de su tiempo, termina, como Goya y tantos otros de los llamados afrancesados, fugitivo y exiliado, siguiendo al gobierno del rey José en su retirada; él, que no era un hombre de acción sino apacible, culto y tímido, temeroso de la guerra, la Inquisición y la revancha de los vencedores, a cuyo carro —¡vivan las caenas!— se habían subido numerosos envidiosos, los oportunistas y los infames que en España no faltan jamás en tiempos de río revuelto. Y ese hombre de talento se extinguió oscuramente en Francia, amargado, mirando de lejos un país ingrato y miserable al que le daba miedo regresar.

Las cartas que Moratín escribe a sus amigos, en especial durante la última y trágica etapa, son tan españolas que dan escalofríos. Porque españolísimo es el panorama que describe, poblado de fanáticos, analfabetos, envidiosos, curas —"reclamando autoridad y leña para hacer hogueras"— y sinvergüenzas de todo pelaje. "Pocos agradecerán al autor las verdades que enseñe —escribe Moratín a Juan Pablo Forner— Tendrá por enemigos a cuantos viven de imposturas, y el Gobierno le dejará abandonado en manos de ignorante canalla". O cuando añade. "Si vamos con la corriente nos burlan los extranjeros, y aun dentro de casa hallaremos quien nos tenga por tontos; si tratamos de disipar errores funestos, la santa y general Inquisición nos aplicará los remedios que acostumbra".

Es terrible el drama de Moratín, como terrible es la historia de España. Cuando hace pocos meses, en un teatro, escuchaba a Emilio Gutiérrez Caba en su magnífica interpretación del personaje de don Diego en El sí de las niñas decir aquello de "esto resulta del abuso de autoridad, de la opresión que la juventud padece", no podía menos que pensar en el pobre autor de aquel texto, que en su momento tuvo un éxito clamoroso que le granjeó envidias y persecuciones para siempre, y en tantos otros talentos, hombres de bien, cabezas lúcidas, que fueron quemados, ninguneados, aplastados por la maldición histórica de sus mezquinos y caínes conciudadanos. "¿No es desgracia —escribe Moratín a Jovellanos— que cuanto se hace en utilidad pública, si uno lo emprende, viene otro que lo abandona o destruye?"… Pobre España, me decía, tantas veces a punto de levantar la cabeza, de salir de la oscuridad y el patetismo de pueblo y la incultura y la estupidez y la violencia; y cada vez que estuvimos a punto de abrir la ventana para que entrase el aire, vino un fraile con un haz de leña, o una invasión francesa, o un canalla coronado como Fernando VII, o un espadón descontento con las últimas medallas y la marcha del escalafón, y todo se fue de nuevo a hacer puñetas: otra vez el cerrojazo, y el triunfo de la sinrazón, y el exilio. Y la gente cobarde que lo mismo aplaude al libertador que al opresor si ve que todo el mundo lo hace; que lo mismo idealiza que arrastra por las calles sin transición, por oportunismo, por miedo, por simple supervivencia.

Así que pobre don Leandro Fernández de Moratín, pensaba yo al pasar las páginas de sus cartas. Considerándose, pese a todo, afortunado porque había logrado salir de aquí. Y pensé en la misma historia repetida en tantos tiempos y tantos exilios. En Antonio Machado, que murió como un perro, enfermo y apenado junto a la frontera; y en los otros que ni siquiera pudieron llegar a verla. Y al fin, con un estremecimiento, subrayé a lápiz unas últimas y terribles líneas: "Burdeos, 27 de junio. Llegó Goya, sordo, viejo, torpe y débil. Sin saber una palabra de francés".

14 de noviembre de 1999

lunes, 8 de noviembre de 1999

El cabo Belali


Ocurrió hace veinticuatro años. Había una vez un Sáhara que se llamaba Sáhara español, y había una crisis con Marruecos, y en mitad del desierto había un puesto fronterizo llamado Tah: un pequeño fortín como los de las películas, que en las noches sin luna era atacado por los marroquíes. También había, para defender ese fortín, un pequeño destacamento de tropas nativas: doce saharauis mandados por el alférez Brahim uld Hammuadi y el cabo Belali uld Marahbi. También había un periodista jovencito que pasó todo aquel año allí, mandando crónicas diarias para Pueblo, y que varias noches compartió los sobresaltos bélicos de quienes defendían Tah. Durante aquellas horas de vigilia, oscuridad y frío, paqueo moruno, cigarrillos con brasa escondida en el hueco de la mano y susurros en voz baja, aquel periodista se hizo muy amigo del cabo Belali. Tan amigo se hizo, que el cabo, la noche que una compañía marroquí cercó el fuerte, y el comandante Fernando Labajos desobedeciendo órdenes expresas —doce saharauis no eran importantes para los generales españoles— fue en socorro de sus nativos y el periodista jovencito lo acompañó en la aventura, el cabo Belali le regaló al periodista su anillo de plata saharaui, el que llevaba en la mano desde niño. Y el periodista lo guardó siempre como si fuera una medalla. Su roja insignia del valor.

El cabo Belali era flaco y tostado de piel: un guerrero del desierto, que tenía una sonrisa simpática y un curioso mechón blanco en el pelo. En las fotos que el periodista jovencito y él se hicieron juntos, el cabo Belali viste la gandura de la policía territorial nativa, con el turbante negro en torno al cuello, lleva una corta barbita en punta y su fusil al hombro, y detrás ondea, como un infame sarcasmo, una bandera de España. Tan amigos se hicieron que algo más tarde, poco antes de la Marcha Verde, cuando el periodista jovencito acompañado de Santiago Lomillo, de Nuevo Diario, y Claude Glúntz, un ex paracaidista francés reconvertido a fotógrafo de guerra, cruzaron un día la frontera y pasaron al otro lado a charlar con los marroquíes, y se demoraron mucho en volver porque el sargento del puesto alauita los interrogó primero y luego los invitó a un té, entonces el cabo Belali y sus compañeros creyeron que los marroquíes los habían apresado. Y tras mucho discutir, Belali, que no podía dejar a su amigo en manos de los marroquíes, convenció al alférez Brahim para atacar el puesto marroquí. Y cuando los tres periodistas volvieron a Tah, se encontraron a los saharauis armándose hasta los dientes, dispuestos a rescatarlos por las bravas. Y supieron que ese día habían estado a pique de desencadenar una guerra.

Después España abandonó a su suerte a los saharauis, y el periodista jovencito vio llorar al cabo Belali el día que sus jefes españoles le ordenaron entregar el fusil. También lo vio, formado en el patio del cuartel del Aaiún, saludar por última vez a aquella bandera que ya no era suya; y ese mismo día lo acompañó hasta la Seguía, por donde una noche como la de hoy, hace exactamente veinticuatro años, el cabo Belali se fue camino del desierto hacia el este, con muchos de sus camaradas, para unirse al Frente Polisario. El periodista jovencito y él se encontraron cuatro meses más tarde, cuando los guerrilleros saharauis luchaban a la desesperada por mantener abierta la ruta de Guelta Zemmur y Oum Dreiga. El cabo Belali había envejecido, ya no tenía un mechón sino todo el pelo blanco, y era piel y huesos; pero la sonrisa era la misma. Bebieron juntos los tres tés tradicionales: amargo como la vida, suave como el amor y dulce como la muerte. Y aquella noche, a la luz de una fogata, el periodista jovencito escuchó al cabo Belali la más exacta definición de la muerte que oyó nunca: «Alguien cogerá tu fusil, alguien te quitará el reloj, alguien se acostará con tu mujer. Suerte».

Meses después, en Amgala, otro guerrillero amigo, llamado Laharitani, le contó al periodista jovencito que el cabo Belali había muerto peleando en Uad Ashram. Se retiraban después de una emboscada, dijo. Le habían dado, se quedó atrás y no pudieron ir a buscarlo. Estuvieron oyendo el fuego de su Kalashnikov durante mucho rato, hasta que por fin dejaron de oírlo.

Esa es la historia del cabo Belali uld Marahbi. Y cada año, por estas fechas, el periodista jovencito —que ya no es periodista ni es jovencito— abre una pequeña caja de madera que tiene, y recuerda a su amigo mientras toca el anillo de plata.

7 de noviembre de 1999

lunes, 1 de noviembre de 1999

Business class y otras sevicias


Qué cosas. Te pasas la vida evitando cuidadosamente volar en Iberia, por aquello de no caer en la emboscada. Antes de viajar bajo el dudoso amparo de esa compañía de pabellón nacional, te aseguras de que no hay autovías para ir en automóvil, ni trenes que solventen la papeleta, ni tampoco vuelos de otras compañías, la Thai, o la Air Camerun, o la que sea. Cualquier cosa, le ruegas a la encargada de la agencia de viajes. Búsqueme cualquier cosa menos Iberia. Se lo ruego por su madre. Y así te vas escapando, más o menos, mientras la tarjeta Iberia Plus, que te sacaste un día de locura temporal transitoria, cría óxido en la banda magnética. Pero al final te pillan. Tarde o temprano te sale un viaje inevitable, y zaca. Palmas.

Iberia no es una compañía, es una vergüenza. El otro día, de nuevo, caí en sus manos y todavía me tiemblan las carnes. Volaba —mis editores me cuidan, y yo tampoco soy gilipollas— en clase preferente, que como ustedes saben es más cara que la turista, y a cambio ofrece algunas mejoras en el servicio, más espacio en los asientos, etc. Pero eso era antes. Ahora, en vuelos nacionales viaja más gente en esa clase que en turista. Para empezar había más pasajeros que plazas asignadas, y la cabina era un esparrame de equipajes que no cabían, de gente que protestaba, de azafatas desbordadas, ante la pasiva guasa de un piloto, o comandante, o general de brigada, o como se llamen esos fulanos de las gafas de sol y el Rolex y la gomina y los trescientos kilos al mes y la huelga de celo de Semana Santa y de Navidad, que estaba apoyado en la puerta y pasando por completo del asunto. Yo llevaba una bolsa de mano de dimensiones reglamentarias para cabina y una maleta facturada; pero como faltaba sitio, una azafata me pidió que también metiera la bolsa en la bodega. Lejos de irse a hacer puñetas como sugerí cortésmente, optó por dejarme en paz, obligando a una anciana osteoporósica a incrustarse entre dos pasajeros. Clac, hacía la pobre señora. Y cuando después corrió la cortina separándonos de la clase turista, yo pensé: ahí va. Si esto es lo que nos hacen a los de preferente, no quiero ni pensar lo que van a hacerles a ésos de atrás. Cómo será la cosa que hasta corren la cortina para que no haya testigos.

Total. Que cierran las puertas para que no se escape nadie, y mientras una azafata pretende sobornarnos con una copa de champaña catalán, otra se pone a hacer publicidad por la megafonía. Publicidad por todo el morro. Nada de el chaleco se pone así y la puerta está allí y el comandante Ortiz de la Minglanilla-Salcedo les da la bienvenida, sino publicidad pura y dura. Algo así como Iberia les recomienda la tarjeta Bobo Word o algo por el estilo, que es una tarjeta cojonuda y con ella los vamos a tratar como se merecen. A todo esto, emparedado entre dos pasajeros en asientos idénticos a los de clase turista; intento abrir el periódico, y como no hay sitio le vuelco a uno de mis vecinos el champaña catalán en los pantalones. El hombre se hace cargo de la situación y se abstiene de pegarme una hostia. Secamos la cosa como podemos -la azafata sigue hablándonos de la Bobo Word y de su puta madre-, y acto seguido, ya sobre las nubes, el piloto nos suministra el apasionante dato de que estamos volando sobre la vertical de Palencia -imagínense: todos luchamos a brazo partido en las ventanillas para asomarnos y ver Palencia- y luego nos pregunta si tenemos ya la tarjeta Bobo Word. A mí las apreturas de ir comprimido en el asiento me han dado un calambre en la pierna derecha, así que me pongo a golpear el pie en el suelo para que se me pase, pensando que más que la Bobo Word lo que debía ofrecer Iberia es la tarjeta de Sanitas. Mi vecino de los pantalones manchados, que es guiri, debe de estar pensando que lo del zapateado es una forma de protesta típica, porque me acompaña con palmas y mucho arte.

Aterrizamos -hora y media de retraso- muertos de hambre y sin que nos sirvan ni un canapé. Sólo una de esas chocolatinas que fabrica Ruiz Mateos. Salgo del avión preguntándome quiénes somos, de dónde venimos, a dónde carajo vamos, y por qué hace año y medio que nunca desembarco por uno de esos fingers, o túneles retráctiles casualmente construidos por Thyssen, y siempre me toca subirme al autobús. Al fin, tras aguardar cuarenta y cinco minutos de reloj en la cinta de equipajes, mi maleta sale, por supuesto, cuando ya la daba por perdida.

Sale con la última remesa, y todas llevan la etiqueta Business class, Priority.

31 de octubre de 1999

lunes, 25 de octubre de 1999

Negros, moros, gitanos y esclavos


No, no digan nada. Ya sé que los meapilas del qué dirán y el no vayan a creer ustedes, o sea, toda esa panda de soplagaitas de la puntita nada más, aconseja escribir africanos de color, magrebíes, colectivo de raza romaní, y trabajadores inmigrantes, para no herir la sensibilidad de los capullos políticamente correctos. Pero resulta que no me sale de los higadillos; así que lo escribo como me da la gana. Y pongo negros, moros, gitanos y esclavos, porque hoy he recibido noticias de un amigo que me cuenta cosas. Y vengo a la tecla algo caliente.

Mi amigo vive allí donde la tierra seca que Dios maldijo -y ojalá haya Dios, para pedirle responsabilidades- anda en los últimos años cubierta de plásticos con tomateras, y frutas tempranas o como se llamen, y cosas así. Una tierra de cuarenta grados bajo un sol asesino, donde nadie que esté en su sano juicio se atreve a arrimar el hombro; de modo que los patronos tienen que buscar mano de obra entre los parias de la vida, porque el resto dice que para ellos verdes las han segado, y que vaya a la tomatera la madre que te alumbré. Pero desde el otro lado del Estrecho, o sea, desde el culo del mundo, miles de desgraciados miran hacia arriba y ven la tele y dicen, anda tú, allí atan los rottweiler con longaniza, y quiero tener un coche blanco, y una casa blanca, y un sueño blanco. Más que nada para comer caliente. Incluso para comer, aunque sea frío. Y los que no se ahogan por el camino les llegan a los mentados patronos como agua de mayo; así que los amontonan en barracones y les exprimen el tuétano. Bueno, bonito y, sobre todo, barato. Mano de obra extranjera, se llama el eufemismo. Y entonces a todos los que se benefician del asunto se les llena la boca con la solidaridad, y lo buenos chicos que son, y lo mucho que se les estima y se les quiere. Pero en cuando protestan, piden justicia, o sacan los pies del tiesto poniéndose en huelga para sacar dos duros más, entonces les sacuden hasta en el cielo de la boca. Se fumiga a los indóciles y se renuevan las existencias.

Mi amigo tiene una teoría, que comparto. No es un problema de racismo, sino de esclavitud. A casi nadie le importa que sean moros o negros, porque eso está asumido gracias —algo bueno habían de tener— a los telefilmes norteamericanos. La cuestión, como siempre, se basa en esa unidad monetaria todavía llamada peseta. Un español con DNI gana setecientas a la hora recolectando lechugas. Una mujer con el mismo DNI gana veinte duros menos. En cuanto a los gitanos, ellos sí son considerados una raza inferior; pero están censados y votan, y además les va el acople y se reproducen como conejos pariendo futuros votantes; así que el alcalde del pueblo los compensa regalándoles el agua y la luz, y en vísperas de las elecciones municipales les construye unas viviendas a unos, los decentes, y les hace la vista gorda a los otros, los que trapichean con polvillos blancos o marrones en determinadas chabolas y no quieren mudarse ni a La Moraleja. Así que esa gitana marchosa que se levanta a las siete de la mañana con su flor en el pelo para recoger tomates, que por la tarde va al almacén a arreglarlos, y que por la noche toca palmas y canta, y en el Seat 1430 le echa un alegre casquete a su gitano -que a menudo no curra, porque es un faraón y para algo está ella-, cobra quinientas pesetas.

Debajo de la pirámide están los ucranianos, y los sudacas. Y los moros. A veces ser rubio o hablar español significa veinte o cuarenta duros más que las doscientas pesetas que cobra el moro por echar una hora en la tomatera; que hasta en la miseria hay clases. Al moro, que es la chusma de esa galera, lo alojan usureros que cobran un huevo de la cara por barracones infectos, y lo dejan pudrirse en los descampados; y después, cuando ya están viejos y no rinden, o cuando protestan, siempre hay alguien que manda a su sobrino y unos amiguetes a romperles la crisma, o de pronto se acuerda de que son ilegales y convence a los picoletos de que los quiten de en medio. Y luego, cuando van a la panadería o al supermercado, se niegan a dejarlos entrar porque ofenden la sensibilidad de la señora del Range Rover o porque, dicen, son peligrosos y a veces venden hachís. Y a ver cómo puñeta no van a ser peligrosos, mis primos. Denles media hora y unos cócteles molotov, y podrán comprobar lo peligrosos que pueden llegar a ser ellos, cualquiera, usted, yo mismo, cuando te explotan miserablemente y te mantienen sujeto a la esclavitud y el desprecio.

24 de octubre de 1999